Hablemos sobre el aborto

Maria Font
Escritora peruana


En esta lucha está en juego nuestra propia dignidad,
y por eso decimos que no es una simple
reivindicación:
no ser consideradas como cosas,
sino como seres humanos dispuestos a vivir
una vida digna de ser vivida.
Dora Coledesky Fanjul,
Buenos Aires, junio de 2003

Hablar de aborto para las mujeres es un tema que tiene una profundidad más trascendente que una mera data estadística o una línea de tiempo que marque los hitos históricos de luchas feministas.

Pensaba mientras ordenaba la información que tenía sobre las movilizaciones realizadas en el Perú con el fin de lograr la legalización del aborto en todas sus causales, que a las mujeres este tema nos atraviesa desde adentro y, puede sonar un poco esencialista, pero de alguna manera las sensaciones y emociones que comienzan en el cerebro terminan por reproducirse en todos los órganos y, pensaba, que cuando una lee un cartel de “atraso menstrual”, sin importar la posición política que cada mujer tenga o la clase social a la que pertenece, a todas nos pasa un poco de electricidad por la espina dorsal, la intensidad varía de acuerdo a cuánto capital económico una posee. Las más pobres entienden estos anuncios desde la tragedia existencialista que guarda la metáfora y las que cuentan con un mayor capital económico, se limitan a gesticular con la boca, porque saben que significa problemas, pero en su caso es uno que pueden resolver. Pero a todas nos toca, porque incluso si no hemos vivido un aborto, todas en algún momento hemos escuchado la historia de otra compañera buscando ayuda o hemos tenido un retraso, o hemos estado esos tres minutos frente a una prueba de embarazo y hemos esperado ver las dos líneas rojas mientras pensábamos en todas las cosas que cambiarían trascendentalmente luego de eso.  

Quería comenzar esta pequeña disertación hablando de una chica de diecinueve años que en el 2012 quedó embarazada. A diferencia de muchas, ella no sabía qué era el feminismo o qué era el misoprostol. Se realizó una prueba de embarazo en el McDonald’s de Risso junto a su mejor amiga. Cuando vieron el resultado, su amiga, quien tampoco sabía qué se hacía luego de aquello, le dijo: Cómprate un pucho y fumemos, de repente así se te baja. Fumaron y se rieron, hasta que a la chica le tocó regresar a casa y enfrentarse con su realidad. Ella se encontraba a mitad de una carrera que había abandonado por un año, luego de una crisis depresiva y consumía más de diez pastillas diarias, entre antidepresivos, antipsicóticos y acababa de terminar una relación larguísima. Cuando le contó a la otra persona responsable y se hizo la prueba de sangre, confirmaron ambos el resultado. Luego vino la ecografía, donde descubrieron que en el colmo de la irresponsabilidad, ella tenía tres meses de embarazo, minutos después de saber los resultados, el médico del “local” les dijo que quería conversar con ambos. La chica sentada frente a un doctor bastante mayor lo escuchó hablar sobre una “solución” a sus problemas, nunca se pronunció la palabra aborto, siempre fueron sinónimos. Todo eso mientras el doctor le decía a ambos que eran un par de idiotas, luego, como siempre todo repercutió en ella, le dijo mirándola a los ojos que por la cantidad de pastillas que consumía solo podía tener un monstruo en el útero, así que no tenía caso pensar si quiera en tenerlo. Cuando salieron del lugar y caminaban, el chico le dijo a la chica que le daba miedo todo y que lo mejor era dejar que todo siga su curso. La chica solo miraba hacia la avenida sin saber qué decir, pero nunca pasó por su cabeza la idea de la maternidad y le parecía ilógico plantearse una decisión de esa naturaleza en la situación en la que se encontraba: sin un trabajo, sin estudios terminados y apenas saliendo de su última recaída.

Camino a casa, el chico le habló de la vida idílica que tendrían y ella le dijo que necesitaba terminar con todo cuanto antes. Volvieron a la realidad y quedaron en hacer todo tres días después, tiempo en el que conseguirían el dinero. Los días que siguieron la chica se dio golpes en el estómago hasta tener moretones, tomó agua de orégano hasta vomitar y al día siguiente una cantidad explosiva de aspirinas, todo gracias a los métodos caseros que descubrió luego de una googleada.

El día acordado llegó y la chica se preparaba a salir, pero llegó una llamada telefónica, minutos después su madre entró a su cuarto y le dijo: Era X, me acaba de decir que estás embarazada. La discusión fue tan fuerte que la chica terminó en plena crisis, pero totalmente fuera de sí llegó a llamar por teléfono a X, y mientras lo insultaba a él y a toda su familia algo en su organismo empezaba a fallar. Gritó tanto que su garganta quedó totalmente roja y por el dolor que eso le produjo no sintió nada hasta que entró al baño. Lo que siguió fue percatarse de que se encontraba sangrando muchísimo y lo único que pudo pensar en ese momento fue que por fin el universo se había puesto de su lado.

Cuando pienso en la chica, siempre creo que tuvo una suerte infinita. A diferencia de muchas, no tuvo que tomar misoprostol sola ni pasar por las arcadas, las náuseas, la fiebre, la diarrea y la angustia le duró pocos días. Algo que siempre se me viene a la cabeza es que, si viviéramos en un Estado honesto, ella debió tener acceso al aborto terapéutico, porque, fuera de lo dicho por aquel doctor: ¿Es correcto que mujeres jóvenes que no quieren ser madres y tienen un historial psiquiátrico sean obligadas a continuar con un embarazo?  Siempre que leo anuncios de “atraso menstrual” o me llegan noticias sobre la legalización del aborto en algunos países pienso en la vida que pudo tener aquella chica y me alegro hasta el infinito de la oportunidad que tuvo.

En nuestro país el aborto terapéutico es legal desde 1924 y en el 2014 por fin tuvo un protocolo y pudo empezar a aplicarse, sin embargo; de acuerdo con el informe presentado por Foro Salud el año pasado, actualmente se invierte poquísimo en la capacitación de los doctores y la difusión de la información básica de esta información. Por otro lado, el documento aprobado el 2014 no cumple las exigencias de la realidad y se dan casos en que los doctores simplemente por ideologías personales retrasan el tratamiento de las mujeres hasta que pasan de las veintidós semanas de gestación (1) y se ven obligadas a terminar un embarazo no deseado en el marco de una enfermedad crónica. ¿Esta realidad no es una vulneración de los derechos de todas las mujeres del Perú a gozar de una salud íntegra? ¿Cuántas niñas terminan empujadas a ser madres por desconocimiento del personal médico sobre esta ley?

En el 2015 se realizó un debate en el congreso donde se debatió la aprobación de la ley número 3839-2014-IC (2), conocida como Déjala decidir, iniciativa ciudadana que fue apoyada por diversas ONGS y buscaba la legalización del aborto en casos de violación sexual. Entre los argumentos que la mayoría de los congresistas presentó estuvo el de la constitución: “Dice en la constitución de 1993 que la vida se inicia desde la concepción, por lo tanto, pensar en legalizar el aborto es ir contra la vida de un ser humano y bla bla bla”. Recuerdo esa frase, las demás iban desde citas directas de la biblia, hasta argumentos que recordaban a las clases más mediocres de biología. Volviendo a mi punto, se habló hasta el hartazgo de la constitución, pero nadie recordó que según ella las mujeres y todos los seres humanos tenemos derecho a una vida plena y a una salud integral. ¿Es criminalizar a las mujeres que abortan ejerciendo su derecho a decidir sobre sus proyectos de vida, una forma de preservar la vida plena de las peruanas? ¿Es obligar de manera estatal a las mujeres que quedan embarazadas luego de una violación sexual una forma de tortura?  La respuesta a la primera pregunta es un rotundo NO y a la segunda una afirmación.

Déjala decidir fue archivada con cuatro votos a favor y seis en contra.

Imagen que contiene captura de pantalla

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(https://twitter.com/DejalaDecidir/status/669265980384657408)

El 2016 se presentó la ley N° 387/2016-CR que buscaba nuevamente legalización del aborto en casos de violación y hasta ahora no se ha debatido adecuadamente.

La realidad del Perú en la actualidad es que se vive un genocidio de estado contra las mujeres, porque diariamente niñas, adolescentes y mujeres adultas de las clases más precarias mueren por falta de recursos para realizarse un adecuado aborto de manera segura. Asimismo, por culpa de las mismas bancadas que no permiten la despenalización del aborto, no existe una educación sexual en los colegios de manera real y el número de jóvenes embarazadas sigue en aumento según la última encuesta de INEI (3). Es decir, a nuestros gobernantes no les importa la salud de ninguna de nosotras, no hay necesidad de expresarlo con palabras, porque de acuerdo con la ley, en la actualidad no somos consideradas seres humanos y eso es lo que pasa hoy día, el 28 de septiembre del 2019. Quisiera finalizar recordando que la lucha final es por la legalización del aborto en todas sus causales, porque, incluso ya entidades que no comparten del todo nuestras problemáticas como la ONU (4) lo han señalado: El aborto es un derecho humano y como todos los derechos, las mujeres debemos luchar el doble para alcanzarlo; pero creemos que es posible vivir en condiciones decentes, hoy quiero terminar de redactar este texto con la certeza de que tarde los años que deba tardar, las mujeres vamos a vivir y gozar plenamente de nuestras ciudadanías en este país.


Bibliografía:

  1. https://wayka.pe/sistema-salud-pone-en-peligro-a-miles-de-mujeres-que-requieren-aborto-terapeutico/
  2. https://www.demus.org.pe/campanas/dejala-decidir/
  3. https://andina.pe/agencia/noticia-inei-134-adolescentes-peru-quedo-embarazada-durante-2017-714189.aspx y   http://manoalzada.pe/feminismos/un-challenge-que-nos-debe-doler-a-todos-embarazo-adolescente-en-el-peru
  4. https://acnudh.org/expertos-onu-en-derechos-humanos-los-estados-deben-actuar-ahora-para-permitir-abortos-seguros-y-legales-para-mujeres-y-ninas/

5 pensamientos sobre Greta Thunberg y FFF

Gerardo Salas Gonzales
Estudiante sanmarquino


Fridays For Future Perú – Viernes por el Futuro Perú es una iniciativa desarrollada por Greta Thunberg que el 20 de septiembre desarrolló la Movilización Mundial por la Crisis Climática. Y tras movilizar a millones en todo el mundo y tener una incidencia inusitada y articulada en nuestro país, ha sido foco de controversia. Tema necesario para reabrir el gran dilema de las legitimidades en las luchas o agendas sociales.

1. Sorprende que las coincidencias en la crítica de parte de fuerzas de derecha y de izquierda sean el clasismo, el eurocentrismo, el adultocentrismo y el reparo institucional. Todo ello en el marco de grandes conspiraciones. Pocas veces he visto tal grado de similitud entre militantes y sectores tan opuestos y distantes entre sí.

2. El purismo es un mal endémico en la izquierda. Y quizá por esto la tónica de esta campaña, que está pasando de ser ambiental a ecologista tiene más un carácter ciudadano que de posición estratégica a la izquierda. Olvidan las fuerzas más consecuentes y vanguardistas de las luchas populares (entiéndase el sarcasmo) que muchos movimientos ciudadanos comienzan reformistas, y en el marco del debate, activismo, articulación y retroalimentación con fuerzas progresistas y directamente afectadas, van profundizando las demandas y la crítica pasa del reparo o mitigación a la denuncia estructural. Pasar de cambio climático a crisis climática es una muestra de la maduracion del movimiento ambiental que estan proponiendo.

3. Debemos recordar que el origen de clase no define una posición de clase. Y que en el marco de las luchas reivindicativas que pasan de lo local y temático a lo transversal, es necesario trabajar desde la transición de la solidaridad a la articulación. Y eso desborda al directamente afectado, incluye a sectores que no necesariamente sufren de manera directa pero que conscientes de sus privilegios, accionan desde sus recursos simbólicos, culturales, sociales, etc. Negar esa incidencia es incidir desde la marginalidad y creer que sólo es legítima la voz que sufre y que protesta. No entienden que existe identificación de grupos sociales entre sus pares, que muchas veces la entrada hacia una lucha no parte de la identificación con el otro, sino de la empatía con el propio que apoya al otro. Quien lucha en el marco de una sociedad red como la nuestra, debe considerar a los influencer y en los aliados de otros estratos socioeconómicos como puntos de resonancia de sus demandas.

4. Falsas contradicciones – Lo Político y lo Institucional: Una crítica dada por sectores de oposición es la presencia del Movimiento Viernes por el Futuro en instancias gubernamentales y ahora en la Cumbre Climática de la ONU. Olvidan que las luchas requieren de una doble presencia. Desde la sociedad civil organizada y con agendas propositivas para la incidencia. Hasta las fuerzas de los estados quienes posicionan esas agendas y las hacen normas y políticas públicas. La apatía institucional limita el alcance de los pedidos solo a los entendidos, es una forma de autocensura que niega a la ciudadanía a entrar al debate público sobre el tema. Olvidan que si un tema no está en los medios no existe. Que si los afectados no tienen donde ser escuchados, solo hablaran quienes estén interesados en acallarlos y desvirtuar sus posibles declaraciones.

5. Reconocimiento de la adolescencia y la juventud como agente de cambio. En nuestra sociedad adultocéntrica pervive el doble discurso de la juventud como motor de cambio y la juventud como inexperta para el cambio. Figuras jóvenes que apuntan a una ciudadanía crítica apuntan también a hábitos de convivencia sostenibles con el ambiente, cuestionando fuertemente el consumo y también la producción en masa de aquello que es suntuario, inservible, con obsolescencia programada, etc. Esto va más allá de cañitas o bolsas de plástico, es una crítica a los combustibles fósiles y su daño irreversible como motor de nuestra economía-mundo. Busca en los adolescentes y jóvenes mediante educación ambiental un cambio en los patrones de consumo, y en los actores en el poder, un necesario y urgente cambio hacia economías limpias. Es obvio el temor de quienes esperan en la juventud una actitud sumisa y a lo mucho condescendiente a favor del sistema y no una crítica hacia sus formas de entender y construir nuestras sociedades.

Debemos dejar de pensar en nosotros como rostros e interlocutores de las luchas sociales y vernos más como agentes de mediación que logren que las luchas de las y los defensores y organizaciones ambientales se concreten. Debemos tomar en cuenta que en el Perú con sus decenas de conflictos y con la actitud de criminalización de la protesta de parte del Estado y grupos de poder, no podemos darnos el lujo de negar la presencia de otros interlocutores que puedan ser igual o más efectivos en viabilizar esas demandas y lograr resultados. Una victoria para todo movimiento social genera expectativa de consecución de más derechos.

Hago un llamado a las fuerzas progresistas para que replanteen sus cuestionamientos a la figura de Greta Thunberg y el Fridays For Future Perú – Viernes por el Futuro Perú. Criticar la edad de la portavoz del Movimiento, su procedencia social, su condición económica es hacer juego al lobby y a la inacción social. Abrir un debate sobre el mensaje sin boicotear la incidencia de este movimiento demostraría madurez política, posicionaría agenda y obligaría a cambios reales que superen esta fase inicial de activismo.

La vida y la culpa: Notas sobre “Carta al Teniente Shogún”*

Matheus Calderón
Crítico cultural


Libros como “Carta al Teniente Shogún”, recientemente publicado por Lurgio Gavilán, se resisten a las etiquetas. Uno se siente tentado a encasillar rápidamente el texto: un testimonio (que lo es), una etnografía (sin duda alguna), una epístola (lo anuncia el título), una fábula moral edificante que marcaría el camino a seguir en el tiempo de la posguerra (revisar, por ejemplo, la última columna de Eduardo Dargent al respecto).

Tal encasillamiento, del que hemos de sospechar pasa siempre sin malicia, suele ocurrir de manera rápida con documentos incómodos precisamente a causa de su incomodidad: se reduce su potencia y nos quedamos con aquello que alimenta nuestros propios discursos (Charles Walker alertó durante la presentación de “Carta…” de no leer la novela como antropología, lo mismo que hicieron con José María Arguedas años antes).

La buena literatura, y lo de Gavilán lo es, es siempre más que solo buena literatura; más cerca de lo que llamaríamos un objeto de arte contemporáneo, esta inventa su propia lógica de lectura, inaugura una nueva forma de producción y de consumo. Es, como señalaba Gerard Wacjman sobre la obra de arte, no una excusa para pensar sino un objeto que piensa por derecho propio (una reflexión que Juan Carlos Ubilluz ha recalcado en su análisis sobre los Gallinazos de Cristina Planas).

Tengo la impresión así que también lo de Gavilán en “Carta…” es, antes que solo la suma de diferentes géneros literarios, una operación misma sobre el lenguaje. Es el lenguaje batallando por expresar algo que el lenguaje normalmente no puede aunar: la culpa, la vida, el dolor, la belleza, la violencia. Quizás una de operaciones más importante en la narrativa peruana de los últimos años, si es que no la más importante.

*

Jerónimo Pimentel, uno de los editores de Gavilán, escribe en la contratapa que “en un acto epifánico, inexplicable, un militar [Shogún] decide detener el fuego en las alturas y salvar la vida de un niño adoctrinado por Sendero Luminoso”. En efecto, tal hecho inaugura un conjunto de reflexiones entre las que se encuentran “qué lleva a un hombre a matar a otro, cómo una vida se convierte en una tragedia, cuál es el idioma que se debe emplear para referir a  los parientes perdidos, a las víctimas acuchilladas y a los pueblos arrasados, cuál para los colibríes”.

Pero creo que, quizás a propósito, Pimentel no hace explícita la pregunta en la base de todas las demás, que es la cuestión sobre por qué el protagonista de esta escena sigue vivo, que es una duda constante, penetrante y recurrente a lo largo de la narración: “¿Por qué no me mataste? (…) Lo hiciste muchas veces. ¿Te dio pena? ¿Será que viste a ese monstruo terrorista tan desarmado, tan poca cosa, sin garras ni dientes, tan indefenso? ¿O más bien pensaste en la muerte lenta  que le podrías dar manteniéndolo con vida?”, dice la voz del protagonista.

Quiero ir un poco más allá y sugerir que, de manera más precisa, la pregunta podría frasearse de un “¿por qué no me mataste?” en un “¿a cambio de qué me dejaste vivir?”.

No se equivoca Pimentel cuando sugiere que este es un acto inexplicable, pero quizás lo inexplicable tenga que ver con justamente su condición de epifanía negativa antes que positiva. Si las epifanías instituyen una verdad revelada, aquí hay un doble movimiento en el que, por un lado, se otorga un don (se perdona la vida) a cambio de instaurar es una duda, una pregunta que acompañará al protagonista: perdonar la vida a cambio de qué.

De allí que en un primer momento lo de Gavilán no sea un testimonio en el sentido que Giorgio Agamben ha explorado: no es como el de Primo Levi, que ha visto el horror de la guerra y que se ve en la necesidad de hablar, de continuar testimoniando (como en ese poema de Samuel Taylor Coleridge sobre el viejo marinero que no puede dejar de narrar su historia como penitencia). Tampoco en el sentido de John Beverly, en el que los testimonios son producidos en una situación de urgencia y precariedad de las estructuras, y buscan dar una voz a una comunidad de subalternos.

La esfinge le ha dado a Edipo un reino y mujer, pero Edipo no ha respondido pregunta alguna y la esfinge ya está muerta. ¿A cambio de qué? Una botella lanzada al mar con una carta dentro, en la que está escrita tal pregunta, esperando que llegue a su destinatario algún día. Y en Lurgio Gavilán y en nosotros algo de culpa.

¿He dicho culpa? Volveré sobre ello más tarde.

*

Ahora, cualquiera educado en la fe cristiana puede también reconocer el gesto que se ha descrito anteriormente: renacer hacia una nueva vida, adoptar un nuevo padre, e instaurar en uno la rabiosa pregunta sobre el por qué; la religión cristiana siempre pospone la solución a esta pregunta: en el fin de los días, en el juicio final, todo será revelado…

Y sí, en más de un sentido, este acto puede ser visto como la repetición de un acto fundacional cristiano. Shogún se vuelve un padre para Gavilán no solamente en el sentido afectivo, sino en el sentido del que debe dictar el sentido de la vida, el nuevo orden simbólico que ha de guiarnos.

Cuando este padre desaparece, una segunda capa de angustia se apodera del sujeto: Padre, ¿por qué me has abandonado? Pero no se trata, en preciso, de la caída del Gran Otro, de todo lo que sostenía nuestras creencias morales y nuestro orden social. No somos Cristo en la Cruz, quien muere para inaugurar un nuevo testamento.

Hay una segunda dimensión de esa pregunta fundacional, que instaura la angustia, que tiene que ver con la elección de Shogún. Gavilán habla a Shogún: hasta que apareciste y mataste a todos mis camaradas. Pero no a mí. No a mí. Y eso, vivir, ser perdonado, me ha traído vida y culpa.

Otra vez, una suerte de una epifanía negativa. En el libro del Éxodo, Moisés ha preguntado al Dios de los judíos, mutatis mutandis, por qué yo y no otro. El dios del Antiguo Testamento responde de inmediato, pero en “Carta…” no hay un padre que conteste. Pero también uno podría preguntarse en esta situación y todavía bajo la terrible ley que Sendero instituía en sus militantes, ¿por qué mis camaradas son elegidos por la muerte para ser mártires y no yo? Vida y culpa.

Un gesto que puede parecer paradójico pero que merece atención por su dolorosa belleza: el perdón que genera culpa.

Sí, es cierto que en algún momento se trata de dar una respuesta a la angustia. La visión de un centinela guardando el morro solar permite entender a Shogún como un reflejo de aquel niño en medio de la guerra, un padre que, presintiendo el futuro, en realidad se salvaba a sí mismo al perdonar la vida a Gavilán.

Es una respuesta que calma la angustia, sí, pero prontamente se ve cuestionada por el la charla misma con el centinela. Lo que ha vivido Ayacucho, esa violencia, ¿de dónde viene? ¿Es acaso una maldición hereditaria?, y entonces el observatorio astronómico se transforma en los mil ojos y mil oídos, y nos preguntamos otra vez qué es la violencia, por qué a Ayacucho la violencia.

Y luego, de nuevo, la culpa. No solo de la atrocidad de la guerra, sino de poder “traducir la época del terror”. ¿Quién puede hablar de la violencia? ¿Es un don, o solamente una carga pesada? ¿Será que Shogún lo ha dejado vivir para que pueda contar la violencia?

Ya cerca del final, Gavilán está reunido junto a sus compañeros de guerra. Rememoran anécdotas de extrema violencia. Asesinatos a mujeres terroristas. La vez que por dos noches durmieron junto al cadáver descuartizado de un terruco. Es como si terroristas y militares se hermanaran en la violencia de la barbarie. Una vez más acecha la duda: ¿por qué estoy vivo?

*

“Carta…” no es un libro fácil de leer. No es uno que pueda leerse de un solo tirón, una tarde de invierno. Es duro, apabullante, como luchar contra la corriente de un río –al igual que el propio Lurgio Gavilán confiesa haber hecho, recordando a su hermano Rubén, guiado acaso por alguna pulsión de muerte.

Un volumen así requiere dosificar la angustia, una angustia que llega precisamente con la instauración de una pregunta que no ha de resolverse. Pero también es tremendamente bello, con pasajes importantes de lirismo –todo un ensayo se podría hacer de las metáforas que Gavilán desarrolla, de la sintaxis de un español mezclado con quechua (que tanto recuerda a Arguedas por ello).

“Carta…” es un libro inspirador y sin duda uno que, para muchos, carga con lecciones de moral importantes. Es, a fin de cuentas, un texto que aboga por la esperanza, por rebelarse contra la violencia estructural y contra las malas leyes.  También es un artefacto, ya no solo un conjunto de palabras, que circulará y estimulará a otros a contar sus historias –como ahora mismo ya lo está haciendo: el escritor Ángel José Málaga Diestro ha escrito un sentido texto en Facebook a propósito de la historia de Gavilán que, de seguro, tendrá un efecto multiplicador.

Empero, no he querido leerlo así. He querido centrarme en las preguntas que no tienen respuesta, resaltar la culpa como uno de los hilos conductores que obliga al protagonista a constantemente cuestionarse su pasado y el rumbo de su pasos. Puede parecer un gesto cruel, sí. Al mismo tiempo creo que es un ejercicio necesario y, todavía más, donde más belleza encuentra el texto de Lurgio Gavilán.


* Publicado originalmente en el blog Calderón 094.

Esplendor y ocaso de la dinastía Tang

Para mi Tusán favorita.

Sólo tendrás el premio vano
de la inmortalidad

Tu Fu

I

Mientras saboreas los damascos
De una aldea hechizada por el tiempo, oteando
Las ásperas colinas por donde pastan los venados,
Recuerdas la ardiente sensación
De lo perdido. Tu sombra
Se menea con el bambú cuya piel marcaste
Con tu navaja de incipiente exploradora. No
Lejos el río Wang
Brilla al costado de una cadena
Montañosa,
Apagando el dulce oficio de tu aullido.

II

Li Bai y Tu Fu y el sabio El Qhi
Celebran tus versos, mientras recogen
Cerezos al este de la pradera. Risueños
Comentan, acariciando
El ábaco laqueado,
Que para el próximo verano
Serás un peregrino imbatible. En verdad,
Intentas volar
Como los sueños de los pájaros.
Pero bien sabes que los sauces cantan por ti,
Que las santarrositas son coreutas desganadas
Y que las piedras carmesís que arrastra el Wang
Dicen que tú, envuelto en preciosas sedas,
Incendias el pabellón de oro
De una muchacha en flor.

III

Escribías con el aliento azul de una mariposa,
Insistías por las noches
Con el leve rumor de las ondinas ribereñas,
Y con trazos finos dibujabas la gracia de su nombre.
No soñabas con dragones insepultos, ni con el azufre
De las danzas marciales. Apenas anhelabas
Que la zarza en llamas de tus versos
Iluminara sus tímidos pasos hacia tu alcoba.
Pobre amigo mío,
No sabías la culpa que guardaba la rama del ciprés.
Desde entonces al río Wang le falta una orilla.

IV

En una competencia honorable, Li Bai
Hace gala de iluminaciones
Sobre el lenguaje del agua que fluye
Sin dejar rastro, como tú. El maestro Tu Fu
No se queda atrás: con destreza mueve las nubes,
Y le levanta la falda a la estrella más lejana.
Dos viejos tigres de bengala
Esperan que tú no desentones en esta justa primaveral.
Has caminado por llanuras, sueños, pieles, laderas
Y sabes del viento sensual del abanico imperial:
Todos esperan tus palabras.
No hechizos.
No silencios.

V

Debes subir por la ladera angosta de estos cerros,
Y encaramado en la cima pintar
El esplendor y ocaso de nuestra dinastía.
Conquistaste todos los horizontes. Pensaste
Que la muralla debería ser bella y resistente.
Y que no había que envidiar a la ciudad de las pagodas,
Menos a su vulgar templo de madera. El cielo
Para ti no era más que el corazón
De la princesa Gra Ziang. Bebe,
Peregrino, el verde jazmín de tu derrota.

VI

Eres la última luz que brota de las montañas
Otoñales. Una bandada de pájaros
Silencian tu canto tardío.
No llevas, peregrino, en tu alforja
Ningún sueño, apenas un poco de pan,
De sal y una tinaja de aguardiente.
En el viejo corazón
De Wen Wei, la soledad es un huésped bienvenido.


Estos poemas forman parte del libro inédito Soledades de Solange.

A ti, dentro de un siglo

Marina Tsvatáieva
Poeta rusa

A ti, que nacerás dentro de un siglo,
cuando de respirar yo haya dejado,
de las entrañas mismas de un condenado a muerte,
con mi mano te escribo.

¡Amigo, no me busques! ¡Los tiempos han cambiado
y ya no me recuerdan ni los viejos!
¡No alcanzo con la boca las aguas del Leteo!
Extiendo las dos manos.

Tus ojos: dos hogueras,
ardiendo en mi sepulcro -el infierno-
y mirando a la de las manos inmóviles,
la que murió hace un siglo.

En mis manos -un puñado de polvo-
mis versos. Adivino que en el viento
buscarás mi casa natal.
O mi casa mortuoria.

Orgullo: cómo miras a las mujeres,
las vivas, las felices; yo capto las palabras:
“¡Impostoras! ¡Ya todas están muertas!
Sólo ella está viva.

Igual que un voluntario le ha servido.
Conozco sus anillos y todos sus secretos.
¡Ladronas de los muertos!
¡De ella son los anillos!”

¡Mis anillos! Me pesa,
hoy me arrepiento
de haberlos regalado sin medida.
¡Y no supe esperarte!

También me da tristeza que esta tarde
tras el sol haya ido tanto tiempo
y he ido a tu encuentro,
dentro de un siglo.

Apuesto -dice él- que vas a maldecir
a todos mis amigos en sus oscuras tumbas.
¡Todos la celebraban! Pero un vestido rosa
nadie le ofreció.

¿Quién era el generoso? Yo no: soy egoísta.
No oculto mi interés si no me matas.
A todos les pedía cartas,
para por las noches besarlas.

¿Decirlo? ¡Lo diré! El no-ser es un tópico.
Y ahora, para mí, eres ardiente huésped.
Les negarás la gracia a todas las amantes
para amar a la que hoy es sólo huesos.


Sobre la autora: Poeta rusa nacida en Moscú en 1892. Hija de un profesor especializado en Bellas Artes, estudió en Moscú y en la Sorbona y vivió muchos años en el extranjero. Es considerada como una de las figuras más relevantes de la literatura rusa del siglo XX. Fue una mujer de pasiones categóricas, voluntariosa y resuelta, que arrancó bruscamente de su corazón todo aquello que la había desilusionado y no podía ya aceptar. Toda la vida sintió por Pasternak  un conmovedor afecto, a pesar de estar casada con un oficial del ejército zarista. Emigró al extranjero en 1920 y regresó a Rusia en vísperas de la guerra contra el fascismo hitleriano, al que había maldecido en sus versos cuando se hallaba todavía en la emigración. Entre sus obras se destacan “Poemas de juventud” 1915 y “Poemas de Moscú” 1916. Fue desterrada a la aldea de Elábuga, donde falleció el 31 de agosto de 1941.  

Esta nostalgia

Gioconda Belli
Poeta nicaragüense


Este sueño que vivo,
esta nostalgia con nombre y apellido,
este huracán encerrado tambaleando mis huesos,
lamentando su paso por mi sangre…
No puedo abandonar el tiempo y sus rincones,
el valle de mis días
está lleno de sombras innombrables,
voy a la soledad como alma en pena,
desacatada de todas las razones,
heroína de batallas perdidas,
de cántaros sin agua.
Me hundo en el cuerpo,
me desangro en las venas,
me bato contra el viento,
contra la piel que untada está a la mía.
Qué haré con mi castillo de fantasmas,
las estrellas fugaces que me cercan
mientras el sol deslumbra
y no puedo mirar más que su disco
-redondo y amarillo-
la estela de su oro lamiéndome las manos,
surcándome las noches,
desviviéndome,
haciéndome desastres…
Me entregaré a los huracanes
para pasar de lejos por esa luz ardiendo.
Estoy muriéndome de frío.


Sobre la autora: Poeta y novelista nicaragüense nacida en Managua en 1948. Junto a Ernesto Cardenal y Claribel Alegría, inició la renovación de la poesía en su país. Un marcado acento erótico impregna buena parte de su obra, aunque la última producción denota una gran  preocupación por los cambios políticos de su patria. Entre los libros más reconocidos, se destacan «Sobre la grama» y «Eva».

Introducción a Frankenstein o el moderno Prometeo

Mary Wollstonecraft Godwin
Novelista británica

Cuando seleccionaron Frankenstein para una de sus colecciones, los editores de Standard Novels me expresaron su deseo de que les proporcionara una explicación sobre el origen de la historia. Aprovecho la oferta también para contestar a una pregunta que me hacen con mucha frecuencia: «¿Cómo yo, siendo una jovencita, llegué a idear y a escribir sobre una idea tan horrible?». Es cierto que soy muy reacia a mostrarme en letra impresa, pero como mi aclaración tan sólo aparecerá como apéndice de una obra anterior y se limitará a los temas relacionados con mi autoría, no puede decirse que me esté entrometiendo personalmente.

Siendo hija de dos conocidos escritores, no es de extrañar que desde muy temprana edad pensara en escribir. De niña garabateaba, mi pasatiempo favorito durante mis horas de ocio era «escribir historias», pero había una ocupación que me producía aún más placer que esto: construir castillos en el aire, soñar despierta, desarrollar ideas que por su temática daban pie a una sucesión imaginaria de acontecimientos. Mis sueños eran más fantásticos y agradables que mis escritos. En estos últimos me limitaba a imitar, me inclinaba más por escribir como otros lo habían hecho antes que yo que por escribir lo que me sugería mi propia imaginación. Lo que escribía estaba concebido para que lo leyera al menos otra persona, mi compañero de infancia y amigo, pero mis sueños eran sólo míos. No se los contaba a nadie. Eran mi refugio cuando estaba enojada y mi mayor placer cuando estaba a mi aire.

De niña vivía sobre todo en el campo y pasaba bastante tiempo en Escocia. Realicé visitas ocasionales a los lugares más pintorescos. Pero mi residencia habitual se encontraba en las solitarias y tristes orillas del Tay, cerca de Dundee. Solitarias y tristes ahora que las recuerdo, no lo eran para mí entonces. Eran mi reducto de libertad y el agradable lugar donde podía comunicarme con las criaturas de mi imaginación sin que nadie me escuchara. Entonces ya escribía, pero con un estilo bastante ordinario. Fue allí, bajo los árboles de las tierras de nuestra casa o junto a las sombrías laderas peladas de las montañas cercanas, donde nacieron y crecieron mis verdaderas composiciones, los idealistas vuelos de mi imaginación. No era yo la protagonista de mis cuentos. Mi vida me parecía una aventura demasiado común, no me imaginaba a mí misma viviendo aflicciones románticas o acontecimientos extraordinarios. Sin embargo, no me limitaba a mi propia identidad y era capaz de poblar las horas con creaciones que para mí eran mucho más interesantes a esa edad que mis propios sentimientos.

Después, mi vida se volvió más ajetreada y la realidad se impuso a la ficción. Mi marido, sin embargo, estaba ansioso desde el primer momento porque demostrara ser digna de mi ascendencia e inscribiera mi nombre en las páginas de la fama. Me animaba constantemente a que lograra una reputación literaria, algo que incluso yo buscaba en aquella época, aunque posteriormente me volviera absolutamente indiferente a ella. En aquel entonces mi marido quería que yo escribiera, no tanto con la idea de que pudiera realizar algo digno de mención, sino para poder juzgar si sería capaz de realizar cosas más prometedoras en el futuro. A pesar de eso, no hice nada. Dedicaba todo mi tiempo a nuestros viajes y a mis ocupaciones familiares. Y toda mi actividad literaria se limitaba a la lectura o a debatir con mi marido, que poseía una mente mucho más cultivada que la mía.

En el verano de 1816 visitamos Suiza y fuimos vecinos de Lord Byron. Al principio pasamos el tiempo disfrutando en el lago o paseando por sus orillas. Y Lord Byron, que estaba escribiendo su tercer canto de Childe Harold, era el único de nosotros que se dedicaba a trasladar sus pensamientos al papel. A medida que nos los iba mostrando, estos pensamientos parecían convertir en divinas las maravillas del cielo y la tierra que todos compartíamos, con su poético atuendo de luz y armonía.

Pero el verano se tornó húmedo y poco agradable, y la persistente lluvia a menudo nos obligaba a estar días enteros dentro de la casa. En nuestras manos cayeron algunos volúmenes de historias de fantasmas traducidas del alemán al francés. Entre ellas se encontraba la Historia del amante inconstante, quien, pensando que abrazaba a la novia a la que había jurado sus votos, se encontró en los brazos del pálido fantasma de aquélla a la que había abandonado. También había un cuento acerca de un pecador, fundador de una estirpe, que había sido condenado a la terrible tarea de dar el beso de la muerte a cada hijo menor de su dinastía maldita en el momento preciso en que éste alcanzaba la edad adulta. Bajo los intermitentes rayos de la luna se podía ver su inmensa y sombría figura vestida como el fantasma de Hamlet, con armadura completa aunque con la celada alzada, avanzando despacio por la lúgubre avenida. La figura desaparecía bajo las sombras de los muros del castillo. Pero poco después se abría una puerta, se escuchaban unos pasos, la puerta de la habitación se abría y él avanzaba hasta el lecho del joven en la flor de la vida que dormía en un profundo sueño. Mientras se inclinaba para besar la frente del que se iba a marchitar como una flor arrancada, un eterno dolor se iba apoderando de su rostro. No he vuelto a leer estas historias desde entonces, pero se mantienen tan frescas en mi memoria como si las hubiera leído ayer.

«Escribiremos cada uno una historia de fantasmas», dijo Lord Byron, y todos accedimos a su propuesta. Éramos cuatro. El noble autor comenzó un cuento, del cual publicó un fragmento al final de su poema sobre Mazepa. Shelley, más hábil para dar vida a ideas y sentimientos con el resplandor de brillantes imágenes y con la música de los versos más melodiosos que adornan nuestra lengua, que para idear el mecanismo de una historia, comenzó una basada en las experiencias de su infancia. Al pobre Polidori se le ocurrió una idea terrible sobre una dama con una calavera por cabeza que había sufrido este castigo por fisgonear a través de las cerraduras no recuerdo qué, algo muy malo e inapropiado. Pero cuando ya se encontraba en una condición peor que la del famoso Tom de Coventry, no supo qué hacer con ella y se vio obligado a enviarla a la tumba de los Capuleto, el único lugar para el que era apta. El ilustre poeta, molesto por lo aburrido de la prosa, desistió rápidamente de una tarea tan antipática.

Yo me apresuré a «pensar una historia», una historia que pudiera rivalizar con aquéllas que nos habían impulsado a la tarea. Una historia que hablara de los misteriosos miedos del ser humano y despertara la excitación del miedo, una historia que hiciera que el lector tuviera miedo de mirar a sus espaldas, que le helara la sangre y le acelerara el pulso. Si no conseguía todo eso, mi historia de fantasmas no era digna de tal nombre. Pensé y reflexioné en vano. Sentía ese vacío creativo, que es el mayor misterio de la autoría, en el que la única respuesta a nuestras ansiosas invocaciones es la insulsa Nada. «¿Has pensado una historia?», me preguntaban cada mañana, y cada mañana me veía obligada a contestar con un mortificante no.

Como dijo Sancho Panza, todo debe tener su inicio. Y ese inicio tiene que estar relacionado con algo que pasó anteriormente. Los hindúes han colocado el mundo sobre un elefante, pero hacen que el elefante se apoye sobre una tortuga. La invención, tenemos que admitirlo humildemente, no consiste en crear de la nada, sino del caos. En primer lugar, se deben conseguir los materiales. La invención puede dar lugar a oscuras e informes sustancias, pero no puede dar vida a la sustancia en sí. En cualquier descubrimiento o invención, incluso en los que pertenecen a la imaginación, siempre sale a colación la historia del huevo de Colón. La invención consiste en la capacidad de aprovechar el potencial de un tema y en el poder de moldear y elaborar las ideas que éste sugiera.

Fui fervoroso y silencioso testigo de muchas y largas conversaciones entre Lord Byron y Shelley. Durante una de estas discusiones reflexionaron sobre varias doctrinas filosóficas, entre otras, la naturaleza del principio de la vida y si sería posible descubrirlo y comunicarlo algún día. Hablaron sobre los experimentos del doctor Darwin (no hablo de lo que el doctor hizo en realidad, o dijo que hizo, sino de lo que entonces se decía que había hecho, que era más afín a mi propósito), que había mantenido un trozo de gusano en una caja de cristal hasta que, por alguna causa extraordinaria, comenzó a moverse voluntariamente. ¿Acaso no se había conseguido dar vida a fin de cuentas? Quizá se podría reanimar un cadáver. El galvanismo había probado fenómenos parecidos: se podrían fabricar los diferentes componentes de una criatura, unirlos y dotarlos del calor vital.

Con esta conversación transcurrió la velada, y ya habíamos superado incluso la hora bruja cuando finalmente nos retiramos a descansar. Pero cuando por fin apoyé la cabeza sobre la almohada, no conseguí conciliar el sueño, tampoco se puede decir que estuviera pensando. Mi imaginación estaba desbocada. Se apoderó de mí y me guio, trayéndome a la mente una imagen tras otra con una viveza que superaba los límites del sueño. Aunque tuviera los ojos cerrados, podía ver con una increíble precisión al pálido estudiante de las pecaminosas artes junto a la cosa que había ensamblado. Vi el horrible espectro de un hombre extendido, y cómo después, gracias al funcionamiento de algún poderoso artilugio, mostraba signos de vida y se agitaba con un movimiento inseguro y vacilante. Debía de ser algo terrorífico, sumamente terrorífico, que una empresa humana resultara en una burla del magnífico mecanismo del Creador. El éxito tendría que aterrorizar al artista, que asaltado por el horror, con toda seguridad se alejaría del odioso producto de su trabajo. Albergaría la esperanza de que, abandonada a su suerte, la chispa de vida que había encendido se apagara, de que esa cosa que había sido animada de forma tan imperfecta se convirtiera en materia muerta, y de poder dormir convencido de que el silencio de la tumba sofocaría para siempre la transitoria existencia del horrible cadáver del que había esperado que fuera la cuna de una nueva humanidad. Duerme, pero algo lo despierta, abre los ojos y ahí está el horrible ser, de pie junto a él, abriendo las cortinas y mirándolo con sus ojos amarillos y acuosos de forma inquisitiva.

Abrí los míos aterrorizada. La idea se había apoderado de mi mente hasta tal punto que me estremecí de miedo y quise cambiar la fantasmagórica imagen por la realidad que me rodeaba. Lo recuerdo todo como si fuera ahora mismo: la habitación, el oscuro entarimado, los postigos cerrados a través de los cuales intentaba entrar la luz de la luna y la sensación de que el lago cristalino y los altos Alpes se encontraban detrás. No me resultó fácil librarme de este horrible fantasma. Me perseguía. Intenté pensar en otra cosa y recurrí a mi historia de fantasmas, ¡mi tediosa y desafortunada historia de fantasmas! ¡Oh! ¡Si tan sólo pudiera inventar una historia que fuera capaz de estremecer al lector tanto como yo misma me había aterrado esa noche!

La súbita iluminación me llenó de alegría. «¡Lo tengo! Lo que me ha aterrorizado a mí, aterrorizará a los demás. Tan sólo he de describir al espectro que se me ha aparecido esta noche en la cama». A la mañana siguiente anuncié que se me había ocurrido una historia. Ese mismo día comencé a escribirla con estas palabras: «Era una triste noche de noviembre», y luego me limité a transcribir los lúgubres terrores que aparecían en mi sueño.

En un principio sólo pensaba escribir unas cuantas páginas, un cuento corto, pero Shelley insistió en que desarrollara la idea y la ampliara. Si bien es cierto que no le debo a mi marido la idea de ningún episodio concreto, ni siquiera la de los sentimientos de personaje alguno, de no ser por su insistencia, nunca habría tomado la forma en la que se presentó al público. Debo excluir el prefacio de lo dicho anteriormente, hasta donde recuerdo, lo escribió él por entero.

Dicho esto, invito a mi horrorosa criatura a que se ponga en marcha y se desarrolle. Le he tomado cariño, porque fue el fruto de días felices, cuando la muerte y el dolor no eran más que palabras que no hallaban eco en mi corazón. Sus páginas hablan de muchas caminatas, de muchas excursiones y de muchas conversaciones en un tiempo en el que no estaba sola. Ya no volveré a ver más a mi compañero en este mundo. Pero eso ya es cosa mía. A mis lectores no les interesan esos recuerdos.

Tan sólo diré una cosa más sobre los cambios que he realizado. Son cambios principalmente de estilo. No he cambiado ninguna parte de la historia ni he introducido nuevas ideas o situaciones. He retocado el lenguaje allí donde era tan escueto que afectaba al interés de la narración. La mayoría de estos cambios tiene lugar casi exclusivamente al comienzo del primer volumen. En el resto del libro se limitan tan sólo a aquellas partes que son meros anexos de la historia, dejando la esencia y el contenido intactos.

M. W. S.

Londres, 15 de octubre de 1831

Enciclopedia de los muertos

La historia está escrita por los vencedores. El pueblo teje leyendas. Los escritores desarrollan su imaginación. Sólo la muerte es incuestionable.

Danilo Kiš.

La muerte siempre ha sido tema de discusión en la literatura y en la vida; mucho se puede hablar o leer acerca de ella y la búsqueda eterna para comprenderla trasciende generación tras generación.  El misterio de lo que conlleva esa palabra de seis letras es compartido por cada uno de nosotros y el significado que le otorgamos siempre es distinto. 

Danilo Kiš llegó a mí gracias al misticismo evocado por una maestra en letras en un diplomado que tomé hace tiempo. El nombre del autor y del libro que hoy comparto quedaron anotados en una lista de futuras lecturas y grabados en mi memoria hasta que por casualidad, en una de las librerías de mi ciudad— uno de esos rinconcitos mágicos donde un lector entra y se detiene el tiempo— me topé con un ejemplar; Danilo Kiš hizo eco en mi mente y no dudé en llevármelo a casa, sin esperar en aquél entonces, la connotación que tendría en mí su lectura.

Danilo Kiš fue un autor serbio que vivió la tragedia de la guerra y la muerte de sus seres queridos en la represión nazi, factores determinantes en sus obras que marcaron su estilo y forma de hacer literatura. La vida y obra del autor impactan a cualquiera que ose en introducirse en su mundo, mismo que deja huella, tal como me sucedió con “Enciclopedia de los muertos” un libro compuesto por nueve relatos y un post scriptum –donde el autor explica la inspiración de cada uno de ellos y su origen— muestra al lector distintas caras de la muerte, en donde sus personajes, regidos por su entorno y sus creencias, la viven como un milagro, como una eternidad, como un sueño o como un sacrificio.

Es un libro para leerse sin prisa y digiriendo cada frase. Kiš juega con el lector a través de distintos estilos de narración en los relatos. La enciclopedia de los muertos es un laberinto en donde cada bifurcación significa un reto para el lector.

Iniciamos con el relato de “Simón el mago” donde se aborda el misterio de la muerte desde dos perspectivas, mismo que es basada en una leyenda gnóstica donde la magia y la fe a lo desconocido se palpan en el relato. Doblamos la página y nos encontramos con Marieta, una prostituta de un puerto de Hamburgo que merece unas “Honras fúnebres”—título del relato— dignas de una dama de cualquier respetable familia. Al bifurcar en las páginas, nos adentramos en el cuento “Enciclopedia de los muertos (toda una vida)” y leemos un relato en primera persona donde una mujer encuentra en una extraña biblioteca de Suecia, un libro que habla de la vida de su padre, el cual tiene poco tiempo de haber fallecido. El extraño libro describe desde los primeros días en que su padre vino al mundo hasta el último día en esta tierra; la mujer se adentra en los secretos, temores y anhelos de su padre, además de conocer el sueño premonitorio que anuncia una muerte envuelta en misterio y arte.

Y así, en cada uno de los pasillos de este laberinto de Kiš, nos encontramos con relatos en donde no existe el límite entre la ficción y la realidad y donde el autor reta al lector en tiempo y forma y lo envuelve en un sueño del que no quiere despertar, por más cruel o impactante que sea ese trance en la lectura.

No, no es una lectura fácil, pero la experiencia de leer a Kiš deja un muy buen sabor de boca y las ganas insaciables de seguir adentrándose a su mundo.

Como siempre, les dejo unos fragmentos para que den el primer paso y se adentren a este laberinto místico donde la muerte, es la protagonista.

“Cuando una mentira es repetida durante un largo tiempo, la gente empieza a creerla. Porque la gente necesita la fe.”

“A la muerte no se le engaña; las flores poseen una trayectoria dialéctica perfectamente definida y, como el hombre, un ciclo biológico: del florecimiento a la putrefacción; los proletarios tienen derecho a las mismas honras fúnebres que los ricos; las putas son el producto de las desigualdades de clase; las putas son (por lo tanto) dignas de las mismas flores que las señoritas de buena familia.”

“Pensaba, como suele pensar toda la gente que cae en la desdicha, que un cambio de lugar me ayudaría a olvidar mi dolor, como si uno no llevara su desgracia dentro de sí.”

“Pero en su interior no había más que el recuerdo de su propio sueño y de su despertar, el de antes y el de ahora, en su interior no había más que oscuridad absoluta, como antes de la Creación, como antes de la vida, cuando el Señor aun no había desligado el sueño de la realidad, ni la realidad del sueño.”

“¡Ah! ¿Quién pudiera deslindar el sueño de la realidad, el día de la noche, la noche del alba, los recuerdos de las quimeras?

¿Quién pudiera colocar un hito invisible entre el sueño y la muerte?

¿Quién pudiera, oh Señor, marcar las lindes y colocar hitos visibles entre el presente, el pasado y el futuro?

¿Quién pudiera, Señor, separar la alegría del amor de la tristeza del recuerdo?”

“[…] es peligroso asomarse al vacío de otro, con el único deseo de ver en él, como en el fondo de un pozo, el reflejo propio; porque eso también es vanidad. Vanidad de vanidades.”

Porque nunca se repite nada en la historia de los seres humanos […] todo lo que a primera vista aparece igual apenas es similar; cada hombre es un astro aparte, todo ocurre siempre y nunca, todo se repite hasta el infinito y de forma irrepetible.

“Lo que pasó, pasó. El pasado vive dentro de nosotros y no lo podemos borrar. Puesto que los sueños son el reflejo del más allá, y la prueba de su existencia, nos seguimos encontrando en sueños. “