Culpabilidad, contrición y evolución

¿Qué tan culpable te sientes?

Antes de embarcarnos en la elaboración de una respuesta, quizás convenga preguntarnos qué tan seguros nos sentimos de identificar los diversos niveles de culpabilidad que experimentamos; y en última instancia, si realmente sentirse culpable constituye una experiencia necesariamente negativa.

Partamos por definir la ruta del presente análisis. No pretendo abordar la culpabilidad desde una concepción general, ya que al respecto suele haber abundante información en las diversas corrientes psicológicas que abordan la culpa, generalmente, cuando entra en la categoría de neurosis (culpa neurótica); yen el saber popular, el cual intuye muchas premisas de lo primero, mezclándolas con elementos culturales de innegable influencia como ciertas nociones heredadas de la tradición judeocristiana, las cuales, apelando a una pedagogía del temor imprimen sobre la voluntad humana un innegable talante represivo, por ejemplo: “si no dices la verdad te vas a ir al infierno”.

El “sentimiento de culpa” que deseo plantear intenta poner la mirada en una instancia aún más profunda, cuya expresión no es un subproducto del psiquismo. Para ello traigamos a colación dos indubitables frases cuya autoría recaen sobre Max Scheler y Agustín de Hipona (o San Agustín), acaso dos de los más destacados exponentes de la filosofía occidental. Sobre la base de ambas frases deseo establecer las pautas para esbozar ciertas conclusiones alrededor de lo que podríamos denominar la “culpa existencial”.

Max Scheler dijo: “El hombre tiene derecho de ser encontrado culpable y de ser castigado” (Scheler en V. Frankl 1988, p.155). Partamos por esta primera frase; cuando Scheler habla de derecho, culpa, y castigo no se refiere expresamente a la manera mediante la cual la sociedad identifica a un infractor y le aplica un correctivo, ni al sentimiento de enajenación culposa que siente una persona que no encuentra la manera de perdonarse. Scheler se refiere al auténtico acto de contrición al que es llamado a encarnar todo aquel que comete una falta, sea cual fuere. Dicho acto de contrición no va a “borrar el pasado”, ni debe eximir a la persona del castigo civil/legal correspondiente. El individuo tendrá que asumir la carga afectiva de aquel(los) error(es) cometido(s), pero dicha carga o conmoción afectiva, la cual en definitiva constituirá una experiencia dolorosa, debe ser asumida como un motor para el cambio. Si el individuo se muestra capaz de encausar sus sentimientos culposos hacia la redención de sí mismo y hacia el enaltecimiento de su conducta, podrá a su vez percibir subjetivamente que en medio del doloroso camino que transita se erige su propia evolución personal. Por otro lado, las reprimendas o castigos que se le impongan, a su vez, deberán contribuir con la auténtica toma de responsabilidad que la persona asuma como un compromiso sagrado; desde ese lugar es posible incluso despojar al concepto de “castigo” de sus connotaciones oscurantistas, convirtiéndolo en acicate para la adecuada significación de sus actos previos, de hecho, en correcto castellano castigo (del latín castus) significa “volver puro”. En definitiva, lo que Scheler quiso decir podría interpretarse de la siguiente manera: El hombre tiene derecho a dejar de destruirse.

En este punto podemos establecer una breve reflexión en torno a los sistemas de justicia y a la necesidad de pasar revista a la estructura axiológica que los cimienta, ya que, el que exista un modelo jurídico del castigo y la condena, no garantiza que se establezca en la sociedad delictiva un auténtico proceso de culpa. La sensación que se tiene de la administración de justicia, motivada en la praxis por un predominante sentido de la despersonalización del reo, es innegable; y aquello debería motivarnos a investigar si en el núcleo afectivo de nuestras autoridades subyace un sentimiento de fe en la humanidad o de desesperanza. Por otro lado, es preciso a su vez, cuestionar el soporte axiológico de los sistemas de educación pública y privada, los cuales podrían estar contribuyendo con la promoción de una mentalidad invariablemente condenatoria al respecto de aquellos que cometen delitos. Esto último constituye un gran desafío para la sociedad, pues la indignación colectiva nutrida de odio y un sentido radical y fundamentalista de la intolerancia, puede traer como resultado, un estado dominado por lo que algunos teóricos denominan anempatía selectiva[1], lo cual básicamente significa la ausencia de toda conmiseración.

El otro concepto que quiero desarrollar es aún más complejo y se encuentra encarnado en la siguiente frase de San Agustín: “Dentro de mi hay uno que es más yo mismo que mi yo” (Confesiones, Cap. 6).

Esta frase no se relaciona con la culpabilidad referida a “algo que hice”, sino más bien a aquello “que no hice” o que “aún no hago”. Los términos de esta expresión de culpabilidad existenciaria jamás van a ser resueltos por nadie más que por uno mismo, es decir, no existe una responsabilidad social, legal, o cultural por “no haber hecho de mi lo que estoy llamado a ser”. El sentimiento de conmoción afectiva que deriva de “haberme fallado a mí mismo” es una situación reservada exclusivamente para el tribunal de mi propia conciencia, y será nuestro ser interior el único capaz de establecer nuestro grado de responsabilidad ante aquellas situaciones frente a las cuales decidí no hacerme cargo. De esto deriva también que no debemos dejarnos llevar por el escrutinio público al momento de nuestra auto rendición de cuentas, pues cada individuo es un universo particular con un eco sistema exclusivo, e intentar establecer las mismas metas para todos constituye un atentado contra el sí mismo. El siguiente silogismo podría graficar esto último: “fulano, el cual es exitoso, hizo a, b, y c; yo apenas estoy terminando “a”, por consiguiente, he fracasado”.

El poder implícito en la citada frase agustiniana es avasallador, pues nos coloca de cara no al ser que soy, pues eso que soy, sólo habla de una pequeña parte de lo que soy; el acento es puesto sobre todo aquello que mi ser anhela y que, por ende, describe ampliamente todo lo que mi yo es capaz de contener. Sartre diría: No soy lo que soy, soy aquello que puedo ser después de dejar de ser lo que soy.

Nuevamente expongo la necesidad de entender que las bases para establecer un juicio personal al respecto de todo ello, es un proceso que únicamente implica al yo y toda su realidad interna. Otro yo corresponde a otra jurisprudencia.

La idea que pretendo compartir no consiste en señalar una manera de llevar a cabo tal o cual proceso de culpa; en todo caso, mi intención es aportar un granito de arena en promover una mayor atención a estos procesos internos, de tal manera que podamos establecer una adecuada temperatura en nuestros actos de contrición, y ser cada vez más respetuosos y alturados en nuestra relación con el mundo; y al mismo tiempo establecer un adecuado temple en cuanto a la relación con nosotros mismos en nuestro intento por ser cada vez “más nosotros mismos”, sin que esto signifique que el ser que quiero ser, se vuelva un verdugo de mi presente.


Referencias:

[1] Juárez Tito; Arce Rudón; Pereyra de Carvhalo


Bibliografía:

Arendt, H. (1978). The Life Of The Mind. Ed. Harcourt Brace Jovanovich.

Coromines, J. (2012). Breve Diccionario Etimológico. Ed. Gredos.

Frankl, V. (1988). La Voluntad De Sentido. Ed. Herder.

Yalom, I. (1984). Psicoterapia Existencial. Ed. Herder.

Entradas recomendadas

1 Comentario


Añadir un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.