El coronavirus somos todos

Este artículo fue publicado originalmente en la revista Zadig España el 06 de abril de 2020 y puede ser visitado aquí.

No se puede hacer historia del presente. No se puede pensar claramente en el ojo del huracán. Demasiado pronto para sacar conclusiones y demasiado tiempo y cadenas de WhatsApp para especular. En medio de la invasión transmedia más vale usar la palabra a secas entonces para opinar discretamente, cual viejo Lord inglés, aunque lo que se quiera es gritar y correr sin miedo y desnudo hacia la playa.

Quien escribe no es un médico en el frente de batalla ni se encuentra en ninguno de los puestos claves para gestionar esta crisis. Es una persona más, confinada en su piso en España, como tantos estos días, que ha decidido escribir para intentar entender, compartir o encontrar consuelo. Mi fuente para hacerlo son los datos a los que todo el mundo tiene acceso, algunas conversaciones con los más cercanos y un poco de intuición. Seguramente hay omisiones y equivocaciones, pero a quienes no estamos obligados a salir con temor, barbijo y guantes todo los días a desinfectar las calles, conducir el metro, atender un supermercado o cuidar un anciano, escribir es la acción que nos queda. Valgan pues estas líneas para pensar sin aterrorizarnos ni engañarnos.

El confinamiento

Macrón dijo hace algunos días “esto es la guerra”, más bien es como la guerra, afecta a nivel micro y a nivel macro: el Estado (aunque tarde) dirige nuestro cotidiano y las estadísticas tienden a causarnos menos indiferencia. Así los principales problemas que nos afectan a ciudadanos de clase media son dos: primero, el confinamiento. Segundo, de qué se trata todo esto.

Europeos, clase media, cinismo e ironía para atajar el miedo, batallón de contenidos virtuales para que nadie quede a solas con sus pensamientos y en los supermercados no hay desabastecimiento de fideos, papas o harina, sino de chocolates.

Una variación del experimento mental de Putnam de cerebros en una cubeta propone qué pasaría si una persona se encontrase encerrada en un cuarto viendo varios monitores a la vez que le transmiten lo que está pasando afuera, la persona tomaría esto como lo real, aunque lo que estuviese sucediendo afuera fuese diametralmente diferente. En las últimas semanas para muchos países este experimento ficticio se ha vuelto su realidad cotidiana de un modo escalofriante. Si ya estábamos sujetos a las redes sociales y a los noticieros ahora es todo lo que hay. Por momentos la cantidad de información que recibimos por nuestros celulares, redes sociales y televisores se vuelve indigerible. Debemos seleccionar y aun así la sensación es la de encontrarse atados de pies y manos, pendientes de los comunicados oficiales porque, paradójicamente, para la mayoría de nosotros, la mejor acción posible en estos momentos es la inacción: escuchar, esperar.

Un amigo me preguntó hace unos días qué libros se habían escrito en épocas de guerra que no tuviesen que ver directamente con lo que estaba pasando, se me ocurrió La muerte de Virgilio de Hermann Broch quien escribió su obra en el transcurso de la Segunda Guerra, mientras era perseguido por el nazismo. Y seguramente podrían citarse otros casos, pero mi amigo tenía razón en su punto, la habitación con televisores en la que permanecemos nos aturde, pero abstraerse es difícil porque quién sabe si esto mañana pasará y seguiremos siendo los mismos o estamos frente a un cambio que modificará nuestro modo de habitar el mundo.

¿Es posible abstraerse de las muertes que son numeritos en los sócalos de pantalla pero son muertes de carne y hueso? ¿Es posible abstraerse de la posibilidad de nuestra propia muerte? En épocas normales lo hacemos la mayor parte del tiempo, somos especialistas en eso. Sin embargo, esa habilidad parece haberse quebrantado en unas pocas semanas, tenemos ansiedad, angustia, ataques de pánico, las farmacias se vacían de Rivotril y toda suerte de píldoras para dormir. Y es que esta vez la muerte no está allá en África o en la India, ni siquiera está en China ya. La muerte está en el pequeño mundito occidental de los que se consideraban intocables —Italia, España, Francia, Alemania, Inglaterra, Estados Unidos— y estamos mal equipados para sobrellevar su posibilidad.

La peste blanca

Permítaseme una nota personal: provengo de Latinoamérica, cuando llegué a Europa pensé que iba a escribir sobre multiculturalismo y grafitis curiosos, sin embargo, aquí me hallo considerando que en el mejor de los casos todo esto se trata de una sopa de murciélago desafortunada. En el peor, la Tercera Guerra Mundial con nuevas armas sobre la que tanto se ha profetizado, en este segundo caso sin que quede claro quién es aliado y quién enemigo. Sin embargo, por más teorías conspirativas que se generen lo más probable es que nadie esté en condiciones de decir de qué se trata todo esto.

Lo cual nos lleva a una la tercera opción: no se trata de una conspiración del capitalismo ni de un bicho asesino, simplemente esta vez describir el fenómeno se nos escapa de las manos como se nos escapan los estornudos. Tal como dijo un militar desconcertado por Televisión Española, no sabemos muy bien quién es el enemigo, lo más parecido a una invasión extraterrestre. De hecho, ni siquiera es acertado hablar de enemigo. Nuestro deseo occidental sigue siendo el de controlar, el de tener la certeza de la respuesta: o es una conspiración estadounidense o china o el virus no es tan grave como dicen los medios y el Estado, a falta de terrorismo, quiere generar nuevas estrategias de control. Probablemente nunca sepamos la verdad y claro que puede haber un aprovechamiento político de las circunstancias. Pero pensémoslo, quién se beneficiaría económicamente con esta situación: ¿el FMI?, ¿Trump?, ¿las corporaciones farmacéuticas?

Como el gato de Schrödinger cualquiera de estas hipótesis pueden ser y no ser. Nada más que en vez de un gato en la caja hay un virus, unos “bichitos malditos” como dicen algunos. Quizás sea tiempo de encontrar mejores preguntas antes que recurrir a las viejas respuestas.

Algunos, como el filósofo esloveno Slavoj Zizek, consideran que esta pandemia no pasará tan fácilmente y que le sucederán otras, porque al fin de cuentas somos una especie más en la tierra, y lo mejor que podemos hacer es replantearnos nuestros sistemas económicos y políticos. Los estados de bienestar ideados luego de la Segunda Guerra Mundial hace rato cedieron su lugar a economías neoliberales, el mejor ejemplo es Estados Unidos (una superpotencia sin un sistema de salud pública), el bienestar social quedó atrás como prioridad y el miedo a que caiga la bolsa en Wall Street ha postergado cuarentenas y demás medidas preventivas que tomadas a tiempo probablemente hubiesen salvado muchas vidas. Paradójicamente, en esta situación, los países acusados de mayor autoritarismo son los primeros en tomar medidas y limitar el contagio y son los que ahora nos están ayudando —Rusia, Cuba, China—.

Si hay una mutación vírica es porque algo se ha desestabilizado entre el individuo y el ambiente, es decir el calentamiento global también entra en juego en este asunto. A esto sumémosle el constante desplazamiento de personas a nivel global. No somos tan brillantes para prever todas las consecuencias de nuestras acciones, pero lo que está sucediendo no era en absoluto impredecible. En un informe de Preparación Mundial de Emergencias Sanitaria presentado en Septiembre de 2019 ante la ONU, se advirtió de la posibilidad de una pandemia y se instó a que los países más ricos invirtiesen más dinero en medidas preventivas.

Algunos creyentes considerarán que estamos recibiendo el justo castigo divino, los ecologistas dirán que es el justo castigo de la naturaleza eliminándonos para recuperar su equilibrio. Pero si bien es cierto que en buena parte esto es consecuencia de varias décadas de un uso inadecuado de los recursos sumado a falta de inversión en políticas sanitarias y ecologistas, difícilmente podamos considerar que haya un genio maligno detrás de todo esto; nadie nos estás atacando. Esto no es la guerra. No tenemos que destruir al enemigo y recuperar el control, más bien empezar por aceptar que estamos ante una situación que escapa a nuestro control y de la que, mal que nos pese, somos en gran parte responsables.

El punto de fuga

Baja la polución, hay un delfín en Venecia y jabalíes en Barcelona mientras las curvas de infectados aun siguen en ascenso, las fronteras de varios países se cierran y se para la industria. ¿Quiénes seremos luego de esto?

Hay algo del orden de lo incontrolable, algo que excede al capitalismo, la interconectividad y la biopolítica y que, no obstante, sólo ha podido darse a condición de todo ello. Un desborde, un punto de fuga, una crisis no calculada, son tiempos para la imaginación, qué significado le vamos a dar, en qué lo vamos a convertir.

Se espera que seamos los mismos que antes luego de que la tormenta pase, que se reactiven los mercados y que cada uno vuelva a su rutina de oficina y de gimnasio ¿Es eso lo que queremos?, ¿son las actuales organizaciones políticas y económicas las que vamos a seguir apoyando?, ¿realmente esperamos que se reactiven los mercados?, ¿cómo vamos a congeniar lo individual y lo colectivo?

Hay una inolvidable escena en la película V de Vendetta con toda la gente saliendo a la calle con sus máscaras de Guy Fawkes, el personaje de dicha película. Los barbijos me evocan aquellas máscaras en las cuales las identidades individuales se diluyen volviéndose un solo rostro empeñado en señalarnos algo: el coronavirus somos todos.

Esta vez no hay un enemigo fascista allá afuera. Esta vez no vamos a salir a las calles, nos toca atrincherarnos, nos toca anteponer las responsabilidades colectivas a los derechos individuales. Y con un poco de suerte el día que arrojemos el último barbijo al cubo de la basura habremos recuperado la capacidad de la utopía.

Entradas recomendadas

1 Comentario

  1. Excelente reflexión! Felicitaciones a la autora!


Añadir un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.