Demasiado ruido

Cuando tenía entre cinco y siete años, solía recurrir a ciertas estrategias para soportar la soledad. El televisor tenía sus límites (hablaba mucho sin dialogar), pero al menos “daba vida a la casa”. Un mandato común: “¿Qué haces ahí echado a oscuras? Al menos prende la tele.” Mi madre parafrasea la misma queja desde hace