Ecuador, la vivencia de un proyecto de (no) acción política

El historiador griego Hesíodo, en su magna Teogonía, invoca a las Musas, hijas de Zeus y Mnemosine, a fin de dar rienda suelta a su narración. A ellas, las inspiradoras de las artes, se dirige así: “¡Salud, hijas de Zeus! Otorgadme el hechizo de vuestro canto (…). E inspiradme esto, Musas, que desde el principio habitáis las mansiones olímpicas, y decidme lo que de ello fue primero.” (104-115).1

Considero necesario el uso de un preámbulo estructural, poético, aforístico, para hablar de la actualidad política, y del proceso democrático, en que nos hemos imbuido en los últimos meses haciendo de nuestra invocación una plegaria a Mnemosine. Es gracias a ella que deberíamos ser capaces de leer los signos que se nos presentan en torno a la vida política. Sin embargo, parece ser que nuestro rezo y amplia devoción se centran en Leto, en el olvido. Nuestra memoria y nuestra conciencia política giran en torno al olvido; y, cuando no, lo hacen alrededor de la desmesurada memoria, del abuso de la memoria.

El proceso político que vivió el país durante los últimos meses, y que culminó con la fiesta democrática celebrada el día 24 de marzo, se convirtió en una clara muestra de nuestro desdén en cuanto a la participación en la vida política. Existió una gran diversidad de personajes que se presentaron como candidatos a las diversas dignidades (81.278, según datos del CNE, dispuestos a ocupar algo más de 11.000 cargos públicos de los Gobiernos Descentralizados), entre los que podíamos encontrar a anticuados políticos, cuya credibilidad era una ilusión; también, a jóvenes que alzan el vuelo en torno a la participación política, pero sin un conocimiento formal de la labor que a la que apuntaban.

Considerando los intereses económicos, que determinan la configuración del deseo de lograr el anhelado cargo público – cuyo carácter es individual, y por lo tanto, no un servicio político –, el pueblo se ve atrapado en la vorágine de un proceso de reificación contractualmente aceptado como lo señala Martha Nussbaum en uno de sus escritos2. A esto es necesario añadir la amplia confusión que crea el aparato de (des)información, al que ciegamente se obedece. El bombardeo mediático nos lleva a configurar un actuar consumista, determinado por decisiones irracionales, por las cuales nos vemos anticipadamente condicionados.

 Al pensar en estos puntos, no se pueden cerrar los ojos a la contradicción moral, a la que, sin embargo, nos hemos acostumbrado. Hemos desarrollado una clara incapacidad de análisis crítico ante la realidad, absorbiendo como esponjas aquello que imprimen en nosotros las diversas estructuras de control.

Cabe, entonces, preguntarse: ¿hay razones para llamar comunidad política a nuestra sociedad, cuando hechos como los que acabamos de vivir muestran que la participación por la representatividad se ha convertido en un simple discurso, en torno a un concurso de popularidad? ¿Podemos ser conscientes políticamente y adoptar una postura libre y clara, más allá de los trastornos que nos convierten en consumidores desinformados e incapacitados para llevar adelante un actuar racional?

Partamos de la siguiente premisa: el homo politicus es un ser agente, capaz de optar (libremente) por un esquema de decisiones racionales y determinarse por el imperativo de la libertad3. Cuando nos detenemos a pensar sobre lo acontecido durante el período de campaña (que empezó mucho antes de lo estipulado), nos damos cuenta de que el único rol que tuvimos, como pueblo-electorado, fue el de observadores – una posición pasiva –. El excesivo número de aspirantes demostró el desdén de la sociedad frente a su realidad política, algo opuesto a lo que debería esperarse; es decir, una acción fiscalizadora, entendida bajo las bases de la democracia, a las instituciones encargadas de regular el desarrollo ordenado de los procesos electorales, así como también a quienes fueron aprobados como candidatos.

Las bases de esta debilitada conciencia política se construyen desde las instituciones fundantes. En las entidades encargadas de la formación académica del sujeto, forjadas en nuestro contexto, es normal observar cómo se condena despóticamente la criticidad procurando formar un aletargado espíritu encausado a obviar la duda e incapaz de ser crítico ante su realidad. Condenamos al conocimiento a vivir su propio holocausto frente a lo preestablecido. Nuestra estructurada formación, entonces, nos lleva a dejar de lado el ser político, para dar paso al ente consumidor, acrítico y prisionero de su confort. Es necesaria, por lo tanto, una revolución en el campo educativo, que levante el velo que nos atañe, a fin de devolvernos la libertad característica del ser político.

Consideremos ahora el tema de la libertad – fundamental en torno a la reflexión sobre la conciencia política –. Erich Fromm4 e Isaíah Berlin5 expresan su preocupación frente a determinados condicionamientos, llegando incluso a contraponer ideas, pero buscando una estructura común, que justifique el actuar en libertad. Para ambos autores, el proceso por el cual se alcanza la libertad absoluta es un proceso dialéctico. Alcanzar la libertad en un mundo de antinomias morales implica ciertos sacrificios en la determinación del individuo. Es claro que la libertad no implica infalibilidad; sin embargo, el sujeto adopta un papel activo y protagónico como parte de su realidad – en este caso, política –.

El sacrificio de nuestros intereses particulares, por un bien colectivo, no implica la pérdida de libertad – tampoco de la diversidad y el pluralismo de ideas –. El desarrollo y alcance de madurez en nuestra conciencia política justifica el gozo de esta libertad alcanzada como “bien mayor”

Lo sucedido en estos meses es una potente invitación hacia la reflexión. Nuestra conciencia política, nuestro actuar político, no pueden continuar oscilando indiscriminadamente entre intereses personales y quejas de observador. Si hemos de recuperar nuestra conciencia como seres políticos, deberemos ahondar en la reflexión y acción en torno a nuestro actuar político, sin importar que esto nos convierta en transgresores de los parámetros de normalidad6 establecidos. La convergencia de la acción y la reflexión serán apremiantes en la construcción de una verdadera arqueología que nos lleve a los orígenes, así como a las proyecciones, de lo que deben ser nuestra conciencia social y política.


Referencias:

[1] Existe una imperiosa necesidad de acudir a las Musas, por parte de los poetas griegos, ya que su inspiración favorece la fluidez y armonía en el proceso narrativo.

[2] Nussbaum da sentido al término en relación a su teoría ética, al definir reificación como “forma extrema de utilización instrumental del sujeto” (Konstuktion der Liebe, des Behgerens und der Fürsorge. Drei philosophiche Ausfätze; Sttutgart, 2002: pp. 90-110)

[3] Definición propuesta por el autor.

[4] El Miedo a la Libertad.

[5] Dos conceptos de Libertad.

[6] Entiéndase el concepto desde la óptica foucaultiana (Vigilar y Castigar).

Bolsonaro, ¿la llegada del “Tercer Imperio Brasileño” o la vuelta a la dictadura?

Me gustaría dedicar estas líneas a José Francisco Navarro, sacerdote, jesuita, amigo, maestro. Él, con su visión del mundo, mostró a numerosas generaciones de alumnos y discípulos que la esperanza de construir un mundo distinto era siempre posible. Transformar lo trastornado en algo sublime, algo que él llamaba “El camino de la Belleza”, fue su deseo y su misión. Con su ejemplo inundó los corazones de quienes lo conocimos, haya sido en Perú, en México, o en Brasil…

La historia de Brasil, como una nación independiente, se remonta al siglo XIX, más específicamente a 1889, cuando el emperador Pedro II fue depuesto. Antes de ese momento,  con la llegada de Juan IV al continente, se estableció el conocido Imperio Brasileño (1808-1889). Tras su caída, se constituyó en los “Estados Unidos de Brasil”. La naciente república tomaba, por primera vez, las riendas de su historia, sin imaginar que en el desarrollo de su proceso histórico se convertiría en una potencia a nivel regional y mundial. Inesperada y paradójicamente, casi un siglo después, la ahora “República Federada de Brasil”, se vería azotada por un nuevo gobierno absolutista, bajo la imagen de la dictadura militar (1964-1985).

Estos modelos de gobierno, aunque históricamente distantes, salen de la memoria del pueblo, para trasladarse a la realidad, especialmente con el último acontecimiento importante que quedará registrado en sus anales, la elección de Jair Bolsonaro como presidente constitucional de Brasil. A lo largo de estas líneas, se procurará analizar brevemente ciertas características que marcan la identidad del plan de gobierno del nuevo mandatario, y la repercusión que podría alcanzar con este.

Desde el inicio de su vida política, el capitán de reserva, Jair Bolsonaro manifestó su tendencia ultraconservadora. Sus planteamientos ultranacionalistas, así como su manifiesta conducta discriminadora, han dado mucho de qué hablar. Mientras ocupaba el cargo de legislador, no pasó desapercibido (podemos recordar las ocasiones en las que señaló su agrado y su deseo por el retorno de la dictadura militar al país).

Los incidentes de corrupción que estallaron durante la presidencia de Lula Da Silva y terminaron de ahondarse durante el período intestino de Dilma Rousseff, fueron el caldo de cultivo perfecto para que un hombre como Bolsonaro alcance el poder. La debilitada izquierda en el país, así como también del continente, no tenía oportunidad de reparar los errores cometidos que la llevó a tal precipicio. Esto, junto a un “plan de cambios” bien estructurado, fueron capaces de llevar a Bolsonaro al Palácio do Planalto.

Dentro de su plan de gobierno, Bolsonaro ha manifestado su determinación por lograr que Brasil se desintoxique de la enfermedad de la “nueva izquierda” que aqueja a todo el continente. Sin embargo, quien ha escuchado su plan para dirigir el país, no ha podido obviar el conjunto de contradicciones que en él se presentan. Uno de los más claros ejemplos se dio cuando, al referirse a su estrategia de política económica, señaló la importancia de establecer vínculos comerciales fuertes y abrir mercados; pero, al profundizar en torno al mismo tema, describía la necesidad de mantener medidas proteccionistas que garanticen la “soberanía económica nacional”.

Dentro de este marco, la idea de Bolsonaro no es formar a una sociedad crítica y pensante. La propuesta procura establecer las bases de un grupo consumista, exacerbado por el mercado y sus transacciones. Así lo proclama al decir “educación para el mercado laboral y no para la militancia política”. Con esta premisa, se aprecia la firmeza de su programa, en torno a coartar cualquier idea que desenvuelva el criticismo a su gobierno. La idea es la mercantilización de las masas.

Este pequeño ejemplo no es más que una muestra del desfasado y anacrónico proyecto mesiánico, en torno a una figura que se augura como salvador, por el que apostó el “demos” brasileño.

Toda la estrategia política de Bolsonaro gira en torno a un poderoso aparataje ideológico. Nada puede escaparse de su control, para promover ningún tipo de militancia estructural opuesta al sistema. Más allá de su propuesta económica, trata de ejercer un marcado control respecto a la población, en base al uso de estructuras de adoctrinamiento.

La implementación de formas ideológicas específicas, partiendo de conceptualizaciones religiosas (revalorizando conceptos como “familia” y “tradición religiosa”), para determinar una dinámica de comportamiento específica, son el primer paso en la construcción de una mega estructura de control biopolítico. El sujeto, como miembro de un grupo religioso caracterizado por valores específicos, se ve maniatado en torno a la posibilidad de ejercer o causar incidencia política, sin ser mal visto. El control que admite Bolsonaro gira en torno al rechazo a la dimensión profética de la que habla el catolicismo (del que afirma ser un ferviente practicante).

El gobierno de Jaír Bolsonaro apenas inicia. Su afán de control, así como el establecimiento de estructuras que le permitan conseguirlo, puede recordarnos a los antiguos monarcas, déspotas y autoritarios. Con su plan de gobierno, su inspiración de ideas nacionalistas, la revalorización de una moral cristiana sesgada y radical, son características que han cautivado a millones en el gigante sudamericano. Procurando el respaldo de las masas, los hitos que llevaron a Bolsonaro al poder nos pueden recordar lo conseguido por los líderes fascistas a lo largo de la historia. Su cercanía y fascinación respecto a las ideas de la dictadura, también pueden aproximarnos a lo largo del vector por el que transitaría su gobierno.

Debido a esto, es necesario prestar la suficiente atención, especialmente desde fuera de los límites geográficos de Brasil. Si los acontecimientos de la región no sufren una metamorfosis que determine un cambio categórico respecto a los ámbitos político, social, moral, etc., lo que desde ahora podríamos llamar “efecto Bolsonaro” se propagará por el continente con notable agresividad. Ya sea a través del uso del poder político y económico, característicos de un “Imperio”, o con el arbitrario uso del aparataje militar propio de las “dictaduras”, la influencia del Brasil de Bolsonaro puede resultar determinante para Sudamérica; por tanto, debemos ser precavidos, conscientes y tener en cuenta la repercusión y el significado de esta nueva era política, a fin de garantizar la libertad y los derechos humanos, sin excepción.

La Navidad del consumo o el consumo de la Navidad

En más de una ocasión hemos escuchado que la Navidad es “la mejor época del año”, la “época apropiada para compartir”, la época en la que recordamos que existe alguien más además de nosotros. Si paseamos a lo largo de las calles y avenidas de cualquier ciudad, si osamos entrar en algún centro comercial o supermercado, en cualquier parte del mundo, nos encontraremos con una grotesca escena, la exacerbación del consumismo y la parafernalia propia de las transacciones. El fenómeno ha imbuido a la sociedad, como un vórtice que atrapa todo aquello que está a suficiente distancia como para devorarlo. El hombre se vuelve presa del sistema que lo seduce, lo atrae y lo devora, volviéndolo un autómata, enajenado de sí mismo, de su conciencia y de su realidad más allá de la pantalla del mercado.

Frente a esta realidad, se presenta de manera imperante la necesidad de analizar y comprender la razón de este comportamiento. Al hacerlo, se puede comenzar a pensar en un antídoto a esta sinrazón llena de incoherencia. En las siguientes líneas se procurará analizar ciertos parámetros propios del comportamiento social y, finalmente, cuestionar en búsqueda de una respuesta antagónica a esta realidad.

En más de una ocasión, en sus obras, Nietzsche utilizó la frase “Dios ha muerto”. Con ella no afirmaba directamente el ocaso de las figuras teológicas propias del cristianismo. Más bien, su referencia estaba direccionada a los procesos de transformación social y a la diversificación de las motivaciones éticas, antes enfocadas en valores morales absolutos, que perduraron por aproximadamente dieciocho siglos. Con una nueva consideración antropológica, el ideal griego de comunidad, de polis, se vio desplazado hasta el punto de caer en el olvido.

El individualismo se ha convertido en el alma del sistema. Por ello, con el afán de subsanar una conciencia atribulada por la incapacidad de reconocer a la otredad, se cae en una de las trampas constituidas por el mismo aparataje, el exacerbado consumismo. Se transforma en una práctica común de padres que quieren compensar las carencias afectivas de sus hijos; lo hacen los dueños de las empresas que no han temblado al explotar a sus obreros; lo hacen muchos grupos religiosos, a fin de justificar la falsa piedad en la que tienen atrapados a sus feligreses. Y este es apenas el punto de partida.

A manera de convención, el sistema ha procurado adoctrinar a sus miembros en torno al proceso de la culpa. El orden al que la sociedad debe adecuarse gira en torno a sus mecanismos de frustración, culpabilidad y negación. Todo este proceso forma parte de un entramado que ha calado profundamente en el tejido social, generando un espíritu débil y fragmentado. La manera en la que cualquier individuo puede ser “bien visto” por sus iguales dentro del pseudo-sistema de bienestar, depende de la apariencia que tiene, de la máscara que es capaz de construir, en torno a su potencial de adquirir. A lo largo de los 365 días, pero especialmente en esta época, somos lo que alcanza nuestra capacidad adquisitiva.

Thomas Hobbes recuperó la frase homo hominis lupus est (El hombre es el lobo del mismo hombre). Con esta frase procuró que el énfasis, especialmente enfocado sobre los procesos de gobernanza y los nuevos órdenes sociales que comenzaban a gestarse, hiciese eco y favoreciera a no cometer los errores que él había presenciado. Lamentablemente, el hombre no ha dejado de ser víctima y victimario de su propia realidad. Prevalece la consonancia y la armonía en torno a procesos degradantes, manifestación de la estropeada moral, más estructurada como un discurso efímero, que como un hábito social.

La degradación social, en favor de una visión netamente individual, ha hecho del ideal de un mundo diferente, un espectáculo. El ideal de sembrar la semilla de la esperanza en la sociedad, lleva a quien lo enarbola a una especie de “coliseo romano” actualizado, un circo en el que el ecléctico es burla y mártir de sus semejantes. De la misma manera, nuestra sociedad ha hecho de la navidad una muestra de tal espectáculo.

Pese a todo, no se puede hacer una afirmación general a partir de lo previamente señalado. El recuerdo que pervive en el fondo memorial de la sociedad, ansía por brotar de la oscuridad, en búsqueda de la luz. Pensar que la deconstrucción de estos supuestos paradigmas es una opción, genera esperanza y hace brotar en los corazones una llama que los mantiene vivos en una sociedad desgarrada y herida. Esa llama, vivida desde su sentido originario, es a lo que debemos llamar Navidad. Es momento de pensar ¿qué nos queda por hacer?

Migración: procesos y horizontes de un éxodo

La migración es un fenómeno social que forma parte del legado histórico de toda la humanidad, desde tiempos inmemoriales. En algún punto de la historia todos hemos sido actores o testigos, directa o indirectamente, de la estructura de este fenómeno. A pesar de que este proceso rebasa cualquier tipo de fronteras, el presente artículo se concentrará especialmente en el desarrollo de los últimos movimientos migratorios que se han generado en América Latina. Un breve análisis del fenómeno nos aproximará a la realidad vivida por las masas que se han visto sometidas al desplazamiento forzado, a fin de replantear nuestros esquemas y pensar en una solución común.

Durante los últimos meses, los movimientos migratorios a nivel mundial se han incrementado drásticamente. Si nos concentramos únicamente en la realidad latinoamericana es fácil observar el crecimiento exponencial de los flujos migratorios en nuestro continente. A pesar de que el movimiento es constante, son dos los grupos que, en el último tiempo, han marcado una “moda” en el desarrollo del fenómeno migratorio. Un factor común, la violencia, es la principal razón de la migración de venezolanos y centroamericanos de la que actualmente somos testigos.

El problema de la violencia se ha movilizado a diversos niveles, invadiendo las esferas de lo político, lo social, lo económico, lo estructural. Resulta cuestionante el antagonismo que se produce en torno al proceso de gobernanza y democracia. A pesar de haber jurado garantizar el bienestar del pueblo, los actores políticos han adoptado el imperativo del “bien individual”, terminando por desfasar radicalmente la razón esencial de la política. El valor y el reconocimiento a la otredad ha quedado anulado por el principio de sobrevaloración al individuo “en y para sí mismo”.

Lamentablemente, el proceso de violencia parece tornarse a manera de estigma que acarrean quienes se ven obligados a vivir el proceso de movilización forzada. Noam Chomsky, en una entrevista concedida al canal de noticias Democracy Now, señaló que la violencia a la que se ve sometida la caravana centroamericana, tiene su origen en los procesos de opresión de los cuales EEUU. es responsable. El extremo control y la dominación que ha impuesto a lo largo de varias décadas, ha provocado la devastación social que hoy obliga a los migrantes a escapar de su cruenta realidad, en busca de opciones menos favorables.

A pesar de todo ello, el mismo gobierno estadounidense ha decidido limitar el paso a los migrantes que buscan asilo en su territorio. Los desplazados se convierten en parias, en lo que el filósofo italiano Giorgio Agamben define como homo sacer, hombres y mujeres cuya vida no tiene valor alguno y, por tanto, su muerte tampoco; su existencia está a expensas del Estado. El concepto se deriva de la estructura de las relaciones de poder que describe Michel Foucault.

La caravana avanza en búsqueda de un norte, no sólo en sentido literal, -por su rumbo a EEUU-; también lo hace acorde a la metáfora de encontrar el punto de referencia en torno al cual pueda empezar a construir una realidad distinta. La conceptualización de este fenómeno es compleja y alarmante. La posición que hemos asumido es la de simples espectadores, un panóptico inmóvil que se limita a la observación, la teorización y la crítica abstracta y desorientada. Una aproximación a tal nivel simplemente anula la dignificación que debemos a los otros (los migrantes), y nos lleva a objetivarlos, a atribuirles la categoría de mercancía, tan valiosa para nosotros, cuanto más provecho podamos sacar de ellos y su realidad.

Hablar del proceso de movilidad humana implica concebir las consecuencias de un conjunto de procesos. La migración es solo la coyuntura tangible de las diversas situaciones negativas a nivel político, económico, social, cultural.

Los criterios atomistas y la extrema teorización del individuo de manera excluyente a su entorno más plural, fetichizan su naturaleza esencialmente social. Es por ello que la migración es el resultado del exacerbado individualismo y la pérdida de identidad plural. Repensar nuestra identidad social devolverá la esperanza y el orden. Contemplar la posibilidad de unidad debe considerarse el primer paso para reconstruir el tejido social y mejorar las condiciones de quienes se han visto forzados a escapar de su realidad.