El desafío político, ético y tecnológico en épocas de pandemia

Desde la Revolución Neolítica, el ser humano se ha jactado de ser el heredero del planeta tierra. Por siglos nos hemos bañado en un óleo de autodeterminación y de superioridad injustificada por la madre naturaleza, cuando de hecho, no poseemos propiedades evolutivas superiores para vindicar nuestro supuesto “derecho al trono”. Claramente la presencia de la pandemia de Covid-19 no es un evento que debería sorprendernos, médicos y especialistas de todo el mundo miraban expectantes la llegada de una nueva infección, especialmente tras el brote de MERS-Cov (Síndrome respiratorio por coronavirus de Oriente Medio) del año 2012, el que afortunadamente pudo ser controlado con éxito antes de convertirse en una pandemia a nivel global, a diferencia de cómo se observa hoy en día. Tanto el MERS-Cov como el SARS (Virus que cobró 774 vidas en China continental a principios del milenio), son primos hermanos del afamado Covid-19, y si bien presentan una tasa de mortalidad mucho más elevada, su capacidad de transmisión no alcanza los niveles de esta nueva enfermedad. La principal incógnita queda al descubierto, si el Homo Sapiens es la especie dominante ¿Cómo se deja doblegar por un enemigo invisible y microscópico? El Coronavirus no posee dientes ni garras, tampoco alas o pies, pero juega con un factor que lo convierte en lo que ha sido el depredador más grande de nuestra historia desde la gripe española, nuestra sociabilidad. El ser humano es por naturaleza un ser político y social, desde nuestros primeros años de vida caemos en la dependencia de otros, ya sea de nuestros padres, como de nuestras autoridades y líderes a más avanzada edad, es más, el ser humano es la única creatura conocida cuya calidad de vida no depende del esfuerzo empleado, sino de su propia construcción social, el dinero. Es justamente por esa razón que hemos creado una sociedad, que, a este punto, se ha convertido en una “Aldea global”, término acuñado por el filósofo canadiense Marshall McLuhan junto con Bruce R. Powers en su libro de título homólogo. Es esta sociedad la que el Coronavirus ataca con mayor efectividad, por ende, es el deber conjunto de todos los miembros de nuestra vasta “aldea” protegerla y sobrellevar los desafíos que en ella se presentan, siendo los desafíos políticos, éticos y tecnológicos los que más se involucran en el desenvolvimiento de la ya conocida enfermedad. En el ámbito político debatiremos el rol de las instituciones internacionales y su efectividad, en el ético sobre la responsabilidad ética del mundo desarrollado sobre el que se encuentra en vías de serlo para luego tocar los desafíos tecnológicos; como las grandes compañías tecnológicas pueden y deben aportar, y el peligro que posa el uso indiscriminado de técnicas biotecnológicas.

El 11 de marzo de 2020, ha poco más de tres meses de que se confirmara internacionalmente el primer caso de coronavirus en la ciudad de Wuhan, el Director General de la OMS (Organización Mundial de la Salud), Tedros Adhanom Ghebreyesu, decretaba en una conferencia de prensa en la ciudad de Ginebra que el nuevo brote de Coronavirus pasaba a caracterizarse como una pandemia. La OMS se ha encontrado bajo una inmensa cantidad de fuego últimamente, políticos de todo el mundo han demostrado apoyo o arremetimiento contra ella, poniendo en cuestionamiento su rol y funcionalidad dentro del paradigma político actual, el más destacado siendo el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, quién decidió congelar la tramitación de fondos a la institución, “mientras se realiza una investigación sobre el papel de la OMS en la mala gestión y el encubrimiento de la expansión del coronavirus.» (Mars, A. (2020).

Trump acusa a la OMS de “encubrir” la propagación del coronavirus y anuncia la congelación de los fondos. El País. Disponible en: https://elpais.com/sociedad/2020-04-15/trump-acusa-a-la-oms-de-encubrir-la-expansion-del-coronavirus-y-anuncia-la-congelacion-de-los-fondos.html [ 2020, 5 de Mayo])

Si bien el individualismo que conlleva esta medida es reprochable, puede ser que el presidente de los Estados Unidos no se equivoque del todo al realizar sus ya infames declaraciones. Es simplemente una cuestión de analizar objetivamente el rol de la OMS y su respuesta ante el brote, la que nos guiará a determinar qué medidas se pudieron haber tomado en primer lugar para contener la infección, pero para hacerlo, necesitamos mirar hacia aquellas naciones que, a pesar de encontrarse expuestas, lograron librar una guerra relativamente exitosa contra el virus.

El primer ejemplo que surge es indudablemente el de Singapur. La pequeña ciudad estado se encuentra a nada más de 3432 kilómetros del epicentro, Wuhan, y durante los primeros meses del estallido de la pandemia fue alabada a nivel global por su rápida respuesta y el impresionante control que tuvo sobre su población infectada, aunque lo inevitable tarde o temprano sucedió y en tan solo 20 días la cifra de infectados escaló de 1.000 a 10.000 individuos. Se podría argumentar que su pequeño tamaño y sus políticas restrictivas lo hacen fácil de maniobrar, lo que es cierto, aunque al mismo tiempo, son esos factores lo que hacen de su supervivencia un factor mucho más difícil comparado con sus homólogos de territorio vasto. De acuerdo con los datos del banco mundial, Singapur sería el tercer país del mundo con mayor densidad poblacional (Banco Mundial, 2018), lo que sin duda es una de las variables más importantes al momento de considerar la transmisibilidad de un virus, además, posee, tal como la mayoría de los países del primer mundo, una economía mayoritariamente terciaria, y por ende, susceptible a variaciones económicas influenciadas por la ausencia de la prestación de servicios. Estos elementos lo convierten en el sujeto perfecto para la realización de micro experimentos político-sociales cuyas conclusiones podrían llevarse a cabo a gran escala. Teniendo en consideración su calidad de conejillo de indias, la pregunta permanece. ¿Qué hizo inicialmente Singapur para combatir la pandemia, y que causó finalmente su deceso? Apenas inició la pandemia, Singapur adoptó medidas drásticas e impredecibles, cerró sus fronteras e implementó exagerados controles al tráfico aéreo, además de crear diversas estrategias de seguimiento a sus ciudadanos infectados. Inicialmente, las medidas fueron un éxito. A mediados de marzo, mientras el Sudeste Asiático se inundaba de casos, Singapur contaba con menos de 1.000, fue tanta la sorpresa que el mismísimo secretario general de la OMS elogió a Singapur, catalogándolo como “un buen ejemplo de un enfoque de todo el gobierno” (Jofré, V. (2020).

Singapur y el Covid-19: del éxito al ocaso en 20 días. La Tercera. Disponible en: https://www.latercera.com/mundo/noticia/singapur-y-el-covid-19-del-exito-al-ocaso-en-20-dias/NPGY3AT6BJELFAUE6JJ6MN45OU/ [ 2020, 5 de mayo])

pero al parecer es cierto que todo lo bueno llega a su fin, ya que el ingreso de inmigrantes Indios y Bangladesíes, grupo que compone la principal mano de obra de la isla, condenó a la pequeña nación, cuyos números se decuplicaron en tan solo veinte días. El día de hoy Singapur posee más de 31.000 casos, pero tan solo 23 fallecidos. ¿Qué podemos aprender de la estrategia singapurense? Sin duda la conclusión más acertada es que la capacidad de aislamiento internacional de un país es el método más efectivo para controlar la transmisión de enfermedades; el cierre inmediato de las fronteras llevado a cabo por Singapur durante las etapas iniciales de esta epidemia fue lo que le permitió garantizar la mantención de las actividades económicas internas, y por ende proteger los ingresos de sus trabajadores y empresas; problemas que tienen a otras naciones, como a la Argentina post-Kirchnerista, atados de manos.

Si bien el aislamiento internacional inmediato puede garantizar el funcionamiento de la economía a nivel nacional, hay otra técnica que puede evitar incluso el cierre absoluto de las fronteras de otras naciones y el perjudicar a la economía global, el “aislamiento nacional”. Entendemos aislamiento nacional como la facultad de un país de prohibir la circulación de sus ciudadanos al extranjero y viceversa, creando así un verdadero biombo pandémico, a través del cual el virus es incapaz de ser transportado fuera de sus fronteras. Si China hubiera implementado el asilamiento nacional durante las primeras instancias de la pandemia, no habría existido la necesidad de que un vendedor de feria norteamericano se encuentre a las puertas del senado protestando para que le permitan reabrir su negocio, o que una familia pobre de Kenia deba invertir parte de sus precarios ingresos en mascarillas a precios de contrabando. Claramente ningún país por sí solo estaría dispuesto a tal sacrificio económico, así fue, y ahora la crisis económica más grande de los últimos 90 años está al acecho, un evento que dejará a miles de niños sin educación, padres sin empleo y familias sin sustento. Es justamente por eso, que entra la duda de nuestro dilema principal. ¿No debería existir una Organización Internacional que evite que se desarrollen estos sucesos? La hay: se llama Organización Mundial de la Salud, y tal como destaca tan orgullosamente, su objetivo es “alcanzar para todos los pueblos el máximo grado de salud, definida en su Constitución como un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente como la ausencia de afecciones o enfermedades.” (Ander Ruiz de Gopegui Aramburu, D. (2020).

Organización Mundial de la Salud. Gobierno de España: Ministerio de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación. Disponible en: http://www.exteriores.gob.es/RepresentacionesPermanentes/OficinadelasNacionesUnidas/es/quees2/Paginas/Organismos%20Especializados/OMS.aspx [ 2020, 5 de mayo]).

Claramente, en un planeta con más de 3,711,460 casos y contando, esta Organización no está cumpliendo su objetivo, lo que no significa que, en algún punto, no lo pueda lograr. Para otorgarle a la OMS la verdadera capacidad de cumplimiento, la solución está en permitirle tomar medidas con mayor peso político, y es ahí donde se encuentra el dilema, ya que actualmente esta se preocupa principalmente de ayuda caritativa en vez de encontrar soluciones concretas. La organización debe contar con poder ejecutivo, de esa forma podría garantizar correctamente el cumplimiento de las normas internacionales a través de estados de excepción mandatorios y sobre todo ser capaz de implementar el “aislamiento nacional” a naciones de alto riesgo pandémico, las cuales en virtud de las consecuencias económicas que podría traer un brote, tomarán medidas sanitarias más estrictas, regulándose por sí solo el riesgo de que lo que vivimos hoy vuelva a repetirse. Mientras la OMS siga siendo un organismo débil, exigirle manejar una pandemia global, como la de la COVID-19, es tan absurdo como pedirle a un niño de 4 años que detenga un robo.

Sin duda uno de los desafíos más grandes que trae consigo la crisis del coronavirus no se centra exclusivamente en el desarrollo de esta, sino en las repercusiones que traerá una vez que se regrese a la denominada “nueva normalidad, y es aquí donde surge un dilema ético-político que de seguro estremecerá los cimientos del orden mundial establecido ¿Cuál es la responsabilidad ética de los países desarrollados con sus homólogos menos afortunados? De acuerdo con el historiador y filosofo israelí, Yuval Noah Harari, son los países más pobres los que sentirán los efectos del Coronavirus a flor de piel:

“Ahora no hablamos mucho sobre lo que pasa en América del Sur, en África o en el Sudeste Asiático, pero tanto la epidemia en sí como la crisis económica probablemente golpearán a los países pobres y en desarrollo mucho más que los países ricos. Y si el sistema de salud de un país como España tiene dificultades lidiando con esta crisis, piensa lo que puede pasar cuando la epidemia se extienda a otros como Perú, Bangladesh o Sudáfrica. El mayor número de muertos, probablemente, será en estos países, no en Europa o Estados Unidos.” (Duer, P. (2020).

Harari: “En el largo plazo, la peor de las crisis se sufrirá en los países pobres”. El País. Disponible en: https://elpais.com/elpais/2020/04/06/planeta_futuro/1586170713_492779.html [2020, 23 de abril])

Las palabras de Harari no vienen infundadas, ya que ha sido comprobado por varios especialistas que el efecto que diversas enfermedades pueden tener en el desarrollo de las naciones es más que contundente, es más, bordea lo alarmante. Este tema es tocado con más profundidad por los ganadores del Nobel de Economía 2019, Esther Duflo y Ahijit V. Banerjee, en su obra “Repensar la pobreza”, en la que, basados en la recopilación de múltiples estudios, exponen como contraer una enfermedad como la malaria en las etapas tempranas del desarrollo humano, puede afectar los futuros ingresos de un individuo, y, al mismo tiempo, afectar el destino de una nación. Según Duflo y Baerjee “Un estudio sobre la erradicación de la malaria en el sur de Estados Unidos (donde hubo malaria hasta 1951) y en varios países de América Latina indica que un niño que haya crecido sin malaria gana el 50 por ciento más al año durante toda su vida adulta que un niño que si haya sufrido la enfermedad” (Banerjee, A.V. y Duflo, E. (2019). Repensar la pobreza: Un giro radical en la lucha contra la desigualdad global. Nueva York, Nueva York: PublicAffairs.) Estos datos nos advierten incipientemente sobre las catastróficas consecuencias que puede tener la llegada del Coronavirus a los rincones más pobres de nuestro planeta, retrasando su desarrollo y empobreciendo aún más a su población, privando a un gran porcentaje de sus ciudadanos del aumento de sus ingresos futuros y al mismo tiempo endeudándolos con tratamientos médicos que pueden resultar impagables. Se debe también considerar la reducción en la población de estos países provocada por el Coronavirus, como un factor que incide directamente en su “potencial de progreso”, ya que al reducir el número de la población potencialmente productiva (jóvenes, niños, adultos), las naciones se convierten en menos atractivas para la inversión tanto extranjera como local y se le infringe un gran golpe a la mano de obra capacitada y técnica. En este preciso momento, las naciones más desarrolladas tienen la oportunidad de apoyar económica y políticamente a las que se encuentran en vías de serlo, garantizando así el predominio democrático en muchas de ellas junto con su estabilidad económica, aminorando la carga fiscal sobre sus débiles gobiernos; claro está que las alternativas se encuentran sobre la mesa, y sería un compromiso ético de las naciones, sus gobiernos y sus ciudadanos ( especialmente los contribuyentes tributarios), la intervención o la abstinencia, surgiendo así un dilema que depende de nosotros resolver ¿Dejaremos a nuestros hermanos más pobres a su propia suerte, o intentaremos hacernos cargo de nuestra “Aldea global” en unidad? Desgraciadamente en tiempos de crisis, las naciones tienden a ejercer un bloqueo absoluto y a priorizar a los suyos cuando todos somos miembros de la misma especie, tal como se observa actualmente con la “guerra de ventiladores”, en la cual muchas naciones requisan insumos médicos, como ventiladores mecánicos o mascarillas, que son vitales para tratar exitosamente a pacientes críticos y para garantizar el mantenimiento de sus redes de salud pública. Muchas medidas erráticas tomadas por líderes mundiales, como la prohibición de exportaciones de suministros sanitarios adoptada por el gobierno de Estados Unidos, muestran un claro individualismo inmaduro que es peligroso en momentos cuando la cooperación internacional es vital para salvar la mayor cantidad de vidas humanas y nos hace cuestionar sobre qué tan éticas son estas medidas.

Estamos conscientes que el deber de proteger a los demás, el día de hoy, es un acto colectivo; los gobiernos les han implorado a sus ciudadanos seguir las recomendaciones indicadas y los métodos aprobados para detener el avance de la pandemia, hay quienes se atañen a las instrucciones de sus respectivos gobiernos, quienes las critican, quienes las desobedecen, y también están quienes se esfuerzan por mejorarlas. Es justamente en este último minúsculo sector de la población, donde encontramos que grandes mentes deciden encerrarse en laboratorios de investigación y desarrollo, con el fin de crear tecnologías que nos permitan combatir al virus de forma más efectiva, y si bien puede parecer como la alternativa más viable, es justamente una de las que cuenta con menor cantidad de fondos públicos en países subdesarrollados. Para solucionar esta compleja paradoja es necesaria la intervención de otro agente, los privados; países que no cuentan con suficientes recursos públicos para fomentar el avance tecnológico-científico de sus industrias, deberían acudir a las manos privadas. No planeo postular que la empresa privada es un ángel guardián que merece de la completa y absoluta confianza del individuo, pero en este caso, un avance en manos de privados sería más conveniente que observar de brazos cruzados como la población mundial se reduce drásticamente, inclusive, empresas sin relación alguna con el sector médico podrían invertir capital y cambiar drásticamente su curso, así como lo hizo el gigante coreano Samsung, que pasó de ser una simple compañía de importaciones y exportaciones de Daegu a ser una de las más grandes compañías informáticas del siglo. El día de hoy, empresas privadas a lo largo de todo el mundo han divergido en su producción:

“Ford anunció que producirá «inicialmente 50 mil protectores faciales en sus plantas en Camaçari, en Bahía, Brasil, y Pacheco, en Argentina, que serán donados a través de agencias públicas y organizaciones sin fines de lucro a profesionales de la salud (que están) en la primera línea combatiendo la enfermedad», señaló la empresa en un comunicado” (Muñoz, M.R. (2020).

Las empresas que cambiaron su línea de producción para ayudar en la pandemia. Fortuna. Disponible en: https://fortuna.perfil.com/2020-04-14-211139-las-empresas-que-cambiaron-su-linea-de-produccion-para-ayudar-en-la-pandemia/ [ 2020, 6 de Mayo].

Ford es solamente una de ellas, su hermana automotriz, Mercedes Benz, también informó que comenzará la producción de respiradores mecánicos de baja complejidad. La inversión en tecnología y su masificación puede reducir los costos de ciertos implementos en el sector público, al mismo tiempo aminorando la carga para el Estado, por ende, si bien puede ser considerado por algunos como prostitución capitalista, si el estado se propone a fiscalizar, se podrían quitar un fuerte peso de encima.

Actualmente, la tecnología es un factor que se ha demostrado puede tener un impacto positivo en nuestras vidas, pero también posee un lado oscuro, el cual recientemente se ha puesto en cuestión. El presidente Donald Trump ha argumentado en múltiples ocasiones su férrea creencia en que el Coronavirus fue, de hecho, fabricado por el hombre, más concretamente, en un laboratorio de Wuhan, y aunque la Organización Mundial de la Salud ha desmentido sus declaraciones, este sentimiento refleja una realidad que desde hace años ha dejado de ser ficción. La tecnología, tal como un arma, puede ser utilizada para proteger a los débiles como para deshacerse de ellos, por ende, tal como el uso de una ametralladora, debiera de ser controlada. No existe arma más peligrosa que la biotecnología, y es un compromiso moral su correcto uso y el cumplimiento de las normas internacionales. Tan solo se requiere el mal manejo de un empleado público chino para que la siguiente pandemia, sea la última. No pretendo parecer alarmista, pero es una realidad que gobiernos de todo el mundo, especialmente el de la República Popular China, se rehúsan a aceptar. Es más, el mismo congreso de los Estados Unidos, ha declarado en un informe que:

“Los datos clínicos y genéticos de ciudadanos estadounidenses obtenidos por empresas de biotecnología chinas a través de sus asociaciones con instituciones de EE. UU. podrían plantear riesgos para la seguridad nacional” (Fang, F. (2019).

Informe de EE. UU: La industria biotecnológica china representa una amenaza para la seguridad nacional. La Gran Época. Disponible en: https://es.theepochtimes.com/informe-de-ee-uu-la-industria-biotecnologica-china-representa-una-amenaza-para-la-seguridad-nacional_438020.html [2020, 6 de Mayo]

La biotecnología, por más positiva que pueda ser en la generación de alimentos genéticamente modificados, es altamente peligrosa, y si no se ejerce mayor presión internacional sobre su tratamiento, las consecuencias pueden ser incluso peores. Este debate, es solamente uno de los que la gran pandemia que actualmente azota al mundo ha abierto, y seguramente seguirá siendo debatido por décadas por venir.

El Coronavirus ha complejizado al mundo, pero al mismo tiempo, lo ha hecho más humano, acercando a familias, naciones y continentes enteros. Por primera vez en la historia, el viejo y el nuevo mundo, Occidente y Oriente, sufren al mismo tiempo, y por primera vez desde que tengo memoria, surge aquel sentimiento propio que traspasa las fronteras, aquel sentimiento de humanidad y compasión, que claramente está siendo oprimido por distintos agentes políticos individualistas y anti globalistas, cuando están en conocimiento que la globalización puede beneficiarnos a todos por igual, solamente necesitamos un pequeño empujón. Lo más importante es protegernos entre nosotros, algo únicamente posible con la posesión de organizaciones de salud pública internacionales que posean ramas ejecutivas robustas y con poder político para poder tomar las medidas necesarias para garantizar el bien común global. También cabe destacar la importante responsabilidad del mundo desarrollado con sus hermanos más precarios, cuyo desarrollo se podría retrasar por décadas si no se actúa efectiva y rápidamente para prevenir el control y la transmisión del Covid-19, junto con la responsabilidad de los privados con la producción de tecnologías para mejorar la calidad de vida de los individuos en tiempos de pandemia, responsabilidad que podría derivar en beneficios para el Estado si se lleva a cabo correctamente, además el control que se debería implementar sobre el uso de la biotecnología en países como China, donde el gobierno financia activamente investigaciones de alto riesgo, cegándose frente a la comunidad internacional. Todos estos elementos permitirían prevenir el brote y propagación de futuras pandemias, que claramente podrían ser más disruptivas, y al mismo tiempo solucionarían los desafíos más grandes de estos extraños tiempos.

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