La (maldita) primavera chilena

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No somos imbéciles. No somos ignorantes. No tenemos miedo. No somos los consumidores pasivos que la prensa, el gobierno, los políticos y los empresarios piensan que somos. En estos días hemos visto cómo los canales de televisión, otra vez, nos engañan y manipulan con informaciones que proceden de una línea editorial clara y definida: la extrema derecha chilena. “Fabricarán una vez más la mentira que corre / la duda que se instala / y tanta buena gente en tanto pueblo / y tanto campo de tanta tierra nuestra / que abre su diario y busca su verdad / y se encuentra con la mentira maquillada”, dijo Julio Cortázar. La información no es algo objetivo por sí mismo, sino que está asociada a un gran componente ideológico detrás. Es obvio, lo sabemos. La historia misma, como relato, es una estructura determinada siempre por una historiografía, la cual representa el punto de vista desde donde esa narración cobra realidad. En nuestro país, durante muchos años de dictadura (y hasta hoy), seguimos leyendo “la historia de Chile” desde una historiografía de derecha, que desconoce, entre otras muchas cosas, el rol de los pueblos originarios (Villalobos) y ensalza figuras como Diego Portales (dictador). Triste. Gracias a otras plataformas y a la universidad podemos acceder a otras perspectivas y ampliar este acotado punto de vista.

Pero esto no termina ahí: sucede que ahora ni siquiera existirá la asignatura de Historia, porque los sagaces gobernantes la han sacado de los estudios obligatorios. Con la información divulgada por la prensa el asunto de fondo es igual de grave: nos cuentan una narración a su medida, manipulan los hechos para armar su relato y nos hacen partícipes de una realidad ideologizada. Es lo que está pasando hoy con “las colas en los supermercados”. Somos (quizás) el único país cuya casi total prensa escrita y televisiva está en manos de la derecha y el poder económico. Tenemos un canal “estatal” manejado por el gobierno de turno y diarios manipulados por familias poderosas, representantes de la derecha más extrema, momia y pinochetista. Al amparo de una precaria ley, desde los 90s comenzaron a proliferar los grandes holding comunicacionales (televisión, radio y prensa escrita) en manos unos pocos. El Grupo El Mercurio maneja LUN, La Segunda, La Estrella, El Llanquihue, El Diario Austral, Emol, entre otros; su dueño es la familia Edwards. El Grupo Copesa: La Tercera, La Cuarta (el diario popular), La Hora, Paula, radio Zero, Duna, Carolina, Bethoveen, entro otros, son manejados por la familia Saieh. Todo lo que leemos en la prensa es manejado por la derecha chilena. También lo sabemos. Hoy, luego de despertar del sueño dogmático, hay muertos, pánico y una profunda rabia desatada. Solo hemos pedido dignidad, y nos han tirado a los militares en la cara. Un mes estuvieron los profesores marchando pacíficamente, UN MES, y nadie los escuchó. Al contrario, comenzaron los despidos masivos.

Se hicieron, por años, mesas de trabajo comunitarias para una asamblea constituyente (para de una vez sacar la constitución del 80 que es la lacra y piedra de toque de todo este sistema desigual) y fue completamente ignorada. Multitudinarias marchas pacíficas por No+APF, por la violencia de género, por la educación y por la salud como garantías mínimas para los ciudadanos, y no nos escucharon. Los estudiantes evaden el metro y les disparan y como esto se descontrola sacan a los militares a la calle. Esto va en escalada porque el gobierno ocupa el truco bastardo de crear un relato mentiroso culpando al mismo demandante, donde el foco está en los saqueos y el vandalismo, que hemos visto por videos y fotos de la prensa oficial. Lo asqueroso es este montaje. Hacernos pasar gato por liebre, como nos pasaron en los ochentas con el “milagro chileno” económico, que solo privilegió a los poderosos. Ahora, el metro aparece quemado de la nada y saquean los supermercados justo cuando no están los cientos de militares que andan con fusiles por las calles. Da mucha rabia ver cómo nos pintan la cara. Pero ya no somos los mismos de antes. La prensa maldita, cobarde, encubridora, la televisión oficial, solo muestra colas en el supermercado, incendio tras incendio, parados destruidos. ¿Creen que somos imbéciles?

Los videos de militares golpeando mujeres y niñas, disparándoles, están ahí y los podemos ver. Pero en el celular y no en la TV, ni en la radio, ni el diario. Señores milicos y gobernantes, no contaban con la astucia de iphone y samsung, de Facebook e Instragram, de Twitter y Whatsapp. En el 73 nos incomunicaron, nos mintieron 18 años, fuimos presos de la ignominia, nos hicieron ver “Sábados Gigantes” por décadas para entreteneros de la manera más burda, mierda en pulcras columnas. Hoy es distinto, para bien o para mal (yo creo que para muy bien) existen redes de comunicación donde podemos “informarnos” por los verdaderos periodistas de hoy: nuestras familias y amigos. Los otros, los rostros de televisión, en quienes aún podíamos confiar, nos han traicionado y abandonado, participando de este circo de manipulación mediática que tiene un solo editor: el presidente. Por los videos de nuestras familias y amigos, grabados desde sus celulares, podemos ver la barbarie que están haciendo en Chile y todo el mundo se está enterando. Se sabrá la verdad de las muertes, los asesinatos y violaciones e los derechos humanos. Nuestros gobernantes y la prensa en esta terrible primavera chilena, han sido unos chacales de la mentira.

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El peso que tienen las palabras es todo. Para quienes amamos las palabras, quienes gozamos leyéndolas y escribiéndolas, entramando sus posibilidades y usos, sus códigos y aperturas, las palabras dan tanta vida como muerte. Se integran en nuestra vida cotidiana como el pan y son nuestro alimento, las amasamos, las bebemos, las convertimos en nuestras compañeras. Muchas veces, una sola palabra puede ser el gatillo que hace disparar una multiplicidad ideas. Otras veces, una solo vocablo es tan certero que no necesita acompañantes para dar en el blanco y señalar aquello que se nombra. Sí. Usar una palabra es usar una bomba: si se da el blanco, la explosión se expande dejando una estela de nuevos significados y significantes, pero el epicentro queda allí, como una marca. Para una generación completa de chilenas y chilenos —y quizás para muchas más — el uso de la palabra “Pinochet” desde un simple apellido pasó a ser un nefasto campo semántico. No digamos precisamente un noble campo de flores, ¡por favor!, sino al contrario: una desoladora pampa de inmundicia y muerte. Un antiuniverso de maldad que comprende, por ejemplo, estos pocos y resumidos conceptos: dictadura, golpe de estado, asesinato, muerte, crímenes, violaciones a los derechos humanos, tortura, detenidos desaparecidos, ejecuciones, allanamientos, toque de queda, sangre, traición, vergüenza, horror, genocidio, fascismo, militares, impunidad, robo, infamia, derecha, toque de queda, caravana de la muerte, atentados, víctimas, estado de sitio, crueldad, régimen, censura a medios de comunicación, poder, ejército, manipulación, fusilamientos, antidemocracia, corrupción, deuda, falsa economía, terrorismo, incumplimiento, rabia, asco, miedo, abuso, injusticia, sinrazón, ilegalidad, repulsión, inmoralidad, indecencia, deshonestidad, obscenidad, impudicia, desvergüenza, violencia, homicidios, delitos, felonía, indignación, terror, alevosía, vileza, maldad, bajeza, ignominia, deshonora, oprobio, estafa, acusación, abusos, bribonería, trampa, mentira, falsedad, indignación, cólera, ira, ofensa, frustración, dolor, tristeza, amargura, martirio, tormento, padecimiento, pena, sufrimiento, aflicción, desamparo, abandono, orfandad, soledad, desánimo, congoja, repudio, desprecio, aborrecimiento, rechazo, repulsión, desdén, odio, aversión, encono, tirria, antipatía, hostilidad, enemistad, menosprecio, desestima, desprecio, rivalidad, antagonismo, oposición, abominación: MUERTE. En Chile y el mundo decir Pinochet es decir muerte.

Reviso esta corta lista de conceptos (porque se queda demasiado corta) y no encuentro ningún sustantivo, infinitivo, verbo ni adjetivo, que no se aplique a Sebastián Piñera. En una semana, esta persona que era, a pesar nuestro, un payaso con poder del cual nos reíamos en chistes con cada majadería que pronunciaba en sus discursos, siempre hipócritas y mentirosos, este individuo avaro, ambicioso de poder y con una megalomanía sin precedentes, pasó de ser el presidente más detestado de Chile (cosa no menor), un imbécil e incompetente, a algo mucho peor: un asesino y criminal. No sabemos qué pasa por la cabeza de este sátrapa y de qué más es capaz. Su maléfica sagacidad consiste en ser impredecible. Lo que sí es un hecho real, y con todo el dolor y el peso que esto significa, son las muertes, torturas y violaciones que se han cometido en estos 7 días en Chile. Y que siguen sucediendo.

Una sola persona les dijo a esos machitos de cuarta, los milicos de Chile, que se creen valientes por llevar una metralla al hombro y más audaces por lanzar fuego contra su propia gente, una sola persona les dijo a esos conscriptos sin estudios y soldados maleducados que estábamos en guerra y por lo tanto, una sola persona, un solo hombre es el primer responsable de estas muertes: el presidente de la república Sebastián Piñera. Y de ahí para abajo, culpables también todos quienes lo acompañan. Hoy la palabra “Piñera” se ha transformado en un concepto: engloba tanta sangre como la palabra “Pinochet”. Piñera ya no es un apellido, Piñera es un insulto. Jamás como ciudadano de Chile pensé que podría existir una persona capaz de superar a ese sujeto abominable, vergüenza para la historia de la humanidad, como lo fue Augusto Pinochet. Sin embargo, lo que ha sucedido es tan grave, que decir Piñera es y será desde hoy decir Pinochet. Sin darnos cuenta, estamos frente a un personaje del mismo calibre. Un asesino.

Las palabras también hacen historia y nuestro derecho como escritores, lectores y amantes del lenguaje es poner a los asesinos en el lugar semántico que se merecen. Usemos el lenguaje a nuestro favor y que desde ahora Piñera se seque no solo en la cárcel, como esperemos que suceda como mínimo acto de justicia para todas y todos los asesinados, heridos y torturados de Chile, sino que permanezca en la oscura memoria de las palabras que son sinónimo de muerte. Solo así esta maldita primavera de Chile no habrá cantado en vano.

Hablemos sobre el aborto

Maria Font
Escritora peruana


En esta lucha está en juego nuestra propia dignidad,
y por eso decimos que no es una simple
reivindicación:
no ser consideradas como cosas,
sino como seres humanos dispuestos a vivir
una vida digna de ser vivida.
Dora Coledesky Fanjul,
Buenos Aires, junio de 2003

Hablar de aborto para las mujeres es un tema que tiene una profundidad más trascendente que una mera data estadística o una línea de tiempo que marque los hitos históricos de luchas feministas.

Pensaba mientras ordenaba la información que tenía sobre las movilizaciones realizadas en el Perú con el fin de lograr la legalización del aborto en todas sus causales, que a las mujeres este tema nos atraviesa desde adentro y, puede sonar un poco esencialista, pero de alguna manera las sensaciones y emociones que comienzan en el cerebro terminan por reproducirse en todos los órganos y, pensaba, que cuando una lee un cartel de “atraso menstrual”, sin importar la posición política que cada mujer tenga o la clase social a la que pertenece, a todas nos pasa un poco de electricidad por la espina dorsal, la intensidad varía de acuerdo a cuánto capital económico una posee. Las más pobres entienden estos anuncios desde la tragedia existencialista que guarda la metáfora y las que cuentan con un mayor capital económico, se limitan a gesticular con la boca, porque saben que significa problemas, pero en su caso es uno que pueden resolver. Pero a todas nos toca, porque incluso si no hemos vivido un aborto, todas en algún momento hemos escuchado la historia de otra compañera buscando ayuda o hemos tenido un retraso, o hemos estado esos tres minutos frente a una prueba de embarazo y hemos esperado ver las dos líneas rojas mientras pensábamos en todas las cosas que cambiarían trascendentalmente luego de eso.  

Quería comenzar esta pequeña disertación hablando de una chica de diecinueve años que en el 2012 quedó embarazada. A diferencia de muchas, ella no sabía qué era el feminismo o qué era el misoprostol. Se realizó una prueba de embarazo en el McDonald’s de Risso junto a su mejor amiga. Cuando vieron el resultado, su amiga, quien tampoco sabía qué se hacía luego de aquello, le dijo: Cómprate un pucho y fumemos, de repente así se te baja. Fumaron y se rieron, hasta que a la chica le tocó regresar a casa y enfrentarse con su realidad. Ella se encontraba a mitad de una carrera que había abandonado por un año, luego de una crisis depresiva y consumía más de diez pastillas diarias, entre antidepresivos, antipsicóticos y acababa de terminar una relación larguísima. Cuando le contó a la otra persona responsable y se hizo la prueba de sangre, confirmaron ambos el resultado. Luego vino la ecografía, donde descubrieron que en el colmo de la irresponsabilidad, ella tenía tres meses de embarazo, minutos después de saber los resultados, el médico del “local” les dijo que quería conversar con ambos. La chica sentada frente a un doctor bastante mayor lo escuchó hablar sobre una “solución” a sus problemas, nunca se pronunció la palabra aborto, siempre fueron sinónimos. Todo eso mientras el doctor le decía a ambos que eran un par de idiotas, luego, como siempre todo repercutió en ella, le dijo mirándola a los ojos que por la cantidad de pastillas que consumía solo podía tener un monstruo en el útero, así que no tenía caso pensar si quiera en tenerlo. Cuando salieron del lugar y caminaban, el chico le dijo a la chica que le daba miedo todo y que lo mejor era dejar que todo siga su curso. La chica solo miraba hacia la avenida sin saber qué decir, pero nunca pasó por su cabeza la idea de la maternidad y le parecía ilógico plantearse una decisión de esa naturaleza en la situación en la que se encontraba: sin un trabajo, sin estudios terminados y apenas saliendo de su última recaída.

Camino a casa, el chico le habló de la vida idílica que tendrían y ella le dijo que necesitaba terminar con todo cuanto antes. Volvieron a la realidad y quedaron en hacer todo tres días después, tiempo en el que conseguirían el dinero. Los días que siguieron la chica se dio golpes en el estómago hasta tener moretones, tomó agua de orégano hasta vomitar y al día siguiente una cantidad explosiva de aspirinas, todo gracias a los métodos caseros que descubrió luego de una googleada.

El día acordado llegó y la chica se preparaba a salir, pero llegó una llamada telefónica, minutos después su madre entró a su cuarto y le dijo: Era X, me acaba de decir que estás embarazada. La discusión fue tan fuerte que la chica terminó en plena crisis, pero totalmente fuera de sí llegó a llamar por teléfono a X, y mientras lo insultaba a él y a toda su familia algo en su organismo empezaba a fallar. Gritó tanto que su garganta quedó totalmente roja y por el dolor que eso le produjo no sintió nada hasta que entró al baño. Lo que siguió fue percatarse de que se encontraba sangrando muchísimo y lo único que pudo pensar en ese momento fue que por fin el universo se había puesto de su lado.

Cuando pienso en la chica, siempre creo que tuvo una suerte infinita. A diferencia de muchas, no tuvo que tomar misoprostol sola ni pasar por las arcadas, las náuseas, la fiebre, la diarrea y la angustia le duró pocos días. Algo que siempre se me viene a la cabeza es que, si viviéramos en un Estado honesto, ella debió tener acceso al aborto terapéutico, porque, fuera de lo dicho por aquel doctor: ¿Es correcto que mujeres jóvenes que no quieren ser madres y tienen un historial psiquiátrico sean obligadas a continuar con un embarazo?  Siempre que leo anuncios de “atraso menstrual” o me llegan noticias sobre la legalización del aborto en algunos países pienso en la vida que pudo tener aquella chica y me alegro hasta el infinito de la oportunidad que tuvo.

En nuestro país el aborto terapéutico es legal desde 1924 y en el 2014 por fin tuvo un protocolo y pudo empezar a aplicarse, sin embargo; de acuerdo con el informe presentado por Foro Salud el año pasado, actualmente se invierte poquísimo en la capacitación de los doctores y la difusión de la información básica de esta información. Por otro lado, el documento aprobado el 2014 no cumple las exigencias de la realidad y se dan casos en que los doctores simplemente por ideologías personales retrasan el tratamiento de las mujeres hasta que pasan de las veintidós semanas de gestación (1) y se ven obligadas a terminar un embarazo no deseado en el marco de una enfermedad crónica. ¿Esta realidad no es una vulneración de los derechos de todas las mujeres del Perú a gozar de una salud íntegra? ¿Cuántas niñas terminan empujadas a ser madres por desconocimiento del personal médico sobre esta ley?

En el 2015 se realizó un debate en el congreso donde se debatió la aprobación de la ley número 3839-2014-IC (2), conocida como Déjala decidir, iniciativa ciudadana que fue apoyada por diversas ONGS y buscaba la legalización del aborto en casos de violación sexual. Entre los argumentos que la mayoría de los congresistas presentó estuvo el de la constitución: “Dice en la constitución de 1993 que la vida se inicia desde la concepción, por lo tanto, pensar en legalizar el aborto es ir contra la vida de un ser humano y bla bla bla”. Recuerdo esa frase, las demás iban desde citas directas de la biblia, hasta argumentos que recordaban a las clases más mediocres de biología. Volviendo a mi punto, se habló hasta el hartazgo de la constitución, pero nadie recordó que según ella las mujeres y todos los seres humanos tenemos derecho a una vida plena y a una salud integral. ¿Es criminalizar a las mujeres que abortan ejerciendo su derecho a decidir sobre sus proyectos de vida, una forma de preservar la vida plena de las peruanas? ¿Es obligar de manera estatal a las mujeres que quedan embarazadas luego de una violación sexual una forma de tortura?  La respuesta a la primera pregunta es un rotundo NO y a la segunda una afirmación.

Déjala decidir fue archivada con cuatro votos a favor y seis en contra.

Imagen que contiene captura de pantalla

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(https://twitter.com/DejalaDecidir/status/669265980384657408)

El 2016 se presentó la ley N° 387/2016-CR que buscaba nuevamente legalización del aborto en casos de violación y hasta ahora no se ha debatido adecuadamente.

La realidad del Perú en la actualidad es que se vive un genocidio de estado contra las mujeres, porque diariamente niñas, adolescentes y mujeres adultas de las clases más precarias mueren por falta de recursos para realizarse un adecuado aborto de manera segura. Asimismo, por culpa de las mismas bancadas que no permiten la despenalización del aborto, no existe una educación sexual en los colegios de manera real y el número de jóvenes embarazadas sigue en aumento según la última encuesta de INEI (3). Es decir, a nuestros gobernantes no les importa la salud de ninguna de nosotras, no hay necesidad de expresarlo con palabras, porque de acuerdo con la ley, en la actualidad no somos consideradas seres humanos y eso es lo que pasa hoy día, el 28 de septiembre del 2019. Quisiera finalizar recordando que la lucha final es por la legalización del aborto en todas sus causales, porque, incluso ya entidades que no comparten del todo nuestras problemáticas como la ONU (4) lo han señalado: El aborto es un derecho humano y como todos los derechos, las mujeres debemos luchar el doble para alcanzarlo; pero creemos que es posible vivir en condiciones decentes, hoy quiero terminar de redactar este texto con la certeza de que tarde los años que deba tardar, las mujeres vamos a vivir y gozar plenamente de nuestras ciudadanías en este país.


Bibliografía:

  1. https://wayka.pe/sistema-salud-pone-en-peligro-a-miles-de-mujeres-que-requieren-aborto-terapeutico/
  2. https://www.demus.org.pe/campanas/dejala-decidir/
  3. https://andina.pe/agencia/noticia-inei-134-adolescentes-peru-quedo-embarazada-durante-2017-714189.aspx y   http://manoalzada.pe/feminismos/un-challenge-que-nos-debe-doler-a-todos-embarazo-adolescente-en-el-peru
  4. https://acnudh.org/expertos-onu-en-derechos-humanos-los-estados-deben-actuar-ahora-para-permitir-abortos-seguros-y-legales-para-mujeres-y-ninas/

5 pensamientos sobre Greta Thunberg y FFF

Gerardo Salas Gonzales
Estudiante sanmarquino


Fridays For Future Perú – Viernes por el Futuro Perú es una iniciativa desarrollada por Greta Thunberg que el 20 de septiembre desarrolló la Movilización Mundial por la Crisis Climática. Y tras movilizar a millones en todo el mundo y tener una incidencia inusitada y articulada en nuestro país, ha sido foco de controversia. Tema necesario para reabrir el gran dilema de las legitimidades en las luchas o agendas sociales.

1. Sorprende que las coincidencias en la crítica de parte de fuerzas de derecha y de izquierda sean el clasismo, el eurocentrismo, el adultocentrismo y el reparo institucional. Todo ello en el marco de grandes conspiraciones. Pocas veces he visto tal grado de similitud entre militantes y sectores tan opuestos y distantes entre sí.

2. El purismo es un mal endémico en la izquierda. Y quizá por esto la tónica de esta campaña, que está pasando de ser ambiental a ecologista tiene más un carácter ciudadano que de posición estratégica a la izquierda. Olvidan las fuerzas más consecuentes y vanguardistas de las luchas populares (entiéndase el sarcasmo) que muchos movimientos ciudadanos comienzan reformistas, y en el marco del debate, activismo, articulación y retroalimentación con fuerzas progresistas y directamente afectadas, van profundizando las demandas y la crítica pasa del reparo o mitigación a la denuncia estructural. Pasar de cambio climático a crisis climática es una muestra de la maduracion del movimiento ambiental que estan proponiendo.

3. Debemos recordar que el origen de clase no define una posición de clase. Y que en el marco de las luchas reivindicativas que pasan de lo local y temático a lo transversal, es necesario trabajar desde la transición de la solidaridad a la articulación. Y eso desborda al directamente afectado, incluye a sectores que no necesariamente sufren de manera directa pero que conscientes de sus privilegios, accionan desde sus recursos simbólicos, culturales, sociales, etc. Negar esa incidencia es incidir desde la marginalidad y creer que sólo es legítima la voz que sufre y que protesta. No entienden que existe identificación de grupos sociales entre sus pares, que muchas veces la entrada hacia una lucha no parte de la identificación con el otro, sino de la empatía con el propio que apoya al otro. Quien lucha en el marco de una sociedad red como la nuestra, debe considerar a los influencer y en los aliados de otros estratos socioeconómicos como puntos de resonancia de sus demandas.

4. Falsas contradicciones – Lo Político y lo Institucional: Una crítica dada por sectores de oposición es la presencia del Movimiento Viernes por el Futuro en instancias gubernamentales y ahora en la Cumbre Climática de la ONU. Olvidan que las luchas requieren de una doble presencia. Desde la sociedad civil organizada y con agendas propositivas para la incidencia. Hasta las fuerzas de los estados quienes posicionan esas agendas y las hacen normas y políticas públicas. La apatía institucional limita el alcance de los pedidos solo a los entendidos, es una forma de autocensura que niega a la ciudadanía a entrar al debate público sobre el tema. Olvidan que si un tema no está en los medios no existe. Que si los afectados no tienen donde ser escuchados, solo hablaran quienes estén interesados en acallarlos y desvirtuar sus posibles declaraciones.

5. Reconocimiento de la adolescencia y la juventud como agente de cambio. En nuestra sociedad adultocéntrica pervive el doble discurso de la juventud como motor de cambio y la juventud como inexperta para el cambio. Figuras jóvenes que apuntan a una ciudadanía crítica apuntan también a hábitos de convivencia sostenibles con el ambiente, cuestionando fuertemente el consumo y también la producción en masa de aquello que es suntuario, inservible, con obsolescencia programada, etc. Esto va más allá de cañitas o bolsas de plástico, es una crítica a los combustibles fósiles y su daño irreversible como motor de nuestra economía-mundo. Busca en los adolescentes y jóvenes mediante educación ambiental un cambio en los patrones de consumo, y en los actores en el poder, un necesario y urgente cambio hacia economías limpias. Es obvio el temor de quienes esperan en la juventud una actitud sumisa y a lo mucho condescendiente a favor del sistema y no una crítica hacia sus formas de entender y construir nuestras sociedades.

Debemos dejar de pensar en nosotros como rostros e interlocutores de las luchas sociales y vernos más como agentes de mediación que logren que las luchas de las y los defensores y organizaciones ambientales se concreten. Debemos tomar en cuenta que en el Perú con sus decenas de conflictos y con la actitud de criminalización de la protesta de parte del Estado y grupos de poder, no podemos darnos el lujo de negar la presencia de otros interlocutores que puedan ser igual o más efectivos en viabilizar esas demandas y lograr resultados. Una victoria para todo movimiento social genera expectativa de consecución de más derechos.

Hago un llamado a las fuerzas progresistas para que replanteen sus cuestionamientos a la figura de Greta Thunberg y el Fridays For Future Perú – Viernes por el Futuro Perú. Criticar la edad de la portavoz del Movimiento, su procedencia social, su condición económica es hacer juego al lobby y a la inacción social. Abrir un debate sobre el mensaje sin boicotear la incidencia de este movimiento demostraría madurez política, posicionaría agenda y obligaría a cambios reales que superen esta fase inicial de activismo.

La vida y la culpa: Notas sobre “Carta al Teniente Shogún”*

Matheus Calderón
Crítico cultural


Libros como “Carta al Teniente Shogún”, recientemente publicado por Lurgio Gavilán, se resisten a las etiquetas. Uno se siente tentado a encasillar rápidamente el texto: un testimonio (que lo es), una etnografía (sin duda alguna), una epístola (lo anuncia el título), una fábula moral edificante que marcaría el camino a seguir en el tiempo de la posguerra (revisar, por ejemplo, la última columna de Eduardo Dargent al respecto).

Tal encasillamiento, del que hemos de sospechar pasa siempre sin malicia, suele ocurrir de manera rápida con documentos incómodos precisamente a causa de su incomodidad: se reduce su potencia y nos quedamos con aquello que alimenta nuestros propios discursos (Charles Walker alertó durante la presentación de “Carta…” de no leer la novela como antropología, lo mismo que hicieron con José María Arguedas años antes).

La buena literatura, y lo de Gavilán lo es, es siempre más que solo buena literatura; más cerca de lo que llamaríamos un objeto de arte contemporáneo, esta inventa su propia lógica de lectura, inaugura una nueva forma de producción y de consumo. Es, como señalaba Gerard Wacjman sobre la obra de arte, no una excusa para pensar sino un objeto que piensa por derecho propio (una reflexión que Juan Carlos Ubilluz ha recalcado en su análisis sobre los Gallinazos de Cristina Planas).

Tengo la impresión así que también lo de Gavilán en “Carta…” es, antes que solo la suma de diferentes géneros literarios, una operación misma sobre el lenguaje. Es el lenguaje batallando por expresar algo que el lenguaje normalmente no puede aunar: la culpa, la vida, el dolor, la belleza, la violencia. Quizás una de operaciones más importante en la narrativa peruana de los últimos años, si es que no la más importante.

*

Jerónimo Pimentel, uno de los editores de Gavilán, escribe en la contratapa que “en un acto epifánico, inexplicable, un militar [Shogún] decide detener el fuego en las alturas y salvar la vida de un niño adoctrinado por Sendero Luminoso”. En efecto, tal hecho inaugura un conjunto de reflexiones entre las que se encuentran “qué lleva a un hombre a matar a otro, cómo una vida se convierte en una tragedia, cuál es el idioma que se debe emplear para referir a  los parientes perdidos, a las víctimas acuchilladas y a los pueblos arrasados, cuál para los colibríes”.

Pero creo que, quizás a propósito, Pimentel no hace explícita la pregunta en la base de todas las demás, que es la cuestión sobre por qué el protagonista de esta escena sigue vivo, que es una duda constante, penetrante y recurrente a lo largo de la narración: “¿Por qué no me mataste? (…) Lo hiciste muchas veces. ¿Te dio pena? ¿Será que viste a ese monstruo terrorista tan desarmado, tan poca cosa, sin garras ni dientes, tan indefenso? ¿O más bien pensaste en la muerte lenta  que le podrías dar manteniéndolo con vida?”, dice la voz del protagonista.

Quiero ir un poco más allá y sugerir que, de manera más precisa, la pregunta podría frasearse de un “¿por qué no me mataste?” en un “¿a cambio de qué me dejaste vivir?”.

No se equivoca Pimentel cuando sugiere que este es un acto inexplicable, pero quizás lo inexplicable tenga que ver con justamente su condición de epifanía negativa antes que positiva. Si las epifanías instituyen una verdad revelada, aquí hay un doble movimiento en el que, por un lado, se otorga un don (se perdona la vida) a cambio de instaurar es una duda, una pregunta que acompañará al protagonista: perdonar la vida a cambio de qué.

De allí que en un primer momento lo de Gavilán no sea un testimonio en el sentido que Giorgio Agamben ha explorado: no es como el de Primo Levi, que ha visto el horror de la guerra y que se ve en la necesidad de hablar, de continuar testimoniando (como en ese poema de Samuel Taylor Coleridge sobre el viejo marinero que no puede dejar de narrar su historia como penitencia). Tampoco en el sentido de John Beverly, en el que los testimonios son producidos en una situación de urgencia y precariedad de las estructuras, y buscan dar una voz a una comunidad de subalternos.

La esfinge le ha dado a Edipo un reino y mujer, pero Edipo no ha respondido pregunta alguna y la esfinge ya está muerta. ¿A cambio de qué? Una botella lanzada al mar con una carta dentro, en la que está escrita tal pregunta, esperando que llegue a su destinatario algún día. Y en Lurgio Gavilán y en nosotros algo de culpa.

¿He dicho culpa? Volveré sobre ello más tarde.

*

Ahora, cualquiera educado en la fe cristiana puede también reconocer el gesto que se ha descrito anteriormente: renacer hacia una nueva vida, adoptar un nuevo padre, e instaurar en uno la rabiosa pregunta sobre el por qué; la religión cristiana siempre pospone la solución a esta pregunta: en el fin de los días, en el juicio final, todo será revelado…

Y sí, en más de un sentido, este acto puede ser visto como la repetición de un acto fundacional cristiano. Shogún se vuelve un padre para Gavilán no solamente en el sentido afectivo, sino en el sentido del que debe dictar el sentido de la vida, el nuevo orden simbólico que ha de guiarnos.

Cuando este padre desaparece, una segunda capa de angustia se apodera del sujeto: Padre, ¿por qué me has abandonado? Pero no se trata, en preciso, de la caída del Gran Otro, de todo lo que sostenía nuestras creencias morales y nuestro orden social. No somos Cristo en la Cruz, quien muere para inaugurar un nuevo testamento.

Hay una segunda dimensión de esa pregunta fundacional, que instaura la angustia, que tiene que ver con la elección de Shogún. Gavilán habla a Shogún: hasta que apareciste y mataste a todos mis camaradas. Pero no a mí. No a mí. Y eso, vivir, ser perdonado, me ha traído vida y culpa.

Otra vez, una suerte de una epifanía negativa. En el libro del Éxodo, Moisés ha preguntado al Dios de los judíos, mutatis mutandis, por qué yo y no otro. El dios del Antiguo Testamento responde de inmediato, pero en “Carta…” no hay un padre que conteste. Pero también uno podría preguntarse en esta situación y todavía bajo la terrible ley que Sendero instituía en sus militantes, ¿por qué mis camaradas son elegidos por la muerte para ser mártires y no yo? Vida y culpa.

Un gesto que puede parecer paradójico pero que merece atención por su dolorosa belleza: el perdón que genera culpa.

Sí, es cierto que en algún momento se trata de dar una respuesta a la angustia. La visión de un centinela guardando el morro solar permite entender a Shogún como un reflejo de aquel niño en medio de la guerra, un padre que, presintiendo el futuro, en realidad se salvaba a sí mismo al perdonar la vida a Gavilán.

Es una respuesta que calma la angustia, sí, pero prontamente se ve cuestionada por el la charla misma con el centinela. Lo que ha vivido Ayacucho, esa violencia, ¿de dónde viene? ¿Es acaso una maldición hereditaria?, y entonces el observatorio astronómico se transforma en los mil ojos y mil oídos, y nos preguntamos otra vez qué es la violencia, por qué a Ayacucho la violencia.

Y luego, de nuevo, la culpa. No solo de la atrocidad de la guerra, sino de poder “traducir la época del terror”. ¿Quién puede hablar de la violencia? ¿Es un don, o solamente una carga pesada? ¿Será que Shogún lo ha dejado vivir para que pueda contar la violencia?

Ya cerca del final, Gavilán está reunido junto a sus compañeros de guerra. Rememoran anécdotas de extrema violencia. Asesinatos a mujeres terroristas. La vez que por dos noches durmieron junto al cadáver descuartizado de un terruco. Es como si terroristas y militares se hermanaran en la violencia de la barbarie. Una vez más acecha la duda: ¿por qué estoy vivo?

*

“Carta…” no es un libro fácil de leer. No es uno que pueda leerse de un solo tirón, una tarde de invierno. Es duro, apabullante, como luchar contra la corriente de un río –al igual que el propio Lurgio Gavilán confiesa haber hecho, recordando a su hermano Rubén, guiado acaso por alguna pulsión de muerte.

Un volumen así requiere dosificar la angustia, una angustia que llega precisamente con la instauración de una pregunta que no ha de resolverse. Pero también es tremendamente bello, con pasajes importantes de lirismo –todo un ensayo se podría hacer de las metáforas que Gavilán desarrolla, de la sintaxis de un español mezclado con quechua (que tanto recuerda a Arguedas por ello).

“Carta…” es un libro inspirador y sin duda uno que, para muchos, carga con lecciones de moral importantes. Es, a fin de cuentas, un texto que aboga por la esperanza, por rebelarse contra la violencia estructural y contra las malas leyes.  También es un artefacto, ya no solo un conjunto de palabras, que circulará y estimulará a otros a contar sus historias –como ahora mismo ya lo está haciendo: el escritor Ángel José Málaga Diestro ha escrito un sentido texto en Facebook a propósito de la historia de Gavilán que, de seguro, tendrá un efecto multiplicador.

Empero, no he querido leerlo así. He querido centrarme en las preguntas que no tienen respuesta, resaltar la culpa como uno de los hilos conductores que obliga al protagonista a constantemente cuestionarse su pasado y el rumbo de su pasos. Puede parecer un gesto cruel, sí. Al mismo tiempo creo que es un ejercicio necesario y, todavía más, donde más belleza encuentra el texto de Lurgio Gavilán.


* Publicado originalmente en el blog Calderón 094.

Esplendor y ocaso de la dinastía Tang

Para mi Tusán favorita.

Sólo tendrás el premio vano
de la inmortalidad

Tu Fu

I

Mientras saboreas los damascos
De una aldea hechizada por el tiempo, oteando
Las ásperas colinas por donde pastan los venados,
Recuerdas la ardiente sensación
De lo perdido. Tu sombra
Se menea con el bambú cuya piel marcaste
Con tu navaja de incipiente exploradora. No
Lejos el río Wang
Brilla al costado de una cadena
Montañosa,
Apagando el dulce oficio de tu aullido.

II

Li Bai y Tu Fu y el sabio El Qhi
Celebran tus versos, mientras recogen
Cerezos al este de la pradera. Risueños
Comentan, acariciando
El ábaco laqueado,
Que para el próximo verano
Serás un peregrino imbatible. En verdad,
Intentas volar
Como los sueños de los pájaros.
Pero bien sabes que los sauces cantan por ti,
Que las santarrositas son coreutas desganadas
Y que las piedras carmesís que arrastra el Wang
Dicen que tú, envuelto en preciosas sedas,
Incendias el pabellón de oro
De una muchacha en flor.

III

Escribías con el aliento azul de una mariposa,
Insistías por las noches
Con el leve rumor de las ondinas ribereñas,
Y con trazos finos dibujabas la gracia de su nombre.
No soñabas con dragones insepultos, ni con el azufre
De las danzas marciales. Apenas anhelabas
Que la zarza en llamas de tus versos
Iluminara sus tímidos pasos hacia tu alcoba.
Pobre amigo mío,
No sabías la culpa que guardaba la rama del ciprés.
Desde entonces al río Wang le falta una orilla.

IV

En una competencia honorable, Li Bai
Hace gala de iluminaciones
Sobre el lenguaje del agua que fluye
Sin dejar rastro, como tú. El maestro Tu Fu
No se queda atrás: con destreza mueve las nubes,
Y le levanta la falda a la estrella más lejana.
Dos viejos tigres de bengala
Esperan que tú no desentones en esta justa primaveral.
Has caminado por llanuras, sueños, pieles, laderas
Y sabes del viento sensual del abanico imperial:
Todos esperan tus palabras.
No hechizos.
No silencios.

V

Debes subir por la ladera angosta de estos cerros,
Y encaramado en la cima pintar
El esplendor y ocaso de nuestra dinastía.
Conquistaste todos los horizontes. Pensaste
Que la muralla debería ser bella y resistente.
Y que no había que envidiar a la ciudad de las pagodas,
Menos a su vulgar templo de madera. El cielo
Para ti no era más que el corazón
De la princesa Gra Ziang. Bebe,
Peregrino, el verde jazmín de tu derrota.

VI

Eres la última luz que brota de las montañas
Otoñales. Una bandada de pájaros
Silencian tu canto tardío.
No llevas, peregrino, en tu alforja
Ningún sueño, apenas un poco de pan,
De sal y una tinaja de aguardiente.
En el viejo corazón
De Wen Wei, la soledad es un huésped bienvenido.


Estos poemas forman parte del libro inédito Soledades de Solange.

A ti, dentro de un siglo

Marina Tsvatáieva
Poeta rusa

A ti, que nacerás dentro de un siglo,
cuando de respirar yo haya dejado,
de las entrañas mismas de un condenado a muerte,
con mi mano te escribo.

¡Amigo, no me busques! ¡Los tiempos han cambiado
y ya no me recuerdan ni los viejos!
¡No alcanzo con la boca las aguas del Leteo!
Extiendo las dos manos.

Tus ojos: dos hogueras,
ardiendo en mi sepulcro -el infierno-
y mirando a la de las manos inmóviles,
la que murió hace un siglo.

En mis manos -un puñado de polvo-
mis versos. Adivino que en el viento
buscarás mi casa natal.
O mi casa mortuoria.

Orgullo: cómo miras a las mujeres,
las vivas, las felices; yo capto las palabras:
“¡Impostoras! ¡Ya todas están muertas!
Sólo ella está viva.

Igual que un voluntario le ha servido.
Conozco sus anillos y todos sus secretos.
¡Ladronas de los muertos!
¡De ella son los anillos!”

¡Mis anillos! Me pesa,
hoy me arrepiento
de haberlos regalado sin medida.
¡Y no supe esperarte!

También me da tristeza que esta tarde
tras el sol haya ido tanto tiempo
y he ido a tu encuentro,
dentro de un siglo.

Apuesto -dice él- que vas a maldecir
a todos mis amigos en sus oscuras tumbas.
¡Todos la celebraban! Pero un vestido rosa
nadie le ofreció.

¿Quién era el generoso? Yo no: soy egoísta.
No oculto mi interés si no me matas.
A todos les pedía cartas,
para por las noches besarlas.

¿Decirlo? ¡Lo diré! El no-ser es un tópico.
Y ahora, para mí, eres ardiente huésped.
Les negarás la gracia a todas las amantes
para amar a la que hoy es sólo huesos.


Sobre la autora: Poeta rusa nacida en Moscú en 1892. Hija de un profesor especializado en Bellas Artes, estudió en Moscú y en la Sorbona y vivió muchos años en el extranjero. Es considerada como una de las figuras más relevantes de la literatura rusa del siglo XX. Fue una mujer de pasiones categóricas, voluntariosa y resuelta, que arrancó bruscamente de su corazón todo aquello que la había desilusionado y no podía ya aceptar. Toda la vida sintió por Pasternak  un conmovedor afecto, a pesar de estar casada con un oficial del ejército zarista. Emigró al extranjero en 1920 y regresó a Rusia en vísperas de la guerra contra el fascismo hitleriano, al que había maldecido en sus versos cuando se hallaba todavía en la emigración. Entre sus obras se destacan “Poemas de juventud” 1915 y “Poemas de Moscú” 1916. Fue desterrada a la aldea de Elábuga, donde falleció el 31 de agosto de 1941.  

Esta nostalgia

Gioconda Belli
Poeta nicaragüense


Este sueño que vivo,
esta nostalgia con nombre y apellido,
este huracán encerrado tambaleando mis huesos,
lamentando su paso por mi sangre…
No puedo abandonar el tiempo y sus rincones,
el valle de mis días
está lleno de sombras innombrables,
voy a la soledad como alma en pena,
desacatada de todas las razones,
heroína de batallas perdidas,
de cántaros sin agua.
Me hundo en el cuerpo,
me desangro en las venas,
me bato contra el viento,
contra la piel que untada está a la mía.
Qué haré con mi castillo de fantasmas,
las estrellas fugaces que me cercan
mientras el sol deslumbra
y no puedo mirar más que su disco
-redondo y amarillo-
la estela de su oro lamiéndome las manos,
surcándome las noches,
desviviéndome,
haciéndome desastres…
Me entregaré a los huracanes
para pasar de lejos por esa luz ardiendo.
Estoy muriéndome de frío.


Sobre la autora: Poeta y novelista nicaragüense nacida en Managua en 1948. Junto a Ernesto Cardenal y Claribel Alegría, inició la renovación de la poesía en su país. Un marcado acento erótico impregna buena parte de su obra, aunque la última producción denota una gran  preocupación por los cambios políticos de su patria. Entre los libros más reconocidos, se destacan «Sobre la grama» y «Eva».

Introducción a Frankenstein o el moderno Prometeo

Mary Wollstonecraft Godwin
Novelista británica

Cuando seleccionaron Frankenstein para una de sus colecciones, los editores de Standard Novels me expresaron su deseo de que les proporcionara una explicación sobre el origen de la historia. Aprovecho la oferta también para contestar a una pregunta que me hacen con mucha frecuencia: «¿Cómo yo, siendo una jovencita, llegué a idear y a escribir sobre una idea tan horrible?». Es cierto que soy muy reacia a mostrarme en letra impresa, pero como mi aclaración tan sólo aparecerá como apéndice de una obra anterior y se limitará a los temas relacionados con mi autoría, no puede decirse que me esté entrometiendo personalmente.

Siendo hija de dos conocidos escritores, no es de extrañar que desde muy temprana edad pensara en escribir. De niña garabateaba, mi pasatiempo favorito durante mis horas de ocio era «escribir historias», pero había una ocupación que me producía aún más placer que esto: construir castillos en el aire, soñar despierta, desarrollar ideas que por su temática daban pie a una sucesión imaginaria de acontecimientos. Mis sueños eran más fantásticos y agradables que mis escritos. En estos últimos me limitaba a imitar, me inclinaba más por escribir como otros lo habían hecho antes que yo que por escribir lo que me sugería mi propia imaginación. Lo que escribía estaba concebido para que lo leyera al menos otra persona, mi compañero de infancia y amigo, pero mis sueños eran sólo míos. No se los contaba a nadie. Eran mi refugio cuando estaba enojada y mi mayor placer cuando estaba a mi aire.

De niña vivía sobre todo en el campo y pasaba bastante tiempo en Escocia. Realicé visitas ocasionales a los lugares más pintorescos. Pero mi residencia habitual se encontraba en las solitarias y tristes orillas del Tay, cerca de Dundee. Solitarias y tristes ahora que las recuerdo, no lo eran para mí entonces. Eran mi reducto de libertad y el agradable lugar donde podía comunicarme con las criaturas de mi imaginación sin que nadie me escuchara. Entonces ya escribía, pero con un estilo bastante ordinario. Fue allí, bajo los árboles de las tierras de nuestra casa o junto a las sombrías laderas peladas de las montañas cercanas, donde nacieron y crecieron mis verdaderas composiciones, los idealistas vuelos de mi imaginación. No era yo la protagonista de mis cuentos. Mi vida me parecía una aventura demasiado común, no me imaginaba a mí misma viviendo aflicciones románticas o acontecimientos extraordinarios. Sin embargo, no me limitaba a mi propia identidad y era capaz de poblar las horas con creaciones que para mí eran mucho más interesantes a esa edad que mis propios sentimientos.

Después, mi vida se volvió más ajetreada y la realidad se impuso a la ficción. Mi marido, sin embargo, estaba ansioso desde el primer momento porque demostrara ser digna de mi ascendencia e inscribiera mi nombre en las páginas de la fama. Me animaba constantemente a que lograra una reputación literaria, algo que incluso yo buscaba en aquella época, aunque posteriormente me volviera absolutamente indiferente a ella. En aquel entonces mi marido quería que yo escribiera, no tanto con la idea de que pudiera realizar algo digno de mención, sino para poder juzgar si sería capaz de realizar cosas más prometedoras en el futuro. A pesar de eso, no hice nada. Dedicaba todo mi tiempo a nuestros viajes y a mis ocupaciones familiares. Y toda mi actividad literaria se limitaba a la lectura o a debatir con mi marido, que poseía una mente mucho más cultivada que la mía.

En el verano de 1816 visitamos Suiza y fuimos vecinos de Lord Byron. Al principio pasamos el tiempo disfrutando en el lago o paseando por sus orillas. Y Lord Byron, que estaba escribiendo su tercer canto de Childe Harold, era el único de nosotros que se dedicaba a trasladar sus pensamientos al papel. A medida que nos los iba mostrando, estos pensamientos parecían convertir en divinas las maravillas del cielo y la tierra que todos compartíamos, con su poético atuendo de luz y armonía.

Pero el verano se tornó húmedo y poco agradable, y la persistente lluvia a menudo nos obligaba a estar días enteros dentro de la casa. En nuestras manos cayeron algunos volúmenes de historias de fantasmas traducidas del alemán al francés. Entre ellas se encontraba la Historia del amante inconstante, quien, pensando que abrazaba a la novia a la que había jurado sus votos, se encontró en los brazos del pálido fantasma de aquélla a la que había abandonado. También había un cuento acerca de un pecador, fundador de una estirpe, que había sido condenado a la terrible tarea de dar el beso de la muerte a cada hijo menor de su dinastía maldita en el momento preciso en que éste alcanzaba la edad adulta. Bajo los intermitentes rayos de la luna se podía ver su inmensa y sombría figura vestida como el fantasma de Hamlet, con armadura completa aunque con la celada alzada, avanzando despacio por la lúgubre avenida. La figura desaparecía bajo las sombras de los muros del castillo. Pero poco después se abría una puerta, se escuchaban unos pasos, la puerta de la habitación se abría y él avanzaba hasta el lecho del joven en la flor de la vida que dormía en un profundo sueño. Mientras se inclinaba para besar la frente del que se iba a marchitar como una flor arrancada, un eterno dolor se iba apoderando de su rostro. No he vuelto a leer estas historias desde entonces, pero se mantienen tan frescas en mi memoria como si las hubiera leído ayer.

«Escribiremos cada uno una historia de fantasmas», dijo Lord Byron, y todos accedimos a su propuesta. Éramos cuatro. El noble autor comenzó un cuento, del cual publicó un fragmento al final de su poema sobre Mazepa. Shelley, más hábil para dar vida a ideas y sentimientos con el resplandor de brillantes imágenes y con la música de los versos más melodiosos que adornan nuestra lengua, que para idear el mecanismo de una historia, comenzó una basada en las experiencias de su infancia. Al pobre Polidori se le ocurrió una idea terrible sobre una dama con una calavera por cabeza que había sufrido este castigo por fisgonear a través de las cerraduras no recuerdo qué, algo muy malo e inapropiado. Pero cuando ya se encontraba en una condición peor que la del famoso Tom de Coventry, no supo qué hacer con ella y se vio obligado a enviarla a la tumba de los Capuleto, el único lugar para el que era apta. El ilustre poeta, molesto por lo aburrido de la prosa, desistió rápidamente de una tarea tan antipática.

Yo me apresuré a «pensar una historia», una historia que pudiera rivalizar con aquéllas que nos habían impulsado a la tarea. Una historia que hablara de los misteriosos miedos del ser humano y despertara la excitación del miedo, una historia que hiciera que el lector tuviera miedo de mirar a sus espaldas, que le helara la sangre y le acelerara el pulso. Si no conseguía todo eso, mi historia de fantasmas no era digna de tal nombre. Pensé y reflexioné en vano. Sentía ese vacío creativo, que es el mayor misterio de la autoría, en el que la única respuesta a nuestras ansiosas invocaciones es la insulsa Nada. «¿Has pensado una historia?», me preguntaban cada mañana, y cada mañana me veía obligada a contestar con un mortificante no.

Como dijo Sancho Panza, todo debe tener su inicio. Y ese inicio tiene que estar relacionado con algo que pasó anteriormente. Los hindúes han colocado el mundo sobre un elefante, pero hacen que el elefante se apoye sobre una tortuga. La invención, tenemos que admitirlo humildemente, no consiste en crear de la nada, sino del caos. En primer lugar, se deben conseguir los materiales. La invención puede dar lugar a oscuras e informes sustancias, pero no puede dar vida a la sustancia en sí. En cualquier descubrimiento o invención, incluso en los que pertenecen a la imaginación, siempre sale a colación la historia del huevo de Colón. La invención consiste en la capacidad de aprovechar el potencial de un tema y en el poder de moldear y elaborar las ideas que éste sugiera.

Fui fervoroso y silencioso testigo de muchas y largas conversaciones entre Lord Byron y Shelley. Durante una de estas discusiones reflexionaron sobre varias doctrinas filosóficas, entre otras, la naturaleza del principio de la vida y si sería posible descubrirlo y comunicarlo algún día. Hablaron sobre los experimentos del doctor Darwin (no hablo de lo que el doctor hizo en realidad, o dijo que hizo, sino de lo que entonces se decía que había hecho, que era más afín a mi propósito), que había mantenido un trozo de gusano en una caja de cristal hasta que, por alguna causa extraordinaria, comenzó a moverse voluntariamente. ¿Acaso no se había conseguido dar vida a fin de cuentas? Quizá se podría reanimar un cadáver. El galvanismo había probado fenómenos parecidos: se podrían fabricar los diferentes componentes de una criatura, unirlos y dotarlos del calor vital.

Con esta conversación transcurrió la velada, y ya habíamos superado incluso la hora bruja cuando finalmente nos retiramos a descansar. Pero cuando por fin apoyé la cabeza sobre la almohada, no conseguí conciliar el sueño, tampoco se puede decir que estuviera pensando. Mi imaginación estaba desbocada. Se apoderó de mí y me guio, trayéndome a la mente una imagen tras otra con una viveza que superaba los límites del sueño. Aunque tuviera los ojos cerrados, podía ver con una increíble precisión al pálido estudiante de las pecaminosas artes junto a la cosa que había ensamblado. Vi el horrible espectro de un hombre extendido, y cómo después, gracias al funcionamiento de algún poderoso artilugio, mostraba signos de vida y se agitaba con un movimiento inseguro y vacilante. Debía de ser algo terrorífico, sumamente terrorífico, que una empresa humana resultara en una burla del magnífico mecanismo del Creador. El éxito tendría que aterrorizar al artista, que asaltado por el horror, con toda seguridad se alejaría del odioso producto de su trabajo. Albergaría la esperanza de que, abandonada a su suerte, la chispa de vida que había encendido se apagara, de que esa cosa que había sido animada de forma tan imperfecta se convirtiera en materia muerta, y de poder dormir convencido de que el silencio de la tumba sofocaría para siempre la transitoria existencia del horrible cadáver del que había esperado que fuera la cuna de una nueva humanidad. Duerme, pero algo lo despierta, abre los ojos y ahí está el horrible ser, de pie junto a él, abriendo las cortinas y mirándolo con sus ojos amarillos y acuosos de forma inquisitiva.

Abrí los míos aterrorizada. La idea se había apoderado de mi mente hasta tal punto que me estremecí de miedo y quise cambiar la fantasmagórica imagen por la realidad que me rodeaba. Lo recuerdo todo como si fuera ahora mismo: la habitación, el oscuro entarimado, los postigos cerrados a través de los cuales intentaba entrar la luz de la luna y la sensación de que el lago cristalino y los altos Alpes se encontraban detrás. No me resultó fácil librarme de este horrible fantasma. Me perseguía. Intenté pensar en otra cosa y recurrí a mi historia de fantasmas, ¡mi tediosa y desafortunada historia de fantasmas! ¡Oh! ¡Si tan sólo pudiera inventar una historia que fuera capaz de estremecer al lector tanto como yo misma me había aterrado esa noche!

La súbita iluminación me llenó de alegría. «¡Lo tengo! Lo que me ha aterrorizado a mí, aterrorizará a los demás. Tan sólo he de describir al espectro que se me ha aparecido esta noche en la cama». A la mañana siguiente anuncié que se me había ocurrido una historia. Ese mismo día comencé a escribirla con estas palabras: «Era una triste noche de noviembre», y luego me limité a transcribir los lúgubres terrores que aparecían en mi sueño.

En un principio sólo pensaba escribir unas cuantas páginas, un cuento corto, pero Shelley insistió en que desarrollara la idea y la ampliara. Si bien es cierto que no le debo a mi marido la idea de ningún episodio concreto, ni siquiera la de los sentimientos de personaje alguno, de no ser por su insistencia, nunca habría tomado la forma en la que se presentó al público. Debo excluir el prefacio de lo dicho anteriormente, hasta donde recuerdo, lo escribió él por entero.

Dicho esto, invito a mi horrorosa criatura a que se ponga en marcha y se desarrolle. Le he tomado cariño, porque fue el fruto de días felices, cuando la muerte y el dolor no eran más que palabras que no hallaban eco en mi corazón. Sus páginas hablan de muchas caminatas, de muchas excursiones y de muchas conversaciones en un tiempo en el que no estaba sola. Ya no volveré a ver más a mi compañero en este mundo. Pero eso ya es cosa mía. A mis lectores no les interesan esos recuerdos.

Tan sólo diré una cosa más sobre los cambios que he realizado. Son cambios principalmente de estilo. No he cambiado ninguna parte de la historia ni he introducido nuevas ideas o situaciones. He retocado el lenguaje allí donde era tan escueto que afectaba al interés de la narración. La mayoría de estos cambios tiene lugar casi exclusivamente al comienzo del primer volumen. En el resto del libro se limitan tan sólo a aquellas partes que son meros anexos de la historia, dejando la esencia y el contenido intactos.

M. W. S.

Londres, 15 de octubre de 1831

Enciclopedia de los muertos

La historia está escrita por los vencedores. El pueblo teje leyendas. Los escritores desarrollan su imaginación. Sólo la muerte es incuestionable.

Danilo Kiš.

La muerte siempre ha sido tema de discusión en la literatura y en la vida; mucho se puede hablar o leer acerca de ella y la búsqueda eterna para comprenderla trasciende generación tras generación.  El misterio de lo que conlleva esa palabra de seis letras es compartido por cada uno de nosotros y el significado que le otorgamos siempre es distinto. 

Danilo Kiš llegó a mí gracias al misticismo evocado por una maestra en letras en un diplomado que tomé hace tiempo. El nombre del autor y del libro que hoy comparto quedaron anotados en una lista de futuras lecturas y grabados en mi memoria hasta que por casualidad, en una de las librerías de mi ciudad— uno de esos rinconcitos mágicos donde un lector entra y se detiene el tiempo— me topé con un ejemplar; Danilo Kiš hizo eco en mi mente y no dudé en llevármelo a casa, sin esperar en aquél entonces, la connotación que tendría en mí su lectura.

Danilo Kiš fue un autor serbio que vivió la tragedia de la guerra y la muerte de sus seres queridos en la represión nazi, factores determinantes en sus obras que marcaron su estilo y forma de hacer literatura. La vida y obra del autor impactan a cualquiera que ose en introducirse en su mundo, mismo que deja huella, tal como me sucedió con “Enciclopedia de los muertos” un libro compuesto por nueve relatos y un post scriptum –donde el autor explica la inspiración de cada uno de ellos y su origen— muestra al lector distintas caras de la muerte, en donde sus personajes, regidos por su entorno y sus creencias, la viven como un milagro, como una eternidad, como un sueño o como un sacrificio.

Es un libro para leerse sin prisa y digiriendo cada frase. Kiš juega con el lector a través de distintos estilos de narración en los relatos. La enciclopedia de los muertos es un laberinto en donde cada bifurcación significa un reto para el lector.

Iniciamos con el relato de “Simón el mago” donde se aborda el misterio de la muerte desde dos perspectivas, mismo que es basada en una leyenda gnóstica donde la magia y la fe a lo desconocido se palpan en el relato. Doblamos la página y nos encontramos con Marieta, una prostituta de un puerto de Hamburgo que merece unas “Honras fúnebres”—título del relato— dignas de una dama de cualquier respetable familia. Al bifurcar en las páginas, nos adentramos en el cuento “Enciclopedia de los muertos (toda una vida)” y leemos un relato en primera persona donde una mujer encuentra en una extraña biblioteca de Suecia, un libro que habla de la vida de su padre, el cual tiene poco tiempo de haber fallecido. El extraño libro describe desde los primeros días en que su padre vino al mundo hasta el último día en esta tierra; la mujer se adentra en los secretos, temores y anhelos de su padre, además de conocer el sueño premonitorio que anuncia una muerte envuelta en misterio y arte.

Y así, en cada uno de los pasillos de este laberinto de Kiš, nos encontramos con relatos en donde no existe el límite entre la ficción y la realidad y donde el autor reta al lector en tiempo y forma y lo envuelve en un sueño del que no quiere despertar, por más cruel o impactante que sea ese trance en la lectura.

No, no es una lectura fácil, pero la experiencia de leer a Kiš deja un muy buen sabor de boca y las ganas insaciables de seguir adentrándose a su mundo.

Como siempre, les dejo unos fragmentos para que den el primer paso y se adentren a este laberinto místico donde la muerte, es la protagonista.

“Cuando una mentira es repetida durante un largo tiempo, la gente empieza a creerla. Porque la gente necesita la fe.”

“A la muerte no se le engaña; las flores poseen una trayectoria dialéctica perfectamente definida y, como el hombre, un ciclo biológico: del florecimiento a la putrefacción; los proletarios tienen derecho a las mismas honras fúnebres que los ricos; las putas son el producto de las desigualdades de clase; las putas son (por lo tanto) dignas de las mismas flores que las señoritas de buena familia.”

“Pensaba, como suele pensar toda la gente que cae en la desdicha, que un cambio de lugar me ayudaría a olvidar mi dolor, como si uno no llevara su desgracia dentro de sí.”

“Pero en su interior no había más que el recuerdo de su propio sueño y de su despertar, el de antes y el de ahora, en su interior no había más que oscuridad absoluta, como antes de la Creación, como antes de la vida, cuando el Señor aun no había desligado el sueño de la realidad, ni la realidad del sueño.”

“¡Ah! ¿Quién pudiera deslindar el sueño de la realidad, el día de la noche, la noche del alba, los recuerdos de las quimeras?

¿Quién pudiera colocar un hito invisible entre el sueño y la muerte?

¿Quién pudiera, oh Señor, marcar las lindes y colocar hitos visibles entre el presente, el pasado y el futuro?

¿Quién pudiera, Señor, separar la alegría del amor de la tristeza del recuerdo?”

“[…] es peligroso asomarse al vacío de otro, con el único deseo de ver en él, como en el fondo de un pozo, el reflejo propio; porque eso también es vanidad. Vanidad de vanidades.”

Porque nunca se repite nada en la historia de los seres humanos […] todo lo que a primera vista aparece igual apenas es similar; cada hombre es un astro aparte, todo ocurre siempre y nunca, todo se repite hasta el infinito y de forma irrepetible.

“Lo que pasó, pasó. El pasado vive dentro de nosotros y no lo podemos borrar. Puesto que los sueños son el reflejo del más allá, y la prueba de su existencia, nos seguimos encontrando en sueños. “

Manifiesto de Las Moradas

Cuando salimos a la aventura, a la caza de las presas espirituales, pensamos siempre que habremos de volver a unas MORADAS, donde habrá amparo para lo atesorado, que no habremos de llevar siempre a cuestas. Punto de reunión, para el contacto, para el cambio, para la confrontación de hallazgos, pero lugar donde toda conquista del espíritu, donde todo descubrimiento del arte y de la poesía, de la ciencia y del pensamiento, no habrá de considerarse nunca como un punto final, como un acabamiento, sino como un acicate hacia nuevas conquistas, como un despliegue de posibilidades futuras.

En esa atmósfera atravesada de pulsaciones vitales, centelleante del peligro que siempre amenaza las manifestaciones desinteresadas de la vida espiritual, queremos erigir estas MORADAS. Nuestro fervor y nuestro entusiasmo esperan despertar la amplia respuesta de atención y de discusión alrededor de los problemas diversos que el destino trágico del hombre suscita en nuestra época; sobre todo, no queremos que se olvide que este destino nos viene de un pasado remoto y que nosotros no somos más que el relevo que ha de transferirlo a quienes vengan detrás nuestro, y que es nuestro deber cuidar porque la acumulación de especulaciones teóricas y de creaciones de arte, venga a ser no una carga molesta, sino el sostén más efectivo, sino la gracia jubilosa que da sentido a la vida.

La tarea difícil  y arriesgada no será llevada a bien, si no contamos con la ayuda cálida de todos quienes han puesto su confianza en las expresiones del espíritu, de quienes creen que toda obra de creación -en el pensamiento y en el arte- solamente fructifica en un ambiente de desinterés completo por los halagos y las vanidades, a donde no lleguen intransigencias dogmáticas e interferencias egoístas. A ellos nuestro llamado para apoyarnos y alentarnos.

Notas al paso sobre Carta al teniente Shogún

Diego Abanto Delgado
Estudiante de Filosofía


Existen libros que nos interpelan desde la primera página. Como lectores, son este tipo de libros los que consiguen instalarse en nuestro interior, desnudarnos y exponernos frente a la inmensidad del mundo, los que consiguen recordarnos que somos humanos, demasiado humanos. Dentro de esta constelación, donde pueden encontrarse libros como Cien años de soledad o Pedro Páramo, se instala un nuevo nombre que la literatura latinoamericana debería recibir por todo lo alto, Carta al teniente Shogún de Lurgio Gavilán.

Con este libro, se reafirma lo que muchos pensábamos tras Memorias de un soldado desconocido (2012); estamos frente a uno de los más virtuosos exponentes de la nueva narrativa peruana. El autor nos guía en este viaje de 120 páginas, por parajes de nuestro país, por escenas que muchos, desde nuestra capitalina vida (como la de quién firma este artículo) ignoramos y nos vemos ignoramente forzados a catalogar de excéntricas. Pero no hay nada de excéntrico en la siembra del maní, en la vida de Lurgio en la selva, en la vida de su familia. Esa apertura a su previa vida, a la vida que quizá nunca volverá a existir, meramente en el recuerdo, esa vida que Gavilán ahora inmortaliza en el papel es, esencialmente bella.

Hay pasajes del libro dignos de repasar, no solo por la exquisitez de la anécdota, sino por cómo ésta ha sido contada. Gavilán enhebra oraciones preciosas sin recaer en un estilo barroco. Más que impresionar al lector con figuras efectistas, nos desnuda su vida. Frente a este acto, que nos queda, sino leerlo. Que nos queda, sino asombrarnos. Que nos queda, sino empatizarnos, comprendernos.

Es necesario entenderlo además, como una crítica. Una crítica que nos interpela como sociedad, principalmente porque a través de sus páginas, recordamos las distancias que nos separan. Frente a un país que aún teme abordar el tema de la violencia política del siglo pasado, Gavilán la aborda no desde la ficción agotadora; sino desde su vida, su testimonio, su “versión” de la historia. No estamos frente a un libro panfletario que busca moralizar al respecto, estamos frente a alguien que no teme revelarnos la realidad. Sin escatimar la calidad de la prosa, sin duda.

Y es que no hay algo gratuito en este libro. No hay reflexión en vano, no hay inquisición exagerada. Cuando Gavilán, genuinamente, cuestiona a Dios en las primeras páginas, no nos encontramos a un ateísmo antojadizo, es similar al grito “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado” que pronuncia Jesús en la cruz. Pero de todas ellas, de todas esas reflexiones que estremecieron lo más profundo de mi alma, me quedo con la siguiente:

¿Puede nuestro lenguaje recuperar las memorias de las víctimas o lograr que el perpetrador pueda encontrar algún sentido a lo que hizo, a lo que hicimos?

Carta al teniente Shogún (p.16)

¿Puede nuestro lenguaje? Nótese que Gavilán nos hace partícipes de su lenguaje, de su experiencia una vez más. ¿puede nuestro lenguaje conmover a aquellas fuerzas políticas que niegan aún hoy las atrocidades cometidas por el Estado? ¿puede nuestro lenguaje interpelar a quiénes aún hoy defienden a violadores de derechos humanos, a autores de matanzas? Preguntas, que como las grandes preguntas, no tienen una respuesta, ni tendrían porqué. ¿Puede nuestro lenguaje recuperar las memorias de las víctimas? ¿lo han hecho ya? agregaríamos… ¿lo harán algún día? esperemos que sí…

Existen libros que sólo permanecen en estas preguntas y el logro ya es tremendo. Si Carta al teniente Shogún hubiera permanecido en las preguntas que expresa textualmente seguiría siendo un gran texto, todos seguiríamos aplaudiendo este logro. Pero este libro va más allá, este libro transgresor rompe con nuestro molde de lectura tactiturna, rompe con lo que esperamos de la ya cansina autoficción, y nos interpela con preguntas tácitas que remueven nuestra propia existencia. Podríamos señalar que Carta al teniente Shogún es un libro de preguntas, es un libro de dudas, de imprecaciones, de interpelaciones…

Retomo ahora la pregunta que entrelaza el texto. Es la interpelación de Lurgio a su Teniente, que he decidido interpretar de forma más osada, quizá. Considero que la pregunta ¿por qué no me mataste? mas que convertir este libro en una historia de supervivencia —y no pretendo deslegitimar a quiénes han optado por esta vía en su lectura— lo convierte en un texto de comprensión.

Gavilán, aún hoy, no comprende al Otro. Y no podemos culparlo. El mismo hombre que ordenó su muerte, le salvó la vida. Se arrepintió. Y ¿por qué? Ese es el gatillazo con el que inicia la novela, ese es el hilo que nos jala. La búsqueda de una respuesta a una pregunta, que reabre muchas preguntas a su vez, que reapertura muchas búsquedas. Después del libro, Gavilán se seguirá preguntando ¿y por qué no me mataste?, y poéticamente podríamos señalar que, está vivo, porque si no era él, ¿quién más podría contar esta historia? ¿alguien se habría animado a contarla o viviría, eternamente silenciada, como son silenciadas millones de historias a lo largo de nuestro país?

Y me atrevería a apuntar además que la genialidad de esta historia no recae netamente en que la experiencia de Gavilán haya sido única. Sino en la capacidad de hacernos partícipes de aquella particular vida. Porque cuando corre por su vida al lado de Rosaura, nosotros corremos, cuando está expuesto, a merced de zorros y cóndores, al frente de Shogún, nosotros también sentimos su mirada interpeladora, porque cuando camina en busca del qiwatu en el monte, nosotros también buscamos con él. Y cuando él llora, cuando silencia, nosotros lloramos y callamos al mismo tiempo.

En algún momento, Gavilán nos demuestra que esta carta es un homenaje no solo a quién le perdonó la vida, sino a quiénes ya no están a su lado, a quiénes se hundieron en el camino de los no muertos (p.55), a Rosaura, Evarista, a Rubén, a tantos nombres y apellidos que hoy se pierden como los recuerdos que son extraviados por el viento. Este libro es una memoria a los desaparecidos durante el conflicto armado interno, este libro es una memoria para quiénes no vivimos durante esos años, y para quiénes sí.

Es imposible que quién se haya acercado a este libro, haya satisfecho sus dudas iniciales. Yo, sin duda, no lo hice. Este libro apertura nuevas lecturas, este libro nos lleva a cuestionarnos la propia existencia. Hoy, ¿qué hacemos respecto a nuestra otredad? Gavilán busca a Shogún en las páginas, nosotros lo buscamos también en nuestra sociedad. ¿Cuántos Shogún existirán, cuántos Shogún existieron?

¿y si todos somos Shogún? No, quizá he ido demasiado lejos. Regresemos…


En algún momento, Gavilán cuestiona a la memoria, cuestiona al olvido, cuestiona a la verdad. Estos tres aspectos, curiosamente, son los más vilipendiados en la actualidad. La memoria que insistimos por vulnerar, el olvido que optamos mantener, la verdad que preferimos ignorar. La razón por la cual Gavilán nos habla hoy sigue permaneciendo oculta. Hay quiénes dirían que quiere que conozcamos su verdad, a través de su búsqueda a un personaje ficticio, otros que señalarían que quiere que lo ayudemos a encontrar a Shogún o quizá y prefiero quedarme con esta opción Gavilán quiere que, a través de atestiguar su búsqueda, nos encontremos a nosotros mismos.

Carta al teniente Shogún es un texto inclasificable, allí reside su fuerza. Mas que una carta o un testimonio, este libro es una interpelación. Mas que un llanto a la vida, este libro es un canto de la esperanza. La esperanza de un abrazo fraterno, ese abrazo que Vallejo consideraba, en frío, imparcialmente, dársela a su Otro, ese Otro que somos nos-otros. Gavilán nos abraza a nos-otros a través de este texto, buscando de nuevo esos brazos que perdió en la guerra. Nosotros somos abrazados, quizá, buscando comprender a Gavilán de otro modo.

Esta distancia que aún hoy nos separa como país disminuye cuando terminas el libro. Y si, consideramos hoy, sin sesgos de algún tipo, cuántos libros nos causan esa sensación…sabremos por qué estamos frente a un libro de lectura obligatoria. Rumbo al bicentenario, es tiempo de cerrar esas grietas que aún nos dividen como país. Este libro, bajo mi consideración, fría e imparcial, demasiado humana, inicia ese proceso.

Elementos picarescos en El coloquio de los perros

Maria Paredes
Estudiante de Lenguas Hispánicas


wEl Coloquio de los perros es una novela ejemplar de Miguel de Cervantes. La historia es un diálogo entre dos perros llamados Cipión y Berganza, quienes por una noche tienen el don del habla y del razonamiento. En este trabajo pretendo demostrar los elementos picarescos en la vida de Berganza; por ello, dividiré este escrito en tres apartados: en el primero, daré un panorama de los elementos picarescos, en general; en el segundo, informaré las generalidades de la obra; y, por último, relacionaré los elementos picarescos con la novela ejemplar mencionada.

Elementos de la novela picaresca

El género de la novela picaresca surgió en el siglo XVI, en uno de los períodos más eruditos para España, mejor conocido como Siglos de oro. En La novela picaresca: concepto genérico y evolución del género (siglos XVI y XVII), Klaus Meyer y Sabine Schlickers señalan que la obra Lazarillo de Tormes fue el primer peldaño histórico para que se diera una narración de carácter antiheróica y con ciertos rasgos que contrastaban los valores utópicos que los burgueses ricos se creaban conforme a su estatus social. El género picaresco se consolidó con la aparición de la novela Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán. 

Por otro lado, en el libro Qué es la novela picaresca, Alonso Zamora Vicente define esta corriente como una actitud frente al arte por parte de los españoles, como determinada característica literaria que representa el espíritu español de esa época. Recordemos que España seguía en el antiguo régimen, como privilegiados estaban los integrantes del clero y la nobleza, mientras que el vulgo permanecía en una estrecha carencia.

   El estilo de la narración de la novela picaresca es autobiográfico, de manera que él o la protagonista va contando las peripecias que tuvo que pasar en una sociedad violenta. La novela picaresca tiene como característica principal presentar la realidad y la objetividad del mundo desde un preámbulo grotesco, este panorama lo podemos conocer por medio de la vida que se le va presentando al personaje principal, el pícaro, también conocido como trotamundos. A esto la RAE lo define como: “personaje de baja condición, astuto, ingenioso y de mal vivir”. Asimismo, Klaus Meyer explica que el vocablo surge a mediados del siglo XVI, como picaño y ganapán.

En el libro El niño-pícaro literario de los siglos de oro, Antonio Gómez Yebra afirma que el pícaro es:

Un héroe, un antihéroe, un mozo de muchos amos, <<un nómada como suelen serlo los héroes que viven al margen de la sociedad estabilizada, un parásito>>, <<un criado o escudero […] o un elemento que surge de la vagancia, abundancia y vida muelle de las grandes ciudades>>, <<un figurón nacido en las capas inferiores de la sociedad, un gusarapo fermentado en el cieno y puesto a curar al sol sobre el estiércol>>, << un vagabundo que pretende vivir con el mínimo esfuerzo, a quien repele el trabajo sobre todas las cosas, pero que no es aún un delincuente, aunque podría llegar a serlo>>. )                                                                 

Es preciso señalar que, las definiciones para el pícaro son bastantes amplias, mas, la importancia es la circunstancia en la que se encuentra; su vida suele moverse dentro de un contexto hostil y violento, por lo que crece sin valores y sin amor.

   El niño pícaro frecuenta la miseria y el sufrimiento, por lo que consigue ganarse la vida sirviéndole a varios amos. Crece de manera astuta e inteligente desconfiando de las acciones de sus amos y cree que casi toda la gente lo atisba, esto hace que se aleje de la sociedad, aunque esté dentro de ella, se siente en una profundidad soledad. Sus características físicas de un pícaro por lo regular son de una persona con aspecto andrajoso, y casi siempre se le atribuye trabajos como: criado, mozo, recadero, ayudante de cocina, etc.

   Retomando el texto de Gómez Yebra, la raíz problemática es el desarraigo familiar, los niños desde su nacimiento son condenados a tener una vida de padecimientos. El autor menciona que el pícaro puede frustrarse por muchos motivos, si lo vemos por el lado de las necesidades básicas como casa, vestimenta, y sustento. El pícaro carece de estás cosas que son elementales para un buen crecimiento. Igualmente están las necesidades emocionales y sentimentales como el amor, los valores y sobre todo la educación.  En síntesis, a falta de todos estos elementos fundamentales, el pícaro se vuelve conocedor de la maldad y de las mañas,

Rosa Cabrera afirma que es un individuo:

reflexivo, un introvertido, acostumbrado a estar a la defensiva. Su pensamiento discurre con agudeza, y ocasionalmente, con filosofía. Su carácter no tiene gracia, pero tiene sincera profundidad y perfiles originales. (“El pícaro en las literaturas hispánicas”)

   La autora menciona que los pícaros tienen su función, dependiendo de distintos factores ya sean sociales, raciales, urbanos o rurales. Los pícaros juegan un papel esencial en las obras, puesto que, en casi todo el eje del texto, se gira alrededor de lo que pasa en su vida.

Generalidades de la obra

El coloquio de los perros es una novela ejemplar protagonizada por dos canes, llamados Cipión y Berganza, quienes por una noche tienen el don del habla y del razonamiento. Durante el anochecer, Berganza le cuenta sus andanzas que tuvo que pasar con sus distintos amos, puesto que, su condición estaba por los suelos, a comparación de otros perros que nacían con la suerte de tener buenos amos, sobre todo dueños que pudieran darles una vida digna.

Sus amos fueron: Nicolás Romero, los pastores, el mercader, el aguacil, el atambor y sus soldados, la hechicera, los gitanos y el morisco. En cada aventura con ellos, Berganza aprendió sus costumbres, sus trabajos, su manera de pensar y sus actitudes, de hecho, se lo dice a Cipión:

¿Consideras mis caminos y mis amos tantos? Pues todo lo que has oído es nada, comparado a lo que te pudiera contar de lo que noté, averigüé y vi desta gente: su proceder, su vida, sus costumbres, sus ejercicios, su trabajo, su ociosidad, su ignorancia y su agudeza, con otras infinitas cosas: unas para decirse al oído y otras para aclamallas en público, y todas para hacer memoria dellas y para desengaño de muchos que idolatran en figuras fingidas y en bellezas de artificio y de transformación.

   En el artículo “La filiación genérica del Coloquio de los perros”, Jorge Alcázar toma el texto como una obra de alto grado de originalidad, e igual como un texto que retoma temas cultos y populares, uno de ellos es: la brujería. En cambio, en el artículo “Delito y moral en el Coloquio de los perros”, Belinda Rodriguez Arrocha toma a estos actos como prácticas ilícitas, ya que eran prácticas enjuiciadas por los tribunales inquisitoriales. El propósito de este artículo es mostrar la conducta delictuosa en El coloquio de los perros, basando en el contexto del siglo XVII.

El coloquio de los perros es una novela que desmiente y muestra, tal cual, una sociedad cruel y con poca moral y empatía. La sociedad que describe Berganza es grotesca en cuanto sus acciones, un claro ejemplo es su amo Nicolás el Romo con su matadero; Berganza tuvo que salirse de ahí por personas desalmadas y de mala conciencia. Otro punto que obtuvo Miguel de Cervantes en su novela, es desmitificar a personajes que se tenían en una alta perspectiva. Por ejemplo, cuando Berganza le toca cuidar un rebaño de ovejas y se da cuenta que son los mismos pastores los que las mataban como si fueran lobos. Incluso en una parte de la obra, Berganza le describe a Cipión, cómo son en realidad los pastores y dice que todo lo que se describe en las novelas pastoriles son puras cosas soñadas.

Carlos Blanca en su artículo “Cervantes y la picaresca”, explica que las novelas de Miguel de Cervantes no son idealistas, dado que, existe dos tipos de realismo el realismo de desengaño y el realismo objetivo. Estas son dos formas de concebir la novela, incluso, el autor afirma que los pícaros de Cervantes son muy distintos a los pícaros de otras novelas, por la manera de concebir el mundo, su realismo, es esencialmente antagónico al de los autores de las picarescas más famosas.  Los pícaros de Cervantes muestran un mundo inhumano y antiheroíco, y cada una de las aventuras del pícaro le sirve para explorar y revelar los engaños de la baja calidad humana. El autor también menciona que el eje central que mueve al pícaro es “el hambre “, come por necesidad sea el platillo que sea.

La novela realiza profundos análisis filosóficos, incluso Cipión sabe términos griegos y Berganza hace una crítica a los letrados y a su lenguaje que presumen tener. Cipión es el moderador del habla y raciocinio de Berganza, y podría decirse que es el perro con más sabiduría y con una retórica impresionante.

III Elementos picarescos en El coloquio de los perros

Quisiera comenzar este apartado, destacando las principales aventuras que pasó Berganza con sus distintos amos; y cómo es que se volvió un trotamundos y ágil en muchas tareas.

Berganza nació en Sevilla dentro de un Matadero, sus padres fueron alanos[1]. En el matadero se encontraba un mozo de personalidad iracunda, llamado Nicolás el Romo, quien como  jifero[2] le enseñó a Berganza a embestir a los toros con una agilidad impresionante. Sin embargo, tuvo que huir porque su propio dueño lo quiso matar, por volver sin la comida que llevaba en la cesta: “Me volví a mi mano sin la porción y con el chapín. Parecióle que volví presto, vio el chapín, imaginó la burla, sacó uno de cachas y tiróme una puñalada que, a no desviarme, nunca tú oyeras ahora este cuento.”, Berganza escapó hacia unos campos a donde la fortuna lo llevase. 

Su segundo amo lo encontró en unos rebaños. Un pastor lo recogió y le puso como sobrenombre Barcino: “el pastor me puso luego al cuello unas carlancas [3] llenas de puntas de acero, habiéndome dado primero un dornajo[4] gran cantidad de sopas en leche, Y, asimismo, me puso nombre, y me llamó Barcino”. Cuando llegó con el dueño, le asignaron una tarea, la cual era cuidar el rebaño de los lobos y si al día siguiente se encontraba una oveja muerta, a los que castigaban eran a los perros. No obstante, un día Berganza se dio cuenta que los mismos pastores eran los que mataban las ovejas, dejando las heridas idénticas a las de un lobo. Este acto le parecía a Berganza una injusticia, y mejor decidió irse.

Su tercer amo lo encontró cuando regresó a Sevilla, era un mercader que tenía dos hijos y eran estudiante de un colegio llamado Compañía de Jesús, en donde estudiaban gramática. Con esta familia Berganza aprendió mucho, y más cuando acompañaba a los niños a la escuela, sin embargo, como distraía tanto a los niños en su aula, el mercader decidió que regresara a cuidar la puerta, y una empleada malvada le hacía la vida imposible; no le daba de comer y los integrantes de la casa ni cuenta se daban. Un día Berganza decidió marcharse, y fue cuando encontró a su cuarto dueño, un aguacil[5]. Con este amo, Berganza vivió muchas hazañas y enteró de muchos rumores. Pero a la ama que quisiera destacar es a la bruja que se hacía pasar por una hospitalera, y fue quién le contó que él en realidad es un humano atrapado en un cuerpo de perro, está bruja llamada Cañizartes,le dio santo y seña de quién era su madre y cómo fue que una bruja nombrada La camacha, les hizo un embrujo, incluyendo a Cipión quien vendría siendo su hermano.

Todas estas aventuras: los sobrenombres, los golpes, el hambre, los embrujo y  los engaños , son claramente las de un personaje pícaro, su vida es como una rueda de la fortuna, por lo que su suerte dependía del lugar y de la persona con quien le tocará vivir.

Conclusión

La razón les permitió a Cipión y Berganza que llevarán a cabo un diálogo con argumentación, liberación de conocimiento y un lenguaje sabio e intelectual.

Por consiguiente, en el artículo “El coloquio de los perros: una poética para sí misma”, Grissel Gómez analiza la insistente verosimilitud en Cervantes, y la credibilidad de sus narraciones. De hecho, la autora retoma el final del coloquio, cuando el licenciado le dice al señor Alférez: “Señor Alférez, no volvamos más a esa disputa. Yo alcanzo el artificio del Coloquio y la invención, y basta. Vámonos al Espolón a recrear los ojos del cuerpo, pues ya he recreado los del entendimiento (p. 445).” Peralta da entender, que no importa si fue el producto de un delirio o si fue verdadero o falso, lo que realmente importa es la admiración y la curiosidad de haber escuchado a dos perros, que nunca se sabrá si realmente eran dos humanos embrujados.


Bibliografía

Alcázar, Jorge. “La filiación genérica de El coloquio de los perros “. Scielo. I, (mar-may.2009): 1-2.

Bataillon, Marcel. Pícaros y picaresca. España: Taurus, 1969.

Carrasco, Félix, et al. La novela Picaresca en el siglo XVI. Madrid: Iberoamericana, 2001.

García, Patricia. Novelas ejemplares: Miguel de Cervantes Saavedra. Edinexus, 2005.

Gómez, Grissel. “El coloquio de los perros: una poética para sí misma”. Revista casa del tiempo. (octubre 2004).

Rodríguez, Belinda. “Delito y moral en El coloquio de los perros”. Revista de Filología. 34, (marzo 2016): 315-327.

Schlickers, Sabine, et al. La novela picaresca: Concepto genérico y evolución del género (siglos XVI y XVII). España: Universidad de Navarra, 2008.

Van Hoogstraten, Rudolf. Estructura mítica de la picaresca. Salamanca: Fundamentos,1986.

Zamora, Alonso. Qué es la novela picaresca. Argentina: Editorial Columba, 1962.


[1] Raza de perros autóctonos de España, y se consideran perros de presa.

[2] Un jifero es según la RAE:  Perteneciente o relativo al matadero.

[3] Según la RAE:  Collar ancho y fuerte, erizado de puntas de hierros, que preserva a los mastines de las mordeduras de los lobos.

[4]  Según la RAE:  Especie de artesa, pequeña y redonda, que sirve para dar de comer a los cerdos, para fregar o para otros usos.

[5] Según la RAE un aguacil es: Funcionario subalterno de un ayuntamiento o un juzgado.

Incandescencia

Gabriela Wiener
Escritora peruana

Carlos Hualpa tiene un apellido quechua que significa gallina. Él es Carlos Gallina. Las pobres gallinas no tienen la culpa de que el patriarcado linguístico las haya asociado, en contraposición a los gallos –machos bravíos y amos del gallinero– con la cobardía, lo achantado, lo blandengue, lo inseguro, lo débil, lo medroso, lo pusilánime, lo cagueta. Por la misma razón, los pobres hombres a los que llaman gallinas siempre han sido considerados poco hombres, algo que suele ofenderlos solo a ellos. Para burlarse del inca Atahualpa, cuyo nombre significaba rey de la tierra, los españoles le partieron en dos el nombre, Ata hualpa, que significa gallina amarrada.

Hualpa también se sentía como una gallina amarrada cada vez que llegaba al trabajo y veía esa cara. El más grande de sus problemas era esa cara. Hay caras que son tan bonitas que no puedes dejar de mirarlas, sobre todo cuando todo lo que te rodea es feo, mucho más gris y triste y pobre y oscuro. Pero hay caras que son verdaderos problemas para algunos y ésta era una. Por la mañana, cuando marcaba tarjeta en una de esas empresas explotadoras llamadas service en la que trabajaba como cocinero, siempre era el mismo infierno: perseguir largamente aquello que se le resistía en los ojos de su joven compañera de trabajo, la armonía que hacían los pómulos afilados con su barbilla de manzanita, la sonrisa de dientes pequeños, los labios rojos, quietos y sellados, los cabellos negros que parecían acariciar al mundo mientras avanzaba, menos a él.

La dueña de la cara, Eyvi Liset Ágreda Marchena, había llegado a Lima a los 17 años desde San José de Lourdes, una pequeña comunidad en Cajamarca, había cambiado la chacra por la ciudad; estaba estudiando Administración de negocios y trabajando para ayudar a sus padres como cajera y azafata en ese service de comida en el que conoció a Hualpa en el año 2015. No tenía novio, le gustaba divertirse, arreglarse. Se veía bonita, se sabía bonita. Tenía 22 años, era muy joven pero no quería perder el tiempo.

A sus 37 años él vivía aún con sus padres y sus tres hermanos en una casa a medio construir en el barrio de Carabayllo, al norte de Lima, donde los vecinos lo percibían como una persona silenciosa y tranquila, incapaz de matar. Desde que se conocieron, había intentado estar cerca de ella de muchas maneras, quería ser su amigo, su protector, quería que lo necesitara. Se preocupaba por ella. Hacía pesas. Se estaba poniendo maceta. Una vez unos ladrones le hicieron daño A Eyvi para robarle el celular y él corrió como un héroe en su ayuda. Al menos él se sintió un héroe. La invitó a comer, conversaron por primera vez sobre sus vidas. A él le conmovió saber de ella, que le hablara de su padre. Otra vez la acompañó a Plaza Norte a comprar unas zapatillas Adidas con cien soles de su tarjeta que él le había prestado y que acordaron le pagaría en cuotas.

Pensaba que eso era lo que tenía que hacer un hombre por una mujer. Pensaba que eso era estar enamorado, que eso era el amor. Su educación sentimental se debía quizá a la suma de algunas telenovelas, a la observación de las dinámicas de alguna pareja de vecinos, unas cuantas películas de Hollywood, a la relación de sus padres y a los pasajes que leían los predicadores de la Iglesia evangélica a la que acudió durante un tiempo. Se imaginaba con ella en el futuro. Le habría cocinado los platos peruanos que mejor le salían. Por toda su entrega, Carlos creía que Eyvi le debía algo, que debía estar agradecida y corresponder en igual medida a su deseo. De hecho, no comprendía sus evasivas y rechazos. No tenían sentido. Él se sabía una buena persona, alguien generoso. Se le había declarado y ella le había dicho que tenía enamorado, pero no lo tenía. ¿Por qué le mentía? Nunca se consideró un machista sino un caballero. Eyvi le gustaba porque le gustaba pensar que eran “iguales”, que venían de abajo, le gustaba porque no bebía alcohol y era tranquila. Eso dijo, que le gustaba porque era “tranquila”.

Además, estaba esa cara. Esos huesos alineados sobre los que se implantan más de treinta pares de músculos, de diversas formas y funciones, gruesos y fuertes, finos y pequeños, como ese que eleva la comisura de los labios y el que dilata el ala de la nariz. Todos esos tejidos blandos que al moverse hacían de Eyvi quien era. Cada movimiento de su maxilar y su mandíbula expresaba una emoción y cada emoción negada de ese rostro impactaba en él como un golpe seco. Nunca era para él su alegría. Sus sentidos estaban concentrados también en esa cara en la que todo creaba armonía: La vista, el oído, el olfato, el gusto de Eyvi, pero también el tacto de esos labios que no conocía.

Pero a Eyvi no le gustaba la cara de Carlos Gallina. Era mucho mayor que ella, un tipo extraño, sombrío, hablaba demasiado de su madre. Al poco tiempo de conocerlo ya había empezado a agobiarla con su insistencia y asedio. Aunque se habían tratado y alguna vez se había apoyado en él, desde hace un tiempo ya no quería ni verlo. Jamás se le cruzó la palabra acoso por la mente pero su presencia le producía aversión, hasta repugnancia.

Quizá todo se terminó de torcer con las rosas. Carlos la vio distante un día y llamó a Rosatel para darle una sorpresa en su oficina. Las flores alegraron a Eyvi. Dice que la vio sonreír, pero cuando se enteró de que había sido él las tiró a la basura. Para Carlos fue como si hubieran tirado su corazón a los perros. Se despertaba en medio de la noche, sudando frío, tenso. Cómo había podido darle tanto y ella quitarle todo. Le había dedicado incluso más tiempo que a su madre enferma. Estaba tan amargado que le contestaba mal a su mamá, algo que detestaba hacer. Ya una idea escalofriante se alojaba en la parte más oscura de sí mismo y empezaba a madurar, a sofisticarse, a completarse. Desesperado por lo que se le acababa de ocurrir, subía al segundo piso enladrillado de la casa de sus padres y se ponía a orar. Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad aquí en la tierra…Y le pedía a Dios que le arrancara esa rabia. Y le pedía a Dios que le quitara esa idea. Y le pedía a Dios dejar de ver esa cara del demonio.

Por esos días, mientras deshilachaba el pollo para el ají de gallina, Hualpa se encerraba en el baño de su trabajo a llorar de rabia. La maldecía por ingrata, como en esa canción que los de Cafeta Cuba aseguran que no volverán a cantar, porque instiga a los feminicidios: “Ingrata, no te olvides que si quiero/Pues si puedo hacerte daño, solo falta que yo quiera/Lastimarte y humillarte…. Por eso ahora tendré que obsequiarte/Un par de balazos pa’ que te duela/Y aunque estoy triste por ya no tenerte/Voy a estar contigo en tu funeral”. Y para no hacer realidad la canción se fue a hablar con el pastor de su iglesia y no pudo ayudarlo. Y se fue a hablar con una psicóloga y tampoco. Se sentía utilizado, no le pagaba lo que le debía, no le contestaba las llamadas, el insomnio lo estaba volviendo loco. Y ella haciendo su vida normal. Tan feliz, mientras él vivía fregado.

Eyvi tomaba cada día el bus de su instituto al trabajo, del trabajo a la casa. Atendía llamadas en un Call Center. Ya no trabajaba con Hualpa. Se había alejado de él. Mejor no darle esperanzas. Vivía con su hermano porque estaba algo nerviosa. Miraba por las ventana del bus las calles de Lima y se quedaba dormida apoyando la cabeza cuando estaba cansada. Su cara se recortaba contra la ciudad y la ciudad parecía menos fea. Se hacía fotos con sus amigos del instituto o del trabajo, en el salón de clases, en parapente, en el campo, en la playa, en restaurantes, junto a platos de comida, y las subía al Facebook. Le daban megustas. Quienes la conocían la apreciaban, la consideraban divertida, fuerte, independiente. Alguno sabía que un tipo la molestaba, pero a qué chica como ella no la molestan.

Habían pasado dos años pero Gallina no había podido olvidar ese desplante; solo estaba seguro de algo, de que alguien tenía que darle una lección de humildad a esa puta. Según él se creía la última chupada del mango y tenía que darle un escarmiento. Se justificó pensando que así evitaría el dolor a otros hombres. Creía que jugaba con otros como había jugado con él. Jugadora, perra, ruca, cómo pudiste. Estaba enamorado, pensó, qué diablos, y las personas enamoradas actúan así. Y actuó.

No sabe qué pasó, se le nubló la mente, dice que las humillaciones acumuladas lo empujaran a hacerlo, a perder el miedo, a ser un poco menos o un poco más gallina. Esa tarde del martes 24 de abril de 2018 salió de su casa resuelto. Fue hasta su trabajo. La vio salir. La siguió. Estaba encapuchado y con lentes de sol. La vio subir en un paradero a la altura de alguna calle miraflorina. Subió detrás. Era ella, su rostro delicado intacto, desafiante. Estaba distraída. Eyvi no lo vio a él. No lo miró. No notó su existencia. Para variar. Eso hizo crecer su rabia. Se sentó detrás de ella. Sacó algo de la mochila. Se levantó. Le temblaban las manos que apretaban sudorosas una botella de yogurt repleta de gasolina, que había comprado hacía un mes. Dudó, pero la tapa del yogurt cayó al suelo y se animó. Recordó uno por uno sus desprecios. Cogió el encendedor. Mírame. Ahora sí, mírame. Lo pulsó varias veces pero no prendía. Agarró un fósforo y a ella la roció raudamente con gasolina. Solo quería quemarle la cara. Así se lo dijo a la policía. Nada más que la cara hermosa que no quería volver a ver porque no podía ser suya, que no quería que nadie más viera porque sería suya. Porque ella abusaba de su cara, vivía de su cara.

Pero el bus se movió, dijo también a la policía, y el líquido se derramó por todos lados: el cuerpo de Eyvi, la mano de Hualpa, el suelo y otros pasajeros. El fósforo prendió. Y Gallina salió corriendo con la mano quemada, dejando un incendio de gente a su paso.

El bus en la oscuridad de la noche limeña brilló como una ciudad bombardeada a lo lejos. Fue un resplandor breve. Y pronto se deslizó por la avenida un aroma a carne y fierro quemados. La incandescencia de un cuerpo de mujer. Un cuerpo negro que absorbe toda la luz y la energía radiante del mundo y luego se apaga. Como una estrella muerta. Los heridos, rociados con hielo seco, se veían como zombis regresando de la guerra, la guerra contra las mujeres. Diez personas sufrieron quemaduras de tercer grado. Eyvi, en tanto, tenía más de sesenta por ciento de su cuerpo quemado: la cara inalcanzable, por supuesto, los ojos que no lo miraban también quemados; el cuello, el cuero cabelludo, el tórax, los glúteos quemados, los brazos, la espalda que no acariciaría, quemada.

El polvo químico del extintor solo empeoró el estado de sus heridas. En el hospital la indujeron al coma para que no muriera de dolor. A los tres días ya había sido operadas tres veces para restablecer la circulación obstruida por las escaras, principalmente en los brazos y en el tórax.

Pero Gallina se había quemado por jugar con su propio fuego. Solo una mano pero no aguantó el dolor y se fue a un hospital ese mismo día. Fue fácil seguir la pista del hombre con la mano quemada. No fue a trabajar ese día. Del hospital corrió a los brazos de su madre. La policía lo capturó en su casa, pero aunque trató de negarlo y hacerse la víctima no tenía ni siquiera una coartada. En las imágenes se le ve con la mano vendada junto a la policía. Le dictaron nueve meses de prisión preventiva por intento de feminicidio. En su confesión lastimera, solo se quebraba cuando hablaba de su madre. En ese momento todo el Perú lo escuchó decir que solo había querido quemarle la cara, pero que el bus se movió. Intentaba disminuir su pena. Y rogó al cielo que Eyvi no muriera para ahorrarse unos años de calabozo.

Ese mismo día la noticia corrió veloz por las redes sociales. Cada día un hombre agrede en el Perú a una mujer que quiere poseer, cada dos o tres días la mata, todos los días la viola y le pega, pero por su brutalidad, por su violencia extrema, el caso de Eyvi conmocionó a toda la sociedad, los medios hicieron una cobertura exhaustiva durante los 38 días que estuvo ingresada en el hospital y el movimiento feminista la convirtió en símbolo de su lucha contra la violencia de género. Ese mismo día, un comentarista en Twitter dijo que la culpa era de Eyvi por haber aceptado favores de su agresor sin quererlo. Decenas de monstruos la responsabilizaron por ser atractiva.

Las mujeres quemadas son una obsesión del patriarcado. “Yo no lo he querido nunca, yo no puedo decir que he estado con mi marido porque le quería. Yo le tenía pánico, yo le tenía miedo, yo le tenía horror”. Así contaba la española Ana Orantes ante una cámara la pesadilla de haber soportado durante 40 años los brutales maltratos de José Parejo y así nos abría los ojos para que dejemos de una vez de confundir el amor con el horror. Trece días después, su esposo acudió a la vivienda, la golpeó, la maniató, la arrastró hasta el jardín y allí la asesinó rociándola con gasolina y prendiéndole fuego.

El caso de Orantes marcó un precedente en España porque fue una de las primeras veces en que una mujer contó públicamente lo que había estado pasando detrás de la puerta y lo hizo nada menos que en la televisión. Contarlo le costó la vida en 1997. El escarmiento fue el fuego. Hasta ahora, las historias de mujeres quemadas con fuego, con ácido, con la plancha caliente, con agua hirviendo, solían llegar de los interiores de las casas en las que sus parejas llevaban mucho tiempo haciéndoles daño. Para asomarnos al horror, el horror definitivo tenía que haber ocurrido. Pero traspasó esa puerta. El año pasado, un grupo de mujeres quemadas con ácido por sus parejas participaron en un desfile de moda para denunciar las crudeza de la violencia de género en la India. La mayoría tenía el rostro desfigurado. En el Perú decenas de mujeres han sido quemadas en los últimos años por hombres que decían quererlas. A una de ellas su pareja le echó la olla hierviendo de ají de gallina. Un plato que había cocinado ella.

Pero con Eyvi quemada, el horror salió definitivamente del hogar, de las cocinas, de las habitaciones y se desplazó a las calles, al espacio público. El asesino por esta vez no era el marido o el exmarido, era un tipo cualquiera, un acosador. Treinta y ocho días después del ataque, Eyvi había sido sometida a una docena de intervenciones para revitalizar su piel a través de injertos. Pero como la piel, la primera barrera inmunológica de un ser humano, estaba semidestruida, no pudieron evitar que un microrganismo entrara en su cuerpo. Eso dijo su médico a los medios. La primera vez pudieron combatirlo, dos y hasta tres veces, pero la última ya no, porque los bichos se volvieron resistentes a los tratamientos. Por esa razón, Eyvi tuvo una falla multiorgánica y murió el sábado 1 de junio; las puertas del hospital se llenaron de flores y velas. El presidente Martín Vizcarra no tuvo mejor idea que lamentar el hecho señalando que “eran designios de la vida que debíamos aceptar.” Sufrió un escrache de inmediato. Ni siquiera el presidente estaba a la altura. Una gran cantidad de gente opinó que el asesino era un perturbado y que había un problema de salud mental generalizado en nuestro país. Había locura en este caso, no machismo. Mientras las feministas, acosadas y amedrentadas, llamaban a las cosas por su nombre: violencia de género, y exigían que se declare el estado de emergencia nacional “porque nos están matando”.

El dibujo de Kimi, una joven ilustradora, en la que pinta a Eyvi rodeada de puños en alto, con el encabezado “Todas contigo, Eyvi” se hizo viral, pero fue compartido miles de veces alterado, vandalizado: alguien había tachado el “todas” y lo había sustitudio por “todos”. Miles de personas pensaron que era un buen día para corregir un mensaje de sororidad, borrando el femenino, borrando otra vez a las mujeres que se nombran a sí mismas en el duelo.

Los misóginos creen que hay mujeres que deben ser castigadas por decir que no, porque ellos son buenos y atentos, porque un día les regalaron peluches gigantes en la vía pública y ellas los rechazaron; piensan que ellas deben ser condenadas por ser bellas, porque es una belleza que provoca y se les niega, por no estar a su alcance y disponibilidad. Sus mentes destrozadas por el patriarcado los llevan a cometer juicios delirantes, a reivindicar y aplaudir los más escalofriantes actos contra las mujeres, hombres frustrados que deciden vengarse cometiendo actos de terrorismo machista, como Hualpa, la gallina que quemaba mujeres.

¿Por qué quemarlas? Las quema para castigar la vida, su dermis inabarcable. La piel de una mujer le recuerda a un hombre gris su impotencia, la imposibilidad de controlarla por completo, su existencia marchita, su fracaso como patriarca, como fornicador, como amo, como proveedor y por eso tiene que quemarla, para borrar esa belleza, esa vitalidad del mundo. Y lo hace en una vanidosa representación escénica para el resto de hombres; la sacrifica y así se siente menos gallina y más esa clase de hombre que quería ser. Ante el mundo, el pirómano de mujeres sella así su compromiso con la superioridad masculina y manda un mensaje de amenaza y sumisión a las mujeres. Las quema también para dejar una huella, para marcarla, para rubricar su firma en la cara y en el cuerpo de una mujer, como un guasón al que solo consuela convertir a la “amada” en un monstruo para paliar su propia monstruosidad espiritual.

Gallina espera el juicio en el gélido penal de Cochamarca, Huacho. Lo mejor que podría pasarle son 35 años en la cárcel por feminicidio, aunque hay quienes piden para él la cadena perpetua. Todos los días ora por el perdón de Dios y recibe cartas de fans.


* Este texto está incluido en el libro colectivo “Crímenes en Lima” (Librerías Crisol, 2019). El de Eyvi no fue un crimen cualquiera, fue un feminicidio. Ya van 103 asesinadas por violencia de género en lo que va del 2019.

El hombre de negro*

Mario Vargas Llosa
Escritor peruano

I

Cuando el director de teatro Pedrito Adrianzén concertó una cita con Antenor Montalvo en el Gijón “para tomarnos un cafecito y contarte un proyecto”, este último, actor fallido y en proceso de desintegración psicológica y moral, vivía en la insolvencia en una pensión de mala muerte de Lavapiés que no pagaba hacía tres meses y estaba dándole vueltas en su cabeza a la idea de suicidarse. La carita de Adrianzén lo sorprendió. ¿Era posible que ese director famosísimo lo llamara para ofrecerle un papel? ¿A él? Antenor, con sus cincuenta y pico de años, se sabía hacía tiempo un fracasado. Como actor, pues ya casi nadie lo contrataba, salvo para hacer de mayordomo o chofer en comedias de dudoso gusto o papelitos aún más insignificantes en telenovelas y películas del montón; y también en amores, pues la última mujer con la que convivió lo había abandonado hacía ya un par de años “por impotente y por inútil” (se lo dijo así en su brutal carta de despedida). Ya no tenía parientes vivos y la pobreza le había ido haciendo perder amigos –le avergonzaba que pagaran siempre ellos la caña o la copa de vino en la tasca, así que dejó de asistir a su vieja tertulia– y aislado en una soledad neurótica y enfurruñada, salvo cuando conseguía algún trabajito, pasaba sus mañanas y sus tardes leyendo en la Biblioteca Nacional del Paseo de Recoletos.

Llegó al Gijón unos minutos antes de las once, la hora fijada para la cita, y Pedrito Adrianzén ya estaba allí, juvenil y vistoso como de costumbre. Lo había conocido vagamente, cuando iniciaba su meteórica carrera de éxitos con su espectacular montaje de La asamblea de las mujeres, de Aristófanes, que le mereció el premio mayor en el Festival de Teatro Clásico de Mérida, en Extremadura. Le pareció más joven todavía que entonces, con sus tatuajes en la cara y en los brazos, sus blue jeans agujereados y el pendiente bailoteándole en la oreja derecha. En vez de la larga peluca que Antenor le recordaba, llevaba ahora el pelo cortado al rape y tenía un manojo de collares de colorines sobre su blusita azul marino, abierta hasta el ombligo. Mientras se daban la mano, Antenor Montalvo se sintió prehistórico con su terno antediluviano, su camisita de cuello y su corbata con el nudo diminuto que desde hacía por lo menos diez años llevaba siempre en las grandes ocasiones. (Hacía mucho tiempo que no se compraba ropa y con tantas lavadas y planchadas la que llevaba puesta lucía los brillos y la delgadez de una hoja de cebolla.)

–¿Quieres un café, un agua mineral? –le preguntó el joven director, indicándole que se sentara frente a él.

–Si no te importa, preferiría un bocadillo de queso y jamón –dijo Montalvo, ruborizándose–. Y un cortado.

–Claro, claro –asintió Adrianzén–. Te estarás preguntando por qué quería que nos reuniéramos.

–Pues, sí, me llevé una sorpresa –respondió Antenor, con la franqueza que siempre lo caracterizó–. Una gran ilusión, también. Como te imaginarás, no soy un actor al que llamen todos los días los directores famosos como tú.

–Tengo un papel para ti en la obra que voy a dirigir –entró Adrianzén en materia de inmediato–. Comenzaremos los ensayos el próximo lunes, en el Teatro Español, de Los cuentos de la peste, de Vargas Llosa. Es una adaptación muy libre del Decamerón de Boccaccio. No tendrás que decir una sola palabra, pero estarás en escena de principio a fin. Serás “el hombre de negro”, el kuroko, que aparece en todos los espectáculos del kabuki japonés. ¿Te interesa?

Adrianzén acababa de pasar una temporada en el Japón, invitado por The Japan Foundation, para familiarizarse con el teatro japonés antiguo y moderno. Había visto y charlado con actores, directores, autores y técnicos del teatro tradicional y contemporáneo japonés, desde el popular kabuki al exquisito no, así como el arte sutil del teatro de títeres, el bunraku, con tambores y muñecos, en Kioto, y visitado talleres, maestros, escuelas de formación, academias, etcétera. De toda aquella rica experiencia lo que más le había impresionado era la presencia del kuroko, “el hombre de negro”, en las funciones del kabuki, el antiguo teatro popular japonés.

–Es un hombre que está en el espectáculo –lo escuchó decir Antenor, entusiasmado como un niño con un juguete nuevo–. Pero no es un personaje ni forma parte de la trama. Sin embargo, aparece todo el tiempo en ella: detrás de las puertas que se abren o se cierran, debajo de las mesas, encogido dentro de aparadores y roperos, alcanzando a los actores pañuelos o sombreros, sin que nadie en el escenario tome nota de su presencia, invisible para el elenco, pero no para los espectadores, a quienes sí se hace presente de continuo. ¿Con qué fin? Recordarles que aquello que están viendo no es la verdad sino el teatro, no la vida sino una representación ficticia de la vida. El “hombre de negro” es un antecesor remoto –nació en el siglo XVI, imagínate– de lo que Brecht quería conseguir en sus montajes: recordar a los espectadores que no debían confundir lo que veían en el escenario con la vida real, que el teatro es solo un simulacro de la vida.

A Adrianzén se le había ocurrido hacer un trasplante de “el hombre de negro” del kabuki a su montaje de Los cuentos de la peste en el Teatro Español y ese era el papel –mudo, movido, invisible para los demás actores pero ostentoso para el público– que le ofrecía a Montalvo. Cuando terminó de hablar se le quedó mirando, risueño e inquisitivo: “¿Aceptas?”

–Era lo último que me faltaba –exclamó Montalvo, haciendo una mueca tragicómica–. Que ya no solo me ofrezca ser mayordomo, portero o chofer, sino mudo e invisible. Descender a la condición de objeto, ni más ni menos que un florero o una mesa.

Se rio con amargura y encogió los hombros, como diciendo: ¡esa es mi suerte, qué remedio!

–Bueno, hay otra manera de verlo, Antenor –le levantó la moral el director, dándole una palmada–. Sería considerar que el hombre de negro es el dios de la representación para los demás actores: está en todas partes aunque invisible para ellos y, en cambio, para los espectadores, visible en todas las escenas, aunque exonerado de toda forma de acción.

–¿Puedo preguntarte por qué pensaste en mí para hacer de “hombre de negro”? –preguntó Antenor.

–No fui yo –repuso en el acto Adrianzén–. Fue Aitana Sánchez Gijón.

–¿Aitana? –se sorprendió Antenor–. ¿Ella sabe que yo existo?

–Dijo que de todos los actores que conocía el único capaz de no existir en un escenario eras tú –explicó Adrianzén–. No me preguntes qué quiso decir, yo tampoco entendí. Pero, como ella es tan inteligente, me convenció. ¿Qué dices? ¿Aceptas?

Antenor dijo que sí, sin la menor alegría.

II

Cuando comenzaron los ensayos, en un sótano del Teatro Español, Antenor advirtió que Aitana ni siquiera se acordaba de él. Lo saludó con cierta sequedad el primer día, murmurando: “Mucho gusto.” Solo cuando él le dijo su nombre, dio muestras de reconocerlo y le sonrió: “Hola, Antenor, vamos a trabajar juntos ¿verdad?, qué bien.”

Apenas comenzaron a leer el texto en grupo, Antenor se sintió incomodísimo. No tenía función alguna y Pedrito, el director, jamás se dirigía a él, solo a Aitana (la condesa de la Santa Croce), a Pedro Casablanc (Boccaccio), a Óscar de la Fuente (Pánfilo) y a Marta Poveda (Filomena). Como no tenía nada que leer, Antenor asumió su condición de fantasma o de bulto, con modestia, tratando de ser lo más invisible que pudiera; apenas se movía y jamás abría la boca para hacer alguna pregunta o comentario. Los demás actores terminaron también por ignorarlo; casi jamás le dirigían la palabra, incluso en las pausas que hacían para tomar agua, comer algo y algunos, como el director, fumarse un cigarrillo. Solo cuando terminaron las lecturas y Pedrito Adrianzén comenzó a diseñar las escenas, Antenor tuvo la impresión de que adquiría cierta vida; por lo menos, en lo relativo a la movilidad. De pronto, el director comenzó a darle órdenes: “A ver, Antenor, ponte aquí.” “No de pie, sino arrodillado.” “No mires a los actores.” “Tu mirada debe ser blanca, anodina, inexistente.” “Súbete a esa silla. No, mejor encógete y acurrúcate debajo de ella.” “A ver, ocúltate a medias detrás de esa cortina.” “Recuerda que tu función no es la de existir”. “Échate de espaldas y espía lo que ocurre a tu alrededor. Asume tu condición, guarda total inmovilidad.” “Recuerda que tu función no es la de existir, no formas parte del elenco ni de la historia; tu función es solo ‘estar allí’, nada menos y nada más que ‘estar ahí’.”

Antenor obedecía y trataba de acatar escrupulosamente las instrucciones de Pedrito. A veces, este parecía olvidarse de él; entonces, si la postura en que estaba resultaba demasiado incómoda y un músculo o tendón le dolía demasiado, o tenía un comienzo de calambre, preguntaba a media voz: “¿Podría moverme un poco? Estoy algo agarrotado.” Las miradas de todos se volvían hacia él y Antenor tenía la sensación de que solo ahora estaban descubriéndolo e, incluso, que Aitana, Pedro, Óscar, Marta y el propio Pedrito Adrianzén se sorprendían de que ese bulto tuviera el don de la palabra.

En las largas esperas, mientras los otros actuaban e iban cuajando las escenas bajo la batuta de Pedrito Adrianzén, Antenor Montalvo tenía tiempo de sobra para pensar. Sobre todo, con una tendencia que se manifestaba en él con fuerza desde que cumplió la cincuentena, recordaba su infancia y juventud, en el lejano Perú natal, cuando, ante la sorpresa y el disgusto de sus padres, les anunció que, de grande, él no sería dentista como papi, ni maestro como mami, sino actor. ¿Actor? Sus padres se rieron de él, no lo tomaron en serio, dijeron que a todos los niños les daban esas ventoleras, ser domadores de fieras o    exploradores en el Ártico, pronto recapacitaría y entraría en razón. Pero la verdad es que les hablaba muy en serio y que esa vocación que descubrió cuando llevaba todavía pantalón corto era una de las pocas cosas de las que estuvo siempre seguro: él, de grande, sería actor o no sería nada. ¿Cómo descubrió su vocación? Eso no lo sabía. Pero recordaba muy bien que, en el colegio San Agustín, desde los primeros años de primaria, siempre se había ofrecido como voluntario para todas las actuaciones, recitales, espectáculos que los padres agustinos y los profesores laicos organizaban en el colegio. Y que, desde esos remotos años, él había organizado también en el patio de su casa actuaciones y veladas con sus amigos de barrio, números musicales, recitales de poesía o pequeñas escenas que él mismo escribía imitando episodios de películas, la radio o las revistas. Preparaba esas actuaciones con pasión –construyendo escenarios, improvisando telones, decorados–, ni más ni menos que con el mismo entusiasmo con que sus amigos organizaban los partidos de fútbol en el barrio o las excursiones al Estadio Nacional a ver jugar a la “U” y al Alianza Lima o las fiestecitas bailables de los sábados.

Se salió con su gusto. Al terminar el colegio entró a la Universidad Católica, a estudiar Letras, pero, en verdad, a matricularse en el TUC (Teatro de la Universidad Católica), uno de los pocos lugares donde podía formarse un actor en aquel tiempo en el Perú. Estuvo allí apenas un año, trabajando solo una vez ante el público, en un papelito menor, en una obra de Calderón de la Barca dirigida por Ricardo Blume. Pues al año siguiente su padre, resignado ya a que su único hijo se dedicara a ese incierto oficio, lo mandó a España a que completara allí su formación y “alcanzara el éxito”. Antenor nunca más había vuelto al Perú.

“El éxito”, pensó el hombre de negro, apoyado en una supuesta columna, a menos de medio metro de la condesa de la Santa Croce y el duque Ugolino, enfrascados en ese momento en una violenta disputa en la que chasqueaba un látigo. ¿Había tenido alguna vez en su vida de actor la sensación de éxito? Pensó, recordó, fantaseó: “Creo que nunca. Aplausos, menciones al paso, felicitaciones de los amigos, sin duda. Pero esa cosa grande, impersonal, envolvente y milagrosa, el éxito, no, jamás.” Eso no lo había conocido y era seguro que tampoco lo conocería en lo que le quedaba por vivir.

No era por la falta de éxito que había decidido suicidarse; era por haber perdido las ilusiones y la admiración y el respeto que durante su juventud y primera madurez le producía el teatro, en aquellos años en que todavía soñaba con encarnar en un escenario a Segismundo, Hamlet, Harpagón o don Juan. Su formación había sido bastante buena. Después de Madrid, vivió un par de años en París, aprendió francés, fue aceptado en la academia de Jacques Lecoq, y practicó allí un par de temporadas las estrictas enseñanzas físicas y teóricas del antiguo luchador convertido en funámbulo y teórico de la actuación.

¿Por qué nunca había tenido éxito? Durante mucho tiempo, lo atribuyó a su mala suerte, a su escasa aptitud para conquistar amigos influyentes, a su incapacidad para adular o, incluso, hacerse simpático a quienes podían ayudarle a abrirse camino, conseguir buenos contratos, papeles relevantes. ¿Había sido un imbécil creyendo que existía una justicia inmanente, que en su caso terminaría por imponerse, premiando tarde o temprano su constancia, su profesionalismo, el rigor con que estudiaba y trataba de componer el personaje cuando conseguía actuar? A lo largo de años, pese a no haber salido jamás de esa mediocre existencia profesional en la que nunca conseguía sobresalir, había mantenido la esperanza de que cambiara su suerte y, de pronto, las cosas mejoraran para él en el mundo del espectáculo. ¿Cuándo la perdió? Hacía varios años ya, pero no de golpe, sino poco a poco. Sus ilusiones fueron diluyéndose como un día que anochece. Hasta que una tarde se dijo que no podía seguir engañándose, tenía que aceptar que nunca más le ofrecerían un rol protagónico en una obra de teatro, una telenovela o una película, que lo que le quedaba de vida profesional lo pasaría hundiéndose cada vez más en esa gris mediocridad en la que siempre vivió.

¿Qué habría querido decir Aitana Sánchez Gijón con aquello de que él era el mejor actor para representar la inexistencia en un escenario? Le había hecho gracia al principio, aunque no lo entendía del todo, pero al cabo de cierto tiempo le pareció que la frase era dolorosa y hasta cruel. ¿Qué mérito podía tener representar la inexistencia? Ninguno. La frase quería decir, simplemente, que él pasaba siempre inadvertido, cualquiera que fuera su papel; que era incapaz de dar un asomo de vida a esos personajes de segunda o tercera que encarnaba; que su pobre trabajo contribuía más bien a subsumirlos en la nada.

A medida que se hundía en la ociosidad y en la escasez y la pobreza por la falta de trabajo, Antenor fue aceptando que no era tanto la mala suerte ni su carácter poco afecto a la adulación y el oportunismo lo que había hecho de él un fracasado sino, ay, su falta de talento. Su suerte no era una injusticia sino, pura y simplemente, consecuencia de su falta de inspiración, de su intrínseca poquedad. Fue cuando llegó a esta conclusión que decidió suicidarse. No fue una decisión desgarradora, dramática. Todo lo contrario: una elección tranquila, serena, tomada en una tarde fresca de otoño, mientras daba un paseo alrededor del lago del Retiro, luego de haber pasado varias horas leyendo a un autor belga vinculado al simbolismo que hasta entonces no conocía, Michel de Ghelderode, en la Biblioteca Nacional. Hacía de esto unas tres o cuatro semanas: mejor morir antes de tocar fondo y pasar una decadencia humillante, de miseria e idiotismo. Lo había preparado todo con detalle. Sería con pastillas de anfetamina –con un frasco entero sobraría–, a la hora del sueño. Dejaría un sobre con una carta junto a su cadáver, pidiendo a la Sociedad de Actores, si es que se encargaba de financiar su entierro pese a no estar él al día en sus cuotas, que lo incineraran pues lo entristecía imaginar su cadáver devorado por gusanos. La inesperada oferta de Pedrito Adrianzén de ser “el hombre de negro” en Los cuentos de la pestehabía aplazado su decisión. ¿Hasta cuándo? ¿Hasta terminar las ocho semanas programadas para la obra?

III

Aquello ocurrió al comenzar la sexta semana. La crítica no había sido muy buena con la obra, tampoco muy mala, y, por supuesto, nadie había mencionado siquiera al “hombre de negro”. Pero el público respondió bastante bien. Trabajaron casi todo el tiempo con la sala llena y muchos días en la boletería se colgó el cartelito de “Localidades agotadas”. La gente se emocionaba, reía, aplaudía y Antenor comió ese mes y medio dos veces al día, algo que no le ocurría hacía tiempo.

Su relación con los demás actores fue buena, pero no intimó con ninguno; compartían bromas o pequeñas charlas antes o luego de la función y algunas veces se tomaban un bocadillo con una caña o un vaso de vino en la pequeña cafetería del teatro intercambiando ideas sobre cosas banales. Con la que menos había tenido esos intercambios era con Aitana Sánchez Gijón, a la que nunca se atrevió a preguntarle qué había querido decir exactamente con aquello de que él era el actor que representaba mejor la inexistencia en un escenario. Él la admiraba como actriz y había soñado trabajar alguna vez con ella, algo que por supuesto nunca consiguió; pero lo intimidaba un poco la actitud distante, ligeramente altiva, que, le parecía, establecía entre ella y sus interlocutores una invisible frontera que nadie, salvo un puñadito de privilegiados, conseguía cruzar.

Desde el principio, cuando la obra llegaba al episodio de “El halcón”, en las postrimerías del espectáculo, a Antenor le entraba un curioso desasosiego, la inquietante sensación de que algo inesperado e importante iba de pronto a ocurrir, algo que no figuraba en el texto ni el montaje de la obra. Y que, por lo demás, nunca ocurría. Pero aquella sensación resucitaba cada vez que la obra llegaba al episodio de “El halcón”, una bonita historia en la que un empobrecido galán, Federico de Alberigue, sacrificaba a su querido halcón para poder ofrecer un almuerzo decente a Dama Johane, la mujer de sus sueños. El galán relataba su historia al público mientras Aitana, transformada en la heroína de “El halcón”, daba tres vueltas y media a una fuente circular, a muy poca distancia de “el hombre de negro”, a quien Pedrito Adrianzén había instalado durante toda la escena sentado a ras de tierra, hecho una estatua. Era al llegar a este momento de la obra cuando Antenor se sentía inquieto, con la impresión de que algo tremendo, imprevisible, iba a suceder en cualquier instante. Pero nada ocurría y minutos después él recuperaba la normalidad.

Hasta ese viernes de la sexta semana en que, efectivamente, algo ocurrió. Algo que Antenor percibió antes de verlo, antes de que su conciencia tomara cuenta cabal de que aquello, pese a ser imposible, estaba realmente ocurriendo a medio metro de distancia de sus ojos, cada vez que Aitana –la viuda que daba vueltas a la fuente mientras su galán relataba sus frustrados intentos para seducirla– pasaba a su lado, rozando el ruedo de su túnica el cuerpo y la cara del hombre de negro. Estaba descalza y tenía unos pies muy blancos y bonitos, armoniosamente dibujados, que se deslizaban en torno a ese círculo con una notable suavidad y ligereza como si –y en ese momento el corazón de Antenor empezó a latir con furia– no estuviera realmente tocando el suelo, sino deslizándose en el aire a milímetros de él. Y eso era, sí, sí, sus ojos lo habían advertido y en esta segunda vuelta lo confirmaron, y lo volvieron a confirmar en la tercera, lo que efectivamente estaba ocurriendo: ¡esos pies no tocaban el suelo! En algún momento habían despegado ligerísimamente de la tierra sin que nadie –salvo Antenor– lo advirtiera, y flotaban discretamente a una mínima pero inequívoca distancia del suelo. En la última media vuelta, cuando Aitana dejaba de circular, aquellos pies blancos, con la misma discreción, habían regresado ya a la tierra y se hundían en la falsa hierba del escenario.

¿Había ocurrido aquello? Por supuesto que no. Ni Aitana ni nadie tenía en este mundo la facultad de levitar. Lo que había visto Antenor –lo que había creído ver– era una falsa impresión, una ilusión, un disparate, la invención de sus ojos aburridos. Por eso no comentó aquello con nadie, ni bromeó al respecto, y esperó con impaciencia que llegara la función de la noche siguiente –la del sábado– para comprobar que, con todo lo buena actriz que era, tampoco Aitana tenía la facultad sobrenatural de elevarse del suelo para que su vuelta alrededor de la fuente alcanzara la fluidez de un desliz inmaterial, de un vuelo.

En los instantes que precedieron la primera vuelta de Aitana a la fuente, el corazón de Antenor comenzó a latir con tanta fuerza que tuvo que abrir la boca, asustado. Pensaba que podía ahogarse, aturdirse y perder el sentido. Felizmente, los espectadores no lo miraban a él, estaban concentrados en la historia del joven galán o en la vuelta que comenzaba a dar Aitana alrededor de la fuente. Pero cuando esta pasó frente a sus ojos no le cupo la menor duda: esos pies no tocaban el suelo, flotaban sobre él, a una distancia escasa pero inequívoca. Antenor echó una mirada circular a los espectadores: ninguno de ellos miraba esos pies, ni, tampoco, si lo hubieran hecho, habrían advertido lo que él, solo él, por estar sentado en el suelo, tenía la perspectiva suficiente para comprobar: que algo imposible, en contradicción de todas las leyes físicas, estaba ocurriendo allí, en ese escenario circular, en ese patio de butacas que el decorador había convertido en un jardín del Renacimiento florentino, algo que solo podría llamarse extraordinario, único, milagroso, sobrenatural. Durante esas tres vueltas y media de Aitana a la fuente Antenor no apartó los ojos un segundo del suelo. No era una sugestión, no era una fantasía: esos pies no lo tocaban, se habían apartado, elevado de él, apenas, es verdad, pero lo suficiente como para que ella no tuviera que andar, para que flotara graciosamente como si una invisible plataforma la estuviera haciendo girar con suavidad y elegancia en torno de la fuente.

Solo cuando Aitana dejó de girar, subió a la fuente, dejó de ser la viuda de la historia del halcón y se convirtió en la condesa de la Santa Croce, se atrevió Antenor a buscar sus ojos. Quería saber si ella era consciente de lo que hacía, de esa increíble mutación que perpetraba su cuerpo elevándose del suelo por uno o dos minutos para que su desliz alcanzara esa delicada perfección. Pero no lo consiguió; ella no miraba a nadie en particular cuando actuaba.

Las dos semanas siguientes, las últimas de la representación, estuvo Antenor concentrado en aquellos instantes; y todas las veces vio ocurrir aquel fenómeno que lo maravillaba, aceleraba su corazón y le quitaba el aliento. Y todas las veces, cuando, luego de ocurrido, él buscaba la mirada de Aitana para saber si ella era consciente o no de que en aquel episodio levitaba, ella esquivaba sus ojos y no podía averiguarlo. Varias veces tuvo la tentación de comentar el hecho con Pedrito Adrianzén o con algunos de los actores del elenco, pero, cada vez que iba a hacerlo, se desanimaba, convencido de que se reirían creyendo que les hacía una broma, o comenzarían a tomarlo por un delirante o un loco. ¿Quién iba a creerle semejante cosa? Y, por otra parte, temía que, si lo divulgaba, aquello dejaría automáticamente de ocurrir, que, si lo compartía con alguien, Aitana volvería en ese episodio, vulgarmente, a caminar.

IV

El último día, luego de la función, todo el equipo de Los cuentos de la peste cenó en un pequeño restaurante italiano de la calle Echegaray. Con una audacia infrecuente en él, Antenor se las arregló para sentarse junto a Aitana. Buena parte de la cena le fue imposible entablar una conversación a solas con ella; todos hablaban con todos y nadie se enfrascaba en un diálogo particular. Pero, a la hora de los postres –helados, tartufo o tarta de fresa–, en una pausa, Antenor se atrevió a dirigirse a ella directamente, en voz baja:

–En esa escena en que das vueltas a la fuente, cuando la historia de “El halcón” –comenzó a decir, pero no pudo continuar porque vio que Aitana palidecía de golpe y sus ojos se atolondraban; pestañaba como presa de un ataque de terror, miraba a uno y otro lado como queriendo escapar de aquello que Antenor quería decirle o preguntarle. La vio tan turbada, que no se atrevió a continuar. “¿Sí, sí?”, la oyó decir, mirándolo con unos ojos en los que –Antenor no tuvo la menor duda– había una súplica manifiesta, tan elocuente, que él se apresuró a cambiar de tema.

–Nada, nada –dijo, sonriendo, encogiendo los hombros, levantando su copa–. Una tontería. ¡Salud, Aitana! Ha sido un gran placer para mí trabajar por fin contigo, ojalá coincidamos en las tablas otra vez.

–Claro, por supuesto –le agradecieron los mismos ojos, aliviados, y su copa chocó la suya–. Espero que sí, y no una sino muchas veces, Antenor.

Esa noche, cuando en un Madrid desierto ya de noctámbulos, donde pronto comenzaría a amanecer, Antenor regresaba andando despacio a su pensión del Lavapiés, una extraña sensación se había apode- rado de él. De alegría y optimismo. Hacía mucho tiempo, muchos años, que no se sentía así, convencido de que, pese a todo, esta vida, probablemente la única con que contábamos, valía la pena de vivirse hasta el final. Porque en ella ocurrían a veces cosas extraordinarias que solo ciertos seres –¿extraordinarios, también?– tenían la facultad de percibir. Y, quién lo hubiera dicho, él, el pobre y mediocre Antenor Montalvo, era uno de esos elegidos. Testigo y cómplice de una facultad sobrenatural –o, por lo menos, inusitada y fantástica– de Aitana Sánchez Gijón, de la que ella era muy consciente por supuesto, y que por una misteriosa razón sobre la que no quería hacer suposiciones ni enterarse de la causa, le había sido permitido descubrir. Y compartirlo con ella. ¿No era eso, en cierta forma, algo equivalente a gozar de ese éxito que a él se le había escurrido de las manos en su vida de actor? Lo sentía como un desagravio, una compensación. Ahora lo tenía, pues, aquel éxito que sus padres lo mandaron a buscar en Europa. Era secreto, nadie se enteraría nunca. ¡Qué importaba! Por lo menos Aitana sabía que él sabía y eso creaba entre los dos, aunque no volvieran a verse ni a trabajar juntos, un vínculo, una alianza, algo irrompible, que a Antenor, aunque el resto de su vida siguiera siendo sórdida y mediocre, lo recompensaba de las mil y una frustraciones de su carrera y le inyectaba de nuevo a sentir desde su remota juventud. Carajo, después de todo, la vida, el teatro eran algo formidable, ¿no, Antenor Montalvo? ~

Madrid, agosto de 2015


*Este cuento fue publicado originalmente en la edición 248 de la revista Letras Libres (agosto de 2019). En redes puede ser encontrado aquí.

Mis poemas no te servirán de nada

Melissa Carrasco
Poeta chilena

Mis poemas no te servirán de nada.
Yo hice la sentencia 
cuando vi morir mi última planta
yo 
supe
que la maceta no contendría a la muerte
no es capaz de irrigar fertilidad
a la matriz del durazno 
no somos duraznos ni macetas
y nos comportamos como si pudiéramos 
bastarnos con el rocío 
que ocasionalmente nos mira despiertos 
en la parada de micro.
Mis poemas nunca servirán de algo
primero fueron cartitas de amor primero
primero fueron escondidas bajo un colchón primero 
primero fueron escritos para ser leídos primero 
luego no hubo plan, todo
se redujo a la excrecencia 
de la que me alimento. 
Yo fui mi propio submarino 
y me intoxiqué tanto, tanto de mí 
que me agarré la bronca del mal trago
de mala mezcla
fui fractura memoriosa allí 
donde no supe mantener una conversación 
no supe de coherencia ni de humanidad 
se me escapó la historia y nunca la busqué
dejé que el tiempo se fuese solito
como mañana de amor torcido 
intenté calentar mis manos 
en convicciones desesperadas 
que me buscaron por las piernas 
diremos que la fe no es para todos
diremos como ya dijimos lo mismo de antes
y esperaremos que nos crean 
ajustaremos la rosita de raso
y otra vez repetiremos el sonido
las fugas interminables 
el desdoblamiento. 
Mis poemas son hielo bajo la mesa
yo digo que los amo pero los uso
yo digo que hubo esfuerzo y no me cansé 
no
lo suficiente 
pude lamer más de su labio idéntico 
pude
mirar su cíclope y nombrar al universo y su granada cayendo sobre mi cabeza 
pude inventarle utilidades
pude pude
besar al cíclope sabor granada
y no
porque
mis poemas no servirán
ni a mi persona
ni a mi generación 
ni a los posibles sucesores de la nada
diremos que nuestras ideas de prolongación 
no son más que un espejo largo
donde nos vemos como no somos.