La pandemia del neoliberalismo o para una crítica de la crisis

No fue hace mucho que algunos presidentes consideraban innecesario tomar medidas contra la pandemia de la COVID-19 debido a que, para ellos, tomando en cuenta ciertos porcentajes de mortalidad, lo que tenían frente a sí no era más que un tipo de gripe común. Desconfiamos, desde luego, que se tratara simplemente de una afirmación emitida tras la observación de un dato en una pantalla; más probable resulta la idea de que el temor a paralizar de golpe la economía haya estado detrás de estas afirmaciones, incluso de aquellas que rayaron lo insólito (¿el «hombre brasileño» como objeto de estudio?). Cuando la propagación de la enfermedad alcanzó niveles más que preocupantes la intervención se hizo necesaria no tanto, o no solo, por salvar las vidas de aquellos que ya estaban muriendo, sino también para evitar el colapso de los sistemas públicos de salud.

Las formas de esta intervención estatal fueron, desde luego, alivio para muchos, pero también preocupación para otros, a saber, Giorgio Agamben, Paul Preciado y más que, en general, desconfían de las medidas que están tomando los gobiernos ante la pandemia. En el centro de los argumentos de esta desconfianza y, por qué no decirlo, denuncia, está la idea de que las disposiciones estatales para frenar el avance del coronavirus en realidad instauran regímenes gubernamentales, o diseñan formas de organización social, que terminarían siendo ventajosos para un control mucho mayor del Estado sobre los cuerpos. Esta idea no es nueva: el cuerpo como centro neurálgico del poder, la vida biológica como objeto de las gestiones gubernamentales es algo que se conoce como biopolítica y que Michel Foucault sitúa como punto de partida allá por el siglo XVIII. Pero la novedad que traen la cuarentena, el confinamiento, el rastreo por la big data y los teléfonos móviles, el distanciamiento social, el teletrabajo, las relaciones sociales exclusivamente virtuales, etc., es que la crisis de la pandemia resulta ser un laboratorio perfecto para un tipo de control mucho mayor y más detallado de lo que hasta ahora hemos vivido: la habitualidad a la crisis permanente, a la falta de contacto directo, la naturalización de lo virtual como forma cotidiana de comunicación e interacción, la reclusión del individuo en su ámbito privado, la transformación del hogar en un centro laboral, etc., preparan y acondicionan, a juicio de los antes mencionados, una sociedad de seguridad con mayor capacidad de modulación sobre la vida humana.

Este tipo de análisis en lo absoluto podrían generar indiferencia. Ya el propio Foucault indicaba en su curso Seguridad, Territorio y Población (1977-1978) cómo una epidemia de viruela en Londres a finales del siglo XVII e inicios del siglo XVIII significó la aparición de, precisamente, los dispositivos de seguridad (análisis minucioso de las personas infectadas, cuadros estadísticos de las poblaciones afectadas, distinciones por rasgos biológicos, uso de la vacuna, previsión del contagio) frente a los dispositivos disciplinarios (cuarentena, regímenes de alimentación, organización estricta de la vida cotidiana y confinamiento), los cuales habían surgido durante la epidemia de la peste. Dispositivos de seguridad que sirven como paradigma y precedente de un control de la población que va más allá de las crisis sanitarias y que hoy estamos tan habituados a ellos que ni siquiera notamos su presencia –basta ver la incidencia de la estadística en casi la totalidad de nuestras vidas. Pero, por razones que expondremos en las siguientes líneas, la pandemia de la COVID-19 no contiene solamente advertencias sobre un futuro nada alentador (la soberanía digital que advierte Byung-Chul Han es, acaso, la más realista), sino también oportunidades de identificación y estrategias de cambio ante una crisis más grande y con mayor duración.

Los anhelos de un regreso a la normalidad exponen, hasta cierto punto, la resistencia ante lo que, bajo ciertas circunstancias, consideramos como absolutamente inofensivo. Pero la tragedia siempre estuvo entre nosotros: quizá ahora las probabilidades de contagio nos hagan pensar más que nunca en la salud y el riesgo a perderla, y en la capacidad de los hospitales que podrían atendernos, pero lo cierto es que estos ya se encontraban en la insuficiencia, que antes muchos fallecieron por deficiencias del sistema sanitario y que, visto desde este punto de vista, las acciones tomadas por Vizcarra también están conducidas a evitar el colapso de una estructura que, al igual que ciertas víctimas mortales de la COVID-19, ya presentaba patologías previas. Pero no pensemos ahora en buenos o en malos: recién con Vizcarra el presupuesto destinado al sector salud en el 2019 alcanzó el 15% del presupuesto público general (al menos desde el 2002).

Riesgo, peligro, casos, crisis, palabras hoy tan escuchadas que, en la insensibilidad que generan las noticias diarias, parece que, sí, ciertamente la excepción comienza a volverse la regla. Pero estos términos y su pertenencia al vocabulario mediático no son gratuitos: de hecho, en el curso mencionado, Foucault nos muestra cómo es que, en cuanto términos epistémicos, aparecen en el mismo contexto que los dispositivos de seguridad, es decir, constituyen la contrapartida perfecta para la eficiencia de estos. En la misma línea, Foucault afirma en el curso del año siguiente (1978-1979), El nacimiento de la biopolítica, que la libertad que tanto se defiende desde la modernidad y en la economía (nuevo criterio de verdad para la sociedad) no es tanto una condición natural, sino una producción, y que, en cuanto producida, tiene como cara opuesta a la seguridad. El Estado neoliberal hereda esta seguridad como como un conjunto de técnicas gubernamentales dirigidas a producir la aparente neutralidad del Estado en materias del mercado, así como las diversas medidas de austeridad (en salud, por ejemplo) que, en tiempos como estos, vemos sus terribles consecuencias.

Por tanto, los dispositivos de seguridad permiten que la crisis acontezca, porque en esta tolerancia está la fórmula para su afianzamiento y la justificación de su necesidad. Pero que la crisis suceda dentro de un contexto de seguridad y permisividad no significa en lo absoluto que la crisis se reduzca totalmente a estos dispositivos. Antes bien, la crisis entraña en sí misma un potencial ingobernable que los dispositivos de seguridad buscan controlar cada vez. Si la cuarentena puede ayudar a disminuir los índices contagio, ello no debería servir de excusa para trasladar la responsabilidad total de ello a la población, porque hacerlo significaría no mirar las condiciones que nuestro sistema de salud presentaba previamente para enfrentar la pandemia.

Es precisamente en este punto que Agamben y compañía exageran en su visión sobre los efectos de la enfermedad en la sociedad. Su esquema de la direccionalidad del biopoder parece sugerir que entre el Estado y los cuerpos no hay mediación alguna: de hecho, puede que en un campo de concentración o fenómenos análogos esto suceda así, pero aquí el asunto es más simple, y por ello más problemático. Por decirlo así, todo parece indicar que entre el Estado y la población se alza el régimen neoliberal de gubernamentalidad, la verdadera pandemia que, con la crisis de la COVID-19, empieza a mostrarse enteramente. No menos importante que visualizar los giros de la política en torno a un problema biológico es ver cómo este problema ilumina y pone en jaque estructuras previas de poder que agravan las dimensiones de la crisis. Y es tan poderosa esta presencia que no han faltado los apologistas de «la economía» (así, en abstracto) en los medios de comunicación procurando concentrar la atención en un sistema que intenta vendernos su inocencia.

Pero no seamos tan confiados. Si la crisis presenta oportunidades no significa que estas se explotarán inmediatamente. Zizek se equivoca al pensar que la crisis por sí misma generará la potencia emancipatoria, sobre todo porque sabemos muy bien que, como en su momento afirmaron Agamben y otros, el capitalismo es gestión de la crisis. Como recuerda Heinrich Koselleck, antiguamente la crisis era el momento de decisión irrevocable cuando la situación constreñía a elegir súbitamente. Pero este momento es un tiempo que se acaba, un tiempo que está próximo a esfumarse, como aquel que padece una enfermedad terminal. La pandemia de la COVID-19 nos coloca ciertamente en una situación crítica, pero nos sitúa, más allá de esto, en la elección de asumir que el tiempo que se acaba es el nuestro, y con lo cual aceptamos totalmente la responsabilidad de los riesgos sanitarios, o quizá de un sistema que, literalmente, ha abandonado a las vidas humanas, se trate de un país de primer o tercer mundo.

Así como Walter Benjamin invocaba a realizar el «verdadero estado de excepción», la COVID-19 vislumbra la posibilidad de explotar la verdadera crisis de los regímenes sobre el cuerpo, del abandono del Estado a la salud pública, antes que nuestro tiempo se acabe. Se presenta la posibilidad de convertir una crisis en el capitalismo a una crisis del capitalismo. Respecto a este punto, mucho se ha dicho o a escrito sobre el Estado y su naturaleza. Pero, en la urgencia de los contagios, ¿podríamos desistir de acudir a los hospitales o rechazar una prueba rápida solo por el temor a que el Estado controle nuestros cuerpos? ¿Es el Estado una figura de maldad absoluta? No es este el lugar para discutir aquello. De hecho, así como no tiene mucho sentido preguntarse por el sentido de la vida en un contexto donde lo que se pierde es la vida, quizá ahora sea el momento menos oportuno para evocar una filosofía de la historia y hablar sobre el futuro del Estado. Lo que nos queda, de todos modos, no es más que la apropiación de la crisis y, a partir de ello, hacer del Estado también un campo de batalla.