Manifiesto de Las Moradas

Cuando salimos a la aventura, a la caza de las presas espirituales, pensamos siempre que habremos de volver a unas MORADAS, donde habrá amparo para lo atesorado, que no habremos de llevar siempre a cuestas. Punto de reunión, para el contacto, para el cambio, para la confrontación de hallazgos, pero lugar donde toda conquista del espíritu, donde todo descubrimiento del arte y de la poesía, de la ciencia y del pensamiento, no habrá de considerarse nunca como un punto final, como un acabamiento, sino como un acicate hacia nuevas conquistas, como un despliegue de posibilidades futuras.

En esa atmósfera atravesada de pulsaciones vitales, centelleante del peligro que siempre amenaza las manifestaciones desinteresadas de la vida espiritual, queremos erigir estas MORADAS. Nuestro fervor y nuestro entusiasmo esperan despertar la amplia respuesta de atención y de discusión alrededor de los problemas diversos que el destino trágico del hombre suscita en nuestra época; sobre todo, no queremos que se olvide que este destino nos viene de un pasado remoto y que nosotros no somos más que el relevo que ha de transferirlo a quienes vengan detrás nuestro, y que es nuestro deber cuidar porque la acumulación de especulaciones teóricas y de creaciones de arte, venga a ser no una carga molesta, sino el sostén más efectivo, sino la gracia jubilosa que da sentido a la vida.

La tarea difícil  y arriesgada no será llevada a bien, si no contamos con la ayuda cálida de todos quienes han puesto su confianza en las expresiones del espíritu, de quienes creen que toda obra de creación -en el pensamiento y en el arte- solamente fructifica en un ambiente de desinterés completo por los halagos y las vanidades, a donde no lleguen intransigencias dogmáticas e interferencias egoístas. A ellos nuestro llamado para apoyarnos y alentarnos.

Notas al paso sobre Carta al teniente Shogún

Diego Abanto Delgado
Estudiante de Filosofía


Existen libros que nos interpelan desde la primera página. Como lectores, son este tipo de libros los que consiguen instalarse en nuestro interior, desnudarnos y exponernos frente a la inmensidad del mundo, los que consiguen recordarnos que somos humanos, demasiado humanos. Dentro de esta constelación, donde pueden encontrarse libros como Cien años de soledad o Pedro Páramo, se instala un nuevo nombre que la literatura latinoamericana debería recibir por todo lo alto, Carta al teniente Shogún de Lurgio Gavilán.

Con este libro, se reafirma lo que muchos pensábamos tras Memorias de un soldado desconocido (2012); estamos frente a uno de los más virtuosos exponentes de la nueva narrativa peruana. El autor nos guía en este viaje de 120 páginas, por parajes de nuestro país, por escenas que muchos, desde nuestra capitalina vida (como la de quién firma este artículo) ignoramos y nos vemos ignoramente forzados a catalogar de excéntricas. Pero no hay nada de excéntrico en la siembra del maní, en la vida de Lurgio en la selva, en la vida de su familia. Esa apertura a su previa vida, a la vida que quizá nunca volverá a existir, meramente en el recuerdo, esa vida que Gavilán ahora inmortaliza en el papel es, esencialmente bella.

Hay pasajes del libro dignos de repasar, no solo por la exquisitez de la anécdota, sino por cómo ésta ha sido contada. Gavilán enhebra oraciones preciosas sin recaer en un estilo barroco. Más que impresionar al lector con figuras efectistas, nos desnuda su vida. Frente a este acto, que nos queda, sino leerlo. Que nos queda, sino asombrarnos. Que nos queda, sino empatizarnos, comprendernos.

Es necesario entenderlo además, como una crítica. Una crítica que nos interpela como sociedad, principalmente porque a través de sus páginas, recordamos las distancias que nos separan. Frente a un país que aún teme abordar el tema de la violencia política del siglo pasado, Gavilán la aborda no desde la ficción agotadora; sino desde su vida, su testimonio, su “versión” de la historia. No estamos frente a un libro panfletario que busca moralizar al respecto, estamos frente a alguien que no teme revelarnos la realidad. Sin escatimar la calidad de la prosa, sin duda.

Y es que no hay algo gratuito en este libro. No hay reflexión en vano, no hay inquisición exagerada. Cuando Gavilán, genuinamente, cuestiona a Dios en las primeras páginas, no nos encontramos a un ateísmo antojadizo, es similar al grito “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado” que pronuncia Jesús en la cruz. Pero de todas ellas, de todas esas reflexiones que estremecieron lo más profundo de mi alma, me quedo con la siguiente:

¿Puede nuestro lenguaje recuperar las memorias de las víctimas o lograr que el perpetrador pueda encontrar algún sentido a lo que hizo, a lo que hicimos?

Carta al teniente Shogún (p.16)

¿Puede nuestro lenguaje? Nótese que Gavilán nos hace partícipes de su lenguaje, de su experiencia una vez más. ¿puede nuestro lenguaje conmover a aquellas fuerzas políticas que niegan aún hoy las atrocidades cometidas por el Estado? ¿puede nuestro lenguaje interpelar a quiénes aún hoy defienden a violadores de derechos humanos, a autores de matanzas? Preguntas, que como las grandes preguntas, no tienen una respuesta, ni tendrían porqué. ¿Puede nuestro lenguaje recuperar las memorias de las víctimas? ¿lo han hecho ya? agregaríamos… ¿lo harán algún día? esperemos que sí…

Existen libros que sólo permanecen en estas preguntas y el logro ya es tremendo. Si Carta al teniente Shogún hubiera permanecido en las preguntas que expresa textualmente seguiría siendo un gran texto, todos seguiríamos aplaudiendo este logro. Pero este libro va más allá, este libro transgresor rompe con nuestro molde de lectura tactiturna, rompe con lo que esperamos de la ya cansina autoficción, y nos interpela con preguntas tácitas que remueven nuestra propia existencia. Podríamos señalar que Carta al teniente Shogún es un libro de preguntas, es un libro de dudas, de imprecaciones, de interpelaciones…

Retomo ahora la pregunta que entrelaza el texto. Es la interpelación de Lurgio a su Teniente, que he decidido interpretar de forma más osada, quizá. Considero que la pregunta ¿por qué no me mataste? mas que convertir este libro en una historia de supervivencia —y no pretendo deslegitimar a quiénes han optado por esta vía en su lectura— lo convierte en un texto de comprensión.

Gavilán, aún hoy, no comprende al Otro. Y no podemos culparlo. El mismo hombre que ordenó su muerte, le salvó la vida. Se arrepintió. Y ¿por qué? Ese es el gatillazo con el que inicia la novela, ese es el hilo que nos jala. La búsqueda de una respuesta a una pregunta, que reabre muchas preguntas a su vez, que reapertura muchas búsquedas. Después del libro, Gavilán se seguirá preguntando ¿y por qué no me mataste?, y poéticamente podríamos señalar que, está vivo, porque si no era él, ¿quién más podría contar esta historia? ¿alguien se habría animado a contarla o viviría, eternamente silenciada, como son silenciadas millones de historias a lo largo de nuestro país?

Y me atrevería a apuntar además que la genialidad de esta historia no recae netamente en que la experiencia de Gavilán haya sido única. Sino en la capacidad de hacernos partícipes de aquella particular vida. Porque cuando corre por su vida al lado de Rosaura, nosotros corremos, cuando está expuesto, a merced de zorros y cóndores, al frente de Shogún, nosotros también sentimos su mirada interpeladora, porque cuando camina en busca del qiwatu en el monte, nosotros también buscamos con él. Y cuando él llora, cuando silencia, nosotros lloramos y callamos al mismo tiempo.

En algún momento, Gavilán nos demuestra que esta carta es un homenaje no solo a quién le perdonó la vida, sino a quiénes ya no están a su lado, a quiénes se hundieron en el camino de los no muertos (p.55), a Rosaura, Evarista, a Rubén, a tantos nombres y apellidos que hoy se pierden como los recuerdos que son extraviados por el viento. Este libro es una memoria a los desaparecidos durante el conflicto armado interno, este libro es una memoria para quiénes no vivimos durante esos años, y para quiénes sí.

Es imposible que quién se haya acercado a este libro, haya satisfecho sus dudas iniciales. Yo, sin duda, no lo hice. Este libro apertura nuevas lecturas, este libro nos lleva a cuestionarnos la propia existencia. Hoy, ¿qué hacemos respecto a nuestra otredad? Gavilán busca a Shogún en las páginas, nosotros lo buscamos también en nuestra sociedad. ¿Cuántos Shogún existirán, cuántos Shogún existieron?

¿y si todos somos Shogún? No, quizá he ido demasiado lejos. Regresemos…


En algún momento, Gavilán cuestiona a la memoria, cuestiona al olvido, cuestiona a la verdad. Estos tres aspectos, curiosamente, son los más vilipendiados en la actualidad. La memoria que insistimos por vulnerar, el olvido que optamos mantener, la verdad que preferimos ignorar. La razón por la cual Gavilán nos habla hoy sigue permaneciendo oculta. Hay quiénes dirían que quiere que conozcamos su verdad, a través de su búsqueda a un personaje ficticio, otros que señalarían que quiere que lo ayudemos a encontrar a Shogún o quizá y prefiero quedarme con esta opción Gavilán quiere que, a través de atestiguar su búsqueda, nos encontremos a nosotros mismos.

Carta al teniente Shogún es un texto inclasificable, allí reside su fuerza. Mas que una carta o un testimonio, este libro es una interpelación. Mas que un llanto a la vida, este libro es un canto de la esperanza. La esperanza de un abrazo fraterno, ese abrazo que Vallejo consideraba, en frío, imparcialmente, dársela a su Otro, ese Otro que somos nos-otros. Gavilán nos abraza a nos-otros a través de este texto, buscando de nuevo esos brazos que perdió en la guerra. Nosotros somos abrazados, quizá, buscando comprender a Gavilán de otro modo.

Esta distancia que aún hoy nos separa como país disminuye cuando terminas el libro. Y si, consideramos hoy, sin sesgos de algún tipo, cuántos libros nos causan esa sensación…sabremos por qué estamos frente a un libro de lectura obligatoria. Rumbo al bicentenario, es tiempo de cerrar esas grietas que aún nos dividen como país. Este libro, bajo mi consideración, fría e imparcial, demasiado humana, inicia ese proceso.

Elementos picarescos en El coloquio de los perros

Maria Paredes
Estudiante de Lenguas Hispánicas


wEl Coloquio de los perros es una novela ejemplar de Miguel de Cervantes. La historia es un diálogo entre dos perros llamados Cipión y Berganza, quienes por una noche tienen el don del habla y del razonamiento. En este trabajo pretendo demostrar los elementos picarescos en la vida de Berganza; por ello, dividiré este escrito en tres apartados: en el primero, daré un panorama de los elementos picarescos, en general; en el segundo, informaré las generalidades de la obra; y, por último, relacionaré los elementos picarescos con la novela ejemplar mencionada.

Elementos de la novela picaresca

El género de la novela picaresca surgió en el siglo XVI, en uno de los períodos más eruditos para España, mejor conocido como Siglos de oro. En La novela picaresca: concepto genérico y evolución del género (siglos XVI y XVII), Klaus Meyer y Sabine Schlickers señalan que la obra Lazarillo de Tormes fue el primer peldaño histórico para que se diera una narración de carácter antiheróica y con ciertos rasgos que contrastaban los valores utópicos que los burgueses ricos se creaban conforme a su estatus social. El género picaresco se consolidó con la aparición de la novela Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán. 

Por otro lado, en el libro Qué es la novela picaresca, Alonso Zamora Vicente define esta corriente como una actitud frente al arte por parte de los españoles, como determinada característica literaria que representa el espíritu español de esa época. Recordemos que España seguía en el antiguo régimen, como privilegiados estaban los integrantes del clero y la nobleza, mientras que el vulgo permanecía en una estrecha carencia.

   El estilo de la narración de la novela picaresca es autobiográfico, de manera que él o la protagonista va contando las peripecias que tuvo que pasar en una sociedad violenta. La novela picaresca tiene como característica principal presentar la realidad y la objetividad del mundo desde un preámbulo grotesco, este panorama lo podemos conocer por medio de la vida que se le va presentando al personaje principal, el pícaro, también conocido como trotamundos. A esto la RAE lo define como: “personaje de baja condición, astuto, ingenioso y de mal vivir”. Asimismo, Klaus Meyer explica que el vocablo surge a mediados del siglo XVI, como picaño y ganapán.

En el libro El niño-pícaro literario de los siglos de oro, Antonio Gómez Yebra afirma que el pícaro es:

Un héroe, un antihéroe, un mozo de muchos amos, <<un nómada como suelen serlo los héroes que viven al margen de la sociedad estabilizada, un parásito>>, <<un criado o escudero […] o un elemento que surge de la vagancia, abundancia y vida muelle de las grandes ciudades>>, <<un figurón nacido en las capas inferiores de la sociedad, un gusarapo fermentado en el cieno y puesto a curar al sol sobre el estiércol>>, << un vagabundo que pretende vivir con el mínimo esfuerzo, a quien repele el trabajo sobre todas las cosas, pero que no es aún un delincuente, aunque podría llegar a serlo>>. )                                                                 

Es preciso señalar que, las definiciones para el pícaro son bastantes amplias, mas, la importancia es la circunstancia en la que se encuentra; su vida suele moverse dentro de un contexto hostil y violento, por lo que crece sin valores y sin amor.

   El niño pícaro frecuenta la miseria y el sufrimiento, por lo que consigue ganarse la vida sirviéndole a varios amos. Crece de manera astuta e inteligente desconfiando de las acciones de sus amos y cree que casi toda la gente lo atisba, esto hace que se aleje de la sociedad, aunque esté dentro de ella, se siente en una profundidad soledad. Sus características físicas de un pícaro por lo regular son de una persona con aspecto andrajoso, y casi siempre se le atribuye trabajos como: criado, mozo, recadero, ayudante de cocina, etc.

   Retomando el texto de Gómez Yebra, la raíz problemática es el desarraigo familiar, los niños desde su nacimiento son condenados a tener una vida de padecimientos. El autor menciona que el pícaro puede frustrarse por muchos motivos, si lo vemos por el lado de las necesidades básicas como casa, vestimenta, y sustento. El pícaro carece de estás cosas que son elementales para un buen crecimiento. Igualmente están las necesidades emocionales y sentimentales como el amor, los valores y sobre todo la educación.  En síntesis, a falta de todos estos elementos fundamentales, el pícaro se vuelve conocedor de la maldad y de las mañas,

Rosa Cabrera afirma que es un individuo:

reflexivo, un introvertido, acostumbrado a estar a la defensiva. Su pensamiento discurre con agudeza, y ocasionalmente, con filosofía. Su carácter no tiene gracia, pero tiene sincera profundidad y perfiles originales. (“El pícaro en las literaturas hispánicas”)

   La autora menciona que los pícaros tienen su función, dependiendo de distintos factores ya sean sociales, raciales, urbanos o rurales. Los pícaros juegan un papel esencial en las obras, puesto que, en casi todo el eje del texto, se gira alrededor de lo que pasa en su vida.

Generalidades de la obra

El coloquio de los perros es una novela ejemplar protagonizada por dos canes, llamados Cipión y Berganza, quienes por una noche tienen el don del habla y del razonamiento. Durante el anochecer, Berganza le cuenta sus andanzas que tuvo que pasar con sus distintos amos, puesto que, su condición estaba por los suelos, a comparación de otros perros que nacían con la suerte de tener buenos amos, sobre todo dueños que pudieran darles una vida digna.

Sus amos fueron: Nicolás Romero, los pastores, el mercader, el aguacil, el atambor y sus soldados, la hechicera, los gitanos y el morisco. En cada aventura con ellos, Berganza aprendió sus costumbres, sus trabajos, su manera de pensar y sus actitudes, de hecho, se lo dice a Cipión:

¿Consideras mis caminos y mis amos tantos? Pues todo lo que has oído es nada, comparado a lo que te pudiera contar de lo que noté, averigüé y vi desta gente: su proceder, su vida, sus costumbres, sus ejercicios, su trabajo, su ociosidad, su ignorancia y su agudeza, con otras infinitas cosas: unas para decirse al oído y otras para aclamallas en público, y todas para hacer memoria dellas y para desengaño de muchos que idolatran en figuras fingidas y en bellezas de artificio y de transformación.

   En el artículo “La filiación genérica del Coloquio de los perros”, Jorge Alcázar toma el texto como una obra de alto grado de originalidad, e igual como un texto que retoma temas cultos y populares, uno de ellos es: la brujería. En cambio, en el artículo “Delito y moral en el Coloquio de los perros”, Belinda Rodriguez Arrocha toma a estos actos como prácticas ilícitas, ya que eran prácticas enjuiciadas por los tribunales inquisitoriales. El propósito de este artículo es mostrar la conducta delictuosa en El coloquio de los perros, basando en el contexto del siglo XVII.

El coloquio de los perros es una novela que desmiente y muestra, tal cual, una sociedad cruel y con poca moral y empatía. La sociedad que describe Berganza es grotesca en cuanto sus acciones, un claro ejemplo es su amo Nicolás el Romo con su matadero; Berganza tuvo que salirse de ahí por personas desalmadas y de mala conciencia. Otro punto que obtuvo Miguel de Cervantes en su novela, es desmitificar a personajes que se tenían en una alta perspectiva. Por ejemplo, cuando Berganza le toca cuidar un rebaño de ovejas y se da cuenta que son los mismos pastores los que las mataban como si fueran lobos. Incluso en una parte de la obra, Berganza le describe a Cipión, cómo son en realidad los pastores y dice que todo lo que se describe en las novelas pastoriles son puras cosas soñadas.

Carlos Blanca en su artículo “Cervantes y la picaresca”, explica que las novelas de Miguel de Cervantes no son idealistas, dado que, existe dos tipos de realismo el realismo de desengaño y el realismo objetivo. Estas son dos formas de concebir la novela, incluso, el autor afirma que los pícaros de Cervantes son muy distintos a los pícaros de otras novelas, por la manera de concebir el mundo, su realismo, es esencialmente antagónico al de los autores de las picarescas más famosas.  Los pícaros de Cervantes muestran un mundo inhumano y antiheroíco, y cada una de las aventuras del pícaro le sirve para explorar y revelar los engaños de la baja calidad humana. El autor también menciona que el eje central que mueve al pícaro es “el hambre “, come por necesidad sea el platillo que sea.

La novela realiza profundos análisis filosóficos, incluso Cipión sabe términos griegos y Berganza hace una crítica a los letrados y a su lenguaje que presumen tener. Cipión es el moderador del habla y raciocinio de Berganza, y podría decirse que es el perro con más sabiduría y con una retórica impresionante.

III Elementos picarescos en El coloquio de los perros

Quisiera comenzar este apartado, destacando las principales aventuras que pasó Berganza con sus distintos amos; y cómo es que se volvió un trotamundos y ágil en muchas tareas.

Berganza nació en Sevilla dentro de un Matadero, sus padres fueron alanos[1]. En el matadero se encontraba un mozo de personalidad iracunda, llamado Nicolás el Romo, quien como  jifero[2] le enseñó a Berganza a embestir a los toros con una agilidad impresionante. Sin embargo, tuvo que huir porque su propio dueño lo quiso matar, por volver sin la comida que llevaba en la cesta: “Me volví a mi mano sin la porción y con el chapín. Parecióle que volví presto, vio el chapín, imaginó la burla, sacó uno de cachas y tiróme una puñalada que, a no desviarme, nunca tú oyeras ahora este cuento.”, Berganza escapó hacia unos campos a donde la fortuna lo llevase. 

Su segundo amo lo encontró en unos rebaños. Un pastor lo recogió y le puso como sobrenombre Barcino: “el pastor me puso luego al cuello unas carlancas [3] llenas de puntas de acero, habiéndome dado primero un dornajo[4] gran cantidad de sopas en leche, Y, asimismo, me puso nombre, y me llamó Barcino”. Cuando llegó con el dueño, le asignaron una tarea, la cual era cuidar el rebaño de los lobos y si al día siguiente se encontraba una oveja muerta, a los que castigaban eran a los perros. No obstante, un día Berganza se dio cuenta que los mismos pastores eran los que mataban las ovejas, dejando las heridas idénticas a las de un lobo. Este acto le parecía a Berganza una injusticia, y mejor decidió irse.

Su tercer amo lo encontró cuando regresó a Sevilla, era un mercader que tenía dos hijos y eran estudiante de un colegio llamado Compañía de Jesús, en donde estudiaban gramática. Con esta familia Berganza aprendió mucho, y más cuando acompañaba a los niños a la escuela, sin embargo, como distraía tanto a los niños en su aula, el mercader decidió que regresara a cuidar la puerta, y una empleada malvada le hacía la vida imposible; no le daba de comer y los integrantes de la casa ni cuenta se daban. Un día Berganza decidió marcharse, y fue cuando encontró a su cuarto dueño, un aguacil[5]. Con este amo, Berganza vivió muchas hazañas y enteró de muchos rumores. Pero a la ama que quisiera destacar es a la bruja que se hacía pasar por una hospitalera, y fue quién le contó que él en realidad es un humano atrapado en un cuerpo de perro, está bruja llamada Cañizartes,le dio santo y seña de quién era su madre y cómo fue que una bruja nombrada La camacha, les hizo un embrujo, incluyendo a Cipión quien vendría siendo su hermano.

Todas estas aventuras: los sobrenombres, los golpes, el hambre, los embrujo y  los engaños , son claramente las de un personaje pícaro, su vida es como una rueda de la fortuna, por lo que su suerte dependía del lugar y de la persona con quien le tocará vivir.

Conclusión

La razón les permitió a Cipión y Berganza que llevarán a cabo un diálogo con argumentación, liberación de conocimiento y un lenguaje sabio e intelectual.

Por consiguiente, en el artículo “El coloquio de los perros: una poética para sí misma”, Grissel Gómez analiza la insistente verosimilitud en Cervantes, y la credibilidad de sus narraciones. De hecho, la autora retoma el final del coloquio, cuando el licenciado le dice al señor Alférez: “Señor Alférez, no volvamos más a esa disputa. Yo alcanzo el artificio del Coloquio y la invención, y basta. Vámonos al Espolón a recrear los ojos del cuerpo, pues ya he recreado los del entendimiento (p. 445).” Peralta da entender, que no importa si fue el producto de un delirio o si fue verdadero o falso, lo que realmente importa es la admiración y la curiosidad de haber escuchado a dos perros, que nunca se sabrá si realmente eran dos humanos embrujados.


Bibliografía

Alcázar, Jorge. “La filiación genérica de El coloquio de los perros “. Scielo. I, (mar-may.2009): 1-2.

Bataillon, Marcel. Pícaros y picaresca. España: Taurus, 1969.

Carrasco, Félix, et al. La novela Picaresca en el siglo XVI. Madrid: Iberoamericana, 2001.

García, Patricia. Novelas ejemplares: Miguel de Cervantes Saavedra. Edinexus, 2005.

Gómez, Grissel. “El coloquio de los perros: una poética para sí misma”. Revista casa del tiempo. (octubre 2004).

Rodríguez, Belinda. “Delito y moral en El coloquio de los perros”. Revista de Filología. 34, (marzo 2016): 315-327.

Schlickers, Sabine, et al. La novela picaresca: Concepto genérico y evolución del género (siglos XVI y XVII). España: Universidad de Navarra, 2008.

Van Hoogstraten, Rudolf. Estructura mítica de la picaresca. Salamanca: Fundamentos,1986.

Zamora, Alonso. Qué es la novela picaresca. Argentina: Editorial Columba, 1962.


[1] Raza de perros autóctonos de España, y se consideran perros de presa.

[2] Un jifero es según la RAE:  Perteneciente o relativo al matadero.

[3] Según la RAE:  Collar ancho y fuerte, erizado de puntas de hierros, que preserva a los mastines de las mordeduras de los lobos.

[4]  Según la RAE:  Especie de artesa, pequeña y redonda, que sirve para dar de comer a los cerdos, para fregar o para otros usos.

[5] Según la RAE un aguacil es: Funcionario subalterno de un ayuntamiento o un juzgado.

Incandescencia

Gabriela Wiener
Escritora peruana

Carlos Hualpa tiene un apellido quechua que significa gallina. Él es Carlos Gallina. Las pobres gallinas no tienen la culpa de que el patriarcado linguístico las haya asociado, en contraposición a los gallos –machos bravíos y amos del gallinero– con la cobardía, lo achantado, lo blandengue, lo inseguro, lo débil, lo medroso, lo pusilánime, lo cagueta. Por la misma razón, los pobres hombres a los que llaman gallinas siempre han sido considerados poco hombres, algo que suele ofenderlos solo a ellos. Para burlarse del inca Atahualpa, cuyo nombre significaba rey de la tierra, los españoles le partieron en dos el nombre, Ata hualpa, que significa gallina amarrada.

Hualpa también se sentía como una gallina amarrada cada vez que llegaba al trabajo y veía esa cara. El más grande de sus problemas era esa cara. Hay caras que son tan bonitas que no puedes dejar de mirarlas, sobre todo cuando todo lo que te rodea es feo, mucho más gris y triste y pobre y oscuro. Pero hay caras que son verdaderos problemas para algunos y ésta era una. Por la mañana, cuando marcaba tarjeta en una de esas empresas explotadoras llamadas service en la que trabajaba como cocinero, siempre era el mismo infierno: perseguir largamente aquello que se le resistía en los ojos de su joven compañera de trabajo, la armonía que hacían los pómulos afilados con su barbilla de manzanita, la sonrisa de dientes pequeños, los labios rojos, quietos y sellados, los cabellos negros que parecían acariciar al mundo mientras avanzaba, menos a él.

La dueña de la cara, Eyvi Liset Ágreda Marchena, había llegado a Lima a los 17 años desde San José de Lourdes, una pequeña comunidad en Cajamarca, había cambiado la chacra por la ciudad; estaba estudiando Administración de negocios y trabajando para ayudar a sus padres como cajera y azafata en ese service de comida en el que conoció a Hualpa en el año 2015. No tenía novio, le gustaba divertirse, arreglarse. Se veía bonita, se sabía bonita. Tenía 22 años, era muy joven pero no quería perder el tiempo.

A sus 37 años él vivía aún con sus padres y sus tres hermanos en una casa a medio construir en el barrio de Carabayllo, al norte de Lima, donde los vecinos lo percibían como una persona silenciosa y tranquila, incapaz de matar. Desde que se conocieron, había intentado estar cerca de ella de muchas maneras, quería ser su amigo, su protector, quería que lo necesitara. Se preocupaba por ella. Hacía pesas. Se estaba poniendo maceta. Una vez unos ladrones le hicieron daño A Eyvi para robarle el celular y él corrió como un héroe en su ayuda. Al menos él se sintió un héroe. La invitó a comer, conversaron por primera vez sobre sus vidas. A él le conmovió saber de ella, que le hablara de su padre. Otra vez la acompañó a Plaza Norte a comprar unas zapatillas Adidas con cien soles de su tarjeta que él le había prestado y que acordaron le pagaría en cuotas.

Pensaba que eso era lo que tenía que hacer un hombre por una mujer. Pensaba que eso era estar enamorado, que eso era el amor. Su educación sentimental se debía quizá a la suma de algunas telenovelas, a la observación de las dinámicas de alguna pareja de vecinos, unas cuantas películas de Hollywood, a la relación de sus padres y a los pasajes que leían los predicadores de la Iglesia evangélica a la que acudió durante un tiempo. Se imaginaba con ella en el futuro. Le habría cocinado los platos peruanos que mejor le salían. Por toda su entrega, Carlos creía que Eyvi le debía algo, que debía estar agradecida y corresponder en igual medida a su deseo. De hecho, no comprendía sus evasivas y rechazos. No tenían sentido. Él se sabía una buena persona, alguien generoso. Se le había declarado y ella le había dicho que tenía enamorado, pero no lo tenía. ¿Por qué le mentía? Nunca se consideró un machista sino un caballero. Eyvi le gustaba porque le gustaba pensar que eran “iguales”, que venían de abajo, le gustaba porque no bebía alcohol y era tranquila. Eso dijo, que le gustaba porque era “tranquila”.

Además, estaba esa cara. Esos huesos alineados sobre los que se implantan más de treinta pares de músculos, de diversas formas y funciones, gruesos y fuertes, finos y pequeños, como ese que eleva la comisura de los labios y el que dilata el ala de la nariz. Todos esos tejidos blandos que al moverse hacían de Eyvi quien era. Cada movimiento de su maxilar y su mandíbula expresaba una emoción y cada emoción negada de ese rostro impactaba en él como un golpe seco. Nunca era para él su alegría. Sus sentidos estaban concentrados también en esa cara en la que todo creaba armonía: La vista, el oído, el olfato, el gusto de Eyvi, pero también el tacto de esos labios que no conocía.

Pero a Eyvi no le gustaba la cara de Carlos Gallina. Era mucho mayor que ella, un tipo extraño, sombrío, hablaba demasiado de su madre. Al poco tiempo de conocerlo ya había empezado a agobiarla con su insistencia y asedio. Aunque se habían tratado y alguna vez se había apoyado en él, desde hace un tiempo ya no quería ni verlo. Jamás se le cruzó la palabra acoso por la mente pero su presencia le producía aversión, hasta repugnancia.

Quizá todo se terminó de torcer con las rosas. Carlos la vio distante un día y llamó a Rosatel para darle una sorpresa en su oficina. Las flores alegraron a Eyvi. Dice que la vio sonreír, pero cuando se enteró de que había sido él las tiró a la basura. Para Carlos fue como si hubieran tirado su corazón a los perros. Se despertaba en medio de la noche, sudando frío, tenso. Cómo había podido darle tanto y ella quitarle todo. Le había dedicado incluso más tiempo que a su madre enferma. Estaba tan amargado que le contestaba mal a su mamá, algo que detestaba hacer. Ya una idea escalofriante se alojaba en la parte más oscura de sí mismo y empezaba a madurar, a sofisticarse, a completarse. Desesperado por lo que se le acababa de ocurrir, subía al segundo piso enladrillado de la casa de sus padres y se ponía a orar. Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad aquí en la tierra…Y le pedía a Dios que le arrancara esa rabia. Y le pedía a Dios que le quitara esa idea. Y le pedía a Dios dejar de ver esa cara del demonio.

Por esos días, mientras deshilachaba el pollo para el ají de gallina, Hualpa se encerraba en el baño de su trabajo a llorar de rabia. La maldecía por ingrata, como en esa canción que los de Cafeta Cuba aseguran que no volverán a cantar, porque instiga a los feminicidios: “Ingrata, no te olvides que si quiero/Pues si puedo hacerte daño, solo falta que yo quiera/Lastimarte y humillarte…. Por eso ahora tendré que obsequiarte/Un par de balazos pa’ que te duela/Y aunque estoy triste por ya no tenerte/Voy a estar contigo en tu funeral”. Y para no hacer realidad la canción se fue a hablar con el pastor de su iglesia y no pudo ayudarlo. Y se fue a hablar con una psicóloga y tampoco. Se sentía utilizado, no le pagaba lo que le debía, no le contestaba las llamadas, el insomnio lo estaba volviendo loco. Y ella haciendo su vida normal. Tan feliz, mientras él vivía fregado.

Eyvi tomaba cada día el bus de su instituto al trabajo, del trabajo a la casa. Atendía llamadas en un Call Center. Ya no trabajaba con Hualpa. Se había alejado de él. Mejor no darle esperanzas. Vivía con su hermano porque estaba algo nerviosa. Miraba por las ventana del bus las calles de Lima y se quedaba dormida apoyando la cabeza cuando estaba cansada. Su cara se recortaba contra la ciudad y la ciudad parecía menos fea. Se hacía fotos con sus amigos del instituto o del trabajo, en el salón de clases, en parapente, en el campo, en la playa, en restaurantes, junto a platos de comida, y las subía al Facebook. Le daban megustas. Quienes la conocían la apreciaban, la consideraban divertida, fuerte, independiente. Alguno sabía que un tipo la molestaba, pero a qué chica como ella no la molestan.

Habían pasado dos años pero Gallina no había podido olvidar ese desplante; solo estaba seguro de algo, de que alguien tenía que darle una lección de humildad a esa puta. Según él se creía la última chupada del mango y tenía que darle un escarmiento. Se justificó pensando que así evitaría el dolor a otros hombres. Creía que jugaba con otros como había jugado con él. Jugadora, perra, ruca, cómo pudiste. Estaba enamorado, pensó, qué diablos, y las personas enamoradas actúan así. Y actuó.

No sabe qué pasó, se le nubló la mente, dice que las humillaciones acumuladas lo empujaran a hacerlo, a perder el miedo, a ser un poco menos o un poco más gallina. Esa tarde del martes 24 de abril de 2018 salió de su casa resuelto. Fue hasta su trabajo. La vio salir. La siguió. Estaba encapuchado y con lentes de sol. La vio subir en un paradero a la altura de alguna calle miraflorina. Subió detrás. Era ella, su rostro delicado intacto, desafiante. Estaba distraída. Eyvi no lo vio a él. No lo miró. No notó su existencia. Para variar. Eso hizo crecer su rabia. Se sentó detrás de ella. Sacó algo de la mochila. Se levantó. Le temblaban las manos que apretaban sudorosas una botella de yogurt repleta de gasolina, que había comprado hacía un mes. Dudó, pero la tapa del yogurt cayó al suelo y se animó. Recordó uno por uno sus desprecios. Cogió el encendedor. Mírame. Ahora sí, mírame. Lo pulsó varias veces pero no prendía. Agarró un fósforo y a ella la roció raudamente con gasolina. Solo quería quemarle la cara. Así se lo dijo a la policía. Nada más que la cara hermosa que no quería volver a ver porque no podía ser suya, que no quería que nadie más viera porque sería suya. Porque ella abusaba de su cara, vivía de su cara.

Pero el bus se movió, dijo también a la policía, y el líquido se derramó por todos lados: el cuerpo de Eyvi, la mano de Hualpa, el suelo y otros pasajeros. El fósforo prendió. Y Gallina salió corriendo con la mano quemada, dejando un incendio de gente a su paso.

El bus en la oscuridad de la noche limeña brilló como una ciudad bombardeada a lo lejos. Fue un resplandor breve. Y pronto se deslizó por la avenida un aroma a carne y fierro quemados. La incandescencia de un cuerpo de mujer. Un cuerpo negro que absorbe toda la luz y la energía radiante del mundo y luego se apaga. Como una estrella muerta. Los heridos, rociados con hielo seco, se veían como zombis regresando de la guerra, la guerra contra las mujeres. Diez personas sufrieron quemaduras de tercer grado. Eyvi, en tanto, tenía más de sesenta por ciento de su cuerpo quemado: la cara inalcanzable, por supuesto, los ojos que no lo miraban también quemados; el cuello, el cuero cabelludo, el tórax, los glúteos quemados, los brazos, la espalda que no acariciaría, quemada.

El polvo químico del extintor solo empeoró el estado de sus heridas. En el hospital la indujeron al coma para que no muriera de dolor. A los tres días ya había sido operadas tres veces para restablecer la circulación obstruida por las escaras, principalmente en los brazos y en el tórax.

Pero Gallina se había quemado por jugar con su propio fuego. Solo una mano pero no aguantó el dolor y se fue a un hospital ese mismo día. Fue fácil seguir la pista del hombre con la mano quemada. No fue a trabajar ese día. Del hospital corrió a los brazos de su madre. La policía lo capturó en su casa, pero aunque trató de negarlo y hacerse la víctima no tenía ni siquiera una coartada. En las imágenes se le ve con la mano vendada junto a la policía. Le dictaron nueve meses de prisión preventiva por intento de feminicidio. En su confesión lastimera, solo se quebraba cuando hablaba de su madre. En ese momento todo el Perú lo escuchó decir que solo había querido quemarle la cara, pero que el bus se movió. Intentaba disminuir su pena. Y rogó al cielo que Eyvi no muriera para ahorrarse unos años de calabozo.

Ese mismo día la noticia corrió veloz por las redes sociales. Cada día un hombre agrede en el Perú a una mujer que quiere poseer, cada dos o tres días la mata, todos los días la viola y le pega, pero por su brutalidad, por su violencia extrema, el caso de Eyvi conmocionó a toda la sociedad, los medios hicieron una cobertura exhaustiva durante los 38 días que estuvo ingresada en el hospital y el movimiento feminista la convirtió en símbolo de su lucha contra la violencia de género. Ese mismo día, un comentarista en Twitter dijo que la culpa era de Eyvi por haber aceptado favores de su agresor sin quererlo. Decenas de monstruos la responsabilizaron por ser atractiva.

Las mujeres quemadas son una obsesión del patriarcado. “Yo no lo he querido nunca, yo no puedo decir que he estado con mi marido porque le quería. Yo le tenía pánico, yo le tenía miedo, yo le tenía horror”. Así contaba la española Ana Orantes ante una cámara la pesadilla de haber soportado durante 40 años los brutales maltratos de José Parejo y así nos abría los ojos para que dejemos de una vez de confundir el amor con el horror. Trece días después, su esposo acudió a la vivienda, la golpeó, la maniató, la arrastró hasta el jardín y allí la asesinó rociándola con gasolina y prendiéndole fuego.

El caso de Orantes marcó un precedente en España porque fue una de las primeras veces en que una mujer contó públicamente lo que había estado pasando detrás de la puerta y lo hizo nada menos que en la televisión. Contarlo le costó la vida en 1997. El escarmiento fue el fuego. Hasta ahora, las historias de mujeres quemadas con fuego, con ácido, con la plancha caliente, con agua hirviendo, solían llegar de los interiores de las casas en las que sus parejas llevaban mucho tiempo haciéndoles daño. Para asomarnos al horror, el horror definitivo tenía que haber ocurrido. Pero traspasó esa puerta. El año pasado, un grupo de mujeres quemadas con ácido por sus parejas participaron en un desfile de moda para denunciar las crudeza de la violencia de género en la India. La mayoría tenía el rostro desfigurado. En el Perú decenas de mujeres han sido quemadas en los últimos años por hombres que decían quererlas. A una de ellas su pareja le echó la olla hierviendo de ají de gallina. Un plato que había cocinado ella.

Pero con Eyvi quemada, el horror salió definitivamente del hogar, de las cocinas, de las habitaciones y se desplazó a las calles, al espacio público. El asesino por esta vez no era el marido o el exmarido, era un tipo cualquiera, un acosador. Treinta y ocho días después del ataque, Eyvi había sido sometida a una docena de intervenciones para revitalizar su piel a través de injertos. Pero como la piel, la primera barrera inmunológica de un ser humano, estaba semidestruida, no pudieron evitar que un microrganismo entrara en su cuerpo. Eso dijo su médico a los medios. La primera vez pudieron combatirlo, dos y hasta tres veces, pero la última ya no, porque los bichos se volvieron resistentes a los tratamientos. Por esa razón, Eyvi tuvo una falla multiorgánica y murió el sábado 1 de junio; las puertas del hospital se llenaron de flores y velas. El presidente Martín Vizcarra no tuvo mejor idea que lamentar el hecho señalando que “eran designios de la vida que debíamos aceptar.” Sufrió un escrache de inmediato. Ni siquiera el presidente estaba a la altura. Una gran cantidad de gente opinó que el asesino era un perturbado y que había un problema de salud mental generalizado en nuestro país. Había locura en este caso, no machismo. Mientras las feministas, acosadas y amedrentadas, llamaban a las cosas por su nombre: violencia de género, y exigían que se declare el estado de emergencia nacional “porque nos están matando”.

El dibujo de Kimi, una joven ilustradora, en la que pinta a Eyvi rodeada de puños en alto, con el encabezado “Todas contigo, Eyvi” se hizo viral, pero fue compartido miles de veces alterado, vandalizado: alguien había tachado el “todas” y lo había sustitudio por “todos”. Miles de personas pensaron que era un buen día para corregir un mensaje de sororidad, borrando el femenino, borrando otra vez a las mujeres que se nombran a sí mismas en el duelo.

Los misóginos creen que hay mujeres que deben ser castigadas por decir que no, porque ellos son buenos y atentos, porque un día les regalaron peluches gigantes en la vía pública y ellas los rechazaron; piensan que ellas deben ser condenadas por ser bellas, porque es una belleza que provoca y se les niega, por no estar a su alcance y disponibilidad. Sus mentes destrozadas por el patriarcado los llevan a cometer juicios delirantes, a reivindicar y aplaudir los más escalofriantes actos contra las mujeres, hombres frustrados que deciden vengarse cometiendo actos de terrorismo machista, como Hualpa, la gallina que quemaba mujeres.

¿Por qué quemarlas? Las quema para castigar la vida, su dermis inabarcable. La piel de una mujer le recuerda a un hombre gris su impotencia, la imposibilidad de controlarla por completo, su existencia marchita, su fracaso como patriarca, como fornicador, como amo, como proveedor y por eso tiene que quemarla, para borrar esa belleza, esa vitalidad del mundo. Y lo hace en una vanidosa representación escénica para el resto de hombres; la sacrifica y así se siente menos gallina y más esa clase de hombre que quería ser. Ante el mundo, el pirómano de mujeres sella así su compromiso con la superioridad masculina y manda un mensaje de amenaza y sumisión a las mujeres. Las quema también para dejar una huella, para marcarla, para rubricar su firma en la cara y en el cuerpo de una mujer, como un guasón al que solo consuela convertir a la “amada” en un monstruo para paliar su propia monstruosidad espiritual.

Gallina espera el juicio en el gélido penal de Cochamarca, Huacho. Lo mejor que podría pasarle son 35 años en la cárcel por feminicidio, aunque hay quienes piden para él la cadena perpetua. Todos los días ora por el perdón de Dios y recibe cartas de fans.


* Este texto está incluido en el libro colectivo “Crímenes en Lima” (Librerías Crisol, 2019). El de Eyvi no fue un crimen cualquiera, fue un feminicidio. Ya van 103 asesinadas por violencia de género en lo que va del 2019.

El hombre de negro*

Mario Vargas Llosa
Escritor peruano

I

Cuando el director de teatro Pedrito Adrianzén concertó una cita con Antenor Montalvo en el Gijón “para tomarnos un cafecito y contarte un proyecto”, este último, actor fallido y en proceso de desintegración psicológica y moral, vivía en la insolvencia en una pensión de mala muerte de Lavapiés que no pagaba hacía tres meses y estaba dándole vueltas en su cabeza a la idea de suicidarse. La carita de Adrianzén lo sorprendió. ¿Era posible que ese director famosísimo lo llamara para ofrecerle un papel? ¿A él? Antenor, con sus cincuenta y pico de años, se sabía hacía tiempo un fracasado. Como actor, pues ya casi nadie lo contrataba, salvo para hacer de mayordomo o chofer en comedias de dudoso gusto o papelitos aún más insignificantes en telenovelas y películas del montón; y también en amores, pues la última mujer con la que convivió lo había abandonado hacía ya un par de años “por impotente y por inútil” (se lo dijo así en su brutal carta de despedida). Ya no tenía parientes vivos y la pobreza le había ido haciendo perder amigos –le avergonzaba que pagaran siempre ellos la caña o la copa de vino en la tasca, así que dejó de asistir a su vieja tertulia– y aislado en una soledad neurótica y enfurruñada, salvo cuando conseguía algún trabajito, pasaba sus mañanas y sus tardes leyendo en la Biblioteca Nacional del Paseo de Recoletos.

Llegó al Gijón unos minutos antes de las once, la hora fijada para la cita, y Pedrito Adrianzén ya estaba allí, juvenil y vistoso como de costumbre. Lo había conocido vagamente, cuando iniciaba su meteórica carrera de éxitos con su espectacular montaje de La asamblea de las mujeres, de Aristófanes, que le mereció el premio mayor en el Festival de Teatro Clásico de Mérida, en Extremadura. Le pareció más joven todavía que entonces, con sus tatuajes en la cara y en los brazos, sus blue jeans agujereados y el pendiente bailoteándole en la oreja derecha. En vez de la larga peluca que Antenor le recordaba, llevaba ahora el pelo cortado al rape y tenía un manojo de collares de colorines sobre su blusita azul marino, abierta hasta el ombligo. Mientras se daban la mano, Antenor Montalvo se sintió prehistórico con su terno antediluviano, su camisita de cuello y su corbata con el nudo diminuto que desde hacía por lo menos diez años llevaba siempre en las grandes ocasiones. (Hacía mucho tiempo que no se compraba ropa y con tantas lavadas y planchadas la que llevaba puesta lucía los brillos y la delgadez de una hoja de cebolla.)

–¿Quieres un café, un agua mineral? –le preguntó el joven director, indicándole que se sentara frente a él.

–Si no te importa, preferiría un bocadillo de queso y jamón –dijo Montalvo, ruborizándose–. Y un cortado.

–Claro, claro –asintió Adrianzén–. Te estarás preguntando por qué quería que nos reuniéramos.

–Pues, sí, me llevé una sorpresa –respondió Antenor, con la franqueza que siempre lo caracterizó–. Una gran ilusión, también. Como te imaginarás, no soy un actor al que llamen todos los días los directores famosos como tú.

–Tengo un papel para ti en la obra que voy a dirigir –entró Adrianzén en materia de inmediato–. Comenzaremos los ensayos el próximo lunes, en el Teatro Español, de Los cuentos de la peste, de Vargas Llosa. Es una adaptación muy libre del Decamerón de Boccaccio. No tendrás que decir una sola palabra, pero estarás en escena de principio a fin. Serás “el hombre de negro”, el kuroko, que aparece en todos los espectáculos del kabuki japonés. ¿Te interesa?

Adrianzén acababa de pasar una temporada en el Japón, invitado por The Japan Foundation, para familiarizarse con el teatro japonés antiguo y moderno. Había visto y charlado con actores, directores, autores y técnicos del teatro tradicional y contemporáneo japonés, desde el popular kabuki al exquisito no, así como el arte sutil del teatro de títeres, el bunraku, con tambores y muñecos, en Kioto, y visitado talleres, maestros, escuelas de formación, academias, etcétera. De toda aquella rica experiencia lo que más le había impresionado era la presencia del kuroko, “el hombre de negro”, en las funciones del kabuki, el antiguo teatro popular japonés.

–Es un hombre que está en el espectáculo –lo escuchó decir Antenor, entusiasmado como un niño con un juguete nuevo–. Pero no es un personaje ni forma parte de la trama. Sin embargo, aparece todo el tiempo en ella: detrás de las puertas que se abren o se cierran, debajo de las mesas, encogido dentro de aparadores y roperos, alcanzando a los actores pañuelos o sombreros, sin que nadie en el escenario tome nota de su presencia, invisible para el elenco, pero no para los espectadores, a quienes sí se hace presente de continuo. ¿Con qué fin? Recordarles que aquello que están viendo no es la verdad sino el teatro, no la vida sino una representación ficticia de la vida. El “hombre de negro” es un antecesor remoto –nació en el siglo XVI, imagínate– de lo que Brecht quería conseguir en sus montajes: recordar a los espectadores que no debían confundir lo que veían en el escenario con la vida real, que el teatro es solo un simulacro de la vida.

A Adrianzén se le había ocurrido hacer un trasplante de “el hombre de negro” del kabuki a su montaje de Los cuentos de la peste en el Teatro Español y ese era el papel –mudo, movido, invisible para los demás actores pero ostentoso para el público– que le ofrecía a Montalvo. Cuando terminó de hablar se le quedó mirando, risueño e inquisitivo: “¿Aceptas?”

–Era lo último que me faltaba –exclamó Montalvo, haciendo una mueca tragicómica–. Que ya no solo me ofrezca ser mayordomo, portero o chofer, sino mudo e invisible. Descender a la condición de objeto, ni más ni menos que un florero o una mesa.

Se rio con amargura y encogió los hombros, como diciendo: ¡esa es mi suerte, qué remedio!

–Bueno, hay otra manera de verlo, Antenor –le levantó la moral el director, dándole una palmada–. Sería considerar que el hombre de negro es el dios de la representación para los demás actores: está en todas partes aunque invisible para ellos y, en cambio, para los espectadores, visible en todas las escenas, aunque exonerado de toda forma de acción.

–¿Puedo preguntarte por qué pensaste en mí para hacer de “hombre de negro”? –preguntó Antenor.

–No fui yo –repuso en el acto Adrianzén–. Fue Aitana Sánchez Gijón.

–¿Aitana? –se sorprendió Antenor–. ¿Ella sabe que yo existo?

–Dijo que de todos los actores que conocía el único capaz de no existir en un escenario eras tú –explicó Adrianzén–. No me preguntes qué quiso decir, yo tampoco entendí. Pero, como ella es tan inteligente, me convenció. ¿Qué dices? ¿Aceptas?

Antenor dijo que sí, sin la menor alegría.

II

Cuando comenzaron los ensayos, en un sótano del Teatro Español, Antenor advirtió que Aitana ni siquiera se acordaba de él. Lo saludó con cierta sequedad el primer día, murmurando: “Mucho gusto.” Solo cuando él le dijo su nombre, dio muestras de reconocerlo y le sonrió: “Hola, Antenor, vamos a trabajar juntos ¿verdad?, qué bien.”

Apenas comenzaron a leer el texto en grupo, Antenor se sintió incomodísimo. No tenía función alguna y Pedrito, el director, jamás se dirigía a él, solo a Aitana (la condesa de la Santa Croce), a Pedro Casablanc (Boccaccio), a Óscar de la Fuente (Pánfilo) y a Marta Poveda (Filomena). Como no tenía nada que leer, Antenor asumió su condición de fantasma o de bulto, con modestia, tratando de ser lo más invisible que pudiera; apenas se movía y jamás abría la boca para hacer alguna pregunta o comentario. Los demás actores terminaron también por ignorarlo; casi jamás le dirigían la palabra, incluso en las pausas que hacían para tomar agua, comer algo y algunos, como el director, fumarse un cigarrillo. Solo cuando terminaron las lecturas y Pedrito Adrianzén comenzó a diseñar las escenas, Antenor tuvo la impresión de que adquiría cierta vida; por lo menos, en lo relativo a la movilidad. De pronto, el director comenzó a darle órdenes: “A ver, Antenor, ponte aquí.” “No de pie, sino arrodillado.” “No mires a los actores.” “Tu mirada debe ser blanca, anodina, inexistente.” “Súbete a esa silla. No, mejor encógete y acurrúcate debajo de ella.” “A ver, ocúltate a medias detrás de esa cortina.” “Recuerda que tu función no es la de existir”. “Échate de espaldas y espía lo que ocurre a tu alrededor. Asume tu condición, guarda total inmovilidad.” “Recuerda que tu función no es la de existir, no formas parte del elenco ni de la historia; tu función es solo ‘estar allí’, nada menos y nada más que ‘estar ahí’.”

Antenor obedecía y trataba de acatar escrupulosamente las instrucciones de Pedrito. A veces, este parecía olvidarse de él; entonces, si la postura en que estaba resultaba demasiado incómoda y un músculo o tendón le dolía demasiado, o tenía un comienzo de calambre, preguntaba a media voz: “¿Podría moverme un poco? Estoy algo agarrotado.” Las miradas de todos se volvían hacia él y Antenor tenía la sensación de que solo ahora estaban descubriéndolo e, incluso, que Aitana, Pedro, Óscar, Marta y el propio Pedrito Adrianzén se sorprendían de que ese bulto tuviera el don de la palabra.

En las largas esperas, mientras los otros actuaban e iban cuajando las escenas bajo la batuta de Pedrito Adrianzén, Antenor Montalvo tenía tiempo de sobra para pensar. Sobre todo, con una tendencia que se manifestaba en él con fuerza desde que cumplió la cincuentena, recordaba su infancia y juventud, en el lejano Perú natal, cuando, ante la sorpresa y el disgusto de sus padres, les anunció que, de grande, él no sería dentista como papi, ni maestro como mami, sino actor. ¿Actor? Sus padres se rieron de él, no lo tomaron en serio, dijeron que a todos los niños les daban esas ventoleras, ser domadores de fieras o    exploradores en el Ártico, pronto recapacitaría y entraría en razón. Pero la verdad es que les hablaba muy en serio y que esa vocación que descubrió cuando llevaba todavía pantalón corto era una de las pocas cosas de las que estuvo siempre seguro: él, de grande, sería actor o no sería nada. ¿Cómo descubrió su vocación? Eso no lo sabía. Pero recordaba muy bien que, en el colegio San Agustín, desde los primeros años de primaria, siempre se había ofrecido como voluntario para todas las actuaciones, recitales, espectáculos que los padres agustinos y los profesores laicos organizaban en el colegio. Y que, desde esos remotos años, él había organizado también en el patio de su casa actuaciones y veladas con sus amigos de barrio, números musicales, recitales de poesía o pequeñas escenas que él mismo escribía imitando episodios de películas, la radio o las revistas. Preparaba esas actuaciones con pasión –construyendo escenarios, improvisando telones, decorados–, ni más ni menos que con el mismo entusiasmo con que sus amigos organizaban los partidos de fútbol en el barrio o las excursiones al Estadio Nacional a ver jugar a la “U” y al Alianza Lima o las fiestecitas bailables de los sábados.

Se salió con su gusto. Al terminar el colegio entró a la Universidad Católica, a estudiar Letras, pero, en verdad, a matricularse en el TUC (Teatro de la Universidad Católica), uno de los pocos lugares donde podía formarse un actor en aquel tiempo en el Perú. Estuvo allí apenas un año, trabajando solo una vez ante el público, en un papelito menor, en una obra de Calderón de la Barca dirigida por Ricardo Blume. Pues al año siguiente su padre, resignado ya a que su único hijo se dedicara a ese incierto oficio, lo mandó a España a que completara allí su formación y “alcanzara el éxito”. Antenor nunca más había vuelto al Perú.

“El éxito”, pensó el hombre de negro, apoyado en una supuesta columna, a menos de medio metro de la condesa de la Santa Croce y el duque Ugolino, enfrascados en ese momento en una violenta disputa en la que chasqueaba un látigo. ¿Había tenido alguna vez en su vida de actor la sensación de éxito? Pensó, recordó, fantaseó: “Creo que nunca. Aplausos, menciones al paso, felicitaciones de los amigos, sin duda. Pero esa cosa grande, impersonal, envolvente y milagrosa, el éxito, no, jamás.” Eso no lo había conocido y era seguro que tampoco lo conocería en lo que le quedaba por vivir.

No era por la falta de éxito que había decidido suicidarse; era por haber perdido las ilusiones y la admiración y el respeto que durante su juventud y primera madurez le producía el teatro, en aquellos años en que todavía soñaba con encarnar en un escenario a Segismundo, Hamlet, Harpagón o don Juan. Su formación había sido bastante buena. Después de Madrid, vivió un par de años en París, aprendió francés, fue aceptado en la academia de Jacques Lecoq, y practicó allí un par de temporadas las estrictas enseñanzas físicas y teóricas del antiguo luchador convertido en funámbulo y teórico de la actuación.

¿Por qué nunca había tenido éxito? Durante mucho tiempo, lo atribuyó a su mala suerte, a su escasa aptitud para conquistar amigos influyentes, a su incapacidad para adular o, incluso, hacerse simpático a quienes podían ayudarle a abrirse camino, conseguir buenos contratos, papeles relevantes. ¿Había sido un imbécil creyendo que existía una justicia inmanente, que en su caso terminaría por imponerse, premiando tarde o temprano su constancia, su profesionalismo, el rigor con que estudiaba y trataba de componer el personaje cuando conseguía actuar? A lo largo de años, pese a no haber salido jamás de esa mediocre existencia profesional en la que nunca conseguía sobresalir, había mantenido la esperanza de que cambiara su suerte y, de pronto, las cosas mejoraran para él en el mundo del espectáculo. ¿Cuándo la perdió? Hacía varios años ya, pero no de golpe, sino poco a poco. Sus ilusiones fueron diluyéndose como un día que anochece. Hasta que una tarde se dijo que no podía seguir engañándose, tenía que aceptar que nunca más le ofrecerían un rol protagónico en una obra de teatro, una telenovela o una película, que lo que le quedaba de vida profesional lo pasaría hundiéndose cada vez más en esa gris mediocridad en la que siempre vivió.

¿Qué habría querido decir Aitana Sánchez Gijón con aquello de que él era el mejor actor para representar la inexistencia en un escenario? Le había hecho gracia al principio, aunque no lo entendía del todo, pero al cabo de cierto tiempo le pareció que la frase era dolorosa y hasta cruel. ¿Qué mérito podía tener representar la inexistencia? Ninguno. La frase quería decir, simplemente, que él pasaba siempre inadvertido, cualquiera que fuera su papel; que era incapaz de dar un asomo de vida a esos personajes de segunda o tercera que encarnaba; que su pobre trabajo contribuía más bien a subsumirlos en la nada.

A medida que se hundía en la ociosidad y en la escasez y la pobreza por la falta de trabajo, Antenor fue aceptando que no era tanto la mala suerte ni su carácter poco afecto a la adulación y el oportunismo lo que había hecho de él un fracasado sino, ay, su falta de talento. Su suerte no era una injusticia sino, pura y simplemente, consecuencia de su falta de inspiración, de su intrínseca poquedad. Fue cuando llegó a esta conclusión que decidió suicidarse. No fue una decisión desgarradora, dramática. Todo lo contrario: una elección tranquila, serena, tomada en una tarde fresca de otoño, mientras daba un paseo alrededor del lago del Retiro, luego de haber pasado varias horas leyendo a un autor belga vinculado al simbolismo que hasta entonces no conocía, Michel de Ghelderode, en la Biblioteca Nacional. Hacía de esto unas tres o cuatro semanas: mejor morir antes de tocar fondo y pasar una decadencia humillante, de miseria e idiotismo. Lo había preparado todo con detalle. Sería con pastillas de anfetamina –con un frasco entero sobraría–, a la hora del sueño. Dejaría un sobre con una carta junto a su cadáver, pidiendo a la Sociedad de Actores, si es que se encargaba de financiar su entierro pese a no estar él al día en sus cuotas, que lo incineraran pues lo entristecía imaginar su cadáver devorado por gusanos. La inesperada oferta de Pedrito Adrianzén de ser “el hombre de negro” en Los cuentos de la pestehabía aplazado su decisión. ¿Hasta cuándo? ¿Hasta terminar las ocho semanas programadas para la obra?

III

Aquello ocurrió al comenzar la sexta semana. La crítica no había sido muy buena con la obra, tampoco muy mala, y, por supuesto, nadie había mencionado siquiera al “hombre de negro”. Pero el público respondió bastante bien. Trabajaron casi todo el tiempo con la sala llena y muchos días en la boletería se colgó el cartelito de “Localidades agotadas”. La gente se emocionaba, reía, aplaudía y Antenor comió ese mes y medio dos veces al día, algo que no le ocurría hacía tiempo.

Su relación con los demás actores fue buena, pero no intimó con ninguno; compartían bromas o pequeñas charlas antes o luego de la función y algunas veces se tomaban un bocadillo con una caña o un vaso de vino en la pequeña cafetería del teatro intercambiando ideas sobre cosas banales. Con la que menos había tenido esos intercambios era con Aitana Sánchez Gijón, a la que nunca se atrevió a preguntarle qué había querido decir exactamente con aquello de que él era el actor que representaba mejor la inexistencia en un escenario. Él la admiraba como actriz y había soñado trabajar alguna vez con ella, algo que por supuesto nunca consiguió; pero lo intimidaba un poco la actitud distante, ligeramente altiva, que, le parecía, establecía entre ella y sus interlocutores una invisible frontera que nadie, salvo un puñadito de privilegiados, conseguía cruzar.

Desde el principio, cuando la obra llegaba al episodio de “El halcón”, en las postrimerías del espectáculo, a Antenor le entraba un curioso desasosiego, la inquietante sensación de que algo inesperado e importante iba de pronto a ocurrir, algo que no figuraba en el texto ni el montaje de la obra. Y que, por lo demás, nunca ocurría. Pero aquella sensación resucitaba cada vez que la obra llegaba al episodio de “El halcón”, una bonita historia en la que un empobrecido galán, Federico de Alberigue, sacrificaba a su querido halcón para poder ofrecer un almuerzo decente a Dama Johane, la mujer de sus sueños. El galán relataba su historia al público mientras Aitana, transformada en la heroína de “El halcón”, daba tres vueltas y media a una fuente circular, a muy poca distancia de “el hombre de negro”, a quien Pedrito Adrianzén había instalado durante toda la escena sentado a ras de tierra, hecho una estatua. Era al llegar a este momento de la obra cuando Antenor se sentía inquieto, con la impresión de que algo tremendo, imprevisible, iba a suceder en cualquier instante. Pero nada ocurría y minutos después él recuperaba la normalidad.

Hasta ese viernes de la sexta semana en que, efectivamente, algo ocurrió. Algo que Antenor percibió antes de verlo, antes de que su conciencia tomara cuenta cabal de que aquello, pese a ser imposible, estaba realmente ocurriendo a medio metro de distancia de sus ojos, cada vez que Aitana –la viuda que daba vueltas a la fuente mientras su galán relataba sus frustrados intentos para seducirla– pasaba a su lado, rozando el ruedo de su túnica el cuerpo y la cara del hombre de negro. Estaba descalza y tenía unos pies muy blancos y bonitos, armoniosamente dibujados, que se deslizaban en torno a ese círculo con una notable suavidad y ligereza como si –y en ese momento el corazón de Antenor empezó a latir con furia– no estuviera realmente tocando el suelo, sino deslizándose en el aire a milímetros de él. Y eso era, sí, sí, sus ojos lo habían advertido y en esta segunda vuelta lo confirmaron, y lo volvieron a confirmar en la tercera, lo que efectivamente estaba ocurriendo: ¡esos pies no tocaban el suelo! En algún momento habían despegado ligerísimamente de la tierra sin que nadie –salvo Antenor– lo advirtiera, y flotaban discretamente a una mínima pero inequívoca distancia del suelo. En la última media vuelta, cuando Aitana dejaba de circular, aquellos pies blancos, con la misma discreción, habían regresado ya a la tierra y se hundían en la falsa hierba del escenario.

¿Había ocurrido aquello? Por supuesto que no. Ni Aitana ni nadie tenía en este mundo la facultad de levitar. Lo que había visto Antenor –lo que había creído ver– era una falsa impresión, una ilusión, un disparate, la invención de sus ojos aburridos. Por eso no comentó aquello con nadie, ni bromeó al respecto, y esperó con impaciencia que llegara la función de la noche siguiente –la del sábado– para comprobar que, con todo lo buena actriz que era, tampoco Aitana tenía la facultad sobrenatural de elevarse del suelo para que su vuelta alrededor de la fuente alcanzara la fluidez de un desliz inmaterial, de un vuelo.

En los instantes que precedieron la primera vuelta de Aitana a la fuente, el corazón de Antenor comenzó a latir con tanta fuerza que tuvo que abrir la boca, asustado. Pensaba que podía ahogarse, aturdirse y perder el sentido. Felizmente, los espectadores no lo miraban a él, estaban concentrados en la historia del joven galán o en la vuelta que comenzaba a dar Aitana alrededor de la fuente. Pero cuando esta pasó frente a sus ojos no le cupo la menor duda: esos pies no tocaban el suelo, flotaban sobre él, a una distancia escasa pero inequívoca. Antenor echó una mirada circular a los espectadores: ninguno de ellos miraba esos pies, ni, tampoco, si lo hubieran hecho, habrían advertido lo que él, solo él, por estar sentado en el suelo, tenía la perspectiva suficiente para comprobar: que algo imposible, en contradicción de todas las leyes físicas, estaba ocurriendo allí, en ese escenario circular, en ese patio de butacas que el decorador había convertido en un jardín del Renacimiento florentino, algo que solo podría llamarse extraordinario, único, milagroso, sobrenatural. Durante esas tres vueltas y media de Aitana a la fuente Antenor no apartó los ojos un segundo del suelo. No era una sugestión, no era una fantasía: esos pies no lo tocaban, se habían apartado, elevado de él, apenas, es verdad, pero lo suficiente como para que ella no tuviera que andar, para que flotara graciosamente como si una invisible plataforma la estuviera haciendo girar con suavidad y elegancia en torno de la fuente.

Solo cuando Aitana dejó de girar, subió a la fuente, dejó de ser la viuda de la historia del halcón y se convirtió en la condesa de la Santa Croce, se atrevió Antenor a buscar sus ojos. Quería saber si ella era consciente de lo que hacía, de esa increíble mutación que perpetraba su cuerpo elevándose del suelo por uno o dos minutos para que su desliz alcanzara esa delicada perfección. Pero no lo consiguió; ella no miraba a nadie en particular cuando actuaba.

Las dos semanas siguientes, las últimas de la representación, estuvo Antenor concentrado en aquellos instantes; y todas las veces vio ocurrir aquel fenómeno que lo maravillaba, aceleraba su corazón y le quitaba el aliento. Y todas las veces, cuando, luego de ocurrido, él buscaba la mirada de Aitana para saber si ella era consciente o no de que en aquel episodio levitaba, ella esquivaba sus ojos y no podía averiguarlo. Varias veces tuvo la tentación de comentar el hecho con Pedrito Adrianzén o con algunos de los actores del elenco, pero, cada vez que iba a hacerlo, se desanimaba, convencido de que se reirían creyendo que les hacía una broma, o comenzarían a tomarlo por un delirante o un loco. ¿Quién iba a creerle semejante cosa? Y, por otra parte, temía que, si lo divulgaba, aquello dejaría automáticamente de ocurrir, que, si lo compartía con alguien, Aitana volvería en ese episodio, vulgarmente, a caminar.

IV

El último día, luego de la función, todo el equipo de Los cuentos de la peste cenó en un pequeño restaurante italiano de la calle Echegaray. Con una audacia infrecuente en él, Antenor se las arregló para sentarse junto a Aitana. Buena parte de la cena le fue imposible entablar una conversación a solas con ella; todos hablaban con todos y nadie se enfrascaba en un diálogo particular. Pero, a la hora de los postres –helados, tartufo o tarta de fresa–, en una pausa, Antenor se atrevió a dirigirse a ella directamente, en voz baja:

–En esa escena en que das vueltas a la fuente, cuando la historia de “El halcón” –comenzó a decir, pero no pudo continuar porque vio que Aitana palidecía de golpe y sus ojos se atolondraban; pestañaba como presa de un ataque de terror, miraba a uno y otro lado como queriendo escapar de aquello que Antenor quería decirle o preguntarle. La vio tan turbada, que no se atrevió a continuar. “¿Sí, sí?”, la oyó decir, mirándolo con unos ojos en los que –Antenor no tuvo la menor duda– había una súplica manifiesta, tan elocuente, que él se apresuró a cambiar de tema.

–Nada, nada –dijo, sonriendo, encogiendo los hombros, levantando su copa–. Una tontería. ¡Salud, Aitana! Ha sido un gran placer para mí trabajar por fin contigo, ojalá coincidamos en las tablas otra vez.

–Claro, por supuesto –le agradecieron los mismos ojos, aliviados, y su copa chocó la suya–. Espero que sí, y no una sino muchas veces, Antenor.

Esa noche, cuando en un Madrid desierto ya de noctámbulos, donde pronto comenzaría a amanecer, Antenor regresaba andando despacio a su pensión del Lavapiés, una extraña sensación se había apode- rado de él. De alegría y optimismo. Hacía mucho tiempo, muchos años, que no se sentía así, convencido de que, pese a todo, esta vida, probablemente la única con que contábamos, valía la pena de vivirse hasta el final. Porque en ella ocurrían a veces cosas extraordinarias que solo ciertos seres –¿extraordinarios, también?– tenían la facultad de percibir. Y, quién lo hubiera dicho, él, el pobre y mediocre Antenor Montalvo, era uno de esos elegidos. Testigo y cómplice de una facultad sobrenatural –o, por lo menos, inusitada y fantástica– de Aitana Sánchez Gijón, de la que ella era muy consciente por supuesto, y que por una misteriosa razón sobre la que no quería hacer suposiciones ni enterarse de la causa, le había sido permitido descubrir. Y compartirlo con ella. ¿No era eso, en cierta forma, algo equivalente a gozar de ese éxito que a él se le había escurrido de las manos en su vida de actor? Lo sentía como un desagravio, una compensación. Ahora lo tenía, pues, aquel éxito que sus padres lo mandaron a buscar en Europa. Era secreto, nadie se enteraría nunca. ¡Qué importaba! Por lo menos Aitana sabía que él sabía y eso creaba entre los dos, aunque no volvieran a verse ni a trabajar juntos, un vínculo, una alianza, algo irrompible, que a Antenor, aunque el resto de su vida siguiera siendo sórdida y mediocre, lo recompensaba de las mil y una frustraciones de su carrera y le inyectaba de nuevo a sentir desde su remota juventud. Carajo, después de todo, la vida, el teatro eran algo formidable, ¿no, Antenor Montalvo? ~

Madrid, agosto de 2015


*Este cuento fue publicado originalmente en la edición 248 de la revista Letras Libres (agosto de 2019). En redes puede ser encontrado aquí.

Mis poemas no te servirán de nada

Melissa Carrasco
Poeta chilena

Mis poemas no te servirán de nada.
Yo hice la sentencia 
cuando vi morir mi última planta
yo 
supe
que la maceta no contendría a la muerte
no es capaz de irrigar fertilidad
a la matriz del durazno 
no somos duraznos ni macetas
y nos comportamos como si pudiéramos 
bastarnos con el rocío 
que ocasionalmente nos mira despiertos 
en la parada de micro.
Mis poemas nunca servirán de algo
primero fueron cartitas de amor primero
primero fueron escondidas bajo un colchón primero 
primero fueron escritos para ser leídos primero 
luego no hubo plan, todo
se redujo a la excrecencia 
de la que me alimento. 
Yo fui mi propio submarino 
y me intoxiqué tanto, tanto de mí 
que me agarré la bronca del mal trago
de mala mezcla
fui fractura memoriosa allí 
donde no supe mantener una conversación 
no supe de coherencia ni de humanidad 
se me escapó la historia y nunca la busqué
dejé que el tiempo se fuese solito
como mañana de amor torcido 
intenté calentar mis manos 
en convicciones desesperadas 
que me buscaron por las piernas 
diremos que la fe no es para todos
diremos como ya dijimos lo mismo de antes
y esperaremos que nos crean 
ajustaremos la rosita de raso
y otra vez repetiremos el sonido
las fugas interminables 
el desdoblamiento. 
Mis poemas son hielo bajo la mesa
yo digo que los amo pero los uso
yo digo que hubo esfuerzo y no me cansé 
no
lo suficiente 
pude lamer más de su labio idéntico 
pude
mirar su cíclope y nombrar al universo y su granada cayendo sobre mi cabeza 
pude inventarle utilidades
pude pude
besar al cíclope sabor granada
y no
porque
mis poemas no servirán
ni a mi persona
ni a mi generación 
ni a los posibles sucesores de la nada
diremos que nuestras ideas de prolongación 
no son más que un espejo largo
donde nos vemos como no somos.

VII Festival Aguacatón de Oro

Mar Camey
Publicista profesional


Durante el fin de semana pasado se llevó a cabo en la ciudad de Antigua Guatemala el séptimo festival Aguacatón de Oro, que busca impulsar el cine en Guatemala. Es un festival, impulsado por Casa del Río, en donde realizadores y directores guatemaltecos compiten realizando cortometrajes audiovisuales con base en un tema en específico.

Desde talleres hasta la proyección final de los cortometrajes inscritos este festival apuesta por la creatividad, sin mirar nacionalidades ya que no existe exclusividad para los guatemaltecos, en las producciones audiovisuales. Convirtiéndose, de esta manera, en un espacio fresco donde las grandes producciones de Hollywood no tienen influencia… O por lo menos eso se espera.

Las proyecciones estaban previstas a iniciar durante la tarde-noche del sábado, claramente la mal llamada “hora chapina” aparecería en la organización y la proyección inició a las siete y media de la noche. Cualquiera que pase un par de semanas en Guatemala sabe que eso es normal, aunque no sea correcto. Ojo acá, no pretendo que el lector piense que en Guatemala la impuntualidad es tradición, simplemente acá la Ley de Murphy nos la juega seguido.

Mientras esperamos que la proyección inicie nos presentan al jurado. Anaís Taracena; realizadora audiovisual con una maestría en Ciencias Políticas. Es directora de varios documentales que se han presentado en festivales internacionales. Ha trabajado con varias organizaciones como consultora, gestora cultural y facilitadora de procesos creativos. Andrés Rodríguez; cineasta local con más de 15 años de experiencia. Director de varios cortometrajes de los cuales destaca “Darvin”, el cual estuvo en varios festivales internacionales como Shorts Mexico y Pantalla Latina en Suiza. Ha trabajado en múltiples largometrajes como asistente de dirección y productor. Es una de las personas detrás del festival de cine de Quetzaltenango “Cinespacio”. Actualmente se encuentra en proceso de desarrollo de su ópera prima “Roza”. Manuel Morillo; fotógrafo y gestor cultural, nacido en España, adoptado en Antigua. Fundador de La Casa del Mango. Ha formado parte del crew de varias películas guatemaltecas en distintas áreas, pero su favorita es la foto fija. Hizo la foto fija para películas como Gasolina, Fé, 1991 y La Casa Más Grande del Mundo.

Idas y vueltas por los organizadores más tarde el presentador del evento por fin toma el micrófono. Nos comenta que se inscribieron treinta y cinco cineastas, de los cuales solo treinta entregaron sus cortometrajes y solo veintiocho lo hicieron a tiempo, que a pesar de no haber sido entregados en tiempo serían proyectados ya que merecían ser vistos por el esfuerzo pero que no competirían por el premio final. Aprovecha para hacer promoción de una nueva película guatemalteca que el gobierno y las Iglesias pretenden callar al ser una producción cinematográfica con historias LGBTQ+ y una clara crítica a la clase política del país. Solo con esa información ya se me antoja ir, cualquier cosa que el gobierno pretenda censurar vale la pena de apoyar. ¿Chaira? Quizá.

Y acá es donde suelta una perla que interiormente decido pulir, no porque le falte belleza sino porque le falta ampliación. “El cine es libertad” ¿Mi corrección? “El arte es libertad”.

Entonces por fin arrancamos.

El primer corto que vemos es decepcionante, de tal manera que olvide el título, aunque no la historia. Se centra en dos malos intentos de narcos hipster y su competencia, intentando ser divertida y a la vez diferente. No lo logra. Las actuaciones hacen que su intento de diversión se vaya por la borda, puedo jurar que durante esta producción de casi cinco minutos nadie en la sala soltó una risa.

¿Así serán todos? El sentimiento de decepción amenaza con salir al ir pasando los siguientes tres cortos, tan malos que apenas dos días después ya fueron borrados por mi cerebro. Y como si los dioses de los audiovisuales escucharan la súplica implícita empiezan las joyas de la noche.

“Amor legítimo” amenaza con llevarse los primeros lugares, con apenas dos escenas que se van intercalando. Una de estas escenas, tomada de manera “One Shoot” en blanco y negro, genera el suspenso necesario mientras que la segunda da las pistas necesarias para descubrir la ironía del título.

“Tienda de Anomalías” explora, desde una historia que podríamos considerar inusual, como los seres humanos no somos solo consecuencia de nuestro propio ser. Nos cuentan como el personaje principal siente un vacío que llena únicamente con elementos externos. Tal como muchas de nuestras manías, frases y chistes son consecuencia de adaptación de otros.

“Catástrofe” juega con las distopías, presentándonos una Guatemala dividida en dos y que está en guerra. Y a pesar de este entorno sombrío el cortometraje logra ser divertido, en parte gracias a sus personajes, en parte gracias a los actores que esta vez son sublimes en su trabajo. Y el plot twist final hace que esos cuatro minutos invertidos prestando atención valgan absolutamente la pena.

“Xibalbá” consigue un equilibrio perfecto en demostrar el miedo diario de las mujeres al escuchar las noticias e ilustrar al espectador en parte de la cosmología maya. La mirada feminista se nota, es claro que hubo investigación y un intento de generar consciencia respecto a la violencia de género. Tristemente, escucho un par de risas cerca de mi.

“Castración femenina” nos ubica en la vida de una prostituta trans, se nota que intentaron la inclusión y la generación de conversación sobre este tipo de trabajo, que se dedica a seducir distintos tipos de persona con una única cosa en común: Su Transfobia. Nuevamente escucho risas, nuevamente me decepciona la sociedad guatemalteca.

“Diosidencias” aprovecha la nostalgia de moda por los años ochenta, contándonos sobre un escritor atrasado para entregar su libro sobre viajes en el tiempo y su repentino encuentro con el único viajero del tiempo conocido. Por cierto, la definición de Diosidencias es Aquellos pequeños detalles o señales que envía el universo a una persona, para saber que “está con él o ella”. O simplemente coincidencias que tienen un toque fantástico en ellas.

La proyección se cierra con “Bolsa de Sabores”, un cortometraje decidido a ser chistoso y una sátira a los infomerciales que encontramos en los canales de películas en las mañanas donde no hay ninguna película en programación e intentan ocupar el espacio para engañar a gente crédula. Chistoso y fácil de grabar.

Llega el momento de la premiación, donde el jurado tiene todo el poder, y mi decepción es cada vez mayor al escuchar a los ganadores del tercer y segundo lugar. Nuevamente los dioses del audiovisual se apiadan de mí y “Tienda de Anomalías” se lleva el premio mayor, un aguacate gigante y ser inscritos directamente en el Festival de Ícaro.

Un respiro de Hollywood mezclado con ligera decepción, no es tan mal plan para un sábado en la noche.

Libre interrupción del embarazo en el Perú

Lesly Oré
Escritora


¿Por qué sería necesario que se legalize una ley que permita a las mujeres interrumpir su embarazo voluntariamente? ¿Qué razones pueden pesar más que el culto a diversas religiones, la creencia colectiva y la moral? y por último, pero no menos importante, ¿Es justificable privar la vida a un “ser humano” en plena formación?

Antes de responder estas interrogantes pensemos en el desarrollo del Perú en comparación con nuestros países vecinos o, si se quiere ir más allá, con países primermundistas. No será tan complicado llegar a la conclusión de que a nivel de cultura, educación y salud, por nombrar los más relevantes, nos falta mucho por mejorar. Esto sin mencionar el hecho de que aún Lima sigue siendo el centro del país. La descentralización ha dado grandes pasos, sin embargo requiere mucho más trabajo de por medio. Lima, Perú. Perú, Lima. Tal pareciera que Lima fuese el Perú debido al olvido de muchas autoridades de brindar las mismas oportunidades de progreso a nivel nacional. El factor, a mi parecer, más recalcitrante y perjudicial en torno a esta suerte de “omisión” es la educación. Mucho se ha hablado de educación sexual y de su importancia. Sin embargo, cabe resaltar que la educación, en general, es sumamente imprescindible en todo país subdesarrollado, como el nuestro. Una sociedad en donde su nivel de cultura y educación está casi entre los últimos lugares a nivel mundial es muy poco atractiva para formar una familia, teniendo en cuenta que el ser humano siempre busca su bienestar y el de los suyos. Entonces, ¿Por qué las cifras de natalidad son tan mayores en sociedades subdesarrolladas? ¿Es que acaso no se quieren o no quieren al ser que viene en camino?

Las personas que se hacen padres son, en su mayoría, jóvenes sin ningún tipo de orientación al respecto. Jóvenes ignorantes de la responsabilidad y madurez que requiere el procrear y traer a la vida a un ser libre de culpa. Un ser que no pidió nacer. Un ser que merece una VIDA DIGNA. Traer hijos al mundo es, en este país, visto por la mayor parte de la población como una misión puesto que “La biblia lo dice”, “Dios dijo: Sed fecundos y multiplicaos”. Aunando el hecho de que aun siendo un país “laico” en los colegios, en su mayoría proclives de alguna religión, se nos enseña que Dios, Yahvé, o Jehová prohíbe explícitamente el aborto. Es sorprendente la influencia que aún ejercen religiones como el cristianismo y el catolicismo. Teniendo en cuenta que en las últimas décadas la iglesia ha sufrido grandes deserciones y abundantes críticas a nivel mundial.

Por la razón expuesta en el anterior párrafo es que es mal visto el que una mujer decida “abortar” puesto que “Solo Dios puede decidir sobre la vida y la muerte”. Además de que supuestamente estarían asesinando a un ser humano. De esta manera la sociedad y la familia obligan indirectamente a una mujer el hacerse cargo, muchas veces sin estabilidad emocional y económica, de un ser que no desea. Y ahora muchos dirán: ¿Quién le manda a hacer cosas de mayores? Señores, no es ninguna novedad afirmar que el Perú es un país cucufato y sumamente conservador. Hablar de Sexo es aún un tema tabú. Un tema que los padres esperan que el colegio enseñe a sus hijos y viceversa. Un tema sumamente incomodo de tocar o mencionar en una cena familiar. Por ende, no pueden tachar, tildar o juzgar cuando no estuvieron ahí para inculcar, enseñar y comunicar. Es menester mencionar también que el Perú es el segundo país con más violadores sexuales en Latinoamérica y aun así ni en casos semejantes el congreso no se solidariza con las víctimas.

El incremento considerado de la tasa de natalidad en el Perú solo contribuye a aumentar la pobreza y el estado miserable en el que muchos niños deben vivir para subsistir, dejando el colegio de lado para trabajar en las calles. ¿Es eso vida? ¿Se merecen esos pequeños esa forma de vivir? Si bien el ser humano tiene derecho a la vida, según la Declaración Mundial de los Derechos Humanos, merece una vida plena e igualitaria en oportunidades y derechos. Es por ello que para que un menor de edad viva en estado deplorable debido a las irresponsabilidades de sus padres es mejor que, aunque suene mal, se le prive el desarrollo durante la gestación. La interrupción voluntaria del embarazo con medicamentos es segura hasta la semana 12. Desde la semana 13 en adelante sólo es seguro si el aborto se realiza en un hospital. Por otro lado, quien dice que se estaría asesinando a un ser humano o ser vivo, recuerden que cuando van al mercado piden pollo y exigen que sea un pollo formado, de lo contrario serian huevos. Uso dicha analogía para que se entienda que un feto no es aún un ser humano, lo va a ser sin duda alguna pero hasta los tres o cuatro meses no lo es aún.

Dicho esto quisiera añadir que todos y todas merecemos vivir de manera digna, nadie debe decidir por nosotras y aunque a esta sociedad le cueste aceptar que ni Dios ni ellos mismos se harán cargo de los hijos que indirectamente obligan a tener a muchas mujeres, tú tomas la decisión final. Tener un hijo sin estabilidad emocional, laboral, económica es una responsabilidad demasiado grande como para tomarlo tan a la ligera. Piénsalo bien, es un compromiso a largo plazo en todo el sentido de la palabra. El estado no da facilidades a las mujeres que tienen hijos como en otros países. Acá cada quien hace lo que puede y lastimosamente, muchos viven por vivir, tan solo subsistiendo. No permitas que nadie decida por ti, infórmate, conoce y culturízate acerca de los diversos métodos anticonceptivos existentes y así evitarás un embarazo no deseado además de cuidarte de diversas Enfermedades de Transmisión Sexual (ETS). Tu cuerpo es tu templo, Cuídalo, valóralo y respétalo. Nadie más que tú lo hará por ti.

Ivan Adrianzén Sandoval: “Al Lento al Caer a la Vida es una metáfora de mi vida”

Entrevista: Walter Velásquez.

Tu historia es un poco loca. Ingresaste a la universidad, estudiaste derecho, viajaste por distintos países y ahora has sacado tu primer libro. ¿Como así nació ese viaje loco?

Yo ingresé a la universidad porque mi papá creía que yo debía estudiar derecho por mi elocuencia al hablar y por el modo en que veía la justicia. Pero en realidad, Derecho nunca me gustó, porque me gustaba contar cuentos, hacer poesía y crear relatos. Yo por esa época, creaba ese tipo de materiales en hojas y luego los guardaba en mi mochila. Avancé con la universidad y después de tener la presión de acabar una carrera que no me gustaba, decidí dejarla para hacer otras cosas. Me casé, tuve una familia, trabajaba como jefe de crédito, trabajé en un estudio de abogados y después se dió la oportunidad de irme al extranjero y me fui, comencé a trabajar en muchas cosas de logísticas. Pero de lo mejor que pude hacer en el extranjero, es haber estudiado en España un taller de literatura en Villalba, donde vivía, y ahí pude encontrar lo que quería hacer.

¿Ahí comenzó lo que sería el viaje de la literatura?

Así es. Aunque yo comencé escribir muchos años antes, cuando tenía 17 años exactamente. Tenía un cuaderno donde se encontraba mis primeros versos toscos. Cuando los leo me entra esa sensación de nostalgia, porque me hace recordar una bella parte de mi juventud. Y es genial, porque también recuerdas de que tus amigos observaban de lo tú hacías y eso es algo grande para mí.  Ya cuando sucedió el tema de las redes sociales, comencé a sacar a la luz mis mejores trabajos, sin el objetivo necesario de tener likes o visitas. Yo tengo un blog y dos fanpages, y en eso estoy.  Ahora  también  tengo una  editorial que se llama Ediciones Marginales, con mi compañera y socia Karina Medina.

Cuéntame, ¿Cómo se creó Ediciones Marginales?

Ediciones Marginales nace mediante una inquietud que tenía con un grupo de amigos por publicar. Teníamos la necesidad de publicar por la dura realidad que vivíamos.  No teníamos dinero, cuando buscábamos a una editorial nos ponían como máximo 1500 y mínimo 1000. Y las experiencias estas nos juntaron y decidimos reunirnos para fundar la editorial. Justo el mes pasado cumplimos un año de fundación y el día fue el 24 de julio. Nos juntamos en la casa del traductor y escritor, Carlos Cavero, donde asistieron el escritor chinchano Victor Salazar Yerén, la economista y escritora Katherine Rengifo, la docente y poeta Karina Medina, y yo. Al final nos comenzamos a desintegrar poco a poco, por el tema del tiempo, salud, otros porque sentían que no eran los indicados para esto y al final terminamos siendo 2: yo y Karina Medina. Persistimos de manera terca, y hemos hasta ahora  hemos publicado 4  trabajos, de los que se encuentra mi primer poemario Al Lento al Caer a la Vida. Y estamos por lanzar otros trabajos.

¿Al Lento al Caer a la Vida es un poemario muy personal, no?

Es un poemario escrito en primera persona por mi persona, donde escribo poemas inspirados de mis experiencias personales, Y si, es un poemario muy personal, porque hablo de una serie de sucesos positivos  que me han marcado tanto de manera positiva como negativa, entre sentir un amor por una mujer o extrañar a un ser querido que se ha ido lejos para buscar algo mejor. Quién no siente amor por un padrino, por un hijo y por un hermano, y  también quién no ha sentido un desengaño sobre una experiencia personal. De eso trata mi poemario, y dejame decir que esos versos no han sido creados para hacer sentir triste a la gente, sino para que comiencen a valorar las cosas más cercanas que tienen a su alrededor. Quiero que lector sientas que esas cosas personales le habrían podido pasar a él, y que la  mejor manera de exponer esos sentimientos es mediante la escritura.

Al Lento al Caer a la Vida recoge mucho de lo que he podido conocer. Desde el taller  de literatura que asistí hasta las caminatas lluviosas en Santiago. Ni hablar de los interminables viajes en el metro de Madrid donde me ponía escribir nuevos materiales. Habido días en las que no dormía para dedicarme a escribir el material, pensando también cuánto extrañaba a mi familia. Toda esa experiencia turística y necesaria sirvió para crear esos poemas y bueno, finalmente ya se encuentra aquí conmigo.

¿Por qué “Lento Al Caer a la Vida”?

Tenía un amigo que me sugirió ese título  a causa que tenía un poema con el mismo nombre, Ytalo Aparicio.  Me dijo, “Iván, ese poema define lo que será tu primer poemario. Aprovéchalo, mi hermano”. Después me junté con Víctor Salazar Yerén para ver el tema de edición y también para una serie de recomendaciones en cuanto al tema de pulir. Fue un proceso largo pero satisfactorio.

El crítico literario Frido Martín señaló tu poemario como una metáfora poética de tu vida. ¿Estás de acuerdo?

Si.  Como te lo dije antes, son una serie de sucesos que se convirtieron en una lista de poemas metafóricos, con una pequeña influencia de romanticismo y existencialismo. Mi estilo posee una prosa metafórica con la presencia de esas influencias.

Publicar un libro a los 54 años es algo loco. ¿Sientes que has cumplido un sueño?

Oye, tampoco no soy viejo (entre risas). La verdad es que sí. Siento que he cumplido un sueño desde joven y esto se lo debo a mi hijo. Él se ha convertido en el máximo apoyo para esto a pesar de que no está conmigo. Él me dijo, “Si tienes un sueño pendiente, ¿qué esperas para poder cumplirlo?” Por ese hermoso detalle es que en las páginas iniciales del libro, se le dedico a él y a mi ex esposa.

¿Te consideras poeta?

No me gusta utilizar ese nombre, porque no me considero uno. La verdad que es el mundo de la poesía se ha convertido en una huachafería, donde la envidia y la soberbia se hacen presentes. Antes el poeta escribía por pasión y ahora solo escribe para ser famoso y tener ese fetiche de bohemio. Son ridiculeces.

¿Alguna influencia que encuentres en tu poesía?

Vallejo y Neruda. Crecí con ellos desde mi juventud hasta en mis viajes.

¿Estás listo para las críticas positivas y negativas?           

Mientras más negativas mejor porque así sé que errores estoy cometiendo y como puedo hacer para mejorarlos. No considerare una crítica como ataque, sino más bien como un consejo importante. Aquellas que vengan con tono envidioso o de rabia, no las tomaré en cuenta.

¿Has tenido o tiene algunas disputas literarias?

Muchisimas, y aún las tengo. Pero es que la verdad ni me doy el tiempo de pensar en esas situaciones. Son pérdidas de tiempo.

¿Qué es lo que esperas de tu primer poemario?

Lo que espero es que sea el inicio de un viaje del cual no quiero que acabe, salvo cuando ya me toque partir. Es un sueño hecho realidad y a la vez, quiero que los lectores obtengan un pedazo de reflexión sobre sus vidas personales mediante ese libro. No espero ser famoso, porque no me interesa serlo. Solo quiero emprenderme bien y a la vez que la editorial encuentre su camino. Es bien difícil destacar en el mundo del arte, y por eso hay que ser persistente y empeñoso. He tenido que dejar varios proyectos para iniciar un camino del que siempre quise buscar, y finalmente lo estoy consiguiendo.

La radio en el siglo XXI: Una introducción

Sebastián Chávez Durán
Músico peruano

La radio en el Perú, ha tenido que distintas etapas, el apogeo de esta desde distintas épocas fue muy interesante, por las perspectivas, hay que acordarnos que a mediados de los años veinte del siglo pasado, la radio fue muy artesanal y fue empujada por distintas personas con un capital mínimo que después empezaron a ver creces.

El tema ligado al “hazlo tú mismo”, al parecer ha estado impregnado en nuestra cultura por muchos años, es interesante como por ejemplo entre mediados de los años veinte y cuarenta en cierto sentido construían un transistor propio para poder ganar algún tipo de señal. Nuestra historia en comunicación en general ha sido buena e incluso distintas personas han tenido distintas osadías para mantener algún tipo de emisora en la dial, y batallando desde distintos aspectos, por el hecho que las grandes compañías con más dinero, trataban de desbaratar las distintas ideas que cada persona tendría para obtener un espacio en la radio.

-¿Qué es a lo que quiero llegar?- Simplemente dar algunas ideas a partir de esta nueva era, lo que debiese significar la radio y su distinto apogeo. La radio satelital, el internet, los podcast tienen que tener un papel específico, durante este siglo. A finales de los años ochenta de la década pasada la radio FM, desplazó a la AM, convirtiéndose en la fuente de popularidad.

Sabemos que durante gran parte del siglo pasado, aproximadamente la radio se estandarizó a partir de los años cincuenta, logrando ser uno de los principales gestores de la comunicación en masas. La gran interrogante es: ¿Pero realmente el tema de la comunicación en masas tiene qué seguir siendo un camino constante en nuestra sociedad? Claro que sí, y el internet como masa cumple un papel que se encuentra derivado al desarrollo constante de la comunicación y la humanidad.

Los puntos claves que se tienen que abordar, por ejemplo la digitalización de la rama, qué tanto a partir de la conectividad de Internet se tienen que lograr distintos canales para tener una mejor recepción, además de distintos acertados dentro del mejoramiento de la sociedad. En este aspecto específico yo particularmente no considero al internet como una especie de “amenaza digital”, simplemente tiene que ser un canal para aprovechar mejor la dial y la distinta sintonía que pudiese tener la radio, más que todo en la actualidad. Por otro lado también, la perfección de la FM, tiene que ser una constante, tanto los distintos dueños de la radio cómo los radio oyentes tienen que empezar a cumplir funciones específicas, cómo por ejemplo en ser generadores de distinto contenido capaz de abordar temas derivados hacia la originalidad y el entorno social en que se maneja.

La distribución en la actualidad también se va a complejizar por el hecho de que se está expandiendo desde la señal digital, y es un punto interesante, ya que cada vez tenemos que tener una mejor red para lograr la conectividad ideal, las aplicaciones tienen que ser funcionales y la dial tiene que tener una mejor sinterización para el desarrollo de su propio entorno.

La interpretación de la Constitución Peruana

José Martínez
Estudiante de Derecho


Introducción

La interpretación de la Constitución, es decir, el proceso mediante el cual se indaga el sentido de una norma constitucional con el fin de aplicarla, es un tema de interés relativamente reciente en la doctrina jurídica. Nada se dijo sobre ella durante siglo y medio de desarrollo del Derecho Constitucional. Como nos recuerda el profesor Pérez Royo, en los tratados de Derecho Constitucional del siglo XIX y de las primeras décadas del XX, no constaba un apartado, mucho menos una lección, dedicados a la interpretación de la Constitución. En definitiva, se trataba de una cuestión inexistente. Sólo a partir de los años cincuenta del siglo pasado el tema cobra importancia y empieza a configurarse lo que sería una teoría de la interpretación constitucional.

¿Qué tiene de especial la interpretación constitucional?

Se mencionó que la doctrina jurídica sobre la interpretación de la Constitución estuvo ausente por mucho tiempo. Parece razonable que empecemos por explicar brevemente este punto.

Al ser la Constitución un instrumento indiscutiblemente político (téngase en cuenta su propia denominación: Constitución Política del Estado), en el pasado se consideró que su interpretación sólo podía tener ese mismo carácter. El único intérprete de la Constitución era el Parlamento y, siendo así, su interpretación no podía ser sino política; no había cabida, por lo tanto, para consideraciones y teorías jurídicas al respecto. La Constitución estaba, como anota Pérez Royo, fuera del mundo del Derecho. Es con la aparición de los tribunales constitucionales, como órganos independientes de los tres poderes tradicionales del Estado, a cargo del control de la constitucionalidad, que la necesidad de un desarrollo jurídico frente al tema de la interpretación empieza a hacerse patente. Coadyuvan a ello también el posicionamiento de la Constitución como norma jurídica de aplicación inmediata y la obligación de los jueces de ejercer el llamado control difuso de constitucionalidad.

Pero, si bien con el tiempo se fue asentando la idea de que la interpretación de la Constitución necesita fundamentos jurídicos y no sólo políticos, el desarrollo de una teoría jurídica sobre la interpretación constitucional ha tenido que enfrentar un escollo adicional: la difundida tendencia a extender las reglas generales de la hermenéutica jurídica al campo constitucional. Es decir, tal como ocurre con las de más ramas del Derecho, simplemente se ha buscado incorporar al Derecho Constitucional las reglas y los principios de interpretación propios de la ley.

En definitiva, se desconoce que la interpretación constitucional no es —no puede ser- igual a la interpretación legal. Ocho serían, según la profesora Freixes Sanjuán, las diferencias entre una y otra, a saber:

  1.  La interpretación constitucional evita frecuentemente el desencadenamiento de un proceso de reforma de la Constitución;
  2. La interpretación de la Constitución cumple funciones de orientación y control;
  3. El carácter vinculante propio de la interpretación constitucional;
  4. La vinculación de los aplicadores del Derecho a la interpretación constitucional;
  5. El contenido político que tiene la interpretación constitucional;
  6. El carácter integrador de la Constitución y el contenido axiológico de sus normas;
  7. El carácter cualificado del Tribunal Constitucional como intérprete de la Constitución; y,
  8. Frente a la Constitución existe un mayor número de opciones interpretativas.

Otros autores sostienen que para marcar la diferencia entre las interpretaciones legal y constitucional basta con tomar en cuenta los siguientes tres criterios: objetivo, subjetivo y teleológico. Desde el punto de vista objetivo, se debe reconocer que la Constitución, en cuanto norma, es distinta a la Ley.

La Ley existe en forma de múltiples leyes, que son expresión de la regularidad de los comportamientos de los individuos en las más diversas esferas de la vida social y que tienen una estructura material normativa caracterizada por la fijación de un presupuesto de hecho hipotético al que se anudan consecuencias jurídicas. La Constitución, por el contrario, es única, no expresa regularidad alguna de comportamientos individuales, sino más bien marca el cauce para que la sociedad se autodirija políticamente con un mínimo de seguridad, y reconoce un esquema de derechos y libertades básicos, a la vez que establece órganos y procedimientos dirigidos a su cumplimiento.

Además, tomando en cuenta ahora al sujeto, la Constitución tiene dos intérpretes privilegiados: el Parlamento y el Tribunal Constitucional. El primero, por ser la expresión de la voluntad soberana del pueblo, es el intérprete auténtico de la Constitución y su interpretación es política. El segundo realiza una interpretación jurídica, determinando si la interpretación del legislador superó o no los límites que le impone la propia Constitución. Por último, desde una perspectiva teleológica, se puede decir que la interpretación de la Ley busca, fundamentalmente, determinar el sentido de una norma para, aplicándola a un caso concreto, lograr la solución jurídica más adecuada. La finalidad de la interpretación constitucional es defender la propia Constitución, esto es, precautelar el acuerdo político contenido ella.

¿Existen reglas para interpretar la Constitución?

  1. Principio de la unidad de la Constitución. Las normas constitucionales deben ser correlacionadas y coordinadas unas con otras. La Constitución debe interpretarse de modo integral.
  1. Principio de concordancia práctica. Hay que interpretar la Constitución de manera que no se produzca el ¨sacrificio¨ de una norma o valor constitucional en aras de otra norma o valor. Debe buscarse la coherencia de las normas, evitándose las contradicciones.
  1. Principio de la eficacia integradora. La interpretación debe buscar el asegurar el mantenimiento de la unidad política, del acuerdo consignado en la Constitución.
  1. Principio de corrección funcional. La interpretación no debe alterar el esquema de división de poderes y funciones establecido en la parte orgánica de la Constitución.
  2. Principio de eficacia o efectividad. La interpretación debe ser tal que se maximice la eficacia y plena vigencia de las normas constitucionales, sobre todo aquellas referidas a los derechos y garantías fundamentales de las personas.

Teorías de interpretación constitucional

  1. Interpretación hermenéutica
    Concibe a la Constitución como una norma jurídica más y afirma que se la debe interpretar conforme a los métodos de interpretación de la ley (semántica, histórica, lógica y gramatical).
  2. Interpretación tópica
    Utiliza el contenido normativo y el sistema dogmático constitucional, en tanto puntos de vista que le acerquen o le permitan la solución del caso que debe interpretarse. Interpreta basándose en la existencia de un problema y como este debe solucionar por medio de la Constitución.
  3. Interpretación institucional
    Se centra en relacionar la norma constitucional con la realidad constitucional. Es decir, en vincular a la racionalidad presente en la Constitución con lo concretamente y socialmente real.
  4. Principios de interpretación constitucional
    Cumplen con la misión de orientar y canalizar el proceso de interpretación para la solución de un problema como marco teórico y analítico de la Constitución para su solución.
  5. Interpretación alternativa
    Desde este punto de vista, la interpretación es un instrumento de análisis de la realidad constitucional, antes que de la normatividad constitucional. En otras palabras, la norma jurídica constitucional que hay que interpretar no es más que la expresión de la normalidad constitucional.

Bibliografía:

Freixes, T. (2014). Constitución y Derechos Fundamentales. Madrid, España. Editorial PPU.

Perez, J. (2018). Curso de derecho constitucional. Madrid, España. Editorial Marcial Pons.

Las Moradas de Westphalen

Maria Claudia Torres
Escritora peruana


ANTONIO es el Faraón el Emperador el Inca
ANTONIO nace de la Noche
ANTONIO es venerado por los astros
ANTONIO es más bello que los colosos de Memmón en
Tebas

César Moro

El campo intelectual perdió parte de su dinamicidad luego que revistas como El boletín titikaka y Amauta salieran de circulación.  De manera que, desde el auge de las vanguardias hasta finales de los años cuarenta se fue configurando un panorama propicio para la aparición de un proyecto cultural que propusiera un debate amplio sobre el concepto mismo de “la cultura” en el Perú.

Debemos Las moradas a su director- sería mejor decir: su autor- Emilio Westphalen. Hacer una revista exige muchas cualidades: capacidad de organización, don de amistad, distintas formas de inteligencia, que van desde el juicio crítico para elegir (y rechazar) textos, el gusto por la tipografía y, en un medio como el nuestro, voluntad y perseverancia que no es exagerado llamar heroicas[1]

Luis Loayza.

Las moradas inició su publicación el año 1947 y tuvo una duración de ocho números en total, lo particular del proyecto fue que permitió visibilizar a muchos intelectuales de a ámbitos aparentemente disímiles: Fernando de Szyszlo, Blanca Varela, José María Arguedas, Wolfman Paalen, Luis Valcárcel, entre muchos otros. Desde la lista de los principales colaboradores, pasando por una mirada rápida sobre los índices de las revistas, veremos que existiría una aparente incongruencia dentro de la selección de los artículos presentados en cada número. Apelando a una breve explicación de la línea editorial de la revista veremos que todo tendría un sentido a nivel global e incluso, ello estaría ligado a la visión del director sobre la cultura:

Cuando salimos a la aventura, a la caza de las presas espirituales, pensamos siempre que habremos de volver a unas MORADAS, donde habrá amparo para lo atesorado, que no habremos de llevar siempre a cuestas. Punto de reunión, para el contacto, para el cambio, para la confrontación de hallazgos, pero lugar donde toda conquista del espíritu, donde todo descubrimiento del arte y de la poesía, de la ciencia y el pensamiento, no habrá de considerarse nunca como un punto final, como un acabamiento, sino como un acicate hacia nuevas conquistas, como un despliegue de posibilidades futuras.

Editorial de Las Moradas n°1.

Así, en este fragmento del manifiesto publicado en el primer número de Las Moradas se entiende que esta publicación se erige como un punto de encuentro para la disertación, así como un espacio para reflexionar sobre los nuevos saberes aprendidos; que luego servirían para modificar la subjetividad de los lectores y no diferenciarán entre lo científico y lo cultural. Hay una búsqueda de relacionar lo exterior de las artes y la cultura con lo privado, asociada a la relación misma de la morada con el hogar. Finalmente, será necesario destacar que se apela a un cuestionamiento perenne de los saberes aprendidos, con lo que se descartaría la afinidad por cualquier otro tipo de dogma.

Siguiendo la idea planteada en el manifiesto inicial de la revista el primer artículo de la revista estará dedicado a Franz Kafka. Quien habla de quemar a Kafka sostendrá una crítica hacia los intelectualesque no están abiertos al debate y toman posturas intolerantes y dogmáticas. Al igual que muchos de los ensayos de Westphalen, se apela inicialmente a una anécdota particular para introducir diversas posturas a nivel global y podrían brindar luces sobre temas diversos. El tópico principal del ensayo será un incidente ocurrido en Francia que implicó la publicación de una encuesta en la que un semanario parisino sopesaba la posibilidad de quemar o no a Kafka. El meollo del asunto fue que, según algunos críticos literarios, la llamada “buena literatura” debería seguir ciertas coordenadas o imperativos sociales, dado que si sucedía lo contrario y, por ejemplo, se intentaba representar la cara nefasta de la modernidad (como la obra de Kafka), esta opinión sería considerada nociva:

y hay que quemar a Kafka porque la sociedad debe tomar medidas “contra las actividades que ponen en peligro sus intereses esenciales”. La obra de Kafka sería merecedora de tales medidas, ya que “expresa de manera contagiosa un cierto estado de descomposición social!, y de que existe el peligro de que despierte o confirme en su lector “estados de conciencia manifiestamente mórbidos[3]

Las Moradas n°1.

Luego se introducen otros temas como la visión del artista respecto del lenguaje poético, la capacidad de abstracción de Franz Kafka, una crítica a la visión de lo humano por el mismo autor, su capacidad del manejo del lenguaje entre otros. 

Los otros dos artículos adicionales de Las moradas que consideramos importantes para formar la visión que propondremos frente a la cultura e identidad peruana serán: a) Mercados y ferias de los andes de Luis E. Valcárcel y b) Máscaras populares peruanas. 

En el primero se expone de manera antropológica el origen de los mercados precolombinos. Se sostiene que los espacios de intercambio comercial también implicarían transferencias culturales entre las regiones, de manera de que el sujeto indígena sería el implicado en dichas transacciones.

 En las demás secciones del artículo se ahondará en datos históricos como el sentido de las reducciones, la posición del mercado dentro de las plazas principales de los pueblos, el cambio que implicó la llegada de los españoles para el comercio de los pueblos indígenas; es decir, lo que significó la inserción del dinero. Lo principal del texto de Valcárcel será su postura antropológica de los hombres y mujeres que vendían en las ferias y la que propone frente la a la conquista española y los españoles, la cual será nefasta.

Finalmente, veremos que en el artículo Máscaras populares peruanas se hablará de la exposición “Máscaras de bailes” de la colección de Arturo Jiménez Borja del año 1947. Lo principal del texto será que no ahonda en el lado estético de las máscaras, sino que lo asocia con su utilidad. Expone que las obras mencionadas se deben relacionar siempre con su función dentro de la danza, configurándose como arte popular. Así, este objeto admitiría dos posibles lecturas: una para los danzantes y otra para los que la leen desde una postura occidental. De manera que, los que se encuentren asociados con el baile en sí mismo entenderán que estos elementos tendrían una carga simbólica mayor, pues los bailes se asocian a los discursos sincrónicos del mito y por lo tanto guardan un fuerte elemento identitario. Mientras que, por otro lado, su lector occidental lo verá como algo estético y no entenderá a cabalidad la cosmovisión que guarda frente a los indígenas o las personas que las emplean para bailar, quienes probablemente le den más importancia dentro del baile que fuera del mismo.

Además de esta distinción de las dos miradas  sobre el arte popular, en el artículo se  expone que con la llegada de los españoles mucho del arte prehispánico se perdió o se transformó hasta perder  algunos de sus elementos; desde nuestra lectura ello se puede leer como transculturación: “Otros de los factores que se han de considerar, a  más de la transmisión y difusión de elementos culturales, es la evolución de un mismo elemento cultural dentro de una determinada cultura en el transcurso del tiempo[4]

Sentaría además una posición frente al a conquista de los españoles: “Y aunque 400 años de adoctrinación, de presión violenta o solapada, no ha sido influencia bastante para hacer desaparecer las múltiples expresiones de las antiguas culturas nativas, estas sin embargo no se han mantenido intactas sino que han sufrido transformaciones notables: han debido aceptar muchos rasgos extraños y abandonar otros propios[5]

Los tres artículos expuestos aparentemente no tendrían mucho en común; sin embargo, la convergencia de cada uno de ellos servirá para exponer el proyecto de cultura que desarrollará el director de las revistas Emilio Adolfo Westphalen.

Como director del proyecto editorial, Westphalen, buscará sostenerse a sí mismo como un intelectual capaz de aprehender el pasado desde una lectura crítica y no de una manera fetichista o exotista. Teniendo en cuenta su negación de los absolutos, veremos que este pasado se iría construyendo desde la propia especificidad de cada intelectual que colabore en cada número de la revista. Al repensar el pasado se extrapola que tomaría en cuenta la problemática de lo identitario, tópico desarrollado a lo largo de diversos artículos dentro de la revista. Finalmente, ¿cómo estas cuestiones se asocian con la agencia de valores occidentales? Por un lado, al presentar acercamientos críticos al arte popular se rompe con la dicotomía alta cultura y baja cultura sosteniendo una crítica a las coordenadas de la modernidad y al hacerlo no habría nada de sorprendente en la elección de elementos de culturas diferentes y, por el otro, se intentaría gestar un canon de la actualidad literaria occidental. Consideramos, finalmente, que Westphalen desbarata algunas visiones canónicas de la modernidad, de manera inconsciente, además de relativizar la importancia de la especialización (al mezclar textos científicos, con arte y literatura).


[1] LOAYZA, Luis. Ensayos. Lima: Universidad Ricardo Palma, 2010. 169 p.

[2] Las Moradas. Nª1. Lima, 1947. Editorial.

[3] Las Moradas. Nª 1. Lima, 1947.

[4] Las Moradas. Nª 1. 72.p.

[5] ídem                                                               

Miguel Ángel Quintana Paz: “La filosofía debe ser un arte liberal”

Entrevista: Diego Abanto Delgado.


¿Por qué estudiar Filosofía hoy? ¿Crees que la Filosofía sirve para algo?

En la Edad Media existía una distinción que hemos ido perdiendo: aquella que diferenciaba entre “artes liberales” y “artes serviles”. Las artes serviles eran, como su nombre indica, aquellas que servían para propósitos prácticos inmediatos: arreglar la pata de la mesa que cojea, reparar la gotera del tejado, guiar los bueyes por la siembra.

Las artes liberales, sin embargo, como también revela su nombre, eran las propias de los hombres libres. No estaban sometidas a ninguna finalidad práctica, porque tampoco una persona libre debe someterse a ser solo “útil” a los demás. Por el contrario, estas artes liberales te hacían ante todo mejor a ti mismo, no a la mesa, el tejado o el sembrado que tienes delante. La música, la retórica, la capacidad de dialogar o dialéctica… son cosas que aprendes sobre todo para engrandecerte a ti mismo: no porque gracias a ellas vayas a servir mejor a otros, sino porque vas convertirte en alguien más valioso tú. (Probablemente luego otros disfruten de eso en lo que te has formado, pero será algo siempre secundario con respecto a aquello —un buen músico, un buen orador, un gran dialéctico— que has alcanzado a ser tú).

En este sentido, la filosofía debe ser un arte liberal. Así que cuando me preguntan si filosofar sirve para algo, creo que la mejor respuesta es reivindicar que no sirve para nada, pues no te hace siervo de nada. Y ese es justo su valor. Solo sirve para hacerte más libre, lo cual es obviamente un modo de no servir.

¿Todos podemos filosofar?

Cuando se suscita esta pregunta suele recordarse aquel inicio de la Carta a Meneceo, un pasaje de Epicuro tan hermoso que me permitiréis citarlo completo:

“Nadie, mientras sea joven, se muestre remiso en filosofar, ni, al llegar a viejo, de filosofar se canse. Porque, para alcanzar la salud del alma, nunca se es demasiado viejo ni demasiado joven. Quien afirma que aún no le ha llegado la hora o que ya le pasó la edad, es como si dijera que para la felicidad no le ha llegado aún el momento, o que ya lo dejó atrás. Así pues, practiquen la filosofía tanto el joven como el viejo; uno, para que, aun envejeciendo, pueda mantenerse joven en su felicidad con los recuerdos del pasado; el otro, para que pueda ser joven y viejo a la vez mostrándose sereno ante el porvenir”.

Epicuro pues rechaza la idea de que jóvenes o viejos, solo por serlo, padezcan algún tipo de obstáculo al filosofar. Su postura es relevante porque parece polemizar con Platón en La República, donde este había reservado la dialéctica a los que superaran los 30 años, y la culminación de la filosofía (la contemplación de la idea de Bien) a los mayores de 50. Para Epicuro esas distinciones por edad carecen de sentido porque precisamente la filosofía, de algún modo, desdibuja la diferencia entre el joven y el viejo: a este “lo mantiene joven en su felicidad”; al joven, le hace parecerse en lo mejor al viejo: lo vuelve “sereno”. Se diría entonces que, a juicio de Epicuro, la filosofía es un antídoto contra los achaques de la edad, sea esta aún inmadura o ya demasiado madura. No es una idea extraña en el conjunto de los pensamientos de Epicuro: recordemos que para él la filosofía también funge de antídoto contra la angustia por la muerte, o contra la enfermedad, o contra cualquier otro malestar.

Ahora bien, si mantenemos la metáfora de la filosofía como medicamento, y aun aceptando con Epicuro que no tenga contraindicaciones a ninguna edad, ¿significa eso que es efectiva para cualquiera? Platón tenía buenos motivos para pensar que no (tres veces había intentado hacer que los tiranos Dionisio I y Dionisio II de Siracusa filosofaran, y las tres veces había acabado preso, exiliado o esclavizado). Tampoco Epicuro parece fiarse mucho de que la filosofía sea apta para cualquiera; de hecho, le repugnarán incursiones en lo político como aquellas en las que Platón había caído una y otra vez. Recomendaba que, en lugar de a la luz de los asuntos públicos, el filósofo viviera en la oscuridad. Cabe aventurar, pues, que no se fiaba mucho de que los gobernantes, o la masa, estuvieran capacitados para compartir con los filósofos su filosofía. Solo a los amigos de su jardín reservaba tal esperanza.

Por tanto, aunque el bello texto de Epicuro con que hemos comenzado suele emplearse para abrir la filosofía a todos, en realidad no tiene por qué ser así. Aunque la edad no es un motivo para no poder filosofar, sí pueden serlo otros. Solo cabría concluir que la filosofía es apta para todos si resultara gratuita; si no precisara esfuerzo, sacrificios, capacidad de concentración, un cierto carácter a la vez riguroso y abierto a las novedades. En la medida en que estas virtudes no están repartidas de modo ecuánime entre todos los humanos, no parece que todos ellos estén en iguales condiciones a la hora de filosofar (como no lo están tampoco a la hora de ser buenos malabaristas o buenos cantantes).

¿Qué aconsejarías a quienes piensan estudiar Filosofía, o estudian Filosofía ya?

Le recomendaría lo mismo que Rainer Maria Rilke aconsejó al cadete militar Franz Xaver Kappus, cuando este le escribió inquiriéndole sobre aquello que entonces le atormentaba: cómo llegar a ser un buen poeta. Creo que parte de lo que le contestó sirve también para quien pide consejos al inicio de su carrera filosófica. Habrá que recordarle, con Rilke, que entonces “está usted mirando hacia fuera, y precisamente esto es lo que ahora no debería hacer. Nadie le puede aconsejar ni ayudar. Nadie… No hay más que un solo remedio: adéntrese en sí mismo. Escudriñe hasta descubrir el móvil que le impele” y si este “extiende sus raíces en lo más hondo de su alma”. De ser así, “entonces, conforme a esta necesidad, erija el edificio de su vida. Que hasta en su hora de menor interés y de menor importancia, debe llegar a ser signo y testimonio de ese apremiante impulso”.

Por cierto, Rilke también recordaba ahí a su joven amigo que era muy difícil aportar algo que no hubiera sido ya dicho en la enorme historia de la cultura que nos precede. Yo he seguido la advertencia de Rilke y por eso me he limitado en el párrafo anterior a repetir su párrafo, sin intentar mejorarlo. A quien esté iniciando su estudio de la Filosofía me permitiría recordarle tan solo ese mismo peso de los días pasados, de las obras ya pasadas, de lo ya escrito y pensado: que no deje de leerlo y redescubrirlo, para no perder luego el tiempo creyendo que tributa a la humanidad algo que esta ya cosechó.

Como wittgensteiniano declarado, ¿cuál crees que es el legado de Wittgenstein en pleno siglo XXI?

Ante todo, no una u otra doctrina (“La mente es esto o aquello otro”, “el lenguaje funciona así o asá”…), sino, sobre todo, una forma de reflexionar. A través de preguntas y respuestas constantes. Combinando las dudas más ingenuas y las más elaboradas. Aceptando tomar un recodo en cualquier momento y emprender un camino de pensamientos que hasta entonces nadie había transitado. Retornando a cualquier pensador del pasado con una mirada nueva que lo revigorice. Solo hay una regla en todo esto: ser exigente consigo mismo sin misericordia. Como decía Otto Weininger, uno de los maestros en que se inspiró Wittgenstein: “la lógica y la ética son fundamentalmente una y la misma cosa: el deber hacia uno mismo”.

Últimamente la filosofía ha tomado un renovado aliento en redes sociales. ¿Es, puede o debe ser la filosofía popular? ¿cómo conciliar esto?

Hace algún tiempo presenté en un congreso sobre la enseñanza de la filosofía mi experiencia, como filósofo, en Twitter. A los organizadores les interesaba mucho que me ocupara de ese asunto, me insistieron en algunos datos meramente cuantitativos (al parecer soy el filósofo que tuitea en castellano con mayor número de seguidores, según @TrueSciPhi). En suma, acepté el reto de hablar sobre Twitter y la filosofía ante una audiencia de profesores que, mayoritariamente, no está en redes sociales o desconfía mucho de ellas. Me plantearon un montón de objeciones sobre la utilidad de las redes para filosofar: “¿No es demasiado banalizador reducir tus mensajes a 240 caracteres?”. Bueno, algunos aforismos de los clásicos son aún más breves; y, además, en un tuit puedes incluir fotografías, vídeos, enlaces o textos en forma de imagen que superen ese límite. “¿No es absurdo tratar de filosofar con gente que no es especialista?”. Bueno, eso es lo que también debería hacerse en el bachillerato o en los primeros cursos de carrera, y nadie, ( y menos los docentes que cobran un sueldo gracias a ello), pretende eliminar las horas dedicadas a la asignatura de Filosofía en esos tramos de la educación.

En suma, no ignoro que la filosofía en redes sociales tiene sus riesgos: por ejemplo, a fuerza de adaptar tus mensajes para un público no especialista, puede llegar a parecer que no sirve para nada ser especialista. Lo cual coincide con el desprestigio generalizado que sufre cualquier élite intelectual en nuestros días, el antiintelectualismo que tan aguda y oportunamente denunciaba Mario Perniola en sus últimos escritos. Ahora bien, la solución no puede ser fortificarnos en nuestras facultades para resistir el asedio, pues de ahí también acabarán por expulsarnos si cunde la sensación de que no tenemos nada que contar a la sociedad. La filosofía no puede ser un club privado. Sócrates salía al ágora de Atenas para comunicarse con sus convecinos; muchos filósofos académicos han impartido lecciones ante cientos o miles de alumnos, a menudo de otras disciplinas; no parece mala idea aprovechar cualquier otro resquicio, como el de las redes sociales, para filosofar un poco más.

Hegel sostenía que la filosofía “llega, siempre demasiado tarde”. ¿Cuán tarde llegamos ahora a los asuntos contemporáneos?

Creo que el problema hoy de la filosofía no es llegar demasiado tarde al lugar por el que ha transitado la Historia; creo que su problema es aún peor: no llegar siquiera. Ojalá cundiera entre nosotros el tipo de filosofía que propugnaba Hegel, en contacto constante con las cosas que iban acaeciéndoles a los hombres de su tiempo; íntimamente ligada a toda evolución del espíritu humano. Hoy a menudo lo único a lo que se ligan muchos filósofos es a discusioncitas irrelevantes sobre asuntos minúsculos en que se prodigan sus escasos colegas de especialidad.

Una de las críticas más actuales de la filosofía bien pudo ser la de Karl Marx, respecto a que la filosofía se ha encargado de interpretar el mundo en lugar de cambiarlo. ¿Cuál es tu respuesta frente a esto? ¿Tiene la filosofía que cambiar el mundo o cambiar a las personas que cambian el mundo?

Creo que ese dicho de Marx hay que entenderlo en su contexto. Lo redactó con solo 27 años, como conclusión de sus Tesis sobre Feuerbach, un pequeño manifiesto de once puntos, de los cuales este es la corona (el undécimo). Y jamás llegó a publicarlos en vida.

Las Tesis sobre Feuerbach lanzan una llamada de lo más interesante a hacer una filosofía que se inmiscuya en los avatares del mundo. A mí me gusta en especial la segunda tesis: para saber si algo es verdad o no, al final tenemos que confrontarlo con la práctica, ver si funciona o no. Me gusta no solo porque es una tesis que plantea dudas interesantes sobre el propio marxismo (si este aún no ha triunfado, ¿no será porque no contiene verdad?). Me atrae también porque a menudo se ha vinculado con la filosofía pragmatista o con la wittgensteiniana, hacia las cuales ya hemos comentado mi querencia. Incluso podemos conectarlo con Nietzsche: en esa tesis segunda, Marx habla del “poderío” (Macht, un término bien nietzscheano) y la “terrenalidad” (Diesseitigkeit, vida terrenal o el “más acá”) del pensamiento.

Y bien, desde esa tesis segunda, ¿es cierto lo que afirma la undécima que vosotros me citabais? Si miramos a los filósofos que, según esta última, “solo han interpretado el mundo” (todos los filósofos anteriores a Marx), ¿podemos de veras decir que sus ideas no han funcionado, no han tenido efectos prácticos, no han afectado a lo terrenal, no han redundado en un mayor o menor poder (Macht) de unos u otros? Me parece muy desatinado afirmar algo semejante. ¿No han marcado la historia del mundo Platón, Aristóteles, San Agustín, Santo Tomás de Aquino…? ¿No han influido en cómo se ejerce la política, el poder, Maquiavelo o Hobbes? ¿No tienen John Locke o Montesquieu nada que ver con algo tan terrenal como las constituciones de muchos países, empezando por la superpotencia (Supermacht) de los Estados Unidos? Entiendo que, con fines autopromocionales, el joven Marx denostara a todos los filósofos que le antecedían y les acusara de interpretar tan solo el mundo, sin hacer nada por cambiarlo. Pero no tiene ningún sentido darle la razón ahí (sobre todo si, como he recalcado, se la damos a su tesis segunda, que revaloriza cualquier filosofía que haya tenido algún efecto en la realidad).

Creo que esto ayuda a responder tu pregunta: ¿tiene la filosofía que cambiar el mundo, que cambiarnos a las personas…? (Por cierto, la tesis tercera sobre Feuerbach destaca que no es tan fácil deslindar lo que es cambiar a uno o a las otras). Mi respuesta sería que, al final, como solo vamos a comprobar la verdad que contiene una filosofía en función de cómo afecte a la historia (vuelvo a la tesis segunda), no tiene mucho sentido tomar esa decisión (¿cambiamos el mundo o a las personas?) a priori, encerrado en tu despacho de filósofo mientras trazas unas u otras elucubraciones. No te corresponde a ti, no le corresponde al filósofo decidirlo, sino a la historia de los efectos (Wirkungsgeschichte, dicen en alemán) que vaya a producir tu filosofía. Deja a la historia que se encargue de revelar la verdad plena de tu pensamiento; tú confórmate con pensar.

Como filósofo, ¿qué opinas de la corrupción? ¿Glaucón tenía razón cuando afirmaba que el hombre es, por naturaleza, corrupto?

Tanto la respuesta de Glaucón como la contraria (“el hombre es bueno por naturaleza”, à la Rousseau) yerran al explicar por qué los seres humanos tenemos algo que, además, nos distingue como especie: nuestra competencia a la hora de elaborar discursos éticos, nuestra capacidad para lanzarnos mandatos, reconvenciones, alabanzas… en función de si nos hemos portado moralmente bien o mal. Si fuésemos siempre buenos, o fuésemos siempre malos, todo ese lenguaje, todas esas prácticas morales carecerían de sentido: serían una excrecencia inútil que no afectaría en nada a nuestra moralidad o inmoralidad. Pero lo cierto es que la evolución de la especie humana nos ha dotado con esa capacidad de hablar y pensar éticamente, igual que nos ha dotado de brazos y pulmones y piel: porque son útiles para algo. Así que ni somos siempre buenos ni somos siempre corruptos: y en ese intersticio cobra sentido la moral (así como pensar sobre ella: hacer ética).

¿Y la libertad? ¿Somos esclavos de ella, o es más bien, un problema y una posibilidad?

Sobre la libertad podemos decir algo similar a lo que acabo de exponer: como mínimo, hay que empezar por presuponer que esta existe, pues si no carecerían de sentido las constantes apelaciones a ella que efectuamos en nuestras prácticas, nuestro lenguaje, nuestras discusiones morales. Evidentemente, tras larga investigación, alguien podría revelar que se trata solo de un espejismo: pero la carga de la prueba le corresponde a él. Y no veo que nadie haya demostrado fehacientemente este punto; o, al menos, lo bastante conclusivamente como para contrarrestar a esa potente intuición que tenemos todos: que somos libres para portarnos así o asá.

De hecho, a menudo las presuntas “demostraciones” de que la libertad no existe consisten tan solo en una petición de principio: parten de reconocer como existente solo aquello que la ciencia corrobore como tal; pero es que la ciencia a su vez parte de excluir de su campo de estudio todo aquello que no siga leyes deterministas. Así que (como ha señalado Thomas Nagel) cuando alguien, desde una perspectiva cientificista, proclama “Hey, la ciencia no ha mostrado que exista libertad alguna”, es un poco como si alguien proclamara, tras explorar con un detector de metales el jardín de su casa, “Hey, mi detector de metales ha descubierto algunos metales, pero ninguna raíz oculta bajo tierra”: perdone, pero es que ¡su detector precisamente está diseñado para no distraerse con raíces, para captar solo metales! Por ello, que no detecte raíces ni demuestra ni refuta que pueda haberlas en su jardín. Igualmente, que la ciencia no detecte libertades tampoco nos aporta mucho.

¿Qué dilema ético te parece exquisito?

Creo que un dilema ético de extraordinaria calidad (que es como define el Diccionario de la Lengua Española el vocablo “exquisito”) es el que se plantea entre dejar a la gente libre o limitarles su libertad por su bien. Se trata de un dilema, además, con evidentes repercusiones políticas (de modo que, como decíamos antes, muestra muy bien el vínculo entre la filosofía y la vida real de la gente).

El avance de la tecnología nos interpela a afrontar el debate de la inteligencia artificial cada vez con más seriedad. Frente a esto, surge la pregunta esencial, ¿qué nos hace ser humanos? ¿Cuáles son tus reflexiones al respecto? ¿Es este un debate más propio de la ciencia ficción que de la filosofía?

En absoluto, creo que es una cuestión que tiene ya todo el derecho de ocupar nuestro filosofar. Soy reticente ante los debates meramente escolásticos (que Marx también denostaba en la tesis segunda sobre Feuerbach que comentábamos antes); pero hoy preguntarnos si un robot debería ser considerado persona, o si una computadora podría llegar a tratarse como si fuera libre, no resulta un mero ejercicio especulativo, sino un entrenamiento para cosas que muy pronto podríamos afrontar.

Además, la pregunta sobre qué nos hace humanos roza también con otro de los asuntos más debatidos hoy en ética: ¿cuál es la diferencia de trato que podemos establecer entre la humanidad y los animales? ¿Hay que evitar cualquier daño que podamos hacerles a estos en la misma medida en que se lo evitaríamos a un congénere?

En cuanto a mi posición, soy escéptico ante la posibilidad de encontrar especulativamente una “esencia” humana (o una “esencia” de aquellos seres a los cuales debamos dar el mismo trato que a los humanos, aunque sean artificiales o de otra especie biológica).

Prefiero un enfoque más wittgensteiniano, que creo que conecta aquí con cierta tradición pragmatista. En vez de preguntarme por cuál es la esencia de lo humano, o de “ser persona”, prefiero fijarme en qué prácticas compartimos unos con otros, qué acciones y qué lenguajes hemos desarrollado para tratarnos entre nosotros. Y a partir de ahí puedo preguntarme: ¿son las prácticas que desarrollo o podría desarrollar con robots o con animales semejantes? Si lo son (a día de hoy no ocurre así, ni parece que pueda ocurrir nunca con los animales), entonces no tengo problemas en considerar a esos seres con los que ya comparto una vida similar a la humana como miembros plenos de mi comunidad moral, como unas personas más. Dicho en términos más simples: el día en que hable con un robot como hablamos entre los humanos, en que le recriminemos cosas o se las alabemos como hago con mis amigos o mis colegas (no porque le haya antropomorfizado, como hoy puedo “reñir” a una impresora si se me estropea); el día en que confíe en un robot o le pida perdón o le exija disculpas, entonces, a todos los efectos, este ya podrá incorporarse a mi comunidad moral de personas libres e iguales; porque de hecho, en la práctica, ya se encuentra incorporado.

¿Cómo te definirías políticamente?

En general, cuando me veo ante un problema político, es decir, relacionado con el poder, noto que pienso inmediatamente en si estamos respetando o no la libertad de los implicados; me importa más que si estamos haciéndolos felices (para lo cual, hipotéticamente, quizá baste algún día con esparcir una droga sin efectos secundarios en el agua; aparte de que todos los tiranos han prometido —y a veces conseguido— esparcir entre algunos la felicidad). Supongo que esa tendencia mía me hace liberal. Pero también podría ocurrir, simplemente, que en las actuales circunstancias del mundo, o de Occidente (volvemos de nuevo a lo importante que es hacer una filosofía ligada a la práctica concreta), quizá sea la libertad el principio que se encuentra más amenazado. Y que sea solo por eso que me preocupa ella en especial. Diríamos entonces, parafraseando a la cantante Jeannette de los años de mi infancia, que yo soy liberal porque el mundo me ha hecho así.

También soy liberal en un sentido más berliniano (por Isaiah Berlin): no creo que haya que elevar ningún principio a un valor absoluto por sobre todos los demás. Ni la igualdad, ni el respeto a otras culturas, ni la felicidad común, ni la justicia, ni siquiera la libertad deben perseguirse a toda costa. Hay que huir de aquel lema de Fiat iustitia et pereat mundus que el emperador Fernando I adoptó como divisa. La política, como la ética, consiste más bien en un ejercicio de sensatez, de prudentia o phrónesis: algo que no se puede aprender o aplicar solo porque hayamos captado algún valor máximo (igual que no aprendemos a nadar solo porque hayamos captado la importancia de no ahogarnos). La phrónesis, la sensatez política, se aprende en la práctica, pensando a la vez que aplicando el resultado de nuestro pensamiento, corrigiéndonos luego en función de los resultados. Un poco como aprendemos a jugar cualquier deporte. Como veis, con ello volvemos a la segunda tesis sobre Feuerbach: la importancia de contrastar nuestro pensamiento con las prácticas humanas reales. Cualquier otra cosa son peligrosas elucubraciones.

Esto que he dicho no debe confundirse sin embargo con una política sin principios, pues es justo lo contrario: es una política que atiende a muchos principios morales (no solo a uno: los ya citados igualdad, bien común, libertad, respeto intercultural, respeto medioambiental…).

En el 2015 fuiste expulsado del partido político UPyD (Unión Progreso y Democracia) tras mostrar tu apoyo al Torneo del Toro de la Vega. ¿Cómo vives la política, alejado ahora de la vida partidaria?

En realidad, no se me expulsó de aquel partido político, UPyD, por mis opiniones sobre la tauromaquia, que llevaba tiempo defendiendo y todos conocían, sino por un tuit (volvemos a la importancia de las redes sociales).

La cosa fue así: un diputado por aquel entonces del partido, Julio Lleonart se llamaba, había grabado un vídeo en que insistía en que esta tauromaquia “no era cultura”. Yo le respondí, en Twitter, que no me parecía bien que desde el poder político (él pertenecía al Legislativo) se dirimiese qué es cultura y qué no; que la política no debe ser la que determine la cultura; que eso nos retrotraía a experiencias totalitarias (bien sabido es la obsesión de los nazis por dictar qué era cultura alemana “auténtica” y qué era cultura degradada; o la preocupación similar en los países comunistas, desde la Proletkult y el “realismo socialista” soviéticos hasta la llamada “revolución cultural” de Mao). La dirección de UPyD me acusó entonces de haber insultado al tal Lleonart llamándole nazi; y yo, que llevaba ya meses barajando abandonar el partido (no lo había hecho por la enfermedad y fallecimiento de mi madre, que me habían tenido muy atareado justo en esa época) renuncié a discutirles esa estupidez. Así que aproveché la ocasión para dejar de pertenecer a una formación política que (no solo por asuntos como ese, aunque también) cada vez abundaba más en lo estólido; tres meses más tarde, de hecho, se celebraron elecciones en que no consiguió ni un solo diputado y dejó de contar en el mapa político español.

Aunque esto que acabo de narrar puede sonar un tanto agrio, la verdad es que guardo un magnífico recuerdo de mi experiencia política en general. Pude vivir algo tan instructivo como el ciclo completo de nacimiento, esplendor y decadencia de un partido como fue UPyD, el primero de ámbito nacional que logró irrumpir por sorpresa en el parlamento tras lustros de que el paisaje político español se mantuviera bien estable. Tuve la suerte de hallarme entre los ciento y pico miembros fundadores de su Consejo Político en septiembre de 2007; y, como he contado, seguí en él hasta tres meses antes de que perdiese toda relevancia nacional, a finales de 2015. En el ínterin conocí a tanta gente tan interesante, aprendí tanto sobre la vida política, compartí tantas experiencias imposibles de vivir en ningún otro sitio, que sin duda aquellas vicisitudes políticas mías me hicieron mejor persona. Y, además, quizá me permitan ahora filosofar sobre la política con algo menos de bisoñez.

Eso sí, es cierto que nunca ejercí durante aquellos ocho años “políticos” cargo público alguno; solo los desempeñé internos (aguanté en el Consejo Político del partido, algo así como su poder legislativo y de control interno, durante todo aquel tiempo). Por tanto, tengo la fortuna (o la falta de experiencia) de no haber tenido que mandar nunca sobre nadie. La verdad es que no me gustaría volver a militar en algún partido, pese a mi satisfacción con aquellos años (igual que estoy sumamente contento de mi infancia, pero no me gustaría volver a ser un niñito de 7 años).

¿Es la democracia el mejor sistema político para gobernar a alguien?

Uno de los motivos por los que soy liberal, como decíamos antes, es que también soy antiperfeccionista. Es decir, no creo que la política deba obsesionarse con crear un mundo bueno, feliz ni mucho menos maravilloso: todas las experiencias que tenemos de esa porfía han terminado provocando un daño considerable. Por el contrario, creo que el enfoque político adecuado es el opuesto: ir evitando los males que se nos presentan en la medida en que nos los topamos. El resultado suele ser mucho mejor. Es lo que en alguna ocasión he llamado “liberalismo humilde”.

Por tanto, ante la democracia, en lugar de intentar demostrar de una vez por todas que sea el sistema político más perfecto, o el que causa más felicidad, o el que respeta mejor la libertad de cada uno, mi planteamiento es mucho más modesto: me basta con constatar que los sistemas que hasta ahora hemos experimentado como alternativa han provocado males palpablemente más graves. De modo que, cauteloso, prefiero ir poco a poco corrigiendo los defectos que aún contengan nuestras democracias, antes que sustituirlas por alguna formulación grandiosa salida del magín de uno u otro político (o pensador). Esto me exime de tener que demostrar por qué la democracia es el Sistema Mejor, o lo Único Justo, o el Culmen de lo Civilizado: no creo que seamos capaces de esas demostraciones aprióricas ni siquiera en la ciencia natural, como para hacerlas en la mera filosofía práctica.

En una columna para The Objective (“Lo que la derecha no entiende de la izquierda actual”) señalas que estamos en una batalla cultural entre derechas e izquierdas. ¿Por qué afirmas esto? ¿Crees que la derecha ha perdido la batalla contra la izquierda en el mundo?

En algunos países, como España, la situación es peor: no es que la derecha haya perdido la batalla, es que apenas la ha dado. Tras la caída del Muro de Berlín pareciera que se ha producido un reparto entre izquierda y derecha del siguiente modo: tú, izquierda, has demostrado que tu programa económico máximo fallaba (como la Unión Soviética), así que quédate con la cultura; yo, derecha, me conformaré con la economía (pues ni yo misma me creo del todo poder triunfar en la cultura: esto al menos es patente en España).

El resultado, naturalmente, es un pacto inestable: al final, si la cultura, la educación y el mundo de las ideas están copados por izquierdistas, ello acaba teniendo consecuencias en el voto, y este en las políticas económicas, y estas a su vez (vía subvenciones, programas educativos, leyes ideológicas…) acaban reforzando la cultura izquierdista. Se produce un círculo vicioso con el cual la derecha queda cada vez más arrinconada. Dado mi natural generoso ante el débil, por eso cada vez me interesa más recuperar todo lo valioso que tiene esa capitidisminuida cultura de derechas, y ayudar a reivindicarlo.

A propósito de ello, ¿crees que aún se pueda hablar de derechas e izquierdas?

Volvamos a la tesis segunda sobre Feuerbach: ¿sigue siendo útil hablar de derechas e izquierdas? Si lo es (y parece que ese es el caso), entonces es que sigue siendo una distinción que atrapa algo de la verdad, así que sí.

Otra cosa es seguir pensando que la derecha o la izquierda actuales son idénticas a las de los años 80, en el apogeo de la guerra fría; algo tan absurdo como pensar que siguen distinguiéndose por el mismo motivo que llevó a cada una en el siglo XVIII a sentarse en un lado distinto de la Asamblea francesa.

¿Qué opinas de la posverdad o el populismo?

Para empezar, que son dos conceptos que (quizá porque vivimos en tiempos de prisas, en que todos queremos entenderlo todo rápido) muchísima gente (incluidos analistas o periodistas con cierta repercusión) han entendido tremendamente mal. La posverdad no es simplemente un nuevo nombre para las mentiras de toda la vida; el populismo no es solo un nuevo término para referirse a la mera demagogia.

Por posverdad entendemos en filosofía un fenómeno apabullantemente contemporáneo (las meras falsedades no lo son): que cada vez cunde más por todas partes la indiferencia por distinguir entre la mentira y la verdad. Cuando nos interesa mucho conocer la verdad, sin duda alguien puede colarnos alguna mentira; pero nuestra situación ahora es más preocupante: ya no importa distinguir lo verdadero o lo falso, los políticos hablan solo por hablar, la gente se abisma en el relativismo de las meras opiniones, no nos creemos demasiado ni una cosa ni la contraria, vivimos como anestesiados ante lo real. Hace décadas que los mejores filósofos nos advertían de que esto iba a suceder (en mi opinión, pensadores tan distintos como Harry Frankfurt, Gianni Vattimo y Mario Perniola abundaron todos en la misma idea, ya desde los años 80). Pero en los últimos años se ha consumado.

En cuanto al populismo, basta leer a Ernesto Laclau, Chantal Mouffe, o incluso remontarnos al Populist Party estadounidense y a los naródniki rusos, para notar que no son meros demagogos. Su propuesta es más definida: pretenden establecer una división social rotunda entre dos fuerzas irreconciliables. Por un lado, los enemigos del pueblo (las élites abusadoras, los extranjeros, los ricos, la clase política… dependerá de cada populista); por otro, el oprobiado pueblo. El líder populista se erigirá entonces como el único capaz de defender a este de aquellos sus enemigos; ocultando o incluso reprimiendo toda legítima diferencia que a su vez se dé dentro del pueblo (la única división importante debe ser entre este y sus enemigos). El drama de Henrik Ibsen, Un enemigo del pueblo, es elocuente sobre lo terrible que esta mentalidad amigo-enemigo puede acarrear.

Respecto a estos fenómenos, su inclusión en el discurso político nos ha brindado figuras como Donald Trump, Jair Bolsonaro o, en España, el partido político Vox. ¿Qué opinión te merecen?

A Jair Bolsonaro lo conozco poquísimo. Donald Trump, desde un punto de vista personal, me supone un trastorno importante. Hace un par de años me invitaron a un congreso sobre ética de la ciencia en Irán; como consecuencia de ello, y de las leyes impuestas por Trump, ahora mi pasaporte no me sirve para lograr la exención de visado (visa waiver program) que todos los españoles tenemos en principio para entrar en EEUU. De modo que, por motivos trumpianos, la próxima vez que quiera viajar a ese país (y visitarlo me encanta) tendré que atravesar todo un marasmo de burocracia, e incluso quizá me denieguen al final el permiso (espero que no: discutir en Teherán sobre ética no debería hacerle a uno sospechoso de nada).

Más allá de las filias o fobias personales, empero, creo que Trump supo captar de manera muy hábil la creciente distancia que se estaba produciendo entre muchos ciudadanos estadounidenses y buena parte de sus élites (representadas por la tríada Hollywood, Universidad y Periodismo), de mentalidad políticamente correcta, y que tenían en Hilary Clinton una representante perfecta de su soberbia (durante una campaña electoral no es aconsejable, como hizo ella, llamar “cesta de deplorables” a capas enteras de votantes). Es más, el actual presidente de los EEUU no solo vio ahondarse el abismo entre unos y otros, sino que también supo reaccionar a él: plantando batalla neta, incluso grosera, a la tríada citada, sin rebajarse a buscar condescendencia alguna que, aparentemente, rebajara los denuestos contra él. Le funcionó. Aunque no consiguió más votos que Clinton, sí los obtuvo en las zonas que se sentían más abandonadas por esas élites: y eso, con el sistema de voto presidencial, le bastó para vencer.

El caso de Vox en España me parece similar solo en algunos respectos. Económicamente, por ejemplo, saltan las diferencias: Trump apuesta por el proteccionismo, mientras que Vox abunda en propuestas liberales. Moralmente se invierten las tornas, y mientras Trump ha prescindido de cuestionar un ápice la decisión del Tribunal Supremo a favor del matrimonio igualitario, en España Vox ha preferido reabrir ese asunto, en el que le auguro pocos frutos (según encuesta de 2014 por el Pew Research Center, España es el país del mundo en que gozan de mayor tolerancia las personas LGBTQ).

Esas diferencias, sin embargo, no deben ocultarnos las similitudes: Vox también ha sabido introducir en el debate político español asuntos que hasta ahora parecían vetados. Un estudio demoscópico del sociólogo Nacho Michavila tras las elecciones andaluzas de 2018 (en que Vox consiguió su primer éxito) subrayaba tres, por orden de importancia: primero, una defensa desacomplejada del patriotismo; segundo, la inmigración ilegal; y tercero, la queja de aquellos varones (o sus familiares) que se sienten damnificados por las actuales leyes de violencia doméstica, o de custodia de los hijos tras el divorcio, etc.

¿Cabe acusar entonces a Vox de posverdad? Aquellos que deseen que esos asuntos no sean debatidos, sin duda, así lo pensarán. Pero quienes los consideren no necesariamente de suma importancia, pero sí pertinentes (por ejemplo, un servidor, que considera que es mejor debatir esos asuntos que meterlos bajo la alfombra), no podrán tildar la cosa de posverdades, sino al contrario, de una loable recuperación para el discurso público de realidades que conviene debatir (y, ojo, eso no significa que luego la posición que uno tenga haya de coincidir con la voxiana).

¿Por qué crees que los nacionalismos están reviviendo en Europa?, ¿realmente murieron tras la Segunda Guerra Mundial? ¿Es este el fantasma que hoy recorre Europa?

Si, son el fantasma que hoy recorre no solo Europa, muy probablemente el entero mundo (aunque me gusta que parafraseemos, de nuevo, un famoso dicho marxiano). ¿Por qué?

Bueno, a mí me preocupa sobre todo (ya que no soy nacionalista) lo endebles que se muestran aquellos que deberían combatir los nacionalismos. Por ejemplo, la Unión Europea, que sigue sin ofrecer un proyecto atractivo de vida en común, y que se obceca cada vez más en sus peores errores (dirigismo tecnócrata, amenaza a las soberanías nacionales, alejamiento entre las élites y su población…). Me preocupa precisamente porque me considero europeísta: no estoy dispuesto a que el señor Guy Verhofstadt reclame en exclusiva para sí y sus ideas (a veces ciertamente desencaminadas) ese término.

También veo otra estrategia netamente equivocada: la de pensar que el único modo de superar el nacionalismo es el cosmopolitismo. Que, frente al empeño nacionalista por fundir a sus connacionales en una única identidad, solo cabe la disolución de las identidades en una especie de crisol (o melting pot) mundial. Fijémonos que uno y otro proyecto no son tan distintos: ambos andan obsesionados con las identidades uniformes, ya sea a nivel nacional (el nacionalista) o mundial (el cosmopolita). Frente a esos empeños, el pluralismo liberal, la libertad con que cada uno podamos definirnos bajo un marco legal que nos lo permita, compartiendo patria con aquellos que la historia ha colocado a nuestro lado, me parece la única vía sensata a tomar. Más Maurizio Viroli y menos Will Kymlicka, en suma, por resumirlo en términos filosóficos.

¿Por qué le tenemos miedo al Otro? ¿Podemos decir que, desde niños, somos educados para rechazar a lo diferente (y a los diferentes)? ¿Cómo conciliar esto desde la filosofía?

No creo que el ser humano nazca bondadoso (volvemos a esa idea rousseauniana que desechábamos antes), surja tolerante o incluso amigable ante las diferencias, y sea luego la malvada sociedad la que lo pervierte. De hecho, lo que la psicología más temprana (se ha conseguido estudiar ya, por métodos de lo más ingeniosos, incluso a bebés) nos cuenta no es en absoluto eso. Ejemplo: en un artículo de 2017 Xiao, Quinn, Liu, Ge, Pascalis y Lee mostraron que ya a los 6 meses los infantes asociaban las caras de sus mismos rasgos raciales con música feliz, y las de rasgos distintos con melodías tristes. Ese mismo equipo y ese mismo año, con el añadido de Wu, Tummeltshammer y Kirkham, descubrieron que hacia esa misma edad nos fiamos más de los adultos de nuestra raza que de los diferentes; y no parece que en niños que ni siquiera saben hablar tenga la culpa de eso “la educación” o “la sociedad” circundante.

Creo que, si nos quitamos las gafas rousseaunianas, contemplaremos más de cerca la (seguramente triste) verdad: el ser humano ha evolucionado biológicamente para fiarse más de los suyos y desconfiar de grupos ajenos; nuestros tatarabuelos de la sabana africana aprendieron hace miles y miles de años, por desgracia, que los seres humanos que se nos acercan no lo hacen siempre con buenas intenciones; y que si pertenecen a una tribu diferente es mucho más probable que sus propósitos no nos beneficien.

Esto, naturalmente, no le resta sentido a la filosofía, o a las humanidades; bien al contrario, que algo esté en nuestros genes no implica que sea bueno o deseable. Emprender el largo camino desde la desconfianza hasta la apertura a los otros (incluso al Otro, como vosotros escribís) es una dignísima tarea. Quizá leer a Platón o a Wittgenstein no me haga más respetuoso con todos los pueblos de la Tierra; pero ya el mero hecho de haberme abierto a ese par de señores que llevan bastantes años muertos es todo un ejemplo de apertura a los diferentes. Humildemente, empecemos por ahí.

Linda 67: Historia de un crimen

“Todos tenemos por donde poder ser despreciables. Cada uno de nosotros arrastra consigo un crimen cometido o el crimen que el alma no le deja cometer.” Fernando Pessoa.

Cuando pienso en Fernando del Paso no puedo evitar preguntarme ¿Qué ideas, reflexiones y mundos rondaban en su mente? Me lo imagino inquieto, siempre pensando en qué decir, cómo decirlo y sin miedo a romper estereotipos, retándose a sí mismo. Así nació Linda 67.

Si hay algo que destacar de las obras de Don Fernando es su originalidad y su estilo, evidentes en cada una de sus obras: “José Trigo” (1966), “Palinuro de México” (1977) y “Noticias del Imperio” (1987), mismas que le otorgaron éxito y reconocimiento a nivel internacional. Con “Linda 67: historia de un crimen” no se queda atrás. Del Paso explora un género muy diferente al que ofrece a sus lectores: el género policíaco; y como en cada una de sus obras, Don Fernando marca la pauta y el estilo.

Linda 67 rompe con el esquema del género; mientras en la novela policíaca comenzamos con el crimen y a lo largo de la narración especulamos acerca de quién es el culpable e imaginamos escenarios con los datos que nos proporciona el autor para, al final, impactarnos con el desenlace o confirmar nuestras teorías,  en la novela de Del Paso no es así: desde un inicio sabemos quién es el asesino -él mismo se confiesa ante el lector sin sentir remordimiento – y a lo largo de la novela conocemos, a través de flash-backs las razones del asesinato, el plan para llevarlo a cabo y el proceso en donde sentimientos como la pasión o el amor transmutan a tedio y odio.

Hablando de la trama, la historia se centra en la vida de David Sorensen, un publicista que vive en San Francisco y que asesina a su esposa Linda, finge un secuestro y planea cada detalle para no ser descubierto en el acto, cobrar 15 millones de dólares y escapar a México con su amante Olivia. David es tan minucioso en cada detalle, planea cada uno de sus actos que es imposible que algo salga mal. El suspenso, eso sí, está al filo de la página, el temor a ser descubierto y la incertidumbre ante las vicisitudes siempre están presentes, tanto para el protagonista como para su cómplice: el lector; ambos, están a merced de los caprichos del destino, o, mejor dicho, del escritor.

Por otro lado, el uso del lenguaje de Don Fernando es impecable y poético. Para los que conocemos algo de la vida del autor, podemos encontrar vestigios de sus experiencias en esta vida, tanto en aspectos publicitarios como gastronómicos.

Linda 67 es una historia totalmente impredecible. La sorpresa y el suspenso están a la vuelta de la página y como siempre, Fernando del Paso sorprende y marca al lector.

Les dejo algunos fragmentos para engancharlos y se animen a leer a tremendo escritor mexicano.

“Camino a la ciudad de México, se preguntó mil veces qué había pasado con Linda, dónde había quedado, qué se había hecho la Linda de la cual, durante largo tiempo, había estado enamorado. ¿Pero era amor lo que sentía por ella? Existía en el idioma inglés una palabra exacta, infactuation, que describía el enamoramiento tumultuoso pero falso, aparentemente profundo, pero de una fragilidad pasmosa, de una brevedad insospechada, que estaba muy lejos del amor verdadero. Sí, seguramente eso es lo que había tenido por ella, infactuation. Pensar así, sin embargo, no le sirvió de consuelo: le dolía, de todas maneras, que los seres humanos— no sólo Linda, sino él mismo, todas las personas— pudieran transformarse hasta el punto de odiar lo que un día habían amado tanto.”

La vida está llena de coincidencias asombrosas que pasan inadvertidas salvo cuando necesitamos de ellas con desesperación. Pueden, entonces, llegar o no llegar. Si llegan, las reconocemos de inmediato y son ellas las que nos empujan a la acción.”

“Sus ojos se llenaron de los ojos de ella. Por un instante tuvo la sensación de que la intensa, aterciopelada negrura de esos ojos iris, inundaba sus propios ojos de melancolía”