¿Para qué leen los niños?

Ante el imperativo de producción y competencia, el acto de leer es un tránsito silencioso. Sin embargo, hay diversos discursos que reducen la lectura a un propósito de eficiencia. Leer para producir, leer para pensar, leer para optimizarse. ¿Leer siempre es “para algo”? ¿Por qué no simplemente: leer? Así, como posibilidad sin fines. Ni siquiera leer por leer, que guarda razones ideológicas como las del arte por el arte. Sino simplemente, leer. Habitar la lectura. Leer y callar. La lectura como aquello que invita al silencio. Ni siquiera para meditar activamente, ni para callar. Sino lectura que reduce el apetito de hacer. Silencio ontológico que habla. Silencio que permite mirar el mundo sin la compulsión de producir o hacer. Donde mirar las flores sea ver el amarillo o el lila y solo eso. De ese modo, leer es respirar. Oxigenar el alma.

Hay quienes se preocupan por la necesidad de la lectura para promover el desarrollo cognitivo de los niños. Y trabajan con programas de comprensión lectora a modo de estimulación y repaso. Es el pigmaliónico deseo de crear pequeños homo faber. Niños que se acostumbren a darle utilidad a lo que conocen del mundo. Se promueve la competencia con premios y recompensas. Es la optimización de la infancia en tanto mercado de la niñez. Harta literatura científica sobre la estimulación cognitiva nos cuenta de los beneficios del ejercitamiento mental a través de estas prácticas. Y seguramente no se equivoquen de los resultados. El problema es la manera coactiva con que el adulto se vincula con el niño para conseguir tales resultados, a través de procedimientos de control y moldeamiento que anulan su ser más íntimo. Pues, el niño es insignia de libertad, mientras que el adulto es la viva imagen de la libertad degenerada. El niño es lúdico; el adulto, productor.

Ojo, estamos hablando de lectura no de “competencias” lógico-matemáticas o cívicas. Por ende, la vía de la estimulación cognitiva ¿necesariamente debe ser la lectura?, ¿llevamos libros y cuentos a los niños para que piensen? Esta teleología del libro da muerte a su constitución narrativa, eje de la literatura. Leer es enfrentarse a una historia, a un cuento. Un organismo vivo cuya voz es la palabra y cuyo contacto nos da calma. Preguntarle al niño por tal o cual personaje es violencia pedagógica, en el sentido de fuerza. No se trata de un nihilismo educativo o pereza en el magisterio. Sino de darle oportunidad a la naturaleza elástica de la libertad, confiar en la huella de la narración. Necesitamos mejores narradores y menos controles de lectura, más lírica y menos protocolo. Cuestionémonos por los niños que aparentemente no dialogan con el libro. Su silencio no es indicio de inhibición. La narración tiene un tiempo diferente para todos. O a lo mejor debamos mirar a los narradores. Pero, ¿qué narradores? ¿Dónde están los narradores? Ojalá se salven los niños de aquellos maestros que cual catedráticos dictan el acento esdrújulo y miserable. El enfoque de la educación por competencias reduce el aura narrativa de la tarea pedagógica a mero dataísmo numérico para el registro bimestral o trimestral. El mítico vínculo maestro-alumno deviene en trato impersonal que en algunos casos sobrevive por el folklore de la enseñanza o gracias a particulares modos de ser de ciertos profesores. Escasea el eros pedagógico, solo hay optimizadores de niños y capaz en cualquier momento aparezca en la escena del mercado pedagógico algún coaching ontológico para infantes.

La comprensión lectora y sus correlatos evaluativos son el resultado lógico de una sociedad de datos tal como la entiende el filósofo surcoreano Byung Chul-Han[2]. Importa el reporte de notas por sobre la experiencia vital del niño. Y el colegio por más amplia y modernísima infraestructura, terminaría siendo más un cubil de evaluación que un sitio de encuentro humano. Ha perdido su cariz lúdico. Deja de ser un lugar de recreo, esto es, recreación, para ser un espacio de evaluación. El niño que salga de estos colegios será pobre en anécdotas y aventuras, tendrá pocas historias que contar o ninguna. Su dimensión narrativa correrá el riesgo de opacarse. Su ser será el uno pitagórico, pero aún sin su dimensión litúrgica y simbólica. Ni siquiera racional. Solamente nominal e informativo. Un uno etéreo que se pierde en los informes del maestro.

Por lo tanto, ¿para qué lee un niño? Para involucrarse con la narración, pero no en cuanto finalidad, no es acaso leer para que aprendan a narrarse, no. Es leer y algún día narrarse. Ver la vida líricamente o si se quiere, literariamente. Respirar un rato del ruido, de la velocidad cotidiana, de la competencia, de la nota y la recompensa, de los imperativos racionales de la sociedad, de las expectativas de producción y eficiencia. Así, la pregunta que da título a estas cavilaciones necesitaría ser reemplazada por esta otra: ¿Cómo lee un niño? El ser humano es íntimamente narrativo, solo basta que nos narren o leamos a un par de clásicos para tomar consciencia de nuestra constitución narrativa, ¡y que los narren bien! Por ello, el leer para involucrarse, escapa a la categoría de utilidad, por ser el componente narrativo parte esencial de nosotros. Al final, el ser humano siempre se narra a sí mismo, haya leído poco o mucho tiene poco o nada que ver; basta recordar alguna conversación que hayamos tenido para darnos cuenta de nuestra naturaleza narrativa. La cuestión aquí es que la lectura es un diálogo con otras narraciones y también un conocer diferentes tonos de voces, diferentes formas de mirar. Es encuentro y conversación, aún en el silencio. Por eso, leer invita al silencio acogedor que da hospitalidad al mundo. Heráclito dijo que no se puede entrar dos veces en el mismo río porque cada vez somos otros. Igualmente, luego de leer un libro no miraremos con los mismos ojos las flores. Hasta quizás se nos hagan líricas…


[1] Rossella Di Paolo (1993) Verso de “Profesora de Lengua y Literatura – Ex” en Piel Alzada.

[2] Byung-Chul Han (2020) La desaparición de los rituales. Herder.


Sobre el autor

Giuliano Milla Segovia es bachiller en psicología con formación en psicoterapia existencial de orientación fenomenológico-hermenéutica. Graduado de la escuela de líderes voluntarios de la YMCA-Perú. Sus poemas han sido publicados en la revista Verboser (2017) y la antología poética Al lado del camino (2018).