#Elecciones2020: Liderazgo y lucha

Las elecciones presidenciales de Estados Unidos empiezan su ronda final. Por ello, desde Poliantea, cubriremos día a día, las convenciones del Partido Demócrata y Republicano, cuyos candidatos, si bien ya conocidos, servirán para vislumbrar cuán cohesionados ambos partidos se encuentran rumbo a noviembre.

Algo que no hemos mencionado hasta ahora en nuestra cobertura es la figura positiva que Trump representa para muchos estadounidenses. Es imposible analizar una elección sin entender cuál es el atractivo de Trump para un grupo de estadounidenses que aún lo apoya. Catalogarlos de irracionales sería cometer el mismo error que muchos medios cometen al momento de cubrir aquello que no entienden. Y lo cierto es que, entrando al mundo de Trump, nos damos cuenta que su fortaleza se encuentra en el poder que proyecta. Algo de ello es lo que se ha demostrado en el tercer día de la Convención Republicana, quizá apelando a que la comprensión eventualmente mutará a una simpatía.

Un claro ejemplo, quizá el mejor ejemplo fue el discurso de Mike Pence, el actual Vicepresidente. ¿Cuánto puede influir su presencia dentro de esta elección? Naturalmente, uno pensaría que no mucho. Después de todo, poco o nada sabemos de Pence excepto que Trump lo considera apropiado para ser su segundo al mando. Aquello ya revela lo suficiente sobre su carácter, pero aún así, en estos momentos, continua siendo una incógnita. Es una persona de bajo perfil, el tipo de políticos que pertenecen para siempre a ser actores de reparto, y jamás asumir roles principales. Pence, por supuesto, ha aceptado este rol con mucho compromiso. En su discurso de aceptación, se atrevió a prometer algo más que 2020: se atrevió a soñar en 2024. Y esto, junto a otras perlas que declaró, nos revelan lo que Pence representa en esa fórmula: lo republicano puro y duro de antaño. Pence no tendrá las maneras de Bush padre e hijo, pero continúa esa escuela, o al menos, es lo más cercano a ella teniendo en cuenta quien tiene al lado. Es el cable a tierra que el Partido Republicano necesita para convencerse que no se están convirtiendo en la caravana electoral de la dinastía Trump, y que solo es una persona que sirve a los intereses del partido.

Claro que bastaría mirar la lista de oradores para notar que Trump no tiene ningún interés en ser temporal. Lo rápido que el Partido se ha acomodado a sus intereses preocupa por lo sencillo que resulta comprometer principios por un voto seguro. La presencia de la familia Trump invita a pensar en el futuro, y no con buenos ojos. Por ello, resultó algo auspicioso ver los nuevos rostros del Partido Republicano. Rostros que, si bien se muestran a la sombra de Trump, podrían jugar un rol más primordial en 2024 que los hijos del Presidente. Aún nada está dicho, porque todas esas conjeturas dependerán del resultado de la elección. De perder, es probable que el Partido Republicano se llene de voces que “siempre lo advirtieron” y frases similares, los luminarios políticos que no dijeron nada mientras el voto a Trump se tradujera en un voto para ellos. Pero hoy ese no es el escenario. Pueden existir rumores, pero la alineación, los discursos de la Convención son discursos que auguran triunfo, que vaticinan una victoria para el 2020.

Al igual que el Partido Demócrata, el Partido Republicano entiende estas elecciones como un punto clave dentro de su historia. Pence lo definió mejor que cualquiera: esta elección definirá si América sigue siendo América. Si se sirvió de declaraciones que rozaban lo falso, históricamente inexactos o en muchos casos, terriblemente falsas, es lo de menos. ¿Por qué? Porque al Partido Republicano no le importan las formas en las que alcancen la victoria en noviembre. Lo que les importa es ganar. Aun si con ello, acaben trayendo abajo lo poco que queda de estabilidad en el país. Y esta hambre de triunfo podría ser su perdición. Y la perdición de un partido con chances de ganar, es la perdición de todo un país. Porque en 2020, no se definirá bajo ninguna forma, el fin de Trump. El Partido Republicano ya se ha acostumbrado a esta idea, pero no queda del todo claro si el Partido Demócrata lo ha aceptado.

Y todo esto alrededor de una elección en la que Trump tiene chances de ganar. El Presidente se ha encargado de construir un liderazgo, que como mencionamos anteriormente, trasciende a la calidad de sus actos. Trump es un líder, Trump es un luchador. Incluso aunque podamos reconocer en su lucha y en su liderazgo lo peor de una sociedad, no podemos negar que existen. Y en un contexto tan convulsionado como el actual, es probable que muchas personas decidan mantenerse en un aspecto seguro, antes que apostar por un cambio radical. Ese es el escenario que hoy han decidido pintar los republicanos nominando (de nuevo) a un candidato antisistema como Trump como la continuidad de un período de paz. Su discurso habrá cambiado de 2016 a 2020, pero en cuatro años, también se ha asegurado de no cambiar su estrategia, o en todo caso, acomodar su estrategia a su modo de ser. Trump no ha sacrificado ni su liderazgo, ni su lucha. Estados Unidos ha pagado por esa terquedad durante la pandemia, pero queda aún en el aire saber si decidirán pagar por cuatro años más.