Algunos poemas de Hildebrando Pérez Grande

Hildebrando Pérez Grande es un reconocido poeta peruano nacido en Lima en 1941. Considerado como una de los principales representantes de la Generación del 60’ en la poesía peruana junto a Marco Martos, Javier Heraud y Antonio Cisneros. Ganador del Premio Casa de las Américas 1978, con su poemario Aguardiente y otros cantares. Director de la revista Piélago, co-director de Hipócrita Lector y actualmente de Martín, Pérez Grande es uno de los valores más representativos de la poesía andina, pero además, de la poesía peruana en general. Los poemas seleccionados a continuación proceden de su (hasta ahora) último poemario, Aguardiente forever.


2. 

Andahuaylas es una muchacha su tristeza
por las tardes. Lluvia que cae para iluminar los sauces
y los corazones. Noche templada a la luz de la luna
campesina y, acaso, algunas trenzas que se enredan
en las manos de un labriego o en la estrella más alta,
que es lo mismo. Andahuaylas es leña, leña ardiendo
en una cocina de barro, en cada recuperación de tierras.


4.

Muchacha de las retamas,
rocío de la mañana.
Muchacha de luz serrana,
vasija de fuego y agua.

La gracia de tu mirada,
muchacha cordillerana,
vuela como una campana,
muchacha de las retamas.

Muchacha de porcelana,
flor encendida en el cielo.
Mucacha de las retamas,
luna de almendra y olvido.


Cementerio de automóviles

Todo en él era viejo, salvo sus ojos
     Ernest Hemingway

Corrías cara al sol en las tardes claras de un loco
Verano, seduciendo a las muchachas
Con tu chasís reluciente y la potencia de tu HP.
Muchos miraban con envidia la forma como subías
Por las lomas más empinadas, fierro
A fondo. Y más aun cuando bajabas por laderas
Iluminadas por el carmín y la sonrisa de tu gitana en flor.
Eran los prodigiosos años sesenta. Los caminos
Inciertos los recorrías cantando only you. Pero
No siempre merecemos nuestros sueños: ahora
Se te cae el pelo, el aceite, los deseos. Eres
Una chatarra inútil y estás bajo de rating.  Tan sólo
Añoras  un espejo retrovisor para mirar
Tardíamente las maravillas insospechadas del universo.

Sin chasís, sin jazmín, sin lubricante
Acaricias tu vieja placa:
PERU. Lima. 27-04-41.


Mutatis mutandis

Un árbol derribado no es un árbol: es un río
que crece entre los hombre. Un río que crece
entre los hombres no es un río: es un sueño
que en los días de verano se desborda sobre tu tierra
seca. Y un sueño que en los días de verano
se desborda sobre tu tierra seca no es un sueño:
es la hoguera en la que por un tiempo
ha de temblar tu delicioso cuerpo. Pero la hoguera
en la que por un tiempo ha de temblar
tu delicioso cuerpo no es, como supones, una fuente:
es tan sólo un árbol, un río, un sueño que te dice
inútilmente que sí, que es mentira, que no lo volverá a hacer.


A Silvia de nuevo

Qué penas estoy pagando
bajo el sol, bajo la luna,

ay, Silvia.

No hay delicias, hay quebrantos
en la dulce tierra mía,

ay, Silvia.

No le arranques a mis labios
el cuchillo de tus besos,

ay, Silvia.

oh, mi dueña, mi tirana
mi guitarra abandonaste,

ay Silvia.

Arderás en mi memoria:
nunca más entre mis brazos,

ay, Silvia.


 

Hildebrando Pérez Grande: Yo siempre seré un viejo poeta que recién empieza a escribir

Desde un ámbito más personal, entrevistar a un escritor casi siempre es difícil. Es imposible saber si va a poder responder a la pregunta, o elucubrará algo que cambie el rumbo de la pregunta o en casos, de la entrevista misma. En la mayoría de los casos, hablar con un escritor es resignarse, en el buen sentido de la palabra, a dejar que sea él quien decida el rumbo de la entrevista. En el caso de Hildebrando Pérez Grande (Lima, 1941), poeta peruano de la generación del 60’, sabe muy bien como transformar una entrevista en una conversación. Es imposible no disfrutar los giros inesperados que puede tener en alguna respuesta, las anécdotas, casi siempre jugosas, que puede recordar con un nombre, las reflexiones, acertadas, que pueda soltar casi sin mayor esfuerzo. Para alguien que ha tenido la oportunidad de llevar dos cursos con él, de tener la fortuna de haber compartido espacios fuera de clases, esta entrevista es una síntesis  de lo que ya le he preguntado antes, de estas otras entrevistas no-oficiales camufladas como conversaciones, que quedarán grabadas en mi memoria pero que nunca he podido publicar.

Esta conversación no solo demuestra lo gran conversador que puede ser Hildebrando Pérez sino el dominio que tiene sobre la palabra, sobre la literatura, según sus propias palabras, este viejo poeta que recién empieza a escribir.

Diego Abanto Delgado.


Cantar de Hildebrando

¿Quién es Hildebrando Pérez Grande?

Bueno, es lo que queda de mí. (Risas) Después de muchos años vuelvo a escuchar ¿quién es Hildebrando Pérez Grande? Es lo que fui. Lo que prefiguro todavía que podría ser, algún día de los que aún me quedan. Pero la verdad es que soy los restos de lo que fui. Eso es. O mejor todavía: un glorioso naufragio, más allá de toda modestia.

¿Cómo te inicias en la literatura?

En una mala hora, como diría García Márquez. Mis  primeros pasos en la poesía no se dieron en Lima, sino en la vieja casona de mi abuela, en un pequeño pueblo que se llama Orcotuna, que hasta ahora esta, para mi sorpresa, a la mano derecha del río Mantaro, a unos quince minutos hoy en día de Huancayo. Yo nací en Lima, el 41’, y antes de cumplir un año, sufrí un feroz ataque de asma, motivo por el cual el médico amigo de la familia les dijo a mis padres: ustedes ya han perdido a una hija. Yo tuve una hermana mayor, que dos años antes había muerto también de lo mismo aquí, en Lima, yo no la conocí. Entonces les dijo “si ustedes no quieren que se muera, mándenlo a un lugar amable, seco, ¿tienen dónde?” Sí, dijo mi madre, lo enviaré a la casa de mi madre, mi abuela materna en este caso. Y antes de que cumpliera un  año me empaquetaron bien y me enviaron en tren, en esos antiguos trenes que salían de aquí de Desamparados hasta Huancayo. Y ahí, pasé mi niñez, descubrí el mundo. A los siete u ocho años yo escuchaba y dormía con relatos y canciones en quechua y en español por parte de mi abuela.

Un día, sin querer queriendo como se dice, me descubrí haciendo canciones, para mí, para romper mi silencio y soledad.  Eran canciones que sin duda imitaban los huaynos y mulizas de esas zonas. Ya cuando me trajeron a Lima a estudiar la secundaria, en el colegio nacional Alfonso Ugarte, ahí sí empecé a descubrir lo distinto que era una canción  de un poema. Me ayudaron los libros que había en mi casa, de poetas peruanos sobre todo: Eguren, Chocano, Vallejo y los españoles del 98, sobre todo Machado. Esa es mi protohistoria, mi primer nicho poético. Todo eso ya es ceniza, retamas chamuscadas, felizmente.

Ya no guardas ninguno de esos poemas…

No. Imagínate, si no guardo los que ahora estoy escribiendo, peor todavía los de antes (Risas).

Luego de Alfonso Ugarte, llegas a San Marcos, ¿verdad?

El año sesenta terminé en el Alfonso Ugarte, y el 61 ingresé a San Marcos. Ahí en la facultad de Letras, en el antiguo local del parque universitario. Desde temprano me entropé a los movimientos estudiantiles, me mal acostumbré al rochabús, a las gases de la represión que me dejan malherido por mi asma. Lo que recuerdo con gratitud son las clases de Historia y de Literatura y que para mí fueron estimulantes, realmente deslumbrantes. Ya en el segundo año, tuve por vez primera como profesor a José María Arguedas en Introducción a la Antropología. Me gustó tanto el curso que lo llevé dos veces y me hice amigo de José María. A  él, le mostré mis primeros poemas y me dio algunas indicaciones. Él y la directora del coro de San Marcos, que era una musicóloga muy apasionada por la cultura andina, Rosa Alarco, ellos fueron mis primeros mentores en San Marcos. Yo le debo muchísimo a José María y a Rosita Alarco. Fíjate la suerte mía. Me dijeron mira, este es tu fuerte, anda por ahí. Y era verdad, pues. Yo no era un limeño urbano cosmopolita. Yo venía como cualquier migrante. Lo mío es algo atípico, nací en Lima, migro, por salud, a los andes y luego vuelvo a migrar del valle del Mantaro a una ciudad que crecía de manera caótica, por el mito del desarrollo social, cultural a través de la educación. Mis padres eran migrantes y producto de una enfermedad, me enviaron de nuevo a Huancayo, a Orcotuna, y de ahí volví nuevamente a Lima.  Y en cada vacación del colegio, tres meses, ¿a dónde me iba? A la casa de mi abuela, que era en verdad mi madre. En el recuerdo que tengo, mi abuela es mi madre, sin duda alguna. A ella le debo todo lo que soy, y lo que seré algún día.

¿Por qué escribes poesía?

¿Y por qué no? (risas). Mira, fuera de bromas, en mi caso, y creo en el caso de todos, uno necesita expresar lo más íntimo, lo más visceral. Hablo de las desesperaciones, furias, rabias, y esos raros momentos que podemos tipificar como amables. Hay veces en las que digo “esto tengo que escribirlo”, y brotan las palabras, entre labios voy diciendo un verso, una imagen y otra imagen y de repente tengo el texto, que, como ya te lo confesé,  muchas veces olvido.  Cuando llego a la casa y quiero escribirlo, ya estoy en blanco.  Escribo por una necesidad, la imperiosa necesidad de expresar lo que yo veo, lo que yo siento, lo que yo pienso, lo que yo sueño, esa cosa insoldable que se llama soledad.

Ahora que mencionas a José María Arguedas, ¿cuánto influyó en ti?

Como te decía, yo no creo que José María haya influido en mis formas discursivas de una manera flagrante, de una manera extraordinaria. Yo creo más bien que sí en cuanto a la visión del Perú, en cuanto a las corrientes de la literatura que existen, a veces fuera del canon peruano también, y a la importancia que le podemos dar a los discursos culturales que a veces no gozan ni de prestigio ni de favores de la gente.

Con él aprendí, si tú quieres, algo muy particular; el sentido de pertenencia cultural. Mi mundo es el mundo andino, por mis ancestros, es lo que más me ha marcado en mi infancia. Los primeros recuerdos que tengo de mi vida no son urbanos, porque a mí me llevaron a Orcotuna  antes que yo cumpliese un año. Yo tomo consciencia de mí y de mi entorno allá. Para mí son familiares el olor de las retamas, el capulí, que aquí llamamos aguaymanto, las palomas y el viejo palomar de mi padre, el bramar del río Mantaro, caminábamos trescientos metros, para bajar a la orilla, y ahí estaba el río. Había truchas, yo jugaba en los recodos del río, con mis amigos del colegio y saltábamos y tirábamos las truchas al aire. ¿Tú crees que ahora hay truchas? Te estoy hablando del año 48, hace más de setenta años, ya no hay, antes el agua era transparente. Por los relaves que contaminaron sus aguas, pues, los relaves de la Oroya.

En tu obra, podrías indicarnos quiénes son tus paradigmas, a quiénes sigues, a quiénes lees con mayor atención…

Bueno, yo leo y releo constantemente con atención a Vallejo. Pero de los nuevos, por decirlo así, me conmueve la poesía de Juan Gelman. De lo más cercano que tengo para mí, sin desconocer a otros, yo creo que después de Vallejo, estoy diciendo tal vez una burrada pero para mí después de Vallejo, Juan Gelman.

También leo y con sumo placer a Eielson, me parece un gran poeta, para hablar de nuestro medio. Blanca Varela y Eielson, son poetas oceánicos y estelares. Pero hoy por hoy, mi santo y seña sería Juan Gelman. Me gusta la poesía de Jorge Teillier, incluso Benedetti en su momento más agradable, José Emilio Pacheco, tantos grandes poetas.

La verdad es que soy muy amplio en mis lecturas, no le cierro las puertas a nadie.  Como me decía un compañero, casi recriminándome, “tú eres un puto” . Al parecer, pues, soy una suerte de  puto literario en cuanto a mis lecturas. Porque no me quedo sólo con el expresionismo de Vallejo, me encanta el surrealismo de Moro. Siempre en mis clases digo ¿por qué a mí nadie me ha escrito un poema como la Carta a Antonio? Moro es espléndido, claro, hay otros, pero no digo más para no levantar sospechas.

Literatura (Peruana o no)

Ahora, hablando de la literatura peruana… ¿Podríamos decir que la literatura peruana, es por fin, libre e independiente?

Por la voluntad general de sus editores…(Risas). Mira, sí y no. Obviamente desde la vanguardia, desde Vallejo en poesía, y La Casa de Cartón, de Martín Adán, yo creo que toda nuestra literatura es un ejercicio en que nuestros mejores autores expresan de una manera muy particular, un estilo, un tono, una visión que ya se arraiga en nuestra idiosincrasia, nuestra forma de ser. Ya hemos dejado hace rato de ser colonia, creo que eso está clarísimo, tanto en narrativa como en poesía. Hay una diversidad de estilos y eso es bueno, diversos tonos, diversos ficciones.

Y recordando, a propósito de Arguedas, modestamente en cuanto a lo que yo escribo. ¿Qué es lo que diferencia lo que yo he escrito con todos mis amigos de generación? Todos los demás son poetas urbanos, cosmopolitas. Dime ahora una voz que procure hablar del mundo andino…que no es una impostura además.

De la generación del 60’?

Sí.

No. Creo que no hay…

Exacto. Eso es lo que me hicieron dar cuenta Arguedas y Rosa Alarco, me dijeron: Tú estás en esto, insiste, busca, explora, dale un nuevo tono, un nuevo ritmo”. No sé si lo logré o no, pero eso fue el camino que yo elegí. Ahora esto no quiere decir que yo sea mejor que los otros, NO. Esto pues justamente la pluralidad de todos, las distinciones que se pueden hacer.

Manuel Scorza decía que la literatura era el primer territorio libre de América. ¿Tú crees que el leer, el escribir es una forma de liberarnos?

Yo creo que toda literatura, toda buena literatura, es un instrumento de liberación, sin duda alguna, una catarsis personal. Pero más allá, todo texto nos concientiza. Yo creo que lo mejor de la lectura es concientizarnos, no educarnos, no decirnos cómo tenemos que pensar o comportarnos, sino descubrir la realidad, ese es su mejor regalo. Una realidad que puede ser fascinante, fastuosa, maravillosa o miserable, terrible, dolorosa, cruenta pero que nosotros no veíamos y estaba aquí, al lado de nuestras narices, y gracias a un poema, un cuento, una novela, lo descubrimos, lo hacemos nuestro y nos engrandece, nos enriquece como seres humanos.

Y tú como profesor de Literatura peruana, ¿cómo la definirías?

¿Qué es la literatura peruana? Una penosa elegía, un collar de epitafios (Risas). Mira, trataré de hablar con seriedad: la literatura peruana tiene una vertiente, o varias vertientes en realidad, que se entretejen desde el Inca Garcilaso y Guamán Poma. Hay una literatura canónica, y una muestra de esa literatura es el espléndido Inca Garcilaso de la Vega.

Yo puedo hacer, como lo hago en clases y lo han hecho ya otros, un arco que va desde el Inca Garcilaso hasta el Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa. Pero hay otra vertiente, que va desde Guamán Poma hasta Arguedas, hasta Colchado y su “Rosa Cuchillo”. ¿Cuál de las dos es mejor? Es una pregunta insidiosa, inútil, perversa. Porque nuestra realidad es una realidad muy compleja, donde es posible varios discursos, varias formas discursivas. La literatura peruana, como muy bien ha dicho Antonio Cornejo Polar, es heterogénea, diversa, contradictoria y complementaria. Algunos nos deslumbrarán y conmoverán como Vallejo y Eielson,  son distintos y acaso contradictorios si se quiere poéticamente, pero complementarios, forman parte de un mismo universo, el nuestro.  Tenemos autores que con audacia y gran sentido de aventura buscan nuevas formas expresivas, siguiendo o en contra de la corriente tradicional. A esos autores hay que ir. A esos que buscan, que exploran, que se caen, que pierden, pero que finalmente logran algo. Un poema basta. Emilio Adolfo Westphalen con dos libritos, cuyas dos primeras ediciones, regalo inapreciable de mi amiga Rosa Alarco, felizmente tengo, forma parte del discurso de la literatura peruana, del devenir de sus formas discursivas. Recuerda los Cinco metros de poemas, una maravilla que aún se mantiene fresco, lozano.

Te lo preguntaba por un pensamiento de Luis Alberto Sánchez en La literatura peruana: derrotero para una historia cultural del Perú quien dudaba de las literaturas nacionales. Creía que la literatura era “tierra de nadie”, por lo que la seda la coje, no la define…

Déjame disfrutar de mi vejez, mi vejez temprana. Y de mis recuerdos. Yo tuve la fortuna de ser alumno en dos cursos de Luis Alberto Sánchez. En el año 62’, cuando nos trasladamos del Parque Universitario a la Ciudad Universitaria, Sánchez era rector, y dio la primera clase magistral, y se quedó con el curso Historia de América Latina, que lo hizo de manera brillante. Obviamente hablaba de una América Latina que era más deseo que realidad.

Y al año siguiente, yo era dirigente de los estudiantes de la Facultad de Letras, y le pido que dicte un curso sobre Manuel González Prada. Claro que yo sabía que podía, él dominaba la obra de González Prada y ha escrito un libro además sobre Don Manuel. Y de repente me dice ¿Usted cómo se llama? Y le digo Hildebrando Pérez Grande. Y antes que me diga algo, le dije Mi tío ha sido su secretario por varios años. ¿Maurilio Arriola Grande? Me preguntó. Sí le dije. Y me dijo,  delo por hecho, yo dicto el curso. Y era verdad, un tío mío fue uno de los fundadores del APRA, en Huancayo, cuando entraban al partido  los héroes, no el APRA de ahora, sino el de los viejos apristas. Mi tío sufrió cárcel, estuvo en El Frontón, fue desterrado a Bolivia, luego Chile, Argentina. Él fue su secretario en los años cincuenta y fue doctor en Literatura, tiene un Diccionario de Literatura Peruana, en donde dice que soy un “poeta rojillo”.

Regresando a tu pregunta, Sánchez tiene frases muy famosas y muy críticas y criticadas. Como lo de América sin novelistas, a lo que vino el boom y le dijo ¿Cómo que sin novelistas? Y es que todas esas frases son para sorprender a la gente, caen bien, son simpáticas, agradables, pero no te dicen una realidad que te convenza.

Qué es un territorio libre, como diría Scorza, pues sí. Con la aventura de los nuevos escritores, el manejo de los instrumentales, de las herramientas, técnicas y las corrientes modernas, por supuesto que sí. Yo creo que lo importante ahora, a propósito de miradas, es esa mirada decolonizadora que estamos haciendo, eso sí. Yo creo que es importante subrayar esta política decolonizadora, hay que deconolizar el pensamiento. Hacer que lo que decía José Martí sea una realidad:  Nuestra América. En eso sí comparto la propuesta de Aníbal Quijano que estaba trabajando sobre la decolonización.

De la generación del 60’, un poco de Piélago y Hipócrita Lector

Hablando ya de tu generación… ¿Qué genera en ti hablar ahora de la generación del 60?

En estos momentos, mucho dolor, porque ya no están los amigos con los que solía compartir en San Marcos, en los bares de Lima. Ya no está Juan Ojeda, gran poeta, Luis Hernandez, a quién le publiqué poemas inéditos en Piélago y en Hipócrita Lector, no está Antonio Cisneros, tantos otros…O Hinostroza, con quien tuve una relación un tanto difícil pero muy interesante. Yo le publiqué por vez primera su famoso poema “Horacio”, en Piélago, antes de que saliera editado en su primer libro. Y voté como jurado para que le otorgaran el premio nacional de literatura.

Te decía que me produce dolor, tristeza que ya no estén aquí pero por otro lado me alegra porque ellos lograron en la literatura lo que buscaban, pudieron hacer una obra, que ahora, es un punto alto en nuestra literatura. Me duele no estar con Gregorio Martinez, reírme con Goyo como lo hacíamos, o discutir con Miguel Gutierrez ásperamente muchas veces, pero con mucho respeto. ¿Cómo no me va a doler la ausencia de ellos? Por eso te digo que soy los restos de la generación del 60’. No soy del 60’, sino los restos de lo que queda del 60’. Felizmente aún me siento bien acompañado con Marco Martos, Julio Nelson, Andrés Cloud, Ricardo Ráez, Roberto Reyes, Carlos Garayar, Elqui Burgos.

¿Y qué crees que caracterizó a tu generación?

Yo creo que hay cosas bien interesantes del 60. Al margen ya de una escritura renovada, de formas discursivas renovadas, propuestas nuevas que escapan de la tradición o que van en contra de lo canónico. Yo creo que en ellos había una pasión por la escritura, la literatura. Y una pasión por descubrir lo que era el Perú. Que Basadre nos diga que el Perú era problema y posibilidad, ¿hasta cuándo vamos a ser un país que pierde todas las posibilidades que te da la vida? ¿por qué? Y allí viene la respuesta de la generación. Hay quiénes como Javier Heraud, que dicen yo quiero cambiar el mundo, me voy y otros que dicen yo lo hago de otra manera, con mi escritura. Lo que quiero decir, en una sola palabra, hay una gran responsabilidad, social, ética, un compromiso con la realidad.

Normalmente la inclusión de los escritores en determinada generación se da porque su esplendor literario empieza en esa época, publicaron en esa época. Tú más bien empiezas con Piélago…

Bueno, el 62 me encuentro con Juan Cristóbal, Juan Ojeda, Danilo Sánchez, Hermógenes Hanampa, Gregorio Martínez, Ricardo Ráez y otros amigos y editamos la revista Piélago, los dos primeros números los dirigió Ricardo Ráez, y era más bien en el buen sentido, una revista tradicional, como un menú, había de todo; prosa, ensayo, cuento, poesía. Hasta que se produce en el 63’, la muerte de Heraud. Eso fue un desgarramiento para todos. Entonces yo propongo en uno de esos encuentros que teníamos al formar la revista que dediquemos el tercer número a Javier Heraud. Y hubo voces reticentes porque no era fácil en esos momentos hablar de guerrillas y  la represión era muy fuerte… Y por votación se decidió que se dedicara la tercera edición de Piélago a Javier Heraud. Y yo, así, por pura audacia, dije yo voy a ser el director de este número porque pensábamos que por cada número debía tener un director. Incluso, puse como redacción la casa de mis padres, en esos momentos, fíjate, estando la represión. Había que hacerlo, si un tipo se ha jugado la vida, yo podía publicar una revista. A partir de allí, empezamos a publicar solo poesía. Y nos fue tan bien editorialmente que se agotó inmediatamente, por Heraud, por supuesto, publicamos poemas inéditos de mucha gente, y ya me quedé yo con la dirección hasta el número ocho. El noveno lo dejé en la fotocopiadora porque viajé, me fui a Bolivia y ya lo dejé todo. Por eso es que Marco Martos aún me recrimina.: Tú nunca me has publicado en Piélago me dice. Probablemente es la única revista en la que no ha publicado. (Risas). Pero es cierto, le pedí un poema y me lo entregó, ya tenía el noveno número en vísperas de su edición,  pero fue uno de esos viajes intempestivos. A mi regreso ya habían pasado mil cosas y nunca más salió Piélago. Su muerte fue llorada por todos los y las pielagatos.

Hasta que nos reunimos con Marco Martos, Carlos Garayar y con Elquí Burgos, que hace treinta años que vive en París, y sacamos Hipócrita Lector.

Y estas aventuras editoriales, ¿qué te dejaron como poeta?

Yo soy un revistero, incansable. Yo he dirigido Piélago, Hipócrita Lector, Fabla, Puente-Nippi y ahora Martín, que ya voy por el número 31. Entonces organizar las revistas a manera de homenaje a alguien o rescatar a alguien del olvido, es una tarea gratificante. La verdad es que uno disfruta, yo como editor disfruto, a pesar de las tensiones, los malos momentos.

Y volviendo a tu pregunta anterior, entre el 65 y el 75, la verdad que mi vida fue muy complicada. A caballo iba por la cuestión política, a caballo por aquí iba en la literatura. A caballo entre los dos, saltando. Hasta que ya en el año 76 dije ya estoy viejo para estas correrías. Es que uno sabe hasta dónde puede dar, físicamente hablando en este caso. Y puse más empeño entonces en mi ejercicio como docente, en mi escritura, a revisar mis viejos textos y es por eso que recién en el 78’ publico mi primer libro, es decir casi veinte años después de los demás. Y por otro lado, yo no tenía, como hasta ahora, ese hecho de tengo que publicarlo ahora.

No sentías ese llamado…

No. Por ejemplo, la sexta edición de mi Aguardiente está ahí esperando junto a mi editor a que yo diga ya porque está todo listo, y yo le digo espérate, vamos a ver. Pero en realidad todo esto forma una poética, yo espero que los poemas envejezcan. Cuando envejecen, los saco  (Risas). Eutanasia, ¿te das cuenta? Y después ya dejo lo que queda y lo nuevo, por ejemplo. Esa es la estrategia de las cinco ediciones. No son iguales, si tú ves y comparas, hay varios cuadernillos y poemas que ya no están. Voy sacando y poniendo otros. Ahora voy a sacar y tengo dos cuadernillos para colocar en la sexta edición de Aguardiente forever. Son libros distintos, casi ciclico, andino, ¿te das cuenta? No es tiempo lineal, sino más bien circular…

Aguardiente, el cantar de los cantares

Y ya que hablamos de Aguardiente. El año pasado se cumplieron 40 años de tu primer libro (Aguardiente y otros cantares, 1978). ¿Tu primer premio también?

El premio Casa de las Américas es el 78’. Antes, como estudiante, obtuve dos premios, pero nunca se publicaron los libros, felizmente. Gané los Juegos Florales de Educación en el año 68 o 69, y en Letras obtuve un segundo premio que tampoco se publicó. Yo he sido reacio a los concursos, lo que pasa es que en esos años, mis amigos me decían que me presente y se ofrecían a tipiar los poemas, y los tipiaban generosamente.

Mucho más pensado fue lo del 78’, armé ese librito, saqué un montón de poemas, me quedé con lo que creía era más representativo y en ese momento y tuve la fortuna de tener un jurado muy generoso: Juan Gelman, Mario Benedetti, Juan Calzadilla, buen poeta venezolano, el Indio Naborí, un poeta cubano tradicional, y Lucho Nieto, por el Perú. Entonces Aguardiente y otros cantares, quedó premiado junto al de Gioconda Belli, con un libro llamado Línea de fuego.

La verdad es mi primer y único libro, que tiene varias ediciones y en cada edición es un libro renovado.

¿Y por qué Aguardiente?

Mira, me han preguntado eso varias veces, y la verdad que no es porque sea un bebedor empedernido, o quizá sí, no lo sé…La historia, en realidad, es más simpática.

El aguardiente, entre los años 45 y 48, cuando estaba allá, en la casa de mi abuela en Huancayo, era la bebida más barata, más que el anizado, más que la cerveza. Entonces, los campesinos pobres, los pastores pobres que vivían arriba de los cerros, bajaban al valle del Mantaro para comprar aguardiente.

Y yo recuerdo mucho, acompañar a mi abuela, montado en un caballo o en una burra, ir desde Orcotuna hasta La Merced, San Román, Satipo,  a comprar aguardiente, en bidones. Y con eso, mi abuela les retribuía su trabajo, además, por supuesto, de su salario. Aparte del salario de monedas, mi abuela les regalaba aceite, azúcar, sal y aguardiente. Entonces los campesinos pobres, felices, ¿no? Y los pastores que vivían en la puna, imagínate. Y cuando estaban abajo, en el valle, yo veía que se despachaban el aguardiente dentro de la casa de mi abuela. Y le daban de alma, empezaban a hablar en quechua, en un  español rudo, y a cantar y a bailar. Entonces a mí me quedó esa imagen.

En este caso, el aguardiente me da esa imagen de vitalidad, de fuerza. No eran esos trabajadores que estaban con sus cuerpos apenas bajo el sol, el aguardiente los levantaba, les devolvía su hombría como diría mi abuela. Y eso, después lo viví con Arguedas, yo he visto a Arguedas zapatear, bailar, llorar hasta la madrugada, aquí por la Av. Venezuela, en unos pequeños departamentos, cuartos en realidad, en la que vivían algunos estudiantes migrantes de Puquio, cuyos padres habían sido compañeros de José María Arguedas.

Eso de que Arguedas era triste, paraba llorando, bueno… ¿Quién no llora, quién no se pone triste un rato? Tenía sus bajadas como cualquiera de nosotros. Era alegre, cantaba, bailaba y otras veces estaba más silencioso que nadie…

Entonces el aguardiente es un homenaje a mi infancia, pero no porque yo haya tomado hasta el delirio, me hubiera gustado seguramente, pero no.

Erick Ramos dice que en Aguardiente hay un “profundo canto a otra cosa”. ¿A qué canta Aguardiente? ¿al Perú profundo, de todas las sangres?

Claro…Al mundo exterior. Osea al mundo que nos rodea, al otro Perú, el Perú no oficial. Eso es lo que quiere decir Erick, al Perú no oficial, el Perú no canónico, económico socialmente marginal, explotado, vilipendiado, engañado, desfigurado.

Tú consideras que tu poética es indigenista…

No. Yo creo que no. Me gustaría en todo caso, pero no. Lo que ocurre es que el tópico, los temas que yo recreo, pertenecen a un mundo cultural, el mundo andino de preferencia. Pero es también la mirada del migrante que estaba en Lima, que mira asombrado lo que ocurre tanto en el mundo andino como en la vida urbana. Puedo hacer poemas que no tengan nada que hacer con el mundo andino, rural, y me siento bien haciendo esos poemas con una escritura y las técnicas y los lenguajes urbanos pero me siento cómodo cuando veo que me sale y está saliendo el rostro de un huayno, un jaraví, y lo dejo así. Me manejo en esas vertientes.

Aguardiente, entonces, vendría a ser tu dicotomía interior…

Sí, viéndolo así, sí. Es la dicotomía de la sociedad. Y en eso déjame emparentarme con el Claudio que es el héroe de País de Jauja, o con la Ximena de Laura Risco. ¿Qué reciben? Las dos culturas. Ese es el Perú, un país no resuelto. Y yo no me siento cómodo si elimino el mundo andino, y si por privilegiar el mundo andino, elimino el mundo urbano, también moriría. ¿Por qué voy a negarme esas dos fuentes? Hay algunos que tienen solo una y en buena hora, han resuelto su propia identidad, sus propios rasgos culturales, son urbanos o son andinos. Yo no, desgraciadamente. Como dice el Inca Garcilaso en Los Comentarios Reales, “Prenda de dos mundos tengo yo”. Hermosa frase, en realidad.

¿Aguardiente es el néctar de tu vena poética, o cómo señalas en una entrevista incluida en Aguardiente Forever, eres un viejo poeta que recién empieza a escribir?

Yo siempre seré un viejo poeta que recién empieza a escribir. Nunca me doy por satisfecho, siempre voy buscando, conversando con los nuevos poetas, indagando qué cosas más hay que no conozco. Yo creo que es lo mejor, cambiar, renovarse, sin cambiar las esencias, por supuesto.

Cantar y morir

¿Tú dirías que la palabra está en crisis?

Pero la palabra no es más que metáfora de la realidad, de la historia, de la civilización. Lo que está en crisis es el mundo contemporáneo, el hombre contemporáneo. Entonces si estamos nosotros en crisis, la palabra va a reflejar esa crisis, esos traumas, esas inquietudes, esas búsquedas, eso que no está resuelto, esas cosas sombrías. Tú crees que uno va a estar tranquilo sabiendo que lees en los medios que fuerzas oscuras en Europa están renaciendo…el fascismo, el nazismo, el racismo, la violencia étnica, religiosa, ideológica…si eso está oscuro, Kafka sería luminoso.

¿El Perú necesita leer mejor o leer más?

Creo que necesitamos leer mejor al Perú. Ingresar a este universo complejo de una vez por todas, sin prejuicios, sin estereotipos, sin manipulaciones arbitrarias e interpretarlo. Y buscar las pautas, no te digo para una reconciliación, sino para vivir en armonía, para saber nuestras propias diferencias, nuestra diversidad de identidades, respetar al Otro, su cultura, su dios, sus costumbre, no dejarse avasallar por el Otro tampoco. Pero ya es una mayoría de edad en la civilización. Así que yo creo que en el Perú hay que leer lo que se dice.

Si tú te refieres al texto, al libro…yo creo que en el Perú sí se lee.  Mal que bien, hay una buena cantidad de lectores, el problema es qué leen, pues. Es decir entre leer los diarios chichas y leer textos literarios que no tienen la calidad suficiente. Se te pervierte el gusto, no te enriqueces espiritualmente… Hay que impulsar una política de lectura, es cierto. Sin manipulación alguna.

El segundo poema de Quipus, dentro de Aguardiente, tiene una frase que dice “Andahuaylas es una muchacha que lava su tristeza por las tardes”. Si te pidiera decir algo así sobre el Perú, ¿Qué es el Perú?

Mira, hacer una frase feliz sobre el Perú en estos momentos no se me ocurre. Estoy recordando más bien, frases terribles como la de Pablo Macera, que dijo que el Perú es un burdel (Risas).

Yo pienso del Perú lo mejor, realmente. A pesar de todas sus penurias, dificultades, tenemos una riqueza cultural, una geografía envidiable, el problema es saber, buscar esa armonía, entre la naturaleza y el hombre, buscar ese sentido de armonía que nos falta, definitivamente. No es un paraíso, no es un Edén, hagamos más bien que sea un paraíso, un Edén para todos por igual.

Eso sería la felicidad. Luchar por eso, yo creo que es grato, nos dignifica realmente. Yo siempre he pensado en eso, luchar por el Otro, por los otros nos dignifica, nos hace más plenos. A veces uno dice cómo elegí este camino, tan duro, tan difícil… Bueno, pues…lo elegiste en hora buena, pero ahora la recompensa incluso si no lo has logrado, es que lo intentaste, pudiste hacerlo, te quedaste en el camino. Claro, eso produce dolor, frustración…Pero es como en el poema de Cavafis, la gloria no está en llegar a la meta, sino en el viaje.

La negación del dolor o la agonía del otro, un ensayo sobre el ocaso del prójimo

Giuliano P. Milla Segovia
Bachiller en Psicología


«He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz. Que los glaciares del olvido me arrastren y me pierdan, despiadados
Borges.

No es difícil de notar que en la actualidad las personas estén afanosas por el espíritu de positividad importado por la sociedad de consumo. Todos quieren adherirse al ademán optimista del “sonríe, no cuesta nada”; cuando en esta aparentemente inofensiva propuesta podemos entrever la política light de la voluntad, sugerida sigilosamente por la filosofía de la felicidad a créditos. Esta sonrisa gratuita desentendida del esfuerzo y la fricción es la banderola que comunica la barbarie del optimismo que asedia a los hombres de hoy. El dolor no tiene espacio, es rechazado, se huye de él, se le toma como algo que no se debe tolerar nunca, hoy “hay que ser positivos”. Es evidente que es un fenómeno endémico, vivido más intensamente en los contextos urbanos, con amenazas de cronicidad. Preludio de ello era la peculiaridad neonihilista de los memes, en donde la tragedia humana devenía en pura comedia. Hoy no hace falta ser agudos para notar que situaciones calamitosas son parodiadas en las redes sociales. Algunos podrán decir que lo esencial de estas mofas cibernéticas son lo ácido e incómodo, sin embargo, es fácil hacer una segunda lectura de aquellas para notar la banalidad intrínseca que detentan. De entender que es un imperativo que se ha generalizado.

Lo serio, lo pesado y lo maduro es rechazado por la onda chillin’ del régimen soft de las metrópolis. Gilles Lipovetsky, sociólogo y filósofo francés, exponía que:

“…únicamente la sociedad posmoderna puede ser llamada humorística, pues sólo ella se ha instituido globalmente bajo la égida de un proceso que tiende a disolver la oposición, hasta entonces estricta, de lo serio y lo no serio; como las otras grandes divisiones, la de lo cómico y lo ceremonial se difumina, en beneficio de un clima ampliamente humorístico” (Lipovetsky, 2003, p. 137).

Esta oposición dialéctica entre lo serio y lo no serio, se hace necesaria para tratar con nobleza la vida. Puesto que uno sin el otro sobreviene en uniformidad. Se pasa de este a aquel y viceversa. Pura risa, pura mofa nos intoxicaría, se acabaría con nosotros, nos mataríamos de risa. Al igual que hacer de la vida un espacio de infinita seriedad tornaría todo de gris. A pesar de ello, lo que falta más hogaño, es tomarse la vida de los otros y la propia vida en serio. La seriedad nos da suelo, es la raíz de la risa. La pura risa es una flor arrancada de su suelo. Nada más triste que ver morir a la belleza.

Lo bello necesita un contorno, necesita márgenes para que se le pueda apreciar, por eso el filósofo español García Bacca hacía bien en explicar, recordando a Kant, la disparidad entre lo Bello y Sublime: “Una cosa propiamente bella lo es dentro de límites infinitos, resulta fácilmente abarcable –visible de una mirada-; una cosa es sublime cuando nos da la impresión de infinita, de superarnos, de hacernos notar nuestro limitación, nuestra debilidad” (García, 1967, p.101). Se necesita mesura, prudencia, medida, para que una cosa sea considerada bella, por lo contrario, la sublimidad la disolvería como un maremoto que arrasa con todo, que no dejaría lugar ni tiempo para contemplar su majestuosidad o una bomba atómica que soberbia y asombrosa acabaría en breves momentos con nuestra vida. En consecuencia, el abuso de la risa nos dejaría devastados. Y tras la catástrofe, solo quedarían ruinas.

El tiempo se escurre en la pérdida del tiempo, se extravía en la laberíntica sociedad digital, y luego como náufragos desesperados le queremos recuperar, sin saber en qué dirección ir porque en la sociedad digitalizada no hay norte ni sur, arriba o abajo, todo es igual. Ebrios y aturdidos por el medio digital, no podemos ni ponernos en pie. Aún así, nos cogemos de donde sea, sin ver y, muchas veces usamos de bastón el lugar inadecuado.

Si no nos narcotizamos con el internet, estamos anestesiándonos de otra manera. Y así, maltratamos nuestro cuerpo, lo dejamos quieto, anonadado, agónico, sin poder levantarse, o aplastado por la prótesis digital o entumecido por los efectos de la borrachera, perdiendo la orientación del tiempo y del espacio. Y sin saber uno mismo cuál es su propio tiempo y su propio lugar es inviable que pueda guiar o acompañar a otro. Sin mi tiempo propio no veo el tiempo del otro, no veo quién me solicita. Y más aún, me desespero en esa búsqueda de mi tiempo, hago de esa búsqueda un egotismo, tal como los grupos de poder lo requieren. Por eso, Byung-Chul Han (2017) mencionaba en su obra La expulsión de lo distinto: “La política temporal neoliberal elimina el tiempo del otro, que por sí mismo sería un tiempo improductivo”.

Hoy, el otro importa en la medida que nos sirve. Esto entraña la instrumentalización del otro, es el anuncio de la agonía del otro. Y recordamos las Sagradas Escrituras: “Así como el Hijo del Hombre no vino para que lo sirvieran, sino para servir y dar su vida como rescate de una muchedumbre” (Mc 10:45 Ediciones Paulinas 1972). Y para servir, es necesario estar atento, preparado al llamado de aquel que precisa nuestra respuesta. Y en esa respuesta, buscamos el origen de la voz de quien interpela y nos chocamos con su rostro y, sobre este punto nos alecciona Lévinas en el diálogo que sostuvo con el filósofo francés Philippe Nemo:

“No sé si se puede hablar de fenomenología del rostro, puesto que la fenomenología describe lo que aparece. Por lo mismo, me pregunto si se puede hablar de una mirada vuelta hacia el rostro, pues la mirada es conocimiento, percepción. Pienso, más bien, que el acceso al rostro es de entrada ético. Cuando usted ve una nariz, unos ojos, una frente, un mentón, y puede usted describirlos, entonces usted se vuelve hacia el otro como hacia un objeto. ¡La mejor manera de encontrar al otro es la de ni siquiera darse cuenta del color de sus ojos! Cuando observamos el color de los ojos, no estamos en relación social con el otro” (Lévinas, 2000, p. 71).

Queda claro, con lo declarado por el filósofo de la otredad, que la cuestión del acceso al rostro de ese otro que me interpela no parte de una cuestión gnoseológica, como si se tratara de una relación objetal, sino más bien, se trata de un asunto ético. Y además, ver al otro, es verlo como tal, como quien es, no como un anónimo, a quien se le analiza y objetiviza. Para ver hay que dejar de ver en cierto aspecto, ver al otro implica una cuota de ceguera, la pérdida del ojo. Podríamos asemejar esto con aquello que dice el filósofo peruano Víctor Li Carrillo en sus lecciones sobre La enseñanza de la filosofía:

“Pero la visión de la teoría no es la simple ópsis, el acto físico de ver, sino una visión específica, que se desencadena con el asombro o la curiosidad y culmina unas veces en el éxtasis y otras veces en el saber” (Li Carrillo, 2008, p. 57).

No es con el ojo físico, el de la pupila, la puerta de entrada al rostro del otro, sino la mirada con los ojos del alma lo que nos da la llave de accesibilidad. Y para abrir bien una puerta, hace falta la distancia de la mano con el picaporte, pero no esa distancia tomada en donde “transforman el ojo humano en una cámara” (Han, 2014, p.15), típica de nuestros días, donde la desgracia del otro se graba, donde el teléfono móvil se transforma en un gran muro, a modo de tabique, que me impide ver con el alma el dolor y la herida de mi semejante. Al contrario, esa otra distancia que quita la vista de lo privado por respeto, se retira para tomar impulso y así poder ver, comprender y acoger al otro. Nos decía el filósofo surcoreano que: “Una sociedad sin respeto, sin pathos de la distancia, conduce a la sociedad del escándalo” (Han, 2014, p. 13). Por eso hoy lo privado se hace un show, uno que me distrae de mi prójimo. Aquella es, La société du spectacle (1992). Y a donde se va de espectador, en el fondo se va de mirón. En la sociedad actual, el pudor es cosa extraña.

Esta invasión a lo privado, destructora del otro, lo destituye de su estatus de alguien especial, a quien se atesora. Su interior es profanado por la presencia abusiva del otro. Pasa de ser un tesoro a un mero billete. De ahí que los museos no tengan gran audiencia, puesto que allí solo hay tesoros. Y hoy, en medio del olvido del tesoro, se da exagerado valor al billete. Un claro ejemplo, en dirección opuesta, es lo narrado en el documental El verdadero rostro del Señor de los Milagros, dirigido y producido por Kevin Carbonell Allende (2017), donde se narra que solo las monjas de clausura tienen permiso para acceder a la habitación que custodia el lienzo del Cristo Morado. Este secretismo, nos da pistas del inmenso valor de lo que se vela.

Para ir hacia el otro, hay una cuota de dolor, para recibirlo, tiene que dolernos. Solo es en la compasión la posibilidad de ese encuentro. “Al oírle un grito de dolor a mi hermano, mi propio dolor se despierta y grita en el fondo de mi conciencia”, nos decía Unamuno (1984). Y ese su grito, me permite oír mi grito, mi propio dolor, que desgarra mi alma. Su grito me da validez. Situarme como oyente de él, apertura mi disposición a ser oyente de mí:

“El dolor es el camino de la conciencia, y es por él cómo los seres vivos llegan a tener conciencia de sí. Porque tener conciencia de sí mismo, tener personalidad, es saberse y sentirse distinto de los demás seres, y a sentir esta distinción sólo se llega por el choque, por el dolor más o menos grande, por la sensación de mi propio límite” (Unamuno, 1984, p.92-93).

Y es que yo soy al borde de lo que no-soy, el otro pone los márgenes de mi presencia y, de igual manera, el no-ser pone el límite a mi ser. Por eso, la muerte y el dolor del otro, anuncia mi dolor y mi muerte.

Confiesa el escritor peruano Ciro Alegría, en el prólogo de Los perros hambrientos (1976), que su novela nació desde una lucha por vivir, pugna estrictamente biológica. Él, a raíz de una embolia, quedó ciego y paralizado de medio cuerpo. Como consecuencia tuvo desórdenes motrices, fue recuperando la visión pero con un campo visual restringido. Omitía letras al escribir, olvidaba algunas palabras. En voz de él: “Como con todo tesoro, no se sabe valorizar el del habla sino cuando se lo pierde. Siendo el único que había tenido, limitado y todo me sentía pobre de solemnidad” (p.10). Sin embargo, más tarde, el doctor Juricic le recetó escribir. Y así, buscando en su genio artístico la novela que quería escribir, salió poco a poco de su problema motriz. “Llegué a olvidarme de los fines medicinales” (p.11), relata. Hasta que, terminada la novela, terminada su consternación ya que, había superado totalmente el asunto de salud que le impedía hacer las cosas como él quería. Del dolor, nació el júbilo. Las semillas del dolor germinaron una insólita novela. “El lector acucioso habrá notado cómo la letra viene de la sangre y la vida, con el ritmo y las experiencias del creador” (p.12), expresó Ciro Alegría, en esta crónica de lucha por la vida.

Lejos de esto, desde el estudiante que no se quiere quemar las pestañas, hasta la mujer que quiere dar a luz sin sentir dolor se sufre el rechazo a la negatividad de la existencia, al dolor. Ya decía la sentencia de las remotas abuelas que “a la mala madre no le dolió el hijo”. El apocalipsis del dolor llegará cuando las personas necesiten anestesia para tatuarse. Nos hemos trasladado del vacío del café descafeinado a la tiranía de la felicidad como requisito, como a priori de la persona. 

Preguntémonos: ¿habrá situaciones en las que el individuo no pueda más con este antifaz de la alegría? ¿Qué sucederá con este histrionismo autoimpuesto? ¿Es soportable esa sonrisa infinita? ¿Podemos hablar de una sonrisa? ¿O sería más adecuado llamarle mueca? Sin ánimo de responder a todas estas preguntas, lo que sí podemos afirmar es que hay una indisposición a reconocer el carácter negativo de la vida. En otras palabras, en la sociedad actual hay un rechazo manifiesto al dolor. En voz del filósofo surcoreano Byung-Chul Han: “Hoy, el dolor cede paso a ese ‘me gusta’ que prosigue con lo igual” (Han, 2017, p.13), es la dictadura del like. Por lo cual, la vida termina siendo puro estancamiento, un infierno de lo homogéneo, porque la existencia de movimiento, cambio o transformación se funda en la aceptación de la negatividad. No es de extrañar, que Facebook no tenga dislikes

El filósofo de la generación del 98, Miguel de Unamuno (1982), menciona: “Cuando se goza olvídase uno de sí mismo, de que existe, pasa a otro, a lo ajeno, se en-ajena. Y solo se ensimisma, se vuelve a sí mismo, a ser él en el dolor” (p. 92). Es decir, en el gozo se pierde identidad. Más adelante vuelve sobre el asunto: “El que no sufre tampoco goza, como no siente calor el que no siente frío” (1982, p.96). Es en ese bamboleo dialéctico donde se valida y garantiza el verdadero dolor y el verdadero goce. Sin dolor no podemos gozar, y al no gozar, no sabemos dolernos, y al no saber dolernos, somos invidentes del dolor del otro. Allí, su muerte, su verdadera muerte. 

El filósofo italiano Pietro Chiodi (1962) menciona que: “El no-ser de todo ser que nos es accesible, tal y como se revela a la Trascendencia, es el ser de la Trascendencia” (p.57). He ahí el sentido; es la negatividad del otro, la tensión de su ser afligido, de su muerte, que me abre a la Trascendencia. Solo esta es la vía del sentido de la persona. De encontrar un para qué vivir. Por ello, en la sociedad de hoy, los hombres se desesperan, caen en el perfecto nihilismo y la desesperanza. Por no saber dolerse con el otro, no se fundan –sin perder su identidad-, con el otro. En vez de ello, hacen del amor algo líquido, así pues, la profecía de Bauman (2005) dicta: “En lo que al amor se refiere, la posesión, el poder, la fusión y el desencanto son los Cuatro Jinetes del Apocalipsis” (p. 23). Con ello, el autor de Modernidad Líquida, nos avisa de las consecuencias apocalípticas de la muerte del amor para el otro, haciendo notar en la posesión la compulsión del tener, en el poder la competencia y la rivalidad egoísta, en la fusión la pérdida de identidad, y en el desencanto el reino del aburrimiento y la pérdida de sensibilidad ante lo bello y lo sublime. 

Es un imperativo el que hoy, todos velen por su propio y solitario destino, aún al costo del egoísmo. Preocupándose a sobremanera sobre el éxito personal. Entramos todos en una neurosis de éxito y competencia colectiva y, en nuestro apuro, no podemos detenernos a recoger a esos viajeros que van de Jerusalén a Jericó. En la sociedad hiperindividualista las espadas de aquellos jinetes decapitarán las cabezas y con ellas, los rostros. Y caeremos en una muerte anónima y no habrá samaritano que nos auxilie. 

Este engordamiento del ego, que bate sus alas en la compulsión del desarrollo personal que impera en la sociedad de hoy, suplanta a ese proceso natural de independencia y búsqueda de identidad de los seres humanos, saludable y mancomunada. No es gratuita, implica apoyo de la familia, los amigos y de todos aquellos que formaron parte del camino. Implica asimismo, dolor, sacrificio y renuncia; y todo ello tiene su cuota de angustia y toda angustia es una confrontación y esta, dialéctica. Renunciamos a la libertad de escoger un camino por la libertad para construir este otro camino, que duele, que nos cuesta, que está lleno de obstáculos y desafíos.

Esta negatividad del dolor inaugura lo distinto, narra un nuevo acontecimiento, porque el dolor engendra vida, como la madre que con dolor debe parir el cuerpo de sus hijos. Antítesis de la pornografía, que hace de los cuerpos maniquíes todos iguales, en donde el canon de la felicidad se extrapola al “imperativo neoliberal de rendimiento, atractivo y buena condición física [que] acaba reduciendo el cuerpo a un objeto funcional que hay que optimizar” (Han, 2017, p. 18). Por eso, en el sudor de los gimnasios escasea la negatividad, son templos de la eficacia y eficiencia, necesarios para la presentación ante el gerente de recursos humanos, quien juzga si el prospecto ha hecho un buen trabajo, todo es cuestión de marketing personal, en donde el ser se oculta por el a-parecer.

El hedonismo legítimo del ciudadano vigente solicita la anestesia local que haga posible el ocaso de su herida existencial con miras a cumplir con la norma que hace patente su ciudadanía. Porque, hoy es ley, ocultar la herida, es una falta de respeto que se deje ver la herida al vecino. La psicoanalista Karen Horney (1981) aseguraba que: “Nuestra cultura nos ofrece cuatro vías principales para escapar de la angustia: racionalizarla, negarla, narcotizarla o evitar toda idea, impulso, sentimiento o situación capaz de despertarla” (p.43). Hoy en día, se hace de la angustia, de la inquietud dolorosa del alma, algo que se debe rechazar, negar, disimular, sedar con una pastilla o peor aún, nos engañamos a nosotros mismos haciéndonos creer que esa angustia tiene fundamento razonable, como por ejemplo, aquel joven que al ir a un fiesta alega que no baila porque no quiere sudar, cuando en el fono está angustiado por temor a que se rían de él. No se percata de su temor, pero en el fondo quiere decirlo, porque quiere vivir, quiere danzar. Pero teme anunciar su herida.

No se quiere ver la herida de la existencia, solo se quiere el recreo de la vida. De ahí que la crisis de la infancia halle su auténtica solución en la palabra “no”, como límite de sus “derechos” y comienzo de sus deberes. Pese a ello, habiendo carestía de una tensión dialéctica que ponga un alto al exceso de permisividad paternal tenemos como desenlace a niños obesos, adictos a la tecnología, víctimas de las prótesis de la sociedad optimista de consumo. Solo tendremos hombres de peso cuando los padres decidan reconocer la naturaleza gravitacional de sus hijos. Puesto que, si no existiera la gravedad, los cuerpos se deformarían, al no existir una fuerza que delimite un cuerpo, éste perdería su forma y consistencia. Por ello, para tener hijos consistentes, se necesitan padres consistentes.

Decía el célebre polígrafo, Marco Aurelio Denegri, en el ensayo titulado “Pesantez e impesantez” de su Miscelánea Humanística: “El mundo, efectivamente, parece tener hogaño menos peso que antaño; es decir, menos pesantez; peso es pesantez, y pesantez, gravedad, y ésta, la cualidad por la que todo cuerpo propende a dirigirse al centro de la tierra” (Denegri, 2015, p. 197). Sin gravedad, solo nos quedan cuerpos ligeros, los que más adelante serán deseosos de un contenido que les dé identidad, porque cualquier cosa es mejor que estar suspendidos en el espacio, para parafrasear a Ortega, déracinées de su destino, desarraigados, sin compromiso, listos para dejarse llevar por cualquier tendencia o moda (Ortega y Gasset, 1985). Sin embargo, esta ligereza, este yo vacío deseoso de ser llenado con contenidos aleatorios, presa fácil para la maquinaria del hiperconsumo del neoliberalismo mercantil, no es gratuito. Ha debido vaciarse antes, para poder volverse una versión multicolor de identidades inestables. Y esto sucede, negando la tradición; el filósofo peruano Dick Tonsmann lo plantea de la siguiente manera:

“Así que, lo que comenzó con Descartes, negando toda su tradición para comenzar a filosofar y exaltar el Cogito, termina en un Yo masificado carente de identidad listo para dar su vida por los grupos de poder internacional. Y esto luego se manifiesta en versiones más locales de búsqueda de identidad de grupo que terminan expresándose de manera agresiva como mecanismos de explosión de los sujetos. Como lo que ocurre en un estadio, donde la presión social hace que te definas como mera parte de la masa” (Tonsmann, 2017, p.77).

Con la negación de la tradición, la sociedad y con ella, el individuo adentra en una crisis. El canónico Don Miguel de Unamuno nos decía que: “La memoria es la base de la personalidad individual, así como la tradición lo es de la personalidad colectiva de un pueblo” (Unamuno, 1984, p.11). Por ello, la necesidad de su conservación, en contraste, se entra en una amnesia crónica con severas consecuencias.

Este yo masificado carente de identidad del que nos habla Tonsmann es títere de los grupos de poder y comercio. Marioneta que tristemente halla su redención en su versión consumista; el ser es opacado por la gula del tener. Pero además, la persona es asfixiada por el imperativo de productividad, no basta con consumir, hay que producir. Petición que haya su desenlace en el perfil por competencias de las políticas laborales de hoy, o en el coaching, que bajo su propuesta de optimización del sujeto termina encerrándolo en la ilusión de la perfección (en términos de los moldes del sistema). El proverbio neoliberal “sé tú mismo, busca la mejor versión de ti”, esconde un solipsismo engañoso. Byung Chul-Han explica:

“El imperativo de autenticidad fuerza al yo a producirse a sí mismo. En último término, la autenticidad es la forma neoliberal de producción del yo. Convierte a cada uno en productor de sí mismo. El yo como empresario de sí mismo se produce, se representa y se ofrece como mercancía. La autenticidad es un argumento de venta” (Han, 2017, p. 38-39).

Aquella autenticidad es contraria a la propuesta en Ser y Tiempo (Heidegger, 2005). Pues, la autenticidad, eigenlichkeit, en el vocablo alemán es lo propio de uno. Contrario, a este imperativo en el que, la persona, al haber perdido su identidad, llena ese vacío con cualquier disfraz, con los disfraces de la sociedad de consumo que acecha el vacío y la orfandad ontológica de los hombres de hoy. Empujándolos al abismo de la inautenticidad, uneigenlichkeit.

Este abuso, autoimpuesto ciegamente, que hace del hombre un medio y no un fin, como quisiéramos que sea; a su vez, hace del prójimo un medio. Y todos terminamos utilizándonos a todos. Se impide la hermandad, la fraternidad, la solidaridad, el mutuo apoyo y el cuidado. Opuestamente, caemos en vernos como una posibilidad. Como una cosa que se usa y luego se echa. Esa es la muerte del otro. ¡Sálvesenos de ella! Porque ya se escucha su agonía.


Referencias

  • Bauman, Z. (2005). Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
  • Carbonell, K. (director y productor). (2017). El verdadero rostro del Señor de los Milagros. [documental]. Perú: ckakC.
  • Chiodi, P. (1962). El pensamiento existencialista. México D.F.: Unión Tipográfica Editorial Hispano-Americana.
  • Debord, G. (1992). La société du spectacle. Paris: Gallimard
  • Denegri, M.A. (2015). Miscelánea Humanística. Lima: Fondo Editorial de la Universidad Inca Garcilaso de la Vega.
  • García, J. (1967). Elementos de la filosofía. 4ª ed. Caracas: Editorial Manuales Universitarios.
  • Han, B-C. (2014). En el enjambre. Barcelona: Editorial Herder.
  • Han, B-C. (2017). La expulsión de lo distinto. Barcelona: Editorial Herder.
  • Heidegger, M. (2005). Ser y Tiempo (4a ed.). Santiago de Chile: Editorial Universitaria.
  • Horney, K. (1981). La personalidad neurótica de nuestro tiempo. Madrid: Paidós.
  • Lévinas, E. (200). Ética e infinito. Madrid: Editorial A. Machado Libros.
  • Li Carrillo, V. (2008). La enseñanza de la filosofía. Lima: Fondo Editorial de la Universidad Inca Garcilaso de la Vega.
  • Lipovetsky, G. (2003). La era del vacío. Ensayos sobre el individualismo contemporáneo. Barcelona: Editorial Anagrama.
  • Ortega y Gasset, J. (1985). La rebelión de las masas. México, D.F.: Editorial Artemisa.
  • Unamuno, M. (1984). Del sentimiento trágico de la vida. Madrid: Ediciones Orbis.

En nombre de la historia

Diego Abanto Delgado
Estudiante de Filosofía


Franco Gonzales Mejía ha escrito un tremendo artículo en su blog personal, Verdades: directo y sin escala, titulado En nombre de la ley.  Franco Gonzales Mejía es sin duda, un defensor de los derechos humanos, un arduo combatiente contra la corrupción, un hombre leído, un hombre de derecho. O al menos, esa es la impresión que tengo tras leer otros artículos publicados en su blog.

Más allá del respeto a sus ideas, eso no evita que encuentre en él y en su prosa, posturas con las que respetuosamente estoy en desacuerdo, como las que encuentro en su artículo, y que procederé, humildemente, a polemizar.

En el marco del suicidio del expresidente peruano, Alan García y la prisión preventiva por 36 meses contra Pedro Pablo Kuczynski, otro expresidente peruano; Gonzales Mejía intenta demostrar básicamente lo siguiente: en el nombre de la ley, la justicia peruana está vulnerando los derechos fundamentales de la persona.

Desde la primera oración de su artículo, allana el camino hacia su objetivo dejando de lado la dimensión histórica y política del expresidente a merced del pueblo. Es una herramienta respetable, no es del interés del autor dilucidar cuáles son las transgresiones por las cuáles pudo y aún puede ser condenado por la sociedad. Tampoco el hablar sobre los efectos de su suicidio, más allá de señalar brevemente los que más le convienen. Omite convenientemente la reestructuración de un partido al que incluso en la muerte, García ha conseguido hundir más. Omite también la actitud aún más obstruccionista por parte de algunos apristas tras la muerte de su líder. Omite el espectáculo del cual un gran sector de la prensa peruana ha sido partícipe, queriendo limpiar de polvo y paja al difunto, en aras a mantener “el respeto que corresponde a un expresidente”. Respecto a las nuevas tendencias políticas que menciona se han creado a partir de su muerte, espero que no se refiera a lo ocurrido con Federico Danton o Alfredo Barnechea, ambos con discursos oportunistas y peligrosos en miras al 2021, apuntando al Gobierno y a “tomar el poder, como sea”.

Me imagino que cuando, más adelante, nos habla de un esfuerzo sobrehumano de separar la figura política de García del sujeto de Derecho, Gonzales Mejía lo ha logrado y por ello escribe ese artículo. Lamentablemente, debo admitir que soy mucho más humano y me resulta difícil separar dos figuras que el propio García se encargó, en vida, de mezclar. Soy humano y mi análisis es sesgado por ello, motivo por el cual pido disculpas al lector.

Más adelante, señala peligrosamente el autor:

Su figura política es la que en base a nuestro juicio moral podríamos haber metido presa hace muchísimo años, sin ninguna investigación ni proceso judicial. ¿Juicio justo? ¡Para qué! Si todos sabíamos que era corrupto.

Y digo peligrosamente, porque Gonzales Mejía pretende que el lector olvide las investigaciones que ya ha afrontado García en el pasado. No es lo mismo que García nos “parezca” corrupto, y su autor lo sabe, a que evidencias nos señalen que durante su primer gobierno, evidentemente se realizaron actos de corrupción, en los cuáles García estuvo envuelto. Y aquí, nada tiene que ver la figura política de García, repito. Frente a evidencias tan contundentes como las que, austeramente, consiguió la comisión Olivera en 1990, y los múltiples cargos por corrupción y enriquecimiento ilícito, García no tuvo mejor idea que huir del país para no regresar hasta que sus acusaciones prescribieran. Cabe recordar que en ese entonces, el Perú sufría la dictadura de Alberto Fujimori, que tras el autogolpe de 1992, dio argumentos a García para asilarse en Colombia y posteriormente huir a París. Pese a ello, no es su figura política la que impulsa a querer verlo preso. Es porque, frente a tantas pruebas que lo señalan culpable, gran parte de la sociedad no puede ignorar que la justicia en el Perú ha sido tantas veces esquiva con García.

Y aún así, Gonzales Mejía, con influencia kafkiana sospecho, cree que un día el pueblo peruano se despertó convertido en una masa que odiaba a Alan a toda costa. Lo que quiere señalar es que en un afán desmesurado de justicia, la sociedad peruana antes que se demuestre que Alan es culpable, ya lo ha juzgado y condenado. Probablemente tenga razón en esto. Quizá para muchos, Alan no necesita de juicio porque ya se demostró su culpabilidad. Pero luego, Gonzales Mejía comete un error fatal, sostiene lo que Alan y sus lacayos repitieron por tanto tiempo; que en treinta años nunca le encontraron nada. En nombre de la historia, esa que tanto parece olvidar el pueblo peruano, no podemos dejar que se siga manteniendo esa creencia. Y sí, podríamos decir que lo ocurrido entre 1985 y 1990 no tiene nada que ver con lo que estaba persiguiendo la Fiscalía ahora. Pero sostener que por más de treinta años, Alan estuvo libre de polvo y paja, es no solo errado, sino una afirmación temeraria.

Ahora, a continuación sí entra a hablarnos más desde un aspecto jurídico.

¿Sabías por qué le ordenaron la detención preliminar? – ¡POR CORRUPTO PUES, FRANCO! – No, así no funciona.

Pero antes, saliéndome un poco de la senda, lo resaltado en negrita en los dos párrafos que he citado son una especie de caricaturización de lo que vendría a ser el ciudadano promedio que quiere ver a Alan preso. Me atrevería a señalar que esto no es solo de mal gusto, sino que caricaturiza erróneamente a un ciudadano hambriento de justicia. Innecesaria forma de dialogar y ridiculizar a quién piensa distinto del autor. Aún así, lo que viene a continuación es capaz de erizar aún más a cualquiera, pues, con demasiada facilidad, acaba sugiriendo que la detención preliminar fue impuesta sin motivo alguno, vulnerando su presunción de inocencia. Me imagino si Gonzales Mejía se ha informado de los medios o ha leído la resolución. Porque quién leyendo la resolución, pudiera afirmar lo que él afirma, incurriría en desinformación.

Y cuando la desinformación respecto a García ha llegado a su punto cúspide, casi encerrándose en datos errados o afirmaciones desafortunadas, Gonzales Mejía deriva su análisis a la prisión preventiva en contra de Pedro Pablo Kuczynski. En lo personal, creo que fue una medida relativamente exagerada, pero lo que encuentro relativo es aquí lo que diferencia mi posición de la de Gonzales Mejía. Mientras él no encuentra obstrucción a la justicia o peligro de fuga en Kuczynski, para mí su huida en la maletera de un auto en el 69’, lo ocurrido en torno a su vacancia, su manejo de un discurso alternativo respecto a su renuncia, la forma en la que vilmente intentó aferrarse al cargo con un indulto ilegal demuestra como mínimo que Kuczynski es capaz de cualquier cosa. Si para Gonzales Mejía, eso no puede calificar como obstrucción a la justicia o peligro de fuga, no sé que pueda hacerlo. En algo sí tiene razón y es que no deberíamos enviar a la cárcel a alguien “para seguir investigándolo, para ver si le encuentras algo o no”. Claro que en el caso de Kuczynski, su prisión preventiva respondía al menos, a dos presupuestos que cumplía respecto a los tres necesarios para dictar dicha medida (Elementos de convicción, prognosis de la pena y riesgo procesal) según la casación N°626-2013–Moquegua. Sobre estos presupuestos, y su pertinencia para determinar a quién se le otorga una prisión preventiva y a quién no, lo cual merecería sin dudas un análisis jurídico, Gonzales Mejía no habla en ninguna parte de su artículo. 

Lo cierto es que la prisión preventiva es una herramienta que ha dejado a una cantidad considerable de peruanos sin una sentencia. De acuerdo a lo expresado en una entrevista por el Defensor del Pueblo, Walter Gutiérrez, “hay 91 mil personas privadas de su libertad, 36 mil no tienen sentencia y la gran mayoría tiene prisión preventiva y muchos de ellos, miles están en situación de presos sin haberles abierto proceso, eso es una realidad”. Lo cierto es que en general, se está abusando de la prisión preventiva en Perú, por lo cual debe ser regulada en todos los casos y en esa línea, me gustaría pensar, también se ubica Gonzales Mejía. Pero al menos no se denota esto en su artículo, donde parece criticar a la prisión preventiva solo desde Kuczynski y Keiko, usando el fallo del TC (Tribunal Constitucional) que declaró nula la prisión preventiva contra Ollanta Humala y Nadine Heredia. Cabe recordar que todas estas medidas se encuentran dentro del caso Lavajato, que ha despertado en gran parte de la sociedad peruana un atisbo de esperanza en su justicia.

Aún así, Gonzales Mejía nos señala lo siguiente:

¿Quién te devuelve esos años en la cárcel? –NO IMPORTA, FRANCO, LO BACÁN ERA VERLO PRESO AUNQUE SEA UNOS DÍAS.

Antes, señalar otra vez, la caricaturización del ciudadano contrario a la opinión del autor. Nadie te devuelve esos años en la cárcel, y aquí no se equivoca Gonzales Mejía. Lo más probable es que no en todos los casos donde se han aplicado prisiones preventivas se haya evaluado otra medida más apropiada. Sin embargo, en el caso Lavajato, considero que las prisiones preventivas responden de acuerdo a la ley, quizá demasiado de acuerdo a la ley. Pero en este debate no entra Gonzales Mejía, quien se mantiene en una posición un poco intransigente. Mas el valor de que la prisión preventiva se usa como una condena anticipada es más bien algo que recoge de la calle y no de lo que ocurre en los tribunales.

Quien lee ese párrafo creería que en el Perú se ha instalado la justicia más draconiana. Peor aún, que esa dictadura de la que hablaba el expresidente García existe y que la prensa es servil al Gobierno, y la persecución política a los opositores existe. Decir que se ha ignorado garrafalmente la jurisprudencia constitucional o que se politizado e instrumentalizado el Derecho penal para la venganza popular, es inaceptable, sobre todo si no responde a lo que esbozado hasta ese entonces dentro del artículo.

Lo que Gonzales Mejía dice “en nombre de la ley” es tan o más increíble que lo que acusa se ha hecho “en nombre de la lucha contra la corrupción”. Hablar de un evidente trabajo triangular entre la prensa, el Ejecutivo y la maquinaria liderada por hombres como Gorriti (imagino quiere hacer mención a IDL-Reporteros) que apoya el trabajo del fiscal José Domingo Pérez Gómez suena más bien a una teoría conspiranoica que a una realidad. Sobre todo porque cree que esta orquesta es la que ha llevado al fiscal Pérez Gómez a equipararlo con los héroes militares de antaño. Creo que Gonzales Mejía aquí deja esbozar una especie de sesgo político que imposibilita su análisis jurídico. Sobre todo porque pareciera sugerir que Alan García no se prestó al juego de esta maquinaria, que buscaba su detención para cubrir todos los problemas que el Ejecutivo enfrenta. Y sí, podemos criticar la labor de la prensa peruana, acusarla de morbosa y prestarle más atención a la foto del político enmarrocado antes que ver la realidad que nos interpela. Podemos también acusar al Ejecutivo de inepto frente a los conflictos que se ponen al frente, señalar su dependencia de las encuestas para sobrevivir mes a mes. Pero estos dos hechos, más bien aislados, no deben llevarnos a la conclusión que trabajan juntos. Dos estúpidos, no por el hecho de ser estúpidos, necesariamente son cómplices, y Gonzales Mejía lo sabe.

Eso sí, Gonzales Mejía no se equivoca cuando dice que “su muerte no es meramente el suicidio de un expresidente”. Tampoco cuando señala que dicha muerte “visibiliza un problema judicial, político y moral en el Perú”. Efectivamente, la muerte de García es un síntoma de una enfermedad que él teme mencionar, la corrupción. Lo que visibiliza su suicidio es lo pasiva que ha sido la sociedad peruana frente a sus políticos, lo incapaz que ha sido la justicia de brindar lo que su propio nombre indica, nos muestra que se han criado generaciones incapaces de hacerles rendir cuentas pero con muchas ganas de hacerlo. Lo que nos demuestra además el artículo de Gonzales Mejía es la preocupación sobre las formas antes que el fondo, y la preferencia por erradicar la unidad antes que corregir lo que se tenga que corregir. No es algo que se le pueda recriminar sólo a él, en lo personal reconozco la validez de esta crítica, detesto, eso sí, la radicalidad de la solución que muchos de los que critican proponen. Me parece Gonzales Mejía sigue esa línea de pensamiento.

“Quizá por mis versos se me trate de asociar a alguna fuerza o movimiento político. Felizmente no pertenezco a ninguno.”

Hay en estas dos oraciones que dan inicio a un párrafo final nefasto, dos síntomas de un problema que va más allá de Gonzales Mejía o de quién escribe esta columna. El desprestigio de los partidos políticos en Latinoamérica ha logrado que hoy nos veamos más alejados de política de lo que antes se estaba. Hoy por hoy, los latinoamericanos creen que la política es un ámbito del cual pueden prescindir. Lo que respeto de Gonzales Mejía es que, más allá de las discrepancias que pueda tener con lo que defiende, ha decidido mantener una posición porque entiende que la única forma de cambiar el Perú es si entendemos la política como parte esencial de nuestras vidas, si entendemos que ser ciudadanos no es solo un apelativo que sirve durante elecciones. Aun así, lamento que piense que felizmente no pertenece a algún movimiento político, sé que lo relaciona con la mala fama que ahora tienen, pero si no buscamos reformar nuestro sistema político, encontrando alguna opción que reafirme nuestras convicciones, le dejamos paso al fundamentalismo, el conservadurismo reaccionario, el fascismo, y otros males que estoy seguro Gonzales Mejía también considera peligrosos para el país.

Digo, además, que es un párrafo final nefasto porque no hay mucha diferencia con los discursos de ciertos personajes conservadores que inundan nuestra política y a los cuales prefiero no mencionar ahora. Quiero pensar que Gonzales Mejía no ha sido consciente de esto, quiero exonerarlo y pensar que mi intuición, tan acostumbrada a la desconfianza de los personajes que pregonan el discurso que hoy él defiende, se equivoca. Y como todo discurso nefasto, tiene un final nefasto; hacernos creer que la Fiscalía está llevando al Perú a un espiral de caos, porque sí, si está caracterizada de actuaciones cantinflescas, si se actúa de manera populista, si se pierde el respeto al debido proceso, entonces estamos en el caos. Le reconozco a Gonzales Mejía algo, sí estamos en caos, actualmente el país se encuentra con instituciones frágiles, con políticos desprestigiados, con una diferencia abismal entre peruanos, con una injusticia profundamente arraigada, con la ilegalidad inundando las calles, con la corrupción que nos ha infectado tanto tiempo. Pero me parece que decir que la Fiscalía está incurriendo en un accionar caótico es exagerar, es mentir. El Perú ya estaba jodido cuando este grupo de fiscales empezó a trabajar en el caso Lavajato. Estaba jodido precisamente por las personas a las que ahora se les busca poner frente a la justicia. El trabajo de estos fiscales, que por cierto, no son liderados por José Domingo Pérez, como se podría deducir del artículo de Gonzales Mejía, ha hecho posible que muchos ciudadanos se den cuenta que sí es posible limpiar al país de toda esa lacra.

A rasgos generales, el artículo de Gonzales Mejía se une a un frente de batalla que denuncia las irregularidades de una lucha anticorrupción que cada vez parece cercar más a quiénes, todo apunta, han traicionado al pueblo peruano. La defensa del debido proceso se ha manoseado por todos ellos. Desde García hasta Villarán, desde Toledo hasta Kuczynski. Podría ser casualidad, pero los hechos no son casualidad, son hechos. Y es un hecho que este artículo representa una postura que pareciera criticar el sistema que defiende, mal que bien, lo que ellos pregonan. Este “debido proceso” es aquel que ninguno de ellos respetó en su momento, y que los fiscales parecen defender, con sus errores y sus aciertos. No niego que detrás de todo esto, efectivamente, hay un aprovechamiento político de Vizcarra y otros políticos, no niego que la lucha anticorrupción es un caballo que todos montan hasta que se muestra que también han sido manchados por aquello mismo con lo que dicen luchar, probablemente es cierto lo que Gonzales Mejía señala, ahora está de moda “que los corruptos persigan corruptos”. No niego que se está abusando de la prisión preventiva, pero con la clase de corruptos a la que enfrenta el país, con aquellos que los CNMaudios develaron, aquellos que las delaciones que el acuerdo con Odebrecht está exponiendo, aquellos que alzaron la bandera anticorrupción y juraron amar al país, aquellos que pudieron mentirle en la cara a millones de peruanos y que son capaces de todo por mantenerse libres, aquellos que están dispuestos a suicidarse antes de responder a la justicia, a indultar a quién se tenga que indultar antes de dejar el poder y responder a la justicia como un ciudadano más, la prisión preventiva es, por ahora, nuestra única herramienta. Es un deber patriótico no apoyar a los fiscales, son sólo individuos y pueden errar, sino apoyar la lucha anticorrupción.

El Perú es problema y posibilidad, decía Basadre, pero en este artículo, todo es problema con Gonzales Mejía, todo es problema a menos que uno sea un “ser humano civilizado y educado”. Y esto pareciera indicar que de no pensar como Gonzales Mejía, nos convertimos automáticamente en incivilizados y maleducados. Me pregunto entonces qué es la civilización y la educación para Gonzales Mejía. ¿Qué es él? Porque en este artículo solamente lo noto como civilizado, educado, capaz de esfuerzos sobrehumanos y con una actitud moralista que no encuentra atadura a tierra.

En este artículo me encuentro un Perú que es solo problema y nada de posibilidad. Me rehúso a pensarlo, quiero pensar que la juventud ansiosa de cambio es el presente y la posibilidad del Perú, la misma juventud que puede encontrar en sus países hermanos un impulso que desde Poliantea buscamos reflejar. Si para Gonzales Mejía, este deseo desmesurado de cambio nos vuelve incivilizados, maleducados, si esta actitud es lo que para él le hace describir un Perú solo problema, pues qué así sea. Dejaremos que la historia juzgue. Estamos seguros que juzgará a García de la misma forma que juzgará a otros políticos embarrados por la corrupción. Estamos seguros que a largo plazo, se juzgará si el accionar de la lucha anticorrupción, que ahora se lleva a cabo desde el Ministerio Público por un puñado de fiscales, que parecen llevarnos al final de largos años de impunidad fue el apropiado. Estamos seguros que al final, esta juventud hambrienta de justicia, impetuosa, irreverente, incivilizada y maleducada, será presente y posibilidad. 

Quiero finalizar este artículo con una apreciación final. Considero que Gonzales Mejía se deja vencer por alguna animadversión que tiene contra ciertos personajes y pretende resolver con un análisis meramente jurídico algo que implica ámbitos que él ha decidido omitir en un afán de ser puntual con su crítica. Algo que no logra, a mi parecer, precisamente porque le faltan las herramientas para lograrlo, pues ha prescindido de hechos e indicios legales que podrían refutarle que “en nombre de la ley” se han cometido muchas injusticias. Creo que en este caso, no es una injusticia lo que se está llevando a cabo, es justicia, pero entiendo que en un país tan acostumbrado a la injusticia y la impunidad, esto pueda resultar extraño. No pretendo ser guardián de la verdad, ni mucho menos solo dedicarme a refutar lo que Gonzales Mejía expone, creo que es necesario preguntarnos qué Perú queremos para el mañana y qué estamos haciendo para lograrlo, en nombre de la historia es importante hacernos este tipo de preguntas. Gonzales Mejía propone que el Derecho es la vía, me atrevería a sugerir la reflexión de nuestra historia, de quiénes hemos sido y quiénes somos ahora. Me atrevería a sugerir que somos nosotros, la juventud que hoy, como antes en tantos momentos de nuestra historia, se levanta frente a la injusticia. No la juventud de edad, sino la juventud de espíritu. Y querrán tumbarnos, y no podrán tumbarnos. Y querrán silenciarnos y no podrán silenciarnos…


Este artículo se encuentra en diálogo constante, en polémica abierta con un artículo publicado por Franco Gonzales Mejía en Verdades: directo y sin escala el 21 de abril del presente año.

El caso Odebrecht en el Perú

Introducción

De acuerdo al informe denominado “Radiografía de la corrupción en el Perú” elaborado por la Defensoría del Pueblo, la corrupción le cuesta al Estado más de doce mil millones de soles anualmente.

Asimismo, ya es percibida como un problema nacional que debe ser corregido, de acuerdo a la “Décima encuesta nacional sobre percepciones de corrupción” realizada en el año 2017 por la institución Proética, la corrupción es percibida como el segundo problema principal del país en la actualidad.

Hablar de corrupción en el Perú, hace evocar momentos dolorosos y difíciles que hemos tenido que atravesar como nación pero que lastimosamente a la fecha y día con día tenemos evidencia de que no lo hemos podido superar.

Odebretch, una sola palabra que se trae abajo todas las concepciones de esperanza de emprender una eficiente lucha contra la corrupción, contradictoriamente iniciada varias veces por la clase política, clase política que es la protagonista de esta ola de corrupción de la que todavía hemos visto muy poco.

Si tuviera que definir a Odebrecht sería como un iceberg o terremoto de corrupción que terminará por sepultar a la clase polìtica tradicional ya que es una red de corrupción tan grande e institucionalizada que implica desde funcionarios públicos hasta candidatos presidenciales y ex-presidentes. Un total horror.  No es difícil plantearse la pregunta de ¿qué pasará después?

Desarrollo

Vamos a comenzar por el principio, como definición general podemos decir que el Caso Odebretch es el escándalo de corrupción político que tiene como actores principales a la empresa constructora brasileña Odebretch y a políticos, funcionarios y empresarios peruanos quienes habrían recibido coimas para favorecer a la empresa en la licitación de obras públicas, así como en la entrega de dinero ilícito a favor de las campañas electorales de varios candidatos presidenciales.

No está demás decir que este fenómeno ha ocasionado graves consecuencias en el ambiente político y empresarial en el Perú.

Comenzando por el ex-presidente Ollanta Humala Tasso quien se halla con comparecencia restringida por el delito de lavado de activos y tras haber estado nueve meses con prisión preventiva, señalado de haber recibido, en compañía de su esposa Nadine Heredia, dinero ilícito para financiar sus campañas electorales correspondientes a los años 2006 y 2011. (Diario Gestión, 2018)

Al ex-presidente Alejandro Toledo, quien cuenta con orden de captura y es señalado por haber cometido tráfico de influencias, colusión y lavado de activos, además de haber recibido una coima de 20 millones de dólares para favorecer a la constructora Odebretch en la construcción de la Carretera Interoceánica, este además, se encuentra prófugo en los Estados Unidos de Norteamérica. (Redacción RPP, 2017)

La situación del renunciante ex-presidente, Pedro Pablo Kuczynski Godard, no es distinta, ya que se encuentra con impedimento de salida y bajo investigación por supuesto conflicto de intereses y corrupción cuando fue ministro de Estado en el gobierno de Alejandro Toledo con respecto a la obra del metro de Lima y otras más. (Romero, 2017)

Es importante mencionar que la corrupción no  se ha limitado al ámbito presidencial, sino que, también ex-presidentes regionales han sido implicados en la recepción de coimas, entre ellos Félix Moreno, Cesar Alvarez y Jorge Acurio. (Redacción Diario el Comercio, 2017) Esto es una muestra más de que la corrupción es un fenómeno transversal.

La cuota de funcionarios municipales implicados la pone Susana Villarán, ex alcaldesa de Lima Metropolitana, quien viene siendo investigada por recibir dinero ilícito por tres casos: La campaña del NO a la Revocatoria, la campaña de reelección y la obra Rutas de Lima, a ella se suman sus ex-gerentes José Miguel Castro y Gabriel Prado Ramos. (Redacción Correo, 2019)

El ámbito ministerial tampoco queda fuera, ya que los ex-ministros Mariano González, Enrique Cornejo, Luis Nava, Luis Alva Castro, Jaime Yoshiyama y Augusto Bedoya Cámere también se han visto involucrados. (Redacción El Comercio, 2018)

El sector empresarial conformado por las empresas contratistas más grandes del Perú, tienen su cuota de participación con el involucramiento de las empresas: Graña y Montero, JJ Camet, ICGSSA, entre otras. Con ellas, los empresarios pertenecientes a la clase alta limeña como el abogado José Zaragozá, el expresidente del Club Regatas Lima, Gustavo Salazar, el ex-director de Petro-Perú, Miguel Alata, la banquera Susana De La Puente, José Graña, Josef Maiman y el ex-presidente de la CONFIEP, Ricardo Briceño se ven involucrados, demostrando que la corrupción no es un fenómenos que depende del nivel económico ni del grado académico que tengamos como. ciudadanos, como usualmente suele señalarse irresponsablemente.

Como sabemos, las principales autoridades elegidas por sufragio popular tienen que pasar por un proceso de elección y campaña electoral y en ese rubro podemos encontrar a la lideresa de Fuerza Popular, Keiko Fujimori quien en compañía de otros integrantes de la cúpula partidista como Ana Herz, Pier Figari y Vicente Silva Checa se ven involucrados en la recepción de dinero ilícito. (Redacción El Comercio, 2018)

Es de destacar que no es un tema que solo corresponda al partido Fuerza Popular ya que ex- dirigentes del Partido Popular Cristiano junto a su ex-presidenta, Lourdes Flores Nano, también se han visto involucrados. (Redacción Perú 21, 2019)

Si hacemos un análisis más profundo podremos notar que al financiar candidatos presidenciales lo que se logra es que los empresarios tengan que el poder político y éste se concentre en unos pocos y no deje oportunidades reales para llegar al poder a todos los candidatos que están fuera del sistema de corrupción, es decir, si eres honesto te tienes que enfrentar contra todo el sistema corrupto que además de limitar el ingreso te obligará a estar constantemente sometido.

Revisado el marco referencial, podemos mencionar que, efectivamente, parece una película de terror peruana que nos muestra como nuestros peores temores siguen presentes y están más fuertes que nunca. Si pensamos que con la condena de Vladimiro Montesinos y Alberto Fujimori le dijimos adiós a la corrupción, acabamos de darnos cuenta de la peor forma que eso no es cierto y por el contrario, parece que desde ese momento de ruptura no hemos aprendido nada. Aunque sin buscar exculparnos de responsabilidades, el sistema de corrupción ha demostrado ser una institución que es transversal a todos los niveles de gobierno y que viene teniendo origen desde antes de que nos constituyéramos como República, situación que hace  todo más  difícil pero no por ello debemos desfallecer, la lucha por la construcción de un país honesto nunca puede desfallecer.

¿Qué hacer?

Es una frase interrogativa muy amplia de ser respondida pero que a la vez evoca un gran espíritu de búsqueda de cambio y de pensar en soluciones que ayuden con eso.

En esa línea son varias cosas las que debo plantear antes de mencionar cuales son las posibles soluciones que ayudarían a prevenir un fenómeno de corrupción en el futuro en cualquiera de sus niveles porque corrupción es corrupción, así tomes diez soles de la caja municipal, así cobres diez millones en coimas, la acción corrupta es la misma.

Sin duda lo poco que se ha emprendido en materia de corrupción no ha funcionado o al menos luego de transcurridos 18 años no hemos podido ver resultados, por el contrario nos hemos estrellado contra la realidad de la forma más dura al ver que el régimen de corrupción derivado con la caída del gobierno de Alberto Fujimori no murió en los años 2000 y que por el contrario siguió viviendo, además de ello el denominado “mártir” representativo de la “Marcha de los cuatro suyos” es uno más de ese desprestigiado grupo llamado corruptos y que además se encuentra prófugo.

El primer punto que quisiera plantear sería el de mencionar que la implementación de medidas coactivas por sí solas no van a funcionar en respuesta a que se ha evidenciado que el problema de la corrupción en el país es institucional, estructural y transversal a todos los niveles de gobiernos, la solución que aparentemente es más pequeña pero que será la que traerá buenos resultados a largo plazo es la educación, es la medida que permitirá que la corrupción sea combatida exitosamente, necesitamos cambiar el chip de nuestra población y de nuestros niños en particular, quienes no deben crecer escuchando a sus padres decir que el alcalde es bueno porque “roba pero hace obras”, sino que por el contrario debe entender en los actos cotidianos de su hogar como tomar dinero ajeno, no respetar las reglas, hacer trampa para ganar, son acciones alejadas que ya constituyen corrupción, que está mal y debe ser combatida.

En ese sentido también cabe traer colación el hecho de que las personas identifiquen por corrupción lo que esto significa en sentido real y no minimicen dicho accionar basándose en que al representar montos pequeños de dinero robado esto no califica como acto corrupto.

Siguiendo esa línea cabe plantear las siguientes[1] medidas:

Hemos visto que la corrupción es un fenómeno transversal a los niveles de gobierno y que desde el nivel que es el más cercano a la población, o sea el local, se ha identificado corrupción, por ello mencionamos como una medida de solución la siguiente:

Trabajo en conjunto de los gobiernos regionales y locales con la Comisión de Alto Nivel Anticorrupción

Los gobiernos regionales y locales deben elaborar e implementar un Plan Anticorrupción en coordinación con la Comisión de Alto Nivel Anticorrupción tomando en consideración lo recomendado por dicha comisión. A su vez, los planes elaborados deben ser producto de la participación de las principales instituciones del sector público, empresarial y sociedad civil quienes deben estar unidos para luchar contra la corrupción.

Implementar audiencias públicas de rendición de cuentas, que respondan efectiva y oportunamente a las demandas de la población

Es importante generar estos mecanismos de participación que ya son obligados por Ley pero que al organizarse con tan poco tiempo resultan poco provechosos para la población. Se deben realizar con mayor efectividad a fin de lograr que las personas desde los espacios más próximos que tienen, entre ellos los gobiernos locales, puedan generar cultura cívica de fiscalización constante y exigencia permanente de rendición de cuentas por parte de sus autoridades.

A un nivel más transversal para todos los órganos del Estado sugiero que se debe:

Transparentar la información de los gastos en contrataciones de servicios

Como ciudadanos debemos exigir que se derribe el gobierno del secretismo y se sienten las bases para construir un Estado transparente y que rinda cuentas constantemente y cuando sean exigidas.

En la misma línea, todas las entidades del Estado deben poner a disposición de los ciudadanos los productos finales de las consultorías de servicios que contrata el Estado.

Como parte de la lista de pasos a seguir se debe cumplir con la transparencia en los portales web de las entidades estatales y se debe verificar el cumplimiento de la rendición de cuentas de la información ya que así podremos realizar fiscalización ciudadana de una forma más sencilla y cotidiana.

Fiscalizar el rendimiento obligatorio de la declaración jurada de intereses y parentesco

Si bien, mediante Decreto Supremo 080-2018-PCM se estableció que la presentación de la declaración jurada de intereses deje de ser una medida de buena voluntad y sea obligatoria, ahora nos corresponde como ciudadanía dar seguimiento a dicha medida que nos permite fiscalizar que los funcionarios públicos no vayan a contraponer intereses personales haciendo mal uso de sus cargos públicos a fin de beneficiar de sus acciones directa o indirectamente  a empresas de sus sectores que seguirán siendo sus clientes cuando dejen la función pública. Debemos recordar que los funcionarios públicos en general están en el Estado para servir a la población no para servirse de el.

Priorizar la incorporación de altos directivos a través de concurso público o del cuerpo de gerentes públicos del Perú – SERVIR y transparentar todos los procesos de contratación en el portal web de la entidad

Es una realidad para todos saber que bajo la modalidad de “trabajador de confianza” se han contratado a muchas personas que no califican para los puestos y acorde al informe de SERVIR del año 2016, más del 70% de los puestos jefaturales son designados bajo esa modalidad. Sin fiscalización, sin evaluación, solo por el hecho de conocer al jefe.

A fin de cambiar dicho panorama se debe priorizar la incorporación de altos directivos a través del concurso público o del cuerpo de gerentes públicos en un proceso que se lleve a cabo de modo regular y transparente y en base a la meritocracia. Ello ampliará el margen de independencia en la toma de decisiones de los funcionarios y una evaluación en función a resultados.

Dar seguimiento al Plan Nacional de Integridad y Lucha contra la Corrupción 2018-2021

El poder ejecutivo aprobó el Plan Nacional de Integridad y Lucha contra la Corrupción para los años 2018 a 2021, este instrumento que ha sido elaborado por la Comisión de Alto Nivel Anticorrupción establece las acciones priorizadas, indicadores, metas y responsables para prevenir y combatir la corrupción e impulsar la integridad en la administración pública.

Mediante la Secretaría de Integridad Pública se debe realizar el seguimiento, monitoreo y evaluación del mismo, sin embargo la ciudadanía debe ser actor participante y fundamental en dicho plan a efectos de evitar que todo se vea bonito en las letras pero en la realidad no tenga ningún efecto, como hasta ahora.

La ley de gestión de intereses

La creación de Ley de gestión de intereses permitiría que estas actividades sean realizadas como parte de un proceso efectivamente regulado y transparente y así evitaríamos el uso de los cargos de la función pública para satisfacer intereses personales, económicos o políticos.

Odebretch es muestra de que no necesitas ser informal para cometer delitos, ya que autoridades, funcionarios públicos parte del sistema político institucional son parte de esa red.

Aprobación de la reforma política que modifica la supervisión de fondos partidarios de los partidos políticos.

Los partidos políticos han demostrado que en su rol de conector de la sociedad con el gobierno son víctimas constantes de utilizar fondos ilícitos ofertados por grandes empresas a efectos de desarrollar exitosas campañas electorales que los lleven a la victoria y así “devolver el favor” a sus financistas, otorgandoles obras, beneficios, licitaciones, etc.

En dicho punto corresponde ratificar la penalización de los aportes no declarados y la bancarización obligatoria del financiamiento de la política, así como la rendición de cuentas durante la campaña electoral. Estas propuestas contenidas en el proyecto de Reforma Política presidida por Fernando Tuesta deben ser impulsadas por la ciudadanía con el fin de tener las herramientas necesarias para no elegir autoridades que incumplan y violen la Ley desde la campaña electoral, seguir dando carta blanca a los partidos para que amparados en su calidad de entes de derecho privado puedan tener libertades que contravengan los intereses de la nación no es aceptable.

Votar con responsabilidad

Los ciudadanos y ciudadanas somos un agente de cambio fundamental para la lucha contra la corrupción, es memorable una frase que afirma que “con el voto también se lucha” que no es literal pero evidencia la enorme responsabilidad que tenemos los ciudadanos al emitir un voto, responsabilidad que muchas veces no ejercemos.

Exigimos las herramientas de transparencia y rendición de cuentas pero no sirven de nada si no las usamos para fiscalizar el trabajo de nuestros representantes y darles responsablemente la confianza del voto.

El origen de todo el círculo vicioso de la corrupción tiene como un factor muy importante al voto responsable. Renunciar a las prácticas clientelistas de regalar el voto a cambio de un juego de vasos o merchandising y comenzar a asistir a los debates, a leer los planes de gobierno, a dar seguimiento a los antecedentes de los candidatos, a investigarlos, son acciones que ya son realizadas por unos pocos, pero necesitamos que se masifiquen y seamos muchos los que otorgamos el voto en función a la fiscalización ciudadana.

Educación con currículo escolar que incorpore sólida formación en valores democráticos, éticos y cívicos

Como mencioné al principio del escrito, las medidas coactivas son importantes pero si no partimos desde la enseñanza más básica la niñez no crecerá fortalecida como ciudadanía, necesitamos que los niños aprendan desde pequeños que es la corrupción y tengan claro que cuestiones como “roba pero hace obra” o “robó poquito” son incorrectas y constituyen parte muy grande del círculo vicioso y estructural de la corrupción. Las medidas propuestas anteriormente servirán para identificar y sancionar focos de corrupción pero no pueden prevenir que en veinte años más sigamos presenciando fenómenos como Odebretch.

Estar vigilantes y no dejar solo en manos de las autoridades lo ocurrido con Odebretch

Conclusiones

The cement of society de John Elster menciona que un escándalo de la magnitud de Odebrecht puede terminar por fortalecer los valores en la sociedad y hasta unir a  los peruanos contra la corrupción.

Cuando leí dicho fragmento no pude evitar traer al recuerdo aquellas noches del 24 de diciembre del 2017 y 31 de diciembre del 2018 en donde indignados y hartos salimos a marchar multitudinariamente en contra de medidas tomadas por el (en ese momento) Presidente de la República y el ex – Fiscal de la Nación, medidas que evidentemente eran muestras de protección a la corrupción, la marcha realizada en días festivos donde las autoridades esperaban que no hubiera una respuesta de la ciudadanía, fue una muestra y señal clara de que el pueblo ya está cansado de convivir y tolerar que sus autoridades se burlaran de ellos y siguieron protegiendo corruptos.

Odebrecht ha sido muestra de que el nivel académico que poseas no te hace inmune a la corrupción ya que funcionarios brillantes en la letra, egresados de las mejores universidades internacionales han demostrado ser carnada de la corrupción, esto refuerza la tésis de que el sistema educativo debe ser reformado.

Odebretch tiene que ser un punto de inflexión y de motivación para que todas las reformas propuestas sean implementadas no solo por parte de la autoridad sino como parte de la exigencia como ciudadanos que necesitan el impulso de cambio que no solo depende del cambio de normas y sanciones más fuertes sino que tiene que ser abocado desde todos nosotros quienes debemos fortalecer nuestros valores inmediatos. La corrupción es un cáncer que debe ser extirpado de raíz, no podemos tolerarlo de ninguna forma y el Estado es el responsable de eso. ¿Estamos listos para emprender?

Es deber de todos, hacer accesible el sistema de gobierno para la gente honesta ya que hemos visto que era un círculo muy cerrado de corruptos que han hecho de todo por tratar de callar voces honestas y es nuestro deber lograr que ese círculo de apertura a personas con intereses reales de servir a la población de forma honesta no sea una realidad y un trabajo de mártir.

Finalmente, recalcar que aunque las medidas propuestas parecen sencillas de cumplir y alejadas de combatir la corrupción, si hubiéramos elegido, alcaldes, gobernadores y presidentes honestos y con ética, estos hubiesen sabido rechazar las ofertas ilícitas que se les presentaron en el momento y no habrían contribuido a que el círculo vicioso de la corrupción crezca más, no es aislado el caso de funcionarios que ganan alcaldías, gobernaturas y presidencias y que cuentan con un historial grande de denuncias por corrupción pero que aún así llegaron al poder.

Es este un punto de duda, cabe traer a colación la gestión del Presidente Martin Vizcarra quien ha emprendido medidas a favor de la lucha contra la corrupción y por un lado evaluamos como positivo que se luche contra la corrupción pero por otro le pedimos que también conduzca la nación en la medida que es necesario, es decir atendiendo problemas reales, tal vez sin pensar en que el crecimiento económico y la estabilidad democrática en el país solo la lograremos cuando ese flagelo de corrupción sea totalmente erradicado.

Bibliografía

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  • Redacción El Comercio. (17 de Noviembre de 2018). elcomercio.pe. Obtenido de Sitio web del diario El Comercio: https://elcomercio.pe/politica/caso-odebrecht-juzgado-pide-levantar-inmunidad-mariano-gonzalez-noticia-578371
  • Redacción El Comercio. (30 de Noviembre de 2018). El Comercio. Obtenido de Sitio Web del diario El Comercio: https://elcomercio.pe/politica/ana-herz-contribuyo-ocultar-dinero-odebrecht-fiscal-noticia-572807
  • Redacción Perú 21. (23 de Febrero de 2019). Perú 21. Obtenido de Sitio Web del diario Perú 21: https://peru21.pe/politica/odebrecht-confirma-aportes-humala-lourdes-flores-lava-jato-461630
  • Eister, J. (1989) The Cement of Society: A Survey of Social Order: Studies in Rationality and Social Change. UK, Cambridge:Cambridge University Press

[1] Algunas de las medidas planteadas han sido extrapoladas de las propuestas presentadas por la ONG Proética, ya que se adaptan a las necesidades para combatir este fenómeno de corrupción liderado  por Odebretch.

En nombre de la ley*

Franco Gonzales Mejía
Estudiante de Derecho


Alan García, en su dimensión histórica y política, puede ser condenado por una serie de transgresiones. En el presente artículo no pienso ahondar más en dicho aspecto. Su figura ya está en el juicio moral y social de la historia y el pueblo juzgará su legado político, enmarcado ahora en la subsistencia del Partido Aprista Peruano. Hoy toca hablar de los efectos que su muerte tiene para el Perú. Su suicidio, en el marco en el que se produce, crea nuevas tendencias políticas y escenarios en el ámbito jurídico de nuestro país. Ha causado que se cuestione el rol del presente gobierno liderado por Vizcarra en la lucha contra la corrupción, y que tanto esta “lucha”, en coordinación con el Ministerio Público, obedece a principios legales y no a intereses políticos. Se empieza a evidenciar que el proceso penal se ha contagiado del clamor de la calle, lo cual ha vuelto en todopoderosos a los ya conocidos fiscales. En los siguientes párrafos haré el esfuerzo de explicar, a la luz de la muerte de García y la prisión preventiva de PPK, porque las medidas tan populares de la Fiscalía no se ajustan a Derecho y están violando una serie de derechos fundamentales.

Para realizar el siguiente análisis tenemos que hacer el esfuerzo sobre humano de separar la figura política de García del sujeto de Derecho García. Su figura política es la que en base a nuestro juicio moral podríamos haber metido presa hace muchísimos años, sin ninguna investigación ni proceso judicial. ¿Juicio justo? ¡Para qué! Si todos sabíamos que era corrupto. Esa manera de pensar podemos tenerla todos en las entrañas. Pero no es así como funciona el Derecho, ni las leyes ni un Estado constitucional que se rige por estas. En una nación que respeta criterios básicos de justicia, se respeta el principio de legalidad, el debido proceso y la presunción de inocencia. Nadie puede irse preso sin un juicio justo. Nadie. Así hubiera sido el más cruel de los asesinos. Hasta ese deplorable individuo tiene el derecho a defenderse y a ser condenado con dignidad y en respeto de sus derechos fundamentales.  El García sujeto de Derecho es aquel de esta película. Un hombre investigado por más de 30 años que siempre estuvo un paso adelante de sus enemigos. Nunca le encontraron nada. ¿Sabías por qué le ordenaron la detención preliminar? -¡POR CORRUPTO PUES, FRANCO!- No, así no funciona. La resolución de la detención preliminar basaba su argumentación en puras hipótesis y supuestos fundamentados a medias. A pocos días que hable Barata (este martes 23), no se quisieron esperar. Alan siempre había cumplido con las citaciones realizadas por la Fiscalía, tenía impedimento de salida del país y vigilancia policial las 24 horas. La detención estaba fuera de toda razonabilidad legal y procesal, en una investigación donde no habían encontrado ni una sola prueba en su contra. Esto vulnera el principio de presunción de inocencia y el principio de razonable y debida fundamentación de las resoluciones judiciales.

La detención preliminar y la prisión preventiva son figuras que el derecho y la doctrina penal establecen como medidas excepcionales que deben cumplir con una serie de supuestos jurídicos. En especial la prisión preventiva, que se considera una medida de “última ratio”, es decir, una que se solicita ante una situación extrema donde el fiscal tiene elementos de convicción suficientes para acusar al imputado y tiene indicios sustentados para creer que éste se encuentra obstruyendo la justicia y está a punto de fugarse. No es el caso por ejemplo de PPK, un hombre de 80 años que tiene impedimento de salida del país. No mandas preso a alguien 36 meses para seguir investigándolo, para ver si le encuentras algo o no. Porque en el supuesto que no le encuentres nada. ¿Quién te devuelve esos años en la cárcel? -NO IMPORTA, FRANCO, LO BACÁN ERA VERLO PRESO AUNQUE SEA UNOS DÍAS-  No, así no puede pensar ningún ser humano civilizado y educado. La venganza y el oprobio jamás serán justicia. Bacán hubiera sido ver a García y a PPK seguir un proceso justo por todas sus afrentas contra el Estado peruano para luego verlos presos con una sentencia firme y debidamente motivada. Es lo mismo que hubiera deseado en el caso de Keiko. Claramente, tanto el Tribunal Constitucional, en la sentencia con la que declararon nula la prisión preventiva de los Humala, así como la Corte Suprema en reciente casación de este año, estipulan los requisitos y supuestos necesarios para que se dé un correcto uso y no abuso de la prisión preventiva. Esta no es una sentencia y no puede de ninguna manera emplearse como una condena anticipada. La libertad, después de la vida, es quizá lo más preciado que tiene el ser humano. Cualquier escenario que la limite debe tener el carácter de extraordinario y debe seguir un proceso de extrema rigurosidad. Pero la actuación de los fiscales, hechos héroes nacionales por una prensa irresponsable, está lejos de haber garantizado ello. Han ignorado garrafalmente la jurisprudencia constitucional y se han dedicado a politizar e instrumentalizar el Derecho procesal penal para armar una serie de espectáculos mediáticos que han satisfecho la sed de venganza popular, y se ha hecho todo esto en nombre de la “lucha contra la corrupción”.

Porque ahora está de moda, sin hacer ninguna alusión particular, que los corruptos persigan corruptos y que todos estos hablen de una lucha imaginaria que no existe en contra de ellos mismos. No hay ni habrá lucha contra la corrupción que emane de un sistema estructuralmente corrupto y preso de intereses siniestros. En ese sentido, muchísimos peruanos ignoran el evidente trabajo triangular que realizan los medios de prensa, el gobierno de Vizcarra y la maquinaria liderada por hombres como Gorriti, que llena de combustible el trabajo de Domingo Pérez. Es una orquesta muy bien pensada y que llevó al actual presidente a alcanzar altos niveles de popularidad, a equiparar la figura de Domingo Perez a Grau o Bolognesi y a que todos se regocijaran, sin tener mayor conocimiento o información sobre el tema legal, de las detenciones preliminares y prisiones preventivas abusivas de los últimos meses. Ahora las encuestas estaban bajando, las Bambas estaban quemando, los libros escolares escandalizando y cuando finalmente ver a Alan preso cubriría todo ello, Alan jaló del gatillo. Es por ello que su muerte no es meramente el suicidio de un ex presidente. Su nefasta manera de partir visibiliza un problema judicial, político y moral en el Perú, del cual son parte tanto los viejos villanos de la República, como los falsos héroes que ahora la pretenden conquistar.

Quizá por mis versos se me trate de asociar a alguna fuerza o movimiento político. Felizmente no pertenezco a ninguno. A mí no me pueden decir fujimorista ni seguidor de Keiko, he marchado contra ella aquí en Lima y en las alturas del Cusco. A mí no me podrán decir PPKausa, denuncié los estrechos vínculos de PPK con Odebrecht un año antes de que salieran a la luz y fueran producto de escándalo. A mí no me podrán decir aprista ni alanista, ya que en mi memoria esta la muerte de los 23 compatriotas en Bagua, entre policías y hermanos indigenas awajun y wampi que se mataron entre ellos por orden directa de Alan García Perez, a través de su ministra Mercedes Cabanillas. A mí no me podrán decir caviar, queda claro en los párrafos de arriba porque no lo soy. En mi conciencia solo está, como en la de todos los peruanos de bien, el saber que tanto Fujimori, Toledo, Alan, los Humala, PPK y Vizcarra han pertenecido a un sistema que vulnera y traiciona sistemáticamente la confianza del pueblo peruano. Esa traición, que en muchas ocasiones se concreta en la comisión de delitos, tiene que ser severamente sancionada, como manda cualquier sano y correcto imperio de la Ley. Pero no se logrará aquello con actuaciones cantinflescas como las de Domingo Perez. No lo lograremos en base a escándalos mediáticos que solo satisfacen de manera populista y corto plazista el hambre de justicia de toda una nación. El problema con implementar el Derecho de manera salvaje, primitiva y en contra de la Constitución, es que nos da como resultado la indefensión de los Derechos fundamentales de los ciudadanos, la inestabilidad de su seguridad jurídica y finalmente la afectación al bien común. Y todo lo que se degenera de esta manera solo tiende a generar caos, todo lo opuesto a la paz social. Y no puede haber paz sin justicia, ni justicia sin Derecho. Las únicas vías son el debido proceso, el respeto de los derechos constitucionales, y las sentencias fundamentadas en estricto Derecho. Esa es la diferencia entre el caos y el orden. Entre jugar a la lucha contra la corrupción y en verdad ejecutarla. Es la diferencia entre el bien y el mal. Entre los corruptos y nosotros. Entre un Perú condenado a su cotidiana y decepcionante realidad, a un Perú que en verdad viva plenamente en justicia, paz y libertad.


* Poliantea cumple con informar a sus lectores que el siguiente artículo ha sido reproducido en su integridad por fines diálecticos, a bien que el lector tenga en claro con qué texto se ha de dialogar en En nombre de la historia. Lo reproducimos, sin necesariamente compartir lo que su autor expresa, pero exigiendo el respeto correspondiente a su opinión.

La vigencia de Drácula

Nelson Leandro Martínez
Estudiante de Letras.


Directo al grano: Drácula sobrevive a la injusta suerte de su creador -Bram Stoker, no Coppola- por el embate irreverente, improbable e imprudente que le imprime esta novela al mundo de la literatura en pleno siglo XIX. Sí, ese mismo siglo XIX que -en palabras del médico Seward- es ”un siglo escéptico y positivista, en el que el espíritu científico lo es todo”. Así, la época Victoriana resulta marcada por escritores tipo H. G. Wells o, en Francia, por hombres como Julio Verne, quienes encontraron su inspiración y su ”clarividencia” en este fecundo periodo de procesos de transformación sociales, económicos y, sobre todo, tecnológicos. De esta manera, muchas y a la vez curiosas son las ”anticipaciones” y divulgaciones científicas que con los años se extrajeron de la obra literaria de estos dos escritores, de las que se destacan -por ejemplo- la descripción de lo que décadas adelante sería llamado helicóptero, o la invención de una ciudad flotante que sería interpretada como un gran crucero provisto de incalculables lujos; o, simplemente, el ferviente deseo de viajar en el tiempo que -aun en nuestros días- sigue obsesionándonos terriblemente. Por ello, cuando Drácula ve la luz en 1897, la crítica literaria no sabe cómo encasillarla ni valorarla ni, mucho menos, señalarla. Mientras la literatura occidental se encuentra extasiada en las probabilidades científicas de Verne y de Wells, así como en las pericias del entrañable señor Holmes que en la mansión de los Baskerville entierra mitos salidos del infierno, para la novela de Stoker no existe referencia y resulta más sencillo atacarla por grotesca, callarla por realista y evadirla por gótica, policial, epistolar, polifónica…

Todo lo anterior, completamente racional porque Drácula era para su tiempo -en cierto modo- una cómica ”solución” en la que la religión y el positivismo interactuaban sin inconvenientes, además de un curioso experimento entre fonógrafos y máquinas de escribir de la Revolución Industrial junto con enormes castillos y costumbres medievales que en su interior exponían -¡sin vergüenza!- una férrea fe cristiana que no tambaleaba ni siquiera ante la crueldad o el sentido común (tan extraño como aquel filósofo y cristiano francés), y que no se sonrojaba ante la presunción del viejo Van Helsing en contra de la ciencia, quien sugería al conocimiento científico como intransigente dado que ”cuando no consigue explicar algo, declara que no hay nada que explicar”. Por consiguiente, por detalles como estos, se entiende -sin dificultad- por qué la novela del Nosferatu expone los celos de un feroz conde ante unas vampiresas hambrientas para sugerir una postura homosexual rayana en el voyeurisme. Por ello, se entiende la eterna obsesión de Drácula por las mujeres y su sangre (sangre de vida, como en la biblia), o el empoderamiento de la mujer y los constantes retrocesos de la misma en -por ejemplo- uno de los diarios de Lucy: donde ella declara indignas a las mujeres por falta de grandeza.

Sí, aunque resulte increíble y hasta extraño, esta novela es una mezcla senil que se sirve de la realidad y la ciencia con el ánimo de deformarlas porque -como había anticipado Shelley décadas atrás respecto a la ciencia- esta novela “cambia quimeras de ilimitada grandeza por realidades de escaso valor”… Así, es comprensible que Drácula viva en nuestra cultura popular por irreverente, atrevida, anacrónica, descarada, improbable, grotesca, obstinada, imprudente… bien porque quiso mezclarlo todo y resucitar al averno en tiempos de estéticas positivistas al mejor estilo del Dirty Writer Charles Bukowski, quien aparece aquí -abusivamente- con el ánimo de ejemplificar a Stoker como hombre de carácter auténtico y estremecedor, ajeno a su mundo y, sobre todo, a las demandas del público de su tiempo. Stoker, con Drácula, emprende lo que parece una cruzada -esta vez- de oriente contra occidente llevaba a cabo por un demonio cuya naturaleza no es la de una mera bestia ventral y visceral, sino la de una víctima del la creación cuyo pecado radica en su tendencia a pensar como hombre, a su interés por asuntos coloniales y expansivos.

Drácula vive en nuestros días porque es una novela de todos los tiempos.

 

Perú, todos a escena

En noviembre de 1986, el presidente Alan García se dirigió a un numeroso grupo de empresarios, reunidos en la localidad andina de Huaraz para la conferencia anual de ejecutivos. En esa ocasión, una vez más, les instó a colaborar con un Gobierno que a través de la expansión del mercado interno se proponía enfrentar la recesión industrial y desmontar los peligrosos detonantes de una explosiva situación social. Quizá más importante que sus palabras fue la escenografía del acto: llegó a esa localidad andina en el avión privado de quien encabezaba un reciente y poderoso grupo económico, gestado en la acumulación agraria y trasladado después a la industria y a la banca: Dionisio Romero. En Huaraz fue recibido por una multitud enfervorizada, compuesta por comerciantes, artesanos y desempleados. De esta manera, Alan García, en el Gobierno, pretendía cumplir con un lema repetido machaconamente durante su campaña electoral: ser el presidente de todos los peruanos, lo que sería una tautología en otro lugar, pero no en un país como éste, escindido, por demasiados conflictos sociales, étnicos y hasta culturales.

Enfrentado desde el inicio a la banca extranjera por el problema de la deuda externa, García quería contar con un amplio frente interno que se extendiera desde los banqueros hasta los más miserables. Este esquema había funcionado eficazmente durante la campaña electoral, donde cada uno aportó lo que tenía. Los banqueros, el dinero para la propaganda y los pobres, sus votos.

APOYOS

En 1985, García terminó con el enclaustramiento de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), lo sacó de su tradición tercio electoral, y se convirtió en el presidente peruano que el más amplio apoyo tanto de votantes como de multitudes (en las urnas y en las plazas) en lo que va de este siglo. Todo se vio facilitado por una izquierda que no tenía un programa diferenciado y convincente, y, en el otro lado del espectro político, por una derecha de en franca retirada después de ese verdadero colapso económico que resultó de querer trasplantar a Perú las recetas liberales. La derecha política perdió el apoyo de los más poderosos.

La clase alta peruana, particularmente su vertiente financiera, ha preferido no mostrar sus cartas. Su habilidad radicaba en saber maniobrar fuera del escenario. Con frecuencia, optando por el repliegue antes que por el enfrentamiento. Por eso no podía sorprender que alguno de los grupos económicos más poderosos prefirieran al joven candidato del APRA -a pesar de su retórica socialista-, antes que la prédica desembozada del neoliberalismo, encarnada en el Partido Liberal Cristiano, afin más a la democracia cristiana alemana que a su homónima en Italia. Esta estrategia, mezcla de conciliación y seducción, se mostró exitosa en el pasado: fue gracias a ella que contuvieron los reclamos del aprismo en los años cincuenta, evitaron una explosión agraria en la década si guiente, y después pudieron sortear los años difíciles de las reformas emprendidas por Velasco (1968-1974).

Un requisito de estos movimientos envolventes fue el anonimato. Evitar eso que había tentado tanto a la vieja oligarquía, es decir, la exhibición pública.

Pasar inadvertidos. Mantener la ilusoria separación entre la esfera económica y el mundo de la política. Hay que reconocer que tuvieron éxito. Les ayudó el mismo discurso de izquierda que atribuía todos los males y miserias del país al imperialismo y la dependencia. Por eso, tampoco los perturbó demasiado la campaña de García contra la deuda externa: quienes se beneficiaban de la miseria estaban lejos, en la sede de los grandes bancos, en Nueva York o en París.

En 1985 se había esfumado la imagen de la clase alta peruana. Durante muchos años se habló de 10 o 15 familias. Parecía que las reformas de Velasco terminaron con ellas sin ser constituidas. Desde la perspectiva de algunos críticos de izquierda, Perú era un país sin burguesía. Uno de ellos se sintió obligado a escribir un largo texto para lamentar la carencia de tal clase dirigente.

El 28 de julio [fecha del anuncio de la nacionalización], en su discurso anual ante el Congreso de la República, Alan García no sólo echó por la borda el amplio frente que había estructurado al inicio de su Administración, sino que además despegó esa suerte de niebla -como la de Lima en invierno- que cubría y desdibujaba la clase alta peruana.

Aunque el Gobierno dijo y repitió que la estatalización de la banca estaba dirigida sólo contra cuatro grupos económicos—paradójicamente beneficiados durante estos dos últimos años—, lo cierto es que extendida esa medida a las financieras y empresas de seguros, fueron algo más los grupos y familias afectados. Pero en definitiva, la niebla fue despejada por ellos mismos. Afectados o no, reaccionaron en bloque. Aparecieron en la televisión, ocuparon la primera plana de los periódicos.

La estatalización de la banca es la primera disposición de ese Gobierno que afecta de manera significativa a la clase alta y que tiende a variar la desigual estructura de ingresos existentes en el país. Pero además, ha sido presentada como un primer paso de una supuesta revolución “reclamada por todos”. ¿Cuáles serían los pasos siguientes? García no lo ha dicho, pero en la incertidumbre ha reaparecido un viejo fantasma: el aprocomunismo.

Para hacerle frente, la burguesía no parece confiar en sus partidos. Ha preferido salir ella misma, sin intermediarlos. Un antecedente de todo esto se puede encontrar en la constitución de una corporación que agrupa a todos los gremios empresariales, a los grandes y medianos empresarios, a comerciantes, mineros e industriales -el CONCFIEP-, que desde el inicio estuvo en la primera línea del enfrentamiento: no piden, exigen que el Gobierno dé marcha atrás, admitiendo lo que consideran un grave error y una exhortación a cualquier demonio estatificante.

TODO O NADA

Luis Alberto Sánchez, primer vicepresidente de la República y procedente del grupo inicial de fundadores del aprismo, no comparte el imprevisto giro que Alan García ha querido dar a la política económica. Pero no ha podido ocultar su sorpresa ante la reacción de los empresarios. Él considera que hubiera sido más eficaz no pretender abolir la nacionalización, sino, evitando el todo o nada de un enfrentamiento directo, recurrir a los caminos un tanto sinuosos de la negociación para encontrar un sano término medio que hubiera contentado a todos. Sánchez no ha dicho eso ni en privado. Forma parte de los argumentos expuestos en un reciente artículo que él firma y publica en una revista opositora a Alan García. Dentro del partido del Gobierno es evidente que más de un dirigente hubiera prestado oído a la transacción.

En la salida a las calles de grupos de jóvenes de clase media—algunos, empleados de los bancos—a veces acompañados por ollas vacías y otras gritando “va a caer, va a caer”, es imposible no advertir el calco de los lemas y los símbolos del Chile de hoy. Mejor dicho, del Chile de ayer: de esas multitudes que se enfrentaron a la Unidad Popular. Se habla de polarización.

Con el trasfondo de la crisis económica y insurrección armada, los banqueros parecen haber dado su cuota para esa guerra civil que algunos comienzan a avizorar en el futuro de este país. Pero el Gobierno—a esta altura, casi sinónimo de García y sus inmediatos asesores quiere mantenerse desempeñando las funciones del fiel de la balanza, y evita cualquier tentación de inclinarse a la izquierda. No se ha producido ningún gesto de aproximación a Izquierda Unida. Es más, militantes de esta agrupación siguen en diversas prisiones del país, a pesar de la amnistía largamente prometida y postergada.Una posición irreductible podría tener éxito con un partido sólido y organizado, como el estereotipo decía que era el APRA. Otra entelequia que ha desaparecido en estos días. 

Así como Sánchez, varios dirigentes apristas se han pronunciado en contra de la medida. Frente a ellos, están esos jóvenes que silbaron al mismo García cuando habló de un paso atrás en su enfrentamiento con la banca. El paso atrás era admitir un fallo judicial adverso al Gobierno que suspendía la intervención en los bancos. Lo comunicó García a una multitud congregada frente al palacio gubernamental. Algunos jóvenes recogieron sus banderolas y abandonaron el mitin. Días después se publicó un agresivo comunicado del Comando de Juventudes Apristas. 

Ellos parecen inscribirse no en esa tradición de convivencia y negociación de sus padres, sino más bien buscan recuperar la combatividad atribuida a sus abuelos: ahora, más de uno ha recordado que el aprismo hizo la única insurrección popular en la historia reciente y que sus militantes, en los años treinta, ponían bombas, atacaban cuarteles y cometían atentados terroristas. 

Todo se ha movido en el escenario político. Un verdadero terremoto. Como sucede siempre en Lima, lo importante no es tanto la intensidad del seísmo (los grados en la escala de Mercalli), sino el miedo que después se propala por la Prensa.

Para la burguesía, ésta parece ser la ocasión de convertir sus intereses particulares en intereses nacionales: la defensa de la legalidad y la propiedad privada. Para este cometido puede ser rentable el encuentro entre los empresarios y un grupo de intelectuales comandados por Mario Vargas Llosa. Primero recogían firmas para la defensa de una supuesta libertad amenazada. Luego han convocado manifestaciones y marchas.

García ha replicado con otras manifestaciones. Pero además se ha aproximado a las fuerzas armadas. Dejó a un lado su prédica contra el armamentismo o su proyecto de unificar las tres armas para volver a ese viejo discurso patriotero que insiste en la necesidad de pertrecharse contra cualquier agresión externa.

Sobre el discurso del 28 de julio, se ha insistido en lo que dijo García, y en cambio se ha pasado por alto un tema silenciado. Cumplido un año de la matanza de los penales, y a pesar de los anuncios hechos por el mismo presidente de que se juzgaría a los culpables, no se ha hecho nada. García llegó a decir “o se van ellos o me voy yo”. Ni lo uno ni lo otro. Al año, se ignora la cifra exacta de los muertos. La Marina ha convertido en un coto cerrado la isla del Frontón, donde estaba una de las prisiones. Ahora demolida, no quedan ni siquiera los escombros. Se habla incluso de su conversión en casino y centro turístico. Mientras tanto, los cadáveres no han sido devueltos a los familiares. El exteriminio en los penales fue exitoso. Tras este hecho subyace la amenaza totalitaria. Las omisiones en un discurso están a veces demasiado presentes: los mensajes de un presidente no tienen por qué ser una excepción.

‘LÍO DE BLANCOS’

Con la ayuda de la televisión y la radio, tanto la derecha como los empresarios parecen haber copado el escenario. Izquierda Unida recién comenzará a movilizarse, lenta y trabajosamente, esta semana. Los sectores populares que protagonizaron el exitoso paro nacional en junio parecen observar sin mucho entusiasmo este lío de blancos. Pero al mirar han podido quizá descubrir otros rostros: de banqueros, como Francisco Pardo Mesones, procedente de una de esas familias de rancia oligarquía, aparentemente sin poder desde la reforma agraria de 1969; o como Wiese, quien admite que en esos mismos años donde otros se empobrecían y muchos quedaban condenados a la miseria le ha ido muy bien, y ha ganado incluso por encima de sus expectativas.

En, los inicios de esta Administración, Alan García convocó a quienes consideró los 12 grupos económicos más poderosos del país. Fueron conocidos como los doce apóstoles. Pero parece que no uno sino cuatro traicionaron al presidente. ¿Y los restantes? ¿Quiénes son? Dado el escaso número de ahorradores en el país, tal vez el problema de la banca no sea vivido de manera directa por los muy pobres. La situación puede variar si descubren que en la sombra quedan otros personajes que se enriquecieron, pero no con los ahorros y manejos financieros, sino con la venta de maquinaria y abonos para la agricultura, la producción de alimentos, el monopolio de la harina… Son los riesgos de salir a escena y ser iluminados por los reflectores. Todavía mayores cuando el actor termina saliéndose del libreto: un banquero, por ejemplo, que afirma en la televisión haber financiado la campaña del partido gobernante.


*Esta columna fue publicada el 29 de agosto de 1987 en la versión impresa del diario El País de España. Poliantea, sin ánimos de lucro, la comparte ahora como un rescate a una columna que el autor escribió en el marco de la estatalización de la banca en el primer gobierno de García.



Roles de género en los “Cuentos de Eva Luna” de Isabel Allende

MariaJose Valaer
Filóloga hispánica


La mujer tiene un papel fundamental en la literatura de Allende, en torno a ella gira la vida, la familia y todos los personajes de las historias. Es interesante recordar el papel de la mujer en “La Casa de los Espíritus” (1982), relato de una familia chilena cuyos miembros femeninos destacan por su relevancia en el eje narrativo. A través de tres generaciones se aprecia la evolución de la situación de la mujer, que avanza desde la mera cosificación patriarcal hasta la lucha por el sufragio femenino y una situación más equitativa con respecto a la del hombre. En la época de Nívea la única aspiración que podía alcanzar la mujer era la de casarse, tener hijos y servir al hombre. Aun así, la mujer comenzaba a manifestarse por el sufragio femenino y Nívea forma parte de esta lucha. En la generación de Blanca, se nota claramente un cambio en la mujer y la determinación que ésta toma para enfrentarse al hombre; hasta llegar a la generación de Alba, donde la mujer ya va a la par con el hombre accediendo hasta la misma educación en la universidad y reclamando el derecho de expresión.

La mujer se proyecta en Allende de diversas formas que comparten la lucha contra la sociedad patriarcal. Son mujeres determinadas por la situación que les ha tocado vivir. Antonia Sierra (“El Oro de Tomás Vargas”) se rebela contra las palizas propiciadas por su marido y es capaz de sacar a su inmensa familia a delante. Los personajes femeninos suelen ser más jóvenes que los masculinos, y aparecen de formadas por el tiempo y el maltrato. En“Walimai” se describe al personaje femenino con“aspecto de lagarto”;estaba desnuda sobre un petate, atada por el tobillo con una cadena fija en el suelo, aletargada (…) tenía el olor de los perros enfermos y estaba mojada por el rocío de todos lo hombres que estuvieron sobre ella antes que yo (103).Allende las dota de una bondad natural que se manifiesta no sólo en el instinto maternal, sino también en la generosidad. No es extraño entonces que algunas protagonistas adquieran la cualidad de santa, como es el caso de“Clarisa”.

En El Oro de Tomás Vargas se deja ver de otra forma;“le derrotó la lástima.Cuando vio que la muchacha estaba cada día más delgada, un pobre espantapájaros con un vientre descomunal y unas ojeras profundas, empezó a matar a sus gallinas una por una para darle caldo...(57)” La pérdida de un hijo puede llevar a la locura, así le ocurrió a María la Boba(“María la Boba”), pasó horas aullando, y luego entró en un estado crepuscular,meciéndose de lado a lado, como en los tiempo en que ganó fama de idiota(120).De la misma forma, el alumbramiento de un hijo incluso en circunstancias de discapacidad es motivo de alegría (“Clarisa”). Onfray (2002) en su obra“Teoría del cuerpo enamorado”(2002), presenta la maternidad como la renuncia a las manifestaciones como individuo, para dar cabida únicamente a su rol de madre“una mujer que se convierte en madre renuncia de hecho a la expresión de su capricho, de su querer y de su libertad ”. Aunque no todas las madres son capaces de sacrificarse: Maurizia, la protagonista de“Tosca” abandona a su esposo y a su hijo para ir detrás de un amor pasional,aunque nunca dejó de sentirse culpable. Este abandono le propició al padre lascualidades de madre; así, cuando con el tiempo se reencuentran, Maurizia esconsciente de que no puede recuperar el amor como mujer ni como madre. En otrocuento titulado“El huésped de la maestra”, el dolor por la pérdida de un hijo es capaz de justificar un asesinato.Además del rol de madre, la mujer en los cuentos de Allende puede desempeñar el papel de mujer soltera. Desde Beauvoir, somos conscientes de que la mujer que no estaba casada era excluida socialmente,“ para las jóvenes, el matrimonio es el único medio de integrarse en la colectividad, y si se quedan solteras, son consideradas socialmente como desechos” (375).Sin embargo, en los cuentos de Allende, el rol de la mujer soltera se presenta igual de importante que el de esposa y madre. 

En los cuentos en los que el protagonista principal son masculinos, subyace un personaje femenino que modifica y altera al principal, así como la trama de la historia. Es lo que sucede en los cuentos“Regalo para una novia” o “Walimai”.Es por tanto indiscutible la importancia de la mujer en su narrativa. Horacio Fortunato (“Regalo para una novia”),había alcanzado los cuarenta y seis años cuando entró en su vida la judía escuálida que estuvo a punto de cambiarle sus hábitos de truhán y destrozarle la fanfarronería(75).En relación a la mujer y el sistema patriarcal aparece el rol de la prostituta,desempeñado por vocación en algunos cuentos ( Boca de Sapo, o María la Boba), o por obligación en otros (Walimai). Este aspecto es bastante polémico, Borrachero Mendíbil cuestiona el carácter revolucionario del papel de la mujer en este cuento ; La condición de prostituta feliz le sirve a la autora, supongo yo, para resaltar e lcarácter indómito, fuera de toda norma social y libérrimo de su protagonista, pero resulta cuando menos contradictorio que lo haga poniendo a su personaje al servicio de ennoblecer una de las más aberrantes manifestaciones del patriarcado –la prostitución. No obstante, sería factible creer a la narradora cuando afirma que Hermelinda es feliz, y hasta aceptar los visos subversivos que podrían derivar de la representación de una mujer que explota su sexualidad“demotu propio”, si no fuera porque en el cuento aparece un personaje, un hombre,destinado a poner fin a los desmanes de Hermelinda(Borrachero M, 2007: 66).En cuanto a los roles masculinos, desde la primera mitad del siglo XX, la literatura hispanoamericana se ha cuestionado la identidad, la tipología y el psicoanálisis del hombre.El perfil del hombre (1934) de Samuel Ramos y El laberinto de la Soledad(1950) de Octavio Paz, ponen de manifiesto la preocupación por el varón mexicano.

Michael S. Kimmel explica que“la virilidad no es estática ni atemporal; eshistórica; no es la manifestación de una esencia interior, es construida socialmente, nosube a la conciencia desde nuestros componentes biológicos; es creada en la cultura. La virilidad significa cosas diferentes en diferentes épocas para diferentes personas” (2012: 20). Dada la importancia de la interacción de los géneros con el entorno social y político, ha sido inevitable la asociación a aspectos tanto físicos como emocionales, de conducta, aptitud sexual..etc. En el subsuelo de tales conductas reside la idea de poder yla necesidad de mostrar la virilidad frente a otros hombres. Como sostiene Ana L.Muñoz (2009: 9),“los modelos formados por discursos hegemónicos suponen una gravosa carga para los mismos varones, quienes deben sujetarse a la normatividad que dictan aquellos a riesgo de caer fuera del terreno de lo masculino o, peor aún, caer en el terreno de lo femenino”.Es posible ver en las representaciones de Allende la propuesta de nuevos estándares masculinos que se alejan de, cuando no se oponen, a los arquetipos ya existentes. De esta forma se agregan nuevas propuestas paradigmáticas que servirán para cuestionar los parámetros patriarcales.Este marco puede ser propicio para la interpretación de las construcciones masculinas como un contradiscurso crítico que además de socavar las figuras predominantes hace posible pensar en la re-humanización del sujeto masculino al representar individuos que de una forma u otra se liberan de conductas impuestas por el entorno cultural y social, comúnmente iniciada a edad temprana. En la obra de Allende se muestran modelos menos discriminatorios y agresivos, y más indulgentes que emergen a partir de individuos que originalmente son presentados en entornos aparentemente racionales o por el contrario, fuera de ellos, en una especie de estado salvaje. Este tránsito de un estado salvaje a un nuevo paradigma vendrá marcado por la interacción con personajes femeninos, los que a su vez muestran cualidades sustentadas en la razón. Por supuesto, la capacidad racional no está reñida con la emocional, ya sea en la masculinidad o en la feminidad. En ocasiones, los aspectos patriarcales no son tratados como motivo de denuncia, sino como el entorno del que se pretende rescatar aquellos atributos de la sensibilidad masculina que han quedado bajo prejuicios y convenciones veladas a lo largo de la historia.

En los Cuentos de Eva Luna domina un sistema hegemónico patriarcal que muestra sus primeros síntomas de desintegración. Sin duda se evidencian rasgos que nos permiten catalogar a los machos como pertenecientes al “culto de lo varonil”. En este punto es imprescindible atender al ambiente en el que se hallan y a la interacción que mantienen con el personaje femenino, así podremos explicar el desplazamiento hacia sujetos más tolerantes.
De la lectura de los cuentos deducimos que los sujetos masculinos centrales se representan generalmente fuera de un contexto racional o al borde de éste, ya sea porque están perturbados mentalmente, porque son alcohólicos, porque llevan una vida de bárbaros o porque se desenvuelven en mundos fantasiosos (como el circo) .

En relación a los personajes femeninos, las desgracias que sufren vienen ocasionadas mayoritariamente por un matrimonio impuesto en el que la diferencia de edad es considerable y la cosificación de la mujer evidente.

La obra de Allende no sólo rompe con el prototipo femenino-pasivo sino que además rompe con el arquetipo de la masculinidad invulnerable de“el macho”. Presenta a los hombres como capaces de amar con la misma pasión que una mujer, aunque si bien es cierto, deja ver culpabilidad y autocensura detrás de sus comportamientos:

Ezio Longo se enamoró de Maurizia Rugieri con la misma determinación empleada en sembrar la capital con sus edificios (…) Era de carácter bonachón y generoso, reía con facilidad y le gustaba la música popular y la comida abundante y sin ceremonias. Bajo esa apariencia algo vulgar se encontraba un alma refinada y una delicadeza que no sabía traducir en gestos o en palabras. Al contemplar a Maurizia se le llenaban los ojos de lágrimas y el pecho de una oprimente ternura, que él disimulaba de un manotazo, sofocado de vergüenza(“Tosca”, 88). 

El género epistolar, un acercamiento íntimo al alma del escritor

Adriana Jaime
Mercadóloga, docente y lectora


En una caja al fondo del armario, aguardan apacibles pedazos de papel, sobres, postales o anotaciones en una servilleta que fueron testigos de mis mejores y no tan mejores momentos, recuerdos a los que suelo volver constantemente para recordar no sólo a personas y capítulos de mi vida, sino para recordarme quién soy y hacia dónde voy. Cuando abro esa caja y me sumerjo en mis recuerdos para embriagarme de nostalgia, no puedo evitar cuestionarme: ¿Qué será de las cartas que he escrito? ¿Será que aquellas personas a las que les escribí alguna vez una carta –en la cual puse todo mi ser, todo mi corazón— aún la conservan?

Las cartas personales, cualquiera que sea su propósito, buscan dejar una parte del remitente en el papel a través de una confesión escrita, declarando sentimientos, recuerdos, anhelos o temores, mismos que algunas veces, no son fáciles de reconocer en voz alta. Eh ahí el valor simbólico de un pedazo de papel que encierra el tiempo en las palabras, mismas que significan una cosa después de tantos años de haber sido escritas: nostalgia.

Siempre he creído que los libros tienen tres historias: la que está escrita en las páginas, historias que nos hacen viajar, reflexionar y pasar horas con un libro en las manos, sintiendo como el tiempo se detiene ante nuestros ojos; están también las historias de cómo el libro llegó a las manos del lector: una simple casualidad en una librería o un regalo de alguien especial que deja su huella en una dedicatoria que a pesar de los años y las manos por las que pueda pasar ese regalo, invita a futuros dueños a crear historias a partir de esas palabras que en algún momento, significaron algo más que garabatos entre dos personas y que quedaron perpetradas en el papel y en el tiempo. Por último, está la historia que llevó al autor a plasmar sus vivencias, sus fantasías, sus mayores miedos o sus deseos, aquello que lo motivó a perpetuarse a través de las letras.

El conocer este último aspecto de una obra literaria, permite al lector visualizar un panorama más amplio y enriquecedor de la misma. Los escritores plasman en sus libros, independientemente del género, sus vivencias. Un hombre que ha vivido de cerca las miserias que trae consigo la guerra, que ha tenido una vida difícil donde las drogas o el alcohol son el pan de cada uno de sus días, no puede hablar de flores, de lo bella que es la primavera o de la magia del primer amor, habla de lo que vive, de lo que ve o de lo que sueña, creo que es imposible separar a la obra de la vida del autor, ya que la misma es un reflejo de su creador. Para darnos una idea del contexto de cualquier autor y su obra podemos buscarlo en internet o recurrir a prácticas no muy comunes hoy en día, como asistir a consultar libros a una biblioteca para poder acceder a esa información; pero hay algunos autores que dejaron más que narraciones y datos cronológicos acerca de su vida: su correspondencia; cartas que escribieron para declarar su amor, para ofrecer su hombro a algún amigo que lo necesitaba o para despedirse de alguien que tal vez ya no estaba en este mundo al momento de escribir esa misiva.

El Género Epistolar es posible gracias a autores o investigadores que se han dado a la tarea de recopilar, clasificar y publicar las cartas de grandes escritores, además de personas allegadas a los mismos que permiten compartir a los lectores la intimidad de una carta escrita por un grande de la literatura, del arte o de la historia. Sus cartas muestran al lector la otra cara de la moneda, íntima y personal que no es obvia en sus obras; muestran su alma y mitigan su ausencia; hacen sentir que los autores que admiramos dejen de ser inalcanzables, se leen reales y cercanos; humanizan al autor ante los ojos del lector, evidenciando que no solo trascienden por sus letras y la magia de las mismas, sino que dejan tras de sí, en este mundo, una historia similar a la nuestra: personas a las que amaron, distancias de por medio y retos a los que les hicieron frente, historias que están detrás de las obras que los inmortalizaron el en tiempo.

Muchos son los autores o ilustres personajes reconocidos a nivel internacional que no solo son conocidos por sus obras, sino por sus cartas, testigos silenciosos de su vida. Escritores y poetas como Alfonsina Storni, Cortázar, Pizarnik, Fernando del Paso, Pessoa, María Antonieta Rivas Mercado, Jaime Sabines o Gilberto Owen, por mencionar algunos, dejaron, en consuelo de su ausencia a sus lectores, además de sus obras, su correspondencia, donde abren su alma y muestran sus más grandes miedos y anhelos, sus recuerdos, su alegría y su tristeza.

Les comparto algunas misivas que me mueven tanto las emociones cada que las leo, que una lágrima está presta a evidenciarse.

Alfonsina Storni a Manuel Gálvez.

Alfonsina Storni, poetisa argentina. (1982-1938)

Alfonsina Storni escribió su última carta antes de suicidarse al escritor Manuel Gálvez; en la misma, la poetisa plasma en las letras su desesperación antes de quitarse la vida. “No puedo seguir escribiendo” fueron las últimas palabras escritas por la poetisa argentina.

Última carta de la poetisa argentina, encontrada en el sótano de la sede de
La Sociedad Argentina de Escritores (SADE)
Julio Cortázar y Alejandra Pizarnik.

Cortázar y Pizarnik compartían una amistad fuerte e íntima que se evidencia en su correspondencia, misma que la distancia no logró mitigar. En una de las cartas a Cortázar en julio del 71, un año antes de su muerte, Pizarnik se confiesa ante Julio:

“P.D. Me excedí, supongo. Y he perdido, viejo amigo de tu vieja Alejandra que tiene miedo de todo salvo (ahora, ¡Oh, Julio!) de la locura y de la muerte. (Hace dos meses que estoy en el hospital. Excesos y luego intento de suicidio -que fracasó, hélas)”.

A lo que Cortázar responde:

“Mi querida, tu carta de julio me llega en septiembre, espero que entre tanto estás ya de regreso en tu casa. Hemos compartido hospitales, aunque por motivos diferentes; la mía es harto banal, un accidente de auto que estuvo a punto de. Pero vos, vos, ¿te das realmente cuenta de todo lo que me escribís? Sí, desde luego te das cuenta, y sin embargo no te acepto así, no te quiero así, yo te quiero viva, burra, y date cuenta que te estoy hablando del lenguaje mismo del cariño y la confianza –y todo eso, carajo, está del lado de la vida y no de la muerte. Quiero otra carta tuya, pronto, una carta tuya. Eso otro es también vos, lo sé, pero no es todo y además no es lo mejor de vos. Salir por esa puerta es falso en tu caso, lo siento como si se tratara de mí mismo. El poder poético es tuyo, lo sabés, lo sabemos todos los que te leemos; y ya no vivimos los tiempos en que ese poder era el antagonista frente a la vida, y ésta el verdugo del poeta. Los verdugos, hoy, matan otra cosa que poetas, ya no queda ni siquiera ese privilegio imperial, queridísima. Yo te reclamo, no humildad, no obsecuencia, sino enlace con esto que nos envuelve a todos, llámale la luz o César Vallejo o el cine japonés: un pulso sobre la tierra, alegre o triste, pero no un silencio de renuncia voluntaria. Sólo te acepto viva, sólo te quiero Alejandra.

Escribíme, coño, y perdoná el tono, pero con qué ganas te bajaría el slip (¿rosa o verde?) para darte una paliza de esas que dicen te quiero a cada chicotazo.

Julio (septiembre de 1971)”.

Fernando del Paso a Juan Rulfo.

Fernando del Paso, escritor mexicano.
(1935-2018)

Fernando del Paso, escritor y artista mexicano finado en noviembre del año pasado, era íntimo amigo de Juan Rulfo. Cuando se entera del fallecimiento de Rulfo en enero de 1986, Del Paso vivía en París; por la distancia y el golpe, recurre a una carta de despedida, misma que fue transmitida en Radio France Internacionale y publicada por primera vez en “Amo y señor de mis palabras” una compilación de cartas y ensayos de Don Fernando. Les comparto la carta y al final de la misma, el enlace de la nota original.

Carta a Juan Rulfo.

A que no sabes con qué me salieron el otro día Juan. Ni te imaginas. No sabes las cosas que dice la gente cuando no tiene nada que decir. Pues fíjate que andaba yo por París, porque te dije que venía a París, ¿no es cierto? Bueno, te lo estoy diciendo. Andaba yo por aquí. No te diré que muy quitado de la pena porque ahorita tengo varios problemas que no viene al caso contar, cuando de sopetón, así, de sopetón, me dicen que nos habías dejado; que te habías ido.

Mira, tengo que confesarte que cuando me lo dijeron, estaba tan hundido en mis preocupaciones, como te decía, que casi no me di cuenta cabal de lo que me estaban contando. Y después, fíjate lo que son las cosas, esa misma noche, yo di la noticia por la radio. Yo, imagínate Juan, diciéndole a todos lo que yo mismo no había entendido. Porque lo que me dijeron no fue que se había ido el escritor Juan Rulfo, no; lo que me dijeron fue que se me había ido un amigo. Y yo no lo supe sino poco a poquito, poco a poquito y de repente también, sí, de repente cuando escuché tu voz, cuando puse el disco de Voz viva de México de la Universidad donde leíste “Luvina” y “¡Diles que no me maten!”. Y esa voz me caló muy hondo. Porque esa voz, esa voz, yo la conozco muy bien.

Perdóname Juan, perdóname si no te escribí nunca, pero como me habían dicho que tú jamás contestabas una carta, pues yo dije: Entonces para qué le escribo. Y ahora me arrepiento; me arrepiento, Juan. Ahora quisiera que tú hubieras tenido varias cartas mías aunque yo no tuviera ninguna tuya. En serio. Me arrepiento porque yo tuve la culpa. Yo fui el que me fui de México, ¿no? Y no te escribí. Me duele porque no se pueden pasar tantos años, creo que 16 desde que salí, sin escribirle a los amigos, ¿no es cierto? No es cuestión nada más de decir, como Fray Luis, “como decíamos ayer”, porque no, no fue ayer, sino hace muchos años de cuando nos reuníamos una y hasta dos veces por semana, ¿te acuerdas?, en el café del sanatorio Dalinde. Allí se nos iban las horas. ¡Qué las horas! Ahí nos pasábamos años y felices días platicando y fumando como chacuacos. Quien nos hubiera visto, a veces tan serios, habría pensado que nomás hablábamos de literatura. Y sí, claro, platicábamos de Knut Hamsun, y de Faulkner y de Camus y de Melville, todo revuelto. De Conrad, de Thomas Wolfe, de André Gide. Nunca conocí a nadie que hubiera leído tantas novelas. ¿A qué horas las leías, Juan? Se me hace que a veces hacías trampa. Pero también te decía, ¿te acuerdas?, nos dedicábamos al chisme como dos comadres, ni más ni menos.

Y a veces, de pronto, tú te ponías a hacer literatura sin darte cuenta. Te ponías a contarme historias que yo no sabía si eran ciertas o eran puras invenciones, o si se iban volviendo ciertas cuando las estabas inventando. Me acuerdo muy bien, Juan, muy bien, como si te estuviera oyendo.
¿Tú crees que yo también estoy inventando, Juan? ¿Tú crees que estoy haciendo literatura? Pues a lo mejor sí. Perdóname. Cabrera Infante, ¿te acuerdas de él?, decía en un libro: “Le soy fiel a mi memoria, aunque mi memoria me sea infiel”. Sí, también uno inventa a los amigos y a los seres queridos, y creo que sobre todo aquellos que ya no pueden defenderse y decirnos: ¡Óyeme, si yo nunca dije esto, o aquello o lo otro! Y por otra parte, ¿tú crees que te estoy faltando al respeto por hablarte así? No, yo sé que no Juan, porque somos amigos, porque siempre lo fuimos.

Lo que es más Juan, te voy a confesar que yo siempre te vi como mi mayor, y no porque me llevaras un montón de años. A veces, sí, te veía medio viejón, y sobre todo cuando llegaste a la cincuentena. Pero ya ves lo que son las cosas, yo ya tengo esos mismos años y de hoy en adelante cada vez me vas a llevar menos. En un descuido, si vivo lo suficiente, te alcanzo, Juan.

No, lo que yo quería decir es que siempre te vi como mi mayor por la admiración que te tenía y que tampoco nunca te dije porque no te dejabas. ¿O sí te lo dije? Creo que sí, cuando menos una vez, y tuviste que aguantarte.

¿Te acuerdas, Juan, el trabajo que me costó hablarte de tú? Tuve que hacer un gran esfuerzo, y cuando lo logré, es como si te hubiera hablado de tú desde siempre. Ya le podía decir a mi mujer: “¡Oye, voy a llegar tarde porque voy a tomar un café con Juan!”. Y ella sabía que ese Juan era Juan Rulfo, el mismísimo Juan Rulfo.

Toqué el disco de Voz viva de México, Juan, para seleccionar unos trozos y hacer un programa. Un programa para la radio sobre Juan Rulfo, el escritor mexicano. Pero cuando me di cuenta que esa voz, no sólo era la de Juan Rulfo sino la de Juan, el amigo al que yo le hablaba de tú, en ese momento supe que lo que yo tenía que hacer era esto: decirte simplemente lo que te estoy diciendo. Que esto me sirve para adornarme con tu amistad… pues sí, tu amistad siempre me adornó.

La estrené hace más de veinte años y cuando te vi en las Canarias la última vez, ¿te acuerdas?, me di cuenta de que estaba como nueva. Que todo esto lo estoy escribiendo con un estilo tan cuidado que parezca descuidado, pues también, ya ves, hasta medio rulfiano me estoy poniendo. Y que quizás esto lo estoy leyendo como si fuera más mexicano de lo que soy, o seré nunca. Quizá sí, pero quizá no. Quizás hace falta no sólo un temblor de tierra sino un buen remezón de alma para acordarse de lo que uno es, de lo que uno quiere seguir siendo.

Oye Juan, ¿sabes qué?, para escribir esto me puse ayer a releer Pedro Páramo y El Llano en llamas. Tus libros son flacos como tú, Juan, que siempre fuiste medio encanijado. Pero una vez más, me di cuenta de que uno no acaba nunca de leerlos. Ayer me llené la boca con la tierra de Comala, ese pueblo todo untado de desdicha como dices tú, Juan. Ayer, Juan, vi al caballo de Miguel Páramo galopando enloquecido por el camino de la Media Luna. Escuché la voz de Eduviges Dyada, descolorida por la distancia, y ese silencio de Luvina que hay en todas las soledades, como tú dices, Juan.

Y contemplé el hervidero de moscas azules que zumbaban como si fuera un gran ronquido que saliera de la boca de Danilo muerto. Ayer, Juan, volví a ser Juan Preciado y me perdí en la nublazón de esas nubes espumosas que hacían remolinos sobre mi cabeza, como tú dices, Juan. Ayer fui Pedro Páramo y supliqué por dentro, y di un golpe seco contra la tierra, y me fui desmoronando como si fuera un montón de piedras.

Ayer vi cómo el mar mojaba los tobillos y las rodillas y los muslos de Susana San Juan. Vi su cuerpo desnudo hundiéndose en el agua entero, mientras el mar rodeaba su cintura con su brazo suave y le daba vuelta a sus senos, como tú dices, Juan. Ayer, Juan, me bebí con los ojos a Susana San Juan; me bebí su boca abullonada, humedecida, irisada de estrellas; me bebí su cuerpo transparentándose en el agua de la noche, como tú dices, Juan. El cuerpo de Susana, de Susana San Juan. Ayer, sí, de nuevo, Juan, me llené el alma con tu voz.

Mi querido Juan, perdóname por no haberte escrito antes. La verdad es que nunca me constó que tú no contestaras cartas, porque nunca te mandé una. Se me hace que lo quise creer por flojo, porque no eres el único amigo al que nunca le escribí. Pero bueno, te decía que estoy aquí en París donde voy a vivir un tiempo y a terminar, eso espero, otro libro.

Pronto me alcanzarán Socorro, mi mujer, y mi hijita, Paulina. Los otros tres hijos que tenemos ya están grandes y viven solos. Me dicen que aquí vive uno de tus hijos y que pinta, pero no lo he visto. Yo los conocí a todos de chicos, aunque ya no me acuerdo de ellos. Seguro que si los encuentro en la calle no los reconozco. De quien sí me acuerdo muy bien es de Clara.

Y bueno, aquí estamos ya en pleno invierno y el frío está arreciando. Perdóname también por todas estas trivialidades, y más que nada, por lo que no te dije. Porque me queda la sensación de que hay muchas otras cosas que debería decirte, pero no sé exactamente qué. Lo único que sé, es que te tenía que hablar como te estoy hablando, Juan.

Mañana, quizás, u otro día, a lo mejor me invitan a hablar sobre tus libros y entonces quizá me atreva a opinar que si esto, que si lo otro, que si lo de más allá; o quizá no me atreva porque a veces pienso que de tus libros tú ya lo dijiste todo en ellos. En fin.

Antes de despedirme, Juan, déjame terminar con un lugar común, con lo que ya han dicho otros, con lo que van a decir siempre, porque es la pura verdad: tú estás vivo, Juan, porque tu voz está viva, porque tu voz no sólo llenó 30 años de silencio, sino que llenará muchos años más. Tu voz, Juan, que cuando la escuchamos, no lo vas a creer, y aunque te hayas ido, nos da una alegría; una alegría, sí, Juan, aunque nos hables de qué sé yo cuántas cosas tristes, de risas viejas como cansadas de reír y voces desgastadas por el tiempo, de lugares donde hasta los perros mueren y ya no hay quien le ladre al silencio; de pueblos que destilan olores amarillos y acedos, de ahorcados a los que los zopilotes se los comen por dentro hasta dejar la pura cáscara, como tú dices.

Sí, Juan, volver a leerte, volver a escuchar tu voz será siempre una alegría, aunque nos hables y nos sigas hablando tanto, ¡ay, Juan!, de la tristeza.

Fernando del Paso.

El microrrelato en “La muerte tiene permiso”

Maria Paredes
Estudiante de Letras Hispánicas


Los microtextos pueden ser o no literarios, depende del contexto en que los ubique el autor, ya sean anuncios publicitarios, grafitis, noticias, etc., es decir, no necesariamente debe existir una relación de intención literaria; en cambio los textos reducidos literarios, se ubican en el universo de la minificción. Los textos breves no literarios están fijados a la realidad y no a la fantasía o a la imaginación. Los microrrelatos literarios tienen como intensión y están perfilados a contar o narrar una historia al lector, pero ¿cómo saber si estamos frente a un microrrelato? Cuando un microtexto tenga rasgos literarios y, a su vez, una esencia narrativa ficcional.
El desenlace de un microrrelato se subordina a lo que el autor quiera desarrollar y transmitir al lector, dado que, para redactarlo se tienen que escribir las palabras precisas y necesarias, por esto los microrrelatos hispánicos se identifican como creaciones increíbles de la literatura.
Un magnífico ejemplo de lo que es un microrrelato es La muerte tiene permiso del cuentista mexicano Edmundo Valadés, pero antes de entrar a detalle en su contenido, quisiera contextualizar la importancia que tuvo en la narrativa mexicana este autor.
El extenso escritor predilecto de un fanático de la brevedad, así lo percibía el escritor José Emilio Pacheco en su libro El cuento. En la mitad del siglo XX, Edmundo Valadés era un gran exponente y divulgador del cuento, tan así, que su obra narrativa se fue erigiendo como una raíz floreciente del nuevo fenómeno literario que hoy conocemos como microrrelato.
La muerte tiene permiso fue publicada por el FCE en 1955 siendo secuela de un sentir posrevolucionario y de un panorama de lo que es la vida en el campo, llena de abusos de poder, por parte de sus gobernantes locales y cacicazgos, lo cual empuja a los campesinos a la brutalidad de matar al presidente municipal de su comunidad, a causa de una enorme sed de justicia. Esta situación es efecto de una constante violación a los derechos humanos, la discriminación e iniquidad hacia los pueblos campesinos, que por mucho tiempo han estado ante una vida de exclusión y vulnerabilidad.
Como se puede observar este relato posee un lenguaje detallado y específico; lo relaciono con saber acomodar en tan poco espacio o límite, una obra que por aparente es breve, pero en el fondo tiene una fuerte carga significativa de la realidad campesina; muchos lectores pensamos que, por ser un texto breve o efímero, al momento de leer, no puede llegar a tener esas características literarias ilustradas o eruditas, sin embargo, esta brevedad goza de poder conmover a los lectores, dándoles las palabras precisas y la dimensión exacta del escenario, los personajes y el mensaje de lo que el autor quiere transmitir, en una minificción, sin ser necesariamente una novela o un relato extenso.
Las características de este fenómeno, lo han analizado diversos autores como Dolores Mercedes Koch aportando la necesidad de la extrema brevedad como: un buen lector y receptor del relato.
El crítico literario David Lagmanovich fue un experto en el tema de la minificción y en aportar las bases fundamentales para el género del microrrelato: La noción de brevedad ronda siempre las consideraciones sobre la minificción. Aunque la brevedad no sea, ni con mucho, el único rasgo que es necesario observar en estas brillantes construcciones verbales, resulta lógico que, para el lector común, e inclusive en cierta medida para el escritor, resalte de manera especial.
Por último, la extrema brevedad y la buena construcción verbal son fundamentales para un buen microrrelato, que ante la presencia de un buen lector se potencializan para dar paso a la fuerza del universo de la minificción; el cuento la muerte tiene permiso es un claro ejemplo de un brillante microrrelato.