“Tuve que empujar mi cuerpo como material de construcción, que busca un lugar donde clavarse para fundar su ciudad” (reseña sobre “Kauneus, la belleza” de Roxana Crisólogo)

Roxana Crisólogo, nos presenta en esta oportunidad a “Kauneus, [La belleza]” (Intermezzo tropical, 2021). Un libro que tiene como eje el viaje, que este sujeto poético emprende huyendo de su ciudad natal (Lima), pero que termina siendo un periplo para encontrarse a sí mismo y poder aparecer, en una realidad que lo invisibiliza.

En ese lugar urbano primordial al cual guarda afecto, también cunde la violencia, en forma de: clasismo, racismo, en general mucha desigualdad, precariedad económica, así como de violencia política (que desata explosiones). Ello lo obliga a salir.

Habitar ese primer espacio, recognoscible como Lima, no le permite transparentar la belleza de su ser, su verdadera identidad. Dejarse ver significa que se le permita expresar, que se respeten sus derechos y forma de ser particulares, como individuo y mujer, que se reconozca su raza, su color, su cuerpo. Ese reconocimiento, esa visibilización se da solo parcialmente en esta primera ciudad que recorre el sujeto poético, dejándole experimentar solo destellos de belleza en ese punto del viaje, (aunque tan esenciales estos en algunos momentos, que se convierten en el tamiz con el cual se ven todas las cosas de ahí en adelante), destellos, que sin embargo, no aparecen en un contexto de libertad (casi sinónimo de lo que se identifica como belleza en este libro) necesario; por ello el imperativo de partir.

El libro inicia con un silenciamiento en varios niveles en tono imperativo:

“Cierra tu libro/ cierra la boca/ cierra las piernas”.

Un tono que pretende fijar la posición de este sujeto. Más adelante este responderá en el poema llamado “Aquí homenajeamos a la belleza peruana”. Primero en posición subalterna:

“Qué tal si digo sí a todo y me ahogo en llanto/ Una buena y dulce madre/ se olvida de sí misma/ la mano no se olvida de mí/ empuja/ la ansiedad de cien ojos que esperan que algo pase”. A lo que se contesta con voz reivindicativa:

“Una buena esposa no se ahoga dice la mano”.

“Y queda clavada como un tumor en el cerebro de todos/ la ansiedad de cien ojos que esperan que algo pase”.

El patriarcado invisibiliza al sujeto femenino (metaforizada como esposa) en el país, e impone una imagen hegemónica de belleza, que el sujeto poético subvierte, planteando variantes nuevas sobre lo bello; cometido que se logra a mi parecer, en esta publicación.

Poniendo el foco de atención en el título, “Kauneus, (la belleza)”, se advierte un juego especular con el lector, en el cual un mismo significado aparece en dos idiomas distintos (finés y castellano). Esto acarrea una cultura, historia y costumbres propias, tras cada una de estas lenguas. Es pertinente el detalle, si en el libro uno identifica que el sujeto poético se traslada de Perú a Finlandia, como posible tránsito entre estos centros, a partir de los cuales, los poemas hallan contexto. Si bien este huye del Perú hacia Europa, en el libro constantemente hay una vuelta de mirada hacia sus orígenes peruanos, aunque siente que tampoco puede volver:

“Me veo escribiendo frente a una ventana que no da a la calle de mi barrio polvoriento en el sur de Lima”

Además de este apunte sobre el título, se encuentran las implicancias de la traducción que se encuentra en él, como una forma de viaje a otros mundos culturales a través del entendimiento de sus idiomas, pero también de preocupación por el lector, volviendo al tema de acercar más la cultura a los otros, antes que plantear barreras.

Este traslado que realiza el sujeto poético genera un diálogo profundo entre el “acá” (Perú) del cual se parte, al “allá” hacia donde uno se dirige (el extranjero, especialmente Europa) que se establece a partir de la perspectiva de alguien que ha vivido muchos años en estos espacios y que tiene muchos elementos para intercambiar. Un diálogo que no puede evitar sortear diversas dificultades, como la imagen que cada uno se forma sobre el otro; me refiero a las apariencias, no exentas de prejuicios con la cuales se ironiza todo el tiempo y de esa forma se las sobrepasa, reconfigurándolas en poesía.

El sujeto poético vive un proceso de transformación que se ejerce de sección a sección en el libro, tanto del punto de vista de la mirada y las ideas de este, a las diferentes maneras que se ensayan a la hora de hacer uso del lenguaje (los recursos expresivos de la poeta desplegados aquí). Partiendo del carácter oral urbano de Lima, caótico y veloz, como sería la urbe del centro de la capital y los barrios populares (como San Juan de Miraflores), con toda su explosión demográfica y vehicular; a otro tipo de ritmo e imagenería poética cercana a la tradición nórdica, que se visibiliza en versos, como aquellos en los que invoca a la poeta finesa, Edith Sodergran:

“Aprendí hablar del verano con ilusión/ la misma ilusión con la que ahora me abandono a la/

Voluptuosidad/ de las olas de Lima/ al ansia de los colores que en versos de Edith Sodergran es el de la sangre.”

Una de las conclusiones sobre la idea de la belleza a la cual se llega en esta entrega, se desprende casi finalizando, en la última sección, a partir de uno de los mejores poemas del conjunto, justamente titulado, “la belleza”. En él, se plantea una posición particular sobre la misma, desmontada en forma de reflexión poética, donde se satiriza todo el proceso de blanqueamiento que a veces debe realizar un migrante para poder pasar desapercibido o como ella dice, ser “aceptada en el club”:

“El blanco terminará siendo mi abrigo”

“Huir fue mi velocidad”,

Hay mucho humor en este poema:

“Le pregunté a la belleza si me podía invitar a su coctel/ Si son suficientes los arreglos que me hice en el rostro/ para no desaparecer en la blancura del flash”

Se establece una dialéctica con los propios prejuicios que tiene el propio sujeto poético sobre la belleza, o dialoga con los prejuicios del entorno que la rodea:

“Me pregunté si mi tono de piel es un traje de fiesta/ Una estilista tailandesa me recomendó/ desaparecer mi cerquillo/ Mudaste de país mudaste de piel lo olvidarás pronto”

La agudeza que se logra alcanzar en pasajes como este, se conecta con otros no menos originales, como el final de un poema que comentara hace unos párrafos, rotulado, “Aquí homenajeamos a la belleza peruana”, en el cual se metaforiza la impresión que los otros tienen de la apariencia, con la de querer agradar a los otros, como un pequeño pez en una pecera:

“Este cuerpo este pez es la delicia de los ojos/ de los que en el acuario terminan atrapados por una luz/ es la belleza”

“Kauneus, (la belleza)”, es un libro nutricio en varios temas como: la identidad (étnica, lingüística, política, racial, de género) la posición del migrante en el Perú y el extranjero, diferentes realidades interculturales conectándose o repeliéndose. La propuesta verbal a su vez se deja ver: de forma narrativa muchas veces, haciendo uso de variantes dialectales del habla popular peruana o haciendo uso de formas de poetizar más bien, de influjo extranjeras, en la cuales no solo hallan marco referencias a bosques o paisajes cubiertos de nieve; sino a otro tipo de ritmo sonoro y visual. Rico despliegue de recursos, que posicionan a este libro, como uno de madurez en la mirada, y cúspide en el estilo, dentro de la obra de Crisólogo.

Este es un viaje forzado

un aterrizaje forzado que me obliga a pasar seis horas en Kiev

cuando el avión se acerca a la pista de aterrizaje

y parece que entramos a un almacén que conduce a otros almacenes

más sofisticados más solitarios más tristes

Se ha escrito demasiado sobre gente forzada a quedarse en un lugar

forzada a partir sin explicación    forzada a dejar

geografía forzada

alimentos genéticamente manipulados

forzados a abandonar su ser

Soy de K     un país forzado

Ella habla en estadísticas

no le quita la mirada a una familia judío-ortodoxa

que arrastra varios niños y muchas maletas

El número de muertos es tal que sobrepasa a los que lucharán

por la independencia de cualquier país forzado del mundo

¿De qué lado estás?

¿del que viaja por curiosidad o por necesidad?

¿remueve cartuchos   proyectiles   minas?

¿deja mensajes   descifra   descompone?

¿acumula pólvora?

¿De los que queman o son quemados?

¿De la cooperación técnico-militar?

¿De la United Nations o de la OTAN?

¿De la fotografía del país que no es el país?

¿De la postal?

¿De la botánica de no tomar partido por nadie?

¿De las semillas de las flores que no conocen de territorios?

¿De los laboratorios?

¿De los experimentos?

¿De la química celular?

¿De la nación impura?

De todas las muchachitas con las cejas demarcadas como sistemas solares

que habitarán en mí

Ser o no ser no es un dilema sino alinearse en un ejército de un lado

o del otro del río Jordán

“Madre, hoy me hice anciana, polilla dentro de una niña” (reseña sobre “Matrioska” de Valeria Román Marroquín)

Uno revisa el índice de Matrioska (Fondo Editorial de la APJ, 2018) Premio José Watanabe Varas 2017, de Valeria Román Marroquín (Lima, 1999) y ve en esa hoja de ruta marcada por los subtítulos: “Siamesa”, “Simbiosis”, “Matrioska”, el ánimo de resaltar momentos de conjunción, de algo que surge del encuentro de diferentes presencias o elementos, uno tras otro, en el interior de un todo. El primero hace alusión a lo orgánico, el nacimiento de un ser que, en este caso, se haya acompañado por alguien del cual no puede despegarse; en el siguiente el intercambio vital de organismos que se necesitan para existir; para finalmente, completar con la matrioska y la voluntad de registro familiar existente en esta muñeca.

La voz poética sorprende por su fuerza ya iniciada la lectura. Interpela constantemente con el poder de su verdad y su capacidad corrosiva para discutir aquellas ideas o interlocutores con los cuales disiente a través de un lenguaje crudo, pero a la vez reflexivo.

Siguiendo la propuesta de lenguaje inscrita en este libro, vienen a mi mente los primeros versos, “apagada la luz/ pleno abrazo mis senos como acto de pudor” y ya en ellos noto perfilarse una de las características de esta poesía que llamaron mi atención desde un inicio y es este trabajo de “montaje” (dicho con lenguaje cinematográfico) en pasajes como el que acabo de citar, en este en especial: “pleno abrazo mis senos” en el cual la secuencia versal, que va siguiendo una sintaxis narrativa, ciertamente convencional, es intervenida por  otra fragmentada, como de conjunción de bloques verbales incompletos, que sin embargo simpatizan naturalmente.

Hay una locución que interpela a otros sujetos femeninos en Matrioska, interlocutores especialmente visibles bajo la figura de la madre, a la cual se evoca constantemente, pero que no responde. Como si la silenciara:

“hay silencio/ madre no me ayuda a peinarme deja que/ me pare sola frente al espejo y cepillarme mi pelo deja que me pare/ sola frente al dolor/ de jalar un nudo”

Es una voz poética que aniquila a la voz de la madre. Eso transmite una gran soledad por parte del sujeto poético, pero no por ello desamparo; se la percibe libre y resuelta, consciente de todo.

El concepto de matrioska tiene que ver con la cadena de relaciones que se establecen de hija a madre, de esta a la abuela y así sucesivamente. Estas relaciones están contenidas por un espacio signado por el cuerpo, como si todas estas presencias femeninas estuvieran en un mismo territorio. Cuerpo que media su relación con el mundo y el descubrimiento del lenguaje, del cual se va a apropiando conforme experimenta cada uno de los estadios de desarrollo de su fisiología, tras el paso de los años.

El territorio interior de su casa y la familia, es su tierra baldía, la cual se asiente como el terreno desde el cual se caracteriza este mundo tan definitivo para ella:

“chueca crece esta raíz/ pasa el mes más cruel de todos/ y el camino se hace áspero”

Para poder salir de ese terreno baldío solo queda la palabra:

“bajo mis pies siembran flores/ siembran flores en su tumba/ y sus dedos se extienden fuera/ del perímetro”

El sujeto poético sabe que sus padres no son capaces de salvaguardarlo. El poder e influencia de ellos en su existencia no es efectiva, eso genera una reinversión de poderes, donde ella siendo hija, se puede volver madre, generando una especie de refundación del mundo por parte suya. Es interesante el uso de la primera persona plural en el pronombre “crecimos”, distinto a la duda, o más que duda tanteo del sujeto poético prenatal, prelingüístico de las primeras secciones del libro. Otra muestra de la seguridad del enunciado de esta voz:

“he llegado a concluir que crecimos fuera del vientre/ y creo/ que ese ha sido/ de toda la historia mundial/ nuestro más grande triunfo”

Se presenta de alguna manera la gestación, vida y muerte de algo en la estructura presentada por el libro. Es el ciclo de vida de un vínculo, el cual podría fijar su fecha de vencimiento el día que se terminó de escribir.

Se percibe como un ciclo de un eterno retorno, como viuda negra (o hija negra) que teje (texto-lenguaje) la mortaja de su madre, como algo que no puede dejar de repetirse en la familia:

“en el tiempo circular/ y permanente/ nada importa/ entre diferencias tenues/ un hilo rojo sobre un hijo rojo:/ la madre de mi madre/ y mi madre/ que es hija mía/ pasamos el rato/ esperamos su pasar”.

Dentro de nuestra tradición, podría hallarse cierta cercanía a poéticas transgresoras de sujetos femeninos, como las de Carmen Ollé, Mariela Dreyfus, Monserrat Álvarez, Victoria Guerrero o Cecilia Podestá, por nombrar algunas autoras, con obras que como Román, subvierten los códigos de la poesía escrita en las últimas décadas.

“Pronunciar tu nombre para soñar el sueño que nos dice que la vida sería más posible si los gorriones escribiesen las editoriales de los periódicos” (reseña sobre “Las musas se han ido de copas”, de Nilton Santiago)

El poemario “Las musas se han ido de copas” (Visor, 2015), XV Premio Casa de las Américas, de Nilton Santiago (Lima, 1979) sigue un caudal de inspiración indetenible, que recorre toda su obra. Sus palabras y el equipaje de sentidos y juegos de lenguaje que llevan, comunican lo humano con el mundo sagrado, mágico, fantástico, que convive naturalmente con el ámbito de lo cotidiano y lúdico al cual invita el universo poético de Nilton Santiago. Circunstancia que genera asombro en el lector, por la sensación de epifanía que lo sorprende a cada instante entre las cosas.

Mujeres (las musas, las diferentes caras de la poesía), son buscadas por el poeta a lo largo de su libro. Cualquiera no merece su atención… Están por ahí, mezcladas con otras presencias femeninas, con el riesgo de que se confundan unas con otras, sin embargo, la promesa del encuentro, está hecha. Si bien uno percibe desde el primer verso que la inspiración está presente, los poemas te invitan a no detenerte y continuar en peregrinaje hacia el camino que te conduzca hacia ellas.

Este libro que se presenta casi como un libro de aprendizaje del amor (digo casi, porque la palabra poética de Nilton Santiago suele remover en su interior muchos otros temas más), esboza un proceso en el conjunto, que se estructura en cinco partes: 1. TRES POSTALES PARA LA LLUVIA QUE LA LLUVIA HA BORRADO 2. NO HAY CHICAS BIEN QUE POR MAL NO VENGAN 3. SIETE EQUINOCCIOS PARA EXPLICARTE QUE NO TIENE NADA DE MALO QUE NOS ENROLLEMOS DE VEZ EN CUANDO 4. LA DOBLE VIDA DE LOS PINGUINOS 5. PARA RETRASAR LOS RELOJES DE ARENA. En él, despliega prosas poéticas que presentan un lenguaje que transfigura escenarios de corte fantástico ubicados en ámbitos citadinos, muchas veces interiores. La maravilla de lo que se va contando, enriquece el tono conversacional presentado como marco previo, de esa reunión de voces que se van “de copas”. Como si fuera una borrachera fantástica, de sensaciones y conocimiento poético.

En ese último sentido, viene a mi mente el poema “El barco ebrio” de Artur Rimbaud. Un poeta que generaba transfiguraciones de escenarios que partían mucho de lo cotidiano y autobiográfico, pero que acababan en lugares insospechados, producto de la alquimia del verbo. Entre otras influencias que me asaltan, está la poesía del español Juan Carlos Mestre con el cual comparte un imaginario poético que coincide en más de un aspecto y que resalta por su devoción a la belleza verbal, sus personajes fantásticos (muchas veces kafkianos) de faz iluminadora, o los escenarios como de museo, sobre superficies de antigua madera pulida, así como de ciertas palabras recurrentes como: “libélulas”, “mariposas”, “sastre”, “equipaje”, “ángel”, “lágrimas”, “sindicatos” o “jubilados”; por citar algunas palabras clásicas del mundo mestreano. Pero también viene a mi mente el lado lúdico y sensual de Oliverio Girondo o la capacidad transformadora del poeta de los heterónimos, Fernando Pessoa:

“En Barrio Alto, ninguna nena ha leído “El libro del desasosiego” pero igualmente tienen el corazón tan grande como una sandía, se enamoran cuando anochece y caminan medio desnudas todo el invierno hasta dañarse la sonrisa con el aliento de las primeras flores.”

O diálogos con otras poéticas, como es el caso del poemario “Fe” del poeta peruano Bruno Pollack:

“Acabo de leer una noticia que dice que el 70% de los pájaros es agnóstico, y que el resto, el 30%, simplemente sabe que las iglesias son un buen lugar para ir a merendar el arroz que arrojan los amigos de los recién casados. Bruno me dice que el atentado de las torres gemelas fue planeado por tres puercoespines contratado por los servicios secretos del Tío Sam”

El libro despliega todo tipo de figuras poéticas: metáforas, metonimias, oximorones, personificaciones, hipérboles, jiasmos (o quiasmos), pero empleadas de forma tan fluida y adjetivada con tal maestría, que no se percibe un recargamiento de ninguna manera.

Volvemos al tema del salir “de copas”, y ya en tal expresión, percibimos un modismo español, distinto al sudamericano. El tono del libro es uno internacional. El sujeto poético es itinerante. Expresa las huellas de un migrante:

“Volvamos al tema de la inmigración ilegal, a los bombarderos de flores contra los establos de amores perdidos, volvamos a que pasas de mí al igual que la felicidad, pasa olímpicamente de instalarse en el corazón de los perros abandonados.”

“La cena no te ha gustado nada, lo sé, igualmente no pienso pedir aquella pizza de higos, miel y queso de cabra que tanto te flipa”

El tema de irse de copas, ese desorden de los sentidos, recuerda un poco el disparate puro surrealista. Si bien eso puede darse en algunos pasajes y la estructura lógica extreme sus licencias al relacionar elementos que aparentemente se hallen muy alejados unos de otros en tanto el significado, hay un sentido que se enhebra, dándole un poder poético, con cierta estructura.

Este desorden de los sentidos, también es un remover de sentimientos. Las relaciones humanas son aquí puestas en cuestión todo el tiempo, el ritmo de su variabilidad puede ser el ritmo de la profusión de imágenes de diferente sentido semántico:

“El amor se parece a la teoría de las cuerdas: solo tienes que sonreír para darte cuenta de que encontrarte a una desconocida roncando en tu cama es igual de normal que ver desde tu sofá a aquella mariposa que se limpia las patas de polen bajo la noche que se acaba de hacer añicos en tu corazón”

Este irse de copas también es jazz, improvisación. Si hay un género musical que podría elegirse para darle un soundtrack a este libro es el jazz y una sensación temporal no tan moderna, actual, como más bien vintage. Una noche de jazz:

“Cuando llegó, “Cannonball” de Adderley ya se había zampado su bocadillo de acordes oceánicos y esperaba entre el piano y la sonrisa de 5 águilas pescadoras que charlaban amablemente con Jimmy Cobb y Paul Chambers. Esa mañana Miles llegó fresco -como una lechuga-para improvisar “Freddie Freeloader”

Una atmósfera que tiende a afincarse en un escenario detenido, como de café bar de pequeño barrio, en el cual lo cotidiano es sorprendido por un impulso imaginativo que el sujeto poético dinamiza para generar un ritmo visual y de sentido que altera la aparente tranquilidad de “lo mismo” interviniéndolo con la maravilla de “lo otro”.

Esa otredad no se detiene en el país de origen del autor. La mirada no se posa en la tierra y las raíces que la preceden, sino en un afuera que se dispara libre en muchas direcciones, y no solo en una como es la patria o la infancia:

“La primavera saca a pasear al perro con el que mi abuelo, el arriero, pasaba las noches para protegerse de los ladrones cuando tenía que atravesar las montañas de los Andes del Perú, con mulas cargadas de varios kilos de sal y de melancolía.”

“Pero dejemos estos fríos datos biográficos, ahora estamos lejos de la infancia, tan lejos como las grandes transnacionales de la soja de estos pobres diablos que caminan descalzos.”

La nostalgia no llama al sujeto poético, el terruño, como si puede verse en César Vallejo cuando vivió sus últimos años en Europa, por ejemplo. La memoria del Perú y su Santiago de Chuco siempre afloraba en los poemas que escribió en esos años, pero no es este el caso de Nilton:

“Vaya, me ha dejado la cartera –digo en voz alta—nos habíamos tomado unas cuantas copas de vino hipocrático, una ración de mejillones a la marinera y patatas con mucho alioli para no terminar enrollándonos”

Este sujeto poético se presenta incorregible en el amor, la vida y la poesía, llevando consigo sin embargo el equipaje de un ángel y sus talentos, que nunca lo abandonan, cada vez que se detiene a hacerle el amor a la poesía. Eso es lo que uno concluye tras terminar el libro, que el buscar de la poesía por parte del poeta, es finalmente, un coito de amor y desamor con ella, así como sus descansos de meditación poética.

“Un viejo preparador de caballos murmuró: no sé si es buena, pero tiene ganas de correr” (reseña sobre “Matacaballos” de Ana Carolina Quiñonez Salpietro)

Evoco mi primera lectura de Matacaballos (Paracaídas, 2018) de Ana Carolina Quiñonez Salpietro (Lima, 1988), y la sinestesia me lleva de la imagen visual a la olfativa y táctil, transportándome a establos y a los caballos que habitan esos espacios. La presencia del animal, su respiración, la temperatura del mismo, reflejan una intensidad que es transferida desde el sujeto poético, hacia este ser. Si bien un aspecto central del libro es la memoria sobre la conflictiva relación que se establece con la figura del padre (la cual es equiparada al lado tosco, duro, del equino y su semejanza con ciertos aspectos de lo masculino y patriarcal), este marco es sobrepasado por la forma como se dibuja la metáfora del caballo y su profundidad simbólica.

El libro está separado en tres secciones: “Calentamiento”, “Pista de trabajo” y “Trote”. Los títulos de estas, sugieren momentos previos al de las carreras y al contexto del hipódromo, como si se quisiera ahondar en el ámbito íntimo del animal, resaltando la perspectiva del que está muy de cerca a este y a su preparación antes de competir y ser espectáculo de los aficionados y apostadores hípicos. 

Esta mirada desde dentro de tal forma que, en varios pasajes, se llegan a establecer personificaciones de los caballos, que generan tal intercambio de naturaleza entre estos y los humanos, que terminan dando pie al surgimiento de un nuevo ser, hecho que considero un logro poético de esta entrega. Todo esto da como resultado una cohesión que le da consistencia de “cuerpo” a todo el libro. Un cuerpo que se percibe singular, fabuloso, como el de un centauro.

Son interesantes además, las relaciones de poder que se establecen alrededor de la figura del caballo. La aparente fragilidad de la inocencia femenina, delicada, sofisticada del sujeto poético, se confronta con ella, con fuerza efectiva. El libro sugiere -con no poca ironía- que el padre esperaba un corcel y le llegó una yegua:

“Ella lo daba todo/ cuando había que cuidar el ritmo./ Era una carrera de cuatro curvas/ pero el jinete no podía apaciguarla/ exigirle”… “Murió/ y la abrieron:/ su corazón/ era dos veces/ uno normal”

El título, “Matacaballos”, podría hacer referencia a algo similar a un matasellos, como algo que viene con una marca registrada, particular, pero también se le puede adjudicar la acepción de “caballo”, como refiriendo a alguien de condición tosca y sin tino y el título con señas de querer acabar con eso. Finalmente se dice en uno de los poemas que Matacaballos era otra forma de llamar al que cuidaba estos animales, aparentemente porque no lo hacía de la mejor manera. Motivo por el cual a veces se perdía en las carreras… Esta relación conflictiva con los sujetos masculinos dentro del libro, podría evidenciar una voluntad de matar al padre, simbólicamente, posibilitando el nacimiento de este sujeto poético. 

Otra característica que se constata, es el conocimiento del mundo de los hipódromos, por parte de quien enuncia estos poemas. La figura de los caballos en los establos, se ve extrapolada después al de estos lugares de apuesta y en el caso del sujeto poético, de reunión familiar, digamos en la tribuna. Esto revela también, el aspecto social del libro, que expone una imagen de una clase social acomodada (propietaria de la tierra y los animales), observada con una mirada ciertamente crítica, desde la óptica de una niña que forma parte de este escenario, básicamente como espectadora (más al ser mujer en un ámbito que se muestra eminentemente masculino). Este panorama familiar-social, se ve contrastado por la imagen de un animal que tiene una naturaleza que tiende a la libertad y la belleza, aunque existan presencias que lo quieran cercar, generando una tensión interesante de sentidos en el libro. Reveladoras en este punto, son las palabras preliminares a la última sección:

“Zoila era una yegüita fondera y ligera. Recontra corajuda. No le gustaba que la pasaran. Si le ponían más caballos más se emocionaba y mantenía su ritmo. Corría siempre adelante.”

Vienen a mi mente algunos poemas tras leer “Matacaballos” como: “Emociones del hipódromo” del amauta José Carlos Mariátegui, “Los caballos de los conquistadores” de José Santos Chocano, “El caballo” de José María Eguren, o en los 70s, uno de los mejores poemas del grupo Hora Zero, “Balada para un caballo” de Jorge Pimentel; entre algunos textos sobre caballos en el Perú, emblemáticos.

Los caballos de Ana Carolina Quiñonez Salpietro sin embargo, tienen otras peculiaridades, provenientes de la psiquis de un sujeto poético, consciente de los roles que históricamente han repartido los discursos de poder tradicionales en el Perú, propios de aquella arcadia colonial que hablara Salazar Bondy en “Lima la horrible”, no solo explotadora de la tierra, sino hegemónicamente patriarcal. Dicho esto último, por señalar algunos discursos que se hayan cruzados en el libro, aunque como dije, sorprende además por su propuesta estilística, enseñoreada por el conocimiento de primera mano, que se percibe la autora tiene de este mundo.

LAS BESTIAS DE ADENTRO

Temíamos que un caballo
se empotre
contra la casa.
Los pasadizos de tierra
y el extenso terreno
abandonado
de barro y charcos
se quedaban a oscuras
y con el silencio
irrumpían las historias.
Un preparador
enloquecido
que marcaba
la huasca
potrancas
y variadores
potrillos y capataces.
Todo le pertenecía
todo lo que se movía.
Entonces
mi padre aparecía
cuando ya habíamos
cenado
y hecho las tareas
limpios
y desparasitados
comprobaba
las orejas
las patillas
cortas
las uñas.

Así
empezamos a traicionarnos
y le entregábamos la cabeza
del autor de los vidrios rotos.
Acusábamos
al que tiraba su comida a los perros
al que no se llenaba nunca
y comía de las sobras de los peones.
También le decíamos la verdad.
La verdad de los moretones
y de las costras
de las costillas salidas.
Siempre sabía quién se orinaba en las sábanas
y quién dormía con la luz prendida
quién veía en el televisor
formas borrosas
personas montando personas
y todos recibíamos correa.

Así
intentaba decirnos
que nosotros no éramos sus hijos
que éramos su responsabilidad. 

“En el rabillo de mi ojo su sombra muta” (reseña sobre “Albión” de Victoria Mallorga)

“Albión” (Alastor, 2019), primer poemario de Victoria Mallorga (Lima, 1995) es un título que pareciera aludir a un lugar alejado del contexto cercano de la autora; pero conforme uno va internándose en el libro, se cae en la cuenta que al parecer a donde se ingresa es a un territorio muy íntimo. Este lugar interior que se expone aquí sin embargo, muda (o muta) en tantas formas, que pareciera que nos invita a otro mundo. Es decir, la alusión a Albión, que en primer término remite a Gran Bretaña, no es la misma Albión de este libro, sino el punto de partida del sujeto poético para llevarnos más bien a un lugar imaginario e impredecible.

Ya lo dirá desde los primeros versos del libro: “sala de espera/ última llamada,/ a la señorita desarraigo prendida de mi solapa”. Y al cierre del mismo poema: “última llamada para volver a casa”.  Es decir, el sujeto está en constante evasiva, el sentido del libro se va movilizando, lejos de dejarse atrapar por un discurso externo, normativo, que lo ancle.

El libro está separado en cinco secciones: “previas al aterrizaje”, “siguiendo la costumbre del amor erróneo”, “xxx-llámame”, “una pesadilla en el arco del siglo” y “acabose”, las cuales sugieren tener ciertas temáticas, pero que, en los poemas mismos, se disgregan.

Este viaje interior que pareciera se interna en las profundidades de su subjetividad, plantea desde diferentes planos, un espacio signado por el cuerpo, que se vuelve el hábitat general de estos poemas. Las sensaciones que este cuerpo experimenta, reflejan: pérdida, placer, vacío, sorpresa, asombro, libertad, sacrificio; los cuales se tornan palabra poética. Constructo de piel, carne y latidos. El proceso de esta poesía, por lo tanto, se siente en gran parte de forma orgánica.

Un viaje que, si bien plantea su universo en el cuerpo, este sin embargo, entra en tensión con un deseo de sentido ascendente:

“júpiter/ cantimplora en mano, decides irte sola a júpiter./ sabes que vidrio feroz recorre la atmósfera,/ pero ciñes una casaca y/ bajas templando la soga, sin mirar arriba”

Al final del texto, vuelve al espacio corporal:

“y a tu boca de júpiter ascendente, / que mantiene los vidrios/ que mantiene la aurora”

Por una seria de marcas textuales, se puede distinguir como uno de los aspectos centrales que trasunta el libro: la pérdida, el alejamiento de un otro que era parte constitutiva del sujeto poético. Este aspecto se resuelve poéticamente como despedida, vacío, recuerdo, invocación sagrada, que llama a las palabras, que se articulan conjuntamente en un ritmo, de flujo y reflujo entre el peso de esa ausencia y el deseo de emprender vuelo:

“así/ reconozco la atadura de tus manos al volante,/ el oro que brilla en tu sien, la ingravidez/ que te inunda cuando sabes que toso es tuyo/ más allá del horizonte,/ más allá de los planetas alineados a la espera,/ que todo lleva tu nombre/ y todo espera tu paso/”

Esta pérdida se percibe en el libro como vacío, que como dijera, se vive en el cuerpo. En ese espacio orgánico es que surge también otro tema que aparece y desaparece y el que también tiene mucha influencia, como es aquel del placer, el cual surge como expresión de libertad y apertura a sentir no solo de una forma, sino de muchas, como el combustible para seguir la aventura de esta escritura y no caerse cuando se abisma. El placer y el amor que se abandonan con tal intensidad que se vuelven signo que sobrepasa cualquier barrera convencional.

Si intentamos emparentarla con alguna línea de nuestra o de otras tradiciones poéticas, percibo que estas no son evidentes. Sin embargo, si podría adscribirse a alguna influencia que podría dialogar con su estilo encuentro a la de Jorge Eduardo Eielson en “La noche oscura del cuerpo” y en esa manera de metamorfosear el ámbito del cuerpo para sacarle nuevos sentidos. Otra poética que viene a mi mente también, es la de Alejandra Pizarnik, aunque como pasa con Eielson, no la determina, así como el Oliverio Girondo en su “Masmédula”. Ya en los entre los poetas locales más contemporáneos percibo algunos elementos similares a los de la producción de Andrea Cabel en esa relación entre cuerpo-ausencia-intensidad, aunque como dijera, desde una voz personal.

El libro termina con uno de los mejores textos del conjunto, titulado “homínimo”. Este poema funciona casi como un arte poética, en él, Albión aparece como un lugar al cual llegar, (¿cómo el espacio de la utopía?) Que similar a la Albión en Gran Bretaña, al verla de lejos, solo se la alcanza a distinguir como una alta pared blanca tras la gigantesca niebla, pero conforme se va avanzando, (como en la lectura del libro) esta va dejando ver el cuadro de su verdadera figura.

homínimo

después de todas las letras
albión me envía un cuadro

está hecho
me dice
con los colores más tangibles del mundo

el bermellón me asga el vientre

                  y en la caída
                                la nostalgia que corrompe mi sangre exhala

la verdad es que en cualquier esquina
de lo irreal se asoma
en el rabillo de mi ojo
su sombra muta
y mientras mis manos dibujan mi cuerpo
su peso se insinúa en mis sábanas

albión
no necesita un cuerpo
para besar mis manos
su boca toca las notas
que me envía desde el tiempo
si culpamos a alguien
que sea inexplicable
que el crimen del siglo se incruste        en mi vintre
condenada si permanece,
condenada si se arrebata

albión
cualquier piel en cualquier lugar del sueño

donde se hace mito
se hace llaga

“Ignoro el significado de tanta música, aunque intuyo que ha nombrado el cielo” (Reseña sobre “Monólogos desde Babel” de Mateo Díaz Choza)

“Monólogos desde Babel” (Alastor, 2020) de Mateo Díaz Choza (Lima, 1989), es un título que remite inmediatamente al libro del Génesis de la Biblia y a las muchas voces provenientes de la mítica Torre de Babel. Esto adelanta la posibilidad de encontrarnos con una propuesta en la cual intervengan planos polifónicos, enunciados desde la primera persona de varios monólogos. Luego uno revisa el índice y se percata que los títulos siguen “aparentemente” el orden cronológico del: nacimiento, vida, muerte y resurrección de Jesucristo; y uno se pregunta ¿Tendrá que ver el conjunto de estos poemas con este devenir que uno deduce tras esa primera mirada? Este marco temático genera el primer juego textual que establece el autor con el lector, pero que posteriormente, en el despliegue discursivo poético que planteará, se verá desbordado, por la diversa procedencia de las voces, que se dejan oír en el libro.

Tras la lectura del primer poema, “Ora, cero”, uno encuentra un espacio arrasado por la oscuridad, la cual ya ha sido colmada, dejando solo un intersticio de luz en ella, como apertura hacia un nuevo lugar. Ese viaje sobre la desolación de un mundo destruido buscando reiniciar, me recuerda mucho a Tierra Baldía de T. S. Elliot. Libro que, por cierto, lleva una Babel en su configuración, que no se apura en dejar atrás ese lugar devastado, sino que se apoya en esa cartografía de lo destruido para plantear un mundo con una cara que evidencie esas grietas, esa destrucción, esas heridas, como marcas de lo que cargaremos de ahora en adelante. Escenario siguiente tras la disolución de los ideales de la ilustración y el proyecto moderno.

Es en este repaso de ciertas influencias, que uno puede identificar entre líneas, rastros escriturales fundamentales dialogando con la voz que articula este poemario. Pasa en “Censo de Herodes”, donde se perciben las huellas del “Lluvias” de Saint John Perse y esa alusión a la fuerza vital de una naturaleza primitiva, incontenible, que se torna lenguaje, así como el uso del versículo presente en buena parte del libro. Cito una parte del mencionado poema:

“Soy barro interrogativo sedimento obrado por las manos indiferentes de la geología. Soy un nombre suspendido entre la ola que parte y la ola que retorna”.

Conforme uno va internándose en el poemario, se percibe que el sujeto se apropia de la historia bíblica (pienso en el uso parecido que emplea Vallejo en su primera producción en relación con Belén y Bizancio en sus desplazamientos entre el tropo del campo-hogar a la ciudad-intemperie, estudiado por José Bazán) poco a poco, para liberarse de la circunstancia de estar únicamente en Judea y recalar en otros contextos, evitando con ello, limitar el campo de expansión poético.

Como si se habitara el templo no solo para orar y venerar a Dios, sino para plegarse a lo múltiple y diverso, siempre partiendo de un yo, que se filtra entre diferentes discursos. Pienso en “Anunciación de Catalina” y esa manera de intercalar lo bíblico con lugares más cercanos al poeta:

“…desde el cuenco del oído mientras oyes valparaíso coquimbo nombres nuevos que nada te dicen y te preguntas cuándo acabará este mecerse sobre las olas algún día/ habrás de comprender lo que esconde esa línea en el océano pero ahora el sol matinal entibia tu cuerpo la fauna marina se incorpora y nada hay que anuncie tu oscura progenia”

No estoy seguro si el término sea “reescritura” o para ser más precisos “recreación”. Me parece que en el libro hay más de lo segundo. El simulacro de una estructura previa muy bien posicionada, que en el poema se descoloca en una nueva posición, más bien impredecible, producto de la expansión del lenguaje, desatada por el ritmo, marcado por una libertad que arriesga, proponiendo instantes de descontrol (conscientes) que paradójicamente repotencian la propuesta general. Bien dirá en uno de sus poemas:

“Los gestos que pronuncies, los delirios que esboces, son también parte de la obra”.

Hay una apertura a nuevos lenguajes, ahí radica gran parte de la alusión a Babel. Ese encuentro frente a lo no sabido, frente a lo no conocido, refleja una actitud metafísica, muy vallejiana (vienen a mi mente los famosos “Hay golpes en la vida tan fuertes…Yo no sé” del poema pórtico de “Los heraldos negros”). Mateo Díaz nos plantea una relación con lo no dicho, con el silencio, de forma personal. Por ejemplo, frente a la contemplación de una pareja que habla en un idioma que no es el suyo, en “Prefiguración de Babel”:

“Ignoro el significado de tanta música, aunque intuyo que han nombrado al cielo”

O cerrando el mismo poema:

 “Nada responde: mediodía: graznidos de pájaros”.

“Monólogos de Babel” está habitado por lenguajes poéticos de los escritores que ya mencioné, pero además por Charles Baudelaire, Artur Rimbaud, Ezra Pound, Rodolfo Hinostroza, Jorge Eduardo Eielson, los mismos textos bíblicos entre algunos de los cuales pude percibir su presencia.

Todo esto revela en esta entrega de Mateo Díaz, un sujeto poético que piensa la realidad desde su posición de lector. Las voces suelen emerger desde el plano escritural y culto, no tanto desde el oral popular, digamos, no desde el conversacional en su uso convencional. En “Bajo continuo”, dirá:

“Puede que un día amanezca y te encuentre leyendo, conjuro para arrancarle unas horas al alba. Una luz incierta a la intemperie, el rocío que gotea en hojas y tallos, el alborozo de los pájaros. Contra toda lógica, cada mañana se congregan en la ciudad para entonar sus conversaciones y celebrar la retirada de las sombras”

Volviendo al tema de la estructura del libro, como dijera arriba, se presenta una cronología que corresponde a la vida de Jesús. Esta se ve intercalada por diferentes monólogos, como: Monólogo de Mateo, Monólogo del Nazareno, Monólogo de Iscariote y Monólogo del extranjero, en los cuales se entrecruzan diferentes dicciones y circunstancias propias de la vida de cada sujeto histórico referido, con las impresiones particulares del sujeto poético que articula el plano general del conjunto. Por ejemplo, en el Monólogo del Nazareno, cuando la parábola es intervenida por la idea del libro como un producto cultural en la lógica de producción capitalista y los agentes que la conforman:

“Dos veces pobre es el hambriento que me escucha, tres veces el que me lee desde un papel o una pantalla –será más fácil para mis editores pasar por el ojo de una aguja que para para sus imprentas escapar del juego del infierno”

O en el Monólogo de Iscariote, la sintaxis se torna diabólica, hechura surrealista:

“…dones las palabras y las hormigas me guían galgo las gramáticas las diacríticas arrastran su cauda negra por el suelo empapelado y abandonan el retiro de mi boca me halan me jalan hacia el ruido por fuera de casco uterino…”

Muchas son las voces, pero un sujeto que las dirige. Al hacerlo, este se apropia de ellas, en un libro que constantemente se muestra como un arte poética, la recreación de un libro mítico, un taller de diferentes estilos poéticos, una sala de ensayos musicales y muchas más posibilidades, que no se agotan en una sola lectura.

“Yo era una road movie” (reseña sobre Tequilaprayers de Julia Wong Kcomt)


El escenario general de Tequilaprayers (Paracaídas, 2017) de Julia Wong (Chepén, Perú, 1965), se ubica en México, el cual está habitado por muchas presencias, que se corporizan en el libro, aunque las alusiones también remiten a otros países, como si habláramos de una road movie mexicana internacional. Y es que esta poética nunca puede quedarse quieta.

El libro revela desde el título una hibridez que en su obra, no representa una característica más, sino el punto de partida que determina su poética: la búsqueda de una identidad y forma, por parte de un sujeto, al interior de su genealogía familiar mestiza, dando como resultado un ser singular, un bello y querible monstruo o alien intraterreno. Una poética del extrañamiento se da aquí, que se manifiesta como algo cotidiano, desencadenando el absurdo en muchas ocasiones.

Tequilaprayers, como reza en su título, alude a la bebida alcohólica del país de Frida Khalo, algo así como “oraciones de tequila” o endechas de amor mexicanas. Me imagino al sujeto poético cantando entre rápidos y sucesivos shots de tequila con golpe de vaso:

“Tu ausencia hizo posible mi vida cuarteada de desagüe, tan rota como la vereda y tan amarga como un café preparado con desidia./ Este periplo de gorgojo y estas canciones lejanas de Portugal./ Sé que se miden las piedras con laberintos mentales./ Sentada con el culo helado entiendo que Epicúreo podría tener una respuesta a la blancura de la espera/ Nadie llega/ Empiezo a caminar sin dirección.”

¡Salud! El sujeto poético avanza con paso inestable. Un ritmo sonoro y conceptual que se marca en esa falta de definición, que provoca germinación constante de disparos con pistola de charro y mirada enigmáticamente asiática, las balas de su basamento Real. Fuertemente enraizado, como dije, en la relación que establece con su origen no identificado (alien intraterreno compuesto por muchas culturas), como principio kármico, de la consecuencia de estar vivo y sus avatares; pasados, presentes y futuros. Transformación constante: “Y la otra mitad de mi cuerpo ya no es piel, es luna”.

Además de la identidad esquiva y mutante de esta propuesta, y en general de toda la obra de Julia Wong, también está el tema del amor y el erotismo en Tequilaprayers. Se suele establecer diálogo con un sujeto masculino, como padre, hijo, esposo, ex esposo, como aquel establecido en una relación de amantes en escenarios extranjeros, en alcobas que también expresan otras realidades culturales distintas a la peruana, como el devenir de una flaneur del mundo. Por ejemplo en el hermoso poema, “León acostado en la jaula abierta” podemos ver este tratamiento del erotismo, que resalto, el cual detenta un espacio de mucha satisfacción, potencia y a la vez sutileza y creatividad:

“Meto mis dedos en tu pelo, liso y lino como el aceite que me enjuaga en la oscuridad más amplia de este deseo”

O en, “Esperando a los griegos”:

“Todos quieren destruir el amor para construir un reino nuevo/ Pero yo espero, Agamenón, yo te espero aún”.

El sujeto poético en su viaje tras sus orígenes y en lo diverso de lo humano, buscando quizás un reflejo, algo de que atenerse para generar una identidad, establece una relación interesante al ocupar el papel de madre, en el sentido que la hija aparece como proyección de esta, como si fuera su doble, la cual duplica su deseo que poéticamente hablando, es el suyo también. La obtención de aquello que se busca, la llegada, se materializa en la hija, consecución que sin embargo se dará de forma momentánea, ya que luego ella partirá, como la madre lo hizo, generando una tensión que desencadenará seguramente más traslados posteriores. Esto se halla presente en varios textos, como en, “Intento de clavar un yak disecado en la pared”:

 “Tu hija, la que ya no recuerda que lamió tu placenta salada,/ Sólo tiene ojos para el yak colgado, muerto, y espera que cierres la puerta de su habitación/ Para que ella pueda escapar por la ventana”

Esta voz se remite a presencias cercanas a ella, en muchas ocasiones las llama por su propio nombre, no como refiriéndose a personajes famosos. Eso le da un carácter íntimo a este libro pero presentado con una gran intensidad lírica, el cual aparece con un ritmo verbal alucinante, que puede alternar lo conversacional con lo barroco, pasando por el intercambio de expresiones dialectales provenientes de diferentes lugares, así como la intercalación de diferentes idiomas en algunos textos. Ello revela toda la riqueza técnica de la cual dispone Wong Kcomt, en una entrega de madurez y consolidación, dentro de su ya extendida obra. Libro que termina con una pregunta que puede penetrar en el corazón del mismo y de muchos pasajes de su obra: “¿Dónde se ha metido mi madre mientras yo la espero aún?”

“Habla baobab poesía” (reseña sobre “a tientas” de Carolina O. Fernández)


El aroma del árbol de Guarango y el familiar sonido de una rockola llegan hasta la máquina de escribir de Carolina Fernández (Lima) para -dicho vallejianamente-, dulcificar las palabras iniciales de este recorrido por el poemario “a tientas” (Vagón azul editores, 2018). Si algo puedo distinguir con nitidez en la partida, es la nostalgia que trasunta esta poética. Nostalgia que es su esencia, así como las reminiscencias que se desprenden de esta. Ella aflora cargada de una visión finisecular del mundo, cambiando de pieles de fines del siglo XX a principios del nuevo siglo. Esa mirada de transición resulta interesante, pero no es el único enfoque a resaltar, como es el caso del viaje poético realizado a través de una realidad cultural heterogénea, tocando diferentes problemáticas desarrolladas en clave de poes

El libro se divide en cuatro secciones: 1. “con los ojos vendados” 2. “coloraturas de mi onqoy” 3. “cronopio olvidado” y 4. “amorelados”. Las tres primeras conformadas por poemas y la última por relatos. Si, los títulos en minúsculas, quizás remarcando conscientemente, una poética que busca la naturalidad, antes que la pretensión estilística; la solidaridad con lo humano alejada de los pedestales.

Al inicio, los recuerdos llegan sutilmente, como el aroma natural de un bosque y llegan aquí a través del viento, que silba una melodía. Su viaje viene desde un lugar tan lejano, que el sonido llega como en chisporroteo tras ser reproducido en diferentes vinilos: Chabuca Granda, un huayno o la voz de Luchito Hernández leyendo sus poemas. Algunos temas que el lector puede hallar tras escuchar la música que sale de esta tornamesa. Tomando esos nombres de ejemplo (son muchos más con los cuales dialoga) se pone en evidencia también un poemario que expresa la diversidad de sus influencias: sociales, étnicas, musicales, poéticas, filosóficas:

“llevo una pluma y hojas negras/ para contar los sueños que recojo/ aire voluptuoso de las nubes/ veo entonces a domitila chúngara a clarice/ linspector a edith sodergan/contagiadas de los cantos de la bella chuquisuso”

Ese paso de una etapa anterior, en la cual se manejó con mayor naturalidad, para virar a una nueva en otro tiempo, tan ajena por momentos, obliga al sujeto poético a avanzar a tientas. Como si las circunstancias de cambio lo regresaran a una situación de poco dominio técnico, similar a la de la primera infancia en la cual cada paso es un reto para poder asir el mundo. Dificultad en primer término, pero a la vez gran asombro frente a la otredad, por ejemplo en este fragmento donde parece darle voz a un vendedor de celulares:

“¿quién no tiene dentro del celular una micro SD? Esta memoria chiquita insignificante es la causante de que usted puede bajar al celular sus canciones usté puede bajar las fotos jamás imaginadas ringtones que hacen brincar al corazón usted es arquitecto  puedes bajar divertidos planos”.

Hay una sumersión en lo popular en muchos pasajes del libro, como buscando darle voz a esas presencias subalternas con las cuáles también comparte una realidad. Por lo tanto, por momentos, se nota un trabajo de carácter sociológico en el libro, dirección que habla de la versatilidad del lenguaje poético aquí presentado, el cual no solo se agota únicamente en lo estético, sino que expone una posición crítica madura.

Lo lírico se intercala con lo narrativo y otros planos discursivos. “A tientas” narra una historia sobre el imaginario de este sujeto poético. En él se hallan muchos relatos de diferentes especies: canciones, consignas políticas, incluso alusiones familiares, aproximaciones étnicas culturales diversas. Expresión del constructo étnico social heterogéneo en el que vivimos como peruanos, pero también como ciudadanos del mundo, que se ve expresado aquí:

“un baobab un continente/ andar calmo y bondadoso/ andar de río/ aplausos/ multitud en tus calles baobab/ multitud en tus calles baobab/ multitud colmada de espejismo/ multitud courage!/ es un río la calle/ nicomedes un río humano victoria/ un río santa cruz”

Se da el ingreso a un mundo por conocer, al cual se ingresa a tientas; por respeto,  pero también por un desconocimiento primero, de ese hábitat ajeno. Esa otredad tiene tal profundidad, está tan alejada de la superficie de los prejuicios evidentes, que exigen pasar por una oscuridad que poco a poco va develando lo que hay en ella, como encuentros tras el paso por una interminable cueva o fondo submarino abisal. Para acceder a ese fondo, hay que realizar un acercamiento a través de la empatía, necesaria para acercarnos al otro de manera plena, y de esa forma poder verlo realmente; en tanto individuo, como miembro de una comunidad cultural, que busca mostrarse en todas sus manifestaciones:

“con un cigarrillo entre los labios/ lucho barrios y lucho hernández comparten/ un café y ventanas solidarias/ hablan de la gioconda latinoamericana”

En el mismo poema dirá estos versos reveladores:

“en los pasillos del fondo de la casa/ la verdad a tientas amanece/ en el fogón de la ternura”.

A ese cálida llama de la ternura familiar es a la que se vuelve en la parte final del libro, generando una sensación de entrada y salida, que va por ese mundo interior profundo y desconocido, como un sueño, hacia aquello que se revela en el exterior, como un despertar.

“Este es mi cuaderno músico” (reseña sobre “Santificado sea tu nombre” de Roger Santiváñez)


En “Santificado sea tu nombre”, Poesía reunida 1977-2017 (El Ángel Editor, 2020), de Roger Santiváñez (Lima, 1957), el libro inicia transitando dos espacios fundantes en su imaginario poético: Lima (especialmente el centro de esta urbe) y Piura. En el poema “Martín Adán/Oda” del poemario “Antes de mi muerte” dirá: “Por la Plaza de Armas y el Bar Cordano/ algunos extranjeros caminaban sin zapatos/ y el solo bocinazo, la paloma, el vino tinto…” en el cual se describe una topografía recorrida con ritmo pedestre, peregrino, flaneur, spleen por una sucia y desordenada, pero disfrutable ciudad, la cual recorre el poeta.

En el segundo texto del mismo primer poemario, las reminiscencias a Piura y el locus amoenus de aquel vergel, contrasta con el cuadro del primer poema: “Nuestros padres vinieron de lejos/ atravesaron valles, arenales, sembríos rezumando a caña/ limpias praderas de arroz, puentes metálicos/ y por fin se establecieron en el desierto más vasto que encontraron” revistiendo a este sujeto poético, de turbación por el caos, pero a la vez excitación tras arribar a la aventura de la gran ciudad: sus calles, bares, lugares públicos (muchos transitados por los poetas de Hora Zero que lo antecedieran y que por momentos campean entre sus poemas) luego la Universidad Mayor de San Marcos. Lugares donde transitara, junto a presencias que configurarán su posición como sujeto social, político y artístico de su obra poética: Lucho Hernández, Ernesto Che Guevara, Dalmacia Ruiz Rosas, entre otras.

En “Homenaje para iniciados” el lenguaje, como puede leerse en el título, empieza a romper el cauce estilístico de “Antes de mi muerte” y la sintaxis se ve intervenida de una forma inusual. Luego del eufónico y finísimo “Conversación con mi padre en su lecho de enfermo” el lector se sorprenderá con versos como estos:

“Skrr vndhert/ ndepifleks zackers/ destein skrr”/ Paranoia/ me dije/ tempus loquendi/ tempus tacendi/Te supplices exoramus/ pro anima famuli tui ezra/ Palladio de San Giorgio Maggiore” o luego: “lo compartía con/ Blake Dante Sócrates/ fragmentos apilados contra nuestra ruina/ “La usura”/ le oí decir/ una tarde en St. Elizabeths/ “Ojalá no hubiera oído/ nunca/ la maldita palabra/ Los apasionados llamados de/ Fourier Thoreau Marx”

Tras un inicio vanguardista a lo Trilce de Vallejo en este texto, se percibe la impronta del Monte de Goce de Verástegui, Contranatura de Hinostroza, Saint John Perse o Erza Pound y otros, generando una multiplicación de voces, una polifonía, que caracteriza la obra general de Santivañez, en sonidos que remiten a lo culto, pero que resuenan con más presencia en lo oral-erótico-callejero. Como si fuera el lenguaje solaz de dos amantes en la intimidad y libertad de ese espacio que da la cama a dos sujetos populares que se gozan. Gritos en la intimidad, como besos apasionados, rápidos y babeantes, pero precisos:

“Bésame con los besos de tu boca/ tan rico/ tu olor en la luz del mediodía de verano/ muslos que irán donde yo vaya/ mi cabeza/ entre tus pechos grandes como faros de mar/ en la noche de la aventura más loca…”

Percibo una reescritura de poemas, como “Datzibao” de Verástegui en reelaboraciones como el caso de “Como escribirte el poema”, pero insuflándole rapidez y ansiedad al cuadro, con la urbe también como fondo y forma de esas sensaciones de piel, naturaleza y cemento, como la materialización de un terso cubismo:

“Oh persecución de automóviles en la Vía Expresa/ ríos de cemento que terminan/ boqueando entre la arena y el mar/ como joven cadete inexperto/ en los bares de playa el sábado a la medianoche”

Otro poemario emblemático de esa primera etapa, “El chico que se declara con la mirada”, debe ofrecer uno de los títulos más hermosos para un libro de poesía escrito en el Perú y otros linderos. Lo oral recuerda a Jorge Pimentel, pero con una mirada más amable, que roza con la tibieza y suavidad del aire en una alta noche pero iluminada, de Piura, plena de efervescente intercambio amoroso, amical y rockero. Donde prima el aliento narrativo, como la crónica poética de una era dorada:

“Piura, la ciudad del Deseo. Toña Cordero espera mi llamada telefónica. Es Venus. Shocking Blue. Azul belleza putrefacta. Recuerdo. La memoria quema los envolventes recuerdos. Chamizo. La fuerza de Dios. Yo pienso en ti, Toña, a esta hora del sol. Escucho el sonido múltiple y triste de los pájaros en los jardines de al lado. Escribo y reconstruyo el mundo.”

Da la impresión de que se grabara una película en una sola toma, eso genera la sensación de simultaneidad y movimiento, sin pausa, por ese laberinto sicodélico. Parece que el sujeto poético “está en algo”, su mirada, su deseo.

“Ynsane Ayslum” viene posteriormente, pero es con “Symbol” con el cual se genera un hito distintivo en la poesía de Santivañez, ya entrando a los años 90. Interesante la dedicatoria que revela mucho la intención del libro: “A Rosa, éste es mi cuaderno músico”. Libro que decantaría lo que vendría en libros posteriores: esta deconstrucción del lenguaje oral, para partir de su lado significante que articula múltiples discursos en las esquirlas de sentido que se organizan como alrededor de un concierto. Todo esto dicho con una capacidad de construcción lingüística única, dentro de la poesía latinoamericana. Dirá en el poema “Soledad”:

“(Tu búsqueda desesperada de Amor)/ Era el síntoma de estos versos/ Que no se parecían a nada,/ Sino a lo que tú poseías/ En tus muslos redorados”.

Esta poesía es expresión de un yo y una realidad fragmentada, realidad remitida como aquella heterogénea de la cual se inspira. Una abstracción que sin embargo, no neutraliza lo sensual y sensorial, al contrario, lo multiplica en esquirlas deseantes, proponiendo la imagen de un nuevo sujeto:

“Te vas sola, es la recomposición/ Del Yo, en la suma de
experiencias/ Interpretativas / Destrúyete Momento/ Existe /

Symbol y luego Cor Cordium marcan la poesía de Santivañez en adelante. Este sujeto fragmentado de la ciudad, deseante como dije, también se presenta teórico, pero con una teoría callejera, como enunciada desde un sujeto subalterno (aspecto este último, que se notaba claramente en Juan Ramirez Ruiz y especialmente en Jorge Pimentel), incontenible porque ambula en un entorno sin estructura. El paso de este sujeto está caracterizado por tener una voz inocente, que no muere de milagro, como si tuviera una Virgen o un ángel que lo protegiera y guiara. La sensualidad con la que vive la existencia, también lo conduce en este tramo. El poeta movido por una sexualidad torrencial de adolescente y por la búsqueda de la maravilla, recuerdan en su levedad a Luchito Hernández, que suele ser convocado constantemente en epígrafes y alusiones directas hacia él:

“Porque el Señor firma sus obras/ Con letra de primarioso, pero/ Poseedora de la Belleza virginal/ De la que/ habla el/ poema”.

Si este paseante sortea la laberíntica y caótica Lima de los tumultuosos años 80s, también recorre otros lugares más amables, como “Lauderdale” (1999). Ya dirá en el primer verso de esta entrega: “Lauderdale. Es lindo este lugar”. Al igual que en otros libros, pero en especial en Symbol, aquí también hace uso del recurso de insertar pasajes en otros idiomas entre otros versos que están en castellano, como una música de suave sordina, expresión fluida de lo heterógeno globalizado. Por ejemplo en este pasaje:

“Música hermosamente tocada olorosa/ portio domine fruta desprovista de inhibición/ rocío gota a gota que nunca nos agota/ fucsia que preparo para amar noise”

Entrando ya al siglo XXI, publicará “Santa María” (2001), donde su mirada vuelve a recorrer la Lima que dejó, antes de emigrar a Estados Unidos. En la cual se invocan presencias importantes en la biografía de Santivañez, desaparecidas en muchos casos, como Kilowatt o Josemari Recalde, al cual está dedicado el libro. La línea de descendencia de esta poesía se ve marcada por ellos, como también fuera LH, Rodolfo Hinostroza o el gran Ezra Pound, que configuran muchas de las voces con las cuales dialoga.

Posteriormente vendrá Eucaristía (2004) que tiene un epígrafe de Luis de Góngora Argote, poniendo en evidencia otras de las líneas directrices de esta poesía como es aquella que marca lo barroco y con ello, otro de sus taitas rectores al cual recurre cada cierto tiempo. La irrupción de este estilo es aquí evidente, por ejemplo, al emplear palabras arcaicas como “azur” o “dó” en la construcción de los versos, el uso de hipérbaton y otros modos lingüísticos característicos del mismo:

“Azur bóveda ingrávida perfección/ Que dó naturaleza muerta stella/ maris que Paris no pudo alcanzar”.

El viaje por lo tanto ya no es solo sensorial y espiritual, sino lingüístico. Asombra la manera como el poeta reconstruye el lenguaje de lo oral, como expresión de la realidad social que recorre, pero también de su subjetividad tan única. Quizás ahí radique parte del sentido de la santidad en el lenguaje de Roger, en el milagro de salvar y reconstruir al sujeto que quedó destruido. Esto se mantendrá en poemarios posteriores, como “Amaranth”, “Amastris” “Labranda”, “Sylva” “Newport” o “Asgard”, entre otros de su última producción.

Vale destacar en la edición de esta poesía reunida; tres secciones de poemas que, o estaban repartidos en diversas revistas o páginas de internet, o aún no tenían luz y que ahora encuentran el marco de un libro para poder estar a la mano de los lectores, los cuales nos sentimos agradecidos por el valioso aporte no solo a nuestra tradición literaria peruana, sino hispanoamericana.

Deux machina (reseña sobre “La máquina de hacer poesía” de Luis Alberto Castillo)

Créditos: País Autobot.

En “La máquina de hacer poesía” (Meier Ramírez Ediciones, 2019) de Luis Alberto Castillo (Chiclayo, 1987) se analiza un aspecto poco estudiado pero relevante para entender la producción de nuestra poesía en el siglo pasado. Me refiero a la influencia de la imprenta, como aparato técnico productor de textos claves en la conformación de nuestra tradición poética. El mecanismo que esta representa, como objeto tecnológico generador de modernidad. No la tecnología como tópico de poemas (alusión a artefactos o vehículos modernos como el caso del cine, el tren o el automóvil hecha en la vanguardia) sino en sus características físicas mismas, como medio impresor y generador de procesos que dan pie a la materialidad de la letra.

Luis Alberto Castillo ensaya una hipótesis sobre la razón de que no se hicieran más estudios en relación a la máquina como fin en sí mismo del análisis, más allá de su función como mero medio físico facilitador de la expresión tipográfica simbólica: “Ahora bien, había que señalar que este vacío en la crítica tiene una suerte de justificación histórica: cuando un medio se desarrolla plenamente como tal, este se transparenta quedando fuera de todo análisis posible. No será sino con la llegada de la era digital que varios de los aparatos mecánicos de reproducción de texto no solo serán desplazados, sino que desprovistos de su utilidad práctica revelarán su carácter material y llegarán inclusive a convertirse en verdaderos objetos de contemplación estética. De esta forma los que antaño funcionaban como medio y por ello se nos hacían invisibles, se tornan ahora opacos, lo que permitirá también que puedan entrar en el terreno del análisis”.

Castillo a través de cinco capítulos, revisará las circunstancias en las cuales fueron producidos algunos libros fundamentales de nuestra tradición.  Saliendo de ese cuarto de máquinas que es la imprenta o saliendo de ese cuarto de juegos como “Minúsculas”, de Manuel González Prada, que fue trabajado en una pequeña prensa tarjetera que el poeta le comprara en una juguetería de la calle Plateros a su hijo (justamente por esa pequeña imprenta, se adjudicó el nombre de “Minúsculas”). “El juguete más serio de la tienda” dirá Adriana de Verneuil, esposa del poeta, quién sorprendería al autor de Pájinas Libres, al editar sus poemas sueltos junto a su pequeño hijo de ocho años, dejando como resultado una edición de elaboración artesanal y lúdica que posteriormente será considerado uno de los primeros poemarios modernos del Perú.

Se hará referencia también a la imprenta Minerva que trajo Mariátegui desde Italia y como en ella se editaron libros fundamentales como “5 metros de poemas” de Carlos Oquendo de Amat, “Una esperanza i el mar” de Magda Portal, la histórica revista “Amauta”. Libros con audaces diseños, que a su vez responderán al interés del colectivo por difundir la cultura y el conocimiento entre más gente.

Luis Alberto Castillo no puede eludir el caso de Trilce y su consiguiente edición, signada por la elección de Vallejo de trabajarla en la Penitenciaría de Lima, y la máquina de hacer poesía que también fue el taller de impresión que hubo allí. Trabajado por reclusos en la cárcel, con horarios determinados y con una dureza en los tipos de letras que caracterizarían la primera edición de uno de los libros más vanguardistas del castellano.

Posteriormente se hará referencia a la editorial, o para ser más preciso, al taller “La rama florida” de Javier Sologuren y la tarjetera alemana marca Heidelberg que el poeta trajo desde Suecia, con la cual se crearían varios de los libros más hermosos de nuestra tradición literaria. Libros hechos uno a uno a mano por el poeta, que explican el estilo empleado en su diagramación, caracterizado por las condiciones particulares de la imprenta de Sologuren, como la que se tuviera para el poemario El Río de Javier Heraud, y su ya conocida disposición espacial abreviada que todos conocemos.

Castillo entonces se refiere a ediciones de fino acabado artesanal, pero también a usos de la imprenta más utilitarios y revolucionarios. Como el caso anterior de la editorial de Mariátegui que antes mencionara, o ya en los 70s, en pleno gobierno de Velasco, de convulsión social y migración a la capital, empleada por varios grupos literarios entre los cuales destacaría el grupo Hora Zero, agrupación que haría uso de la imprenta offset que privilegiaba la cantidad de ejemplares a la calidad de las ediciones. Ya no era la mano artesana del editor que bajaba la plancha siguiendo una mecánica muscular y de acompasado ritmo y sonido, como era el caso de Sologuren, sino el automatismo de una impresión que se condecía con la vocación política social de estos poetas.

En los tiempos actuales, las publicaciones de poesía siguen privilegiando sus ediciones en físico, pero se ven contrastadas por ediciones digitales. Asimismo, en las dos últimas décadas han surgido las cartoneras como otra alternativa de edición y con ello, una propuesta que privilegia el acceso al libro, a través de un producto económico y en muchos casos, bello también, por su acabado artesanal y único. Siguiendo el hilo de este libro de Castillo, podrían darse más estudios sobre las máquinas que hacen poesía en el Siglo XXI.

Este libro que ganó los estímulos económicos para la cultura organizado por el MINCUL el año 2018, tiene cualidades de libro objeto, en el cual se alterna el cuerpo textual, junto a imágenes facsimilares sobre las diferentes publicaciones, así como hojas sueltas, que se encuentran al interior del mismo que parecen sacadas de esas primeras ediciones. En un gesto no solo estético, sino coherente, con la relación entre la materialidad de los libros y la poesía que contienen; como un todo.


Sobre el autor:

Estudió humanidades en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, es egresado de la Pontificia Universidad Católica del Perú en la especialidad de Literatura Hispánica; como poeta salió antologado en la muestra de poesía joven “Generación del 2000” editada por Círculo Abierto Editores (2008), “Vox” Horrísona (México, 2013) y “Acracia” (La rueda editores, Guadalajara, 2014). Publicó la plaqueta de poemas Terrado de Cuervos (Tranvía Editores, 2008), el poemario Piedralaventanaelcielo (Paracaídas editores, 2011) y el libro “Buen viaje, Ikarus 10” (Paracaídas, 2018). Participó en diversos Festivales entre los cuales se podría destacar el encuentro peruano-bonaerense “Peruba” realizado en la ciudad de Buenos Aires el año 2012, donde dictó talleres y brindó recitales poéticos junto a poetas argentinos, el Festival de poesía de Lima 2010 y 2012, El Festival Enero en la Palabra de Cuzco el año 2013, El Festival de poesía de Chepén 2017 y el Festival de poesía “Dentro de los bosques famélicos” de Pucallpa 2017. Actualmente se dedica a la docencia, la corrección de textos y la asesoría literaria.