Dime con quién andas y te diré quién eres

1.Dime con quién andas y te diré quién eres. La verdad llega cuando se produce un encuentro. Se puede conocer muchas cosas y, sin embargo, vivir engañado. El trato con otra persona es lo único que nos abre los ojos. Sea en el estricto sentido psicoanalítico de encontrarse con la propia vida vulnerada, o en el amplio sentido idealista de dejar atrás la subjetividad individual para compartir las experiencias de la razón en la historia, el acto del pensamiento que dignifica y libera tiene la forma del encuentro con una vida antes ignorada. Pero al decir que ambas formas de acceder a la verdad, el autoconocimiento y el conocimiento histórico, son en el fondo una tercera, que es el encuentro, estoy hablando ya de una cosa distinta de esas dos y mejor que ellas. Llega la hora de afrontar el encuentro con el viviente ignorado en el sentido más literal. La crisis individual y la crisis histórica, que son las dos raíces reales de la crítica, no son más que presentimientos confusos del acto transformador efectivo, el encuentro. En lo referente a la crisis individual, mientras la curación hace su trabajo en el retiro terapéutico, desenterrando las propias fuerzas vitales atrapadas entre los escombros del desastre personal, no se ha producido todavía la curación en el mejor sentido de la palabra. Para poner en práctica la saludad recuperada hay que trabar una nueva relación que el estado patológico mantenía vedada. Y en el referente a la crisis histórica, mientras el proceso social desestructura las viejas instituciones y abre como conciencia y solo como conciencia el potencial de mejores formas de vida, estas no se han revelado todavía. El joven Jean Jacques Rousseau, huido de su casa, está suspendido en la incertidumbre sobre sí mismo mientras no llegan los encuentros, especialmente los encuentros felices, sean los fugaces, casi alegóricos, pero inolvidables, como la aventura con las condesitas, o sea la amistad redentora con Madame de Warens. La forma de vida que surge de la crisis de una forma de vida anterior empieza realmente cuando se traba compromiso, mediante intercambios relacionales, con quien antes no era más que otra gente. En medio de los intercambios neutros, sin verdadero trato personal, que conforman el grueso del trabajo y los negocios, hay algunos intercambios que no quedan en eso, más bien se convierten en relaciones duraderas, caen en una asimetría crónica que varía, pero no se acaba. Estos intercambios relacionales son los que ponen en juego la reciprocidad. Tanto las viejas instituciones —familia, estamento, Estado— como las nuevas —mercado, orden jurídico igualitario— sirven principalmente para poner límites a la reciprocidad y evitar que los intercambios generen cambio social, es decir, nuevas formas de reciprocidad. Pero las instituciones causan violencia. El mismo sujeto de la institución antigua, el individuo consagrado a ella, abusa de ese dar y recibir en que les va la vida a los suyos, como se muestra en las tragedias. Luego esta violencia se estabiliza mediante la organización de relaciones económicas y jurídicas que hacen posible de cierta prosperidad y seguridad. Finalmente, los mercados y las libertades básicas, al expandirse, quiebran las restricciones a los intercambios mantenidas por las viejas instituciones. Pero los mercados, mientras permiten intercambios rutinarios, relacionalmente neutros, ocasionan también nuevas oportunidades de entablar nuevas reciprocidades. La reciprocidad transformadora, la que escapa a los límites institucionales y mercantiles, se genera en un terreno que ha sido abierto por la expansión del mercado. La crisis social de cosificación de las personas y la crisis económica de concentración del valor hasta la recesión no se resuelven por obra de los mismos agentes sociales y económicos que las protagonizan, sino por la celebración de nuevos vínculos de reciprocidad. Entre la reciprocidad transformadora y la expansión del mercado hay pues una simbiosis. La transformación no es operada por la crisis, sino por la nueva reciprocidad que usa la crisis como oportunidad para hacer nuevo tejido social en el espacio que deja disponible el mercado en recesión, espacio que el mercado a su vez abrió al quebrar las restricciones a los intercambios mantenidas por las viejas instituciones. La tradición dualista, habituada a bascular entre la crítica de la conciencia y la de la razón histórica, posterga la praxis de la reciprocidad transformadora con un nutrido repertorio de condiciones previas a ella. Se plantea incluir al excluido como una corrección de la imagen de los incluidos porque el encuentro se confunde con el reencuentro con alguien que ha sido construido como excluido por la equivocación que el excluyente tiene sobre sí mismo. El excluido se ve de pronto escogido por los grandes fóbicos para personificar la transfiguración de sus fobias en amor, así como se hacen perfumes de sustancias pestilentes. Se confunde entonces al nuevo socio de reciprocidad con un síntoma de la vieja cerrazón, se lo acoge dentro de la propia reflexión como pobre, extranjero, marginado, recluido. Este personaje aparece así como parte de la comparsa de la propia crisis, y se lo usa y valora como una ocasión para hacer crítica interna, es decir, para reencontrarse uno consigo mismo, con sus mejores potencialidades y tradiciones. Esta es la función principal de las instituciones disciplinarias, purificar la vida social, devolverla a sus auténticos principios. La disciplina no busca tanto adaptar los individuos a ciertos fines como hacer la crítica interna de la sociedad con ocasión del esfuerzo de incluir al excluido que la misma sociedad produjo. El carcelero ilustrado, al resocializar al delincuente, impulsa la superación de los prejuicios sociales, propicia un reencuentro de la sociedad con sus fundamentos en la dignidad humana. La construcción de la otredad, hermana de la propia crisis, es vieja práctica de antropólogos culturales y todavía más vieja de evangelizadores de indios. Todos estos progresistas hacen con sus «sujetos» de tratamiento precisamente lo que Kant rechazaba que se hiciera con los reos: usarlos para dar un ejemplo disuasivo a la población, usarlos como campo de batalla en la guerra contra los vicios, usarlos para demostrar que el bien triunfa sobre el mal. No hay derecho a usar a ninguna persona, menos al que está privado de su libertad. El que se cree redentor pretende explotar la crisis. Lo cierto es que la crisis no contiene el principio de una vida nueva, da apenas ocasión para que esta advenga. Tampoco la crítica. Contra las más caras esperanzas de la cultura moderna, ninguna crítica es constructiva. La vida nueva empieza cuando se entablan relaciones de reciprocidad con quien antes no era nadie.


* Desde Poliantea lamentamos el fallecimiento del filósofo peruano Ciro Alegría Varona, y a modo de homenaje, decidimos compartir el inicio del trabajo ganador del Premio Copé de Ensayo 2018, «Adagios. Crítica del presente desde una ciencia melancólica». Compartimos esto sin fines de lucro, y otorgándole todos los créditos a los editores de la obra, meramente como un merecido homenaje a una mente brillante.

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