Bagua: Reflexiones sobre el significado de este evento para la visión de la población indígena

Hablar, o escribir, como es el caso, sobre el conflicto en Bagua y lo que pasó en la denominada ‘Curva del diablo’ -el Baguazo-, siempre generará un nudo en la garganta que nos recuerda la realidad tan cruda y desigual que se refleja, aún, en nuestro país. Recientemente se cumplieron once años del, lastimosamente, famoso conflicto que remeció hasta al más reacio de los convencidos de que en el Perú había igualdad para todos. Once años donde ha habido mejoras, pero donde tampoco es que se haya alcanzado las metas que son necesarias para el reconocimiento adecuado de la población indígena. En ese sentido, este breve texto no pretende atacar y criticar toda medida gubernamental abocada a generar el respeto adecuado a los derechos de las poblaciones más vulnerables; sin embargo, si pretende ahondar en los motivos por los que el conflicto de Bagua caló de tal manera en las comunidades nativas.

Quizá, a estas alturas, se precise como algo innecesario volver a repetir con detalle los hechos que sucedieron en aquel fatídico 05 de junio de 2009; a pesar de ello, considero necesario exponer, de manera muy general, lo que desencadenó aquel nefasto episodio. Para ello, debo empezar por mencionar que el conflicto social como tal, se inició más de un año antes, en marzo de 2008. ¿El motivo? La Ley de Promoción de la Inversión Privada en Reforestación y Agroforestería que disminuía considerablemente cualquier tipo de consulta o diálogo de relevancia de las comunidades nativas con el Estado, a fin de salvaguardar las tierras que, por historia y derecho, les correspondían. Bajo esa línea, el gobierno de aquel entonces, presidido por Alan García, hizo caso omiso a las protestas y, por el contrario, dispuso una gran camada de decretos legislativos (derogados posteriormente por el Congreso) que continuaban con la vulneración y desconocimiento hacia las comunidades indígenas. Todo ello bajo la premisa de que la inversión en estas zonas brindaría beneficio económico para todos los peruanos y peruanas.

No pasó mucho para que el descontento de las comunidades nativas se reflejara en una serie de paros indefinidos que, comandados principalmente por Alberto Pizango -dirigente de la etnia chayahuita- empezaran a hacer temblar los grandes proyectos económicos que el gobierno pretendía. Ello desencadenó, por supuesto, un malestar más que claro en los ministros de gobierno y, aparentemente incluso más, en el mismísimo Presidente Alan García Perez. Es así que la ‘gota que rebalsó el vaso’ fue el bloqueo de la carretera Belaunde Terry por parte de los nativos presentes en el sector denominado ‘ la curva del diablo’. Lo demás, ya lo conocemos. ¿El resultado? La masacre conocida como el Baguazo.

Ahora bien, si bien es cierto que este es un vistazo, por decirlo menos, muy vago de los verdaderos motivos que condujeron a este lamentable asunto; hay algo que es de suma relevancia y que, hasta el día de hoy, mucha gente no comprende. Esto es, el significado de la tierra para la población nativa y la propia cosmovisión que ellos tienen del mundo. Con esto, no me refiero al discurso que muchos querían dar a entender, donde el indígena es, prácticamente, un ser salvaje que ve en la tierra a su padre o madre. No. Sino, más bien, a la realidad de la visión tan distinta que una persona miembro de una comunidad indígena puede llegar a tener y del impacto que nuestra imposición occidental genera en su contexto.

Las comunidades indígenas, generalmente, no se conducen bajo los mismos parámetros legales y económicos que, por ejemplo, se disponen en nuestra capital, Lima. De ahí que, la supuesta visión de mejora económica para todos los peruanos- al margen de la falacia que verdaderamente trasluce esta frase- que por aquel entonces Alan García defendía, no era en lo más mínimo una mejora para los ciudadanos de aquel sector.  Y esto no lo digo como explicación al porqué ellos no entendían el progreso que el Estado les estaba otorgando; ¡Para nada! Si bien es cierto que el gobierno de aquel entonces tampoco dialogó de manera eficiente con las comunidades indígenas- sí, Yehude Simon y Velásquez Quesquén concretamente intentaron dialogar, si así se le puede decir- esto no tiene que ver con ello; ya que la visión de progreso de Alan García no era lo que encajaba como progreso precisamente en las comunidades indígenas. No por falta de explicación de las normas y proyectos; sino porque vulneraba y desprotegía aquello que fue lo único que siempre estuvo ahí para las personas de estas áreas: sus tierras y sus costumbres.

Lamentablemente, esto es algo que, hasta hoy, muchos no comprenden y que, en aquel entonces, Alan García tampoco comprendía. Es así que, no contento con la masacre que se había producido por orden suya, también se refirió a los pobladores presententes en las protestas como ‘ciudadanos de segunda categoría’; dando a entender que, desde la cabeza del propio Estado, no había siquiera una visión de equidad e igualdad para todos los peruanos. Curiosamente, esta frase, si bien no es referida de la misma manera, se mantiene en las mentes de un grueso grupo de personas que no comprende la relevancia del respeto a los derechos de los grupos de población nativa en nuestro territorio. Se alega, por supuesto, que el hecho de no realizar los proyectos económicos dispuestos en aquel entonces, como muchos otros posteriores, generan pérdidas económicas que el Estado no debería desaprovechar. Se señala, también, que con lo que se genere de aquellos proyectos o explotaciones, se podría dar una mejor calidad de vida a los ciudadanos de la zona en donde se realice y que sería de beneficio para un grupo mayor de peruanos.

Al margen de que, desde algunos puntos de vista, se pueda considerar que esta óptica es, en cierto grado, correcta; no se puede desconocer la realidad vulnerable de las poblaciones indígenas y las diferencias en la óptica que ellos tienen de la vida. Con ello, no hago un especial énfasis en el ámbito normativo; sino, más bien, en el ámbito de la costumbre, fuente válida del Derecho. Y es que, independientemente de las disposiciones de protección que, necesariamente, existen respecto a comunidades y pueblos indígenas,  tanto a nivel nacional como internacional, la costumbre es una fuente universal del Derecho que también permite defender la visión que tenían las comunidades indígenas respecto a la intervención a gran escala que intentó realizar el Estado antes y durante el conflicto de Bagua.

Postulo esto en el sentido de que, de manera interna, durante un tiempo muy prolongado, incluso más que el de la existencia del Perú como república, estas comunidades practicaron de manera constante e ininterrumpida sus acciones y aplicaron sus percepciones sin algún tipo de intervención. Siendo la costumbre la formación más elemental del derecho consuetudinario, formándose como producto de la repetición y práctica constante de la población hasta el punto de ser de carácter obligatorio y necesario. Es por ello que, si aplicamos esta visión occidental sobre fuentes del Derecho, también podemos determinar que hay un grado de relevancia en la visión y costumbres de la población indígena sin contemplar, necesariamente, las medidas legales estipuladas a través de determinaciones normativas y que ya todos conocemos (ejemplo: consulta previa).

Probablemente, debo reconocerlo, es seguro que un gran porcentaje de la población aún se niegue a aceptar una visión diferente como válida; quizá por la naturaleza individualista que, hoy más que nunca, rodea al ser humano. Sin embargo, creo que un razonamiento que hubiere partido desde el factor de contemplar una percepción diferente del progreso hubiera generado resultados positivos de una oportunidad de inversión pero que fuese canalizada de la mano con la apreciación de los propios pueblos que estaban presentes en las zonas.

Más allá de eso, ya también como último punto, considero que los hechos perpetrados aquel 05 de junio, no solo se debieron a la ineficacia de diálogo y a la ausencia de voluntad de analizar las cosas considerando la percepción de los pueblos indígenas. En mi humilde opinión, esto también se debió a un histórico, y quizá voluntario, distanciamiento y fragmentación entre los sectores de poder y control del Estado con la realidad del país. Es, particularmente en el Perú, un hecho que se ha mantenido presente, no solo en los inicios de la época republicana, donde aún no existía una connotación y aplicación del Derecho tal y como lo conocemos hoy ni mucho menos una Declaración Universal de los Derechos Humanos; sino también en años recientes. La falta de conocimiento, reitero, quizá voluntario de quien ejerce el poder en el país, no permite un entendimiento de lo que el país solicita; entendiéndose por país, lo que la población necesita. Y en ese grupo supuesto, se encontraban todos los ciudadanos miembros de comunidades indígenas que estaban presentes en las protestas, generalmente, pacíficas de la selva peruana en aquella ocasión.

Probablemente por lo antes expuesto, y por mucho más, es que se propició el Baguazo; un hecho producto de la ausencia de voluntad de entendimiento, de la falta de reconocimiento a población con derecho pero, sobre todo, producto del olvido de un Estado. Un Estado que recientemente ha crecido, ha estabilizado la economía – debatible hoy más que nunca- y ha generado canales con mayor consideración para la población indígena- tales como la consulta previa; pero que, sin menoscabo de lo señalado, aún no consigue alcanzar la verdadera justicia y respeto para la población que es tan igual de ciudadana como aquel que les dijo que eran de ‘segunda categoría’. El día que el Estado comprenda que la mejora económica sin respeto a la población, no es mejora económica, quizá ese día se pueda hablar de que se empezó a alcanzar la meta.


Sobre el autor

Renato Sacco Cáceres es estudiante del quinto año de la carrera de Derecho en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya. Brinda apoyo legal en la Clínica Jurídica Pedro Arrupe SJ para migrantes y refugiados y se desempeña como coordinador de La Voz Jurídica Conversatorios.

El futuro parecía nuestro…

I

No sé cómo llegamos a este punto. Entre el 12 de julio de 2018 y el de 2020 no hay dos años; hay un tiempo más profundo, inconmensurable. El ambiente de las fotografías del día que AMLO ganó las elecciones presidenciales no corresponden con el sabor a mal sueño del día de hoy.

Ese día era decisivo. La gente comenzó a dirigirse al centro y parecía dispuesta a todo. Yo quería ver qué sucedería. En ese momento, estábamos seguros de su victoria, pero nadie podía liberarse de un mal presagio. La experiencia del 2006 parecía acecharnos desde la oscuridad.

Me encontré con una amiga en el Ángel de la Independencia. Nos llevamos una ligera decepción al ver muy poca gente. Pensamos que tal vez no querían relacionar este día con ese monumento: todas las marchas post-electorales de 2006 y de 2016 habían comenzado ahí. Imaginamos que la gente quería espantar los fantasmas y por eso se dirigía directamente al Zócalo de la Ciudad de México.

Nosotros decidimos hacer lo mismo. Tomamos el Metrobús de Paseo de la Reforma hacia Avenida Hidalgo. Era una ruta nueva, como el camino que –esperábamos- estuviera abriéndose ante nosotros. Quisimos probar suerte y subimos al primer piso del autobús: encontramos lugar en la primera fila. A través del parabrisas panorámico, entendí por qué esa avenida era la más bella de la Ciudad de México. Antes de llegar a nuestra parada, mi amiga leyó que el candidato oficialista reconocía su derrota, incluso antes que se revelaran los datos preliminares de las elecciones. Fue la última vez que sentí alivio.

También fue la primera vez que vi un genuino júbilo popular. A lo largo de la Alameda Central y Madero, la gente se abrazaba, gritaba y reía. El cielo naranja dio paso a la iluminación nocturna. La gente no dejó de celebrar cuando AMLO terminó su discurso. Todos cantábamos aún en la madrugada, mientras caminábamos de vuelta a nuestras casas. El júbilo de aquel día sólo amarga aún más lo que se avizora al final de esta administración.

II

Voté por el fin del neoliberalismo y, aunque han decretado su muerte, creo que el objetivo se aleja cada vez más. Desde Presidencia se ha atizado una guerra hueca entre oficialistas y opositores. Yo no encuentro cabida en ningún extremo. Debe existir un grupo intermedio para los que, a pesar de haber votado por AMLO en 2006 y 2012, no quieren arrojarse a la fe de los conversos y, por ahora, sólo se entregan a la angustia, la desesperanza y la decepción.

Trabajé en el sector educativo en la pesadilla del sexenio pasado y en esta administración hasta el primero de junio. Mi impaciencia por los cambios de la nueva administración siempre encontró llamados a la confianza y a la espera. Pero a estas alturas, uno duda en concedérselos en cuanto contempla sus acciones.

A cuatro décadas de adelgazamiento del aparato estatal, la Cuarta Transformación responde reduciéndolo aún más. A cuarenta años de la liberalización del mercado, el gobierno de AMLO se limita a mostrar desinterés en su regulación. Por ningún lado aparece la diferencia específica con los gobiernos neoliberales.

De hecho, uno está tentado a creer que, en realidad, estamos asistiendo a una fase de radicalización del neoliberalismo. Y la idea no es tan descabellada: la gente que opera la Cuarta Transformación es la misma clase política y administrativa del peñanietismo y del calderonismo.

En educación, por ejemplo, la estructura directiva la ocupan los mismos que estuvieron ahí en los años noventa. Sospecho que gozan y disfrutan aplicar las mismas políticas públicas, pero ahora con el aire legitimador y la aprobación renovada que les brinda la Cuarta Transformación. Cuando eran abiertamente neoliberales, invertían menos dinero en un alumno argumentando la necesidad de mantener la sanidad de las finanzas públicas; hoy, lo hacen tras el escudo de la austeridad republicana. Antes, promovían la educación en línea porque era más barata; hoy, porque las nuevas tecnologías son el futuro. Cuando el neoliberalismo era descarado, fingían aprobar a los alumnos para no invertir dos veces (o más) en la educación de los estudiantes; hoy, usan el antifaz de la inclusión. Pero, detrás de la máscara, se regocijan como antaño: las abstracciones numéricas les hablan de lo bien que están las cosas, lo bien que las administran y lo importantes que son en esta transformación. La realidad concreta sigue sepultada en estadísticas e indicadores.

Hoy, se nos exige estar a favor o en contra de esto. El futuro de la patria depende del bando neoliberal con el cual uno quiera estar: el cínico o el mojigato. Sin medias tintas.

III

Las señales que me preocupaban mientras trabajé en la Cuarta Transformación, se hicieron más evidentes tras la explosión de la crisis sanitaria de la COVID-19. El país no ha detenido su proceso de descomposición y aún no toca fondo: da la impresión de poder pudrirse más en los cuatro años que tenemos por delante.

La impresión que se tiene hoy en día es la de ser presa de una política pública de tierra quemada, en la que se salvará quien pueda. La economía del país lleva tres meses detenida, pero no así la dinámica social. Los desempleados gubernamentales del 2019 han visto llegar a una nueva camada para este 2020. No parecen ser los últimos. Además, comparten suerte con número también creciente de desempleados del sector privado.

El gobierno quiere privilegiar a los pobres y los abandona a su suerte, tal y como lo hizo el neoliberalismo ante cualquier siniestro natural. AMLO está entrampado en otras prioridades que no le permiten ver lo más urgente: la aparición del hambre en las calles.

Una vez más, como en los terremotos de 1985 y de 2017, la sociedad civil hace frente a la emergencia. En zonas económicamente activas como la Zona Rosa, una iglesia cristiana da de comer a gente sin hogar y sin empleo. En el Centro Histórico, una iglesia católica también hace lo mejor que puede para multiplicar el pan. El gobierno rechaza salvar a sus ciudadanos y, en alegre coincidencia con al dogma neoliberal, confía la atención social al altruismo privado. En Ciudad Nezahualcóyotl, el barrio popular al oriente de la Ciudad de México en el que vivo, la policía convoca a los vecinos a donar alimentos para evitar la inanición de la gente que vive en nuestra calle.

La Cuarta Transformación continúa pidiendo calma y paciencia a gente que lleva más de tres meses sin trabajar o abrir sus negocios. AMLO ha depositado todas sus esperanzas en el desarrollo de dos proyectos de infraestructura: un aeropuerto y un tren. Como en los buenos viejos tiempos, se vuelve a apostar por el crecimiento de las vías de comunicación y transportes, que estarán abarrotados de turistas y de divisas extranjeras. ¿Y nosotros? Nosotros conseguiremos el sustento diario cargando maletas y tendiendo camas a extraños provenientes de los Estados Unidos y Europa. Claro, suponiendo que regresen.

IV

El futuro pertenece a la oposición y la Cuarta Transformación le allana el camino día tras día. Gracias al desempleo, cambié las horas atrapado en el metro por las conferencias matutinas de AMLO. Dejé de verlas por la sensación que provocan: la incredulidad y el abandono. Con estupefacción, cada día escuchaba un comentario más absurdo que el anterior. Al principio, creí que eran algo fortuito, pero ahora estoy convencido de que son, más bien, parte de un ataque sistemático en contra de la clase media baja.

El acabose sucedió cuando lanzó su campaña en contra de los “científicos”. En una sola oración homologó a los universitarios y académicos de este siglo con los promotores del positivismo en México, que fueron adictos al dictador mexicano de finales del siglo XIX. Ante los ojos presidenciales, ambos son conservadores. Al parecer, todas las movilizaciones de intelectuales y estudiantes universitarios en las elecciones presidenciales de 2006 y 2012 tenían por objetivo apoyar a Felipe Calderón y a Enrique Peña Nieto, respectivamente.

El Presidente ya se había abalanzado contra los médicos, los ingenieros y los economistas. En fin, contra algunos ciudadanos que han visto en las profesiones liberales una vía de movilidad social. En este sentido, el desinterés de la Cuarta Transformación en educación parece coherente con su discurso. Al final, las Universidades son centros de formación conservadora y no vale la pena invertir en ellas. Lo que no está claro es con qué piensa reemplazarlo… o tal vez sí.

La última andanada presidencial involucró la desacreditación de un organismo gubernamental en contra de la discriminación. El motivo fue un foro auspiciado por esa institución, en la que se iba a discutir el racismo en México. Mi sorpresa fue que los invitados no eran académicos de universidades públicas o representantes de Organizaciones No Gubernamentales. En esta ocasión, los invitados eran un actor, una actriz, un locutor de radio y… un youtuber. Los primeros han hecho su carrera mediática en programas audiovisuales producidos por las tradiciones televisoras mexicanas o de los Estados Unidos. El último una larga letanía de chistes simplones basados en lo que la clase dominante considera desagradable y desea desaparecer. Para su desgracia, hizo un chiste así sobre el hijo del Presidente. El foro se canceló y la institución contra la discriminación fue condenada a muerte.

El evento sería una anécdota más de no ser por el fenómeno absurdo que ha generado. Ahora, alrededor del Youtuber se aglutina todo el viejo régimen bajo la bandera de la libertad de la libre expresión. Entre broma y broma -que continúan expresando libremente-, han puesto al descubierto lo que continúan pensando y la actitud con la que podrían regresar al poder.

Esos desplazados quieren volver y parece que quieren venganza. Ya olisquean el cadáver y se están movilizando desde ahora para lanzarse a la rapiña, sea en las elecciones intermedias de 2021, la revocación del mandato en las elecciones de 2022 o las elecciones presidenciales de 2024. O tal vez están pensando en algo más radical. Cualquier cosa que suceda, AMLO será el único responsable de un Bolsonaro o un Trump elegido por los votos o legitimado por las armas. Me pregunto cuánta gente que estuvo dispuesta a defender el triunfo del 2018 estaría dispuesta a defender el neoliberalismo lopezobradorista en los cuatro años que quedan. Yo no pienso tomar partido por ninguno de los dos neoliberalismos. El futuro parecía nuestro.


Sobre el autor

Arturo García-Trejo es un filósofo, mártir y comediante egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Flâneur actualmente en cuarentena y en el paro.

Música para Monstruos

INSTRUCCIONES

para escribir un poema.

lee todo lo que puedas. olvida todo lo leído. para escribir un poema escribe con la mano abierta con la mano vacía. olvida todo antes de escribir un poema. para escribir un poema no hace falta decirlo o escribir cómo se escribe un poema. para escribir un poema hace falta escribir reescribir escribir reescribir con la mano vacía que no lee y con la cabeza como una hoja seca en el cemento que no sirve para nada sino para escribir un poema.

MÚSICA PARA MONSTRUOS

No me interesa la literatura, los libros bien escritos:
Me interesa que un buen libro bien escrito me
alimente la dicha o la nostalgia no la mente; no
lamente: me dé nuevos deseos de vivir.
CÉSAR CALVO.

He visto el futuro

he visto el polvo de mis huesos

reescribir todos los libros de la historia

con esas cenizas se reescribía el mismo poema

se escribía de corrido sin correcciones

como se desecha a los malos amigos

como el silencio que tragan las palabras a medida

como el silencio que traga nuestros nombres

y los oculta en una estrella o en algún planeta piedra

Se reescribía el viaje

el libro

la patria sin solución

las nuevas constelaciones

que acaban dentro de cada 1

un camino

que termina en el Jardín de la casa oculta

Ninguna doctrina en los muros de nuestras calles

ninguna doctrina de esa antigua revelación

no en sus paredes mentales propaganda de máquinas

no en sus muros físicos doctrina del mismo poema

no al que con nadie baila

no al SORDO/MUDO arrancándose el poema de la lengua

Transfiero contagio enfermedad

pop/ marica/ América

pop

porque vi mucha tevé

para contestarme en los diálogos de una telenovela

vi mucha tevé para ver que las estrellas también lloran

Vi mucha tevé

antes de conocer a los poetas marcianos

con los que nadie conversa

o sea

nadie más que otros aburridos

poetas marcianos

mucha letra

mucha letra con ellos

olvidaron si el lugar al que querían llegar

tenía

una/ uno/ millones

                        ninguna           voz

Poetas marcianos

que amé tanto hasta herirme

y así

de hiriente a hiriente

un tiempo los amé

hasta que sus libros me persiguieron a pedradas

y los monstruos

amigos de los poetas marcianos

me acosaban

Pero no es mi culpa

si en el poema hay otras manos

si mis huesos se hacen polvo y

todavía no sé

no encuentro dónde nace el río

dónde la piedra

no sé si todavía mi

hijo/ padre/ madre/ monstruo/ anciano/ maestro/ shamán/ perro

me busca para bailar juntos       en este futuro

aunque

nada importa MVX0

            aunque no sepa qué significa MVX0

solo bailaré siempre bailaré

como un infinito video musical tevé

Bailaré con los huesos de

la más contagiosa

la más contagiosa

la más contagiosa enferma y más sexy

la más vanidosa la más cotizada

la más iluminada estresha de la disco

ESTA NO ES MÚSICA PARA ESFERAS

ESTA ES MÚSICA PARA MONSTRUOS

El monstruo machina Oráculo impresora

llena la nueva Era llena con mentiras

mi patria zombi

con sus inmortales doctrinas

sin advertir que hay un sub       versivo

sin advertir el daño que hace

sin advertir su atentado a la literatura

su música son las páginas impresas con códigos

libros enteros de ecuaciones digitales del amor

en nuestro tiempo

Yo solo sigo el consejo de Enrique Verástegui

y espero no se enoje conmigo

Luego de un chapuzón en la vía láctea

comeré una rosa incombustible

todos los monstruos verán mi foto

los nuevos poemas tendrán algo de qué hablar              qué decir

en sus universidades maricas

donde desconocen del poema

dejen de buscar lo que no se les ha pedido y

dejen tranquila a la oscuridad acumulada de la letra

TODAS LAS NOCHES VISITO AL SOL APARTADO

Y a las palabras

que quisieron nombrar algo

y terminaron

en manos de doctores

de Prótesis Para Poemas

Las palabras se olvidaron de ellas mismas

mientras andaban buscando mis manos

y los monstruos las iban arrancando de los libros

como las cenizas del árbol

que arrancaron también                        sus raíces

                                                                  los poemas del Anciano

No me digan qué hacer

he visto el futuro

he visto la Era Vulgar con su traje

fundacional travestida

no piensa

                      confiesa

lo que de uno se va perdiendo

al dejar el rastro de su negra baba

tinta escrita

Reescribiendo los errores que nuestra memoria desentierra.

MVX0 [NADA ENTERO]

La muerte es sino una creación de la palabra
humana y no posee otro valor que el de las
cinco letras que la forman: M u e r t e.
GAMANIEL CHURATA

He vivido cerca de los hombres vivos
y amé a los hombres vivos
pero mi corazón estuvo más cerca
de los grandes enfermos de las alas
de los grandes locos sin límites
e incluso de los admirablemente muertos.
MILTOS SAJTURIS.

Díganme queridos

si lo mío es tan poquito para mi generación

                                            que pasó

con el poema que hasta ahora

                                            los chicos y chicas poetas

tratan de escribir

buscando en sus palabras

un ojo un labio un poco de piel siquiera

queridos míos

lamento mucho que todavía no entiendan

que es con el corazón y con el culo que la poesía se lubrica

                      que nuestra voz es una coordenada que debemos seguir

aunque

                      nunca lleguemos a algún lugar

                      a lo que somos

                      o si quiera a algo que se le parezca

escuchen

el poema anda por ahí

sin nombre pero no lo han visto todavía

ustedes pasaron de largo caminando

hacia sus universidades maricas

buscando las letras para poemas que todavía escriben y corrigen

pasaron indiferentes frente a él como se ve a un mendigo

enfermo comepenes que decía:

«si no me cuidas me perderé/ doy vueltas como el tiempo/
si supieras que solo esperaba/ que cayeras enfermo/
para que pases más tiempo conmigo»

amigos si digo esto es porque ha salido de Mi voz

de un Castillo de la Casa en la que crecí

hablo también porque

no encuentro nada entero en lo que tratan de contar

dejen de ser los malitos del libro

el CREYENTE del culto literario

que piensa que teniendo algo qué decir está diciendo algo

ahora que a mis pies le ha salido alas

puedo viajar

puedo posarme en vuestras

sucias ventanas porque quiero decirles que

deseo que volvamos al libro

a la historia que se mira el rostro

con los ojos de un ajeno

del Viajero que me enseñó que el amor

es solo un símbolo que manipulo

para robarle un poco de vida a la muerte

díganme pequeños

a dónde se llevaron la palabra que era mi nombre

                      el poema que también llamaban José

                      como yo

                      no sé como ya no la recuerdo

ustedes llevaron la palabra a ser algo

que se repite

que se repite

que se repite                 QUE SE REPITE

                   porque en nuestro país se ahogaron las palabras hermosas

                     porque todavía no comprenden que al poema hay

que dejarlo allí tan cerca           y lejos de sí      dejarlo libre

para comenzar de nuevo en sí mismo en una nueva muerte tras

el humo de la palabra

pero

REPITEN

REPITEN REPITEN y no los sigo y prefiero enamorarme tres veces

al día

y que por lo menos dos me rompan el corazón por el culo

para destruir la última página para        ESCRIBIR SIN SABER

EXACTAMENTE LO QUE QUIERO DECIR                                   EL POEMA

ESCRIBIR PARA ACERCARSE

A LO

QUE

QUIERE

DECIR

escribir MXV0

en el barro

MVX0

en la página

MVX0

en los espejos

MVX0

escribo

MVX0 MVX0 MVX0 MVX0 MVX0 MVX0 MVX0

sin saber qué significa

porque no encuentro

nada entero.

Extraído de MVX0 (Música Para Monstruos) 2017, Paraídas Soluciones Editoriales.


Sobre el autor

Rafael García-Godos Salazar a. k. a. RAGGS es autor de viruspop/raggs (2004), queridolucía (2007), MVX0: música para monstruos (2017), y Reality Nuggets (en prensa – 2020).

Odio a los indiferentes

Odio a los indiferentes. Creo, como Friedrich Hebbel, que «vivir significa tomar partido». No pueden existir quienes sean solamente hombres, extraños a la ciudad. Quien realmente vive no puede no ser ciudadano, no tomar partido. La indiferencia es apatía, es parasitismo, es cobardía, no es vida. Por eso odio a los indiferentes.

La indiferencia es el peso muerto de la historia. Es la bola de plomo para el innovador, es la materia inerte en la que a menudo se ahogan los entusiasmos más brillantes, es el pantano que rodea a la vieja ciudad y la defiende mejor que la muralla más sólida, mejor que las corazas de los guerreros, que se traga a los asaltantes en su remolino de lodo, y los diezma y los amilana, y en ocasiones lo hace desistir de cualquier empresa heroica.

La indiferencia opera con fuerza en la historia. Opera pasivamente, pero opera. Es la fatalidad, aquello con lo que no se puede contar, lo que altera los programas, lo que trastorna los planes mejor elaborados, es la materia bruta que se rebela contra la inteligencia y la estrangula. Lo que sucede, el mal que se abate sobre todos, el posible bien que un acto heroico (de valor universal) puede generar no es tanto debido a la iniciativa de los pocos que trabajan como a la indiferencia, al absentismo de los muchos. Lo que ocurre no ocurre tanto porque algunas personas quieren que eso ocurra, sino porque la masa de los hombres abdica de su voluntad, deja hacer, deja que se aten los nudos que luego sólo la espada puede cortar, deja promulgar leyes que después sólo la revuelta podrá derogar, deja subir al poder a los hombres que luego sólo un motín podrá derrocar.

La fatalidad que parece dominar la historia no es otra cosa que la apariencia ilusoria de esta indiferencia, de ese absentismo. Los hechos maduran en la sombra, entre unas pocas manos, sin ningún tipo de control, que tejen la trama de la vida colectiva, y la masa ignora, porque se no preocupa. Los destinos de una época son manipulados según visiones estrechas, objetivos inmediatos, ambiciones y pasiones personales de pequeños grupos activos, y la masa de los hombres ignora, porque no se preocupa. Pero los hechos que han madurado llegan a confluir; pero la tela tejida en la sombra llega a buen término: y entonces para ser la fatalidad la que lo arrolla todo y a todos, parece que la historia no sea más que un enorme fenómeno natural, una erupción, un terremoto, del que son víctimas todos, quien quería y quien no quería, quien lo sabía y quien no lo sabía, quien había estado activo y quien era indiferente. Y este último se irrita, querría escapar de las consecuencias, querría dejar claro que él no quería, que él no es el responsable. Algunos lloriquean compasivamente, otros maldicen obscenamente, pero nadie o muy pocos se preguntan: Si yo hubiera cumplido con mi deber, si hubiera tratado de hacer valer mi voluntad, mis ideas, ¿habría ocurrido lo que pasó? Pero nadie o muy pocos culpan a su propia indiferencia, a su escepticismo, a no haber ofrecido sus manos y su actividad a los grupos de ciudadanos que, precisamente para evitar ese mal, combatían, proponiéndose procurar un bien.

La mayoría de ellos, sin embargo, pasados los acontecimientos, prefiere hablar del fracaso de los ideales, de programas definitivamente en ruinas y de otras lindezas similares. Recomiendan así su rechazo de cualquier responsabilidad. Y no es que ya no vean las cosas claras, y que a veces no sean capaces de pensar en hermosas soluciones a los problemas más urgentes o que, si bien requieren una gran preparación y tiempo, sin embargo, son igualmente urgentes. Pero estas soluciones resultan bellamente infecundas, y esa contribución a la vida colectiva no está motivada por ninguna luz moral; es producto de la curiosidad intelectual, no de un fuerte sentido de la responsabilidad histórica que quiere a todos activos en la vida, que no admite agnosticismos e indiferencias de ningún género.

Odio a los indiferentes también porque me molesta su lloriqueo de eternos inocentes. Pido cuentas a cada uno de ellos por cómo ha desempeñado el papel que la vida le ha dado y le da todos los días, por lo que ha hecho y sobre todo por lo que no ha hecho. Y siento que puedo ser inexorable, que no tengo que malgastar mi compasión, que no tengo que compartir con ellos mis lágrimas. Soy partisano, vivo, siento en la conciencia viril de los míos latir la actividad de la ciudad futura que están construyendo. Y en ella la cadena social no pesa sobre unos pocos, en ella nada de lo que sucede se debe al azar, a la fatalidad, sino a la obra inteligente de los ciudadanos. En ella no hay nadie mirando por la ventana mientras unos pocos se sacrifican, se desangran en el sacrificio; y el que aún hoy está en la ventana, al acecho, quiere sacar provecho de lo poco bueno que las actividades de los pocos procuran, y desahoga su desilusión vituperando al sacrificado, al desangrado, porque ha fallado en su intento.

Vivo, soy partisano. Por eso odio a los que no toman partido, por eso odio a los indiferentes.

11 de febrero de 1917.


Sobre el autor

Antonio Gramsci fue un intelectual y teórico marxista, político, sociólogo y periodista italiano. Fue uno de los fundadores del Partido Comunista Italiano y uno de los grandes opositores de Benito Mussolini.

Panorama político de España: entre las plazas y el Eurogrupo, con una musa de Bilbao

¿Dónde comienza el relato de la política española contemporánea, musa?, ¿hasta donde ha de remontarse la narración que dé cuenta de la actual situación parlamentaria, gubernamental, económica? Estallido de la pandemia del COVID-19, formación del primer gobierno de coalición desde la restauración de la monarquía, ciclo electoral de 2019, moción de censura y gobierno socialista, crisis de Catalunya, ciclo electoral 2015-2016, elecciones europeas de 2014 y surgimiento de Podemos, recortes de 2012, elecciones de 2011 y gobierno de Rajoy, crisis de 2008, atentados del 11M, primer gobierno de Aznar, primer gobierno de González, transición, dictadura, república, primera restauración, idas y venidas liberales en el siglo XIX, Borbones en el XVIII, Austrias, Reyes Católicos, Abderramán, Trajano, un primate migrante en Atapuerca proveniente del cuerno de África.

No hay asidero histórico seguro, musa. Demasiados puntos de partida pueden servir de base narrativa para colocar a España en su contexto. Sin embargo, centrados en lo concreto, la estrategia política de España se mueve dentro de unos parámetros (económicos) que vienen determinados por los Presupuestos Generales del Estado (PGE). Serán estos, los últimos presupuestos aprobados, los que servirán de base para esbozar un panorama político de la España contemporánea.

Fíjate, musa, que veo que no lo tienes claro. Tan solo una semana antes, el PNV (el Partido Nacionalista Vasco) ya estaba allí. Mariano Rajoy, sin moverse, sin comparecer, había sobrevivido a dos elecciones generales que le pusieron contra las cuerdas, había capeado el temporal catalán y, en aquella primavera de 2018, veía aprobados sus PGE. El que resiste, gana en España. El PNV convalidaba los PGE del ministro Montoro. Pero -curiosidades del establishment judicial español-, la sentencia de la trama Gürtel, una semana después, certificaba la entente criminal que el PP (partido del gobierno Rajoy) había conformado con empresarios a costa del erario público. Se certificaba el falso testimonio de Rajoy como testigo. El principal partido de la oposición, el PSOE, hibernaba: bajón en las encuestas, un secretario general retornado después de ser expulsado por los suyos, pero fuerte ideologización de la militancia que había re-designado a Pedro Sánchez como secretario general y el hálito de la tercera fuerza política, Unidos Podemos (UP), que llevaba clamando desde un año atrás por una moción de censura. El PSOE se mueve, la presidencia del Congreso, del PP, acelera los plazos esperando que las negociaciones entre el PSOE y sus socios (desde la izquierda de UP al nacionalismo catalán) descarrilen. Terrible error táctico. El PNV no se pudo quedar fuera de la operación después de que Pablo Iglesias (UP) y Marta Pascal (nacionalismo catalán moderado) comandaran las negociaciones con un PSOE dubitativo. Una semana después, el PNV ya no estaba en el mismo lugar, pero seguía, en las sombras, en el puente de mando.

Se abría el capítulo actual de la historia política de España: presupuestos del estado del PP y gobierno del PSOE, por lo pronto, en solitario.

Los cuadros del PSOE en la alta administración, su pasado como partido de gobierno y una técnica comunicativa perfilada por Iván Redondo, famoso entre el establishment político español, permitieron a Sánchez perfilar un “gobierno bonito”. Astronautas, cables con la Comisión Europea en Economía, pocos pesos pesados del PSOE. Un gobierno que noqueó a Ciudadanos y UP, sus contrincantes a derecha e izquierda. La vocación progresista del ejecutivo hizo que, tras largas negociaciones (perfiladas en último término entre Sánchez e Iglesias, en lo que se convirtió en tradición negociadora), PSOE y UP pactaran unos PGE que debían acabar contando con el concurso de la izquierda independentista catalana: ERC (Esquerra Republicana de Catalunya). Ya tenían el beneplácito de los nacionalistas vascos.

Presta, musa, atención a Catalunya entonces, ya que será clave en la estabilidad gubernamental. Parece un nudo gordiano, pero una mirada pausada reduce considerablemente la complejidad del actual proceso independentista: una batalla propagandística por la hegemonía en la administración autonómica (la Generalitat) entre las dos facciones del independentismo, entre ERC y Junts. Esta pugna propagandística, liderada desde sus inicios por Convergència (hoy Junts), desorientará la estrategia de ERC en innumerables ocasiones. No consigue, aunque lo intenta, desligarse de Junts para dar el paso definitivo para controlar la Generalitat. Miedo ancestral a oír en las calles cómo les gritan “botifler” (traidor en catalán). ERC, con la disconformidad manifiesta de sus líderes en Madrid, dejaba caer los PGE de PSOE-UP. Se convocaban elecciones para abril de 2019.

¿En qué andaba, musa, por entonces, la derecha? El congreso del PP tras la moción de censura llevó al liderazgo del partido a Pablo Casado, de la facción más conservadora, que enfatizaba la ilegitimidad del gobierno de Sánchez. Ciudadanos enfatizaba su discurso nacionalista español en contraposición al catalán. En este marasmo ideológico, surge el espacio necesario (en las elecciones autonómicas de Andalucía en diciembre de 2018) para la extrema derecha en España: Vox. Las derechas tradicionales ataron sus destinos pronto a ellos, previo pacto en la nacionalidad andaluza.

Las elecciones en abril permitieron mantener el rumbo previo a la convocatoria electoral: colaboración entre PSOE-UP, y entre estos y el PNV y los nacionalistas catalanes, con una derecha encastillada. Pero los designios del cálculo táctico (UP exigía, como posición estratégica desde hacía meses, conformar un gobierno de coalición, y el PSOE, ambiguo, nunca se cerró a esa posibilidad) hicieron que, tras meses de escaramuzas -nunca negociaciones serias-, se repitiera la convocatoria electoral. Tras las elecciones autonómicas y municipales de mayo, que catapultaron al PSOE y hundieron a UP, Sánchez creyó que, con nuevas elecciones, el PSOE noquearía a su competidor por la izquierda, mientras pretendía pasar a gobernar a dos bandas entre UP y Ciudadanos, ambos debilitados. Error de cálculo. Elecciones en noviembre y calco de los resultados con algún cambio significativo: unos valores de enfado con la política nunca vistos que catapultaron a Vox, hundieron a Ciudadanos y debilitaron, sin derrotar, a la izquierda. Con el campo de maniobras desertizado, UP y PSOE tardaron 48 horas en pactar un gobierno de coalición que se sustanció con la investidura del segundo gobierno Sánchez en enero de 2020. El PNV, atento a los vientos de estado, crítico con las izquierdas incapaces de pactar en verano, ahora se mostraba como pilar de contención del gobierno de coalición. Una ERC dubitativa acabó permitiendo la investidura.

Pero, déjame que te cuente, musa, qué ha pasado desde enero hasta hoy. A grandes rasgos, con un estado de alarma motivado por la pandemia de la COVID-19 prorrogado durante tres meses, lo mismo que hasta entonces con dos novedades: la coordinación pulida del primer gobierno de coalición de la democracia española y la heterodoxia financiera de las instituciones europeas. Ambas cosas han permitido desarrollar una serie de políticas públicas novedosas que buscan capear la resaca socioeconómica del virus. ERTE, Ingreso Mínimo Vital, ayudas a autónomos, moratoria de hipotecas. Sin embargo -esto no sé si lo sabrás, musa, que España es muy particular-, mientras el gobierno aprobaba medidas de profundo consenso social para paliar la crisis, el griterío en el ruedo parlamentario era ensordecedor: la extrema derecha gritaba, la derecha vociferaba, los independentistas catalanes se enrocaban ante su caos autonómico sanitario particular, incluso el PNV afeaba la conducta del gobierno. Cimbreaba el barco de la gobernabilidad. Pero, como si de una mala tormenta se tratara, con la nueva normalidad (y la probada resiliencia del gobierno, auxiliado críticamente desde Europa) las mareas se calman. El PNV baja el tono (aunque no demasiado, pues en julio se juega en las elecciones autonómicas la presidencia del País Vasco), las derechas tienden guantes después de, con ellos, retar a duelo al gobierno -musa, entiende que en España cuesta bajarse del burro- y la ultraderecha, vociferante y con cacerolas en las calles, baja en las encuestas. Musa, por cierto, Montoro se debe de estar muriendo de la risa: sus PGE siguen en vigor desde 2018. Con la pandemia se han dado por imposibles los de 2020, y, en octubre, el gobierno espera presentar el anteproyecto presupuestario de 2021.

Esta semana se ha hecho oficial la candidatura de Nadia Calviño, vicepresidenta tercera y ministra de economía, a la presidencia del Eurogrupo. Con ella, el sector más ortodoxo y alejado de UP en el gobierno consigue, en caso de prosperar, asegurar los enlaces estratégicos con una UE que ha resultado salvadora para el gobierno. Hay enfado en las bases de UP, que vieron nacer un proyecto político entre el ambiente reivindicativo de las plazas y ahora se enfrentan a aquello de que “gobernar es cabalgar contradicciones”, y más cuando representas un tercio del poder parlamentario que sustenta al gobierno.

¡Ay, musa! El panorama político español es esto: una tensión entre las plazas y la ortodoxia del Eurogrupo, modulado por los intereses de la industria vasca (que ahora busca apostar por la economía del hidrógeno, como apuntaba Enric Juliana) representada en el PNV. Mientras, la derecha busca pie, con su base social en posiciones que, en estas circunstancias demoscópicas, no conseguirán el apoyo mayoritario que precisan para gobernar. El contencioso catalán será condición de preocupación, todo dependerá del valor de ERC para emanciparse del independentismo irredento de Junts en unas elecciones catalanas de fecha próxima pero desconocida.

¿Cómo? ¡Esto no puede ser verdad! Me dicen, ¡oh, musa!, que eres de Bilbao, del barrio de San Francisco -donde el pasado fin de semana los vecinos expulsaron a unos manifestantes de extrema derecha-. Entonces, cuéntame, musa, la historia de lo que nos deparará el futuro…ya que sois, los y las ciudadanas vascas (y gallegas), las primeras en votar en estos meses. Dime, ¡oh, musa!, ¿qué pasará en España con este panorama político que nos ha dejado la historia?


Sobre el autor

David Rodas Martín es editor jefe de España 89, un think tank de perfil joven centrado en relaciones internacionales y Unión Europea. Enamorado a la vez de la politología y del periodismo, compagina sus estudios con su trabajo en España 89 y su amor por la redacción.

Un sueño díficil pero no imposible

El presidente de la Argentina se acercó a sus colegas y los saludó con el nuevo gesto universal de bienvenida: un despliegue lateral de los codos, como el aleteo de un ave. Al principio el saludo era simplemente chocar codo con codo; luego se evitó hasta este contacto físico, pero se mantuvo el gesto. Atahualpa Martínez, el primer presidente argentino descendiente de los pueblos originarios, se ubicó para la foto en el medio de la primera fila. Llevaba un barbijo con la bandera argentina en el frente. Los otros diez mandatarios latinoamericanos también lucían estampadas sus respectivas banderas en los suyos.

Luego de la foto protocolar, cada uno de los dignatarios ocupó su sitio en el amplio estrado semicircular, guardando la distancia reglamentaria de un metro y medio entre ellos. Martínez, que era el anfitrión en su Jujuy natal, una hermosa ciudad en un valle entre montañas en el noroeste de la Argentina, tomó la palabra. Comenzó a hablar a través de un micrófono inalámbrico sujeto a su barbijo:

—Estimados compañeras y compañeros. Según nuestros expertos, estamos en la etapa de salida de esta pandemia que nos ha estado agobiando durante los últimos seis años. Las cifras de la tragedia ya las conocen: cinco mil millones de infectados y doscientos millones de fallecidos en todo el mundo, por causa directa del Coronavirus. A esto debemos sumarle los cientos de millones que han perecido por la crisis social y económica subsecuente.

Atahualpa Martínez hizo una pausa para tomar un trago de agua y continuó:

—Toda crisis, más allá de sus nefastas consecuencias inmediatas, tiene el potencial para un cambio, para la evolución, para aprender y mejorar. Es lo que nos proponemos hacer en esta Cumbre Americana 2025. No dejemos pasar la oportunidad para establecer un nuevo ordenamiento regional que sea inspirador para todo el mundo.

Durante más de ocho horas, los mandatarios con sus ministros firmaron una variedad de acuerdos multilaterales de cooperación y desarrollo con vistas a los otros tres cuartos del siglo veintiuno que tenían por delante. Todavía les restaban dos días más de conferencias y encuentros.

Esa noche, en la recepción que ofreció Martínez en la Gobernación, no faltó nadie. Los flamantes presidentes de México y de Perú se le acercaron sonrientes, cada uno con una copa de vino en la mano:

—¡Mi querido Atahualpa, qué magnífico discurso de bienvenida nos has dado! —exclamó Amancay Quesada, el mandatario peruano, también descendiente de aborígenes americanos.

—¡Lo mismo digo! –refrendó Sixto Valladares, el presidente mexicano.

Ninguno de los presidentes que estaban en ejercicio al comienzo de la pandemia había permanecido en el cargo. O no fueron reelectos, o tuvieron que entregar el poder antes de tiempo. Todo debido al costo político de la crisis. En el hemisferio norte las cosas no habían resultado mejor para los distintos gobiernos, con las revueltas populares, los saqueos y el colapso del sistema productivo y financiero. El mundo entero estaba desarticulado.

Atahualpa Martínez levantó su copa, la levantó para brindar y propuso:

—¡Por una Latinoamérica unida, ya libre de por vida de las ataduras históricas al poder financiero global! ¡Soberanía y autodeterminación para siempre!

—¡Pobreza y hambre cero en toda Latinoamérica! —exclamó el presidente del Brasil, que había sido electo ya hacía dos años.

—¡Por una distribución de la riqueza más equitativa! —agregó el representante chileno.

El resto de los presentes se unieron al brindis, sumándose con expresiones similares de optimismo latinoamericanista.

Martínez se preguntó cuánto tiempo mantendrían la unión como bloque para fijar el nuevo orden mundial, más justo y representativo de todos los pueblos. Sería muy difícil, pero no imposible.

¿Un sueño?


Sobre el autor

Marcelo Medone es médico pediatra y escritor. Ha escrito cuentos, microrrelatos, novelas, poesía, obras de teatro, guiones cinematográficos y canciones. Sus textos de narrativa y poesía han sido premiados en varios certámenes internacionales y han sido publicados tanto en papel como en digital, tanto en forma independiente como en antologías, en revistas, blogs y ediciones de Argentina, Brasil, Chile, Bolivia, Ecuador, Venezuela, Honduras, México, Canadá, España y África.

Soledades de Solange

Si vieras
cómo escarbo en el aire
de las calles
buscando inútilmente
tu presencia
JUAN  OJEDA

PERRO SUELTO

Hay poemas que muerden,

Que arañan sin piedad. Bestias

Insaciables que destrozan

Los fundillos, tus mundillos.

Hay otros que ciegan con su resplandor,

Y cierta gracia que le dicen. Fluyen

Sin tropiezo, hasta el nicho

De una antología preciosista.

No faltan los que han sufrido

Algún accidente gramatical

O los que heredaron

La maldición de un padre borracho.

Hay poemas que son un terremoto,

Un tsunami que te arranca el pellejo,

Las vísceras, tus oscuras duplicidades.

Y qué decir de los perros muertos,

Poemas sueltos

Como este. Perros

Que marchan a la deriva,

Canoas que hacen agua.

Poemas errantes, balas

Perdidas que buscan tus ojos,

Tus abrazos,

Tu perdón. Perros

Querendones como la muerte.

Poemas que labran su resurrección:

Aullidos que se apagan

En algún cuaderno olvidado.

POEMANGO

                                                         Este poema es de PM, malgré elle.

El mango es pulposo,  jugoso, sabroso. Hay

Que comerlo al natural, de preferencia. Así 

No perderá su frenesí divino,

                                       ni  su amable paisaje.

Dicen que hay mangos aéreos, mangos

Marinos. Todos son bienvenidos:

Vienen de geografías santas y llaneras.

El sol, la lluvia, la tierra 

                                      y la mano del labriego

Hacen este milagro delicioso que alivia

Tu hambre, amengua mi soledad, enmiela tus delirios.

Mis poemas, en cambio,  son ácidos, torpes, imperdonables.

No tienen ni glamour ni editor ni aprueban

El casting que demandan el mercado

                                        impío y el fácil manoseo.

Qué resplandor, qué gracia tiene esta escritura? 

Pregunta la muchacha seducida

Por un mango  marqueteado. Ella

Prefiere el artificio, el poemango

Bien peinado,

                                         el cutis limpio

De espantos y lunares viejos.

 No el poema

Añejo que no sabe  ser ni aéreo

Ni marino, 

                             ni nocturno vicio eterno.

MALARIAS

                                   huelo tu olor / te busco / te estrujo

                                                Elqui Burgos

La escritura

Es un ozono que se abre

En tu pecho

Golondrino, en tu soñar

Despierto:

Un cataclismo

Que deja al descubierto

La vieja astilla de la soledad.

Rosa que roza lo perfecto.

La escritura es una piel sedosa

Por donde resbalan tus dedos

Congelados, huérfanos

De ternura o de alcohol. A ratos

Es un cuero tosco, papeles

Que nadie lee. Oleajes del desamor.

Una suerte de malaria que no tiene cura,

Unas fiebres que dejan sus huellas

En tu cuerpo desnudo, en la página en blanco.

VERSO APALEADO POR LA LLUVIA

Galopando llega tu escritura

Con encono,

Dardos sombríos que luego alcanzarán

Halagos,

Y uno que otro galardón para el olvido.

En el silencio  cenizo que te envuelve

No sabes qué hacer

Con la  imagen fugitiva

Que se escapa de tus manos,

Verso apaleado por la lluvia.

Ni con la metáfora que creíste deslumbrante

En un momento pero que ahora borras

Con rabia mal disimulada. Y no sabes aliviar

El azufre que impone ese punto

Y aparte que te saca de la rítmica al uso,

Ese su aletear de tiburón en celo.

En la intemperie está la belleza, dices

Golpeándote la frente

En el abismo

Donde las sierpes gobiernan tu pulso,

Tu lengua descarriada, la vida continúa.

MORIRÁS

Morirás, ¿por qué te sorprendes? Morirás.

Y nadie reconocerá tu aroma.

¿ No disfrutaste acaso hasta el delirio

El uso infame del materialismo ratonero?

¿Dó está el polvo enamorado

Con la que engatusabas

A las muchachas desprevenidas?

Morirás, tu película

Gris y sin argumento llega a su fin.

Sólo te queda

Cantar en alguna peña distrital

“Yo te pido guardián que cuando muera,

Borres las huellas de mi humilde fosa”.

Morirás, hipócrita lector. Morirás

Ardiente sombra,

Morirás pájaro pinto,

Morirás caballo bayo,

Morirás tortuga ecuestre,

Morirás mosca azul,

Morirás cuaderno verde de poesía.

Tú también morirás forever.

Y tendrás

Como consuelo un mañana

Cosmopolita, sin hueso ni aguacero.

Y una tristeza renovada

Que te espera con las piernas abiertas,

El corazón cerrado.


Sobre el autor

Hildebrando Pérez Grande es un reconocido poeta peruano nacido en Lima en 1941. Considerado como una de los principales representantes de la Generación del 60’ en la poesía peruana junto a Marco Martos, Javier Heraud y Antonio Cisneros. Ganador del Premio Casa de las Américas 1978, con su poemario Aguardiente y otros cantares. Director de la revista Piélago, co-director de Hipócrita Lector y actualmente de Martín, Pérez Grande es uno de los valores más representativos de la poesía andina, pero además, de la poesía peruana en general.

Alan García: cierre y balance

Créditos: Álvaro Portales.

What is the truth, and where did it go?
Bob Dylan

En la mañana del 17 de abril de 2019 una noticia agarró por sorpresa a toda la población peruana: la fiscalía había ido a cumplir una diligencia a la casa de un expresidente. Los rumores eran tan fuertes los días previos que automáticamente se dio por confirmado que iban a detenerlo preliminarmente, como había sucedido ya con otras figuras involucradas. Otro presidente iba a ir preso. Así se difundió rápidamente la noticia en redes sociales. A través de hashtags o publicaciones de Facebook, miles de usuarios empezaron a difundir y celebrar una noticia aún en desarrollo y sin confirmar. Entre rumores y conspiraciones, lo cierto era que un carro negro había salido de la casa y había ido a parar, no a la fiscalía, sino al hospital Casimiro Ulloa. Algunos usuarios empezaron a aducir que había fingido un paro cardíaco o una descomposición. El ambiente de las calles era más bien tranquilo hasta que un rumor de redes sociales llegó a la prensa: se había disparado. Al poco tiempo, empezaron a circular más que meras afirmaciones y el ambiente cambió. El aliviado optimismo que había poseído a muchos ciudadanos que sentían por primera vez que se haría justicia empezó a mutar a la ya conocida desazón marca Perú. En pocos minutos, la información cedió al morbo y muy poco importó conocer qué había pasado porque la atención se trasladó a conocer si aquellas fotos que circulaban en redes pertenecían efectivamente a quien alguna vez fue dos veces presidente del Perú, Alan Gabriel Ludwig García Pérez, nacido el 23 de mayo de 1949.

La televisión no fue ajena a este fenómeno, porque toda esa mañana emitieron una cobertura extraordinariamente torpe en vivo y en directo. Cámaras y reporteros se trasladaron a la casa de García, a la clínica donde habían trasladado a García y a los exteriores de ambos espacios para dar la sensación que realmente estaban informando todos los aspectos posibles del hecho. Observando, a más de un año, estas coberturas me doy cuenta que incluso en la prensa imperaba una ajena estupefacción, una renovada torpeza. El —hasta ese entonces— intento de suicidio de García había agarrado en frío a unos medios de comunicación que se habían acostumbrado a las muertes estadísticas de los clásicos NN del país. El tono de muchos reporteros se tornó más serio, pero sobre todo, más inquieto porque preveían (o quizá ya habían oído) el resultado.

Afuera del hospital se congregó un grupo de seguidores de Alan que acudieron a apoyarlo, y sobre todo, a dar la sensación de que el pueblo aprista no aguantaría una injusticia más de la justicia que jugaba en pared con el gobierno de Vizcarra1. Las vivas y los cánticos de protesta se mezclaban con las voces de reporteros que querían mantener la seriedad del asunto. En ese momento, más que la verdad, ese grupo buscaba prevalecer algo: pase lo que pase, el compañero García había triunfado. Curiosamente, meses antes el pueblo aprista se encontraba todo menos reconciliado con el hombre que dos veces los había llevado al poder y dos veces había dejado al partido desamparado. Pero esa etapa parecía haber quedado atrás en los últimos meses; García había tomado un nuevo aire y se había acercado al partido como nunca lo había hecho. Visitas a comités, conferencias y actividades dentro de la Casa del Pueblo hacían pensar lo peor: volvería a postular en 2021.

Pero ese nuevo aire no era gratuito. Había coincidido con la serie de investigaciones que el Ministerio Público estaba llevando a cabo contra García y otros funcionarios de su segundo gobierno por presuntamente haber recibido sobornos para la adjudicación de obras por parte de la compañía constructora Odebrecht. Él no era el único expresidente involucrado, sino se insertaba dentro del período democrático más cuestionado (los últimos cuatro presidentes se encuentran bajo sospecha, incluso ahora) en los últimos años2. No obstante, García se mantenía como una de las pocas figuras que no había sido tocada por el terremoto que generó el escándalo Lavajato en Latinoamérica, y esto pese a que durante sus gobiernos, los escándalos por corrupción no habían sido casos aislados. “Otros se venden, yo no” era su respuesta cuando se le señalaban las pruebas que involucraban a funcionarios de su gobierno, o ante cualquier acusación de corrupción. Pero las revelaciones que empezaron a publicar IDL-Reporteros, Ojo Público y la unidad de investigación de El Comercio sobre Lavajato empezaban a indicar lo contrario. Poco a poco, el tono de García fue mutando a un tono más agresivo frente a las preguntas de la prensa. Pasó de esa sonrisa que soltó en pleno debate presidencial en 2016 cuando Fernando Olivera empezó a nombrar uno a uno todos los escándalos y crímenes que se habían perpetrado durante sus dos períodos, al ceño fruncido y al dedo acusador que inmortalizó la frase “demuéstrenlo pues, imbéciles”. Y cuando las investigaciones y delaciones empezaron a cercarlo y tras haber visto frustrado su asilo en la embajada de Uruguay decidió que era mejor llevarse el revólver a la cabeza y dejar que sea la historia quien lo juzgue y no un tribunal.

A las pocas horas de dicho acto, su secretario personal, Ricardo Pinedo confirmó lo que ya era un secreto a voces: Alan García había muerto. Un par de vivas algo escenificadas se dieron brevemente por Pinedo y tres personas más, para luego regresar a la clínica, abandonando a una desamparada prensa y una desconsolada masa aprista. Hasta cierto punto, la confirmación de su muerte demostró lo emparentada que se encontraba su vida con la de su partido. Los llantos de los apristas alrededor de la clínica se confundían con los gritos envalentonados de la consigna “El APRA nunca muere” y el sonido de los carros. El hospital Casimiro Ulloa se volvió el escenario principal de una obra que nadie sabía muy bien a dónde se dirigía. Curiosamente un rumbo que no le era indiferente al Perú respecto a García.

Una revolución que nunca fue

“Hay raras ocasiones en la historia en las cuales las expectativas y esperanzas de un país convergen en torno a la figura de un hombre”, decía García Pérez sobre Valentín Paniagua en 20103. Y nos guste o no, lo mismo podría decirse de él en 1985. Su llegada a Palacio de Gobierno representaba quizá el más grande acontecimiento democrático: era la primera transición democrática de poder tras el fin de la dictadura militar en 1980. Y como si fuera poco, era el presidente más joven en ser elegido democráticamente (tenía 36 años en aquella época).

García, además, llegó enarbolando la bandera del APRA, uno de los pocos partidos en Perú con doctrina propia. El discurso que lo llevó al poder se nutría principalmente de las consignas casi populistas de su partido y de la siempre ansiada renovación política. La muerte de su fundador, Víctor Raúl Haya de la Torre, en 1979 había ayudado a consolidar al joven candidato como una figura prominente y como una especie de sucesor. Haya había formado un partido, García lo había llevado al poder.

Créditos: AFP.

La revolución transformadora que García había anunciado en 1985 nunca llegó. “El futuro es nuestro” señaló en ese entonces en su entusiasta discurso a la nación. Pero cuando salió de Palacio en 1990 esta oración era, cuanto menos, una lejana promesa, un bluff. Su primer gobierno fue solo un quinquenio, pero transcurrieron tantos hechos catastróficos que el tiempo pareció eterno. Echarle la culpa a su inexperiencia era culpar a su juventud. Y por lo que sabemos de su primer gobierno la inexperiencia no fue su principal defecto, sino su actitud voluntariosa, su ánimo prepotente. García en 1985 entendía la política no como el arte de convivir, sino como el arte de oprimir. Voluntad y fuerza. Un juego muy bonito para las plateas y los discursos, pero no para gobernar un país.

Créditos: Archivo Histórico de Grupo El Comercio.

En ese quinquenio, en sus discursos hacía referencia al legado histórico de su partido, al deber para/con el país, al rol comprometido del ciudadano. Pero durante ese período, solo mostró compromiso con su figura. Esto lo llevó a una estatización de la banca frustrada, el no-pago de la deuda externa, matanzas en los penales, a la violación constante de los derechos humanos en el contexto de la lucha contra Sendero Luminoso, la conformación del comando paramilitar Rodrigo Franco, la compra de los aviones Mirage y más. Al final de su gobierno, sobre todo cuando fue despedido entre pifias por el nuevo Congreso, poco o nada hacía pensar que ese hombre podría regresar al país y volver a ganar una elección popular. Además, los procesos abiertos en su contra durante el gobierno de Alberto Fujimori hacían pensar que su nombre rápidamente se uniría a la lista de infames fracasos de la historia republicana peruana. Pero no fue así. No exactamente porque se demostrara su inocencia, sino porque con la excusa de tener a un Poder Judicial intervenido tras el 5 de abril de 1992—día del infame Golpe de Estado de Fujimori— García recurrió al asilo en Colombia y acabó convirtiéndose en un reo contumaz para una justicia dictatorial (y solo regresó al país, cuando los delitos prescribieron).

Gran parte de este proceso se puede encontrar en su libro El mundo de Maquiavelo (1994) en la que a modo de autobiografía, va narrando estos sucesos en una ajena tercera persona. Este estilo de referirse a sí mismo ya se escuchaba en sus discursos, como si Alan García fuera él pero a la vez fuera otra persona, el personaje de la historia. En cierto modo, El mundo de Maquiavelo buscaba justificar su accionar no tanto para sus contemporáneos, sino para las futuras generaciones. Leyendo hoy el libro, bajo los ojos de alguien que cree que la dictadura de Fujimori generó todos los problemas del Perú moderno, él se erige como un mártir de la democracia.

Podríamos decir que ya en ese entonces se notaba una obsesión por la historia, por cómo sería recordado, cuál sería su rol en el futuro. Sus entrevistas a partir de su salida en 1985 reflejarían mucho este afán de contextualizar, de precisar, de brindar nuevas aristas para comprender porque su quinquenio fue lo que todos señalaban: un desastre. García otorgaba variantes, aportaba matices, pero nada podía ser más contundente que el hecho que él mismo, años después, calificaría con 11 a su primera gestión.

Pese a esto, volvió a postularse tanto en 2001 como en 2006, resultando electo en la segunda con un discurso relativamente distinto al de 1985. Ya no apelaba a una revolución transformadora, sino a una política de austeridad. García ya no proclamaba grandes cambios, meramente un continuismo económico. Un aprismo moderado, de centro. Eso representaba en el nuevo milenio, y fue elegido no tanto por sus virtudes, sino por los defectos de sus contrincantes. El Perú no quería más aprismo, pero no tenía otra opción. Esta opción no convertía, como se ha querido popularizar, al electorado en un “electarado”. No somos amnésicos ni irracionales, como bien defendería Alberto Vergara en su libro, sino que buscamos salvarnos siempre de algo cuando se trata de ir a votar. Y García siempre se presentó como eso, como un salvador.

Créditos: AFP.

Eso fue lo que lo llevó a ser elegido en 2006, y en cierto modo fue un voto de confianza, como pensando que “peor que la última vez, no lo podía hacer”. En 2009, comentaba que “en Perú, el presidente tiene un poder: no puede hacer presidente al que él quisiera, pero sí puede evitar que sea presidente quien él no quiere”4 y 5. Como sabemos, Ollanta Humala en 2011 acabó siendo esa estabilidad política para el empresariado. Además, esta inoportuna referencia de García apelaba al recuerdo histórico de su rol en la elección de Alberto Fujimori en 1990, que se dio por su marcada oposición a su rival, Mario Vargas Llosa del FREDEMO.[/efn_note]. Ese García distaba mucho de aquel que en 1987 confrontaba directamente a la banca internacional y proponía entre aplausos la estatización de la banca en busca de la “justicia social”. Justicia social que, por cierto, no le importó vulnerar cuando, a través de tres columnas en El Comercio, habló de “el perro del hortelano” para atacar a todo aquel que no cediera a sus caprichos gubernamentales. Por ello no es sorpresa que bajo su período los conflictos socioambientales llegaran a otro nivel, pues se los forzó prácticamente al desamparo estatal. Llegado a un punto, el Ejecutivo era más cercano a la visión empresarial que a escuchar la voz de su propio pueblo. Este tipo de abandono —que fortalecía el abandono histórico y sistemático— acabó provocando el Baguazo, uno de los momentos más terribles, no solo de su gobierno, sino de nuestra historia. Tampoco podemos olvidar aquel Cristo del Morro Solar, por el que tanto peleó6 para que existiera casi al final de su gobierno. Hoy, dicha estatua es el símbolo por excelencia de la corrupción que representó la compañía constructora brasileña Odebrecht.

Y curiosamente, bajo la luz del escándalo Lavajato, se ha empezado a revisar el único aspecto que no había sido tocado hasta ese entonces: el económico. A los militantes apristas, desde que García entregó el poder en 2011, les gusta recordar la cantidad de obras que se inauguraron en Perú durante su segundo período y la bonanza económica de la que gozó el país. Bonanza económica que se mantuvo por una política de austeridad impulsada por un presidente más bien temeroso de arriesgar o de apostar por algo. Con el trauma de su antigua experiencia en un irresponsable manejo económico, optó por mantener la estabilidad del sistema neoliberal. El país no creció ni disminuyó bajo su mandato, solo se mantuvo en el índice de crecimiento económico cuyo rumbo ya había definido Alejandro Toledo. Esto lo podemos notar sobre todo cuando su sucesor en la presidencia, Ollanta Humala, esta vez de camisa blanca, buscó hacer lo mismo y fracasó. Ningún sistema aguanta tanta incompetencia, probablemente.

Créditos: Grupo El Comercio.

Para las elecciones presidenciales de 2016, por una razón que todavía pocos entienden, García decidió reinsertarse al ruedo político y postular una tercera vez forzando a su partido a una alianza con un enemigo que él mismo se había encargado de liquidar dos veces en elecciones previas: el PPC de Lourdes Flores. En una serie de eventos desafortunados que debieron indicarnos el fin de su carrera política, ese fue el primero. En 2016, la política ya no era de balconazos y partidos históricos, sino de tapers y de los outsiders menos outsiders que pudiéramos imaginar. Además él representaba para muchos peruanos que recién afrontaban sus primeras elecciones, el pasado terrible que se pretendía liquidar por esos años. El hecho de que García, para muchos jóvenes, fuera más un jugador del sistema corrupto que un candidato anti-sistema decía mucho de su constante cambio de camiseta y de cómo era percibido por la sociedad peruana. Quizá debió asumirlo y darle un giro a su campaña, pero decidió todo lo contrario. Acercarse más a una juventud que no lo tenía en la mejor de las referencias. Algunos apristas aluden a una “campaña de desacreditación”, pero no se mentía cuando se hablaba de García, solo se mencionaban actos que se habían dado alrededor de su gobierno. Su discurso adoptó ciertos tintes de 1985, ciertos tintes de 2006 y un desteñido modelo 2016. Quiso adherirse a figuras más “juveniles” pero toda jugada acababa en un jaque expuesto por la prensa peruana. Antes aliada, ahora se había vuelto su principal enemiga.

Quizá quiso demostrar que aún no era un cadáver político pero lo único que demostró en esa campaña fue que su partido ya no era lo que era antes, y que él ya no era el mismo. La energía, la hidalguía para responder a cuestionamientos, la sonrisa habían desaparecido. En ningún momento de la campaña, alguien se tomó enserio su candidatura y se había vuelto, más bien, un triste animador de las elecciones presidenciales. Todos pensaron asistir al funeral del partido político más importante del siglo XX, liquidado por la candidatura del hombre más despreciable del siglo XXI. Y cuando se dieron a conocer los primeros resultados de la primera vuelta, que lo ubicaban muy por debajo de lo esperado, muchos apelaron al “voto aprista”, al “voto del interior” que ya iba a llegar. Hasta este año, ese voto rural aún no llega. García, no obstante, fue más inteligente y entendió esos resultados como lo que realmente eran: un modo muy elocuente del pueblo peruano de decirle que se retirara de la política. Esa elección, esa derrota fue la que marcó el derrotero de lo que vendría para García en los siguientes años. Un deterioro constante, una secuencia de errores y derrotas en los tres años siguientes que jamás podrían hacernos pensar que una bala detendría su vida.

Créditos: Mario Zapata-Grupo El Comercio.

La razón de mi acto, así tituló la carta leída por una de sus hijas en su velorio. Una carta que lo desnudaba como un animal político, de cabo a rabo. Una carta cargada de rencor, de figuras curiosas, de una declaración de principios y sobre todo de un mensaje para la posteridad: “la historia tiene más valor que cualquier riqueza material”. Una carta en la que reafirmaba dos grandes vínculos: su vínculo con el APRA, su vínculo con la historia. Una carta que sirve como una muestra más del hombre que fue, y de lo que nunca pudo ser; un hombre de honor.

Usted fue aprista

La frase le pertenece, según dicta una célebre anécdota7, al poeta Juan Gonzalo Rose8. Y si bien el destinatario siempre fue el líder histórico y fundador del APRA, Víctor Raúl Haya de la Torre, es inevitable pensar en Alan García como un protagonista más moderno. Pero esta broma casi siempre abre preguntas. ¿Qué significa ser aprista? Es una pregunta que ha cambiado tanto de respuesta que casi nadie se atreve a hacerla. ¿Qué es ser aprista? Realmente depende de lo que uno quiera interpretar de las palabras de Haya y de en qué momento de la historia se sitúe.

Como apuntaba Nelson Manrique en Usted fue aprista: Bases para una historia crítica del APRA (2008) “no hubo ni hay otro ideólogo en el APRA” después de Haya. Este hecho, sin duda, compromete al partido a poder validar y justificar los virajes de su fundador e insertarlos dentro del desarrollo de la historia mundial. Haya no se traicionó, tan solo evolucionó. García formó parte de este juego, y los validó en libros como 90 años de aprismo. Hay, hermanos, muchísimo que hacer (2013) donde postulaba que el APRA no podía valerse de las doctrinas planteadas como si se tratara de un “catecismo”, sino entenderlas como un proyecto en evolución, como un “marco conceptual abierto”. Haya había sido un visionario, un adelantado a su época. García, no es difícil imaginarlo, también quería plantearse a sí mismo como tal. El desarrollo de su obra escrita podría entenderse dentro de la misma línea.

Créditos: AFP.

Él siempre se consideró a sí mismo, un intelectual. Esta condición le era negada frente a adjetivos no del mismo calibre pero sí de igual contundencia: corrupto, incapaz, cobarde, ineficaz, caradura, mentiroso, rata, etc. Para él y la sección del partido que lo respaldaba, eran injurias, infamias de sus enemigos políticos. Para la población, era el correcto diagnóstico del hombre con el “ego colosal”. No obstante, oyendo (o soportando) sus clases y conferencias en el Instituto de Gobierno y Gestión Pública de la Universidad Nacional San Martín de Porres, uno puede entender exactamente de qué se ufanaba García. Mejor dicho, no negamos su capacidad intelectual y el hecho de que es uno de los últimos presidentes que podríamos certificar que ha leído libros de ciencia política y mantenía un análisis más o menos acertado de lo que sucedía en el mundo9 a comparación de muchos expresidentes que no pueden ver más allá de lo que tienen al frente. Pero si algo nos queda claro es que los ejercicios intelectuales del expresidente acababan existiendo alrededor de su adorado reflejo y muchas de sus reflexiones lo incluyen a él como un aventajado del análisis.  

Créditos: AFP.

García es, incluso aunque no nos guste, el último animal político que ha tenido Perú. Su muerte cierra la historia de toda una clase política que ya se encontraba desfasada y de la que él era el más insigne representante. Como toda esa clase política, su final fue trágico y quizá injusto. ¿Habría merecido morir en la cárcel como Leguía? ¿asesinado como Balta o Sánchez Cerro? ¿era ese su destino? La multitud peruana ya había decidido cómo habría sido recordado y qué final merecía. Claramente él no compartía esa sentencia y la modificó. No iba a morir en la cárcel como un culpable, nadie iba a obtener una foto suya con esposas. Toda su vida había huido de la justicia, que significaba una vez más, aunque esta vez no escapara con vida. Ampararse en un juicio histórico representa que, en su mente, él pensaba que no había hecho nada malo. El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones, dicta un refrán popular. García siempre quiso hacernos creer que sus acciones las guiaba un imperativo categórico. Jamás podría admitir que se equivocó porque no concebía sus actos como errores, sino meramente como excesos de bondad, excesos de confianza. ¿Y qué de malo había en ello?

No mató el partido, como alguna vez le adjudicó César Hildebrandt en una entrevista de 2001, porque no había mucho por destruir ya en ese entonces. ¿Qué rezagos quedaban del APRA en ese local de Alfonso Ugarte tras su primer gobierno? ¿qué rezagos quedaban de la hidalguía y ambición de aquellos primeros apristas que buscaban “remover la América Latina”? Quizá ninguna. Pudo reconstruir su partido en dos ocasiones, pero solo para desampararlo dos veces más. Su interés en el partido siempre parecía aproximarse más a algo electoral, que a algo identitario. García no era orgullosamente aprista, sino lo era muy a su pesar. Era un hombre que reivindicaba algo, pero realizaba enteramente lo contrario. En 1985, se declaraba nacionalista; en 2006, ya no. En 1987 se enfrentó a los banqueros del país, en 2009 se enfrentó a los propios peruanos. En 2001, hablaba de reconocer los errores del pasado, en 2016 no reconocía alguno. Y si bien todo intelectual debería poder corregirse a través del tiempo, en Alan no existía evolución, existía una irremediable contradicción.

Resulta curioso que un partido cuyo texto ideológico fundacional buscaba la lucha «contra el imperialismo yanqui en América Latina»10 acabase teniendo un representante en el poder que prodigara abiertamente las bondades del país estadounidense y que recurriera a las medidas más desesperadas en Perú para defender y mantener un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, pese a haberse opuesto en algún momento de la campaña, a la firma de este. Claro que, en la historia del APRA, esto sí es una especie de “evolución doctrinaria”. García entonces se convierte en la culminación de un proceso de virajes ideológicos que llevó al partido a la crisis más profunda de su historia. Y una crisis que no ha acabado pese a su muerte.

Créditos: AFP.

Fernando Vivas señaló en una crónica sobre García que “el silencio de la muerte impide responder todo lo que quisiéramos saber sobre el suicidio de un personaje colosal” y es cierto. Hay muchas cosas que nunca podremos saber sobre García y el contexto de su suicidio. ¿Cuánto tiempo realmente fue sopesando esa idea? ¿todo su discurso opositor fue solo una farsa que iba a desembocar en ese acto fatal? No lo sabremos porque García no quiso que lo supiéramos.

En su momento, se comparó su suicidio con el de Salvador Allende o el de Getulio Vargas. Se quiso dotar de hidalguía a su acto más cobarde e intentar que el pueblo peruano comprase el cuento de que García no quería perder su dignidad frente a una justicia que no era justicia. Este discurso fue adoptado por los seguidores apristas, pero impuesto por el expresidente en su carta. Se quiso pasar al recuerdo solo lo bueno, se quiso dignificar su vida. Las Metamemorias (2019), una especie de autobiografía, refleja el mismo anhelo por parte de García. Quería ser recordado como un intelectual, se veía siempre en la necesidad de recordarlo, de evidenciarlo pues había quedado desprestigiado tras su paso por Palacio.

Y he ahí la principal diferencia con Haya de la Torre. Haya y su intelectualidad no están en duda, y si bien podríamos acusar su viraje como una traición de facto a los ideales con los que nació su movimiento, su no-llegada al poder restringe nuestro análisis al mero discurso. El APRA no tuvo el privilegio de ver a su fundador en el poder y eso lo exonera de las críticas que sí recibe García. Porque García heredó la representación del fracaso de un partido que nació revolucionario y anti-establishment y acabó siendo presa y cómplice de un establishment con el que era más conveniente conversar pero popular atacar. De Haya tenemos sospechas de cómo habría sido en el poder, de García tenemos pruebas de cómo fue.

Créditos: Melina Mejía.

SAHAP

Escribiendo en memoria de Valentín Paniagua, García retrataba, quizá, la más gráfica representación de lo que fue su segundo gobierno, y lo que más allá de las obras y los discursos, será su legado:

Uno de los efectos más perversos del autoritarismo es la descomposición progresiva de los lazos de confianza y la capacidad de diálogo al interior de la ciudadanía, como consecuencia de la manipulación arbitraria del poder gubernamental (p.126).

No me atrevería a señalarlo directamente como un autoritario, pero sí habría que sopesar que su Gobierno se basaba excesivamente en la consolidación de su figura como estadista, hecho que nos ha dejado constantes secuelas en nuestra ya decaída democracia. Con su gobierno no se inicia la ruptura de los lazos de confianza, ni tampoco la falta de diálogo entre comunidades, pero sí fue un punto clave el que no hiciera nada para remediarlo y se dedicara a aumentar las distancias entre peruanos al constantemente antagonizar a dos grupos.

Créditos: Melina Mejía.

A partir de su suicidio, se ha pretendido reescribir la historia. Se ha buscado reemplazar el recuerdo del Baguazo por el de los hospitales construidos, y frente a escándalos como el de las Petro-obras y los indultos presidenciales, más obras. El Roba, pero hace obras nunca fue patente de García, pero bien podría serlo. Porque básicamente, eso es lo único que se pretende rescatar de toda su obra política. Su lucha contra la anemia y la reducción de la pobreza durante su segundo gobierno no son hechos menores, sin duda. A partir de la pandemia, sin embargo, podemos observar con ojos críticos estos dos hechos dándonos cuenta que en el Perú los pobres meramente son estadística y la clase media parte de un discurso “emprendedor”. No desapareció la pobreza, solamente la maquilló. Realmente, nunca se les buscó dar soporte de nada, porque para García como para quienes lo siguieron en el poder, los pobres no tienen rostro.

Además, por los testimonios alrededor del caso Lavajato, podemos darnos cuenta de la figura imponente que resultaba el expresidente para muchos funcionarios públicos y empresarios. Aún hoy, su fantasma sigue rondando la política y justicia peruana. Es el nombre que nadie se atreve a mencionar, pero al que todos quieren aludir. Antes era el saco de box de todos los políticos que querían “destrozar lo viejo”. Ahora es el nombre de todos los que desean apelar a que la justicia peruana es una desgracia, un sinsentido, y que el accionar de los fiscales en el caso Lavajato responde a una búsqueda de venganza.

García popularizó el complot más absurdo de este siglo, que pretende colocar a IDL-Reporteros, los fiscales y a Vizcarra como un tridente controlado por George Soros para desestabilizar al país. Fue también, quien en algún momento se encargó de popularizar la figura de “la pareja presidencial” en el gobierno de Humala. Fue uno de los responsables de agudizar conflictos sociales en nuestro país que pudieron haberse resuelto si hubiera apelado al diálogo, en lugar de a la ridiculización. Fue el responsable de que la candidatura de Alberto Fujimori se presentara como una opción saludable para nuestra sociedad alicaída. Quien quiera recordar a García de un modo digno, también debería recordar este tipo de sucesos que aún han dejado secuelas en nuestra política.

Créditos: Guadalupe-Pardo-Reuters.

En su momento, se interpretó que su suicidio abriría la puerta a la ansiada resurrección del APRA. Si bien posicionando este acontecimiento en una perspectiva mucho más grande aún es muy pronto para saber qué le depara al partido; nada en el futuro inmediato nos hace pensar que el APRA resucitó. A lo mucho, fue un chispazo, un polvo de estrellas, pero nada más. Lo que reflejó el suicidio de Alan García fue el poco trabajo de las bases apristas para impulsar una renovación generacional, algo que adoleció el partido cuando se presentó a las elecciones congresales de 202011. Reflejó, además, el gran abismo que existía dentro del partido entre quienes reivindicaban a Haya y quienes se mantenían a muerte con García. El APRA ha pretendido, desde aquel abril, mostrarse como una sola fuerza, pero hace mucho tiempo ha dejado de serlo —si es que alguna vez lo fue— y no es tan sencillo fingir como antaño. Y esta no es responsabilidad entera de García, sino de todos los militantes y simpatizantes apristas que con tal de llegar al poder, sacrificaron los ideales con los que nació su partido y los vendieron a su mejor postor por un acceso directo a Palacio de Gobierno.

SEASAP (Solo El APRA Salvará Al Perú) dejó de ser una consigna aprista para volverse un chiste en otras esferas políticas y una ironía en nuestra sociedad. El APRA ya había gobernado en el Perú, dos veces, y en ninguna lo había salvado, muy por el contrario lo había hundido económicamente (en 1985) y socialmente (en 2006). ¿Podría volver a funcionar esa frase? ¿de qué APRA habla hoy un local que normalmente luce vacío y sucio? ¿qué queda hoy de lo que fue el partido político más importante del país? Hoy muy pocos respetan al APRA por su presente, sino por su pasado. Ya no se habla tanto de lo que es, sino de lo que fue. La historia nos dicta sopesar esta como una “larga crisis” de la que podrán salir, el presente nos indica que la crisis terminó con la muerte de García y lo que hoy vemos es una larga agonía. Será responsabilidad enteramente de sus militantes aplicar un correcto cierre y balance a García para proceder a una reconformación.

Recuerdo que en 2016, en el contexto de las elecciones presidenciales, vi una pinta con las siguientes siglas: SAHAP (Solo Alan Hundirá Al Perú). Qué cosa tan dura para decir de un persona que lideró un país dos veces… y qué cosa más cierta.

Reflexiones finales

No gozamos en Perú de grandes presidentes, de figuras que hayan “construido país”, que hayan ayudado a la construcción de una república. García en ese aspecto no se distingue del resto de corruptos, incapaces e idiotas que hemos tenido en el pasado. Su gobierno va a ser recordado como un gobierno de las oportunidades perdidas. García es el gran “y si hubiera” de nuestra historia republicana. Pero también es el último espécimen de una clase política que empezó a desvanecerse tras el escándalo Lavajato.

En estos momentos, añoramos a esos palabreros, tribuneros, dueños de la moral que no resolvieron nunca los males de nuestro país sino nos regalaron grandes discursos llenos de promesas vacías. Esos palabreros que en algún momento fueron los destinatarios del “que se vayan todos”, el grito más indignado de la sociedad del siglo XXI. Que el presente sea tan oscuro no puede obligarnos a idealizar un pasado poco brillante, que al fin y al cabo fue el que nos llevó a la situación en la que nos encontramos ahora.

García pretendió separarse de sus contemporáneos y ponerle el punto final a su historia, con una bala. Decidió salvarse muriendo, más o menos consciente que con vida, no podría afrontar las acusaciones que seguían apareciendo en su contra. Quiso morir inocente.

Da la sensación que iba a caer por algún lado, que estábamos viendo sus últimos minutos con impunidad. Su accionar, por más aislado y desesperado que nos parezca, se inserta dentro de su personalidad y dentro del comportamiento evasivo de su generación. Tendríamos que darnos cuenta que con su suicidio, García le arrebató un apropiado cierre a un capítulo importante de nuestra más reciente historia. Su muerte probablemente tenga que seguir siendo analizada desde múltiples aristas. Pero su vida no puede seguir siendo interpretada con la inocencia que hoy se le pretende dar. Como ciudadanía, tenemos que insertar estos acontecimientos dentro de una perspectiva más grande llamada “Historia” y darnos cuenta que si bien Alan García es el representante más brillante de su generación, hasta la basura brilla cuando el sol la apunta.


[1] Esta figura, si bien no es autoría de García, sí fue popularizada por él cuando regresó al país a ejercer una curiosa oposición al Presidente Martín Vizcarra. Mencionamos curiosa porque su oposición se dio en el marco de las acusaciones que afrentaba por corrupción, y la lucha anticorrupción que había declarado Vizcarra como eje central de su gobierno. Me imagino que García se dio por aludido y salió a responder.

[2] Hacer énfasis en democrático no es un detalle menor en Perú, donde las dictaduras (ya sea civiles o militares) no son periódico de ayer.

[3] “La personalidad y la obra de Valentín Paniagua” en Homenaje a Valentín Paniagua Corazao (2010). Pontificia Universidad Católica de Perú, pp. 124-129.

[4] https://www.youtube.com/watch?v=MNP1V5zyCl8.

[5] Haciendo referencia directa a que él garantizaría una estabilidad política para el empresariado.

[6] https://newsfeed.time.com/2011/06/29/the-president-of-perus-parting-gift-a-controversial-statue-of-jesus/

[7] La versión más difundida de la anécdota dicta que un buen día, un ya trajinado Víctor Raúl Haya de la Torre y el poeta Juan Gonzalo Rose se encontraron en un evento social. «¡Usted fue aprista!», le recordó Haya de la Torre. «¡Usted también!», le respondió Rose.

[8] Como bien sopesa Nelson Manrique (2008), el poeta “sufrió persecución, cárcel y exilio en su juventud por su militancia aprista y después terminó apartándose del partido, como muchos otros intelectuales en los años cincuenta, debido a los virajes ideológicos” del partido al que alguna vez perteneció.

[9] Con ciertos lenguaje rimbombante y un exceso del yoísmo, García ofreció en 2018 una conferencia sobre Donald Trump en la que demostraba mayor comprensión de la figura del presidente estadounidense que muchos analistas en Latinoamérica. (https://www.youtube.com/watch?v=7EoGJfGuChc)

[10] Es necesario mencionar que Haya de la Torre luego diría que esta afirmación no circunscribía la acción del APRA a un solo campo. Es decir, al oponerse y combatir al imperialismo yanqui, no hacía referencia solo al imperialismo yanqui, sino que combatía a todos los imperialismos. Declaración antojadiza y comodona, en fin; aprista.

[11]  En dichas elecciones, el APRA recibió 402,330 votos obteniendo el 2,72% a nivel nacional. Estos datos pueden ser consultados y verificados en: http://resultadoshistorico.onpe.gob.pe/PRECE2020/EleccionesCongresales/GenRl.

Sobre el autor:

Diego Abanto Delgado es estudiante de Filosofía en la universidad Antonio Ruiz de Montoya y director de la revista Poliantea.

Midsommar: thriller etnográfico y parábola del fascismo

Este artículo del historiador y ensayista argentino Federico Mare es un adelanto de la nueva edición de Poliantea, cuyo índice ya puedes encontrar aquí y cuyo contenido podrás leer a partir del 10 de julio.

A mi hija, por tantas noches compartidas de cinefilia

Este texto responde a una convicción muy elemental, aunque no por ello superflua: la crítica de cine sigue siendo legítima y necesaria aun cuando, como en el caso que aquí nos ocupa, haya transcurrido bastante tiempo desde el estreno de la película que suscita nuestra admiración o interés. Que a la industria cultural, con su codicia y cortoplacismo filisteos a cuestas, le resulten absurdas o inútiles las opiniones diferidas sobre las obras de arte, poco debiera importarnos. Vi Midsommar casi un año después de su lanzamiento, es cierto. Pero aquí no se trata de maximizar las ventas y ganancias empresariales, sino de cultivar el pensamiento crítico respecto al cine, una de las manifestaciones más relevantes de la cultura contemporánea.

Lo que sigue, de cualquier modo, no es, estrictamente hablando, una reseña cinematográfica, sino un extenso ensayo de análisis y reflexión a lo Žižek, que aborda una serie de cuestiones artísticas, aspectos antropológicos, dilemas éticos e implicaciones político-ideológicas: el folk horror, la influencia del clásico The Wicker Man, el folclore escandinavo, el neopaganismo nórdico, el choque de culturas, el multiculturalismo, el relativismo cultural, el neonazismo, el ecofascismo…

Otra advertencia preliminar: quienes no hayan visto Midsommar, sepan que este texto contiene spoilers (el que avisa no traiciona). Aun así, cabe preguntarse: ¿no pueden ser los spoilers, también, cuando se enmarcan en una interpretación y reflexión mucho más amplias que la trama en sí, un estímulo para decidirse a ver una película que tal vez, de otro modo, nunca se la habría de ver, o siquiera conocer? La crítica de cine debiera animarse a revisar ciertos tabúes vinculados a la aceptación naturalizada, acrítica, de su rol dentro del mercado capitalista y la sociedad del espectáculo, a saber: el rol de promotora de películas en estreno. Nótese el oxímoron: ¿cómo puede ser acrítica la crítica de cine?

Acerca del folk horror

Una o más personas citadinas que, por alguna razón, van a parar a un pueblo remoto, aislado de la «civilización», perdido en el tiempo. La gente vive allí, se presume, en una bucólica perfección: tranquilidad, sencillez, cohesión comunitaria, tradiciones ancestrales vigorosas, fervor religioso… Podemos también añadir al inventario de virtudes campesinas –aunque no siempre– la cordialidad y hospitalidad con quienes recién llegan de la lejana ciudad, cual extraterrestres que aterrizan a bordo de un ovni. Pero este aparente locus amoenus, esta supuesta Arcadia, deviene poco a poco pesadilla, en un crescendo de misterio y suspenso que, como si se tratara de un descenso al infierno, va desde lo inquietante hasta lo aberrante; desde el indicio de peligro que perturba, hasta el frenesí de repulsión que atemoriza o abruma. Midsommar (2019), de Ari Aster –el director de Hereditary (2018)–, se inscribe en este subgénero cinematográfico, al que ha renovado con un virtuosismo estético inusual, atípico para sus estándares, que se permite incluso la extravagancia y el desenfado retro de recrear, en pleno siglo XXI, el Technicolor del viejo Hollywood. ¡Technicolor para un film macabro! Sí, como el Giallo de Dario Argento…

Folk horror: así se lo suele denominar en el mundillo de la cinefilia. El propio Aster, de hecho, usó el rótulo hace dos años para definir su Midsommar. “Es folk horror escandinavo”, declaró sin titubeos en una entrevista para The Hollywood Reporter, cuando su segundo largometraje todavía estaba en preproducción.

Pero folk horror no es, a mi modo de ver, una etiqueta del todo feliz. No pongo en tela de juicio la pertinencia del término folk (me parece legítima, y, de hecho, acertada). El problema radica en la segunda palabra. Porque horror, que no es exactamente –dicho sea de paso– lo mismo que terror, denota o connota una malignidad no solo repugnante, repulsiva, sino también –como lo explicó Lovecraft– de carácter sobrenatural y pavoroso, atributos estos dos últimos que muchas películas de culto adscritas al subgénero no poseen. Films clásicos o emblemáticos de «horror rural» como The Wicker Man (1973), de Robin Hardy, o Apóstol (2018), de Gareth Evans, aunque macabros y capaces de producir miedo, no llegan al umbral de intensidad del espanto, toda vez que postulan una maldad que no es paranormal, una perversidad puramente natural, humana, mundana.

Esto se aplica también a Midsommar. La película de Aster inquieta y atemoriza, pero no aterroriza. Sin embargo, como vamos a constatar, eso no la vuelve un producto fallido, un fracaso cinematográfico. Simplemente no fue esa la elección que quiso plasmar el director, y nada de malo hay en ello.

Sinopsis 2D

¿De qué trata Midsommar? El crítico de cine argentino Juan Pablo Cinelli lo resumió muy bien en “Midsommar: terror a pleno sol”, su reseña para el diario Página/12. Digo que muy bien porque su síntesis logra integrar y homologar dos planos: estética y relato, forma y contenido. Dice así:

“Como la ilustración que se muestra al inicio de la película, Midsommar está organizada como un doble recorrido que va de la oscuridad hacia la luz. En el plano estético, la historia comienza en lo más crudo del invierno boreal, de días grises y nieves cegadoras, para desarrollarse y cerrar en el verano escandinavo, de jornadas diáfanas y sol de medianoche. El mismo tránsito se da en términos narrativos. Dani, una estudiante universitaria [que vive en la ciudad de Nueva York], se entera en los primeros cinco minutos de que en la otra punta del país [Minnesota] su hermana depresiva finalmente consiguió matarse, pero en el mismo acto también asesinó a sus padres. La pérdida de la familia como soporte emocional y su posible reconstrucción son dos de los pilares que vertebran el relato. Lo monstruoso surgiendo de las entrañas de esos mismos núcleos primordiales es otro.

Dani está de novia con Christian y en él se apoya para evitar sentirse sola. Pero el vínculo no es ni profundo ni sólido y será la mala noticia la que lo sostenga por la fuerza. Meses después, en pleno duelo y de forma inconsulta, Christian decide viajar a Suecia con un grupo de compañeros que tampoco sienten simpatía por ella. Dani no forma parte del plan y será la culpa la que obligue a Christian a invitarla. Y allá irán todos a Suecia a visitar la aldea de uno de ellos, donde se celebrará un tradicional rito de fecundidad durante el solsticio de verano. Si desde lo dramático la tragedia ilustra el lado sombrío de la vida, ahí comienza un recorrido vital de tránsito hacia la luz.

La llegada a esa comunidad de ensueño que parece conectar con lo esencial del acto de vivir se abre como espacio ideal para que Dani cierre el duelo. El rito ancestral para atraer la fertilidad (de la tierra y de los vientres) se afirma como antítesis de la muerte. Ese marco representa para la protagonista la perspectiva de un núcleo familiar que le permita llenar el vacío de la pérdida. Las costumbres del lugar fascinan a los visitantes del mismo modo en que lo exótico comienza de a poco a dar muestras de un carácter funesto. La ambigüedad no tarda en surgir y todo ocurre de forma ominosa, como el gesto de aquel sol que iluminaba el extremo derecho del dibujo inicial”.

Quienes no hayan visto aún Midsommar, pueden tener en esta sagaz sinopsis de Cinelli una buena panorámica. Con este pertrecho, ya podemos adentrarnos en nuestro camino de análisis y reflexión.

Un thriller etnográfico

Midsommar, igual que The Wicker Man (en la cual está inspirada, como el propio director y guionista reconoció), resulta ser, por su atmósfera y emotividad, un thriller más que una película de horror o terror. Un thriller de misterio, con elementos macabros del gore, pero thriller al fin. Un thriller psicológico también, por momentos. Aunque creo que hay otro rótulo que le va mejor: thriller etnográfico. Thriller etnográfico por la centralidad y omnipresencia que tiene, en su trama, el tópico de la alteridad cultural, del choque cultural; y por la minuciosidad con que esa alteridad, ese choque, son descritos, explicados y comprendidos.

Tal densidad antropológica está, de hecho, asumida explícitamente en el propio relato. Entre la juventud urbanita procedente de Estados Unidos, de la cosmopolita y posmoderna Nueva York, hay dos estudiantes de antropología que van a escribir sus tesis sobre la peculiar colectividad anfitriona: la enigmática secta Hårga, una comuna rural ficticia de la provincia de Helsingia –en el norte boscoso de Suecia– que se ha tomado muy en serio, a pecho, radicalmente, el credo del Ásatrú, el neopaganismo nórdico.

En Midsommar, como en The Wicker Man, lo ominoso nada tiene que ver con los lugares comunes del género gótico: la oscuridad de la noche, un viejo castillo o mansión señorial, la furia de una tormenta, la soledad inquietante del bosque y la nieve, un mal espectral o monstruoso, la magia negra, una maldición ancestral, el pacto diabólico, etc. Las escenas transcurren mayormente a plena luz del día, bajo un sol radiante y al aire libre, entre paisajes coloridos, sin demonios ni fantasmas, sin tampoco una arquitectura tétrica que produzca claustrofobia… Lo ominoso, en ellas, es una cultura-otra.

Ambas películas están edificadas sobre la premisa retórica de la hipérbole, de la exageración. Las dos construyen lo macabro-maligno a partir del artilugio de llevar hasta sus últimas consecuencias lógicas el proyecto cultural del neopaganismo –germánico en un caso, céltico en el otro–. Si las creencias del politeísmo ancestral son asumidas como una verdad sagrada y una regla de vida, si sus ritos son la manifestación de esa verdad y regla, si este entramado simbólico de antaño merece ser hoy recuperado y actuado, ¿por qué habríamos de hacer excepciones arbitrarias, salvedades incoherentes, recortes anacrónicos? ¿Por qué habríamos de excluir los sacrificios humanos y otras prácticas que resultan aberrantes –moralmente inaceptables– desde la perspectiva etic (externa) de nuestra cosmovisión moderna, pero legítimas –moralmente aceptables– desde la perspectiva emic (interna) de quienes forman parte de la comunidad neopagana?

Lord Summerisle (Cristopher Lee) y el hombre de mimbre atrás suyo en una escena de The Wicker Man (1978). Créditos: British Lion Films.

Hablemos primero de The Wicker Man. La secta de Summerisle, una isla ficticia al oeste de Escocia, profesa una religión neocelta sustentada en un curioso sincretismo entre, por un lado, el moderno librepensamiento anticristiano de Lord Summerisle (Christopher Lee) y sus antepasados, y, por otro, ciertas supervivencias precristianas del folclore británico. El bien y el mal son aquí retratados con suma ambigüedad moral. No hay, estrictamente hablando, ninguna demonización del neopaganismo; y además, el cristianismo es blanco recurrente de burlas y críticas mordaces. La empatía antropológica con la alteridad alcanza cotas muy altas, como se evidencia en el regodeo casi romántico con que son retratadas las fiestas mayas de la Gran Bretaña rural más profunda: el maypole, la danza Morris, los mummers, la Reina de Mayo, etc. El macabro desenlace de la película, con su arcaísmo del hombre de mimbre (un ritual de sacrificios animales y humanos presuntamente practicado por los antiguos druidas), introduce sombras al cuadro del neopaganismo céltico, es cierto. Pero sin oscurecerlo del todo. La sensación final es, más bien, la del claroscuro, la ambivalencia.

En Midsommar, la mirada etnográfica no es menos ambiciosa, ni menos incisiva. Aster consultó abundante bibliografía erudita (historia, antropología, mitología, arte, runología, etc.), visitó varios museos folclóricos y sitios históricos de Suecia, asistió a festejos tradicionales del solsticio estival, y observó obras arquitectónicas y antiguos murales in situ. Asimismo, trabajó estrechamente con especialistas y profesionales que residen en Estocolmo: búsqueda de locaciones, diseño de decorados y vestuario, asesoramiento histórico-antropológico, etc. El rodaje ex situ en Hungría se debió solamente a los onerosos costos de Escandinavia, inalcanzables para la realidad presupuestaria del cine independiente.

Ari Aster en el set de “Midsommar”. Créditos: The Playlist.

En un reportaje con el New York Times, Aster se explayó sobre sus inquietudes antropológicas. Refiriéndose a Hereditary y Midsommar, puntualizó: “ambos films son sobre el tribalismo” (sobre el comunitarismo, quizá debió decir). “Y es difícil imaginar que se hagan meta-afirmaciones sobre las familias sin pensar en la gente como animales tribales”, vale decir –podría añadirse a lo que dice Aster– como seres gregarios inmersos en una cultura, la cual opera –parafraseando a Aristóteles– como una «segunda naturaleza» (deutera physis). “Y un culto, sea o no eso lo que tratamos en Midsommar, es una metáfora bastante fuerte para eso”.

El reconstruccionismo pagano que tematiza Midsommar no es el céltico, como ya indicamos, sino el germánico, en su variante nórdica, escandinava. Aquí el foco no está puesto en la festividad mayal de primavera, sino en la celebración ulterior del solsticio de verano, a fines de junio; celebración que en Suecia, país donde goza de especial arraigo y popularidad, recibe el nombre de Midsommar (de ahí el título del film). Primigeniamente una festividad pagana asociada al culto solar, luego se sincretizó con el cristianismo, con la Víspera y Fiesta de San Juan. Su repertorio es extenso: ropas típicas, juegos y entretenimientos inmemoriales, danzas y canciones folclóricas como Små grodorna, cerveza a granel, etc. Cory Stieg, en una nota periodística titulada “What Midsommar Gets Wrong About The Pagan Holiday”, ofrece una buena síntesis informativa. Salió publicada en Refinery 29 hace un año.

En Suecia, probablemente más que en cualquier otro país de la Europa septentrional, el Midsommar es, sigue siendo, toda una tradición nacional. Por supuesto que esa tradición, como tantas otras, resulta menos ancestral de lo que se dice y asume, puesto que tiene mucho de inventado o imaginado –permítaseme parafrasear a Eric Hobsbawm y Benedict Anderson– por el nacionalismo romántico decimonónico, y ulteriormente por la cultura de masas de Posguerra. El negocio del turismo también ha coadyuvado ampliamente a su folclorización. Pero todo eso es harina de otro costal…

Dentro de la película nos topamos también, de nuevo, con las tradiciones del palo de mayo (majstång, en sueco) y la reina maya, otro homenaje a The Wicker Man. En toda esta temática folclórica sobrevuela La rama dorada de James George Frazer, obra ineludible de la antropología comparada de la religión, cuya circulación e impacto han rebasado ampliamente los límites de la erudición científica y académica, para convertirse en parte viva del imaginario cultural de Occidente. Aster mismo habló de esa influencia en una entrevista con The New York Times. Caracterizó el libro de Frazer como “un tesoro de percepciones agudas sobre las tradiciones precristianas”. En ese mismo reportaje, Aster aclaró que sus pesquisas sobre la festividad del solsticio de verano no se redujeron a Escandinavia, y que también abarcaron a Gran Bretaña y Alemania.

Existen empero –hago aquí una digresión– algunas diferencias significativas entre Midsommar y The Wicker Man. Paula Vázquez Prieto, crítica de cine perspicaz, las explicó muy bien en “Se estrena Midsommar, el terror según Ari Aster”, su magistral reseña para Radar –el suplemento cultural del periódico argentino Página/12– publicada en octubre del año pasado.

“Midsommar reescribe abiertamente una de las películas de culto del cine inglés de los 70: The Wicker Man (1973), dirigida por Robin Hardy. Aquella también comienza con una ceremonia: un devoto y célibe oficial de policía recita sus deberes y compromisos con la fe cristiana. Sin embargo, esa aparente armonía se altera cuando un extraño mensaje anónimo asegura que una joven ha desaparecido en Summerisle, una pequeña isla en la costa oeste de Escocia. El viaje del sargento Howie hacia la isla será el despertar para las creencias que allí anidan, potente revés de las enseñanzas de orden y la austeridad de su educación religiosa. Aster se apropia del choque cultural que esgrime The Wicker Man desde la clave del horror folk para construir un camino inverso: todo lo que repelía a Howie de ese culto febril y dionisíaco es lo que atrae a Dani, lo que la envuelve como la tela de una araña a su presa y la cobija de una irremediable orfandad. Todos los personajes de Aster, tanto en El legado del diablo como en Midsommar, están a merced de un mundo cuyo sentido está a simple vista pero resulta incomprensible. Su tragedia no es nunca la presencia de lo desconocido sino la opacidad de aquello que se encuentra frente a sus ojos”.

Pero ahí no se agota la comparativa. Vázquez Prieto tiene más cosas interesantes para decirnos, y sería una pena no extendernos en la cita:

“A diferencia de The Wicker Man, donde el policía que llega a la pequeña isla de Summerisle investiga la verdad tras una desaparición, aquí es el contacto con lo misterioso de ese ancestral culto pagano lo que preside la entrada de los extranjeros. No hay nada que ir a buscar, todo está preparado para el encuentro. Y ese encuentro con lo ajeno e incomprensible en el terreno cultural permite combinar la tradición del horror, en la que la disputa entre lo atávico y lo moderno siempre se pone en juego, con un escenario más cotidiano, capaz de explorar las conflictivas fronteras entre lo propio y lo impropio con tanta desconfianza como fascinación”.

Podemos destacar otra diferencia: en The Wicker Man, el detective policial Neil Howie es pésimamente tratado por la población de Sommerisle cuando arriba a la ínsula, mientras que en Midsommar la comitiva procedente de Brooklyn recibe, al llegar a su destino rural en Helsingia, una cálida bienvenida por parte de lxs lugareñxs. En lo que no difieren es en esto: cierta apariencia o sensación hippie al principio (consumo de alucinógenos, libertad sexual, naturismo, flores por doquier, comunalismo, etc.), que se va diluyendo a medida que la trama se desenvuelve y el neopaganismo copa la escena.

Festividad del Valborg en Suecia. Créditos: Henrik Trygg / Visit Stockholm.

Retomemos nuestro hilo conductor. Entre las tradiciones nórdicas que Midsommar recupera y ficcionaliza están la festividad del Valborg, la Noche de Walpurgis, con su banquete y brindis, bailes y fogata. Sumemos a la lista el Hälsingehambon, una danza típica sueca originaria de Helsingia. Al compás de la música, las jóvenes de Hårga y Dani, vestidas de blanco impoluto y coronadas de flores multicolores, bailan jovial y maratónicamente en ronda alrededor del palo de mayo. La ingesta de un brebaje narcótico y el frenesí de la danza las hacen entrar en un estado de trance. Durante el transcurso de este juego-ceremonia, van resultando poco a poco descartadas las distintas concursantes –por extenuarse o chocarse– hasta que queda una sola, que es aclamada reina mayal y recibe una ofrenda floral.

En la película, la música que anima la danza del Hälsingehambon es nada menos que la «Canción de Hårga» (Hårgalåten). Se trata de una canción muy antigua y conocida del folclore sueco. La letra narra una leyenda: la historia de un demonio que, haciéndose pasar por un flautista, visitó Hårga (hay en el norte de Suecia un paraje que se llama así, igual que la comuna ficticia del film) y hechizó con su música a la juventud, haciéndola bailar hasta su muerte y perdición. Elena Nicolaou, en su artículo para Refinery 29 “How Midsommar’s May Queen Scene Connects To A Real Swedish Legend”, da más precisiones, igual que Angelica Florio en “Is Hårga A Real Village? Midsommar Turns Swedish Traditions Into Waking Nightmares”, publicada por Bustle.

Los peculiarísimos murales de la cabaña donde anfitriones y huéspedes pernoctan, así como la pintura que aparece al inicio del largometraje, son también un tributo al folclore sueco. Esta iconografía exuberante y vigorosa, colorida y luminosa, llena de simbolismo y misterio, pletórica de resonancias mítico-religiosas, emula la que aún hoy puede apreciarse en el interior de varias granjas antiguas de Helsingia (siglos XVIII y XIX) que han sido declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, o bien, en el tapiz medieval de Skog que se exhibe dentro del Museo de Historia Sueca de Estocolmo. Midsommar está saturada de arte escandinavo, de imaginería nórdica, como el propio Henrik Svensson –el sueco encargado del diseño de producción del film– reconoció al medio digital Thrillist poco después del estreno.

Otra tradición cultural nórdica que Midsommar recrea con profusión son las runas: el alfabeto rúnico (futhark), las piedras rúnicas, la magia rúnica, los arcanos rúnicos, la sabiduría rúnica… También ocupan un lugar central los ritos de fertilidad en honor a la diosa Freyja y su hermano Frey, estrechamente asociados a la reproducción biológica y la producción económica, al ciclo de las estaciones y el calendario agropecuario, a la cosecha/fecundación de los rebaños y la sexualidad orgiástica, a la subsistencia y perpetuación de la comunidad… “En Midsommar –escribe Vázquez Prieto– las ceremonias concentran una mayor extrañeza” que en Hereditary, la ópera prima de Aster: “son los símbolos de una cultura ajena para los cuatro jóvenes de Nueva York que viajan a disfrutar de una experiencia exultante y renovadora. Allí, en los bosques de una Suecia misteriosa, se esconden celebraciones ancestrales que preservan el origen, mantienen el linaje, agradecen la supervivencia. Esa forma de representación”, concluye la reseñista de Página/12, “es la que Aster cultiva con paciencia en sus ficciones”. Una imago mundi cinematográfica “modelada en ritmos circulares y repetitivos, cuya ominosa apariencia emerge ante la vista fascinada de testigos y participantes”.

Hay, asimismo, una alusión a las leyendas sobre los berserker, aquellos guerreros envueltos con piel de oso que mencionan las sagas medievales. Estos rescates históricos distan de ser rigurosos, exactos. “Obviamente nos tomamos grandes libertades con las cosas que fuimos extrayendo” del folclore o pasado escandinavos, reconoció Aster en una entrevista con The Ringer. Así, por citar un ejemplo, el berserk, el hombre osuno de la tradición nórdica, ya no es, para la secta Hårga, un guerrero solitario en trance que arremete temeraria y ferozmente contra las filas enemigas, sino la víctima de una ceremonia sacrificial.

Puede leerse en Internet un estupendo artículo que, con bastante detalle, da cuenta de todo este fértil sustrato folclórico de la película, a la vez que identifica sus licencias artísticas: “How Midsommar Turned Tradition and Folklore Into Nightmare Fuel”, de Kate Knibbs. El texto fue publicado en The Ringer, con motivo del lanzamiento de la película.

Otro artículo en la misma línea es “Midsommar’ Mythology Explained: Separating Folklore Fact from Fiction”, de Dave Trumbore, publicado por Collider. Su lectura no tiene desperdicio. Hacia el final, Trumbore señala: “Midsommar toma muchos de estos aspectos celebratorios y románticos del festival, aunque Aster obviamente les da una impronta perversa a todos ellos”. Y acota: “Lo mismo se aplica a todo el folklore pagano tradicional al que echó mano para aportar un toque de familiaridad y fundamento al horror ritual que padece un grupo de estadounidenses descarriadxs”. El autor finaliza su disquisición con un pronóstico: “esta es una película que será analizada durante años y años”. Concuerdo con él. De hecho, puede decirse que el presente ensayo, escrito casi un año después del estreno, abona su predicción.

Choque de culturas, relativismo cultural y riesgos del multiculturalismo

Midsommar alterna o yuxtapone en pie de igualdad lo etic y lo emic, elevándose hasta el extremo de lucidez del relativismo cultural. Todo es ambiguo, susceptible de dos interpretaciones opuestas: la autóctona y la alóctona, la local y la foránea. Nada resulta categóricamente elogiable o censurable. Quienes ven el largometraje sienten, sin lugar a dudas, una repulsa intensa y espontánea hacia ciertas creencias y costumbres de la comunidad Hårga. Pero al mismo tiempo se dan cuenta (la película parece haber sido premeditadamente diseñada para lograr ese efecto) que su reacción es más visceral que intelectual, más emotiva que razonada. Se percatan de que cualquier enjuiciamiento express sustentado en valores propios de la ética contemporánea traicionaría, ipso facto, el designio restaurador del neopaganismo. Una extrapolación de criterios semejante supondría ignorar groseramente, beociamente, el principio fundante mismo de la ciencia antropológica: la relatividad de las culturas.

Tal sensación de zozobra axiológica, de crisis en los valores morales o éticos que sostenemos como criaturas de la modernidad ilustrada, constituye un aspecto medular de la experiencia estética que nos propone Aster; experiencia estética que podemos resumir con estas palabras: incomodidad agobiante y perturbadora. Midsommar no se limita a mostrarnos la cara más terrible de la otredad cultural. También nos recuerda que esa cara solo es absurda o aberrante si se la mira desde nuestra particular perspectiva. Porque si se la evalúa desde el punto de vista-otro, resulta muy comprensible, totalmente lógica. Recordar la relatividad de nuestra cultura, de nuestra cosmovisión, de nuestra ética, también es algo que puede inquietarnos y asustarnos.

Pobladores de Hårga en una escena de Midsommar. Créditos: A24.

En la entrevista al NY Times, Aster hizo un comentario revelador: “No quise que la gente de Hårga fuese fácilmente desestimada como villanos malvados y anómicos”, de acuerdo a lo que prescribe el estereotipo del horror tribal o ritual clásicos. “Quería que estuvieran ligados a algo real”, inmersos en una cultura significativa, dotada de sentido. “Y en última instancia, esas personas están mucho más conectadas entre sí, y con el mundo donde viven, que los visitantes, que se encuentran atrapados”. Creo no equivocarme si afirmo que este esmero etnográfico de Aster tuvo que ver no solo con pruritos intelectuales y políticos, sino también con la decisión estética –muy acertada– de potenciar el efecto perturbador de las escenas macabras.

Insisto: Midsommar es un film con sed antropológica. Una sed que intenta saciar abrevando en las aguas de la descripción densa a lo Geertz, el choque de culturas, el relativismo cultural y las aporías éticas. Buena parte de su encanto radica en eso. Pero, al fin de cuentas, no deja de ser un thriller, un thriller que coquetea con el gore. Y eso propicia una acentuación extrema, unilateral, de aquellos aspectos de la otredad que, para nuestra concepción secularizada del mundo, resultan más oscuros o perturbadores: el senicidio ceremonial desde la Ättestupa, la transgresión del incesto para engendrar al vidente de la secta Hårga, el sacrificio ritual de animales y personas (blót), el cruento método de tortura y ejecución del bloðorn o «águila de sangre»(tan popularizado por la serie Vikings), los espeluznantes pantalones nábrók usados como talismán (confeccionados, según una leyenda islandesa del siglo XVII, con la piel desollada de las piernas y caderas de un hombre muerto), la pena de muerte por profanación (Mark es asesinado por orinar en un árbol sagrado, sin saber que lo era), etc.

Que esa alteridad étnica tenga mucho de anacrónico, legendario o novelado, no modifica sustancialmente el cuadro. En el varias veces citado reportaje con el NY Times, Aster comenta risueñamente que la festividad sueca actual del Midsommar –a la cual asistió cuando escribía el guion– “es una tradición bastante inofensiva” en el mundo real. “Hay un palo de mayo, respecto al cual los suecos gustan hacer bromas que aluden a su simbolismo fálico, porque de hecho lo tiene”. Se trata, pues, de una etnografía inventada, ficcionalizada a partir de algunos elementos auténticos –actuales o pretéritos, documentados o legendarios, propiamente suecos o de otras culturas germánicas– en vistas a plasmar aquello que el cineasta definió como Scandinavian folk horror. No obstante, el interrogante-problema que plantea acerca de la alteridad cultural sigue en pie, acuciándonos. No solo sigue en pie: la ficción hiperbólica le permite alcanzar, incluso, una mayor nitidez y contundencia.

Vayamos al meollo. En otras películas de horror tribal o ritual, ese sesgo macabro, ese énfasis puesto en lo siniestro, fácilmente degeneró en racismo y eurocentrismo, o al menos provocó que hubiera justificadas sospechas y acusaciones en tal sentido: King-Kong, White Zombie, Holocausto caníbal, Apocalypto… En estos films, la posibilidad de que la ficción, a través de la hipérbole, se convirtiera en un eficaz medio para estimular la reflexión ético-política sobre los problemas y desafíos que plantea la multiculturalidad –sus dificultades teóricas y riesgos prácticos, su compleja y a veces conflictiva relación con los derechos humanos– se vio obturada por la corrección política. Pero en Midsommar, Aster sorteó este escollo, al ambientar el ominoso choque cultural no en una selva tropical del «Tercer Mundo» (Amazonas, Yucatán, Congo, Malasia, Indochina, Polinesia, etc.), sino en una pradera del norte de Europa, en el corazón de Escandinavia, entre gente muy blanca, alta, rubia y de ojos claros. Toda impugnación por racismo o eurocentrismo queda así neutralizada, al mismo tiempo que subsiste la oportunidad de problematizar filosóficamente, críticamente, políticamente, la multiculturalidad.

Si este logro fue premeditado o casual, no lo sabemos bien. Mi intuición es que no se trató de algo totalmente fortuito. Si bien es cierto que el director, en un reportaje con Los Angeles Times, aseveró que “Midsommar es el intento de filmar la historia de una separación [de pareja] como si fuera una ópera”, nada impide pensar que el largometraje no se reduce a esa parábola, y que también esconde otros significados. De hecho, como tendremos oportunidad de comprobar en el próximo apartado, el propio Aster y uno de sus colaboradores suecos han reconocido que la película posee un mensaje político entre líneas, muy ligado a la cuestión del choque de culturas. Pero aun cuando Aster lo hubiera desmentido rotundamente, y hubiese afirmado que no tuvo más propósito in mente que metaforizar los avatares y las dificultades de una desvinculación amorosa, quedaría en pie la posibilidad de que el público y la crítica interpreten el relato a su modo, libremente, como sucede siempre con las obras de arte.

Lo que está claro es que, si Midsommar transcurriera fuera del mundo occidental, en una comunidad indígena de América, África, Asia u Oceanía, las suspicacias por racismo y eurocentrismo malograrían la chance de repensar el multiculturalismo a la luz de ejemplos menos complacientes, menos romantizados que aquellos con los cuales suele ser pensado. No ya la diversidad de idiomas, estilos musicales, tradiciones artesanales o gustos culinarios, sino la existencia de prácticas sociales que, al entrar en conflicto con los derechos humanos, nos ponen frente a un dilema ético. ¿Toda alteridad cultural debe ser admitida, aceptada, además de ser comprendida? ¿Hasta dónde estamos dispuestxs a llegar en nuestro multiculturalismo?

Midsommar plantea un caso ficticio demasiado extremo, sin duda: una comunidad neopagana de Escandinavia que practica el senicidio y los sacrificios humanos en pleno siglo XXI. “Si puedes conservar algo de objetividad”, ese derroche de violencia “resulta un tanto gracioso por la catarsis con que se juega”, declaró Aster en la ya citada entrevista con el NY Daily News. “Pienso que hay algo de humor en cuán salvajemente desmesurado se permite ser el film”. Pero este extremismo grotesco, me atrevo a decir, precisamente sirve para visibilizar con más claridad, con más elocuencia, cuán problemática puede llegar a ser, en ocasiones, la cultura-otra cuando no se la ve con ojos maravillados e indulgentes de turista en busca de «exotismo» idealizado.

El neopaganismo nórdico de Midsommar es un caso ficcional y límite, estamos de acuerdo. Pero precisamente es esta reducción al absurdo lo que, al poner el dedo en la llaga, despeja el terreno para la toma de conciencia y la reflexión crítica. Conseguido eso, se puede aplicar la misma lógica a otros ejemplos nada fantasiosos, como la lapidación de mujeres «adúlteras» o lesbianas en algunos países islámicos, la persecución y matanza de personas albinas –bajo el supuesto de que están poseídas por demonios– en Tanzania, la violencia supremacista blanca en el sur de Estados Unidos (Ku Klux Klan y grupos afines) sustentada en las narrativas de la Lost Cause y el ideologema de la maldición y marca de Caín, el activismo neonazi que insiste con su frondosa mitología de la «raza ario-nórdica superior» (volveremos luego una vez más sobre este asunto), o el belicoso expansionismo israelí que busca legitimarse en las leyendas davídico-salomónicas y una arqueología bíblica pro domo de nulo rigor científico.

No hay violaciones a los derechos humanos que se produzcan en un contexto de vacío cultural, sin semiosis. Siempre hay un sentido, una significación, un porqué (creencias, valores, mitos, tradiciones, etc.) detrás de ellas, tanto si hablamos de una tribu paleolítica como de una nación moderna. Así como las civilizaciones mesoamericanas prehispánicas tuvieron sus sofisticadas razones ideológicas para practicar los sacrificios rituales y el canibalismo con sus prisioneros de guerra (mito ancestral del Nahui Olin o Quinto Sol), los Estados Unidos también las tuvieron para llevar adelante una guerra de exterminio contra los pueblos originarios del Lejano Oeste, apoderarse de medio México y apañar sangrientas dictaduras militares en América Latina (doctrina del Manifest Destiny). Lo mismo cabe decir de las Cruzadas, la Inquisición española, la caza de brujas, el genocidio armenio, los gulags estalinistas, etc. Nada de todo eso aconteció por fuera de la cultura.

Podemos –y debemos– comprender toda esa complejidad subyacente, pero no tenemos por qué avalarla. Las tradiciones ancestrales no son un cheque en blanco. No puede justificárselo todo en nombre de la antigüedad o significatividad. La esclavitud y la tortura se remontan a tiempos muy antiguos, pero no por eso son aceptables. La «solución final» al «problema judío» y el bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki fueron muy significativas para el Tercer Reich y los Estados Unidos, pero tampoco por eso son aceptables. Desarrollé mejor esta reflexión en “Multiculturalismo, laicidad y derechos humanos”, un ensayo publicado por Europa Laica allá por enero de 2015.

El mérito de Midsommar es, pues, poner sobre el tapete los riesgos del multiculturalismo y el tradicionalismo, esquivando la crítica decolonial facilista y prejuiciosa por «eurocentrismo». La película de Aster no nos habla de la ablación del clítoris en África, ni de la estratificación de castas en la India, ni tampoco del uso del burka en el islam. Nos habla de los peligros de un neopaganismo europeo, germánico, promiscuamente relacionado –no tanto en la ficción, pero sí en la realidad– con el supremacismo blanco y los movimientos neonazis. En “Cult Clash”, un excelente artículo para la revista británica Tribune, Mazin Saleem se pregunta: “¿Cuánto peor son realmente lxs Hårga que las culturas de las que provienen nuestros personajes? ¿Cuán diferente es su ‘violencia significativa’ a nuestras guerras, ejecuciones y fronteras defendidas hasta el punto de dejar que miles se ahoguen?”. Saleem dio en el clavo.

Una parábola del neonazismo y ecofascismo

Aster eligió situar la comunidad Hårga en Helsingia (Hälsingland, en sueco), una provincia del norte de Suecia frecuentemente asociada –en el imaginario racista del nacionalismo romántico völkisch y el nazismo– al mito ario de Thule o Hiperbórea, la presunta cuna del Übermensch, del superhombre. En el corte del director hay, de hecho, no mucho después del inicio, una escena sugerente donde se ve la portada de un libro titulado The Secret Nazi Language of the Uthark. La obra es ficticia, pero no así su tópico: la teoría Uthark, del filólogo sueco Sigurd Agrell (1881-1937). La misma existe. Se trata de una pseudociencia criptográfica que concibe las runas, el futhark, como un alfabeto encriptado repleto de arcanos místicos a develar, un desafío que ha atraído siempre a numerosos ocultistas nazis y cultores de la ariosofía.

Créditos: A24.

En el guion, además, se evoca el Adalruna de Johannes Bureus, otro runólogo sueco ligado al esoterismo. Bureus fue uno de los mayores exponentes del goticismo, un movimiento cultural de la Suecia del siglo XVII que se anticipó –en algunos aspectos– al nacionalismo romántico de derecha de los siglos XIX y XX. El ocultismo nazi se interesó vivamente en sus escritos especulativos, tanto en los que intentaba desentrañar el presunto «secreto de las runas», como en los que exaltaba al antiguo pueblo godo como ancestro del moderno pueblo sueco, y a la Escandinavia como el Urheimat u «hogar primigenio» de las lenguas germánicas.

Por lo demás, debe hacerse notar el paralelismo que existe –en fenotipos, atuendos, actitudes, ambientes– entre la secta Hårga y la multitud völkisch de Núrembergque sigue e idolatra a Hitler en El triunfo de la voluntad (1935), de Leni Riefenstahl, obra cumbre del cine de propaganda nazi: gente caucásica de níveo cutis y blondas cabelleras, indumentaria campesina, rostros radiantes, entornos naturales o grandes espacios abiertos, clima soleado, armonía y concordia sociales… Hay en Midsommar guiños muy enfáticos al credo del Blut und Boden, al telurismo ario. Resulta difícil no ver en la comunidad Hårga un remedo en miniatura de la Volksgemeinschaft nazi.

Las sutiles referencias de Midsommar al Tercer Reich han sido exploradas por Saleem en su artículo ya referido. Saleem tiene ojo clínico, indudablemente. Pero su exégesis resulta por momentos –la verdad sea dicha– un poco especulativa.

En el cruento episodio de la Ättestupa, gran punto de inflexión en el desarrollo de la trama (la calma que precede a la tormenta se termina), una pareja anciana que ha pasado la barrera etaria de los 72 años cumple estoicamente con el mandato social de suicidarse arrojándose desde un precipicio, siendo rematados a mazazos para no prolongar su atroz agonía. Consumada la ceremonia comunitaria, y ante los reclamos horrorizados del pequeño público forastero, la sacerdotisa aduce con parsimonia: “no sirve de nada morir luchando contra lo inevitable. Eso corrompe el espíritu”. Saleem advierte en esta práctica gerontocida, y en su justificación, una reminiscencia del Aktion T4, el programa eugenésico del nazismo contra la Lebensunwertes Leben o «vida indigna de ser vivida», que aplicó la eutanasia forzada (envenenamiento con gas o inyección letal) a cientos de miles de personas menores y adultas con discapacidad física o sensorial, trastornos mentales o enfermedades crónicas, y que tuvo entre sus víctimas a gran cantidad de gente anciana internada en asilos y otras instituciones, incluyendo alemanes de «raza aria» con plena ciudadanía.

Saleem relaciona el giro argumental de la Ättestupa con la macabra tragedia familiar de Dani –la joven neoyorquina protagonista– que inaugura el film: “esto recuerda a la hermana de Dani, quien envenenó a sus progenitores, más específicamente, lxs gaseó hasta provocarles la muerte”. Y añade después: “la comuna Hårga es referida a veces como ‘un campo’”, a camp en inglés, que le suena como una abreviación de concentration camp o extermination camp. Saleem va más lejos aún en su paralelismo: “La película termina con lxs Hårga purgando espíritus insalubres en una hoguera sacrificial: el significado literal de ‘holocausto’” (olokaustos en griego).

Aster es judío, y siempre ha hecho alusiones a esa identidad étnico-religiosa. “Soy un judío neurótico”, declaró en una entrevista al diario británico The Guardian (le faltó decir que es neoyorkino, para que la analogía con su colega Woody Allen sea más completa). Saleem parece apoyarse en esta declaración, y concluye: “Aster se ha descrito como alguien que trabaja a través de sus temores neuróticos judíos, de modo que Midsommar tal vez sea un miedo atávico”.

No es una conjetura descabellada, teniendo en cuenta el precedente que voy a rememorar: en junio de 2018, el periodista Stephen Applebaum, del medio digital norteamericano-israelita The Jewish Chronicle, entrevistó a Aster con motivo del estreno de Hereditary, un thriller claustrofóbico que habla del racismo que todavía padecen, en el país del Tío Sam donde Obama ya fue presidente, las personas afrodescendientes. En un pasaje, el cineasta comentó: “la judeidad es una parte muy grande de mi identidad. Podría decir que estoy orgulloso de ser judío, aunque no lo practique muy activamente”. Applebaum le preguntó entonces si su ópera prima podría “estar relacionada, en un sentido metafórico, con las ansiedades judías post-Holocausto”, y si “veía alguna conexión con sus raíces judías”. Aster respondió: “Tal vez, sí. Has hecho una muy buena observación, y lo que acabas de decir tocó mi alma”. Luego agregó: “No estoy seguro de poder hablar con elocuencia sobre los vínculos de la película con el Holocausto, así que lo evitaré. Pero tengo una perspectiva muy pesimista”. Y remató: “Soy una persona muy neurótica, soy hipocondríaco, y mi imaginación se dirige inmediatamente hacia el peor escenario posible”. Cuesta no hacer extensivas estas reflexiones a su segundo largometraje, un thriller agorafóbico que pone el foco en un neopaganismo germánico demasiado emparentado al imaginario völkisch del nazismo.

En el guión original de Midsommar, hay un diálogo entre Josh –el estudiante outsider afroamericano– y Pelle –su compañero escandinavo que oficia de anfitrión– sobre el colaboracionismo de Suecia con la Alemania nazi. Josh le pregunta a Pelle si sus compatriotas son conscientes de la turbia neutralidad sueca durante la Segunda Guerra Mundial, su cooperación con el Tercer Reich, y Pelle se va por la tangente interrogándolo astutamente sobre la historia no menos turbia de Estados Unidos: Hiroshima, la esclavitud… también el Trail of Tears (deportación de choctaw y cherokee al oeste del Mississippi, que diezmó a ambos pueblos indígenas de Norteamérica).

No está de más recordar que Midsommar molestó sobremanera a la derecha racista, tanto en Norteamérica como en Europa. Grupos neonazis y supremacistas denunciaron que el film de Aster es «antiblanco».

Parte del póster promocional de la película. Créditos: A24.

Pero no hemos dicho todo: ¿qué hay detrás del naturismo de la secta Härga? ¿Ecología profunda de izquierda o ecofascismo? De cara al amenazante futuro de un mundo signado por el cambio climático, Saleem se plantea una pregunta parecida, en estos términos: “¿Qué pasaría si un planeta más caliente fuera una bendición para algo como Hårga, una muestra de las culturas por venir? Cultos que enseñan una ecología kitsch de ‘ciclos de vida armoniosos’ para justificar la matanza, gestionar la reproducción de arriba hacia abajo y controlar violentamente sus fronteras”. El interrogante es inquietante… Saleem nos recuerda el futurible del exterminismo, una de las cuatro hipótesis que Peter Frase esboza en Four Futures; y trae a colación, como “evidencia temprana”, el cóctel de ecoeficiencia y xenofobia, de políticas verdes y medidas antiinmigración, que Marine Le Pen promociona como panacea para Francia y Europa.

Que el ecofascismo representa un riesgo real, es algo que se puede justificar también apelando a los precedentes históricos: en el período de Entreguerras, antes de desatar el pandemonio bélico de 1939-45, la Alemania nazi estuvo a la vanguardia del conservacionismo, la legislación protectora de los animales y el naturismo. El Tercer Reich creó numerosos parques nacionales y reservas naturales, fue el primer estado moderno en reconocer a las otras especies de la biosfera como sujetos de derecho, y propició como pocos una vida más «saludable» en contacto directo y armónico con lo rural y lo silvestre.

Ernst Lehmann, autor de Voluntad biológica. Medios y fines del quehacer biológico en el nuevo Reich. Créditos: Archivo Federal de Alemania.

Allá por 1934, en los albores de la dictadura hitleriana, Ernst Lehmann publicó un libro intitulado Biologischer Wille. Wege und Ziele biologischer Arbeit im neuen Reich, (algo así como Voluntad biológica. Medios y fines del quehacer biológico en el nuevo Reich). La retórica del ecofascismo campea allí a sus anchas. Sirva esta cita como botón de muestra:

“Reconocemos que separar a la humanidad de la naturaleza, de la vida toda, conduce a la propia destrucción de la humanidad y la muerte de las naciones. Sólo a través de una nueva integración de la humanidad en toda la naturaleza puede nuestro pueblo hacerse más fuerte. Ese es el punto fundamental de las tareas biológicas de nuestra época. La humanidad sola ya no es el foco del pensamiento, sino más bien la vida como un todo... Este esfuerzo hacia la conexión con la totalidad de la vida, con la propia naturaleza, una naturaleza en la que hemos nacido, este es el significado más profundo y la verdadera esencia del pensamiento nacionalsocialista”.

¿Puede afirmarse, entonces, que Midsommar, con su «ecoaldea aria» replegada en un comunitarismo pagano-ancestral, constituye una parábola distópica sobre el neonazismo y ecofascismo? La estimulante tesis de Saleem resulta –en líneas generales– válida, siempre y cuando se pongan en la balanza el guión, el Director’s cut y algunas entrevistas que dieron Aster y Svensson, que enseguida examinaremos. Porque si nos circunscribimos exclusivamente a la versión editada que distribuyó A24, la productora, la interpretación se vuelve un tanto especulativa. “Considerando su larga y cíclica historia, lxs Hårga son, a la vez, posnazis y protonazis”, sostiene Saleem. “Midsommar expresa una preocupación venidera y plausible”, un peligro real, a saber: “el fascismo de la próxima época”, cuando el catalizador ya no será económico sino, más bien, ecológico”.

Veamos las notas periodísticas donde Aster y Svensson admitieron que la película contiene referencias al nazismo o neonazismo. La más importante es “The Real Places, People, and Art That Inspired the Horrifying Village in Midsommar”, de Esther Zuckerman, publicada por Thrillist el 7 de diciembre. Zuckerman dedicó un apartado al asunto: “The racial homogeny of Hårga”. La entrevistadora fue al hueso en sus preguntas al tándem Aster-Svensson. Quiso confirmar si Midsommar constituye, en cierto modo, una parábola sobre el nazismo. “Hay un montón de paralelos con la historia europea de los últimos cien años”, corroboró el director. Los hombres y las mujeres de Hårga “no son la comunidad más diversa”, comentó con ironía. Su homogeneidad racial, su arianidad monolítica, “está ahí para ser vista en los márgenes de la película, pero espero que solo esté ahí si uno presta atención a eso y no resulta una distracción, porque no estaba buscando generar una polémica”. Svensson, por su parte, en su respuesta a Zuckerman (según ella refiere), “trazó paralelismos con el ascenso de la extrema derecha en Suecia, sobre todo con el reciente y perturbador éxito de los Demócratas de Suecia”, un partido nacionalista antiinmigración históricamente asociado a la supremacismo blanco.

En otra entrevista, “The creepiest character in the Midsommar movie? It’s the spatial design” (Frame, 19/8/2019), Rab Messina le preguntó al diseñador de producción cómo logró tanta “belleza opresiva” en la cabaña de pernocte de la comunidad Hårga y sus huéspedes. Svensson contestó: “antes que nada, el tamaño. Todo allí –excepto lo que contiene, es decir, las camas y sus habitantes– es descomunal, arquitectura de estilo fascista”. Asimismo señaló: “Es importante hacer notar que solo porque Suecia fue neutral en la Segunda Guerra Mundial, eso no quita el hecho de que tenía fuertes simpatías nazis, desde la gente corriente hasta el rey. Esto sigue siendo extremadamente relevante en el clima político actual de Suecia, por desgracia”. Asimismo, Svensson aseveró: “Yendo más atrás, la historia sueca está llena de caudillos megalómanos a punto de conquistar el mundo”, en lo que parece ser una alusión a Gustavo Adolfo II –alias el León del Norte–, Carlos XI y otros reyes de las dinastías Vasa y Palatina asociados a la Stormaktstiden o «era del gran poder» (1611-1721), la época dorada del imperialismo sueco, cuando Suecia dominó el Báltico y adquirió colonias en América y África.

“Con respecto a Helsingia y sus moradores –acota Svensson– siempre se consideraron como los Übermenschen originales: altos, sanos y rubios, los cuales tenían también la propensión de construir sus granjas y casas mucho más grandes que el resto del país, solo para presumir. Por lo tanto, resultó natural aumentar la escala de ciertas cosas en el film, no solo por razones cinematográficas” (léase: tanto por razones estéticas como ideológicas).

Pero es clave lo que sostuvo Aster, un año atrás, en el reportaje que le hizo Kristen López para Forbes: “A Film Under the Influence: Gender, Homage And Midsommar”. Reflexionando sobre Ruben, el niño «profeta» incestuoso y deforme de la comuna Hårga, el cineasta afirmó, sin pelos en la lengua, lo siguiente: “Ruben, en Midsommar, es un personaje muy importante. Es importante más como símbolo, como idea, que como personaje”. Porque “hay política entretejida en la película, y Ruben es lo más cerca que estuvimos de articular explícitamente lo que está pasando”. Aster no se planta ahí: “luego, si consideras también la historia sueca, es una sociedad muy cerrada… ¿y qué significa eso realmente? Suceden cosas en Suecia, en este preciso momento, que son ecos de lo que ocurrió en la Segunda Guerra Mundial”. La verdad es que “detesto exponer abiertamente estas cosas porque no estoy buscando una polémica, pero Ruben es como la articulación completa de lo que el film está diciendo políticamente”. La moraleja es sutil, pero clara: el sueño de una nueva Volksgemeinschaft 100% blanca y aria, el proyecto de una comunidad cerrada racialmente homogénea sin inmigrantes «tercermundistas» de tez oscura, conducen a un futuro distópico de aislamiento insano, enfermizo; de endogamia degenerativa, teratológica. La «monstruosidad» incestuosa de Ruben, y la veneración de este «tonto del pueblo» como oráculo, son, indudablemente, una metáfora de humor negro sobre el ideal racista-xenofóbico del Blut und Boden y una parodia del mesianismo hitleriano.

En “Ari Aster and Midsommar cast sound off on hypnotic horror’s most chilling scenes”, una nota para el New York Daily News, Jami Ganz comenta que el cineasta le manifestó que lxs Hårga son racistas, y que el racismo es –palabras textuales de Aster– “una parte de la historia sueca y la historia europea”. No es casual, por consiguiente, que las personas “forasteras” seleccionadas para aportar “sangre nueva” a la comunidad anfitriona sean blancas (Dani y su novio), mientras que aquellas que no lo son (Josh, un negro de Nueva York, y la pareja londinense Connie-Simon, de ascendencia indostánica) quedan marginadas de la planificación reproductiva, aunque no ciertamente de los ritos sacrificiales, con excepción de Josh, quien “es desechado de una manera que lxs demás integrantes del elenco principal no lo son”, subraya Aster. “Y eso es porque” lxs integrantes de la secta Hårga “no tienen otro uso previsto para él”, habida cuenta su negritud (en contraste con Connie y Simon, cuya tez cobriza, menos oscura, les vuelve un poco más «respetables» a ojos de una colectividad racista y eugenesista maniáticamente celosa de su «arianidad» nórdica).

Reflexiones finales

¿Qué sentido tiene entonces, en esta crítica velada al nazismo y al ecofascismo, la religiosidad Ásatrú? ¿Por qué tematizar, desde el cine, el neopaganismo germánico, la moda espiritual del odinismo, que tanto ha crecido durante estos últimos años al socaire del éxito mundial de masas de la serie Vikings y otros productos culturales afines, como la película taquillera Thor y sus secuelas del Universo Marvel? Si planteáramos la tesis esquemática Ásatrú = supremacismo blanco, estaríamos montando un espantapájaros. Hay odinistas que nada tienen que ver con los movimientos neofascistas o de ultraderecha, y hay, asimismo, racistas antiinmigración o skinheads antisemitas que no les va mucho el neopaganismo. Todo esto es muy cierto. Sin embargo, también es cierto que existe una correlación significativamente alta entre las dos identidades. La religiosidad Ásatrú suele ir de la mano con ideas racistas y xenofóbicas, y el neonazismo tiende a estar asociado con el odinismo.

No hay ninguna implicación necesaria, automática, mecánica, entre lo uno y lo otro (por caso, quien escribe estas líneas, un socialista libertario en las antípodas del fascismo, siente desde niño una intensa afición por la historia de los pueblos nórdicos precristianos, la mitología germánica –las Eddas especialmente– y las sagas islandesas medievales). Pero, en virtud de una serie de factores y circunstancias que aquí no tenemos oportunidad ni espacio para explicar, ambos fenómenos se han imbricado mucho, tanto en la Europa continental como en los países anglosajones. Un buen ejemplo es la organización Soldados de Odín. Nació en Finlandia, pero se ha extendido a no pocos países del mundo occidental: Suecia, Noruega, Dinamarca, Holanda, Gran Bretaña, Alemania, EE.UU., Canadá, Australia, España y otros. Combina el activismo político antiinmigración con la violencia pandillera «cabeza rapada», mixturando el supremacismo blanco con el neopaganismo nórdico. Midsommar es un llamado de atención al respecto, una señal de alerta antifascista, como lo es también –más explícitamente– la segunda temporada de la serie policial islandesa Trapped, con sus terroristas xenófobos Martillo de Thor.

Puede leerse en Time un jugoso artículo de Kim Dorothy sobre la promiscua relación entre «fiebre neovikinga» (una moda plagada de anacronismos, pseudohistoria barata y mitos románticos) y movimientos políticos de ultraderecha: “White Supremacists Have Weaponized an Imaginary Viking Past. It’s Time to Reclaim the Real History”. La información es abundante y esclarecedora, y contiene análisis y reflexiones de gran agudeza.

Pero sucede algo curioso: para la inmensa mayoría del público y la crítica, el costado más político de Midsommar ha pasado totalmente desapercibido, o casi. En una nota para TruthDig (“In Midsommar, Silent White Supremacy Shrieks Volumes”), Noor Al-Sibai puntualizó: “Midsommar podría ser la película del verano”, por su calidad y repercusión. “Sin embargo, en las docenas de críticas sobre la película, pocos han reconocido o parecen haberse dado cuenta de que el mundo de Hårga, el culto escandinavo en el centro de la película, es el sueño húmedo de la supremacía blanca”. Tomando como base “los comentarios de Aster, que se pasan mayormente por alto, la película podría ser incluso, intencionalmente, una sátira de las enseñanzas neopaganas y antiinmigrantes empleadas por algunos sectores de la extrema derecha”. En castellano, uno de los pocos críticos que repararon en este aspecto ha sido el mexicano Juan Ramón V. Mora, en su reseña del film para el periódico digital Es lo Cotidiano.

Se podría poner en tela de juicio la pertinencia y utilidad de distopizar las subculturas neopaganas de la posmodernidad, alegando que Midsommar es una ficción exageradamente tremendista. Quienes practican el Ásatrú no realizan sacrificios humanos, ni mutilaciones rituales, ni tampoco cultivan el senicidio. No han llegado tan lejos en su reconstruccionismo. Esto es verdad. Pero también es verdad que el odinismo se halla cada vez más entreverado con el neonazismo, y eso amerita preocupación, alarma.

De 2015 a esta parte, la crisis migratoria en Europa –la llamada crisis de lxs refugiadxs– ha tensado mucho las cuerdas de la xenofobia, el racismo y la islamofobia, y las derechas nacionalistas antiinmigrantes y racistas no paran de crecer en las elecciones, los parlamentos, las jurisdicciones provinciales y municipales, y los gabinetes nacionales de coalición: Alemania, Gran Bretaña, Francia, Italia, España, Holanda, Bélgica, países escandinavos, Suiza, Ucrania, Chequia, Bulgaria, etc. En algunos estados, incluso, ya son gobierno: Rusia, Hungría, Polonia, Turquía, Serbia… En América se advierten fenómenos parecidos de demagogia conservadora y patriotera, no exentos de racismo: Trump en EE.UU., Bolsonaro en Brasil, Áñez en Bolivia. Este giro a la derecha es un caldo de cultivo para los fundamentalismos cristianos, pero también, en algunas ocasiones, para los neopaganismos, especialmente los del tronco germánico, una tendencia ya prefigurada desde fines de la década del 60 por la Nouvelle Droite, sobre todo por la influyente organización GRECE.

En estos últimos años, la moda del neopaganismo nórdico ha calado con fuerza entre muchos grupos neonazis y supremacistas blancos de Norteamérica. Hay un libro muy interesante al respecto: Investigating Religious Terrorism and Ritualistic Crimes, de Dawn Perlmutter. Data de 2004, pero ya por ese entonces el fenómeno era lo suficientemente preocupante como para que el autor le dedicara un parágrafo entero al odinismo. Según Perlmutter, los elementos ultraderechistas que perpetraron el atentado de Oklahoma City en 1995, dejando un tendal de 168 personas muertas y casi 700 heridas, eran entusiastas seguidores del neopaganismo nórdico, igual que varias células del KKK en Alabama y otros estados del Sur profundo. A lo largo y ancho de todo EE.UU., muchas pandillas skinheads reivindican el ocultismo nazi, la ariosofía y el Ásatrú. En 2002, se descubrió a tiempo un complot de la White Order of Thule –su nombre ya lo dice todo– para volar varios edificios vinculados a la comunidad afroamericana y la colectividad judía, entre ellos el New England Holocaust Memorial de Boston.

Más recientemente, en Nueva Zelanda, Brenton Tarrant –un lobo solitario de nacionalidad australiana e ideología de ultraderecha– desató una balacera infernal en dos mezquitas de la ciudad de Christchurch, masacrando a medio centenar de inmigrantes –y descendientes de inmigrantes– musulmanes. En su extenso, variopinto, delirante y conspiranoico manifiesto, no faltaron referencias a los vikingos. Remató el texto con un “¡nos vemos en el Valhalla!”.

Hay un episodio de la historia escandinava contemporánea que demuestra que Midsommar no exagera tanto ni a lo zonzo, como podría suponerse, más allá de sus licencias hiperbólicas novelescas. Durante la década del 90, numerosos músicos de la escena noruega de black metal obnubilados con el revival vikingo-pagano crearon una sociedad secreta (Inner Circle), quemaron 51 iglesias (muchas de ellas patrimonios históricos invaluables con varios siglos de antigüedad) y profanaron miles de tumbas, amén de sacrificar animales a los viejos dioses del panteón nórdico. Uno de sus referentes, Varg Vikernes, preso por haber asesinado brutalmente a uno de sus pares con 23 puñaladas, se ha convertido en un gurú del movimiento neonazi y de la religión Ásatrú, amén de un prolífico escritor.

Y no nos olvidemos del terrorista Anders Behring Breivik, quien en 2011 mató a 77 personas en Oslo (coche bomba) y el cercano islote de Utøya (tiroteo) para salvar a su patria de la «invasión islámica», según explica en un larguísimo alegato de 1.500 páginas. Breivik es un noruego nacionalista de extrema derecha, racista y xenófobo, que profesa con fervor el odinismo. Neonazis de todo el mundo le rinden pleitesía como mártir y luminaria de la cruzada aria, entre ellos el australiano Tarrant, mencionado pocas líneas arriba, quien lo considera “Caballero de la Justicia y Jefe Supremo”.

El 19 de febrero de este año, algunos meses después del estreno de Midsommar, un activista neonazi llamado Tobias Rathjen masacró con una pistola semiautomática Glock a 11 inmigrantes musulmanes en un shisha bar –un bar donde se fuma narguile– de la localidad alemana de Hanau, Hesse. La policía descubrió que el criminal simpatizaba con el odinismo, y que, de hecho, tenía estrechas vinculaciones con células de la organización escandinava de ultraderecha Soldiers Of Odin.

Midsommar cuenta la historia de una secta neopagana de Escandinavia que se toma demasiado a pecho su credo. ¿La ficción superó a la realidad? Personajes de carne y hueso como Vikernes y Breivik, organizaciones no menos verídicas como White Order of Thule o Inner Circle, y matanzas muy reales y recientes como las de Oslo-Utøya y Christchurch, habilitan a pensar que la cosa no es tan simple. Quizás la ficción cinematográfica de Aster se limita a distopizar el peligroso maridaje entre neonazismo y neopaganismo. Después de tragedias como Guyana (1978) y Waco (1993), y de un Tarrant que exclama “¡nos vemos en el Valhalla!” y asesina a cinco decenas de musulmanes, ¿quién podría burlarse seriamente de la verosimilitud de la secta Härga? Tarde o temprano, la realidad parece ingeniárselas para superar –o al menos igualar– a la ficción.

En cuanto al multiculturalismo, ya parece ser hora de que comprendamos los riesgos que entraña cuando no está contrapesado por el pensamiento crítico: no hay violaciones de derechos humanos sin culturas-otras, culturas-otras tan llenas de significación como la propia cultura. A su modo, el racismo es cultura, la xenofobia es cultura, el fascismo es cultura, el neopaganismo es cultura, porque también están hechos de creencias, mitos, valores, tradiciones, discursos, prácticas, etc. Así es que, en la obligación ineludible de discernir, en la praxis de todos los días, qué es aceptable y qué no de las alteridades culturales, no nos queda otra más que asumir que esa selección conlleva necesariamente una reflexión ético-racional, humanista secular, que trasciende lo emic. El multiculturalismo a ultranza, con su talante relativista y su actitud complaciente frente a las viejas y nuevas religiones (monoteístas, politeístas, panteístas, no teístas) conduce al callejón sin salida del vale todo. Acaso el mérito mayor de Midsommar, como thriller etnográfico,sea dejar al desnudo esa aporía.


Sobre el autor:

Federico Mare es un historiador y ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1977, pero reside en Mendoza desde 2002, donde se desempeña como profesor. Cursó sus estudios superiores en la UBA y la UNCuyo. Es egresado de Historia por la Facultad de Filosofía y Letras de esta última universidad.

Ha publicado numerosos ensayos, artículos, reseñas y columnas de opinión en diferentes revistas, periódicos y medios digitales de Argentina y el exterior: La Quinta Pata, Ophelia, Europa Laica, Rebelión, Sin Permiso, Políticas de la Memoria, La Izquierda Diario, Herramienta, La Haine, entre otros. Las temáticas y disciplinas que aborda en su escritura ensayística son variadas: historia, literatura, arte, filosofía, epistemología, divulgación científica, actualidad política, laicismo, ateísmo, librepensamiento…

Es autor del libro El éxodo galés a la Patagonia: orígenes, trasfondo histórico y singularidad cultural de Y Wladfa (Mendoza, Ediunc, 2019), un ensayo y crónica sobre la historia de la inmigración galesa en Chubut que acaba de ser reimpreso. Ha participado también de obras colectivas, como Trelew: una ardiente memoria (Bs. As., La Llamarada, 2015), compilada por Vicente Zito Lema; Luchas sociales, justicia contextual y dignidad de los pueblos (Santiago de Chile, Ariadna, 2020), prologada por Ricardo Salas; y La fiebre: pensamiento contemporáneo en tiempos de pandemias (ASPO, 2020), editada por Pablo Amadeo.