Alan García: cierre y balance

Créditos: Álvaro Portales.

What is the truth, and where did it go?
Bob Dylan

En la mañana del 17 de abril de 2019 una noticia agarró por sorpresa a toda la población peruana: la fiscalía había ido a cumplir una diligencia a la casa de un expresidente. Los rumores eran tan fuertes los días previos que automáticamente se dio por confirmado que iban a detenerlo preliminarmente, como había sucedido ya con otras figuras involucradas. Otro presidente iba a ir preso. Así se difundió rápidamente la noticia en redes sociales. A través de hashtags o publicaciones de Facebook, miles de usuarios empezaron a difundir y celebrar una noticia aún en desarrollo y sin confirmar. Entre rumores y conspiraciones, lo cierto era que un carro negro había salido de la casa y había ido a parar, no a la fiscalía, sino al hospital Casimiro Ulloa. Algunos usuarios empezaron a aducir que había fingido un paro cardíaco o una descomposición. El ambiente de las calles era más bien tranquilo hasta que un rumor de redes sociales llegó a la prensa: se había disparado. Al poco tiempo, empezaron a circular más que meras afirmaciones y el ambiente cambió. El aliviado optimismo que había poseído a muchos ciudadanos que sentían por primera vez que se haría justicia empezó a mutar a la ya conocida desazón marca Perú. En pocos minutos, la información cedió al morbo y muy poco importó conocer qué había pasado porque la atención se trasladó a conocer si aquellas fotos que circulaban en redes pertenecían efectivamente a quien alguna vez fue dos veces presidente del Perú, Alan Gabriel Ludwig García Pérez, nacido el 23 de mayo de 1949.

La televisión no fue ajena a este fenómeno, porque toda esa mañana emitieron una cobertura extraordinariamente torpe en vivo y en directo. Cámaras y reporteros se trasladaron a la casa de García, a la clínica donde habían trasladado a García y a los exteriores de ambos espacios para dar la sensación que realmente estaban informando todos los aspectos posibles del hecho. Observando, a más de un año, estas coberturas me doy cuenta que incluso en la prensa imperaba una ajena estupefacción, una renovada torpeza. El —hasta ese entonces— intento de suicidio de García había agarrado en frío a unos medios de comunicación que se habían acostumbrado a las muertes estadísticas de los clásicos NN del país. El tono de muchos reporteros se tornó más serio, pero sobre todo, más inquieto porque preveían (o quizá ya habían oído) el resultado.

Afuera del hospital se congregó un grupo de seguidores de Alan que acudieron a apoyarlo, y sobre todo, a dar la sensación de que el pueblo aprista no aguantaría una injusticia más de la justicia que jugaba en pared con el gobierno de Vizcarra[efn_note]Esta figura, si bien no es autoría de García, sí fue popularizada por él cuando regresó al país a ejercer una curiosa oposición al Presidente Martín Vizcarra. Mencionamos curiosa porque su oposición se dio en el marco de las acusaciones que afrentaba por corrupción, y la lucha anticorrupción que había declarado Vizcarra como eje central de su gobierno. Me imagino que García se dio por aludido y salió a responder.[/efn_note]. Las vivas y los cánticos de protesta se mezclaban con las voces de reporteros que querían mantener la seriedad del asunto. En ese momento, más que la verdad, ese grupo buscaba prevalecer algo: pase lo que pase, el compañero García había triunfado. Curiosamente, meses antes el pueblo aprista se encontraba todo menos reconciliado con el hombre que dos veces los había llevado al poder y dos veces había dejado al partido desamparado. Pero esa etapa parecía haber quedado atrás en los últimos meses; García había tomado un nuevo aire y se había acercado al partido como nunca lo había hecho. Visitas a comités, conferencias y actividades dentro de la Casa del Pueblo hacían pensar lo peor: volvería a postular en 2021.

Pero ese nuevo aire no era gratuito. Había coincidido con la serie de investigaciones que el Ministerio Público estaba llevando a cabo contra García y otros funcionarios de su segundo gobierno por presuntamente haber recibido sobornos para la adjudicación de obras por parte de la compañía constructora Odebrecht. Él no era el único expresidente involucrado, sino se insertaba dentro del período democrático más cuestionado (los últimos cuatro presidentes se encuentran bajo sospecha, incluso ahora) en los últimos años [efn_note]Hacer énfasis en democrático no es un detalle menor en Perú, donde las dictaduras (ya sea civiles o militares) no son periódico de ayer.[/efn_note]. No obstante, García se mantenía como una de las pocas figuras que no había sido tocada por el terremoto que generó el escándalo Lavajato en Latinoamérica, y esto pese a que durante sus gobiernos, los escándalos por corrupción no habían sido casos aislados. “Otros se venden, yo no” era su respuesta cuando se le señalaban las pruebas que involucraban a funcionarios de su gobierno, o ante cualquier acusación de corrupción. Pero las revelaciones que empezaron a publicar IDL-Reporteros, Ojo Público y la unidad de investigación de El Comercio sobre Lavajato empezaban a indicar lo contrario. Poco a poco, el tono de García fue mutando a un tono más agresivo frente a las preguntas de la prensa. Pasó de esa sonrisa que soltó en pleno debate presidencial en 2016 cuando Fernando Olivera empezó a nombrar uno a uno todos los escándalos y crímenes que se habían perpetrado durante sus dos períodos, al ceño fruncido y al dedo acusador que inmortalizó la frase “demuéstrenlo pues, imbéciles”. Y cuando las investigaciones y delaciones empezaron a cercarlo y tras haber visto frustrado su asilo en la embajada de Uruguay decidió que era mejor llevarse el revólver a la cabeza y dejar que sea la historia quien lo juzgue y no un tribunal.

A las pocas horas de dicho acto, su secretario personal, Ricardo Pinedo confirmó lo que ya era un secreto a voces: Alan García había muerto. Un par de vivas algo escenificadas se dieron brevemente por Pinedo y tres personas más, para luego regresar a la clínica, abandonando a una desamparada prensa y una desconsolada masa aprista. Hasta cierto punto, la confirmación de su muerte demostró lo emparentada que se encontraba su vida con la de su partido. Los llantos de los apristas alrededor de la clínica se confundían con los gritos envalentonados de la consigna “El APRA nunca muere” y el sonido de los carros. El hospital Casimiro Ulloa se volvió el escenario principal de una obra que nadie sabía muy bien a dónde se dirigía. Curiosamente un rumbo que no le era indiferente al Perú respecto a García.

Una revolución que nunca fue

“Hay raras ocasiones en la historia en las cuales las expectativas y esperanzas de un país convergen en torno a la figura de un hombre”, decía García Pérez sobre Valentín Paniagua en 2010[efn_note]La personalidad y la obra de Valentín Paniagua en Homenaje a Valentín Paniagua Corazao (2010). Pontificia Universidad Católica de Perú, pp. 124-129.[/efn_note]. Y nos guste o no, lo mismo podría decirse de él en 1985. Su llegada a Palacio de Gobierno representaba quizá el más grande acontecimiento democrático: era la primera transición democrática de poder tras el fin de la dictadura militar en 1980. Y como si fuera poco, era el presidente más joven en ser elegido democráticamente (tenía 36 años en aquella época).

García, además, llegó enarbolando la bandera del APRA, uno de los pocos partidos en Perú con doctrina propia. El discurso que lo llevó al poder se nutría principalmente de las consignas casi populistas de su partido y de la siempre ansiada renovación política. La muerte de su fundador, Víctor Raúl Haya de la Torre, en 1979 había ayudado a consolidar al joven candidato como una figura prominente y como una especie de sucesor. Haya había formado un partido, García lo había llevado al poder.

Créditos: AFP.

La revolución transformadora que García había anunciado en 1985 nunca llegó. “El futuro es nuestro” señaló en ese entonces en su entusiasta discurso a la nación. Pero cuando salió de Palacio en 1990 esta oración era, cuanto menos, una lejana promesa, un bluff. Su primer gobierno fue solo un quinquenio, pero transcurrieron tantos hechos catastróficos en tan poco tiempo. Echarle la culpa a su inexperiencia era culpar a su juventud. Y por lo que, cada día más, sabemos de su primer gobierno es que la inexperiencia no fue su principal defecto, sino su actitud voluntariosa, su ánimo prepotente. García en 1985 entendía la política no como el arte de convivir, sino como el arte de oprimir. Voluntad y fuerza. Un juego muy bonito para las plateas y los discursos, pero no para gobernar un país.

Créditos: Archivo Histórico de Grupo El Comercio.

En ese quinquenio, en sus discursos hacía referencia al legado histórico de su partido, al deber para/con el país, al rol comprometido del ciudadano. Pero durante ese período, solo mostró compromiso con su figura. Esto lo llevó a una estatización de la banca frustrada, el no-pago de la deuda externa, matanzas en los penales, a la violación constante de los derechos humanos en el contexto de la lucha contra Sendero Luminoso, la conformación del comando paramilitar Rodrigo Franco, la compra de los aviones Mirage y más. Al final de su gobierno, sobre todo cuando fue despedido entre pifias por el nuevo Congreso, poco o nada hacía pensar que ese hombre podría regresar al país y volver a ganar una elección popular. Además, los procesos abiertos en su contra durante el gobierno de Alberto Fujimori hacían pensar que su nombre rápidamente se uniría a la lista de infames fracasos de la historia republicana peruana. Pero no fue así. No exactamente porque se demostrara su inocencia, sino porque con la excusa de tener a un Poder Judicial intervenido tras el 5 de abril de 1992—día del infame Golpe de Estado de Fujimori— García recurrió al asilo en Colombia y acabó convirtiéndose en un reo contumaz para una justicia dictatorial (y solo regresó al país, cuando los delitos prescribieron).

Gran parte de este proceso se puede encontrar en su libro El mundo de Maquiavelo (1994) en la que a modo de autobiografía, va narrando estos sucesos en una ajena tercera persona. Este estilo de referirse a sí mismo ya se escuchaba en sus discursos, como si Alan García fuera él pero a la vez fuera otra persona, el personaje de la historia. En cierto modo, El mundo de Maquiavelo buscaba justificar su accionar no tanto para sus contemporáneos, sino para las futuras generaciones. Leyendo hoy el libro, bajo los ojos de alguien que cree que la dictadura de Fujimori generó todos los problemas del Perú moderno, él se erige como un mártir de la democracia.

Podríamos decir que ya en ese entonces se notaba una obsesión por la historia, por cómo sería recordado, cuál sería su rol en el futuro. Sus entrevistas a partir de su salida en 1985 reflejarían mucho este afán de contextualizar, de precisar, de brindar nuevas aristas para comprender porque su quinquenio fue lo que todos señalaban: un desastre. García otorgaba variantes, aportaba matices, pero nada podía ser más contundente que el hecho que él mismo, años después, calificaría con 11 a su primera gestión.

Pese a esto, volvió a postularse tanto en 2001 como en 2006, resultando electo en la segunda con un discurso relativamente distinto al de 1985. Ya no apelaba a una revolución transformadora, sino a una política de austeridad. García ya no proclamaba grandes cambios, meramente un continuismo económico. Un aprismo moderado, de centro. Eso representaba en el nuevo milenio, y fue elegido no tanto por sus virtudes, sino por los defectos de sus contrincantes. El Perú no quería más aprismo, pero no tenía otra opción. Esta opción no convertía, como se ha querido popularizar, al electorado en un “electarado”. No somos amnésicos ni irracionales, como bien defendería Alberto Vergara en su libro, sino que buscamos salvarnos siempre de algo cuando se trata de ir a votar. Y García siempre se presentó como eso, como un salvador.

Créditos: AFP.

Eso fue lo que lo llevó a ser elegido en 2006, y en cierto modo fue un voto de confianza, como pensando que “peor que la última vez, no lo podía hacer”. En 2009, comentaba que “en Perú, el presidente tiene un poder: no puede hacer presidente al que él quisiera, pero sí puede evitar que sea presidente quien él no quiere”[efn_note]https://www.youtube.com/watch?v=MNP1V5zyCl8. [/efn_note] haciendo referencia directa a que él garantizaría una estabilida política para el empresariado[efn_note]Como sabemos, Ollanta Humala en 2011 acabó siendo esa estabilidad política para el empresariado. Además, esta inoportuna referencia de García apelaba al recuerdo histórico de su rol en la elección de Alberto Fujimori en 1990, que se dio por su marcada oposición a su rival, Mario Vargas Llosa del FREDEMO.[/efn_note]. Ese García distaba mucho de aquel que en 1987 confrontaba directamente a la banca internacional y proponía entre aplausos la estatización de la banca en busca de la “justicia social”. Justicia social que, por cierto, no le importó vulnerar cuando, a través de tres columnas en El Comercio, habló de “el perro del hortelano” para atacar a todo aquel que no cediera a sus caprichos gubernamentales. Por ello no es sorpresa que bajo su período los conflictos socioambientales llegaran a otro nivel, pues se los forzó prácticamente al desamparo estatal. Llegado a un punto, el Ejecutivo era más cercano a la visión empresarial que a escuchar la voz de su propio pueblo. Este tipo de abandono —que fortalecía el abandono histórico y sistemático— acabó provocando el Baguazo, uno de los momentos más terribles, no solo de su gobierno, sino de nuestra historia. Tampoco podemos olvidar aquel Cristo del Morro Solar, por el que tanto peleó[efn_note]https://newsfeed.time.com/2011/06/29/the-president-of-perus-parting-gift-a-controversial-statue-of-jesus/.[/efn_note] para que existiera casi al final de su gobierno. Hoy, dicha estatua es el símbolo por excelencia de la corrupción que representó la compañía constructora brasileña Odebrecht.

Y curiosamente, bajo la luz del escándalo Lavajato, se ha empezado a revisar el único aspecto que no había sido tocado hasta ese entonces: el económico. A los militantes apristas, desde que García entregó el poder en 2011, les gusta recordar la cantidad de obras que se inauguraron en Perú durante su segundo período y la bonanza económica de la que gozó el país. Bonaza económica que se mantuvo por una política de austeridad impulsada por un presidente más bien temeroso de arriesgar o de apostar por algo. Con el trauma de su antigua experiencia en un irresponsable manejo económico, optó por mantener la estabilidad del sistema neoliberal. El país no creció ni disminuyó bajo su mandato, solo se mantuvo en el índice de crecimiento económico cuyo rumbo ya había definido Alejandro Toledo. Esto lo podemos notar sobre todo cuando su sucesor en la presidencia, Ollanta Humala, esta vez de camisa blanca, buscó hacer lo mismo y fracasó. Ningún sistema aguanta tanta incompetencia, probablemente.

Créditos: Grupo El Comercio.

Para las elecciones presidenciales de 2016, por una razón que todavía pocos entienden, García decidió reinsertarse al ruedo político y postular una tercera vez forzando a su partido a una alianza con un enemigo que él mismo se había encargado de liquidar dos veces en elecciones previas: el PPC de Lourdes Flores. En una serie de eventos desafortunados que debieron indicarnos el fin de su carrera política, ese fue el primero. En 2016, la política ya no era de balconazos y partidos históricos, sino de tapers y de los outsiders menos outsiders que pudiéramos imaginar. Además él representaba para muchos peruanos que recién afrontaban sus primeras elecciones, el pasado terrible que se pretendía liquidar por esos años. El hecho de que García, para muchos jóvenes, fuera más un jugador del sistema corrupto que un candidato anti-sistema decía mucho de su constante cambio de camiseta y de cómo era percibido por la sociedad peruana. Quizá debió asumirlo y darle un giro a su campaña, pero decidió todo lo contrario. Acercarse más a una juventud que no lo tenía en la mejor de las referencias. Algunos apristas aluden a una “campaña de desacreditación”, pero no se mentía cuando se hablaba de García, solo se mencionaban actos que se habían dado alrededor de su gobierno. Su discurso adoptó ciertos tintes de 1985, ciertos tintes de 2006 y un desteñido modelo 2016. Quiso adherirse a figuras más “juveniles” pero toda jugada acababa en un jaque expuesto por la prensa peruana. Antes aliada, ahora se había vuelto su principal enemiga.

Quizá quiso demostrar que aún no era un cadáver político pero lo único que demostró en esa campaña fue que su partido ya no era lo que era antes, y que él ya no era el mismo. La energía, la hidalguía para responder a cuestionamientos, la sonrisa habían desaparecido. En ningún momento de la campaña, alguien se tomó enserio su candidatura y se había vuelto, más bien, un triste animador de las elecciones presidenciales. Todos pensaron asistir al funeral del partido político más importante del siglo XX, liquidado por la candidatura del hombre más despreciable del siglo XXI. Y cuando se dieron a conocer los primeros resultados de la primera vuelta, que lo ubicaban muy por debajo de lo esperado, muchos apelaron al “voto aprista”, al “voto del interior” que ya iba a llegar. Hasta este año, ese voto rural aún no llega. García, no obstante, fue más inteligente y entendió esos resultados como lo que realmente eran: un modo muy elocuente del pueblo peruano de decirle que se retirara de la política. Esa elección, esa derrota fue la que marcó el derrotero de lo que vendría para García en los siguientes años. Un deterioro constante, una secuencia de errores y derrotas en los tres años siguientes que jamás podrían hacernos pensar que una bala detendría su vida.

Créditos: Mario Zapata-Grupo El Comercio.

La razón de mi acto, así tituló la carta leída por una de sus hijas en su velorio. Una carta que lo desnudaba como un animal político, de cabo a rabo. Una carta cargada de rencor, de figuras curiosas, de una declaración de principios y sobre todo de un mensaje para la posteridad: “la historia tiene más valor que cualquier riqueza material”. Una carta en la que reafirmaba dos grandes vínculos: su vínculo con el APRA, su vínculo con la historia. Una carta que sirve como una muestra más del hombre que fue, y de lo que nunca pudo ser; un hombre de honor.

Usted fue aprista

La frase le pertenece, según dicta una célebre anécdota[efn_note]La versión más difundida de la anécdota dicta que un buen día, un ya trajinado Víctor Raúl Haya de la Torre y el poeta Juan Gonzalo Rose se encontraron en un evento social. «¡Usted fue aprista!», le recordó Haya de la Torre. «¡Usted también!», le respondió Rose[/efn_note], al poeta Juan Gonzalo Rose[efn_note]Como bien sopesa Nelson Manrique (2008), el poeta “sufrió persecución, cárcel y exilio en su juventud por su militancia aprista y después terminó apartándose del partido, como muchos otros intelectuales en los años cincuenta, debido a los virajes ideológicos” del partido al que alguna vez perteneció.[/efn_note]. Y si bien el destinatario siempre fue el líder histórico y fundador del APRA, Víctor Raúl Haya de la Torre, es inevitable pensar en Alan García como un protagonista más moderno. Pero esta broma casi siempre abre preguntas. ¿Qué significa ser aprista? Es una pregunta que ha cambiado tanto de respuesta que casi nadie se atreve a hacerla. ¿Qué es ser aprista? Realmente depende de lo que uno quiera interpretar de las palabras de Haya y de en qué momento de la historia se sitúe.

Como apuntaba Nelson Manrique en Usted fue aprista: Bases para una historia crítica del APRA (2008) “no hubo ni hay otro ideólogo en el APRA” después de Haya. Este hecho, sin duda, compromete al partido a poder validar y justificar los virajes de su fundador e insertarlos dentro del desarrollo de la historia mundial. Haya no se traicionó, tan solo evolucionó. García formó parte de este juego, y los validó en libros como 90 años de aprismo. Hay, hermanos, muchísimo que hacer (2013) donde postulaba que el APRA no podía valerse de las doctrinas planteadas como si se tratara de un “catecismo”, sino entenderlas como un proyecto en evolución, como un “marco conceptual abierto”. Haya había sido un visionario, un adelantado a su época. García, no es difícil imaginarlo, también quería plantearse a sí mismo como tal. El desarrollo de su obra escrita podría entenderse dentro de la misma línea.

Créditos: AFP.

Él siempre se consideró a sí mismo, un intelectual. Esta condición le era negada frente a adjetivos no del mismo calibre pero sí de igual contundencia: corrupto, incapaz, cobarde, ineficaz, caradura, mentiroso, rata, etc. Para él y la sección del partido que lo respaldaba, eran injurias, infamias de sus enemigos políticos. Para la población, era el correcto diagnóstico del hombre con el “ego colosal”. No obstante, oyendo (o soportando) sus clases y conferencias en el Instituto de Gobierno y Gestión Pública de la Universidad Nacional San Martín de Porres, uno puede entender exactamente de qué se ufanaba García. Mejor dicho, no negamos su capacidad intelectual y el hecho de que es uno de los últimos presidentes que podríamos certificar que ha leído libros de ciencia política y mantenía un análisis más o menos acertado de lo que sucedía en el mundo[efn_note]Con ciertos lenguaje rimbombante y un exceso del yoísmo, García ofreció en 2018 una conferencia sobre Donald Trump en la que demostraba mayor comprensión de la figura del presidente estadounidense que muchos analistas en Latinoamérica. (https://www.youtube.com/watch?v=7EoGJfGuChc)[/efn_note] a comparación de muchos expresidentes que no pueden ver más allá de lo que tienen al frente. Pero si algo nos queda claro es que los ejercicios intelectuales del expresidente acababan existiendo alrededor de su adorado reflejo y muchas de sus reflexiones lo incluyen a él como un aventajado del análisis.  

Créditos: AFP.

García es, incluso aunque no nos guste, el último animal político que ha tenido Perú. Su muerte cierra la historia de toda una clase política que ya se encontraba desfasada y de la que él era el más insigne representante. Como toda esa clase política, su final fue trágico y quizá injusto. ¿Habría merecido morir en la cárcel como Leguía? ¿asesinado como Balta o Sánchez Cerro? ¿era ese su destino? La multitud peruana ya había decidido cómo habría sido recordado y qué final merecía. Claramente él no compartía esa sentencia y la modificó. No iba a morir en la cárcel como un culpable, nadie iba a obtener una foto suya con esposas. Toda su vida había huido de la justicia, que significaba una vez más, aunque esta vez no escapara con vida. Ampararse en un juicio histórico representa que, en su mente, él pensaba que no había hecho nada malo. El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones, dicta un refrán popular. García siempre quiso hacernos creer que sus acciones las guiaba un imperativo categórico. Jamás podría admitir que se equivocó porque no concebía sus actos como errores, sino meramente como excesos de bondad, excesos de confianza. ¿Y qué de malo había en ello?

No mató el partido, como alguna vez le adjudicó César Hildebrandt en una entrevista de 2001, porque no había mucho por destruir ya en ese entonces. ¿Qué rezagos quedaban del APRA en ese local de Alfonso Ugarte tras su primer gobierno? ¿qué rezagos quedaban de la hidalguía y ambición de aquellos primeros apristas que buscaban “remover la América Latina”? Quizá ninguna. Pudo reconstruir su partido en dos ocasiones, pero solo para desampararlo dos veces más. Su interés en el partido siempre parecía aproximarse más a algo electoral, que a algo identitario. García no era orgullosamente aprista, sino lo era muy a su pesar. Era un hombre que reivindicaba algo, pero realizaba enteramente lo contrario. En 1985, se declaraba nacionalista; en 2006, ya no. En 1987 se enfrentó a los banqueros del país, en 2009 se enfrentó a los propios peruanos. En 2001, hablaba de reconocer los errores del pasado, en 2016 no reconocía alguno. Y si bien todo intelectual debería poder corregirse a través del tiempo, en Alan no existía evolución, existía una irremediable contradicción.

Resulta curioso que un partido cuyo texto ideológico fundacional buscaba la lucha «contra el imperialismo yanqui en América Latina»[efn_note]Es necesario mencionar que Haya de la Torre luego diría que esta afirmación no circunscribía la acción del APRA a un solo campo. Es decir, al oponerse y combatir al imperialismo yanqui, no hacía referencia solo al imperialismo yanqui, sino que combatía a todos los imperialismos. Declaración antojadiza y comodona, en fin; aprista.[/efn_note] acabase teniendo un representante en el poder que prodigara abiertamente las bondades del país estadounidense y que recurriera a las medidas más desesperadas en Perú para defender y mantener un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, pese a haberse opuesto en algún momento de la campaña, a la firma de este. Claro que, en la historia del APRA, esto sí es una especie de “evolución doctrinaria”. García entonces se convierte en la culminación de un proceso de virajes ideológicos que llevó al partido a la crisis más profunda de su historia. Y una crisis que no ha acabado pese a su muerte.

Créditos: AFP.

Fernando Vivas señaló en una crónica sobre García que “el silencio de la muerte impide responder todo lo que quisiéramos saber sobre el suicidio de un personaje colosal” y es cierto. Hay muchas cosas que nunca podremos saber sobre García y el contexto de su suicidio. ¿Cuánto tiempo realmente fue sopesando esa idea? ¿todo su discurso opositor fue solo una farsa que iba a desembocar en ese acto fatal? No lo sabremos porque García no quiso que lo supiéramos.

En su momento, se comparó su suicidio con el de Salvador Allende o el de Getulio Vargas. Se quiso dotar de hidalguía a su acto más cobarde e intentar que el pueblo peruano comprase el cuento de que García no quería perder su dignidad frente a una justicia que no era justicia. Este discurso fue adoptado por los seguidores apristas, pero impuesto por el expresidente en su carta. Se quiso pasar al recuerdo solo lo bueno, se quiso dignificar su vida. Las Metamemorias (2019), una especie de autobiografía, refleja el mismo anhelo por parte de García. Quería ser recordado como un intelectual, se veía siempre en la necesidad de recordarlo, de evidenciarlo pues había quedado desprestigiado tras su paso por Palacio.

Y he ahí la principal diferencia con Haya de la Torre. Haya y su intelectualidad no están en duda, y si bien podríamos acusar su viraje como una traición de facto a los ideales con los que nació su movimiento, su no-llegada al poder restringe nuestro análisis al mero discurso. El APRA no tuvo el privilegio de ver a su fundador en el poder y eso lo exonera de las críticas que sí recibe García. Porque García heredó la representación del fracaso de un partido que nació revolucionario y anti-establishment y acabó siendo presa y cómplice de un establishment con el que era más conveniente conversar pero popular atacar. De Haya tenemos sospechas de cómo habría sido en el poder, de García tenemos pruebas de cómo fue.

Créditos: Melina Mejía.

SAHAP

Escribiendo en memoria de Valentín Paniagua, García retrataba, quizá, la más gráfica representación de lo que fue su segundo gobierno, y lo que más allá de las obras y los discursos, será su legado:

Uno de los efectos más perversos del autoritarismo es la descomposición progresiva de los lazos de confianza y la capacidad de diálogo al interior de la ciudadanía, como consecuencia de la manipulación arbitraria del poder gubernamental (p.126).

No me atrevería a señalarlo directamente como un autoritario, pero sí habría que sopesar que su Gobierno se basaba excesivamente en la consolidación de su figura como estadista, hecho que nos ha dejado constantes secuelas en nuestra ya decaída democracia. Con su gobierno no se inicia la ruptura de los lazos de confianza, ni tampoco la falta de diálogo entre comunidades, pero sí fue un punto clave el que no hiciera nada para remediarlo y se dedicara a aumentar las distancias entre peruanos al constantemente antagonizar a dos grupos.

Créditos: Melina Mejía.

A partir de su suicidio, se ha pretendido reescribir la historia. Se ha buscado reemplazar el recuerdo del Baguazo por el de los hospitales construidos, y frente a escándalos como el de las Petro-obras y los indultos presidenciales, más obras. El Roba, pero hace obras nunca fue patente de García, pero bien podría serlo. Porque básicamente, eso es lo único que se pretende rescatar de toda su obra política. Su lucha contra la anemia y la reducción de la pobreza durante su segundo gobierno no son hechos menores, sin duda. A partir de la pandemia, sin embargo, podemos observar con ojos críticos estos dos hechos dándonos cuenta que en el Perú los pobres meramente son estadística y la clase media parte de un discurso “emprendedor”. No desapareció la pobreza, solamente la maquilló. Realmente, nunca se les buscó dar soporte de nada, porque para García como para quienes lo siguieron en el poder, los pobres no tienen rostro.

Además, por los testimonios alrededor del caso Lavajato, podemos darnos cuenta de la figura imponente que resultaba el expresidente para muchos funcionarios públicos y empresarios. Aún hoy, su fantasma sigue rondando la política y justicia peruana. Es el nombre que nadie se atreve a mencionar, pero al que todos quieren aludir. Antes era el saco de box de todos los políticos que querían “destrozar lo viejo”. Ahora es el nombre de todos los que desean apelar a que la justicia peruana es una desgracia, un sinsentido, y que el accionar de los fiscales en el caso Lavajato responde a una búsqueda de venganza.

García popularizó el complot más absurdo de este siglo, que pretende colocar a IDL-Reporteros, los fiscales y a Vizcarra como un tridente controlado por George Soros para desestabilizar al país. Fue también, quien en algún momento se encargó de popularizar la figura de “la pareja presidencial” en el gobierno de Humala. Fue uno de los responsables de agudizar conflictos sociales en nuestro país que pudieron haberse resuelto si hubiera apelado al diálogo, en lugar de a la ridiculización. Fue el responsable de que la candidatura de Alberto Fujimori se presentara como una opción saludable para nuestra sociedad alicaída. Quien quiera recordar a García de un modo digno, también debería recordar este tipo de sucesos que aún han dejado secuelas en nuestra política.

Créditos: Guadalupe-Pardo-Reuters.

En su momento, se interpretó que su suicidio abriría la puerta a la ansiada resurrección del APRA. Si bien posicionando este acontecimiento en una perspectiva mucho más grande aún es muy pronto para saber qué le depara al partido; nada en el futuro inmediato nos hace pensar que el APRA resucitó. A lo mucho, fue un chispazo, un polvo de estrellas, pero nada más. Lo que reflejó el suicidio de Alan García fue el poco trabajo de las bases apristas para impulsar una renovación generacional, algo que adoleció el partido cuando se presentó a las elecciones congresales de 2020[efn_note] En dichas elecciones, el APRA recibió 402,330 votos obteniendo el 2,72% a nivel nacional. Estos datos pueden ser consultados y verificados en: http://resultadoshistorico.onpe.gob.pe/PRECE2020/EleccionesCongresales/GenRl.[/efn_note]. Reflejó, además, el gran abismo que existía dentro del partido entre quienes reivindicaban a Haya y quienes se mantenían a muerte con García. El APRA ha pretendido, desde aquel abril, mostrarse como una sola fuerza, pero hace mucho tiempo ha dejado de serlo —si es que alguna vez lo fue— y no es tan sencillo fingir como antaño. Y esta no es responsabilidad entera de García, sino de todos los militantes y simpatizantes apristas que con tal de llegar al poder, sacrificaron los ideales con los que nació su partido y los vendieron a su mejor postor por un acceso directo a Palacio de Gobierno.

SEASAP (Solo El APRA Salvará Al Perú) dejó de ser una consigna aprista para volverse un chiste en otras esferas políticas y una ironía en nuestra sociedad. El APRA ya había gobernado en el Perú, dos veces, y en ninguna lo había salvado, muy por el contrario lo había hundido económicamente (en 1985) y socialmente (en 2006). ¿Podría volver a funcionar esa frase? ¿de qué APRA habla hoy un local que normalmente luce vacío y sucio? ¿qué queda hoy de lo que fue el partido político más importante del país? Hoy muy pocos respetan al APRA por su presente, sino por su pasado. Ya no se habla tanto de lo que es, sino de lo que fue. La historia nos dicta sopesar esta como una “larga crisis” de la que podrán salir, el presente nos indica que la crisis terminó con la muerte de García y lo que hoy vemos es una larga agonía. Será responsabilidad enteramente de sus militantes aplicar un correcto cierre y balance a García para proceder a una reconformación.

Recuerdo que en 2016, en el contexto de las elecciones presidenciales, vi una pinta con las siguientes siglas: SAHAP (Solo Alan Hundirá Al Perú). Qué cosa tan dura para decir de un persona que lideró un país dos veces… y qué cosa más cierta.

Reflexiones finales

No gozamos en Perú de grandes presidentes, de figuras que hayan “construido país”, que hayan ayudado a la construcción de una república. García en ese aspecto no se distingue del resto de corruptos, incapaces e idiotas que hemos tenido en el pasado. Su gobierno va a ser recordado como un gobierno de las oportunidades perdidas. García es el gran “y si hubiera” de nuestra historia republicana. Pero también es el último espécimen de una clase política que empezó a desvanecerse tras el escándalo Lavajato.

En estos momentos, añoramos a esos palabreros, tribuneros, dueños de la moral que no resolvieron nunca los males de nuestro país sino nos regalaron grandes discursos llenos de promesas vacías. Esos palabreros que en algún momento fueron los destinatarios del “que se vayan todos”, el grito más indignado de la sociedad del siglo XXI. Que el presente sea tan oscuro no puede obligarnos a idealizar un pasado poco brillante, que al fin y al cabo fue el que nos llevó a la situación en la que nos encontramos ahora.

García pretendió separarse de sus contemporáneos y ponerle el punto final a su historia, con una bala. Decidió salvarse muriendo, más o menos consciente que con vida, no podría afrontar las acusaciones que seguían apareciendo en su contra. Quiso morir inocente.

Da la sensación que iba a caer por algún lado, que estábamos viendo sus últimos minutos con impunidad. Su accionar, por más aislado y desesperado que nos parezca, se inserta dentro de su personalidad y dentro del comportamiento evasivo de su generación. Tendríamos que darnos cuenta que con su suicidio, García le arrebató un apropiado cierre a un capítulo importante de nuestra más reciente historia. Su muerte probablemente tenga que seguir siendo analizada desde múltiples aristas. Pero su vida no puede seguir siendo interpretada con la inocencia que hoy se le pretende dar. Como ciudadanía, tenemos que insertar estos acontecimientos dentro de una perspectiva más grande llamada “Historia” y darnos cuenta que si bien Alan García es el representante más brillante de su generación, hasta la basura brilla cuando el sol la apunta.


Sobre el autor:

Diego Abanto Delgado es estudiante de Filosofía en la universidad Antonio Ruiz de Montoya y director de la revista Poliantea.