Lo más importante de lo menos importante

Hace algunos meses, dentro del plan de reactivación económica, el presidente Martín Vizcarra anunció el regreso del fútbol peruano. Al lado de otras actividades que ciertamente parecían más lógicas, lo único que parecía sumar la industria del deporte al país era el del entretenimiento. Aun así, esta noticia no cayó como sorpresa, pues semanas antes, diversas figuras “representativas” del ámbito futbolístico habían hecho uso de todos los espacios posibles para abogar por una demanda muy particular: el fútbol tenía que regresar. Los argumentos eran lo de menos. No negaban la magnitud de la pandemia, ni los alcances que tendría. Apelaban, más bien, a un discurso motivacional de “juntos saldremos adelante” y de actuar con profesionalidad. Se discutían propuestas en programas deportivos, incluso se llegaba a afirmar que no terminar el torneo podía ser una catástrofe para muchos clubes y para la selección peruana en sus aspiraciones a clasificar al siguiente Mundial. Y la gente seguía muriendo…

Hace unos días, el Instituto Peruano del Deporte anunció que se suspenderían los partidos restantes de la Liga 1 tras una serie de eventos desafortunados. Digámoslo así porque aparentemente bajo este eufemismo se encuentra tanto el comportamiento vandálico de un grupo de hinchas, los crecientes casos de COVID-19 en los clubes, la irresponsabilidad de algunos dirigentes entre otras cosas. No obstante, como suele pasar en Perú, es mucho más fácil culpar a un grupo que a todo un sistema. En este caso, la culpa ha recaído en un grupo de hinchas de Universitario de Deportes, que increíblemente se comportaron como si no hubiera ni pandemia ni protocolo de salud en Perú, y redefinieron su “nueva normalidad” en base al comportamiento criminal del que cada cierto tiempo hacen gala las barras. Y la gente seguía muriendo…

Hay un abismo de meses entre ambos hechos, pero ambos comparten algo: reafirman como hasta en la formalidad, existe cierto grado de informalidad. El fútbol peruano profesional es un oxímoron, prácticamente. Año tras año, conocemos casos de corrupción en los clubes o en la Federación misma. Las condiciones en las que se firman contratos, las prácticas abusivas de algunos dirigentes, el maltrato a jugadores o técnicos no es cosa del ayer. No hablemos tampoco de la propia realidad de los futbolistas o del hecho de que cuándo hablamos de fútbol peruano en realidad nos referimos exclusivamente al masculino. Poco o nada tenemos de profesional en el fútbol, y aún así, esta era una actividad que necesitaba volver para el Gobierno… ¿por qué? ¿por qué el país no puede construir identidad si la selección no clasifica a Quatar? Aún no lo sabemos.

Pero incluso si aceptamos que regrese, nos enfrentábamos al mismo dilema que otros países: ¿el fútbol a estadio vacío es fútbol realmente? En Perú, no es que esta discusión sea nueva. Constantemente, los partidos de alto riesgo se juegan a puertas cerradas por falta de garantías (que es un eufemismo para decir que la Policía no puede detener el potencial enfrentamiento entre barras de distintos equipos) y siempre se dice lo mismo: están matando al fútbol, están matando la fiesta. Pero la fiesta seguía en las calles, como lo han demostrado los hinchas de Universitario.

Y es que la fiesta del fútbol desde hace muchos años que no es fiesta. Ni para matinee nos alcanza. Cada cierto tiempo, las barras se enfrentan en las calles y la comunidad del fútbol procede a su excomulgación: “ellos no son hinchas”. Pero claro que lo son… hoy, como desde hace algunos años, la línea que divide la pasión y el crimen en las barras de fútbol es muy delgada. Y todo esto definido por lo que era funcional para algunas dirigencias bajo la anuencia del periodismo deportivo. Por eso, y muchas cosas más, el orgullo que sentíamos por ser “la mejor hinchada del mundo” parecía más una dulce ilusión. Acabado el Mundial, como el niño de Blanca Varela, volvimos a vernos al espejo y darnos cuenta que éramos un monstruo.

El problema del país no es el regreso del fútbol peruano. Esto es, como siempre ha sido, lo más importante dentro de las cosas menos importantes. Pero entonces, ¿por qué las autoridades se reunen primero con los dirigentes de la Federación y el IPD para resolver este problema antes que con la población de Espinar en Cusco, con el sindicato de SITOBUR en Lima, con la comunidad Kukama Kamiria en Loreto para atender sus justas demandas?¿por qué los medios de comunicación le brindan tanto espacio a este problema del sector privado en medio de una pandemia que afecta a nivel nacional? El problema, quizá, es que continuamos contraponiendo lo que queremos con lo que necesitamos. Muchos podremos querer que regrese el fútbol, pero hoy realmente no es lo que necesitamos.