La vida en cuarentena: ¿Qué sabemos? ¿Qué podemos aprender?

Una de las características más interesantes de la vida en confinamiento obligatorio, es que -lo quieras o no- te ofrece una cantidad incomparable de tiempo en el hogar. Un tiempo que parece, en ocasiones, ser difícil de manejar “apropiadamente”. Y, quizá lo que lo vuelve tan complicado, es que no siempre sabemos qué es realmente lo “apropiado” para nosotros. Personalmente, me considero una “sobrepensadora” (o overthinker) por excelencia, y si bien es una habilidad que me ayuda en muchos aspectos, también me juega malas pasadas, y, esta cualidad, en cuarentena, se siente amplificada. Por esta razón, quisiera aprovechar este espacio para un poco de desahogo mental de las diversas cuestiones que aún me generan curiosidad sobre la realidad de una vida (ya casi cien días) transcurrida entre cuatro paredes. En un didáctico formato, el cual, espero pueda ser tan útil al lector como lo es para mí.

El paraíso (perdido) de la productividad

Creo poder decir con confianza, que el sueño de muchas personas antes del encierro, y quizá la realidad, era tener una vida 100% ocupada, lograr, tal vez, llenar las 24 horas que nos ofrece cada hermoso día, de manera que cada segundo del mismo, pueda resultar lo más productivo posible. El “ideal de productividad”, al cual mucha gente pudo -y puede- estar acostumbrada. Es aquel que nos motiva a buscar información, entre videos o artículos, que nos enseñen las técnicas mágicas. Y nos den la clave para evitar las distracciones y los placeres culposos, y enfocarnos, en su lugar, en lo que es realmente “importante”.

Si bien esta meta no es negativa o dañina en sí, los mecanismos de adaptación de estos comportamientos adoptados en orden de lograr ciertos objetivos, puede ser -como todo proceso de adaptación- confuso e incluso arduo. ¿Cómo aprendemos a ocuparnos sin distanciar nuestro espacio? ¿Qué pasa cuando la oficina, o la escuela, invade nuestro hogar?

La virtualización y el sueño

La cuarentena nos llegó a cada uno en distintos momentos. Para mí, este era el año en el que iniciaría mis prácticas pre-profesionales como educadora y, de alguna manera, lo sigue siendo, solo que de alguna manera, para mi, no lo es. Como estudiante de educación, e hija de una apasionada educadora, considero que poseo un conocimiento mayor sobre este campo y sus implicaciones (al igual que cualquier profesional debería, respecto a su área de estudio correspondiente). Y, el hecho de que repentinamente, todas aquellas personas que se encontraban dentro de un proceso de formación educativa formal -independientemente del nivel- hayan tenido que sumergirse en un sistema de educación a distancia completamente improvisado, es un fenómeno realmente interesante, disruptivo y gigante.

Sin necesitar se más observadores aún, podemos notar, que, dependiendo del nivel educativo (inicial, primaria, secundaria, universidad, instituto, etc), los retos de estudiante en cuarentena, así como los de sus allegados, son fácilmente de los más estresantes y desafiantes posibles. Más allá del contexto personal -que en sí puede influir de diversas maneras- la educación a distancia, requiere un nivel de autonomía e independencia académica por parte del estudiante, que el sistema tradicional no ha promovido en décadas, y que, lastimosamente, en varios casos, se puede observar, sigue sin priorizar.

La desesperación de los padres y madres de pequeños de inicial, el hartazgo e impaciencia de los de estudiantes en secundaria, y el estrés y falta de sueño que comparten estos con los universitarios de distintas carreras. Estas situaciones no tiene un solo responsable, pero cumplen con exponer cómo nuestro sistema ha enfocado su trabajo en conseguir que los estudiantes adquieran cierto nivel de conocimiento, dejando en segundo plano, la formación aptitudinal, que los permita desarrollar estrategias creativas y soluciones constructivas ante las situaciones de crisis.

El valor del papel higiénico

Una de las modas de mal gusto más populares surgidas en el contexto del virus, y que, en mi opinión, reflejó también los fallos de la educación de muchos ciudadanos, fue la locura y obsesión por adquirir lo que por alguna razón se convirtió durante las etapas iniciales de la pandemia, en un bien precioso e indispensable, el ph.

Uno de los -tantos- aspectos interesantes de este fenómeno, es que se observó un comportamiento similar en distintos países del continente americano, ya sea Perú, México, Chile o el popular Estados Unidos, los memes no faltaron para intentar hacer a la gente reconocer la falta de lógica de su proceder. Y esta actuación es la forma que toma la actitud de una persona que no sabe cómo enfrentar un problema, ni cómo procesar la falta de control. Personas que han sido formadas con miedo a la incertidumbre, porque están formadas bajo la idea de que siempre debe haber una secuencia fija, una respuesta correcta; personas que temen cometer un error más de lo que temen perjudicar a otros.

No eres lo que comes, pero lo que consumes

El último punto que quisiera abarcar, de una perspectiva más positiva, es el de la alimentación. Soy fan de la comida “saludable”, tanto que usualmente puedo incomodar a mi familia, con mis “sugerencias” de evitar azúcares y bajar el consumo de carne. En respuesta a esto, mi madre me recalca que no todo es “comer sano”. Y es que, además de los reconocidos beneficios que trae la práctica de ciertas rutinas físicas, algo que ha ganado una merecida atención, es la necesidad de mantener hábitos emocionales y mentales sanos. Como bien menciona Guy Winch, psicólogo estadounidense, en su libro Primeros Auxilios Emocionales (Emotional First Aid), la mayoría de personas, no tenemos una formación específica en el área de bienestar emocional. Y, uno de los mayores obstáculos para el progreso educativo, el cual debería consistir en una formación que otorgue a la persona las herramientas necesarias para progresar en la vida y ‘ser feliz’, es en definitiva, a falta de una inteligencia emocional desarrollada. ¿De qué te sirve una ensalada? suele decir mi mamá ¿si sigues con ansiedad, si paras enojada o con estrés? Y la verdad es que es un argumento bueno y sencillo, que he oído de parte de otras gurús de “vida saludable” en las que puedo confiar. No digo de ninguna manera que una dieta sana, siempre equilibrada, no sirva, pero es necesario que reconozcamos que la alimentación nunca va a ser solo comer, sino nutrirnos, y, como muchos educadores defienden, una nutrición apropiada es la clave para un correcto aprendizaje. Por esta razón, el reconocer las ideas, noticias, trabajos, pensamientos, etc, que ‘ingerimos’, y regularlos, priorizando de la manera que sea posible, aquellos que nos ayuden a mantener un bienestar mental y emocional, se torna fundamental.

Afortunadamente, y tratando de finalizar con una visión optimista (pero no tóxica), puedo mencionar que gracias a la cuarentena, las orientaciones que guían este año escolar, han agregado entre las competencias a desarrollarse, el manejo emocional. Y quiero considerar eso algo bueno. El sistema educativo, como cada uno de nosotros, aún tiene mucho que cambiar para bien, pero es necesario aprender, por nuestra cuenta, como está de moda, a encontrar las pequeñas muestras de luz y de avance que se nos presentan, en orden de seguirlas, y de a pocos dejar de lado las nubes de tormenta que quizá se ven muy grandes en el camino a la “iluminación”. No culparnos por parar o retroceder, sino motivarnos, al recordar que aún podemos avanzar.


Swanne Pozo Osorio publica cada dos martes en Poliantea como parte de la sección Doxa que reúne las columnas de opinión dentro de la revista.