“Este es mi cuaderno músico” (reseña sobre “Santificado sea tu nombre” de Roger Santiváñez)


En “Santificado sea tu nombre”, Poesía reunida 1977-2017 (El Ángel Editor, 2020), de Roger Santiváñez (Lima, 1957), el libro inicia transitando dos espacios fundantes en su imaginario poético: Lima (especialmente el centro de esta urbe) y Piura. En el poema “Martín Adán/Oda” del poemario “Antes de mi muerte” dirá: “Por la Plaza de Armas y el Bar Cordano/ algunos extranjeros caminaban sin zapatos/ y el solo bocinazo, la paloma, el vino tinto…” en el cual se describe una topografía recorrida con ritmo pedestre, peregrino, flaneur, spleen por una sucia y desordenada, pero disfrutable ciudad, la cual recorre el poeta.

En el segundo texto del mismo primer poemario, las reminiscencias a Piura y el locus amoenus de aquel vergel, contrasta con el cuadro del primer poema: “Nuestros padres vinieron de lejos/ atravesaron valles, arenales, sembríos rezumando a caña/ limpias praderas de arroz, puentes metálicos/ y por fin se establecieron en el desierto más vasto que encontraron” revistiendo a este sujeto poético, de turbación por el caos, pero a la vez excitación tras arribar a la aventura de la gran ciudad: sus calles, bares, lugares públicos (muchos transitados por los poetas de Hora Zero que lo antecedieran y que por momentos campean entre sus poemas) luego la Universidad Mayor de San Marcos. Lugares donde transitara, junto a presencias que configurarán su posición como sujeto social, político y artístico de su obra poética: Lucho Hernández, Ernesto Che Guevara, Dalmacia Ruiz Rosas, entre otras.

En “Homenaje para iniciados” el lenguaje, como puede leerse en el título, empieza a romper el cauce estilístico de “Antes de mi muerte” y la sintaxis se ve intervenida de una forma inusual. Luego del eufónico y finísimo “Conversación con mi padre en su lecho de enfermo” el lector se sorprenderá con versos como estos:

“Skrr vndhert/ ndepifleks zackers/ destein skrr”/ Paranoia/ me dije/ tempus loquendi/ tempus tacendi/Te supplices exoramus/ pro anima famuli tui ezra/ Palladio de San Giorgio Maggiore” o luego: “lo compartía con/ Blake Dante Sócrates/ fragmentos apilados contra nuestra ruina/ “La usura”/ le oí decir/ una tarde en St. Elizabeths/ “Ojalá no hubiera oído/ nunca/ la maldita palabra/ Los apasionados llamados de/ Fourier Thoreau Marx”

Tras un inicio vanguardista a lo Trilce de Vallejo en este texto, se percibe la impronta del Monte de Goce de Verástegui, Contranatura de Hinostroza, Saint John Perse o Erza Pound y otros, generando una multiplicación de voces, una polifonía, que caracteriza la obra general de Santivañez, en sonidos que remiten a lo culto, pero que resuenan con más presencia en lo oral-erótico-callejero. Como si fuera el lenguaje solaz de dos amantes en la intimidad y libertad de ese espacio que da la cama a dos sujetos populares que se gozan. Gritos en la intimidad, como besos apasionados, rápidos y babeantes, pero precisos:

“Bésame con los besos de tu boca/ tan rico/ tu olor en la luz del mediodía de verano/ muslos que irán donde yo vaya/ mi cabeza/ entre tus pechos grandes como faros de mar/ en la noche de la aventura más loca…”

Percibo una reescritura de poemas, como “Datzibao” de Verástegui en reelaboraciones como el caso de “Como escribirte el poema”, pero insuflándole rapidez y ansiedad al cuadro, con la urbe también como fondo y forma de esas sensaciones de piel, naturaleza y cemento, como la materialización de un terso cubismo:

“Oh persecución de automóviles en la Vía Expresa/ ríos de cemento que terminan/ boqueando entre la arena y el mar/ como joven cadete inexperto/ en los bares de playa el sábado a la medianoche”

Otro poemario emblemático de esa primera etapa, “El chico que se declara con la mirada”, debe ofrecer uno de los títulos más hermosos para un libro de poesía escrito en el Perú y otros linderos. Lo oral recuerda a Jorge Pimentel, pero con una mirada más amable, que roza con la tibieza y suavidad del aire en una alta noche pero iluminada, de Piura, plena de efervescente intercambio amoroso, amical y rockero. Donde prima el aliento narrativo, como la crónica poética de una era dorada:

“Piura, la ciudad del Deseo. Toña Cordero espera mi llamada telefónica. Es Venus. Shocking Blue. Azul belleza putrefacta. Recuerdo. La memoria quema los envolventes recuerdos. Chamizo. La fuerza de Dios. Yo pienso en ti, Toña, a esta hora del sol. Escucho el sonido múltiple y triste de los pájaros en los jardines de al lado. Escribo y reconstruyo el mundo.”

Da la impresión de que se grabara una película en una sola toma, eso genera la sensación de simultaneidad y movimiento, sin pausa, por ese laberinto sicodélico. Parece que el sujeto poético “está en algo”, su mirada, su deseo.

“Ynsane Ayslum” viene posteriormente, pero es con “Symbol” con el cual se genera un hito distintivo en la poesía de Santivañez, ya entrando a los años 90. Interesante la dedicatoria que revela mucho la intención del libro: “A Rosa, éste es mi cuaderno músico”. Libro que decantaría lo que vendría en libros posteriores: esta deconstrucción del lenguaje oral, para partir de su lado significante que articula múltiples discursos en las esquirlas de sentido que se organizan como alrededor de un concierto. Todo esto dicho con una capacidad de construcción lingüística única, dentro de la poesía latinoamericana. Dirá en el poema “Soledad”:

“(Tu búsqueda desesperada de Amor)/ Era el síntoma de estos versos/ Que no se parecían a nada,/ Sino a lo que tú poseías/ En tus muslos redorados”.

Esta poesía es expresión de un yo y una realidad fragmentada, realidad remitida como aquella heterogénea de la cual se inspira. Una abstracción que sin embargo, no neutraliza lo sensual y sensorial, al contrario, lo multiplica en esquirlas deseantes, proponiendo la imagen de un nuevo sujeto:

“Te vas sola, es la recomposición/ Del Yo, en la suma de
experiencias/ Interpretativas / Destrúyete Momento/ Existe /

Symbol y luego Cor Cordium marcan la poesía de Santivañez en adelante. Este sujeto fragmentado de la ciudad, deseante como dije, también se presenta teórico, pero con una teoría callejera, como enunciada desde un sujeto subalterno (aspecto este último, que se notaba claramente en Juan Ramirez Ruiz y especialmente en Jorge Pimentel), incontenible porque ambula en un entorno sin estructura. El paso de este sujeto está caracterizado por tener una voz inocente, que no muere de milagro, como si tuviera una Virgen o un ángel que lo protegiera y guiara. La sensualidad con la que vive la existencia, también lo conduce en este tramo. El poeta movido por una sexualidad torrencial de adolescente y por la búsqueda de la maravilla, recuerdan en su levedad a Luchito Hernández, que suele ser convocado constantemente en epígrafes y alusiones directas hacia él:

“Porque el Señor firma sus obras/ Con letra de primarioso, pero/ Poseedora de la Belleza virginal/ De la que/ habla el/ poema”.

Si este paseante sortea la laberíntica y caótica Lima de los tumultuosos años 80s, también recorre otros lugares más amables, como “Lauderdale” (1999). Ya dirá en el primer verso de esta entrega: “Lauderdale. Es lindo este lugar”. Al igual que en otros libros, pero en especial en Symbol, aquí también hace uso del recurso de insertar pasajes en otros idiomas entre otros versos que están en castellano, como una música de suave sordina, expresión fluida de lo heterógeno globalizado. Por ejemplo en este pasaje:

“Música hermosamente tocada olorosa/ portio domine fruta desprovista de inhibición/ rocío gota a gota que nunca nos agota/ fucsia que preparo para amar noise”

Entrando ya al siglo XXI, publicará “Santa María” (2001), donde su mirada vuelve a recorrer la Lima que dejó, antes de emigrar a Estados Unidos. En la cual se invocan presencias importantes en la biografía de Santivañez, desaparecidas en muchos casos, como Kilowatt o Josemari Recalde, al cual está dedicado el libro. La línea de descendencia de esta poesía se ve marcada por ellos, como también fuera LH, Rodolfo Hinostroza o el gran Ezra Pound, que configuran muchas de las voces con las cuales dialoga.

Posteriormente vendrá Eucaristía (2004) que tiene un epígrafe de Luis de Góngora Argote, poniendo en evidencia otras de las líneas directrices de esta poesía como es aquella que marca lo barroco y con ello, otro de sus taitas rectores al cual recurre cada cierto tiempo. La irrupción de este estilo es aquí evidente, por ejemplo, al emplear palabras arcaicas como “azur” o “dó” en la construcción de los versos, el uso de hipérbaton y otros modos lingüísticos característicos del mismo:

“Azur bóveda ingrávida perfección/ Que dó naturaleza muerta stella/ maris que Paris no pudo alcanzar”.

El viaje por lo tanto ya no es solo sensorial y espiritual, sino lingüístico. Asombra la manera como el poeta reconstruye el lenguaje de lo oral, como expresión de la realidad social que recorre, pero también de su subjetividad tan única. Quizás ahí radique parte del sentido de la santidad en el lenguaje de Roger, en el milagro de salvar y reconstruir al sujeto que quedó destruido. Esto se mantendrá en poemarios posteriores, como “Amaranth”, “Amastris” “Labranda”, “Sylva” “Newport” o “Asgard”, entre otros de su última producción.

Vale destacar en la edición de esta poesía reunida; tres secciones de poemas que, o estaban repartidos en diversas revistas o páginas de internet, o aún no tenían luz y que ahora encuentran el marco de un libro para poder estar a la mano de los lectores, los cuales nos sentimos agradecidos por el valioso aporte no solo a nuestra tradición literaria peruana, sino hispanoamericana.

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