Apuntes desde el acantilado (X)

Esta es la décima entrega de Apuntes desde el acantilado. Para leer la anterior entrega, haz clic aquí.

La vida continúa

¿Cuántas personas estarán en este momento velando a sus muertos? ¿tensos por un robo o dolidos por la confirmación de un diagnóstico médico poco alentador? ¿cuántos estarán destrozados por una tragedia repentina? Mientras que otros, al mismo tiempo, están reencontrándose con seres queridos, viendo nacer un hijo, encontrando al amor de sus vidas, felices por el logro alcanzado o disfrutando las comodidades producto de un buen trabajo o un próspero negocio. La vida es una moneda, y como toda moneda tiene dos caras, dos posibilidades.

El mundo no se detiene cuando estamos mal, tampoco nos da mucho tiempo cuando necesitamos reponernos de una herida. La sociedad sigue su frenético ritmo y cada uno lleva su duelo a su manera y como pueda. Nos cruzamos en las calles y no sabemos la historia que el otro carga, y seguramente tampoco nos importa. Solo seguimos caminando y seguro apurados.

Un divorcio, cuentas por pagar, problemas legales, enfermedades terminales, despidos repentinos e injustos, relaciones quebradas y vacíos existenciales que las personas llevamos todo el tiempo desde hace cientos o miles de años. La vida también puede ser complicada y a veces muy difícil. El poeta Martín Adán solía decir desde su pesimismo ilustrado “la vida no es un río que corre, es una charca que se corrompe” y nos daba un consejo “límpiate los ojos de entusiasmo”.

Hoy vivimos una época donde el imperativo posmoderno es “sé feliz”, “disfruta”. En los tiempos de hiperconsumismo como diría Lipovetsky, la felicidad también se ofrece y se vende en un kit de algo, seguramente. Es una casi una obligación ser dichoso y toda esa macana de los libros de autoayuda del tipo “cómo ser feliz en diez días” no hacen más que confirmar lo complicado que es una existencia auténtica y con sentido.

La vida continua, era el título de una serie estadounidense (Life goes on, en inglés) que veíamos por TV en los primeros años de los noventa. Tenía como canción emblemática el tema “Obladi, Oblada” de los Beatles y era una serie que la recordamos bien porque no siempre terminaba con un final “feliz”, ni con todos riendo y contentos, sino que nos presentaba finales de capítulos donde cierto desasosiego y temor coexistían. Ambas experiencias muy humanas, muy reales, que compartíamos nosotros también.

Era la historia de una familia donde uno de sus hijos, llamado Corky, un muchacho con el Síndrome de Down que junto a su familia luchaba para integrarse en una sociedad que prejuzga, etiqueta y separa. Habían buenos días y otros no tan buenos en esa familia, aunque siempre se mantenía algo de esperanza. Quizá de eso se trata, de mantener la esperanza a pesar de las bajas y los contratiempos. De no limpiarnos del todo, el entusiasmo de los ojos.


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