Hacia una psicología del confinamiento:Cuerpo, espacio e interioridad

Este aislamiento impuesto ha traído consigo una nueva forma de enfrentar el día a día, a pesar de que las cuarentenas con sus respectivas pestes no son cosa nueva, los tiempos son otros, el orden social es distinto. Podríamos atrevernos a decir que las tecnologías de la información con su respectiva cibersociedad son de los aspectos más contrastantes con otras épocas, con todas sus consecuencias socioeconómicas, morales y psicológicas. Además, históricamente el individuo tiene “más libertad”, pensemos en los antiguos patriotismos, los enlistamientos para los conflictos bélicos, las grandes ideologías y las rígidas costumbres. Es cierto que hemos abandonado los grandes relatos de occidente como apuntaba Lyotard (1987) (v.g. el socialismo, el fascismo, el cristianismo moderno) y que nos hemos quedado huérfanos en términos de sentido, pero reconozcamos, finalmente con un campo de acción más ancho, con una libertad de elección más generosa —elegir bien o mal ya es error o acierto de cada quién—, aunque algunos desconfíen de esa libertad.

Imaginémonos los campos de concentración de Auschwitz, de Dachau, de Treblinka, por mencionar algunos de la Alemania Nazi. Ese claustrofóbico encerramiento en el que judíos, eslavos, polacos y otros eran aniquilados con método en esas fábricas de muerte a la que llamaron eufemísticamente “solución final”. Los lugares donde dormían eran reducidos, cuartos precarios atestados de gente, los cuerpos apretados unos a otros. Vejados en su dignidad les quitaban a los internos sus zapatos para darles en su lugar otros calzados, viejos, rotos, con alambres en vez de pasadores, solo figúrense el congelamiento de los pies durante el tiempo de nieve. Los retretes eran huecos improvisados que por lo común no se limpiaban. A todo ello agreguémosle el hambre, a veces una sopa rala o un pedazo de pan que solían guardar para otro momento. Los nazis y los Judenrat (policía judía o capos) vigilando todo el tiempo, una panvigilancia que violentaba el pudor. No había una expresión externa de la intimidad, pues no había privacidad, eso que llamamos “espacio propio”, “espacio íntimo”. El lugar donde “estar solos” solo se podía buscar en la interioridad, en el adentramiento. Pues un digno espacio físico no había, un lugar en el que recrearse y en el que expresar el cuerpo, era nostalgia.

El judío-austriaco, fundador de la logoterapia, Viktor Frankl estuvo encerrado en estos campos de exterminio, donde formuló su obra Un Psicólogo en los Campos de Concentración [1946], que más tarde llamarían El Hombre en Busca de Sentido, donde en palabras de él se desató “una dura lucha por la existencia” (1991, p.13). En su obra, él denomina existencia desnuda a la soledad de su cuerpo despojado de sus posesiones y objetos personales, que sufre el duro arrebato de otros cuerpos a los que antes estaba vinculado. Hoy podríamos hablar de una existencia desnuda de otros cuerpos. Mi cuerpo, que ya no toca ni presencia otros cuerpos, con sus olores, sus sonidos, su cercanía, sus muestras de afecto. Esas ausencias que sufro. Pero también esas presencias a las que diariamente me enfrento. Estamos en la Noche Oscura del Cuerpo (1955), como titularía su poemario uno de los precursores del arte conceptual, Jorge Eduardo Eielson, vale recordar su pluma:

CUERPO EN EXILIO

Tropezando con mis brazos

Mi nariz y mis orejas      sigo adelante

Caminando con el páncreas   y a veces

Hasta con los pies. Me sale luz de las solapas

Me duele la bragueta y el mundo entero

Es una esfera de plomo que me aplasta el corazón

No tengo patria ni corbata

Vivo de espaldas a los astros

Las personas y las cosas me dan miedo

Tan sólo escucho el sonido

De un saxofón hundido entre mis huesos

Los tambores silenciosos de mi sexo

Y mi cabeza. Siempre rodeado de espuma

Siempre luchando

Con mis intestinos    mi tristeza

Mi pantalón y mi camisa

Jorge Eduardo Eielson (1955).

En el poema hay una clara enajenación del cuerpo. El yo lírico padece la realidad, por eso “vive de espaldas a los astros”, mutilado del cosmos, de ese paraíso terrenal del que participamos como seres vivos, como naturaleza encarnada. Sin embargo, la voz poética lucha, gracias al “saxofón hundido entre mis [los] huesos”, el arte que sobrevive al espacio, la distancia, el tiempo y que nace de “los tambores silenciosos de mi sexo”, dice el poeta. La literata peruana Lizbeth Talledo (2009), nos da más luces sobre esta composición. Nos dice que en ella se plantea el problema de un ser dislocado en su dualidad, aplastado por el mundo, exiliado en su propio cuerpo. Menciona:

“A primera vista las partes del cuerpo se han desnaturalizado y confundido su función pero […] con mayor detenimiento, deducimos que el objetivo está en afirmar que la fuerza motor que mueve al ser y lo conduce proviene de su interior, de sus vísceras.”

Lizbeth Talledo (2009, p. 111).

 Nuestros cuerpos están en exilio, desterrados del escenario social y por lo tanto, afectivo. Nuestras tramas pausadas, también la vida pública. Hoy, esta se reduce al campo virtual y a unas controladas horas en las calles para un par de compras necesarias (sin tomar en cuenta a los imprudentes que salen por otros motivos, algunos quizá sin motivos).

Es común que en el campo de la psicología el papel del cuerpo quede relegado solamente a su rol fisiológico, químico y hormonal o a las tan de moda neurociencias. Esto no es así, el cuerpo trasciende lo biológico en la vida psicológica de las personas, ya lo había dejado claro el psicoterapeuta americano Alexander Lowen en el Lenguaje del Cuerpo o el psicoanalista austriaco Wilhem Reich con la Teoría de la Coraza Muscular. El cuerpo y nuestra psique son un mismo organismo. Teóricamente los separamos con propósito científico o académico, pero son una unidad. Somos un cuerpo vivido, Leib. La ansiedad es sentida en nuestro cuerpo, acelerado, tembloroso, agitado, con rápida respiración, sudor excesivo, resequedad en la boca o quizás con cambios del ritmo cardíaco; igualmente la depresión se reconoce por la baja vitalidad física, dolores y fatiga inusitada, se revela en la postura, los mareos, en los cambios de apetito. Esto solo por citar el papel del cuerpo en los trastornos de salud mental más comunes. ¿Qué vivencias desatan en nosotros todos los síntomas mencionados? La respuesta que demos será la referente al cuerpo vivido. Ahora, preguntémonos, ¿qué consecuencias tiene el confinamiento sufrido por nuestros cuerpos en nuestra psique?

La cuarentena nos obliga a estar todo el tiempo en un espacio determinado. Algunos en espacios holgados, de abundantes cuartos, otros menos favorecidos en casas angostas y mezquinas, con apenas 1 o 2 habitaciones, más cercanos a las celdas de Auschwitz, sin sumarle a ello las carencias que complejizan aún más la situación. Este contraste hace que cada persona reaccione diferente a la situación. El escenario donde se va a desarrollar la vida psicológica es notablemente disímil. Unos tendrán la oportunidad de enfrentar este tiempo haciendo deporte, desarrollando una habilidad artística, incluso corriendo. Se irán a una habitación en la que puedan estar solos, consigo mismos un rato, sin escuchar las voces ni oler los humores de los demás. Tendrán un lugar para poner sus objetos y controlarán su propio orden. El home office será más cómodo, libre de ruidos molestos. La vida sexual íntima seguirá conservada en la privacidad personal

¿Y en la otra cara de la moneda? Un golpe al pudor, a la añoranza de soledad, de poder estar a solas y consigo mismo. Piensen en los hogares de una sola habitación donde padres negligentes tienen intimidad a riesgo de que sus hijos los vean. En la irritación causada por los ruidos de los niños por ejemplo en quienes desean concentrarse en el trabajo (si es que tienen uno). En la frustración al no poder llevar a cabo cómodamente el ejercicio del mindfulness, la meditación, el deporte o el desempeño de algún tipo de arte, todo comúnmente aconsejado por psicólogos y psiquiatras. Sumémosle la incertidumbre por el factor económico para solventar las necesidades primarias y la ansiedad desatada por el temor al contagio y el encierro ¿Qué pasa cuando las personas ya se cansaron de mirarse las caras? Sobre ello recordemos el ensayo del polígrafo Marco Aurelio Denegri (2015) llamado: ¿Cuántas horas diarias es soportable el ser humano? En él concluye que somos soportables 4 horas en promedio. Un desafío a la inteligencia emocional, a la tolerancia y la paciencia. Nuestra subjetividad necesita un respiro de las subjetividades que nos rodean. Parecemos estar en una encrucijada.

Por las redes sociales, andaban circulando publicaciones y avisos de psicólogos que ofrecían soporte emocional y consejería a las personas que atraviesen por crisis. Aquí hay por lo menos tres problemas. El primero es que no todos tienen acceso a una cámara web o a un teléfono, el segundo reside en que un profesional puede tener la mejor intención, pero ¿ayudará de la mejor manera?, sin mencionar la iatrogenia. Y por último, ¿los que tienen acceso a la cámara web o teléfono tendrán la privacidad necesaria para la consulta? Solo piensen en una consulta relacionada a violencia familiar, a alguna vivencia confidencial o el simple pudor, si es que el pudor es simple. Todos estos son problemas que necesitan ser apuntados.  

¿Qué salida hay a todo esto? Traigamos nuevamente el testimonio de Viktor Frankl en Auschwitz:

“A pesar del primitivismo físico y mental imperantes a la fuerza, en la vida del campo de concentración aún era posible desarrollar una profunda vida espiritual. No cabe duda que las personas sensibles acostumbradas a una vida intelectual rica sufrieron muchísimo (su constitución era a menudo endeble), pero el daño causado a su ser íntimo fue menor: eran capaces de aislarse del terrible entorno retrotrayéndose a una vida de riqueza interior y libertad espiritual”.

Viktor Frankl (1991, p.44).

Aparentemente, ante las limitaciones espaciales y vitales impuestas a nuestro cuerpo hay una salida, la vida interior, la intraversión. Que no necesariamente es una evacuación o huida a la mente (esto podría ser contraproducente por los pensamientos rumiantes cargados de miedo y pánico frente a la pandemia, o para los cuadros esquizoides) sino más bien, los recuerdos, las anécdotas e historias compartidas y narradas en familia. Los diálogos sobre temas cruciales del vivir, conocerse más. Por otro parte, nos queda el sentido del humor, quizá satirizar la propia circunstancia, decía VF que “el humor es otra de las armas con las que el alma lucha por su supervivencia” (1991, p. 51), reírnos de la mezquindad de la vida y de nosotros mismos no nos viene mal. Gracias a la libertad interior que no se pierde aún en las peores circunstancias es que V.F. pudo sobrevivir a Auschwitz, narra:

“Los que estuvimos en campos de concentración recordamos a los hombres que iban de barracón en barracón consolando a los demás, dándoles el último trozo de pan que les quedaba. Puede que fueran pocos en número, pero ofrecían pruebas suficientes de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas —la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias— para decidir su propio camino (…) Es esta libertad espiritual, que no se nos puede arrebatar, lo que hace que la vida tenga sentido y propósito”

Viktor Frankl (1991, p.71-72).

Las personas son responsables de la actitud que tendrán ante la adversidad, si caerán en la desesperación o si buscarán salidas. Esto nos da un horizonte de esperanza. Frankl en su obra Psicoanálisis y Existencialismo (1963) explica que el ser humano desarrolla tres tipos de valores: valores de creación, ligados al ingenio para hacer y crear; en esta cuarentena pensemos en la creatividad de los padres para jugar con los niños, de ese juguete llamado imaginación como decía Charles Chaplin en Luces de la Ciudad (1931), de la habilidad para crear e improvisar historias y chistes, en resumen, en esa potencia que tiene todo ser humano para usar su fantasía e inteligencia. Además, están los valores de experiencia, estos se dan al valorar, al sentir, al vivenciar las experiencias que se suscitan en cada segundo de nuestra vida, una buena charla, una comida compartida, la vista de un bello atardecer, de una luminosa tarde, el aprecio de una luna llena, lo satisfactorio de disfrutar de alguna habilidad de un integrante de mi familia, compartir nuestros anhelos, proyectos, miedos; en conclusión, toda experiencia rescatable, en la que encontremos algo bueno, algo bello, de valor. Y por último, tenemos los valores de actitud, estos más trascendentes que los anteriores porque en ellos se intenta otorgarle un sentido a la adversidad (al sufrimiento diría Frankl), nos permiten darte un propósito a la desventura y los infortunios. En este caso la salud, la vida. Hoy toleramos el encierro para mañana gozar de la vida.

El ser humano, lejos de ser un organismo determinado por reflejos condicionados o preso de sus tendencias oscuras e inconscientes, es un ser capaz de responder con coraje aún en las peores situaciones. Recordemos cómo inicia uno de los cuentos de La Palabra del Mundo de nuestro genial Julio Ramón Ribeyro titulado Al Pie del Acantilado:

“Nosotros somos como la higuerilla, como esa planta salvaje que brota y se multiplica en los lugares más amargos y escarpados. Véanla cómo crece en el arenal, sobre el canto rodado, en las acequias sin riego, en el desmonte, alrededor de los muladares. Ella no pide favores a nadie, pide tan solo un pedazo de espacio para sobrevivir. No le dan tregua el sol ni la sal de los vientos del mar, la pisan los hombres y los tractores, pero la higuerilla sigue creciendo, propagándose, alimentándose de piedras y de basura. Por eso digo que somos como la higuerilla, nosotros, la gente del pueblo. Allí donde el hombre de la costa encuentra una higuerilla, allí hace su casa porque sabe que allí podrá también él vivir”

Julio Ramón Ribeyro (1980, p. 127).

Esta cuarentena nos permite descubrir la potencial higuerilla de nuestras almas, a pesar de la ruindad del mundo. En nosotros está el poder de elegir la actitud ante esto que nos llevará a vivir un sórdido Auschwitz mental o el fuego incesante de una higuerilla.

Bibliografía

Chaplin, C. (productor). Chaplin, C. (director).  (1931). Luces de la ciudad [cinta cinematográfica]. Estados Unidos: United Artists.

Denegri, M.A. (2015). Miscelánea Humanística. Lima: Fondo Editorial de la Universidad Inca Garcilaso de la Vega.

Eielson, J.E. (1955). Noche oscura del cuerpo. Madrid: Visor Libros.

Frankl, V. (1963). Psicoanálisis y existencialismo. México D.F.: Fondo de Cultura Económica.

Frankl, V. (1991). El hombre en busca de sentido. Barcelona: Editorial Herder.

Lyotard, J-F. (1987). La condición postmoderna. Madrid: Ediciones Cátedra.

Ribeyro, J.R. (1980). La palabra del mudo. Lima: Editorial Milla Batres.

Talledo, L. (2009). Manifestación de la crisis de sentido en el hombre moderno en Noche oscura del cuerpo de Jorge Eduardo Eielson. [Tesis de Licenciatura]. Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Lima.