Antonieta Rivas Mercado, precursora del feminismo en México

“La esencia de la mujer yace en sus rasgos diferenciales y ella es la única que puede definirlos. ¿Cuándo veremos iniciarse esa labor?” 

“Para cosechar se siembra, pero antes hay que abrir los surcos.”

Antonieta Rivas Mercado

La vida de Antonieta Rivas Mercado fue breve pero llena de pasión, arte y amor por México. Su figura es claro ejemplo de etiquetas machistas e ignorantes que la destacan, lamentablemente, como “La mujer que se suicidó en Notre Dame” o como “La amante de José Vasconcelos”; pero Antonieta es mucho más que eso y debería de recordarse como tal: La Antonieta traductora, actriz, escritora, dramaturga, profesora, impulsora de la cultura en México y pionera en la defensa de los derechos de la mujer mexicana. Su preparación, profesionalismo y amor a la cultura le otorgaron un lugar privilegiado en el Teatro Ulises, en revistas de divulgación artística o en el grupo de los Contemporáneos, siendo la única mujer entre Salvador Novo, Xavier Villaurrutia o Carlos Pellicer.

Antonieta nace un 28 de abril de 1900 en la Ciudad de México. Era hija del Arquitecto Antonio Rivas Mercado, autor del Angel de la Independencia en Paseo de la Reforma, Ciudad de México. Su posición económica le permitió estudiar danza en Europa y aprender otros idiomas, además de ampliar su visión respecto al arte, misma que se ve reflejada en sus obras y en su lucha insaciable por promover la cultura artística en México. Un hecho importante en su vida es su participación activa (moral, intelectual y económica) en la campaña de José Vasconcelos en 1929; como testimonio, Antonieta redactó la crónica de la campaña a la que tituló “La democracia en bancarrota” misma que fue publicada en la revista “La Antorcha” por Vasconcelos, poco después de la trágica muerte de Antonieta.

Antonieta Rivas Mercado funge un papel importante como precursora del feminismo en México. La crítica que hace en sus ensayos es fundamental para comprender a la mujer mexicana en un México posrevolucionario.

En 1928 publica el artículo “La mujer mexicana” en el Sol de Madrid, un ensayo contundente y crítico donde a través de sus ojos y sus palabras podemos ver la pasión y la determinación a su causa: el darle voz y voto a aquellas que por costumbre o temor la omitían, la ignoraban. Creía fervientemente que la mujer, en lugar de tratar de igualarse al hombre, debía destacar y defender sus diferencias; define a la misma como pasiva y sentimental, carente de una identidad propiamente mexicana debido a la influencia de culturas como la española, la norteamericana y la francesa.

Si bien es cierto, destaca que el papel de la mujer en la Revolución Mexicana es digno de hacerle mención, no hay que perder de vista que dicha participación no fue constructiva, sino sentimental, desempeñando un papel secundario, mismo que años después de dicho hecho histórico no se modificó. El papel de la mujer mexicana y su intervención en la política, en la economía o en la educación era neutro, regido por una cultura machista que reprimía la voz de la mujer, haciendo una de sus principales “virtudes” el “no hacer”. Ese actuar dócil, sumiso y modesto de la mujer en México, fue el motor de Antonieta para participar en la política mexicana.

Su obra, corta pero sustancial, revela un ojo crítico de una mujer inteligente, culta y entregada a su país, a la educación, al arte, a la cultura y a hacer valer la voz de la mujer. Su vida y su aporte a México y a la cultura es mucho más grande que la polémica que empaña su nombre; por lo tanto, el divulgar su legado y cambiar esa etiqueta que la historia le ha otorgado es el fin de cualquiera que haya osado en conocerla a profundidad a través de sus obras, de su biografía o de su correspondencia, ya que la pasión y la entrega que Antonieta le tenía a México, es digna de ser replicada.

Les dejo algunos títulos para conocer a Antonieta y para contagiarse de su pasión y determinación:

“Antonieta Rivas Mercado, obras completas” de Tayde Acosta Gamas es una compilación de las obras de Antonieta, donde podemos leer sus ensayos, cuentos, obras de teatro, crónica, notas y correspondencia; consta de dos tomos y es excelente para conocer de cerca a Antonieta.

“A la sombra del Ángel” de Kathryn S. Blair es una novela histórica de la vida de Antonieta. Cabe destacar que la autora era nuera de Rivas Mercado, por lo tanto la información y la perspectiva del relato es muy cercana a la protagonista; del sentimentalismo con la que fue escrita y que toca el corazón del lector, la hace digna de un lugar en el librero.

“Antonieta” de Fabienne Bradu es una biografía que reconstruye la historia de Rivas Mercado y muestra su grandeza como mujer y como figura histórica mexicana.

La fascinación de la palabra a través de “Solenoide”

Imaginen que están sentados en un lugar cómodo, donde acostumbran a leer. A un lado está una mesa con su bebida caliente, sea té, café o ponche, la que prefieren para ese momento. Tienen como propósito, comenzar a leer un libro que por azares del destino está en sus manos. Es un libro grueso, la portada es llamativa y la edición bastante cuidada. Comienzan por la primera página:

“He cogido piojos otra vez. Ni siquiera me sorprende, ya no me asusta, ya no siento asco. Solo me pica. Liendres tengo todo el tiempo, caen de mi cabeza cada vez que me peino en el baño: huevos de color nacarado que brillan oscuros en la porcelana del lavabo. Algunas se quedan prendidas entre las púas del peine y las limpio con un cepillo de dientes viejo, el del mango enmohecido. Soy profesor en una escuela de las afueras, así que es imposible no coger piojos. Se los encuentran al comienzo del curso, en la consulta del médico, cuando la enfermera les examina el cabello con los movimientos expertos de los chimpancés; solo que ella no tritura con los dientes la corteza de quitina de los insectos capturados. Recomienda a los padres, en cambio, una solución blancuzca-lechosa que despide un olor químico, la misma que utilizamos los profesores. Toda la escuela acaba oliendo, al cabo de uno días, a solución antipiojos.”

Siguen leyendo, absortos en la historia hasta que se percatan que las horas pasaron y que el té, el café o el ponche está frío, intacto sobre la mesa; el libro, queda abierto en sus manos mientras su mirada, perdida en algún punto fijo de la habitación, pone en evidencia su desconcierto ante la obra que comenzaron hace poco. Y no es para menos, el impacto que tiene Solenoide sobre los lectores que osan sumergirse en sus páginas es totalmente impredecible. Algunos siguen hasta el final, poco a poco. Otros, simplemente lo dejan a un lado, justificando el abandono de su lectura con lo denso y repetitivo del estilo del autor, estos son al menos, algunos comentarios que me he topado por ahí entre conocidos y en foros de lectura donde “Solenoide” de Cărtărescu provoca opiniones muy distintas entre sí: o lo odias o lo amas.

En mi caso, Solenoide me atrapó y me sorprendió desde un inicio; durante meses me acompañó, fiel a su causa, en mi bolsa o en la mesa de noche a un lado de mi cama, paciente a que avanzara en su lectura; algunas veces me absorbía y me perdía en la fascinación de las palabras; otras tantas lo dejé a un lado, pausando su lectura debido a lo denso que me parecía, lo alternaba entre poesía o cuentos breves para que no me ahogara la imaginación del autor.

Cuando terminé la última línea de la última página, una serie de sentimientos hicieron choque en mí: por un lado, el orgullo de terminar una obra brutal y retadora que me enfrentó a la grandeza de un autor que no conocía hasta entonces; por otro, el alivio al concluir uno de los libros que más me costaron leer este año, esto por el estilo denso de Cărtărescu, aunado de una imaginación sin límites en donde no quería pasar ningún detalle por alto, tanto que algunas veces me costaba seguirle el ritmo. Al final, después de la odisea y de un tiempo meditando la obra tras finalizar su lectura, el desasosiego de verme privada de la magia de sus palabras hace que regrese una y otra vez a las páginas de Solenoide.

La novela es narrada en primera persona. A lo largo de 794 páginas (editorial Impedimenta) conocemos el pasado y el presente del protagonista, un escritor frustrado que es profesor de lengua rumana en la melancólica ciudad de Bucarest. Su vida, gris y plana, queda plasmada en su diario, mismo que escribe solo por escribir, siendo su escritura su puerta de escape de la realidad, su obra más ambiciosa y perfecta en su carrera frustrada, misma que nadie leerá.

Algo importante a destacar es que la narración no es lineal, Cărtărescu teje historias a partir de una sola; al inicio de un capítulo se identifica una idea principal, una palabra clave que le dice al lector por donde va lo que quiere transmitir el autor, de repente, una frase da pie a un relato que lleva a otro relato, mismo que lleva a otro relato para regresar, sencillamente, al inicio de todo. Cărtărescu juega con el tiempo y con el espacio, su estilo es elocuente y natural, donde la ficción y la realidad convergen en un mundo irreal y a la vez tan certero que el lector se siente parte del libro. Es como entrar y salir del ojo de un huracán: desconcierta y sacude página tras página.

Si pudiese describir el libro en tres palabras elegiría: contradictorio, brutal y caprichoso.

Contradictorio porque a pesar de ser denso, atrapa y envuelve al lector, obsesionándolo con su lectura, muy a pesar de lo espesa que pueda ser.

Brutal por el estilo de Cărtărescu, simplemente es un deleite leerlo. No siempre se tiene la fortuna de toparse libros tan bien escritos que, a mi parecer, el genio del autor justifica totalmente la ambición de la obra; el subir y bajar por la trama a lo largo de capítulos es una experiencia adictiva que me dejó con ganas de más.

Caprichoso ya que Solenoide no es para todos; o lo amas o lo detestas, o resistes o lo abandonas, no hay puntos intermedios.

Les dejo como siempre, unos fragmentos para que se animen a entrar en la quimera de Cărtărescu.

“Parpadeo ahora y mi vida se ramifica, porque habría podido no parpadear y entonces habría sido otro, cada vez más alejado del que ha parpadeado, como las calles radiales que parten de una calle estrecha. Al final quedaré envuelto, como un capullo, por los hilos transparentes de millones de vidas virtuales, de los billones de caminos que podría haber tomado realizando un cambio infinitesimal en el ángulo de avance. Nos reencontraremos, tras la aventura de la vida, mis millones de yos posibles, probables, casuales y necesarios, una vez alanzado el final de sus historias. Nos contaremos nuestros triunfos y nuestros fracasos, las aventuras y el aburrimiento, la gloria y la vergüenza. Ninguno prevalecerá por encima de los demás, pues cada uno de nosotros tendrá a su alrededor un mundo en absoluto menos concreto que eso que llamamos realidad. Todos los mundos infinitos generados por las elecciones y los accidentes de mi vida son igualmente concretos y verdaderos.”

“Sé – y ella me lo confirmaría después – que durante aquel trayecto de diez minutos desde la parada del tranvía hasta su casa, cuando en una historia de amor se toman todas las decisiones, nosotros no habíamos tomado ninguna, como no decidimos nunca nada en la vida. […] Incrustados en la existencia, bordados en el gran tapiz, no se espera de nosotros que tomemos decisiones, pues todo está decidido de antemano, así como tampoco los listones de una silla deciden formar la silla, porque eso es justo lo que ya hacen. Que las cosas son así es algo que no sientes todos los días, sino en momentos como aquel de mi aventura con Irina, cuando no deberías estar ahí y sin embargo estás, cuando todo debería ser de otra manera y, sin embargo, es como es, y te invade el sentimiento sereno de que así tiene que ser y de que así tuvo que ser.”

Seda

Son pocos los libros a los que regreso para una segunda lectura. La nostalgia de lo que experimenté al leerlos hace tiempo es lo que me hace volver a sus páginas. Seda de Alessandro Baricco – escritor, músico y dramaturgo italiano— es uno de esos libros.

En Seda no hay detalles, solo las palabras justas para que la imaginación del lector lo transporte hasta mediados del siglo XIX, el escenario en donde se desarrolla la vida Hervé Joncour, un francés dedicado a la comercialización de gusanos de seda; la crisis en la que se ve envuelto su negocio y el destino lo llevan hasta Japón, donde el amor, el deseo y el dolor son más que simples interpretaciones personales.

Creo que lo valioso de la obra de Baricco – que consta de 125 páginas— va más allá de la historia plasmada ellas; la magia del libro es el estilo del autor, cómo narra una historia con una prosa suave y fluida, en donde la nada y el todo se conjugan entre sí para ofrecer al lector una una experiencia que envuelve de principio a fin.

Baricco acaricia con las palabras, lo hace de forma simple y equilibrada, con poco dice todo y muestra lo más significativo de su esencia. Seda me arrancó suspiros y una que otra lágrima, al libro no le sobra ni le falta nada. Leer Seda, es una hermosa experiencia que no pueden dejar pasar por alto.

Les dejo algunas líneas que me pusieron la piel chinita, para que se puedan dar una idea de lo que Baricco me hizo sentir:

“Es un dolor extraño […] Morir de nostalgia por algo que no vivirás nunca.”

“Hasta que al final te bese con el corazón, porque te deseo, morderé la piel que late sobre tu corazón, porque te deseo, y con el corazón entre mis labios tú serás mío de verdad, con mi boca en el corazón tú serás mío para siempre, si no me crees abre los ojos, amado señor mío, y mírame, soy yo, quien podrá borrar este instante que sucede, y este cuerpo mío, ya sin seda, tus manos que lo tocan, tus ojos que lo miran.”

“Lo que era para nosotros, lo hemos hecho, y vos lo sabéis. Creedme: Lo hemos hecho para siempre. Preservad vuestra vida resguardada de mí. Y no dudéis un instante, si fuese útil para vuestra felicidad, en olvidar a esta mujer que ahora os dice, sin añoranza, adiós.”

Enciclopedia de los muertos

La historia está escrita por los vencedores. El pueblo teje leyendas. Los escritores desarrollan su imaginación. Sólo la muerte es incuestionable.

Danilo Kiš.

La muerte siempre ha sido tema de discusión en la literatura y en la vida; mucho se puede hablar o leer acerca de ella y la búsqueda eterna para comprenderla trasciende generación tras generación.  El misterio de lo que conlleva esa palabra de seis letras es compartido por cada uno de nosotros y el significado que le otorgamos siempre es distinto. 

Danilo Kiš llegó a mí gracias al misticismo evocado por una maestra en letras en un diplomado que tomé hace tiempo. El nombre del autor y del libro que hoy comparto quedaron anotados en una lista de futuras lecturas y grabados en mi memoria hasta que por casualidad, en una de las librerías de mi ciudad— uno de esos rinconcitos mágicos donde un lector entra y se detiene el tiempo— me topé con un ejemplar; Danilo Kiš hizo eco en mi mente y no dudé en llevármelo a casa, sin esperar en aquél entonces, la connotación que tendría en mí su lectura.

Danilo Kiš fue un autor serbio que vivió la tragedia de la guerra y la muerte de sus seres queridos en la represión nazi, factores determinantes en sus obras que marcaron su estilo y forma de hacer literatura. La vida y obra del autor impactan a cualquiera que ose en introducirse en su mundo, mismo que deja huella, tal como me sucedió con “Enciclopedia de los muertos” un libro compuesto por nueve relatos y un post scriptum –donde el autor explica la inspiración de cada uno de ellos y su origen— muestra al lector distintas caras de la muerte, en donde sus personajes, regidos por su entorno y sus creencias, la viven como un milagro, como una eternidad, como un sueño o como un sacrificio.

Es un libro para leerse sin prisa y digiriendo cada frase. Kiš juega con el lector a través de distintos estilos de narración en los relatos. La enciclopedia de los muertos es un laberinto en donde cada bifurcación significa un reto para el lector.

Iniciamos con el relato de “Simón el mago” donde se aborda el misterio de la muerte desde dos perspectivas, mismo que es basada en una leyenda gnóstica donde la magia y la fe a lo desconocido se palpan en el relato. Doblamos la página y nos encontramos con Marieta, una prostituta de un puerto de Hamburgo que merece unas “Honras fúnebres”—título del relato— dignas de una dama de cualquier respetable familia. Al bifurcar en las páginas, nos adentramos en el cuento “Enciclopedia de los muertos (toda una vida)” y leemos un relato en primera persona donde una mujer encuentra en una extraña biblioteca de Suecia, un libro que habla de la vida de su padre, el cual tiene poco tiempo de haber fallecido. El extraño libro describe desde los primeros días en que su padre vino al mundo hasta el último día en esta tierra; la mujer se adentra en los secretos, temores y anhelos de su padre, además de conocer el sueño premonitorio que anuncia una muerte envuelta en misterio y arte.

Y así, en cada uno de los pasillos de este laberinto de Kiš, nos encontramos con relatos en donde no existe el límite entre la ficción y la realidad y donde el autor reta al lector en tiempo y forma y lo envuelve en un sueño del que no quiere despertar, por más cruel o impactante que sea ese trance en la lectura.

No, no es una lectura fácil, pero la experiencia de leer a Kiš deja un muy buen sabor de boca y las ganas insaciables de seguir adentrándose a su mundo.

Como siempre, les dejo unos fragmentos para que den el primer paso y se adentren a este laberinto místico donde la muerte, es la protagonista.

“Cuando una mentira es repetida durante un largo tiempo, la gente empieza a creerla. Porque la gente necesita la fe.”

“A la muerte no se le engaña; las flores poseen una trayectoria dialéctica perfectamente definida y, como el hombre, un ciclo biológico: del florecimiento a la putrefacción; los proletarios tienen derecho a las mismas honras fúnebres que los ricos; las putas son el producto de las desigualdades de clase; las putas son (por lo tanto) dignas de las mismas flores que las señoritas de buena familia.”

“Pensaba, como suele pensar toda la gente que cae en la desdicha, que un cambio de lugar me ayudaría a olvidar mi dolor, como si uno no llevara su desgracia dentro de sí.”

“Pero en su interior no había más que el recuerdo de su propio sueño y de su despertar, el de antes y el de ahora, en su interior no había más que oscuridad absoluta, como antes de la Creación, como antes de la vida, cuando el Señor aun no había desligado el sueño de la realidad, ni la realidad del sueño.”

“¡Ah! ¿Quién pudiera deslindar el sueño de la realidad, el día de la noche, la noche del alba, los recuerdos de las quimeras?

¿Quién pudiera colocar un hito invisible entre el sueño y la muerte?

¿Quién pudiera, oh Señor, marcar las lindes y colocar hitos visibles entre el presente, el pasado y el futuro?

¿Quién pudiera, Señor, separar la alegría del amor de la tristeza del recuerdo?”

“[…] es peligroso asomarse al vacío de otro, con el único deseo de ver en él, como en el fondo de un pozo, el reflejo propio; porque eso también es vanidad. Vanidad de vanidades.”

Porque nunca se repite nada en la historia de los seres humanos […] todo lo que a primera vista aparece igual apenas es similar; cada hombre es un astro aparte, todo ocurre siempre y nunca, todo se repite hasta el infinito y de forma irrepetible.

“Lo que pasó, pasó. El pasado vive dentro de nosotros y no lo podemos borrar. Puesto que los sueños son el reflejo del más allá, y la prueba de su existencia, nos seguimos encontrando en sueños. “

Linda 67: Historia de un crimen

“Todos tenemos por donde poder ser despreciables. Cada uno de nosotros arrastra consigo un crimen cometido o el crimen que el alma no le deja cometer.” Fernando Pessoa.

Cuando pienso en Fernando del Paso no puedo evitar preguntarme ¿Qué ideas, reflexiones y mundos rondaban en su mente? Me lo imagino inquieto, siempre pensando en qué decir, cómo decirlo y sin miedo a romper estereotipos, retándose a sí mismo. Así nació Linda 67.

Si hay algo que destacar de las obras de Don Fernando es su originalidad y su estilo, evidentes en cada una de sus obras: “José Trigo” (1966), “Palinuro de México” (1977) y “Noticias del Imperio” (1987), mismas que le otorgaron éxito y reconocimiento a nivel internacional. Con “Linda 67: historia de un crimen” no se queda atrás. Del Paso explora un género muy diferente al que ofrece a sus lectores: el género policíaco; y como en cada una de sus obras, Don Fernando marca la pauta y el estilo.

Linda 67 rompe con el esquema del género; mientras en la novela policíaca comenzamos con el crimen y a lo largo de la narración especulamos acerca de quién es el culpable e imaginamos escenarios con los datos que nos proporciona el autor para, al final, impactarnos con el desenlace o confirmar nuestras teorías,  en la novela de Del Paso no es así: desde un inicio sabemos quién es el asesino -él mismo se confiesa ante el lector sin sentir remordimiento – y a lo largo de la novela conocemos, a través de flash-backs las razones del asesinato, el plan para llevarlo a cabo y el proceso en donde sentimientos como la pasión o el amor transmutan a tedio y odio.

Hablando de la trama, la historia se centra en la vida de David Sorensen, un publicista que vive en San Francisco y que asesina a su esposa Linda, finge un secuestro y planea cada detalle para no ser descubierto en el acto, cobrar 15 millones de dólares y escapar a México con su amante Olivia. David es tan minucioso en cada detalle, planea cada uno de sus actos que es imposible que algo salga mal. El suspenso, eso sí, está al filo de la página, el temor a ser descubierto y la incertidumbre ante las vicisitudes siempre están presentes, tanto para el protagonista como para su cómplice: el lector; ambos, están a merced de los caprichos del destino, o, mejor dicho, del escritor.

Por otro lado, el uso del lenguaje de Don Fernando es impecable y poético. Para los que conocemos algo de la vida del autor, podemos encontrar vestigios de sus experiencias en esta vida, tanto en aspectos publicitarios como gastronómicos.

Linda 67 es una historia totalmente impredecible. La sorpresa y el suspenso están a la vuelta de la página y como siempre, Fernando del Paso sorprende y marca al lector.

Les dejo algunos fragmentos para engancharlos y se animen a leer a tremendo escritor mexicano.

“Camino a la ciudad de México, se preguntó mil veces qué había pasado con Linda, dónde había quedado, qué se había hecho la Linda de la cual, durante largo tiempo, había estado enamorado. ¿Pero era amor lo que sentía por ella? Existía en el idioma inglés una palabra exacta, infactuation, que describía el enamoramiento tumultuoso pero falso, aparentemente profundo, pero de una fragilidad pasmosa, de una brevedad insospechada, que estaba muy lejos del amor verdadero. Sí, seguramente eso es lo que había tenido por ella, infactuation. Pensar así, sin embargo, no le sirvió de consuelo: le dolía, de todas maneras, que los seres humanos— no sólo Linda, sino él mismo, todas las personas— pudieran transformarse hasta el punto de odiar lo que un día habían amado tanto.”

La vida está llena de coincidencias asombrosas que pasan inadvertidas salvo cuando necesitamos de ellas con desesperación. Pueden, entonces, llegar o no llegar. Si llegan, las reconocemos de inmediato y son ellas las que nos empujan a la acción.”

“Sus ojos se llenaron de los ojos de ella. Por un instante tuvo la sensación de que la intensa, aterciopelada negrura de esos ojos iris, inundaba sus propios ojos de melancolía”

Cuentos, una opción para incentivar la lectura en el aula

Adriana Jaime
Mercadóloga, docente y lectora


El pasado 23 de abril del año en curso, el INEGI (Instituto Nacional de Estadística y Geografía) emitió un comunicado en donde daba a conocer que la población lectora mexicana iba disminuyendo.

  • De cada 100 lectores mexicanos solo 42 leyeron al menos un libro, la falta de tiempo (47.9%) y de interés (21.7%) son las principales razones por las que en México no se lee.
  • En promedio, la lectura en Mxico es de 3.3 libros por persona al año.
  • En los últimos cinco años, el porcentaje de población que leyó algún material considerado por el MOLEC presentó un decremento cercano a los 10 puntos porcentuales: 84.2% en 2015 contra 74.8% en 2019.

Los beneficios de practicar la lectura son promovidos y publicados por distintos medios de comunicación con la finalidad de sumar lectores y cambiar los datos alarmantes mencionados anteriormente; los lectores también ponemos nuestro granito de arena, queriendo promover de alguna manera la literatura y sumar a este mundo maravilloso a las personas que nos rodean.

Como docente, soy consciente de la importancia de la práctica de la lectura en el aula. El leer y comprender un texto para generar una opinión crítica propia es indispensable para el desarrollo profesional y personal de cada uno de nosotros.

He intentando de todo para promover el hábito de la lectura y llegué a la conclusión mediante aciertos y errores de que ésta no se impone y hay que saber venderla en porciones pequeñas y ricas en cuanto a temas y ritmos. Así que en lugar de establecer la lectura de un libro en el cuatrimestre – mismo que leían 2 de cada 10 personas— empecé a aplicar la lectura de cuentos. El resultado ha sido alentador: 8 de cada 10 alumnos leen y comparten opiniones en el aula antes de iniciar la clase; debaten acerca del significado del cuento o de puntos importantes del mismo que les llamaron la atención; defienden su punto de vista y no se cierran a un simple: “sí me gustó” o “no me agradó”. Los cuentos que hemos leído han sido bastantes y en este artículo les comparto los que más les han gustado y que han generado múltiples aportes respecto a ideas y criterios en el aula.

Maestoso, Jorge Volpi.

Es un relato corto del escritor mexicano acerca de la relación íntima que existe entre una arpista y su instrumento. La protagonista se obsesiona tanto con la perfección al momento de dar vida a Mozart o a Bach, que termina por perderse y asquearse de sí misma y de su éxito. El cuento habla de pasión, de obsesión y de la entrega de una persona a lo que ama. El título del cuento describe perfectamente la narrativa de Volpi: majestuosa.

La Sirena, Ray Bradbury.

Bradbury es garantía con cualquiera de sus textos y hablando de “La sirena” en específico, abre un debate muy interesante acerca de lo conmovedor que puede ser el texto. Bradbury se apodera del lector y lo conmueve con esta bella y sencilla narración acerca del amor y de la soledad.

Jugo de sol, José Agustín.

Un cuentito divertido y muy bonito que habla acerca de un hombre que sentado en un sillón y con una cerveza en la mano emprende el relato de un cuento a su hijo Claudio y a su sobrino Andrés, mismos que escuchan absortos y con los ojos grandes y abiertos que, como lo evoca el autor, guardan la inocencia de la niñez que perdemos con paso del tiempo. El lector disfruta dos cuentos en uno con el toque ameno y fresco que caracteriza tanto al autor.

François de vacaciones, Javier Corcobado.

Audiocuento narrado por su autor Javier Corcobado, donde narra la mañana del protagonista, François en un día de vacaciones en la playa. La voz del autor, la música de fondo y la trama envuelven totalmente y mantienen atento al oyente de principio a fin imaginando cada uno de los pasos del protagonista, tratando de comprender el motivo de sus acciones; el final es abrupto e inesperado y deja un buen sabor de boca.

Veinticuatro horas en la vida de un perro, Jeanette Winterson.

En “Veinticuatro horas en la vida de un perro” la protagonista adopta a un perrito y lo lleva a vivir con ella, prepara todo para que la casa sea cómoda y segura para el nuevo integrante de la familia, pero no cuenta con que su mascota será el espejo que refleje todo aquello que no quiere reconocer en sí misma. Este cuento de la escritora inglesa muestra la calidad de su pluma y la capacidad de tocar las fibras más sensibles del lector.

Estos cuentos pueden atrapar a los chicos y desarrollar su pensamiento crítico, además de presentarles la opción de leer en clase sin necesidad de abrumarnos con un libro que no van a leer porque no tienen el hábito de la lectura. cabe destacar que como docentes también es nuestra responsabilidad leer y no sólo imponer la lectura como condición para una mejor calificación. Se predica con el ejemplo y el hambre de los libros se contagia si nosotros, que estamos frente a un grupo, lo hacemos con pasión y con compromiso.

“La canción de nosotros”: una composición al exilio

Adriana Jaime
Mercadóloga, docente y lectora


“Cuando niño, me costó mucho trabajo aprender a pronunciar la palabra “patria”.  Ahora, tras una infinidad de años de no pronunciarla y ni siquiera escribirla, me doy cuenta de que el esfuerzo es más grande aún, porque “patria” pertenece a esa estirpe de palabras que, como decía el filósofo español Fernando Savater, sólo se dignifican con el prestigio de la muerte. Tantas cosas, además, se han dicho sobre “la patria”, y en su nombre, como en el nombre de la libertad, tantos crímenes se han cometido.”

Así comienza el discurso que Don Fernando del Paso pronunció un 3 de agosto de 1982 en Caracas, Venezuela, cuando recibió el premio “Rómulo Gallegos” por su novela “Palinuro de México”. No puedo evitar evocar y mencionar uno de los discursos más emotivos de Don Fernando al momento de hablar de la obra que hoy reseño, y es que ambos textos se centran en un concepto un tanto abstracto al momento de describirlo, pero tan claro en el corazón de cada uno de nosotros, ciudadanos de un país cualquiera o del mundo: “La Patria”.

Hablar de la obra de Eduardo Galeano es, en parte, hablar de su vida. No podemos pasar por alto la historia del autor y el impacto que tiene la misma en sus obras: el autor es el producto de su época. Es por eso que para hablar de “La canción de nosotros”, una obra que habla del exilio y todo lo que lo engloba, es necesario conocer la historia del autor.  

Eduardo Galeano nació en Montevideo, Uruguay en 1940, fue periodista, escritor, mensajero y dibujante, sólo por mencionar algunos de sus tantos oficios en esta vida. En 1973 tras el golpe de estado, fue encarcelado y posteriormente exiliado de su país y censurada su obra en Argentina, Uruguay y Chile. En 1985 regresa a Montevideo y funda el semanario “La brecha” junto a otros periodistas y escritores, uno de ellos Mario Benedetti. En el inter de su exilio, Galeano escribió novelas y relatos en donde habla de amor, de muerte, de historia y de su nación.

La patria es el tema central de “La canción de nosotros”, donde a través de cinco líneas narrativas alternadas entre sí – La ciudad, El regreso, Andares de Ganapán, La máquina y El santo oficio de la inquisición— Galeano compone en su conjunto, como si fuesen piezas musicales, una canción que habla del amor y de las ansias de la libertad y la justicia, de la fidelidad a uno mismo y del amor a la patria.

Los personajes son entrañables y son la viva representación del pueblo mancillado por aquellos que se dicen ejercer un poder justo. Conocemos a Ganapán, que representa la esperanza, la humildad y la entereza al creer que por muy oscuro que sea el presente, siempre habrá un mañana que ofrezca una luz de fe. Por otro lado, está Mariano, que después de años de exilio regresa a enfrentar, cara a cara a su pasado; regresa a Clara, su amor, y evoca junto a ella la censura, la privación de su libertad, la tortura a la que fue sometido y el miedo, aquel miedo latente de perder lo único que le queda: su integridad.

La canción de nosotros es todo aquello que representa el amor a una nación y a su historia. Galeano le da una voz al exilio, y toca el corazón del lector con las historias de aquellos que dieron la vida buscando sus ideales y el bienestar de su pueblo, voces calladas que solo hablan a través de las páginas y de la pluma del autor.

Después de leer “La canción de nosotros” corroboro algo que he pensado desde que, hace tiempo y por primera vez, Galeano llegó a mis manos: Galeano marca siempre, un antes y un después de su lectura. Galeano toca el corazón y abraza con las palabras.

Les comparto algunos fragmentos de la novela, dignos de compartir:

Mariano quisiera pensar. Sólo puede recordar. El puerto retrocede, la ciudad se extiende. Los tiempos idos avanzan. Se abren paso los fantasmas desde el exilio tristón de la memoria.

El viento anda de dueño de los restos del naufragio, y nos arroja adonde quiere. ¿No volverán a juntarse nunca los pedazos que nos hicieron posibles?

[…] El poder es capaz de todos los crímenes menos de los que requieren coraje. Devora héroes y caga locos.

Llegó a destino y se bajó, mareado, y seguía sabiendo que ella continuaría oliendo a sí misma en su memoria, deambulando desnuda por la región nochera de sus sueños: que ella sería, que será, una cicatriz que a veces hace cosquillas y a veces late y a veces arde y a veces duele. Y sintió la necesidad de volver y por lo menos decir: “Nunca nada”. Por lo menos decir: “Como esto, nunca, nada”, Y no volvió.

Un buen día descubres con cuánta facilidad te pueden borrar. Te queman las cartas, los libros, las cosas tuyas. Te matan o te encierran o te obligan a irte. Un buen día te das la vuelta y descubres que ya no queda ninguna huella. Como si no hubieras existido nunca. Ahora, tengo nombre de otro.

Yo te extrañé mucho, ¿sabés? —dice Clara—. Y te odié mucho, o quise odiarte mucho, para que no me lastimaras. Quise verte cuando estabas preso, pero no había manera, y yo no tenía a quién preguntar. Y después… Después, me sentía como una bala perdida. Me despertaba llorando. No me gusta llorar. Cuando era chica, leía un libro para varones y había dos páginas que me hacían llorar. Cada vez que leía esas dos páginas, lloraba. Entonces las pegué, con goma. A mí no me gusta llorar.

Un buen día él mismo descubrió quién era. Supo de golpe, como en una revelación, para qué había aprendido todo lo que sabía y a quienes iba a entregar todo lo que fuera capaz de dar en el tiempo de vida que pudiera vivir. De golpe se llenó de asco y de apuro. Fue el día en que lo echaron del empleo, porque le apagó un pucho en la cabeza al gerente, y la noche en que decidió dejar de estudiar porque descubrió que el Derecho no existía. El caballo hace al jinete y el bocado al diente: el Derecho era el derecho de muchos hombres a hacerse puré bajo la suela de pocos. Mandó todo a la mierda y se dedicó a organizar la rabia, como el decía, durmiendo donde fuera y comiendo si había. Lo que pasara con él, se le importaba un carajo. Había aceptado su destino cuando supo cuál era, o lo había elegido, no sé, pero sin hacer ningún drama con eso, como si la pobreza y el peligro de morir fueran una fiesta. Se había dado. Darse. Él sabía que no hay alegría más alta.

Y pensaba en vos, Clara.Te veía olvidándome. Quería borrarte y que pudieras borrarme. No quería que me esperaras. Además, la libertad alcanzaba para ser feliz. Más, ya era abuso. Te había perdido, pero no me dolía. Si alguna vez me metían un tiro en la nuca, nadie se iba a quedar con un agujero demasiado grande en el pecho, y eso me dejaba libre. Pero me acordaba de cuando me decías: «Ya habrá tiempo para estar tristes. Años para estar tristes. Y toda la muerte, que es tan larga. Ahora no. No tenemos derecho». Y me acordaba cuando rompíamos la máquina del tiempo y nos queríamos siempre.

Temporada de Huracanes

Adriana Jaime
Mercadóloga, docente y lectora


México ha vivido inmerso en la violencia desde hace tiempo, en los últimos meses hemos sido testigos de casos desgarradores como lo ocurridos en Minatitlán, Veracruz -uno de los más sonados recientemente- o de casos aislados que se escuchan por ahí, de boca en boca, en la ciudad donde vivimos. Según fuentes oficiales, durante el primer trimestre del 2019 se tienen registros de 8 mil 524 víctimas de homicidio violento; por otro lado, los datos que proporciona el INEGI son abrumadores: más del 70% de la población mexicana mayor de edad se siente insegura y los medios de información se llenan de notas rojas cada mañana: homicidios, secuestros y fraudes son noticia de cada día; el amarillismo y el morbo hicieron a un lado la prudencia y el respeto al dolor ajeno.  Los números son alarmantes y si analizamos cada uno de lo casos en particular, parece que la realidad, muchas de las veces, supera a la ficción.

Temporada de Huracanes puede ser uno de esos casos, de hecho, la novela de Fernanda Melchor se basa en un artículo periodístico en el que la autora encontró la inspiración para abrir la caja de pandora y desatar los monstruos de la miseria, la pobreza, el machismo, la corrupción, las adicciones, el abuso, la violencia y la ignorancia que persiguen a los habitantes de un pueblo costero olvidado en Veracruz, México.

Desde las primeras páginas Melchor atrapa y no suelta, lleva de corridito al lector a través de los distintos ojos que presenciaron o se vieron involucrados de alguna manera en el asesinato de “La bruja” y la vida de “Luismi”, personajes principales por así decirlo, de la historia que nos regala la autora. Dicha tragedia se ve envuelta en un misterio que se va desmenuzando a lo largo de poco más de 220 páginas, mismas que dicen mucho y lo dicen de golpe. Melchor pinta el retrato de un México vulnerable, un México expuesto, marcado por la injusticia y la indiferencia, en donde el olvido y el abandono forman parte de la atmósfera y del escenario en el que cada uno de los personajes dan su versión de los hechos, se abren y se muestran sin tapujos al lector, se confiesan a través de las palabras dejando expuestos sus miedos, sus pasiones, sus anhelos y sus más oscuros deseos.

Leer a Melchor deja una sensación a la que solo le puedo encontrar símil con una cruda que es consecuencia de una buena noche de copas. Sólo puedo describir la obra de Melchor con una palabra: BRUTAL, y es que de principio a fin la autora roba el aire, detiene el tiempo y marca un antes y un después de su lectura.

Temporada de Huracanes es una obra que no pasa desapercibida, marca y pone el dedo en la llaga; se puede cerrar el libro y ponerlo en el lugar designado para él en el librero, pero el fantasma de los personajes y lo que representan, además de la historia que los involucra, es algo que persigue al lector durante y después de su lectura.

¿Cuántos Luismi y cuántas Brujas forman parte de los números, de las estadísticas?

El género epistolar, un acercamiento íntimo al alma del escritor

Adriana Jaime
Mercadóloga, docente y lectora


En una caja al fondo del armario, aguardan apacibles pedazos de papel, sobres, postales o anotaciones en una servilleta que fueron testigos de mis mejores y no tan mejores momentos, recuerdos a los que suelo volver constantemente para recordar no sólo a personas y capítulos de mi vida, sino para recordarme quién soy y hacia dónde voy. Cuando abro esa caja y me sumerjo en mis recuerdos para embriagarme de nostalgia, no puedo evitar cuestionarme: ¿Qué será de las cartas que he escrito? ¿Será que aquellas personas a las que les escribí alguna vez una carta –en la cual puse todo mi ser, todo mi corazón— aún la conservan?

Las cartas personales, cualquiera que sea su propósito, buscan dejar una parte del remitente en el papel a través de una confesión escrita, declarando sentimientos, recuerdos, anhelos o temores, mismos que algunas veces, no son fáciles de reconocer en voz alta. Eh ahí el valor simbólico de un pedazo de papel que encierra el tiempo en las palabras, mismas que significan una cosa después de tantos años de haber sido escritas: nostalgia.

Siempre he creído que los libros tienen tres historias: la que está escrita en las páginas, historias que nos hacen viajar, reflexionar y pasar horas con un libro en las manos, sintiendo como el tiempo se detiene ante nuestros ojos; están también las historias de cómo el libro llegó a las manos del lector: una simple casualidad en una librería o un regalo de alguien especial que deja su huella en una dedicatoria que a pesar de los años y las manos por las que pueda pasar ese regalo, invita a futuros dueños a crear historias a partir de esas palabras que en algún momento, significaron algo más que garabatos entre dos personas y que quedaron perpetradas en el papel y en el tiempo. Por último, está la historia que llevó al autor a plasmar sus vivencias, sus fantasías, sus mayores miedos o sus deseos, aquello que lo motivó a perpetuarse a través de las letras.

El conocer este último aspecto de una obra literaria, permite al lector visualizar un panorama más amplio y enriquecedor de la misma. Los escritores plasman en sus libros, independientemente del género, sus vivencias. Un hombre que ha vivido de cerca las miserias que trae consigo la guerra, que ha tenido una vida difícil donde las drogas o el alcohol son el pan de cada uno de sus días, no puede hablar de flores, de lo bella que es la primavera o de la magia del primer amor, habla de lo que vive, de lo que ve o de lo que sueña, creo que es imposible separar a la obra de la vida del autor, ya que la misma es un reflejo de su creador. Para darnos una idea del contexto de cualquier autor y su obra podemos buscarlo en internet o recurrir a prácticas no muy comunes hoy en día, como asistir a consultar libros a una biblioteca para poder acceder a esa información; pero hay algunos autores que dejaron más que narraciones y datos cronológicos acerca de su vida: su correspondencia; cartas que escribieron para declarar su amor, para ofrecer su hombro a algún amigo que lo necesitaba o para despedirse de alguien que tal vez ya no estaba en este mundo al momento de escribir esa misiva.

El Género Epistolar es posible gracias a autores o investigadores que se han dado a la tarea de recopilar, clasificar y publicar las cartas de grandes escritores, además de personas allegadas a los mismos que permiten compartir a los lectores la intimidad de una carta escrita por un grande de la literatura, del arte o de la historia. Sus cartas muestran al lector la otra cara de la moneda, íntima y personal que no es obvia en sus obras; muestran su alma y mitigan su ausencia; hacen sentir que los autores que admiramos dejen de ser inalcanzables, se leen reales y cercanos; humanizan al autor ante los ojos del lector, evidenciando que no solo trascienden por sus letras y la magia de las mismas, sino que dejan tras de sí, en este mundo, una historia similar a la nuestra: personas a las que amaron, distancias de por medio y retos a los que les hicieron frente, historias que están detrás de las obras que los inmortalizaron el en tiempo.

Muchos son los autores o ilustres personajes reconocidos a nivel internacional que no solo son conocidos por sus obras, sino por sus cartas, testigos silenciosos de su vida. Escritores y poetas como Alfonsina Storni, Cortázar, Pizarnik, Fernando del Paso, Pessoa, María Antonieta Rivas Mercado, Jaime Sabines o Gilberto Owen, por mencionar algunos, dejaron, en consuelo de su ausencia a sus lectores, además de sus obras, su correspondencia, donde abren su alma y muestran sus más grandes miedos y anhelos, sus recuerdos, su alegría y su tristeza.

Les comparto algunas misivas que me mueven tanto las emociones cada que las leo, que una lágrima está presta a evidenciarse.

Alfonsina Storni a Manuel Gálvez.

Alfonsina Storni, poetisa argentina. (1982-1938)

Alfonsina Storni escribió su última carta antes de suicidarse al escritor Manuel Gálvez; en la misma, la poetisa plasma en las letras su desesperación antes de quitarse la vida. “No puedo seguir escribiendo” fueron las últimas palabras escritas por la poetisa argentina.

Última carta de la poetisa argentina, encontrada en el sótano de la sede de
La Sociedad Argentina de Escritores (SADE)
Julio Cortázar y Alejandra Pizarnik.

Cortázar y Pizarnik compartían una amistad fuerte e íntima que se evidencia en su correspondencia, misma que la distancia no logró mitigar. En una de las cartas a Cortázar en julio del 71, un año antes de su muerte, Pizarnik se confiesa ante Julio:

“P.D. Me excedí, supongo. Y he perdido, viejo amigo de tu vieja Alejandra que tiene miedo de todo salvo (ahora, ¡Oh, Julio!) de la locura y de la muerte. (Hace dos meses que estoy en el hospital. Excesos y luego intento de suicidio -que fracasó, hélas)”.

A lo que Cortázar responde:

“Mi querida, tu carta de julio me llega en septiembre, espero que entre tanto estás ya de regreso en tu casa. Hemos compartido hospitales, aunque por motivos diferentes; la mía es harto banal, un accidente de auto que estuvo a punto de. Pero vos, vos, ¿te das realmente cuenta de todo lo que me escribís? Sí, desde luego te das cuenta, y sin embargo no te acepto así, no te quiero así, yo te quiero viva, burra, y date cuenta que te estoy hablando del lenguaje mismo del cariño y la confianza –y todo eso, carajo, está del lado de la vida y no de la muerte. Quiero otra carta tuya, pronto, una carta tuya. Eso otro es también vos, lo sé, pero no es todo y además no es lo mejor de vos. Salir por esa puerta es falso en tu caso, lo siento como si se tratara de mí mismo. El poder poético es tuyo, lo sabés, lo sabemos todos los que te leemos; y ya no vivimos los tiempos en que ese poder era el antagonista frente a la vida, y ésta el verdugo del poeta. Los verdugos, hoy, matan otra cosa que poetas, ya no queda ni siquiera ese privilegio imperial, queridísima. Yo te reclamo, no humildad, no obsecuencia, sino enlace con esto que nos envuelve a todos, llámale la luz o César Vallejo o el cine japonés: un pulso sobre la tierra, alegre o triste, pero no un silencio de renuncia voluntaria. Sólo te acepto viva, sólo te quiero Alejandra.

Escribíme, coño, y perdoná el tono, pero con qué ganas te bajaría el slip (¿rosa o verde?) para darte una paliza de esas que dicen te quiero a cada chicotazo.

Julio (septiembre de 1971)”.

Fernando del Paso a Juan Rulfo.

Fernando del Paso, escritor mexicano.
(1935-2018)

Fernando del Paso, escritor y artista mexicano finado en noviembre del año pasado, era íntimo amigo de Juan Rulfo. Cuando se entera del fallecimiento de Rulfo en enero de 1986, Del Paso vivía en París; por la distancia y el golpe, recurre a una carta de despedida, misma que fue transmitida en Radio France Internacionale y publicada por primera vez en “Amo y señor de mis palabras” una compilación de cartas y ensayos de Don Fernando. Les comparto la carta y al final de la misma, el enlace de la nota original.

Carta a Juan Rulfo.

A que no sabes con qué me salieron el otro día Juan. Ni te imaginas. No sabes las cosas que dice la gente cuando no tiene nada que decir. Pues fíjate que andaba yo por París, porque te dije que venía a París, ¿no es cierto? Bueno, te lo estoy diciendo. Andaba yo por aquí. No te diré que muy quitado de la pena porque ahorita tengo varios problemas que no viene al caso contar, cuando de sopetón, así, de sopetón, me dicen que nos habías dejado; que te habías ido.

Mira, tengo que confesarte que cuando me lo dijeron, estaba tan hundido en mis preocupaciones, como te decía, que casi no me di cuenta cabal de lo que me estaban contando. Y después, fíjate lo que son las cosas, esa misma noche, yo di la noticia por la radio. Yo, imagínate Juan, diciéndole a todos lo que yo mismo no había entendido. Porque lo que me dijeron no fue que se había ido el escritor Juan Rulfo, no; lo que me dijeron fue que se me había ido un amigo. Y yo no lo supe sino poco a poquito, poco a poquito y de repente también, sí, de repente cuando escuché tu voz, cuando puse el disco de Voz viva de México de la Universidad donde leíste “Luvina” y “¡Diles que no me maten!”. Y esa voz me caló muy hondo. Porque esa voz, esa voz, yo la conozco muy bien.

Perdóname Juan, perdóname si no te escribí nunca, pero como me habían dicho que tú jamás contestabas una carta, pues yo dije: Entonces para qué le escribo. Y ahora me arrepiento; me arrepiento, Juan. Ahora quisiera que tú hubieras tenido varias cartas mías aunque yo no tuviera ninguna tuya. En serio. Me arrepiento porque yo tuve la culpa. Yo fui el que me fui de México, ¿no? Y no te escribí. Me duele porque no se pueden pasar tantos años, creo que 16 desde que salí, sin escribirle a los amigos, ¿no es cierto? No es cuestión nada más de decir, como Fray Luis, “como decíamos ayer”, porque no, no fue ayer, sino hace muchos años de cuando nos reuníamos una y hasta dos veces por semana, ¿te acuerdas?, en el café del sanatorio Dalinde. Allí se nos iban las horas. ¡Qué las horas! Ahí nos pasábamos años y felices días platicando y fumando como chacuacos. Quien nos hubiera visto, a veces tan serios, habría pensado que nomás hablábamos de literatura. Y sí, claro, platicábamos de Knut Hamsun, y de Faulkner y de Camus y de Melville, todo revuelto. De Conrad, de Thomas Wolfe, de André Gide. Nunca conocí a nadie que hubiera leído tantas novelas. ¿A qué horas las leías, Juan? Se me hace que a veces hacías trampa. Pero también te decía, ¿te acuerdas?, nos dedicábamos al chisme como dos comadres, ni más ni menos.

Y a veces, de pronto, tú te ponías a hacer literatura sin darte cuenta. Te ponías a contarme historias que yo no sabía si eran ciertas o eran puras invenciones, o si se iban volviendo ciertas cuando las estabas inventando. Me acuerdo muy bien, Juan, muy bien, como si te estuviera oyendo.
¿Tú crees que yo también estoy inventando, Juan? ¿Tú crees que estoy haciendo literatura? Pues a lo mejor sí. Perdóname. Cabrera Infante, ¿te acuerdas de él?, decía en un libro: “Le soy fiel a mi memoria, aunque mi memoria me sea infiel”. Sí, también uno inventa a los amigos y a los seres queridos, y creo que sobre todo aquellos que ya no pueden defenderse y decirnos: ¡Óyeme, si yo nunca dije esto, o aquello o lo otro! Y por otra parte, ¿tú crees que te estoy faltando al respeto por hablarte así? No, yo sé que no Juan, porque somos amigos, porque siempre lo fuimos.

Lo que es más Juan, te voy a confesar que yo siempre te vi como mi mayor, y no porque me llevaras un montón de años. A veces, sí, te veía medio viejón, y sobre todo cuando llegaste a la cincuentena. Pero ya ves lo que son las cosas, yo ya tengo esos mismos años y de hoy en adelante cada vez me vas a llevar menos. En un descuido, si vivo lo suficiente, te alcanzo, Juan.

No, lo que yo quería decir es que siempre te vi como mi mayor por la admiración que te tenía y que tampoco nunca te dije porque no te dejabas. ¿O sí te lo dije? Creo que sí, cuando menos una vez, y tuviste que aguantarte.

¿Te acuerdas, Juan, el trabajo que me costó hablarte de tú? Tuve que hacer un gran esfuerzo, y cuando lo logré, es como si te hubiera hablado de tú desde siempre. Ya le podía decir a mi mujer: “¡Oye, voy a llegar tarde porque voy a tomar un café con Juan!”. Y ella sabía que ese Juan era Juan Rulfo, el mismísimo Juan Rulfo.

Toqué el disco de Voz viva de México, Juan, para seleccionar unos trozos y hacer un programa. Un programa para la radio sobre Juan Rulfo, el escritor mexicano. Pero cuando me di cuenta que esa voz, no sólo era la de Juan Rulfo sino la de Juan, el amigo al que yo le hablaba de tú, en ese momento supe que lo que yo tenía que hacer era esto: decirte simplemente lo que te estoy diciendo. Que esto me sirve para adornarme con tu amistad… pues sí, tu amistad siempre me adornó.

La estrené hace más de veinte años y cuando te vi en las Canarias la última vez, ¿te acuerdas?, me di cuenta de que estaba como nueva. Que todo esto lo estoy escribiendo con un estilo tan cuidado que parezca descuidado, pues también, ya ves, hasta medio rulfiano me estoy poniendo. Y que quizás esto lo estoy leyendo como si fuera más mexicano de lo que soy, o seré nunca. Quizá sí, pero quizá no. Quizás hace falta no sólo un temblor de tierra sino un buen remezón de alma para acordarse de lo que uno es, de lo que uno quiere seguir siendo.

Oye Juan, ¿sabes qué?, para escribir esto me puse ayer a releer Pedro Páramo y El Llano en llamas. Tus libros son flacos como tú, Juan, que siempre fuiste medio encanijado. Pero una vez más, me di cuenta de que uno no acaba nunca de leerlos. Ayer me llené la boca con la tierra de Comala, ese pueblo todo untado de desdicha como dices tú, Juan. Ayer, Juan, vi al caballo de Miguel Páramo galopando enloquecido por el camino de la Media Luna. Escuché la voz de Eduviges Dyada, descolorida por la distancia, y ese silencio de Luvina que hay en todas las soledades, como tú dices, Juan.

Y contemplé el hervidero de moscas azules que zumbaban como si fuera un gran ronquido que saliera de la boca de Danilo muerto. Ayer, Juan, volví a ser Juan Preciado y me perdí en la nublazón de esas nubes espumosas que hacían remolinos sobre mi cabeza, como tú dices, Juan. Ayer fui Pedro Páramo y supliqué por dentro, y di un golpe seco contra la tierra, y me fui desmoronando como si fuera un montón de piedras.

Ayer vi cómo el mar mojaba los tobillos y las rodillas y los muslos de Susana San Juan. Vi su cuerpo desnudo hundiéndose en el agua entero, mientras el mar rodeaba su cintura con su brazo suave y le daba vuelta a sus senos, como tú dices, Juan. Ayer, Juan, me bebí con los ojos a Susana San Juan; me bebí su boca abullonada, humedecida, irisada de estrellas; me bebí su cuerpo transparentándose en el agua de la noche, como tú dices, Juan. El cuerpo de Susana, de Susana San Juan. Ayer, sí, de nuevo, Juan, me llené el alma con tu voz.

Mi querido Juan, perdóname por no haberte escrito antes. La verdad es que nunca me constó que tú no contestaras cartas, porque nunca te mandé una. Se me hace que lo quise creer por flojo, porque no eres el único amigo al que nunca le escribí. Pero bueno, te decía que estoy aquí en París donde voy a vivir un tiempo y a terminar, eso espero, otro libro.

Pronto me alcanzarán Socorro, mi mujer, y mi hijita, Paulina. Los otros tres hijos que tenemos ya están grandes y viven solos. Me dicen que aquí vive uno de tus hijos y que pinta, pero no lo he visto. Yo los conocí a todos de chicos, aunque ya no me acuerdo de ellos. Seguro que si los encuentro en la calle no los reconozco. De quien sí me acuerdo muy bien es de Clara.

Y bueno, aquí estamos ya en pleno invierno y el frío está arreciando. Perdóname también por todas estas trivialidades, y más que nada, por lo que no te dije. Porque me queda la sensación de que hay muchas otras cosas que debería decirte, pero no sé exactamente qué. Lo único que sé, es que te tenía que hablar como te estoy hablando, Juan.

Mañana, quizás, u otro día, a lo mejor me invitan a hablar sobre tus libros y entonces quizá me atreva a opinar que si esto, que si lo otro, que si lo de más allá; o quizá no me atreva porque a veces pienso que de tus libros tú ya lo dijiste todo en ellos. En fin.

Antes de despedirme, Juan, déjame terminar con un lugar común, con lo que ya han dicho otros, con lo que van a decir siempre, porque es la pura verdad: tú estás vivo, Juan, porque tu voz está viva, porque tu voz no sólo llenó 30 años de silencio, sino que llenará muchos años más. Tu voz, Juan, que cuando la escuchamos, no lo vas a creer, y aunque te hayas ido, nos da una alegría; una alegría, sí, Juan, aunque nos hables de qué sé yo cuántas cosas tristes, de risas viejas como cansadas de reír y voces desgastadas por el tiempo, de lugares donde hasta los perros mueren y ya no hay quien le ladre al silencio; de pueblos que destilan olores amarillos y acedos, de ahorcados a los que los zopilotes se los comen por dentro hasta dejar la pura cáscara, como tú dices.

Sí, Juan, volver a leerte, volver a escuchar tu voz será siempre una alegría, aunque nos hables y nos sigas hablando tanto, ¡ay, Juan!, de la tristeza.

Fernando del Paso.

Antonieta Rivas Mercado, la escritora que dejó su vida en Notre Dame

Lo más probable es que muchos latinoamericanos hayamos escuchado hablar más de Notre Dame que de Antonieta Rivas Mercado. No obstante hoy, frente a la tragedia del incendio que consume la catedral, decidimos conciliar esta anécdota (como las hay tantas) recordando, a breves rasgos, su vida.

Hija de Antonio Rivas Mercado, quien fue director de la Academia de San Carlos, y creador de los proyectos del Monumento de la Independencia y El Teatro Juárez de Guanajuato, entre otros, Antonieta Rivas Mercado nació en 1900; creció bajo la protección de su padre, quien con su pensamiento liberal condujo su educación, misma que nutrió con institutrices y clases especiales de danza, idiomas, filosofía y pintura. 

Antonieta Rivas Mercado no sólo fue musa de poetas y pintores o la mecenas que patrocinó las actividades de grupos como el Teatro Ulises y Los Contemporáneos, sino fue la única mujer que formó parte del grupo intelectual de su época (para variar, conformado solo por varones) y destacó como  “una escritora con voz propia, pionera del relato político”, directora teatral, ensayista, cronista, traductora, actriz y profesora de artes escénicas de la entonces Universidad Nacional de México y podríamos decir que fue una de las intelectuales más denostadas de su época y en general, de la historia de la literatura mexicana.

Más conocida como la hija del arquitecto, la amante del excandidato presidencial José Vasconcelos o la amiga del poeta Federico García Lorca, la dama que se suicidó de un balazo en la Catedral de Notre Dame de París “escribía a la primera, casi no corregía nada, ni se repetía, y abordó temas que ninguna mujer había tocado”.

Heredera de la vasta fortuna paterna —don Antonio fallece en enero de 1927—, Antonieta, con el deseo de modernizar el quehacer teatral en México, patrocinó el Teatro de Ulises (1927-1928), grupo integrado por Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, Gilberto Owen, Agustín Lazo, Roberto Montenegro, Manuel Rodríguez Lozano, Lupe Medina de Ortega, Clementina Otero… Representaron obras de Lord Dunsany, Claude Roger-Marx, Eugene O’Neil, Charles Vildrac y Jean Cocteau. Además, se crearon las ediciones de Ulises, siempre bajo su patrocinio, y se publicaron tres libros: Novela como nube de Gilberto Owen, Los hombres que dispersó la danza de Andrés Henestrosa y Dama de corazones de Xavier Villaurrutia.

Ese mismo año de 1928, gracias al impulso de Antonieta, se organiza un patronato para la creación de la Orquesta Sinfónica Mexicana, bajo la dirección de Carlos Chávez. En marzo de 1929, conoce a José Vasconcelos y su vida da un vuelco definitivo. Se lanza a la campaña de Vasconcelos por la presidencia de la República, y establece una relación sentimental con el político, sobre todo por la promesa del voto a la mujer

En el ensayo, La mujer mexicana, escribe: “Es preciso, sobre todo para las mujeres mexicanas, ampliar su horizonte, que se la eduque e instruya, que cultive su mente y aprenda a pensar”. Ante el fracaso de la campaña vasconcelista, es decir, cuando Plutarco Elías Calles le roba las elecciones a Vasconcelos, Antonieta se indigna; sabe que se trata de un fraude electoral. Los conflictos no resueltos con su esposo, Albert Blair, la obligan a regresar a México en marzo de 1930, ya que había perdido en un juicio la patria potestad de su hijo. Sin otra salida, decide secuestrar a Toñito —como ella lo llamaba— en julio de ese mismo año, y con él huye a Burdeos, Francia, sitio donde se refugia y escribe uno de los textos más reveladores sobre el sistema político mexicano, La campaña de Vasconcelos.

El 8 de febrero de 1931 se traslada a París, donde se reúne con Vasconcelos, para fundar la revista Antorcha. Agobiada por las leyes mexicanas que la persiguen para arrebatarle a su hijo, la falta de dinero y, sobre todo, la falta de apoyo de José Vasconcelos —a quien le había patrocinado su campaña, y con quien había compartido el sueño de un México democrático, educado y culto—, Antonieta se suicidó el 11 de febrero de 1931, de un tiro en el corazón, en Notre Dame. Antonieta se suicidó frente al Cristo Crucificado, la imagen más simbólica de la Catedral, derivado de esto el gobierno de México, el gobierno de Pascual Ortiz Rubio, envió una imagen de la Virgen de Guadalupe, como disculpa porque una mexicana se suicidó en ese lugar, por eso existe esa imagen de la Virgen en la Catedral, la Catedral cambió de sitio al Cristo Crucificado, y en ese lugar colocaron a la Virgen.

Antonieta se disparó en la Catedral de Notre Dame, pero murió horas más tarde en el Hôtel-Dieu de París, el hospital más antiguo de París.

Imágenes extraídas de redes


En la primer imagen tenemos a Antonieta Rivas Mercado sentada afuera de la Catedral de Notre Dame, está junto a José Vasconcelos y Carlos Deambrosis (editor de Vasconcelos en París), la imagen puede ser del 8, 9 ó 10 de febrero de 1931, ya que Antonieta llegó a París el 8 de febrero y se suicidó el 11 de febrero, estamos quizá ante la última imagen de Antonieta.

Antonieta Rivas Mercado, la escritora que dejó su vida en Notre Dame (1) 
La segunda imagen es del Cristo Crucificado, una de las imágenes más simbólicas de la Catedral, frente a esta imagen se suicidó Antonieta.

Antonieta Rivas Mercado, la escritora que dejó su vida en Notre Dame (1)
La tercera imagen es de la Virgen de Guadalupe que envió México en señal de disculpa, ahí se encontraba el Cristo Crucificado originalmente.

Antonieta Rivas Mercado, la escritora que dejó su vida en Notre Dame (3)

La cuarta imagen es del espacio exacto donde se suicidó Antonieta, como pueden ver ahí estaba incluso una imagen de Juan Diego, es por la presencia de la imagen de la Virgen

Antonieta Rivas Mercado, la escritora que dejó su vida en Notre Dame (4)


Como dijimos al inicio, lo más probable es que hayamos escuchado hablar más de Notre Dame que de Antonieta Rivas Mercado, pero hoy, mientras observamos a la catedral incendiarse y lamentábamos la pérdida de semejante patrimonio mundial, no podíamos sino pensar en esa escritora mexicana que dejó su vida allí, en ese lugar que albergó tantos recuerdos, tantas historias que no podemos dejar se pierdan.