Reflexiones sobre el racismo

Un joven interpreta a una mujer. Se ha puesto una falda apretada, un top igual de apretado, tacos altos y mucho maquillaje. Habla de ropa y de dietas.

El tipo está representando a una mujer joven como parte de un taller de actuación. Su limitada imaginación sólo le ha permitido recurrir al estereotipo (difundido históricamente por los medios de comunicación masivos) y ha construido su personaje con los pocos elementos que éste le da. Su profesor probablemente le dejará hacerlo para que luego pueda aprender de su error, le dejará divertirse con su personaje estereotipado, y el día de la evaluación le dirá que debe complejizar al personaje, buscar su especificidad para que no sea una caricatura reductora y por lo tanto tenga vida y verdad, y que aporte con su representación algo interesante al mundo. (Podría ser que se genere en clase un interesante debate sobre los problemas sociales que puede generar la propagación de algunos estereotipos, pero no es el tema del taller). Hasta ahora, este es el problema: que el tipo no va a pasar el examen de actuación.

El problema se vuelve grande cuando el aspirante a actor sube su actuación grotesca al Instagram para obtener likes y peor aun, para publicitar la marca de algún producto que te hace más inteligente o más serio, lo usa para recuperar su aspecto masculino. Insensible a la lucha de las mujeres contra un sistema que las oprime y las violenta, el tipo obtiene cientos de likes y muchos de sus seguidores no detectan el prejuicio machista con el que está colaborando su publicación: el estereotipo de que la mujer es tonta, frívola, sólo piensa en ropa y en provocar deseo con su aspecto.

Esto no pasó, sólo he imaginado un caso equivalente al de Vania Torres en el terreno de lo machista, a ver si así se entiende mejor. A ella, una mujer que realiza con notoriedad una actividad deportiva tradicionalmente masculina, ¿no le hubiera molestado la publicación de este aspirante a actor que denigra a su género, que invisibiliza sus propias conquistas? ¿Y si al señor este, un hombre con estudios universitarios, le hubieran pedido que interprete a un surfer, y entonces él hubiera representado el estereotipo del fumón que alarga las vocales y sólo puede hablar de olas porque en cuanto intenta abordar otros temas no encuentra las palabras y resbala al lugar común? ¿No le hubiera indignado también que se reproduzca, para el placer de la audiencia, un estereotipo que refuerza aspectos negativos de su esforzada profesión?

El problema de interpretar a una persona andina en redes pintándote con pintura negra la cara de tal forma que parezca sucia y no morena, poniéndote a renegar como necia y haciendo uso de un estereotipo tan denigrado y asociado con lo sucio, lo tonto y lo apestoso es que refuerzas ese estereotipo doloroso, lo promueves, haces que le pongan like, y con esa fiesta ahondas la herida de los aludidxs y la brecha que lxs excluye. Y peor aun, si luego de la performance retiras esa capa de pintura con un pañito (para publicitar una marca que “elimina la suciedad”) estás dando el mensaje (aunque sea involuntariamente) de que eso que has representado es sucio (porque corresponde con el prejuicio histórico), que para recuperar tu belleza debes sacar ese color oscuro de tu piel y por lo tanto es inevitable que refuerces el prejuicio en la mente del común de las personas, instalado e invisible debido a siglos de desigualdad y a una larga historia de representaciones denigrantes que siempre se ha hecho de las personas de procedencia andina en los medios de comunicación masivos. Vania Torres no tuvo la intención de burlarse ni de denigrar, es cierto, le creemos totalmente. Pero eso es parte del racismo, no darnos cuenta del mensaje discriminador que emitimos cuando reproducimos alegremente el estereotipo para obtener aplausos. Está tan naturalizado que no lo vemos. Lo tenemos todxs en diferentes cantidades, todxs.

En un país en el que miles de personas sufren día a día ninguneos, violencias e injusticias debido a su procedencia andina, debemos estar atentos a no reproducir el estereotipo denigrante públicamente porque cuando lo hacemos contribuimos a su perpetuación y a su poder violento. Si lo hacemos involuntariamente, debemos asesorarnos con las personas autorizadas, hacer un mea culpa y asumir la responsabilidad de nuestro error. Cuando pedimos disculpas “a los que se sintieron ofendidos”, colocamos el problema en “ellxs” (lxs andinxs y lxs que se ofenden porque son conscientes de la herida histórica), como si “ellxs” fueran lxs que tuvieran una especie de miopía que les hace deformar la realidad. No, lxs que nos molestamos con este tipo de publicaciones no vemos deformada la realidad. Detectamos un racismo estructural que le impide a lx emisorx ver su propio racismo.

Veo últimamente a muchas personas quejarse amargamente de los “defensores de lo políticamente correcto”. Se quejan de que su libertad está recortada por los “abanderados del pensamiento único”, los insoportables  “guardianes de la moral”. Sería bueno que esas personas que sienten que sus libertades están restringidas se pusieran a pensar sobre qué injusticias sistemáticas e históricas alzan la defensa de su libertad. Su libertad de decir cosas que duelen a grupos oprimidos se construye sobre verdaderas y profundas cárceles que impiden a esas personas, por ejemplo, entrar a muchos lugares públicos, acceder a círculos de placer y prestigio, aspirar a muchos trabajos, opinar en muchos lugares y hasta acceder a derechos básicos como educación y salud. Por no hablar de las exclusiones más frívolas (pero simbólicamente poderosas) como la exclusión de la belleza andina en las representaciones publicitarias. Es sumamente frívolo en un país como el nuestro quejarse de restricción de libertades porque no puedes denigrar con tus genialidades a colectivos históricamente silenciados y violentados sin que te critiquen. No sólo es frívolo, es violento.

Y además: la definición de un influencer es tener muchos seguidores. No puedes pretender ser influencer, es decir ser popular, si no estás dispuestx a agradar a todxs. Si quieres ser influencer, es mejor que no toques temas delicados si no te has informado bien antes. Tienes que saber que hay gente excluida y maltratada (por género, por raza, por clase, por orientación sexual, por lugar de procedencia) y tú probablemente estés en un grupo de privilegio y eso te otorga una responsabilidad. Antes de hacer una publicación que reproduzca un estereotipo de alguno de estos grupos sociales, es bueno preguntarte si no estás reproduciendo un estereotipo que lo encasilla, que lo denigra, que refuerza el prejuicio. Si quieres ser popular en este mundo que está tratando de ser más inclusivo y menos injusto, el chiste guárdalo para tus amigos. La libertad no es decir lo que a uno le da la gana en la calle. Si quieres obtener aprobación masiva y likes, es recomendable que te limites a poner mensajes inspiradores, como hacen la mayoría de influencers. Si quieres meterte con asuntos más complejos, asume tu responsabilidad, aguanta las críticas, complejiza tu mirada, ejerce la autocrítica, y sobre todo acepta con dignidad la fuga masiva de seguidores. Todxs tenemos prejuicios, es deber de todxs autoevaluarnos constantemente, hacernos preguntas incómodas, ampliar nuestra mirada aunque eso implique ver nuestras propias limitaciones y defectos aprendidos.

Sería bueno ponernos a pensar si detrás de nuestra defensa de lo políticamente incorrecto (que suena tan cool), de nuestra “libertad”, no hay una defensa rabiosa de las estructuras más conservadoras de la sociedad, un miedo profundo a perder un privilegio o un lugar cómodo en el edificio de la desigualdad.

Hoy, que vivimos una de las peores crisis de nuestra historia como país, que muestra en carne viva el resultado de siglos de desigualdades y nos arde en la cara el resultado de una construcción injusta que permite que un virus lance a la muerte a miles de personas que han recibido una nutrición deficiente, poca información y desamparadas por el sistema; urge más que nunca evaluar nuestra mirada, revisar nuestros prejuicios y sobre todo no contribuir con nuestras ofensas al inmenso dolor que está soportando la parte más frágil de nuestra población, millones de personas acorraladas por la muerte y la desesperación. Lxs que tenemos el privilegio de haber recibido una buena alimentación, acceso a la salud, información adecuada para cuidarnos y una situación económica que nos ayuda a guardar distancia, tenemos la responsabilidad de repensarnos, leer, desafiar nuestros esquemas mentales y evolucionar hacia una mirada más compleja, menos rígida y más empática, si queremos reconstruir nuestro país sobre bases más justas y sólidas.

No hay nada más libre que eso: atreverse a transformar la mirada, y escapar del pensamiento conservador y simplificador que inunda las redes y la televisión, alentado por las leyes del consumo y la robotización mental.

(Ahora, sobre el linchamiento que ha sufrido Torres: me preocupa casi tanto como su acto involuntariamente racista. Como dice Rita Segato, está muy bien usar las redes para visibilizar un problema, obtener algún tipo de justicia cuando el Estado no sanciona, prevenir el abuso mediante la información, pero el linchamiento brutal que vemos a veces en redes sólo reproduce la violencia que queremos denunciar y la propaga. No deberíamos apropiarnos de los métodos del agresor. Menos aún lxs que no estamos en el grupo de lxs aludidxs. Veo en muchos posts sobre la deportista tanta o más violencia que la que ellos detectan en el post denunciado. Entiendo por qué ocurre y siento muy profundamente las ganas de incendiar el mundo, pero me parece necesario hacer autocrítica también, hacer un esfuerzo por moderar un poco la naturaleza de nuestras protestas. Pienso que lxs que tienen la suerte (no es sólo mérito, también es suerte y privilegio) de ver las cosas con más complejidad tienen también la gran oportunidad de hacer didáctica, de ofrecer caminos alternativos, de invitar a la reflexión sin caer en la violencia que sólo produce más ira en lxs que están en nuestra lucha pero no modifica las mentalidades de lxs que están en la otra orilla.).

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