La comunidad filosófica: Manifiesto por una universidad popular de Michel Onfray

La comunidad filosófica. Manifiesto por una universidad popular (2004) es una obra que, por la riqueza de sus planteamientos, se inscribe con vitalidad en el debate contemporáneo. Situándola en la producción intelectual de Michel Onfray, articula sintéticamente lo más sustancial de su pensamiento. Si bien a lo largo de su trayectoria, dicho autor ha producido una excesiva cantidad de libros, algunos de ellos algo superficiales, en este aborda uno de sus iniciativas más valiosas: la creación de la Universidad Popular de Caen. En cuanto a la forma del libro, se divide en tres partes: Fundar, Miserias de la filosofía y Elevar la filosofía. La propuesta central de Onfray es, luego de hacer un detallado análisis de la situación de la disciplina, inscribiéndola en el contexto social-político-económico de inicios del siglo XXI y “restaurar” la filosofía como tal, defender el carácter “potencialmente peligroso y subversivo” de la misma que ha perdido en lo que él denomina su “devenir institucional”. Esto, en su caso, desde la Universidad Popular que, en sus propias palabras, constituiría una “revolución puntual, concreta, parcelaria, molecular”. Cabe aclarar que, cuando el autor alude a lo “potencialmente peligroso” del pensamiento filosófico, lo hace en una línea similar a la de Bertrand Russell, quien sostuvo que “el pensamiento es subversivo y revolucionario, destructivo y terrible. El pensamiento es despiadado con los privilegios, las instituciones establecidas y las costumbres cómodas; el pensamiento es anárquico y fuera de la ley, indiferente a la autoridad, descuidado con la sabiduría del pasado” (1916). Dicho esto, se proseguirá con la exposición de lo concerniente a cada parte del libro.

En la introducción, titulada Fundar, Onfray muestra sobre qué anhelo surge todo el proyecto: la construcción de un Jardín de Epicuro, nómada, no establecido geográficamente, que exista con el sujeto, como resistencia y oposición a la trivialidad del mundo contemporáneo. Así, deja en claro la raigambre epicúrea subyacente a la creación misma de la UP. Asimismo, realiza una crítica exhaustiva al modelo de República de Platón, pues considera se edifica sobre “la autoridad, el sometimiento y la obediencia”, además de sus principios jerárquicos. El Jardín, la comunidad filosófica, representaría una forma de “microsociedad para la microrresistencia”, en devenir permanente, como también un desde donde filosofar, un punto de partida. Aquí no habría ninguna exclusión: el requisito fundamental es el compromiso consigo mismo y con la comunidad. La noción de individuo, la radical inversión de las formas pedagógicas que desarrolla el filósofo de Samos, dónde la emancipación y la autonomía son los fines, son centrales en la propuesta del autor.

En Miserias de la Filosofía, Onfray se ocupa, en primer lugar, de unas preguntas sumamente incómodas: ¿de qué manera se determina quién es filósofo y quién no?, ¿que instancias legitiman el uso del epíteto? Para él, luego de pasar revista de casos como los de Montaigne, Camus, Jean Meslier, entre otros, que son resistidos a ser llamados filósofos, los criterios existentes, en general, no han sido totalmente claros ni válidos. A partir de ahí, vuelca su mirada hacía las instancias que, históricamente, han servido para legitimar a algunos o algunos y excluir de la historiografía oficial a otros o otras.

Asimismo, valiéndose de la definición de filósofo que se tenía en la Antigüedad sostiene que “se trata de una actividad reflexiva y de meditación que da lugar a una existencia en consecuencia” (p.38). Lo último es lo que nos será útil: “da lugar a una existencia en consecuencia”. Se involucra, al “sí mismo”, la vida cotidiana. ¿Acaso el individuo no existe en lo cotidiano? Esta es la idea fundamental de Onfray: sí podemos hablar de una vida filosófica, de un devenir filosófico del individuo. Filósofo es el que realiza la conversión al mundo del saber, y cómo en la Antigüedad, se evidencia en la “manera de mantener una relación consigo mismo, con los otros y con el mundo” (p. 41).

En el mismo capítulo, se continúa analizando los peligros que acechan a la filosofía en la actualidad. El primero es el “devenir institucional de la disciplina”, la dirección por parte de la Institución (Ministerio, Estado) de los programas educativos. Aquí, se tendría que tomar con mucho cuidado las afirmaciones que hace. Si bien tiene razón en que en algunos caso ha predominado “sino el simple y llano reciclaje de discursos ideológicamente formateados, políticamente interesados e intelectualmente desgrasados” (p.58), esto tendría que analizarse críticamente en cada contexto particular. En el desarrollo del capítulo, el autor aborda la situación educativa en Francia, y al ser muy distinta a la del continente latinoamericano, estas páginas podrían parecer algo ajenas, pero, lo que es común es la preeminencia en ambas realidades, de la enseñanza reglamentada, enmarcada, vigilante, basada en el castigo, y el control. Mejor dicho, la anulación del deseo por el saber.

En la última parte del libro, Elevar la Filosofía, Onfray se aboca a pensar “la resistencia”:
cómo ejercerla, cómo darle forma, sentar sus bases, sus medios. Esto siempre tomando en cuenta lo que él mismo dice: hay que extraer el espíritu, mas no copiar al pie de la letra. Es evidente, cómo se ha especificado en líneas anteriores, que la filosofía dominada por la historiografía oficial y la concepción burocrática-administrativa de la misma, anula, cómo Onfray enfatiza, su “potencialidad subversiva”. Si la filosofía remite a preocupaciones existenciales, si hablamos de la vida filosófica, ¿no es desde ya errado presuponer que un ejercicio memorístico determine la vinculación del alumno con la filosofía? Pues en muchas ocasiones ese el único criterio que se tiene en el ámbito educativo.

Vale aclarar que el filósofo francés no es anti-académico, ni nada parecido. Rechaza enfáticamente lo que denomina “demagogia filosófica”, que sería un enfoque basado en la “recusación de lo complejo, descrédito de la inteligencia, desprecio del esfuerzo, creencia en una filosofía inmanente del sentido común, preservación de la ilusión de que todos podrían ser pensadores a su manera o reiteración del lugar común según el cual se puede filosofar economizando totalmente la historia de las ideas o recurriendo a un mínimo de conceptos y lenguaje especializado.” (p.84). Más bien, recoge los máximos aportes de la Universidad, y defiende el abordaje metódico, riguroso, que brinde lo mejor sin disminuir la dificultad de los temas.

Así pues, Onfray persiste en su propósito: rescatar y detenerse en el pensamiento que nos permite ser filósofos en la cotidianidad del siglo XXI. ¿Qué puede decir un maestro, por ejemplo, del estoicismo, para repensar un problema existencial hoy? Esto exige remover la idea de que hay solo hay un puñado de temas filosóficos -Dios, el ser, la verdad, la materia, el derecho- para ampliar el campo de reflexión, hasta las preocupaciones que atañen a todos los individuos. Entonces, ¿por qué no iniciar por el yo, la relación con el otro, la naturaleza, lo político? A partir de ahí, la invención del camino propio. Siempre perseverando en la construcción de uno mismo, revitalizando la relación entre la teoría y la práctica.

En cuanto a la Universidad Popular como institución histórica, Onfray, que le dedica únicamente las últimas quince páginas del libro, rastrea sus orígenes anarquistas, contexto en el que se desarrolla y cuales fueron sus propósitos primeros para hacer una relación con su proyecto. Asimismo, hace un paralelo y expone de que manera se desarrollan las clases en la UP de Caen, la forma en la que interactúan los alumnos con los profesores, y los objetivos futuros del proyecto. Hubiese sido valioso, también, que el autor amplié su mirada y tome en cuenta el aporte de referentes como Mario Bunge, quien creó una Universidad Obrera a los 19 años en Argentina, o también el de José Carlos Mariátegui y Manuel Gonzales Prada en Perú. Por otro lado, se destaca que el autor haga hincapié en la importancia de la tradición Ilustrada en la que se inscribe históricamente y se incluya, en la actualidad, en la misma:

En la tradición de la Ilustración del siglo de la Enciclopedia, los defensores de esta iniciativa postulan- y tienen razón- que al aumentar su cultura, su saber, su inteligencia, su capacidad de reflexionar, de conducir correctamente su razón, disminuyen las probabilidades de defender en política, como en otros ámbitos, ideas estúpidas, pensamientos insulsos, ideologías peligrosas. Aprender, comprender, captar son medios para no defender el patriotismo, el nacionalismo, el racismo, el antisemitismo, la xenofobia y otras ocasiones de trastornos. (p.143).

Y sin un orden específico, a lo largo del texto, se abordan cuestiones pedagógicas. El autor, en base a su experiencia docente, brinda ideas acerca de la inclusión progresiva del curso de filosofía en los colegios, cuáles métodos serían los más adecuados, etc. De manera muy amplia, enmarcado en una perspectiva libertaria se propone “crear oportunidades de libertad y liberación personal, ya que solo la construcción de un individuo radiante, soberano, solar y libertario es realmente revolucionaria” (p.152).

En suma, esta obra, estimulante y llena de aproximaciones originales, incorpora al debate una serie de planteamientos -pedagógicos filosóficas, éticos, etc- que merecen ser tomadas en cuenta. Ahora bien, el uso excesivamente metafórico y jovial del individuo, sumado a la carencia de un sistema que abarque cada área de la filosofía, son las debilidades de los planteamientos del autor. Sin embargo, el libro se constituye como una invitación a involucrarse en el proyecto Ilustrado, a pensar en cómo puede aportar a la divulgación del conocimiento, a hacerle frente al sentido común imperante según el cual “no se puede hacer nada” y que “todo intento es en vano”. Se trata, sin duda, de un libro que dejará al lector con potentes ideas para ejercer su participación en el terreno cultural, esto en un amplio margen de acción, ya que no se debe olvidar que la Universidad Popular es solo una formas de construir una comunidad filosófica. Los blogs colectivos, los vídeos de divulgación científica, entre otros, son ejemplos sugerentes.

 

Fútbol, participación y sociedad: una brevísima aproximación

La FIFA, encargada de estructurar el campo futbolístico a nivel global, es, para decirlo claramente, una institución delictiva. No por casualidad, en un artículo reciente, el investigador Soto Acosta (2016) ha llegado a afirmar, analizando el accionar a lo largo de la historia de dicha institución, que puede denominarse como mafia organizada. En ese sentido, desde una óptica enfocada en las relaciones de poder, puede caracterizarse al fútbol —entendido como un campo institucional transnacional— como un espacio de por sí corrupto, que permite el enriquecimiento de mafiosos, narcotraficantes y políticos inescrupulosos. Ejemplos para sostener esto último hay de sobra y, con las investigaciones1 de #FifaGate, actualmente son semanales. Esto es, un panorama totalmente sombrío y desesperanzador que, lógicamente, nos llevaría a la conclusión de tachar al fútbol y determinar su necesaria desaparición por la obscena corrupción en la cual está inmersa.

 Por otro lado, los medios de comunicación que tienen programas para el debate en torno al fútbol, generalmente lo hacen promoviendo la banalidad, el análisis frívolo, empleando un discurso decididamente pobre y, lo peor, sustentado bajo supuestos racistas y misóginos — esto es, el “butterismo” en su máxima expresión. Además, la participación de las mujeres está subordinado a un papel secundario, muchas veces el mero “anfitrionaje”. En tal contexto, emergen naturalmente pseudodiscusiones, donde temas fundamentales como la violencia en los espectáculos futbolísticos, el rol de las mujeres en el fútbol contemporáneo, etcétera, se abordan desde el lugar común y las sentencias básicas de sabiduría popular. 

Ahora bien, he comenzado haciendo esta modesta doble caracterización del espectro futbolístico, que, obviamente, no es exhaustiva, con la intención de saber —a grandes rasgos— en qué condiciones político-sociales nos encontramos para pensar con “realismo” cualquier aspecto en términos de posibilidades y proyectos en su horizonte. Dicho esto, podemos señalar el propósito del siguiente texto que busca, en un contexto donde la muerte del fútbol parece necesaria y eminente, ser una pequeña reflexión, en una primera instancia,  sobre su potencialidad -no solo en Perú- micropolítica, en la perspectiva desarrollada por Onfray. Este autor, quien considera la fundación de la Universidad Popular de Caen como una microsociedad para la microrresistencia, reconoce la imposibilidad de establecer “cambios” en el plano de la totalidad ” o revoluciones “tradicionales”; es decir, descree de los grandes acontecimientos político-institucionales como posibilitadores de nuevas formas de organización colectiva y de formar un nuevo orden que responda la ampliación del bienestar de las personas. Por lo que, establece, una opción mucho más factible sería pensar desde ya en términos de revoluciones parcelarias, concretas. Es en este sentido donde inscribimos nuestra (re)conceptualización del fútbol, en tanto campo donde actos delimitados y concretos pueden generar una “reacción en cadena” a nivel de lo social.

De ese modo, si bien el fútbol profesional latinoamericano (por ende, peruano),  ensamblado en la lógica del capitalismo global, está inmerso claramente en las dinámicas señaladas en el inicio del texto , no se implica necesariamente que, por obvia derivación, en todos los pliegues de la sociedad donde este juego se practique se tengan los mismos propósitos y se realice a partir de los mismos horizontes de significado. Por ejemplo, Villena Fiengo (2016), desde una perspectiva poscolonial en una reciente investigación, ha mostrado cómo, en las comunidades y movimientos indígenas bolivianos, el fútbol se ha establecido como una “plataforma de vinculación indígena a la nación, pero también como un escenario para una oposición al Estado “colonial” e, incluso, para una política de transformación del Estado y la sociedad boliviana”(p.28). Asimismo, señala, a partir de la década de los 50′, cuándo Bolivia estaba gobernado por una dictadura, “el fútbol, relativamente libre de la férrea vigilancia policial, serviría como esfera pública plebeya donde las nuevas generaciones indígenas, a su modo hijas de la revolución y el sindicalismo, podían discutir sobre los problemas de las comunidades y su relación con el gobierno y la sociedad nacional” (p.27).

Enfocado con mayor amplitud, y saliendo de la retórica pseudoprofunda mainsteam de comerciales como el del Banco Santander o BBVA Continental,  el fútbol es un  plano, para muchas personas, que permite afianzar lazos sociales, la participación en la esfera pública,  ser partícipes de la vivencia de la ética y la aprehensión del sentido colectivo. Estudios como los de Pulgar Vidal (2016) o Elsey (2011), desde su óptica histórica, nos demuestran el rol de este juego en tanto que plataforma para la sociabilidad popular y canal de expresión de luchas sociales; por ende, políticas. Y esto es lo que no debemos olvidar. Como se notará, no he mencionado el lugar común de quienes pretenden mostrarnos al fútbol como espacio supuestamente “desideologizado” (recordemos a Zizek sobre lo que representa dicho concepto) , donde solo se pueden  “aprender valores”,  “disciplinar a los jóvenes” o ” cumplir sueños”, puesto que, de nuevo, eso solo significaría volver a incluirnos en dos narrativas que moldean y limitan el territorio de la  sensibilidad contemporánea: el moralista-conservador de siempre y el innovador-empresarial (“creatividad”, “innovación”, etc). 

No obstante, en la tradición histórica de los “usos” del fútbol en nuestro país, casi nunca, con excepción de las primeras décadas del siglo XX, este fue visto como un espacio para la participación comunitaria y horizontal en pos de generar la expresión de demandas en el espacio público. Cuestión que, sí se ve en Chile, donde el fútbol (clubes barriales, asociaciones, etc.), con mayor efervescencia en determinados momentos del siglo XX, siguiendo a la investigadora Elsey (2011), se politiza, y sirve como “campo”, desde dónde elaborar discursos críticos  en términos políticos y de justicia social, lo que sí tuvo manifiestos desenlaces favorables. Y eso, viéndolo desde la perspectiva de Onfray, sería un claro ejemplo de lo que se puede lograr desde el paradigma de las revoluciones parcelarias.

En esa línea, vale señalar que, en la última década, de nuevo en algunas regiones de Latinoamérica, se viene formando una fuerte participación femenina en el fútbol. Cada vez son las mujeres que, conscientes de su tiempo histórico, no solo se quedan en  una participación “light” y acrítica, sino le dan cierto sentido de reivindicación feminista a su presencia en el juego. Saben las luchas sociales que están en juego, literalmente. Estas acciones femeninas, que ponen de algún modo en “cuestión” sentidos comunes machistas y estructuras simbólicas  que han dominado las sociedades de la región, son un avance importante para tomar en cuenta. Así, académicas como Hijós (2018), valorando estas últimas experiencias,  han analizado estos procesos.

Por lo que, considero, el fútbol, pensado como un lugar para el aprendizaje del sentido de la participación colectiva y de organización, de  “alzar la voz” y utilizar la palabra, expresar desacuerdos y malestares – esto es, construcción de ciudadanía- tiene posibilidades en el Perú, hasta hoy inexploradas2. En ese orden de ideas, lo propuesto por Alabarces (2014) no puede dejarse de lado; este autor, luego de un lúcido trabajo de investigación sobre la situación del fútbol desde una perspectiva crítica, llega a abogar por su  democratización radical en términos de los clubes del fútbol profesional, donde los hinchas organizados asuman un rol protagónico.  Lo señala claramente: “la insurrección hinchística, la revuelta, la sublevación, la huelga. Que harían falta en otros territorios de la sociedad, la cultura, la política y la economía, por supuesto. Pero una revuelta de hinchas tampoco estaría mal”. (p. 206).

 Así, pues, afianzo mi postura según la cual se puede construir un fútbol, en tanto espacio, — primero que nada, desmasculinizado (alejado de los mandatos de la “masculinidad tradicional”)— que cuestione las lógicas, principalmente retóricas e institucionales, que lo han asimilado de forma tan fácil y llevado a ser una mercancía asociado a lo “reality”. Esto implica,  a su vez, marcar una distancia conceptual y de sentido con toda la  narrativa empresarial “creativa” que pretende hacer de cada elemento de la  la sociedad una especie de start-up. Por último,  recalco no he pretendido caer en propuestas ingenuas como “luchar contra el profesionalismo y el dinero” ni hacer un llamado a la “acción directa”, sino solo,  muy brevemente, repensar al fútbol y su relación con la sociedad (no repetir el lugar común según el cual “el fútbol representa a la sociedad”- Alabarces (2018) refutó dicha frase en un artículo a propósito de la violencia de la final de la Copa Libertadores-.). Asimismo,  busco estimular mayores reflexiones en esta misma línea, que, generalmente, son muy esporádicas. 

Bibliografía:

Alabarces, P. (2014). Héroes, machos y patriotas. El fútbol entre la violencia y los medios. Aguilar: Buenos Aires

Alabarces, P.(2018). La violencia es un mandato.  Recuperado de la web de Anfibia.

Hijós, N & Garton, G. (2018). “La deportista moderna”: género, clase y consumo en el fútbol, running y hockey argentinos. En Revista Antípoda, (pp. 25-42). 

Elsey, B. (2011). Citizens and Sportsmen: Football and Politics in Twentieth Century Chile. Texas: University of Texas Press.

Pulgar Vidal, J. (2016). Selección nacional de “fulbo”: 1911-1939. Fútbol, política y nación. (Tesis de maestría). Pontificia Universidad Católica del Perú.

Villena Fiengo, S. (2016). ¿DES-gol-onización? Fútbol y política en los movimientos indígenas de Bolivia. En Revista Crítica de Ciencias Sociales,  (pp. 3-32).


En el caso que nos interesa, Perú, el presidente del máximo ente institucional nacional, es decir, la Federación Peruana de Fútbol, Edwin Oviedo, está implicado en acciones delictivas, asesinatos y liderazgo en mafias.

No dejamos de lado la necesaria reflexión en términos de ciencias sociales sobre la condición de los distintos grupos étnicos y sus particulares situaciones. De ese modo, no caeremos en propuestas desfasadas o carentes de sentido.

 

http://revistaanfibia.com/ensayo/la-violencia-es-un-mandato-2/