Literatura hispanoamericana de mujer

¿Literatura de mujer?

Es el siglo XX un periodo decisivo en el panorama de la participación femenina. Las primeras manifestaciones del cambio arrancan de la segunda mitad del XIX, momento en que la mujer accede a la escritura a través de periódicos (Arambel-Guiñazú, 2001). De la oralidad y el salón pasaron al texto escrito, desde el ámbito privado del hogar y el registro epistolar a la esfera de la vida pública, lo cual ayudó a forjar nuevas identidades.

Si el fenómeno arranca de mediados del s. XIX, las vanguardias van a ayudar a innovar en la forma, mediante una estructura ya no tan lineal, sino más transgresora y abierta: Maria Luisa Bombal (1920-30) en Chile, es un verdadero ejemplo. Los acontecimientos históricos y políticos determinan, sin duda, los procesos enunciativos.

La paulatina participación de la mujer en la actividad pública y literaria favorece la reflexión de la cultura patriarcal: comienzan a cuestionarse los conceptos de familia, matrimonio o identidad. Las mujeres se niegan a seguir la tradición familiar y las costumbres sociales impuestas por los hombres.

“La literatura es el medio idóneo para la expresión y autoexploración, se ofrece como vía de autorreconocimiento personal pero a la larga es una derrota para la protagonista, quien tendrá que admitirla como espejo de sueños imposibles” (Caballero, 1998: 53). La literatura va a ser un arma social y un artefacto verbal.

Llegados a este punto habrá que plantear el eterno debate, ¿existe la literatura de mujer? No es el momento de profundizar en el debate por falta espacio, pero tal vez cabría dejar apuntada una fórmula que la mayoría de la crítica aceptó para disminuir el problema, al menos en sus orígenes: habríamos de distinguir entre novela femenina, aquella que acepta el papel femenino según la tradición, novela feminista, caracterizada por la rebeldía y el afán polemizador y novela de mujer, aquella que incide en el problema del “autodescubrimiento” según el cual, escribir, para la mujer es recrearse (Ciplijauskaité, 1984).

Si bien la novela feminista va a representar la lucha de la mujer contra las realidades machistas, sociales o contra el propio lenguaje, la novela de mujer es el fruto de ciertas transformaciones hacia la realidad psicológica, esto es, la búsqueda de formas más personales. Así, esta literatura funciona como terapia, pues potencia la auto-observación crítica y prima la espontaneidad femenina. No es extraño que se den concominancias autobiográficas. A la literatura de mujer no le interesa tanto narrar acontecimientos, como hacer sentir el mensaje de mujer; es por ello que cobran un papel muy importante las alusiones o insinuaciones, lo implícito, lo no dicho.

Para comprender la escritura femenina en América Latina, hay que situar a la mujer en la realidad latinoamericana, desafortunadamente asentada en un contexto político-histórico marcado por la violencia desde el Nuevo Mundo y la sociedad patriarcal.

Ser mujer y además escritora no es una combinación fácil, pero igual que la situación de la mujer, la narrativa de mujer ha evolucionado para mejor. Desde el siglo XIX, la mujer ha usado la estrategia discursiva de encubrir su identidad mediante seudónimos como antifaces o máscaras varoniles que le permitiesen pasar por hombres: Gabriel de los Arcos, Evelio del Monte, Gonzalo Bustamante o Jorge Lacoste sugieren al lector acciones llenas de aventuras y episodios románticos.

Ser mujer genera desconfianza en los medios literarios. La supremacía del “macho” en América Latina se opone al papel pasivo-silencioso de la mujer, a la cual se le suprime el sentido creativo, impartiendo la enseñanza de “tareas de servicio”. A comienzos del siglo XX no había banqueras, ni médicas, sino secretarias y enfermeras que por supuesto estaban subordinadas al hombre. Se les reservaba el campo del arte y la danza únicamente.

Por consiguiente, ¿hay mujeres en el Realismo Mágico? A simple vista no, aunque la historia literaria ha sido injusta con Elena Garro, cuya excelente novela “Los Recuerdos del Porvenir” (1963), merece su reconocimiento. Sea como fuere, los años ochenta constituyen una década importante en la literatura femenina latinoamericana.

Cantero Rosales habla del “boom femenino”:

Qué ironía que la década de los ochenta, período en el que se intensifican las jerarquías y la explotación del capitalismo mundial, haya coincidido con un innegable renacer de la literatura feminista –siendo, como es, uno de los pocos espacios donde se produce un sostenido discurso contestatario y transgresivo-, así como con una serie de propuestas de renovación no sólo artística, sino también social. Las diversas miradas demuestran que estamos ya más allá de la ansiada búsqueda de una escritura femenina esencial. Ahora se acentúan sobre todo los planteamientos históricos y contextuales, así como la relación dialógica entre textos no sólo de hombres, sino también de mujeres. (Cantero Rosales 2004: 11).

Por otro lado, se ha hablado de la trayectoria de Isabel Allende en la escritura como algo “marginal”, pero no en cuanto a su éxito editorial, pues sus tres primeras obras fueron best-sellers, sino en cuanto a la historia de una mujer escritora excluida. En un primer momento su obra fue rechazada, por lo que puso sus ojos en España para publicar en Barcelona su primera obra.

En cuanto a Allende, se da otra exclusión de carácter literario. Sus detractores la acusan de imitar a García Márquez, y de no tener título universitario. Lo mismo le ocurrió a la poeta Violeta Parra, marginada por no tener formación literaria.

En resumen, a pesar de la calidad literaria de las mujeres hispanoamericanas ninguna de ellas es considerada miembro del canon de la literatura hispanoamericana, exceptuando tal vez a la gran Gabriela Mistral, un poco más conocida que sus compañeras. Muchas han sido las absurdas críticas y más los obstáculos que impiden que las obras de estas mujeres tengan el reconocimiento que se merecen. Pero hoy es el día perfecto para recordarlas: Griselda Gambaro, Laura Restrepo, Claribel Alegría, Gioconda Belli, Reina María Rodríguez, Ángeles Mastretta y tantas otras mujeres a las que les agradecemos la valentía y el ejemplo de la lucha contra los cánones injustos. Nunca es tarde para exigir la visibilidad femenina.

El oculto Valor de la Verdad

Diego Abanto Delgado
Estudiante de Filosofía


Un siete de julio, entre aplausos, con la luz apagada, tres personas sentadas en un sillón grande y un sillón rojo vacío, entre el humo aparecía Beto Ortiz para decirnos:

Buenas noches, lo único que separa esta noche a una persona de ganar cincuenta mil soles es su capacidad para responder veintiún preguntas con la verdad, solo la verdad y nada más que la verdad. ¿Quedará todavía alguna persona honesta en el Perú? Es el momento de conocer el valor de la verdad.

Un sillón rojo, una voz en off, dos personas frente a frente, veintiún preguntas, casi una hora de duración, toda una vida expuesta frente a cámaras y todo el país expectante de este morboso experimento. Durante cuatro años, la televisión peruana se acostumbró a esta secuencia los sábados por la noche al principio, luego los domingos, durante toda la semana, en los periódicos, en las redes, en donde fuera. El valor de la verdad es, para muchos el programa más exitoso de la televisión peruana en los últimos tiempos. Adaptación del formato Nothing but the truth creado por Howard Schultz, actual CEO de Starbucks, el programa consiste básicamente en lo siguiente:

Una persona se sentará frente a cámaras, responderá veintiún preguntas seleccionadas de las cien que respondió frente al polígrafo previamente, y de acuerdo a la veracidad de sus respuestas será recompensado con dinero.

Sin duda, la traducción–casi siempre un arte inexacto– del formato inglés en este caso es la más cercana, la más real. El programa le otorga valor a la verdad y es esto lo que generó curiosidad a los peruanos que muy asombrados sintonizaron en su televisor allá por 2012 en el famoso canal 2, en ese entonces, Frecuencia Latina. Su slogan en aquel entonces era Piensa en grande y sin duda, lo hicieron. Relanzando la imagen de un canal en caída libre, el programa conducido por Beto Ortiz fue una bocanada de aire más que fresca en el ráting, dominando los fines de semana durante cuatro años, con idas y venidas, con programas largos, algunos más cortos, con programas que nunca salieron, otros que no salieron del todo bien y pese a todo ello, El valor de la verdad se convirtió en la bandera que flameaba–no tan orgullosamente–el canal.

Decimos esto pues ya por esos años se empezaban a escuchar críticas respecto al nivel de la televisión peruana o como ha sido ampliamente conocida, televisión basura. Programas como el de Ortiz han sido catalogados como lo más repugnante que se ha visto en los últimos años, sobre todo por su insistencia en apelar al morbo para conseguir audiencia. Como bien indicaría Ortiz en una columna escrita coincidiendo con el final del programa dirigida al público peruano, El valor de la verdad da lo que ofrece. Es un debate totalmente ajeno a este artículo hablar de la calidad de los programas que se emiten en señal abierta, entra a tallar entonces la manoseada libertad de expresión que en Perú tan bien se suele esgrimir. En todo caso, El valor de la verdad no es solo polémico por lo que ofrecía, sino por su rostro.

Papá piraña

Toda literatura es chisme decía Capote. Para Beto Ortiz, conocido periodista peruano, cuya inclinación hacia la literatura es ampliamente conocida, probablemente encuentre en su programa concurso la más vil literatura, o en todo caso, así la encontramos la mayoría de los peruanos que ha visto alguna vez su programa. Todo chisme en Perú de por sí ya es oro, oro puro que es explotado al hartazgo por los medios que están dispuestos a ceder ante este. Como periodista, Ortiz es un abanderado del chisme, uno de los tantos deberíamos aclarar. Y si bien en la televisión peruana, hay personajes renombrados en este ámbito, desde Magaly Medina hasta Carlos Cacho, ninguno ha tenido tanto impacto en la televisión peruana en los últimos años como él, no solo por su versatilidad, sino por su polémica personalidad. Ortiz es sin duda, la fotografía de la televisión peruana.

Caracterizándose siempre por ser ese tipo que te podía hablar tanto de literatura como de farándula, de Oscar Wilde como de Susy Díaz, que te podía hacer entrevistas complacientes como a Alan García o agresivas al hartazgo como a Daniel Urresti durante la última campaña municipal, Ortiz no busca agradar, busca estar en el reflector. Sus programas varían tanto como su personalidad; noticieros, programas concurso, biografías no autorizadas camufladas de documentales o entrevistas. Hay Beto Ortiz para todos los gustos, y lo cierto es que sigue siendo, nos guste o no, uno de los periodistas–pese a que no acabó la carrera–más influyentes en Perú. Además, parte del éxito de Ortiz es que no rehúye al escándalo, es lo que lo alimenta, lo mantiene vivo, vigente. Y si bien ha sabido sortear todo tipo de escándalos en los que se ha visto envuelto, hay uno que aún sigue en el imaginario de los peruanos, el abuso a menores.

Expuesto en su momento por Magaly Medina, César Hildebrandt y Jaime Bayly, las acusaciones a Ortiz ponen en duda su posición como referente del periodismo peruano, por decirlo menos. Si bien las personas cercanas a él han querido hablar de efebofilia, lo cierto es que la pedofilia acaba estando al otro lado de la línea, la delgada línea que Ortiz y compañía decidieron defender. Con un expediente archivado oportunamente, las acusaciones que se le realizaron por abusar de los menores del albergue Generación quedaron en el olvido, pese a la gravedad de estas. Se le acusa haber ejercido una posición de poder al obligar a menores de edad abandonados a tener relaciones con él a cambio de favores en su centro de trabajo, que evidentemente Ortiz negó a toda costa, y que pese a lo turbio del ambiente en el que se archivó su expediente, ha continuado defendiendo su inocencia apelando a su condición de periodista incómodo al régimen que es solo otra forma de decir como jodía al Gobierno de turno, ellos me jodieron de vuelta, figura que en Perú ha sido esgrimida por toda clase de personajes para defenderse de sus acusaciones ante la falta de argumentos sólidos para probar su inocencia. No podemos asegurar la culpabilidad de Ortiz, solo podemos señalar que el tiempo en el que se investigó a Ortiz fue muy particular, que el archivamiento de su expediente se debió a la falta de evidencias o según Bayly, porque su abogado esgrimió que Ortiz no violó a nadie ya que él era el homosexual pasivo en la relación.

La concursante

Ruth Thalía Sayas Sánchez forma parte de la historia de la televisión peruana, nos guste o no. La primera concursante del programa de Ortiz no era un personaje de la farándula, no era un político, un conductor de televisión. Hasta ese primer programa era una chica más, de las que nunca oiríamos hablar en los noticieros, mucho menos en la sección de espectáculos. Sin temor a equivocarnos, podríamos decir que Ruth Thalía Sayas podía ser cualquiera de nosotros, una ciudadana más. Hasta ese fatídico estreno.

Acá no nos centraremos a juzgar lo que Ruth Thalía confesó o no en ese programa, pues lo menos que queremos ser es moralistas ni prestarnos al morbo, sino preguntarnos si era correcto exponer en televisión abierta a una persona que no conocía los riesgos de lo que iba a decir. Nadie conocía que uno de los protagonistas del programa, quien fungía de su enamorado, Bryan Romero, iba a asesinarla meses después convirtiéndola en una víctima más del machismo. Ni siquiera sus padres, presentes e incómodos en todo momento, sabían todo lo que su hija iba a revelar frente a cámaras. Este drama humano, todo lo que siguió después de la emisión del programa para esa familia es recogido por un episodio de Radio Ambulante, un podcast que recoge historias latinoamericanas .

¿Cuánto vale una vida, cuánto vale la vida de Ruth Thalía? No lo suficiente para el programa ni para el canal que lo emitía. La noticia pasó y se difundió como si fuera “su culpa”, como si lo revelado en el programa era suficiente como para que Bryan la asesinara. Y si bien la sociedad peruana muchas veces llega a justificar la violencia de género, en este caso es realmente asqueroso como muchas personas en redes aún ahora pueden ponerse del lado del feminicida. Fenómenos como este ocurren todos los días en un país que prácticamente está a nada de tener una mujer asesinada a diario.

“El polígrafo busca defender al inocente, intenta sacar la verdad a flote con fines altruistas. Y acá te sacan la porquería, la mugre humana” fue parte de lo que dijo Alexandra Arias, ex presidenta de la Asociación de Poligrafistas de Latinoamérica para un artículo de Caretas que cuestionaba el programa. Y es cierto, El valor de la verdad busca exponer al participante, busca desnudarlo, y dejarlo a merced del espectador. Este triste espectáculo se cobró la vida de Ruth Thalía, aún si el asesinato lo cometió su ex-pareja.

Ortiz, en alguna emisión del programa, afirmó que le dedicaban todas las ediciones a Ruth Thalía, a quien declaraba una víctima de la violencia contra la mujer e invitaba a todos los peruanos a combatir contra este flagelo. Si bien este gesto de Ortiz puede parecernos tierno o correcto, cuando tu programa carga con el lastre de haber provocado la muerte de una mujer, cuando la misma televisión basura se asquea de lo atroz que resultó aquel y todos los programas que le siguieron, cuando aquel sillón rojo se ha manchado de sangre, ya es demasiado tarde.

El regreso

Y tres años después del final del programa, el hijo pródigo decidió regresar a su casa. Sin pena pero quizá con más gloria de lo que debería y con un tema mucho más álgido de lo que aparentaba, el programa concurso regresó. Nicola Porcella, acusado en su momento de agredir a su pareja Angie Arizaga y de formar parte de una fiesta en la que supuestamente se drogó a una chica, fue su primer participante. Y sin duda, muchos de sus espectadores parecen comulgar con la frase Dios perdona el pecado, pero no el escándalo. Claro que lo que el programa pregona es el escándalo, pero en cómo el peruano justifica lo injustificable no vale ahondar. Y es que “las joyas” que desfilan y continuarán desfilando por el programa no nos confirman nada que ya no sepamos sobre Ortiz y su formato. Si la televisión peruana es basura, El Valor de la Verdad es el desagüe.

 

Ecuador, la vivencia de un proyecto de (no) acción política

El historiador griego Hesíodo, en su magna Teogonía, invoca a las Musas, hijas de Zeus y Mnemosine, a fin de dar rienda suelta a su narración. A ellas, las inspiradoras de las artes, se dirige así: “¡Salud, hijas de Zeus! Otorgadme el hechizo de vuestro canto (…). E inspiradme esto, Musas, que desde el principio habitáis las mansiones olímpicas, y decidme lo que de ello fue primero.” (104-115).1

Considero necesario el uso de un preámbulo estructural, poético, aforístico, para hablar de la actualidad política, y del proceso democrático, en que nos hemos imbuido en los últimos meses haciendo de nuestra invocación una plegaria a Mnemosine. Es gracias a ella que deberíamos ser capaces de leer los signos que se nos presentan en torno a la vida política. Sin embargo, parece ser que nuestro rezo y amplia devoción se centran en Leto, en el olvido. Nuestra memoria y nuestra conciencia política giran en torno al olvido; y, cuando no, lo hacen alrededor de la desmesurada memoria, del abuso de la memoria.

El proceso político que vivió el país durante los últimos meses, y que culminó con la fiesta democrática celebrada el día 24 de marzo, se convirtió en una clara muestra de nuestro desdén en cuanto a la participación en la vida política. Existió una gran diversidad de personajes que se presentaron como candidatos a las diversas dignidades (81.278, según datos del CNE, dispuestos a ocupar algo más de 11.000 cargos públicos de los Gobiernos Descentralizados), entre los que podíamos encontrar a anticuados políticos, cuya credibilidad era una ilusión; también, a jóvenes que alzan el vuelo en torno a la participación política, pero sin un conocimiento formal de la labor que a la que apuntaban.

Considerando los intereses económicos, que determinan la configuración del deseo de lograr el anhelado cargo público – cuyo carácter es individual, y por lo tanto, no un servicio político –, el pueblo se ve atrapado en la vorágine de un proceso de reificación contractualmente aceptado como lo señala Martha Nussbaum en uno de sus escritos2. A esto es necesario añadir la amplia confusión que crea el aparato de (des)información, al que ciegamente se obedece. El bombardeo mediático nos lleva a configurar un actuar consumista, determinado por decisiones irracionales, por las cuales nos vemos anticipadamente condicionados.

 Al pensar en estos puntos, no se pueden cerrar los ojos a la contradicción moral, a la que, sin embargo, nos hemos acostumbrado. Hemos desarrollado una clara incapacidad de análisis crítico ante la realidad, absorbiendo como esponjas aquello que imprimen en nosotros las diversas estructuras de control.

Cabe, entonces, preguntarse: ¿hay razones para llamar comunidad política a nuestra sociedad, cuando hechos como los que acabamos de vivir muestran que la participación por la representatividad se ha convertido en un simple discurso, en torno a un concurso de popularidad? ¿Podemos ser conscientes políticamente y adoptar una postura libre y clara, más allá de los trastornos que nos convierten en consumidores desinformados e incapacitados para llevar adelante un actuar racional?

Partamos de la siguiente premisa: el homo politicus es un ser agente, capaz de optar (libremente) por un esquema de decisiones racionales y determinarse por el imperativo de la libertad3. Cuando nos detenemos a pensar sobre lo acontecido durante el período de campaña (que empezó mucho antes de lo estipulado), nos damos cuenta de que el único rol que tuvimos, como pueblo-electorado, fue el de observadores – una posición pasiva –. El excesivo número de aspirantes demostró el desdén de la sociedad frente a su realidad política, algo opuesto a lo que debería esperarse; es decir, una acción fiscalizadora, entendida bajo las bases de la democracia, a las instituciones encargadas de regular el desarrollo ordenado de los procesos electorales, así como también a quienes fueron aprobados como candidatos.

Las bases de esta debilitada conciencia política se construyen desde las instituciones fundantes. En las entidades encargadas de la formación académica del sujeto, forjadas en nuestro contexto, es normal observar cómo se condena despóticamente la criticidad procurando formar un aletargado espíritu encausado a obviar la duda e incapaz de ser crítico ante su realidad. Condenamos al conocimiento a vivir su propio holocausto frente a lo preestablecido. Nuestra estructurada formación, entonces, nos lleva a dejar de lado el ser político, para dar paso al ente consumidor, acrítico y prisionero de su confort. Es necesaria, por lo tanto, una revolución en el campo educativo, que levante el velo que nos atañe, a fin de devolvernos la libertad característica del ser político.

Consideremos ahora el tema de la libertad – fundamental en torno a la reflexión sobre la conciencia política –. Erich Fromm4 e Isaíah Berlin5 expresan su preocupación frente a determinados condicionamientos, llegando incluso a contraponer ideas, pero buscando una estructura común, que justifique el actuar en libertad. Para ambos autores, el proceso por el cual se alcanza la libertad absoluta es un proceso dialéctico. Alcanzar la libertad en un mundo de antinomias morales implica ciertos sacrificios en la determinación del individuo. Es claro que la libertad no implica infalibilidad; sin embargo, el sujeto adopta un papel activo y protagónico como parte de su realidad – en este caso, política –.

El sacrificio de nuestros intereses particulares, por un bien colectivo, no implica la pérdida de libertad – tampoco de la diversidad y el pluralismo de ideas –. El desarrollo y alcance de madurez en nuestra conciencia política justifica el gozo de esta libertad alcanzada como “bien mayor”

Lo sucedido en estos meses es una potente invitación hacia la reflexión. Nuestra conciencia política, nuestro actuar político, no pueden continuar oscilando indiscriminadamente entre intereses personales y quejas de observador. Si hemos de recuperar nuestra conciencia como seres políticos, deberemos ahondar en la reflexión y acción en torno a nuestro actuar político, sin importar que esto nos convierta en transgresores de los parámetros de normalidad6 establecidos. La convergencia de la acción y la reflexión serán apremiantes en la construcción de una verdadera arqueología que nos lleve a los orígenes, así como a las proyecciones, de lo que deben ser nuestra conciencia social y política.


Referencias:

[1] Existe una imperiosa necesidad de acudir a las Musas, por parte de los poetas griegos, ya que su inspiración favorece la fluidez y armonía en el proceso narrativo.

[2] Nussbaum da sentido al término en relación a su teoría ética, al definir reificación como “forma extrema de utilización instrumental del sujeto” (Konstuktion der Liebe, des Behgerens und der Fürsorge. Drei philosophiche Ausfätze; Sttutgart, 2002: pp. 90-110)

[3] Definición propuesta por el autor.

[4] El Miedo a la Libertad.

[5] Dos conceptos de Libertad.

[6] Entiéndase el concepto desde la óptica foucaultiana (Vigilar y Castigar).

El guiño literario: Fahrenheit 451

Gaby Merino


Es un  trabajo como cualquier otro… es un buen trabajo, con mucha variedad. El lunes quemamos Miller; el martes Tolstoy; el miércoles: Whitman, el viernes: Faulkner, y los Sábados y Domingos Schopenhauer y Sartre.

Fahrenheit 451 es una película de 1966 basada en la novela homónima del mismo nombre de Ray Bradbury, y dirigida por François Truffaut. La historia nos traslada a un futuro distópico en el que los libros son prohibidos, la sociedad está consumida por la televisión y la única función del cuerpo de bomberos es allanar casas en busca de libros que posteriormente serán quemados por considerarlos un daño a la mente de las personas.

En este contexto tenemos a Guy Montag, un bombero devoto que cumple correctamente su deber, sin embargo conoce a una profesora de escuela, Clarisse McClellan. Ella logra levantar en Montag la curiosidad por los libros, lo que provoca en un primer momento problemas con su esposa y en su trabajo, pero luego, pasa a las problemáticas de su entorno: la falta de felicidad y ser consciente de la realidad altamente controlada en la que vive sin opción alguna a opinar o cuestionar.

Este film resulta exquisito al ojo del espectador, por una parte, se trata de un placer visual sobre la forma de vida, la moda y los espacios, que muestra la idea que se tenía del futuro en el año 1966; asimismo, está llena de una simbología que logra captar mejor aún el sentido de la novela en la pantalla (basta fijarse en el nombre de la película: Fahrenheit 451, que está grabado en los cuellos del uniforme de los bomberos y que es, como lo explica el protagonista, la temperatura exacta en que los libros se encienden y arden).  Por otra parte, el sentido profundo que propone aquello de : leer es pensar y eso es malo, le da un tono crítico a la obra que sugiere que nuestro futuro podría ser similar si las personas no ven con claridad lo que ocurre a su alrededor y lo analizan.

Para sentar aún más la idea del control, el personaje de Montag sufre una metamorfosis: de un bombero comprometido con su labor a un ciudadano que lee y tiene un ‘‘despertar’’peligroso para el estado. Luego de que su propia esposa lo delate por guardar libros en su casa y que su amiga Clarisse huyera al casi ser detenida por el mismo delito, él decide huir de la ciudad hacia la zona de los denominados hombres- libro.

En este punto, el film nos resulta asfixiante, pues el cazador está siendo cazado. Sin embargo, con todo su esfuerzo Montag logra salir de la ciudad y llegar a su destino. A las afueras de la ciudad es recibido por un grupo de personas que nos develan un dato que hace aún más aterradora la idea asfixiante de la sociedad que no piensa: él ya no es buscado por el Estado ya que ha sido declarado muerto, como uno de los miembros de esa comunidad le enseña en una televisión. Es decir, se armó un teatro con un hombre similar a él que fingió ser perseguido y asesinado por parte del sistema de control de la ciudad, esto con el fin de que los habitantes vieran las consecuencias de infringir la ley, así como reafirmar la fuerza del Estado con los individuos revolucionarios.

De esa forma, Montag al igual que los espectadores queda sorprendido con un mínimo de esperanza en su gente. Sin embargo, el lugar al cual llegó es una genialidad, es la tierra de los hombres- libro, quienes se encargan de memorizar un libro, siendo esta la única forma de conservarlos. Es un espacio ruidoso pues recitan todos los días, todo el día, el libro que han memorizado. Sus nombres quedan anulados ante el peso de la literatura, ahora se llaman como el libro que saben: La odisea, El proceso, Hojas de hierba, Sentido y sensibilidad….

Luego de mostrarnos este paraíso tan fascinante, vemos casi al final de la película, que un hombre está enfermo y morirá, así que le recita su libro a su sobrino para que se lo memorice y la obra no muera con él, sino que continúe como la herencia intangible que ellos defienden.

Es así como Truffaut nos encanta, pues desde los créditos de la película son emitidos por una voz en off, evitando cualquier uso de la palabra. En resumen, él logró captar la esencia de una novela que nos hiere con la idea de libros quemados en hogueras, pero que nos devuelve la fe cuando presenta a  gente que muere por defenderlos. Futuro distópico o no, lejano o no, es un film que nos permite pensar sobre lo que se puede considerar obvio pero, que realmente está siempre lejos de nuestro juicio crítico. Una obra maravillosa que merece ser vista.

Doce cuentos peregrinos

Me encontraba como siempre sin rumbo y sin destino por San Marcos, y mientras caminaba logré observar a lo lejos algo que llamó mucho mi atención pero que no me sorprendía: Una feria del libro viejo.

Las Ferias del Libro viejo traen a veces muy buenos libros, lo malo de esto es que muchas veces los tienen a precio de librería o hasta más. No son muy generosos en este aspecto, por eso mis encuentros con estas ferias son por lo general un ejercicio de tacto y una caricia ocasional. Me encanta oler y tocar libros, es mi segundo y tercer mejor pasatiempo antes de leerlos.

Entre el pilar de basura de libros, encontré algo que había llamado mi atención, parecía un libro de un autor conocido, en una edición antigua, que digo edición antigua, primera edición. Era nada más y nada menos que “12 cuentos Peregrinos” del desaparecido premio nobel Gabriel García Márquez en una edición añeja de Oveja Negra.

Hablar de García Márquez podría ser considerado soso, dado lo harto conocido de su trayectoria, de su vida, de sus escándalos (La trompada que le dio Mario Vargas Llosa) y por supuesto, de su obra.

Cuando pensamos en Gabriel García Márquez, nos lleva a la mente un gran titulo, joya de la Literatura Latinoamericana. Seguro que en el colegio, instituto o Universidad, usted amigo que lee la presente entrada, se ha topado con este gran inicio:

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de 20 casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”.”

Este inicio es jodidamente genial, te atrapa desde el primer momento. Márquez siempre tuvo ese don, ese estilo tan característico. Pero no es de Cien años de soledad el libro que vamos a comentar el día de hoy. Hoy conocemos al otro Gabriel García Márquez, al Márquez de los Cuentos.

Se decía que Márquez era especialmente cuidadoso en el tema de sus cuentos, afirmando alguna vez que para llegar si quiera a escribir algo decente, tuvo que romper quinientos cuentos ya previamente escritos. No sería diferente con Doce cuentos peregrinos, donde el autor tuvo que trabajar muchos años para poder afinar el sentido y magia de sus letras.

En esta antología, encontramos doce cuentos (como bien dice el título) que tienen en común el hecho de que dentro de ellos se reflejan las vivencias de latinoamericanos como inmigrantes en Europa (de ahí el peregrino). De mi parte, mis relatos favoritos fueron “Buen viaje, señor presidente” y “Solo vine a hablar por teléfono”, de este último obtuve gran goce, ya que me recuerda las novelas y cuentos existenciales que tanto me encantan. Me recuerda desde cierto punto de vista a Continuidad de los parques de Julio Cortázar, por la ambivalencias de perspectivas en un mismo relato.

Buen viaje, señor presidente es un relato acerca del oportunismo que se halla en la naturaleza humana y que no siempre implica maldad, a través de un hombre que ayuda a otro a salir del pozo en el que está metido. Un ex presidente que viaja a Ginebra por una enfermedad terminal, tras dudar entre la decisión de escoger una operación o morir, deambula por las calles de Ginebra y conoce a un empleado del hospital que dice haberlo conocido en su campaña y con quien tiene una conversación que le hará reflexionar sobre su vida  y las cosas que hará. Buenísimo.

El avión de la Bella Durmiente tiene mucho de autobiográfico, el protagonista se encuentra con una bella mujer, quizá la más bella que ha visto en su vida. De mera casualidad, le toca compartir asiento con dicha mujer y él está rebosando felicidad. Lástima que se alegría dura poco, debido a que la mujer se pasó casi todo el viaje con los ojos cerrados. Como si de un drama existencial se tratase, el protagonista ve lo que quiere de forma tan cerca, a su vez, tan lejos.

En el verano feliz de la señora Forbes se nos presenta la narración de dos niños que viven en una casa al cuidado de la señora Forbes, ya que ella había quedado a cargo de ambos porque sus padres habían realizado un viaje de negocios. Ella era muy estricta, había impuesto reglas en la casa; los niños se sentían muy atemorizados y sentían ganas de asesinarla. Después de un castigo de la señora Forbes, los dos hermanos decidieron acabar con la vida de ella, toda la noche pensaron en el plan que llevarían a cabo y decidieron poner veneno en el vino que acostumbraba beber y después se fueron hacia el mar para evitar sospechas. Al anochecer retornaron a su casa y se llevaron una gran sorpresa, la señora Forbes había sido encontrada muerta en su habitación, apuñalada por ella misma.

Y el más importante a mi humilde criterio: “Solo vine a hablar por teléfono”

La señora María de la Cruz está regresando de visitar a unos familiares por la provincia de Zaragoza, cuando de repente su auto tiene un desperfecto y se queda varado en medio de la nada. Debido a que es socorrida por un buen conductor, logra llegar a un edificio en el que todas las personas visten igual, donde pide el teléfono para poder comunicarse con su marido, del que recibe la respuesta sobre que se encontrará con él en Barcelona. No pasa mucho tiempo desde que ella se da cuenta que está en un manicomio y es tratada como una orate por los internos. Es más, su esposo tiene la idea de que ella lo ha abandonado, y es después de 4 años que recién consigue hablar con él, y es el mismo quien le dice que todo es falso y ella en verdad ha enloquecido.

Es un drama existencialista bastante interesante porque juega con el lector que debe averiguar quiénes están realmente locos, en cada página, García Márquez te carcome con la duda acerca si todo lo leído es falso y en realidad, todo comenzó y terminó en los fríos barrotes de un manicomio cualquiera.

La forma de escribir de Márquez es bastante reconocible, desde Cien Años de Soledad ya se notaba como podía cambiar entre lenguajes coloquiales a lenguajes formales, pero con un estilo único que lo particulariza. Cada cuento podría ser una novela indistinta, pero cuyas tramas son resumidas en pocas páginas para gusto del lector.

Doce cuentos, doce historias vividas por latinos en Europa que siempre terminan con un mensaje que el lector deberá averiguar. De lo mejor que se puede recomendar del fallecido Nobel de Macondo.

Solo vine a hablar por teléfono

Solo vine a hablar por teléfono es un cuento de Gabriel García Márquez, publicado en  Doce cuentos peregrinos, un compendio de doce cuentos escritos y redactados a lo largo de dieciocho años.  A propósito del artículo de Richard Pinedo, y en aras a seguir difundiendo cultura, compartimos a continuación el cuento completo, reservándonos solo el placer de albergar semejante joya de la literatura en nuestro portal.


Una tarde de lluvias primaverales, cuando viajaba sola hacia Barcelona conduciendo un coche alquilado, María de la Luz Cervantes sufrió una avería en el desierto de los Monegros. Era una mexicana de veintisiete años, bonita y seria, que años antes había tenido un cierto nombre como artista de variedades. Estaba casada con un prestidigitador de salón, con quien iba a reunirse aquel día después de visitar a unos parientes en Zaragoza. Al cabo de una hora de señas desesperadas a los automóviles y camiones de carga que pasaban raudos en la tormenta, el conductor de un autobús destartalado se compadeció de ella. Le advirtió, eso sí, que no iba muy lejos.

-No importa -dijo María-. Lo único que necesito es un teléfono.

Era cierto, y solo lo necesitaba para prevenir a su marido de que no llegaría antes de las siete de la noche. Parecía un pajarito ensopado, con un abrigo de estudiante y los zapatos de playa en abril, y estaba tan aturdida por el percance que olvidó llevarse las llaves del automóvil. Una mujer que viajaba junto al conductor, de aspecto militar pero de maneras dulces, le dio una toalla y una manta, y le hizo un sitio a su lado. Después de secarse a medias, María se sentó, se envolvió en la manta, y trató de encender un cigarrillo, pero los fósforos estaban mojados. La vecina del asiento le dio fuego y le pidió un cigarrillo de los pocos que le quedaban secos. Mientras fumaban, María cedió a las ansias de desahogarse, y su voz resonó más que la lluvia o el traqueteo del autobús. La mujer la interrumpió con el índice en los labios.

-Están dormidas -murmuró.

María miró por encima del hombro, y vio que el autobús estaba ocupado por mujeres de edades inciertas y condiciones distintas, que dormían arropadas con mantas iguales a la suya. Contagiada por su placidez, María se enroscó en el asiento y se abandonó al rumor de la lluvia. Cuando se despertó era de noche y el aguacero se había disuelto en un sereno helado. No tenía la menor idea de cuánto tiempo había dormido ni en qué lugar del mundo se encontraban. Su vecina de asiento tenía una actitud de alerta.

-¿Dónde estamos? -le preguntó María.

-Hemos llegado -contestó la mujer.

El autobús estaba entrando en el patio empedrado de un edificio enorme y sombrío que parecía un viejo convento en un bosque de árboles colosales. Las pasajeras, alumbradas a penas por un farol del patio, permanecieron inmóviles hasta que la mujer de aspecto militar las hizo descender con un sistema de órdenes primarias, como en un parvulario. Todas eran mayores, y se movían con tal parsimonia que parecían imágenes de un sueño. María, la última en descender, pensó que eran monjas. Lo pensó menos cuando vio a varias mujeres de uniforme que las recibieron a la puerta del autobús, y que les cubrían la cabeza con las mantas para que no se mojaran, y las ponían en fila india, dirigiéndolas sin hablarles, con palmadas rítmicas y perentorias. Después de despedirse de su vecina de asiento María quiso devolverle la manta, pero ella le dijo que se cubriera la cabeza para atravesar el patio, y la devolviera en portería.

-¿Habrá un teléfono? -le preguntó María.

-Por supuesto -dijo la mujer-. Ahí mismo le indican.

Le pidió a María otro cigarrillo, y ella le dio el resto del paquete mojado. “En el camino se secan”, le dijo. La mujer le hizo un adiós con la mano desde el estribo, y casi le gritó “Buena suerte”. El autobús arrancó sin darle tiempo de más.

María empezó a correr hacia la entrada del edificio. Una guardiana trató de detenerla con una palmada enérgica, pero tuvo que apelar a un grito imperioso: “¡Alto he dicho!”. María miró por debajo de la manta, y vio unos ojos de hielo y un índice inapelable que le indicó la fila. Obedeció. Ya en el zaguán del edificio se separó del grupo y preguntó al portero dónde había un teléfono. Una de las guardianas la hizo volver a la fila con palmaditas en la espalda, mientras le decía con modos dulces:

-Por aquí, guapa, por aquí hay un teléfono.

María siguió con las otras mujeres por un corredor tenebroso, y al final entró en un dormitorio colectivo donde las guardianas recogieron las cobijas y empezaron a repartir las camas. Una mujer distinta, que a María le pareció más humana y de jerarquía más alta, recorrió la fila comparando una lista con los nombres que las recién llegadas tenían escritos en un cartón cosido en el corpiño. Cuando llegó frente a María se sorprendió de que no llevara su identificación.

-Es que yo solo vine a hablar por teléfono -le dijo María.

Le explicó a toda prisa que su automóvil se había descompuesto en la carretera. El marido, que era mago de fiestas, estaba esperándola en Barcelona para cumplir tres compromisos hasta la media noche, y quería avisarle de que no estaría a tiempo para acompañarlo. Iban a ser las siete. Él debía salir de la casa dentro de diez minutos, y ella temía que cancelara todo por su demora. La guardiana pareció escucharla con atención.

-¿Cómo te llamas? -le preguntó.

María le dijo su nombre con un suspiro de alivio, pero la mujer no lo encontró después de repasar la lista varias veces. Se lo preguntó alarmada a una guardiana, y ésta, sin nada que decir, se encogió de hombros.

-Es que yo solo vine a hablar por teléfono -dijo María.

-De acuerdo, maja -le dijo la superiora, llevándola hacia su cama con una dulzura demasiado ostensible para ser real-, si te portas bien podrás hablar por teléfono con quien quieras. Pero ahora no, mañana.

Algo sucedió entonces en la mente de María que le hizo entender por qué las mujeres del autobús se movían como en el fondo de un acuario. En realidad estaban apaciguadas con sedantes, y aquel palacio en sombras, con gruesos muros de cantería y escaleras heladas, era en realidad un hospital de enfermas mentales. Asustada, escapó corriendo del dormitorio, y antes de llegar al portón una guardiana gigantesca con un mameluco de mecánico la atrapó de un zarpazo y la inmovilizó en el suelo con una llave maestra. María la miró de través paralizada por el terror.

-Por el amor de Dios -dijo-. Le juro por mi madre muerta que solo vine a hablar por teléfono.

Le bastó con verle la cara para saber que no había súplica posible ante aquella energúmena de mameluco a quien llamaban Herculina por su fuerza descomunal. Era la encargada de los casos difíciles, y dos reclusas habían muerto estranguladas con su brazo de oso polar adiestrado en el arte de matar por descuido. El primer caso se resolvió como un accidente comprobado. El segundo fue menos claro, y Herculina fue amonestada y advertida de que la próxima vez sería investigada a fondo. La versión corriente era que aquella oveja descarriada de una familia de apellidos grandes tenía una turbia carrera de accidentes dudosos en varios manicomios de España.

Para que María durmiera la primera noche, tuvieron que inyectarle un somnífero. Antes de amanecer, cuando la despertaron las ansias de fumar, estaba amarrada por las muñecas y los tobillos en las barras de la cama. Nadie acudió a sus gritos. Por la mañana, mientras el marido no encontraba en Barcelona ninguna pista de su paradero, tuvieron que llevarla a la enfermería, pues la encontraron sin sentido en un pantano de sus propias miserias.

No supo cuánto tiempo había pasado cuando volvió en sí. Pero entonces el mundo era un remanso de amor, y estaba frente a su cama un anciano monumental, con una andadura de plantígrado y una sonrisa sedante, que con dos pases maestros le devolvió la dicha de vivir. Era el director del sanatorio.

Antes de decirle nada, sin saludarlo siquiera, María le pidió un cigarrillo. Él se lo dio encendido, y le regaló el paquete casi lleno. María no pudo reprimir el llanto.

-Aprovecha ahora para llorar cuanto quieras -le dijo el médico, con voz adormecedora-. No hay mejor remedio que las lágrimas.

María se desahogó sin pudor, como nunca logró hacerlo con sus amantes casuales en los tedios de después del amor. Mientras la oía, el médico la peinaba con los dedos, le arreglaba la almohada para que respirara mejor, la guiaba por el laberinto de su incertidumbre con una sabiduría y una dulzura que ella no había soñado jamás. Era, por primera vez en su vida, el prodigio de ser comprendida por un hombre que la escuchaba con toda el alma sin esperar la recompensa de acostarse con ella. Al cabo de una hora larga, desahogada a fondo, le pidió autorización para hablarle por teléfono a su marido.

El médico se incorporo con toda la majestad de su rango. “Todavía no, reina”, le dijo, dándole en la mejilla la palmadita más tierna que había sentido nunca. “Todo se hará a su tiempo”. Le hizo desde la puerta una bendición episcopal, y desapareció para siempre.

-Confía en mi -le dijo.

Esa misma tarde María fue inscrita en el asilo con un número de serie, y con un comentario superficial sobre el enigma de su procedencia y las dudas sobre su identidad. Al margen quedó una calificación escrita de puño y letra del director: agitada.

Tal como María lo había previsto, el marido salió de su modesto apartamento del barrio de Horta con media hora de retraso para cumplir los tres compromisos. Era la primera vez que ella no llegaba a tiempo en casi dos años de una unión libre bien concertada, y él entendió el retraso por la ferocidad de las lluvias que asolaron la provincia aquel fin de semana. Antes de salir dejó un mensaje clavado en la puerta con el itinerario de la noche.

En la primera fiesta, con todos los niños disfrazados de canguro, prescindió del truco estelar de los peces invisibles porque no podía hacerlo sin la ayuda de ella. El segundo compromiso era en casa de una anciana de noventa y tres años, en silla de ruedas, que se preciaba de haber celebrado cada uno de sus últimos treinta cumpleaños con un mago distinto. Él estaba tan contrariado con la demora de María, que no pudo concentrarse en las suertes más simples. El tercer compromiso era el de todas las noches en un café concierto de las Ramblas, donde actuó sin inspiración para un grupo de turistas franceses que no pudieron creer lo que veían porque se negaban a creer en la magia. Después de cada representación llamó por teléfono a su casa, y esperó sin ilusiones a que María le contestara. En la última ya no pudo reprimir la inquietud de que algo malo había ocurrido.

De regreso a casa en la camioneta adaptada para las funciones públicas vio el esplendor de la primavera en las palmeras del Paseo de Gracia, y lo estremeció el pensamiento aciago de cómo podía ser la ciudad sin María. La última esperanza se desvaneció cuando encontró su recado todavía prendido en la puerta. Estaba tan contrariado, que se le olvidó darle la comida al gato.

Solo ahora que lo escribo caigo en la cuenta de que nunca supe cómo se llamaba en realidad, porque en Barcelona solo lo conocíamos con su nombre profesional: Saturno el Mago. Era un hombre de carácter raro y con una torpeza social irremediable, pero el tacto y la gracia que le hacían falta le sobraban a María. Era ella quien lo llevaba de la mano en esta comunidad de grandes misterios, donde a nadie se le hubiera ocurrido llamar a nadie por teléfono después de la media noche para preguntar por su mujer. Saturno lo había hecho de recién venido y no quería recordarlo. Así que esa noche se conformó con llamar a Zaragoza, donde una abuela medio dormida le contestó sin alarma que María había partido después del almuerzo. No durmió más de una hora al amanecer. Tuvo un sueño cenagoso en el cual vio a María con un vestido de novia en piltrafas y salpicado de sangre, y despertó con la certidumbre pavorosa de que había vuelto a dejarlo solo, y ahora para siempre, en el vasto mundo sin ella.

Lo había hecho tres veces con tres hombres distintos, incluso él, en los últimos cinco años. Lo había abandonado en Ciudad de México a los seis meses de conocerse, cuando agonizaban de felicidad con un amor demente en un cuarto de servicio de la colonia Anzures. Una mañana María no amaneció en la casa después de una noche de abusos inconfesables. Dejó todo lo que era suyo, hasta el anillo de su matrimonio anterior, y una carta en la cual decía que no era capaz de sobrevivir al tormento de aquel amor desatinado. Saturno pensó que había vuelto con su primer esposo, un condiscípulo de la escuela secundaria con quien se casó a escondidas siendo menor de edad, y al cual abandonó por otro al cabo de dos años sin amor. Pero no: había vuelto a casa de sus padres, y allí fue Saturno a buscarla a cualquier precio. Le rogó sin condiciones, le prometio mucho más de lo que estaba resuelto a cumplir, pero tropezó con una determinación invencible. “Hay amores cortos y hay amores largos”, le dijo ella. Y concluyó sin misericordia: “Este fue corto”. Él se rindió ante su rigor. Sin embargo, una madrugada de Todos los Santos, al volver a su cuarto de huérfano después de casi un año de olvido, la encontró dormida en el sofá de la sala con la corona de azahares y la larga cola de espuma de las novias vírgenes.

María le contó la verdad. El nuevo novio, viudo, sin hijos, con la vida resuelta y la disposición de casarse para siempre por la iglesia católica, la había dejado vestida y esperando en el altar. Sus padres decidieron hacer la fiesta de todos modos. Ella siguió el juego. Bailó, cantó con los mariachis, se pasó de tragos, y en un terrible estado de remordimientos tardíos se fue a la media noche a buscar a Saturno.

No estaba en casa, pero encontró las llaves en la maceta de flores del corredor, donde las escondieron siempre. Esta vez fue ella quien se le rindió sin condiciones. “¿Y ahora hasta cuando?”, le preguntó él. Ella le contestó con un verso de Vinicius de Moraes: “El amor es eterno mientras dura”. Dos años después, seguía siendo eterno.

María pareció madurar. Renunció a sus sueños de actriz y se consagró a él, tanto en el oficio como en la cama. A finales del año anterior habían asistido a un congreso de magos en Perpignan, y de regreso conocieron a Barcelona. Les gustó tanto que llevaban ocho meses aquí, y les iba tan bien, que habían comprado un apartamento en el muy catalán barrio de Horta, ruidoso y sin portero, pero con espacio de sobra para cinco hijos. Había sido la felicidad posible, hasta el fin de semana en que ella alquiló un automóvil y se fue a visitar a sus parientes de Zaragoza con la promesa de volver a las siete de la noche del lunes. Al amanecer del jueves, todavía no había dado señales de vida.

El lunes de la semana siguiente la compañía de seguros del automóvil alquilado llamó por teléfono a casa para preguntar por María. “No sé nada”, dijo Saturno. “Búsquenla en Zaragoza”. Colgó. Una semana después un policía civil fue a su casa con la noticia de que habían hallado el automóvil en los puros huesos, en un atajo cerca de Cádiz, a novecientos kilómetros del lugar donde María lo abandonó. El agente quería saber si ella tenía más detalles del robo. Saturno estaba dándole de comer al gato, y apenas si lo miro para decirle sin más vueltas que no perdieran el tiempo, pues su mujer se había fugado de la casa y él no sabía con quién ni para dónde. Era tal su convicción, que el agente se sintió incómodo y le pidió perdón por sus preguntas. El caso se declaró cerrado.

El recelo de que María pudiera irse otra vez había asaltado a Saturno por Pascua Florida en Cadaqués, adonde Rosa Regás los habían invitado a navegar a vela. Estábamos en el Marítim, el populoso y sórdido bar de la gauche divine en el crepúsculo del franquismo, alrededor de una de aquellas mesas de hierro con sillas de hierro donde solo cabíamos seis a duras penas y nos sentábamos veinte. Después de agotar la segunda cajetilla de cigarrillos de la jornada, María se encontró sin fósforos. Un brazo escuálido de vellos viriles con una esclava de bronce romano se abrió paso entre el tumulto de la mesa, y le dio fuego. Ella lo agradeció sin mirar a quién, pero Saturno el Mago lo vio. Era un adolescente óseo y lampiño, de una palidez de muerto y una cola de caballo muy negra que le daba a la cintura. Los cristales del bar soportaban apenas la furia de la tramontana de primavera, pero él iba vestido con una especie de piyama callejero de algodón crudo, y unas albarcas de labrador.

No volvieron a verlo hasta fines del otoño, en un hostal de mariscos de La Barceloneta, con el mismo conjunto de zaraza ordinaria y una larga trenza en vez de la cola de caballo. Los saludó a ambos como a viejos amigos, y por el modo como besó a María, y por el modo como ella le correspondió, a Saturno lo fulminó la sospecha de que habían estado viéndose a escondidas. Días después encontró por casualidad un nombre nuevo y un numero de teléfono escritos por María en el directorio doméstico, y la inclemente lucidez de los celos le reveló de quién eran. El prontuario social del intruso acabó de rematarlo: veintidós años, hijo único de ricos, decorador de vitrinas de moda, con una fama fácil de bisexual y un prestigio bien fundado como consolador de alquiler de señoras casadas. Pero logró sobreponerse hasta la noche en que María no volvió a casa. Entonces empezó a llamarlo por teléfono todos los días, primero cada dos o tres horas, desde las seis de la mañana hasta la madrugada siguiente, y después cada vez que encontraba un teléfono a la mano. El hecho de que nadie contestara aumentaba su martirio.

Al cuarto día le contestó una andaluza que solo iba a hacer la limpieza. “El señorito se ha ido”, le dijo, con suficiente vaguedad para enloquecerlo. Saturno no resistió la tentación de preguntarle si por casualidad no estaba ahí la señorita María.

-Aquí no vive ninguna María -le dijo la mujer-. El señorito es soltero.

-Ya lo sé -le dijo él -. No vive, pero a veces va. ¿O no?

La mujer se encabritó.

-¿Pero quién coño habla ahí?

Saturno colgó. La negativa de la mujer le pareció una confirmación más de lo que ya no era para él una sospecha sino una certidumbre ardiente. Perdió el control. En los días siguientes llamó por orden alfabético a todos los conocidos de Barcelona. Nadie le dio razón, pero cada llamada le agravó la desdicha, porque sus delirios de celos eran ya célebres entre los trasnochadores impenitentes de la gauche divine, y le contestaban con cualquier broma que lo hiciera sufrir. Solo entonces comprendió hasta qué punto estaba solo en aquella ciudad hermosa, lunática e impenetrable, en la que nunca sería feliz. Por la madrugada, después de darle de comer al gato, se apretó el corazón para no morir, y tomó la determinación de olvidar a María.

A los dos meses, María no se había adaptado aún a la vida del sanatorio. Sobrevivía picoteando apenas la pitanza de cárcel con los cubiertos encadenados al mesón de madera bruta, y la vista fija en la litografía del general Francisco Franco que presidía el lúgubre comedor medieval. Al principio se resistía a las horas canónicas con su rutina bobalicona de maitines, laudes, vísperas, y otros oficios de iglesia que ocupaban la mayor parte del tiempo. Se negaba a jugar a la pelota en el patio de recreo, y a trabajar en el taller de flores artificiales que un grupo de reclusas atendía con una diligencia frenética. Pero a partir de la tercera semana fue incorporándose poco a poco a la vida del claustro. A fin de cuentas, decían los médicos, así empezaban todas, y tarde o temprano terminaban por integrarse a la comunidad.

La falta de cigarrillos, resuelta en los primeros días por una guardiana que se los vendía a precio de oro, volvió a atormentarla cuando se le agotó el poco dinero que llevaba. Se consoló después con los cigarrillos de papel periódico que algunas reclusas fabricaban con las colillas recogidas de la basura, pues la obsesión de fumar había llegado a ser tan intensa como la del teléfono. Las pesetas exiguas que se ganó más tarde fabricando flores artificiales le permitieron un alivio efímero.

Lo más duro era la soledad de las noches. Muchas reclusas permanecían despiertas en la penumbra, como ella, pero sin atreverse a nada, pues la guardiana nocturna velaba también el portón cerrado con cadena y candado. Una noche, sin embargo, abrumada por la pesadumbre, María preguntó con voz suficiente para que le oyera su vecina de cama:

-¿Dónde estamos?

La voz grave y lúcida de la vecina le contestó:

-En los profundos infiernos.

-Dicen que esta es tierra de moros -dijo otra voz distante que resonó en el ámbito del dormitorio-. Y debe ser cierto, porque en verano, cuando hay luna, se oye a los perros ladrándole a la mar.

Se oyó la cadena en las argollas como un ancla de galeón, y la puerta se abrió. La cancerbera, el único ser que parecía vivo en el silencio instantáneo, empezó a pasearse de un extremo al otro del dormitorio. María se sobrecogió, y solo ella sabía por qué.

Desde su primera semana en el sanatorio, la vigilante nocturna le había propuesto sin rodeos que durmiera con ella en el cuarto de guardia. Empezó con un tono de negocio concreto: trueque de amor por cigarrillos, por chocolates, por lo que fuera. “Tendrás todo”, le decía, trémula. “Serás la reina”. Ante el rechazo de María, la guardiana cambió de método. Le dejaba papelitos de amor debajo de la almohada, en los bolsillos de la bata, en los sitios menos pensados. Eran mensajes de un apremio desgarrador capaz de estremecer a las piedras. Hacía más de un mes que parecía resignada a la derrota, la noche en que se promovió el incidente en el dormitorio.

Cuando estuvo convencida de que todas las reclusas dormían, la guardiana se acercó a la cama de María, y murmuró en su oído toda clase de obscenidades tiernas, mientras le besaba la cara, el cuello tenso de terror, los brazos yermos, las piernas exhaustas. Por último, creyendo tal vez que la parálisis de María no era de miedo sino de complacencia, se atrevió a ir mas lejos. María le soltó entonces un golpe con el revés de la mano que la mandó contra la cama vecina. La guardiana se incorporó furibunda en medio del escándalo de las reclusas alborotadas.

-Hija de puta -gritó-. Nos pudriremos juntas en este chiquero hasta que te vuelvas loca por mí.

El verano llegó sin anunciarse el primer domingo de junio, y hubo que tomar medidas de emergencia, porque las reclusas sofocadas empezaban a quitarse durante la misa los balandranes de estameña. María asistió divertida al espectáculo de las enfermas en pelota que las guardianas correteaban por las naves como gallinas ciegas. En medio de la confusión, trató de protegerse de los golpes perdidos, y sin saber cómo se encontró sola en una oficina abandonada y con un teléfono que repicaba sin cesar con un timbre de súplica. María contestó sin pensarlo, y oyó una voz lejana y sonriente que se entretenía imitando el servicio telefónico de la hora:

-Son las cuarenta y cinco horas, noventa y dos minutos y ciento siete segundos

-¡Maricón! -dijo María.

Colgó divertida. Ya se iba, cuando cayó en la cuenta de que estaba dejando escapar una ocasión irrepetible. Entonces marcó seis cifras, con tanta tensión y tanta prisa, que no estuvo segura de que fuese el número de su casa. Esperó con el corazón desbocado, oyó el timbre, una vez, dos veces, tres veces, y oyó por fin la voz del hombre de su vida en la casa sin ella.

-¿Bueno?

Tuvo que esperar a que se le pasara la pelota de lágrimas que se le formó en la garganta.

-Conejo, vida mía -suspiró.

Las lágrimas la vencieron. Al otro lado de la línea hubo un breve silencio de espanto, y una voz enardecida por los celos escupió la palabra:

-¡Puta! Y colgó en seco.

Esa noche, en un ataque frenético, María descolgó en el refectorio la litografía del generalísimo, la arrojó con todas sus fuerzas contra el vitral del jardín, y se derrumbó bañada en sangre. Aún le sobró rabia para enfrentarse a golpes con los guardianes que trataban de someterla, sin lograrlo, hasta que vio a Herculina plantada en el vano de la puerta, con los brazos cruzados mirándola. Se rindió. No obstante, la arrastraron hasta el pabellón de las locas furiosas, la aniquilaron con una manguera de agua helada, y le inyectaron trementina en las piernas. Impedida para caminar por la inflamación provocada, María se dio cuenta de que no había nada en el mundo que no fuera capaz de hacer por escapar de aquel infierno. La semana siguiente, ya de regreso al dormitorio común, se levantó de puntillas y tocó en la celda de la guardiana nocturna.

El precio de María, exigido por ella de antemano, fue llevarle un mensaje a su marido. La guardiana aceptó, siempre que el trato se mantuviera en secreto absoluto. Y la apuntó con un índice inexorable.

-Si alguna vez se sabe, te mueres.

Así que Saturno el Mago fue al sanatorio de locas el sábado siguiente, con la camioneta de circo preparada para celebrar el regreso de María. El director en persona lo recibió en su oficina, tan limpia y ordenada como un barco de guerra, y le hizo un informe afectuoso sobre el estado de su esposa. Nadie sabía de dónde llegó, ni cómo ni cuándo, pues el primer dato de su ingreso era en el registro oficial dictado por él cuando la entrevistó. Una investigación iniciada ese mismo día no había concluido nada. En todo caso, lo que más intrigaba al director era cómo supo Saturno el paradero de su esposa. Saturno protegió a la guardiana.

-Me lo informó la compañía de seguros del coche -dijo.

El director asintió complacido. “No sé cómo hacen los seguros para saberlo todo”, dijo. Le dio una ojeada al expediente que tenía sobre su escritorio de asceta, y concluyó:

-Lo único cierto es la gravedad de su estado.

Estaba dispuesto a autorizarle una visita con las precauciones debidas si Saturno el Mago le prometía, por el bien de su esposa, ceñirse a la conducta que él le indicaba. Sobre todo en la manera de tratarla, para evitar que recayera en uno de sus arrebatos de furia cada vez más frecuentes y peligrosos.

-Es raro -dijo Saturno-. Siempre fue de genio fuerte, pero de mucho dominio.

El medico hizo un ademán de sabio. “Hay conductas que permanecen latentes durante muchos años, y un día estallan”, dijo. “Con todo, es una suerte que haya caído por aquí, porque somos especialistas en casos que requieren mano dura”. Al final hizo una advertencia sobre la rara obsesión de María por el teléfono.

-Sígale la corriente -dijo.

-Tranquilo, doctor -dijo Saturno con un aire alegre-. Es mi especialidad.

La sala de visitas, mezcla de cárcel y confesionario, era un antiguo locutorio del convento. La entrada de Saturno no fue la explosión de júbilo que ambos hubieran podido esperar. María estaba de pie en el centro del salón, junto a una mesita con dos sillas y un florero sin flores. Era evidente que estaba lista para irse, con su lamentable abrigo color fresa y unos zapatos sórdidos que le habían dado de caridad. En un rincón, casi invisible, estaba Herculina con los brazos cruzados. María no se movió al ver entrar al esposo ni asomó emoción alguna en la cara todavía salpicada por los estragos del vitral. Se dieron un beso de rutina.

-¿Cómo te sientes? -le preguntó él.

-Feliz de que al fin hayas venido, conejo -dijo ella-. Esto ha sido la muerte.

No tuvieron tiempo de sentarse. Ahogándose en lágrimas, María le contó las miserias del claustro, la barbarie de las guardianas, la comida de perros, las noches interminables sin cerrar los ojos por el terror.

-Ya no sé cuántos días llevo aquí, o meses o años, pero sé que cada uno ha sido peor que el otro -dijo, y suspiró con el alma-: Creo que nunca volveré a ser la misma.

-Ahora todo eso pasó -dijo él, acariciándole con la yema de los dedos las cicatrices recientes de la cara-. Yo seguiré viniendo todos los sábados. Y más si el director me lo permite. Ya verás que todo va a salir muy bien.

Ella fijó en los ojos de él sus ojos aterrados. Saturno intentó sus artes de salón. Le contó, en el tono pueril de las grandes mentiras, una versión dulcificada de los propósitos del médico. “En síntesis”, concluyó, “aún te faltan algunos días para estar recuperada por completo”. María entendió la verdad.

-¡Por Dios, conejo! -dijo atónita-. No me digas que tú también crees que estoy loca!

-¡Cómo se te ocurre! -dijo él, tratando de reír-. Lo que pasa es que será mucho más conveniente para todos que sigas un tiempo aquí. En mejores condiciones, por supuesto.

-¡Pero si ya te dije que solo vine a hablar por teléfono! -dijo María.

Él no supo cómo reaccionar ante la obsesión temible. Miró a Herculina. Ésta aprovechó la mirada para indicarle en su reloj de pulso que era tiempo de terminar la visita. María interceptó la señal, miró hacia atrás, y vio a Herculina en la tensión del asalto inminente. Entonces se aferró al cuello de su marido gritando como una verdadera loca. Él se la quitó de encima con tanto amor como pudo, y la dejó a merced de Herculina, que le saltó por la espalda. Sin darle tiempo para reaccionar le aplicó una llave con la mano izquierda, le pasó el otro brazo de hierro alrededor del cuello, y le gritó a Saturno el Mago:

-¡Váyase!

Saturno huyo despavorido.

Sin embargo, el sábado siguiente, ya repuesto del espanto de la visita, volvió al sanatorio con el gato vestido igual que él: la malla roja y amarilla del gran leotardo, el sombrero de copa y una capa de vuelta y media que parecía para volar. Entró en la camioneta de feria hasta el patio del claustro, y allí hizo una función prodigiosa de casi tres horas que las reclusas gozaron desde los balcones, con gritos discordantes y ovaciones inoportunas. Estaban todas, menos María, que no solo se negó a recibir a su marido, sino inclusive a verlo desde los balcones. Saturno se sintió herido de muerte.

-Es una reacción típica -lo consoló el director-. Ya pasará.

Pero no pasó nunca. Después de intentar muchas veces ver de nuevo a María, Saturno hizo lo imposible para que recibiera una carta, pero fue inútil. Cuatro veces la devolvió cerrada y sin comentarios. Saturno desistió, pero siguió dejando en la portería del hospital las raciones de cigarrillos, sin saber siquiera si llegaban a María, hasta que lo venció la realidad.

Nunca más se supo de él, salvo que volvió a casarse y regresó a su país. Antes de irse de Barcelona le dejó el gato medio muerto de hambre a una noviecita casual, que además se comprometió a seguir llevándole los cigarrillos a María. Pero también ella desapareció. Rosa Regás recordaba haberla visto en el Corte Inglés, hace unos doce años, con la cabeza rapada y el balandrán anaranjado de alguna secta oriental, y en cinta a más no poder. Ella le contó que había seguido llevándole los cigarrillos a María, siempre que pudo, hasta un día en que solo encontró los escombros del hospital, demolido como un mal recuerdo de aquellos tiempos ingratos. María le pareció muy lúcida la última vez que la vio, un poco pasada de peso y contenta con la paz del claustro. Ese día le llevó el gato, porque ya se le había acabado el dinero que Saturno le dejó para darle de comer.

Julio Garay y la galleta “antianémica”que puede cambiar el mundo

No hay enemigo tan silencioso para los niños que la anemia. La anemia infantil es un mal que ataca y afecta a casi la mitad de niños menores de 5 años en Perú. Según la ONU, en el año 2017 se identificó hasta 43.3% de niños anémicos, y el año pasado, este porcentaje se incrementó a 46.6%, convirtiéndose en una cifra alarmante en lo que respecta a otros países de América Latina.  

La deficiencia de hierro es la causa principal de la anemia en Perú, según la ONU. Actualmente, existen estudios mundiales sobre cómo esta carencia impacta negativamente en los infantes en su desarrollo psicomotor y, a pesar de corregirse la anemia, los niños con este antecedente presentan, a largo plazo, un menor desempeño en las áreas cognitiva, social y emocional. Por ello, causa preocupación social la alta prevalencia de anemia que se observa en este grupo de edad.

Las medidas nacionales se están tomando, así como planes multisectoriales hechos para la lucha contra este mal. El Perú cuenta ya con una gran ventaja: es un país arrocero. Dicho cereal es uno de los alimentos que puede ayudar a reducir la tasa de anemia en el país, y, aunque el MIDIS (Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social) actualmente entrega arroz fortificado en sus programas sociales, la anemia infantil sigue en pie.

Las intenciones son buenas, e incluso los programas sociales nacionales han involucrado a centros de salud, municipios o empresas privadas para llegar a toda la población afectada; sin embargo, no se está logrando lo que se ambiciona. Lo que ha conllevado a la creación de nuevas formas únicas y solventes para combatir esta afección.

“Nutri Hierro”

Julio Garay Barrios tiene esa forma única de la que hablamos. Ayacuchano de nacimiento, ingeniero agroindustrial, y creador de la “galleta antianémica”, con sabor a cacao y vainilla, y con alto contenido de hierro. Una galleta que puede ser la clave para terminar con la acuciante y crónica anemia infantil en Perú.

A Julio, como miles de niños peruanos, le diagnosticaron anemia cuando tenía cinco años de edad. Dos décadas después, egresado de la Universidad Nacional de San Cristobal de Huamanga, cobró su revancha. Pasó tres años trabajando en el laboratorio experimental de planificación de su facultad para encontrar la fórmula de su galleta “Nutri Hierro”, aunque desechó más de 300 tipos de galletas que no funcionaron, nunca se rindió.

Encontrar la fórmula no fue lo más difícil para Julio, la prueba de fuego fue saber si realmente funcionaba. Elegió el asentamiento humano de Mollepata y luego el centro poblado de Allpachaca, donde casi todos los niños tenían anemia (10,8 de hemoglobina) La Organización Mundial de la Salud (OMS) sostiene que el nivel mínimo de hemoglobina en un niño es 11. Con el apoyo del centro de salud los desparasitaron y durante 30 días les hicieron consumir un paquete de cuatro galletas por día. Los resultados superaron todas las expectativas. Los niños subieron su hemoglobina hasta 15. Garay imaginaba que tendría resultados en tres meses, pero solo en un mes la cantidad de hemoglobina había subido en los niños, e incluso superado el normal.

Es así como el proceso de formalización empezó. Ya con pruebas fehacientes concluidas, Garay pasó a cuestiones burocráticas. Tramitando el registro sanitario, código de barras y patentando su creación en Indecopi (Instituto Nacional de Defensa de la Competencia y de la Protección de la Propiedad Intelectual). Con todos los permisos legales comenzó a vender su producto en los mercados.

Ingrediente secreto

“Nutri Hierro”, que podría eliminar la anemia en el país, contiene trece ingredientes, entre los cuales está la harina de trigo fortificada, lentejas, quiwicha, huevo, chía, entre otros. Todos con alto contenido de minerales, proteínas y vitamina C para una mejor asimilación. Esta especial galleta puede cambiar el futuro de todo un país. Superar la anemia, especialmente en los niños menores de dos años. Esta especial galleta puede cambiar el futuro de todo un país.

La fórmula diseñada por Garay tiene sus esperanzados resultados en su ingrediente secreto y primordial que es sangre de res, elemento con alto contenido de hierro y proteína, que es normalmente desechado por camales o mataderos, y cuyo bajo precio abarata su producción. La sangre es transformada en puré, y está en el 50% de cada galleta, además el 30 % es quinua, un 10 % harina de trigo y otro 10 % cacao que sirve para enmascarar el sabor a sangre.

Esto es un claro ejemplo de cómo componentes que no son tomados en cuenta—teniendo un alto valor nutritivo—pueden generar más impacto si son tratados de una forma diferente y útil.

Proyectos y más

La primicia de la galleta que combate la anemia llegó a todo el país, y acaparó la atención de toda la comunidad peruana, así como de laboratorios limeños, e incluso algunos se atrevieron a analizarla comprobando que son las galletas con mayor cantidad de hierro en el mercado.

La demanda se incrementó de golpe. Julio Garay empezó a contratar a sus amigos de la universidad, realizó un nuevo diseño para su producto, nuevo empaque, y hoy por hoy ya cuenta con una planta industrial con capacidad para producir 10.000 bolsitas por hora. 4.000 galletas se producen por día. El costo de una galleta es un nuevo sol, con el fin que niños y niñas que más necesiten de este producto puedan acceder a él. Su objetivo es llegar a la gente que más necesite, a las zonas más alejadas del país donde existe desnutrición crónica en los niños y niñas.

Julio sigue tocando puertas de las autoridades regionales y nacionales, junto a ellos puede llevar su producto a esas zonas rurales donde tanto quiere ayudar. Mientras tanto, países como Bolivia y Ecuador han puestos sus ojos en su producto y desean “Nutri Hierro” en sus hogares.

El joven ayacuchano no se ha quedado estático, él sigue trabajando en otras dos galletas. Una es con DHA para la inteligencia, una galleta que estimula al cerebro. La otra es para veganos, que contendrá otro tipo de hierro de origen vegetal. Junto a su hermano mayor Juan Carlos, que es ingeniero agrónomo, fortalecerán este nuevo proyecto, ampliando sus productos pero, sobre todo, ayudando a quien más lo necesite. Como siempre lo soñaron desde pequeños.

Origen, problemática y necesidad de los partidos políticos en Latinoamérica

Mónica Cuéllar
Politóloga


¿Qué está pasando?

Los sistemas de partidos y los partidos políticos como tal son organizaciones que cada año parecen ganar más desprestigio y falta de aprobación, esta situación parece ser transversal a todas las sociedades.

A nivel latinoamericano, la situación antes descrita adquiere argumentos sólidos y concretos con el reciente informe presentado por el Latinobarómetro en el año 2018, el informe menciona que, en los países de la región, los partidos políticos cuentan con una aprobación del 7%, es decir, de cada 100 personas, 93 desaprueban el desempeño de los partidos políticos, estas cifras son indudablemente preocupantes. El estudio realizado por el Latinobarómetro también nos permite juntar las suficientes pruebas que nos facultan para asegurar que estamos hablando de una crisis que se encuentra en uno de sus puntos más altos.

De lo teórico a lo fáctico no he encontrado diferencias, ya que a diario me cruzo con ciudadanos que en los diversos espacios de frecuencia cotidiana suelen afirmar que los partidos políticos deberían desaparecer del sistema porque son asociaciones/organizaciones corruptas que solo han llegado al poder gubernamental para apropiarse de los recursos de la ciudadanía, sin realizar ningún tipo de trabajo destacable o al menos útil.

Ese es el panorama actual y el punto de inicio del escrito que nos permite tener un recordatorio de la situación por la que estamos atravesando y en la que nos encontramos en un estado en el que los partidos políticos gozan del descrédito popular en respuesta a múltiples causas pero dentro de las que indudablemente se encuentran el incumplimiento de sus funciones y roles sociales que han impedido y dificultado mostrar lo fundamental que resulta la existencia de los partidos para la ciudadanía, sin embargo, vamos a comenzar por el principio, saber cuál fue el origen de los desprestigiados partidos políticos.

¿Cómo surgen?

John Aldrich en su libro ¿Por qué los partidos políticos? menciona que los factores explicativos de la creación u origen de los partidos residen en la capacidad contrastada con otros modelos de instituciones y organizaciones quienes a diferencia de los partidos no pudieron solucionar al menos tres problemáticas fundamentales que surgieron en la política democrática representativa de la época de surgimiento.

Aldrich menciona los siguientes:

  • Solucionaron el problema de la elección racional: los partidos políticos resolvieron el dilema de la decisión política referido a la consecución de objetivos políticos diferenciados en posiciones respecto a políticas públicas, valores y creencias.

Al ser organizaciones que para su funcionamiento necesariamente deben contar con una ideología, líderes representativos, objetivos finales y valores que surgen como ofertas políticas, solucionaron importantes problemas por los cuales debía pasar un ciudadano común en el desarrollo de su vida democrática.

  • Solucionaron el problema de la acción colectiva: los partidos políticos resuelven el reto de conseguir votos y recursos materiales y humanos y la logística electoral para que los candidatos que defienden determinadas políticas ganen las elecciones. Estos generaron sus propias maquinarias electorales que les permitieron ganar las elecciones haciendo más sencilla la tarea ardua de movilización que debían cumplir los ciudadanos a fin de evitar el acceso al poder de personajes peligrosos que pudieran atentar contra los derechos humanos y fundamentales de las personas.
  • El problema de la ambición política: los partidos políticos resuelven el desafío de proporcionar a las figuras políticas no solo la oportunidad de ganar las elecciones sino también brindan las herramientas para que puedan gobernar con conocimientos que les permitan generar capital social cuya consecuencia inmediata será mantenerse en el cargo desarrollando a su vez una carrera larga y productiva para su circunscripción electoral.

Como podemos inferir de la lectura, los partidos políticos han sido organizaciones especiales y fundamentales por ser agrupaciones que generaron beneficios a la ciudadanía ayudándola en su rol dinámico de participación y creando valor que permitió que se legitimen como actores sociales.

Corresponde ahora conocer cuáles han sido las funciones y encargos que han asumido los partidos desde su origen y la importancia de ello.

¿Cuáles son las funciones y roles ligados a los partidos políticos y porqué es importante que sean cumplidas?

La pregunta planteada se pude leer hasta cierto punto como evidente, es decir, si una organización cualquiera tiene funciones asignadas es determinante que estas sean cumplidas y respetadas porque la ausencia de dicho cumplimiento va a generar necesariamente una problemática generada por el incumplimiento de funciones.

Para mencionar cuales son las funciones que deben cumplir los partidos políticos vamos a hacer referencia a lo mencionado por John Aldrich quien tipifica la importancia de los partidos en lo siguiente:

En la campaña electoral los partidos son importantes porque reclutan a los candidatos, controlan el discurso político de las campañas, recaban fondos públicos y privados, organizan a los activistas y desarrollan mecanismos que aseguran la primacía organizativa del partido. Para poder entender este rol, cabría mencionar que las campañas electorales son importantes por ser el instrumento mediante el cual los partidos se presentan ante la ciudadanía para pedir el voto y de ganar, ejecutar su plan de gobierno.

La existencia de los partidos es fundamental ya que es prueba de la existencia de la competencia democrática por llegar al poder gubernamental, práctica que es sana y positiva para el desarrollo democrático de una sociedad, así mismo, realiza estructuralmente todas las funciones que permiten que el electorado pueda tener mejores herramientas para decidir en dicha competición democrática y electoral.

Como participación, Aldrich menciona que los partidos políticos desarrollan un papel fundamental en la movilización electoral ya que disminuyen los costos de la acción colectiva y solventan la paradoja del votante. Esta función es clave en la medida que su rol es necesario para el desarrollo de las democracias actuales y el contexto político social de muchos de los países con sistema democrático en proceso de institucionalización.

Respecto a la ideología, los partidos políticos emiten señales que no solamente están referidas a la reputación de los candidatos, sino también a la reputación ideológica y de políticas públicas que identifican a la organización en el continuo de posiciones izquierda-derecha.

Como una forma sencilla de entender, los partidos nos muestran la forma en la que ven el panorama político social y esta visión será determinante por ser el marco en función al cual plantearán a la ciudadanía las soluciones a los problemas de la agenda pública.

En la representación, los partidos filtran y trasladan a los gobiernos con razonable congruencia, las preferencias sobre políticas públicas por parte de los ciudadanos a través de los procesos de negociación intra-gubernamentales.

Definitivamente, esta función permite describir el existente gran contraste entre lo que pasa en la realidad y lo que debería ocurrir, sin embargo, dicha atribución también nos sirve para dimensionar la importancia que tiene el contar con un sistema de partidos institucionalizado y fuerte.

Es necesario que las organizaciones políticas trasladen a los gobiernos nuestras preferencias ciudadanas respecto a los problemas de la agenda pública y las decisiones que este deba tomar frente a ellos. También, ser parte del proceso en el que se trasladan las preferencias será importante ya que marcará el destino y resultado del producto social que recibamos como ciudadanía.

Los partidos políticos son los representantes de la sociedad y sus intereses deberían estar subordinados al mandato de la sociedad civil, no tenerlos institucionalizados o simplemente no tenerlos significaría tener una pérdida del canal más importante de representación con el que contamos y que sería difícilmente ocupada por otro modelo de organización.

En relación con las políticas públicas y siguiendo la línea anterior nos permite traer a colación que los electores deberían votar a los partidos políticos por razones de candidatos, ideología y programa de políticas; y los partidos una vez en el gobierno, debrían implementar esas políticas públicas bajo incentivos y controles varios de responsiveness y accountability.

En este punto es necesario resaltar la parte final del párrafo referida a controles y procesos de accountability, los partidos deberían cumplir con rendir cuentas respecto a las gestiones que realicen y es una doble tarea ciudadana que se debe caracterizar porque nos encargamos de solicitar respuestas y cumplir con informarnos, esto es necesario en las democracias representativas y los partidos son los mecanismos primordiales para que se produzca el control efectivo y responsable del mandato electoral.

¿Porqué son necesarios?

Para Aldrich explicar la necesidad social que tenemos de partidos políticos y el porqué de comprender el sistema de partidos, son caras de una misma moneda, ya que ambos elementos constituyen la base del funcionamiento efectivo de la democracia.

Una condición necesaria de la democracia es que existan los partidos políticos, es necesario un conjunto de partidos en competencia democrática y sostenida para acceder al poder. Los partidos garantizan competición política que a su vez es de vital importancia ya que es la competencia sostenida que se deriva en la interacción entre partidos duraderos.

También resultan importantes en la medida en la que tienen como atribuciones, funciones y roles sociales el tener fuertes raíces en la sociedad y que los votantes tengan una fuerte relación con los partidos, originando así el respaldo electoral coherente que permita realizar un control y fiscalización posterior y sostenido en el tiempo.

Su importancia también radica en la legitimidad del sistema político ya que el rol de los partidos es importante porque son los actores políticos quienes le brindan legitimidad a los partidos y sabemos que para cualquier decisión que se desee tomar a nivel gubernamental la legitimidad es factor fundamental y clave de éxito ya que sin ella no podemos hacer ni construir nada. Todo sería cuestionado y caótico, no se podría gobernar y nos veríamos seriamente afectados.

Mainwaring y Torcal en su texto denominado “La institucionalización de los sistemas de partidos y la teoría del sistema de partidos después de la tercera ola democratizadora, en América Latina” afirman que la necesidad de los partidos y los sistemas de partidos en la democracia, la estabilidad política y el gobierno son clave porque de no tener partidos y sistema de partidos institucionalizado nos veríamos introducidos en el grado más alto de incertidumbre respecto a los resultados electorales, ya que los cambios en los porcentajes de apoyo entre los partidos serían mayores haciendo difícil prevenir y saber que líderes serían elegidos representantes democráticos.

Debemos recordar que la barrera y el costo de ingreso de nuevos partidos al sistema no es necesariamente bajo, pero resulta accesible para candidatos que cuenten con recursos económicos y por ende cada periodo electoral presenta la novedad de tener o contar con la emergencia de líderes ajenos al sistema como candidatos a jefes de gobierno, parlamentarios, etc., originando múltiples consecuencias desconocidas que podrían decaer en un autoritarismo que destruiría el sistema democrático.

El tener partidos fuertes implica que nuestro sistema estará institucionalizado y permitirá prever y tener menos posibilidades de que candidatos outsiders se involucren en el sistema originando falta de predictibilidad de resultados.

Plantear un modelo de sociedad en el que no participen los partidos o estos se vean relegados implicaría sufrir la amenaza constante de tener una elección de candidatos ajenos al sistema y que resulta peligrosa en la medida de que al elegir personajes que nunca han sido parte del sistema nos arriesgamos colectivamente al panorama de desconocimiento de funciones por parte de los elegidos, la ignorancia frente a los procedimientos y la carencia de una estructura suficientemente productiva y organizada como para realizar adecuada gestión pública que genere políticas públicas que permitan satisfacer necesidades ciudadanas que de no aplicarse correspondientemente con los pedidos ciudadanos originarían caos, desorden y posible autoritarismo.

En este punto del escrito podemos identificar la importancia de los partidos para el sistema y ya hemos tenido una aproximación respecto al posible diagnóstico de su estado actual de crisis, sin embargo, existen posturas nuevas que tratan de explicar la crisis desde una visión diferente del sistema.

Entonces ¿qué ha ocurrido?…

Dentro de las posibles explicaciones que permitan dar respuesta al porqué de la situación actual de los partidos políticos en múltiples países considero importante traer a colación lo señalado por Mainwaring y Zoco en su texto “Secuencias políticas: volatilidad electoral y estabilización de la competencia en viejas y nuevas democracias” quienes plantean como tesis de respuesta a la crisis que viven los partidos respecto a su funcionamiento y roles, el hecho de que exista una fuerte relación con el momento histórico y temporal en el que surgieron como organizaciones en el espectro político.

Ambos autores mencionan que los partidos polìticos que se crearon en democracias tardías fueron históricamente menos centrales en la movilización y la creación de nuevos ciudadanos. Estos no formaron a su alrededor las redes sociales que los partidos de clases trabajadoras y demócratas cristianos se vieron obligados a desarrollar en las primeras décadas del siglo XX para sobrevivir y expandirse, siguiendo esa línea, estos nuevos partidos no consiguieron la profunda lealtad de los votantes, que sí lograron los partidos que surgieron algunos años atrás.

Mainwaring y Zoco mencionan que la fecha de nacimiento de una democracia es muy importante y será determinante para el funcionamiento de los partidos, añadido a esto mencionamos que el criterio propuesto también debería serlo al analizar su funcionamiento actual ya que simbolizan las diferencias en la labor efectuada por los partidos durante las distintas oleadas de democracia. Plantean la existencia las siguientes diferencias concretas:

En las viejas democracias los partidos se convirtieron en las organizaciones que eran vehículos de integración social y políticas de las masas de nuevos ciudadanos.

Dentro de sus causas más notables se encuentran pedidos como la extension del sufragio que les permitieron, por la magnitud e importancia de los pedidos, captar e integrar a nuevos ciudadanos en su organización y por ende en el sistema político.

Los partidos históricos construyeron organizaciones muy fuertes y ordenadas a su alrededor, lograron consolidar fuerte lealtades políticas que a menudo se encontraban enraizadas con los sindicatos y otros grupos fuertemente enraizados. A su vez esta lealtad se fue transmitiendo de generación en generación, los abuelos, los padres y los hijos de una familia crecían con una ideología política que era influenciada por generaciones representando un nivel de fortaleza que no vivimos actualmente. Es cierto que los partidos no son lo que fueron alguna vez.

Otro aspecto relevante de tocar, por más descabellado que parezca, es la aparición y clímax de la televisión como medio de comunicación de alto alcance en la sociedad, puede resultar curioso y hasta cierto punto gracioso, sin embargo, la aparición de la televisión influyó mucho en la medida que su poder de movilización y de origen de atención fue de vital atractivo para aquellos ciudadanos alejados de la política que mostraban  remoto interés de participación pero no contaban con ninguna de la estructuras que eran propiedad de los partidos políticos.

Al ver el poder que la televisión mostraba en su poder de alcance, estos candidatos outsiders o extraños al sistema ya no buscaban un partido político (organización que además pasó por un período de desacreditación vigente hasta la actualidad) para postular a elecciones y ganar ya que no tenían necesidad de hacerlo.

Para postular y tener las herramientas que la televisión planteaba solo debían recurrir a ella como medio de comunicación de gran alcance que les permitiera ser conocido entre los electores y tener posibilidades reales de ganar una elección.

Otro factor que nos ha traído este estado de crisis del sistema de partidos y los partidos responde a la mala gestión de las anteriores autoridades que fueron elegidas en los cargos de elección popular, muchos de ellos acusados de corrupción, malas gestiones, errores políticos, entre otras fallas que le han costado legitimidad al sistema.

Se realizan críticas respecto a la vigencia de los partidos como canalizador de demandas y se menciona que ya no cumplen un rol importante socialmente y al respecto cabe mencionar que evidentemente los roles que cumplían los partidos cuando recién fueron constituidos no va ser el mismo que el que deben cumplir ahora. Ahí es donde se ubica uno de los retos más grandes para los partidos, ser motores sociales en la actualidad.

Para ello, se debe analizar también los factores socioeconómicos ligados a la coyuntura ya que pueden afectar la percepción de los principales líderes políticos cuando el trabajo detrás escapa de las manos.

Luego de todo lo expuesto, corresponde preguntar ¿Qué debemos hacer?

Por las razones desarrolladas queda claro que los partidos políticos no pueden ser reemplazados ni eliminados ya que constituyen el motor fundamental del sistema de gobierno democrático y son herramientas para tener estabilidad y legitimidad del gobierno.

Ha quedado claro que lo que se necesita hacer es que los partidos que se encuentran en situación de abandono y crisis, den inició a un proceso de institucionalización y fortalecimiento que les permita llevar a cabo la bandera de sus funciones y deberes con la sociedad, lograrlo puede implicar muchas medidas, entre ellas reformas políticas y electorales que los ayuden siendo incentivos de cambio pero también se necesita que intrínsecamente los partidos sean conscientes del estado de crisis en el que nos encontramos y que amerita hacer un esfuerzo colaborativo por volver al camino democrático.

Como reflexión de cierre, me agradaría recalcar que frente al buen o mal funcionamiento de los partidos en actualidad, son importantes y totalmente válidas las críticas que se reciben por parte de la ciudadanía ya que son herramientas que permiten tener retroalimentación e intercambio de información que nos permite mejorar el desempeño de los partidos, pero de ninguna manera esta situación actual de crisis debe significar que la ciudadanía cuestione per sé la existencia y rol fundamental de los partidos. Es sencillo de entender, sin partidos no puede existir una democracia.

Referencias bibliográficas

  • Aldrich, John (2012), ¿Por qué los partidos políticos? Una segunda Mirada (Madrid: CIS). Presentación de Nieves Lagares y Ramón Maiz (pp. 13-27).
  • Latinobarómetro 2018. Corporación Latinobarómetro. Banco de datos en línea.
  • Scott Mainwaring & Marian Torcal (2005), La institucionalización de los sistemas de partidos y la teoría del sistema de partidos después de la tercera ola democratizadora, en América Latina Hoy 41 (pp. 141-173).
  • Scott Mainwaring & Edurne Zoco 2007, “Secuencias políticas: volatilidad electoral y estabilización de la competencia en viejas y nuevas democracias, América Latina Hoy 46 (pp. 147-171).

El amor cortés en El caballero de Olmedo

Maria Paredes


Uno de los dramaturgos más ingeniosos y versátiles en la literatura española es Lope de Vega, también  nombrado el Fénix de los ingeniosos; el arte teatral de la época del siglo de oro es permeada por su intelecto y creatividad fecunda.

La tragicomedia Caballero de Olmedo está basada e inspirada en un hecho verídico que había ocurrido un siglo antes de la existencia de Lope, acerca del asesinato de Juan Vivero por su vecino Miguel Ruíz en Medina del Campo, localidad española.

Dentro de la obra existe un triángulo amoroso que concluye con una fatal tragedia, pues don Alonso (Caballero de Olmedo) es asesinado por Don Rodrigo (prometido de Doña Inés) a causa de los grandes celos que le tenía. El tema principal que le da dinamismo a la historia es el amor, asunto que se configura dentro de un vocabulario poético por parte de Don Alonso, y, que sin ningún temor está dispuesto de hacer hasta lo imposible con tal de estar con ella; es un claro ejemplo de uno de los versos donde habla Don Alonso acerca del gran amor y su rendimiento como vasallo de su señora:

Mi amor

ni está ocioso, ni se enfría:                 

  siempre abrasa; y no permite           

que esfuerce naturaleza                       

un instante su flaqueza,                       

porque jamás se remite.                       

    Mas bien se ve que es león              

Amor; su fuerza, tirana;                      

pues que con esta cuartana                 

se amansa mi corazón.                         

    Es esta ausencia una calma            

de amor; porque si estuviera              

adonde siempre a Inés viera,              

fuera salamandra el alma.

El manantial de esta historia es el amor cortés, corriente literaria medieval caracterizada por manifestar el amor de forma pasional y dejar a un lado los principios y valores cristianos, que en ese entonces estaban muy arraigados los textos literarios a la religión.  La mujer pasa a primer plano de manera elogiada y glorificada, sin embargo, el amor que se emerge era considerado clandestino, dado que el caballero tenía plena conciencia de que la mujer que amaba era meramente prohibida, en síntesis , se adjudica el erotismo como el principal eje peculiar de la nobleza.

En el Tratado del amor cortés de Andrés El Capellán se proporciona un conjunto de ideas, reflexiones, reglas y recomendaciones para que el caballero enamorado llegue a lograr su objetivo primordial: estar a su lado, también explica el amor en la sociedad feudal donde el amante se proclama vasallo de la dama, como un acto de subordinación y culto hacia ella.

Habría que decir también, que el amor posee ciertas cualidades de corte noble, se caracteriza por el trato afable y elegante que tiene el caballero hacia la dama; otro punto fundamental que menciona Andrés el Capellán es el disponer de mesura y circunspección como conducta esencial del caballero. Estas conductas son necesarias para que el esposo o comprometido no descubra la relación cautelosa que tiene la amada y el amante. Ahora bien, relacionándolo con la obra, en el primer acto, don Alonso enaltece la belleza singular de su amada utilizando un léxico petrarquista: Los corales y las perlas dejó Inés, porque sabía que las llevaban mejores los dientes y las mejillas.

 Estos términos reflejan una tradición pagana en el amor cortés, ya que los deseos humanos se anteponen a lo que dicta estrictamente la religión; como bien da entender Michael Gerli en su análisis Eros y Agape: El sincretismo de amor cortés en la literatura de la baja edad media castellana, tanto fue la divinización a la mujer, que los mismos moralistas y miembros de la iglesia refutaron en contra de la nueva religión del amor.

En síntesis se da una nueva forma de percibir la vida, mediante una nueva ideología que descentralizaba la más fuerte, “la del clero”; por lo que el deleite del erotismo se mostraba en su máxima cumbre social.

La doctora Lilian Von der Walde analiza acerca de la condición femenil ante esta corriente expresiva del amor, retomando un punto sustancial respecto al enfoque que le dan al hombre en la literatura centralizando sus sentimientos y pensamientos, pero sobre todo victimizando sus acciones que hace por ella, mientras que a la mujer se le asignaba el papel de despiadada y cruel ante los sentires del caballero. Y ciertamente en buena parte de la obra, se narra con detalle las emociones y sentires de don Alonso que sufre y pasa con tal de casarse con doña Inés, tanto fue su esfuerzo del virtuoso caballero para que terminara en un funesto final: su muerte.  

Los versos de la tragicomedia Caballero de Olmedo se hicieron famosos en las regiones de España, tanto así que los trovadores cantaban con sentimiento aquellos versos que describen la muerte de un noble caballero:

Que de noche lo mataron / al caballero, / la gala de Medina, / la flor de Olmedo.

La obra Caballero de Olmedo es la historia de un amor pasional, y sincero debido a una dama, tanto así que él mismo caballero la concibe de forma perfecta y de suma belleza inalcanzable. La mujer (doña Inés) es quien lleva la batuta en la relación y quien, también, mueve las emociones de don Alonso, no obstante, ella también cae enamorada y los dos conforman un amor rotundamente fogoso.

Finalmente considero al amor cortés como la máxima expresión del erotismo y como una nueva manera de percibir la vida ante la imposición de una ideología sumamente moral y en contra de nuevos ritos enfocados al amor pagano. A pesar de que aparentemente la mujer está en primer plano por la exaltación del mismo hombre, sigue siendo un enfoque totalmente masculino, dado que los sentimientos más relevantes eran los del caballero.

 

Sinquerer de Roma

Muy sonado ha sido en todo el mundo el éxito de la cinta más reciente de Alfonso Cuarón, Roma. De la misma forma, el éxito alcanzado por la cinta ha sido utilizado por muchas personas quienes no han dudado en expresar su opinión.

La historia de Cleo, interpretada por Yalitza Aparicio, nos conduce a pasajes cotidianos en la ciudad de México en la década de los setenta. Por medio de la fotografía y un filtro en blanco y negro, nos muestra los contrastes que contenía la capital mexicana, los mundos que se encontraban entre la casa y los hospitales tal y como las recordaba el director. El agitamiento político y el conflicto que nos muestra la protagonista, nos conducen a una secuencia que emerge lentamente hasta tomar dimensiones trágicas.

La cinta fue premiada recientemente en los premios Oscar en la categoría de mejor película extranjera, mejor fotografía y mejor director. En medio de las opiniones encontradas que se realizaron, Roma no pasó desapercibida y los ámbitos en que llegó a tener impacto son considerablemente amplios.

En México, Roma sin querer despertó una serie de cuestionamientos contra la protagonista con base en su apariencia. En determinado momento, los comentarios ya no fueron únicamente la expresión de bromas u opiniones, sino una actividad que hizo volver a emerger un tema no resuelto en la sociedad mexicana: el racismo y clasismo existente en los diferentes contextos sociales, la mera noción de su reconocimiento.

En el contexto nacional, la narrativa oficialista de la historia se centra en la figura del héroe, no tanto en la forma en que se fue conformando la pluralidad del territorio. El tema no es nuevo en el país, en un texto publicado por la Universidad Nacional Autónoma de México, de Fabrizio Mejía Colín, se nos relatan las diferencias existentes aún en la actualidad, en la que desde el lenguaje se establece una exclusión sistemática que se presenta desde el periodo virreinal en las que existía la división social por medio de castas. En México, nunca ha existido una institución dedicada a la separación de diferentes grupos sociales, basados en las características físicas, no obstante, se ha creado un modelo determinado de belleza y éxito social que silenciosamente permea las relaciones que se establecen.

Hace un par de días, el Presidente de la República hizo una petición al Rey español y al Papa para disculparse ante las violaciones a lo que hoy se nombra derechos humanos. Volviéndose un tema polémico por la distancia de los acontecimientos en dos naciones que han seguido cursos casi independientes en su historia, omitiendo las situaciones de emergencia humanitaria e intercambio lingüístico.

La situación del México prehispánico y las relaciones que se establecían en el imperio azteca que gobernaba la mayor parte del territorio de Mesoamérica también eran hostiles, su caída simbólica, la toma de Tenochtitlán, es más una rebelión de sus tributarios a una conquista. Después de eso, las personas resultantes del mestizaje flexibilizaron la noción de inferioridad adhiriendo más matices y relacionándose con la pobreza. Las interacción posterior originó un país (y países en toda América Latina) donde la mezcla constante de todos los caracteres creó una sociedad distinta, resultantes de muchas culturas que habitaban en cada espacio del país.

Roma y la disculpa pedida coinciden en algo: haber hecho resurgir la cuestión de la separación o exclusión sistemática de las personas con rasgos indígenas, piel oscura o pobreza. Si se reconoce, probablemente ha sido permitido y fomentado desde los medios de comunicación, los medios electrónicos, así como las costumbres familiares y sociales. Prevaleciendo por la complicidad de las personas que asumen estas ideas como ciertas, incluso muchas de aquellas que resultan afectadas. Esto probablemente originó la desconfianza del mexicano explorada por Samuel Ramos.

La adaptación cinematográfica de ciudades desiertas de José Agustín, con nombre en pantalla ¡Me estás matando Susana! del director Roberto Sneider, conjuga de una forma extraña todo esto. En la versión cinematográfica, el romance se da entre Susana, una española, interpretada por Verónica Echinge y un mexicano llamado Eligio, interpretado por Gael García. En la versión literaria, la pareja es mexicana. En una conversación con un norteamericano, Eligio, enuncia las siguientes palabras: “México es el puro surrealismo, la pura pachanga, es una vergüenza, ¡qué país!, pero la gente está mucho más viva que aquí y está aprendiendo a expresarse, a conocerse, a no tenerse miedo, y van a ver ustedes de lo que somos capaces”.

Desde el cine y la forma en que este impacta nuestras opiniones se manifiestan fórmulas de interacción social que se han ido creando que van marcando una pauta de diferencia y distancia con el tipo de prejuicios. Partiendo desde una perspectiva que no asume el rol de superioridad o inferioridad. Quizá los países que tengan este tipo de reacciones se encuentran en un periodo de reconocimiento, ¿será esto un espacio de reconocimiento de la otredad? ¿Se estarán llevando a cabo situaciones semejantes en toda América Latina?