A Paúcar o ¿Por qué corren esos locos?

L’atletica è poesía. Se la notte sogno,
sogno di essere un maratoneta.
 Eugenio Montale

Cabizbajo, triste, resignado, el hombre de bigotes miraba la hoja sobre el escritorio con desilusión. «Señorita, por favor, hágame el servicio». Su ruego lastimero no inmutaba a la rolliza mujer sentada frente a la computadora. «Señor, ya le he dicho que estoy ocupada». Respondía ella, inclemente, con la mirada puesta en la pantalla. «Por favor, señorita, vivo lejos pa’ regresar hasta mi casa». Insistía esperanzado. Ignorándolo la mujer se volvió y miró por encima de sus lentes. «Y usted, ¿qué desea?». Preguntó, déspota, aburrida. «Vengo por la carrera». Una sonrisa se dibujó en el rostro de aquel hombrecillo.

Correr lo era todo (o una de sus grandes prioridades) para él; sus ropas, además, lo evidenciaban: camiseta blanca, buzo deportivo, zapatillas de corredor que las compró de segunda mano a otro compañero que andaba necesitado. «Tienen que acostumbrarse al pie por eso las traigo puestas». Caminábamos por Paseo de la República en dirección al Paseo Colón. Su desilusión se esfumó cuando le entregó la ficha a la mujer que fungía de secretaria en la oficina de la Asociación Nacional de Fondismo. «Bien mala la señorita, qué le costaba ayudarme, ni cinco minutos se iba a demorar». Era el último día de inscripción para la primera fecha del Campeonato Nacional de Fondismo y temía quedarse fuera.

Correr es como la vida misma. De niños nada más empezamos a caminar ya queremos lanzarnos a correr. Y eventualmente corremos y somos partícipes de ese juego, porque correr es eso: hacer algo con alegría. Corríamos detrás de una pelota, corríamos a la cuenta de tres y a ver quién llegaba primero, corríamos cuando la vieja nos correteaba a chanclazos o piedras o lo que sea que encontrara en su camino, corríamos cuando fugábamos después de tocar los timbres, corríamos con los patas del barrio o escapando de los buleros, como Forrest Gump, corríamos por diversas razones, corríamos porque sí, incluso cuando nos decían que no corriéramos, porque de alguna u otra manera correr es parte de nuestra existencia, de eso que se asemeja tanto a una carrera.

Cuando hablaba de correr al flaco, que ya andaba por sus sesentas, le brillaban los ojos, esos que poco a poco lo estaban abandonando. Ese era su martirio. «Sin lentes no puedo leer, compañero». Vivía en San Juan de Lurigancho, de ahí su súplica: regresar a casa por los lentes olvidados le hubiese tomado por lo menos un par de horas; y la oficina cerraba al mediodía. Iban a ser las once de la mañana cuando cruzamos la Plaza Grau y respiraba aliviado.

Es cuando nos hacemos ‘grandes’ que nos ponemos serios y dejamos de jugar. Pero como dice Pietro Mennea (atleta italiano, medallista olímpico en Moscú 1980): Entre el juego y la vida está la carrera, y la carrera nunca termina. No existe otro deporte que se asemeje tanto a la vida como una carrera. Ambas tienen un inicio y un final, con un abanico de emociones en su discurrir. Lo saben no solo los que corren profesionalmente sino todos. Y es que todos corremos en mayor o menor medida, ya sea haciendo footing, jogging, pruebas de velocidad, de fondo, trail, ultratrail, etc., cada uno es feliz corriendo a su manera. Lo saben también los atletas paralímpicos que sobreponiéndose a su discapacidad logran seguir con sus sueños. Correr se trata de valor, tenacidad y coraje.

«No me he presentado formalmente ––dijo extendiendo la mano––. Páucar, un amigo corredor». El incidente con la mujer indispuesta había quedado atrás, en la pequeña oficina frente al Estadio Nacional, cuando llenamos juntos las fichas de inscripción. Hablábamos de carreras y de tiempos. El viejo tenía una marca de 43’56” en los diez kilómetros. Nada mal. Mis mejores diez no bajaban de los 50’. «Es cuestión de disciplina». Decía y ensayaba un trote. Recordaba sus inicios cuando se zampaba en las pocas carreras que se organizaban en la ciudad. Corría con zapatillas que no eran para correr, pero «quién te dice que necesitas zapatillas especiales». Hay, incluso, quienes corren descalzo, como Abebe Bikila, que ganó la prueba olímpica del maratón de 1960 en Roma, imponiendo, además, una nueva marca en la especialidad.

Correr es libertad, quizá por ello muchos lo practican como una disciplina. Páucar, sabía mucho de eso. Su día empezaba muy temprano, al rugir de los motores (que en una ciudad caótica como Lima fungen como el canto de los gallos) de los primeros carros que empiezan su jornada laboral. Corría alrededor del parque de su barrio, otras veces a lo largo de la Próceres. Media hora, una hora, a veces más. «A esta edad ya tengo que hacerle caso al cuerpo», decía. Otro que sabe de disciplina es Haruki Murakami. El escritor japonés empezó a correr a la par que empezó a escribir novelas. «Y más que fuerza de voluntad––dice Haruki––, correr, tiene que ver con el carácter.  Corremos por placer no para que sea un sufrimiento. Entonces uno no puede decirle al otro que correr es estupendo, porque si alguien quiere correr, algún día empezará a hacerlo por su propia voluntad». Y el día que empiece no dejará de hacerlo, porque, además de lo placentero y de desarrollar cierto tipo de adicción, el corredor también tiene algo de locura.

«Se sufre pero se goza», afirmaba Páucar siempre con una sonrisa en el rostro, cuando empezó a contarme una de sus experiencias como maratoniano. Llegaba bien, había entrenado lo necesario para hacer una buena carrera y bajar las cuatro horas. Un día antes del evento le dio una indigestión: fiebre, cólicos, diarreas. Toda la noche en ese trance achacoso, pero en lo último que pensó fue en perderse la carrera. Sus hijos trataron de convencerlo de que no lo hiciera, su condición no era la adecuada. Su esposa poco pudo hacer más que decirle que era un viejo loco y que se iba a morir. «Mejor así ¾respondió¾ , sería una muerte digna». La mañana del domingo era fresca, todo lo contrario al calor que todavía le provocaban las fiebres. Y ahí estaba Páucar, en la línea de partida, nada le quitaría ese placer. En los primeros kilómetros se sintió bien, es más, los malestares desaparecieron, entonces pensó que podía empezar a remontar. Veinte kilómetros y se sentía volar: el viejo corredor en todo su esplendor. Un dolor punzante en el estómago le avisó que la tregua había terminado. Corrió todavía más rápido en una búsqueda desesperada de servicios higiénicos. Los encontró a poco más de un kilómetro en un grifo. «Pensándolo ahora fue una locura correr en esas condiciones». Sí que lo era. Volvió a la carrera pero solo para comprobar que se había quedado sin fuerzas. «Fue la única vez que me recogió el basurero». Dijo refiriéndose a la movilidad que recoge a los corredores que pasadas las seis horas todavía se encuentran en algún punto de la ruta.

Soledad y silencio, quien corre entiende muy bien estas dos consignas. «Cuando corro quiero pensar en el río, en las nubes, pero no, no pienso en nada, correr es eso: vacío y soledad»; dice Haruki Murakami de su experiencia. Quizá sea cierto pero en una carrera, sea la que fuera, uno se encuentra con sus pares, con esos otros locos que día tras día salen a correr por las calles, parques o carreteras. No es raro recibir el aliento en una carrera. ¡Vamos, Páucar! ¡Dale que sí se puede! ¡Go, go, go! «Eso te reconforta, compañero, eso es lo hermoso de este deporte». Cada uno corre a su manera y como puede, pero no se trata de ser individualista. La historia nos ha dejado grandes ejemplos como la de Mapourdit, un pueblo de Sudán del Sur, que a fines del 2010 se organizó para correr seis kilómetros invitando a los demás pueblos a unirse con el fin de acudir a votar en el referéndum que decidiría su independencia. Todo el pueblo se echó a correr, hombres y mujeres, chicos y grandes, juntos corriendo para hacerse sentir, para decirle al mundo: aquí estamos corriendo por nuestra libertad.

En algún momento a Páucar se le sumaron sus hijos, entonces ya no corría solo. Entrenaban y se inscribían a las carreras en tropel. Otros chicos de su barrio los veían salir temprano a correr y también se fueron sumando. El viejo corredor se convirtió de repente en el líder de una muchachada que encontró en el deporte una manera de escapar a los malos hábitos. «A esa edad andan en malas juntas y muchas veces terminan descarriados, el deporte les da cierta disciplina, les ayuda a mejorar». Un día se le ocurrió ponerle un nombre al grupo y mandar a hacer remeras. Los muchachos estaban felices con su indumentaria. ¿Y cómo se llaman? Le pregunté. «Los Chasquis de San Juan de Lurigancho», respondió orgulloso.

«No se puede morir sin haberlo dado todo», dice Kilian Jornet, de los más grandes corredores de nuestro tiempo. «No se puede abandonar sin romper en llanto por el dolor y las heridas. Se debe luchar hasta la muerte». Una metáfora de la vida. De esto se trata este deporte. Filípides corrió desde Maratón hasta Atenas una distancia de 42 195 metros para anunciar la victoria griega sobre los persas. Entregó el mensaje y murió. Lo dio todo. Es esa misma distancia que hoy miles recorren, poniendo a prueba cuerpo y espíritu. ¿Para qué?, preguntarán algunos. Nadie tiene una respuesta concreta, quizá solo lo hacen por gusto, porque quieren hacerlo y eso basta.

Páucar ya había saboreado el sufrimiento, muchas veces, pero anhelaba algo más glorioso. Tenía que ser un domingo, día que generalmente se corren las maratones. Levantarse temprano, hacer sus estiramientos, ponerse la indumentaria con el logo de su club, amarrarse las zapatillas y colocarse en la línea de partida. Correr, darlo todo, hasta el último, y echarse a volar a la eternidad. «Así me quiero ir», afirmaba con seguridad. «Así, con mi uniforme de corredor, que no me hagan nada, así nomás que me metan a un cajón y me entierren». Allí en la esquina de Wilson y el Paseo Colón se despidió con una consigna. «Hay que seguir corriendo, compañero, hasta el final».

«No es más fuerte el que llega primero, si no el que disfruta haciendo lo que hace», nada más cierto que esto que dice Kilian Jornet. Páucar de seguro sigue corriendo, sufriendo y siendo feliz, como muchos otros locos que han escogido el correr como parte de su día a día. «El atletismo es poesía––decía Eugenio Montale––, si por la noche sueño, sueño que soy un maratoniano». Soñar y correr. Eso es todo.

Lima, diciembre de 2018.

 

Bibliografía:

  • Correr es una filosofía. Gaia de Pascale, 2005.
  • De qué hablo cuando hablo de correr. Haruki Murakami, 2007.
  • Correr o morir. Kilian Jornet, 2011.

La virtud de T. S. Eliot

En la intersección de la poesía y la metafísica, la tierra está baldía y es ahí donde nace la poesía de Thomas Stearns Eliot. Poesía que nace además de la crítica literaria y filosófica, con las que Eliot se introduce en todas estas disciplinas literarias. Athenaeum, Time, Egoist, son algunas de las revistas donde escribió, siendo además editor de la última. Publica los primeros poemas en 1915, siendo el más popular The Love Song of J. Alfred Prufrock. Pero no será hasta años más tarde, con la publicación de su gran poemario The Waste Land, cuando ganará el prestigio tan merecido que le abrió el camino hasta el Premio Novel de Literatura en 1948. T. S. Eliot nació en Misuri a finales del siglo XIX, se trasladó al Reino Unido en 1914, con 25 años. Fue considerado una de las voces más importantes del mundo anglófono. No solo escribió poesía y ensayo, sino también teatro.

Es conocido como uno de los más grandes poetas filosóficos, no sólo por estar influido por los grandes poetas metafísicos barrocos del siglo XVII inglés como John Donne o Andrew Marvell y por los simbolistas franceses, sino también por introducir temas propios de la filosofía en sus poemas y obras. Estas pasaron por diversas transformaciones a lo largo de su trayectoria literaria, yendo desde el más puro intelectualismo a los movimientos más vanguardistas. El cambio más decisivo en su literatura tuvo lugar a raíz de su conversión religiosa al anglicanismo en 1927, es entonces cuando su poesía se carga de un tono trascendente y penitencial. Pero no por ello dejan de convivir diversas alusiones religiosas y profanas en sus obras, como las budistas y las nihilistas.

“Descenso más abajo, descenso únicamente Al mundo de perpetua soledad, Mundo sin mundo que no es mundo, Tinieblas interiores, privación Y despojo de toda propiedad. Desecación del mundo del sentido, Evacuación del mundo del capricho, Incompetencia del mundo del espíritu: Este es el único camino, y el otro Es el mismo, no en movimiento Sino en abstención del movimiento; Mientras el mundo se mueve, En apetencia, por los metálicos caminos Del tiempo pasado y el tiempo futuro”.

La unión entre metafísica y poesía no reside solo en los temas, sino también en el lenguaje sutil, en la ruptura de la lógica, en las imágenes grandilocuentes. Pero sobre todo hace que la voz poética se difumine y deja que el lector se vea inmerso en las imágenes.

Librarse interiormente del deseo material, Descargarse de la acción y el sufrimiento, De la compulsión externa e interna, rodeada sin embargo Por una gracia de sentido, Una luz blanca inmóvil que se mueve, Erhebung* sin movimiento, concentración sin eliminación, Un nuevo mundo y el viejo que se hacen explícitos, se aclaran En la consumación de su éxtasis parcial, La resolución de su parcial horror. Pero el encadenamiento de pasado y futuro, Tejidos en la debilidad del cuerpo cambiante, Ampara al género humano del cielo y la condenación Que la carne no puede soportar. El tiempo pasado y el tiempo futuro Sólo permiten mínima conciencia. Ser consciente significa no estar en el tiempo, Pero sólo en el tiempo puede el momento en el jardín de rosas, El momento en la pérgola bajo el azote de la lluvia, El momento en que desciende el humo sobre la iglesia atravesada por corrientes de aire, Ser recordados, envueltos en el pasado y el futuro. Sólo con tiempo se conquista el tiempo”.

Quizá la razón de la trascendencia de T. S. Eliot fue la genialidad con la que logra integrar elementos de múltiples corrientes y movimientos literarios en su poesía, cargándola a la vez de paradojas e imágenes renovadas y atemporales. Su polifacética trayectoria no deja indiferente a ningún poeta. Es conocida su amistad con los poetas españoles de principio de siglo, los cuales reconocen la admiración que le profesan y tradujeron sus obras al castellano. Por ello, para entender a la perfección la literatura de comienzos del siglo XX tanto española como inglesa es imprescindible la lectura de este gran maestro, que marcó un referente claro en la poesía y en la filosofía. Desde Poliantea animamos a todos los lectores a que se sumerjan en los versos de T. S. Eliot.

*Los fragmentos arriba expuestos pertenecen a su obra “Cuatro cuartetos” traducida por José Emilio Pacheco.

Alan García, sin salida

Walter Velásquez
Estudiante de Periodismo, director de Poliantea.


No ha sido un buen año para Alan García. El 2 veces ex presidente del Perú ha estado en el ojo de la tormenta durante estos últimos meses por ser vinculado a Odebrecht, pese a que en numerosas oportunidades negó los aportes de la empresa brasileña a sus obras realizadas en su segundo mandato (por ejemplo, el Tren Eléctrico). Ante tanto “ataque mediático”, García atinó a colocarse en una posición defensiva, casi de contragolpe, repartiendo a diestra y siniestra afirmaciones peligrosas, como la de “un golpe de Estado por parte del Ejecutivo”. No obstante,  García no solo se dedicó a atacar al Ejecutivo al mando de Martín Vizcarra, sino al fiscal que lo investiga y a los medios que empezaban a, cada vez más, dudar de su palabra. Uno de los medios atacados por la mordaz lengua de García es el medio independiente IDL-Reporteros, que ha atinado a afirmar, con evidencia en mano, que el líder aprista no solo mentía al decir que no se vendió como otros presidentes, sino que era parte esencial dentro del mecanismo de la empresa para corromper a funcionarios públicos en el Perú.

Aún no contento con las pruebas que se empezaban a apilar en su contra, y en una faceta antes desconocida, el ex presidente declamó una de sus frases más memorables, y no necesariamente por la profundidad de las palabras, sino más bien por su cáracter empirista, emplazando de forma sutil al periodista a que haga bien su trabajo con un ya clásico; ¡Demuéstrenlo pues, imbéciles!

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Seguramente en su cabeza García pensaba que estaba liberado de una próxima citación y que no habría manera de encontrarlo culpable, pero no fue así para su suerte. Días después de la cancelación de su citación, el juez de Segundo Juzgado de Investigación Preparatoria, Juan Sánchez Balbuena dictó la orden de impedimento de salida del país por 18 meses al ex presidente, solicitada por la Fiscalía. Pese a seguir mostrándose confiado, al día siguiente de serle dictada dicha medida, fue desesperadamente a la embajada de Uruguay a solicitar asilo político por ser un “perseguido político”. Incluso, congresistas de su partido como Mulder, Velásquez Quesquén y Del Castillo viajaron a Uruguay para ver en qué situación se encontraba dicho pedido. Parecía que nuevamente Alan volvería a ganar y ser inmune ante la ley, pero no fue así.

El 3 de diciembre el presidente de Uruguay, Tabaré Vázquez, en una conferencia de prensa comunicó que el pedido de asilo al ex mandatario aprista había sido rechazado. Así que toda chance de salir airoso de este proceso, al menos por ahora, se veía cada vez más reducida.

En estos momentos, la situación del señor García es una de las más complicadas que le ha tocado vivir como político, quizá equiparándola con la comisión Olivera que se encargó de investigarlo en la década de los noventa. Son 18 meses de impedimento del país, más constantes citaciones por parte del Ministerio Público. Decir que es el final sería muy rápido, ya que aún falta mucho por descubrir pero por ahora, García está experimentando, quizá por primera vez, un proceso justo. Pero conociendo su perfil luchador, echará mano a todas las maniobras y estrategias para conseguir la llave de la impunidad y para continuar siendo uno de los políticos más poderosos en la historia de nuestro país. 

La comunidad filosófica: Manifiesto por una universidad popular de Michel Onfray

La comunidad filosófica. Manifiesto por una universidad popular (2004) es una obra que, por la riqueza de sus planteamientos, se inscribe con vitalidad en el debate contemporáneo. Situándola en la producción intelectual de Michel Onfray, articula sintéticamente lo más sustancial de su pensamiento. Si bien a lo largo de su trayectoria, dicho autor ha producido una excesiva cantidad de libros, algunos de ellos algo superficiales, en este aborda uno de sus iniciativas más valiosas: la creación de la Universidad Popular de Caen. En cuanto a la forma del libro, se divide en tres partes: Fundar, Miserias de la filosofía y Elevar la filosofía. La propuesta central de Onfray es, luego de hacer un detallado análisis de la situación de la disciplina, inscribiéndola en el contexto social-político-económico de inicios del siglo XXI y “restaurar” la filosofía como tal, defender el carácter “potencialmente peligroso y subversivo” de la misma que ha perdido en lo que él denomina su “devenir institucional”. Esto, en su caso, desde la Universidad Popular que, en sus propias palabras, constituiría una “revolución puntual, concreta, parcelaria, molecular”. Cabe aclarar que, cuando el autor alude a lo “potencialmente peligroso” del pensamiento filosófico, lo hace en una línea similar a la de Bertrand Russell, quien sostuvo que “el pensamiento es subversivo y revolucionario, destructivo y terrible. El pensamiento es despiadado con los privilegios, las instituciones establecidas y las costumbres cómodas; el pensamiento es anárquico y fuera de la ley, indiferente a la autoridad, descuidado con la sabiduría del pasado” (1916). Dicho esto, se proseguirá con la exposición de lo concerniente a cada parte del libro.

En la introducción, titulada Fundar, Onfray muestra sobre qué anhelo surge todo el proyecto: la construcción de un Jardín de Epicuro, nómada, no establecido geográficamente, que exista con el sujeto, como resistencia y oposición a la trivialidad del mundo contemporáneo. Así, deja en claro la raigambre epicúrea subyacente a la creación misma de la UP. Asimismo, realiza una crítica exhaustiva al modelo de República de Platón, pues considera se edifica sobre “la autoridad, el sometimiento y la obediencia”, además de sus principios jerárquicos. El Jardín, la comunidad filosófica, representaría una forma de “microsociedad para la microrresistencia”, en devenir permanente, como también un desde donde filosofar, un punto de partida. Aquí no habría ninguna exclusión: el requisito fundamental es el compromiso consigo mismo y con la comunidad. La noción de individuo, la radical inversión de las formas pedagógicas que desarrolla el filósofo de Samos, dónde la emancipación y la autonomía son los fines, son centrales en la propuesta del autor.

En Miserias de la Filosofía, Onfray se ocupa, en primer lugar, de unas preguntas sumamente incómodas: ¿de qué manera se determina quién es filósofo y quién no?, ¿que instancias legitiman el uso del epíteto? Para él, luego de pasar revista de casos como los de Montaigne, Camus, Jean Meslier, entre otros, que son resistidos a ser llamados filósofos, los criterios existentes, en general, no han sido totalmente claros ni válidos. A partir de ahí, vuelca su mirada hacía las instancias que, históricamente, han servido para legitimar a algunos o algunos y excluir de la historiografía oficial a otros o otras.

Asimismo, valiéndose de la definición de filósofo que se tenía en la Antigüedad sostiene que “se trata de una actividad reflexiva y de meditación que da lugar a una existencia en consecuencia” (p.38). Lo último es lo que nos será útil: “da lugar a una existencia en consecuencia”. Se involucra, al “sí mismo”, la vida cotidiana. ¿Acaso el individuo no existe en lo cotidiano? Esta es la idea fundamental de Onfray: sí podemos hablar de una vida filosófica, de un devenir filosófico del individuo. Filósofo es el que realiza la conversión al mundo del saber, y cómo en la Antigüedad, se evidencia en la “manera de mantener una relación consigo mismo, con los otros y con el mundo” (p. 41).

En el mismo capítulo, se continúa analizando los peligros que acechan a la filosofía en la actualidad. El primero es el “devenir institucional de la disciplina”, la dirección por parte de la Institución (Ministerio, Estado) de los programas educativos. Aquí, se tendría que tomar con mucho cuidado las afirmaciones que hace. Si bien tiene razón en que en algunos caso ha predominado “sino el simple y llano reciclaje de discursos ideológicamente formateados, políticamente interesados e intelectualmente desgrasados” (p.58), esto tendría que analizarse críticamente en cada contexto particular. En el desarrollo del capítulo, el autor aborda la situación educativa en Francia, y al ser muy distinta a la del continente latinoamericano, estas páginas podrían parecer algo ajenas, pero, lo que es común es la preeminencia en ambas realidades, de la enseñanza reglamentada, enmarcada, vigilante, basada en el castigo, y el control. Mejor dicho, la anulación del deseo por el saber.

En la última parte del libro, Elevar la Filosofía, Onfray se aboca a pensar “la resistencia”:
cómo ejercerla, cómo darle forma, sentar sus bases, sus medios. Esto siempre tomando en cuenta lo que él mismo dice: hay que extraer el espíritu, mas no copiar al pie de la letra. Es evidente, cómo se ha especificado en líneas anteriores, que la filosofía dominada por la historiografía oficial y la concepción burocrática-administrativa de la misma, anula, cómo Onfray enfatiza, su “potencialidad subversiva”. Si la filosofía remite a preocupaciones existenciales, si hablamos de la vida filosófica, ¿no es desde ya errado presuponer que un ejercicio memorístico determine la vinculación del alumno con la filosofía? Pues en muchas ocasiones ese el único criterio que se tiene en el ámbito educativo.

Vale aclarar que el filósofo francés no es anti-académico, ni nada parecido. Rechaza enfáticamente lo que denomina “demagogia filosófica”, que sería un enfoque basado en la “recusación de lo complejo, descrédito de la inteligencia, desprecio del esfuerzo, creencia en una filosofía inmanente del sentido común, preservación de la ilusión de que todos podrían ser pensadores a su manera o reiteración del lugar común según el cual se puede filosofar economizando totalmente la historia de las ideas o recurriendo a un mínimo de conceptos y lenguaje especializado.” (p.84). Más bien, recoge los máximos aportes de la Universidad, y defiende el abordaje metódico, riguroso, que brinde lo mejor sin disminuir la dificultad de los temas.

Así pues, Onfray persiste en su propósito: rescatar y detenerse en el pensamiento que nos permite ser filósofos en la cotidianidad del siglo XXI. ¿Qué puede decir un maestro, por ejemplo, del estoicismo, para repensar un problema existencial hoy? Esto exige remover la idea de que hay solo hay un puñado de temas filosóficos -Dios, el ser, la verdad, la materia, el derecho- para ampliar el campo de reflexión, hasta las preocupaciones que atañen a todos los individuos. Entonces, ¿por qué no iniciar por el yo, la relación con el otro, la naturaleza, lo político? A partir de ahí, la invención del camino propio. Siempre perseverando en la construcción de uno mismo, revitalizando la relación entre la teoría y la práctica.

En cuanto a la Universidad Popular como institución histórica, Onfray, que le dedica únicamente las últimas quince páginas del libro, rastrea sus orígenes anarquistas, contexto en el que se desarrolla y cuales fueron sus propósitos primeros para hacer una relación con su proyecto. Asimismo, hace un paralelo y expone de que manera se desarrollan las clases en la UP de Caen, la forma en la que interactúan los alumnos con los profesores, y los objetivos futuros del proyecto. Hubiese sido valioso, también, que el autor amplié su mirada y tome en cuenta el aporte de referentes como Mario Bunge, quien creó una Universidad Obrera a los 19 años en Argentina, o también el de José Carlos Mariátegui y Manuel Gonzales Prada en Perú. Por otro lado, se destaca que el autor haga hincapié en la importancia de la tradición Ilustrada en la que se inscribe históricamente y se incluya, en la actualidad, en la misma:

En la tradición de la Ilustración del siglo de la Enciclopedia, los defensores de esta iniciativa postulan- y tienen razón- que al aumentar su cultura, su saber, su inteligencia, su capacidad de reflexionar, de conducir correctamente su razón, disminuyen las probabilidades de defender en política, como en otros ámbitos, ideas estúpidas, pensamientos insulsos, ideologías peligrosas. Aprender, comprender, captar son medios para no defender el patriotismo, el nacionalismo, el racismo, el antisemitismo, la xenofobia y otras ocasiones de trastornos. (p.143).

Y sin un orden específico, a lo largo del texto, se abordan cuestiones pedagógicas. El autor, en base a su experiencia docente, brinda ideas acerca de la inclusión progresiva del curso de filosofía en los colegios, cuáles métodos serían los más adecuados, etc. De manera muy amplia, enmarcado en una perspectiva libertaria se propone “crear oportunidades de libertad y liberación personal, ya que solo la construcción de un individuo radiante, soberano, solar y libertario es realmente revolucionaria” (p.152).

En suma, esta obra, estimulante y llena de aproximaciones originales, incorpora al debate una serie de planteamientos -pedagógicos filosóficas, éticos, etc- que merecen ser tomadas en cuenta. Ahora bien, el uso excesivamente metafórico y jovial del individuo, sumado a la carencia de un sistema que abarque cada área de la filosofía, son las debilidades de los planteamientos del autor. Sin embargo, el libro se constituye como una invitación a involucrarse en el proyecto Ilustrado, a pensar en cómo puede aportar a la divulgación del conocimiento, a hacerle frente al sentido común imperante según el cual “no se puede hacer nada” y que “todo intento es en vano”. Se trata, sin duda, de un libro que dejará al lector con potentes ideas para ejercer su participación en el terreno cultural, esto en un amplio margen de acción, ya que no se debe olvidar que la Universidad Popular es solo una formas de construir una comunidad filosófica. Los blogs colectivos, los vídeos de divulgación científica, entre otros, son ejemplos sugerentes.

 

¿Complot contra el complot? Breve acercamiento a la obra de Ricardo Piglia

Ricardo Piglia edificó su Teoría del complot con base en lo literario y en aquello que puede ser considerado ficción. Para comenzar, debemos aclarar el significado pigliano de lo que es el complot: es el grupo de personas que ejerce poder sobre los demás y se encuentra oculto maquillando su estado por medio de recursos como la desinformación y el desinterés de los ciudadanos. De esta forma la literatura toma un sentido social de protesta bajo el cual trabaja y se desarrolla; sin embargo,este “mensaje” se encuentra en el simple hecho de narrar un complot dentro de las novelas, cuentos, ficciones…

Si contamos la historia de un grupo de personas que planean un complot contra el Estado, o ya sea de alguna de sus formas o entidades, esa narración ya representa una forma de complot en sí, pues la crítica que se hace hacia el exterior concuerda con la realidad y crea un juego discursivo. Un complot contra el complot. Por lo tanto, no existe acusación o censura a la opinión ya que se encuentra como una invención, algo similar a lo que ciertos poetas de la Generación del 27 hicieron en época de persecución homofóbica a través del uso del naciente surrealismo. Como resultado, la sátira y la crítica hacia los entes de poder está dada de una manera sutil con el recurso de la letra. En su obra, Piglia afirma que todo puede ser ficcionado, aunque se deben mantener claros los conceptos de novela histórica y narrativa, es así como textos y acontecimientos cotidianos pasan al campo de la literatura y permiten cortes de lectura críticos como el complot; esto se debe a que el paralelismo creado entre realidad real y realidad representada llega a un punto de apego que toma un sentido verídico y aplicable.

Siempre se ha discutido sobre la función de la literatura, y vaya que es variada, pero en este artículo vemos con los ojos de Piglia así que no toda la literatura que se ha escrito, se escribe y se escribirá está para apta para el análisis de complot. Pero,aquella que persigue un punto similar al del autor argentino ¿cumple el ideal de rebelión de las masas?, ¿se crea realmente un complot? y si la respuesta es afirmativa ¿leemos correctamente y con ojos críticos dichos recursos discursivos? Realmente son más preguntas que respuestas y ahí radica su importancia, el pensar.

Ricardo Piglia pasa a la posteridad con su literatura y filosofía que nos demuestran nuevas formas de escritura y de lectura, en donde el receptor se convierte en un investigador cuya noble tarea es descubrir lo que un texto realmente quiere transmitir.

 

Walter Aduviri: análisis político y social

Alfredo Churata
Estudiante de Derecho


En las elecciones regionales y municipales de octubre del 2014, vimos cómo un nombre resonante salía para pelear la segunda vuelta, era Walter Aduviri aquel personaje que se hizo de fama al liderar una protesta a la que se le denominó como el Aimarazo. Gran parte de la ciudad estaba acongojada en aquel tiempo, yo mismo a mi corta edad de entonces al no saber casi nada de política sentía un poco de preocupación al saber que Aduviri tenía grandes posibilidades de liderar la región de Puno; no era para menos en Mayo de 2011 cuando inició la protesta aimara nunca hubiéramos imaginado la magnitud de esta, la comunidad aimara, liderada por Walter Aduviri, protestó por más de dos meses en toda la región de Puno y sobre todo en la ciudad, donde se dieron distintas situaciones que dejaron a gran parte de la población de la ciudad de Puno traumada y que a su vez todo estos hechos señalaban como culpable a Walter Aduviri a quién se empezó a tildar de salvaje, radical, terrorista, loco o un cholito que no sabe lo que hace.
Recuerdo que en las elecciones del 2014 para la segunda vuelta pugnaban por el sillón de la presidencia regional de Puno el entonces rector de la UANCV Juan Luque Mamani y el líder aimara Walter Aduviri. Cuando se lanzó Walter creo que pocos hubieran creído el inmenso apoyo que tuvo entonces, sobre todo por todo lo que había pasado en el 2011 con el Aimarazo, pero la realidad fue distinta, pudo llegar a segunda vuelta y estuvo cerca de ganar. Recuerdo también que cuando se hablaba de las elecciones de ese tiempo una gran parte de la población de la ciudad de Puno quería como ganador a Juan Luque Mamani, yo creo que a algunos, como a mí en ese tiempo, no les importaba quién era o por qué destacaba; qué profesión tenía o si gozaba de las facultades necesarias para liderar a nuestra región. No, eso no importaba, importaba que Walter Aduviri aquel loco que siniestró la ciudad, no gane, era un caso casi análogo como cuando se tuvo que elegir entre Keiko y PPK en las últimas elecciones, es decir, era más conveniente elegir aquel que nos iba a “perjudicar menos”. Bueno pues aquellos esfuerzos y deseos se materializaron cuando Juan Luque Mamani ganaba las elecciones, gran parte de la región y sobre todo la ciudad respiraba tranquila, ya no iba estar aquel loco que se atrevió a protestar en el 2011 por su comunidad.
Entonces, recuerdo a gran parte de la gente feliz y despreocupaba porque Walter Aduviri no había ganado, era como si nos hubiéramos liberado de un Adolf Hitler aimara, definitivamente Juan Luque Mamani era la mejor opción, claro era rector de una de las universidades más grande en Puno y eso lo avalaba a lado de un simple dirigente aimara; sin embargo un tiempo después salía una noticia: “Presidente Regional de Puno es grabado tomando en una cantina de Juliaca con el carro del Gobierno Regional estacionada en la puerta” Algunos dirían bueno pues, todos tenemos derecho a tomarnos una chelita ¿No? Somos humanos y necesitamos de momentos de recreación según nos convenga. Claro, pero eres el representante máximo de la región, no te puedes exponer a ese tipo de situaciones tan vergonzosas, o sea hasta para hacer eso tienes que ser inteligente, no es delito tomarse unas cervezas, pero ¿Exponerse de esa forma? Eres el Presidente Regional de Puno, se supone que llegaste ahí por tus facultades, si no puedes controlar ese tipo de situaciones sin exponerte de forma tan grotesca, no puedes entonces manejar una región. Ahí iba entonces aquella persona ilustre que era mejor que aquel salvaje aimara que había “destruido” la ciudad de Puno.
Ahora bien, cuando hablaba con algunos amigos sobre qué pensaban acerca del triunfo de Walter Aduviri en las últimas elecciones tuve por suerte posiciones divergentes que me ayudaron a estructurar parte de este artículo. Por un lado, algunos, con una preocupación totalmente comprensible, me decían que no estaban de acuerdo y que estamos en peligro en manos de una persona que había destruido nuestra ciudad, entre otras cosas. Por otro lado, y eso me sorprendió, muchos otros mostraban su preocupación, sí, pero de una u otra manera pensaban que tal vez podía hacer algo nuevo, algo que en verdad signifique un desarrollo, no dejaban de lado su preocupación pero saben que ya no hay marcha atrás y que solo queda esperar a ver qué hacer Aduviri en nuestra región. En pocas palabras encontré dos discursos: el primero más sentencioso y preocupante, mientras que el otro si bien denotaba preocupación en ella estaba también unas ganas de ver qué nos espera, es decir un poco de fe en lo que pueda hacer Walter en nuestra región. Yo creo que la segunda posición es la voz de una gran parte de la población que exige cambios de verdad, porque pasan y pasan los gobernantes sin hacer nada relevante, es como si solo los hubiéramos elegido para nombrarlos cada vez que nos pregunten quienes nos gobiernan y para nada más, sin acotar algo importante que hubieran podido hacer.
No estoy de acuerdo para nada con los sucesos de violencia que tuvieron lugar en el 2011 durante la protesta aimara, estoy de acuerdo con la protesta eso sí, pero las formas que se tomaron para hacerla fueron en parte surgidas de una inexperiencia política por parte de Walter Aduviri, no se comprobó aún si la Contraloría General de la República, la Gobernación y Aduanas fueron realmente siniestradas por los protestantes aimaras o sí esto fue por encargo de Walter Aduviri, sin embargo mucha gente lo cree y es comprensible hasta que no se demuestre nada cada uno sacará su propio juicio. Solo que también es posible que estos hechos hayan sido ocasionados por personas inescrupulosas que nada tenían que ver con la protesta o la comunidad aimara.
Entonces, ahora que estamos a unos días de que Walter Aduviri tome el poder de la región ¿Qué nos espera? Bueno, dentro de la historia de la comunidad andina en general nunca hubo una ley escrita o algo parecido, la única ley era la palabra la cual imperaba e impera aún sobre todo. Aduviri le dio su palabra a toda la comunidad andina, la cual él representa en todos sus aspectos, y también la que lo puso en el lugar en el que está. Tiene propuestas muy interesantes como el internet a banda ancha hacia las comunidades entre otros, pero lo que se quiere es desarrollo un que marque la pauta de una vez para el camino hacia la reivindicación de la cultura andina. Aduviri ganó con el 48% de los votos una cifra impresionante, ni necesitó de una segunda vuelta, pero de todos estos votos estoy casi seguro de que no fueron en su mayoría por parte de la población ciudadana, fueron las comunidades tanto quechuas y sobre todo aimaras. Todos recordamos lo que pasó con Cirilo Robles ex alcalde del distrito de Ilave aquel que fue ajusticiado por la comunidad aimara porque supuestamente no cumplió su palabra, bueno si fue justo o no ese es otro tema. Lo importante aquí es que si Walter Aduviri no cumple si quiera sus más importantes propuestas será la misma comunidad andina la cual lo juzgue, es decir estaremos tal vez ante un nuevo Cirilo Robles. Él está al servicio del pueblo y lo sabe y el pueblo también es la ciudad de Puno, no soy adepto del partido Aduviri ni mucho menos, pero no negaré que le tengo fe. Definitivamente no es aquel novato político que surgió en el 2011, es mucho más y tal vez nos sorprenda, si bien siempre suena tan radical hasta un punto que puede encender nuestras alarmas, debemos comprender que esa es la voz del pueblo aquel cansado de estar en la pobreza, en el olvido, sufriendo discriminación por sus propios paisanos, aquel pueblo que representa aquella cultura que por siglos ha resistido a la extinción, que a pesar de tanto abuso, muerte y violencia sigue en pie, aquella cultura que nos hace único como puneños y peruanos: la cultura andina.
Vuelvo a repetir no soy adepto a Aduviri, pero si ya hemos aguantado a corruptos, ladrones, personas que no pueden tomar sin ser grabados vergonzosamente, si hemos aguantado a gobernantes que proponían canchas de golf en Puno, entre muchos otros, por qué no a uno que es posible que realmente haga algo por nuestra región y no por lo que él es, sino por lo que representa y por quienes lo eligieron. Espero que Walter Aduviri esté a la altura de su cargo y de la gente que lo eligió pero solo el trabajo que haga hablará por él.

Fútbol, participación y sociedad: una brevísima aproximación

La FIFA, encargada de estructurar el campo futbolístico a nivel global, es, para decirlo claramente, una institución delictiva. No por casualidad, en un artículo reciente, el investigador Soto Acosta (2016) ha llegado a afirmar, analizando el accionar a lo largo de la historia de dicha institución, que puede denominarse como mafia organizada. En ese sentido, desde una óptica enfocada en las relaciones de poder, puede caracterizarse al fútbol —entendido como un campo institucional transnacional— como un espacio de por sí corrupto, que permite el enriquecimiento de mafiosos, narcotraficantes y políticos inescrupulosos. Ejemplos para sostener esto último hay de sobra y, con las investigaciones1 de #FifaGate, actualmente son semanales. Esto es, un panorama totalmente sombrío y desesperanzador que, lógicamente, nos llevaría a la conclusión de tachar al fútbol y determinar su necesaria desaparición por la obscena corrupción en la cual está inmersa.

 Por otro lado, los medios de comunicación que tienen programas para el debate en torno al fútbol, generalmente lo hacen promoviendo la banalidad, el análisis frívolo, empleando un discurso decididamente pobre y, lo peor, sustentado bajo supuestos racistas y misóginos — esto es, el “butterismo” en su máxima expresión. Además, la participación de las mujeres está subordinado a un papel secundario, muchas veces el mero “anfitrionaje”. En tal contexto, emergen naturalmente pseudodiscusiones, donde temas fundamentales como la violencia en los espectáculos futbolísticos, el rol de las mujeres en el fútbol contemporáneo, etcétera, se abordan desde el lugar común y las sentencias básicas de sabiduría popular. 

Ahora bien, he comenzado haciendo esta modesta doble caracterización del espectro futbolístico, que, obviamente, no es exhaustiva, con la intención de saber —a grandes rasgos— en qué condiciones político-sociales nos encontramos para pensar con “realismo” cualquier aspecto en términos de posibilidades y proyectos en su horizonte. Dicho esto, podemos señalar el propósito del siguiente texto que busca, en un contexto donde la muerte del fútbol parece necesaria y eminente, ser una pequeña reflexión, en una primera instancia,  sobre su potencialidad -no solo en Perú- micropolítica, en la perspectiva desarrollada por Onfray. Este autor, quien considera la fundación de la Universidad Popular de Caen como una microsociedad para la microrresistencia, reconoce la imposibilidad de establecer “cambios” en el plano de la totalidad ” o revoluciones “tradicionales”; es decir, descree de los grandes acontecimientos político-institucionales como posibilitadores de nuevas formas de organización colectiva y de formar un nuevo orden que responda la ampliación del bienestar de las personas. Por lo que, establece, una opción mucho más factible sería pensar desde ya en términos de revoluciones parcelarias, concretas. Es en este sentido donde inscribimos nuestra (re)conceptualización del fútbol, en tanto campo donde actos delimitados y concretos pueden generar una “reacción en cadena” a nivel de lo social.

De ese modo, si bien el fútbol profesional latinoamericano (por ende, peruano),  ensamblado en la lógica del capitalismo global, está inmerso claramente en las dinámicas señaladas en el inicio del texto , no se implica necesariamente que, por obvia derivación, en todos los pliegues de la sociedad donde este juego se practique se tengan los mismos propósitos y se realice a partir de los mismos horizontes de significado. Por ejemplo, Villena Fiengo (2016), desde una perspectiva poscolonial en una reciente investigación, ha mostrado cómo, en las comunidades y movimientos indígenas bolivianos, el fútbol se ha establecido como una “plataforma de vinculación indígena a la nación, pero también como un escenario para una oposición al Estado “colonial” e, incluso, para una política de transformación del Estado y la sociedad boliviana”(p.28). Asimismo, señala, a partir de la década de los 50′, cuándo Bolivia estaba gobernado por una dictadura, “el fútbol, relativamente libre de la férrea vigilancia policial, serviría como esfera pública plebeya donde las nuevas generaciones indígenas, a su modo hijas de la revolución y el sindicalismo, podían discutir sobre los problemas de las comunidades y su relación con el gobierno y la sociedad nacional” (p.27).

Enfocado con mayor amplitud, y saliendo de la retórica pseudoprofunda mainsteam de comerciales como el del Banco Santander o BBVA Continental,  el fútbol es un  plano, para muchas personas, que permite afianzar lazos sociales, la participación en la esfera pública,  ser partícipes de la vivencia de la ética y la aprehensión del sentido colectivo. Estudios como los de Pulgar Vidal (2016) o Elsey (2011), desde su óptica histórica, nos demuestran el rol de este juego en tanto que plataforma para la sociabilidad popular y canal de expresión de luchas sociales; por ende, políticas. Y esto es lo que no debemos olvidar. Como se notará, no he mencionado el lugar común de quienes pretenden mostrarnos al fútbol como espacio supuestamente “desideologizado” (recordemos a Zizek sobre lo que representa dicho concepto) , donde solo se pueden  “aprender valores”,  “disciplinar a los jóvenes” o ” cumplir sueños”, puesto que, de nuevo, eso solo significaría volver a incluirnos en dos narrativas que moldean y limitan el territorio de la  sensibilidad contemporánea: el moralista-conservador de siempre y el innovador-empresarial (“creatividad”, “innovación”, etc). 

No obstante, en la tradición histórica de los “usos” del fútbol en nuestro país, casi nunca, con excepción de las primeras décadas del siglo XX, este fue visto como un espacio para la participación comunitaria y horizontal en pos de generar la expresión de demandas en el espacio público. Cuestión que, sí se ve en Chile, donde el fútbol (clubes barriales, asociaciones, etc.), con mayor efervescencia en determinados momentos del siglo XX, siguiendo a la investigadora Elsey (2011), se politiza, y sirve como “campo”, desde dónde elaborar discursos críticos  en términos políticos y de justicia social, lo que sí tuvo manifiestos desenlaces favorables. Y eso, viéndolo desde la perspectiva de Onfray, sería un claro ejemplo de lo que se puede lograr desde el paradigma de las revoluciones parcelarias.

En esa línea, vale señalar que, en la última década, de nuevo en algunas regiones de Latinoamérica, se viene formando una fuerte participación femenina en el fútbol. Cada vez son las mujeres que, conscientes de su tiempo histórico, no solo se quedan en  una participación “light” y acrítica, sino le dan cierto sentido de reivindicación feminista a su presencia en el juego. Saben las luchas sociales que están en juego, literalmente. Estas acciones femeninas, que ponen de algún modo en “cuestión” sentidos comunes machistas y estructuras simbólicas  que han dominado las sociedades de la región, son un avance importante para tomar en cuenta. Así, académicas como Hijós (2018), valorando estas últimas experiencias,  han analizado estos procesos.

Por lo que, considero, el fútbol, pensado como un lugar para el aprendizaje del sentido de la participación colectiva y de organización, de  “alzar la voz” y utilizar la palabra, expresar desacuerdos y malestares – esto es, construcción de ciudadanía- tiene posibilidades en el Perú, hasta hoy inexploradas2. En ese orden de ideas, lo propuesto por Alabarces (2014) no puede dejarse de lado; este autor, luego de un lúcido trabajo de investigación sobre la situación del fútbol desde una perspectiva crítica, llega a abogar por su  democratización radical en términos de los clubes del fútbol profesional, donde los hinchas organizados asuman un rol protagónico.  Lo señala claramente: “la insurrección hinchística, la revuelta, la sublevación, la huelga. Que harían falta en otros territorios de la sociedad, la cultura, la política y la economía, por supuesto. Pero una revuelta de hinchas tampoco estaría mal”. (p. 206).

 Así, pues, afianzo mi postura según la cual se puede construir un fútbol, en tanto espacio, — primero que nada, desmasculinizado (alejado de los mandatos de la “masculinidad tradicional”)— que cuestione las lógicas, principalmente retóricas e institucionales, que lo han asimilado de forma tan fácil y llevado a ser una mercancía asociado a lo “reality”. Esto implica,  a su vez, marcar una distancia conceptual y de sentido con toda la  narrativa empresarial “creativa” que pretende hacer de cada elemento de la  la sociedad una especie de start-up. Por último,  recalco no he pretendido caer en propuestas ingenuas como “luchar contra el profesionalismo y el dinero” ni hacer un llamado a la “acción directa”, sino solo,  muy brevemente, repensar al fútbol y su relación con la sociedad (no repetir el lugar común según el cual “el fútbol representa a la sociedad”- Alabarces (2018) refutó dicha frase en un artículo a propósito de la violencia de la final de la Copa Libertadores-.). Asimismo,  busco estimular mayores reflexiones en esta misma línea, que, generalmente, son muy esporádicas. 

Bibliografía:

Alabarces, P. (2014). Héroes, machos y patriotas. El fútbol entre la violencia y los medios. Aguilar: Buenos Aires

Alabarces, P.(2018). La violencia es un mandato.  Recuperado de la web de Anfibia.

Hijós, N & Garton, G. (2018). “La deportista moderna”: género, clase y consumo en el fútbol, running y hockey argentinos. En Revista Antípoda, (pp. 25-42). 

Elsey, B. (2011). Citizens and Sportsmen: Football and Politics in Twentieth Century Chile. Texas: University of Texas Press.

Pulgar Vidal, J. (2016). Selección nacional de “fulbo”: 1911-1939. Fútbol, política y nación. (Tesis de maestría). Pontificia Universidad Católica del Perú.

Villena Fiengo, S. (2016). ¿DES-gol-onización? Fútbol y política en los movimientos indígenas de Bolivia. En Revista Crítica de Ciencias Sociales,  (pp. 3-32).


En el caso que nos interesa, Perú, el presidente del máximo ente institucional nacional, es decir, la Federación Peruana de Fútbol, Edwin Oviedo, está implicado en acciones delictivas, asesinatos y liderazgo en mafias.

No dejamos de lado la necesaria reflexión en términos de ciencias sociales sobre la condición de los distintos grupos étnicos y sus particulares situaciones. De ese modo, no caeremos en propuestas desfasadas o carentes de sentido.

 

http://revistaanfibia.com/ensayo/la-violencia-es-un-mandato-2/

Los dados eternos

Para Manuel González Prada, esta emoción bravía y selecta,
una de las que, con más entusiasmo, me ha aplaudido el gran maestro.

 

Dios mío, estoy llorando el ser que vivo;
me pesa haber tomádote tu pan;
pero este pobre barro pensativo
no es costra fermentada en tu costado:
¡tú no tienes Marías que se van!

Dios mío, si tú hubieras sido hombre,
hoy supieras ser Dios;
pero tú, que estuviste siempre bien,
no sientes nada de tu creación.
Y el hombre sí te sufre: ¡el Dios es él!

Hoy que en mis ojos brujos hay candelas,
como en un condenado,
Dios mío, prenderás todas tus velas,
y jugaremos con el viejo dado…
Tal vez ¡oh jugador! al dar la suerte
del universo todo,
surgirán las ojeras de la Muerte,
como dos ases fúnebres de lodo.

Dios mío, y esta noche sorda, oscura,
ya no podrás jugar, porque la Tierra
es un dado roído y ya redondo
a fuerza de rodar a la aventura,
que no puede parar sino en un hueco,
en el hueco de inmensa sepultura.

 

González Prada: el menos peruano de los peruanos

Diego Abanto Delgado
Estudiante de Filosofía


Dentro de la literatura peruana, González Prada se ubica como una de las mentes más lúcidas de siglo XIX y XX. Dentro de la historia del pensamiento político peruano, González Prada es efectivamente, como lo retrataba José Carlos Mariátegui en 7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana (1928), «el primer instante lúcido de la conciencia del Perú» . Aún así, quizá lo más resaltante que se ha dicho de él es que es el menos peruano de los peruanos, bajo palabras de Ventura García Calderón. Aquella afirmación muchas veces ha servido para disminuir su impacto en las letras, en la literatura nacional. Pero antes de zambullirnos en esta sentencia, habría primero que presentar a nuestro ajusticiado. ¿Quién es Manuel González Prada?

Nacido como José Manuel de los Reyes González de Prada y Álvarez de Ulloa y rebautizado como Manuel González Prada, intentando eliminar ese aire aristocrático que traía consigo y acercarse más a la masa, la desdeñada masa peruana. En sus primeros años, se dedicó a la poesía y al periodismo, queriendo reivindicar al indígena como lo evidencian sus poemas incluidos en Baladas (1939). Si bien su poesía no fue pulida, y es pública la actitud autocensura que tenía el peruano con su obra, habría que evaluar en los fracasos del autor—si es que se pueden considerar así a los esbozos de un pensamiento—el camino que se iba formando. Luis Alberto Sánchez señala que “La guerra del Pacífico dio vida al prosista González Prada” y acaso, más que solo al prosista, dio vida a la mente más vivaz de su época, al avivador de la chispa necesaria para que el peruano de aquel entonces y el de ahora cambie de mentalidad. Cabe resaltar pues que, durante toda la extensión de la guerra, González Prada se mantuvo dentro de su hogar en protesta a la ocupación chilena de la capital peruana. Posiblemente, en esas paredes terminó de darle forma a su bicho anarquista, a su actitud rebelde, a su insatisfacción por la situación actual. Tras la guerra, el hombre que salió ya no era pues, un aristócrata más, era—y a la vez no era—un peruano más.

El autor de Pájinas libres (1894) es también un adelantado a su época, captando la esencia de futuros movimientos que habrían de caracterizar a la literatura peruana en los años venideros. Es González Prada un convencido que la situación en la que se encontraba el país tras la guerra con Chile solo podía cambiarse si las mujeres y los indígenas eran incluidos. Y en este afán de incluir a los indígenas, habría de someterse a la ortografía propuesta por el lingüista venezolano Andrés Bello para que lo que se escriba sea como lo que se habla. Es decir, su prosa era oral, su prosa no era elitista, más allá del carácter lírico que presentara en sus metáfora, en sus figuras, en lo mordaz que podía ser al enfrentarse a sus enemigos—porque los enemigos de la patria eran los enemigos de González Prada—, en los niveles a los que podía llegar para elogiar a figuras como Miguel Grau. La literatura peruana no volvería a encontrar a alguien tan despierto, tan prolijo, tan completo como González Prada en las generaciones posteriores.

No busca proponer un programa político porque no podía, no debía existir uno si no se resolvía un vacío más grande, de qué hablamos al hablar de Perú. En su famoso discurso al Politeama, ya ataca directamente el arcaísmo, la tradición. Aquí se podría decir que nace una de las rivalidades más interesantes de la literatura peruana, la del González Prada con Ricardo Palma, autor de Tradiciones (1872). Ambos se enfrentarían arduamente por breves lapsos, mas es la iniciativa de González Prada de luchar contra la tradición lo que conseguiría que Palma se jubile anticipadamente, sirviendo quizá como el mejor ejemplo de la famosa frase del menos peruano de los peruanos; ¡Los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra!

Y en cierta forma a González Prada no se le puede “acusar” de iniciar el camino para las futuras generaciones, pues si bien sus palabras resuenan en los cimientos de la nación peruana, eran las consecuencias de su espíritu de denuncia. González Prada no deja tras su muerte una generación que pudiera considerarlo maestro, no deja los lineamientos para los futuros anarquistas del país, no deja sino su palabra, su espíritu.

La Generación del Novecientos lo evidencia. Pensadores como Ventura García Calderón habría de calificarla como la generación sin maestros, y que en busca de éstos, solo encontraron «un bibliotecario y un síndico de quiebras». Esto, en clara referencia  Ricardo Palma y a Manuel González Prada. Habrían de inclinarse, no obstante, muchos escritores a seguir no solo el estilo de su prosa sino el espíritu de Palma, dedicándose a desprestigiar el pensamiento de González Prada como excesivamente radical. «No nos reduzcamos a deplorar el mal: realicemos el bien. No nos empeñemos en destruir: edifiquemos» proclamaba  José de la Riva-Agüero en Carácter de la Literatura del Perú Independiente (1905) y así como él, la mayoría de su generación. Aún así, a González Prada lo habría de valorar Víctor Andrés Belaúnde como «la expresión más profunda y bella del sentimiento nacional, desgarrado y sangrante, después de la derrota y de la mutilación territorial» en La Realidad Nacional (1931). No obstante es la generación del Centenario de la Independencia la que acogería a González Prada casi como un maestro, es esta generación la que expresaría su descontento y no se limitaría a repetir sus frases como si esto representara que siguieran su pensamiento. No es su letra la que perdura en González Prada sino su espíritu.

Precisamente, es su espíritu quizá lo esencial, lo que sobrevive en su prosa. En una época en la que ya levantar la voz era protesta, González Prada fue más allá y señaló, poniendo los puntos sobre las íes, lo endeble que era nuestra democracia, desnudó al país y a sus intelectuales, a sus políticos y a sus ciudadanos. Su discurso fue el detonante, si se quiere, el paradigma del descontento nacional, paradigma de quiénes aún ahora, están insatisfechos con la situación de Perú. Su prosa tiene una esencia occidental, recoge los pensamientos que en ese momento se vislumbraban en todo el mundo, González Prada es el primer escritor en la historia de Latinoamérica, incluso, en ser también un escritor del mundo. Su bagaje intelectual es lo que le permite ver a su país de otra forma, le entrega una visión que sus contemporáneos no poseían. Es la figura del intelectual ideal de la época, y si se quiere, quien entrega los lineamientos de cómo debiera ser el intelectual en la actualidad.

González Prada no apela al nacionalismo barato, no es un romántico exagerado, González Prada busca la verdad a toda costa, aún así pueda derrumbar nuestros conceptos errados que podrían darle sentido a la nación. Este racionalismo habría de entrelazar toda su prosa, sobre todo en sus discursos o en sus textos periodísticos. En el discurso al Teatro Olimpo se denota más este carácter racionalista, pues invoca a sus compañeros del Círculo Literario a ser verdaderos, aunque la verdad cause nuestra desgracia, a ser verdaderos, aunque la verdad desquicie una nación entera, aunque la verdad convierta al Globo en escombros y ceniza: ¡poco importa la ruina de la Tierra, si por sus soledades silenciosas y muertas sigue retumbando eternamente el eco de la verdad! Y precisamente este racionalismo suyo, racionalismo en principio mas no enteramente, es lo que lo separa de muchos contemporáneos suyos.

No es González Prada un idealista, ni siquiera un pesimista, trasciende ambos extremos.  En su pensamiento recoge la esencia del filósofo alemán Friedrich Nietzsche al apelar a la voluntad del hombre para cambiar su realidad, apela al hombre y no a la institución. En este punto, se denota el carácter anarquista de su prosa, se presenta una problemática que el autor resuelve con algo que en ese momento resultaba una blasfemia, que la presencia de la autoridad devenía en el abuso, devenía en la corrupción, devenía en la pus del país,  que solo el ciudadano podría cambiar la situación de su país. Solo él y nadie más que él.

Entonces, tras todo lo dicho, ¿por qué es el menos peruano de los peruanos? ¿Esto de alguna forma disminuye su impacto en las letras peruanas? Jamás debiera verse este apelativo como un insulto, sino un elogio a tomar en cuenta. Es González Prada un ciudadano del mundo, el primer peruano en ser consciente que el mundo no empezaba ni terminaba en Lima, en sus circunstancias. Nada pinta más de cuerpo entero a González Prada que su descontento con la situación peruana, con lo elitista que resultaba Lima, con lo elitista que resultaban sus políticos, sus literatos, sus ciudadanos. La indiferencia y el descontento eran dos caras de la misma moneda en aquel momento en el Perú, y para denunciarla, González Prada solo podía ser visto como un radical, un extremista, un odiador, un pesimista. Mas habría que recalcar que solo quien está interesado en cambiar su realidad, expresa su descontento de la forma en la que González Prada lo hizo. ¿Esto lo hace menos peruano que sus contemporáneos? Quizá sí. El patrioterismo barato se ve representado en quiénes añoraban formas antiguas de gobierno, que no podían ver más allá de lo que sus ojos le permitían. No podemos afirmar que este intelectual veía el horizonte, pero sin duda esclareció el panorama para que los futuros intelectuales sí pudieran verlo, pudieran convertir en verbo lo que él dejó en el tintero.

A cien años de su muerte, aún se puede decir de él lo que dice de Vigil. “Pocas vidas tan puras, tan llenas, tan dignas de ser imitadas. Puede atacarse la forma y el fondo de sus escritos, puede tacharse hoy sus libros de anticuados e insuficientes, puede, en fin, derribarse todo el edificio levantado por su inteligencia; pero una cosa permanecerá invulnerable y de pie, el hombre”. Y aún así, sentiríamos que nos falta por decir algo pues, en palabras del propio Gónzalez Prada, todo hombre quiere su epitafio. El de González Prada aún se está escribiendo, pues mientras su espíritu siga vivo, mientras haya alguien que se estremezca con lo que este hombre declama, no habrá epitafio que escribir, pues —aún—no hay González Prada que enterrar.

La Navidad del consumo o el consumo de la Navidad

En más de una ocasión hemos escuchado que la Navidad es “la mejor época del año”, la “época apropiada para compartir”, la época en la que recordamos que existe alguien más además de nosotros. Si paseamos a lo largo de las calles y avenidas de cualquier ciudad, si osamos entrar en algún centro comercial o supermercado, en cualquier parte del mundo, nos encontraremos con una grotesca escena, la exacerbación del consumismo y la parafernalia propia de las transacciones. El fenómeno ha imbuido a la sociedad, como un vórtice que atrapa todo aquello que está a suficiente distancia como para devorarlo. El hombre se vuelve presa del sistema que lo seduce, lo atrae y lo devora, volviéndolo un autómata, enajenado de sí mismo, de su conciencia y de su realidad más allá de la pantalla del mercado.

Frente a esta realidad, se presenta de manera imperante la necesidad de analizar y comprender la razón de este comportamiento. Al hacerlo, se puede comenzar a pensar en un antídoto a esta sinrazón llena de incoherencia. En las siguientes líneas se procurará analizar ciertos parámetros propios del comportamiento social y, finalmente, cuestionar en búsqueda de una respuesta antagónica a esta realidad.

En más de una ocasión, en sus obras, Nietzsche utilizó la frase “Dios ha muerto”. Con ella no afirmaba directamente el ocaso de las figuras teológicas propias del cristianismo. Más bien, su referencia estaba direccionada a los procesos de transformación social y a la diversificación de las motivaciones éticas, antes enfocadas en valores morales absolutos, que perduraron por aproximadamente dieciocho siglos. Con una nueva consideración antropológica, el ideal griego de comunidad, de polis, se vio desplazado hasta el punto de caer en el olvido.

El individualismo se ha convertido en el alma del sistema. Por ello, con el afán de subsanar una conciencia atribulada por la incapacidad de reconocer a la otredad, se cae en una de las trampas constituidas por el mismo aparataje, el exacerbado consumismo. Se transforma en una práctica común de padres que quieren compensar las carencias afectivas de sus hijos; lo hacen los dueños de las empresas que no han temblado al explotar a sus obreros; lo hacen muchos grupos religiosos, a fin de justificar la falsa piedad en la que tienen atrapados a sus feligreses. Y este es apenas el punto de partida.

A manera de convención, el sistema ha procurado adoctrinar a sus miembros en torno al proceso de la culpa. El orden al que la sociedad debe adecuarse gira en torno a sus mecanismos de frustración, culpabilidad y negación. Todo este proceso forma parte de un entramado que ha calado profundamente en el tejido social, generando un espíritu débil y fragmentado. La manera en la que cualquier individuo puede ser “bien visto” por sus iguales dentro del pseudo-sistema de bienestar, depende de la apariencia que tiene, de la máscara que es capaz de construir, en torno a su potencial de adquirir. A lo largo de los 365 días, pero especialmente en esta época, somos lo que alcanza nuestra capacidad adquisitiva.

Thomas Hobbes recuperó la frase homo hominis lupus est (El hombre es el lobo del mismo hombre). Con esta frase procuró que el énfasis, especialmente enfocado sobre los procesos de gobernanza y los nuevos órdenes sociales que comenzaban a gestarse, hiciese eco y favoreciera a no cometer los errores que él había presenciado. Lamentablemente, el hombre no ha dejado de ser víctima y victimario de su propia realidad. Prevalece la consonancia y la armonía en torno a procesos degradantes, manifestación de la estropeada moral, más estructurada como un discurso efímero, que como un hábito social.

La degradación social, en favor de una visión netamente individual, ha hecho del ideal de un mundo diferente, un espectáculo. El ideal de sembrar la semilla de la esperanza en la sociedad, lleva a quien lo enarbola a una especie de “coliseo romano” actualizado, un circo en el que el ecléctico es burla y mártir de sus semejantes. De la misma manera, nuestra sociedad ha hecho de la navidad una muestra de tal espectáculo.

Pese a todo, no se puede hacer una afirmación general a partir de lo previamente señalado. El recuerdo que pervive en el fondo memorial de la sociedad, ansía por brotar de la oscuridad, en búsqueda de la luz. Pensar que la deconstrucción de estos supuestos paradigmas es una opción, genera esperanza y hace brotar en los corazones una llama que los mantiene vivos en una sociedad desgarrada y herida. Esa llama, vivida desde su sentido originario, es a lo que debemos llamar Navidad. Es momento de pensar ¿qué nos queda por hacer?

Balance del cine peruano en 2018

Diego Felp Llerena


Desde hace un par de años ocurre un fenómeno curioso en el cine peruano, presentando un crecimiento tan favorable que ha ganado presencia en los festivales de cine más importantes del mundo y aunque muchas veces un premio no es necesario para que una cinta sea una verdadera joya del séptimo arte, no es un hecho aislado que el cine peruano se encuentra en un constante crecimiento.

Por este motivo me complace hablar en esta ocasión de lo mejor que dejó el cine peruano en este 2018 y no estoy hablando del cine que muchos detestan por tener faranduleros o cómicos sin gracia en sus filas sino de ese cine peruano que lucha contra todo pronóstico para salir a las salas, de aquel que corre el riesgo de exhibirse solo una semana en las principales salas de cine, del cine que apuesta por una propuesta creativa, de principio a fin, más allá del resultado económico. 

Wiñaypacha

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La piedra angular de este año y el más claro ejemplo de cómo prevalecer ante éxitos comerciales como Infinity War y es que entre todo los estrenos de media noche y los horarios copados a más no poder, Wiñaypacha parecía no tener esperanza y su salida de las salas estaba pronosticada para el  primer fin de semana.

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Pero la respuesta del público fue magistral y fue el mismo público el que hizo posible que la ya legendaria cinta aymara lograra quedarse un mes en las carteleras locales. Una nominación a los premios de la Academia no es necesaria para que una cinta demuestre su valor artístico en el medio; sobre todo cuando en ella se respira un aire a honestidad y amor a las raíces de nuestra tierra y la búsqueda de quienes somos realmente ante el paso del tiempo y la vida.

La casa rosada

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El terrorismo es una herida que tal vez nunca sane en nuestra sociedad y pese a que muchos les hastíe, la mejor manera de enseñar lo que pasó es por medio de medio audiovisuales. La casa rosada es una cinta que nos hizo ver el dolor humano,la miseria,el miedo y la perdida ante la vista de la niñez esto expresado como una dolorosa agonía de un padre y sus hijos en el convulsionado Ayacucho de los años 80 y sobre todo esto se puede decir que su historia es más que una simple película de terrorismo ,es una epopeya que demuestra la crudeza de aquellos años; lo que vivían los pobladores y militares y la larga herida que causó el terror en la vida de todos ellos. Cintas como estas nos enseña que los errores del pasado jamás deben repetirse.

El abuelo

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Después de tanto dramatismo y crudeza, una cinta más calmada y fresca y es que es curioso como mucha gente se mata vapuleando al cine peruano, tildándolo de grotesco, sin gracia y repleto de cómicos ambulantes pero es triste saber que muchos no ven la otra mitad del cine nacional: ese cine que no tiene escandalosos en sus filas; ese cine honesto y trazado a entregar una historia hermosa. 

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El abuelo nos cuenta la historia de Crisóstomo un anciano de 80 años que decide realizar un viaje a su natal Huamanchuco; en esta aventura lo acompañan su hijo y sus nietos y lo que parece una comedia simple termina convirtiéndose en una road movie al más puro estilo de Little Miss Sunshine; un viaje que desgrana los fantasmas y temores de cada miembro de la familia. Vale destacar enormemente que lo mejor de la película son sus parajes naturales, aquellos parajes que no son americanos o europeos sino peruanos y que contrastan a la perfección en cada escena. En conclusión, una oda a la familia contada de manera divertida y relajada.

Rosa Mística

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Le llegó el turno a una cinta histórica y digo histórica ya que hoy en día no se ven cintas de personajes importantes en el cine peruano y es que Santa Rosa de Lima es pese a todo parte de la tradición y riqueza de la cultura peruana. Rosa Mística es la exaltación de la mística limeña que envuelve las tradiciones que se han mantenido durante mucho tiempo y que pese a la opción religiosa de muchos no podemos negar que son estos mitos y tradiciones los que hacen tan especial al Perú.

Esta película hace énfasis de lo que fue Santa Rosa como mujer y como religiosa sobreponiéndose a las diferentes barreras de su época que le impedían seguir su camino de fe y es en esta cinta donde vemos a una Santa completamente humana, un personaje femenino crudo y fuerte que se sobrepuso al contexto de su época para trascender en su misión social y marcar su papel en la historia de nuestro querido Perú.

Vientos del Sur

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El folklore andino no podía faltar en las filas de este 2018 y como resultado tuvimos a una cinta cuzqueña que trajo nuevamente el tema de los tapados incaicos y su misticismo andino plagado de un simbolismo total sobre el amor por nuestros orígenes y sobre lo que somos y quienes somos en nuestro destino. Nuevamente el escenario se roba el show con los increíbles parajes cuzqueños tan hermosos y reales dentro de nuestra hermosa tierra que debemos apreciar con fervor y cariño.

Muchos se la pasan criticando al cine peruano tildándolo de morboso, sin gracia o farandulero pero la realidad es que muchos piden cintas de calidad y al momento de presentarse nadie les presta atención y cintas tan buenas como las mencionadas arriba se pierden en su primer fin de semana de estreno, una triste realidad que tal vez no cambiará en los próximos meses, pero queda la gratitud de saber que en Perú, y así en toda Latinoamérica, realmente se produce buen cine de calidad, tal vez no en la cantidad deseada pero sí hay.