Demasiado ruido

Cuando tenía entre cinco y siete años, solía recurrir a ciertas estrategias para soportar la soledad. El televisor tenía sus límites (hablaba mucho sin dialogar), pero al menos “daba vida a la casa”.

Un mandato común: “¿Qué haces ahí echado a oscuras? Al menos prende la tele.”

Mi madre parafrasea la misma queja desde hace un par de meses. Casi todos los días, en el desayuno, nos comenta a mi hermano y a mí “cómo sigue la mamamama”. Vivimos en el tercer piso (“con número y entrada independiente”, aclara mi madre) de la vieja casa familiar, donde viven mi tía y mi abuela. En lo que va de la cuarentena, mi abuela ha sufrido al menos cinco caídas. A partir de la segunda, apenas se para de la cama. No tiene fracturas ni fisuras, pero sí artrosis, reumatismo y un par de inflamaciones, y todo se ha agravado con los accidentes. La recuperación es lenta, pero constante. Mi abuela pasa la mayor parte del día en cama, a oscuras. Llevamos un televisor a su cuarto (ella solía pasar los días tejiendo y viendo telenovelas), pero se reúsa a prenderlo. Hace demasiado ruido.

Cuando tenía entre cinco y siete años, si no prendía el televisor, pasaba el tiempo reconociendo rostros en los objetos de mi cuarto (lámparas, armarios, sillas, mesas). Mantenía en voz baja conversaciones con ellos, sobre trivialidades, sobre lo bien que realizaban las funciones que habían sido hechos para cumplir. Supongo que la simpatía que nos extendíamos mutuamente (mis proyecciones y yo) era una forma de relajar la culpa de no encajar bien en la estructura simbólica (como diría un lacaniano), o –en cristiano– de no sentirme solo a pesar del bullying escolar. Por supuesto, apenas escuchaba a alguien acercándose, me callaba. Era consciente de estar realizando algo prohibido, por “tonto”, por “raro”, por asocial. A veces prendía la tele, para evitar sospechas.

No es novedad para nadie que existir dentro del sistema capitalista actual implica interiorizar, desde la juventud, un imperativo al consumo. Tampoco sorprendo, creo, si afirmo la importancia del consumo mediático dentro de la misma maquinaria. Como buena tecnología, la radio, la televisión y las redes sociales han transfigurado de forma irreversible nuestras dinámicas sociales, cada una de forma más evidente que la anterior. Por tanto, también han transformado la forma en la que construimos nuestra identidad. Antes, la duplicidad entre ser un producto de consumo masivo y un individuo con tensiones y deseos no comunicables (por no ser rentables) parecía un sufrimiento exclusivo, propio de aquellos elegidos para perpetuar los luminosos mitos de la industria cultural. Si los ricos, como Marilyn Monroe o Kurt Cobain (por poner ejemplos ya gastados) “también lloraban”, era por la reducción de su capacidad de agencia sobre sí mismos (no es casualidad que tuvieran “agentes”, digo yo), por las exigencias del mercado que cincelaban impunemente los límites de lo que podía definir su “imagen”. Las imágenes fantasmagóricas que se superponían a Monroe y a Cobain querían cosas distintas a ellos mismos.

Vaya tragedia, ¿no? Suena casi mefistofélico: el precio de la fama sería esclavizarse ante una imagen construida para el consumo, “perder el alma”. Pero, por supuesto, si damos un paso atrás, el mito revela su papel en el entramado social: como buena productora de imágenes, la industria cultural nos bombardea de películas trágicas, mostrándonos escenas conmovedoras mientras su pantalla vela ciertas verdades incómodas. Sufrimos junto a la “empleadita de tienda / [que] soñó ser estrella de cine” (como la describe, tan emotivo él, Ernesto Cardenal) y a los garabateos ansiosos de Cobain en sus diarios. Sin embargo, se nos pide olvidar que cada uno de nosotros también existe en esa duplicidad, en la encrucijada entre un deber-ser social y algo que no encaja.

Vivir bajo exigencias sociales no es nada nuevo. Por recurrir a otro lugar común, somos animales sociales, y vivir en sociedad siempre ha implicado encuentros y desencuentros, tantear límites o imponerlos, adoptar consensos o aceptar autoridades. Quizá lo nuevo –y por algo enfatizo el quizá– es que hoy en día hay varios repositorios permanentes de lo que antes eran gestos cotidianos. Las redes sociales son nuestro Nevermind, nuestro Gentlemen Prefer Blondes, y nosotros jugamos un doble papel de productor y producto, juzgando el éxito de taquilla en base a los likes y comentarios de las publicaciones que subimos o compartimos. En tiempos de cuarentena, cuando se nos ha sido vedado el contacto cotidiano con otros cuerpos, la mayor parte de nuestros contactos con otros se limitan estas imágenes curadas, estas fantasmagorías deseosas de ser consumidas, de despertar nuestro deseo y aprobación (sí, yo sé, estimado lector lacaniano, “deseamos el deseo del otro”, sigamos, sigamos). Y, por supuesto, nosotros también estamos deseosos de ser deseados, y –de forma más o menos consciente– decidimos si mostrar o no nuestro propio consumo en base al capital social que sospechamos nos sume, o nos reste.

Quizá exagero, o quizá hablo desde la experiencia particular de la ansiedad. Temo incluso que se me lea como tecnófobo, conservador, boomer, primitivista, o alguna otra forma de negar un “futuro” que ya es presente hace mucho. Créanme, estoy de su lado de la historia: mi formación adolescente se dio entre juegos online, memes y videos de Youtube. Facebook nació cuando estaba en cuarto de secundaria, y antes de él estaba hi5, y si algo demostró hi5, sobre todo con la movida emo de los 2000s, fue que estos espacios permiten nuevas formas de sociabilidad que sí, tienen como base identidades de consumo, pero también ayudan a articular (aunque de forma muy naif, claro, al menos en ese entonces) expresiones de inconformidad. Y, por otro lado, si algo demostraron los incipientes memes de esas épocas, era que podían concentrar afectos comunales, podían movilizar opiniones e identificaciones, y ese potencial se expresa hoy en día en páginas que articulan voces de denuncia y protesta.

Pero hay que ser cuidadosos. Vivir en la época del simulacro nos puede llevar a creer que lo discursivo basta para la transformación social. Peor aún: a veces incluso causas legítimas se vuelven medallitas de consumo, y su potencial desestabilizador se esfuma entre mensajes escritos por marketeros sobre fondos negros. Por otro lado, siento que discursos como el mío (el que está usted leyendo ahora mismo, estimado lector) se usan para sancionar socialmente a quienes muestran un interés genuino por este tipo de circunstancias, y sinceramente quieren mostrar apoyo. Además, es innegable la capacidad de las redes para difundir información a contrapelo de las narrativas repetidas por los medios tradicionales, para bien y para mal.

Siento que estoy pisando las orillas de lo conspiranoico (aunque, en tiempos del resurgimiento de Anonymous, lo creo inevitable), pero temo que este mandato interiorizado por criticar las identidades de consumo, y la presión – que indudablemente existe – sobre nosotros como productores y consumidores de identidades virtuales, puede ser otra forma de expresar un miedo infantil. Y, si creo necesario señalar esta relación en una columna, es porque estoy seguro de que no es exclusiva a mi experiencia. Es cierto que las redes sociales “hacen demasiado ruido”, y a veces uno prefiere aislarse a seguir escuchando las exigencias y deseos de los otros. A tenemos suficiente con nuestros propios deseos y dolores, con las condiciones apremiantes de una situación de pandemia. Pero a veces, entre postureos y deseos de llamar la atención, podemos leer en los gestos en redes solidaridad legítima, expresada como se puede en estos tiempos. A veces no solo vale la pena escuchar el ruido, sino que resulta preciso gritar.

No podemos quedarnos en nuestros cuartos, hablando solos, mientras dure la cuarentena. Detrás de las fantasmagorías virtuales hay cuerpos infinitamente extendidos, tendiéndonos las manos (si me permiten una imagen cursi), pero para dárselas no podemos temer a las imágenes que nos rodean, sino aprender a distinguir entre aquellas generadas desde el poder y aquellas generadas desde la crítica, aprender que si nuestras identidades se forjan por el consumo podemos consumir la producción de quienes ven las cosas desde los extramuros. Pero, sobre todo, debemos aprender algo esencial: seguir esperando a que se produzcan hashtags desde los lugares tradicionales de poder para sumarnos a una lucha. Hay exigencias locales esperando a ser articuladas como se puede en estos tiempos, mediante grabaciones, hashtags y memes. Hay quienes ya lo hacen, claro, pero hay quienes se suman a luchas solamente cuando se viralizan, y lo que se viraliza suele hacerse desde el corazón del imperio. No los juzgo: yo a las justas participo en redes sociales (esta columna debe dar pistas sobre el por qué), y es más socialmente seguro sumarse a luchas de popularidad probada (y si el mismo Facebook cambia el color de su logo, es porque es más que seguro sumarse simbólicamente a la lucha). Recordemos, sin embargo, la gran ventaja que tiene el Internet sobre la tele: todos somos productores, todos podemos hacer ruido.