#Elecciones2020: Días de gloria

Las elecciones presidenciales de Estados Unidos empiezan su ronda final. Por ello, desde Poliantea, cubriremos día a día, las convenciones del Partido Demócrata y Republicano, cuyos candidatos, si bien ya conocidos, servirán para vislumbrar cuán cohesionados ambos partidos se encuentran rumbo a noviembre.

Es extraño todo lo que ha sucedido alrededor de la Convención Republicana. No sorprende la reinvención de la realidad que el gobierno de Donald Trump ofrece cada cierto tiempo en el panorama de la pandemia. Lo que sorprende es este ambiente de fiesta democrática alrededor de protestas que denuncian el racismo sistemático e institucional en Estados Unidos. Resulta propio de Trump, de eso no queda duda. Lo que sorprende es que todo un partido haya decidido volverse su comparsa.

Por mucho tiempo, se ha podido excusar al Partido Republicano de las acciones del Presidente que ayudaron a coronar. Por mucho tiempo, se ha podido apelar al principio de la buena fe, a la ignorancia; pero ya no. Ha quedado perfectamente claro que lo que mueve al Partido Republicano es la ambición por las elecciones, un hambre de gloria que los llevó a la desesperación de nombrar a un sujeto que prometía gloria, sin especificar o ser muy conscientes del costo que ello tendría para el Partido en los futuros años. Mi honor por una elección, básicamente.

El último día de la Convención Republicana podría dejar esa sensación en el paladar del espectador. Resulta curioso observar este desfile de tontos útiles, de políticos sin personalidad, de rostros sin propósito y de almas sin deseos de luchar. Es imposible negar la existencia de una disidencia en el Partido que rechace la presencia de Trump, pero también resulta imposible poder nombrar quiénes la conforman o quiénes la lideran. Resulta curioso como en cuatro años, un partido que parecía otorgarle a regañadientes la nominación ha conseguido unirse detrás de la figura de Trump sin dejar lugar a otra alternativa. Seamos absolutamente honestos, por más rostro nuevo que pueda haber presentado en esta Convención, todos se instalan dentro de un nuevo estilo político que ha instaurado Trump. Hoy, ese estilo es el estilo republicano; y así lo será por una buena cantidad de años.

La posibilidad de que esta pueda ser la última elección de Trump convierte esta elección en algo más que mero trámite para los republicanos. Es mucho más decisivo para el Partido ganar esta elección que lo es para el Partido Demócrata. ¿Por qué? Porque antes que el destino del país, lo que se decide es el destino partidario. La narrativa oficial desprecia a Trump, pero ambos lados saben que la victoria de Trump en 2020 legitimaría todo lo hecho hasta ahora y todo lo que podría hacer. Se pudo considerar la llegada del populismo en 2016, y en esa línea, cuatro años después, estamos a puertas del establecimiento formal de esa no tan nueva forma de hacer política.

En esa línea, su discurso de aceptación podría brindarnos luces no sobre lo que Trump es y ha sido por los últimos cuatro años, sino lo que puede ser o lo que puede llegar a hacer. El discurso de cierre de toda una Convención alrededor de su figura, era el momento más esperado de la noche, de la semana, y seguramente la de estas dos semanas de Convenciones que lo aludían directa o indirectamente. Trump no es un personaje que huya a las críticas, aunque tampoco es una persona acostumbrada a asumir la responsabilidad de sus actos. Entonces decidió culpar al Partido Demócrata y a Biden de haber caracterizado a Estados Unidos como un país de injusticia racial, social y económica y no la realidad de un país que estaba creciendo cada día más, recuperando su grandeza en todo aspecto posible. Esta mirada de Trump demuestra cuán dividida está el país por una situación que de a pocos fue provocando. Culpó a la izquierda, culpó a Biden, culpó a todo el mundo respecto a la situación, menos a él. Por más estruendoso que haya sido el aplauso al final de su discurso, el silencio que le siguió resulta igual de sintomático para su situación y la del partido al que tiene que llevar a la victoria. Los fuegos artificiales, las sonrisas, los aplausos; todo ello parece formar parte de los días de gloria, días que, más temprano que tarde, acabarán.