¿Aprendo en Casa es la mejor estrategia?

Gracias al conocido virus, fui una de las estudiantes que tuvieron que atravesar el cambio de la modalidad de su desarrollo profesional para ser capaz de continuarlo. Con esto me refiero a que este año, mi primer año de prácticas pre-profesionales, se dio de manera virtual.

Amigas y amigos de diversas profesiones me han consultado más de una vez, “¿y, cómo están haciendo entonces?” en referencia a mi y mis compañeros practicantes universitarios. A esta pregunta mi respuesta siempre terminaba incluyendo otra pregunta: “¿Haz oído sobre Aprendo en Casa?”

¿Qué es y por qué importa?

Para mi sorpresa, en ese entonces, la mayoría de las respuestas eran negativas. Ya con poco más de 4 meses para la finalización del año escolar actual, espero que este nombre sea más popular. Mas, para refrescar la memoria, les comento que Aprendo en Casa, se describe como “una estrategia educativa a distancia, de libre acceso y sin costo que propone experiencias de aprendizaje alineadas a nuestro currículo nacional”. 

Esta “estrategia”, que el Ministerio de Educación lanzó a inicios del Año Escolar como medida de contingencia a lo que se convertiría en una cuarentena aparentemente eterna, es la que de alguna manera rige la formación de las distintas modalidades de Educación Regular. Esta es bastante similar a la medida adoptada por distintos países de Latinoamérica. Sin embargo, me genera extrañeza el hecho de que se hallen muy pocos comentarios respecto a estas iniciativas. Específicamente llama la atención la carencia de opiniones y retroalimentación de parte de tanto autoridades académicas del área pedagógica, como de docentes de aula. Para el caso peruano, encontré opiniones bastante breves y cortas (con poquísimas excepciones) que se enfocan en lo “necesario” de esta iniciativa, y felicitan la “agilidad” de los directivos al proponer la misma.

Debo reconocer, antes de iniciar mi review, que soy aún una estudiante enfocada al nivel de secundaria, y que me enfocaré en hablar principalmente en defensa de lo que es la educación pública o estatal, puesto que es el área en la que se me permite practicar, y la que recibe la mayoría de estudiantes, por necesidad.

¿La mejor “solución”?

Creo que es amplia la cantidad de gente que suele permanecer ignorante ante lo que realmente implica la labor docente, especialmente en el sector público. Y esto no es algo malo, pero espero poder abrir el debate acerca de temas que siento se trate lo suficiente.

Uno de los cuestionamientos principales que siento no se ha hecho lo suficiente a este programa, es su falta de objetivos pedagógicos claros. Mientras no desacredito la idea de este plan como una “oportunidad” de unificar el aprendizaje de todos los estudiantes a nivel nacional, tampoco la puedo defender. 

Estoy segura que el argumento de la inequidad acerca de la accesibilidad y conectividad de los estudiantes se ha tratado más de una vez, por lo cual no me centraré en este. Deseo iniciar mi crítica desde una aproximación más lógica, basada en mi sentido común docente. Como sabemos, la gratuidad y disponibilidad de la educación, siempre ha sido un derecho. Mas, al incentivar (por no decir obligar) a los estudiantes y docentes a seguir un “plan” que realmente no sabemos por quién fue diseñado, como yo lo veo, se están presentando más límites que oportunidades para la práctica pedagógica. ¿A qué me refiero?

Aprendo en casa presenta semanalmente contenidos organizados para que el o la docente los presente a su vez directamente o de la manera que mejor le parezca, a sus estudiantes. Es decir, otorga a los docentes lineamientos para la preparación de clases. ¿Cuál es el problema de esto?

Como practicante del área de Inglés, pude atestiguar esta situación desde sus inicios, ya que esta materia, inició el año académico sin indicaciones establecidas por las entidades superiores, y, si bien no es sencillo, creo que cualquier educador puede -y debería- dar fe de que la planificación pedagógica no es una tarea nueva para el docente. Cualquier persona que haya estudiado a nivel superior la carrera de Educación o Pedagogía, debería ser capaz de diseñar una sesión de clase sin problema. 

Lo cual me lleva a al punto central de este argumento, y es que uno de los principios de la educación, es la formación de la persona autónoma. A su vez, otro principio básico, es la necesidad de ser un modelo pedagógico, presentar al estudiante alguien en quien confiar y de quien guiarse, durante su proceso de aprendizaje. Tomando ambos en cuenta, llamo a pensar, si es que un docente, que conoce su región, localidad, ciudad, y más importante que todo, a sus estudiantes, ¿no sería este el más capacitado para estimar qué y cómo necesitan aprender? 

Cualquier persona que conozca a alguien que se dedique a la docencia, puede haber reconocido la creatividad, esfuerzo y concentración -además de la seriedad- que toma elaborar, no solo una clase, sino el material que permite conducir los aprendizajes que se desean conseguir en esa clase, y las siguientes.

Entonces, encuentro que esta estrategia podría no ser lo que los docentes realmente necesitan, a diferencia de, quizá un programa de apoyo completo para el desarrollo de las competencias digitales requeridas tanto por estudiantes y por docentes para esta nueva situación, o estrategias alternativas de aprendizaje y evaluación significativas, mucho más viables dentro del contexto.

Lo más importante de lo menos importante

Hace algunos meses, dentro del plan de reactivación económica, el presidente Martín Vizcarra anunció el regreso del fútbol peruano. Al lado de otras actividades que ciertamente parecían más lógicas, lo único que parecía sumar la industria del deporte al país era el del entretenimiento. Aun así, esta noticia no cayó como sorpresa, pues semanas antes, diversas figuras “representativas” del ámbito futbolístico habían hecho uso de todos los espacios posibles para abogar por una demanda muy particular: el fútbol tenía que regresar. Los argumentos eran lo de menos. No negaban la magnitud de la pandemia, ni los alcances que tendría. Apelaban, más bien, a un discurso motivacional de “juntos saldremos adelante” y de actuar con profesionalidad. Se discutían propuestas en programas deportivos, incluso se llegaba a afirmar que no terminar el torneo podía ser una catástrofe para muchos clubes y para la selección peruana en sus aspiraciones a clasificar al siguiente Mundial. Y la gente seguía muriendo…

Hace unos días, el Instituto Peruano del Deporte anunció que se suspenderían los partidos restantes de la Liga 1 tras una serie de eventos desafortunados. Digámoslo así porque aparentemente bajo este eufemismo se encuentra tanto el comportamiento vandálico de un grupo de hinchas, los crecientes casos de COVID-19 en los clubes, la irresponsabilidad de algunos dirigentes entre otras cosas. No obstante, como suele pasar en Perú, es mucho más fácil culpar a un grupo que a todo un sistema. En este caso, la culpa ha recaído en un grupo de hinchas de Universitario de Deportes, que increíblemente se comportaron como si no hubiera ni pandemia ni protocolo de salud en Perú, y redefinieron su “nueva normalidad” en base al comportamiento criminal del que cada cierto tiempo hacen gala las barras. Y la gente seguía muriendo…

Hay un abismo de meses entre ambos hechos, pero ambos comparten algo: reafirman como hasta en la formalidad, existe cierto grado de informalidad. El fútbol peruano profesional es un oxímoron, prácticamente. Año tras año, conocemos casos de corrupción en los clubes o en la Federación misma. Las condiciones en las que se firman contratos, las prácticas abusivas de algunos dirigentes, el maltrato a jugadores o técnicos no es cosa del ayer. No hablemos tampoco de la propia realidad de los futbolistas o del hecho de que cuándo hablamos de fútbol peruano en realidad nos referimos exclusivamente al masculino. Poco o nada tenemos de profesional en el fútbol, y aún así, esta era una actividad que necesitaba volver para el Gobierno… ¿por qué? ¿por qué el país no puede construir identidad si la selección no clasifica a Quatar? Aún no lo sabemos.

Pero incluso si aceptamos que regrese, nos enfrentábamos al mismo dilema que otros países: ¿el fútbol a estadio vacío es fútbol realmente? En Perú, no es que esta discusión sea nueva. Constantemente, los partidos de alto riesgo se juegan a puertas cerradas por falta de garantías (que es un eufemismo para decir que la Policía no puede detener el potencial enfrentamiento entre barras de distintos equipos) y siempre se dice lo mismo: están matando al fútbol, están matando la fiesta. Pero la fiesta seguía en las calles, como lo han demostrado los hinchas de Universitario.

Y es que la fiesta del fútbol desde hace muchos años que no es fiesta. Ni para matinee nos alcanza. Cada cierto tiempo, las barras se enfrentan en las calles y la comunidad del fútbol procede a su excomulgación: “ellos no son hinchas”. Pero claro que lo son… hoy, como desde hace algunos años, la línea que divide la pasión y el crimen en las barras de fútbol es muy delgada. Y todo esto definido por lo que era funcional para algunas dirigencias bajo la anuencia del periodismo deportivo. Por eso, y muchas cosas más, el orgullo que sentíamos por ser “la mejor hinchada del mundo” parecía más una dulce ilusión. Acabado el Mundial, como el niño de Blanca Varela, volvimos a vernos al espejo y darnos cuenta que éramos un monstruo.

El problema del país no es el regreso del fútbol peruano. Esto es, como siempre ha sido, lo más importante dentro de las cosas menos importantes. Pero entonces, ¿por qué las autoridades se reunen primero con los dirigentes de la Federación y el IPD para resolver este problema antes que con la población de Espinar en Cusco, con el sindicato de SITOBUR en Lima, con la comunidad Kukama Kamiria en Loreto para atender sus justas demandas?¿por qué los medios de comunicación le brindan tanto espacio a este problema del sector privado en medio de una pandemia que afecta a nivel nacional? El problema, quizá, es que continuamos contraponiendo lo que queremos con lo que necesitamos. Muchos podremos querer que regrese el fútbol, pero hoy realmente no es lo que necesitamos.

¿Qué vidas importan?: El Estado expropiado por la economía

No ha pasado mucho para que la delgada línea entre la posición de un Estado que abogaba por la vida de los ciudadanos y un sector empresarial decidido a reactivar la economía en el menor tiempo posible y a cualquier precio, se desvaneciera a tal punto de que la complicidad se volviese patente. La prioridad del gobierno por salvar la cadena de pagos mediante la ayuda a las grandes empresas sobre las pequeñas y medianas –que es lo que, al final, sucedió–, ha develado la relevancia que tiene el mercado para una perspectiva que, en un principio, asumía una figura paternalista para con los ciudadanos.

Si bien a no muchos podría sorprender que esta cadena de cuidados del Estado hacia las empresas haya siempre existido, lo cierto es que las razones para la complicidad mencionada se extienden más allá de un interés de asociación o la acusación de una coerción desde la Confiep hacia nuestro gobierno. Alguien ha dicho, con mucha razón, que la cuarentena, al final de cuentas, no era más que la continuación de la economía por otros medios. Ya sea por la expansión del teletrabajo –y todas sus precariedades– o por la conservación de la fuerza de trabajo para una futura y renovada explotación, de cualquier modo, queda desechada la idea de que la vida, en sí y por sí misma, poseía un “valor” elevado para el Estado.

En un principio, se nos habló de una “guerra” contra el coronavirus, una interpretación bélica de la situación que se desenvolvió tanto en el campo del lenguaje y los discursos como en acciones realmente propias de una guerra: así, por un lado tenemos la visión idealizada de los sistemas de salud como la “primera línea de batalla”, invisibilizando así la situación paupérrima en la que los profesionales de la saludad operaban, y por otro lado la ley ahora vigente según la cual las fuerzas policiales y del ejército no tienen responsabilidad penal en el uso de sus funciones.

Como han señalado autores como Toni Negri, Michael Hardt o Susan Sontag, asumir la lucha contra una enfermedad bajo los parámetros de una guerra tiene implicancias políticas muy serias ya que permite, en primer lugar, abstraer toda diferencia social preexistente y organizar la sociedad como un todo compacto frente a la enfermedad, asumiendo así que cualquier tipo de sacrificio es válido en esta guerra (sacrificio que, desde luego, para unos puede consistir en quedarse en casa padeciendo aburrimiento mientras que para otros significa directamente no poder trabajar y ver seriamente comprometida su existencia y la de los suyos).

No obstante, como sugiere Sontag, esta totalidad impuesta por la excepción significa también la construcción velada de un enemigo interno en las propias trincheras: ya que la enfermedad en el discurso estatal es una abstracción ideológica, el contagiado posee un estatus ambivalente, ya sea en tanto culpable por ser foco de propagación (o, como se ha visto en nuestro país, incluso culpable por haberse infectado), o víctima del coronavirus. Bajo esta lógica, no es casualidad que se persiga y condene hoy al vendedor ambulante y en general a toda persona que sale a estas alturas a trabajar para seguir viviendo: ¿no son acaso ellos también ciudadanos? ¿no deberían también formar parte de las prioridades de este Estado?

La “informalidad” de la cual se habla se rebela en realidad contra un Estado cuya principal presencia fue la ausencia sistemática a lo largo del tiempo. Desde luego, no se trata aquí de idealizar un sector de la población ni de liberar responsabilidades. Pero, ante la indiferencia y falta de sentido común con la cual se opera desde las altas esferas, lo menos que se puede hacer es desmontar la cadena de mentiras con las que se nos quiere hacer responsables de nuestra propia precariedad.

Por su parte, y tomando en cuenta las recientes declaraciones de la presidenta de CONFIEP, no debería a nadie sorprender la frialdad de su discurso para con la vida del resto de peruanos. En la ideología neoliberal, la salud se asume como algo inalcanzable, un estado utópico del cuerpo por el cual nosotros debemos, por tanto, acostumbrarnos a la enfermedad, a lidiar con ella. Ambos polos, saludable/enfermo ya no son dos estados del cuerpo que se repelen, sino que pueden coexistir perfectamente. De esta forma, el cuerpo enfermo es algo habitual y, desde luego, inofensivo para la marcha del gran capital.

La reanudación de las actividades productivas, con claro sesgo macroempresarial frente a los pequeños negocios, se ve sostenido, así, por el desprecio hacia la vida propio del neoliberalismo como por la defensa y blindaje que el Estado asegura para el mercado. Disponiendo quiénes sí y quiénes no pueden volver a operar, el aparato estatal se ve expropiado por fuerzas ajenas a las demandas públicas. Si ya se sabía que el ingreso a la cuarentena en realidad era la forma por la que se buscaba sostener el sistema sanitario, más allá de las vidas que se iban perdiendo, la salida de esta indica que lo que ahora se busca preservar y recuperar es el sistema económico. Así, la pregunta que no deja de resonar en medio de la confusión y el apuro sigue siendo, ¿qué vidas realmente importan?

Del uso al abandono de los cuerpos

El siglo XXI se nos revela, de forma inevitable, como la consolidación de un paradigma centrado en el uso y manejo de los cuerpos, en el rendimiento futuro que puedan ejercer en la aplicación de nuevas políticas. Podemos tomar como ejemplo algo bien conocido por todos: el uso de las estadísticas –fallecidos y contagiados– al momento de establecer los lineamientos restrictivos, la dispensación de libertades y las ‘movidas’ políticas.  En crisis sanitarias como las que estamos viviendo este hecho se nos presenta con una fuerza que le es propia, el saber médico se posiciona como el redentor de manera explícita y va marcando los parámetros de las decisiones gubernamentales. Un ejemplo de lo dicho sería lo expuesto por Corbin Alain en el volumen tercero de su libro Historia del cuerpo, cuando hace referencia a las nuevas medidas políticas tomadas por los países europeos en base al logro de Pasteur. Este ‘logro francés’ desembocó en la aplicación de políticas sanitarias que, según Corbin, redujeron la mortalidad e incrementaron la esperanza de vida de las poblaciones. Esto deja en claro la estrecha relación que existe entre la política y la vida, no solamente entendida como el desarrollo en un espacio público determinado, sino que, más precisamente, la vida orgánica y psicológica.

Como bien decía Foucault en su libro Historia de la sexualidad, ‘la carne es proyectada sobre el organismo’. El cuerpo pasa a ser esa instancia en la que el yo se ve reflejada, y en un afán de ‘hacer vivir’ – como diría el mismo Foucault cuando se refiere a las nuevas estrategias del poder – se establece la relación de apropiación en relación al cuerpo y a su uso como el nuevo τόπος del saber médico/político actual. Esta sujeción de los cuerpos a los mecanismos reguladores tendrá como resultado la instauración de lo que Foucault llama el modelo biopolítico. No está de más mencionar que el eje central que articulará aquello llamado Bio-poder por Foucault será el constante intento por ‘invadir la vida’. Esta invasión tiene como intención el manejo eficiente de las poblaciones mediante las diversas disciplinas científicas – en este caso médicas – así como el uso de la demografía y la pedagogía. No obstante, debemos tener en cuenta que abordar los eventos sociales desde esta perspectiva supone dar por sentado que la sociedad donde se está llevando a cabo dicho análisis posee un desarrollo amplio en lo que respecta a las diversas disciplinas científicas y tecnológicas. Si bien estamos circunscritos en lo que conocemos comúnmente como globalización, y de alguna manera esta interconexión económica entre los países nos inserta en una mecánica capitalista que nos permite obtener ciertas facilidades tecnológicas, es evidente la jerarquía internacional entre los países insertos en este SistemaMundo, como lo llamaría Wallerstein en su libro Analisis del sistema-mundo, y la posición en la cual nos encontramos como país está, contra toda opinión, en la periferia del esquema planteado por el pensador neoyorkino. En relación a todo lo expuesto hasta el momento existe una pregunta que provoca su propio eco en este tipo de asuntos ¿Cómo entender entonces este ‘poder sobre la vida’ en el contexto en el que nos encontramos? ¿Cómo pensar el cuerpo en relación a nuestros problemas y el avance del saber médico/político en el que nos hallamos actualmente?

Esta pandemia ha puesto en evidencia el cuerpo doliente de aquellos que han sido olvidados sin más. Aquellos que no entienden el dolor bajo algún concepto académico, sino que lo viven en el hambre y la pobreza. Nadie iba a pensar que el tiempo jugaría el peor de sus papeles dentro de un país como el nuestro, ahorcando a sus visitantes y despidiendo a sus pasajeros. La vida se volcó sobre ellos, se hizo ajena o, mejor dicho, se reveló como lo que en sí misma era: un presupuesto puramente lógico, habitando en la inmundicia y la podredumbre, rebotando como un rezago de la ausencia de asistencia estatal acumulada durante todo este tiempo. “¡Han sido abandonados!” Se suele escuchar siempre, sin embargo, ¿qué es el abandono para esa gente? No piensan en el abandono como una categoría política o social, ellos piensan el abandono de su pura inmanencia, como entes abandonados. El abandono en ellos se piensa a través de la carne, por medio del hambre y la necesidad. Es como si el abandono se intentase buscar a sí mismo destruyendo los cuerpos que atraviesa. La ciudad quiebra su espíritu: aquí nunca hubo unidad, ni humanidad, ni patriotismo.

La abrupta soledad mueve los pilares de toda vida cotidiana: estamos siendo, como proyecciones innecesarias pero existentes. La idea del proyecto se nos desveló como débil, en un país donde la idea de la posibilidad se fue arraigado como parte de su cultura identitaria: somos la sociedad del “se pretende hacer…”, pero del nunca “estamos haciendo”. Un golpe y el sueño del futuro se vino abajo. Una ansiedad colectiva vacía los edificios, inunda los parques de tristeza, destruye los hogares; de pronto no hay más esperanza que en la sensación de permanencia. Ya sea tanto en un sentido, el de permanecer a algún lugar común; y en otro, el de acto de resistir, permanecer en la actualidad, aferrarse a esta astilla de presente para no morir ahogados. La experiencia trágica hoy se ha visto más impensable que nunca, el animal de la razón se ha visto reducido otra vez al alma sensitiva. Esta experiencia integra el relato de aquellos cuerpos que sufren un encierro totalmente diferente: su claustrofobia es provocada por los muros de la intransigencia. Los cuerpos han adquirido un papel fundamental en estos tiempos y, en nuestro país, que no puede ni siquiera mantener unos servicios higiénicos en buen estado en los locales del Minsa y de Essalud como señala Elmer Huerta en un artículo para el diario La República, su administración pasa por el uso continuo e injustificado de la violencia. Tal parece que el abandono sistemático de los individuos es el único mecanismo que tiene nuestro actual sistema para seguir erigiéndose en el uso del poder. De ahí que cada nueva propuesta política o candidato a la presidencia encuentren en una masa estéril de cuerpos desatendidos un lugar donde poder sembrar esperanza.

No soy tu “compañerita”, por Kiara Vargas Durand

Soy militante y mujer aprista desde los 17 años, y les cuento que no ha sido nada fácil, como sé que no lo ha sido para muchas otras mujeres que han buscado abrirse un camino en la política partidaria desde la meritocracia. Les comparto un poco de mi camino a través de este relato.

Recuerdo que en una asamblea me mandaron a la cocina a servir café mientras los compañeros varones conversaban: “compañerita vaya a ayudar con el café”, con ese tono de voz de quien le habla a un niño pequeño, que coquetea con lo consciente y lo inconsciente del interlocutor, sobre como ve a esa mujer que tiene enfrente. Y si pues, me tocó ir a la cocina. Un poco confundida fui llevando las bandejas mientras las otras compañeras servían la carapulcra que habían preparado. Y también me tocó ayudar a repartir los platos, mientras los compañeros varones seguían coordinando. Y si un compañero terminaba de comer, había que darle su respectivo “refill”.

Sin embargo, acto seguido, una sensación incómoda me invadió, como si mi presencia fuera parte de la decoración y no un personaje más en la dinámica política, cuando yo también tenía un cargo y estaba presente en la reunión. Hubiera sido bueno que los otros dirigentes también se pongan a ayudar en la labor de servir la comida, y luego juntos proseguir con las coordinaciones políticas. Claro, es que ser mujer y joven es la fórmula perfecta para que tu existencia, inteligencia y capacidades profesionales dentro de la política sean desestimadas. A menos que tengas tus “padrinos mágicos”, claro está.

Termino este relato con la seguridad y la esperanza de que una nueva generación de compañeras se abrirá camino para jamás permitir que se nos disminuya ni dentro ni fuera de nuestro gran partido, este partido que le dio la primera mujer ministra a la historia del Perú, y que a través del voto a las personas que no sabían leer ni escribir, le dio la oportunidad a muchas mujeres de participar en elecciones. Seremos coherentes con ese legado. Son nuestra convicción y preparación, el punto de apoyo que necesitamos para que juntas logremos los cambios que el Perú y el APRA necesitan.

Kiara Vargas Durand es miembra fundadora de Chola Aprista y becaria de la Fundación Konrad Adenauer. Esta columna nace como colaboración a la sección Doxa, que reúne las columnas de opinión dentro de la revista.

La vida en cuarentena: ¿Qué sabemos? ¿Qué podemos aprender?

Una de las características más interesantes de la vida en confinamiento obligatorio, es que -lo quieras o no- te ofrece una cantidad incomparable de tiempo en el hogar. Un tiempo que parece, en ocasiones, ser difícil de manejar “apropiadamente”. Y, quizá lo que lo vuelve tan complicado, es que no siempre sabemos qué es realmente lo “apropiado” para nosotros. Personalmente, me considero una “sobrepensadora” (o overthinker) por excelencia, y si bien es una habilidad que me ayuda en muchos aspectos, también me juega malas pasadas, y, esta cualidad, en cuarentena, se siente amplificada. Por esta razón, quisiera aprovechar este espacio para un poco de desahogo mental de las diversas cuestiones que aún me generan curiosidad sobre la realidad de una vida (ya casi cien días) transcurrida entre cuatro paredes. En un didáctico formato, el cual, espero pueda ser tan útil al lector como lo es para mí.

El paraíso (perdido) de la productividad

Creo poder decir con confianza, que el sueño de muchas personas antes del encierro, y quizá la realidad, era tener una vida 100% ocupada, lograr, tal vez, llenar las 24 horas que nos ofrece cada hermoso día, de manera que cada segundo del mismo, pueda resultar lo más productivo posible. El “ideal de productividad”, al cual mucha gente pudo -y puede- estar acostumbrada. Es aquel que nos motiva a buscar información, entre videos o artículos, que nos enseñen las técnicas mágicas. Y nos den la clave para evitar las distracciones y los placeres culposos, y enfocarnos, en su lugar, en lo que es realmente “importante”.

Si bien esta meta no es negativa o dañina en sí, los mecanismos de adaptación de estos comportamientos adoptados en orden de lograr ciertos objetivos, puede ser -como todo proceso de adaptación- confuso e incluso arduo. ¿Cómo aprendemos a ocuparnos sin distanciar nuestro espacio? ¿Qué pasa cuando la oficina, o la escuela, invade nuestro hogar?

La virtualización y el sueño

La cuarentena nos llegó a cada uno en distintos momentos. Para mí, este era el año en el que iniciaría mis prácticas pre-profesionales como educadora y, de alguna manera, lo sigue siendo, solo que de alguna manera, para mi, no lo es. Como estudiante de educación, e hija de una apasionada educadora, considero que poseo un conocimiento mayor sobre este campo y sus implicaciones (al igual que cualquier profesional debería, respecto a su área de estudio correspondiente). Y, el hecho de que repentinamente, todas aquellas personas que se encontraban dentro de un proceso de formación educativa formal -independientemente del nivel- hayan tenido que sumergirse en un sistema de educación a distancia completamente improvisado, es un fenómeno realmente interesante, disruptivo y gigante.

Sin necesitar se más observadores aún, podemos notar, que, dependiendo del nivel educativo (inicial, primaria, secundaria, universidad, instituto, etc), los retos de estudiante en cuarentena, así como los de sus allegados, son fácilmente de los más estresantes y desafiantes posibles. Más allá del contexto personal -que en sí puede influir de diversas maneras- la educación a distancia, requiere un nivel de autonomía e independencia académica por parte del estudiante, que el sistema tradicional no ha promovido en décadas, y que, lastimosamente, en varios casos, se puede observar, sigue sin priorizar.

La desesperación de los padres y madres de pequeños de inicial, el hartazgo e impaciencia de los de estudiantes en secundaria, y el estrés y falta de sueño que comparten estos con los universitarios de distintas carreras. Estas situaciones no tiene un solo responsable, pero cumplen con exponer cómo nuestro sistema ha enfocado su trabajo en conseguir que los estudiantes adquieran cierto nivel de conocimiento, dejando en segundo plano, la formación aptitudinal, que los permita desarrollar estrategias creativas y soluciones constructivas ante las situaciones de crisis.

El valor del papel higiénico

Una de las modas de mal gusto más populares surgidas en el contexto del virus, y que, en mi opinión, reflejó también los fallos de la educación de muchos ciudadanos, fue la locura y obsesión por adquirir lo que por alguna razón se convirtió durante las etapas iniciales de la pandemia, en un bien precioso e indispensable, el ph.

Uno de los -tantos- aspectos interesantes de este fenómeno, es que se observó un comportamiento similar en distintos países del continente americano, ya sea Perú, México, Chile o el popular Estados Unidos, los memes no faltaron para intentar hacer a la gente reconocer la falta de lógica de su proceder. Y esta actuación es la forma que toma la actitud de una persona que no sabe cómo enfrentar un problema, ni cómo procesar la falta de control. Personas que han sido formadas con miedo a la incertidumbre, porque están formadas bajo la idea de que siempre debe haber una secuencia fija, una respuesta correcta; personas que temen cometer un error más de lo que temen perjudicar a otros.

No eres lo que comes, pero lo que consumes

El último punto que quisiera abarcar, de una perspectiva más positiva, es el de la alimentación. Soy fan de la comida “saludable”, tanto que usualmente puedo incomodar a mi familia, con mis “sugerencias” de evitar azúcares y bajar el consumo de carne. En respuesta a esto, mi madre me recalca que no todo es “comer sano”. Y es que, además de los reconocidos beneficios que trae la práctica de ciertas rutinas físicas, algo que ha ganado una merecida atención, es la necesidad de mantener hábitos emocionales y mentales sanos. Como bien menciona Guy Winch, psicólogo estadounidense, en su libro Primeros Auxilios Emocionales (Emotional First Aid), la mayoría de personas, no tenemos una formación específica en el área de bienestar emocional. Y, uno de los mayores obstáculos para el progreso educativo, el cual debería consistir en una formación que otorgue a la persona las herramientas necesarias para progresar en la vida y ‘ser feliz’, es en definitiva, a falta de una inteligencia emocional desarrollada. ¿De qué te sirve una ensalada? suele decir mi mamá ¿si sigues con ansiedad, si paras enojada o con estrés? Y la verdad es que es un argumento bueno y sencillo, que he oído de parte de otras gurús de “vida saludable” en las que puedo confiar. No digo de ninguna manera que una dieta sana, siempre equilibrada, no sirva, pero es necesario que reconozcamos que la alimentación nunca va a ser solo comer, sino nutrirnos, y, como muchos educadores defienden, una nutrición apropiada es la clave para un correcto aprendizaje. Por esta razón, el reconocer las ideas, noticias, trabajos, pensamientos, etc, que ‘ingerimos’, y regularlos, priorizando de la manera que sea posible, aquellos que nos ayuden a mantener un bienestar mental y emocional, se torna fundamental.

Afortunadamente, y tratando de finalizar con una visión optimista (pero no tóxica), puedo mencionar que gracias a la cuarentena, las orientaciones que guían este año escolar, han agregado entre las competencias a desarrollarse, el manejo emocional. Y quiero considerar eso algo bueno. El sistema educativo, como cada uno de nosotros, aún tiene mucho que cambiar para bien, pero es necesario aprender, por nuestra cuenta, como está de moda, a encontrar las pequeñas muestras de luz y de avance que se nos presentan, en orden de seguirlas, y de a pocos dejar de lado las nubes de tormenta que quizá se ven muy grandes en el camino a la “iluminación”. No culparnos por parar o retroceder, sino motivarnos, al recordar que aún podemos avanzar.


Swanne Pozo Osorio publica cada dos martes en Poliantea como parte de la sección Doxa que reúne las columnas de opinión dentro de la revista.

Lo que el viento aún no se lleva…

El gran revuelo en redes sociales generado tras el retiro de Lo que el viento se llevó (1939) de una plataforma de streaming (HBO Max) me ha hecho pensar en lo que Byung Chul-Han denominaba la sociedad de la indignación. En las últimas semanas he sido testigo de las múltiples acciones de personas que habían abierto los ojos tras el asesinato de George Floyd. Se colocaron fotos con fondo negra en solidaridad porque, por fin parecían comprender que #BlackLivesMatter. Pero ¿realmente qué cambios se están llevando a cabo en la sociedad? Por momentos, pareciera cierto que no existe un nosotros en las redes sociales, se mantiene la predominancia del yo. Todo es un gran gesto para que parezca “despierto”, me uno al momento pero allí se detiene mi acción, la indignación es realmente una preocupación en sí mismo. Probablemente por eso es que uno encuentre más indignación concentrada por las estatuas derribadas o por el retiro de una película, que porque un hombre haya tenido una rodilla en el cuello durante ocho minutos y cuarenta seis segundos.

Lo que algunos han denominado una nueva censura de lo políticamente correcto ha sido realmente sobredimensionado. No pretendo aquí hacer una disertación sobre la censura y el arte porque no es el momento. Eso sí, considero que todo el revuelo solo sirve para demostrar que hasta el arte es político, pero pese a ello (o precisamente por ello) no podemos seguir pensando que el arte no debe ser examinado tras el paso del tiempo. Lo que el viento se llevó es una película, basada en una novela, que recuerda con añoranza aquel sur segregacionista. Es una película que retrató con estereotipos a los criados. Refleja la realidad de su tiempo, es cierto. Pero ya en ese tiempo, se criticó la representación de la población afroamericana y el racismo que normalizaba la película, y más de ochenta años después, debería preocuparnos que esta realidad aún se mantenga en Estados Unidos a través de políticas institucionales y discursos políticos. Y claro, también preocuparnos que se mantenga en otros lugares del mundo.

La apuesta que hace HBO Max no es retirarla permanentemente, sino regresarla con una introducción que inicie una conversación sobre la película y los temas que grafica. Una conversación que abra las puertas para que podamos cuestionar nuestra realidad a través de las representaciones culturales de otros tiempos que aún existen, ¿es eso a lo que le tienen miedo los conservadores?

Una película no mató a George Floyd, es cierto. Pero ese realmente no es el problema con toda esta situación. El problema es que existan personas que consideren justificado indignarse más por el retiro temporal de una película que todo lo que está pasando a nuestro alrededor. Personas están siendo asesinadas por quienes deben velar por el bienestar de una sociedad, políticos alzan la Biblia en una mano para una puesta en escena mientras invitan a los fundamentalismos. Hay muchas cosas que el viento aún no se lleva, y si aún no estamos preparados para conversar al respecto, la verdad no sé cuándo lo estaremos.

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“La sociedad de la indignación es una sociedad del escándalo” dictamina Han, y no le falta razón. Hay un refrán popular que predomina en nuestra sociedad latinoamericana; Dios perdona el pecado, pero no el escándalo. En Perú, esto me lleva a pensar en lo ocurrido con McDonald’s tras la muerte de Gabriel Campos y Alexandra Porras en diciembre. Brevemente, se abordó el abuso laboral que sufren los jóvenes en Perú, se publicaron columnas pidiendo sanciones y elevando gritos al cielo porque nadie entendía cómo esto había sucedido en nuestro gran oasis, incluso muchas personas aplaudieron el cierre temporal de los locales en Lima. Los colectivos salieron a protestar y Gabriel y Alexandra se volvieron los rostros de la precariedad laboral que se cobró 242 vidas en 2019, de acuerdo con el Ministerio de Trabajo.

Pero cuando a las pocas semanas volvieron a funcionar, pese a esta especie de sanción social que se había querido impulsar, sus locales volvieron a estar repletos. Hasta antes de que se decretara el aislamiento social obligatorio en Perú, todo había vuelto a la normalidad. Como si nadie hubiera muerto.

Cuando salga esta columna, se habrán cumplido seis meses de su muerte, y, para variar, el caso sigue en investigación. Esto no es del todo ajeno en Perú, pues pocos son los casos por negligencia laboral que han llegado a encontrar justicia o mantenerla. Como lo que ocurrió en 2017 con Jovi Herrera Alania y Jorge Huamán Villalobos, dos personas que murieron encerradas y calcinadas en un contenedor. Los culpables de su muerte, que sí fueron condenados por trata de personas, recibieron  una variación de su pena en 2019  pese a la gravedad de sus delitos y nadie dijo nada. Misma reacción en cadena, misma indignación, mismo olvido. Las condiciones laborales en el Perú solo son tema de discusión a nivel nacional cuando muere alguien. Solo entonces, existe indignación. Y por un breve momento, pareciéramos unirnos en un nosotros que desaparece al siguiente escándalo. Esto es algo que, lamentablemente, el viento aún no se lleva.

Diego Abanto Delgado publica cada dos lunes en Poliantea a través de su Considerando en frío, parcialmente, como parte de la sección Doxa que reúne las columnas de opinión dentro de la revista.

¿De qué hablan cuando dicen “libertad”?

Hace una semana y unos cuantos días vimos, con quizá un asombro forzado, las declaraciones de Rosa María Palacios por Twitter en las cuales acusaba al gobierno de privarla de libertad al mantenerla encerrada en su casa, según las medidas que dispone la cuarentena. No es de extrañar viniendo de alguien que ha declarado en más de una oportunidad su devoción por el liberalismo. Aunque no es la primera vez que en este país se pronuncian estas quejas, resulta de cualquier modo interesante –por decir lo menos– esta apelación a la libertad para socavar la cuarentena, medida que, tanto para el discurso oficial del gobierno como para su todavía presencia persistente en la opinión general, es a todas luces lo único que ha aletargado el colapso total del sistema de salud.

No hay quizá, en los regímenes (neo)liberales, palabra más extraña que libertad. La sobredeterminación y su carácter difuso en la que está sometida la llevan a situarse en una serie de contradicciones que van más allá de las buenas intenciones. Es probable que Rosa María Palacios, así como las recientes protestas de la derecha y ultraderecha españolas, tenga en mente el dibujo de un Estado opresor y con delirios de autoritarismo, al cual la respuesta de una libertad quitada sea un acto heroico; así como que esta libertad va de la mano con una reactivación de “la economía” y con las grandes empresas retomando sus actividades. De cualquier modo, el liberalismo es esa ideología que no se siente nunca cómoda aun cuando está en el poder: los fantasmas y ficciones de los cuales huye –y, por tanto, los funda–, necesitan ser recreados constantemente.

Uno de los argumentos en defensa de esta libertad contra la cuarentena es que, dado que la crisis económica es inevitable, el regreso a la normalidad posee razones justificadas para exigirse, dado que, por las mitológicas leyes del mercado, la demanda de nuevos empleos será satisfecha por el capital en movimiento. Más allá de la presentación del empresario/emprendedor como una figura paternal que salvará a los desdichados hijos del pueblo sin empleo, es necesario ir más allá de un discurso que equipara los anhelos por aumentar el patrimonio con la necesidad inmediata de llevar un bocado a casa. De hecho, mientras que los liberales exigen una libertad arrebatada y oprimida por el Estado, las numerosas familias que viven de lo que se gana al día viven esta libertad como un riesgo, sin que se consideren a sí mismos por ello más libres. Mientras que para los primeros esta demanda va acompañada de una ideología (porque sí, el liberalismo es también una ideología, quizá la más hipócrita de todas) que no se cansa de acusar al aparato estatal todos los males de este mundo, los segundos se ven trasladados hasta una situación en la cual naturalizan la crisis (“el estado de naturaleza”) para así poder subsistir.

¿Podríamos decir que en el caso de los que viven, o vivían, de las economías informales hay una prédica ideológica de fondo? ¿Hay algo así como un “grado cero” de la ideología donde las acciones son motivadas por el simple hecho de sobrevivir? De cualquier modo, no es este el caso de los liberales. Su libertad no parece tener tintes de reactivación, ni parece estar conectada con las necesidades reales de la gente: todo lo contrario, ahí donde un liberal quiere decir libertad, en el fondo está susurrando la palabra “privilegio”, como si reclamaran ser inmunes a las leyes y obligaciones que el resto debe obedecer.

rosa maría palacios
Fuente: Rosa María Palacios (@rmapalacios).

A Roberto Esposito, filósofo italiano, le debemos la precisión etimológica en torno a esta palabra, inmunidad, y su oposición originaria a comunidad. La raíz que ambas palabras comparten, mun, hace referencia a una obligación, una prescripción, de la cual el inmune es precisamente quien está librada de esta, mientras que la comunidad es aquel espacio donde la prescripción es compartida por todos. Desde esta perspectiva, no hay nada más contrario a la idea de comunidad los gestos políticos que tratan de identificar sujetos inmunes. Y si el liberalismo es aquello que trata, sempiternamente, de luchar contra los mecanismos que desde la república (que, ahora más que nunca debemos recordar que es precisamente una “cosa” pública) se imponen, el gesto político queda aquí delatado. La concepción del individuo como responsable de su propio destino económico no es aquí solamente abstracta y alejada de la realidad, es además tendenciosa: sabe que conduce al privilegio de quien puede gozar la libertad, no al disfrute de quienes viven en la más habitual de las crisis.

La ficción del Estado opresor de la cual gustan echar mano los liberales –que abundan en nuestros medios de comunicación, individuos casi sagrados a los cuales es imposible dar la contra– se vuelve, por tanto, una necesidad, casi una huida aterrorizada, ante la imposición de lo común. No es de sorprender, por tanto, las acusaciones de “populista” o, irónicamente, “comunista” que ha caído sobre el presidente Vizcarra. El pánico a perder la inmunidad se vuelve a tal punto hipnotizante que no duda en vociferar insultos a la menor sensación de ataque. En este punto, quizá sea momento de invertir el sentido del miedo de Rosa María Palacios: sí, los liberales están encerrados, privados del espacio público –condición que no debería cambiar.

Demasiado ruido

Cuando tenía entre cinco y siete años, solía recurrir a ciertas estrategias para soportar la soledad. El televisor tenía sus límites (hablaba mucho sin dialogar), pero al menos “daba vida a la casa”.

Un mandato común: “¿Qué haces ahí echado a oscuras? Al menos prende la tele.”

Mi madre parafrasea la misma queja desde hace un par de meses. Casi todos los días, en el desayuno, nos comenta a mi hermano y a mí “cómo sigue la mamamama”. Vivimos en el tercer piso (“con número y entrada independiente”, aclara mi madre) de la vieja casa familiar, donde viven mi tía y mi abuela. En lo que va de la cuarentena, mi abuela ha sufrido al menos cinco caídas. A partir de la segunda, apenas se para de la cama. No tiene fracturas ni fisuras, pero sí artrosis, reumatismo y un par de inflamaciones, y todo se ha agravado con los accidentes. La recuperación es lenta, pero constante. Mi abuela pasa la mayor parte del día en cama, a oscuras. Llevamos un televisor a su cuarto (ella solía pasar los días tejiendo y viendo telenovelas), pero se reúsa a prenderlo. Hace demasiado ruido.

Cuando tenía entre cinco y siete años, si no prendía el televisor, pasaba el tiempo reconociendo rostros en los objetos de mi cuarto (lámparas, armarios, sillas, mesas). Mantenía en voz baja conversaciones con ellos, sobre trivialidades, sobre lo bien que realizaban las funciones que habían sido hechos para cumplir. Supongo que la simpatía que nos extendíamos mutuamente (mis proyecciones y yo) era una forma de relajar la culpa de no encajar bien en la estructura simbólica (como diría un lacaniano), o –en cristiano– de no sentirme solo a pesar del bullying escolar. Por supuesto, apenas escuchaba a alguien acercándose, me callaba. Era consciente de estar realizando algo prohibido, por “tonto”, por “raro”, por asocial. A veces prendía la tele, para evitar sospechas.

No es novedad para nadie que existir dentro del sistema capitalista actual implica interiorizar, desde la juventud, un imperativo al consumo. Tampoco sorprendo, creo, si afirmo la importancia del consumo mediático dentro de la misma maquinaria. Como buena tecnología, la radio, la televisión y las redes sociales han transfigurado de forma irreversible nuestras dinámicas sociales, cada una de forma más evidente que la anterior. Por tanto, también han transformado la forma en la que construimos nuestra identidad. Antes, la duplicidad entre ser un producto de consumo masivo y un individuo con tensiones y deseos no comunicables (por no ser rentables) parecía un sufrimiento exclusivo, propio de aquellos elegidos para perpetuar los luminosos mitos de la industria cultural. Si los ricos, como Marilyn Monroe o Kurt Cobain (por poner ejemplos ya gastados) “también lloraban”, era por la reducción de su capacidad de agencia sobre sí mismos (no es casualidad que tuvieran “agentes”, digo yo), por las exigencias del mercado que cincelaban impunemente los límites de lo que podía definir su “imagen”. Las imágenes fantasmagóricas que se superponían a Monroe y a Cobain querían cosas distintas a ellos mismos.

Vaya tragedia, ¿no? Suena casi mefistofélico: el precio de la fama sería esclavizarse ante una imagen construida para el consumo, “perder el alma”. Pero, por supuesto, si damos un paso atrás, el mito revela su papel en el entramado social: como buena productora de imágenes, la industria cultural nos bombardea de películas trágicas, mostrándonos escenas conmovedoras mientras su pantalla vela ciertas verdades incómodas. Sufrimos junto a la “empleadita de tienda / [que] soñó ser estrella de cine” (como la describe, tan emotivo él, Ernesto Cardenal) y a los garabateos ansiosos de Cobain en sus diarios. Sin embargo, se nos pide olvidar que cada uno de nosotros también existe en esa duplicidad, en la encrucijada entre un deber-ser social y algo que no encaja.

Vivir bajo exigencias sociales no es nada nuevo. Por recurrir a otro lugar común, somos animales sociales, y vivir en sociedad siempre ha implicado encuentros y desencuentros, tantear límites o imponerlos, adoptar consensos o aceptar autoridades. Quizá lo nuevo –y por algo enfatizo el quizá– es que hoy en día hay varios repositorios permanentes de lo que antes eran gestos cotidianos. Las redes sociales son nuestro Nevermind, nuestro Gentlemen Prefer Blondes, y nosotros jugamos un doble papel de productor y producto, juzgando el éxito de taquilla en base a los likes y comentarios de las publicaciones que subimos o compartimos. En tiempos de cuarentena, cuando se nos ha sido vedado el contacto cotidiano con otros cuerpos, la mayor parte de nuestros contactos con otros se limitan estas imágenes curadas, estas fantasmagorías deseosas de ser consumidas, de despertar nuestro deseo y aprobación (sí, yo sé, estimado lector lacaniano, “deseamos el deseo del otro”, sigamos, sigamos). Y, por supuesto, nosotros también estamos deseosos de ser deseados, y –de forma más o menos consciente– decidimos si mostrar o no nuestro propio consumo en base al capital social que sospechamos nos sume, o nos reste.

Quizá exagero, o quizá hablo desde la experiencia particular de la ansiedad. Temo incluso que se me lea como tecnófobo, conservador, boomer, primitivista, o alguna otra forma de negar un “futuro” que ya es presente hace mucho. Créanme, estoy de su lado de la historia: mi formación adolescente se dio entre juegos online, memes y videos de Youtube. Facebook nació cuando estaba en cuarto de secundaria, y antes de él estaba hi5, y si algo demostró hi5, sobre todo con la movida emo de los 2000s, fue que estos espacios permiten nuevas formas de sociabilidad que sí, tienen como base identidades de consumo, pero también ayudan a articular (aunque de forma muy naif, claro, al menos en ese entonces) expresiones de inconformidad. Y, por otro lado, si algo demostraron los incipientes memes de esas épocas, era que podían concentrar afectos comunales, podían movilizar opiniones e identificaciones, y ese potencial se expresa hoy en día en páginas que articulan voces de denuncia y protesta.

Pero hay que ser cuidadosos. Vivir en la época del simulacro nos puede llevar a creer que lo discursivo basta para la transformación social. Peor aún: a veces incluso causas legítimas se vuelven medallitas de consumo, y su potencial desestabilizador se esfuma entre mensajes escritos por marketeros sobre fondos negros. Por otro lado, siento que discursos como el mío (el que está usted leyendo ahora mismo, estimado lector) se usan para sancionar socialmente a quienes muestran un interés genuino por este tipo de circunstancias, y sinceramente quieren mostrar apoyo. Además, es innegable la capacidad de las redes para difundir información a contrapelo de las narrativas repetidas por los medios tradicionales, para bien y para mal.

Siento que estoy pisando las orillas de lo conspiranoico (aunque, en tiempos del resurgimiento de Anonymous, lo creo inevitable), pero temo que este mandato interiorizado por criticar las identidades de consumo, y la presión – que indudablemente existe – sobre nosotros como productores y consumidores de identidades virtuales, puede ser otra forma de expresar un miedo infantil. Y, si creo necesario señalar esta relación en una columna, es porque estoy seguro de que no es exclusiva a mi experiencia. Es cierto que las redes sociales “hacen demasiado ruido”, y a veces uno prefiere aislarse a seguir escuchando las exigencias y deseos de los otros. A tenemos suficiente con nuestros propios deseos y dolores, con las condiciones apremiantes de una situación de pandemia. Pero a veces, entre postureos y deseos de llamar la atención, podemos leer en los gestos en redes solidaridad legítima, expresada como se puede en estos tiempos. A veces no solo vale la pena escuchar el ruido, sino que resulta preciso gritar.

No podemos quedarnos en nuestros cuartos, hablando solos, mientras dure la cuarentena. Detrás de las fantasmagorías virtuales hay cuerpos infinitamente extendidos, tendiéndonos las manos (si me permiten una imagen cursi), pero para dárselas no podemos temer a las imágenes que nos rodean, sino aprender a distinguir entre aquellas generadas desde el poder y aquellas generadas desde la crítica, aprender que si nuestras identidades se forjan por el consumo podemos consumir la producción de quienes ven las cosas desde los extramuros. Pero, sobre todo, debemos aprender algo esencial: seguir esperando a que se produzcan hashtags desde los lugares tradicionales de poder para sumarnos a una lucha. Hay exigencias locales esperando a ser articuladas como se puede en estos tiempos, mediante grabaciones, hashtags y memes. Hay quienes ya lo hacen, claro, pero hay quienes se suman a luchas solamente cuando se viralizan, y lo que se viraliza suele hacerse desde el corazón del imperio. No los juzgo: yo a las justas participo en redes sociales (esta columna debe dar pistas sobre el por qué), y es más socialmente seguro sumarse a luchas de popularidad probada (y si el mismo Facebook cambia el color de su logo, es porque es más que seguro sumarse simbólicamente a la lucha). Recordemos, sin embargo, la gran ventaja que tiene el Internet sobre la tele: todos somos productores, todos podemos hacer ruido.

Y ahora, ¿qué?

Violencia racial, protestas pacíficas, despegues espaciales, hackers exponiendo actos criminales, huelgas y violencia.

Diversos hechos han tomado lugar los últimos días, acciones de relevancia histórica y de impacto a nivel internacional. Noticias que, podemos notar, continúan siendo popularizadas, aunque sea solo como referencias, en cualquier red social que podamos utilizar.

Cuando un mundo en cuarentena empieza a desestabilizar su curso, incluso más de lo posiblemente esperado. ¿Cómo podría ser que reaccione la audiencia digital latinoamericana?

Muy fácil.

Memes y hashtags.

No planeo hacer un análisis profundo, sino más bien, poner mi granito de arena y quizá lograr hacer que alguna persona reaccione, y más que nada, reflexione, sobre lo que vale la pena reflexionar en vez -o después- de reaccionar. Especialmente en una época en la que una cosa siempre es más sencilla que la otra, y nuestra naturaleza cada vez se inclina hacia la aceptación de la ley del menor esfuerzo. Si bien nunca es bueno generalizar, tomaré la libertad de asegurar que la postura que el público ha tomado, en su mayoría, acerca de las últimas novedades del panorama internacional, puede dividirse en tres grupos, entre los cuales, lo más probable es que, si estás leyendo este artículo, te encuentres descrito.

El primer grupo, es el más popular, este consiste en aquellas personas que, a través de una imagen, gif o hashtag se suman como “participantes” o promotores de algún “movimiento” particular. Este “activismo digital” tiende a centrarse en redes como Twitter e Instagram, y usualmente consisten en el apoyo o rechazo de situaciones que toman como contexto un escenario que, si bien puede ser físicamente bastante lejano, puede resultar -incómodamente- cercano y familiar en el aspecto social. Y, aunque no podemos ser realmente conscientes sobre quiénes comparten esta información, la acción de otorgar un espacio de nuestro adorado tiempo de atención social online a una causa mayor no debería ser desacreditada, ya que, independientemente del medio, la expresión de una postura política, posee un valor. Por supuesto que, no podemos evitar recordar a los integrantes de este grupo, que el activismo digital no es lo mismo que el de sofá. Especialmente si las acciones contra las que nos manifestamos se han visto reiteradas veces en escenarios mucho más cercanos, en los cuales tenemos la posibilidad de participar activamente.

La segunda postura a tratar, se asemeja a la primera, ya que comparte la práctica de compartir contenido viral a través de distintos medios, sin embargo, sean conscientes sus usuarios o no, implica ideas bastante distintas. Me refiero en esta ocasión, al perfil del usuario informante de redes sociales. Aquel personaje que acepta y cumple con el deber de compartir distintos links de noticias y reportajes -de sus fuentes de confianza, claro-, sobre los mencionados conflictos, quizá con un comentario – solidario o en contra- o tal vez simplemente un emoji. Este uso de las plataformas digitales es, probablemente, la forma más sencilla y básica en nuestro deseo de concientizar a otras personas se materializa. A estos usuarios vale la pena preguntar, ¿realmente estamos concientizando? Personalmente, encuentro este perfil, el más inocente de los que conforman esta mini recopilación. Esto es, principalmente, si lo comparamos con el grupo anterior. Esta realidad, no es de sorprender, si consideramos lo fácil que es en contraste simplemente presionar un botón, y evitar opinar -o denunciar- un hecho de controversia. También puede tomarse como una alternativa bastante tentadora, cuando aún no tenemos realmente consciencia sobre la verdadera relevancia de la noticia en cuestión. De alguna manera, es la ley del menor esfuerzo 2.0.

Finalmente tenemos, el humorístico, aunque no menos político, usuario de x red social, que promueve y asegura que su círculo social y/o seguidores se enteren de los acontecimientos mundiales, -a diferencia que sus predecesores- a través del uso de distintos memes. Ya sean los famosos perritos cheems (Shiba Inu)comparando la actitud de astronautas de la NASA ante el clima para un viaje espacial, o simples variaciones de la revelación de información por parte del grupo Anonymous, con información que quizá nos gustaría fuese real. Esta inocente práctica que se ha vuelto costumbre desde hace mucho ya, y parece ser la más común de ver en el inicio de la red social azul. Los modernos formatos, llenos de significado y tan fácil de ser identificados -así como de identificarnos-, ¿podrían ser algo más que solo eso? Creo que la respuesta a esta pregunta, de alguna manera aplica a los tres comportamientos descritos.

Nuevos tiempos, nuevas máscaras

¿Podría ser, quizá, la nueva forma que ha tomado aquella máscara, que hace mucho ya, Paz descubrió usamos los latinoamericanos para encajar en nuestra comunidad? ¿Aquella máscara que nos permite evitar exponer nuestra verdadera esencia, nuestras luchas y nuestros miedos?

La sociedad virtual toma un protagonismo incluso mayor, cuando se convierte en el único medio que tenemos de “existir” ante la confinación obligatoria. La burbuja de la cuarentena privilegiada, que puede llegar a contenernos, aunque no lo sepamos, es la que nos permite hablar, hacer y en ocasiones ser. Cuando las vías tangibles han sido restringidas. Y es en este espacio en el que se nos permite expresar el discurso que elijamos. Mas no podemos dejar de lado la esperanza de la acción. Cuando la rutina diaria comienza a mezclar cada vez más las horas de vida con las horas de pantalla, es que el cuestionamiento a la rutina se vuelve revolución. Y darnos el tiempo de recordar lo que es convivir con el otro, puede comenzar un cambio aún mayor. Si podemos ver cómo noticias de otros países, nos sacuden fuertemente, quizá es el momento de cuestionarnos a nosotros mismos, si no hemos olvidado que también somos país, que también tenemos noticias, y que la única opción no es aceptar que “así somos”. 

Así que, si el shock de los acontecimientos recientes sigue de alguna manera presente en ti, utiliza esa emoción para propulsar nuevas acciones, recuerda que no tenemos que ser solo audiencia, que podemos decidir y que también podemos actuar. 


Swanne Pozo Osorio publica cada dos martes en Poliantea como parte de la sección Doxa que reúne las columnas de opinión dentro de la revista.

Así no se protesta y otros chistes

Empecemos con un recuerdo de mi infancia, un sketch de El Especial del Humor sobre el enfrentamiento entre las vecinas de La Molina y los pobladores de Ate. En ese momento, era demasiado joven para entender a qué se referían entonces con “vecinos y pobladores”. Probablemente tampoco habría podido entender como el lenguaje puede precarizar lo ya precario. Pero sí recuerdo que se planteaba una diferencia entre la protesta de los pobladores y la manifestación pacífica de las vecinas. Había un modo correcto de protestar. Aunque esencialmente ninguno de los dos bandos fuera realmente diferente; el dinero, el estatus social, el privilegio definía el discurso de poder. Es curioso recordar como aquellos modelos de comedia reproducían discursos de grupos de poder semanalmente a través del humor. Y un humor que no cuestiona al poder, se vuelve cómplice de éste y todo lo que representa. Pero en ese entonces, solo atinaba a reírme.

Pero continuemos.

Recuerdo un meme sobre la Revolución Francesa. Intervenían una pintura anónima con dos grandes diálogos. “¡Venimos a tomar la Bastilla!” y un irónico “No es la forma”. Me imagino que algo similar debe haber sucedido en ese momento, que alguien sugirió una vía más pacífica, que la indignación no era el camino, que no había motivo alguno para tomar La Bastilla. Me imagino a muchos nobles opinando desde la comodidad de sus casas que la violencia no se combate con más violencia mientras esperan a sus sirvientes y rendían pleitesía a Luis XVI. Me imagino una similar imagen durante mayo del 68’. Ya no hablamos de nobles en esta época, sino de la clase más privilegiada dentro de la sociedad, que detestaba ver cómo sistemáticamente muchos de sus privilegios eran cuestionados por jóvenes estudiantes. “No es la forma”, “terroristas”. Sin ir muy lejos el año pasado en Perú, durante las protestas de las dos universidades más importantes de Lima, se sostuvo un discurso muy sistemático que buscaba indicar “cuál era el camino correcto” de la protesta. Tanto los estudiantes de San Marcos que tomaron el campus para solicitar mejoras en la calidad universitaria como las estudiantes de Católica que tomaron las vías de tránsito para reclamar mayor acción de la universidad frente a las denuncias por acoso fueron deslegitimados por la prensa y por las propias autoridades que dirigían la universidad. “Simplemente no eran los modos de protestar” recuerdo haber escuchado de un joven estudiante mientras sostenía un café de Starbucks y su amigo grababa la protesta burlándose de sus compañeras. Poco antes en ese mismo año, se discutió si los comuneros de Fuerabamba estaban empleando los correctos métodos de protesta contra la minera Las Bambas al bloquear las vías de tránsito. O durante el octubre chileno, muchos criticaron el accionar de aquellos jóvenes estudiantes que se alzaron frente a la alza de pasajes en el sistema de transporte público en Santiago. O recordemos aquel noviembre mexicano en el que muchas personas se escandalizaron por el destrozo a bienes materiales durante protestas feministas. Incluso algunos se atrevieron a discutir si esto significaba un alejamiento del “verdadero feminismo”. Pero muchas personas solo conseguían hacer memes al respecto y reírse.

Si algo más tuvieron en común todas estos acontecimientos fue la inevitable presencia de la policía pero sobre todo, la marcada ausencia de autoridades responsables para fiscalizar todos los abusos que se dieron en esos contextos. Todo quedó registrado para las redes sociales, pero nadie dentro de la clase política quiso hacer eco al respecto, y en muchos casos, aún se resisten a hacerlo.

En todos y cada uno de estos casos, la fuerza que está llamada a guardar el “orden” y a hacer respetar la “ley” se enfrentó a aquella población civil a la que está llamada a defender como si se trataran de criminales. Tenemos un llamado a respetarlos, pero siempre me pregunto a quién. ¿A ese policía que no duda en lanzar gases lacrimógenos a estudiantes? ¿a los 34 policías de la comisaría San Cayetano que no acudieron frente al llamado de auxilio que pudo evitar el feminicidio de Jessica Tejeda y el asesinato de sus dos hijos? ¿a esa policía que abusa del principio de la autoridad con los comerciantes ambulantes en cada operativo? Si la respuesta es que le debemos respeto a la institución, pues siempre queda la respuesta de que ninguna institución está por encima de las personas. Y realmente me pregunto si individualmente hemos interiorizado ello.

También en todos y cada uno de estos casos, la discusión no se centró sobre el hecho (o los hechos) por el que se protesta, sino en la forma, en las consecuencias materiales de la protesta. Una especie de paradoja de la protesta se presenta aquí. Si toda protesta nace por la inconformidad frente al sistema, ¿por qué debería la protesta llevarse en términos que no incomoden a quienes defienden o representan al sistema? Toda protesta debería ser pacífica, nos dicen. Sigan el ejemplo de Luther King, nos señalan, apuesten por la paz. Pero ¿acaso no fue Luther King quien, pese a no estar de acuerdo con la violencia de las protestas, señaló que entendía que era el lenguaje de los no-escuchados? La pregunta entonces cambia, ¿por qué no queremos escuchar lo que tienen por decirnos? ¿por qué insistimos en nuestra ceguera colectiva? Finalmente, ¿cómo podemos apelar a la paz en un sistema tan plagado de injusticias? ¿cómo podemos negar todas injusticias reduciendo todo a que la violencia no se combate con violencia, si cuando se ha tenido la oportunidad de cambiar, se apeló por la continuidad de un sistema opresor? Tanta historia, tantas preguntas, diría Bretch.

Las protestas en Estados Unidos tras el asesinato de George Floyd han vuelto a desviar la discusión para ese lado. Me imagino que muchos piensan aristotélicamente en el “justo medio”, el balance entre la indignación y el hecho que lo produjo. Es apropiado pensar que en el siglo XXI habríamos mejorado el sistema democrático lo suficiente como para que estas situaciones no se presenten y que todos actuáramos bajo el “justo medio”. Pero lo hacen. Podríamos discutir teóricamente todo el tiempo que queramos pero eso no evitará que sigan existiendo más Derek Chauvin y más George Floyd en el mundo. Un gran problema de la teoría se presenta cuando se aleja de la realidad y se presenta fría, insensible o en muchos casos, irreal. Nos hablan de paz, pero no cuestionan la guerra, no cuestionan la violencia. Nos hablan del sueño americano, de la democracia, y solo vemos muertes. Todo es un gran chiste, como diría El Comediante en Watchmen.

Quizá es tiempo de entender que el “terruqueo” no solucionará nada en nuestra sociedad, solo mantendrá las distancias entre nosotros. No funciona en Perú cuando se aplica a los estudiantes en Lima ni a los manifestantes de distintas comunidades en la sierra, ni funcionará ahora en Estados Unidos cuando Donald Trump califica a los manifestantes como “terroristas” y ordena a los gobernadores que los arresten, los lleven a juicio y los metan a la cárcel. Podríamos decir que no hay injusticia que dure cien años, ni personas que los aguanten; pero el problema es que sí duran cien años, y amenazan con durar muchos más.

Un último chiste, ¿qué es lo que obtienes cuándo juntas a una población histórica y sistemáticamente violentada y olvidada con una sociedad que normaliza este trato y no hace nada para cambiarlo? Probablemente al inicio obtienes múltiples comediantes burlándose de estas situaciones, ya sea a través de personajes estereotipados o de situaciones que en ese entonces eran graciosas. Desde la audiencia nos reímos, nadie protesta. Luego obtienes a colectivos protestando contra esta violencia normalizada. Aún nos reímos, pero algunas voces empiezan a alzar su voz. Después, a más colectivos que nacen en contra de estos otros colectivos, y a políticos que obtienen capital político sirviendo de voceros de estos colectivos. Al poco tiempo, una clase política se enfrenta a sí misma para ver quién realmente “representa” al pueblo mientras todos observamos a lo lejos, ensimismados en nuestros propios problemas. Hasta que eventualmente, obtienes lo que mereces. Y el problema entonces que es nadie se reirá.

Diego Abanto Delgado publica cada dos lunes en Poliantea a través de su Considerando en frío, parcialmente, como parte de la sección Doxa que reúne las columnas de opinión dentro de la revista.