Lo contemporáneo como acontecimiento destructivo

PALABRAS PRELIMINARES

La llegada de la actual pandemia y sus consecuencias económicas, culturales, sociales, etc.; son todavía de un alcance insospechado, y si bien, la humanidad ha tenido que soportar otras clases de enfermedades y emergencias sanitarias, como la peste negra o la viruela, la actual crisis se presenta en un contexto particularmente sensible. En un mundo hiperconectado y globalizado, las imágenes de acontecimientos destructivos han modelado la propia forma de como concebimos el mundo. Es así como la destrucción se ha instalado como imaginario epocal durante las últimas décadas. Imaginario que comprende fenómenos tan diversos, como  el hiperterrorismo (ataque al World Trade Center 2001); la trivialización de la violencia en los  conflictos bélicos por parte de la prensa; los desastres ecológicos; la espectacularización de la muerte a través de la telerrealidad; los designios catastróficos de fin de siglo; los asesinatos difundidos por plataformas informáticas y mediales por yihadistas; y las nuevas modalidades del cine terror (como por ejemplo las sagas de Saw y Hostel) .Todos estos hechos se destacan por su fuerte carga de negatividad y destrucción. Tal nivel de desastre se caracteriza por desplegar un índice de negatividad que sobrepasa nuestra apropiación de tales experiencias. ¿Pero cómo concebir objetivamente tal destrucción?, ¿cuál es la superficie de emergencia de tal acontecimiento híper-destructivo? En las siguientes líneas analizaremos como se ha constituido el carácter destructivo de nuestra época, estableciendo como hipótesis de trabajo, la emergencia de procesos entrópicos consustanciales a la propia gestación de la modernidad. Es decir, el carácter destructivo de nuestra época es consecuencia de una serie de procesos que se gestaron al inicio de la modernidad y que se justifican hoy en día en base a la preeminencia de tecnologías de normalización, disciplinamiento (biopolítica, biopoder, etc.) y la preponderancia de las relaciones de consumo e individualismo.    

MIEDO, GUBERNAMENTALIDAD Y DESTRUCCIÓN

Al momento de preguntar por el carácter destructivo de la modernidad, encontramos que el miedo ha sido una estrategia política importante para concebir las lógicas gubernamentales que han caracterizado el devenir histórico. Hay hechos objetivos imposibles de pensar sin el miedo y el terror como constituyentes de la matriz moderna. El miedo ha ocupado un protagonismo importante en la configuración de los estados modernos, de ahí que este último, sea uno de los elementos principales a la hora de abordar la obra de Thomas Hobbes, figura determinante al momento de pensar la política moderna. Para el padre del contractualismo, el miedo cumple una función estratégica, y es precisamente lo que permite que un sujeto renuncie del uso de la violencia a favor de la comunidad: “El miedo a la opresión dispone a un hombre a anticipar o a buscar ayuda de la sociedad. Pues no hay otro camino por el que pueda asegurar un hombre su vida y libertad” (Hobbes, 2004, p). De esta cita, se desprende la lógica contractualista de Hobbes, en la cual el hombre supera su estado de guerra, al concordar un pacto o contracto con un soberano o una asamblea de hombres y mujeres; mediante tal acción los súbditos renuncian a su derecho de utilizar la violencia y la transfieren a la figura del soberano. En el modelo hobbesiano el miedo se convierte en uno elemento central a la hora de pensar la conformación de la modernidad, ya sea el miedo al soberano o el miedo a una eminente catástrofe, lo importante es el prendimiento o sujeción del individuo a tal fenómeno.    

Parte importante de los planteamientos de Hobbes, suponen un estado de naturaleza o guerra de todos contra todos, situación que antecede a la idea de república o civilización. Tal tiempo se resuelve como un espacio de violencia universal, que se justifica a partir del conflicto de intereses de los seres humanos y la búsqueda de los mismos beneficios por múltiples voluntades. Para el autor del Leviatán, tres son las causas principales que originan la violencia: competencia, inseguridad y gloria. Principios que directamente se trasuntan como ganancia, seguridad y reputación (Hobbes, p.129). Tal condición de lucha de todos contra todos, determina la emergencia de un tiempo de guerra como equivalente a la realidad. Guerra que, por cierto, es más que la sucesión de batallas y es más bien la irrupción de un tiempo de disputa y conflicto permanente. La condición de guerra origina inevitablemente la animadversión de todos los individuos, siendo la lucha y la propia inventiva de los sujetos la única herramienta para sobrevivir. Este clima de confrontación implica la imposibilidad de desarrollo económico, la industria, la agricultura, la propiedad, las leyes, la cultura y la propia idea de sociedad; siendo la guerra y la destrucción las prerrogativas principales. Este tiempo proto-histórico o pre-contractual, se caracteriza además por la ausencia de toda injusticia o nociones de bien y mal, ya que donde no hay un poder común, se deduce que tampoco hay ley común. Por tanto, existe la imposibilidad de que hechos o acciones queden bajo la jurisprudencia o consenso de la comunidad. Más bien, todo acto ligado a las conductas de paz y resguardo del otro, son propiciadas por el terror y el miedo. Situación que como hemos visto, se resuelve mediante la transferencia que hace una comunidad de su derecho a la defensa, en favor de un soberano o una asamblea de ciudadanos.

La teoría contractual de Hobbes se podría resumir con la siguiente aseveración: sin poder no hay posesión.  Para el filósofo, la presencia de un rey soberano que se auto perpetúa en el poder, es la condición de posibilidad para garantizar la persistencia de un sistema político que se basa en la propiedad privada o individual. La república asegura la existencia de la propiedad privada y permite la inminencia de la justicia; debido a que el fundamento de la justicia es que los hombres respeten y cumplan los pactos que han acordado (la injusticia sería entonces el rompimiento del pacto).  Corresponde al soberano el poder de prescribir las leyes por cuya mediación cualquier individuo puede saber de qué bienes disponer y disfrutar y las acciones posibles de realizar con sus adquisiciones (Hobbes, p.171).

Desde este horizonte Hobbesiano, el liberalismo ha sustentado gran parte de su ideología, que podemos colegir en sus dos  actuales acepciones Ordoliberalismo y Neoliberalismo1. La propia modernidad se podría entender como la resultante de dos matrices políticos sociales disímiles y que se oponen. Tal tesis enunciada por Negri y Hardt en Imperio (2005), nos presenta la modernidad como un despliegue de dos fuerzas opuestas: por un lado, una potencia liberadora, democrática, tolerante y que se despliega en un espacio inmanente de la vida. En oposición a esta tesis, está la impronta de un proceso reaccionario y conservador, que se recrea en un espacio trascendente y donde la guerra adquiere un protagonismo de primer orden. La pugna entre estos dos bloques, se resuelve a favor de las fuerzas reaccionarias. Pero esta trascendencia ya no presenta un carácter omnipresente y vigilante como el Dios cristiano, sino que ahora, el dios se hace humano a través de la figura del soberano, que por medio del contrato pactado entre sus súbditos adquiere el poder total. En tal proceso, soberanía y representación (delegación del poder a favor del soberano) se van a constituir en los elementos característicos de la modernidad.

Sin embargo, este triunfo de las fuerzas conservadoras no elimina por completo el espacio liberador abierto por el espacio inmanente a la vida, este último se repliega en la posibilidad de problematizar su propio fracaso o vislumbrar alternativas de cambio en el bloque conservador. En tal sentido, el debate entre Hobbes y Rousseau2 sintetiza muy bien tal conflicto, proceso que se puede desprender de los siguientes pares  de términos opuestos: autoridad/ libertad; desigualdad/ igualdad; miedo/ voluntad general.  Si bien,  existe una dialéctica inmersa entre este par de opuestos, la síntesis se ha resuelto en pro del elemento conservador; tal situación tiene consecuencias profundas a la hora de pensar la  matriz programática de la modernidad, ya que a los conceptos de soberanía y representación desglosados del modelo autoritario de Hobbes, se integra el  «mercado» como un tercer componente, noción que hace inteligible la propia idea de modernidad , y en donde la figura de  Adam Smith adquiere un gran  protagonismo.

Gran parte del pensamiento Smithiano se sintetiza a partir de la metáfora de la mano invisible, figura que expresa la capacidad del mercado para regular la suma de los intereses individuales. Esta metáfora plantea en un sentido general, la capacidad del mercado de regular no sólo lo que se relaciona con los aspectos económicos y distributivos de la sociedad, sino también la regulación de las relaciones sociales, la justicia y la moralidad. Tal concepción de sociedad, encuentra su origen en un teísmo racional, pensamiento que infiere cierto orden social a partir de la manifestación de la divinidad en ese proceso. Al respecto, la figura del mercado como ente regulador de la sociedad adquiere también una considerable importancia, al corresponder igualmente con un orden inmanente a la sociedad. Pero el liberalismo como reducto de la ideología del mercado, puede ser entendido como un más allá de la cuestión económica, y se transforma en una forma de gubernamentalidad. Esta idea de gubernamentalidad es la que desarrollará Foucault para analizar el liberalismo como una forma nueva de racionalidad3. Tal racionalidad liberal adquiere ciertamente carácter siniestro4, cuando opera en  su versión más extrema (Neoliberal) supeditando  los ámbitos de la cobertura social (salud, educación previsión social, etc.) a la regulación del mercado. Hablamos aquí de siniestro, en tanto el propio acceso a tales servicios se vuelve difuso, incomprensible y extraño, al encontrarse éstos en un entramado de disposiciones burocráticas y comerciales.

En este contexto, modernidad, miedo y destrucción encuentran problematizaciones desde diferentes enfoques teóricos. Por ejemplo, para Hannah Arendt (Arendt, 1998), el mercado ha hecho emerger una nueva configuración de la individualidad, ésta se reconoce y participa con los otros desde el consumo, tal situación repliega la esfera pública al ámbito de reconocimiento del mercado; en tal situación los seres humanos aparecen encerrados en la subjetividad de su propia experiencia singular. Importantes también son los estudios sobre el totalitarismo que realiza Arendt y su relación con la destrucción; aquí, los elementos profundos que subyacen en el totalitarismo contemporáneo residen en la preeminencia de estructuras burocráticas y autoritarias por sobre la condición humana. De hecho, que todo pueda ser destruido, es una lógica intrínseca de demostración del poder de los estados totalitarios, pero que hoy también se hace extensiva a los centros económicos y políticos que rigen el nuevo orden global. Por cierto, la determinación de esta destrucción total cruza el espectro político de la modernidad; miedo, terror y horror son intrínsecos de los campos de exterminio nazi, como los gulags del totalitarismo estalinista.  

LA DESTRUCCION TOTAL

Relatos de la destrucción radical podemos encontrar en diferentes espacios o también podríamos hablar de ciertas gramáticas de la destrucción. Por ejemplo, podemos citar dos autores disímiles en cuanto a contexto histórico e ideológico, pero que emplean como unidad significante y lexical la palabra destrucción o sus variantes semánticas. Nos referimos a W.G Sebald con Sobre la historia natural de la destrucción (1999) y Naomi Klein con La doctrina Shock, el auge del capitalismo del desastre (2007). Si bien, desde el ámbito del periodismo y el oficio de escritor ambos autores problematizan la destrucción desde diferentes espacios, al parecer el tipo de destrucción que analizan es un acto de extrema negatividad y sus discursos pueden dialogar a partir de relaciones de continuidad y reciprocidad que manifiestan sus escritos. Sebald y Klein hablan de la destrucción total desde diferentes concepciones del fenómeno, el primero realiza un crudo y espectacular relato de los bombardeos aéreos aliados a una Alemania a decaída y Ad portas de la derrota total. Hablamos entonces de la destrucción total como «acontecimiento» y todos los recursos representacionales se centran en la inmediatez del evento. En cambio, Klein nos relata la destrucción total como «un proceso». Narración que intenta aproximarse a la historia no oficial del libre mercado, donde se va a evidenciar su especificación como programa de reingeniería social y económica.

En forma particular, Sebald analiza la destrucción a partir de las dramáticas consecuencia de los bombardeos aliadas contra las ciudades alemanas a fines de la Segunda Guerra mundial. Según Los Stategic Bombing Surveys (Estudios de bombardeos estratégicos) y otras fuentes de información, la Royal Air Force arrojó un millón de toneladas de bombas sobre territorio alemán, dejando aproximadamente 600 mil civiles muertos y una cantidad considerable de heridos y tres millones y medio de viviendas destruidas. Tal tipo de destrucción marca inevitablemente un punto de inflexión en lo respectivo a los efectos catastróficos de la guerra, ya que tales ataques no sólo tenían por misión aniquilar al enemigo, sino más bien perseguían destruir la totalidad espacial, económica, política, de las ciudades alemanas. En otras palabras, se trataba de destruir la moral de la población y en particular la solidez moral de los trabajadores industriales. Tal destrucción, no fue defensiva u ofensiva, más bien hablamos de una destrucción total, que provoca en las víctimas una dislocación de sus sentidos (trauma), los sobrevivientes no pueden asimilar la significación de la destrucción, determinando que sus cuerpos y mentes se disocian de la realidad.

En las determinaciones que Sebald repasa sobre las directrices ejecutorias de los bombardeos masivos, hay varias fuentes y consideraciones; como la expansión y acumulación de la industria bélica de Inglaterra y la necesidad de ocupar este máximo potencial de destrucción.  A lo anterior, podríamos agregar que la guerra siempre ha cumplido una función económica y reactiva de la economía. La industria de la guerra se transforma en el clímax del desarrollo del aparato productivo: “Como formador de patrimonios y de mercados, los ejércitos ejercieron un gran influjo en cuanto que el suministro de armas, y también de uniformes y alimentos, favoreció el surgimiento de grandes unidades de producción, acelero indirectamente la minería y la extracción de metales y racionalizó el sistema productivo y comercial” (Hans, 2005, p.87).En otras palabras, la guerra permite la expansión ilimitada de las fuerzas productivas, es metafóricamente una fuerza centrífuga que devora todo lo que coloca delante de ella, y es definitivamente una potencia que abre mercados y amplía a una escala sobre humana los límites de la producción. Además, como formador de actitudes, la guerra implanta de manera masiva la disciplina, condición esencial al sistema industrial y al capitalismo.

De esta forma, el concepto de destrucción total que esgrime Sebald, se refiere a la obtención de alcanzar un estado de catástrofe que rebasa la experiencia del desastre provocado por otras guerras, es una potencia destructiva apocalíptica, que, por su propia dinámica, rompe cualquier intento de racionalizar tal experiencia. Así, el trauma de la destrucción total, trae consigo la desmemoria o una amnesia general, que impide toda suerte de intento o proyección de apropiarse del pasado. Para hacernos una idea de la destrucción que refiere Sebald, conviene repasar el momento en que el escritor comenta los efectos catastróficos de los ataques aéreos sobre Hamburgo: “En pocos minutos, enormes fuegos ardían por todas partes en el área del ataque, de unos veinte kilómetros cuadrados, y se unieron tan rápidamente que, ya un cuarto de hora después de la caída de las primeras bombas, todo el espacio aéreo, hasta donde alcanzaba la vista, era un solo mar de llamas”(Sebald, p.35).La escena catastrófica continuaba de la siguiente manera:” Tras las fachadas que se derrumbaban, las llamas se levantaban a la altura de las de las casas, recorrían las calles como una inundación, a una velocidad de más de 150 kilómetros por hora, y daban vueltas como apisonadoras de fuego, con extraños ritmos, en los lugares abiertos” (Sebald, p.36).

Por otra parte, Naomi Klein ejemplifica la idea de destrucción como una condición particular que ha adquirido el capitalismo en los últimos decenios, al alero de las acciones bélicas de EE. UU, denominadas eufemísticamente como ataques preventivos. La tesis de Klein se construye al realizar un paralelo entre los experimentos con electro shock realizados por la CIA en los años cincuenta y sesenta, y los ajustes económicos realizados posteriormente en algunos países inspirados en las ideas de Milton Friedman. Se da la casualidad, que tales reformas o ajustes estructurales son propiciados a partir de desastres naturales o crisis políticas profundas, que permiten la desregulación de las economías locales. Esta suerte de política de Shock o terapia de Shock, metodológicamente es asombrosamente parecida a la que los psiquiatras en las décadas de los cincuenta y sesenta recetaron a pacientes con desórdenes mentales; se pensaba que la terapia electroconvulsiva reiniciaría mágicamente en los pacientes sus cerebros (Klein, p.117).

La terapia de Shock económica contempla medidas radicales en los países en los cuales se ha realizado, debido a esto su aplicación sólo ha sido posible después de desastres naturales o profundas crisis políticas, como, por ejemplo, el caso del Tsunami del 2004 en Indonesia o la crisis del Huracán Katrina. Tragedias como el golpe de estado en Chile, la ocupación de Irak y Afganistán, son ejemplos de la resignificación de las economías locales a partir de crisis políticas profundas. La violenta destrucción del orden económico preexistente, en tales países, ha determinado con mayor o menor efectividad, desregulación económica, disminución presupuestaría de servicios básicos, liberación de la economía, privatización de servicios públicos, desmontajes de leyes laborales y aniquilamiento físico de dirigentes sociales, a lo que se agrega la preeminencia del mercado como regulador de las relaciones sociales.

Ahora bien, al hablar de destrucción total, inferimos la emergencia de un tipo de destrucción totalmente negativa, y, por tanto, fuera del ámbito de la vida y los ciclos de regeneración de la naturaleza. ¿Pero qué situación o cambio en las maneras de concebir el mundo posibilita el acontecimiento de la destrucción total?, ¿la destrucción afecta a toda la vida del planeta o sólo algunas especies? Tales interrogantes nos permiten direccionar nuestra reflexión, y plantearnos quienes son las víctimas que sufren la destrucción y los cambios que han operado en el mundo para dar lugar a tal fenómeno.  En el esfuerzo de responder estas interrogantes, podemos concebir el periodo de la Posguerra en Europa como un contexto determinante al momento de concebir el concepto de destrucción total, ya que no solamente se trató de un conflicto bélico a escala mundial, sino que más bien hablamos de un estado de guerra que pone en cuestión los principios éticos y morales que dan sentido a la propia idea de humanidad.

La finalización del conflicto trae variadas consecuencias en la esfera cultural, destacándose en el ámbito de la filosofía la preponderancia del existencialismo. El existencialismo nace en Alemania alrededor de 1930 y desde allí se extiende al resto de Europa, especialmente en Francia (Tejedor, 1998, p.419). Éste puede ser leído como una respuesta a la crisis de sentido que provocan las dos guerras mundiales, emergiendo los conceptos de angustia, soledad, alienación, existencia, mundo, etc. Si bien, podemos reconocer diferentes clases de existencialismo: negativo, teológico y positivo. Nuestro interés se centra en el existencialismo ateo de Sartre y como él mismo infiere en El existencialismo es un humanismo (1948) su línea de argumentación se emplaza desde la siguiente lógica: “El existencialismo ateo que yo represento es más coherente. Declara que, si Dios no existe, hay por lo menos un ser en el que la existencia precede a la esencia, un ser que existe antes que poder ser definido por ningún concepto, y que este ser es el hombre o, como dice Heidegger, la realidad humana” (Sartre, 1980, p. 59-60).Situación que implica que el hombre empieza por existir, posteriormente se encuentra y luego surge al mundo como un proyecto, que empieza por ser nada. 

En este contexto, en El Ser y la Nada (1943), Sartre analiza el fenómeno de la negación, y más concretamente el tema del no- ser, tal problematización parte justamente al reflexionar sobre la destrucción (Sartre, 2008, p.47). Para el filósofo la destrucción es una condición que sólo el ser humano puede concebir o ser cumplida. Sartre justifica tal aseveración, al determinar que, si bien en la naturaleza ocurren episodios destructivos, éstos actúan como modificaciones del componente sustancial del mundo y que, a lo más, tales procesos crean otras cosas de las que las precedieron.  Este último, ejemplifica la idea de destrucción a partir del testigo u otra figura similar que dé cuenta de este acontecimiento, este testigo debe comparar el pasado con la presente, situación que podríamos denominar el ya- no.  Para que exista destrucción es necesario una relación de reciprocidad entre el hombre y el ser; desde la óptica de Sartre esto significa el despliegue de una trascendencia (trascendencia hacia el objeto) y que, en el límite de tal relación, el hombre capte la posibilidad de la destrucción. En otras palabras, la destrucción se determina como la posibilidad de no- ser; posibilidad de no-ser que se acompaña de la fragilidad. Este último término, hay que dimensionarlo en función de la capacidad de lo perecedero que rodea a los seres finitos.

 Para Sartre la posibilidad de no-ser, llega al ser por intermedio del individuo, pues la limitación individualizadora es condición de su fragilidad. Es decir, el ser tiene unos límites de ser hombre y ser mujer, aceptar la convergencia en las fronteras del ser, es lo que se entendería por limitación individualizadora. La transgresión de esta frontera o ciertos límites topológicos, propician la ocurrencia del no-ser.  Pero la destrucción necesita otro elemento para acontecer o más bien, para que haya destructibilidad es preciso que frente al no -ser el sujeto manifieste una voluntad de obra positiva o negativa. Se trata entonces, que el ser humano tome medidas concretas frente a la posibilidad de no-ser: “Así, el hombre es quien hace destructibles las ciudades, precisamente porque las pone como frágiles y preciosas, y porque toma respecto de ellas un conjunto de medidas de protección” (Sartre, 2008, p. 48).Podemos inferir entonces que los desastres naturales no son destrucción, sí lo son cuando estos acontecimientos están mediados por el ser humano, como, por ejemplo, cuando las catástrofes son tele- transmitidas por televisión, estas dejan de ser naturales y forman parte propiamente de la destrucción. 

La destrucción es esencialmente una cualidad humana, porque supone una comprensión predicativa de la nada.  La nada se determina como la distancia entre ser y conciencia. En consecuencia, podemos plantear que la destrucción total se establece como una comprensión predicativa de la nada, pero que involucra al mismo tiempo, una dislocación de esta compresión, porque tal destrucción supone un rebasamiento de toda experiencia imaginable del vacío. ¿Pero qué es lo que puede originar tal experiencia destructiva? o, en otros términos, ¿qué características hacen posible hablar de destrucción total?

En este punto, la capacidad de la denominación “de destrucción total”, la podríamos ejemplificar a través de una serie de características: globalidad, desterritorialización, miedo, desinformación, endótismo, pandemias, etc. Los conceptos anteriores, forman parte del entramado teórico que desarrolla Paul Virilio (2009) al plantear la idea del «accidente original». Si bien, los postulados de Virilio se diferencian sustancialmente de Sartre, los dos pensadores pertenecen a una tradición teórica e intelectual que se sitúan sus respectivos análisis desde un espacio de negatividad. Virilio se nos muestra como un existencialista de los fenómenos contemporáneos, en tanto la sociedad tecnológica y la híper – velocidad están influyendo en forma destructiva en los individuos y en su existencia. Aún más, para Sartre como para Virilio la destrucción es algo propiamente humano, es decir, en la naturaleza hay cambio y transformación, pero no destrucción.      

¿Pero qué es lo medular del accidente original?, Virilio hace hincapié en la gran diferencia que existe entre el accidente natural y el accidente artificial, el primero pertenece al ámbito de la naturaleza, y en términos sartreanos no es destructivo. El segundo es producido por el ser humano dentro de los marcos de la tecnología o la innovación de un artefacto técnico o científico (armas biológicas, bombas sucias, etc.) El accidente artificial (que Virilio denomina también original) es hiperdestructivo, que se desarrolla a través de la lógica causa y efecto; por ejemplo, el invento del tren trae como consecuencia el invento del accidente ferroviario, el invento del automóvil genera como resultado el choque en cadena en la autopista (Virilio, p.25).

Por lo demás, el accidente original no se localiza en un lugar específico, no es un accidente territorializado, por el contrario, el accidente original es global y desterritorializado; y sus consecuencias se extienden a todo el planeta. El accidente original es consecuentemente el accidente integral, que amenaza obsesivamente a la humanidad.  Tal peligro se corresponde con la integración económica, tecnológica, militar y científica que caracteriza la globalización y su conexión en un mercado único. El accidente integral es la posibilidad de una catástrofe planetaria, que se corresponde con el progreso tecnológico y financiero de los actuales modelos de sociedad. Ahora bien, la noción de accidente que problematiza Virilio, parte del hecho de la instantaneidad de las comunicaciones y la masificación de las mismas, posibilitándose la conexión directa con los hechos noticiosos. Con la instantaneidad de las comunicaciones un desperfecto, un accidente industrial, o un accidente de otra índole; son rápidamente documentados y transmitidos por los medios de comunicación, escenificándose como espectáculos posibles de consumir y fetichizar. 

La globalización posibilita la habitualidad del accidente integral, donde lo local es lo exterior y lo global es lo interior de un mundo finito, que se redefine por la existencia de redes de información y comunicación instantáneas que rompen los límites de cualquier geopolítica. Así, la destrucción funciona como un reverso y anverso del progreso científico-tecnológico de nuestra época. En tal proceso, el accidente global -integral se determina correspondientemente como destrucción total. Tal poder destructivo, lo hace explicito Virilio al rememorar la arquitectura del búnker; sin embargo, no es el grosor del hormigón y lo claustrofóbico del reducto   lo que resulta terrorífico, sino el potencial de destrucción de las armas que justifican la arquitectura del búnker (Virilio, 2003, p. 23). La destrucción total se puede comprender como un símil del accidente integral y el miedo o terror a la nada más absoluta. Este miedo y terror absolutos, construyen y modelan también un determinado sujeto, pero este modelamiento es altamente destructivo, replegando a los individuos a esferas de acción infra humanas, emergiendo más bien cuerpos sin identidad.     

PALABRAS FINALES  

Nuestra época se ha caracterizado por situarnos constantemente bajo la impronta de la destrucción. La actual crisis provocada por el covid-19 nos ha replegado a la condición de simples entes biológicos, que necesitan la regulación de los aparatos gubernamentales y clínicos.  Lo anterior, se suma el abigarramiento de imágenes de muerte y cadáveres que se transmiten por los mass- media y las redes de información. La condición de fragilidad de los ciudadanos se ve acrecentada por la incertidumbre de fuentes laborales y servicios básicos que operan bajo las directrices del mercado. Parafraseando a Theodor Adorno, desde que el individuo vive bajo las políticas del provecho individual universal, y, por tanto, su yo es siempre indiferente para los otros, nos sumergimos en el espanto y horror de aquellas alambradas electrificadas del campo de concentración.   

BIBLIOGRAFÍA

Arendt, H (1998). La condición humana. Barcelona. Editorial Paidós.

Hardt, M, Antonio Negri (2005). Imperio. Buenos Aires. Editorial Paidós.

Hobbes, T (2004). Leviatán. Buenos Aires. Editorial Losada.

Joas, H (2005). Guerra y Modernidad. Barcelona. Editorial Paidós.

Klein, N (2007). La doctrina Shock. Argentina. Editorial Paidós.

Sartre, J (1980). El existencialismo es humanismo. Argentina. Ediciones Orbis, S.A.

Sartre, J (2008). El ser y la nada. Buenos Aires. Editorial Losada.

Sebald, W. (2003) Sobre la historia natural de la destrucción. Barcelona. Editorial Anagrama.

Tejedor, C (1993).  Historia de la filosofía en su marco cultural. España. Ediciones SM.

Virilio, P (2009).  El accidente original. Buenos Aires.  Amorrortu ediciones.

Virilio, P (2003). Amanecer Crepuscular. Buenos Aires. Fondo de Cultura Económica.


1 El ordoliberalismo se caracteriza como una escuela económica liberal, que propicia el concepto de Economía Social de Mercado. Esta escuela económica alemana se basa principalmente en una regulación del estado al mercado, supervisión de la libertad contractual y sindical, como la fijación de políticas sociales a favor de los sectores más desprotegidos de la sociedad. Por otra parte, el Neoliberalismo propicia la reducción de los ámbitos de inferencia del estado en el mercado. Esta escuela económica norteamericana, plantea la paulatina privatización de los servicios básicos.   

2 Sin duda, podemos catalogar a Rousseau como un pensador que intenta poner en cuestión los presupuestos del pacto hobbesiano, en primer lugar, Rousseau crítica la condición iusnaturalista de Hobbes, quien considera el estado de naturaleza como una condición hipotética y de guerra. Para Hobbes, el estado de guerra es una condición recurrente en las relaciones humanas, caracterizada por un conflicto permanente entre los individuos en ausencia de autoridad constituida. Por el contrario, Rousseau busca ubicar históricamente el verdadero estado de naturaleza y desde ahí pensar las ideas de igualdad y libertad. Otra diferencia significativa entre estos pensadores, tiene relación con el carácter del estado. Para Rousseau el estado es la necesidad de la autonomía y la voluntad común hecha expresión. En cambio, para Hobbes el estado es la estructura que agrupa las posibilidades de ejercer la violencia contra los que ponen en cuestión el pacto social. Las diferencias se extreman al momento de pensar la propiedad, para Hobbes la idea misma de soberanía está ligada a la propiedad privada, de ahí el presupuesto que sostiene que «donde hay soberano hay derecho de propiedad». Tal forma Hobbesiana de pensar la sociedad, concibe la sociedad civil como la posibilidad de emergencia de la propiedad privada. La propiedad se nos presenta en Hobbes como algo cerrado, estable en el tiempo y resultante del pacto social. En cambio, Rousseau realiza una descarnada crítica a la propiedad privada, y ve en el surgimiento de ésta la crisis de la sociedad. De ahí que la desigualdad como condición entre los hombres, fue propiciada para   Rousseau por ciertos marcos culturales que posibilitaron la aceptación de derechos de propiedad sobre la tierra, quedando los frutos de ésta relegados al usufructo y decisión de un particular. Esta profunda crítica de desarrolla Rousseau entorno a la propiedad será un tema recurrente en los posteriores movimientos políticos del siglo XIX y XX, en forma particular Proudhon retomará esta temática   en «Qué es la propiedad, 1840»; texto polémico desarrolla la idea de la imposibilidad de la propiedad. Los presupuestos teóricos de tal planteamiento parten de concebir que cualquier actividad productiva requiere el complemento de lo social o la comunidad, es más para el teórico anarquista ni la ocupación ni el trabajo constituyen bases sustanciales para la propiedad, de hecho, la comunidad es anterior a la propiedad. Por tanto, en la posesión colectiva Proudhon reconoce la posibilidad concreta de desarrollo y en la propiedad privada reconoce el suicidio de la sociedad. En conclusión, para el teórico anarquista todo trabajo humano es una fuerza colectiva y, por tanto, toda propiedad llega a ser, por la misma razón colectiva.

3 Para Foucault la gubernamentalidad representa la última etapa de la evolución en la historia del estado moderno. Esta nueva forma de gobierno se caracteriza por que tiene por objeto la población y no el territorio, y además gobierna a través de múltiples saberes: economía, medicina, psiquiatría, etc.

4 Aquí, entendemos lo siniestro como el desfase que se produce entre los aspectos racionales e irracionales que se desglosan de la gubernamentalidad neoliberal. Ejemplificación de lo anterior, pueden ser la burocracia, la inoperancia de los servicios públicos, la flexibilidad laboral, la privatización de áreas claves del estado.


Sobre el autor

Juan Esteban Alegría es un profesor de artes plásticas en la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación (UMCE), magíster en teoría e historia del arte de la Universidad de Chile y doctorando en estética y teoría del arte en la misma universidad.