El soundtrack de la protesta chilena

Matheus Calderón
Crítico cultural


Por supuesto, está la cuestión de Víctor Jara como ícono, como mártir muerto en la dictadura de Pinochet. Y también con la belleza de la melodía y los arreglos musicales, Pero a la vez hay algo que tiene que ver con la letra de “El derecho de vivir en paz”, con las operaciones que plantea la letra de la canción, apropiada como himno por los manifestantes en Chile durante los últimos días.

Creo que hay dos operaciones ideológicas, militantes, verdaderamente hermosas en este tema.

La primera tiene que ver con la universalización de una singularidad (o, volviendo a esos juegos de palabras de los que tanto gustaba Lacan, una sin-lugaridad), un nuevo evento que se hace universal fuera de su particularidad. Este evento es la victoria por venir de Vietnam sobre los Estados Unidos -el tema se estrena en 1971, la guerra acaba en 1975-, que es otro nombre para el imperio. La victoria del bandido Ho Chi Mín, cariñosamente llamado “tío Ho”, sobre el imperio, una victoria que irradia a todo el mundo, que se vuelve universal. Y es quizás más hermosa porque la victoria irradia incluso antes de haber terminado la guerra -es la victoria por venir, es el canto al proceso, lo que confiere su carácter de militancia revolucionaria al tema.

Pero aquí hemos de notar que esta universalización no ha de ser necesariamente pacífica. Una vez decretada una nueva verdad, un derecho universal, esta se vuelve forzosa, obligada para todas y todos. Todas y todos podemos apropiarnos de ella, exigirla, en cualquier lugar del mundo. Se vuelve universal de manera forzosa, casi violenta (es una hermosa paradoja del derecho de vivir, precisamente, en paz). Ya no podemos ser indiferentes a esta, por ello es que “golpea de Vietnam a toda la humanidad”.

La segunda operación, que es en extremo difícil, que aparece en el Vallejo del “Himno a los Voluntarios de la República”, en muchos de los poetas comunistas que escriben sobre la Guerra Española (de esto ha hablado Badiou en su Poesía y Comunismo), es la de “la reversión de la miseria en heroísmo, la reversión de una situación angustiante y particular  en una promesa universal de emancipación”. No se trata aquí de asumirnos sobreviviendo, como otra canción de trova de autoría de Víctor Heredia que bien ejemplifica la situación de las víctimas de todo el mundo después de los genocidios de Estados Unidos, sino precisamente de afirmar la vida para todos y todas.

Indochina es el lugar
Más allá del ancho mar
Donde revientan la flor
Con genocidio y napalm
La Luna es una explosión
Que funde todo el clamor
El derecho de vivir en paz

Aquí vemos cómo las imágenes de violencia contra Indochina, esto es, la miseria de todas las naciones, se mezclan con la explosión misma “que funde todo el clamor” (también aquí hay un correlato material: los instrumentos acústicos empiezan a mutar en, a fundirse con, guitarras eléctricas, gracias a la participación de Los Blops, más afines entonces al rock inglés). Más adelante escuchamos que “es el canto universal, cadena que hará triunfar”, donde aparece la figura de la cadena ya no como opresión, sino como atadura al compromiso de cantar el triunfo por venir, que ha de venir porque, como ya lo decía Mao, tenemos razón en rebelarse contra los reaccionarios.

Pero mientras la victoria llega (y la victoria llegará), hay que celebrar la protesta callejera, hay que reconocernos como los que se quedaron sin laureles, reconocer que una vez más parece que “el futuro no es ninguno”, y una vez más, como hace 30 años, cuando Apsi publicaba un reportaje sobre la “juventud chilena acorralada“, según recuerda Culto, hoy también estamos acorralados, pero listos una vez más para unirnos al baile sobre el que cantaban Los Prisioneros en 1986, al baile de los que sobran.

No es, como dice Zizek, que “ya tuvieron su momento de diversión anticomunista y están perdonados por ello — ya es hora de ponerse serios de nuevo”, sino al contrario: ya tuvimos nuestro momento de seriedad anticomunista, ya estamos perdonados -es hora de divertirnos una vez más-. Únanse al baile de los que sobran. Nadie nos va a echar de más.

Ecuador, en pie de lucha

Gabriela Merino
Estudiante ecuatoriana


La noche del 1 de octubre Lenín Moreno anuncia a través de una cadena nacional 6 medidas económicas y 13 propuestas de reforma para mejorar la economía del país, siendo las primeras:

  • Liberación del precio del diésel y la gasolina extra y ecopaís.
  • Entrega de 15 dólares mensuales adicionales en bonos
  • La eliminación o reducción de aranceles para maquinaria y materias primas agrícolas e industriales.
  • Eliminación de aranceles a la importación de dispositivos móviles
  • Entrega de mil millones de dólares para créditos hipotecarios desde noviembre
  • Renovación de contratos ocasionales con 20% menos de remuneración.
  • Despido de 23000 burócratas.

La eliminación del subsidio para la gasolina y diésel causó un rechazo inmediato, pues el denominado decreto 833 afectaba de forma directa a la ciudadanía. Mientras el Fondo Monetario Internacional (FMI) aplaudía la propuesta de Moreno, el Frente Unitario de Trabajadores (FUT), el Frente Popular (FP), la Federación de Cooperativas de Transporte Público de Pasajeros (FENACOTIP) y la Confederación de Nacionalidades Indígenas (CONAIE) protestaron oficialmente dando paso a 8 días de protesta. El jueves 3 de octubre los transportistas paralizaron sus unidades a nivel nacional, mientras que estudiantes, trabajadores y civiles cerraron vías y salieron a protestar en las calles.

En varias ciudades, las manifestaciones se dieron de forma irregular pero cada vez reunían más gente. El llamado era general: luchar por lo justo, porque somos pueblo, porque los más necesitados sufrirán, porque el FMI debe dejarnos en paz, porque somos pobres, porque somos pueblo….Si bien el IVA no fue tocado, la eliminación del subsidio a la gasolina y diésel desencadena en una serie de alza de precios de pasajes, alimentos, y más insumos de uso común. Con un sueldo básico de USD $386. resultaba ilógico que una medida de ese tipo sea tomada de manera tan apresurada.

Las ciudades se convirtieron en centros de protesta que se encontraron de frente a una represión policial extrema a pesar de ser manifestaciones pacíficas, pues ante los levantamientos, el gobierno decretó el Estado de Excepción, una medida dolorosa que sorprendió al pueblo. Las clases fueron suspendidas, el gremio de transportistas y taxistas retomaron sus rutas luego de que los presidentes de cada entidad fueran encarcelados.

En el caso de Guayaquil, los saqueos y actos violentos permitieron que la atención mediática reduzca la lucha de todo un país a actos vandálicos. Por lo tanto, toda la información que salía de los medios locales era sobre un ‘‘grupo’’ de delincuentes que allanaron locales comerciales alterando la supuesta paz que se vivía en el entorno. Esto, apoyado por declaraciones de María Paula Romo, Ministra de Gobierno, y Lenín Moreno sobre un pueblo en paz en donde no había nada que temer pues ‘‘los que quieren trabajar son más’’, ya que ‘‘solo trabajando el país sale adelante’’. El reflejo de incompetencia materializado.

Más tarde, Lenín Moreno en su cadena nacional asegura que no dará vuelta atrás a pesar de las vías cerradas, enfrentamientos entre civiles y policías, y cientos de personas en las calles. Frente a esto, la CONAIE anunció una movilización masiva hacia la capital. Fueron días incansables de caminata, mientras que en los centros de las ciudades cientos de personas se enfrentaban a la violencia desmedida de los policías. Estudiantes, obreros, civiles contra la fuerza que se suponía que debía protegerlos. Todos los días aumentaban los casos de abuso de poder, encarcelamientos injustos y heridos, pero la resistencia se asentaba en la esperanza de la llegada del pueblo indígena a Quito. A lo largo de la ruta, pueblo ayudaba a pueblo y el país se unió con campañas, donaciones y facilidades de viaje para que los indígenas llegaran, y lo hicieron…Sin embargo, mostrando una frontalidad nula, el presidente viaja a Guayaquil en donde se refugia y convierte a la ciudad en la sede de gobierno.

Los medios de comunicación cegados por completo mostraban únicamente al grupo de políticos corruptos que respaldaban al primer mandatario, así que en la rueda de prensa llevada a cabo en Guayaquil, la alcaldesa Cinthya Viteri y su antecesor Jaime Nebot hicieron un llamado a la marcha por la paz y cerraron todas las entradas a la ciudad para asegurar la seguridad de Moreno. Cadenas como RT fueron las encargadas de decir la verdad al mundo. Paralelamente a estos hechos, la CONAIE arribaba a Quito a pesar de que toda la fuerza militar fue llevada a la entrada de la ciudad con tanques, trucutús, gases lacrimógenos y órdenes claras de evitar el paso a toda costa. Desde los canales oficiales de los movimientos se llamaba desesperadamente a la población quiteña a unirse y ayudar a romper la barrera policial que impedía el paso. El llamado fue escuchado y a pesar de que eran civiles desarmados contra las armas que financiaban sus propios impuestos, entraron gloriosamente a la ciudad, quemando un tanque a su camino. Si bien la atmósfera era tensa y sabíamos que mucha gente estaba siendo violentada, la entrada de la CONAIE  a la asamblea constituyente representó toda la lucha. El pueblo tomó simbólicamente lo que le pertenece:

En todas las ciudades el paso se bloqueó, los transportistas volvieron a unirse a la causa y el desabastecimiento empezó a notarse. En ciudades como Carchi, los manifestantes cortaron el suministro de agua. En Cuenca, se mantuvo bloqueado todo el centro de la ciudad. En Loja, los manifestantes del cantón Saraguro comenzaron una movilización al centro de la ciudad. El país estaba en una guerra civil que no podía ser mostrada por completo al mundo. Los llamados al diálogo eran promesas falsas, trampas. No bastó el estado de excepción así que se decretó toque de queda y militarización desde las 15:00. 

En Guayaquil en cambio, se llevó a cabo la marcha por la paz, en donde cierto sector social salía a las calles a exigir el cese de protestas, sin empatía alguna con la causa. esta movilización fue ampliamente cubierta por todos los medios locales. En medio del caos, la CONAIE decretó su propio estado de excepción reteniendo a lo largo del país a más de 40 militares. Mientras tanto, en Quito inició el periodo más fuerte, el pueblo intentando entrar a Carondelet. La represión militar y policial se intensificó y comenzaron a registrarse las primeras víctimas mortales. Las universidades de la capital abrieron sus puertas como albergues para el pueblo manifestante y la ciudadanía se encargó de abastecer con comida, cobijas y lo necesario para su estadía. Para el ministro de Defensa, Oswaldo Jarrín, las instituciones eran centros logísticos que protegían a alborotadores que apoyados por Correa y Maduro querían dar un golpe contra el noble y justo Estado. Red de mentiras que se alimentaba cada noche con el discurso de un mandatario diferente en cadena nacional o entrevistas mediocres. 

Entre las primeras víctimas, se registró un dirigente indígena, siendo tan solo los videos captados por testigos la evidencia de que muchos de los ciudadanos agredidos por policías ya estaban inmovilizados en el momento en el que los uniformados usaron sus armas o toletes. Tras estos fallecimientos, las alarmas internacionales se activaron. En las páginas oficiales de la CONAIE se pedían carpas para velar a los suyos. El país sufría, ellos luchaban por todos. Sin embargo, y ante una muestra pública de injusticia, los medios nacionales hicieron viral la declaración de un periodista agredido, tachando como violentos a los inocentes.

Luego de anunciado el toque de queda, Quito hizo un llamado para el ‘‘cacerolazo’’ a las 8 pm. Cientos de personas salieron a sus terrazas a golpear cacerolas para reclamar por todo lo que sufrían, por lo que pasaba, para que el gobierno escuche que no se dejarían vencer. Sin embargo, medios como TELEAMAZONAS resignificaron la situación poniendo en sus titulares de manera engañosa que aquella protesta colectiva era por la ‘‘paz’’.

En los últimos días de protesta, dejó de importar los espacios privados u hospitales, pues la fuerza militar bombardeó las universidades en donde se albergaban niños y mujeres, además de lanzar gas lacrimógeno a una maternidad. La disculpa pública de parte de la oligarquía fue aún más terrible que los actos violentos. Sin restricción alguna, se comenzó a perseguir desmedidamente a los ciudadanos, así que una memorable noche de octubre los jóvenes estudiantes de medicina, médicos y voluntarios formaron un cordón humano únicamente cubiertos por sus batas y  patriotismo para proteger a los manifestantes.

Diálogo de paz

El 13 de octubre Lenín Moreno acepta reunirse con los dirigentes de los movimientos indígenas bajo la mediación de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en Ecuador, así como de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana. Con varias interrupciones y recesos alargados innecesariamente, se abrió paso a la voz del pueblo que resonó tan fuerte que los comentarios de ministros quedaron simplificados a medidas económicas básicas. Jaime Vargas, presidente de la CONAIE, se centró directamente en el problema del ‘‘paquetazo’’ asegurando que varios ministros intentaron entrar en contacto con ellos antes del diálogo y que sus llamadas fueron rechazadas porque nadie haría que desistan de su lucha. Asimismo, Vargas llamó ‘‘vagos’’ a los ministros por su nula y poco funcional participación en los días de protesta. Lezma, por su parte, resumió la situación al ejemplificar que era imposible que un hombre campesino pueda sustentar los gastos de su familia con una subida tan notable de los hidrocarburos. Mientras los mandatarios aseguraban que su intención era evitar el enriquecimiento exclusivo de un solo sector, así como frenar el tráfico de gasolina a países como Colombia y Perú, el resto de los participantes señalaba que la lucha era por el pueblo que ellos no estaban considerando, por los cientos de heridos, por aquellos que trabajan honestamente, y sobre todo por los fallecidos. Ignorar el reclamo popular era olvidar a los caídos. Después de varias participaciones en las que el pueblo indígena dejó en alto sus conocimientos y su compromiso con la causa, el decreto 833 era derogado dando paso a uno nuevo que será estructurado por comisiones que involucrarán a representantes de todos los movimientos.

De esta forma, el paro nacional terminaba. Las ciudades, como auténticos campos de guerra, eran abandonadas. El pueblo venció. Han pasado diecisiete días desde el diálogo de paz, pero aún pesa el número de detenidos, heridos y vidas arrebatadas en la lucha de todos. Actualmente, un gran número de personas son procesadas por acciones realizadas durante las jornadas de protesta, y en la mayoría de ciudades se ha dado un rotundo no a las tradicionales paradas militares por fiestas cantonales.

Los niños que te vimos llegar, somos los mismos jóvenes que te vamos a sacar

Créditos: Anónimo.

Joaquín Loma y Andrés Mendoza
Estudiantes bolivianos


Es necesario, antes que nada, recordar aquel domingo 21 de febrero del 2016, hace tres años y ocho meses. Fecha en la cual se realizó un referéndum para consultar a la población si estaba de acuerdo con modificar la Constitución Política del Estado para permitir que la reelección de presidente y vicepresidente sea de manera indefinida. Referéndum en el cual ganó el “No” que expresaba la voluntad popular de Bolivia de una reelección nueva e indefinida del binomio Evo-Álvaro. Con este resultado era imposible que para las elecciones generales de octubre de 2019 el MAS pudiera presentar como candidatos a estos dos personajes. Sin embargo, apelando una vez más la Tribunal Constitucional de Bolivia y alegando que las limitaciones de periodos consecutivos de mandato atentaban contra sus “derechos políticos como ciudadano boliviano”, aferrándose al conocido pacto de San José, logro que este tribunal lo habilitara para ser nuevamente candidato del MAS para los comicios del 2019; desconociendo así el voto popular que le negaba la re postulación con un porcentaje de 51.30% en contra de Morales, tomando una salida anticonstitucional para lograr la reelección indefinida con la finalidad de ser mandatario del país. Esta es una de los grandes desencadenantes de la crisis social que se está viviendo hoy por hoy dentro de Bolivia, donde la oposición acusa al actual presidente de haberse convertido en un tirano, en un dictador que se declara como una persona que “solo hace caso a la voluntad del pueblo” y “hace lo que el pueblo le pide”. Empero, parece ser que el presidente ha olvidado que “el pueblo” son todos y no solo los sectores cocaleros, campesinos y ciudadanos de izquierda que concuerdan con él, sino también aquellos que están en desacuerdo con su mandato y en ese referéndum demostraron ser la mayoría. 

20 de octubre de 2019, se realiza el sufragio universal en toda la extensión del territorio boliviano. Fue un día pacífico, en el marco de lo usual. La votación se realizó de manera normal y con pocas alteraciones. Sin embargo, a partir de las 4:30 pm, hora en la cual cerraban las mesas de sufragio, las irregularidades y el mal humor general comenzó a hacer visible. Rápidamente comenzaron a circular mensajes, fotos, videos y otros de los delegados de mesa de los distintos partidos reclamando y acusando a otros de propiciar un fraude. A partir de entonces, el temor y el mal clima se fueron desatando en Bolivia. Las primeras muestras del conteo rápido del TREP (Transmisión de Resultados Electorales Preliminares) enseñaban que el actual partido de gobierno llevaba una ventaja mínima en relación al primer opositor con el conteo rápido a casi el 90% del escrutinio de las actas a nivel nacional, la diferencia que se mostraba abarcaba un margen de entre cuatro a cinco por ciento. Estas cifras, mostraban que era seguro el llegar a una segunda vuelta que enfrentaría al candidato y actual presidente del MAS Evo Morales y al candidato de CC Carlos Mesa. Esa misma noche del 20 de octubre, Mesa se sintió victorioso y festejó los resultados en un acto con sus militantes, debido a que el llegar a una segunda vuelta le aseguraba una victoria en las elecciones generales 2019 sumando a esto que los otros candidatos importantes de oposición tales como Chi y Ortiz, le expresaron su apoyo para poder derrotar al actual gobernante en una segunda vuelta. Sin embargo, una de las primeras y más importantes irregularidades se presentó exactamente a las 19:40 pm hora boliviana, el TREP dejó de transmitir el conteo de votos sin previo aviso y sin razón confiable aparente. Durante más de 12 horas estos resultados dejaron de transmitirse, lo que provocó una inestabilidad social por un enorme temor a un supuesto fraude que podría estar gestándose. Al día siguiente cuando las cifras del TREP comenzaron a actualizarse de nuevo, la brecha que existía entre el partido oficialista y el principal opositor era mucho más amplia de lo que se hubiera esperado y además bastante extraño para la población que se encontraba susceptible ante esa posibilidad. Más tarde la misma noche, Morales se pronunció en el Palacio de Gobierno; a diferencia del discurso que se esperaba-que sea apuntando a una segunda vuelta según las cifras-proporcionó un discurso de victoria en el cual daba por sentado que era ganador diciendo: “hemos ganado por cuarta vez consecutiva”. Asegurando que el “voto rural” le concedería la victoria final. Hecho que provocó aún más disgusto en la oposición.  

21 de octubre de 2019, el principio del caos está por estallar, las actualizaciones de los resultados del TREP causaron temor al fraude electoral por parte de la ciudadanía quienes rápidamente se organizaron y tomaron la primera decisión de hacer una vigilia a los centros de cómputo del TREP-desde ya horas de la madrugada en algunos departamentos-con el fin de hacer presión y dar a conocer que el ciudadano común no iba a dejar que se vulnere su voto. Esto a su vez, provocó que grupos afines al MAS, especialmente sus militantes jóvenes, también se agruparan en estos centros-principalmente en La Paz-ocasionando agresiones verbales entre ambos bandos, que paulatinamente comenzaron a hacerse más agresivas y terminaron en una disputa física a lo cual la policía procedió a reprimir con agentes químicos. Los resultados del TREP hasta entonces dieron a relucir que a Morales le hacía falta muy poco para poder ganar en la primera vuelta, hecho que no se veía posible con los primeros resultados del TREP. Esta situación tan extraña ocasionó que la ciudadanía entrara en pánico y terminase sucumbiendo ante la violencia e iracundos comenzaron a quemar los tribunales electorales departamentales, en Potosí inicialmente, lo que llevó a que la misma acción se desatara en algunas otras ciudades.

22 de octubre de 2019, las movilizaciones comenzaron de manera imperativa, fuertes. Encabezadas y organizadas por universitarios que enardecidos por la forma en la que se llevaron a cabo estas elecciones con tantas observaciones. Estos, agrupados en las principales calles de las distintas ciudades del país, marcharon en contra del fraude del que acusan al MAS haber realizado. Las muestras de violencia no son justificables, pero tampoco sorprendentes, el intento de quemar el TSE en inmediaciones de la Plaza Abaroa en La Paz fue fallido debido al gran contingente policial que se desplegó para evitar este cometido. Sin embargo, en los demás departamentos, tales como Oruro y Sucre la furia fue tal que los contingentes policiales no fueron suficientes para hacerle frente a los manifestantes. Los mismos terminaron cediendo y comunicando que ya no reprimirían a su pueblo, que se manifestaba por una causa justa. Los disturbios siguieron a lo largo de la noche y a cada momento noticias crudas circularon por la red, como el impacto de una granada de gas lacrimógeno a una transeúnte-persona que no estaba manifestando, pero se encontraba cerca del lugar-en su cráneo, provocando heridas externas e internas ocasionado que hasta fecha 29/10/2019 siga internada en el hospital. De esta índole se reportaron más de un caso.

Jueves 24 de octubre de 2019, durante el transcurso de los días pasados, diferentes voceros del partido oficialista reclamaron y exigieron que se puedan presentar pruebas del supuesto fraude electoral del que la oposición y la ciudadanía común les acusaban. El licenciado Edgar Villegas presento a nivel nacional distintas pruebas que develarían este fraude electoral por medio del canal universitario TvU. En dicha entrevista realizada por la periodista Ximena Galarza, Villegas tuvo la oportunidad de explayarse para mostrar más de una de las muestras que probarían el fraude del que se acusa al oficialismo mediante un software que dicho informático desarrollo en conjunto con un grupo de colegas suyos con el fin de apoyar a la democracia que defienden. El mismo Villegas tuvo también la oportunidad de mostrar las pruebas a nivel mundial en el programa “Conclusiones” de Fernando del Rincón en CNN en español, donde también acusó a sectores de oficialismo de haberlo violentado y amenazado a él e incluso a su familia después de la presentación de las pruebas.

25,26,27,28, 29 de octubre de 2019, las movilizaciones ciudadanas no cedieron ni bajaron de intensidad; mas, al contrario, se sumaron formas de presión tales como el Paro Cívico Indefinido convocado por distintas agrupaciones civiles como medida de protesta pidiendo la anulación de las elecciones o la renuncia del presidente Morales. Entre las características de este paro se encuentran principalmente el bloqueo de calles y avenidas de las distintas ciudades con la finalidad de paralizar la economía de alguna manera y mostrar al gobierno que miles, millones de bolivianos, no solo están en contra de las elecciones mal llevadas, sino que ya no exigen  solo una segunda vuelta-que también llegaría a ser una medida anticonstitucional-sino, que se exige como se ha escrito antes, la anulación de las elecciones para realizar un nuevo sufragio inhabilitando a Morales y a su partido. Esta exigencia es la medida constitucional e institucional para poder darle por fin una solución al calvario que se está viviendo día a día desde hace más de una semana.

El mal estar social que se está viviendo en Bolivia es uno de las más grandes, más prolongados y uno de los que más sectores está abarcando en los últimos 16 años, desde “octubre negro” del expresidente Gonzalo Sánchez de Lozada. Hoy en día son muchos los sectores que se han unido a la lucha común del pueblo tales como algunos sectores cocaleros, maestros, médicos, mineros, algunos sectores campesinos; todos estos liderados por jóvenes estudiantes, quienes han sido los pioneros en movilizarse contra este régimen yendo a la cabeza de las manifestaciones y siendo los articuladores de esta resistencia. Y es la primera vez en décadas que se ha sentido una verdadera unión entre bolivianos, sin diferencia de clases sociales, de regionalismos, ni ideologías políticas; todos unidos con un solo fin: “Sacar al dictador”.

Sin embargo, el gobierno tampoco se queda de brazos cruzados ante los atropellos de la oposición, tomando acciones fuertes y desesperadas, lanzando acusaciones al primer líder de la oposición anunciando que este sería el incitador de la violencia que se está viviendo dentro del territorio nacional. A pesar de ellos, las declaraciones de Mesa nunca han incitado a dichos actos; mas, al contrario, tan solo hace un llamado a la presión social y no desistir de la lucha pacífica en contra de la dictadura de Morales. Así mismo, Morales lanza acusaciones sin bases ni fundamentos tales como “salen a marchar por notita y por platita” refiriéndose a los estudiantes que se manifiestan en su contra, haciendo alusión a que no tienen convicciones propias; esto ha ocasionado aún un mayor mal estar e ira dentro de la comunidad estudiantil que en base a esta declaración ha decidido salir a las calles a manifestar aún con más fuerza y con un controversial eslogan: “ni que fuéramos masistas, pues”, esto ha provocado a su vez que la policía sea incluso más agresiva con la represión debido a los actos que generan tales declaraciones. El presidente Morales también ha decidido atacar a la ciudadanía común cuando iniciaron los bloqueos declarando: “no saben bloquear, soy capaz de hacer un taller o seminario para enseñarles”, declaración que solo ha generado iracundia y que los bloqueos dentro las ciudades se intensifiquen y se vuelvan más violentos; ya que de igual manera hizo un llamado para que los distintos sectores sociales puedan “desbloquear” la ciudad, esto ha generado confrontaciones entre los vecinos de las distintas zonas del país y los sindicatos de transportistas quienes se han ocupado no solo de desbloquear las rutas, sino de atacar verbal y físicamente a los bloqueadores arguyendo que necesitan trabajar y que “bien del día a día”. A pesar de ello, se ha visto también que aquellos que incitan al odio y a las agresiones son pocos en comparación al gran número de trasportistas, así se los ha podido reconocer y encontrar en distintos puntos de las ciudades en diferentes horas y días, situación que permite a la población imaginar que estas personas son contratadas del gobierno para generar caos. De similar manera, el día lunes 28, llegaron a la ciudad de La Paz supuestos mineros armados con dinamita para desbloquear la ciudad, los mismos fueron recibido entre aplausos por militantes del partido de gobierno; sin embargo, estos dos hechos están penados por ley: primero, el que lleguen sectores a desbloquear la ciudad llamados por el presidente del estado, ya que la Constitución Política del Estado garantiza la libre expresión y el derecho a manifestarse pacíficamente para reclamar los derechos. En segunda, el que se porten explosivos está prohibido por el código penal desde el 2016 debido a que en una ocasión de protesta uno de los dinamitazos de los mineros, provocó la muerte del entonces ministro Illanes, es por ello que el portar dinamita está penado con hasta dos años de privación de libertad. Sin embargo, se ha podido ver que estos supuestos mineros, no son más que funcionarios del gobierno pagados por el mismo; esto se arguye debido a las características que nos presentan tales como, los nuevos cascos con imágenes del Che, la extraña e inusual vestimenta con deportivos y zapatillas deportivas, la poca concentración de estos-alrededor de 150- que suele ser un número muy grande y que en cuanto culminaros de escarmentar a los bloqueadores al final de la avenida Arce, se quitaron la poca indumentaria, se registraron en una lista y recibieron una comida que les fue entregada por funcionarios de la policía Bolivia.(información recolectada en base a videos, fotografías y presencia personal cerca de los hechos.).

El día lunes 28 de octubre, el presidente Morales en su acto de festejo por el triunfo en primera vuelta con el 10.57% de diferencia, advirtió que se cercarían las ciudades principales del país privando de esta manera el ingreso o salida de alimentos arguyendo lo siguiente: “¿quieren paro? Vamos a acompañar con cerco a las ciudades. A ver cuánto aguantan”. De esta manera comenzó a circular una nota oficial, firmada y obligatoria por parte de la Confederación Sindical de Comunidades Interculturales Originarios de Bolivia “CSCIOB” la cual convoca a sus sectores afiliados a cercar las ciudades prohibiendo el abastecimiento de los insumos básicos de la canasta familiar. Esta declaración y medida que se está tomando no es nada menos que un crimen de lesa humanidad; el artículo siete del estatuto de la Corte Penal Internacional lo define como cualquiera de los actos que se cometan como parte de un ataque generalizado o sistemático contra una población civil, entre los cuales se condena el asesinato en masa o la privación de libertades por ideologías políticas. En el caso boliviano puede entenderse de la siguiente manera: el hecho de impedir el ingreso de alimentos como medio de presión para levantar bloqueos, es obligar a las y los ciudadanos a morir de hambre mientras se manifiestan pacíficamente lo que paulatinamente convertiría a Morales en un posible genocida. Este hecho actualmente está siendo estudiado por el colegio de abogados de Bolivia y los mismos están juntando la información y documentos pertinentes de esta amenaza para poder presentarlos a la CPI e iniciar un juicio en contra del presidente del estado Plurinacional de Bolivia y tener el respaldo judicial internacional pertinente. Por otro lado, esta amenaza también vulnera-nuevamente-la Constitución Política del Estado, ya que la misma en su artículo número 16-promulgada por Morales en el 2009-dice: toda persona tiene derecho al agua y a la alimentación. El estado tiene la obligación de garantizar la seguridad alimentaria, a través de una alimentación sana, adecuada y suficiente para toda la población. Así se puede verificar que una vez más el presidente de Bolivia toma medidas anticonstitucionales, debido a que como ya se ha explicado, se privaría de alimentación a la ciudadanía siendo esta una atribución obligatoria del estado la de velar por su buen y suficiente abastecimiento alimentario.

En base a los últimos nueve días de movilizaciones, marchas, paros y otras formas de protesta es menester resaltar algunos puntos importantes:

  • Aquellos jóvenes que en algún momento fueron acusados de no darle la importancia necesaria a la política del país, son los mismos que ahora están liderando la resistencia en contra de la dictadura de Morales, gracias a su ímpetu y determinación es que se ha conseguido movilizar al resto de los ciudadanos bajo una misma línea de acción. Situación que el gobierno nunca tomó en cuenta, ya que creían que unos estudiantes movilizados “por notita y platita” no resistirían el cansancio físico y emocional de las manifestaciones.
  • Los distintos sectores de la comunidad boliviana trascendieron los límites de raza, ideologías, religión, orientación sexual, carreras, rubros, edad. Estos se unieron con la única intención de defender la democracia y el voto en contra del presidente Morales. Situación que actualmente ha debilitado al gobierno y lo ha puesto en jaque, ya que no contaban con que existiera dicha unión debido a que en anteriores ocasiones los que iban en contra del mismo, eran sectores específicos e incluso aislados de la realidad de los demás. Hoy no, hoy todos son un mismo pueblo.
  • Paradójicamente, también se ha podido sacar a la luz la fragmentación y división que existe dentro de cada uno de los sectores, ya que instituciones como la FEJUVE de El Alto, se ha mostrado polarizada por un grupo afín al MAS y por otro que apoya a la oposición. Al igual que los mineros, los cocaleros, los campesinos y los mismos ciudadanos. Y aquí sale a relucir una pregunta polémica que deja muchas dudad: ¿qué tan mal líder o presidente tienes que ser para dividir tanto a tu pueblo, permitir e incentivar a que este se agreda entre compatriotas? La respuesta es casi imposible de redactar.
  • El gobierno se encuentra desesperado por las distintas acciones en conjunto de la oposición tales como las marchas y bloqueos, pero también se siente amenazada debido a que se han presentado las pruebas del fraude electoral y se rehúsa a aceptarlas, también le preocupa que sectores-como de los mineros-que antes defendían sus ideales, ahora están en su contra y han perdido un gran apoyo popular. Esto les ha llevado a tomar medidas desesperadas y erróneas para el manejo de la situación, tales como el cerco de ciudades que más que atemorizar a la gente, ha provocado que esta se sienta aún más ofendida y con el ímpetu de sacar al tirano de la silla presidencial ocasionando que las movilizaciones se vuelvan cada vez menos pacíficas.
  • La policía poco a poco ha decidido levantar de las manos-o por afinidad a su pueblo o por temor a ser rebasada. Situación que incrementa positivamente el estado anímico de los manifestantes porque cada vez sienten menos miedo de ser gasificados o maltratados por efectivos policiales.
  • Hace catorce años que Morales es gobernante. Muchos de los jóvenes que ahora lideran la oposición eran aún niños cuando él fue posesionado presidente. Aquellos militantes del MAS los desprecian bajo la consigna: “ustedes no saben de historia, no saben cómo de vivía antes de Evo, pregunta a tus papás como de mal nos iba con otros presidentes y como gracias al proceso de cambio ahora vos no te tienes que preocupar de nada”. Y puede que sea cierto hasta algún nivel, es verdadero que los jóvenes menores de 25 años no han tenido mucho conocimiento de otros presidentes ni la situación complicada que se vivía con ellos en carne y hueso. Sin embargo, es también cierto que estos jóvenes tienen dos características importantes:
    • Son la generación con mayor acceso a la información y tienen mucho conocimiento histórico boliviano, tienen la facilidad de leer, escuchar y ver documentales sobre esas épocas. Y tienen la ventaja precisamente de no haberlo sufrido, lo que les permite ser personas imparciales y analíticas de los hechos, tomando más de un punto de vista y conociendo las consecuencias positivas y negativas de los sucesos históricos.
    • No es una generación conformista que se dé por satisfecha con la frase “antes estábamos peor” sino que busca mejorar diariamente y buscar nuevos horizontes que le permitan avanzar científica y socialmente; es una generación que sigue siendo idealista y cree firmemente que, si bien el país no se encuentra de su peor etapa, puede seguir mejorando y avanzando, que no se ha llegado a lo máximo de desarrollo posible y que tiene la fuerte convicción de llevar el nombre de Bolivia aún más lejos. Esta juventud de ha movilizado y ha expresado su fuerza bajo una frase que puede ser o no del agrado de otros, pero innegablemente es profunda: “Los mismos niños que te vieron llegar, somos los mismos jóvenes que te vamos a sacar” haciendo referencia al Presidente Evo Morales.

¡Que viva la democracia!

¡Abajo la dictadura! ¡Que viva Bolivia!

Lecciones de mayo del 68

Ernest Mandel
Economista e historiador belga


[Este artículo de Ernest Mandel fue publicado originalmente en la revista Les Temps Modernes en julio de 1968 [1]. En él, después de situar las luchas de Mayo como resultado directo de las contradicciones de lo que entonces se conocía como “neocapitalismo”, pone el acento en su relevancia como acontecimiento que volvió a poner de actualidad la hipótesis revolucionaria en un país central del capitalismo occidental. Mandel fue un activista más de aquellas jornadas, habiendo participado en el acto público que se desarrolló en la Mutualité de París el 9 de mayo y en el que intervino también, junto a activistas de otros países, Daniel Cohn-Bendit. Al igual que le ocurrió a este líder estudiantil en pleno mes de mayo, Mandel fue expulsado de Francia el 10 de junio de aquel mismo año.]


El ascenso revolucionario de mayo de 1968 constituye una enorme cantera de experiencias sociales. El inventario de estas experiencias está lejos de haber sido terminado: lo que caracterizó este ascenso fue precisamente la irrupción en la escena histórica de la energía creadora de las masas, que multiplicó las formas de acción, las iniciativas, las audaces innovaciones en la lucha por el socialismo. Tan sólo acudiendo a esta cantera y partiendo de este logro podrá el movimiento obrero y revolucionario armarse eficazmente para llevar a buen fin la tarea cuya posibilidad y, a la vez, cuya necesidad han sido confirmadas por mayo de 1968: la victoria de la revolución socialista en los países altamente industrializados de Europa occidental.

Desde hace años se ha ido desarrollando un debate enormemente interesante en torno a la definición de una nueva estrategia socialista en Europa[2]. Los acontecimientos de mayo de 1968 han resuelto varios de los problemas clave planteados en este debate. Incluso han planteado otros. Y también han obligado a aquellos que se habían sustraído al debate a participar en él a su vez, así fuera para falsear los supuestos del problema. Es, pues, necesario tratar una vez más los temas principales de esta discusión y examinarlos a la luz de la experiencia de mayo de 1968.

1. Neocapitalismo y posibilidades objetivas de acciones revolucionarias del proletariado occidental.

En contra de los mitos de la burguesía, adoptados por la socialdemocracia e incluso por ciertos autores que se reclaman del marxismo, el ascenso revolucionario de mayo de 1968 ha demostrado que el neocapitalismo es incapaz de atenuar las contradicciones económicas y sociales inherentes al sistema hasta el punto de hacer imposible toda acción de masas de alcance objetivamente revolucionario.

Las luchas de mayo de 1968 son resultado directo de las contradicciones del neocapitalismo.

Esta irrupción violenta de las luchas de masas – una huelga general de diez millones de trabajadores con ocupación de fábricas; extensión del movimiento a múltiples capas perifé­ricas del proletariado y de las clases medias (tanto ”viejas” como ”nuevas”) – sería incom­prensible si no existiera un descontento profundo e irreprimible entre los trabajadores, provo­cado por la realidad cotidiana de la existencia proletaria. Aquellos que se dejaban cegar por la elevación del nivel de vida durante los últimos quince años no comprendían que es precisa­mente en el período de auge de las fuerzas productivas (de ”expansión económica” acelerada) cuando el proletariado adquiere nuevas necesidades, ampliándose aún más el desfase entre las necesidades y el poder adquisitivo[3]. Tampoco comprendían que, a medida que sube el nivel de vida, de cualificación técnica y de cultura de los trabajadores, la ausencia de igualdad y de libertad sociales en los lugares de trabajo, la alienación acentuada en el seno del proceso de producción, no pueden dejar de pesar de forma más intensa e insoportable sobre el proletariado.

La capacidad del neocapitalismo para atenuar un tanto la amplitud de las fluctuaciones económicas, la ausencia de una crisis económica catastrófica del tipo de la de 1929, ocultaban a demasiados observadores su impotencia para evitar recesiones. Las contradicciones que minaban la larga fase de expansión que el sistema había conocido en Occidente desde el final de la segunda guerra mundial (en los Estados Unidos, desde el comienzo de esta guerra); la oposición irreductible entre la necesidad de garantizar la expansión al precio de la inflación, y la necesidad de mantener un sistema monetario internacional relativamente estable al precio de una deflación periódica; la evolución cada vez más clara hacia una recesión generalizada en el mundo occidental, todas estas tendencias, inherentes al sistema, se encuentran entre las causas profundas de la explosión de mayo de 1968. Piénsese en los efectos del ”plan de estabilización”, en la reaparición del paro masivo (sobre todo del paro de los jóvenes); piénsese también en los efectos de la crisis estructural sufrida por algunos sectores (astilleros de Nantes y de Saint-Nazaire) sobre la radicalización de los trabajadores de determinadas regiones.

Es significativo, por lo demás, que la crisis de 1968 no se haya producido en un país con estructuras ”envejecidas”, en el que dominara un ”laissez-faire” arcaico, sino, por el contrario, en el país tipo del neocapitalismo, aquél cuyo ”Plan” se citaba como el ejemplo más logrado del neocapitalismo, aquél que dispone del sector nacionalizado más dinámico, cuya ”independencia” relativa respecto al sector privado sugería a algunos, incluso, la definición de ”sector capitalista de estado”. La impotencia que ha demostrado este neocapitalismo para comprimir, a la larga, las contradicciones sociales adquiere por ello una importancia aún más universal.

El papel de detonador del movimiento estudiantil es producto directo de la incapacidad del neocapitalismo para satisfacer, a ningún nivel, las necesidades de la masa de los jóvenes que afluyen a la Universidad, tanto por la elevación del nivel de vida medio como por las necesidades de reproducción ampliada de una mano de obra cada vez más cualificada, como resultado de la tercera revolución industrial. Esta incapacidad se manifiesta al nivel de la infraestructura material (edificios, laboratorios, viviendas, restaurantes, bolsas, presalario), al nivel de la estructura autoritaria de la Universidad, al nivel del contenido de la enseñanza universitaria, al nivel de la orientación, de las salidas para los universitarios y para aquellos a los que el sistema obliga a interrumpir antes de concluirlos sus estudios universitarios. La crisis de la Universidad burguesa, que ha sido la causa inmediata de la explosión de mayo de 1968, debe entenderse como un aspecto de la crisis del neocapitalismo y de la sociedad burguesa en su conjunto.

Por último, la creciente rigidez del sistema, que ha contribuido ampliamente a exacerbar las contradicciones socioeconómicas – precisamente en la medida en que las comprimía por un período relativamente largo –, está, también, directamente vinculada a la evolución de la economía neocapitalista[4]. Hemos subrayado muchas veces que las tendencias a la programación económica, a la ”globalización” de los problemas económicos y de las reivindicaciones sociales, no son tan sólo resultado de unos designios específicos de tal o cual fracción de la burguesía, sino también de unas necesidades inherentes a la economía capitalista de nuestra época. La aceleración de la innovación tecnológica, la reducción del ciclo de reproducción del capital fijo, obligan a la gran burguesía a calcular de modo cada vez más preciso, con varios años de antelación, las amortizaciones y las inversiones a efectuar por autofinanciación. Quien dice programación de las amortizaciones y de las inversiones dice también programación de los costes, y, por lo tanto, también ”coste de mano de obra”. He aquí el origen último de la ”política de ingresos”, de la ”economía concertada”, y de otras sutilezas que, sencillamente, tienden a suprimir la posibilidad de modificar mediante la acción reivindicativa ”normal” el reparto de la renta nacional que desea el gran capital.

Pero esta parálisis creciente del sindicalismo tradicional no suprime ni el funcionamiento de las leyes de mercado, ni el creciente descontento de las masas. A la larga, tiende a hacer más explosivas las luchas obreras, por los esfuerzos del proletariado para recuperar en unas pocas semanas lo que intuye haber perdido durante años. Las huelgas, incluso, y sobre todo, si se espacian, tienden a hacerse más violentas, y empiezan más a menudo como huelgas salvajes[5]. La única posibilidad de que dispone el gran capital para evitar esa evolución, preñada de amenazas para él, es la de pasar, decididamente, del estado fuerte a la dictadura abierta, al estilo griego o español. Pero incluso en este caso – irrealizable sin una grave derrota y una grave desmoralización previas de las masas trabajadoras –, una mayor comprensión de las contradicciones socioeconómicas no puede dejar de reproducir, a la larga, situaciones aún más explosivas y más amenazadoras para el capitalismo, tal como lo demuestra la evolución reciente en España.

2. Tipología de la revolución en un país imperialista.

Para dilucidar si la revolución socialista es o no posible en Europa occidental, pese a todos los ”logros” del neocapitalismo y de la ”sociedad de consumo de masas”, tanto los críticos de derecha como los de ”izquierda” se remitían, generalmente, a los modelos de 1918 (revolución alemana) o de 1944-45 (revolución yugoslava victoriosa, revolución francesa e italiana abortadas en condiciones análogas a las de la de 1918 en Alemania), o, incluso, a la guerrilla. Según algunos, supuesta la ausencia definitiva de una catástrofe económica o militar, era perfectamente utópico esperar del proletariado otra cosa que reacciones reformistas; según otros, la posibilidad de nuevas explosiones revolucionarias por parte de los trabajadores estaba vinculada a la reaparición de crisis de tipo catastrófico. En suma, para unos, la revolución se había convertido en definitivamente imposible; para otros, quedaba relegada al momento – en buena medida mítico – de ”un nuevo 1929”.

Desde comienzos de los años 60, hemos tratado de reaccionar contra estas tesis esquemáticas, refiriéndonos a un tipo distinto de revolución posible y probable en Europa occidental. Nos permitiremos recordar lo que escribíamos al respecto a comienzos de 1965:

”Hemos demostrado más arriba que el neocapitalismo no suprime en absoluto los motivos de descontento en los trabajadores, y que el desencadenamiento de luchas importantes sigue siendo posible, sino inevitable, en nuestra época. Pero, ¿pueden estas luchas adoptar una forma revolucionaria en el seno de una ’sociedad de bienestar’? ¿No estarán condenadas a quedar limitadas a objetivos reformistas mientras sigan desarrollándose en un clima de prosperidad más o menos general?…

”Para responder a esta objeción, hay que circunscribir de modo más preciso el objeto. Si con esto quiere decirse que, en el clima económico actual de Europa, no veremos repetirse revoluciones como la revolución alemana de 1918 o como la revolución yugoslava de 1941-45, se está emitiendo, evidentemente, un truismo. Pero este truismo lo hemos admitido de entrada, y lo hemos incluido en nuestra hipótesis liminar. Toda la cuestión está ahí: ¿no puede operarse el derrocamiento del capitalismo más que bajo formas de esa especie, limitadas necesariamente a circunstancias ’catastróficas’? No pensamos que así sea. Pensamos que existe un ‘modelo histórico’ distinto al que podemos referirnos: el de la huelga general de junio de 1936 (y, a una escala más modesta, la huelga general belga de 1960-61, que hubiera podido crear una situación análoga a la de junio de 1936).

”Es perfectamente posible que en el clima económico general del ’neocapitalismo próspero’ o de la ’sociedad de consumo de masas’, los trabajadores se radicalicen progresivamente como consecuencia de una sucesión de crisis sociales (intentos de imponer la política de ingresos o el bloqueo de los salarios), políticas (intentos de limitar la libertad de acción del movimiento sindical y de imponer un ’estado fuerte’), económicas (recesiones, o bruscas crisis monetarias, etc.), o incluso militares (por ejemplo, reacciones de gran envergadura contra las agresiones imperialistas, contra el mantenimiento de la alianza con el imperialismo internacional, contra el empleo de armas nucleares tácticas en las ’guerras locales’, etc.); que estos mismos trabajadores radicalizados desencadenen luchas cada vez más amplias en el curso de las cuales empiecen a vincular algunos de los objetivos del programa de reformas de estructura anticapitalistas con las reivindicaciones inmediatas; que esta oleada de lucha desemboque en una huelga general que derroque el gobierno y cree una situación de dualidad de poder[6].

Nos disculpamos por esta cita tan larga. En todo caso, demuestra que el tipo de crisis revolucionaria que ha estallado en mayo de 1968 podía preverse a grandes rasgos; que no debía considerarse en absoluto como improbable o excepcional; y que las organizaciones socialistas y comunistas hubieran podido perfectamente prepararse, desde hace años, para este tipo de revolución, si sus dirigentes lo hubieran querido y hubieran comprendido las contradicciones fundamentales del neocapitalismo.

Este tipo de explosión era tanto menos imprevisible cuanto que se habían tenido unas impresiones anticipadas de él en dos ocasiones: en diciembre de 1960-enero de 1961 en Bélgica, y en junio-julio de 1965 en Grecia. Después de los acontecimientos de mayo de 1968, no cabe ya duda de que será bajo esa forma – una huelga de masas que desborda los objetivos reivindicativos y los marcos institucionales ”normales” de la sociedad y el estado capitalistas – que se producirán las crisis revolucionarias posibles en Occidente (a menos que sobrevenga una modificación radical de la situación económica o una guerra mundial).

En relación al debate que se ha ido desarrollando en el movimiento socialista internacional en torno a las líneas maestras de una estrategia anticapitalista en Europa, los acontecimientos de mayo de 1968 aportan también unas precisiones suplementarias que completan el esbozo de tipología de la revolución socialista en Europa occidental que habíamos iniciado en 1965.

Ante todo, cuando las contradicciones del neocapitalismo, comprimidas durante largo tiempo, estallan en acciones de masas de carácter explosivo, la huelga de masas, la huelga general, tiene tendencia a desbordar la forma de la ”huelga pacífica y tranquila que se desarrolla en medio de una total tranquilidad”, y combina formas de acción diversas, entre las cuales la ocupación de fábricas, la aparición de piquetes cada vez más masivos y duros, réplicas inmediatas a toda represión violenta, manifestaciones callejeras que se transforman en escaramuzas, y encontronazos constantes con las fuerzas de represión, llegando incluso a la reaparición de barricadas, merecen mención aparte.

Con objeto de velar los orígenes espontáneos e inevitables de esta radicalización de las formas de acción, y de acreditar la odiosa tesis de los ”provocadores izquierdistas” que conspiran para crear ”incidentes violentos” al servicio del gaullismo[7], los reformistas y los neorreformistas de todo pelaje se ven obligados a pasar en silencio el hecho de que ya se habían producido manifestaciones similares durante la huelga general belga de 1960-61 (barricadas callejeras en el Henao; ataque a la estación de los Guillemins en Lieja); el de que los obreros jóvenes habían pasado a la acción masivamente en este sentido con ocasión de las huelgas del Mans, de Caen, de Mulhouse, de Besançon y de otros puntos en Francia, en 1967; el de que la radicalización de la juventud obrera se vio acompañada por la reaparición de formas de acción análogas en Italia (Trieste, Turín), e incluso en Alemania occidental.

Resumiendo, a menos que se acepte la ridícula tesis de Pompidou de una ”conspiración internacional”, es preciso reconocer que el giro de la lucha de masas ha sido un giro espontáneo, determinado por factores objetivos que hay que desvelar, en vez de incriminar ya sea el carácter pequeñoburgués de los estudiantes, ya la ”falta de madurez política” de la juventud, o bien el papel de unos provocadores legendarios.

Ahora bien, no es difícil comprender las razones por las que toda radicalización de la lucha de clases tenía que desembocar rápidamente en una confrontación violenta con las fuerzas represivas. Asistimos, en Europa, desde hace dos decenios, a un fortalecimiento continuo del aparato de represión, mientras que distintas disposiciones legales obstaculizan la acción de huelga y las manifestaciones obreras. Si bien en los períodos ”normales” los trabajadores no tienen la posibilidad de rebelarse contra esas disposiciones represivas, no ocurre lo mismo cuando se produce una huelga de masas, que, repentinamente, los hace conscientes del inmenso poder que encierra su acción colectiva. De pronto, y espontáneamente, se dan cuenta de que el ”orden” es un orden burgués que tiende a asfixiar la lucha emancipadora del proletariado. Adquieren conciencia del hecho de que esta lucha no puede superar un determinado nivel sin chocar cada vez más directamente con los ”guardianes” de este orden, y de que esta lucha emancipadora seguirá siendo eternamente inútil si los trabajadores siguen respetando las reglas de juego imaginadas por sus enemigos para ahogar su rebelión.

El hecho de que tan sólo una minoría de jóvenes trabajadores hayan sido los protagonistas de estas formas nuevas de lucha, mientras fueron embrionarias; el de que haya sido en la juventud obrera donde las barricadas de los estudiantes han provocado más reflejos de identificación; el hecho de que en Flins y en Peugeot-Sochaux hayan sido, igualmente, los jóvenes los que replicaran de forma más clara a las provocaciones de las fuerzas represivas, no invalida en nada el análisis precedente. En todo ascenso revolucionario, siempre es una minoría relativamente reducida la que experimenta nuevas formas de acción radicalizadas. Los dirigentes del PCF, en vez de ironizar sobre la ”teoría anarquista de las minorías activas”, harían mejor en releer a Lenin al respecto[8]. Por lo demás, es precisamente entre los jóvenes donde resulta menos pesado que entre los adultos el peso de los fracasos y decepciones del pasado, el peso de la deformación ideológica que se deriva de una propaganda incesante de las ”vías pacíficas y parlamentarias”.

Los acontecimientos de mayo de 1968 también demuestran que la idea de un largo período de dualidad de poder, la idea de una conquista y una institucionalización graduales del control obrero o de cualquier reforma de estructura anticapitalista, descansa en una concepción ilusoria de la lucha de clases exacerbada del período prerrevolucionario y revolucionario.

Nunca podrá hacerse temblar el poder de la burguesía mediante una sucesión de pequeñas conquistas. Si no se da un cambio brusco y brutal de las relaciones de fuerzas, el capital encuentra, y siempre encontrará, los medios para integrar tales conquistas en el funciona­miento del sistema. Y cuando se produce un cambio radical de las relaciones de fuerzas, el movimiento de las masas se dirige espontáneamente hacia una conmoción fundamental del poder burgués. La dualidad de poder refleja una situación en que la conquista del poder es ya objetivamente posible debido al debilitamiento de la burguesía, pero en la que sólo la falta de preparación política de las masas, la preponderancia de tendencias reformistas y semirreformistas en su seno, detienen momentáneamente su acción en un nivel dado.

Mayo del 68 confirma, a este respecto, la ley de todas las revoluciones, es decir, que cuando unas fuerzas sociales tan amplias entran en acción, cuando lo que está en juego es tan importante, cuando el menor error, la menor iniciativa audaz por parte de uno u otro bando puede modificar radicalmente el sentido de los acontecimientos en el intervalo de unas pocas horas, resulta totalmente ilusorio tratar de ”congelar” este equilibrio, sumamente inestable, durante varios años. La burguesía se ve obligada a tratar de reconquistar de inmediato lo que las masas le arrebatan en el terreno del poder. Las masas, si no ceden ante el adversario, se ven casi instantáneamente obligadas a ampliar sus conquistas. Así ha ocurrido en todas las revoluciones; así volverá a ocurrir mañana[9].

3. El problema estratégico central.

La enorme debilidad, la enorme impotencia de las organizaciones tradicionales del movimiento obrero cuando se ven confrontadas con los problemas planteados por los ascensos revolucionarios posibles en Europa occidental, se ha manifestado en el modo en que Waldeck-Rochet, el secretario general del PCF, resume el dilema en el que, según él, estaba encerrado el proletariado francés en mayo de 1968:

”En realidad, la opción a tomar en mayo era la siguiente:

”- O bien actuar de modo que la huelga permitiera satisfacer las reivindicaciones esenciales de los trabajadores y proseguir, al mismo tiempo, en el plano político, la acción orientada a cambios democráticos necesarios en el marco de la legalidad. Esta era la posición de nuestro partido.

”- O bien lanzarse decididamente a la prueba de fuerza, es decir, ir a la insurrección, recurriendo, incluso, a la lucha armada con objeto de derribar el poder por la fuerza. Esta era la posición aventurera de algunos grupos ultraizquierdistas.

”Pero como las fuerzas militares y represivas estaban del lado del poder establecido[10], y como la inmensa masa del pueblo era absolutamente hostil a semejante aventura, es evidente que entrar en esta vía significaba, sencillamente, conducir a los trabajadores a la matanza y buscar el aplastamiento de la clase obrera y de su vanguardia, el partido comunista.

”¡Pues bien! No, no caímos en la trampa. Ya que ahí estaba el verdadero plan del poder gaullista.

”En efecto, el cálculo del poder era sencillo: ante una crisis que él mismo había provocado con su política antisocial y antidemocrática, calculó utilizar esta crisis para asestar un golpe decisivo y duradero a la clase obrera, a nuestro partido, a todo movimiento democrático[11].”

Dicho de otra forma: o bien había que limitar los objetivos de la huelga general de diez millones de trabajadores[12] a reivindicaciones inmediatas, es decir, a tan sólo una fracción del programa mínimo; o bien había que lanzarse de golpe a la insurrección armada para la conquista revolucionaria del poder. O lo uno o lo otro, el mínimo o el máximo. Puesto que no se estaba preparado para la insurrección inmediata, había que ir a unos nuevos acuerdos Matignon. Igual podría concluirse que, puesto que jamás se estará preparado para una insurrección armada al comienzo de una huelga general – sobre todo si se sigue educando a las masas y al propio partido en el ”respeto a la legalidad” –, jamás se librarán luchas que no estén centradas en reivindicaciones inmediatas…

¿Es concebible una actitud más alejada del marxismo, por ni siquiera citar al leninismo?

Cuando el poder de la burguesía es estable y fuerte, sería absurdo lanzarse a una acción revolucionaria que tuviera por objeto el derrocamiento inmediato del capital; con ello se iría a una derrota segura. Pero, ¿cómo se pasará de ese poder fuerte y estable a un poder debilitado, resquebrajado, desagregado? ¿Por un salto milagroso? ¿No exige una modificación radical de las relaciones de fuerzas algunas estocadas decisivas? ¿No abren estas estocadas un proceso de debilitamiento progresivo de la burguesía? ¿No consiste el deber elemental de un partido que se reclame de la clase obrera – e incluso de la revolución socialista – en impulsar al máximo este proceso? ¿Puede hacerse esto excluyendo por decreto toda lucha que no sea por reivindicaciones inmediatas… mientras la situación no esté madura para la insurrección armada inmediata, con victoria garantizada sobre factura?

¿No representa una huelga de diez millones de trabajadores, con ocupación de fábricas, un debilitamiento considerable del poder del capital? ¿Quizá no hay que concentrar todos los esfuerzos en ensanchar la brecha, en tomar garantías, en actuar de tal modo que el capital no pueda ya restablecer rápidamente la relación de fuerzas en favor suyo? ¿Existe otro medio para lograrlo que no sea arrebatar al capital los poderes de hecho, en la fábrica, en los barrios, en la calle, es decir, pasar de la lucha por reivindicaciones inmediatas a la lucha por reformas de estructura anticapitalistas, por reivindicaciones transitorias? Al abstenerse deliberadamente de luchar por tales objetivos, y encerrarse deliberadamente en luchas por reivindicaciones inmediatas, ¿no se crean todas las condiciones propicias para un restablecimiento de la relación de fuerzas a favor de la burguesía, para una nueva y brutal inversión de tendencias?

Toda la historia del capitalismo atestigua su capacidad para ceder en cuanto a reivindicaciones inmediatas cuando su poder está amenazado. Sabe perfectamente que, si conserva el poder, podrá recobrar en parte lo que ha dado (mediante el alza de precios, los impuestos, el paro, etc.), y, en parte, digerirlo con un aumento de la productividad. Además, toda burguesía enervada y asustada por una huelga de amplitud excepcional, pero que conserve su poder de estado, tenderá a pasar a la contraofensiva y a la represión en cuanto refluya el movimiento de masas. La historia del movimiento obrero así lo demuestra: un partido encerrado en el dilema de Waldeck Rochet jamás hará la revolución, y se dirigirá con toda seguridad a la derrota[13].

Al negarse a entrar en el proceso que lleva de la lucha por reivindicaciones inmediatas a la lucha por el poder, a través de la lucha por las reivindicaciones transitorias y de la creación de órganos de la dualidad de poder, los reformistas y neorreformistas se han condenado in­variablemente a considerar toda acción revolucionaria como una ”provocación” que debilita a las masas y que ”fortalece a la reacción”. Esta fue la cantilena de la socialdemocracia alemana en 1919, en 1920, en 1923, en 1930-33. La culpa es de los ”aventureros izquierdistas, anar­quistas, putschistas, espartaquistas, bolcheviques” (entonces aún no se decía ”trotskistas”) si la burguesía obtiene la mayoría en la asamblea constituyente de Weimar, ya que sus ”acciones violentas” han ”asustado al pueblo”, gimen los Scheidemann en 1919. La culpa de que el nazismo haya podido fortalecerse es de los comunistas, ya que ha sido la amenaza de la revolución la que ha decantado a las clases medias al campo de la contrarrevolución, repitieron en 1930-33.

Es significativo que incluso el Kautsky de 1918 comprendiera todavía que el movimiento obrero, confrontado con poderosas huelgas de masas, no podía limitarse a las formas de acción y de organización tradicionales (sindicatos y elecciones), sino que debía pasar a formas de organización superiores, es decir, a la constitución de comités elegidos por los trabaja­dores, de tipo soviético. No por ello dejó Lenin de fustigar las vacilaciones, las contradic­ciones y el eclecticismo de Kautsky en 1918. ¡Qué no hubiera objetado a esta argumentación de Waldeck-Rochet: ”Puesto que no estamos preparados para organizar de inmediato la in­surrección armada victoriosa, será mejor no asustar a la burguesía y limitarse a pedir aumen­tos de salario y a aceptar las elecciones; y eso en el momento en que Francia cuenta con el mayor número de huelguistas de toda su historia, en que los obreros ocupan las fábricas, en que el sindicato de la policía anuncia que dejará de ejercer la represión, en que el Banco de Francia no puede ya imprimir billetes de banco por falta de obreros dispuestos a trabajar, en que – y éste es el signo más seguro del desquiciamiento del poder burgués – unas capas tan periféricas como los arquitectos, los ciclistas profesionales, los ayudantes de hospital y los notarios se ponen a ‘cuestionar’ al régimen”!

La discusión sobre la ”vacante de poder”, planteada de esta forma metafísica, no tiene, evi­dentemente, ninguna salida. Pero Waldeck-Rochet, que recoge por su cuenta la tesis gaullista de la ”conspiración” (¡según su versión, los conspiradores son los gaullistas!), reemplazando, de este modo, el análisis de la lucha de clases por el recurso a la demonología, debería recor­dar que el poder, que, según parece, quería, a cualquier precio, atraer a la clase obrera a la ”trampa” de la ”prueba de fuerzas”, perdió el aliento buscando a los dirigentes sindicales para negociar la detención de la huelga a cambio de concesiones materiales bastante sustanciales.

Si la intención del gaullismo hubiera sido realmente la de provocar una prueba de fuerzas, su vía de actuación estaba clara: negarse al diálogo con los sindicatos mientras las fábricas siguieran ocupadas. La prueba de fuerza se hubiera hecho inevitable en un plazo de pocas semanas. ¡Sin embargo, se cuidó mucho de no cometer semejante locura, y con motivo! Su estimación de la relación de fuerzas y de su deterioro constante desde el punto de vista de la burguesía era más exacta que la que Waldeck-Rochet nos presenta hoy. Es decir, no buscaba la prueba de fuerzas, sino la finalización de la huelga, lo antes posible y al precio que fuera. Esto quiere decir que toda la tesis de la ”trampa” no es más que un mito que tiene por objeto desviar la atención de los verdaderos problemas[14]. Si, por lo demás, puede hablarse de un ”plan” de de Gaulle, el del 30 de mayo es brillante: detener las huelgas lo antes posible, y luego ir a las elecciones. ¿Cuál fue la reacción de la dirección del PCF? ¿No cayó de cabeza en esa ”trampa”, hasta el punto de acusar a los huelguistas de ”ayudar al régimen a evitar las elecciones”? ¿Y cuál fue el resultado?

Por esto es que toda la casuística desarrollada para dilucidar si realmente el poder estaba vacante en mayo, y si de Gaulle había o no ”manifestado su intención de retirarse y de dejar el puesto”, está relacionada con los mismos métodos de pensamiento que sustituyen por la referencia a la conspiración, a la astucia y a los ”provocadores” el análisis serio de las fuerzas sociales en presencia y de la dinámica de sus relaciones recíprocas.

Una ”vacante de poder” no es ningún regalo que se reciba tal cual de la historia; esperarla pasivamente, o con campañas electorales, significa resignarse a no encontrársela jamás. Una ”vacante de poder” no es más que el punto final de todo un proceso de deterioro de la relación de fuerzas para la clase dominante. Ni siquiera Kerensky manifestaba la menor ”intención de retirarse y ceder el puesto” unas horas antes de la insurrección de octubre. Lo esencial no es entrar en discusiones escolásticas en torno a la definición de una verdadera ”vacante de poder”. Lo esencial es intervenir en la lucha de las masas de tal manera que se acelere incesantemente este deterioro de la relación de fuerzas contra el capital. Aparte de la estrategia orientada a arrebatar a la burguesía los poderes de hecho, la propaganda incansable de la revolución, aun cuando sus condiciones no estén aún completamente ”maduras”, constituye para ello una condición necesaria[15].

El problema estratégico central es, pues, realmente, el de romper el dilema: ”O huelgas puramente reivindicativas, seguidas de elecciones (es decir, business as usual), o insurrección armada inmediata, con la condición de que la victoria esté asegurada por anticipado”. Hay que entender que unas huelgas generales como las de diciembre de 1960-enero de 1961 en Bélgica, o la de mayo de 1968 en Francia – sobre todo si relacionadas con ellas aparecen nuevas formas de lucha radical de las masas –, pueden y deben desembocar en algo más que en aumentos salariales, aun cuando los preparativos para una insurrección armada no estén demasiado a punto. Pueden y deben desembocar en la conquista por las masas de nuevos poderes de hecho, de poderes de control y de veto que creen una dualidad de poder, eleven la lucha de clases a su nivel más alto y exacerbado, y hagan madurar de este modo las condiciones para una toma revolucionaria del poder.

4. Espontaneidad de las masas, dualidad de poder y organización revolucionaria.

Admitamos que los estudiantes tuvieran realmente intenciones revolucionarias en mayo de 1968; pero, ¿no se limitó la inmensa mayoría de los trabajadores a aceptar el carácter reivindicativo que los dirigentes sindicales imprimieron a la huelga? Es de este modo que M. Duverger, Jean Dru y otros corean el análisis del PCF.

Es realmente difícil saber qué pensaba realmente la masa de los trabajadores durante las jornadas de mayo; en efecto, no se le concedió la palabra. Hubiera sido fácil, sin embargo, averiguar sus preocupaciones, si realmente se hubiera deseado conocerlas. Hubiera bastado con reunir a los trabajadores en asambleas generales en las empresas, concederles amplia­mente la palabra, decidir que las fábricas fueran ocupadas por toda la masa obrera, hacer que en ellas reinara la más amplia democracia obrera, reunirlos en todas las vicisitudes de la huelga; hubiera bastado, en suma, con crear, en el marco de esa huelga general, ese tipo de comités de huelga electos, con delegados revocables en todo momento; con ese tipo de contestación y de debate permanente bajo la mirada crítica de las masas que es el de los soviets, predicados para tales huelgas no sólo por Lenin, Trotsky, Rosa Luxemburg, sino incluso por el Kautsky de 1918. Los dirigentes oficiales del movimiento obrero francés están muy por detrás de ese Kautsky[16].

El hecho de que los dirigentes sindicales se hayan esforzado por evitar a cualquier precio estas ocupaciones masivas y estas confrontaciones de ideas; el de que hayan intentado por todos los medios impedir el acceso a las fábricas a los portavoces de los estudiantes, indica que no estaban muy seguros de las reacciones de los trabajadores. El hecho de que los trabajadores convocados para ratificar el ”protocolo de Grenelle” lo rechazaran por mayorías aplastantes constituye también un indicio de la voluntad instintiva de las masas de superar la fase de un movimiento puramente reivindicativo.

Cabe, por lo demás, plantearse esta pregunta: si es cierto que todo lo que deseaban los trabaja­dores era un aumento importante de los salarios, ¿por qué entraron espontáneamente en la vía de las ocupaciones de fábricas? Los trabajadores franceses han desarrollado distintos movi­mientos por aumentos salariales durante los últimos veinte años. Nunca esos movimientos tuvieron una amplitud comparable con la de mayo de 1968; nunca sus formas de acción se aproximaron a las de mayo de 1968. Con la ocupación de fábricas; lanzándose a la calle a decenas y a veces a cientos de miles; izando banderas rojas en las empresas; expandiendo por todas partes consignas como ”con diez años, ya basta”; ”las fábricas a los obreros”; ”poder obrero”, ”el poder a los trabajadores”, la masa de los huelguistas expresaba unas aspiraciones que desbordaban ampliamente las reivindicaciones puramente salariales[17].

Pero existe una prueba aún mucho más convincente de que también los trabajadores querían ir más allá de una simple campaña rutinaria ”por salarios y unas buenas elecciones”. Se trata de su comportamiento en todas partes en que tuvieron ocasión de expresarse libremente, en que la pantalla burocrática se resquebrajó y cayó, en que pudieron desarrollarse iniciativas desde la base. Se está lejos de haber hecho un inventario completo de estas experiencias; pero su lista es ya impresionante:

– en la fábrica C.S.F., de Brest, los trabajadores decidieron continuar la fabricación, pero produjeron lo que ellos consideraron importante, en especial ”walkie-talkies” que ayudaron a los huelguistas y a los manifestantes a defenderse contra la represión;

– en Nantes, el comité de huelga trató de controlar la circulación hacia la ciudad y hacia fuera de ella, distribuyendo permisos de circulación y bloqueando mediante barricadas los accesos a la ciudad. Parece, por lo demás, que este mismo comité emitió unos bonos de crédito que eran aceptados como moneda por ciertos comerciantes y agricultores;

– en Caen, el comité de huelga prohibió todo acceso a la ciudad durante veinticuatro horas;

– en las fábricas Rhône-Poulenc, en Vitry, los huelguistas decidieron establecer relaciones directas de intercambio con los agricultores, trataron de extender la experiencia a otras empresas, y discutieron el paso a la ”huelga activa” (es decir, a la reanudación del trabajo por cuenta de ellos y con sus propios planes), al mismo tiempo que llegaban a la conclusión de que sería preferible remitir esta experiencia al momento en que varias otras empresas los siguieran en esta vía[18];

– en Cementos de Mureaux, los obreros votaron en asamblea general la revocación del director. Se negaron a aceptar la propuesta patronal de votar nuevamente. El director en cuestión fue entonces enviado a una sucursal de la empresa, en la que, por solidaridad con los de Mureaux, los trabajadores desencadenaron de inmediato una huelga, la primera en la historia de esa fábrica;

– en Pilas Wonder, en Saint-Ouen, los huelguistas eligieron un comité de huelga en asamblea general, y, para manifestar su reprobación de la orientación reformista de la CGT, se encerraron con barricadas en su fábrica y prohibieron el acceso a ella a los responsables sindicales;

– en Saclay, los trabajadores del centro de energía nuclear confiscaron material de la fábrica para proseguir la huelga;

– en los astilleros de Rouen, los trabajadores tornaron bajo su protección a los jóvenes que vendían literatura revolucionaria, e impidieron el acceso a la fábrica de los CRS que les perseguían para detenerlos;

– en varias imprentas de París, los trabajadores o bien impulsaron la modificación de titulares (Le Figaro), o bien se negaron a imprimir un diario (La Nation), cuando su contenido era directamente perjudicial para la huelga;

– en París, el C.L.E.O.P. (Comité de enlace estudiantes-obreros-campesinos) organizó convoyes de abastecimiento que se aprovisionaban en cooperativas agrícolas y distribuyeron los productos en las fábricas, vendiéndolos a precio de coste (pollos a veinticuatro céntimos de franco, huevos a once céntimos, por ejemplo); Serge Mallet [19] indica acciones del mismo género en el oeste de Francia;

– en la Peugeot, en Sochaux, los trabajadores construyeron barricadas contra la intrusión de los CRS, y los echaron violentamente de la fábrica;

– en las fábricas Citroën, en París, se hizo una primera tentativa, modesta y embrionaria, de requisar camiones para el avituallamiento de los huelguistas;

– el caso tal vez más elocuente: en Astilleros del Atlántico, en Saint-Nazaire, los trabajadores ocuparon la empresa y se negaron, durante diez días, a presentar un cuaderno de reivindicaciones inmediatas, pese a la constante presión del aparato sindical[20].

Cuando esta lista quede completada, ¿cómo podrá discutirse el que exprese la tendencia espontánea de la clase obrera a tomar en mano su propia suerte y a reorganizar la sociedad según sus convicciones y su ideal? ¿Son ésas manifestaciones de una huelga puramente reivindicativa, de una huelga ”cualquiera”, o de una huelga cuya amplitud y cuya lógica empujaban a las propias masas a desbordar las reivindicaciones inmediatas [21]?

Se ha contrapuesto a este análisis el resultado de las elecciones legislativas y el auge gaullista que éste refleja. Pero se trata de unos análisis intensamente teñidos de cretinismo parlamentario, de ignorancia fingida de lo que representan unas elecciones en la democracia burguesa.

En la primera vuelta, la izquierda obtuvo el 41 % de los votos, y los gaullistas el 44 %. Pero si se toma en cuenta el elevado número de trabajadores que esta vez se abstuvieron por asco de la política de las grandes organizaciones obreras, sin dejar por ello de permanecer disponibles para la acción; si se toman en cuenta los cientos de miles de jóvenes que estaban en la vanguardia del movimiento de mayo de 1968, pero que están desprovistos de derecho de voto en un sistema electoral antidemocrático – y también debido a la negativa a poner al día las listas electorales, negativa que privó del derecho de voto a los que habían alcanzado recientemente la mayoría de edad –, puede presumirse, sin exageración, que, incluso después de la inmensa decepción del 30 de mayo, las fuerzas de la izquierda y del gaullismo estaban equilibradas en el seno del pueblo francés.

Ahora bien, este equilibrio se daba tras una maniobra victoriosa del gaullismo y de un fracaso táctico lamentable de la izquierda, que había aceptado las reglas de juego prescritas por el enemigo de clase: detener la huelga sobre una base puramente reivindicativa; aceptar de hecho la represión contra la extrema izquierda; remitirse a las elecciones para dirimir los problemas vitales levantados por mayo de 1968. ¿Puede dudarse por un solo instante que si la iniciativa hubiera permanecido del lado de la izquierda, si ésta hubiera podido hacer que fructificara el enorme capital de combatividad, de entusiasmo y de generosidad acumulado durante las cuatro semanas de mayo, y hubiera impuesto el control obrero, comités de fábrica y de barrio elegidos democráticamente, federados a nivel local y regional y confederados a escala nacional, piquetes de huelga armados, imprentas a disposición del pueblo, y todo eso además de la satisfacción de las reivindicaciones inmediatas, puede dudarse que entonces el 45 % de la nación francesa que la izquierda representaba, pese a todo, la noche del 23 de junio, se hubiera convertido, en un espacio de días, en más del 50 %?

Toda la historia contemporánea lo atestigua: si bien el ”miedo a la guerra civil” es un móvil de opción política para las clases medias y las ”capas flotantes del electorado”, por otro lado la inclinación a pasarse al campo del más fuerte, la tentación de subirse al carro que va en dirección a la victoria, el atractivo de la iniciativa más resuelta y enérgica, pesan en la balanza de un modo mucho más decisivo[22]. En este sentido, de Gaulle había ganado la batalla ya en la noche del 30 de mayo, no tanto reagrupando al ”partido del miedo” como ganando por la mano a sus adversarios políticos, marcados por las dudas, el inmovilismo y el espíritu de capitulación.

Se ha objetado a menudo a la estrategia de reformas de estructura anticapitalistas, a la estrategia del programa de transición que nosotros preconizamos, que sólo es eficaz si la aplican las grandes organizaciones obreras, sindicales y políticas. Sin el dique que tan sólo estas organizaciones pueden levantar contra la infiltración permanente de la ideología burguesa y pequeñoburguesa en el seno de la clase obrera, ésta estaría actualmente condenada a limitarse a luchas reivindicativas. La experiencia de mayo de 1968 ha desmentido totalmente este diagnóstico pesimista.

Sin duda, la existencia de sindicatos y de partidos de masas no integrados al régimen capitalista, que educaran incesantemente a los trabajadores en un espíritu de desafío y de cuestionamiento global frente a ese régimen, sería una baza enorme para acelerar la maduración de la conciencia de clase revolucionaria en el seno de los trabajadores – y eso aunque esos sindicatos y partidos no fueran instrumentos adecuados para la conquista del poder. Pero la experiencia de mayo de 1968 ha demostrado que incluso estando ausente una vanguardia revolucionaria de masas esta toma de conciencia acaba, de todos modos, por irrumpir en el seno del proletariado, porque está alimentada por toda la experiencia práctica de las contradicciones neocapitalistas que los trabajadores acumulan día tras día a lo largo de los años.

La espontaneidad es la forma embrionaria de la organización, decía Lenin. La experiencia de mayo de 1968 permite precisar de dos modos la actualidad de esta idea. La espontaneidad obrera no es jamás una espontaneidad pura; en el seno de las empresas actúan los fermentos de los grupos de vanguardia – a veces un solo militante revolucionario curtido – cuya tenacidad y paciencia se ven recompensadas precisamente en esos momentos de fiebre social que llega a su paroxismo. La espontaneidad obrera desemboca en la organización de una vanguardia más amplia porque en el plazo de unas pocas semanas millares de trabajadores han comprendido la posibilidad de la revolución socialista en Francia. Han comprendido que deben organizarse con este fin, y tejen mil lazos con los estudiantes, con intelectuales, con los grupos revolucionarios de vanguardia, que, poco a poco, van dando forma al futuro partido revolucionario de masas del proletariado francés, del que la JCR[23] se muestra ya desde ahora como su núcleo más sólido y dinámico.

No somos plácidos admiradores de la pura y simple espontaneidad obrera. Aun cuando ésta se revalorice, inevitablemente, ante el conservadurismo de los aparatos burocráticos[24], choca, sin embargo, con unos límites evidentes ante un aparato de estado y una máquina represiva altamente especializados y centralizados. En ninguna parte ha logrado aún la clase obrera derribar espontáneamente el régimen capitalista y el estado burgués en un territorio nacional; y sin duda jamás lo conseguirá. Incluso la extensión de órganos de dualidad de poder a todo un país de las dimensiones de Francia es, si no imposible, sí al menos enormemente difícil en ausencia de una vanguardia ya lo bastante implantada en las empresas como para poder generalizar rápidamente las iniciativas de los trabajadores de algunas fábricas piloto.

Por otra parte, no tiene ninguna ventaja el exagerar la amplitud de la iniciativa espontánea de las masas trabajadoras en mayo de 1968. Ésta estaba presente en todas partes, en potencia; no se hizo realidad más que en una serie de casos limitados, tanto al nivel de desencadenamiento de ocupaciones de fábricas como al de las iniciativas de dualidad de poder antes mencionadas. Los estudiantes en acción escaparon, en su gran mayoría, a los intentos de canalización hacia vías reformistas; los trabajadores, una vez más, se han dejado canalizar en su mayoría. No hay que echárselo en cara; la responsabilidad la tienen los aparatos burocráticos que se han esforzado durante años en ahogar en su seno todo espíritu crítico, toda manifestación de oposición respecto a la orientación reformista o neorreformista, todo resto de democracia obrera. La victoria política gaullista de junio de 1968 es el precio que paga el movimiento obrero por estas relaciones aún no trastocadas entre la vanguardia y la masa en el seno del proletariado francés.

Pero si bien es cierto que mayo del 68 ha permitido verificar una vez más la ausencia de una dirección revolucionaria adecuada y las consecuencias inevitables que de ello se desprenden para el éxito del ascenso revolucionario, por otra parte la experiencia permite también entrever – por primera vez en Occidente desde hace más de treinta años – las dimensiones reales del problema y sus vías de solución. Lo que faltó en mayo de 1968 para que se produjera una primera incursión decisiva hacia la dualidad de poder – para que Francia conociera, salvando las proporciones, su febrero de 1917 – fue una organización revolucionaria no más numerosa en las empresas de lo que era ya en las universidades. En ese momento preciso, y en esos sitios, unos núcleos reducidos de obreros, articulados, armados de un programa y de un análisis político correctos, y capaces de hacerse oír, hubieran bastado para impedir la dispersión de los huelguistas, para imponer en las principales fábricas del país la ocupación de masas y la elección democrática de los comités de huelga. Esto no hubiera sido, desde luego, ni la insurrección ni la toma del poder. Pero se hubiera girado una página decisiva de la historia de Francia y de Europa. Todos aquellos que creen posible y necesario el socialismo deben actuar de modo que sea girada la próxima vez.

5. Participación, autogestión, control obrero.

Para conquistar el poder se necesita una vanguardia revolucionaria que haya convencido ya a la mayoría de los asalariados de la imposibilidad de ir al socialismo por vía parlamentaria, que sea ya capaz de movilizar a la mayoría del proletariado bajo su bandera. Si el PCF hubiera sido un partido revolucionario – es decir, si hubiera educado a los trabajadores en ese mismo espíritu incluso en los períodos en que la revolución no estaba a la orden del día, incluso en las fases contrarrevolucionarias, tal como dice Lenin –, entonces, en abstracto, esta toma del poder hubiera sido posible en mayo de 1968. Sólo que entonces muchos de los supuestos hubieran sido muy distintos de la realidad de mayo de 1968.

Dado que el PCF no es un partido revolucionario, y dado que ningún grupo de vanguardia dispone todavía de audiencia suficiente en la clase obrera, mayo del 68 no podía terminar en una toma del poder. Pero una huelga general con ocupación de fábricas puede y debe terminar con la conquista de reformas de estructura anticapitalistas, con la realización de reivindicaciones transitorias, es decir, con la creación de una dualidad de poder, de un poder de hecho de las masas opuesto al poder legal del capital. Para la realización de una dualidad de poder no resulta indispensable un partido revolucionario de masas; basta con un poderoso empuje espontáneo de los trabajadores, estimulado, enriquecido y parcialmente coordinado por una vanguardia revolucionaria organizada, aún demasiado débil para disputar directamente la dirección del movimiento obrero a los aparatos tradicionales, pero ya lo bastante fuerte para desbordarla en la práctica.

Esta vanguardia organizada no es aún un partido; es un partido en devenir, el núcleo de un futuro partido. Y si bien los problemas de construcción de ese partido se sitúan, a grandes rasgos, en un marco análogo al esbozado por Lenin en ¿Qué hacer?, su solución tiene que estar enriquecida por sesenta años de experiencia y por la incorporación de todas las particularidades que caracterizan hoy al proletariado, a los estudiantes y a las demás capas explotadas de los países imperialistas.

Hay que tener en cuenta que, históricamente, esta tentativa será la tercera – tras haber fracasado las de la SFIO y el PCF –, y que los fracasos del pasado inculcan a los trabajadores y a los estudiantes una acentuada – y justificada – desconfianza respecto a todo intento de manipulación, a todo dogmatismo esquemático, a todo esfuerzo por sustituir los objetivos que las masas se asignan a sí mismas por objetivos teledirigidos. Por el contrario, la capacidad de apoyar y ampliar todo movimiento parcial por objetivos justos, de mostrarse como el mejor organizador de todos esos combates parciales y sectoriales, es lo que da al militante revolucionario (y a su organización) la autoridad necesaria para integrarlos a una acción anticapitalista de conjunto.

Se ha denunciado el carácter falsificador del movimiento gaullista de la ”participación” lo bastante para que no sea necesario extenderse demasiado al respecto. Mientras subsista la propiedad privada de los principales medios de producción, la irregularidad de las inversiones provoca inevitablemente unas fluctuaciones cíclicas de la actividad económica, es decir, el paro. Mientras la producción sea, en lo esencial, una producción para el beneficio, no estará orientada a satisfacer ante todo las necesidades de los hombres, sino que se orientará hacia los sectores que den mayor beneficio (así sea ”manipulando” la demanda). Mientras en la empresa el capitalista y su director conserven el derecho de mandar sobre los hombres y las máquinas – y, desde de Gaulle hasta Couve de Murville, todos los paladines del régimen han precisado claramente que ni por un instante han pensado en poner en tela de juicio ese poder –, el trabajador seguirá estando alienado en el proceso de producción.

Si sumamos estas tres características del régimen capitalista, obtendremos la imagen de una sociedad en la que subsisten los rasgos fundamentales de la condición proletaria. Subsiste la inseguridad de la existencia. Subsiste la alienación del productor. La del consumidor incluso aumentará. La venta de la fuerza de trabajo desembocará, como antes, en la aparición de una plusvalía y en la acumulación de un capital que es propiedad de una clase distinta a aquella que la ha engendrado con su trabajo[25]. Dentro de estos límites, una ”participación” equivale, en suma, a un intento de acentuar la alienación, de hacer perder a los trabajadores la conciencia de estar explotados, sin suprimir la alienación misma. Los proletarios tendrán el derecho a ser consultados sobre cuántos de ellos serán despedidos. ¡Felices las gallinas que participan en la selección de los procedimientos que se emplearán para desplumarlas!

Deshacer el engaño de los parloteos sobre la ”participación”, sin embargo, no basta. No es casual que esa demagogia haya surgido con ocasión de la crisis de mayo. Expresa, por parte del régimen, una toma de conciencia de la agudeza de las contradicciones sociales en la Francia neocapitalista, un presentimiento de su carácter explosivo durante todo un período histórico. Si no, ¿cómo explicar que fuerzas importantes del gran capital se vean obligadas a utilizar unos argumentos que pudieron ahorrarse incluso en 1936 y en 1944-45? Es chocante el paralelismo entre la socialdemocracia alemana luchando contra Spartakus, los consejos de obreros y soldados, en enero de 1919, bajo la consigna ”la socialización está en marcha”, y de Gaulle intentando encauzar la revolución que asciende desde abajo insinuando que se dispone a realizar una revolución desde arriba, en orden y tranquilidad, naturalmente.

La explosión de mayo ha planteado de golpe, ante toda la sociedad francesa, la cuestión social de nuestra época en los países imperialistas. ¿Quién mandará sobre las máquinas? ¿Quién decidirá las inversiones, su orientación, su localización? ¿Quién determinará el ritmo de trabajo? ¿Quién elegirá el abanico de productos a fabricar? ¿Quién establecerá las prioridades en el empleo de los recursos productivos de que dispone la sociedad? Pese al intento de reducir la huelga general a un problema de retribución de la fuerza de trabajo, la realidad económica y social obliga y seguirá obligando a todo el mundo a discutir el problema fundamental, tal como Marx lo formuló: no sólo aumentos de salarios, sino supresión del salariado.

Los socialistas revolucionarios no podrán dejar de alegrarse. Este giro de los acontecimientos confirma lo que llevan proclamando desde hace años, es decir, que la lógica de la economía neocapitalista y de las luchas de clases amplificadas desplazará cada vez más el centro de gravedad de los debates y de la acción de los problemas de reparto de la renta nacional a los problemas del mantenimiento o derrocamiento de las estructuras capitalistas en la empresa, en la economía y en toda la sociedad burguesa.

En el curso de la crisis de mayo, la consigna de ”autogestión” se lanzó desde diversos lados. Como consigna de propaganda general, no hay nada que objetarle, a condición, eso sí, de que se reemplace ”autogestión de las empresas” por ”autogestión de los trabajadores”, y que se precise que esta última implica el advenimiento de una planificación democráticamente centralizada de las inversiones y algunas garantías suplementarias; de no ser así, el ”productor desproletarizado” puede volver a verse siendo un Juan Lanas como antes, y podrá convertirse en parado de la noche a la mañana[26].

Pero como objetivo inmediato de acción, y al margen de las situaciones preinsurreccionales en las que se plantea el derrocamiento inmediato del régimen capitalista, y especialmente en la forma en que fue utilizada algunas veces por dirigentes de la CFDT, esta consigna encierra una peligrosa confusión. La autogestión de los trabajadores presupone el derrocamiento del poder del capital, en las empresas, en la sociedad, y desde el punto de vista del poder político. Mientras ese poder subsista, no sólo es una utopía el pretender transferir el poder de decisión a los trabajadores, fábrica a fábrica (¡como si las decisiones estratégicas de la economía capitalista contemporánea se tomaran a ese nivel y no al de los bancos, los trusts, los monopolios y el estado!); es, también, una utopía reaccionaria, ya que tendería, si por casualidad encontrara un comienzo de institucionalización, a transformar a los colectivos de obreros en cooperativas de producción que se verían obligadas a sostener una competencia con las empresas capitalistas y a someterse a las leyes de la economía capitalista y a los imperativos del beneficio. Se hubiera llegado, dando un rodeo, al mismo resultado que aquél al que apunta la ”participación” gaullista: quitar a los trabajadores la conciencia de estar explotados sin eliminar las causas esenciales de esa explotación.

La respuesta inmediata que tanto los acontecimientos de mayo como el análisis socioeconómico del neocapitalismo sugieren ante el problema del cuestionamiento del marco capitalista de la empresa y de la economía no puede ser, pues, ni la de ”participación” (abierta colaboración de clase), ni la de ”autogestión” (integración indirecta en la economía capitalista), sino la de control obrero. El control obrero es, para los trabajadores, el equivalente exacto de lo que representa para los estudiantes la contestación total.

Control obrero significa afirmación por parte de los trabajadores de la negativa a permitir que la patronal disponga libremente de los medios de producción y de la fuerza de trabajo. La lucha por el control obrero es la lucha por un derecho de veto de unos representantes libremente elegidos por los trabajadores y revocables en todo momento[27] sobre la contratación y los despidos, sobre los ritmos de las cadenas, sobre la introducción de nuevas fabricaciones, sobre el mantenimiento o la supresión de toda fabricación, y, evidentemente, sobre el cierre de las empresas. Es la negativa a discutir con la patronal o el gobierno en su conjunto sobre el reparto de la renta nacional mientras los trabajadores no hayan obtenido la posibilidad de desenmascarar la forma en que los capitalistas marcan las barajas cuando hablan de precios y beneficios. Es, en otros términos, la apertura de los libros de contabilidad patronales y el cálculo por los trabajadores de los auténticos precios de coste y de los verdaderos márgenes de beneficios.

El control obrero no debe concebirse como un esquema hecho una vez por todas que la vanguardia trata de insertar en el desarrollo real de la lucha de clases. La lucha por el control obrero – con la que se identifica en una amplia medida la estrategia de las reformas de estructura anticapitalistas, la lucha por el programa de transición – debe, por el contrario, entrar en todas las sinuosidades de las preocupaciones inmediatas de las masas, surgir y resurgir una y otra vez de la realidad cotidiana vivida por los trabajadores, las amas de casa, los estudiantes, los intelectuales revolucionarios.

¿Implica el alza de salarios conquistada en mayo de 1968, ”necesariamente”, una elevación de los precios de coste? ¿Hasta qué punto? ¿La elevación de los precios al por menor es realmente resultado de esta elevación de las remuneraciones[28]?

¿No estará tratando la patronal de ”recuperar las pérdidas causadas por las huelgas” mediante una aceleración de los ritmos, es decir, no tratará de restablecer su tasa de ganancia mediante el aumento de la plusvalía relativa? ¿Quién es el responsable de la hemorragia de reservas de cambio que ha sufrido Francia en un plazo de pocos días? No serán, imaginamos, los trabajadores, ni siquiera los ”grupúsculos izquierdistas”, los que han transferido miles de millones de francos a Suiza y a otras partes.

Es en base a estas cuestiones, y a cuestiones análogas suscitadas por la realidad cotidiana, que puede constantemente ampliarse, actualizarse y perfeccionarse la agitación por el control obrero.

El objetivo no es crear nuevas instituciones en el marco del régimen capitalista. El objetivo es elevar el nivel de conciencia de las masas, su combatividad, su capacidad de replicar golpe a golpe ante cada medida reaccionaria de la patronal o el gobierno, cuestionar, no de palabra, sino con actos, el funcionamiento del régimen capitalista. Así será cómo se afianzará la insolencia revolucionaria de las masas, su resolución de echar a un lado el ”orden” y la ”autoridad” capitalistas para crear un orden superior, el orden socialista de mañana, dentro de un celoso respeto por la democracia de los trabajadores. Es en la medida en que se generalice la lucha por el control obrero; en que se amplíe incesantemente la prueba de fuerza con la patronal, con la consiguiente toma de conciencia revolucionaria de las masas; en que surjan por todos lados organismos de dualidad de poder, es en esta medida que el paso de la ”ocupación pasiva” a la ”ocupación activa”, es decir, la reanudación de la economía bajo la gestión de los trabajadores mismos, adquiere un sentido no simbólico, sino real, es en esta medida que desaparecerá el peligro de ”institucionalización” de las fábricas autogestionadas en el marco del régimen capitalista y que podrá un congreso de comités elegidos por los trabajadores tomar en sus manos la organización económica del nuevo poder, encarnando, al mismo tiempo, al nuevo poder en el plano político. Mayo de 1968 ha tenido el mérito histórico de demostrar que la lucha por este control obrero, que el nacimiento de la dualidad de poder, a partir de las entrañas mismas de las contradicciones neocapitalistas y de la iniciativa creadora de las masas, son posibles y necesarios en toda la Europa capitalista[29]. Una etapa posterior contemplará su florecimiento, es decir, pondrá a la orden del día la incursión al socialismo, a la desalienación del hombre. Estamos en el comienzo; prosigamos el combate.


Notas

[1] Este artículo, fechado el 20 de julio de 1968, fue traducido a muchos idiomas (el original escrito en francés).

[2] Toda lista de artículos y libros referidos a este debate sería necesariamente incompleta. Recordemos, tan sólo para refrescar la memoria, los artículos aparecidos en Les Temps modernes de agosto-septiembre de 1964 (Mandel, Santi, Poulantzas, Declercq-Guiheneuf, Tutino, Ingrao, Trentin, Anderson, Topham, Liebman); en la Revue internationale du socialismo, n.° 7, 8, 9 y 10, 2.° año (1963) (Prager, Basso, Herkommer, Therborn, Marchal, J. M. Vincent, Marcuse, Mallet, Mandel, Gorz, Topham); los libros de André Gorz, de Serge Mallet, de Pierre Naville, de Ken Coates, de Livio Maitan, de Jean Dru; el coloquio del Instituto Gramsci y del C.E.S., etc.

[3] Los elementos ”históricos” incorporados al valor de la fuerza de trabajo —por volver al vocabulario de Marx— más allá de los elementos puramente fisiológicos, tienden a aumentar, y por ello mismo, los salarios reales, aun cuando estén en alza, pueden caer por debajo de este valor.

[4] Se menciona a menudo la supresión de las mediaciones entre el poder y el pueblo, provocada por el advenimiento del gaullismo, como una de las causas lejanas de la explosión de mayo. Más allá de este fenómeno particular de Francia, hay que encontrar los rasgos generales propios del neocapitalismo mismo.

[5] Esto se ha verificado incluso en Alemania occidental en 1967, año marcado por un auge excepcional de las huelgas salvajes. La más importante de las huelgas ”oficiales” de ese año, la de los obreros del caucho de Hesse, empezó como huelga salvaje.

[6] Ernest Mandel, ”Une stratégie socialiste pour l’Europe occidentale”, en Revue internationale du socialismo, 2.° año, n.° 9, pp. 286-287.

[7] Waldeck-Rochet afirma, en su informe ante el comité central del PCF del 8-9 de julio de 1968 (L’Humanité, 10 de julio de 1968), que ”la segunda de nuestras tareas es la defensa de las libertades democráticas contra las tendencias autoritarias y fascistas que irán fortaleciéndose”. ¿A qué se debe, entonces, que el PCF no dijera ni una palabra en protesta contra la prohibición de las organizaciones de extrema izquierda, y que incluso le ofreciera al gobierno el pretexto para esta prohibición, siendo el primero en hablar de ”las milicias armadas de Geismar”? La historia del movimiento obrero y democrático demuestra, sin embargo, que una represión tolerada contra la extrema izquierda se extiende progresivamente a toda la izquierda. Los dirigentes socialdemócratas pudieron meditar, en los campos de concentración nazis, sobre la cordura política que consistía en aceptar las medidas anticomunistas bajo el pretexto de que ”la violencia comunista” provocaría ”objetivamente” la represión fascista.

[8] Lenin, Oeuvres choisies, en dos vols., ediciones en lenguas extranjeras, Moscú, 1946, t. I, p. 542. (”Las enseñanzas de la insurrección de Moscú”): ”Las formas esenciales del movimiento de diciembre, en Moscú, han sido la huelga pacífica y las manifestaciones. La inmensa mayoría de los obreros no han participado activamente más que en estas dos formas de lucha. Pero precisamente el movimiento de diciembre, en Moscú, ha demostrado espectacularmente que la huelga general, como forma independiente y principal de lucha, ha quedado superada; que el movimiento desborda con una fuerza instintiva, irresistible, estos marcos demasiado estrechos, dando origen a la forma superior de la lucha: la insurrección.”

[9] Desde el inicio de las ocupaciones de empresas, las fuerzas de represión intentaron recuperar algunos puntos estratégicos ocupados por los huelguistas, como el centro de telecomunicaciones. Un movimiento obrero al que los acontecimientos no hubieran tomado desprevenido hubiera sabido defender estas posiciones clave, logradas sin ninguna dificultad, y partir de esas provocaciones del poder para hacer que las masas fueran aceptando progresivamente la idea de un armamento defensivo de los piquetes de huelga. El ”miedo a la guerra civil” hubiera sido reemplazado por la voluntad de autodefensa.

[10] Admírese la fuerza del argumento. La especie de ”revolución pacífica” que espera la dirección del PCF es, sin duda, una revolución en la que, desde un comienzo, ”las fuerzas militares y represivas” se evaporen por ensalmo o… estén del lado del pueblo. Esperaremos con impaciencia que Waldeck-Rochet nos notifique esa transustanciación milagrosa de un ejército burgués y de una fuerza de represión en pura nada o en ”ejército del pueblo”, sin previa lucha, sin medios necesariamente revolucionarios para la desintegración de ese ejército. Cf. Lenin: ”Es imposible, según se nos dice, luchar contra un ejército moderno; es preciso que el ejército se haga revolucionario. Desde luego, si la revolución no se gana a las masas y al ejército mismo, no puede ni pensarse en una lucha seria. Naturalmente, la acción en el ejército es necesaria. Pero no hay que imaginar este cambio súbito de la tropa como un acto simple y aislado, que resulte de la persuasión por un lado, y, por otro, del despertar de la conciencia. La insurrección de Moscú demuestra, con toda evidencia, hasta qué punto esa concepción es rutinaria y estéril. En realidad, la indecisión de la tropa, inevitable en todo movimiento verdaderamente popular, conduce, cuando la lucha revolucionaria se intensifica, a una verdadera lucha por la conquista del ejército. La insurrección de Moscú nos presenta, precisamente, la lucha más implacable y enconada de la reacción y de la revolución por conquistar el ejército” (op. cit., pp. 545-46).

[11] L’Humanité, 10 de julio de 1968.

[12] Es significativo, al respecto, que la dirección de la CGT no proclamara en ningún momento la huelga general, contentándose con afirmar que ésta ”era un hecho”. En realidad, la proclamación de la huelga general implicaba la formulación de objetivos que desbordaban los de una lucha reivindicativa, e implicaba (dentro de la tradición leninista) que se reconociera que estaba planteada la cuestión del poder. En 1960-61, en Bélgica, ante una huelga que era, sin embargo, mucho menos dura que la de Francia en mayo de 1968, y sin ocupación de fábricas, el PC criticaba a la dirección sindical socialdemócrata por no proclamar la huelga general. Lo que ocurría era que en Bélgica el PC no es más que una minoría bastante pequeña en el seno del movimiento sindical.

[13] Waldeck-Rochet afirma, también: ”La condición del éxito de la vía pacífica es que la clase obrera, gracias a una correcta política de alianzas, logre agrupar, en la lucha por el socialismo, una superioridad de fuerzas tal que la gran burguesía, aislada, no esté ya en condiciones de recurrir a la guerra civil contra el pueblo.” Todo el cretinismo reformista se manifiesta en estas palabras: la ”superioridad de fuerzas” no se mide ya por la amplitud de la movilización, la iniciativa, la audacia, la energía del proletariado, sino tan sólo por la desaparición de la voluntad de resistencia del adversario. ¡Mientras la burguesía sea capaz de ”recurrir a la guerra civil”, mejor no abrir boca! Con semejante estado de espíritu, ni la revolución rusa, ni la revolución yugoslava, ni la revolución china, por no hablar de la revolución cubana o de la revolución vietnamita, se hubieran emprendido nunca. Dicho sea de paso, ese ánimo apocado es el mejor aliento para que la burguesía desencadene su guerra civil. La socialdemocracia se anuló ante Hitler con argumentos de esa especie, y en Grecia fue la misma mentalidad la que permitió que los coroneles tomaran el poder sin encontrar seria resistencia.

[14] Cuando de Gaulle le dio la vuelta a la situación, el 30 de mayo, al aceptar los dirigentes del movimiento obrero el repliegue a ”vías parlamentarias”, le fue posible, evidentemente, endurecer la presión de las fuerzas represivas. Pero incluso entonces los casos de Flins y de Sochaux demostraron cuáles eran las posibilidades de réplica obrera. El ”espectro de la guerra civil” es utilizado tanto por el régimen como por la dirección del PCF para velar la situación real y sus posibilidades, las de la dinámica de una política de autodefensa popular. Unas fuerzas represivas extenuadas por combates incesantes contra los estudiantes, que empezaron a extenderse a un número de ciudades cada vez mayor; las vacilaciones del régimen para movilizar al ejército estacionado en Francia (y acuartelado durante las semanas decisivas); la posibilidad de transformar a varios cientos de empresas en bastiones que resistieran ante los C.R.S. y protegieran a los manifestantes, he aquí cuáles eran los supuestos del problema. ¿Cuáles hubieran podido ser, en esas condiciones concretas, las posibilidades y objetivos de una intervención de los paracaidistas, en plena huelga general y ante un proletariado que tenía en sus manos la prenda suprema de todo el aparato productivo del país? La experiencia de julio de 1936 en España, cuando una intervención del ejército fue aplastada, en pocos días, en prácticamente todos los centros proletarios, por trabajadores resueltos, está llena de enseñanzas. La Francia de 1968 está lejos de tener tantas regiones atrasadas, base de repliegue del fascismo, como tenía España en 1936. La Europa de 1968 no tiene nada en común con la Europa de 1936. Las clases medias francesas no estaban demasiado dispuestas a aceptar una dictadura sangrienta. ¿Quién puede creer que de Gaulle no hizo todos sus cálculos y que se hubiera atrevido a emitir sus amenazas si no hubiera estado seguro de que sus adversarios retrocederían en vez de replicarle?

[15] ”Kautsky no comprende en absoluto algo tan cierto como que aquello que distingue al marxista revolucionario del vulgo y del pequeño burgués es que sabe predicar a las masas ignorantes la necesidad de la revolución que está madurando, demostrar su llegada ineluctable, explicar su utilidad para el pueblo, preparar para ella al proletariado y a todas las masas trabajadoras y explotadas.” (Lenin, La revolución proletaria y el renegado Kautsky.)

[16] Lenin, ibid., citando a Kautsky, que escribía: ”Contra las fuerzas colosales de que dispone el capital financiero en los terrenos económico y político, los viejos métodos de lucha económica y política del proletariado demuestran en todas partes ser insuficientes… La organización soviética es uno de los fenómenos más importantes de nuestra época. Promete adquirir una importancia primordial en las grandes batallas decisivas que se avecinan entre el capital y el trabajo.”

[17] Citemos una vez más a Lenin. ”¡Y qué vergüenza para la socialdemocracia serán siempre estos discursos sobre la conspiración (cf. la ”aventura izquierdista”, E. M.) con ocasión de un movimiento popular de la amplitud de la insurrección de diciembre en Moscú!”, Lenin, Informe sobre el Congreso de unificación del POSDR, junio de 1906.

[18] Señalemos que los mismos obreros entraron espontáneamente en contacto con distintas fábricas químicas de Europa occidental, demostrando mayor espíritu de iniciativa y mayor ”conciencia europea” que todas las direcciones sindicales europeas juntas. La FIOM-CISL (federación internacional de obreros metalúrgicos, parte de la confederación internacional de sindicatos libres a la que están adheridos el DGB alemán, la FGTB belga, las Trade-Unions británicas, en particular), que estaba en congreso cuando se produjeron los acontecimientos de mayo, no llevó su solidaridad más allá de la concesión de un apoyo de… ¡10.000 dólares a los huelguistas! (0,1 centavos por huelguista).

[19] Militante del PSU, autor de un libro sobre el ”poder obrero”, Payot, 1969.

[20] Como fuente de estas diversas informaciones, véase en particular Le Monde, 29 de mayo de 1968; Le Figaro, 30 de mayo de 1968; La Nouvelle Avant-Garde, junio de 1968; Le Nouvel Observateur, 19 de junio y 15 de julio de 1968; ”Mai 1968, premiére phase de la révolution socialiste française” (Mayo de 1968, primera fase de la revolución socialista francesa), número especial de la revista Quatrième Internationale, mayo-junio de 1968, etc.

[21] Waldeck-Rochet cita a Lenin : ”Decir que toda huelga es un paso hacia la revolución socialista es una frase completamente colgada en el aire.” Quedamos confundidos ante la magnitud del sofisma. ¿Pretende insinuar Waldeck-Rochet que Lenin escribió: ”Decir que una huelga de diez millones de trabajadores con ocupación de fábricas es un paso hacia la revolución socialista es una frase completamente colgada en el aire”? ¿Lenin, el mismo que escribió que una huelga general plantea la cuestión del poder, la cuestión de la insurrección?

[22] ”[Los representantes de la II Internacional y los socialdemócratas independientes, E. M.] olvidan que la dominación de los partidos burgueses se basa en gran parte en el engaño, con el que inducen en error a amplias capas de la población; en la presión del capital. Además, se engañan a ellos mismos en cuanto a la naturaleza del capitalismo… Que la mayoría de la población se pronuncie en favor del partido del proletariado, en las condiciones del mantenimiento de la propiedad privada, es decir, manteniéndose la dominación y la presión del capital, y tan sólo entonces ese partido puede y debe tomar el poder”: he aquí el lenguaje de los demócratas pequeñoburgueses, verdaderos lacayos de la burguesía, que se hacen llamar ‘socialistas’.
 ”Que el proletariado revolucionario derribe primero a la burguesía, rompa la presión del capital, destruya el aparato de estado burgués, y entonces el proletariado victorioso se ganará rápidamente la simpatía y el apoyo de la mayoría de las masas trabajadoras no proletarias, satisfaciendo a esas masas a expensas de los explotadores : he aquí lo que nosotros respondemos.” (Lenin, Las elecciones a la Constituyente y la dictadura del proletariado, 16 de diciembre de 1919.)

[23] Juventud Comunista Revolucionaria, disuelta en junio del 68. Muchos de sus militantes volvieron a reunirse para fundar el semanario ”Rouge”, en septiembre de 1968, y luego la Liga Comunista en 1969.

[24] No podemos analizar aquí las raíces materiales y sociales del conservadurismo de los PC de masas en Francia y en Italia. Estas raíces son, en parte, idénticas a las de la socialdemocracia clásica, y, en parte, distintas. Baste, por ahora, con una observación en el plano ”ideológico”: no se puede educar impunemente a un aparato, durante más de dos decenios, en el espíritu de la ”nueva democracia” y de las ”vías pacíficas y parlamentarias al socialismo” sin que tal aparato no quede completamente desorientado y desarmado cuando se ve confrontado con un impulso revolucionario de amplias masas que rompa el yugo de la ”legalidad” y del parlamentarismo burgués.

[25] No insistamos en el carácter falseador de la ”participación en los beneficios”, variante gaullista del ”capitalismo popular”, tan grato a los capitalistas norteamericanos y alemanes occidentales. No eliminaría la condición proletaria más que si liberara al trabajador de la obligación que se le impone de vender su fuerza de trabajo, es decir, más que si ello le permitiera hacerse con una fortuna que le garantizara la subsistencia. Un capitalismo que llegara a semejante resultado se negaría a sí mismo, ya que dejaría de encontrar mano de obra para explotar en sus empresas.

[26] El ejemplo yugoslavo demuestra que una autogestión limitada al nivel de la empresa se ve acompañada por un excesivo florecimiento de la economía de mercado, y bajo el pretexto de proteger al trabajador contra la ”centralización” (como si la auto- ridad de un congreso nacional de consejos obreros —de soviets—, reunido en permanencia y que respete escrupulosamente la democracia obrera, no pudiera servir de medio de lucha eficaz contra la burocracia) puede llegar a hacer que aumente tanto la desigualdad social como la fuerza de la burocracia y los sinsabores de los trabajadores (incluyendo los despidos y el paro masivo).

[27] Varios comités de huelga –en especial los de las galerías Lafayette y los de las fábricas Rhóne-Poulenc, en la región parisina– se eligieron bajo el régimen de revocabilidad de sus miembros al arbitrio de los electores.

[28] El economista norteamericano Galbraith, que no tiene un pelo de marxista, señala que los trusts norteamericanos de la siderurgia tienen por costumbre demorar hasta después de las huelgas los aumentos de precios previstos, con objeto de endosar la responsabilidad a los ”excesivos aumentos salariales”.

[29] Nos falta espacio para tratar las implicaciones y consecuencias de la explosión de mayo de 1968 en el plano internacional europeo y extraeuropeo. Señalemos, sin embargo, el modo unánime con que el capital internacional voló en ayuda de de Gaulle durante los días decisivos, pese a todas sus diferencias con los anglosajones; y, en contrapartida, el lamentable espectáculo de la total impotencia del movimiento sindical y obrero oficial para organizar ni una sola acción de solidaridad con la huelga general más amplia que Occidente haya conocido en varios decenios.

Invasión alienígena

Constanza Fernández Navarro
Poeta chilena


En las calles de Santiago
la gente se frota los ojos.
No pueden creer que frente a ellos
hayan ovnis.
Entonces tratan de dilucidar la realidad:
No son lacrimógenas,
no son protestantes;
son los alienígenas que vienen por nosotros,
a robar nuestro perfecto sistema de AFP,
a usurparnos la calidad educacional
que carece en su planeta.
Los alienígenas se tomaron las avenidas,
dejaron las naves en el supermercado
que se quema por los pacos.
Los alienígenas hacen carteles de ayuda.
Vinieron a copiar nuestro gran avance en la política.

Sí,
invasión alienígena
o extranjera
racionando la comida que los pacos han quemado.
Los aliens no salen en la tele,
mucho menos van a los matinales
donde la gente es rubia
y viven pensando que no son reales.
A los aliens los puedes ver con capucha,
los puedes ver con botella bicarbonato,
los puedes ver con un palo y sartén.
La invasión alienígena vino para quedarse.
Vamos por ti, Cecilia morel.
Nuestras naves van más rápido que tus helicópteros.
Nos reproducimos como pobres
porque lo somos,
y siempre lo hemos sido.
Los alienígenas invaden tu cabeza borracha.
Somos más reales que película
y estamos abajo de tu casa.
Aquí nadie ha visto tanto alien.
Cecilia Morel, vamos por ti.
Te llevaremos con nuestra nave
a La Pintana, Puente Alto, a La Cisterna y sus poblaciones,
a ese planeta que jamás has pisado
y donde no eres bienvenida.
Cecilia, que risa nos has dado.
Te vamos a poner a hacer stand up comedy
junto con los otros payasos.
Morel, no es nada personal,
pero la invasión alienigena ha llegado
con un ejército de voces
y armas de casa.
Morel, entréganos a tu esposo vivo
para pasear su cabeza por la Alameda
y que sus ojos lloren por la pimienta,
que sus ojos exploten por los gritos
de los alienígenas.
La invasión no te dejará dormir.
En cualquier momento te metemos a la cárcel
donde los aliens reinan.
Nos han puesto cadenas sin pecar,
las rejas no son eficientes.
Piñera y Morel
los abduciremos como vacas en el pastizal
y nadie nadie los va a extrañar.
La invasión alienígena o extranjera
se queda por siempre en los ideales.
Y para terminar, dejar algo en claro:
nos llamamos Pueblo.

Un país que lucha por vivir en paz, conciencia y unidad

Pilar Anco Ávila
Estudiante de Periodismo


 Chile era un país conocido como el paraíso latinoamericano, a diferencia de otros países. El 6 de noviembre con el alza de los pasajes, esto cambió. La ciudad de Santiago se convirtió en el centro de manifestaciones violentas, con muertes, represión e incendios. Pero, ¿por qué se originó?

El alza de pasaje fue el despertar de miles de ciudadanos. Pero no es solo un problema, son varios. Como se sabe, el transporte público en Chile es uno de los más caros en el mundo. La educación es cara, la salud es privada y muchas personas tienen que endeudarse para cubrir necesidades. En ese sentido, miles de ciudadanos incluyendo personas mayores, jóvenes y estudiantes se organizaron para protestar pacíficamente. Esta movilización se hizo cada vez más fuerte con el cacerolazo, consiste en tocar una olla y alguna cuchara para generar ruido. Pero, ¿Que recibió el pueblo chileno frente a esta protesta?

El pueblo chileno recibió represión por los militares, recibió ataques, recibió dolor por las personas que murieron en estos enfrentamientos, recibió la indiferencia del presidente Sebastián Piñera.

Por otro lado, el Gobierno Chileno decidió anular la medida del alza de pasajes en el transporte público, lo cual no originó que las protestas culminaron. Al contrario, miles de ciudadanos chilenos se siguen reuniendo en las plazas para pedir a gritos una nueva constitución y la renuncia del cargo de presidente a Sebastián Piñera. En estas movilizaciones se han hecho escuchar el sentir colectivo, con frases como “No son 30 pesos, son 30 años”.

Créditos: Getty Images.

En estas protestas, también se recuerda al cantante Víctor Jara y su conocida canción “El derecho de vivir en paz”. Un cantante que fue torturado y asesinado en la dictadura chilena de Augusto Pinochet, hoy, quizá más que nunca, se encuentra presente en cada ciudadano chileno que protesta por vivir en paz y en un país más igualitario.

El derecho de vivir en paz.

Ante estas protestas el presidente Sebastián Piñera respondió a través de su cuenta de Twitter:

“La multitudinaria, alegre y pacífica marcha hoy, donde los chilenos piden un Chile más justo y solidario, abre grandes caminos de futuro y esperanza. Todos hemos escuchado el mensaje. Todos hemos cambiado. Con unidad y ayuda de Dios, recorreremos el camino a ese Chile mejor para todos”

Sin embargo, la petición más reclamada en esa marcha fue su renuncia. Se ha visto que Piñera no ha tenido reparo en mostrar un diálogo con el pueblo chileno, sino continúa imponiendo sus ideales, poniendo sus prioridades primero y no del pueblo que votó por él.

Las personas en Chile siguen movilizándose, protestando, luchando y tienen clara la idea que el neoliberalismo va a caer en Latinoamérica. Sin duda toda nuestra América Latina está despertando.

La crisis de la democracia

José Carlos Mariátegui
Intelectual peruano

Wilson

TODOS los sectores de la política y del pensamiento coinciden en reconocer a Woodrow Wilson una mentalidad elevada, una psicología austera y una orientación generosa. Pero tienen, como es natural, opiniones divergentes sobre la trascendencia de su ideología y sobre su posición en la historia. Los hombres de la derecha, que son tal vez los más distantes de la doctrina de Wilson, lo clasifican como un gran iluso, como un gran utopista. Los hombres de la izquierda, lo consideran como el último caudillo del liberalismo y la democracia. Los hombres del centro lo exaltan como el apóstol de una ideología clarividente que, contrariada hasta hoy por los egoísmos nacionales y las pasiones bélicas, conquistará al fin la conciencia de la humanidad.

Estas diferentes opiniones y actitudes señalan a Wilson como un líder centrista y reformista. Wilson no ha sido, evidentemente, un político del tipo de Lloyd George, de Nitti ni de Caillaux. Más que contextura de político ha tenido contextura de ideólogo, de maestro, de predicador. Su idealismo ha mostrado, sobre todo, una base y una orientación éticas. Mas éstas son modalidades de carácter y de educación. Wilson se ha diferenciado, por su temperamento religioso y universitario, de los otros líderes de la democracia. Por su filiación, ha ocupado la misma zona política. Ha sido un representante genuino de la mentalidad democrática, pacifista y evolucionista. Ha intentado conciliar el orden viejo con el orden naciente, el internacionalismo con el nacionalismo, el pasado con el futuro.

Wilson fue el verdadero generalísimo de la victoria aliada. Los más hondos críticos de la guerra mundial piensan que la victoria fue una obra de estrategia política y no una obra de estrategia militar. Los factores psicológicos y políticos tuvieron en la guerra más influencia y más importancia que los factores militares. Adriano Tilgher escribe que la guerra fue ganada “por aquellos gobiernos que supieron conducirla con una mentalidad adecuada, dándole fines capaces de convertirse en mitos, estados de ánimo, pasiones y sentimientos populares” y que “nadie más que Wilson, con su predicación cuáquero-democrática, contribuyó a reforzar en los pueblos de la Entente la persuasión de la justicia de su causa y el propósito de continuar la guerra hasta la victoria final” Wilson, realmente, hizo de la guerra contra Alemania una guerra santa. Antes que Wilson, los estadistas de la Entente habían bautizado la causa aliada como la causa de la libertad y del derecho. Tardieu en su libro La Paz, cita algunas declaraciones de Lloyd George y Briand que contenían los gérmenes del programa wilsoniano. Pero en el lenguaje de los políticos de la Entente había una entonación convencional y diplomática. El lenguaje de Wilson tuvo, en cambio, todo el fuego religioso y todo el timbre profético necesarios para emocionar a la humanidad. Los Catorce Puntos ofrecieron a los alemanes una paz justa, equitativa, generosa, una paz sin anexiones ni indemnizaciones, una paz que garantizaría a todos los pueblos igual derecho a la vida y a la felicidad. En sus proclamas y en sus discursos, Wilson decía que los aliados no combatían contra el pueblo alemán sino contra la casta aristocrática y militar que lo gobernaba.

Y esta propaganda demagógica, que tronaba contra las aristocracias, que anunciaba el gobierno de las muchedumbres y que proclamaba que “la vida brota de la tierra”, de un lado fortificó en los países aliados la adhesión de las masas a la guerra y de otro lado debilitó en Alemania y en Austria la voluntad de resistencia y de lucha. Los catorce puntos prepararon el quebrantamiento del frente ruso-alemán más eficazmente que los tanques, los cañones y los soldados de Foch y de Díaz, de Haig y de Pershing. Así lo prueban las memorias de Ludendorf y de Erzberger y otros documentos de la derrota alemana. El programa wilsoniano estimuló el humor revolucionario que fermentaba en Austria y Alemania; despertó en Bohemia y Hungría antiguos ideales de independencia; creó, en suma, el estado de ánimo que engendró la capitulación.

Mas Wilson ganó la guerra y perdió la paz. Fue el vencedor de la guerra, pero fue el vencido de la paz. Sus Catorce Puntos minaron el frente austro-alemán, dieron la victoria a los aliados; pero no consiguieron inspirar y dominar el tratado de paz. Alemania se rindió a los aliados sobre la base del programa de Wilson; pero los aliados, después de desarmarla, le impusieron una paz diferente de la que, por boca de Wilson, le habían prometido solemnemente. Keynes y Nitti sostienen, por esto, que el tratado de Versalles es un tratado deshonesto.

¿Por qué aceptó y suscribió Wilson este tratado que viola su palabra? Los libros de Keynes, de Lansing, de Tardieu y de otros historiadores de la conferencia de Versalles explican diversamente esta actitud. Keynes dice que el pensamiento y el carácter de Wilson “eran más bien teológicos que filosóficos, con toda la fuerza y la debilidad que implica este orden de ideas y de sentimientos”. Sostiene que Wilson no pudo luchar contra Lloyd George y Clemenceau, ágiles, flexibles, astutos. Alega que carecía de un plan tanto para la Sociedad de las Naciones como para la ejecución de sus catorce puntos. “Habría podido predicar un sermón a propósito de todos sus principios o dirigir una magnífica plegaria al Todopoderoso para su realización. Pero no podía adaptar su aplicación concreta al estado de cosas europeo. No sólo no podía hacer ninguna proposición concreta sino que a muchos respectos se encontraba mal informado de la situación de Europa”. Actuaba orgullosamente aislado, sin consultar casi a los técnicos de su séquito, sin conceder a ninguno de sus lugartenientes, ni aún al coronel House, una influencia o una colaboración reales en su obra. Por tanto, los trabajos de la conferencia de Versalles tuvieron como base un plan francés o un plan inglés, aparentemente ajustados al programa wilsoniano, pero prácticamente dirigidos al prevalecimiento de los intereses de Francia e Inglaterra. Wilson, finalmente, no se sentía respaldado por un pueblo solidarizado con su ideología. Todas estas circunstancias lo condujeron a una serie de transacciones. Su único empeño consistía en salvar la idea de la Sociedad de las Naciones. Creía que la creación de la Sociedad de las Naciones aseguraría automáticamente la corrección del tratado y de sus defectos.

Los años que han pasado desde la suscripción de la paz han sigo adversos a la ilusión de Wilson. Francia no sólo ha hecho del tratado de Versalles un uso prudente sino un uso excesivo. Poincaré y su mayoría parlamentaria no lo han empleado contra la casta aristocrática y militar alemana sino contra el pueblo alemán. Más aún, han exasperado a tal punto el sufrimiento de Alemania que han alimentado en ella una atmósfera reaccionaria y jingoísta, propicia a una restauración monárquica o a una dictadura militar. La Sociedad de las Naciones, impotente y anémica, no ha conseguido desarrollarse. La demo-cracia asaltada simultáneamente por la revolución y la reacción, ha entrado en un período de crisis aguda. La burguesía ha renunciado en algunos países a la defensa legal de su dominio, ha apostatado de su fe democrática y ha enfren-tado su dictadura a la teoría de la dictadura del proletariado. El fascismo ha administrado, en el más benigno de los casos, una dosis de un litro de aceite castor a muchos fautores de la ideología wilsoniana. Ha renacido ferozmente en la humanidad el culto del héroe y de la violencia. El programa wilsoniano aparece en la historia de estos tiempos como la última manifestación vital del pensamiento democrático: Wilson no ha sido, en ningún caso, el creador de una ideología nueva sino el frustrado renovador de una ideología vieja.

La Sociedad de las Naciones

Wilson fue el descubridor oficial de la idea de la Sociedad de las Naciones. Pero Wilson la extrajo del ideario del liberalismo y de la democracia. El pensamiento liberal y democrático ha contenido siempre los gérmenes de una aspiración pacifista e internacionalista. La civilización burguesa ha internacionalizado la vida de la humanidad. El desarrollo del capitalismo ha exigido la circulación internacional de los productos. El capital se ha expandido, conectado y asociado por encima de las fronteras. Y, durante algún tiempo ha sido, por eso, libre-cambista y pacifista. El programa de Wilson no fue, en consecuencia, sino un retorno del pensamiento burgués a su inclinación internacionalista.

Pero el programa wilsoniano encontraba, fatalmente, una resistencia invencible en los intereses y anhelos nacionalistas de las potencias vencedo-ras. Y, por ende, estas potencias lo sabotearon y frustraron en la conferencia de la paz. Wilson, constreñido a transigir por la habilidad y la agilidad de los estadistas aliados, pensó entonces que la fundación de la Sociedad de las Naciones compensaría el sacrificio de cualquiera de sus Catorce Puntos. Y esta obstinada idea suya fue descubierta y explotada por los perspicaces políticos de la Entente.

El proyecto de Wilson resultó sagazmente deformado, mutilado y esterilizado. Nació en Versalles una Sociedad de las Naciones endeble, limitada, en la cual no tenían asiento los pueblos vencidos, Alemania, Austria, Bulgaria, etc., y en la cual faltaba, además, Rusia, un pueblo de ciento treinta millones de habitantes, cuya producción y cuyo consumo son indispensables al comercio y a la vida del resto de Europa.

Más tarde, reemplazado Wilson por Harding, los Estados Unidos abandonaron el pacto de Versalles. La Sociedad de las Naciones, sin la intervención de los Estados Unidos, quedó reducida a las modestas proporciones de una liga de las potencias aliadas y de su clientela de pequeñas o inermes naciones europeas, asiáticas y americanas. Y, como la cohesión de la misma Entente se encontraba minada por una serie de intereses rivales, la Liga no pudo ser siquiera, dentro de sus reducidos confines, una alianza o una asociación solidaria y orgánica.

La Sociedad de las Naciones ha tenido, por todas estas razones, una vida anémica y raquítica. Los problemas económicos y políticos de la paz no han sido discutidos en su seno, sino en el de conferencias y reuniones especiales. La Liga ha carecido de autoridad, de capacidad y de jurisdicción para tratarlos. Los gobiernos de la Entente no le han dejado sino asuntos de menor cuantía y han hecho de ella algo así como un juzgado de paz de la justicia internacional. Algunas cuestiones trascendentes -la reducción de los armamentos, la reglamentación del trabajo, etc.,- han sido entregadas a su dictamen y a su voto. Pero la función de la Liga en estos campos se ha circunscrito al allegamiento de materiales de estudio o a la emisión de recomendaciones que, a pesar de su prudencia y ponderación, casi ningún gobierno ha ejecutado ni oído. Un organismo dependiente de la Liga -la Oficina Internacional del Trabajo– ha sancionado, por ejemplo, ciertos derechos del trabajo, la jornada de ocho horas entre otros; y, a renglón seguido, el capitalismo ha emprendido, en Alemania, en Francia y en otras naciones, una ardorosa campaña, ostensiblemente favorecida por el Estado, contra la jornada de ocho horas. Y la cuestión de la reducción de los armamentos, en cuyo debate la Sociedad de las Naciones no ha avanzado casi nada, fue en cambio, abordada en Washington, en una conferencia extraña e indiferente a su existencia.

Con ocasión del conflicto ítalo-greco, la Sociedad de las Naciones sufrió un nuevo quebranto. Mussolini se rebeló altisonantemente contra su autoridad. Y la Liga no pudo reprimir ni moderar este ácido gesto de la política marcial e imperialista del líder de los camisas negras.

Los fautores de la democracia no desesperan, sin embargo, de que la Sociedad de las Naciones adquiera la autoridad y la capacidad que le faltan. Funcionan actualmente en casi todo el mundo agrupaciones de propaganda de las finalidades de la Liga, encargadas de conseguir para ella la adhesión y el respeto reales de todos los pueblos. Nitti propugna su reorganización sobre estas bases: adhesión de los Estados Unidos e incorporación de los países vencidos. Keynes mismo, que tiene ante la Sociedad de las Naciones una actitud agudamente escéptica y desconfiada, admite la posibilidad de que se transforme en un poderoso instrumento de paz. Ramsay Mac Donald, Herriot, Painlevé, Boncour, la colocan bajo su protección y su auspicio. Los corifeos de la democracia dicen que un organismo como la Liga no puede funcionar eficientemente sino después de un extenso período de experimento y a través de un lento proceso de desarrollo.

Mas las razones sustantivas de la impotencia y la ineficacia actuales de la Sociedad de las Naciones no son su juventud ni su insipiencia. Proceden de la causa general de la decadencia y del desgastamiento del régimen indivi-dualista. La posición histórica de la Sociedad de las Naciones es, precisa y exactamente, la misma posición histórica de la democracia y del liberalismo. Los políticos de la democracia trabajan por una transacción, por un compromiso entre la idea conservadora y la idea revolucionaria. Y la Liga congruentemente con esta orientación, tiende a conciliar el nacionalismo del Estado burgués con el internacionalismo de la nueva humanidad. El conflicto entre nacionalismo e internacionalismo es la raíz de la decadencia del régimen individualista. La política de la burguesía es nacionalista; su economía es internacionalista. La tragedia de Europa consiste, justamente, en que renacen pasiones y estados de ánimo nacionalistas y guerreros, en los cuales encallan todos los proyectos de asistencia y de cooperación internacionales encaminadas a la reconstrucción europea.

Aunque adquiriese la adhesión de todos los pueblos de la civilización occidental la Sociedad de las Naciones no llenaría el rol que sus inventores y preconizadores le asignan. Dentro de ella se reproducirían los conflictos y las rivalidades inherentes a la estructura nacionalista de los Estados. La Sociedad de las Naciones juntaría a los delegados de los pueblos; pero no juntaría a los pueblos mismos. No eliminaría los contrastes y los antagonismos que los separan y los enemistan. Subsistirían, dentro de la Sociedad, las alianzas y los pactos que agrupan a las naciones en bloques rivales.

La extrema izquierda mira en la Sociedad de las Naciones una asociación de Estados burgueses, una organización internacional de la clase dominante. Mas los políticos de la democracia han logrado atraer a la Sociedad de las Naciones a los líderes del proletariado social-democrático. Alberto Thomas, el Secretario de la Oficina Internacional del Trabajo, procede de los rangos del socialismo francés. Es que la división del campo proletario en maximalismo y minimalismo tiene ante la Sociedad de las Naciones las mismas expresiones características que respecto a las otras formas e instituciones de la democracia.

La ascensión del Labour Party al gobierno de Inglaterra, inyectó un poco de optimismo y de vigor en la democracia. Los adherentes de la ideología democrática, centrista, evolucionista, predijeron la bancarrota de la reacción y de las derechas. Constataron con entusiasmo la descomposición del Bloque Nacional francés, la crisis del fascismo italiano, la incapacidad del Directorio español y el desvanecimiento de los planes putschistas de los pangermanistas alemanes.

Estos hechos pueden indicar, efectivamente, el fracaso de las derechas, el fracaso de la reacción. Y pueden anunciar un nuevo retorno al sistema democrático y a la praxis evolucionista. Pero otros hechos más hondos, extensos y graves revelan, desde hace tiempo, que la crisis mundial es una crisis de la democracia, sus métodos y sus instituciones. Y que, a través de tanteos y de movimientos contradictorios, la organización de la sociedad se adapta lentamente a un nuevo ideal humano.

Llloyd George

Lenin es el político de la revolución; Mussolini es el político de la reacción; Lloyd George es el político del compromiso, de la transacción, de la reforma. Ecléctico, equilibrista y mediador, igualmente lejano de la izquierda y de la derecha, Lloyd George no es un fautor del orden nuevo ni del orden viejo. Desprovisto de toda adhesión al pasado y de toda impaciencia del porvenir, Lloyd George no desea ser sino un artesano, un constructor del presente. Lloyd George es un personaje sin filiación dogmática, sectaria, rígida. No es individualista ni colectivista; no es internacionalista ni nacionalista. Acaudilla el liberalismo británico. Pero esta etiqueta de liberal corresponde a una razón de clasificación electoral más que a una razón de diferenciación programática. Liberalismo y conservadorismo son hoy dos escuelas políticas superadas y deformadas. Actualmente no asistimos a un conflicto dialéctico entre el concepto liberal y el concepto conservador sino a un contraste real, a un choque histórico entre la tendencia a mantener la organización capitalista de la sociedad y la tendencia a reemplazarla con una organización socialista y proletaria.

Lloyd George no es un teórico, un hierofante de ningún dogma económico ni político; es un conciliador casi agnóstico. Carece de puntos de vista rígidos. Sus puntos de vista son provisorios, mutables, precarios y móviles. Lloyd George se nos muestra en constante rectificación, en permanente revisión de sus ideas. Está, pues, inhabilitado para la apostasía. La apostasía supone traslación de una posición extremista a otra posición antagónica, extremista también. Y Lloyd George ocupa invariablemente una posición centrista, transaccional, intermedia. Sus movimientos de traslación no son, por consiguiente, radicales y violentos sino graduales y mínimos. Lloyd George es, estructuralmente, un político posibilista. Piensa que la línea recta es, en la política como en la geometría, una línea teórica e imaginativa. La superficie de la realidad política es accidentada como la superficie de la Tierra. Sobre ella no se pueden trazar líneas rectas sino líneas geodésicas. Loyd George, por esto, no busca en la política la ruta más ideal sino la ruta más geodésica.

Para este cauto, redomado y perspicaz político el hoy es una transacción entre el ayer y el mañana. Lloyd George no se preocupa de lo que fue ni de lo que será, sino de lo que es.

Ni docto ni erudito, Lloyd George es, antes bien, un tipo refractario a la erudición y a la pedantería. Esta condición y su falta de fe en toda doctrina lo preservan de rigideces ideológicas y de principismos sistemáticos. Antípoda del catedrático, Lloyd George es un político de fina sensibilidad, dotado de órganos ágiles para la percepción original, objetiva y cristalina de los hechos. No es un comentador ni un espectador sino un protagonista, un actor consciente de la historia. Su retina política es sensible a la impresión veloz y estereoscópica del panorama circundante. Su falta de aprehensiones y de escrúpulos dogmáticos le consiente usar los procedimientos y los instru-mentos más adaptados a sus intentos. Lloyd George asimila y absorbe instantáneamente las sugestiones y las ideas útiles a su orientamiento espiritual. Es avisado, sagaz y flexiblemente oportunista. No se obstina jamás. Trata de modificar la realidad contingente, de acuerdo con sus previsiones, pero si encuentra en esa realidad excesiva resistencia, se contenta con ejercitar sobre ella una influencia mínima. No se obceca en una ofensiva inmatura. Reserva su insistencia, su tenacidad, para el instante propicio, para la coyuntura oportuna. Y está siempre pronto a la transacción, al compromiso. Su táctica de gobernante consiste en no reaccionar bruscamente contra las impresiones y las pasiones populares, sino en adaptarse a ellas para encauzarlas y dominarlas mañosamente.

La colaboración de Lloyd George en la Paz de Versalles, por ejemplo, está saturada de su oportunismo y su posibilismo. Lloyd George comprendió que Alemania no podía pagar una indemnización excesiva. Pero el ambiente delirante, frenético, histérico, de la victoria, lo obligó a adherirse, provi-soriamente, a la tesis contraria. El contribuyente inglés, deseoso de que los gastos bélicos no pesasen sobre su renta, mal informado de la capacidad económica de Alemania, quería que ésta pagase el costo integral de la guerra. Bajo la influencia de ese estado de ánimo, se efectuaron las elecciones, presurosamente convocadas por Lloyd George a renglón seguido del armisticio. Y para no correr el riesgo de una derrota, Lloyd George tuvo que recoger en su programa electoral esa aspiración del elector inglés. Tuvo que hacer suyo el programa de paz de Lord Northcliffe y del Times, adversarios sañudos de su política.

Igualmente Lloyd George era opuesto a que el Tratado mutilase, desmem-brase a Alemania y engrandeciese territorialmente a Francia. Percibía el peligro de desorganizar y desarticular la economía de Alemania. Combatió, por consiguiente, la ocupación militar de la ribera izquierda del Rhin. Resistió a todas las conspiraciones francesas contra la unidad alemana. Pero, concluyó tolerando que se filtraran en el Tratado. Quiso, ante todo, salvar la Entente y la Paz. Pensó que no era la oportunidad de frustrar las intenciones francesas. Que, a medida que los espíritus se iluminasen y que el delirio de la victoria se extinguiese, se abriría paso automáticamente la rectificación paulatina del Tratado. Que sus consecuencias, preñadas de amenazas para el porvenir europeo, inducirían a todos los vencedores a aplicarlo con prudencia y lenidad. Keynes en sus Nuevas consideraciones sobre las consecuencias económicas de la Paz comenta así esta gestión: “Lloyd George ha asumido la responsabilidad de un tratado insensato, inejecutable en parte, que constituía un peligro para la vida misma de Europa. Puede alegar, una vez admitidos todos sus defectos, que las pasiones ignorantes del público juegan en el mundo un rol que deben tener en cuenta quienes conducen una democracia. Puede decir que la Paz de Versalles constituía la mejor reglamentación provisoria que permitían las reclamaciones populares y el carácter de los jefes de Estado. Puede afirmar que, para defender la vida de Europa, ha consagrado durante dos años su habilidad y su fuerza a evitar y moderar el peligro”.

Después de la paz, de 1920 a 1922, Lloyd George ha hecho sucesivas concesiones formales, protocolarias, al punto de vista francés: ha aceptado el dogma de la intangibilidad, de la infalibilidad del Tratado. Pero ha trabajado perseverantemente para atraer a Francia a una política tácitamente revisionista. Y para conseguir el olvido de las estipulaciones más duras, el abandono de las cláusulas más imprevisoras.

Frente a la revolución rusa, Lloyd George ha tenido una actitud elástica. Unas veces se ha erguido, dramáticamente, contra ella; otras veces ha coqueteado con ella a hurtadillas. Al principio, suscribió la política de bloqueo y de intervención marcial de la Entente. Luego, convencido de la consolidación de las instituciones rusas, preconizó su reconocimiento. Posteriormente, con verbo encendido y enfático, denunció a los bolcheviques como enemigos de la civilización.

Tiene Lloyd George en el sector burgués, una visión más europea que británica -o británica y por esto europea- de la guerra social, de la lucha de clases. Su política se inspira en los intereses generales del capitalismo occidental. Y recomienda el mejoramiento del tenor de vida de los trabajadores europeos, a expensas de las poblaciones coloniales de Asia, África, etc. La revolución social es un fenómeno de la civilización capitalista, de la civilización europea. El régimen capitalista -a juicio de Lloyd George- debe adormecerla, distribuyendo entre los trabajadores de Europa una parte de las utilidades obtenidas de los demás trabajadores del mundo. Hay que extraer del bracero asiático, africano, australiano o americano los chelines necesarios para aumentar el confort y el bienestar del obrero europeo y debilitar su anhelo de justicia social. Hay que organizar la explotación de las naciones coloniales para que abastezcan de materias primas a las naciones capitalistas y absorban íntegramente su producción industrial. A Lloyd George, además, no le repugna ningún sacrificio de la idea conservadora, ninguna transacción con la idea revolucionaria. Mientras los reaccionarios quieren reprimir marcial-mente la revolución, los reformistas quieren pactar con ella y negociar con ella. Creen que no es posible asfixiarla, aplastarla, sino, más bien, domes-ticarla.

Entre la extrema izquierda y la extrema derecha, entre el fascismo y el bolchevismo, existe todavía una heterogénea zona intermedia, psicológica y orgánicamente democrática y evolucionista, que aspira a un acuerdo, a una transacción entre la idea conservadora y la idea revolucionaria. Lloyd George es uno de los líderes sustantivos de esa zona templada de la política. Algunos le atribuyen un íntimo sentimiento demagógico. Y lo definen como un político nostálgico de una posición revolucionaria. Pero este juicio está hecho a base de datos superficiales de la personalidad de Lloyd George. Lloyd George no tiene aptitudes espirituales para ser un caudillo revolucionario ni un caudillo reaccionario. Le falta fanatismo, le falta dogmatismo, le falta pasión. Lloyd George es un relativista de la política. Y, como todo relativista, tiene ante la vida una actitud un poco risueña, un poco cínica, un poco irónica y un poco humorista.

El sentido histórico de las elecciones inglesas de 1924

Seria y objetivamente consideradas, las elecciones inglesas de 1924 son un hecho histórico mucho más trascendente, mucho más grave que una mera victoria de los viejos tories.  Significan la liquidación, definitiva acaso, del secular sistema político de los whigs y los tories. Este sistema bipartito funcionó, más o menos rítmicamente, hasta la guerra mundial. La post-guerra aceleró el engrosamiento del partido laborista y produjo, provisoriamente, un sistema tripartito. En las elecciones de 1923 ninguno de los tres partidos consiguió mayoría parlamentaria. Llegaron así los laboristas al poder que han ejercido controlados no por una sino por dos oposiciones. Su gobierno ha sido un episodio transitorio dependiente de otro episodio transitorio: el sistema tripartito.

Con las nuevas elecciones no es sólo el gobierno lo que cambia en Inglaterra. Lo que cambia, sobre todo, íntegramente, es el argumento y el juego de la política británica. Este argumento y ese juego no son ya una dulce beligerancia y un cortés diálogo entre conservadores y liberales. Son ahora un dramático conflicto y una acérrima polémica entre la burguesía y el proletariado. Hasta la guerra, la burguesía británica dominaba íntegramente la política nacional, desdoblada en dos bandos, en dos facciones. Hasta la guerra, se dio el lujo de tener dos ánimas, dos mentalidades y dos cuerpos. Ahora ese lujo, por primera vez en su vida, le resulta inasequible. Estos terribles tiempos de carestía la constriñen a la economía, al ahorro, a la cooperación.

Los que actualmente tienen derecho para sonreír son, por ende, los críticos marxistas. Las elecciones inglesas confirman las aserciones de la lucha de las clases y del materialismo histórico. Frente a frente no están hoy, como antes, dos partidos sino dos clases.

El vencido no es el socialismo sino el liberalismo. Los liberales y los conservadores han necesitado entenderse y unirse para batir a los laboristas. Pero las consecuencias de este pacto las han pagado los liberales. A expensas de los liberales, los conservadores han obtenido una mayoría parlamentaria que les consiente acaparar solos el gobierno. Los laboristas han perdido diputaciones que los conservadores y liberales no les han disputado, esta vez, separada sino mancomunadamente. El conchabamiento de conservadores y liberales, ha disminuido su poder parlamentario; no su poder electoral. Los liberales, en tanto, han visto descender junto con el número de sus diputados el número de sus electores. Su clásica potencia parlamentaria ha quedado prácticamente anulada. El antiguo partido liberal ha dejado de ser un partido de gobierno. Privado hasta de su líder Asquith, es actualmente una exigua y decapitada patrulla parlamentaria.

Este es, evidentemente, el sino del liberalismo en nuestros tiempos. Donde el capitalismo asume la ofensiva contra la revolución, los liberales son absorbidos por los conservadores. Los liberales británicos han capitulado hoy ante los tories, como los liberales italianos capitularon ayer ante los fascistas. También la era fascista se inauguró con el consenso de la mayoría de la clase burguesa de Italia. La burguesía deserta en todas partes del liberalismo.

La crisis contemporánea es una crisis del Estado demo-liberal. La Reforma protestante y el liberalismo han sido el motor espiritual y político de la sociedad capitalista. Quebrantando el régimen feudal, franquearon el camino a la economía capitalista, a sus instituciones y a sus máquinas. El capitalismo necesitaba para prosperar que los hombres tuvieran libertad de conciencia y libertad individual. Los vínculos feudales estorbaban su crecimiento. La burguesía abrazó, la, doctrina liberal. Armada de esta doctrina, abatió la feudalidad y fundó la democracia. Pero la idea liberal es esencialmente una idea crítica, una idea revolucionaria. El liberalismo puro tiene siempre alguna nueva libertad que conquistar y alguna nueva revolución que proponer. Por esto, la burguesía, después de haberlo usado contra la feudalidad y sus tentativas de restauración, empezó a considerarlo excesivo, peligroso e incómodo. Mas el liberalismo no puede ser impunemente abandonado. Renegando de la idea liberal, la sociedad capitalista reniega de sus propios orígenes. La reacción conduce como en Italia a una restauración anacrónica de métodos medioevales. El poder político, anulada la democracia es ejercido por condottieri y dictadores de estilo medioeval. Se constituye, en suma, una nueva feudalidad. La autoridad prepotente y caprichosa de los condottieri -que a veces se sienten cruzados, que son en muchos casos gente de mentalidad rústica, aventurera y marcial- no coincide, frecuentemente, con los intereses de la economía capitalista. Una parte de la burguesía, como acontece presentemente en Italia, vuelve con nostalgia los ojos a la libertad y a la democracia.

Inglaterra es la sede principal de la civilización capitalista. Todos los elementos de este orden social han encontrado allí el clima más conveniente a su crecimiento. En la historia de Inglaterra se conciertan y combinan, como en la historia de ningún otro pueblo, los tres fenómenos solidarios o consan-guíneos: capitalismo, protestantismo y liberalismo. Inglaterra es el único país donde la democracia burguesa ha llegado a su plenitud y donde la idea liberal y sus consecuencias, económicas y administrativas, han alcanzado todo su desarrollo. Más aún. Mientras el liberalismo sirvió de combustible del progreso capitalista, los ingleses eran casi unánimemente liberales. Poco a poco, la misma lucha entre conservadores y liberales perdió su antiguo sentido. La dialéctica de la historia había vuelto a los conservadores algo liberales y a los liberales algo conservadores. Ambas facciones continuaban chocando y polemizando, entre otras cosas, porque la política no es concebible de otro modo. La política, como dice Mussolini, no es un monólogo. El gobierno y la oposición son dos fuerzas y dos términos idénticamente necesarios. Sobre todo, el Partido Liberal alojaba en sus rangos a elementos de la clase media y de la clase proletaria, espontáneamente antitéticos de los elementos de la clase capitalista, reunidos en el Partido Conservador. En tanto que el Partido Liberal conservó este contenido social, mantuvo su personalidad histórica. Una vez que los obreros se independizaron, una vez que el Labour Party entró en su mayor edad, concluyó la función histórica del Partido Liberal. El espíritu crítico y revo-lucionario del liberalismo trasmigró del Partido Liberal al partido obrero. La facción, escindida primero, soldada después, de Asquith y Lloyd George, dejó de ser el vaso o el cuerpo de la esencia inquieta y volátil del liberalismo. El liberalismo, como fuerza crítica, como ideal renovador se desplazó gradual-mente de un organismo envejecido a un organismo joven y ágil. Ramsay Mac Donald, Sydney Webb, Phillipp Snowden, Tres hombres sustantivos del ministerio laborista derrotado en la votación, proceden espiritual e ideológica-mente de la matriz liberal. Son los nuevos depositarios de la potencialidad revolucionaria del liberalismo. Prácticamente los liberales y los conservadores no se diferencian en nada. La palabra liberal, en su acepción y en su uso burgueses, es una palabra vacía. La función de la burguesía no es ya liberal sino conservadora. Y, justamente, por esta razón, los liberales ingleses no han sentido ninguna repugnancia para conchabarse con los conservadores. Liberales y conservadores no se confunden y uniforman al azar, sino porque entre unos y otros han desaparecido los antiguos motivos de oposición y de contraste.

El antiguo liberalismo ha cumplido su trayectoria histórica. Su crisis se manifiesta con tanta evidencia y tanta intensidad en Inglaterra, precisamente porque en Inglaterra el liberalismo ha arribado a su más avanzado estadio de plenitud. No obstante esta crisis, no obstante su gobierno conservador, Inglaterra es todavía la nación más liberal del mundo. Inglaterra es aún el país del libre cambio. Inglaterra es, en fin, el país donde las corrientes subversivas prosperan menos que en ninguna parte y donde, por esto, es menor su persecución. Los más incandescentes oradores comunistas ululan contra la burguesía en Trafalgar Square y en Hyde Park, en la entraña de Londres. La reacción en una nación de este grado de democracia no puede vestirse como la reacción italiana, ni puede pugnar por la vuelta de la feudalidad con cachiporra y camisa negra. En el caso británico, la reacción es tal, no tanto por el progreso adquirido, que anula, como por el progreso naciente, que frustra o retarda.

El experimento laborista, en suma, no ha sido inútil, no ha sido estéril. Lo será, acaso, para los beocios que creen que una era socialista se puede inaugurar con un decreto. Para los hombres de pensamiento no. El fugaz gobierno de Mac Donald ha servido para obligar a los liberales y a los conservadores a coaligarse y para liquidar, por ende, la fuerza equívoca de los liberales. Los obreros ingleses, al mismo tiempo, se han curado un poco de sus ilusiones democráticas y parlamentarias. Han constatado que el poder gubernamental no basta para gobernar al país. La prensa es, por ejemplo, otro de los poderes de que hay que disponer. Y, como lo observaba hace pocos años Caillaux, la prensa rotativa es una industria reservada a los grandes capitales. Los laboristas, durante varios meses, han estado en el gobierno; pero no han gobernado. Su posición parlamentaria no les ha consentido actuar, sino en algunos propósitos preliminares de la política de reconstrucción europea, compartidos o admitidos por los liberales.

Los resultados administrativos del experimento han sido escasos; pero los resultados políticos han sido muy vastos. La disolución del Partido Liberal predice, categóricamente, la suerte de los partidos intermedios, de los grupos centristas. El duelo, el conflicto entre la idea conservadora y la idea revolu-cionaria, ignora y rechaza un tercer término. La política, como todas las cosas, tiene únicamente dos polos. Las fuerzas que están haciendo la historia contemporánea son también solamente dos.

Nitti

Nitti, Keynes y Caillaux ocupan el primer rango entre los pioneros y los teóricos de la política de “reconstrucción europea”. Estos estadistas propugnan una política de asistencia y de cooperación entre las naciones y de solidaridad entre las clases, Patrocinan un programa de paz internacional y de paz social. Contra este programa insurgen las derechas que, en el orden internacional, tienen una orientación imperialista y conquistadora y, en el orden doméstico, una orientación reaccionaria y antisocialista. La aversión de las extremas derechas a la política bautizada con el nombre de “política de reconstrucción europea” es una aversión histérica, delirante y fanática. Sus clubs y sus logias secretas condenaron a muerte a Walther Rathenau que aportó una contribución original, rica e inteligente al estudio de los problemas de la paz. La figura de Nitti es una alta figura europea. Nitti no se inspira en una visión local sino en una visión europea de la política. La crisis italiana es enfocada por el pensamiento y la investigación de Nitti sólo como un sector, como una sección de la crisis mundial. Nitti escribe un día para el Berliner Tageblatt de Berlín y otro día para la United Press de Nueva York. Polemiza con hombres de París, de Varsovia, de Londres.

Nitti es un italiano meridional. Sin embargo, no es el suyo un temperamento tropical, frondoso, excesivo, como suelen ser los temperamentos meridionales. La dialéctica de Nitti es sobria, escueta, precisa. Acaso por esto no conmueve mucho al espíritu italiano, enamorado de un lenguaje retórico, teatral y ardiente. Nitti, como Lloyd George, es un relativista de la política, No es accesible al sectarismo de la derecha ni al sectarismo de la izquierda. Es un político frío, cerebral, risueño, que matiza sus discursos con notas de humorismo y de ironía. Es un político que a veces, cuando gobierna, por ejemplo, fa dallo spirito, como dicen los italianos. Pertenece a esa categoría de políticos de nuestra época que han nacido sin fe en la ideología burguesa y sin fe en la ideología socialista y a quienes, por tanto, no repugna ninguna transacción entre la idea nacionalista y la idea internacionalista, entre la idea individualista y la idea colectivista. Los conservadores puros, los conservadores rígidos, vituperan a estos estadistas eclécticos, permeables y dúctiles. Execran su herética falta de fe en la infalibilidad y la eternidad de la sociedad burguesa. Los declaran inmorales, cínicos, derrotistas, renegados. Pero este último adjetivo, por ejemplo, es clamorosamente injusto. Esta generación de políticos relativistas no ha renegado de nada por la sencilla razón de que nunca ha creído ortodoxamente en nada. Es una generación estructuralmente adogmática y heterodoxa. Vive equidistante de las tradiciones del pasado y de las utopías del futuro. No es futurista ni pasadista, sino presentista, actualista. Ante las instituciones viejas y las instituciones venideras tiene una actitud agnóstica y pragmatista. Pero, recónditamente, esta generación tiene también una fe, una creencia. La fe, la creencia en la Civilización Occidental. La raíz de su evolucionismo es esta devoción íntima. Es refractaria a la reacción porque teme que la reacción excite, estimule y enardezca el ímpetu destructivo de la revolución. Piensa que el mejor modo de combatir la revolución violenta es el de hacer o prometer la revolución pacífica. No se trata, para esta generación política, de conservar el orden viejo ni de crear el orden nuevo: se trata de salvar la Civilización, esta Civilización Occidental, esta abendlaendische Kultur que, según Oswald Splenger, ha llegado a su plenitud y, por ende, a su decadencia. Gorki, justamente, ha clasificado a Nitti y a Nansen como a dos grandes espíritus de la Civilización europea. En Nitti se percibe, en efecto, a través de sus escepticismos y sus relativismos, una adhesión absoluta: su adhesión a la Cultura y al Progreso europeos. Antes que italiano, se siente europeo, se siente occidental, se siente blanco. Quiere, por eso, la solidaridad de las naciones europeas, de las naciones occidentales. No le inquieta la suerte de la Humanidad con mayúscula: le inquieta la suerte de la humanidad occidental, de la humanidad blanca. No acepta el imperialismo de una nación europea sobre otra; pero sí acepta el imperialismo del mundo occidental sobre el mundo cafre, hindú, árabe o piel roja.

Sostiene Nitti, como todos los políticos de la reconstrucción, que no es posible que una potencia europea extorsione o ataque a otra, sin daño para toda la economía europea, para toda la vitalidad europea. Los problemas de la paz han revelado la solidaridad, la unidad del organismo económico de Europa. Y la imposibilidad de la restauración de los vencedores a costa de la destrucción de los vencidos. A los vencedores les está vedada, por primera vez en la historia del mundo, la voluptuosidad de la venganza. La recons-trucción europea no puede ser sino obra, común y mancomunada, de todas las grandes naciones de Occidente. En su libro Europa senza pace, Nitti recomienda las siguientes soluciones: reforma de la Sociedad de las Naciones sobre la base de la participación de los vencidos; revisión de los tratados de paz; abolición de la comisión de reparaciones; garantía militar a Francia; condonación recíproca de las deudas inter-aliadas, al menos en una proporción del ochenta por ciento; reducción de la indemnización alemana a cuarenta mil millones de francos oro; reconocimiento a Alemania de la cancelación de veinte mil millones como monto de sus pagos efectuados en oro, mercaderías, naves, etc. Pero las páginas críticas, polémicas, destructivas de Nitti son más sólidas y más brillantes que sus páginas constructivas. Nitti ha hecho con más vigor la descripción de la crisis europea que la teorización de sus remedios. Su exposición del caos, de la ruina europea es impresio-nantemente exacta y objetiva; su programa de reconstrucción es, en cambio, hipotético y subjetivo.

A Nitti le tocó el gobierno de Italia en una época agitada y nerviosa de tempestad revolucionaria y de ofensiva socialista. Las fuerzas proletarias estaban en Italia en su apogeo. Ciento cincuenta diputados socialistas ingresaron en la Cámara, con el clavel rojo en la solapa y las estrofas de La Internacional en los labios. La Confederación General del Trabajo, que representa a más de dos millones de trabajadores agremiados, atrajo a sus filas a los sindicatos de funcionarios y empleados del Estado. Italia parecía madura para la revolución. La política de Nitti, bajo la sugestión de este ambiente revolucionario, tuvo necesariamente una entonación y un gesto demagógicos. El Estado abandonó algunas de sus posiciones doctrinarias, ante el empuje de la ofensiva revolucionaria. Nitti dirigió sagazmente esta maniobra. Las derechas, soliviantadas y dramáticas, lo acusaron de debilidad y de derrotismo. Lo denunciaron como un saboteador, como un desvalorizador de la autoridad del Estado. Lo invitaron a la represión inflexible de la agitación proletaria. Pero estas grimas, estas aprehensiones y estos gritos de las derechas no conmovieron a Nitti. Avizor y diestro, comprendió que oponer a la revolución un dique granítico era provocar, tal vez, una insurrección violenta. Y que era mejor abrir todas las válvulas del Estado al escape y al desahogo de los gases explosivos, acumulados a causa de los dolores de la guerra y los desabrimientos de la paz. Obediente a este concepto, se negó a castigar las huelgas de ferroviarios y telegrafistas del estado y a usar rígidamente las armas de la ley, de los tribunales y de los gendarmes. En medio del escándalo y la consternación de las derechas, tornó a Italia, amnistiado, el líder anarquista Enrique Malatesta. Y los delegados del Partido Socialista y de los sindicatos, con pasaportes regulares del gobierno, marcharon a Moscú para asistir al congreso de la Tercera Internacional. Nitti y la monarquía flirteaban con el socialismo. El director de La Nazione de Florencia me decía en aquella época: «Nitti lascia andares.» Ahora se advierte que, históricamente, Nitti salvó entonces a la burguesía italiana de los asaltos de la revolución. Su política transaccional, elástica, demagógica, estaba dictada e impuesta por las circunstancias históricas.

Pero, en la política como en la guerra, la popularidad no corteja a los generalísimos de las grandes retiradas, sino a los generalísimos de las grandes batallas. Cuando la ofensiva revolucionaria empezó a agotarse y la reacción a contraatacar, Nitti fue desalojado del gobierno por Giolitti. Con Giolitti la ola revolucionaria llegó a su plenitud, en el episodio de la ocupación de las usinas metalúrgicas. Y entraron en acción Mussolini, los camisas negras y el fascismo. Las izquierdas, sin embargo, volvieron todavía a la ofensiva. Las elecciones de 1921, malgrado las guerrillas fascistas, reabrieron el parlamento a ciento treintaiséis socialistas. Nitti, contra cuya candidatura se organizó una gran cruzada de las derechas, volvió también a las Cámaras. Varios diarios cayeron dentro de la órbita nittiana. Aparecieron en Roma Il Paese e Il Mondo.*** Los socialistas, divorciados de los comunistas, estuvieron próximos a la colaboración ministerial. Se anunció la inminencia de una coalición social-democrática dirigida por De Nicola o por Nitti. Pero los socialistas, escisionados y vacilantes, se detuvieron en el umbral del gobierno. La reacción acometió resueltamente la conquista del poder. Los fascistas marcharon sobre Roma y barrieron de un soplo al raquítico, pávido y medroso Ministerio Facta. Y la dictadura de Mussolini dispersó a los grupos demócratas y liberales.

La burguesía italiana, después, se ha uniformado oportunistamente de camisa negra. Pero oportunista, menos flexible que Lloyd George, no se ha plegado a las pasiones actuales de la muchedumbre. Se ha retirado a su vida de estudioso, de investigador y de catedrático.

El instante no es favorable a los hombres de su tipo. Nitti no habla un lenguaje pasional sino un lenguaje intelectual. No es un líder tribunicio y tumultuario. Es un hombre de ciencia, de universidad y de academia. Y en esta época de neo-romanticismo, las muchedumbres no quieren estadistas sino caudillos, no quieren sagaces pensadores, sino bizarros, míticos y taumatúrgicos capitanes.

El programa de reconstrucción europea propuesto por Nitti es típicamente el programa de un economista. Nitti, saturado del pensamiento de su siglo, tiende a la interpretación económica, positivista, de la historia. Algunos de sus críticos se duelen precisamente de su inclinación sistemática a considerar exclusivamente el aspecto económico de los fenómenos históricos, y a descuidar su aspecto moral y psicológico. Nitti cree, fundadamente, que la solución de los problemas económicos de la paz resolvería la crisis. Y ejercita toda su influencia de estadista y de líder para conducir a Europa a esa solución. Pero, la dificultad que existe, para que Europa acepte un programa de cooperación y de asistencia internacionales, revela, probablemente, que las raíces de la crisis son más hondas e invisibles. El oscurecimiento del buen sentido occidental no es una causa de la crisis, sino uno de sus síntomas, uno de sus efectos, una de sus expresiones.

Amendola y la batalla liberal en Italia

La personalidad de Giovanni Amendola nos interesa, no sólo por la notoriedad mundial que debe este líder del Aventino a las cachiporras fascistas, sino, sobre todo, por su original relieve en el mundo del liberalismo italiano. En Amendola la democracia no es una fórmula retórica, como en la mayoría de los políticos transformistas de la Terza Italia. En Amendola la democracia es una idea dinámica que, contrastada y perseguida encarnizadamente por el fascismo, readquiere un poco de su primitiva beligerancia y de su decaída combatividad. Amendola pertenece al reducido sector de demoliberales italianos que no renegaron de su liberalismo, ante el fascio littorio cuando Mussolini y sus camisas negras conquistaron la Ciudad Eterna. Mientras Giolitti, Orlando y todos los políticos del transformismo, que ahora parlamentaria y tardíamente insurgen en defensa de la libertad, se enrolaban en el séquito del fascismo, olvidando la acérrima requisitoria fascista contra la vieja política y sus decrépitos especimenes, Amendola prefirió obstinarse en la aserción intransigente de sus principios democráticos.

Su historia política corresponde enteramente a la post-guerra. Amendola no se ha formado políticamente en la clientela de Giolitti, ni de ningún otro líder clásico de la democracia pre-bélica. Procede de un núcleo y de un hogar de intelectuales que han dado a Italia varias de sus figuras contemporáneas. “En 1904 -escribe Girolamo Lazzeri, en el prefacio de un libro de Amendola, La democracia después del 6 de abril de 1924– apenas cumplidos los veinte años, participaba en el movimiento renovador del florentino Leonardo; luego, cuatro años después, era del grupo de la Voce, en el cual emergía por un equilibrio más sólido frente a los otros amigos, muchos de quienes estaban destinados a caer de lleno en el error del fascismo o a vivir en sus márgenes en una situación de complicidad moral. La posición de Amendola en el grupo de la Voce era, en el fondo, la posición de un solitario: entre la inquietud y las contradicciones de Papini, la superficial divulgación de Prezzolini, el impresionismo lírico de Soffici, actitudes todas meramente literarias, Amendola se muestra casi aparte por sí mismo, por la seriedad y la solidez de la indagación filosófica, por la constante preocupación de la realidad, vista con límpida pupila, no de literato sino de hombre. Así, mientras que la rabia de renovación a la cual tendía el movimiento de la Voce, era desenfrenada inquietud literaria entre sus amigos, en Amendola era problema espiritualmente sentido, tanto en línea filosófica como en línea histórica. Su obra de filósofo y particularmente los lineamientos de su sistema ético, como resultan de la serie de estudios publicados en 1911 en Anima -la revista que dirigió con Papini- están ahí para demostrarlo, ofreciendo al crítico la clave de toda la personalidad del futuro hombre político”.

Amendola, después de una actividad destacada de periodista político, que lo incorporó oficialmente en los rangos de la democracia, entró en el parlamento en 1919. Empezó entonces la carrera de político, que en dos ocasiones las cachiporras fascistas han querido cortar trágicamente. El parlamento, del cual le tocó a Amendola formar parte, fue la tempestuosa asamblea a la que el sufragio italiano envió 156 diputados socialistas y 101 diputados populares.* Amendola ocupó desde el primer momento un puesto de combate en el grupo nittiano, esto es en el sector reformista y radical de la burguesía italiana. Fue, pues, uno de los colaboradores de esa política de transacciones y de compromisos, actuada por Nitti para detener la revolución, que debía parecer después, a la misma burguesía salvada de esta suerte, demagógica y derrotista.

En la evolución de la burguesía hacia el fascismo, que comenzó con el gobierno de Giolitti, Amendola se mantuvo hostil al fascio littorio. Tuvo, no obstante, que formar parte, como Ministro de las colonias, del desdichado ministerio de Facta, último esfuerzo gubernamental de los grupos constitucionales. No se le puede, sin embargo, hacer por esto ningún cargo. Preveía Amendola la conquista ineluctable e inexorable del poder por los fascistas, si los fautores de la democracia no concertaban y concentraban sus fuerzas en el parlamento y en el gobierno. El fracaso de esta postrera tentativa no es culpa suya.

En la presente batalla liberal, Amendola tiene una función principal. Es el líder de la oposición del Aventino. De la variopinta oposición del Aventino, como en su lenguaje polémico la llama Mussolini. El episodio del Aventino está en liquidación. La secesión parlamentaria se ha revelado impotente para traer abajo la dictadura fascista. Y a los parlamentarios del bloque del Aventino no se les ocurre, de acuerdo con sus hábitos, que se pueda combatir a un gobierno sino parlamentariamente. El experimento les parece, pues, terminado. El camino revolucionario no es de su gusto. Tampoco es del gusto de Amendola. Pero entre la gente del Aventino, Amendola tiene al menos el mérito de una consistencia ideológica y de una arrogancia personal, muy poco frecuentes en la desvaída fauna liberal. Améndola ha sido uno de los condottieri de la batalla del Aventino. Hasta el último momento ha resistido con energía la vuelta al parlamento.

Lo que distingue a Amendola del resto de los demo-liberales de todos los climas es, como resulta de todos estos episodios de su carrera política, la vehemencia y la beligerancia que tiene en su teoría y en su práctica la vieja idea liberal. El líder del Aventino cree de veras en la democracia, con ese inquebrantable empecinamiento de los pequeños burgueses, nutridos de la filosofía de dos siglos de apogeo de la civilización occidental. Y, como Wilson hablaba de una nueva libertad, este discípulo y lugarteniente de Nitti habla de una nueva democracia.

Su ilusión reside justamente en este concepto. La nueva democracia de Amendola es tan quimérica como la nueva libertad de Wilson. Es siempre, en la forma y en el fondo, a pesar de cualquier superficial apariencia, la misma democracia capitalista y burguesa que se siente crujir, envejecida, en nuestra época. Amendola dice preferir el futuro al pasado. Pero se niega a imaginar que el futuro de la humanidad y de Italia no sea democrático. El pensamiento de Amendola es la expresión de la recalcitrante mentalidad de una pequeña burguesía, sorda a todas las notificaciones de la historia.

El fracasado experimento del Aventino podría, sin embargo, haber sido una lección más eficaz para este rígido y honesto liberal. Contra el método reaccionario, como ese experimento lo ha demostrado, el método democrático no puede nada. Mussolini se ríe de las maniobras parlamentarias. Para los diputados demasiado molestos, como Matteotti o como Amendola, los camisas negras tienen armas bien tundentes. Amendola, agredido y apaleado dos veces, lo sabe personal y eficientemente.

Instintivamente, Amendola ha sentido muchas de estas cosas. El retiro de la oposición del parlamento fue un gesto de entonación y virtualidad revolucionarias. Constituía la declaración de que contra Mussolini no era ya posible batirse parlamentaria y legalmente. El Aventino representaba la vía de la insurrección. Mas los diputados del Aventino no tenían nada de revolucionarios. Su objetivo no era sino la normalización. Su actitud secesionista se nutría de la esperanza de que, a la simple maniobra de abandono del parla-mento, la minoría bastase para obligar a Mussolini a la rendición. Una vez desvanecida esta esperanza, a toda esta gente no le ha quedado más remedio que decidirse a reingresar melancólicamente en su Cámara.

No existe otro camino para los partidarios de la reforma y del compromiso. A Amendola le cuesta un poco de trabajo explicárselo, porque en él chocan su psicología de hombre de combate y su ideario de fautor del parlamento. La impotencia en que se debate en Italia su partido es la impotencia en que se debate, en todo el mundo, la vieja democracia. En Amendola, es cierto, la democracia enseña el puño apretado y enérgico. Pero no por eso es menos impotente.

John Miaynard Keynes

Kepnes no es líder, no es político, no es siquiera diputado. No es sino director del Manchester Guardian y profesor de Economía de la Universidad de Cambridge. Sin embargo, es una figura de primer rango de la política europea. Y, aunque no ha descubierto la decadencia de la civilización occidental, la teoría de la relatividad, ni el injerto de la glándula de mono, es un hombre tan ilustre y resonante como Spengler, como Einstein y como Voronoff. Un libro de estruendoso éxito, Las consecuencias económicas de la Paz, propagó en 1919 el nombre de Keynes en el mundo.

Este libro es la historia íntima, descarnada y escueta de la conferencia de la paz y de sus escenas de bastidores. Y es, al mismo tiempo, una sensacional requisitoria contra el tratado de Versalles y contra sus protagonistas. Keynes denuncia en su obra las deformidades y los errores de ese pacto y sus consecuencias en la situación europea.

El pacto de Versalles es aún un tópico de actualidad. Los políticos y los economistas de la reconstrucción europea reclaman perentoriamente su revisión, su rectificación, casi su cancelación. La suscripción de ese tratado resulta una cosa condicional y provisoria. Estados Unidos le ha negado su favor y su firma. Inglaterra no ha disimulado a veces su deseo de abandonarlo. Keynes lo ha declarado una reglamentación temporal de la rendición alemana.

¿Cómo se ha incubado, cómo ha nacido este tratado deforme, este tratado teratológico? Keynes, testigo inteligente de la gestación, nos lo explica. La Paz de Versalles fue elaborada por tres hombres: Wilson, Clemenceau y Lloyd George -Orlando tuvo al lado de estos tres estadistas un rol secundario, anodino, intermitente y opaco. Su intervención se confinó en una sentimental defensa de los derechos de Italia-. Wilson ambicionaba seriamente una paz edificada sobre sus catorce puntos y nutrida de su ideología democrática. Pero Clemenceau pugnaba por obtener una paz ventajosa para Francia, una paz dura, áspera, inexorable. Lloyd George era empujado en análogo sentido por la opinión inglesa. Sus compromisos eleccionarios lo forzaban a tratar sin clemencia a Alemania. Los pueblos de la Entente estaban demasiado perturbados por el placer y el deliquio de la victoria. Atravesaban un período de fiebre y de tensión nacionalistas. Su inteligencia estaba oscurecida por el pathos. Y, mientras Clemenceau y Lloyd George representaban a dos pueblos poseídos, morbosamente, por el deseo de expoliar y oprimir a Alemania, Wilson no representaba a un pueblo realmente ganado a su doctrina, ni sólidamente mancomunado con su beato y demagógico programa. A la mayoría del pueblo americano no le interesaba sino la liquidación más práctica y menos onerosa posible de la guerra. Tendía, por consiguiente, al abandono de todo lo que el programa wilsoniano tenía de idealista. El ambiente aliado, en suma, era adverso a una paz wilsoniana y altruista. Era un ambiente guerrero y truculento, cargado de odios, de rencores y de gases asfixiantes. Wilson mismo no podía sustraerse a la influencia y a la sugestión de la “atmósfera pantanosa de París”. El estado de ánimo aliado era agudamente hostil al programa wilsoniano de paz sin anexiones ni indemnizaciones. Además Wilson, como diplomático, como político, era asaz inferior a Clemenceau y a Lloyd George. La figura política de Wilson no sale muy bien parada del libro de Keynes. Keynes retrata la actitud de Wilson en la conferencia de la paz como una actitud mística, sacerdotal. Al lado de Lloyd George y de Clemenceau, cautos, redomados y sagaces estrategas de la política, Wilson resultaba un ingenuo maestro universitario, un utopista y hierático presbiteriano. Wilson, finalmente, llevó a la conferencia de la paz principios generales, pero no ideas concretas respecto de su aplicación. Wilson no conocía las cuestiones europeas a las cuales estaban destinados sus principios. A los aliados les fue fácil, por esto, camuflar y disfrazar de un ropaje idealista la solución que les convenía. Clemenceau y Lloyd George, ágiles y permeables, trabajaban asistidos por un ejército de técnicos y de expertos. Wilson, rígido y hermético, no tenía casi contacto con su delegación. Ninguna persona de su entourage, ejercitaba influencia sobre su pensamiento. A veces una redacción astuta, una maniobra gramatical, bastó para esconder dentro de una cláusula de apariencia inocua una intención trascendente. Wilson no pudo defender su programa del torpedamiento sigiloso de sus colegas de la conferencia.

Entre el programa wilsoniano y el tratado de Versalles existe, por esta y otras razones, una contradicción sensible. El programa wilsoniano garantizaba a Alemania el respeto de su integridad territorial, le aseguraba una paz sin multas ni indemnizaciones y proclamaba enfáticamente el derecho de los pueblos a disponer de ellos mismos. Y bien. El Tratado separa de Alemania la región del Sarre, habitada por seiscientos mil teutones genuinos. Asigna a Polonia y Checoeslovaquia otras porciones de territorio alemán. Autoriza la ocupación durante quince años de la ribera izquierda del Rhin, donde habitan seis millones de alemanes. Y suministra a Francia pretexto para invadir las provincias del Ruhr e instalarse en ellas. El tratado niega a Austria, reducida a un pequeño Estado, el derecho de asociarse o incorporarse a Alemania. Austria no puede usar de este derecho sin el permiso de la Sociedad de las Naciones. Y la Sociedad de las Naciones no puede acordarle su permiso sino por unanimidad de votos. El Tratado obliga a Alemania, aparte de la reparación de los daños causados a poblaciones civiles y de la reconstrucción de ciudades y campos devastados, al reembolso de las pensiones de guerra de los países aliados. La despoja de todos sus bienes negociables, de sus colonias, de su cuenca carbonífera del Sarre, de su marina mercante y hasta de la propiedad privada de sus súbditos en territorio aliado. Le impone la entrega anual de una cantidad de carbón, equivalente a la diferencia entre la producción actual de las minas de carbón francesas y la producción de antes de la guerra. Y la constriñe a conceder, sin ningún derecho a reciprocidad; una tarifa aduanera mínima a las mercaderías aliadas y a dejarse invadir, sin ninguna compensación, por la producción aliada. En una palabra, el Tratado empobrece, mutila y desarma a Alemania y, simultáneamente, le demanda una enorme indemnización de guerra.

Keynes prueba que este pacto es una violación de las condiciones de paz, ofrecidas por los aliados a Alemania para inducirla a rendirse. Alemania capituló sobre la base de los catorce puntos de Wilson. Las condiciones de paz no debían, por tanto, haberse apartado ni diferenciado de esos catorce puntos. La conferencia de Versalles habría debido limitarse a la aplicación, a la formalización de esas condiciones de paz. En tanto, la conferencia de Versalles impuso a Alemania una paz diferente, una paz distinta de la ofrecida solemnemente por Wilson. Keynes califica esta conducta como una deshonestidad monstruosa.

Además, este tratado, que arruina y mutila a Alemania, no es sólo injusto e insensato. Como casi todos los actos insensatos e injustos, es peligroso y fatal para sus autores. Europa ha menester de solidaridad y de cooperación internacionales, para reorganizar su producción y restaurar su riqueza. Y el tratado la anarquiza, la fracciona, la conflagra y la inficiona de nacionalismo y jingoísmo. La crisis europea tiene en el pacto de Versalles uno de sus mayores estímulos morbosos. Keynes advierte la extensión y la profundidad de esta crisis. Y no cree en los planes de reconstrucción, “demasiado complejos, demasiado sentimentales y demasiado pesimistas”. “El enfermo -dice- no tiene necesidad de drogas ni de medicinas. Lo que le hace falta es una atmósfera sana y natural en la cual pueda dar libre curso a sus fuerzas de convalecencia”. Su plan de reconstrucción europea se condensa, por eso, en dos proposiciones lacónicas: la anulación de las deudas interaliadas y la reducción de la indemnización alemana a 36,000 millones de marcos. Keynes sostiene que éste es, también, el máximum que Alemania puede pagar.

Pensamiento de economista y de financista, el pensamiento de Keynes localiza la solución de la crisis europea en la reglamentación económica de la paz. En su primer libro escribía, sin embargo, que “la organización económica, por la cual ha vivido Europa occidental durante el último medio siglo, es esencialmente extraordinaria, inestable, compleja, incierta y temporaria”. La crisis, por consiguiente, no se reduce a la existencia de la cuestión de las reparaciones y de las deudas interaliadas. Los problemas económicos de la paz exacerban, exasperan la crisis; pero no la causan íntegramente. La raíz de la crisis está en esa organización económica “inestable, compleja, etc.” Pero Keynes es un economista burgués, de ideología evolucionista y de psicología británica, que necesita inocular confianza e inyectar optimismo en el espíritu de la sociedad capitalista. Y debe, por eso, asegurarle que una solución sabia, sagaz y prudente de los problemas económicos de la paz removerá todos los obstáculos que obstruyen, actualmente, el camino del progreso, de la felicidad y del bienestar humanos.

El debate de las deudas inter-aliadas

Nadie puede asombrase de que, seis años después de la suscripción del pacto de Versalles, las potencias aliadas no hayan podido aún ponerse de acuerdo con Alemania respecto a la ejecución de ese tratado. El mismo plazo no ha sido bastante para que las potencias aliadas se hayan puesto de acuerdo entre ellas. No ha sido bastante siquiera para que se hayan puesto de acuerdo consigo mismas. En ninguna de las potencias vencedoras se entienden las gentes sobre el mejor método de liquidar las consecuencias de la guerra. Las divide, primero, la lucha de clases. Las sub-divide, luego, la lucha de los partidos. La clase gobernante, o sea la clase burguesa, no tiene un programa común. Cada líder, cada grupo, se aferra a su propio punto de vista. El desacuerdo, en una palabra, se multiplica hasta el infinito.

Nitti llama a esto “la tragedia de Europa”. Los problemas políticos se enlazan, en la retina del político italiano, con los problemas económicos. Y, en último análisis, la crisis económica, política y moral se convierte en una crisis de la civilización europea. Keynes, menos panorámico, no ve casi en esta crisis sino “las consecuencias económicas de la paz”. Entre los dos más ilustres y tenaces propugnadores de una política de reconstrucción, el acuerdo, por consiguiente, no es completo. La diferencia de temperamento produce una diferencia de visión. Keynes reacciona, ante la crisis, como economista; Nitti reacciona, además, como político. Y la opinión misma de estos hombres no es hoy rigurosamente la de hace cinco o cuatro años. Las consecuencias económicas de la paz se han modificado o se han complicado definitivamente. El pensamiento de quienes pretenden arreglarlas, dentro de una perfecta coherencia, ha tenido que modificarse o complicarse. No ha podido dejar de adaptarse a los nuevos hechos. Y a veces ha debido, en apariencia al menos, contradecirse.

A propósito de las deudas inter-aliadas, uno de los más enredados problemas de la paz, Keynes ha sido acusado, recientemente, de una contradicción. En sus estudios sobre este problema Keynes había arribado a la conclusión de que las deudas inter-aliadas debían ser condonadas. En un artículo último, ha abandonado virtualmente esta conclusión. Como ciudadano británico, como hombre práctico, Keynes se encuentra frente a un hecho nuevo. Inglaterra ha reconocido su deuda a los Estados Unidos. Más aún, ha empezado a amortizarla. La cuestión de las deudas interaliadas ha quedado, por consiguiente, planteada en términos distintos. Keynes no ha cambiado de opinión acerca de las deudas interaliadas; pero sí ha cambiado de opinión acerca de la posibilidad de anularlas.

Keynes acepta totalmente la tesis del tesoro francés, de que las deudas interaliadas no son deudas comerciales sino deudas “políticas”. Su propia tesis es mucho más radical. Piensa Keynes que, en verdad, no se trata de deudas propiamente dichas. “Cada uno de los aliados -escribe- arrojó en el conflicto mundial todas sus energías. La guerra fue, como dicen los americanos, al ciento por ciento. Pero, sabiamente y justamente, cada uno de los aliados no empleó sus fuerzas del mismo modo. Por ejemplo el esfuerzo de Francia fue principalmente militar. Relativamente al número de hombres que, en proporción a su población, puso en el campo, y por el hecho de que parte de su territorio fue ocupado por el enemigo, Francia no contaba, después del primer año de guerra, con suficientes fuerzas económicas para equipar su ejército y alimentar su población de suerte de poder seguir combatiendo. El esfuerzo militar inglés si bien importantísimo, no fue tan grande como el francés; el esfuerzo naval británico fue, en tanto, mayor que el francés; y el financiero fue también más vasto porque tuvimos, antes de la intervención americana, que emplear toda nuestra riqueza y toda nuestra fuerza industrial en ayudar, equipar y alimentar a los aliados. El esfuerzo americano fue principalmente financiero”. Keynes sostiene que a la causa común cada potencia aliada dio todo lo que pudo. Unos aportaron más hombres que vituallas; otros aportaron más dinero que hombres. El dinero, en suma, no era prestado por un aliado a otro. Era simplemente movilizado de un frente financiero a otro, en servicio de una campaña común. ¿Por qué entonces se hablaba oficialmente de créditos o de préstamos y no de subsidios? Porque así lo exigía la necesidad de que los fondos fueran administrados con mesura. El tesoro inglés o el tesoro norteamericano no tenían otro medio de controlar al tesoro francés o al tesoro italiano, y de evitar los despilfarros del capital interaliado. “Si cada uno de los funcionarios aliados -observa Keynes- hasta aquéllos dotados de menor sentido de responsabilidad o de menor poder de imaginación, hubiese sabido que gastaba dinero de otro país, los incentivos a la economía habrían sido menores de lo que fueron”. Y ésta no es una interpretación personal de Keynes de la conducta financiera de Inglaterra y de Norte América. Durante la guerra, Keynes ha sido un alto funcionario del tesoro británico. En consecuencia, ha estado enterado de toda la trastienda de la política financiera de su país.

Pero Keynes, que reafirma de modo tan inequívoco y explícito su convicción de que las deudas inter-aliadas no son tales deudas, no insiste ya en proponer su condonación. “Mirando al pasado -explica- creo que habría sido un acto de alta política y de sabiduría de parte de Inglaterra si, al día siguiente del armisticio, hubiese anunciado a los aliados que todas sus deudas quedaban olvidadas desde ese día. Ahora no es viable tal línea de conducta. Los ingleses se han comprometido a pagar a Norte América medio millón de dólares al día por sesenta años”. Una solución del problema no puede prescindir de este hecho. Mientras Inglaterra pague a los Estados Unidos, no renunciará a ser pagada también por Francia e Italia. No se avendrá tampoco a que los Estados Unidos concedan a estas dos potencias un tratamiento de favor. ¿Qué hacer entonces? Keynes cree que la base de un arreglo podría ser la siguiente: la aplicación, al servicio de las deudas inter-aliadas, de una parte de la suma anual que Francia e Italia reciben de Alemania, conforme al plan Dawes. Una tercera parte, por ejemplo.

El debate de las deudas ínter-aliadas ha entrado así en una nueva fase. Francia ha formulado, oficialmente, la distinción entre sus deudas comerciales y sus deudas políticas. Esto quiere decir que el pago de las deudas comerciales será arreglado comercialmente, mientras que el pago de las deudas políticas será arreglado políticamente. El tema de las deudas inter-aliadas reemplaza al de las reparaciones. Francia, durante el gobierno del Bloque Nacional, no se ocupó casi sino de su acreencia contra Alemania. Liquidada en Londres, por el plan Dawes, la ilusión de que las reparaciones darían para todo, Francia se ve ahora obligada a ocuparse de su deuda a Inglaterra y a los Estados Unidos. Sus aliados le recuerdan cortésmente su cuenta.

En Inglaterra y en los Estados Unidos prevalece, en el gobierno, un criterio firmemente adverso a la condonación. El programa mínimo de Francia e Italia solicita una reducción de la deuda interaliada, proporcional a la reducción de la deuda Alemana. Los propugnadores de la condonación se sienten más o menos abandonados por Keynes, en esta campaña. Y, por esto, reaccionan contra su última actitud. ¿Keynes mantiene íntegramente su concepto sobre las deudas inter-aliadas? Si, lo mantiene íntegramente. ¿Por qué entonces admite ahora la necesidad de que esas deudas, que su argumentación declara inexistentes, sean reconocidas? Keynes responde que la cuestión ha sido modificada, de hecho, por los pagos de Inglaterra. Un hombre de estado inglés no puede obstinarse rígidamente en un principio. Escapada la oportunidad de aplicar el principio, hay que resignarse a sacrificarlo en parte. Pero los contradictores de Keynes no creen que, efectivamente, la oportunidad de anular las deudas inter-aliadas haya pasado. La dialéctica del economista británico no los persuade a este respecto. Inglaterra ha comenzado a pagar su deuda a los Estados Unidos. Mas la política del tesoro británico no puede comprometer la política del tesoro francés ni del tesoro italiano. El tesoro británico paga no sólo porque le es posible pagar sino, sobre todo, porque le conviene pagar. Empezando el servicio de su deuda, Inglaterra ha mejorado su crédito y ha saneado su moneda. La libra esterlina, cotizada antes a 3.80 en Nueva York, se cotiza ahora a 4.84. Inglaterra ha hecho una operación ventajosa. Y la ha hecho por su propia cuenta, sin consultar a sus aliados. ¿Cómo puede oponerse a que sus aliados, por su propia cuenta también, repudien una deuda ficticia? La razón de que Inglaterra, obedeciendo a un interés distinto y concreto, no la ha repudiado es por lo menos insuficiente.

La única razón válida es la de que Francia e Italia necesitan usar su crédito en Inglaterra y los Estados Unidos y, por consiguiente, no pueden exigir de estas potencias más de lo que se demuestran dispuestas a conceder. Francia e Italia no tienen bastante independencia financiera para prescindir de los servicios de la finanza anglo-americana. Les tocará, por consiguiente, aceptar, más o menos atenuado y disimulado, un plan Dawes que dejará subsistentes las deudas inter-aliadas. O sea uno de los problemas de la paz que alimentan la crisis europea.

El Pacto de Seguridad

El Occidente europeo busca un equilibrio. Hasta ahora ninguna receta conservadora ni reformista consigue dárselo.

Francia quiere una garantía contra la revancha alemana. Mientras esta garantía no le sea ofrecida, Francia velará armada con la espada en alto. Y el ruido de sus armas y de sus alertas no dejará trabajar tranquilamente a las otras naciones europeas. Europa siente, por ende, la necesidad urgente de un acuerdo que le permita reposar de esta larga vigilia guerrera. La propia Francia que, a pesar de sus bélicos chanteclers, es en el fondo una nación pacífica, siente también esta necesidad. El peso de su armadura de guerra la extenúa.

El eje de un equilibrio europeo son las relaciones franco-alemanas. Para que Europa pueda convalecer de su crisis bélica, es indispensable que entre Francia y Alemania se pacte, si no la paz, por lo menos una tregua. Pero esta tregua necesita fiadores. Francia pide la fianza de la Gran Bretaña. De esto, que es lo que se designa con el nombre de pacto de seguridad, se conversó ya entre Lloyd George y Briand en Cannes. Mas a la mayoría parlamentaria del bloque nacional un pacto de seguridad, en las condiciones entonces esboza-das, le pareció insuficiente. Briand fue reemplazado por Poincaré, quien durante un largo plazo, en vez de una política de tregua, hizo una política de guerra.

Cuando el experimento laborista en Inglaterra y las elecciones del 11 de mayo en Francia* engendraron la ilusión de que se inauguraba en Europa una era social-democrática, renació la moda de todas las grandes palabras de la democracia: Paz, Arbitraje, Sociedad de las Naciones, etc. En está atmósfera se incubó el protocolo de Ginebra que, instituyendo el arbitraje obligatorio, aspiraba a realizar un anciano ideal de la democracia, El protocolo de Ginebra correspondía plenamente a la mentalidad de una política cuyos más altos conductores eran Mac Donald y Herriot.

Liquidado el experimento laborista, se ensombreció de nuevo la faz de la política europea. El protocolo de Ginebra, que no significaba la paz ni representaba siquiera la tregua, fue enterrado. Se volvió a la idea del pacto de seguridad. Briand, Ministro de Negocios Extranjeros del ministerio de Poincaré, reanudó el diálogo interrumpido en Cannes. On revient toujour a ses premiers amours.

Pero la discusión demostró que, para un pacto de seguridad, no basta el acuerdo exclusivo de Inglaterra, Francia, Alemania y Bélgica. No se trata sólo de la frontera del Rhin. Las naciones que están al otro lado de Alemania, y que el tratado de paz ha beneficiado territorialmente, a expensas del imperio vencido, exigen la misma garantía que Francia. Polonia y Checoeslovaquia pretenden estar presentes en el pacto. Y Francia, que es su protectora y su madrina, no puede desestimar la reivindicación de esos estados. Por otra parte Italia, dentro de cuyos nuevos confines el tratado de paz ha dejado encerrada una minoría alemana, reclama el reconocimiento de la intangibilidad de esa frontera. Y se opone a todo pacto que no cierre definitivamente el camino a la posible unión política de Alemania y Austria.

Alemania, a su turno, se defiende. No quiere suscribir ningún tratado que cancele su derecho a una rectificación de sus fronteras orientales. Se declara dispuesta a dar satisfacción a Francia, pero se niega a dar satisfacción a toda Europa.

Para Alemania, suscribir un tratado, en el cual acepte como definitivas las fronteras que le señaló la paz de Versalles, equivaldría a suscribir por segunda vez, sin la presión guerrera de la primera, su propia condena. Durante la crisis post-bélica, mucho se ha escrito y se ha hablado sobre la incalificable dureza del tratado de Versalles. Los políticos y los ideólogos, propugnadores de un programa de reconstrucción europea, han repetido, hasta lograr hacerse oír por mucha gente, que la revisión del tratado de Versalles es una condición esencial y básica de un nuevo equilibrio internacional. Esta idea ha ganado muchos prosélitos. La causa de Alemania en la opinión mundial ha mejorado, en suma, sensiblemente. Es absurdo, por todas estas razones, pretender que Alemania refrende, sin compensación, las condiciones vejatorias de la paz de Versalles. El estado de ánimo de Alemania no es hoy, de otro lado, el mismo de los días angustiosos del armisticio. Las responsabilidades de la guerra se han esclarecido en los últimos seis años. Alemania, con documentación propia y ajena, puede probar, en una nueva conferencia de la paz, que es mucho menos culpable de lo que en Versalles parecía.

Los políticos de la democracia y, de la reforma aprovechan del tema del pacto de seguridad para proponer a sus pueblos una meta: la organización de los Estados Unidos de Europa. Únicamente -dicen- una política de cooperación internacional puede asegurar la paz a Europa. Pero la verdad es que no hay ningún indicio de que las varias burguesías europeas, intoxicadas de nacionalismo, se decidan a adoptar este camino. Inglaterra no parece absolutamente inclinada a sacrificar algo de su rol imperial ni de su egoísmo insular. Italia, en los discursos megalómanos del fascismo, reivindica consuetudinariamente su derecho a renacer como imperio.

Los Estados Unidos de Europa aparecen, pues, en el orden burgués, como una utopía. Aun en el caso de que el tratado de seguridad obtenga la adhesión leal de todos los Estados de Europa, quedará siempre fuera de este sistema o de este compromiso la mayor nación del continente: Rusia. No se constituirá por tanto una asociación destinada a asegurar la paz sino, más bien, a organizar la guerra. Porque, como una consecuencia natural de su función histórica, una liga de estados europeos que no comprenda a Rusia tiene que ser, teórica y prácticamente, una liga contra Rusia. La Europa capitalista tiende cada día más a excluir a Rusia de los confines morales de la civilización occidental. Rusia, por su parte, sobre todo desde que se ha debilitado su esperanza en la revolución europea, se repliega hacia Oriente. Su influencia moral y material crece rápidamente en Asia. Los pueblos orientales, desde hace mucho tiempo, se interesan más por el ejemplo ruso que por el ejemplo occidental. En estas condiciones, los Estados Unidos de Europa, si se constituyesen, reemplazarían el peligro de una guerra continental por la certidumbre de un descomunal conflicto entre Oriente y Occidente.

El Imperio y la democracia yanquis

Con Mr. Coolidge y Mr. Dawes en el gobierno de los Estados Unidos, no es posible esperar que la causa de la libertad y de la democracia wilsonianas progresen gaya y beatamente como los brindis de Ginebra auguraban. Las elecciones norteamericanas han sancionado la política de Mr. Hughes y Mr. Coolidge. Política nacionalista, imperialista, que aleja al mundo de las generosas y honestas ilusiones de los fautores de la liga wilsoniana.

Los Estados Unidos, manteniendo una actitud imperialista, Cumplen su destino histórico. El imperialismo, como lo ha dicho Lenin, en un panfleto revolucionario, es la última etapa del capitalismo. Como lo ha dicho Spengler, en una obra filosófica y científica, es la última estación política de una cultura. Los Estados Unidos, más que una gran democracia son un gran imperio. La forma republicana no significa nada. El crecimiento capitalista de los Estados Unidos tenía que desembocar en una conclusión imperialista. El capitalismo norteamericano no puede desarrollarse más dentro de los confines de los Estados Unidos y de sus colonias. Manifiesta, por esto, una gran fuerza de expansión y de dominio. Wilson quiso noblemente combatir por una Nueva Libertad; pero combatió, en verdad, por un nuevo imperio. Una fuerza histórica, superior a sus designios, lo empujó a la guerra. La participación de los Estados Unidos en la guerra mundial fue dictada por un interés imperia-lista. Exaltando, elocuente y solemnemente, su carácter decisivo, el verbo de Wilson sirvió a la afirmación del Imperio. Los Estados Unidos, decidiendo el éxito de la guerra, se convirtieron repentinamente en árbitros de la suerte de Europa. Sus bancos y sus fábricas rescataron las acciones y los valores norteamericanos que poseía Europa. Empezaron, en seguida, a acaparar acciones y valores europeos. Europa pasó de la condición de acreedora a la de deudora de los Estados Unidos. En los Estados Unidos se acumuló más de la mitad del oro del mundo. Adquiridos estos resultados, los yanquis sintieron instin-tivamente la necesidad de defenderlos y acrecentarlos. Necesitaron, por esto, licenciar a Wilson. El verbo de Wilson, los embarazaba y molestaba. El programa wilsoniano, útil en tiempo de guerra, resultaba inoportuno en tiempo de paz. La Nueva Libertad, propugnada por Wilson, convenía a todo el mundo, menos a los Estados Unidos. Volvieron, así, los republicanos al poder.

¿Qué cosa habría podido inducir a los Estados Unidos a regresar, aunque no fuera sino muy tibia y parcamente, a la política wilsoniana? El candidato demócrata Davis era un ciudadano prudente, un diplomático pacato, sin la inquietud ni la imaginación de Wilson. Los Estados Unidos podían haberle confiado el gobierno sin peligro para sus intereses imperiales. Pero Coolidge ofrecía más garantías y mejores fianzas. Coolidge no se llama sino republicano, en tanto que Davis se llama demócrata, denominación, en todo caso, un poco sospechosa. Davis, tenía, además, el defecto de ser orador. Coolidge, en cambio, silencioso, taciturno, estaba exento de los peligros de la elocuencia. Por otra parte, en el partido demócrata quedaba mucha gente impregnada todavía de ideas wilsonianas. Mientras tanto, el partido republicano había conseguido separarse de sus Lafollette, esto es de sus hombres más exuberantes e impetuosos. Lafollette, naturalmente, era para el capitalismo y el imperialismo norteamericanos un candidato absurdo. Un disidente peligroso, un desertor herético de las filas republicanas y de sus ponderados principios.

La elección de Mr. Calvin Coolidge no podía sorprender, por ende, sino a muy poca gente. La mayor parte de los espectadores y observadores de la vida norteamericana la preveía y la aguardaba. Aparecía evidente la improba-bilidad de que los Estados Unidos, o mejor dicho sus capitalistas, quisiesen cambiar de política. ¿Para qué podían querer cambiarla? Con Coolidge las cosas no andaban mal. A Coolidge le faltaba estatura histórica, relieve mundial. Pero para algo había periódicos, agencias y escritores listos a inventarle una personalidad estupenda a un candidato a la Presidencia de la República. La biografía y la personalidad reales de Coolidge tenían pocas cosas de qué asirse; pero los periódicos, agencias y escritores descubrieron entre ellas una verdaderamente preciosa: el silencio. Y Coolidge nos ha sido presentado como una gran figura silenciosa, taciturna, enigmática. Es la antítesis de la gran figura parlante, elocuente, universitaria, de Wilson. Wilson era el Verbo; Coolidge es el Silencio. Las agencias, los periódicos, etc., nos dicen que Coolidge no habla, pero que piensa mucho. Generalmente estos hombres mudos, taciturnos, no callan porque les guste el silencio sino porque no tienen nada que decir. Pero a la humanidad le agrada y le atrae irresistiblemente todo lo que tiene algo de enigma, de esfinge y de abracadabra. La humanidad suele amar al verbo; pero respeta siempre el silencio. Además, el silencio es de oro. Y esto explica su prestigio en los Estados Unidos.

Es cierto que si los Estados Unidos son un imperio son también una democracia. Bien. Pero lo actual, lo prevaleciente en los Estados Unidos es hoy el imperio. Los demócratas representan más a la democracia; los republicanos representan más el imperio. Es natural, es lógico, por consiguiente, que las elecciones las hayan ganado los republicanos y no los demócratas.

El imperio yanqui es una realidad más evidente, más contrastable que la democracia yanqui. Este imperio no tiene todavía muchas trazas de dominar el mundo con sus soldados; pero sí de dominarlo con su dinero. Y un imperio no necesita hoy más. La organización o desorganización, del mundo, en esta época, es económica antes que política. El poder económico confiere poder político. Ahí donde los imperios antiguos desembarcaban sus ejércitos, a los imperios modernos les basta con desembarcar sus banqueros. Los Estados Unidos poseen, actualmente, la mayor parte del oro del mundo. Son una nación pletórica de oro que convive con naciones desmonetizadas, exhaustas, casi mendigas. Puede, pues, dictarles su voluntad a cambio de un poco de su oro. El plan Dawes, que los Estados europeos juzgan salvador y taumatúrgico, es, ante todo, un plan de la banca norteamericana. Morgan fue el empresario y el manager de la conferencia de Londres. Los fautores de la política de reconstrucción europea hablan de los Estados Unidos como de un árbitro. Los libros de Nitti, verbigracia, empiezan o concluyen con un llamamiento a los Estados Unidos para que acudan en auxilio de la civilización europea.

Pero los Estados Unidos no son, como querrían, un espectador de la crisis contemporánea sino uno de sus protagonistas, Si a Europa le interesan los acontecimientos norteamericanos, a los Estados Unidos no le interesan menos los acontecimientos europeos. La bancarrota europea significaría para los Estados Unidos el principio de su propia bancarrota. Norte América se ve forzada, por eso, a seguir prestando dinero a sus deudores europeos. Para que Europa le pague algún día, Norte América necesita continuar asistiéndola financieramente. No lo hace, naturalmente, sin exigir garantías excepcionales. Francia obtuvo, con Poincaré, un préstamo de la banca norteamericana, a condición de reducir sus gastos y aumentar sus impuestos. Alemania, a cambio de la ayuda financiera que le acuerda el plan Dawes, se somete al control de los Estados Unidos.

Norte-América no puede desinteresarse de la suerte de Europa. No puede encerrarse dentro de sus murallas económicas. Al revés de Europa, los Estados Unidos sufren de plétora de oro. La experiencia norteamericana nos enseña que si la falta de oro es un mal, el exceso de oro casi es un mal también. La plétora de oro origina encarecimiento de la vida y abaratamiento del capital. El oro es fatal al mundo, en la tragedia contemporánea, como en la ópera wagneriana.

El empobrecimiento de Europa representa para la finanza y la industria norteamericanas la pérdida de inmensos mercados. La miseria y el desorden europeos disminuyen las exportaciones norteamericanas. Producen una crisis de desocupación en la agricultura y en la industria yanquis. La desocupación a su turno exaspera la cuestión social. Crea en el proletariado un estado de ánimo favorable a la propagación de ideas revolucionarias.

Malgrado la victoria electoral de los republicanos, malgrado su valor de afirmación imperialista y conservadora, es evidente que se difunde en los Estados Unidos un humor revolucionario. Varios hechos denuncian que los Estados Unidos no son, a este respecto, tan inexpugnables ni tan inmunes como algunos creen. El orientamiento de los obreros americanos adquiere rumbos cada vez más atrevidos. Los pequeños farmers, pauperizados por la baja de los productos agrícolas, desertan definitivamente de los rangos de los viejos partidos.

También en los Estados Unidos el antiguo sistema bipartito se encuentra en crisis. La candidatura Lafollete ha roto definitivamente el equilibrio de la política tradicional. Anuncia la aparición de una tercera corriente. Esta corriente no ha encontrado todavía su forma ni su expresión; pero se ha afirmado como una poderosa fuerza renovadora. A la nueva facción es absurdo augurarle un destino análogo al de la que, hace varios años, se desprendió del partido republicano para seguir a Roosevelt. Los elementos menos representativos de su proselitismo son los republicanos cismáticos. Lafollette, ha sido, ante todo y sobre todo, un candidato de grupos agrarios y laboristas. Y, además de ésta, otra corriente más avanzada, siembra en los Estados Unidos ideas e inquietudes renovadoras.

La democracia católica

El compromiso entre la Democracia y la Iglesia Católica, después de haber cancelado y curado rencores recíprocos, ha producido en Europa un partido político de tipo más o menos internacional que, en varios países, intenta un ensayo de reconstrucción social sobre bases democráticas y cristianas,

Esta democracia católica o catolicismo democrático ha prosperado, marcadamente, en la Europa Central. En Alemania, donde se llama centro católico, uno de sus grandes conductores, Erzberger, que murió asesinado por un pangermanista, tuvo una figuración principal en los primeros años de la república, En Austria gobiernan los demócratas católicos, En Francia, en cambio, los católicos andan dispersos y mal avenidos. Algunos, los de la nobleza orleanista,* militan en los rangos de Maurras y L`Action Française. Otros, de filiación republicana, se diluyen en los partidos del bloque nacional. Otros, finalmente, siguen una orientación democrática y pacifista. El líder de estos últimos elementos es el diputado Marc Sagnier, propugnador, fervoroso y místico, de una reconciliación franco-alemana.

Pero ha sido en Italia donde la democracia católica ha tenido una actividad más vigorosa, conocida y característica que en ningún otro pueblo. La concentró y la movilizó hace cinco años, con el nombre de partido popular o populista, Dom Sturzo, un cura de capacidad organizadora y de sagaz inteligencia. Y el sumario de su historia, ilustra claramente el carácter y el contenido internacionales de esta corriente política.

Antes de 1919 los católicos italianos no intervenían en la política como partido. Su confesionalismo se lo vedaba. Los sentimientos de la resistencia y de la lucha contra el liberalismo, autor de la unidad italiana bajo la dinastía de la casa Saboya, estaban aún demasiado vivos. El liberalismo aparecía aún un tanto impregnado de espíritu anticlerical y masónico. Los católicos se sentían ligados a la actitud del Vaticano ante el estado italiano. Entre los católicos y los liberales, un pacto de paz había sedado algunas acérrimas discrepancias. Más entre unos y otros se interponía el recuerdo y las consecuencias del Veinte de Setiembre histórico.

La guerra, liquidada con escasa ventaja para Italia, preparó el retorno oficial de los católicos a la política italiana. Las antiguas facciones liberales, desacreditadas por los desabrimientos de la paz, habían perdido una parte de su autoridad. Las masas afluían al socialismo, decepcionadas de la idea liberal y de sus hombres. Dom Sturzo aprovechó la ocasión para atraer una parte del pueblo a la idea católica, convenientemente modernizada y diestramente ornamentada con motivos democráticos. Tenía Dom Sturzo regimentados ya en ligas y sindicatos a los trabajadores católicos, que, si eran minoría en la ciudad, abundaban y predominaban a veces en el campo. Estas asociaciones de trabajadores, a los cuales Dom Sturzo y sus tenientes hablaban un lenguaje un tanto teñido de socialismo, fueron la base del Partido Popular. A ellas se superpusieron los elementos católicos de la burguesía y aun muchos de la aristocracia, opuestos antes a toda aceptación formal del régimen fundado por Víctor Manuel, Garibaldi, Cavour y Mazzini.

El nuevo partido, a fin de poder colaborar libremente con este régimen, declaró en su programa su independencia del Vaticano. Pero esta era una cuestión de forma. Se trataba, teórica y prácticamente, de un grupo católico, destinado a usar su influencia política en la reconquista por la Iglesia de algunas posiciones morales -la Escuela sobre todo- de las cuales la habían desalojado cincuenta años de política demomasónica.

Favorecido por las mismas circunstancias ambientales y las mismas coyunturas políticas que auspiciaron su nacimiento, el partido católico italiano obtuvo una estruendosa victoria en las elecciones de 1919. Conquistó cien asientos en la Cámara. Pasó a ser el grupo más numeroso en el parlamento, después de los socialistas dueños de ciento cincuentaiséis votos. La colaboración de los populares resultó indispensable para el sostenimento de un gobierno monárquico. Nitti, Giolitti, Bonomi y Facta se apoyaron, sucesivamente, en esta colaboración. El Partido Popular era la base de toda combinación ministerial. En las elecciones de 1921 los diputados populares aumentaron de 101 a 109. El volumen político de Dom Sturzo, secretario general y líder de los populares, creció extraordinariamente.

Pero la solidez del partido católico italiano era contingente, temporal, precaria. Su composición ostensiblemente heterogénea contenía los gérmenes de una escisión inevitable. Los elementos derechistas del partido, a causa de sus intereses económicos, tendían a una política antisocialista. Los elementos izquierdistas, sostenidos por numerosas falanjes campesinas, reclamaban, por el contrario, un rumbo social-democrático. La cohesión, la unidad de la democracia católica italiana dependían, consiguientemente, de la persistencia de una política centrista en el gobierno. Apenas prevaleciera la derecha reaccionaria o la izquierda revolucionaria, el centro, eje del cual eran los populares, tenía que fracturarse.

Con el desarrollo del movimiento fascista, o sea de la amenaza reaccionaria, se inició, por esto, la crisis del Partido Popular. Miglioli y otros líderes de la izquierda católica trabajaron a favor de una coalición popular-socialista llamada a reforzar decisivamente la política centrista y evolucionista. Una parte del Partido Socialista, abandonado ya por los comunistas, era igualmente favorable a la formación de un bloque de los populares, los socialistas y los nittianos. Se advertía, en uno y otro sector que sólo este bloque podía resistir válidamente la ola fascista. Pero los esfuerzos tendientes a crearlo eran neutralizados, de parte de los populares por la acción de la corriente conservadora, de parte de los socialistas por la acción de la corriente revolucionaria, rebeldes ambas a juntarse en un cauce centrista.

Más tarde, la inauguración de la dictadura fascista, el ostracismo de la política democrática, dieron un golpe fatal al partido de Dom Sturzo. Los populares capitularon ante el fascismo. Le dieron la colaboración de sus hombres en el gobierno y de sus votos en el parlamento. Y esta colaboración trajo aparejada la absorción por el fascismo de las capas conservadoras del Partido Popular. Mediante una política de coqueterías con el Vaticano y de concesiones a la Iglesia en la enseñanza, Mussolini se atrajo a la derecha católica. Sus ataques a las conquistas de los trabajadores y sus favores a los intereses de los capitalistas, engendraron, en cambio, en la zona obrera del Partido Popular una creciente oposición a los métodos fascistas. A medida que se acercaban las elecciones, esta crisis se agravaba.

Actualmente, la democracia católica italiana está en pleno período de disgregación. La derecha se ha plegado al fascismo. El centro, obediente a Dom Sturzo, ha reafirmado su filiación democrática.

La posición histórica de los partidos católicos en los otros países es sustancialmente la misma. La fortuna de esos partidos está indisolublemente ligada a la fortuna de la política centrista y democrática. Ahí donde esta política es vencida por la política reaccionaria, la democracia católica languidece y se disuelve. Y es que la crisis política contemporánea no es, en particular, una crisis de la democracia irreligiosa sino, en general, una crisis de la democracia capitalista. Y, en consecuencia, de nada le sirve a ésta reemplazar su traje laico por un traje católico. En estas cosas, como en otras, el hábito no hace al monje.


Este ensayo forma parte de La Escena Contemporánea (1925).

Carta abierta al presidente de Chile, Sebastián Piñera

Baltazar Garzón
Jurista y miembro del Consejo latinoamericano de Justicia y Democracia.


Señor Presidente:

Soy Baltasar Garzón, el juez español que ordenó la detención de Augusto Pinochet en Londres el 16 de octubre de 1998. No le conozco, ni he mostrado interés en hacerlo. Sí lo he hecho con todos los demás presidentes democráticos de su país, al que tanto quiero. Quizás por el cariño hacia el pueblo chileno y por la defensa que siempre he hecho de las víctimas, mi defensa de los pueblos originarios y de los más vulnerables, he decidido dirigirle esta misiva con profundo dolor e indignación por lo que está ocurriendo en Chile.

Señor Presidente, tal parece que chilenas y chilenos han dicho basta. Y lo están diciendo fuerte y claro. Se trata de un estallido social espontáneo que no está dirigido por partido político alguno. Una simple protesta estudiantil por el alza en el billete de metro, severamente reprimida por la policía, Carabineros de Chile, fue la mecha que encendió la rabia y la ira acumulada durante casi treinta años. Ellos han sido los ejecutores de una medida política ordenada por su gobierno.

Señor Presidente, convendrá conmigo que, debajo del pretendido milagro económico que muchos atribuyen a Pinochet, un modelo de desarrollo mantenido por la transición chilena y la posterior democracia, se esconde el triste récord de ser uno de los diez países más desiguales del mundo, al mismo nivel de Ruanda, según el índice Gini aplicado por el Banco Mundial. Es cierto que en el país existe desarrollo y mucha riqueza, pero sólo para una reducida élite política y empresarial. Así mismo, Chile posee también unas cifras macroeconómicas inmejorables, con un sostenido crecimiento durante décadas, pero con un paulatino y constante empobrecimiento y endeudamiento de la inmensa mayoría de la ciudadanía, que este año alcanzó su máximo histórico, según la prensa y el propio Banco Central. Su país, señor Presidente, también ingresó hace años en el selecto club de las naciones ricas, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), como flamante país desarrollado, con altos niveles de productividad y competitividad, pero, nuevamente, a costa de bajos salarios de los trabajadores y de una casi total desprotección social.

Como la máxima autoridad política, usted debe saber que la Constitución que rige actualmente en Chile fue adoptada en plena dictadura militar, mediante la celebración de un referéndum que tuvo lugar mientras los testaferros de Pinochet torturaban, asesinaban y desaparecían a los opositores políticos. Esa Constitución experimentó varias modificaciones para hacer posible la transición y luego la entrada en democracia, y ha sido reformada después en innumerables ocasiones, pero su espíritu y su orientación sigue siendo la misma. No hay un Estado “social” y democrático de Derecho, sino un Estado “liberal” o “neoliberal” o “subsidiario” de Derecho. Ello implica que, salvo excepciones, los servicios públicos del Estado son de mala calidad, pensados para personas de muy escasos recursos o indigentes, por lo que quien quiera acceder a ellos en condiciones adecuadas, debe contratarlos en el mercado. Así ocurre con la educación, con la sanidad, con las pensiones, con el transporte y con un largo etcétera. Realmente, pese a los esfuerzos de algunos gobiernos progresistas, no existe Estado de Bienestar. En la lógica neoliberal el Estado debe ser pequeño, lo más pequeño posible, por lo que si alguien quiere acceder a servicios de calidad, debe pagarlos con sus propios recursos, convirtiendo así a ciudadanas y ciudadanos en meros consumidores de servicios privados.

Es por ello, señor Presidente, que en los últimos años se han dejado ver las protestas de estudiantes secundarios y universitarios, de pensionistas, de trabajadores que reclaman un sueldo digno, sin que sus demandas hayan sido debidamente atendidas. Se ha hecho patente el descontento, la falta de expectativas, la indiferencia de las autoridades y sus promesas incumplidas, sumado a millonarios escándalos de corrupción de grandes empresas, de políticos, incluso del Ejército, del propio cuerpo de Carabineros de Chile y, cómo no, de usted mismo. Usted está acusado de enriquecerse presuntamente en forma ilícita en la dictadura y de evadir impuestos de bienes inmuebles durante treinta años. Todo ello hizo que una leve alza en el precio del metro fuera la gota que rebosó el vaso, unida a una descontrolada y brutal represión policial sobre estudiantes secundarios.

La violencia engendra violencia

Quizás no le guste oír esto, pero usted, como presidente, frente a una protesta social sin precedentes en democracia, y con los neoliberales herederos de Pinochet que gobiernan actualmente el país, no han encontrado mejor salida que implementar una estrategia que conocen muy bien: acudir al Ejército para que los militares nuevamente salgan a la calle a reprimir a la gente.

De más está decir que la violencia engendra más violencia, que no se puede combatir el fuego con gasolina, que con los militares en la calle tarde o temprano habrá heridos graves y más muertos. El ejército no está preparado para controlar el orden público, sino para hacer la guerra, para doblegar al enemigo o destruirlo. Siempre que los militares salen a la calle, incluso si es para “combatir” o “luchar” en una supuesta guerra a la delincuencia, las cosas no han hecho más que empeorar. La delincuencia, los saqueos y desmanes no cesan, sino que a ellos se suma la violencia estatal, que se ejerce de manera indiscriminada y que luego se oculta de la peor manera para garantizar su impunidad. Pero, señor Presidente, usted y el gobierno que dirige se equivocan de objetivo: El pueblo no es el enemigo sino la víctima, y al pueblo hay que protegerlo y no castigarlo con medidas de excepción.

“¡Hemos perdido el miedo!”, dicen chilenas y chilenos en redes sociales, “¡Chile despertó!”, es uno de los lemas de este movimiento social espontáneo que ya comienza a organizarse. “¡Esto no ha hecho más que empezar!”, aseguran otros. “¡Tenemos que seguir!”, afirma un campesino al ver cómo ante las protestas, aquel río seco ayer fluye hoy a caudales después de que una importante empresa liberase el agua injustamente arrebatada a quienes subsisten de la agricultura.

Por nuestra parte, seguimos y seguiremos muy atentos a lo que ocurre en Chile. Sepan que las violaciones de los derechos humanos que se están cometiendo y los crímenes perpetrados en contra de la población civil, esta vez no quedarán en la impunidad porque, además de la Fiscalía de Chile y del Instituto Nacional de Derechos Humanos, existe la Jurisdicción Universal, existe la Corte Penal Internacional, el Sistema Interamericano de Derechos Humanos y una comunidad internacional atenta y vigilante, que no permitirá que en Chile se vuelvan a repetir los horrores del pasado.

No le quepa duda, señor Presidente, que no somos de la opinión del secretario general de la OEA, que echa la culpa de todo lo que ocurre en Latinoamérica a Cuba, Venezuela, Rafael Correa, Lula da Silva, Cristina Fernández de Kirchner o Alberto Fernández y de quienes discrepan de la ola neoliberal que nuevamente con el patrocinio del norte, como aconteciera en los años 70, asola el continente. Esta vez no nos vamos a dejar engañar ni humillar por aquellos que de nuevo quieren avasallar y acabar con la resistencia y expresión democráticas del pueblo.

La (maldita) primavera chilena

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No somos imbéciles. No somos ignorantes. No tenemos miedo. No somos los consumidores pasivos que la prensa, el gobierno, los políticos y los empresarios piensan que somos. En estos días hemos visto cómo los canales de televisión, otra vez, nos engañan y manipulan con informaciones que proceden de una línea editorial clara y definida: la extrema derecha chilena. “Fabricarán una vez más la mentira que corre / la duda que se instala / y tanta buena gente en tanto pueblo / y tanto campo de tanta tierra nuestra / que abre su diario y busca su verdad / y se encuentra con la mentira maquillada”, dijo Julio Cortázar. La información no es algo objetivo por sí mismo, sino que está asociada a un gran componente ideológico detrás. Es obvio, lo sabemos. La historia misma, como relato, es una estructura determinada siempre por una historiografía, la cual representa el punto de vista desde donde esa narración cobra realidad. En nuestro país, durante muchos años de dictadura (y hasta hoy), seguimos leyendo “la historia de Chile” desde una historiografía de derecha, que desconoce, entre otras muchas cosas, el rol de los pueblos originarios (Villalobos) y ensalza figuras como Diego Portales (dictador). Triste. Gracias a otras plataformas y a la universidad podemos acceder a otras perspectivas y ampliar este acotado punto de vista.

Pero esto no termina ahí: sucede que ahora ni siquiera existirá la asignatura de Historia, porque los sagaces gobernantes la han sacado de los estudios obligatorios. Con la información divulgada por la prensa el asunto de fondo es igual de grave: nos cuentan una narración a su medida, manipulan los hechos para armar su relato y nos hacen partícipes de una realidad ideologizada. Es lo que está pasando hoy con “las colas en los supermercados”. Somos (quizás) el único país cuya casi total prensa escrita y televisiva está en manos de la derecha y el poder económico. Tenemos un canal “estatal” manejado por el gobierno de turno y diarios manipulados por familias poderosas, representantes de la derecha más extrema, momia y pinochetista. Al amparo de una precaria ley, desde los 90s comenzaron a proliferar los grandes holding comunicacionales (televisión, radio y prensa escrita) en manos unos pocos. El Grupo El Mercurio maneja LUN, La Segunda, La Estrella, El Llanquihue, El Diario Austral, Emol, entre otros; su dueño es la familia Edwards. El Grupo Copesa: La Tercera, La Cuarta (el diario popular), La Hora, Paula, radio Zero, Duna, Carolina, Bethoveen, entro otros, son manejados por la familia Saieh. Todo lo que leemos en la prensa es manejado por la derecha chilena. También lo sabemos. Hoy, luego de despertar del sueño dogmático, hay muertos, pánico y una profunda rabia desatada. Solo hemos pedido dignidad, y nos han tirado a los militares en la cara. Un mes estuvieron los profesores marchando pacíficamente, UN MES, y nadie los escuchó. Al contrario, comenzaron los despidos masivos.

Se hicieron, por años, mesas de trabajo comunitarias para una asamblea constituyente (para de una vez sacar la constitución del 80 que es la lacra y piedra de toque de todo este sistema desigual) y fue completamente ignorada. Multitudinarias marchas pacíficas por No+APF, por la violencia de género, por la educación y por la salud como garantías mínimas para los ciudadanos, y no nos escucharon. Los estudiantes evaden el metro y les disparan y como esto se descontrola sacan a los militares a la calle. Esto va en escalada porque el gobierno ocupa el truco bastardo de crear un relato mentiroso culpando al mismo demandante, donde el foco está en los saqueos y el vandalismo, que hemos visto por videos y fotos de la prensa oficial. Lo asqueroso es este montaje. Hacernos pasar gato por liebre, como nos pasaron en los ochentas con el “milagro chileno” económico, que solo privilegió a los poderosos. Ahora, el metro aparece quemado de la nada y saquean los supermercados justo cuando no están los cientos de militares que andan con fusiles por las calles. Da mucha rabia ver cómo nos pintan la cara. Pero ya no somos los mismos de antes. La prensa maldita, cobarde, encubridora, la televisión oficial, solo muestra colas en el supermercado, incendio tras incendio, parados destruidos. ¿Creen que somos imbéciles?

Los videos de militares golpeando mujeres y niñas, disparándoles, están ahí y los podemos ver. Pero en el celular y no en la TV, ni en la radio, ni el diario. Señores milicos y gobernantes, no contaban con la astucia de iphone y samsung, de Facebook e Instragram, de Twitter y Whatsapp. En el 73 nos incomunicaron, nos mintieron 18 años, fuimos presos de la ignominia, nos hicieron ver “Sábados Gigantes” por décadas para entreteneros de la manera más burda, mierda en pulcras columnas. Hoy es distinto, para bien o para mal (yo creo que para muy bien) existen redes de comunicación donde podemos “informarnos” por los verdaderos periodistas de hoy: nuestras familias y amigos. Los otros, los rostros de televisión, en quienes aún podíamos confiar, nos han traicionado y abandonado, participando de este circo de manipulación mediática que tiene un solo editor: el presidente. Por los videos de nuestras familias y amigos, grabados desde sus celulares, podemos ver la barbarie que están haciendo en Chile y todo el mundo se está enterando. Se sabrá la verdad de las muertes, los asesinatos y violaciones e los derechos humanos. Nuestros gobernantes y la prensa en esta terrible primavera chilena, han sido unos chacales de la mentira.

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El peso que tienen las palabras es todo. Para quienes amamos las palabras, quienes gozamos leyéndolas y escribiéndolas, entramando sus posibilidades y usos, sus códigos y aperturas, las palabras dan tanta vida como muerte. Se integran en nuestra vida cotidiana como el pan y son nuestro alimento, las amasamos, las bebemos, las convertimos en nuestras compañeras. Muchas veces, una sola palabra puede ser el gatillo que hace disparar una multiplicidad ideas. Otras veces, una solo vocablo es tan certero que no necesita acompañantes para dar en el blanco y señalar aquello que se nombra. Sí. Usar una palabra es usar una bomba: si se da el blanco, la explosión se expande dejando una estela de nuevos significados y significantes, pero el epicentro queda allí, como una marca. Para una generación completa de chilenas y chilenos —y quizás para muchas más — el uso de la palabra “Pinochet” desde un simple apellido pasó a ser un nefasto campo semántico. No digamos precisamente un noble campo de flores, ¡por favor!, sino al contrario: una desoladora pampa de inmundicia y muerte. Un antiuniverso de maldad que comprende, por ejemplo, estos pocos y resumidos conceptos: dictadura, golpe de estado, asesinato, muerte, crímenes, violaciones a los derechos humanos, tortura, detenidos desaparecidos, ejecuciones, allanamientos, toque de queda, sangre, traición, vergüenza, horror, genocidio, fascismo, militares, impunidad, robo, infamia, derecha, toque de queda, caravana de la muerte, atentados, víctimas, estado de sitio, crueldad, régimen, censura a medios de comunicación, poder, ejército, manipulación, fusilamientos, antidemocracia, corrupción, deuda, falsa economía, terrorismo, incumplimiento, rabia, asco, miedo, abuso, injusticia, sinrazón, ilegalidad, repulsión, inmoralidad, indecencia, deshonestidad, obscenidad, impudicia, desvergüenza, violencia, homicidios, delitos, felonía, indignación, terror, alevosía, vileza, maldad, bajeza, ignominia, deshonora, oprobio, estafa, acusación, abusos, bribonería, trampa, mentira, falsedad, indignación, cólera, ira, ofensa, frustración, dolor, tristeza, amargura, martirio, tormento, padecimiento, pena, sufrimiento, aflicción, desamparo, abandono, orfandad, soledad, desánimo, congoja, repudio, desprecio, aborrecimiento, rechazo, repulsión, desdén, odio, aversión, encono, tirria, antipatía, hostilidad, enemistad, menosprecio, desestima, desprecio, rivalidad, antagonismo, oposición, abominación: MUERTE. En Chile y el mundo decir Pinochet es decir muerte.

Reviso esta corta lista de conceptos (porque se queda demasiado corta) y no encuentro ningún sustantivo, infinitivo, verbo ni adjetivo, que no se aplique a Sebastián Piñera. En una semana, esta persona que era, a pesar nuestro, un payaso con poder del cual nos reíamos en chistes con cada majadería que pronunciaba en sus discursos, siempre hipócritas y mentirosos, este individuo avaro, ambicioso de poder y con una megalomanía sin precedentes, pasó de ser el presidente más detestado de Chile (cosa no menor), un imbécil e incompetente, a algo mucho peor: un asesino y criminal. No sabemos qué pasa por la cabeza de este sátrapa y de qué más es capaz. Su maléfica sagacidad consiste en ser impredecible. Lo que sí es un hecho real, y con todo el dolor y el peso que esto significa, son las muertes, torturas y violaciones que se han cometido en estos 7 días en Chile. Y que siguen sucediendo.

Una sola persona les dijo a esos machitos de cuarta, los milicos de Chile, que se creen valientes por llevar una metralla al hombro y más audaces por lanzar fuego contra su propia gente, una sola persona les dijo a esos conscriptos sin estudios y soldados maleducados que estábamos en guerra y por lo tanto, una sola persona, un solo hombre es el primer responsable de estas muertes: el presidente de la república Sebastián Piñera. Y de ahí para abajo, culpables también todos quienes lo acompañan. Hoy la palabra “Piñera” se ha transformado en un concepto: engloba tanta sangre como la palabra “Pinochet”. Piñera ya no es un apellido, Piñera es un insulto. Jamás como ciudadano de Chile pensé que podría existir una persona capaz de superar a ese sujeto abominable, vergüenza para la historia de la humanidad, como lo fue Augusto Pinochet. Sin embargo, lo que ha sucedido es tan grave, que decir Piñera es y será desde hoy decir Pinochet. Sin darnos cuenta, estamos frente a un personaje del mismo calibre. Un asesino.

Las palabras también hacen historia y nuestro derecho como escritores, lectores y amantes del lenguaje es poner a los asesinos en el lugar semántico que se merecen. Usemos el lenguaje a nuestro favor y que desde ahora Piñera se seque no solo en la cárcel, como esperemos que suceda como mínimo acto de justicia para todas y todos los asesinados, heridos y torturados de Chile, sino que permanezca en la oscura memoria de las palabras que son sinónimo de muerte. Solo así esta maldita primavera de Chile no habrá cantado en vano.