Victorias y virajes

El retorno a la democracia en Bolivia supone –entre otros— el cese a la cruenta violencia desplegada por el gobierno de facto en contra de la población manifestante, el rechazo mayoritario a posturas perniciosas que avalan la segregación racial, tanto como a grupos religiosos fundamentalistas que se caracterizan por su marcada intolerancia, a puntos de vista diferentes.

Uno de los aspectos destacables de la victoria contundente del Movimiento al Socialismo, es que pulveriza la falsa idea que propaló la derecha opositora, en comunión con el cuestionable informe que presentara la OEA sobre un supuesto fraude electoral en el año 2019, que terminó por frustrar un cuarto periodo de gobierno, al reconocido líder indígena Evo Morales.

Estos señalamientos parcializados en contra del oficialismo boliviano, provocaron que la confrontación ciudadana —que ya era considerable hasta antes de los comicios— se agudizara, al punto de cobrarse decenas de vidas humanas lamentables.

Por su parte, las fuerzas armadas bolivianas desempeñaron un rol protagónico en la perpetración del golpe de Estado que se dio contra el gobierno de Evo, toda vez que fue el cuerpo castrense el que hizo dimitir al mandatario.

Con un alto nivel de polarización, con el pueblo en las calles, la desestabilización del país era evidente. Bajo ese contexto de confrontación, salta a la palestra la figura de la senadora Jeanine Áñez, quien termina por proclamarse presidenta interina de Bolivia, sin que haya mediado quórum parlamentario para ello.

Es así que el golpe de Estado que se cocinó en Bolivia, tuvo como génesis la participación para nada imparcial de la OEA, la que nada ha podido hacer en estas últimas elecciones, cuyos resultados oficiales han expresado una victoria aplastante a favor de Luis Arce.

Con el 55,1% de votos, el MAS ha sepultado la perspectiva miope en torno a la figura de Evo Morales Ayma, a quien hasta hace poco lo catalogaban como un auténtico caudillo, incapaz de permitir la formación de nuevos liderazgos al interior de su partido.

La fórmula presidencial Arce–Choquehuanca, encarna la certeza de que el Movimiento al Socialismo tiene un alcance superior a su líder histórico. Pero además, los logros concretos del partido —en sus cerca de catorce años— como gobierno, en contraste con la posición reaccionaria del gobierno de facto —que dicho sea de paso, ha tenido que cargar con los pasivos de la pandemia por el virus de la COVID-19— han inclinado la balanza —una vez más— a su favor.

El realce de nuevos liderazgos de izquierda en la esfera pública latinoamericana, desbarata el mito caudillista que ha desprestigiado —por largo tiempo— la política regional. La frescura que impregnan los nuevos rostros progresistas, solo puede ser señal de que avanzamos hacia la construcción de un mejor porvenir, —el que se dará— siempre que se supere con éxito los desafíos que todavía nos descolocan como región. Por lo pronto, las buenas nuevas nos las dan nuestros hermanos de Bolivia en las urnas; de Chile, enterrando de una vez por todas el legado criminal de Pinochet; de Argentina; de Venezuela, quienes resisten la arremetida del Imperio; de México; de Cuba, como hace más de 61 años; de Nicaragua —la libre y soberana—.

Latinoamérica está despertando, ¡otra vez!