El futuro parecía nuestro…

I

No sé cómo llegamos a este punto. Entre el 12 de julio de 2018 y el de 2020 no hay dos años; hay un tiempo más profundo, inconmensurable. El ambiente de las fotografías del día que AMLO ganó las elecciones presidenciales no corresponden con el sabor a mal sueño del día de hoy.

Ese día era decisivo. La gente comenzó a dirigirse al centro y parecía dispuesta a todo. Yo quería ver qué sucedería. En ese momento, estábamos seguros de su victoria, pero nadie podía liberarse de un mal presagio. La experiencia del 2006 parecía acecharnos desde la oscuridad.

Me encontré con una amiga en el Ángel de la Independencia. Nos llevamos una ligera decepción al ver muy poca gente. Pensamos que tal vez no querían relacionar este día con ese monumento: todas las marchas post-electorales de 2006 y de 2016 habían comenzado ahí. Imaginamos que la gente quería espantar los fantasmas y por eso se dirigía directamente al Zócalo de la Ciudad de México.

Nosotros decidimos hacer lo mismo. Tomamos el Metrobús de Paseo de la Reforma hacia Avenida Hidalgo. Era una ruta nueva, como el camino que –esperábamos- estuviera abriéndose ante nosotros. Quisimos probar suerte y subimos al primer piso del autobús: encontramos lugar en la primera fila. A través del parabrisas panorámico, entendí por qué esa avenida era la más bella de la Ciudad de México. Antes de llegar a nuestra parada, mi amiga leyó que el candidato oficialista reconocía su derrota, incluso antes que se revelaran los datos preliminares de las elecciones. Fue la última vez que sentí alivio.

También fue la primera vez que vi un genuino júbilo popular. A lo largo de la Alameda Central y Madero, la gente se abrazaba, gritaba y reía. El cielo naranja dio paso a la iluminación nocturna. La gente no dejó de celebrar cuando AMLO terminó su discurso. Todos cantábamos aún en la madrugada, mientras caminábamos de vuelta a nuestras casas. El júbilo de aquel día sólo amarga aún más lo que se avizora al final de esta administración.

II

Voté por el fin del neoliberalismo y, aunque han decretado su muerte, creo que el objetivo se aleja cada vez más. Desde Presidencia se ha atizado una guerra hueca entre oficialistas y opositores. Yo no encuentro cabida en ningún extremo. Debe existir un grupo intermedio para los que, a pesar de haber votado por AMLO en 2006 y 2012, no quieren arrojarse a la fe de los conversos y, por ahora, sólo se entregan a la angustia, la desesperanza y la decepción.

Trabajé en el sector educativo en la pesadilla del sexenio pasado y en esta administración hasta el primero de junio. Mi impaciencia por los cambios de la nueva administración siempre encontró llamados a la confianza y a la espera. Pero a estas alturas, uno duda en concedérselos en cuanto contempla sus acciones.

A cuatro décadas de adelgazamiento del aparato estatal, la Cuarta Transformación responde reduciéndolo aún más. A cuarenta años de la liberalización del mercado, el gobierno de AMLO se limita a mostrar desinterés en su regulación. Por ningún lado aparece la diferencia específica con los gobiernos neoliberales.

De hecho, uno está tentado a creer que, en realidad, estamos asistiendo a una fase de radicalización del neoliberalismo. Y la idea no es tan descabellada: la gente que opera la Cuarta Transformación es la misma clase política y administrativa del peñanietismo y del calderonismo.

En educación, por ejemplo, la estructura directiva la ocupan los mismos que estuvieron ahí en los años noventa. Sospecho que gozan y disfrutan aplicar las mismas políticas públicas, pero ahora con el aire legitimador y la aprobación renovada que les brinda la Cuarta Transformación. Cuando eran abiertamente neoliberales, invertían menos dinero en un alumno argumentando la necesidad de mantener la sanidad de las finanzas públicas; hoy, lo hacen tras el escudo de la austeridad republicana. Antes, promovían la educación en línea porque era más barata; hoy, porque las nuevas tecnologías son el futuro. Cuando el neoliberalismo era descarado, fingían aprobar a los alumnos para no invertir dos veces (o más) en la educación de los estudiantes; hoy, usan el antifaz de la inclusión. Pero, detrás de la máscara, se regocijan como antaño: las abstracciones numéricas les hablan de lo bien que están las cosas, lo bien que las administran y lo importantes que son en esta transformación. La realidad concreta sigue sepultada en estadísticas e indicadores.

Hoy, se nos exige estar a favor o en contra de esto. El futuro de la patria depende del bando neoliberal con el cual uno quiera estar: el cínico o el mojigato. Sin medias tintas.

III

Las señales que me preocupaban mientras trabajé en la Cuarta Transformación, se hicieron más evidentes tras la explosión de la crisis sanitaria de la COVID-19. El país no ha detenido su proceso de descomposición y aún no toca fondo: da la impresión de poder pudrirse más en los cuatro años que tenemos por delante.

La impresión que se tiene hoy en día es la de ser presa de una política pública de tierra quemada, en la que se salvará quien pueda. La economía del país lleva tres meses detenida, pero no así la dinámica social. Los desempleados gubernamentales del 2019 han visto llegar a una nueva camada para este 2020. No parecen ser los últimos. Además, comparten suerte con número también creciente de desempleados del sector privado.

El gobierno quiere privilegiar a los pobres y los abandona a su suerte, tal y como lo hizo el neoliberalismo ante cualquier siniestro natural. AMLO está entrampado en otras prioridades que no le permiten ver lo más urgente: la aparición del hambre en las calles.

Una vez más, como en los terremotos de 1985 y de 2017, la sociedad civil hace frente a la emergencia. En zonas económicamente activas como la Zona Rosa, una iglesia cristiana da de comer a gente sin hogar y sin empleo. En el Centro Histórico, una iglesia católica también hace lo mejor que puede para multiplicar el pan. El gobierno rechaza salvar a sus ciudadanos y, en alegre coincidencia con al dogma neoliberal, confía la atención social al altruismo privado. En Ciudad Nezahualcóyotl, el barrio popular al oriente de la Ciudad de México en el que vivo, la policía convoca a los vecinos a donar alimentos para evitar la inanición de la gente que vive en nuestra calle.

La Cuarta Transformación continúa pidiendo calma y paciencia a gente que lleva más de tres meses sin trabajar o abrir sus negocios. AMLO ha depositado todas sus esperanzas en el desarrollo de dos proyectos de infraestructura: un aeropuerto y un tren. Como en los buenos viejos tiempos, se vuelve a apostar por el crecimiento de las vías de comunicación y transportes, que estarán abarrotados de turistas y de divisas extranjeras. ¿Y nosotros? Nosotros conseguiremos el sustento diario cargando maletas y tendiendo camas a extraños provenientes de los Estados Unidos y Europa. Claro, suponiendo que regresen.

IV

El futuro pertenece a la oposición y la Cuarta Transformación le allana el camino día tras día. Gracias al desempleo, cambié las horas atrapado en el metro por las conferencias matutinas de AMLO. Dejé de verlas por la sensación que provocan: la incredulidad y el abandono. Con estupefacción, cada día escuchaba un comentario más absurdo que el anterior. Al principio, creí que eran algo fortuito, pero ahora estoy convencido de que son, más bien, parte de un ataque sistemático en contra de la clase media baja.

El acabose sucedió cuando lanzó su campaña en contra de los “científicos”. En una sola oración homologó a los universitarios y académicos de este siglo con los promotores del positivismo en México, que fueron adictos al dictador mexicano de finales del siglo XIX. Ante los ojos presidenciales, ambos son conservadores. Al parecer, todas las movilizaciones de intelectuales y estudiantes universitarios en las elecciones presidenciales de 2006 y 2012 tenían por objetivo apoyar a Felipe Calderón y a Enrique Peña Nieto, respectivamente.

El Presidente ya se había abalanzado contra los médicos, los ingenieros y los economistas. En fin, contra algunos ciudadanos que han visto en las profesiones liberales una vía de movilidad social. En este sentido, el desinterés de la Cuarta Transformación en educación parece coherente con su discurso. Al final, las Universidades son centros de formación conservadora y no vale la pena invertir en ellas. Lo que no está claro es con qué piensa reemplazarlo… o tal vez sí.

La última andanada presidencial involucró la desacreditación de un organismo gubernamental en contra de la discriminación. El motivo fue un foro auspiciado por esa institución, en la que se iba a discutir el racismo en México. Mi sorpresa fue que los invitados no eran académicos de universidades públicas o representantes de Organizaciones No Gubernamentales. En esta ocasión, los invitados eran un actor, una actriz, un locutor de radio y… un youtuber. Los primeros han hecho su carrera mediática en programas audiovisuales producidos por las tradiciones televisoras mexicanas o de los Estados Unidos. El último una larga letanía de chistes simplones basados en lo que la clase dominante considera desagradable y desea desaparecer. Para su desgracia, hizo un chiste así sobre el hijo del Presidente. El foro se canceló y la institución contra la discriminación fue condenada a muerte.

El evento sería una anécdota más de no ser por el fenómeno absurdo que ha generado. Ahora, alrededor del Youtuber se aglutina todo el viejo régimen bajo la bandera de la libertad de la libre expresión. Entre broma y broma -que continúan expresando libremente-, han puesto al descubierto lo que continúan pensando y la actitud con la que podrían regresar al poder.

Esos desplazados quieren volver y parece que quieren venganza. Ya olisquean el cadáver y se están movilizando desde ahora para lanzarse a la rapiña, sea en las elecciones intermedias de 2021, la revocación del mandato en las elecciones de 2022 o las elecciones presidenciales de 2024. O tal vez están pensando en algo más radical. Cualquier cosa que suceda, AMLO será el único responsable de un Bolsonaro o un Trump elegido por los votos o legitimado por las armas. Me pregunto cuánta gente que estuvo dispuesta a defender el triunfo del 2018 estaría dispuesta a defender el neoliberalismo lopezobradorista en los cuatro años que quedan. Yo no pienso tomar partido por ninguno de los dos neoliberalismos. El futuro parecía nuestro.


Sobre el autor

Arturo García-Trejo es un filósofo, mártir y comediante egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Flâneur actualmente en cuarentena y en el paro.