“Ignoro el significado de tanta música, aunque intuyo que ha nombrado el cielo” (Reseña sobre “Monólogos desde Babel” de Mateo Díaz Choza)

“Monólogos desde Babel” (Alastor, 2020) de Mateo Díaz Choza (Lima, 1989), es un título que remite inmediatamente al libro del Génesis de la Biblia y a las muchas voces provenientes de la mítica Torre de Babel. Esto adelanta la posibilidad de encontrarnos con una propuesta en la cual intervengan planos polifónicos, enunciados desde la primera persona de varios monólogos. Luego uno revisa el índice y se percata que los títulos siguen “aparentemente” el orden cronológico del: nacimiento, vida, muerte y resurrección de Jesucristo; y uno se pregunta ¿Tendrá que ver el conjunto de estos poemas con este devenir que uno deduce tras esa primera mirada? Este marco temático genera el primer juego textual que establece el autor con el lector, pero que posteriormente, en el despliegue discursivo poético que planteará, se verá desbordado, por la diversa procedencia de las voces, que se dejan oír en el libro.

Tras la lectura del primer poema, “Ora, cero”, uno encuentra un espacio arrasado por la oscuridad, la cual ya ha sido colmada, dejando solo un intersticio de luz en ella, como apertura hacia un nuevo lugar. Ese viaje sobre la desolación de un mundo destruido buscando reiniciar, me recuerda mucho a Tierra Baldía de T. S. Elliot. Libro que, por cierto, lleva una Babel en su configuración, que no se apura en dejar atrás ese lugar devastado, sino que se apoya en esa cartografía de lo destruido para plantear un mundo con una cara que evidencie esas grietas, esa destrucción, esas heridas, como marcas de lo que cargaremos de ahora en adelante. Escenario siguiente tras la disolución de los ideales de la ilustración y el proyecto moderno.

Es en este repaso de ciertas influencias, que uno puede identificar entre líneas, rastros escriturales fundamentales dialogando con la voz que articula este poemario. Pasa en “Censo de Herodes”, donde se perciben las huellas del “Lluvias” de Saint John Perse y esa alusión a la fuerza vital de una naturaleza primitiva, incontenible, que se torna lenguaje, así como el uso del versículo presente en buena parte del libro. Cito una parte del mencionado poema:

“Soy barro interrogativo sedimento obrado por las manos indiferentes de la geología. Soy un nombre suspendido entre la ola que parte y la ola que retorna”.

Conforme uno va internándose en el poemario, se percibe que el sujeto se apropia de la historia bíblica (pienso en el uso parecido que emplea Vallejo en su primera producción en relación con Belén y Bizancio en sus desplazamientos entre el tropo del campo-hogar a la ciudad-intemperie, estudiado por José Bazán) poco a poco, para liberarse de la circunstancia de estar únicamente en Judea y recalar en otros contextos, evitando con ello, limitar el campo de expansión poético.

Como si se habitara el templo no solo para orar y venerar a Dios, sino para plegarse a lo múltiple y diverso, siempre partiendo de un yo, que se filtra entre diferentes discursos. Pienso en “Anunciación de Catalina” y esa manera de intercalar lo bíblico con lugares más cercanos al poeta:

“…desde el cuenco del oído mientras oyes valparaíso coquimbo nombres nuevos que nada te dicen y te preguntas cuándo acabará este mecerse sobre las olas algún día/ habrás de comprender lo que esconde esa línea en el océano pero ahora el sol matinal entibia tu cuerpo la fauna marina se incorpora y nada hay que anuncie tu oscura progenia”

No estoy seguro si el término sea “reescritura” o para ser más precisos “recreación”. Me parece que en el libro hay más de lo segundo. El simulacro de una estructura previa muy bien posicionada, que en el poema se descoloca en una nueva posición, más bien impredecible, producto de la expansión del lenguaje, desatada por el ritmo, marcado por una libertad que arriesga, proponiendo instantes de descontrol (conscientes) que paradójicamente repotencian la propuesta general. Bien dirá en uno de sus poemas:

“Los gestos que pronuncies, los delirios que esboces, son también parte de la obra”.

Hay una apertura a nuevos lenguajes, ahí radica gran parte de la alusión a Babel. Ese encuentro frente a lo no sabido, frente a lo no conocido, refleja una actitud metafísica, muy vallejiana (vienen a mi mente los famosos “Hay golpes en la vida tan fuertes…Yo no sé” del poema pórtico de “Los heraldos negros”). Mateo Díaz nos plantea una relación con lo no dicho, con el silencio, de forma personal. Por ejemplo, frente a la contemplación de una pareja que habla en un idioma que no es el suyo, en “Prefiguración de Babel”:

“Ignoro el significado de tanta música, aunque intuyo que han nombrado al cielo”

O cerrando el mismo poema:

 “Nada responde: mediodía: graznidos de pájaros”.

“Monólogos de Babel” está habitado por lenguajes poéticos de los escritores que ya mencioné, pero además por Charles Baudelaire, Artur Rimbaud, Ezra Pound, Rodolfo Hinostroza, Jorge Eduardo Eielson, los mismos textos bíblicos entre algunos de los cuales pude percibir su presencia.

Todo esto revela en esta entrega de Mateo Díaz, un sujeto poético que piensa la realidad desde su posición de lector. Las voces suelen emerger desde el plano escritural y culto, no tanto desde el oral popular, digamos, no desde el conversacional en su uso convencional. En “Bajo continuo”, dirá:

“Puede que un día amanezca y te encuentre leyendo, conjuro para arrancarle unas horas al alba. Una luz incierta a la intemperie, el rocío que gotea en hojas y tallos, el alborozo de los pájaros. Contra toda lógica, cada mañana se congregan en la ciudad para entonar sus conversaciones y celebrar la retirada de las sombras”

Volviendo al tema de la estructura del libro, como dijera arriba, se presenta una cronología que corresponde a la vida de Jesús. Esta se ve intercalada por diferentes monólogos, como: Monólogo de Mateo, Monólogo del Nazareno, Monólogo de Iscariote y Monólogo del extranjero, en los cuales se entrecruzan diferentes dicciones y circunstancias propias de la vida de cada sujeto histórico referido, con las impresiones particulares del sujeto poético que articula el plano general del conjunto. Por ejemplo, en el Monólogo del Nazareno, cuando la parábola es intervenida por la idea del libro como un producto cultural en la lógica de producción capitalista y los agentes que la conforman:

“Dos veces pobre es el hambriento que me escucha, tres veces el que me lee desde un papel o una pantalla –será más fácil para mis editores pasar por el ojo de una aguja que para para sus imprentas escapar del juego del infierno”

O en el Monólogo de Iscariote, la sintaxis se torna diabólica, hechura surrealista:

“…dones las palabras y las hormigas me guían galgo las gramáticas las diacríticas arrastran su cauda negra por el suelo empapelado y abandonan el retiro de mi boca me halan me jalan hacia el ruido por fuera de casco uterino…”

Muchas son las voces, pero un sujeto que las dirige. Al hacerlo, este se apropia de ellas, en un libro que constantemente se muestra como un arte poética, la recreación de un libro mítico, un taller de diferentes estilos poéticos, una sala de ensayos musicales y muchas más posibilidades, que no se agotan en una sola lectura.

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