Lo que el viento aún no se lleva…

El gran revuelo en redes sociales generado tras el retiro de Lo que el viento se llevó (1939) de una plataforma de streaming (HBO Max) me ha hecho pensar en lo que Byung Chul-Han denominaba la sociedad de la indignación. En las últimas semanas he sido testigo de las múltiples acciones de personas que habían abierto los ojos tras el asesinato de George Floyd. Se colocaron fotos con fondo negra en solidaridad porque, por fin parecían comprender que #BlackLivesMatter. Pero ¿realmente qué cambios se están llevando a cabo en la sociedad? Por momentos, pareciera cierto que no existe un nosotros en las redes sociales, se mantiene la predominancia del yo. Todo es un gran gesto para que parezca “despierto”, me uno al momento pero allí se detiene mi acción, la indignación es realmente una preocupación en sí mismo. Probablemente por eso es que uno encuentre más indignación concentrada por las estatuas derribadas o por el retiro de una película, que porque un hombre haya tenido una rodilla en el cuello durante ocho minutos y cuarenta seis segundos.

Lo que algunos han denominado una nueva censura de lo políticamente correcto ha sido realmente sobredimensionado. No pretendo aquí hacer una disertación sobre la censura y el arte porque no es el momento. Eso sí, considero que todo el revuelo solo sirve para demostrar que hasta el arte es político, pero pese a ello (o precisamente por ello) no podemos seguir pensando que el arte no debe ser examinado tras el paso del tiempo. Lo que el viento se llevó es una película, basada en una novela, que recuerda con añoranza aquel sur segregacionista. Es una película que retrató con estereotipos a los criados. Refleja la realidad de su tiempo, es cierto. Pero ya en ese tiempo, se criticó la representación de la población afroamericana y el racismo que normalizaba la película, y más de ochenta años después, debería preocuparnos que esta realidad aún se mantenga en Estados Unidos a través de políticas institucionales y discursos políticos. Y claro, también preocuparnos que se mantenga en otros lugares del mundo.

La apuesta que hace HBO Max no es retirarla permanentemente, sino regresarla con una introducción que inicie una conversación sobre la película y los temas que grafica. Una conversación que abra las puertas para que podamos cuestionar nuestra realidad a través de las representaciones culturales de otros tiempos que aún existen, ¿es eso a lo que le tienen miedo los conservadores?

Una película no mató a George Floyd, es cierto. Pero ese realmente no es el problema con toda esta situación. El problema es que existan personas que consideren justificado indignarse más por el retiro temporal de una película que todo lo que está pasando a nuestro alrededor. Personas están siendo asesinadas por quienes deben velar por el bienestar de una sociedad, políticos alzan la Biblia en una mano para una puesta en escena mientras invitan a los fundamentalismos. Hay muchas cosas que el viento aún no se lleva, y si aún no estamos preparados para conversar al respecto, la verdad no sé cuándo lo estaremos.

***

“La sociedad de la indignación es una sociedad del escándalo” dictamina Han, y no le falta razón. Hay un refrán popular que predomina en nuestra sociedad latinoamericana; Dios perdona el pecado, pero no el escándalo. En Perú, esto me lleva a pensar en lo ocurrido con McDonald’s tras la muerte de Gabriel Campos y Alexandra Porras en diciembre. Brevemente, se abordó el abuso laboral que sufren los jóvenes en Perú, se publicaron columnas pidiendo sanciones y elevando gritos al cielo porque nadie entendía cómo esto había sucedido en nuestro gran oasis, incluso muchas personas aplaudieron el cierre temporal de los locales en Lima. Los colectivos salieron a protestar y Gabriel y Alexandra se volvieron los rostros de la precariedad laboral que se cobró 242 vidas en 2019, de acuerdo con el Ministerio de Trabajo.

Pero cuando a las pocas semanas volvieron a funcionar, pese a esta especie de sanción social que se había querido impulsar, sus locales volvieron a estar repletos. Hasta antes de que se decretara el aislamiento social obligatorio en Perú, todo había vuelto a la normalidad. Como si nadie hubiera muerto.

Cuando salga esta columna, se habrán cumplido seis meses de su muerte, y, para variar, el caso sigue en investigación. Esto no es del todo ajeno en Perú, pues pocos son los casos por negligencia laboral que han llegado a encontrar justicia o mantenerla. Como lo que ocurrió en 2017 con Jovi Herrera Alania y Jorge Huamán Villalobos, dos personas que murieron encerradas y calcinadas en un contenedor. Los culpables de su muerte, que sí fueron condenados por trata de personas, recibieron  una variación de su pena en 2019  pese a la gravedad de sus delitos y nadie dijo nada. Misma reacción en cadena, misma indignación, mismo olvido. Las condiciones laborales en el Perú solo son tema de discusión a nivel nacional cuando muere alguien. Solo entonces, existe indignación. Y por un breve momento, pareciéramos unirnos en un nosotros que desaparece al siguiente escándalo. Esto es algo que, lamentablemente, el viento aún no se lleva.

Diego Abanto Delgado publica cada dos lunes en Poliantea a través de su Considerando en frío, parcialmente, como parte de la sección Doxa que reúne las columnas de opinión dentro de la revista.