Los caballos de los conquistadores, otra vez (El otro sendero)

“Los caballos eran fuertes.
Los caballos eran ágiles.”
JOSE SANTOS CHOCANO

Sobre un fondo obscuro y vacío se superponen gruesos trazos de un color intenso, casi luminoso: son las imágenes que vemos en la carátula del libro de Hernando de Soto, El otro sendero[1]. Esas imágenes envuelven toda una propuesta igualmente nítida que supuestamente nos permitiría “escapar del atraso y avanzar hacia la modernidad” (p. 317). Desde antes de la primera línea hasta la última, el discurso del autor parece organizarse alrededor de contraposiciones tan claras como simples, con las que se pretende explicar absolutamente todo.

Aparentemente es un libro sobre los informales. La primera parte está dedicada a la vivienda, al comercio y al transporte que de manera espontánea y al margen de las normas vigentes, edifican o ponen en circulación los migrantes andinos llegados a la capital. La descripción parece sustentarse en una cuidadosa recopilación de estadísticas, cuando no en la producción de sus propios datos y siempre en la observación atenta y el análisis, para dejar atrás prejuicios y permitir que la realidad se muestre tal cual es. Una obra científica, para cuya elaboración un economista dejó su escritorio y salió a las calles de Lima y trató de entender —con la colaboración de abogados, antropólogos y hasta historiadores— a este país. Luego de varios años de investigación, con toda la cautela necesaria, termina ofreciéndonos sus descubrimientos y hallazgos. Volviendo a las páginas del libro, después de un intermedio —la informalidad en fotos— sigue una segunda parte en la que el autor arremete contra el Estado: “esa muralla de papel” que empantana todo y que explica en última instancia la informalidad. De allí en adelante, el tema es el mercantilismo y toda una interpretación acerca de la evolución histórica del Perú. El puente que habría permitido pasar de lo particular y la descripción detenida, a las imágenes de conjunto y las propuestas, sería la interpretación que sobre su situación han elaborado los propios informales. Así el economista se habría identificado tanto con sus personajes que al final su visión del Perú sería apenas el esfuerzo por sistematizar lo que piensan y viven un conjunto de personas. Esos años de paciente investigación habrían producido una mutación: de académico con estudios en Suiza, a vocero de los informales[2].

Pero volvamos atrás y reparemos en el momento en que se pasa de la primera a la segunda parte. Al comenzar el capítulo V se discuten las causas de la informalidad enumerando algunas explicaciones que señalan indistintamente como factor fundamental a las migraciones, distribución del ingreso, desempleo o clima. No se señala quiénes las han elaborado y menos en qué se sustentan[3]. Rápidamente quedan desechadas. La tarea se ve facilitada al haber colocado en el mismo saco versiones plausibles con una absolutamente disparatada, que atribuye la informalidad al clima y que ignoramos quién pudo haberla formulado. No importa. Ayuda a dar la sensación de inconsistencia que Hernando de Soto quiere enrostrar a sus supuestos adversarios. Despejando el terreno, continúa: “fue así que decidimos conversar al respecto con los informales mismos y descubrimos que sus quejas estaban referidas fundamentalmente a la ley y que sus esfuerzos estaban dirigidos a obtener el reconocimiento del sistema legal” (p. 171).  Aquí se esfuma toda la rigurosidad. ¿Cómo podemos saber que se trata de una opinión representativa? No hay la menor alusión a cómo fue obtenida: ¿encuestas?, ¿cuestionarios? Pero si se ha hecho una lectura atenta del libro no se tarda en descubrir que por primera y única vez, en esa página, se alude a la visión de las cosas que tendrían los propios informales. Hasta entonces hemos visto sus productos: viviendas, microbuses, mercados, pero no a ellos mismos. No los volveremos a ver en las páginas que siguen, cuando terminan definitivamente desplazados por el discurso acerca del país que Hernando de Soto esgrime.

En realidad este discurso ha estado presente desde las primeras líneas. Consiste en una imagen dual que recorre todo el libro y que emerge en uno y otro pasaje. Lo tradicional frente a lo moderno, el pasado contrapuesto al futuro. En la columna titulada tradición pueden aparecer otros términos como espacios rurales, campo, pueblos, organizaciones. En la vertiente opuesta figurarían, en cambio, ciudades, calles, individuos. Lo tradicional es lo primitivo mientras lo moderno es lo civilizado[4]. El pasado peruano ha estado dominado por una maquinaria estatal lenta y burocrática que el autor resume con la palabra mercantilismo. El desmantelamiento de esa maquinaria podrá abrir el camino para el capitalismo. Entre uno y otro momento hay una fase de transición —como el intermedio fotográfico en la distribución de su libro—, en el que se descompone lo tradicional y se anuncia los nuevos horizontes a través de los informales. Los informales son individuos que luchan denodadamente por conquistar su propiedad: “responden preferentemente a los beneficios que de modo individual pueden conseguir” (p. 313). Está implícita una apuesta por la selección natural: quedarán los mejores. Nueva versión del darwinismo social. Al migrar, los informales han debido “romper con el pasado”. Por eso es que en las fotos aparece como primera imagen el tren llegando a la estación de Desamparados —muy pocos han llegado así a Lima en realidad— y luego, un hombre en medio del arenal de Pamplona. Las fotos que siguen, en su mayoría, son imágenes de individuos, un ambulante itinerante, otro en carretilla, otro cuidando su puesto, un señor al lado de su casa, otro en el interior de su taller. Desde luego no interesan quiénes son, podemos apenas suponer qué edad tienen e ignoramos de qué lugar del país proceden. No tienen nombres ni apellidos. ¿Por qué sorprendernos? Son individuos, no personas. Mejor dicho: productores y consumidores, segregaciones del mercado y no seres humanos con ilusiones, esperanzas, pasiones o desengaños.

Salvo una que otra referencia pasajera, Hernando de Soto nos dice muy poco acerca de las condiciones de vida de los informales. Empeñado en demostrar que en cualquier circunstancia resulta más rentable la informalidad, debe pasar por alto referencias a la alimentación, la salud, las enfermedades o la familia de los informales. Se oculta toda la miseria real que significan dilatadas jornadas de trabajo, la carencia de distracciones, el trabajo de los niños, la inseguridad permanente, etc. Curiosamente en este libro destinado a demoler el Estado mercantilista y a lo que su prologuista Mario Vargas Llosa denomina literalmente como “apartheid” legal (p. XXV), no existe la menor referencia al racismo y al autoritarismo. Los informales no son sólo migrantes. Son también, como lo sabe cualquiera que camine por Lima, en su mayoría mestizos y deben soportar el menosprecio racial cotidiano y las trabas a la movilidad que existen en una sociedad donde siempre las clases sociales, en especial las dominantes, han recurrido a criterios étnicos para distinguir entre ricos y pobres.

Pero estos conflictos son omitidos porque a Hernando de Soto le interesa proponer justamente un terreno de encuentro entre dominadores y dominados: todos son empresarios. La propuesta liberal según la cual todos son ciudadanos es sustituida por la condición económica. No interesa que tengan o no los mismos derechos. Todos buscan la propiedad, quieren ganar más y deben abrirse paso[5]. Aquí un historiador puede comenzar a advertir ecos de un discurso anterior al liberalismo. Una vieja preocupación colonial: organizar desde arriba a la población. La encontramos repetidas veces desde el siglo XVI: es la obsesión de juristas y de funcionarios coloniales conscientes unos y otros de representar a una minoría española y blanca en medio de un país de indios. La preocupación reaparece cada vez que ocurre alguna rebelión, como en 1782, después el alzamiento de Túpac Amaru, cuando Carrió de la Vandera, comerciante e intelectual colonial, elabora una Reforma del Perú, rescatada años atrás por Pablo Macera del archivo de la familia Moreyra[6]. Ene se texto, Carrió propone abolir la barrera social, como ahora Hernando de Soto las diferencias de clase, buscando una condición común para todos en el mestizaje. Los españoles deberían reconocerse como mestizos e igualmente los indios. Todos mirarían juntos hacia el futuro de una nación posible pero dejando de lado la nobleza indígena, el quechua, y la cultura andina. Se trató de un discurso en defensa de la conquista. La justificación de la obra de España. El Perú sin indios. ¿Racismo? Se trata de etnocentrismo: la imposición de una cultura sobre otra.

Como si todavía estuviéramos en el siglo XVIII, el libro de Hernando de Soto ofrece una imagen de la historia peruana en la que se ignora a las culturas andinas —son parte del lastre que hay que arrojar para conquistar la modernidad— y se omite la historia prehispánica. La informalidad —y con ella la historia—¸comienza con la llegada de los primeros conquistadores. “Hemos podido ver los primeros síntomas de grandes síntomas de grandes empresas que se podrían llamar informales, hace más de 400 años, antes del Virrey Toledo, cuando antes de venir con la legislación que importó de España, prosperaban varias de ellas”[7]. Por eso en El otro sendero se lamentará que el país no tenga una  “auténtica experiencia feudal descentralizadora” (p. 288). Triunfa Toledo con quien aparece el Estado mercantilista y las comunidades, como dos aspectos de la imposición de lo colectivo sobre lo individual. Después se nos instará a desmantelar el Estado. Lo que se busca para las comunidades queda implícito para cualquier buen entendedor.

El año 1979, cuando apenas nacía el Instituto Libertad y Democracia, Hernando de Soto tuvo la clarividencia de anunciar algunas de las conclusiones de su posterior indagación científica. Decía en el discurso de clausura de un coloquio conservador, que los informales “representan el nuevo orden que surge espontáneamente cuando los hombres abandonan el pueblo —la organización tribal— y se vuelven hacia las grandes ciudades”[8]. Se identifica pueblos de interior con tribus; podría argumentarse que no se ha dicho que sean inferiores, sin embargo una página más adelante, Hernando de Soto es todavía más explícito: “… han entrado ya al mundo de la civilización moderna, incipiente, que, con todas sus desventajas, evidentemente parece ser un mundo superior” (p. 422). Es decir, la superioridad del capitalismo que es también la superioridad de lo occidental. Para Vargas Llosa, en un texto anterior, el triunfo de Pizarro en Cajamarca fue una expresión del triunfo de lo individual sobre lo colectivo. Si un puñado de conquistadores derrotan a un ejército es porque los indios que lo conforman carecían de cualquier iniciativa, mientras que los españoles eran hombres libres[9]. Dejemos de lado la ignorancia acerca de hechos puntuales, como la organización de la hueste conquistadora, cantidad de efectivos, colaboración de indígenas, disparidad en las armas, etc. Interesa solo indicar que tras el elogio a la iniciativa individual subyace una defensa de la conquista. La hará el historiador Fernando Iwasaki, argumentado que “la Conquista no fue una empresa del Estado ni de los caudillos, sino que intrínsecamente fue una empresa popular”[10]. Como el capitalismo que ahora estaría emergiendo en el país, añado yo. Termina Iwasaki dedicando su ensayo a esos “conquistadores anónimos”, es decir “ a los que nos enseñaron que Hispanoamérica es aún un continente por conquistar”. Evidentemente, la conquista no es sólo un tema del siglo XVI.

Conquistar y no descubrir: el año 1979 Hernando de Soto tenía organizado ya el discurso que en 1986 nos va a proponer como un descubrimiento científico. ¿Un libro tramposo entonces? No. Un libro ideológico sí, en el que los datos únicamente corroboran presunciones e ideas establecidas de antemano. En otra ocasión, también antes de publicarlo, en 1984, anunciaba claramente que su finalidad era enfrentar a una versión opuesta de la historia peruana. “Esto nos lleva a una segunda conclusión —decía—, que creo es una buena noticia, y es que la visión tradicional, la única visión coherente y popularmente aceptada de la realidad peruana, que es marxista, dice, decía y sigue diciendo que las características históricas culturales hacen de la sociedad peruana un sistema con vocación colectivista. Creo que nuestro estudio va a demostrar que, básicamente, estos señores se equivocaron. Las mayorías nacionales recién llegadas a las ciudades, están constituidas en empresas individuales de carácter netamente privado y funcional. Dentro de una economía de mercado incipiente, aunque insuficiente, desean maximizar su prosperidad y tener derecho a las mismas condiciones que tenemos nosotros…” palabras dichas en la Cámara de Comercio, en una conferencia citada líneas atrás. Resumida, al día siguiente, en La Prensa. Luego, alguien hará eco de estos planteamientos, entendiendo que una manera correcta de interpretarlos es arremeter contra los intelectuales de izquierda, en la figura de Manuel Scorza, y decir que el caso de ese “literato que vive un prologando exilio parisino, es ilustrativo de cómo la alquimia intelectual puede hacer de un aborigen al filo de la humanidad, rayano a la animalidad, un revolucionario que pasivamente boicotea el sistema”[11]. De Soto, es cierto, no coloca a los indios al borde de la animalidad. Nadie, de otro lado, es responsable de sus discípulos. Pero no se puede negar que el autor de El otro sendero los confina en el pasado y los identifica con el atraso y la inferioridad.

El manifiesto liberal y moderno termina teniendo resonancias conservadoras y antiguas. Quizá porque la conquista está demasiado presente en el Perú actual o porque el capitalismo, en este país, tiene rasgos similares con la empresa de Pizarro. “En el contexto del Perú, el liberalismo en el mercado de trabajo es literalmente criminal”, dice Javier Iguíñiz[12] y en respaldo de esta afirmación puede recordarse que estamos en un país donde 49,5% de familias viven por debajo de la línea de pobreza. De ellas, un 35% se encuentran en lo que se denomina pobreza extrema, es decir, no pueden satisfacer necesidades básicas de alimentación, vestido, salud, educación. Viven en condiciones de hambre encubierta, mal alimentados, con déficit de calorías, soportando la incidencia de una alta mortalidad infantil. Un país pobre pero además de profundos abismos sociales en el que, de un lado, 10% de familias se apropian de 43% de los ingresos nacionales, mientras que en el extremo opuesto, 25% de las familias de menores ingresos deben repartirse el 2.6% de la “torta”[13]. Se calcula que 60% de niños entre 1 y 5 años están desnutridos.

Pero, sobreponiéndose a la miseria, la historia de las clases populares de este país no ha sido siempre tan disgregada como el libro de Hernando de Soto quiere hacernos suponer. Frente a un acontecimiento como las migraciones a las ciudades de la costa y a Lima, la primera imagen supone el desorden y el azar: llegan de cualquiera manera y a cualquier sitio. Pero, esto no es cierto. Desde principios de siglo —cuando los provincianos no tenían la presencia masiva de ahora—, en Lima ya existían agrupaciones que los reunían de acuerdo a su lugar de origen, por pueblos y provincias: después se llamarían clubes de migrantes o asociaciones regionales. En 1950, un autor calculó más de 1000 en Lima. Para 1974, serían más de 4000 y en 1982 habrían llegado a 6000, lo que haría que 50% de la población migrante estuviera integrada en clubes. Para algunos, esta institución prolonga a la comunidad en la vida urbana. Para otros, se trata de una respuesta a los desafíos de un hábitat diferente. Parece también sospecharse que estos clubes tienen sus raíces en las cofradías coloniales. Lo cierto es que en todos ellos, sea cual fuere su origen, se debe elegir una directiva, hacer asambleas, llevar un libro de actas, presentar un programa de actividades tanto para el barrio en que residen en la capital como para su pueblo. Todo esto significa discutir. Es una práctica democrática —a pesar que no falten intentos de manipular y de utilizar a esas instituciones en beneficio de un grupo—, que abre la posibilidad de respuestas colectivas[14].

Es probable que existe una relación mayor de la hasta ahora supuesta entre los clubes y el sindicalismo. Debemos también señalar que los clubes de migrantes no sólo funcionan en Lima. Los podemos encontrar en una localidad relativamente pequeña como Huacho o en un campamento minero como Morococha. Quizá exista alguna correlación entre el incremento de los clubes y el de las cooperativas y los sindicatos. En 1981, existían en el país más de 2000 cooperativas con casi 1’800, 000 socios. Ese mismo año, el país contaba con cerca de 3000 organizaciones sindicales. Sólo entre 1973 y 1982 aparecieron 731 sindicatos nuevos[15].

A las antiguas organizaciones es preciso sumar las que aparecieron bajo el impulso de los años de Velasco. Una de las más importantes fue la comunidad laboral. Se establecieron cerca de 4,000 agrupando a 250,000 trabajadores. Debemos añadir las cooperativas y las SAIS que pasaron a ocupar el lugar de las antiguas haciendas. Este recuento terminaría llegando hasta las empleadas domésticas. En el año 1961 existía una sola organización que las agrupaba a nivel de Lima, con apenas 150 o 200 afiliadas. El año 82 habían formado 8 organizaciones aunque con un promedio bajo de afiliadas cada una. Estamos ante un grupo de trabajadores en el que ha persistido la fragmentación social. Las formas organizativas han podido desarrollarse sobre todo entre aquellos grupos donde se han depurado más claramente las relaciones de clase. Entonces, no sería aventurado anotar que el crecimiento organizativo es consecuencia de una sociedad donde las clases sociales han comenzado a sustituir efectivamente a los estamentos coloniales.

La organización ha sido, sin embargo, una necesidad vital desde siempre en el mundo andino. Escasos recursos, frecuencia de catástrofes, explotación y agresión del mundo externo, hacen que aquí casi resulte imposible vivir sin organización. Las comunidades, aunque establecidas por el Virrey Toledo sobre la base de antiguos ayllus, fueron aceptadas por una población que mantenía prácticas de formas de ayuda mutua y trabajo colectivo. Agrupados en comunidades, los hombres andinos pudieron resistir mejor las epidemias, evadir la mita, sortear los abusos de los corregidores y además conservar su cultura. En nuestros días, sin el trabajo de todos, sería difícil edificar viviendas en medio del desierto o que las mujeres puedan conseguir el sustento diario. Aparecen así en Lima los clubes de mares, los comedores populares —más de 800—¸las agrupaciones alrededor del “vaso de leche”. Respuestas organizadas ante la miseria. No todos optan por la feroz competencia que entusiasma a Hernando de Soto. Para esos otros parece resultar más eficiente la cooperación y la ayuda mutua o el trabajo familiar, que la empresa individual.

Después de una historia clandestina a lo largo del siglo XIX, las comunidades volvieron a emerger en la vida política del país cuando en 1924 Leguía les devolvió el reconocimiento negado antes por la República. Entre 1926 y 1935, fueron inscritas 411 comunidades. Abelardo Solís, en 1925, había calculado que en los andes peruanos existían alrededor de 1,500 comunidades. El año 1977, el conjunto de comunidades reconocidas llegaba a 2,835, con un total de 2’745,693 habitantes, es decir, 20% de la población nacional y 50% de la población rural. Ahora, son más de 4,500 las comunidades reconocidas: la institución civil más importantes del país. Es el resultado de un prolongado enfrentamiento contra los terratenientes y también contra el Estado. Recordemos, por ejemplo, el sustento antifiscal de las rebeliones campesinas (siglo XVIII) y los enfrentamientos contra la ley de conscripción vial (Oncenio).

Volvamos a El otro sendero. En sus páginas se quiere argumentar que la existencia de una pesada maquinaria estatal es casi el único obstáculo para que triunfen la modernidad y el capitalismo en el Perú. Encontramos, de esta manera, invertida esa interpretación de Jorge Basadre, para quien, más allá de la geografía, las diferencias culturales, los enfrentamientos étnicos o la desigualdad de ingresos, lo que unía a los peruanos era una misma situación jurídica al encontrarse todos bajo la sujeción a un mismo Estado. El Estado habría forjado la nación. Pero esta versión de la historia política no nos parece tan convincente. Los momentos y períodos de centralización en el territorio que ahora conocemos como Perú, han sido los menos de su historia. Por encima de lo que arqueólogos e historiadores han llamado horizontes panandinos, han primado los reinos y señoríos locales. Los imperios aparecen tardíamente con Huari y los Incas. El caso de los Incas fue del una formación estatal tan dilatada como efímera: se forma en medio siglo para derrumbarse a los pocos años de la llegada de los europeos. La administración colonial que lo sustituyó después de las guerras civiles entre los conquistadores, no consiguió la estabilidad que tuvo su similar en Nueva España. Cuando se descompone la dominación colonial, los intelectuales criollos encontrarán múltiples dificultades para edificar una nueva organización estatal, que a la postre debió tolerar los fueros privados de los terratenientes. En esta larga historia ha existido siempre la resistencia de las poblaciones al Estado; la lucha de los pueblos, de las regiones, de las ciudades contra la dominación centralizada. Alzamientos campesinos ante las cargas tributarias, reclamos por los excesivos recursos extraídos en beneficio de la capital, protestas contra los malos administradores o contra la ineficacia burocrática. Podríamos decir que la nación —si identificamos esta palabra con los habitantes del país— se ha constituido en lucha contra el Estado.

Nación contra Estado: en otras palabras, relaciones conflictivas entre sociedad civil e instituciones políticas. En contra del monopolio oligárquico del poder, la sociedad civil recurrió a antiguas y nuevas organizaciones. En este siglo fue el resultado, espontáneo a veces y otras consciente, de la conformación de una estructura de clases sociales. El movimiento campesino primero, los movimiento obrero, estudiantil, de pobladores de barriada después, fueron los que resquebrajan el edificio aparentemente tan sólido de la dominación oligárquica. Sin las huelgas de 1977 y 1978 es imposible entender el repliegue de los militares a los cuarteles[16].

Pero este mundo popular, organizado e hirviente, no existe para Hernando de Soto. Los ambulantes, según él, prefieren “desconocer a sus organizaciones cuando ello les permite obtener alguna ventaja” (p. 76). No se trataría sólo de oportunismo sino de una corriente social más profunda: “los gremios han perdió poder y la población sindicalizada privada ha decrecido persistentemente” (p. 5). En definitiva, estaríamos ante el hecho irreversible de la ciudad imponiendo sus reglas, es decir, “individualizando”, permitiendo el predominio del “esfuerzo personal sobre el colectivo” (p.2). Es evidente el entusiasmo que Hernando de Soto no puede ocultar ante el desarrollo de esta tendencia que llevaría a liquidar definitivamente el pasado. Es el nuevo orden que acabaría con el caos actual. Nuevamente recurre a la historia para, con la imaginaria autoridad de los siglos, avalar suposiciones: “Desde sus orígenes la ciudad en el Perú había sido un centro administrativo y religioso que representó la ambición de ordenar un territorio salvaje y agreste” (p. 11). Frase definitiva en la que parece condensarse toda una laboriosa reflexión sobre el país. Pero a veces las imágenes terminan traicionando a un autor. ¿Cuándo aparece la ciudad en el Perú? ¿Está pensando Hernando de Soto en Huari o en Chan Chan, o más bien en Pizarro repartiendo solares en Lima? Sea como fuere lo cierto es que el territorio sobre el que se asentó la urbe no estuvo vacío, ni tampoco era salvaje o agreste. Existía una civilización campesina que este libro trata de negar en todo momento. El espacio vacío. El Perú sin indios: la vieja propuesta colonial de Carrió de la Vandera.

Las páginas de El otro sendero no son sólo un manifiesto liberal. Esas páginas proponen —a veces de manera explícita— destruir una identidad colectiva. Defienden así la tendencia del capitalismo a eliminar diferencias, acabar con lo “otro”, imponer los valores occidentales. Ese discurso se entiende mejor si se coloca a su lado la propuesta de Vargas Llosa en favor de una “trasnacionalización” de la cultura en el Perú. Es la negación militante del país interpretado por otros autores que De Soto ubicaría en la vertiente marxista por cierto, como José María Arguedas. Recordemos, por ejemplo, esas palabras que el joven Gabriel, personaje de El Sexto, dirige a Cámac, indio moribundo, aniquilado por el trabajo en la mina: “No se puede en este mundo mantener por siglos regímenes que martirizan a millones de hombres en beneficio de unos pocos y de unos pocos que han permanecido extranjeros durante siglos en el propio país que nacieron. ¿Qué ideal, hermano Cámac, inspira a nuestros dominadores y tiranos que consideran a cholos e indios de la costa y de la sierra como a bestias, y miran y oyen, a veces, desde lejos y con asco, su música y sus danzas en las que nuestra patria se expresa tal cual es en su grandeza y su ternura? Si no han sido capaces de entender ese lenguaje como patria antigua y única, no merecen sin duda dirigir a este país”[17]. Arguedas, a través de Gabriel, continúa diciendo: “Y creo que lo han sospechado o comprendido. Se empeñan ahora en corromper al indio, en infundirle el veneno del lucro y arrancarle su idioma, sus cantos y sus bailes, su modo de ser, y convertirlo en miserable imitador, en infeliz gente sin lengua y sin costumbres”. Esta es la propuesta de El otro sendero. No es un proyecto individual. Todo un discurso de derecha se ha venido articulando durante estos últimos años. Hay que revisar los diversos artículos, ensayos y prólogos en los que Vargas Llosa arremete contra Arguedas para denostar la supuesta “utopía reaccionaria” que se encontraría en novelas como Todas las sangres[18]. ¿Enfrentamiento entre lo moderno y lo tradicional? ¿Realismo frente a romanticismo? Terminemos de citar a José María Arguedas: “No queremos, hermano Cámac, no permitiremos que el veneno del lucro sea el principio y el fin de sus vidas. Queremos la técnica, el desarrollo de la ciencia, el dominio del universo, pero al servicio del ser humano, no para enfrentar mortalmente unos contra otros ni para uniformar sus cuerpos y almas, para que nazcany crezcan peor que los perros y los gusanos, porque aun los gusanos y los perros tienen cada cual su diferencia, su voz, su zumbido, su color y su tamaño distinto. No rendiremos nuestra alma”. Otra ética, que esa de la competencia feroz enaltecida en El otro sendero.

Una ética recusable, una investigación poco rigurosa y una versión nada original de las cosas: podríamos resumir con estos términos, que evidentemente exageran nuestros argumentos, lo que hasta aquí hemos venido diciendo sobre la propuesta de Hernando de Soto. Pero, entonces, ¿cómo entender el éxito de su libro? Se ha vendido, ha sido leído —discutido sólo por algunos— y en poco tiempo ha conseguido conformar un cierto sentido común: “informalidad” es una palabra corriente en nuestro vocabulario. Es evidente que en el terreno de las ciencias sociales el éxito de una obra no mantiene relación directa con su contenido científico. No se puede desdeñar la vinculación que, por el contrario sí se ha dado, entre libro e imagen: el empleo de mecanismos publicitarios y de los medios de comunicación masivos. Pero creo que una explicación más consistente debería buscarse antes que en el libro, en sus lectores: veríamos que ha respondido a una necesidad, a la búsqueda de una ideología y un discurso propio para una derecha que se sentía huérfana de intelectuales. El discurso de El otro sendero ofrece, supuestamente, una explicación nítida de la situación y además plantea una alternativa, se abre esperanzadoramente hacia el futuro, rompe con la lamentación reiterada y el tono de frustración y fracaso que desde mucho tiempo atrás, se repite en las imágenes elaboradas acerca del país. Una nueva derecha que, colocando al “capitalismo” como una propuesta para el futuro, pretende desligarse de cualquier compromiso con el pasado. Ellos no han sido los “dueños del Perú”. La responsabilidad de lo que ha ocurrido en este país hasta la fecha, debe achacarse en todo caso al Estado y a quienes han medrado a su costa. Entre la miseria y el capitalismo no hay ninguna vinculación por cuanto éste todavía no existe. El capitalismo es lo nuevo mientras que el socialismo, con sus afanes supuestamente ‘estatistas’, sería una prolongación de la historia anterior.

El porvenir de una ideología es muy pobre si sólo se convierte en un libro. Las ideas de Hernando de Soto aspiran a llegar más lejos, hasta confundirse con el sentido común. De allí el afán suyo por identificarse con la noción de informalidad y la repetición casi machacona de esta palabra en periódicos y revistas. Meses atrás, la fallida estatización de la banca fue la ocasión para que el mensaje de El otro sendero, llegase a calles y plazas. Pero una ideología como la contenida en ese libro —que se desprende de cualquier lastre y se da a sí misma el calificativo de novedad—, no puede sustentarse en los viejos partidos políticos sino directamente en el movimiento social. Los partidos tradicionales cargan inevitablemente con ese pasado del que Hernando de Soto quiere deshacerse imaginariamente. Además, en los últimos años, el electorado ha terminado adquiriendo un perfil de clase definido, que lleva a una presentación segmentada de cada partido. La derecha, de esta manera, obtiene altos porcentajes en barrios de clase media y alta y no en zonas populares. El otro sendero quiere superar estas barreras y para ello parecía un encuentro feliz el que se produjo entre estas ideas y el movimiento Libertad.

Frente a un discurso como el que propone Hernando de Soto, antes que argumentos, se requiere elaborar una propuesta similarmente ambiciosa. Desde la izquierda se ha escrito mucho sobre el tema de los informales y la pobreza. La lista sería realmente larga y se podría argumentar fundamentalmente la calidad de esos textos. Sin embargo, seducidos por lo específico y lo monográfico, buscando ser científicos y rigurosos, esos mismos textos carecen de una propuesta alternativa. Describen y analizan la pobreza. Al no mostrar cómo superarla parecen conformarse con ella. La sensación que transmiten es que los pobres son necesarios para demostrar que existe explotación y para nada más. El otro sendero les dice a esos mismos pobres que lo son sólo en apariencia o momentáneamente: ellos encarnan la modernización que se avecina. No es suficiente con negar esta tesis. Hace falta argumentar que con los más miserables y humillados puede construirse otra sociedad, en la que ellos serán precisamente los protagonistas y contraponer, de esta manera, al eventual éxito individual que ofrece el liberalismo, la esperanza y los riesgos de una empresa colectiva.


[1]  De Soto, Hernando, El otro sendero, Lima, Edit. El Barranco, 1986. Se trata del resultado de un conjunto de investigaciones emprendidas por el Instituto Libertad y Democracia (ILD), fundado en 1979, con el auspicio intelectual de Milton Friedman y económico de la Fundación Konrad Adenauer. La carátula fue elaborada por el pintor Fernando de Syzslo. Aparece prologado por Mario Vargas Llosa. Toda esta presentación ha sido cuidadosamente pensada. Es un libro en el que nada ha sido dejado al azar. Se trata de “vender una idea”, como veremos, y para ello cuenta hasta la forma como se la envuelve. De Soto, Syzslo y Vargas Llosa expresan una corriente intelectual que busca el reencuentro entre los intelectuales de derecha y la política. No es arbitrario confrontar las ideas de unos y otros como lo haremos en las páginas que siguen.

[2] Pero Hernando de Soto no es sólo un intelectual. No está demás tener presente los datos que el autor se ha encargado de propalar sobre sí mismo. Entre 1973 y 1979 fue Director Gerente de Universal Engineering Corp., Suiza, Funcionario de Swiss Bank Corporation, miembro del Comité de Planeamiento y Desarrollo de la ONU. A partir de 1979, presidente del ILD. Actualmente integra el directorio de varias empresas mineras. El Comercio, 6 de mayo de 1984.

[3] Hernando de Soto prescinde de siquiera mencionar a quienes se han ocupado antes del tema. Existe una vieja discusión acerca de la noción de marginalidad que simplemente ignora. Sobre otros autores, no se cita por ejemplo a Aníbal Quijano, Romeo Grompone o Pedro Galín. Emplea el término informalidad como si él lo hubiera acuñado. Por otro lado, las referencias a pie de página, para ser corteses, son un tanto “informales”. El libro inaugura, además, una original manera de investigar por correspondencia: así, para precisar la noción de “mercantilismo” se basa en respuestas vertidas en cartas por un investigador inglés y otro español. Esa sección dedicada al mercantilismo adolece de las mismas deficiencias de la parte sobre los informales: un desconocimiento de la bibliografía, del estado de la cuestión, de los debates. No sería justamente el modelo de un texto académico.

[4] Este es un viejo discurso en la sociología. Ha vuelto a tener curso en el país. Una imagen similar de la historia y la sociedad la podemos encontrar, por ejemplo, en un texto reciente de Sinesio López: “Desde hace más o menos 40 años, el proceso de modernización empujó al país desde la hacienda, la comunidad y las pequeñas ciudades en las que vivía la mayoría de los peruanos hacia las grandes y medianas ciudades, especialmente la costa. Para hablar en términos de la sociología clásica, ese transvase demográfico supuso que el Perú había transitado desde la comunidad, o mejor aún, desde la sociedad tradicional en la que las relaciones eran directas, personales, con una cierta dosis de afectividad y de reciprocidad y con una mayor cohesión, hasta la sociedad en donde los individuos emergentes establecieron relaciones impersonales de conflicto y solidaridad a través del mercado y de una autoridad pública centralizada”. “El otro lado del asedio”, en Cuestión de Estado, N°1, setiembre de 1987, p.19. ¿López copia a de Soto? De ninguna manera: recurren a las mismas lecturas. Esquemas clásicos (Tönnies y otros) con los que “ordenan” y pretenden “leer”, a su vez, la realidad.

[5] Manuel Castillo y Jaime Joseph, críticos de El otro sendero, ofrecen una versión que no compartimos: “Así, todos participamos de la racionalidad del cálculo que la modernidad nos imprime. En frase de Hernando de Soto, para la derecha: “todos somos empresarios”. El reconocimiento de que ser modernos es asumirnos como iguales en el mundo mercantil”. De “Yo soy la calle” en El Zorro de Abajo, Lima, junio de 1987, N°7, p. 42. Sin embargo, en la propuesta del libro que comentamos, quedan excluidos los campesinos indígenas y los sectores obreros sindicalizados. Es un discurso para la ciudad alrededor del cual se trata de confluir a grandes empresarios con desempleados. Pero, mientras se habla de los informales y hasta se les toma fotos, no se dice nada de los otros empresarios. Sobre estos temas, ver la crítica de Rosa Alayza, “De pobres a informales”, en Debate, Vol. IX, N°44, mayo-junio 1987, pp. 31-36.

[6] Carrió de la Vandera, Alonso. Reforma del Perú, Lima, Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 1966, transcripción y prólogo de Pablo Macera. Cfr. del mismo Macera, Trabajos de Historia, Lima, Instituto Nacional de Cultura, 1977, T.I. Carrió de la Vandera forma parte de un “ciclo literario” desencadenado por la rebelión tupacamarista: una literatura del miedo, obsesionada por el “problema indígena” y que propaló un sordo racismo. Ese “mal salvaje” que en nuestros días ha reaparecido después de Uchuraccay.

[7] De Soto, Hernando. “Conferencia en la Cámara de Comercio”, Lima, 17 de enero de 1984. Resumen en La Prensa, Lima, 18 de enero de 1984. Ver también Revista de la Cámara de Comercio de Lima, año 55, N° 540, dic. 1983, pp. 29-48. “Mercado informal” en Gerencia XIV, N° 115, pp. 12-15.

[8] De Soto, Hernando, “Discurso de Pre-Clausura” en Democracia y economía de mercado, Lima, ILD, 1981, p. 421.

[9] Vargas Llosa, Mario. “El nacimiento del Perú”, Dominical de El Comercio, 18 de mayo de 1986. Este texto ha sido replicado únicamente por un historiador: Pease, Franklin, “Los incas totalitarios: historia de un prejuicio”, Dominical de El Comercio, 26 de julio de 1987.

[10] Iwasaki, Fernando. “Conquistadores o grupos marginales. Dinámica social del proceso de conquista”, sept. del T. XLII del Anuario de Estudios Americanos, Sevilla, 1985, p 26.

[11] López, Fernando. “Capitalismo naciente en el Perú o el mito de los indios de atavismo comunista”. La fotocopia de este texto, así como de la edición de la conferencia de Hernando de Soto en la Cámara de Comercio de Lima, fue proporcionada por el ILD. Consulta en Centro de Documentación, Ciencias Sociales, PUC.

[12] Iguíñiz, Javier. En Quehacer, Lima, diciembre de 1986, N°44, p. 45.

[13] Amat y León, Carlos. Estructuras y niveles de ingreso familiar en el Perú, Lima, CIUP, 1978. Francke, Marfil. “La niñez, futuro del Perú: ¿violencia o democracia?” Informe al Instituto Nacional de Planificación, 1987. Amery, Jennifer. Morir siendo tan niños, Chimbote, IPEP, 1983. Iguíñiz, Javier, Distribución del ingreso en el Perú, Lima, CISEPA, 1981.

[14] Para todo lo referente a los clubes me he basado en ideas y datos de Cecilia Rivera, “Asociaciones de migrantes: una larga tradición en Lima” (texto inédito). Ver también, Altamirano, Teófilo Presencia andina en Lima Metropolitana. Un estudio sobre migrantes y clubes provincianos. Lima, 1984.

[15] Yepes, Isabel y Sulmont, Denis. Trabajo en cifras, Lima, PUC, 1984.

[16] Para describir esta realidad Rolando Ames ha acuñado la imagen del “protagonismo popular”.

[17] Arguedas, José M. El Sexto, Lima, Ed. Horizonte, 1986.

[18] Vargas Llosa, Mario. Prólogo a Todas las sangres, Madrid, Alianza Tres, 1984.


Este ensayo ha sido expropiado del libro Tiempo de Plagas (1988) de Alberto Flores Galindo.

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