¿De qué hablan cuando dicen “libertad”?

Hace una semana y unos cuantos días vimos, con quizá un asombro forzado, las declaraciones de Rosa María Palacios por Twitter en las cuales acusaba al gobierno de privarla de libertad al mantenerla encerrada en su casa, según las medidas que dispone la cuarentena. No es de extrañar viniendo de alguien que ha declarado en más de una oportunidad su devoción por el liberalismo. Aunque no es la primera vez que en este país se pronuncian estas quejas, resulta de cualquier modo interesante –por decir lo menos– esta apelación a la libertad para socavar la cuarentena, medida que, tanto para el discurso oficial del gobierno como para su todavía presencia persistente en la opinión general, es a todas luces lo único que ha aletargado el colapso total del sistema de salud.

No hay quizá, en los regímenes (neo)liberales, palabra más extraña que libertad. La sobredeterminación y su carácter difuso en la que está sometida la llevan a situarse en una serie de contradicciones que van más allá de las buenas intenciones. Es probable que Rosa María Palacios, así como las recientes protestas de la derecha y ultraderecha españolas, tenga en mente el dibujo de un Estado opresor y con delirios de autoritarismo, al cual la respuesta de una libertad quitada sea un acto heroico; así como que esta libertad va de la mano con una reactivación de “la economía” y con las grandes empresas retomando sus actividades. De cualquier modo, el liberalismo es esa ideología que no se siente nunca cómoda aun cuando está en el poder: los fantasmas y ficciones de los cuales huye –y, por tanto, los funda–, necesitan ser recreados constantemente.

Uno de los argumentos en defensa de esta libertad contra la cuarentena es que, dado que la crisis económica es inevitable, el regreso a la normalidad posee razones justificadas para exigirse, dado que, por las mitológicas leyes del mercado, la demanda de nuevos empleos será satisfecha por el capital en movimiento. Más allá de la presentación del empresario/emprendedor como una figura paternal que salvará a los desdichados hijos del pueblo sin empleo, es necesario ir más allá de un discurso que equipara los anhelos por aumentar el patrimonio con la necesidad inmediata de llevar un bocado a casa. De hecho, mientras que los liberales exigen una libertad arrebatada y oprimida por el Estado, las numerosas familias que viven de lo que se gana al día viven esta libertad como un riesgo, sin que se consideren a sí mismos por ello más libres. Mientras que para los primeros esta demanda va acompañada de una ideología (porque sí, el liberalismo es también una ideología, quizá la más hipócrita de todas) que no se cansa de acusar al aparato estatal todos los males de este mundo, los segundos se ven trasladados hasta una situación en la cual naturalizan la crisis (“el estado de naturaleza”) para así poder subsistir.

¿Podríamos decir que en el caso de los que viven, o vivían, de las economías informales hay una prédica ideológica de fondo? ¿Hay algo así como un “grado cero” de la ideología donde las acciones son motivadas por el simple hecho de sobrevivir? De cualquier modo, no es este el caso de los liberales. Su libertad no parece tener tintes de reactivación, ni parece estar conectada con las necesidades reales de la gente: todo lo contrario, ahí donde un liberal quiere decir libertad, en el fondo está susurrando la palabra “privilegio”, como si reclamaran ser inmunes a las leyes y obligaciones que el resto debe obedecer.

rosa maría palacios
Fuente: Rosa María Palacios (@rmapalacios).

A Roberto Esposito, filósofo italiano, le debemos la precisión etimológica en torno a esta palabra, inmunidad, y su oposición originaria a comunidad. La raíz que ambas palabras comparten, mun, hace referencia a una obligación, una prescripción, de la cual el inmune es precisamente quien está librada de esta, mientras que la comunidad es aquel espacio donde la prescripción es compartida por todos. Desde esta perspectiva, no hay nada más contrario a la idea de comunidad los gestos políticos que tratan de identificar sujetos inmunes. Y si el liberalismo es aquello que trata, sempiternamente, de luchar contra los mecanismos que desde la república (que, ahora más que nunca debemos recordar que es precisamente una “cosa” pública) se imponen, el gesto político queda aquí delatado. La concepción del individuo como responsable de su propio destino económico no es aquí solamente abstracta y alejada de la realidad, es además tendenciosa: sabe que conduce al privilegio de quien puede gozar la libertad, no al disfrute de quienes viven en la más habitual de las crisis.

La ficción del Estado opresor de la cual gustan echar mano los liberales –que abundan en nuestros medios de comunicación, individuos casi sagrados a los cuales es imposible dar la contra– se vuelve, por tanto, una necesidad, casi una huida aterrorizada, ante la imposición de lo común. No es de sorprender, por tanto, las acusaciones de “populista” o, irónicamente, “comunista” que ha caído sobre el presidente Vizcarra. El pánico a perder la inmunidad se vuelve a tal punto hipnotizante que no duda en vociferar insultos a la menor sensación de ataque. En este punto, quizá sea momento de invertir el sentido del miedo de Rosa María Palacios: sí, los liberales están encerrados, privados del espacio público –condición que no debería cambiar.

Entradas recomendadas

1 Comentario


Añadir un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.