De la ironía en nuestra época

No se deje dominar por ella [la ironía], y menos
aún en los momentos de esterilidad. En los que
sean fecundos, procure aprovecharla como un
medio para comprender la vida. Empleada con
pureza, también la ironía es pura, y no hay por
qué avergonzarse de ella. Pero si usted siente que
le es ya demasiado familiar y teme su creciente
intimidad, vuélvase entonces hacia grandes y
serios asuntos, ante los cuales ella quedará
siempre pequeña y desamparada. Busque la
profundidad de las cosas: hasta allí nunca logrará
descender la ironía…

Rainer Maria Rilke, Cartas a un joven poeta

La ironía es muy antigua. Tan antigua como lo delata, al menos, su culterana etimología clásica: el vocablo griego εἰρωνεία, eirōneía, que significa «disimulo», «ignorancia fingida», y que los romanos incorporaron al latín como ironia, palabra de la cual se derivan, a su vez, el término castellano «ironía» y todos sus cognados: ironia en italiano y portugués, ironie en francés, irony en inglés, Ironie en alemán, ironija en croata, ironi en las lenguas escandinavas, etc.

 Si hemos de dar crédito a los diálogos platónicos, ya Sócrates se valía metódicamente de ella. Pero la ironía socrática no tenía, por cierto, las veleidades desmesuradas que hoy exhibe la ironía posmoderna. Era tan sólo el puntapié de la mayéutica, apenas el preludio de un largo crescendo crítico-racional de preguntas y cavilaciones que conducía a la verdad. La ironía posmoderna, en cambio, se asume a sí misma como alfa y omega del pensamiento. Pretende validar o impugnar tesis de modo express, sin desarrollar argumentos…

Noto con preocupación que cada vez hay más y más personas que creen que ser inteligente consiste, básicamente, en las siguientes tres cosas: 1) hacer alarde de un descreimiento cáustico y generalizado, de ribetes cínicos; 2) tener la habilidad de descubrir siempre una «mano negra» detrás de todo lo que sucede o no sucede, principalmente cuando los demás no alcanzan a avizorarla; y 3) decir ironías todo el tiempo (sarcasmos burlones o mordaces, preferentemente). A los ojos de tales personas, el rigor lógico, el apego minucioso a los datos, la sagacidad analítica, el nivel de argumentación, el espíritu crítico y la capacidad de autocrítica no valen nada, o muy poco.

Para colmo de males, esta moda también ha llegado al campo intelectual y periodístico, y con gran ímpetu. Debe admitirse que en su variante letrada y posmodernista, el homo ironicus resulta particularmente virulento y exasperante. Es la vacuidad de la ironía llevada a su paroxismo de acritud y regodeo, al límite de su afectación y pedantería.

Seré franco: no todas, no (siempre hay honrosas excepciones), pero sí la mayoría de de las personas descreídas e irónicas que he conocido en mi vida me resultaron insoportablemente mediocres y cortas de luces, incapaces de trascender la charla de café y sus simplismos. En contrapartida, tuve la fortuna de conocer un montón de gente intelectualmente brillante que nunca hizo del descreimiento jactancioso y la ironía recurrente un deporte de lucimiento personal.

Las personas irónicas suelen dar por sentado que decir ironías constantemente es una muestra de inteligencia superior, y que tener dificultad para captarlas es un síntoma infamante de mediocridad. Sin embargo, en muchas ocasiones es exactamente al revés. Hay personas mediocres que pretenden pasar por inteligentes diciendo una ironía detrás de otra (ironías muy ingeniosas en su forma, pero muy pobres en su contenido); y personas inteligentes que a menudo no comprenden las ironías simplemente porque no tienen ganas de estar todo el tiempo alertas a las sutilezas, jugarretas y caprichos expresivos de personas mediocres –sin nada interesante para decir– que, de manera bastante poco autocrítica, y cebadas en su propia fatuidad, confunden con demasiada facilidad la ironía con la inteligencia.

Por muy sofisticada que sea, si una ironía está al servicio de una idea absurda u ordinaria, poco vale, y no merece el galardón de ser considerada una muestra de inteligencia. Las zonceras, los disparates, las verdades de Perogrullo, las opiniones gratuitas, no dejarán de ser lo que son si se las engalana con lenguaje irónico. Como reza el refrán, aunque la mona se vista de seda, mona se queda.

La manifestación más vituperable de la ironía es la sonrisa socarrona. Hay personas que creen que con ella sola basta para demoler cualquier edificio argumentativo, por muchos datos precisos y razonamientos articulados que aquél albergue. Apenas una mirada y una mueca picaronas (una mirada y una mueca que transmiten subliminalmente desdén, o lástima en el mejor de los casos) otorgarían supuestamente al homo ironicus posmoderno una victoria apabullante e instantánea sobre quien argumenta, sin necesidad de abrir la boca. ¿Para qué? ¿No resulta obvio que el interlocutor es demasiado ingenuo, idiota o ignorante? ¿No es evidente que se ha equivocado de cabo a rabo? ¿Por qué perder tiempo y energías en refutar su craso error? Mejor es el atajo del silencio y la conmiseración con cortés irrisión, de la mofa gesticular que, vaya uno a saber cómo (telepatía tal vez), obraría el portento de avivar al otro sin decirle ni una palabra, tan sólo escarneciéndolo. Así, la mente más aguda conseguiría instruir o aleccionar a la mente más obtusa sin despeinarse, sin hilvanar argumentos, sin descender jamás de las alturas olímpicas del por supuesto que soy yo quien tiene razón, aunque calle.

De todas las falacias en que incurre el homo ironicus posmoderno, la más general y reiterada, la que mejor resume su carácter, su idiosincrasia y sensibilidad distintivas, su talante intelectual y moral, es el argumentum ad lapidem. ¿En qué consiste este sofisma? En la pretensión de poder rebatir un enunciado con sólo declarar –o sugerir con gestos descalificatorios– la presunta obviedad de su falsedad. El facilismo de los sarcasmos ad lapidem se cuenta, sin lugar a dudas, entre las expresiones más acabadas de cretinismo polémico del mundo contemporáneo.

La ironía es sólo una herramienta expresiva, un recurso retórico más entre muchos otros. Como tal –huelga aclararlo– es perfectamente legítima, respetable; y en ocasiones, además, muy provechosa. A mí, en lo personal, me gusta cultivarla en ciertas ocasiones, especialmente en escritos de sátira política o social, al servicio de la parresía contra el poder (a la sátira parresiasta le asiste el fuero de inmunidad, el derecho moral de David contra Goliat).

Así lo hizo Jonathan Swift, con maestría inigualable. Su escrito Una modesta proposición (1729), joya de la sátira augusta, sigue siendo un modelo a imitar. En una Irlanda esquilmada por los terratenientes ingleses, Swift sugiere con ironía la siguiente solución al flagelo de la pobreza: que las familias más carenciadas vendan su prole a las más pudientes como “el más delicioso, nutritivo y saludable alimento”. Es decir, una combinación de infanticidios y canibalismo. ¡Humor negro al por mayor!

La ironía más célebre en toda la historia de la cultura occidental –si la tradición clásica no falta a la verdad, materia muy discutida entre especialistas– sería la que Diógenes de Sinope, el filósofo cínico, le habría espetado a Alejandro Magno en Corinto, cuando el caudillo macedonio, muerto su padre Filipo II, fue aclamado comandante del ejército griego que conquistaría el Imperio persa. Según narran Plutarco y Diógenes Laercio, Alejandro se dirigió con su comitiva hasta el barrio donde vivía humildemente el sabio griego, a quien deseaba conocer, hallándolo tendido al sol. Lo saludó y se presentó, y le preguntó qué podía hacer por él. “Quítate del sol”, fue la chispeante e irreverente respuesta de Diógenes, quien despreciaba la fama, el poder y la riqueza, todo aquello que Alejandro personificaba más que nadie. Existen otras variantes de la anécdota, como las de Cicerón y Valerio Máximo, pero solo difieren en detalles. El legendario encuentro de Corinto ha sido objeto de innumerables representaciones plásticas, entre ellas el óleo Alejandro y Diógenes (c. 1700), del pintor veneciano Sebastiano Ricci, la cual ilustra el presente ensayo.

Pero como advertía Rilke, no hay que abusar de la ironía. Esta no debiera ser sobredimensionada, absolutizada, considerada un fin en sí mismo. Vale como medio auxiliar de persuasión, como complemento de la dialéctica. Pero no tiene per se ninguna sustancia intelectual. Carece del poder milagroso de operar como sustituto de la argumentación. No nos exime de la responsabilidad de pensar con rigor, del imperativo ético y dianoético de fundamentar nuestras opiniones u objeciones.

En este sentido, se puede aseverar que el homo ironicus posmoderno cae en el pensamiento mágico más burdo: el de creer que los juegos de palabras son una panacea, convicción que lo arrastra a una sofistería de endebles cimientos lógicos y empíricos. Cuando el lenguaje irónico se vuelve autorreferencial, cuando queda encerrado en un círculo vicioso de peticiones de principio astutamente disimuladas, el intelecto se degrada, se desvirtúa, se destruye a sí mismo.

En nuestro mundo posmoderno, por desgracia, hay muchos polemistas –de izquierda, centro y derecha– que creen que ironizar es argumentar, sobre todo si se ironiza con estilo sobrador y sarcástico, burlón y mordaz. He padecido a varios de ellos durante estos últimos años… El pensamiento light y la moda del giro lingüístico juegan claramente a su favor.

En lo que a mí respecta, seguiré concibiendo la ironía como retórica y no como dialéctica, como instrumento ocasional de refuerzo persuasivo y jamás como carta ganadora del debate intelectual. Seguiré asumiendo, pues, la ironía como poiesis y el raciocinio como praxis, aunque a algunos les parezca aburrido, anacrónico o pasado de moda.

Hace algo menos de tres centurias, en la tercera edición de su Scienza Nuova, Giambattista Vico escribió(las cursivas son mías):

[…] Estos pueblos se han acostumbrado a no pensar sino en el interés particular de cada cual y han alcanzado el último grado de la delicadeza o, para decirlo mejor, del orgullo, en el cual como fieras y por un pelo se ofenden y se enfurecen […]. Viven como bestias enormes en una gran soledad de ánimo y de sentimiento, no pudiendo ni siquiera dos de ellos ponerse de acuerdo […]. De tal suerte, al cabo de largos siglos de barbarie consiguen herrumbrar las malhadadas sutilezas de los ingenios maliciosos, que hicieron de ellos fieras más grandes con la barbarie de la reflexión [en italiano, barbarie della riflessione] que cuanto había hecho la primera barbarie de los sentidos.

El filósofo napolitano hacía referencia a la civilización donde vivía. Tenía en mente, pues, a la Europa de mediados del siglo XVIII (la tercera edición de Scienza Nuova data de 1744). Pero, ¿cómo no tentarse de extrapolar su observación a nuestro presente? ¿Cómo no ver, en el uso y abuso posmodernos de la ironía, un ejemplo paradigmático de lo que Vico llamó en su lengua, y sin pelos en la lengua, barbarie della riflessione?

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