Roles de género en los “Cuentos de Eva Luna” de Isabel Allende

MariaJose Valaer
Filóloga hispánica


La mujer tiene un papel fundamental en la literatura de Allende, en torno a ella gira la vida, la familia y todos los personajes de las historias. Es interesante recordar el papel de la mujer en “La Casa de los Espíritus” (1982), relato de una familia chilena cuyos miembros femeninos destacan por su relevancia en el eje narrativo. A través de tres generaciones se aprecia la evolución de la situación de la mujer, que avanza desde la mera cosificación patriarcal hasta la lucha por el sufragio femenino y una situación más equitativa con respecto a la del hombre. En la época de Nívea la única aspiración que podía alcanzar la mujer era la de casarse, tener hijos y servir al hombre. Aun así, la mujer comenzaba a manifestarse por el sufragio femenino y Nívea forma parte de esta lucha. En la generación de Blanca, se nota claramente un cambio en la mujer y la determinación que ésta toma para enfrentarse al hombre; hasta llegar a la generación de Alba, donde la mujer ya va a la par con el hombre accediendo hasta la misma educación en la universidad y reclamando el derecho de expresión.

La mujer se proyecta en Allende de diversas formas que comparten la lucha contra la sociedad patriarcal. Son mujeres determinadas por la situación que les ha tocado vivir. Antonia Sierra (“El Oro de Tomás Vargas”) se rebela contra las palizas propiciadas por su marido y es capaz de sacar a su inmensa familia a delante. Los personajes femeninos suelen ser más jóvenes que los masculinos, y aparecen de formadas por el tiempo y el maltrato. En“Walimai” se describe al personaje femenino con“aspecto de lagarto”;estaba desnuda sobre un petate, atada por el tobillo con una cadena fija en el suelo, aletargada (…) tenía el olor de los perros enfermos y estaba mojada por el rocío de todos lo hombres que estuvieron sobre ella antes que yo (103).Allende las dota de una bondad natural que se manifiesta no sólo en el instinto maternal, sino también en la generosidad. No es extraño entonces que algunas protagonistas adquieran la cualidad de santa, como es el caso de“Clarisa”.

En El Oro de Tomás Vargas se deja ver de otra forma;“le derrotó la lástima.Cuando vio que la muchacha estaba cada día más delgada, un pobre espantapájaros con un vientre descomunal y unas ojeras profundas, empezó a matar a sus gallinas una por una para darle caldo...(57)” La pérdida de un hijo puede llevar a la locura, así le ocurrió a María la Boba(“María la Boba”), pasó horas aullando, y luego entró en un estado crepuscular,meciéndose de lado a lado, como en los tiempo en que ganó fama de idiota(120).De la misma forma, el alumbramiento de un hijo incluso en circunstancias de discapacidad es motivo de alegría (“Clarisa”). Onfray (2002) en su obra“Teoría del cuerpo enamorado”(2002), presenta la maternidad como la renuncia a las manifestaciones como individuo, para dar cabida únicamente a su rol de madre“una mujer que se convierte en madre renuncia de hecho a la expresión de su capricho, de su querer y de su libertad ”. Aunque no todas las madres son capaces de sacrificarse: Maurizia, la protagonista de“Tosca” abandona a su esposo y a su hijo para ir detrás de un amor pasional,aunque nunca dejó de sentirse culpable. Este abandono le propició al padre lascualidades de madre; así, cuando con el tiempo se reencuentran, Maurizia esconsciente de que no puede recuperar el amor como mujer ni como madre. En otrocuento titulado“El huésped de la maestra”, el dolor por la pérdida de un hijo es capaz de justificar un asesinato.Además del rol de madre, la mujer en los cuentos de Allende puede desempeñar el papel de mujer soltera. Desde Beauvoir, somos conscientes de que la mujer que no estaba casada era excluida socialmente,“ para las jóvenes, el matrimonio es el único medio de integrarse en la colectividad, y si se quedan solteras, son consideradas socialmente como desechos” (375).Sin embargo, en los cuentos de Allende, el rol de la mujer soltera se presenta igual de importante que el de esposa y madre. 

En los cuentos en los que el protagonista principal son masculinos, subyace un personaje femenino que modifica y altera al principal, así como la trama de la historia. Es lo que sucede en los cuentos“Regalo para una novia” o “Walimai”.Es por tanto indiscutible la importancia de la mujer en su narrativa. Horacio Fortunato (“Regalo para una novia”),había alcanzado los cuarenta y seis años cuando entró en su vida la judía escuálida que estuvo a punto de cambiarle sus hábitos de truhán y destrozarle la fanfarronería(75).En relación a la mujer y el sistema patriarcal aparece el rol de la prostituta,desempeñado por vocación en algunos cuentos ( Boca de Sapo, o María la Boba), o por obligación en otros (Walimai). Este aspecto es bastante polémico, Borrachero Mendíbil cuestiona el carácter revolucionario del papel de la mujer en este cuento ; La condición de prostituta feliz le sirve a la autora, supongo yo, para resaltar e lcarácter indómito, fuera de toda norma social y libérrimo de su protagonista, pero resulta cuando menos contradictorio que lo haga poniendo a su personaje al servicio de ennoblecer una de las más aberrantes manifestaciones del patriarcado –la prostitución. No obstante, sería factible creer a la narradora cuando afirma que Hermelinda es feliz, y hasta aceptar los visos subversivos que podrían derivar de la representación de una mujer que explota su sexualidad“demotu propio”, si no fuera porque en el cuento aparece un personaje, un hombre,destinado a poner fin a los desmanes de Hermelinda(Borrachero M, 2007: 66).En cuanto a los roles masculinos, desde la primera mitad del siglo XX, la literatura hispanoamericana se ha cuestionado la identidad, la tipología y el psicoanálisis del hombre.El perfil del hombre (1934) de Samuel Ramos y El laberinto de la Soledad(1950) de Octavio Paz, ponen de manifiesto la preocupación por el varón mexicano.

Michael S. Kimmel explica que“la virilidad no es estática ni atemporal; eshistórica; no es la manifestación de una esencia interior, es construida socialmente, nosube a la conciencia desde nuestros componentes biológicos; es creada en la cultura. La virilidad significa cosas diferentes en diferentes épocas para diferentes personas” (2012: 20). Dada la importancia de la interacción de los géneros con el entorno social y político, ha sido inevitable la asociación a aspectos tanto físicos como emocionales, de conducta, aptitud sexual..etc. En el subsuelo de tales conductas reside la idea de poder yla necesidad de mostrar la virilidad frente a otros hombres. Como sostiene Ana L.Muñoz (2009: 9),“los modelos formados por discursos hegemónicos suponen una gravosa carga para los mismos varones, quienes deben sujetarse a la normatividad que dictan aquellos a riesgo de caer fuera del terreno de lo masculino o, peor aún, caer en el terreno de lo femenino”.Es posible ver en las representaciones de Allende la propuesta de nuevos estándares masculinos que se alejan de, cuando no se oponen, a los arquetipos ya existentes. De esta forma se agregan nuevas propuestas paradigmáticas que servirán para cuestionar los parámetros patriarcales.Este marco puede ser propicio para la interpretación de las construcciones masculinas como un contradiscurso crítico que además de socavar las figuras predominantes hace posible pensar en la re-humanización del sujeto masculino al representar individuos que de una forma u otra se liberan de conductas impuestas por el entorno cultural y social, comúnmente iniciada a edad temprana. En la obra de Allende se muestran modelos menos discriminatorios y agresivos, y más indulgentes que emergen a partir de individuos que originalmente son presentados en entornos aparentemente racionales o por el contrario, fuera de ellos, en una especie de estado salvaje. Este tránsito de un estado salvaje a un nuevo paradigma vendrá marcado por la interacción con personajes femeninos, los que a su vez muestran cualidades sustentadas en la razón. Por supuesto, la capacidad racional no está reñida con la emocional, ya sea en la masculinidad o en la feminidad. En ocasiones, los aspectos patriarcales no son tratados como motivo de denuncia, sino como el entorno del que se pretende rescatar aquellos atributos de la sensibilidad masculina que han quedado bajo prejuicios y convenciones veladas a lo largo de la historia.

En los Cuentos de Eva Luna domina un sistema hegemónico patriarcal que muestra sus primeros síntomas de desintegración. Sin duda se evidencian rasgos que nos permiten catalogar a los machos como pertenecientes al “culto de lo varonil”. En este punto es imprescindible atender al ambiente en el que se hallan y a la interacción que mantienen con el personaje femenino, así podremos explicar el desplazamiento hacia sujetos más tolerantes.
De la lectura de los cuentos deducimos que los sujetos masculinos centrales se representan generalmente fuera de un contexto racional o al borde de éste, ya sea porque están perturbados mentalmente, porque son alcohólicos, porque llevan una vida de bárbaros o porque se desenvuelven en mundos fantasiosos (como el circo) .

En relación a los personajes femeninos, las desgracias que sufren vienen ocasionadas mayoritariamente por un matrimonio impuesto en el que la diferencia de edad es considerable y la cosificación de la mujer evidente.

La obra de Allende no sólo rompe con el prototipo femenino-pasivo sino que además rompe con el arquetipo de la masculinidad invulnerable de“el macho”. Presenta a los hombres como capaces de amar con la misma pasión que una mujer, aunque si bien es cierto, deja ver culpabilidad y autocensura detrás de sus comportamientos:

Ezio Longo se enamoró de Maurizia Rugieri con la misma determinación empleada en sembrar la capital con sus edificios (…) Era de carácter bonachón y generoso, reía con facilidad y le gustaba la música popular y la comida abundante y sin ceremonias. Bajo esa apariencia algo vulgar se encontraba un alma refinada y una delicadeza que no sabía traducir en gestos o en palabras. Al contemplar a Maurizia se le llenaban los ojos de lágrimas y el pecho de una oprimente ternura, que él disimulaba de un manotazo, sofocado de vergüenza(“Tosca”, 88). 

Literatura hispanoamericana de mujer

¿Literatura de mujer?

Es el siglo XX un periodo decisivo en el panorama de la participación femenina. Las primeras manifestaciones del cambio arrancan de la segunda mitad del XIX, momento en que la mujer accede a la escritura a través de periódicos (Arambel-Guiñazú, 2001). De la oralidad y el salón pasaron al texto escrito, desde el ámbito privado del hogar y el registro epistolar a la esfera de la vida pública, lo cual ayudó a forjar nuevas identidades.

Si el fenómeno arranca de mediados del s. XIX, las vanguardias van a ayudar a innovar en la forma, mediante una estructura ya no tan lineal, sino más transgresora y abierta: Maria Luisa Bombal (1920-30) en Chile, es un verdadero ejemplo. Los acontecimientos históricos y políticos determinan, sin duda, los procesos enunciativos.

La paulatina participación de la mujer en la actividad pública y literaria favorece la reflexión de la cultura patriarcal: comienzan a cuestionarse los conceptos de familia, matrimonio o identidad. Las mujeres se niegan a seguir la tradición familiar y las costumbres sociales impuestas por los hombres.

“La literatura es el medio idóneo para la expresión y autoexploración, se ofrece como vía de autorreconocimiento personal pero a la larga es una derrota para la protagonista, quien tendrá que admitirla como espejo de sueños imposibles” (Caballero, 1998: 53). La literatura va a ser un arma social y un artefacto verbal.

Llegados a este punto habrá que plantear el eterno debate, ¿existe la literatura de mujer? No es el momento de profundizar en el debate por falta espacio, pero tal vez cabría dejar apuntada una fórmula que la mayoría de la crítica aceptó para disminuir el problema, al menos en sus orígenes: habríamos de distinguir entre novela femenina, aquella que acepta el papel femenino según la tradición, novela feminista, caracterizada por la rebeldía y el afán polemizador y novela de mujer, aquella que incide en el problema del “autodescubrimiento” según el cual, escribir, para la mujer es recrearse (Ciplijauskaité, 1984).

Si bien la novela feminista va a representar la lucha de la mujer contra las realidades machistas, sociales o contra el propio lenguaje, la novela de mujer es el fruto de ciertas transformaciones hacia la realidad psicológica, esto es, la búsqueda de formas más personales. Así, esta literatura funciona como terapia, pues potencia la auto-observación crítica y prima la espontaneidad femenina. No es extraño que se den concominancias autobiográficas. A la literatura de mujer no le interesa tanto narrar acontecimientos, como hacer sentir el mensaje de mujer; es por ello que cobran un papel muy importante las alusiones o insinuaciones, lo implícito, lo no dicho.

Para comprender la escritura femenina en América Latina, hay que situar a la mujer en la realidad latinoamericana, desafortunadamente asentada en un contexto político-histórico marcado por la violencia desde el Nuevo Mundo y la sociedad patriarcal.

Ser mujer y además escritora no es una combinación fácil, pero igual que la situación de la mujer, la narrativa de mujer ha evolucionado para mejor. Desde el siglo XIX, la mujer ha usado la estrategia discursiva de encubrir su identidad mediante seudónimos como antifaces o máscaras varoniles que le permitiesen pasar por hombres: Gabriel de los Arcos, Evelio del Monte, Gonzalo Bustamante o Jorge Lacoste sugieren al lector acciones llenas de aventuras y episodios románticos.

Ser mujer genera desconfianza en los medios literarios. La supremacía del “macho” en América Latina se opone al papel pasivo-silencioso de la mujer, a la cual se le suprime el sentido creativo, impartiendo la enseñanza de “tareas de servicio”. A comienzos del siglo XX no había banqueras, ni médicas, sino secretarias y enfermeras que por supuesto estaban subordinadas al hombre. Se les reservaba el campo del arte y la danza únicamente.

Por consiguiente, ¿hay mujeres en el Realismo Mágico? A simple vista no, aunque la historia literaria ha sido injusta con Elena Garro, cuya excelente novela “Los Recuerdos del Porvenir” (1963), merece su reconocimiento. Sea como fuere, los años ochenta constituyen una década importante en la literatura femenina latinoamericana.

Cantero Rosales habla del “boom femenino”:

Qué ironía que la década de los ochenta, período en el que se intensifican las jerarquías y la explotación del capitalismo mundial, haya coincidido con un innegable renacer de la literatura feminista –siendo, como es, uno de los pocos espacios donde se produce un sostenido discurso contestatario y transgresivo-, así como con una serie de propuestas de renovación no sólo artística, sino también social. Las diversas miradas demuestran que estamos ya más allá de la ansiada búsqueda de una escritura femenina esencial. Ahora se acentúan sobre todo los planteamientos históricos y contextuales, así como la relación dialógica entre textos no sólo de hombres, sino también de mujeres. (Cantero Rosales 2004: 11).

Por otro lado, se ha hablado de la trayectoria de Isabel Allende en la escritura como algo “marginal”, pero no en cuanto a su éxito editorial, pues sus tres primeras obras fueron best-sellers, sino en cuanto a la historia de una mujer escritora excluida. En un primer momento su obra fue rechazada, por lo que puso sus ojos en España para publicar en Barcelona su primera obra.

En cuanto a Allende, se da otra exclusión de carácter literario. Sus detractores la acusan de imitar a García Márquez, y de no tener título universitario. Lo mismo le ocurrió a la poeta Violeta Parra, marginada por no tener formación literaria.

En resumen, a pesar de la calidad literaria de las mujeres hispanoamericanas ninguna de ellas es considerada miembro del canon de la literatura hispanoamericana, exceptuando tal vez a la gran Gabriela Mistral, un poco más conocida que sus compañeras. Muchas han sido las absurdas críticas y más los obstáculos que impiden que las obras de estas mujeres tengan el reconocimiento que se merecen. Pero hoy es el día perfecto para recordarlas: Griselda Gambaro, Laura Restrepo, Claribel Alegría, Gioconda Belli, Reina María Rodríguez, Ángeles Mastretta y tantas otras mujeres a las que les agradecemos la valentía y el ejemplo de la lucha contra los cánones injustos. Nunca es tarde para exigir la visibilidad femenina.

Frankenstein y la crítica feminista

No existe, ni ha existido desde el siglo XVIII, persona que no conociera el tópico de Frankenstein o el Moderno Prometeo. Pero no son tantas las que saben de su desconocida autora Mary Shelley y su vida. Frankenstein se gestó en una época en la cual ser mujer era difícil, y más si esta era escritora. Pero Mary tuvo la suerte de nacer en una familia culta y letrada. Su madre Mary Wollstonecraft, considerada la fundadora del feminismo filosófico, escribió en 1792 una obra que marcó la historia de la mujer y de la crítica feminista, Vindicación de los derechos de la mujer, en la cual deja constancia de la precaria situación de la mujer y de la necesidad de cambio y de una educación igualitaria. Lamentablemente, Wollstonecraft muere a los pocos días de dar a luz a Mary Shelley. Su padre William Godwin, también filósofo y escritor, se encargó de la educación de Mary a sabiendas de que llegaría a ser una gran filósofa y escritora.

Con tan solo dieciséis años conoce al poeta Percy Shelley y se enamora profundamente. A pesar de que él estaba casado comienzan una relación, sin saber que ello iba a suponer el suicidio de la mujer del poeta. Cuatro años después, en 1818, Mary Shelley da a luz a Frankenstein. Posteriormente siguió escribiendo, no solo novelas, también ensayos, libros de viajes, epístolas y poemas. Se preocupó también por editar y publicar las obras poéticas de su amado. A pesar del éxito que alcanzó con su novela Frankenstein con tan solo veinte años, fue muy cuestionada por la crítica literaria del momento y la mayoría de los autores se referían a ella como la esposa del poeta Percy Shelley y no como la gran pensadora que era.

No será hasta 1970 con el auge de la crítica feminista cuando a Shelley se le dará la importancia que tanto merecía. Los autores y autoras que estudiaron sus obras desde este paradigma presentaron a Mary Shelley como rota por el dolor de sus múltiples abortos y por la culpabilidad de la muerte de su madre tras el parto. Argumentaron que su trayectoria era la respuesta a la tradición literaria masculina representada por John Milton. Igualmente están insertas en sus obras las referencias al miedo que sentía al promoverse a sí misma como escritora y pecar de egoísmo. Los temas de sus obras transcienden los tópicos que tradicionalmente se les han atribuido a las mujeres escritoras de los siglos XVIII y XIX. Ella no solo escribe sobre temas cotidianos y sociales, sino que introduce ideas de la ciencia ficción, de la filosofía y de la narrativa histórica entre otras corrientes.

Dos siglos después, Shelley sigue siendo una autora desconocida, mientras que su obra ha cobrado vida propia. La crítica feminista aún está lejos de difundir el reconocimiento que se merece, como pasa con tantas autoras de los siglos pasados con obras y pensamientos brillantes como Mary Shelley.

La virtud de T. S. Eliot

En la intersección de la poesía y la metafísica, la tierra está baldía y es ahí donde nace la poesía de Thomas Stearns Eliot. Poesía que nace además de la crítica literaria y filosófica, con las que Eliot se introduce en todas estas disciplinas literarias. Athenaeum, Time, Egoist, son algunas de las revistas donde escribió, siendo además editor de la última. Publica los primeros poemas en 1915, siendo el más popular The Love Song of J. Alfred Prufrock. Pero no será hasta años más tarde, con la publicación de su gran poemario The Waste Land, cuando ganará el prestigio tan merecido que le abrió el camino hasta el Premio Novel de Literatura en 1948. T. S. Eliot nació en Misuri a finales del siglo XIX, se trasladó al Reino Unido en 1914, con 25 años. Fue considerado una de las voces más importantes del mundo anglófono. No solo escribió poesía y ensayo, sino también teatro.

Es conocido como uno de los más grandes poetas filosóficos, no sólo por estar influido por los grandes poetas metafísicos barrocos del siglo XVII inglés como John Donne o Andrew Marvell y por los simbolistas franceses, sino también por introducir temas propios de la filosofía en sus poemas y obras. Estas pasaron por diversas transformaciones a lo largo de su trayectoria literaria, yendo desde el más puro intelectualismo a los movimientos más vanguardistas. El cambio más decisivo en su literatura tuvo lugar a raíz de su conversión religiosa al anglicanismo en 1927, es entonces cuando su poesía se carga de un tono trascendente y penitencial. Pero no por ello dejan de convivir diversas alusiones religiosas y profanas en sus obras, como las budistas y las nihilistas.

“Descenso más abajo, descenso únicamente Al mundo de perpetua soledad, Mundo sin mundo que no es mundo, Tinieblas interiores, privación Y despojo de toda propiedad. Desecación del mundo del sentido, Evacuación del mundo del capricho, Incompetencia del mundo del espíritu: Este es el único camino, y el otro Es el mismo, no en movimiento Sino en abstención del movimiento; Mientras el mundo se mueve, En apetencia, por los metálicos caminos Del tiempo pasado y el tiempo futuro”.

La unión entre metafísica y poesía no reside solo en los temas, sino también en el lenguaje sutil, en la ruptura de la lógica, en las imágenes grandilocuentes. Pero sobre todo hace que la voz poética se difumine y deja que el lector se vea inmerso en las imágenes.

Librarse interiormente del deseo material, Descargarse de la acción y el sufrimiento, De la compulsión externa e interna, rodeada sin embargo Por una gracia de sentido, Una luz blanca inmóvil que se mueve, Erhebung* sin movimiento, concentración sin eliminación, Un nuevo mundo y el viejo que se hacen explícitos, se aclaran En la consumación de su éxtasis parcial, La resolución de su parcial horror. Pero el encadenamiento de pasado y futuro, Tejidos en la debilidad del cuerpo cambiante, Ampara al género humano del cielo y la condenación Que la carne no puede soportar. El tiempo pasado y el tiempo futuro Sólo permiten mínima conciencia. Ser consciente significa no estar en el tiempo, Pero sólo en el tiempo puede el momento en el jardín de rosas, El momento en la pérgola bajo el azote de la lluvia, El momento en que desciende el humo sobre la iglesia atravesada por corrientes de aire, Ser recordados, envueltos en el pasado y el futuro. Sólo con tiempo se conquista el tiempo”.

Quizá la razón de la trascendencia de T. S. Eliot fue la genialidad con la que logra integrar elementos de múltiples corrientes y movimientos literarios en su poesía, cargándola a la vez de paradojas e imágenes renovadas y atemporales. Su polifacética trayectoria no deja indiferente a ningún poeta. Es conocida su amistad con los poetas españoles de principio de siglo, los cuales reconocen la admiración que le profesan y tradujeron sus obras al castellano. Por ello, para entender a la perfección la literatura de comienzos del siglo XX tanto española como inglesa es imprescindible la lectura de este gran maestro, que marcó un referente claro en la poesía y en la filosofía. Desde Poliantea animamos a todos los lectores a que se sumerjan en los versos de T. S. Eliot.

*Los fragmentos arriba expuestos pertenecen a su obra “Cuatro cuartetos” traducida por José Emilio Pacheco.

La importancia del lenguaje: Lingüística y Filosofía

Muchos han sido los autores que se han hecho la siguiente pregunta; ¿qué fue antes, el pensamiento o el lenguaje?

Desde la Época Clásica los interrogantes acerca del lenguaje han sido muchos. A los primeros filósofos les interesaba no solo el origen sino también la referencia del mismo, esto es, la relación entre el significante (o palabra) con su significado (o concepto). En este punto no se ponían de acuerdo ni los grandes filósofos como Platón y Aristóteles y por consiguiente surgieron los primeros paradigmas preocupados por cuestiones relacionadas con el lenguaje: naturalismo y convencionalismo. El naturalismo suponía que el lenguaje era reflejo de la realidad, mímesis de la naturaleza, mientras que el convencionalismo proponía que el lenguaje era un producto social determinado por factores externos. Lo cierto es que ambos puntos de vista se prolongaron en el tiempo y dieron lugar a diferentes teorías.

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Una de las teorías más polémicas que preocupó tanto a la Lingüística como a la Filosofía del lenguaje fue la conocida como Innatismo, desarrollada por Noam Chomsky en el primer tercio del siglo pasado. Esta teoría parte de la premisa de que el ser humano tiene una capacidad innata para desarrollar el lenguaje, de manera que en el cerebro del Homo sapiens sapiens se hubiera formado tras años de evolución en una especie de genotipo, también llamado “genotipo lingüístico”, en el cual se encontrara la capacidad del lenguaje. Chomsky también propone que el desarrollo de este genotipo tendría lugar en los años más tiernos de la edad del hombre, esto es, entre los cero y los 10 años, después de este periodo la “maleabilidad del lenguaje” cambiaría.

Numerosos estudios han pretendido desmentir la teoría del Innatismo, hay autores que atribuyen la capacidad del lenguaje a los factores sociales y externos. Pretenden demostrar que es el medio, tremendamente social, el que ayuda a crear las conexiones necesarias para la producción, comprensión e interpretación del lenguaje.

Lingüistas y filósofos del lenguaje han visto en el sistema de la lengua una oportunidad para comprendernos a nosotros mismos, como seres individuales y a la vez colectivos, producto de una sociedad, pero también de una evolución biológica. Si bien los lingüistas estudian estas cuestiones desde la lengua, los filósofos estudian las mismas cuestiones desde el pensamiento. Esto supone que aun para estudiar los mismos interrogantes lo hacen con una metodología distinta. Los lingüistas usan datos (más o menos acertados) extraídos del lenguaje, como pueden ser las clasificaciones gramaticales, o los parámetros empleados en otras disciplinas lingüísticas como la Semántica, la Fonética y Fonología, etc. Por otro lado, los filósofos recurren a las herramientas propias de la Filosofía, tales como las definiciones, las reformulaciones, silogismos, aximas, etc.

En otras palabras, tanto la Lingüística como la Filosofía se preocupan por el lenguaje pero desde paradigmas distintos. No obstante, ambas aciertan a compartir el interés por un tema complejo, heterogéneo y abstracto como es el lenguaje, ya no solo por la relación intrínseca que mantiene con el pensamiento cognitivo, sino por la evolución a través del tiempo. Hay autores que trazan un paralelismo entre la diversificación de las lenguas y de las diferentes razas humanas. Tan importante es el lenguaje en la idiosincrasia humana que otras muchas disciplinas se han interesado en su estudio. Un ejemplo de esto es el hecho de que las Ciencias Cognitivas investiguen (entre otras cosas) los problemas del lenguaje en relación con las conexiones neuronales, esto es, la dislexia, la afasia y otros trastornos del lenguaje que se ven reflejados en el proceso cognitivo.

En otras palabras, el estudio del lenguaje puede ayudar a clarificar y detectar trastornos mentales, pero también puede ayudar a mejorar la estabilidad emocional, la capacidad de memoria y reflexión, la comunicación y la socialización. En cualquier caso, el estudio del lenguaje puede ser más útil de lo que podemos imaginar y puede llegar incluso a unir disciplinas en principio dispares como pueden ser la Filosofía y la Lingüística.