Así no se protesta y otros chistes

Empecemos con un recuerdo de mi infancia, un sketch de El Especial del Humor sobre el enfrentamiento entre las vecinas de La Molina y los pobladores de Ate. En ese momento, era demasiado joven para entender a qué se referían entonces con “vecinos y pobladores”. Probablemente tampoco habría podido entender como el lenguaje puede precarizar lo ya precario. Pero sí recuerdo que se planteaba una diferencia entre la protesta de los pobladores y la manifestación pacífica de las vecinas. Había un modo correcto de protestar. Aunque esencialmente ninguno de los dos bandos fuera realmente diferente; el dinero, el estatus social, el privilegio definía el discurso de poder. Es curioso recordar como aquellos modelos de comedia reproducían discursos de grupos de poder semanalmente a través del humor. Y un humor que no cuestiona al poder, se vuelve cómplice de éste y todo lo que representa. Pero en ese entonces, solo atinaba a reírme.

Pero continuemos.

Recuerdo un meme sobre la Revolución Francesa. Intervenían una pintura anónima con dos grandes diálogos. “¡Venimos a tomar la Bastilla!” y un irónico “No es la forma”. Me imagino que algo similar debe haber sucedido en ese momento, que alguien sugirió una vía más pacífica, que la indignación no era el camino, que no había motivo alguno para tomar La Bastilla. Me imagino a muchos nobles opinando desde la comodidad de sus casas que la violencia no se combate con más violencia mientras esperan a sus sirvientes y rendían pleitesía a Luis XVI. Me imagino una similar imagen durante mayo del 68’. Ya no hablamos de nobles en esta época, sino de la clase más privilegiada dentro de la sociedad, que detestaba ver cómo sistemáticamente muchos de sus privilegios eran cuestionados por jóvenes estudiantes. “No es la forma”, “terroristas”. Sin ir muy lejos el año pasado en Perú, durante las protestas de las dos universidades más importantes de Lima, se sostuvo un discurso muy sistemático que buscaba indicar “cuál era el camino correcto” de la protesta. Tanto los estudiantes de San Marcos que tomaron el campus para solicitar mejoras en la calidad universitaria como las estudiantes de Católica que tomaron las vías de tránsito para reclamar mayor acción de la universidad frente a las denuncias por acoso fueron deslegitimados por la prensa y por las propias autoridades que dirigían la universidad. “Simplemente no eran los modos de protestar” recuerdo haber escuchado de un joven estudiante mientras sostenía un café de Starbucks y su amigo grababa la protesta burlándose de sus compañeras. Poco antes en ese mismo año, se discutió si los comuneros de Fuerabamba estaban empleando los correctos métodos de protesta contra la minera Las Bambas al bloquear las vías de tránsito. O durante el octubre chileno, muchos criticaron el accionar de aquellos jóvenes estudiantes que se alzaron frente a la alza de pasajes en el sistema de transporte público en Santiago. O recordemos aquel noviembre mexicano en el que muchas personas se escandalizaron por el destrozo a bienes materiales durante protestas feministas. Incluso algunos se atrevieron a discutir si esto significaba un alejamiento del “verdadero feminismo”. Pero muchas personas solo conseguían hacer memes al respecto y reírse.

Si algo más tuvieron en común todas estos acontecimientos fue la inevitable presencia de la policía pero sobre todo, la marcada ausencia de autoridades responsables para fiscalizar todos los abusos que se dieron en esos contextos. Todo quedó registrado para las redes sociales, pero nadie dentro de la clase política quiso hacer eco al respecto, y en muchos casos, aún se resisten a hacerlo.

En todos y cada uno de estos casos, la fuerza que está llamada a guardar el “orden” y a hacer respetar la “ley” se enfrentó a aquella población civil a la que está llamada a defender como si se trataran de criminales. Tenemos un llamado a respetarlos, pero siempre me pregunto a quién. ¿A ese policía que no duda en lanzar gases lacrimógenos a estudiantes? ¿a los 34 policías de la comisaría San Cayetano que no acudieron frente al llamado de auxilio que pudo evitar el feminicidio de Jessica Tejeda y el asesinato de sus dos hijos? ¿a esa policía que abusa del principio de la autoridad con los comerciantes ambulantes en cada operativo? Si la respuesta es que le debemos respeto a la institución, pues siempre queda la respuesta de que ninguna institución está por encima de las personas. Y realmente me pregunto si individualmente hemos interiorizado ello.

También en todos y cada uno de estos casos, la discusión no se centró sobre el hecho (o los hechos) por el que se protesta, sino en la forma, en las consecuencias materiales de la protesta. Una especie de paradoja de la protesta se presenta aquí. Si toda protesta nace por la inconformidad frente al sistema, ¿por qué debería la protesta llevarse en términos que no incomoden a quienes defienden o representan al sistema? Toda protesta debería ser pacífica, nos dicen. Sigan el ejemplo de Luther King, nos señalan, apuesten por la paz. Pero ¿acaso no fue Luther King quien, pese a no estar de acuerdo con la violencia de las protestas, señaló que entendía que era el lenguaje de los no-escuchados? La pregunta entonces cambia, ¿por qué no queremos escuchar lo que tienen por decirnos? ¿por qué insistimos en nuestra ceguera colectiva? Finalmente, ¿cómo podemos apelar a la paz en un sistema tan plagado de injusticias? ¿cómo podemos negar todas injusticias reduciendo todo a que la violencia no se combate con violencia, si cuando se ha tenido la oportunidad de cambiar, se apeló por la continuidad de un sistema opresor? Tanta historia, tantas preguntas, diría Bretch.

Las protestas en Estados Unidos tras el asesinato de George Floyd han vuelto a desviar la discusión para ese lado. Me imagino que muchos piensan aristotélicamente en el “justo medio”, el balance entre la indignación y el hecho que lo produjo. Es apropiado pensar que en el siglo XXI habríamos mejorado el sistema democrático lo suficiente como para que estas situaciones no se presenten y que todos actuáramos bajo el “justo medio”. Pero lo hacen. Podríamos discutir teóricamente todo el tiempo que queramos pero eso no evitará que sigan existiendo más Derek Chauvin y más George Floyd en el mundo. Un gran problema de la teoría se presenta cuando se aleja de la realidad y se presenta fría, insensible o en muchos casos, irreal. Nos hablan de paz, pero no cuestionan la guerra, no cuestionan la violencia. Nos hablan del sueño americano, de la democracia, y solo vemos muertes. Todo es un gran chiste, como diría El Comediante en Watchmen.

Quizá es tiempo de entender que el “terruqueo” no solucionará nada en nuestra sociedad, solo mantendrá las distancias entre nosotros. No funciona en Perú cuando se aplica a los estudiantes en Lima ni a los manifestantes de distintas comunidades en la sierra, ni funcionará ahora en Estados Unidos cuando Donald Trump califica a los manifestantes como “terroristas” y ordena a los gobernadores que los arresten, los lleven a juicio y los metan a la cárcel. Podríamos decir que no hay injusticia que dure cien años, ni personas que los aguanten; pero el problema es que sí duran cien años, y amenazan con durar muchos más.

Un último chiste, ¿qué es lo que obtienes cuándo juntas a una población histórica y sistemáticamente violentada y olvidada con una sociedad que normaliza este trato y no hace nada para cambiarlo? Probablemente al inicio obtienes múltiples comediantes burlándose de estas situaciones, ya sea a través de personajes estereotipados o de situaciones que en ese entonces eran graciosas. Desde la audiencia nos reímos, nadie protesta. Luego obtienes a colectivos protestando contra esta violencia normalizada. Aún nos reímos, pero algunas voces empiezan a alzar su voz. Después, a más colectivos que nacen en contra de estos otros colectivos, y a políticos que obtienen capital político sirviendo de voceros de estos colectivos. Al poco tiempo, una clase política se enfrenta a sí misma para ver quién realmente “representa” al pueblo mientras todos observamos a lo lejos, ensimismados en nuestros propios problemas. Hasta que eventualmente, obtienes lo que mereces. Y el problema entonces que es nadie se reirá.

Diego Abanto Delgado publica cada dos lunes en Poliantea a través de su Considerando en frío, parcialmente, como parte de la sección Doxa que reúne las columnas de opinión dentro de la revista.

Entradas recomendadas

Aún no hay comentarios, ¡añada su voz abajo!


Añadir un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.