Reencontremos la dimensión utópica: carta de despedida de Alberto Flores Galindo

Lima, 14 diciembre, 1989.

Queridos amigos:

El 3 de febrero pasado fui asaltado sorpresivamente por una dolencia: un glioblastoma multiforme en el lado izquierdo del cerebro. En otras palabras, un tipo poco frecuente de cáncer que por su difícil diagnóstico y ubicación requería un tratamiento fuera del país. Gracias a los amigos pude viajar para tratarme durante dos meses en New York (Presbyterian Hospital). Tiempo después tuve que regresar una semana más a ese mismo hospital.

Imaginarán lo costoso que fue todo esto. A pesar de la buena voluntad de algunos funcionarios públicos, del Seguro Social Peruano sólo recibimos promesas, que condujeron a dilatadas reuniones, trámites y pérdida de tiempo. El Seguro Social, además, apenas reembolsaría parte de los gastos. Durante varios meses, casi todos los días, debimos ir a una y otra dependencia, buscar los papeles. Parte de nuestra documentación se perdió, el resto daba vueltas por las oficinas y tontamente nosotros también. Este engaño lleva ya diez meses. Estuvieron a pesar de todo, amigos y, excepcionalmente, algunos dirigentes nacionales que efectivamente quisieron ayudar, pero después de casi un año no pudieron pasar de la intención. Esto, sin embargo, es lo que más vale. El mío no es un caso excepcional. Al Seguro Social no le interesa ayudar a nadie, dificulta intencionalmente los trámites y la atención. El Estado y su burocracia no sirvieron, hasta ahora.

En cambio los amigos sí. Por ellos pude viajar, hacer que me atendieran y enfrentar los males. La amistad aquí no es sólo una abstracción. Es un sentimiento cotidiano y efectivo. Sin la intervención espontánea de mis amigos no podría estar refiriendo esta historia, que me mostró la riqueza de la amistad. Experimentar eso se llama ser solidarios. Muchos intervinieron e inmediatamente armaron un gran movimiento de solidaridad. Hubo desde quienes aportaron muy elevadas cantidades, hasta quienes las monedas que tenían en el bolsillo. Otros, sus visitas. Algunos sus palabras. Estuvieron también esos niños a quienes se les ocurrió llegar con sus propinas. Más importante fue verles y compartir su afecto. Lo más movilizador fue la amistad. Conocidos y desconocidos de fuera y dentro del país han intervenido. De España, Francia, Inglaterra, Alemania y Estados Unidos llegaron colaboraciones. Con ellos me he sentido no sólo peruano, sino parte de todos los sitios. En estos momentos en el Perú, cuando todo parece derrumbarse, cariño y solidaridad me mostraron otros rostros del país. Hubiera querido agradecer personalmente a, cada uno.

No importa que no se haya podido derrotar al cáncer. Perdí. Perdimos. El final es ineludible. Me aguarda tarde o temprano, en semanas más o menos la muerte. Pero lo trascendente es el despliegue de apoyo que aún sostiene mi tratamiento y mi familia, que acompaña a Cecilia, Carlos y Miguel, en los momentos más difíciles. La solidaridad fue moral y económica. Los amigos llegaron incluso a vigilar mi recuperación en el hospital, apoyaron a mi esposa, atendieron y cuidaron a mis hijos. He debido rectificarme, dejar a un lado mi habitual pesimismo. Descubrir la fuerza de la solidaridad.

Aunque muchos de mis amigos ya no piensen como antes, yo por el contrario, pienso que todavía siguen vigentes los ideales que originaron al socialismo: la justicia, la libertad, los hombres. Sigue vigente la degradación y destrucción a que nos condena el capitalismo, pero también el rechazo a convertirnos en la réplica de un suburbio norteamericano. En otros países el socialismo ha sido debilitado; aquí, como proyecto y realización, podría seguir teniendo futuro, si somos capaces de volverlo a pensar, de imaginar otros contenidos. Esto no es la moda. Es ir contra la corriente. También debemos enfrentarnos a los cultores de la muerte o de aquellos que sólo piensan en repetir las recetas de otros países. El desafío creativo es enorme. (¿Podremos?).

Es un desafío, además, donde están en juego nuestras vidas y la edificación del país. (¿Una sucursal norteamericana?) (¿Un país andino?) (¿Qué hacer con el Perú?) (¿Será posible el socialismo?).

Hasta ahora, entre 1980 y agosto de 1989, se han producido 17,000 muertes. Asesinato de propietarios, obreros, desempleados, campesinos. Todos tienen rostros y nombres aunque los ignoremos. Esto ha ocurrido en un país “democrático”, con el silencio de la derecha pero también de la inacción de la izquierda. Muchos convertidos en espectadores. No sólo estamos frente a desafíos económicos, sino también frente a requerimientos éticos.

Ahora, muchos han separado política de ética. La eficacia ha pasado al centro. La necesidad de críticas al socialismo ha postergado el combate a la clase dominante. No sólo estamos ante un problema ideológico. Está de por medio también la incorporación de todos nosotros al orden establecido. Mientras el país se empobrecía de manera dramática, en la izquierda mejorábamos nuestras condiciones de vida. Durante los años de crisis, debo admitirlo, gracias a los centros y las fundaciones, nos fue muy bien y terminamos absorbidos por el más vulgar determinismo económico. Pero en el otro extremo quedaron los intelectuales empobrecidos, muchos de ellos provincianos, a veces cargados de resentimientos y odios.

En definitiva, lo que nos resultará más costoso es haber separado moral de cultura. Socialismo es crear otra moral. Otros valores.

A pesar de algunos intentos y ciertos personajes minoritarios, hemos vivido con el despliegue del autoritarismo y la muerte. La mayoría de los intelectuales y demasiados dirigentes políticos de izquierda, hemos perdido la capacidad de vivir y sentir la indignación. Supimos de tantos enfrentamientos como el de Molinos, en el que entre los subversivos no hubo presos, ni heridos, sólo 62 muertos de los que el MRTA sólo reconoce 42. Estas son ejecuciones. Nadie protestó, reclamó, denunció, se indignó. Esta es una pérdida de moral en la izquierda. Como este hay muchos otros casos. Nos hemos acostumbrado a vivir así. Nadie se atreve a decir que hay gran cantidad de muertos, ejecutados inocentes por las fuerzas represivas. No se puede decir en público, sin romper y colocarse fuera del “orden democrático”. Pero si no lo dicen todo empeora. Puedo decir todo esto con tranquilidad y sin miedo. No temo lo que me puedan hacer. No deberíamos aceptar el armamentismo que nos quieren imponer. También nos hemos acostumbrado a los crímenes del otro lado. En este clima no nos asombra que se quiera hacer proyectos de paz y desarrollo imponiendo el orden cíe las fuerzas armadas. Imposición de los dominadores.

No creo que haya que entusiasmar a los jóvenes con lo que ha sido nuestra generación. Todo lo contrario. Tal vez exagero. Pero el pensamiento crítico debe ejercerse sobre nosotros. Creo que algunos jóvenes, de cierta clase media, tienen un excesivo respeto por nosotros. No me excluyo de estas críticas, todo lo contrario. Ha ocurrido sin discutirse, pensarse y menos interrogarse. Espero que los jóvenes recuperen la capacidad de indignación.

Estos problemas ya han sido planteados, aunque sin éxito, en otros sitios y tiempos. Fue el caso de los populistas. Nombre para diversas corrientes que aparecieron en Rusia y otros países de Europa Oriental desde mediados del siglo pasado. Al principio enfrentados con Marx, quien luego admitió la posibilidad de otra vía al socialismo que no implicara la destrucción del mundo campesino. Hasta allí llegó. Los populistas, a su vez, se diversificaron y enfrentaron entre sí. Desde los legalistas hasta los que perfeccionaron la práctica del terror. No tuvieron una sola línea y son vigentes por los problemas que percibieron y las respuestas y polémicas que desarrollaron. Planteados los problemas siguieron presentes hasta cuando, tiempo después, se eliminaron todas estas discusiones con los muchos desaparecidos o muertos por el estalinismo.

En el Perú sólo hemos pensado en una tradición comunista, olvidando a quienes fueron derrotados pero que quizá planteaban caminos que pueden ser útiles para discutir. No buscar otra receta, hacernos una. En todos los campos. Insistir con toda nuestra imaginación. Hay que volver a lo esencial del pensamiento crítico, lo que no siempre coincide con mostrarse digerible o hacer proyectos rentables. Es diferente pensar para las instituciones o para los sujetos.

El socialismo no debería ser confundido con una sola vía. Tampoco es un camino trazado. Después de los fracasos del estalinismo es un desafío para la creatividad. Estábamos demasiados acostumbrados a leer y repetir. Saber citar. Pero si se quiere tener futuro, ahora más que antes, es necesario desprenderse del temor a la creatividad. Reencontremos la dimensión utópica.

El socialismo en el Perú es un difícil encuentro entre el pasado y el futuro. Este es un país antiguo. Redescubrir las tradiciones más lejanas, pero para encontrarlas hay que pensar desde el futuro. No repetirlas. Al contrario. Encontrar nuevos caminos. Perder el temor al futuro. Renovar el estilo de pensar y actuar. Lo que resulta quizá imposible sin una ruptura con esos izquierdistas excesivamente ansiosos de poder, apenas interesados en lo que realmente sucede.

Sospecho que no hay tiempo indefinido. Desde el siglo XVI, las culturas andinas excluidas y combatidas, han podido resistir, cambiar y continuar. Fueron derrotadas al terminar el siglo XVIII. Desaparece entonces la aristocracia andina, se combate a la sociedad rural, se deporta y extermina a sus miembros. Sin embargo, subsistirá el mundo campesino. En el siglo XX nuevos enfrentamientos. Primero a principios de la década del 1920, después alrededor de 1960 y ahora. El capitalismo no necesita de ese mundo andino, lo ignora. Se propone desaparecerlo. Sobre todo ahora que tenemos nuevamente un discurso liberal, repetitivo y dirigido contra las formas de organización tradicionales. Dispone de instrumentos y posibilidades que antes no tenía.

Esto ha sucedido en otros lugares, pero aquí no es inevitable destruirlo.

Hay que proponer otro camino. Fue advertido por José María Arguedas, pero desde su muerte han transcurrido veinte años y nuestro desafío es cómo y de qué manera evitarlo. La respuesta no sólo está en un escritorio. Exigirá un cambio de vida. Lo que se proponía Arguedas en El Zorro de Arriba y el Zorro de Abajo no era el regreso al pasado sino la construcción de una nueva sociedad, donde:

Todo eso es para ganar plata. ¿Y cuando ya no haya la imprescindible urgencia de ganar plata? Se desmariconizará lo mariconizado por el comercio, también en la literatura, en la medicina, en la música, hasta en el modo en que la mujer se acerca al macho. Pruebas de eso, de lo renovado, de lo desvilecido encontré en Cuba. Pero lo intocado por la vanidad y el lucro está, como el sol, en algunas fiestas de los pueblos andinos del Perú.

(José María Arguedas, El Zorro de Arriba y el Zorro de Abajo, p. 22, Lima, Editorial Horizonte, 1983).

Este fue un proyecto formulado hace veinte años y que ahora requiere que quienes se dedican al marxismo y las ciencias sociales continúen ese proyecto pensando en el futuro. Los científicos sociales no lo piensan hasta ahora suficientemente. No hay que limitar el horizonte del pensamiento a cosas locales. Ese libro de El Zorro de Arriba y el Zorro de Abajo, en contra de lo que podía suponerse, no se refiere a problemas locales, sino que aborda el conjunto de la sociedad para incluir propuestas alternativas.

Fue hecho hace veinte años, repito. Sin embargo la izquierda no ha podido todavía responder a ese desafío. Tiene miedo ahora de enfrentar el futuro. En un país como este, la revolución no sólo reclama reformas sino la formación de un nuevo tipo de sociedad. En el país se ha comenzado a discutir el lugar de los campesinos, colocándolos no sólo como anécdotas, sino pensados como protagonistas. Hay que discutir el poder, entonces no hay que discutir la producción y los mercados, sino también dónde está el poder, quiénes lo tienen y como llegar a él. Cuestionar el discurso liberal. Los jóvenes lo pueden hacer. Muchos somos viejos prematuros.

La derecha avanza en todos los terrenos. Quisieran estar listos militarmente. También dan la ilusión de un nuevo discurso. Un discurso en realidad cínico, que tiene tras suyo muchos muertos. Pero esa derecha sigue siendo una suma heterogénea de individuos con intereses particulares, muchas veces demasiado vinculados al exterior. Tampoco tienen sólo un proyecto. Por el contrario. Aparte de las discrepancias hasta ahora no asumen la construcción de una sola alternativa. Pero para ser admitidos esos izquierdistas, que frecuentan más las recepciones que las polémicas y cultivan los buenos modales, se visten a la medida. En otro lado de la ciudad, las marchas, los enfrentamientos callejeros, largos, agresivos se han vuelto frecuentes. Reclaman respuestas urgentes. ¿Las buscamos?

La cuestión se plantea sólo como el dilema entre quienes admiten la violencia y quienes optan por la vía legal. Así como hace falta una nueva alternativa, es necesario pensar el camino. Algunos creen que hay recetas ya establecidas y que apenas tienen que aplicarlas. Cuando las revoluciones han tenido éxito no ha sido así. Todo lo contrario, siempre han sido y serán excepcionales.

El socialismo en el poder comenzó sorpresivamente en 1917, hace sólo 70 años. Apareció apenas terminada la primera guerra mundial en un país y en un lugar que se suponía uno de los espacios más atrasados, donde no se produciría uno de esos cambios sustanciales. Sin embargo, allí surgió el socialismo que, años más tarde, después de la segunda guerra mundial, se expandiría a otros territorios, al Asia, al África. La empresa capitalista, en cambio, lleva ya algunos siglos de expansión. Las puertas al socialismo no están cerradas, pero se requiere pensar en otras vías. Una tercera, cuarta, quinta forma. Un socialismo construido sobre otras bases, que recoja también los sueños, las esperanzas, los deseos cíe la gente. Uno en que se dé cabida también a estas necesidades.

Se requiere de los intelectuales. Pero, insisto, lo lamentable es el desencuentro entre ellos y la militancia política. Aquí también hay una responsabilidad de quienes han estado demasiado preocupados por la lucha inmediata, la imposición de una secta, la disputa del poder minúsculo. Así se envejece. Será muy difícil que estemos a la altura de las circunstancias. pero no todo está perdido. Pueden aparecer otros personajes. Además, ya tenemos hijos. Ojalá pierdan admiración y respeto esos jóvenes, y asuman lo que no ha podido ser hecho. Pasar cuarenta años en este país es haber hecho demasiadas transacciones, consentimientos, silencios, retrocesos. Domesticados.

Algunos imaginaron que los votos de izquierda les pertenecían. Pero las clases populares piensan, aunque no lo crean ellos. No dan cheques en blanco. Recordemos cómo fluctúan las votaciones. Los pobres no les pertenecen.

Pero el socialismo —insisto— exigirá para el futuro un cambio radical en el discurso. Revolución no es sinónimo sólo de violencia. Hace falta proponer una nueva sociedad alternativa. Ahora es un poco tarde. En toda revolución siempre hay un sector demasiado radical que aparece al final. Aquí el desarrollo de los acontecimientos ha sido diferente. Ha surgido primero y, no obstante empezar desde un sector reducido, ha conseguido seguir existiendo y hasta incrementar sus seguidores. Ha aparecido un sector demasiado radical, que ha derivado en el fanatismo, el sectarismo y el crimen. Ha conseguido funcionar y por lo menos tener un relativo éxito en ciertas regiones. Con el tiempo se ha ido tornando más sectario y su acción política ha derivado en una práctica contaminada con lo criminal. Son capaces de eliminar a dirigentes populares, como hace la derecha. ¡Qué horrible! ¡Esta gente que era de izquierda! Y los demás no se lo recriminan. Guardan silencio.

Aquí —como más o menos en otros espacios— no se puede predecir y anunciar el futuro. El futuro no está cerrado. Si doy esa impresión, me corrijo. No hay una receta. Tampoco un camino trazado, ni una alternativa definida. Hay que construirlo, resultado de los múltiples factores: la experiencia de la izquierda, los discursos del pasado, los nuevos problemas. Ahora, en el Perú, hay demasiadas posibilidades contrapuestas. Los enfrentamientos son más duros, con enormes costos de vidas, pero los caminos siguen apareciendo. No es frecuente, pero queda también la posibilidad de un socialismo masivo, revolucionario, pero sin asesinatos.

En estos momentos podemos dividir el espectro político del país básicamente en tres. Tenemos de un lado a la derecha, aglutinada y representada por el Fredemo, aparentemente homogéneo, en realidad con diversos intereses que pugnan en su interior. Tenemos también a Sendero Luminoso y al MRTA, uno transitando a la acción criminal y otro insuficientemente creativo y sin propuesta social. Está también la Izquierda Unida en el centro, entre uno y otro. Esta izquierda oficial, empeñada en participar en las elecciones y en los mecanismos tradicionales de poder, se aleja del movimiento popular, es étnica y culturalmente distante de las mayorías populares. No puede sentir como ellos y no los incorpora en los cargos dirigenciales. Pero no es tampoco homogénea. De una izquierda que hace unos años se pensaba todavía revolucionaria, se han ido desgajando y delimitando algunos sectores. Uno transita hacia la derecha o el Apra. Aparentemente la mayoría quiere persistir tercamente en el centro. Se empeña en las reformas. Muy pegados a ellos hay también un sector, más pequeño, que quiere ser revolucionario, no criminal, que quiere remover las estructuras, no reformarlas, que empieza a plantearse el problema de la construcción de un socialismo original. Todavía no existe una alternativa revolucionaria diferente, cuajada. Requiere de esfuerzo, de creación, están allí sus elementos pero no puede crecer liderada por profesionales de clase media.

No repetir, crear otro tipo de dirigente. Dar cabida a otros sectores sociales y a los jóvenes. Ellos no deben seguir haciendo lo mismo, no pueden seguir pensando como hace veinte años. Las cosas han cambiado.

Hay quienes sienten su urgencia y quienes piensan que tienen tiempo. Es más, no es sólo un problema de tiempo. Hay también uno geográfico. Las posibilidades de acción política son diferentes según las regiones del país. Los problemas no se pueden pensar igual desde Lima, desde Ayacucho o la región central.

No se tome todo esto como una crítica por alguien —insisto—que se imagina por encima. Es en parte una autobiografía. Termino evitando ponerme como ejemplo de cualquier cosa. Lo cierto es que, como en otros sitios, hemos sido una intelectualidad muy numerosa, pero a la vez poco creativa. Incapaces de dar a nuestro propio país la posibilidad de un marxismo nuevo. Intelectuales y políticos ignoran el pasado, la historia, lo que han sido. Demasiado modernos. Incapaces de elaborar un proyecto. Insisto que mientras en muchos otros países latinoamericanos el socialismo ha sido destruido, aquí sigue vigente. Todavía. A pesar de estar arrinconado. La izquierda se divide. La mayoría, en estos momentos, parece derechizarse. Pero también está esa minoría que se radicaliza. Hay una posibilidad de izquierda en todo esto, pero debe tomar forma.

Muchas gracias a todos los amigos y desde luego, sobre todo, a quienes discrepan conmigo. Siempre mi estilo agresivo pero que no anula el cariño y el agradecimiento con todos ustedes, más aún con quienes más he discutido. Discrepar es otra manera de aproximarnos: Y, desde luego, cuando acudieron a ayudarme no les interesó saber qué posición tenía en la cultura o en la política.

Un abrazo. ¡Qué buenos amigos!

Alberto Flores Galindo.

¿Debemos reformar a la Policía Nacional?

No es secreto para nadie en Latinoamérica el fracaso de las fuerzas policiales. Más que ser sinónimo de orden, lo suelen ser de corrupción o represión. La policía no nos defiende, la policía no nos representa es uno de los clamores de los jóvenes que salen a marchar en las calles. No obstante, muy pocas voces desde el Poder se atreven a reclamar algún tipo de reforma a dicha institución.

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#Elecciones2020: Días de gloria

Algo que no hemos mencionado hasta ahora en nuestra cobertura es la figura positiva que Trump representa para muchos estadounidenses. Esto haremos ahora, mientras analizamos lo sucedido en el tercer día de la Convención.

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#Elecciones2020: Liderazgo y lucha

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#Elecciones2020: La ley y el (des)orden

Las elecciones presidenciales de Estados Unidos empiezan su ronda final. Por ello, desde Poliantea, cubriremos día a día, las convenciones del Partido Demócrata y Republicano, cuyos candidatos, si bien ya conocidos, servirán para vislumbrar cuán cohesionados ambos partidos se encuentran rumbo a noviembre.

El segundo día de la Convención Republicana no trajo mucho de nuevo. El apelar a la pérdida del espíritu de la nación en manos de extranjeros y los “alborotadores” de las protestas ha causado que de nuevo la discusión en Estados Unidos se centre en cuán dañino puede ser Trump después de irse. El caos alrededor del país no es estrictamente generado por lo que ha hecho, pero se ha visto agudizado por lo que no ha hecho. Hoy su inacción es tan peligrosa como su acción en el cargo. No obstante, es imposible —o al menos poco probable— que lo admitan dentro del Partido Republicano. La unión, el respaldo a Trump pareciera ser a muerte, pues comprenden que su figura es mucho más grande que cualquiera que pudiera salir dentro del mismo partido. Ya lo demostró en 2016, y lo sigue demostrando ahora. Sin ser un político de carrera, su carrera como político no es del todo la de un inexperto.

En esa línea, la apropiación del discurso de la ley y el orden fue uno de sus grandes logros en 2016, y hoy por hoy, es un discurso por el que siguen apostando. Las circunstancias han cambiado, es cierto. Pero el discurso no apela a quienes puedan percibir este cambio, sino a quienes desde los suburbios, acaban definiendo la elección y cuya afiliación política no es definida por los colores, sino por las propuestas. Fueron esos votos los que le otorgaron la victoria a Trump en 2016, o a Nixon en 1968. Y sin duda, serán quienes definan la elección de 2020. Por ello, el discurso de la pareja estadounidense de St. Louis respecto a la amenaza marxista en el primer día no es nada más que una jugada dentro del escenario electoral. El problema no es el uso indiscriminado de armas en Estados Unidos por parte de blancos supremacistas, sino la inseguridad ciudadana. No regulen las armas, regulen el crimen.

Claro que podríamos hablar largo y tendido porque hacer esa correlación podría ser terriblemente sesgada, pero hoy no es el momento. También podríamos mencionar que al hablar de la ley y el orden, obviamos el cáracter racial que acaba conservando este tipo de propuestas, pero tampoco serviría mucho para aclarar cómo es utilizado por Trump, o por qué, en primer lugar. Y es que Trump se ha aprovechado de muchas consignas populares para hacerlas propias y declararse el “campeón del pueblo”. Trump es un líder fuerte, incluso aunque no sea un buen líder para el país. Biden, por su parte, en esta figura, sería más bien el campeón de los políticos tradicionales y de todo aquello que Trump llegó en 2016 a borrar de la faz del país. Pocos recuerdan que hace cuatro años, el voto estadounidense se opuso a lo tradicional y llevó a una opción poco convencional al poder. Lo que mantiene optimista al Partido Republicano es que pese a todo, este apoyo no ha variado. O mejor dicho, no se ha trasladado al Partido Demócrata. Por lo que apelar de nuevo a ellos en 2020 no resultará demasiado difícil.

Y el desafío para 2020 se encuentra allí, precisamente. Biden desea apelar a ese voto de los suburbios sin mayor indicador de que podría lograrlo excepto con el discurso de que él no es Trump. Por su parte, el Presidente ha aprovechado la Convención para fortalecer su discurso, no a través de lo que él u otros políticos puedan decir, sino aprovechando la voz de gente de los suburbios. La pareja de St. Louis es un ejemplo muy fuerte. Puede no gustarnos, pero la ley y el orden podrían ser, de nuevo, un eje para definir al próximo Presidente de Estados Unidos. Y para variar, Trump está un paso más adelante que su adversario.

#Elecciones2020: Hagamos a Trump grande (otra vez)

Las elecciones presidenciales de Estados Unidos empiezan su ronda final. Por ello, desde Poliantea, cubriremos día a día, las convenciones del Partido Demócrata y Republicano, cuyos candidatos, si bien ya conocidos, servirán para vislumbrar cuán cohesionados ambos partidos se encuentran rumbo a noviembre.

En un país que sufre las consecuencias de una pandemia pobremente manejada, el Partido Republicano decidió llevar a cabo la Convención con un solo fin: hacer a Donald Trump grande otra vez. No podemos señalar esto lo suficiente: Estados Unidos hoy se encuentra a la deriva a manos de un Presidente que hizo una promesa muy grande para un período, y se encargó después de una crisis sanitaria, de perjudicar las posibilidades de reacción de su país por su marcado negacionismo científico.

No obstante, es posible en Estados Unidos encontrar espacios para narrativas alternativas. Este espacio ha sido aprovechado durante el primer día de la Convención, jugando prácticamente bajo los mismos términos de la Convención Demócrata. Biden es bueno, Trump es mejor. Claro que la diferencia entre ambos individuos recae en que Biden es visiblemente empático, juega bajo las normas tradicionales de la política y comete los mismos errores debido a esto. Trump no. Su accionar político es poco convencional, pero sus errores siguen siendo muy tradicionales. Pero sobre todas las cosas, algo que realmente preocupa es que el Partido Republicano piense que esa alternativa puede funcionar. Biden, pese a todo, es desconocido para gran parte de la población estadounidense, Trump no. Y es casi imposible que pueda convencerse en pocos meses lo que el mundo ha podido atestiguar los últimos cuatro años.

No deberíamos entender por esto que nos encontramos ante una decisión sencilla para Estados Unidos. Donald Trump es una terrible opción, pero Joseph Biden no es, por defecto, la decencia hecha carne. Tiene múltiples cuestionamientos a lo largo de su carrera política, y quizá en otra elección, frente a otro candidato, no habría llegado hasta donde está por todo ello. Pero a la fecha, Biden encarna la posibilidad —algo ingenua— de regresar al camino de la razón. Aún si esta resulta terriblemente mediocre. Y esto es algo que la Convención Republicana ha decidido explotar. Saben que Biden no llega con grandes promesas ni con grandes planes. Si su mejor intento de promesa es “sacar a Trump de la Casa Blanca”, no necesariamente va a llegar muy lejos compitiendo contra la política republicana.

El propósito del primer día de la Convención Republicana es exacerbar los miedos de una intervención extranjera. No fue poca cosa los rumores de la intervención rusa en las elecciones de 2016, pero hoy, el discurso oficial de Trump es que el virus le pertenece a China y que fue enviado a Estados Unidos para derrotarlos en un momento en el que estaban triunfando en todo aspecto. El problema aquí no se trata de desmentir la narrativa de Trump, confrontarla con hechos, porque ya se ha demostrado que ello no va a funcionar. No para él, no para sus votantes. Además, apelar al miedo comunista en Estados Unidos que hoy “representa” Biden y las protestas de #BlackLivesMatter

Lo único que podría revertirlo es exponer el pobre manejo de la pandemia. Para poder fortalecer ese aspecto, la Convención Republicana ha remarcado, a través de sus oradores, que Estados Unidos lo está haciendo lo mejor posible, mejor que muchos otros países en el mundo. Pero resulta muy extraño que aquello realmente pueda atraer a nuevos votantes. La realidad es demasiado ajena al discurso de Trump, porque hoy no lo refutan los políticos, lo refutan las cifras que él siempre había considerado aliadas. La economía no está de su lado, la saluda tampoco. Si hoy América está siendo grande otra vez, resulta difícil para alguien saberlo. No por ello, Trump podrá perder, pero queda la sensación que su discurso, su propuesta, si se limita a lo hasta ahora mostrado, no podrá convencer a más personas de las que ya lo apoyan. Esto no quiere decir que pueda perder la elección, pero significaría algo peor: el efecto Trump ya no es tan efectivo.

#Elecciones2020: Un discurso y balance

Las elecciones presidenciales de Estados Unidos empiezan su ronda final. Por ello, desde Poliantea, cubriremos día a día, las convenciones del Partido Demócrata y Republicano, cuyos candidatos, si bien ya conocidos, servirán para vislumbrar cuán cohesionados ambos partidos se encuentran rumbo a noviembre.

El discurso del candidato del Partido Demócrata era el perfecto cierre para una Convención que lo había aludido de principio a fin. Como su opositor, su carrera para estas fechas es solitaria. Su mejor aliado y su peor enemigo es él mismo, pues esta elección se definirá en base a los errores, y no tanto a los aciertos que pueda tener. En ese sentido, el Partido Demócrata había centrado todos sus esfuerzos en la Convención para establecer un tono agresivo contra el Presidente, pero asertivo con la población. No limitar su única estrategia a ser una estrategia anti-Trump, sino pro-Estados Unidos. ¿Pero pro-Estados Unidos es pro-Biden? Esa pregunta aún no tiene una respuesta fija, más allá de lo que indiquen las encuestas. El miedo de que ocurra algo similar a 2016 aún sigue en el aire. Y esta vez, el compromiso es mucho más grande. Este es un escenario en el que no existe un voto de confianza a Trump. Como señalamos el día anterior, existe la sensación de que cuatro años más en el mismo rumbo podrían ser irremediables. La salida, según ha presentado en estos cuatro días el Partido, es Joe Biden.  

Podríamos hablar de todo lo que sucedió en casi las dos horas. Pero lo cierto es que se pareció demasiado a lo que habíamos visto los tres días anteriores. Es enternecedor ver a un partido unirse a pesar de sus diferencias, pero sigue siendo peligroso saber cuán frágil resulta la alianza tras las elecciones. En esa línea, el video con los candidatos que fueron sumándose de a pocos a la campaña de Biden, resultó efectivo para comunicar de una nueva forma lo mismo que habían querido comunicar los tres días anteriores, la unión. Es probable que debido a lo poco convencional que resulta esta unión, se vean forzados a mostrarlo como su gran triunfo, pero resulta algo básico de pedir a un partido rumbo a una elección que —de acuerdo a su propio discurso— definiría el rumbo del país por los próximos cincuenta años.

Lo diferente de los tres días anteriores, sin embargo, era la presencia de Biden con su discurso de cierre. Por lo que casi todo alrededor estuvo centrado en anteceder su discurso. Sin ser tan elocuente como Obama, tan frío como Clinton, tan simpático como Sanders o vivaz como Harris, las fortalezas de Biden se centran en lo que las personas alrededor suyo pueden decir de él. Realmente, no es un candidato extraordinario pero es la cara amigable para un país que necesita medidas extraordinarias. ¿Es un candad? ¿es el candidato más probo? Cada día, se recuerdan más acusaciones que como mínimo demostrarían que lo que divide a Biden y a Trump es meramente de qué lado del tablero se encuentran. ¿Es realmente la batalla por recuperar el alma de América o por saber qué partido se quedará con dicha alma? Este tipo de preguntas no son de mayor interés para muchos norteamericanos. En la mente de un gran sector de Estados Unidos, la respuesta, la Ú-N-I-C-A respuesta es vencer a Trump.

¿Cuántas oportunidades realmente tiene Biden en noviembre de vencer a Trump? Es difícil saberlo. La Convención ha buscado acortar distancias con lo que ocurrió en 2016. Clinton venía con mayor apoyo de otras figuras del Partido, pero muchos ciudadanos estaban del lado de Sanders. En 2016, Clinton representaba lo peor de la política tradicional, mientras que Trump se perfilaba como un outsider que llegaba del “éxito” empresarial a ofrecer el éxito nacional. La pandemia ha probado que su fórmula ha fracasado, pero todavía pueden existir dudas si la fórmula tradicional puede funcionar. En 2020, Biden lleva 4 años fuera del poder, y Trump la misma cantidad en el mismo. El discurso de hoy ha caracterizado esos cuatro años, como los de la oscuridad a lo largo de la nación. El candidato demócrata promete regresar al país a la luz que pertenece. Pero incluso, por más luminoso que Biden pudiera ser en contraposición a Trump, esto no indica nada respecto a noviembre. Las personas que votaron por Clinton en 2016 seguramente votarán en azul. El principal problema es que ello no basta. No bastó en 2016 ni bastará ahora. Aquello que complica a los demócratas es saber cuál realmente es la magnitud del voto duro de Trump, y cuánto de ese voto podrá fluctuar hacia Biden. Pero ¿cómo atraer aquello que no se entiende? Hay ciertas dudas sobre ello, y sobre cómo el Partido Demócrata podría hacerlo.

El discurso de Biden fue el inicio. Un discurso que apelaba a la unión, al orgullo nacional, a la seguridad de que lo que antes se había hecho y de lo que seguramente se podría hacer en el futuro. El discurso aceptaba la realidad y planteaba una unión para deshacer todo el desastre que había hecho Trump en estos cuatro años. Pero sobre todo, se centraba en aquello que resulta difícil contrargumentar: la respuesta frente a la pandemia ha sido muy lenta. “Ha fallado en su deber más básico: protegernos. Y eso es imperdonable” dijo Biden ayer. Aplausos desde la pantalla, aplausos desde la televisión. Un nuevo día en Estados Unidos. En algún lugar del mundo, alguien debe estar soñando, debe estar perpetuando el dichoso “sueño americano”, la historia de triunfo que hoy pretende encarnar Kamala Harris y que representa a los miles de inmigrantes que aún en medio de la pandemia, siguen arriesgando sus vidas por alcanzar ese sueño. Lo imperdonable para Estados Unidos, para Biden y para el Partido que hoy se ha unido atrás suyo para derrotar a Trump, sería que de ganar, el “sueño americano” siga siendo una ficción dolorosa y no una realidad que invite a la solidaridad.

#Elecciones2020: La más política de las noches

Las elecciones presidenciales de Estados Unidos empiezan su ronda final. Por ello, desde Poliantea, cubriremos día a día, las convenciones del Partido Demócrata y Republicano, cuyos candidatos, si bien ya conocidos, servirán para vislumbrar cuán cohesionados ambos partidos se encuentran rumbo a noviembre.

Las apuestas eran muy altas para esta noche. El punto de quiebre, si se quiere. Todo lo que no había sido mostrado antes, todo aquello que había sido brevemente mencionado pero no abordado con la demanda que muchos grupos pedían, hoy fueron elaborados. La tercera noche de la Convención del Partido Demócrata empezó y finalizó como la más política de las noches en tiempos de pandemia.

Se abordaron muchos de los temas que eran antes tópicos habituales en las primarias. Regulación de armas, el cambio climático, el racismo, la violencia de género, y más. Cada uno con el determinado tiempo y con la calma suficiente que no existió en las noches anteriores. Por un breve momento, parecía que la pandemia no era el tema principal por abordar en estas Convenciones. Pero claramente esto respondía a un solo motivo: acallar las críticas de que el único plan del Partido Demócrata era derrotar a Trump e ir elaborando lo demás sobre la marcha.

Aun es muy pronto para poder descifrar algo sobre el plan de Joseph R. Biden, principalmente porque la campaña no se está basando en los planes que cada candidato tenga, sino en su carácter, en su personalidad. En ese ámbito, Biden por sí solo puede ganar cualquier elección. Sobre todo, porque es uno de los pocos candidatos tradicionales en Estados Unidos cuya conexión con el público es muy personal. Sin duda, la pandemia también ha golpeado severamente al exvicepresidente al limitarlo al hermetismo político de las cámaras y las redes sociales. Ha cambiado las conversaciones con el público con el uso de la mascarilla y otras medidas para resguardas las vidas durante la pandemia.

Hasta cierto punto, esta situación también le brindó la oportunidad de desmarcarse de Trump. Al contrario de 2016, el dilema del mal menor queda un poco más sencillo al ya no existir la duda de si la Oficina Oval iba a cambiar a Trump. Desde 2016 hasta la fecha, el Presidente se ha comportado como si nunca hubiera dejado de ser candidato y para muchos, ese error ha sido el que la población estadounidense ha sufrido durante la pandemia. Trump se olvidó que no gobernaba para unos cuantos, sino para todo un país. Y si las estadísticas hubieran podido salvar su Gobierno, hoy casi nada queda en pie. De eso y muchas otras falencias hoy se señalaron en la Convención. Trump no es el hombre para el trabajo, Biden sí; parece ser el discurso que muchos oradores brindaron hoy.

Nancy Pelosi, una de las voces más críticas a Trump dentro del Congreso, aprovechó su tiempo para posicionarse como una de las personas que había visto más cerca el desprecio que el Presidente tiene por los hechos, las familias y la mujer, particularmente. Nada comparado a Biden, un hombre “cuyo corazón estaba lleno de amor por Estados Unidos”. Pelosi fue una de las que elocuentemente logró aclarar cuál es la posición por tomar en noviembre: no denunciar a la oscuridad, sino iluminar el camino a seguir. Si algo ha prevalecido en estos tres días de Convención, es la figura de que esta elección decide el alma del país, su destino por los próximos años. El Partido Demócrata entiende que una reelección a Trump sería catastrófica por lo que esta podría ser su última bala, tras el fracaso de la interpelación. Convencer al país de que un gobierno demócrata, por más mediocre que pudiera ser, sigue siendo mejor que el de Trump, es algo para lo que han usado esta Convención, conscientes de que no tendrán una mejor oportunidad para hacerlo.

Oportunidad que, por cierto, no desperdiciaron Barack Obama y Hillary Clinton para demostrar su vigencia en estos momentos. Dos figuras no muy distintas, pero con diferente recepción para el público. Clinton sabe lo que es la derrota frente a Trump, Obama sabe de lo que es capaz Biden. Ambos producen sensaciones desaforadas en la población estadounidense, pero no por los mismos motivos. Su propia presencia en la Convención no fue un asunto de unanimidad, pues ambos le permitirían al Presidente elaborar de nuevo la teoría conspirativa del complot contra su reelección.

Y sus discursos de apoyo no eran expresamente una alabanza a lo que Biden es o a lo que Trump no es, sino a lo que Estados Unidos puede y debe ser. Resaltar el hecho de que la salvación de un país no reside en las manos de un solo hombre —como Trump había prometido en 2016— también fortalece la idea de unión dentro del Partido. Sus discursos, especialmente el de Obama, se establecían como un llamado al voto. Lo que antes era simplemente un pedido, hoy es una alarma. En esa línea, Clinton resaltó lo que sucedió en 2016: ganó el voto popular, pero no la elección. El objetivo de esta Convención es convencer a todo el mundo que el Partido Demócrata se sostiene sobre su gente. ¿Cuánto de ese discurso se sostendrá hasta noviembre? ¿realmente es unión lo que demuestran o ambición por el poder arrebatado? De momento, la respuesta mantiene en suspenso el rumbo de una nación.

Al final de la noche, el discurso de Kamala Harris marcaba un hito histórico en la historia de Estados Unidos pues era la primera vez que una mujer era nominada a vicepresidenta en las elecciones presidenciales. Su discurso estuvo, es cierto, a la altura de esas circunstancias. Pero todo alrededor del mismo, no. O como mínimo, resultaba extraño. Si algo había demostrado esta Convención era su conciencia respecto al momento en el que se encontraba el país: en el marco de una pandemia. Pero por un momento, el protocolo venció a la razón. La imagen de Kamala Harris y un Joe Biden saludando al vacío, a las pantallas llenas de gente recorrerá el mundo no solo como la primera imagen de ambos como candidatos oficiales del Partido Demócrata, sino como la primera imagen de políticos en campaña en un vacío social. La nueva normalidad ha llegado a Estados Unidos, y quizá, para quedarse.

#Elecciones2020: Liderazgo para Joe

Las elecciones presidenciales de Estados Unidos empiezan su ronda final. Por ello, desde Poliantea, cubriremos día a día, las convenciones del Partido Demócrata y Republicano, cuyos candidatos, si bien ya conocidos, servirán para vislumbrar cuán cohesionados ambos partidos se encuentran rumbo a noviembre.

Si el eje del primer día había sido la unidad dentro del partido, el segundo día de la Convención Demócrata se basó enteramente en el liderazgo. Así lo anunció en los primeros minutos Tracee Ellis Ross, quién fue una de las primeras personas en mencionar el rol de Kamala Harris y cuán determinante podría ser su presencia al momento de definir el voto indeciso que aún existe en Estados Unidos rumbo a noviembre, pero sobre todo, así lo reafirmaron todas las voces que se pronunciaron el día de hoy. Desde Clinton hasta Carter, desde Schumer hsta Kerry. La fórmula de Biden y Harris pretende, precisamente, erigirse como todo lo contrario a lo que hoy se encuentra en la Casa Blanca. Y si el discurso de Michelle Obama había sido el punto más alto dentro de una confrontación sin cesar durante la última media hora, en el segundo día, el tono fue muy similar.

Un líder, un país

Algo de lo que se habló mucho en este segundo día fue de la necesidad de tener a alguien cuyo historial sea intachable. Podríamos impugnar el historial de Biden rumbo a la presidencia, pero lo cierto es que eso no es de interés para el Partido ni para los delegados. Al igual que con las críticas con Harris cuando se anunció que sería la vicepresidenta dentro de la fórmula de Biden, al Partido lo único que le interesa es ganar esta elección y recuperar el Senado de las “manos republicanas”. Y Biden es hoy la persona adecuada para el trabajo.

Por ello, era necesario que los televidentes fueran expuestos a su historia, a su lucha. Es una Convención cuyo único fin es tratar de vender a Biden a todos aquellos que aún no confían en él y convencerlos de que su lucha es nuestra lucha. Resulta incierto saber si esta estrategia publicitaria realmente tendrá efecto, o si finalmente triunfará la analogía del “mal menor”. Aún es muy agosto para saberlo.

La seguridad del futuro

El futuro del partido también fue un tema del que no pudo escapar esta Convención, pues el horizonte para Estados Unidos no se limita a 2020. Quizá por ello, la opción de Kamala Harris ha sido recibida con buenos ojos no solo para esta elección, sino para consolidar una opción para los años venideros. Queda claro que Biden no es una opción a largo plazo para el Partido Demócrata, como si lo podía ser Obama en su momento.

Y si el rumbo del Partido es el que ha mantenido hasta ahora, lo más radical que obtendrán muchos votantes será la ahesión a algunas propuestas que, como bien señaló Sanders ayer, poco a poco se van volviendo mainstreams. Si algo quieren demostrar con esta elección es quemás allá de las dieferencias programáticas que sectores del partido tienen, el fin es el mismo. Bajo esa seguridad caminan hoy en 2020 hacia un Estados Unidos que ya no solo necesita un discurso que prometa un retorno a la grandeza, sino uin camino que no signifique perder lo que ya tenían.

En esa línea, la presencia de Bill Clinton o de Jimmy y Rosalynn Carter no era coincidencia. Ambos representan el pasado del Partido —un pasado que es necesario desidealizar— y apelaban a la memoria histórica de un movimiento que ya no es lo que era antes, sin que eso sea necesariamente algo malo. Pero queda claro que la nostalgia es una herramienta que podría servir con miras a noviembre. Miren lo que fuimos, imaginemos lo que podemos ser. La promesa de un futuro mejor a través del liderazgo de Biden es lo único que se podría rescatar de las participaciones de Clinton, de Kerry, de Powell y más funcionarios públicos que hablaron en la Convención.

Y algo que pasó totalmente fuera del radar fue la cantidad de votos que obtuvo Sanders durante la nominación. Un acto protocolar pero que empodera a un movimiento que no parece tener techo. Cabe recordar que todas los jóvenes que hoy se identifican con Sanders pertenecen a una generación sin partidos y sin figuras trascendentales. La política del ayer murió en 2016, tras la elección de Trump. El Partido Demócrata podría encontrarse en un desfase mucho más grande si no asume con mayor humildad el reto que las nuevas generaciones hoy proponen. Y esto no le pertenece a un solo individuo, como Sanders en este momento.

La moderada democracia

En esa línea, un punto que no puede ser dejado de lado es lo relegado que se encuentra el ala de izquierda en el Partido Demócrata y que una vez más ha quedado reflejado en el desarrollo de esta Convención. El objetivo siempre ha sido plantear al Partido como una opción para todos, por lo que dentro del espectro, sería lo más parecido a un centro moderado. Joe Biden claramente puede seguir por esa vía. Pero si algo han indicado las elecciones de 2016 y 2020 es que la opción de Sanders sigue teniendo más adeptos dentro del Partido como fuera de él. El principal problema es que Sanders no es, no ha sido ni será nunca tomado como algo más que una opción radical para atraer a la juventud que se ha alejado de dicho centro.

Eventualmente, siempre se apelará a la razón porque “solo unidos” se puede ganar una Presidencia, y el discurso de Sanders siempre se ha presentado para el Partido como un discurso incómodo, pues critica las propias bases que en su momento ellos ayudaron a sentar. Aún así, la moderada democracia que el Partido Demócrata pretente encarnar no se encuentra para nada alineada, por ejemplo, con el discurso brindado por Alexandria Ocasio-Cortez, una de las voces más brillantes dentro de la nueva generación del Partido, para nominar a Bernie Sanders.

Mientras más moderado se presente el Partido Demócrata, más radicales serán las opciones que lo enfrenten, y más aislados se encontrarán frente a las opciones del cambio. Si algo dejó en claro este segundo día de la Convención es que por más liderazgo que pueda prometer Biden, lo que no promete es una mirada al futuro que puede ser. De mantenerse esto con miras a noviembre, el problema dejará de ser el Trump que se fue, sino el que vendrá.

Lo más importante de lo menos importante

Hace algunos meses, dentro del plan de reactivación económica, el presidente Martín Vizcarra anunció el regreso del fútbol peruano. Al lado de otras actividades que ciertamente parecían más lógicas, lo único que parecía sumar la industria del deporte al país era el del entretenimiento. Aun así, esta noticia no cayó como sorpresa, pues semanas antes, diversas figuras “representativas” del ámbito futbolístico habían hecho uso de todos los espacios posibles para abogar por una demanda muy particular: el fútbol tenía que regresar. Los argumentos eran lo de menos. No negaban la magnitud de la pandemia, ni los alcances que tendría. Apelaban, más bien, a un discurso motivacional de “juntos saldremos adelante” y de actuar con profesionalidad. Se discutían propuestas en programas deportivos, incluso se llegaba a afirmar que no terminar el torneo podía ser una catástrofe para muchos clubes y para la selección peruana en sus aspiraciones a clasificar al siguiente Mundial. Y la gente seguía muriendo…

Hace unos días, el Instituto Peruano del Deporte anunció que se suspenderían los partidos restantes de la Liga 1 tras una serie de eventos desafortunados. Digámoslo así porque aparentemente bajo este eufemismo se encuentra tanto el comportamiento vandálico de un grupo de hinchas, los crecientes casos de COVID-19 en los clubes, la irresponsabilidad de algunos dirigentes entre otras cosas. No obstante, como suele pasar en Perú, es mucho más fácil culpar a un grupo que a todo un sistema. En este caso, la culpa ha recaído en un grupo de hinchas de Universitario de Deportes, que increíblemente se comportaron como si no hubiera ni pandemia ni protocolo de salud en Perú, y redefinieron su “nueva normalidad” en base al comportamiento criminal del que cada cierto tiempo hacen gala las barras. Y la gente seguía muriendo…

Hay un abismo de meses entre ambos hechos, pero ambos comparten algo: reafirman como hasta en la formalidad, existe cierto grado de informalidad. El fútbol peruano profesional es un oxímoron, prácticamente. Año tras año, conocemos casos de corrupción en los clubes o en la Federación misma. Las condiciones en las que se firman contratos, las prácticas abusivas de algunos dirigentes, el maltrato a jugadores o técnicos no es cosa del ayer. No hablemos tampoco de la propia realidad de los futbolistas o del hecho de que cuándo hablamos de fútbol peruano en realidad nos referimos exclusivamente al masculino. Poco o nada tenemos de profesional en el fútbol, y aún así, esta era una actividad que necesitaba volver para el Gobierno… ¿por qué? ¿por qué el país no puede construir identidad si la selección no clasifica a Quatar? Aún no lo sabemos.

Pero incluso si aceptamos que regrese, nos enfrentábamos al mismo dilema que otros países: ¿el fútbol a estadio vacío es fútbol realmente? En Perú, no es que esta discusión sea nueva. Constantemente, los partidos de alto riesgo se juegan a puertas cerradas por falta de garantías (que es un eufemismo para decir que la Policía no puede detener el potencial enfrentamiento entre barras de distintos equipos) y siempre se dice lo mismo: están matando al fútbol, están matando la fiesta. Pero la fiesta seguía en las calles, como lo han demostrado los hinchas de Universitario.

Y es que la fiesta del fútbol desde hace muchos años que no es fiesta. Ni para matinee nos alcanza. Cada cierto tiempo, las barras se enfrentan en las calles y la comunidad del fútbol procede a su excomulgación: “ellos no son hinchas”. Pero claro que lo son… hoy, como desde hace algunos años, la línea que divide la pasión y el crimen en las barras de fútbol es muy delgada. Y todo esto definido por lo que era funcional para algunas dirigencias bajo la anuencia del periodismo deportivo. Por eso, y muchas cosas más, el orgullo que sentíamos por ser “la mejor hinchada del mundo” parecía más una dulce ilusión. Acabado el Mundial, como el niño de Blanca Varela, volvimos a vernos al espejo y darnos cuenta que éramos un monstruo.

El problema del país no es el regreso del fútbol peruano. Esto es, como siempre ha sido, lo más importante dentro de las cosas menos importantes. Pero entonces, ¿por qué las autoridades se reunen primero con los dirigentes de la Federación y el IPD para resolver este problema antes que con la población de Espinar en Cusco, con el sindicato de SITOBUR en Lima, con la comunidad Kukama Kamiria en Loreto para atender sus justas demandas?¿por qué los medios de comunicación le brindan tanto espacio a este problema del sector privado en medio de una pandemia que afecta a nivel nacional? El problema, quizá, es que continuamos contraponiendo lo que queremos con lo que necesitamos. Muchos podremos querer que regrese el fútbol, pero hoy realmente no es lo que necesitamos.

Crónica de una investidura rechazada

Pedro Cateriano se ha convertido en el único Presidente del Consejo de Ministros en Perú cuyo voto de investidura no ha sido concedido por el Congreso desde que se instauró la Constitución de 1993. En más de veinte años, con idas y venidas, el voto de investidura se convirtió en un acto más bien protocolar. Los congresistas aprovechaban la ocasión como una especie de franja electoral, los ministros se encargaban de encandilar con cifras y promesas a una población poco acostumbrada a confiar en la administración pública y los medios de comunicación informaban de ello sin mayor problema. Toda una pantomima democrática porque sin importar todos los “peros”, la institucionalidad prevalecía. Pero, ¿qué pasó esta vez? ¿qué dijo Cateriano en su discurso para no recibir el voto? ¿es realmente este hecho un baldazo de agua fría y no algo previsible? En esta nota, intentaremos darle respuesta a alguna de estas preguntas.

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Alan García: cierre y balance

Créditos: Álvaro Portales.

What is the truth, and where did it go?
Bob Dylan

En la mañana del 17 de abril de 2019 una noticia agarró por sorpresa a toda la población peruana: la fiscalía había ido a cumplir una diligencia a la casa de un expresidente. Los rumores eran tan fuertes los días previos que automáticamente se dio por confirmado que iban a detenerlo preliminarmente, como había sucedido ya con otras figuras involucradas. Otro presidente iba a ir preso. Así se difundió rápidamente la noticia en redes sociales. A través de hashtags o publicaciones de Facebook, miles de usuarios empezaron a difundir y celebrar una noticia aún en desarrollo y sin confirmar. Entre rumores y conspiraciones, lo cierto era que un carro negro había salido de la casa y había ido a parar, no a la fiscalía, sino al hospital Casimiro Ulloa. Algunos usuarios empezaron a aducir que había fingido un paro cardíaco o una descomposición. El ambiente de las calles era más bien tranquilo hasta que un rumor de redes sociales llegó a la prensa: se había disparado. Al poco tiempo, empezaron a circular más que meras afirmaciones y el ambiente cambió. El aliviado optimismo que había poseído a muchos ciudadanos que sentían por primera vez que se haría justicia empezó a mutar a la ya conocida desazón marca Perú. En pocos minutos, la información cedió al morbo y muy poco importó conocer qué había pasado porque la atención se trasladó a conocer si aquellas fotos que circulaban en redes pertenecían efectivamente a quien alguna vez fue dos veces presidente del Perú, Alan Gabriel Ludwig García Pérez, nacido el 23 de mayo de 1949.

La televisión no fue ajena a este fenómeno, porque toda esa mañana emitieron una cobertura extraordinariamente torpe en vivo y en directo. Cámaras y reporteros se trasladaron a la casa de García, a la clínica donde habían trasladado a García y a los exteriores de ambos espacios para dar la sensación que realmente estaban informando todos los aspectos posibles del hecho. Observando, a más de un año, estas coberturas me doy cuenta que incluso en la prensa imperaba una ajena estupefacción, una renovada torpeza. El —hasta ese entonces— intento de suicidio de García había agarrado en frío a unos medios de comunicación que se habían acostumbrado a las muertes estadísticas de los clásicos NN del país. El tono de muchos reporteros se tornó más serio, pero sobre todo, más inquieto porque preveían (o quizá ya habían oído) el resultado.

Afuera del hospital se congregó un grupo de seguidores de Alan que acudieron a apoyarlo, y sobre todo, a dar la sensación de que el pueblo aprista no aguantaría una injusticia más de la justicia que jugaba en pared con el gobierno de Vizcarra1. Las vivas y los cánticos de protesta se mezclaban con las voces de reporteros que querían mantener la seriedad del asunto. En ese momento, más que la verdad, ese grupo buscaba prevalecer algo: pase lo que pase, el compañero García había triunfado. Curiosamente, meses antes el pueblo aprista se encontraba todo menos reconciliado con el hombre que dos veces los había llevado al poder y dos veces había dejado al partido desamparado. Pero esa etapa parecía haber quedado atrás en los últimos meses; García había tomado un nuevo aire y se había acercado al partido como nunca lo había hecho. Visitas a comités, conferencias y actividades dentro de la Casa del Pueblo hacían pensar lo peor: volvería a postular en 2021.

Pero ese nuevo aire no era gratuito. Había coincidido con la serie de investigaciones que el Ministerio Público estaba llevando a cabo contra García y otros funcionarios de su segundo gobierno por presuntamente haber recibido sobornos para la adjudicación de obras por parte de la compañía constructora Odebrecht. Él no era el único expresidente involucrado, sino se insertaba dentro del período democrático más cuestionado (los últimos cuatro presidentes se encuentran bajo sospecha, incluso ahora) en los últimos años2. No obstante, García se mantenía como una de las pocas figuras que no había sido tocada por el terremoto que generó el escándalo Lavajato en Latinoamérica, y esto pese a que durante sus gobiernos, los escándalos por corrupción no habían sido casos aislados. “Otros se venden, yo no” era su respuesta cuando se le señalaban las pruebas que involucraban a funcionarios de su gobierno, o ante cualquier acusación de corrupción. Pero las revelaciones que empezaron a publicar IDL-Reporteros, Ojo Público y la unidad de investigación de El Comercio sobre Lavajato empezaban a indicar lo contrario. Poco a poco, el tono de García fue mutando a un tono más agresivo frente a las preguntas de la prensa. Pasó de esa sonrisa que soltó en pleno debate presidencial en 2016 cuando Fernando Olivera empezó a nombrar uno a uno todos los escándalos y crímenes que se habían perpetrado durante sus dos períodos, al ceño fruncido y al dedo acusador que inmortalizó la frase “demuéstrenlo pues, imbéciles”. Y cuando las investigaciones y delaciones empezaron a cercarlo y tras haber visto frustrado su asilo en la embajada de Uruguay decidió que era mejor llevarse el revólver a la cabeza y dejar que sea la historia quien lo juzgue y no un tribunal.

A las pocas horas de dicho acto, su secretario personal, Ricardo Pinedo confirmó lo que ya era un secreto a voces: Alan García había muerto. Un par de vivas algo escenificadas se dieron brevemente por Pinedo y tres personas más, para luego regresar a la clínica, abandonando a una desamparada prensa y una desconsolada masa aprista. Hasta cierto punto, la confirmación de su muerte demostró lo emparentada que se encontraba su vida con la de su partido. Los llantos de los apristas alrededor de la clínica se confundían con los gritos envalentonados de la consigna “El APRA nunca muere” y el sonido de los carros. El hospital Casimiro Ulloa se volvió el escenario principal de una obra que nadie sabía muy bien a dónde se dirigía. Curiosamente un rumbo que no le era indiferente al Perú respecto a García.

Una revolución que nunca fue

“Hay raras ocasiones en la historia en las cuales las expectativas y esperanzas de un país convergen en torno a la figura de un hombre”, decía García Pérez sobre Valentín Paniagua en 20103. Y nos guste o no, lo mismo podría decirse de él en 1985. Su llegada a Palacio de Gobierno representaba quizá el más grande acontecimiento democrático: era la primera transición democrática de poder tras el fin de la dictadura militar en 1980. Y como si fuera poco, era el presidente más joven en ser elegido democráticamente (tenía 36 años en aquella época).

García, además, llegó enarbolando la bandera del APRA, uno de los pocos partidos en Perú con doctrina propia. El discurso que lo llevó al poder se nutría principalmente de las consignas casi populistas de su partido y de la siempre ansiada renovación política. La muerte de su fundador, Víctor Raúl Haya de la Torre, en 1979 había ayudado a consolidar al joven candidato como una figura prominente y como una especie de sucesor. Haya había formado un partido, García lo había llevado al poder.

Créditos: AFP.

La revolución transformadora que García había anunciado en 1985 nunca llegó. “El futuro es nuestro” señaló en ese entonces en su entusiasta discurso a la nación. Pero cuando salió de Palacio en 1990 esta oración era, cuanto menos, una lejana promesa, un bluff. Su primer gobierno fue solo un quinquenio, pero transcurrieron tantos hechos catastróficos que el tiempo pareció eterno. Echarle la culpa a su inexperiencia era culpar a su juventud. Y por lo que sabemos de su primer gobierno la inexperiencia no fue su principal defecto, sino su actitud voluntariosa, su ánimo prepotente. García en 1985 entendía la política no como el arte de convivir, sino como el arte de oprimir. Voluntad y fuerza. Un juego muy bonito para las plateas y los discursos, pero no para gobernar un país.

Créditos: Archivo Histórico de Grupo El Comercio.

En ese quinquenio, en sus discursos hacía referencia al legado histórico de su partido, al deber para/con el país, al rol comprometido del ciudadano. Pero durante ese período, solo mostró compromiso con su figura. Esto lo llevó a una estatización de la banca frustrada, el no-pago de la deuda externa, matanzas en los penales, a la violación constante de los derechos humanos en el contexto de la lucha contra Sendero Luminoso, la conformación del comando paramilitar Rodrigo Franco, la compra de los aviones Mirage y más. Al final de su gobierno, sobre todo cuando fue despedido entre pifias por el nuevo Congreso, poco o nada hacía pensar que ese hombre podría regresar al país y volver a ganar una elección popular. Además, los procesos abiertos en su contra durante el gobierno de Alberto Fujimori hacían pensar que su nombre rápidamente se uniría a la lista de infames fracasos de la historia republicana peruana. Pero no fue así. No exactamente porque se demostrara su inocencia, sino porque con la excusa de tener a un Poder Judicial intervenido tras el 5 de abril de 1992—día del infame Golpe de Estado de Fujimori— García recurrió al asilo en Colombia y acabó convirtiéndose en un reo contumaz para una justicia dictatorial (y solo regresó al país, cuando los delitos prescribieron).

Gran parte de este proceso se puede encontrar en su libro El mundo de Maquiavelo (1994) en la que a modo de autobiografía, va narrando estos sucesos en una ajena tercera persona. Este estilo de referirse a sí mismo ya se escuchaba en sus discursos, como si Alan García fuera él pero a la vez fuera otra persona, el personaje de la historia. En cierto modo, El mundo de Maquiavelo buscaba justificar su accionar no tanto para sus contemporáneos, sino para las futuras generaciones. Leyendo hoy el libro, bajo los ojos de alguien que cree que la dictadura de Fujimori generó todos los problemas del Perú moderno, él se erige como un mártir de la democracia.

Podríamos decir que ya en ese entonces se notaba una obsesión por la historia, por cómo sería recordado, cuál sería su rol en el futuro. Sus entrevistas a partir de su salida en 1985 reflejarían mucho este afán de contextualizar, de precisar, de brindar nuevas aristas para comprender porque su quinquenio fue lo que todos señalaban: un desastre. García otorgaba variantes, aportaba matices, pero nada podía ser más contundente que el hecho que él mismo, años después, calificaría con 11 a su primera gestión.

Pese a esto, volvió a postularse tanto en 2001 como en 2006, resultando electo en la segunda con un discurso relativamente distinto al de 1985. Ya no apelaba a una revolución transformadora, sino a una política de austeridad. García ya no proclamaba grandes cambios, meramente un continuismo económico. Un aprismo moderado, de centro. Eso representaba en el nuevo milenio, y fue elegido no tanto por sus virtudes, sino por los defectos de sus contrincantes. El Perú no quería más aprismo, pero no tenía otra opción. Esta opción no convertía, como se ha querido popularizar, al electorado en un “electarado”. No somos amnésicos ni irracionales, como bien defendería Alberto Vergara en su libro, sino que buscamos salvarnos siempre de algo cuando se trata de ir a votar. Y García siempre se presentó como eso, como un salvador.

Créditos: AFP.

Eso fue lo que lo llevó a ser elegido en 2006, y en cierto modo fue un voto de confianza, como pensando que “peor que la última vez, no lo podía hacer”. En 2009, comentaba que “en Perú, el presidente tiene un poder: no puede hacer presidente al que él quisiera, pero sí puede evitar que sea presidente quien él no quiere”4 y 5. Como sabemos, Ollanta Humala en 2011 acabó siendo esa estabilidad política para el empresariado. Además, esta inoportuna referencia de García apelaba al recuerdo histórico de su rol en la elección de Alberto Fujimori en 1990, que se dio por su marcada oposición a su rival, Mario Vargas Llosa del FREDEMO.[/efn_note]. Ese García distaba mucho de aquel que en 1987 confrontaba directamente a la banca internacional y proponía entre aplausos la estatización de la banca en busca de la “justicia social”. Justicia social que, por cierto, no le importó vulnerar cuando, a través de tres columnas en El Comercio, habló de “el perro del hortelano” para atacar a todo aquel que no cediera a sus caprichos gubernamentales. Por ello no es sorpresa que bajo su período los conflictos socioambientales llegaran a otro nivel, pues se los forzó prácticamente al desamparo estatal. Llegado a un punto, el Ejecutivo era más cercano a la visión empresarial que a escuchar la voz de su propio pueblo. Este tipo de abandono —que fortalecía el abandono histórico y sistemático— acabó provocando el Baguazo, uno de los momentos más terribles, no solo de su gobierno, sino de nuestra historia. Tampoco podemos olvidar aquel Cristo del Morro Solar, por el que tanto peleó6 para que existiera casi al final de su gobierno. Hoy, dicha estatua es el símbolo por excelencia de la corrupción que representó la compañía constructora brasileña Odebrecht.

Y curiosamente, bajo la luz del escándalo Lavajato, se ha empezado a revisar el único aspecto que no había sido tocado hasta ese entonces: el económico. A los militantes apristas, desde que García entregó el poder en 2011, les gusta recordar la cantidad de obras que se inauguraron en Perú durante su segundo período y la bonanza económica de la que gozó el país. Bonanza económica que se mantuvo por una política de austeridad impulsada por un presidente más bien temeroso de arriesgar o de apostar por algo. Con el trauma de su antigua experiencia en un irresponsable manejo económico, optó por mantener la estabilidad del sistema neoliberal. El país no creció ni disminuyó bajo su mandato, solo se mantuvo en el índice de crecimiento económico cuyo rumbo ya había definido Alejandro Toledo. Esto lo podemos notar sobre todo cuando su sucesor en la presidencia, Ollanta Humala, esta vez de camisa blanca, buscó hacer lo mismo y fracasó. Ningún sistema aguanta tanta incompetencia, probablemente.

Créditos: Grupo El Comercio.

Para las elecciones presidenciales de 2016, por una razón que todavía pocos entienden, García decidió reinsertarse al ruedo político y postular una tercera vez forzando a su partido a una alianza con un enemigo que él mismo se había encargado de liquidar dos veces en elecciones previas: el PPC de Lourdes Flores. En una serie de eventos desafortunados que debieron indicarnos el fin de su carrera política, ese fue el primero. En 2016, la política ya no era de balconazos y partidos históricos, sino de tapers y de los outsiders menos outsiders que pudiéramos imaginar. Además él representaba para muchos peruanos que recién afrontaban sus primeras elecciones, el pasado terrible que se pretendía liquidar por esos años. El hecho de que García, para muchos jóvenes, fuera más un jugador del sistema corrupto que un candidato anti-sistema decía mucho de su constante cambio de camiseta y de cómo era percibido por la sociedad peruana. Quizá debió asumirlo y darle un giro a su campaña, pero decidió todo lo contrario. Acercarse más a una juventud que no lo tenía en la mejor de las referencias. Algunos apristas aluden a una “campaña de desacreditación”, pero no se mentía cuando se hablaba de García, solo se mencionaban actos que se habían dado alrededor de su gobierno. Su discurso adoptó ciertos tintes de 1985, ciertos tintes de 2006 y un desteñido modelo 2016. Quiso adherirse a figuras más “juveniles” pero toda jugada acababa en un jaque expuesto por la prensa peruana. Antes aliada, ahora se había vuelto su principal enemiga.

Quizá quiso demostrar que aún no era un cadáver político pero lo único que demostró en esa campaña fue que su partido ya no era lo que era antes, y que él ya no era el mismo. La energía, la hidalguía para responder a cuestionamientos, la sonrisa habían desaparecido. En ningún momento de la campaña, alguien se tomó enserio su candidatura y se había vuelto, más bien, un triste animador de las elecciones presidenciales. Todos pensaron asistir al funeral del partido político más importante del siglo XX, liquidado por la candidatura del hombre más despreciable del siglo XXI. Y cuando se dieron a conocer los primeros resultados de la primera vuelta, que lo ubicaban muy por debajo de lo esperado, muchos apelaron al “voto aprista”, al “voto del interior” que ya iba a llegar. Hasta este año, ese voto rural aún no llega. García, no obstante, fue más inteligente y entendió esos resultados como lo que realmente eran: un modo muy elocuente del pueblo peruano de decirle que se retirara de la política. Esa elección, esa derrota fue la que marcó el derrotero de lo que vendría para García en los siguientes años. Un deterioro constante, una secuencia de errores y derrotas en los tres años siguientes que jamás podrían hacernos pensar que una bala detendría su vida.

Créditos: Mario Zapata-Grupo El Comercio.

La razón de mi acto, así tituló la carta leída por una de sus hijas en su velorio. Una carta que lo desnudaba como un animal político, de cabo a rabo. Una carta cargada de rencor, de figuras curiosas, de una declaración de principios y sobre todo de un mensaje para la posteridad: “la historia tiene más valor que cualquier riqueza material”. Una carta en la que reafirmaba dos grandes vínculos: su vínculo con el APRA, su vínculo con la historia. Una carta que sirve como una muestra más del hombre que fue, y de lo que nunca pudo ser; un hombre de honor.

Usted fue aprista

La frase le pertenece, según dicta una célebre anécdota7, al poeta Juan Gonzalo Rose8. Y si bien el destinatario siempre fue el líder histórico y fundador del APRA, Víctor Raúl Haya de la Torre, es inevitable pensar en Alan García como un protagonista más moderno. Pero esta broma casi siempre abre preguntas. ¿Qué significa ser aprista? Es una pregunta que ha cambiado tanto de respuesta que casi nadie se atreve a hacerla. ¿Qué es ser aprista? Realmente depende de lo que uno quiera interpretar de las palabras de Haya y de en qué momento de la historia se sitúe.

Como apuntaba Nelson Manrique en Usted fue aprista: Bases para una historia crítica del APRA (2008) “no hubo ni hay otro ideólogo en el APRA” después de Haya. Este hecho, sin duda, compromete al partido a poder validar y justificar los virajes de su fundador e insertarlos dentro del desarrollo de la historia mundial. Haya no se traicionó, tan solo evolucionó. García formó parte de este juego, y los validó en libros como 90 años de aprismo. Hay, hermanos, muchísimo que hacer (2013) donde postulaba que el APRA no podía valerse de las doctrinas planteadas como si se tratara de un “catecismo”, sino entenderlas como un proyecto en evolución, como un “marco conceptual abierto”. Haya había sido un visionario, un adelantado a su época. García, no es difícil imaginarlo, también quería plantearse a sí mismo como tal. El desarrollo de su obra escrita podría entenderse dentro de la misma línea.

Créditos: AFP.

Él siempre se consideró a sí mismo, un intelectual. Esta condición le era negada frente a adjetivos no del mismo calibre pero sí de igual contundencia: corrupto, incapaz, cobarde, ineficaz, caradura, mentiroso, rata, etc. Para él y la sección del partido que lo respaldaba, eran injurias, infamias de sus enemigos políticos. Para la población, era el correcto diagnóstico del hombre con el “ego colosal”. No obstante, oyendo (o soportando) sus clases y conferencias en el Instituto de Gobierno y Gestión Pública de la Universidad Nacional San Martín de Porres, uno puede entender exactamente de qué se ufanaba García. Mejor dicho, no negamos su capacidad intelectual y el hecho de que es uno de los últimos presidentes que podríamos certificar que ha leído libros de ciencia política y mantenía un análisis más o menos acertado de lo que sucedía en el mundo9 a comparación de muchos expresidentes que no pueden ver más allá de lo que tienen al frente. Pero si algo nos queda claro es que los ejercicios intelectuales del expresidente acababan existiendo alrededor de su adorado reflejo y muchas de sus reflexiones lo incluyen a él como un aventajado del análisis.  

Créditos: AFP.

García es, incluso aunque no nos guste, el último animal político que ha tenido Perú. Su muerte cierra la historia de toda una clase política que ya se encontraba desfasada y de la que él era el más insigne representante. Como toda esa clase política, su final fue trágico y quizá injusto. ¿Habría merecido morir en la cárcel como Leguía? ¿asesinado como Balta o Sánchez Cerro? ¿era ese su destino? La multitud peruana ya había decidido cómo habría sido recordado y qué final merecía. Claramente él no compartía esa sentencia y la modificó. No iba a morir en la cárcel como un culpable, nadie iba a obtener una foto suya con esposas. Toda su vida había huido de la justicia, que significaba una vez más, aunque esta vez no escapara con vida. Ampararse en un juicio histórico representa que, en su mente, él pensaba que no había hecho nada malo. El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones, dicta un refrán popular. García siempre quiso hacernos creer que sus acciones las guiaba un imperativo categórico. Jamás podría admitir que se equivocó porque no concebía sus actos como errores, sino meramente como excesos de bondad, excesos de confianza. ¿Y qué de malo había en ello?

No mató el partido, como alguna vez le adjudicó César Hildebrandt en una entrevista de 2001, porque no había mucho por destruir ya en ese entonces. ¿Qué rezagos quedaban del APRA en ese local de Alfonso Ugarte tras su primer gobierno? ¿qué rezagos quedaban de la hidalguía y ambición de aquellos primeros apristas que buscaban “remover la América Latina”? Quizá ninguna. Pudo reconstruir su partido en dos ocasiones, pero solo para desampararlo dos veces más. Su interés en el partido siempre parecía aproximarse más a algo electoral, que a algo identitario. García no era orgullosamente aprista, sino lo era muy a su pesar. Era un hombre que reivindicaba algo, pero realizaba enteramente lo contrario. En 1985, se declaraba nacionalista; en 2006, ya no. En 1987 se enfrentó a los banqueros del país, en 2009 se enfrentó a los propios peruanos. En 2001, hablaba de reconocer los errores del pasado, en 2016 no reconocía alguno. Y si bien todo intelectual debería poder corregirse a través del tiempo, en Alan no existía evolución, existía una irremediable contradicción.

Resulta curioso que un partido cuyo texto ideológico fundacional buscaba la lucha «contra el imperialismo yanqui en América Latina»10 acabase teniendo un representante en el poder que prodigara abiertamente las bondades del país estadounidense y que recurriera a las medidas más desesperadas en Perú para defender y mantener un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, pese a haberse opuesto en algún momento de la campaña, a la firma de este. Claro que, en la historia del APRA, esto sí es una especie de “evolución doctrinaria”. García entonces se convierte en la culminación de un proceso de virajes ideológicos que llevó al partido a la crisis más profunda de su historia. Y una crisis que no ha acabado pese a su muerte.

Créditos: AFP.

Fernando Vivas señaló en una crónica sobre García que “el silencio de la muerte impide responder todo lo que quisiéramos saber sobre el suicidio de un personaje colosal” y es cierto. Hay muchas cosas que nunca podremos saber sobre García y el contexto de su suicidio. ¿Cuánto tiempo realmente fue sopesando esa idea? ¿todo su discurso opositor fue solo una farsa que iba a desembocar en ese acto fatal? No lo sabremos porque García no quiso que lo supiéramos.

En su momento, se comparó su suicidio con el de Salvador Allende o el de Getulio Vargas. Se quiso dotar de hidalguía a su acto más cobarde e intentar que el pueblo peruano comprase el cuento de que García no quería perder su dignidad frente a una justicia que no era justicia. Este discurso fue adoptado por los seguidores apristas, pero impuesto por el expresidente en su carta. Se quiso pasar al recuerdo solo lo bueno, se quiso dignificar su vida. Las Metamemorias (2019), una especie de autobiografía, refleja el mismo anhelo por parte de García. Quería ser recordado como un intelectual, se veía siempre en la necesidad de recordarlo, de evidenciarlo pues había quedado desprestigiado tras su paso por Palacio.

Y he ahí la principal diferencia con Haya de la Torre. Haya y su intelectualidad no están en duda, y si bien podríamos acusar su viraje como una traición de facto a los ideales con los que nació su movimiento, su no-llegada al poder restringe nuestro análisis al mero discurso. El APRA no tuvo el privilegio de ver a su fundador en el poder y eso lo exonera de las críticas que sí recibe García. Porque García heredó la representación del fracaso de un partido que nació revolucionario y anti-establishment y acabó siendo presa y cómplice de un establishment con el que era más conveniente conversar pero popular atacar. De Haya tenemos sospechas de cómo habría sido en el poder, de García tenemos pruebas de cómo fue.

Créditos: Melina Mejía.

SAHAP

Escribiendo en memoria de Valentín Paniagua, García retrataba, quizá, la más gráfica representación de lo que fue su segundo gobierno, y lo que más allá de las obras y los discursos, será su legado:

Uno de los efectos más perversos del autoritarismo es la descomposición progresiva de los lazos de confianza y la capacidad de diálogo al interior de la ciudadanía, como consecuencia de la manipulación arbitraria del poder gubernamental (p.126).

No me atrevería a señalarlo directamente como un autoritario, pero sí habría que sopesar que su Gobierno se basaba excesivamente en la consolidación de su figura como estadista, hecho que nos ha dejado constantes secuelas en nuestra ya decaída democracia. Con su gobierno no se inicia la ruptura de los lazos de confianza, ni tampoco la falta de diálogo entre comunidades, pero sí fue un punto clave el que no hiciera nada para remediarlo y se dedicara a aumentar las distancias entre peruanos al constantemente antagonizar a dos grupos.

Créditos: Melina Mejía.

A partir de su suicidio, se ha pretendido reescribir la historia. Se ha buscado reemplazar el recuerdo del Baguazo por el de los hospitales construidos, y frente a escándalos como el de las Petro-obras y los indultos presidenciales, más obras. El Roba, pero hace obras nunca fue patente de García, pero bien podría serlo. Porque básicamente, eso es lo único que se pretende rescatar de toda su obra política. Su lucha contra la anemia y la reducción de la pobreza durante su segundo gobierno no son hechos menores, sin duda. A partir de la pandemia, sin embargo, podemos observar con ojos críticos estos dos hechos dándonos cuenta que en el Perú los pobres meramente son estadística y la clase media parte de un discurso “emprendedor”. No desapareció la pobreza, solamente la maquilló. Realmente, nunca se les buscó dar soporte de nada, porque para García como para quienes lo siguieron en el poder, los pobres no tienen rostro.

Además, por los testimonios alrededor del caso Lavajato, podemos darnos cuenta de la figura imponente que resultaba el expresidente para muchos funcionarios públicos y empresarios. Aún hoy, su fantasma sigue rondando la política y justicia peruana. Es el nombre que nadie se atreve a mencionar, pero al que todos quieren aludir. Antes era el saco de box de todos los políticos que querían “destrozar lo viejo”. Ahora es el nombre de todos los que desean apelar a que la justicia peruana es una desgracia, un sinsentido, y que el accionar de los fiscales en el caso Lavajato responde a una búsqueda de venganza.

García popularizó el complot más absurdo de este siglo, que pretende colocar a IDL-Reporteros, los fiscales y a Vizcarra como un tridente controlado por George Soros para desestabilizar al país. Fue también, quien en algún momento se encargó de popularizar la figura de “la pareja presidencial” en el gobierno de Humala. Fue uno de los responsables de agudizar conflictos sociales en nuestro país que pudieron haberse resuelto si hubiera apelado al diálogo, en lugar de a la ridiculización. Fue el responsable de que la candidatura de Alberto Fujimori se presentara como una opción saludable para nuestra sociedad alicaída. Quien quiera recordar a García de un modo digno, también debería recordar este tipo de sucesos que aún han dejado secuelas en nuestra política.

Créditos: Guadalupe-Pardo-Reuters.

En su momento, se interpretó que su suicidio abriría la puerta a la ansiada resurrección del APRA. Si bien posicionando este acontecimiento en una perspectiva mucho más grande aún es muy pronto para saber qué le depara al partido; nada en el futuro inmediato nos hace pensar que el APRA resucitó. A lo mucho, fue un chispazo, un polvo de estrellas, pero nada más. Lo que reflejó el suicidio de Alan García fue el poco trabajo de las bases apristas para impulsar una renovación generacional, algo que adoleció el partido cuando se presentó a las elecciones congresales de 202011. Reflejó, además, el gran abismo que existía dentro del partido entre quienes reivindicaban a Haya y quienes se mantenían a muerte con García. El APRA ha pretendido, desde aquel abril, mostrarse como una sola fuerza, pero hace mucho tiempo ha dejado de serlo —si es que alguna vez lo fue— y no es tan sencillo fingir como antaño. Y esta no es responsabilidad entera de García, sino de todos los militantes y simpatizantes apristas que con tal de llegar al poder, sacrificaron los ideales con los que nació su partido y los vendieron a su mejor postor por un acceso directo a Palacio de Gobierno.

SEASAP (Solo El APRA Salvará Al Perú) dejó de ser una consigna aprista para volverse un chiste en otras esferas políticas y una ironía en nuestra sociedad. El APRA ya había gobernado en el Perú, dos veces, y en ninguna lo había salvado, muy por el contrario lo había hundido económicamente (en 1985) y socialmente (en 2006). ¿Podría volver a funcionar esa frase? ¿de qué APRA habla hoy un local que normalmente luce vacío y sucio? ¿qué queda hoy de lo que fue el partido político más importante del país? Hoy muy pocos respetan al APRA por su presente, sino por su pasado. Ya no se habla tanto de lo que es, sino de lo que fue. La historia nos dicta sopesar esta como una “larga crisis” de la que podrán salir, el presente nos indica que la crisis terminó con la muerte de García y lo que hoy vemos es una larga agonía. Será responsabilidad enteramente de sus militantes aplicar un correcto cierre y balance a García para proceder a una reconformación.

Recuerdo que en 2016, en el contexto de las elecciones presidenciales, vi una pinta con las siguientes siglas: SAHAP (Solo Alan Hundirá Al Perú). Qué cosa tan dura para decir de un persona que lideró un país dos veces… y qué cosa más cierta.

Reflexiones finales

No gozamos en Perú de grandes presidentes, de figuras que hayan “construido país”, que hayan ayudado a la construcción de una república. García en ese aspecto no se distingue del resto de corruptos, incapaces e idiotas que hemos tenido en el pasado. Su gobierno va a ser recordado como un gobierno de las oportunidades perdidas. García es el gran “y si hubiera” de nuestra historia republicana. Pero también es el último espécimen de una clase política que empezó a desvanecerse tras el escándalo Lavajato.

En estos momentos, añoramos a esos palabreros, tribuneros, dueños de la moral que no resolvieron nunca los males de nuestro país sino nos regalaron grandes discursos llenos de promesas vacías. Esos palabreros que en algún momento fueron los destinatarios del “que se vayan todos”, el grito más indignado de la sociedad del siglo XXI. Que el presente sea tan oscuro no puede obligarnos a idealizar un pasado poco brillante, que al fin y al cabo fue el que nos llevó a la situación en la que nos encontramos ahora.

García pretendió separarse de sus contemporáneos y ponerle el punto final a su historia, con una bala. Decidió salvarse muriendo, más o menos consciente que con vida, no podría afrontar las acusaciones que seguían apareciendo en su contra. Quiso morir inocente.

Da la sensación que iba a caer por algún lado, que estábamos viendo sus últimos minutos con impunidad. Su accionar, por más aislado y desesperado que nos parezca, se inserta dentro de su personalidad y dentro del comportamiento evasivo de su generación. Tendríamos que darnos cuenta que con su suicidio, García le arrebató un apropiado cierre a un capítulo importante de nuestra más reciente historia. Su muerte probablemente tenga que seguir siendo analizada desde múltiples aristas. Pero su vida no puede seguir siendo interpretada con la inocencia que hoy se le pretende dar. Como ciudadanía, tenemos que insertar estos acontecimientos dentro de una perspectiva más grande llamada “Historia” y darnos cuenta que si bien Alan García es el representante más brillante de su generación, hasta la basura brilla cuando el sol la apunta.


[1] Esta figura, si bien no es autoría de García, sí fue popularizada por él cuando regresó al país a ejercer una curiosa oposición al Presidente Martín Vizcarra. Mencionamos curiosa porque su oposición se dio en el marco de las acusaciones que afrentaba por corrupción, y la lucha anticorrupción que había declarado Vizcarra como eje central de su gobierno. Me imagino que García se dio por aludido y salió a responder.

[2] Hacer énfasis en democrático no es un detalle menor en Perú, donde las dictaduras (ya sea civiles o militares) no son periódico de ayer.

[3] “La personalidad y la obra de Valentín Paniagua” en Homenaje a Valentín Paniagua Corazao (2010). Pontificia Universidad Católica de Perú, pp. 124-129.

[4] https://www.youtube.com/watch?v=MNP1V5zyCl8.

[5] Haciendo referencia directa a que él garantizaría una estabilidad política para el empresariado.

[6] https://newsfeed.time.com/2011/06/29/the-president-of-perus-parting-gift-a-controversial-statue-of-jesus/

[7] La versión más difundida de la anécdota dicta que un buen día, un ya trajinado Víctor Raúl Haya de la Torre y el poeta Juan Gonzalo Rose se encontraron en un evento social. «¡Usted fue aprista!», le recordó Haya de la Torre. «¡Usted también!», le respondió Rose.

[8] Como bien sopesa Nelson Manrique (2008), el poeta “sufrió persecución, cárcel y exilio en su juventud por su militancia aprista y después terminó apartándose del partido, como muchos otros intelectuales en los años cincuenta, debido a los virajes ideológicos” del partido al que alguna vez perteneció.

[9] Con ciertos lenguaje rimbombante y un exceso del yoísmo, García ofreció en 2018 una conferencia sobre Donald Trump en la que demostraba mayor comprensión de la figura del presidente estadounidense que muchos analistas en Latinoamérica. (https://www.youtube.com/watch?v=7EoGJfGuChc)

[10] Es necesario mencionar que Haya de la Torre luego diría que esta afirmación no circunscribía la acción del APRA a un solo campo. Es decir, al oponerse y combatir al imperialismo yanqui, no hacía referencia solo al imperialismo yanqui, sino que combatía a todos los imperialismos. Declaración antojadiza y comodona, en fin; aprista.

[11]  En dichas elecciones, el APRA recibió 402,330 votos obteniendo el 2,72% a nivel nacional. Estos datos pueden ser consultados y verificados en: http://resultadoshistorico.onpe.gob.pe/PRECE2020/EleccionesCongresales/GenRl.

Sobre el autor:

Diego Abanto Delgado es estudiante de Filosofía en la universidad Antonio Ruiz de Montoya y director de la revista Poliantea.

Lo que el viento aún no se lleva…

El gran revuelo en redes sociales generado tras el retiro de Lo que el viento se llevó (1939) de una plataforma de streaming (HBO Max) me ha hecho pensar en lo que Byung Chul-Han denominaba la sociedad de la indignación. En las últimas semanas he sido testigo de las múltiples acciones de personas que habían abierto los ojos tras el asesinato de George Floyd. Se colocaron fotos con fondo negra en solidaridad porque, por fin parecían comprender que #BlackLivesMatter. Pero ¿realmente qué cambios se están llevando a cabo en la sociedad? Por momentos, pareciera cierto que no existe un nosotros en las redes sociales, se mantiene la predominancia del yo. Todo es un gran gesto para que parezca “despierto”, me uno al momento pero allí se detiene mi acción, la indignación es realmente una preocupación en sí mismo. Probablemente por eso es que uno encuentre más indignación concentrada por las estatuas derribadas o por el retiro de una película, que porque un hombre haya tenido una rodilla en el cuello durante ocho minutos y cuarenta seis segundos.

Lo que algunos han denominado una nueva censura de lo políticamente correcto ha sido realmente sobredimensionado. No pretendo aquí hacer una disertación sobre la censura y el arte porque no es el momento. Eso sí, considero que todo el revuelo solo sirve para demostrar que hasta el arte es político, pero pese a ello (o precisamente por ello) no podemos seguir pensando que el arte no debe ser examinado tras el paso del tiempo. Lo que el viento se llevó es una película, basada en una novela, que recuerda con añoranza aquel sur segregacionista. Es una película que retrató con estereotipos a los criados. Refleja la realidad de su tiempo, es cierto. Pero ya en ese tiempo, se criticó la representación de la población afroamericana y el racismo que normalizaba la película, y más de ochenta años después, debería preocuparnos que esta realidad aún se mantenga en Estados Unidos a través de políticas institucionales y discursos políticos. Y claro, también preocuparnos que se mantenga en otros lugares del mundo.

La apuesta que hace HBO Max no es retirarla permanentemente, sino regresarla con una introducción que inicie una conversación sobre la película y los temas que grafica. Una conversación que abra las puertas para que podamos cuestionar nuestra realidad a través de las representaciones culturales de otros tiempos que aún existen, ¿es eso a lo que le tienen miedo los conservadores?

Una película no mató a George Floyd, es cierto. Pero ese realmente no es el problema con toda esta situación. El problema es que existan personas que consideren justificado indignarse más por el retiro temporal de una película que todo lo que está pasando a nuestro alrededor. Personas están siendo asesinadas por quienes deben velar por el bienestar de una sociedad, políticos alzan la Biblia en una mano para una puesta en escena mientras invitan a los fundamentalismos. Hay muchas cosas que el viento aún no se lleva, y si aún no estamos preparados para conversar al respecto, la verdad no sé cuándo lo estaremos.

***

“La sociedad de la indignación es una sociedad del escándalo” dictamina Han, y no le falta razón. Hay un refrán popular que predomina en nuestra sociedad latinoamericana; Dios perdona el pecado, pero no el escándalo. En Perú, esto me lleva a pensar en lo ocurrido con McDonald’s tras la muerte de Gabriel Campos y Alexandra Porras en diciembre. Brevemente, se abordó el abuso laboral que sufren los jóvenes en Perú, se publicaron columnas pidiendo sanciones y elevando gritos al cielo porque nadie entendía cómo esto había sucedido en nuestro gran oasis, incluso muchas personas aplaudieron el cierre temporal de los locales en Lima. Los colectivos salieron a protestar y Gabriel y Alexandra se volvieron los rostros de la precariedad laboral que se cobró 242 vidas en 2019, de acuerdo con el Ministerio de Trabajo.

Pero cuando a las pocas semanas volvieron a funcionar, pese a esta especie de sanción social que se había querido impulsar, sus locales volvieron a estar repletos. Hasta antes de que se decretara el aislamiento social obligatorio en Perú, todo había vuelto a la normalidad. Como si nadie hubiera muerto.

Cuando salga esta columna, se habrán cumplido seis meses de su muerte, y, para variar, el caso sigue en investigación. Esto no es del todo ajeno en Perú, pues pocos son los casos por negligencia laboral que han llegado a encontrar justicia o mantenerla. Como lo que ocurrió en 2017 con Jovi Herrera Alania y Jorge Huamán Villalobos, dos personas que murieron encerradas y calcinadas en un contenedor. Los culpables de su muerte, que sí fueron condenados por trata de personas, recibieron  una variación de su pena en 2019  pese a la gravedad de sus delitos y nadie dijo nada. Misma reacción en cadena, misma indignación, mismo olvido. Las condiciones laborales en el Perú solo son tema de discusión a nivel nacional cuando muere alguien. Solo entonces, existe indignación. Y por un breve momento, pareciéramos unirnos en un nosotros que desaparece al siguiente escándalo. Esto es algo que, lamentablemente, el viento aún no se lleva.

Diego Abanto Delgado publica cada dos lunes en Poliantea a través de su Considerando en frío, parcialmente, como parte de la sección Doxa que reúne las columnas de opinión dentro de la revista.