Crónica de una investidura rechazada

En el Perú no hay partidos,
 solo hay individuos haciendo política
(la mayoría no son ya ni siquiera “políticos”).

Alberto Vergara.

En alguno de los tantos momentos que uno quisiera no acordarse de la política peruana, Alberto Vergara escribía de cómo Kuczynski se sentía entitled to (con el derecho de) ser Presidente del Perú y como su comportamiento como mandatario se guiaba un poco en base a ese sentimiento. Se podría hacer la misma analogía con Pedro Cateriano. La traducción que sugiere Vergara es la de “concha histórica” y ciertamente ésta también se ajusta a lo que mostró en los pocos días que presidió un Consejo de Ministros y lo que básicamente lo llevó a presidir el primer Gabinete cuyo voto de investidura es rechazado desde hace más de veinte años.

Tendríamos que mencionar algo antes. Durante el voto de investidura del Gabinete presidido por Vicente Zeballos, ciertas señales indicaban algo peor de lo que realmente pasó (la investidura se aprobó con 87 votos a favor). Casi todas las bancadas expresaron sus reparos con la gestión de Zeballos pero se entendía que en el momento que vivíamos como país, dejar al Gobierno sin Presidente del Consejo de Ministros destinaría energías a esto antes que a resolver y atender todos los problemas que continuaba generando o enfocando la pandemia. El discurso de Zeballos, pese a la larga jornada, expresaba voluntad, expresaba enmienda, expresaba esperanza, si se quiere. Un personaje más bien opaco durante su gestión otorgó un mensaje político que se perdió en el fragor del momento y en la larga sesión.

No obstante, entra la disolución de un Congreso, la agudización de una pandemia y un nuevo Congreso demagogo, Zeballos se desgastó rápidamente. Se encargaba más de defenderse que de gestionar. Y todo político que ocupe mayor parte de su tiempo a su defensa antes que a cumplir su función, es un político inútil. Algo similar debe haber percibido Vizcarra cuando decidió aprovechar la atmósfera de inestabilidad política para hacer un cambio de Gabinete. Pedro Cateriano era uno de los nombres que normalmente se mencionaban con cada cambio de Gabinete. Por alguna razón, su nombre era asociado con olfato político y con experiencia (había sido Presidente del Consejo de Ministros en el gobierno anterior) por lo que dentro de una atmósfera de políticos golpeados por el escándalo Lavajato, su nombre era uno de los más limpios —o menos sucios—­. En tierra de ciegos, el tuerto es rey…

Pedro Cateriano y Martín Vizcarra caminan rumbo al Congreso de la República.
Créditos: Andina-Prensa Presidencia.

Su nombramiento fue casi tan aplaudido como criticado. Como es costumbre desde hace algún tiempo, la opinión pública se dividió: los medios de comunicación aplaudían el nombramiento, la población no tanto. Una clase política que ya venía golpeada por escándalos, hoy sufre los estragos de ser responsables del largo descuido al que se sometió la salud a nivel nacional. Cateriano, se quiera o no, provenía de esa larga tradición de políticos de la antigua usanza y desde la primera declaración pública no hizo nada más que reafirmarlo.

Pese a ello, los opinólogos que desfilan normalmente entre medios, saltaban en un pie. ¡Viva Pedro, viva el Perú! Y quizá tanto ambiente festivo debió cambiarse cuando el Congreso agendó el voto de investidura después del 28 de julio. La fecha clave para que el equilibrio entre poderes “desapareciera”. A partir de esa fecha, Vizcarra no podría —aun si quisiera— disolver el Congreso. El Congreso, por su parte, podría negar la confianza a cuanto Gabinete tenga al frente. Escenarios dignos de una crisis política que complementados con la pandemia dejan solo una fina línea en la cual ambos Poderes podían moverse con libre agencia. ¿Se pudo abordar todo este contexto de una manera más exitosa? Sí. Pero para ello, necesitabas a alguien más que Cateriano.  

Al contrario de Zeballos —que había conseguido sobrevivir pese a la gran empresa— su discurso apelaba más a gobernar de la mano del conglomerado empresarial peruano y se oponía a ese discurso con hedores populistas que impera en el actual Congreso. Zeballos no atraía nuevos sectores, pero no los alejaba como Cateriano. Es una opción válida; sí. ¿Era la opción adecuada para este momento? No. El país necesita un gestor que tendiera puentes entre sectores, no una fuerza de choque que solo pueda manejar en un lado de la vía. Y Cateriano optó por ser lo segundo pues es lo mejor —lo único— que sabe hacer.

Créditos: Presidencia del Consejo de Ministros.

Si el objetivo de Vizcarra era apelar por el Pacto Perú, Cateriano no era su mejor carta para impulsarlo. Si el objetivo era conformar un Gabinete que equilibrará lo político con lo técnico, la figura central no podía ser tan desestabilizadora. En cualquier escenario posible dentro de la pandemia, su nombramiento no era el adecuado. Y aún así, Vizcarra optó por él. ¿Bajo qué motivación? Es difícil decirlo. Lo que no era difícil, era adivinar que la probabilidad de que Cateriano no obtenga el voto de investidura no era tan descabellada.

Pero lo que era una probabilidad, rápidamente se convirtió en realidad, gracias a su discurso. Cateriano apelaba a un plan como si se tratara del primer año de gestión, y no del último. No En momentos donde el mañana ya es demasiado tarde, pensar en los próximos tres o cuatro años resultaba un golpe para los miles de peruanos que hoy son víctimas de la pandemia. Quizá hubiéramos tenido que darle más tiempo al gabinete para ver en qué prioridad realmente se encontraban tanto el manejo de la pandemia como la violencia contra la mujer.  Pero en tiempos en los que tiempo es lo que menos hay, que en un discurso no se encuentre mayor mención a ambos temas, resulta como mínimo alarmante.

Además, si en ese discurso te encargas de reafirmar principios que más que abrir una conversación, daban por concluido cualquier debate, no estás yendo por buen camino. El rumbo del Perú, tanto económico como social, de acuerdo al discurso de Cateriano, estaba definido y no valía la pena discutirlo siquiera un momento. Parecía que su plan era provocar lo suficiente al Congreso con la sensación que, al igual que con Zeballos, no tendrían más opción que otorgarle la confianza. Pero las circunstancias eran, como he explicado antes, totalmente distintas. Dos consignas podrían resumir el discurso de Cateriano: Perú, país minero; viva la empresa privada. Se habrá encontrado en el Congreso, pero su discurso estaba hecho más para los empresarios que para los congresistas. Y lamentablemente, los empresarios te brindan apoyo, los congresistas te brindan la investidura. El tan famoso olfato político de Cateriano falló. Estaba tupido ensayó como ingeniosa justificación en una entrevista en La República.

Pero lo que pasó en el Congreso no fue por una nariz tupida, sino debido a una completa pérdida del olfato. Cateriano no supo corregir o encontrar un punto medio en el cierre de su intervención. El Perú estaba primero; sí. Pero tenía que demostrarlo. En su discurso, la empresa privada, la economía estaba primero. Y en el Congreso, ese no era necesariamente el orden de los factores. Y aquí, ese orden sí afecta al resultado.

Créditos: Presidencia del Consejo de Ministros.

Para su intervención final, tras escuchas las repetitivas intervenciones de congresistas que más que deshacerse en elogios, lo hacían en críticas; Cateriano ya había asumido su final. Sus palabras, su tono, su postura así lo dejaba entrever. Más que rebeldía, había resignación. No era para menos: solo un milagro lo habría salvado. Pero todavía era muy agosto para que hayan milagros como en octubre. Su gestión dependía de cuán hábil podía ser frente a este nuevo Congreso y no lo fue. En jerga futbolística, prefirió gastar esos minutos finales para salvaguardar su honor político que para gastar su última bala. Perdió esa votación por goleada. Más que por virtudes del rival, por errores propios. Y es que estrictamente hablando, Cateriano no tenía un panorama tan aciago al frente. Las críticas a dos gestiones en específico y la petición de sus cabezas era curiosamente esperable. No era un secreto para nadie que esto se iba a dar. Entonces más que lamentar la realidad, había que cambiarla. Pero no se hizo nada de esto. Más que como un político, Cateriano se comportó como un noble encaprichado.

Créditos: Presidencia del Consejo de Ministros.
Créditos: Presidencia del Consejo de Ministros.

Y es que lo que Cateriano y un sector de la prensa ha querido presentar como un chantaje no lo es del todo. Seamos honestos, no es sorpresa para nadie que ciertas bancadas del Congreso tienen interés en que la Reforma Universitaria se detenga. El negocio de las universidades privadas, que es defendido perfectamente a través de dos bancadas, se contrapone con la gestión de Martín Benavides. Muchas de las críticas hacia su gestión venían enfocadas desde esa óptica anti-Reforma y que encontraron asidero con la compra fallida de las tablets. Esto no es secreto para nadie, y sin duda, no lo era para Cateriano.

Por su parte, las críticas a María Antonieta Alva sobre Reactiva Perú y los mecanismos de apoyo financiero para las grandes empresas eran hasta cierto punto justificadas. Pero el problema aquí no reside en si existía una adecuada justificación para pedir sus renuncias. Sino en cómo afrontar esta situación y cómo conciliar su presencia. Cateriano parecía mucho más presto para defender el nombramiento de Martín Ruggiero como Ministro de Trabajo que de esos dos Ministros. Pero, en todo caso, lo que se ha dado a entender Por lo que reducir el fracaso de Cateriano a un supuesto chantaje por parte de algunas bancadas es maquillar un grave error de cálculo político.  Él es responsable de su destino, y lamentablemente el del país al que suma en crisis por su propio capricho.

Lamentablemente, a lo que apelan los medios se restringe solo al rol del Congreso en este escenario, por lo que han alzado su voz de protesta frente a la salida de Cateriano. Pero fuera de estos grupos muy cercanos a su figura, Cateriano realmente no tiene quién lo llore. El país hoy está y estará mucho más ocupado llorando a las víctimas de lo que él calificó como “un pequeño rebrote”.

Y si alguna pena podía existir, la reacción de Cateriano tras la derrota política la ha terminado de liquidar. Con declaraciones clasistas y discriminadoras hacia la bancada de FREPAP, ratificó lo peor que se pensaba de él y despejó cualquier intento que se pudiera hacer para defenderlo. ¿Cómo un Consejo de Ministros hubiera sobrevivido en esta crisis con alguien que considerara a una bancada como “fanático-religiosa”? ¿esa persona no era la misma que se reunió con un señor de un partido abiertamente cristiano y cuya última experiencia política ha sido hace más de treinta años?  Un político que no esperaba la votación de Acción Popular, o que “se confió” en la palabra de César Acuña respecto a los votos de APP (ambas bancadas definieron con sus abstenciones, la votación). Un político que había ido al Pleno convencer a sus iguales, y a despreciar a sus contrarios. Quizá al igual que Bedoya, Cateriano es un político de otros tiempos. Del siglo XIV, por ejemplo.

Vizcarra, por su parte, se encuentra en una posición incómoda. Podría rescatar su imagen pues sin Cateriano en la escena, es el Congreso que, de nuevo, queda desprestigiado. Pero aún quedan dudas de qué hizo nombrando a Cateriano en primer lugar, permitiendo el nombramiento de Ministros cuestionables en carteras tan importantes como las de Trabajo o Energía y Minas. Su figura normalmente sale fortalecida frente a los errores de sus Gabinetes. Esta vez parte de la responsabilidad es innegablemente suya.

Si el nombramiento de Walter Martos como Presidente del Consejo de Ministros, además de algunos cambios más que justos en algunas carteras brindará estabilidad o no, es algo que no queda del todo claro en el horizonte. Lo cierto es que un error más, sería fatal tanto para el Ejecutivo como para el país. El mensaje de Vizcarra tras la negación de la investidura, intentó poner paños fríos a una situación en la que, meses atrás, habría reaccionado diferente. Esto fortalece de a pocos su figura como un político respetuoso de las instituciones —algo que se le critica— y dispuesto a pasar la página porque lo importante es poner primero al país. Reconforta,  además, saber que para el Presidente, la reforma universitaria no se negocia, pero tras los últimos sucesos, queda la sensación de que todo lo demás, lamentablemente sí.

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