Apuntes desde el acantilado (XII)

Esta es la décima segunda entrega de Apuntes desde el acantilado. Para leer la anterior entrega, haz clic aquí.

¿Cuál es tu tarea?

El infierno es un lugar exactamente igual a éste, con la única diferencia que no existe esperanza
Jorge Luis Borges

En su texto sobre terapia gestalt (una modalidad de psicoterapia) el belga Georges Pierret nos dice: “Pero tú dirás que la mayor parte de la gente deprimida no ha sufrido un duelo o la pérdida de un amor antes de caer en su depresión. Es exacto. La pérdida que sufre el deprimido es de otro orden: ha perdido la esperanza de la conquista de su felicidad, ha perdido la ilusión en su búsqueda de la alegría. Ya no cree más. Ha perdido la fe.” (Pierret, 1990, pág. 114).

Efectivamente, hoy hay mucha gente quienes más que un desorden bioquímico cerebral —el cual va a facilitar un cuadro psicopatológico por supuesto— lo que presenta es una pérdida de la esperanza. Hemos perdido el brillo de los ojos. Ya no tenemos en qué o en quién creer: ni en uno mismo, ni en la familia, ni en los líderes (cuestionados, corruptos, cínicos) ni en los ídolos (hoy cada vez más mediáticos y decepcionantes), ni en el amor, ni en el trabajo y sus posibilidades, ni en el futuro. Como bien dice el autor, hemos perdido ese ánimo (palabra que viene del concepto ánima, alma, soplo de vida, energía), esa alegría que alguna vez tuvimos de chicos. De pronto, muchos problemas, muchas presiones, muchas decepciones nos van aplastando al punto que ese estilo de vida se confunde con la tan conocida depresión nerviosa.

Pocas oportunidades, la falta de afecto desde pequeños, el desamparo paterno y la propia vida que duele y angustia (con sus desavenencias y tragedias) van contribuyendo a la formación de una persona que carece de esa tensión positiva necesaria para vivir, esa energía y rebeldía que ayudan con la tenacidad y la motivación. De ese sentido existencial, como hablamos también en el mundo de la logoterapia. Encima vivimos hoy tiempos donde se asocia casi siempre el bienestar y la felicidad al nivel de consumo, a cuanto compramos, a cuanto tenemos, y eso amarga profundamente a miles que no tienen el alcance económico requerido para estar “a la vanguardia”. Cierto es que algunos, son conscientes de esto y aprenden a disfrutar no solo gracias a las cosas materiales, sino que giran hacia el plano de la amistad, el afecto y las experiencias enriquecedoras. Aspectos muchos menos efímeros y descartables como los objetos que compramos.

Ramiro Gómez Salas, psicólogo existencial limeño, ha publicado el libro Cuatro modos humanos de existir y —citando a su vez al psicoanalista británico Darian Leader quien es autor de La moda negra: duelo, melancolía y depresión— en una parte de su libro escribe lo siguiente: “lo que llamamos depresión es la particular interpretación médica occidental de cierto conjunto de estados biológicos, con la química cerebral como problema de base. Una perspectiva alterna ve la depresión como un resultado de cambios profundos en nuestras sociedades. El surgimiento de las economías de mercado crea una ruptura de los mecanismos de apoyo social y del sentido de comunidad. Las personas pierden la sensación de estar conectadas a grupos sociales y entonces se sienten empobrecidas y solitarias, Privadas de recursos, inestables económicamente, sujetas a presiones agudas y con pocos caminos alternativos y esperanzas, caen enfermas. Las causas de la depresión, de acuerdo con este punto de vista, son sociales. Presiones sociales prolongadas acabarán necesariamente por afectar nuestros cuerpos, pero las presiones vienen primero, la respuesta biológica después.” (Gómez Salas, 2019, pág. 98).

Nos preguntamos cómo salir de esta encrucijada. En lugares donde la gente vive el desempleo, la falta de oportunidades, la violencia, la discriminación, la falta de educación y la ausencia de prácticas éticas, eso sumado (disculpen si sonamos fatalistas) a crianzas a veces dolorosas y familias poco afectivas, es poco probable que haya alegría, respeto, esperanza y sentido de vida. El mercado farmacológico nos brindará ansiolíticos, sedantes, antidepresivos y antipsicóticos cada vez más sofisticados (aunque de acceso restringido por los altos costos de la buena medicina, eso también es una triste realidad) pero quizá eso no surta el tan esperado resultado, pues si atendemos con serenidad esta perspectiva que considera el contexto económico, ético y social como causante (por lo menos co—causante) de la ansiedad y la depresión, más que fármacos lo que necesitaríamos serían otras y mejores circunstancias de vida. Un modus vivendi donde se instale el orden, la justicia, el empleo digno, la educación de calidad, el acceso a oportunidades. Y también la belleza, sí. Hablamos de la dimensión estética tan venida a menos en estos tiempos donde el arte se confunde con el espectáculo televisivo más simplón o vulgar o con el negocio y la producción en serie.

Más que medicina, necesitamos recobrar la fe, en las instituciones, en la política, en la familia y en la escuela.


Muchas gracias por estar al pendiente de este gran esfuerzo. Desde Poliantea, agradecemos desde ya tu pendiente a este ensayo en doce partes, y te invitamos a que no te pierdas más de nuestro especial,

Tiempo de pandemias

Solo en Poliantea.