El derecho a la estupidez

¿No es la estupidez una belleza? Con esta pregunta finalizaba su columna (¡Mejor quemad ya a Woody Allen!) el ensayista peruano, Víctor Hurtado Oviedo en la última edición del semanario Hildebrandt en sus trece. Esta vez, su columna aprovechaba el caso de Woody Allen, para afilar su lanza contra su enemigo más popular, el feminismo (o una facción que él denomina, el hembrismo). Y Hurtado Oviedo nunca ha tenido muchos problemas para despotricar contra lo que él cree es un movimiento que practica constantemente atentados contra la libertad de expresión. Pobres viejos varones blancos que no pueden escribir todas las estupideces que se les antoja. Pero ese no es el caso de Hurtado Oviedo. Desde hace algunos meses, goza de una columna en el semanario del periodista César Hildebrandt, en la que sin pelos en la lengua, expresa sus opiniones como si no hubiera mañana. Digamos que la censura es la menor de sus preocupaciones. Y es que, aparentemente en el semanario confunden la libertad de expresión con la libertad sin restricciones. Columna a columna, palabra a palabra, Hurtado Oviedo no hace nada más que confirmarlo. Sus ideas siempre resultan preocupantes, la creación de narrativas paralelas impresiona, Es más, muchas de sus comparaciones son como mínimo preocupantes. En su última columna, comparaba la “justicia popular” de los movimientos #MeToo con los “juicios populares” llevados a cabo por Sendero Luminoso. Resulta evidente que los actos de un movimiento que busca visibilizar el acoso sistemático hacia las mujeres no tiene nada que ver con los actos de un grupo terrorista que asoló a Perú el siglo pasado. Pero o Hurtado Oviedo lo sabe y los compara a propósito, o no lo sabe. La ignorancia siempre puede ser una gran aliada de la estupidez.

Claro que Hurtado Oviedo es un ejemplo de tantos que podrían aparecer en la cabeza del lector. Donde el ensayista peruano critica al lenguaje inclusivo, otro podría esbozar el fantasma del comunismo para apoyar sus ideas de extrema derecha. Nuestros medios de comunicación están plagados de este tipo de estúpidos funcionales. Por momentos, fungen de doctores, politólogos, y lo que demande la ocasión, la noticia, el momento. Poco les importa la objetividad porque se refugian en la opinión, en la libertad de expresión. Cualquier pero se convierte en censura para estos sujetos. Entonces, a través de este discurso, nos acostumbramos a una estupidez sin límites. Claro que el problema no reside en ser estúpido. El problema está en que aquel que es estúpido muchas veces re-configura su realidad y convierte todo en base a esa nueva narrativa. El enemigo siempre será el Otro, el diferente a mí.

Y esto ha llegado al extremo en que la libertad de expresión es una especie de derecho a la estupidez. Un derecho que no importa cuanto vulnere a los demás tiene que ser respetado. Un escudo que protege a estos individuos de dar su opinión en los términos que les plazca. No, la estupidez no es una belleza, al contrario, es nociva. Si bien Hurtado Oviedo la asocia a la inocencia, su columna refleja lo lejos que hemos dejado que se desvíe la libertad de expresión. Y este pensamiento se ha “trasladado” a las redes sociales. Donde antes la sociedad censuraba comentarios que podían reflejar lo más repudiable de nuestro ser, hoy nuestra identidad se oculta en la gran aldea virtual. Nuestra seguridad se incrementa al saber que no podemos ser responsables de lo que expresemos, que nadie (o casi nadie) puede saber la persona que se oculta en lo virtual. Nuestro sentido del respeto se desvanece cuando lo mezclamos con el anonimato. Nuestras opiniones, si se quiere, son más sinceras.

Byung-Chul Han ya apuntaba ideas similares en Im Schwarm (2013)[1] respecto a la shitstorm y los beneficios del anonimato. La shitstorm es, claro está, un síntoma de este fenómeno que nos interpela como usuarios de lo que cada vez más se configura como una realidad virtual. Y si bien dentro de las interacciones virtuales, la shistorm era despreciada o relegada a práctica de unos pocos, hoy se justifica por la voluntad de la mayoría, por las categorías de la sociedad. Esta práctica de escarmiento social se vuelve una práctica de escarmiento virtual. Hoy no hay juicios populares, porque cada uno es libre de juzgar a quien le plazca bajo los términos que le plazcan (140 caracteres, aproximadamente). Y, en caso necesite apoyo, siempre puede recurrir a cuentas falsas o a ejércitos de trolls.

¿Pero qué pasa durante un encierro? Frente a la práctica de la soledad, del aislamiento social, nos veríamos obligados a mirar dentro de nosotros, a examinarnos. Pero las redes sociales nos abren una ventana hacia los otros. Es a través de esta ventana que nos convertimos en fiscales y jueces. Por supuesto que el infierno siempre van a ser los otros si es lo único en lo que nos concentramos. Pero, ¿qué hay si el infierno acaba siendo uno mismo? Las redes sociales lo camuflan.

¿Cuál es el problema con esto? Principalmente las puertas que abre. Como he mencionado, las redes sociales han sido recipientes de la estupidez que esbozamos a diario dentro de las interacciones humanas. Pero también recipiente de todo lo no-dicho. Es el sitio de nuestro desfogue anónimo, desfogue sin Términos y Condiciones que aceptar. El único control es uno mismo, pero controlado por las reglas que imponen grupos mayoritarios. Nuestros seguidores y a quienes seguimos vendrían a funcionar como comunidad, y el control se va rotando. ¿Quién controla a todos, quién está en el panóptico? No es una pregunta que quite el sueño, mientras se nos permita opinar lo que queramos. A nadie le importa el libre albedrío mientras se nos permita la libertad de expresión. Evidentemente, una situación que alarmaría hasta el más foucaultiano.

Claro que incluso en el ambiente más libre, existen reglas que romper, existen términos que cumplir. Si bien Twitter, Instagram o Facebook se configuran como redes narcisistas, sus propios usuarios regulan el contenido. Pero, ¿qué pasa con aquel grupo que se ve regulado y no lo acepta? Todo regulación, todo control genera resistencia. Y aquí es donde entra a jugar lo políticamente correcto.

Lo políticamente correcto es entendido como todo aquello que es aceptado por la sociedad. El discurso impolíticamente correcto es algo que se popularizó en redes por sectores conservadores de derecha y que ha empezado a generar consecuencias en nuestra realidad, al erigir a personajes que lo pregonan como Donald Trump o Jair Bolsonaro como líderes de naciones enteras. Pero ¿en qué consiste este discurso, si se quiere, anti-establishment? Está compuesto de prejuicios, afirmaciones racistas, clasistas o sexistas y sobre todo conclusiones apresuradas y en muchos casos erradas de la realidad. La estupidez con otro nombre. Digo esto sobre todo porque se asume una posición que legitima lo dicho y deslegitima todo aquello que se le oponga. Mi opinión es mi hecho, es mi verdad. La conspiración es asumida en redes sociales como una postura válida. La solución a esta clase de intransigencia no es, nunca ha sido ni será la censura. Es necesario entender que ha sido, precisamente, la censura social, la que ha permitido que estas expresiones se conviertan en caldos de cultivo cuyos efectos se revelan como nocivos más tarde. Pero las circunstancias se han alterado.

Y es que en momentos donde el aislamiento nos obliga a replantearnos la realidad, las redes sociales se vuelven nuestra —única— realidad. Esto significa que los procesos se alteran, se aceleran. Estamos frente a la proliferación de discursos, de expresiones que nunca imaginaríamos leer de los individuos menos pensados. Nuestra eterna sociedad de la indignación traslada tópicos, pero no los aborda directamente por la inmediatez. Pero hoy no hay premura. El aislamiento nos obliga a examinar nuestras interacciones detenidamente. El contenido o la información, si bien se difunde rápido, es analizada ahora como no lo sería antes. Hoy el error, el traspié es detectado a una velocidad inesperada. Las redes sociales se llenan de bloopers, capturas de tweets borrados, de likes o comentarios inapropiados. He de ahí que en muchas redes sociales se estén exponiendo constantemente interacciones censurables.

Pero la censura se transforma rápidamente en una shitstorm. El proceso, la cura es similar al problema. Hoy se censura atacando a lo anónimo, pero vulnerando también la privacidad que pudiera gozar el atacado. La valentía de lo anónimo es atacada por la grosería de la multitud, una multitud que también se aloja en el anonimato. El fuego se combate con fuego, pero a niveles exagerados. Esta actitud bordea con el bullying y se rastrea finalmente a grupos de individuos que solo buscan pertenecer. Nadie pretende ser juez de buenos modales, pero tampoco esto significa pase libre a todo lo que se nos ocurra.

Las redes sociales siempre fueron el refugio de los excluidos, pero en una actualidad en la que muchos parecen querer refugiarse de la realidad, todos buscan pertenecer. La shitstorm se presenta entonces como una actividad comunitaria. Y ahora lo defiende una mayoría indignada. La comunidad reemplaza antorchas y trinches por caracteres y emojis. Pero la intención sigue siendo la misma, y sigue siendo estúpida.

Esto es preocupante, como mínimo. ¿Qué sucederá después de la pandemia con este nuevo modo de comunicarnos que hemos encontrado? ¿qué sucederá con esta normalizada irrealidad? Sí, es cierto. Pese a todo lo expuesto, no podemos caer en la censura. Tenemos que defender el derecho a la estupidez tanto como defendemos otros derechos. La pregunta es ¿qué límite tiene este derecho? ¿qué significa que una sociedad permita y avale discursos como los de Hurtado Oviedo o de la extrema derecha bajo la libertad de expresión?


Una de las últimas novedades en nuestra aldea virtual es la aparición de un podcast liberal llamado “Libertad de Pensamiento”. Su primer episodio reúne ideas alrededor del “impuesto a la riqueza”  que se discute aún en Perú. Ideas más, ideas menos, el podcast es la esencia de la derecha liberal. Cuatro varones, blancos, limeños que todavía creen que San Isidro es Lima y Lima es el Perú. Muchas de sus ideas apelan a una superioridad intelectual sobre el resto en tanto ellos sí conocen las bondades de la economía de mercado. La economía es mi moral podría ser su eslogan. No obstante, quizá con el desarrollo de su podcast podamos descubrir más de lo es concebido aquí como liberalismo.

Los menciono porque quienes participan en este podcast tienen tanto tribunas en diarios como en redes sociales y básicamente ofrecen una visión más moderna de lo que ofrecía en Willax el programa “Rey con Barba y Tudela” o en Youtube, “El Fin del Mundo, con Luis Mauricio” de Luis Mauricio Málaga. Su fin es polemizar, es ofrecer la versión más picante de una noticia. Pero exactamente ¿cómo polemizas con grupos sociales a los que denigras, calificas de estúpidos, llenas de estereotipos? Pues no, no puedes, porque no existe sitio para la divergencia en un grupo que encuentra su verdad en la economía y despotrica contra todo aquello que salga de ese marco. ¿Es esta la versión más moderna de la shitstorm? Pues claro. Una versión politizada de la shitstorm, principal—pero no exclusiva—mente usado por el sector conservador de la sociedad. Pero aunque la basura use perfume, sigue siendo basura.

Pese a todo, resulta esperanzador que el aislamiento nos permite cuestionar la tan ansiada “normalidad”. ¿Cuán normalizado tenemos determinados discursos? ¿acaso no son las redes sociales meros espejos de lo que pensamos? Este cuestionamiento debe servirnos como un llamado a la acción. Después de todo —parafraseando a Foucault— donde hay estupidez, debe existir resistencia a la estupidez. Mientras más entendamos que la libertad de expresión no es un derecho a la estupidez, progresaremos más como sociedad. Tomemos esta circunstancia como una oportunidad para re-configurar nuestra realidad.


[1] En el enjambre (2014) Herder Editorial, Barcelona.