Apuntes desde el acantilado (IV)

Esta es la cuarta entrega de Apuntes desde el acantilado. Para leer la anterior entrega, haz clic aquí.

La chatura de lo cotidiano

“Por la mañana, Polzer se levantaba como todos los días y empezaba su jornada igual que todas las demás. Estaba malhumorado y deprimido, pero nunca se le ocurrió pensar que también hubiera podido hacer otras cosas que no fueran estar sentado en su escritorio del banco, que uno podía levantarse tarde, salir a pasear, desayunar dos huevos fritos en un café y almorzar en un buen restaurante”. Este texto pertenece a Hermann Ungar en su recomendable obra Los mutilados (Ungar, 2012, p. 10—11).

Y en su artículo La espiritualidad en psicoterapia, el psicoterapeuta austríaco Alfried Längle nos dice “No siempre son las presiones y sufrimientos los que le quitan a la vida su alegría; con frecuencia es la chatura de lo cotidiano y la negligencia en conducir la vida lo que la hace insípida. Para poder desear la vida, para amarla, necesitamos compromiso, tiempo y proximidad. Su ausencia origina añoranza, después frialdad, por fin depresión. Su presencia aporta un vibrar con el mundo y consigo mismo en el que se experimenta la profundidad del vivir. Estas experiencias conforman el valor fundamental del Dassein, el más profundo sentimiento del valor de la vida” (Längle, 2008, p. 9).

Efectivamente, la tensión (cierta dosis al menos) es necesaria para la vida. Nos recuerda precisamente la condición de estar vivos, de tener que responder a lo que nos pasa, de asumir las consecuencias por nuestras acciones (responsabilidad es habilidad para responder). Existencialmente hablando, la angustia es el precio por estar vivos, es aquello que nos recuerda nuestra condición de existentes y de tener que responder a esa vida.

Ahora, ¿qué pasa cuando perdemos el sentido?, cuando perdemos esa alegría y curiosidad que tenemos de niños, esas ganas de hacer cosas y de salir a vivir (existir etimológicamente significa estar fuera, salir). Entonces caemos en la apatía, la desazón, la amargura y la depresión. Ese momento cuando ya dejamos de ver cosas valiosas en nosotros mismos, en los demás y en el ambiente. Es ahí cuando comenzamos a morir lentamente, la vida se nos va, nos vamos secando.

Längle nos habla también de la negligencia en conducir la vida, el poco respeto y cuidado con la forma en que vivimos. Ejemplo de esto lo vemos a diario en las calles del país: poco cuidado con el trato a los demás, trabajos mal hechos y sin mayor pasión, sexualidad clandestina, violenta y sin compromiso, conductas de riesgo, autolesiones, adicciones, entre otras formas.

El maestro austríaco representa a una modalidad terapéutica que más que emplear dosis permanentes de psicofármacos o consejos generales de libros de autoayuda, más bien trabaja una forma de acompañamiento existencial donde a partir del encuentro y el vínculo personal más genuino y respetuoso, busca alcanzar el lado más humano del interlocutor, esa dimensión noética o espiritual como titula a su artículo. Dimensión muy venida a menos en miles de personas que no alcanzan a ser la mejor versión de sí mismos en esta oportunidad que llamamos vida.

Revisemos pues —los que aún nos resistimos a ser prisioneros de las circunstancias y de los condicionamientos sociales— nuestros objetivos, deberes y posibilidades ya que la vida no es chata, somos nosotros lo que la convertimos en una infernal rutina. Sartre dijo alguna vez “el infierno son los otros”, puede ser; pero muchas veces también “el infierno soy yo mismo”.


Bibliografía:

Längle, A. (2008). La Espiritualidad en psicoterapia. Entre inmanencia y trascendencia en el Análisis Existencial. En Revista de Psicología. UCA Argentina, Vol. 4. Nº 7, pp. 5—22.

Ungar, H. (2012). Los mutilados. España: Ediciones Siruela.


Mañana no te pierdas la quinta entrega:

Rogers y la tendencia actualizante

Solo en Poliantea.

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