En defensa de los sujetos: Disertación sobre la responsabilidad estatal (o del amaneramiento cívico)

Agradecimientos a Edgar y Anderson.

 «Es una mentira que los mártires
sufran algo por la verdad de una
cosa, que yo negaría que mártir
alguno haya tenido nunca
nada que ver con la verdad».
Friedrich Nietzsche. El Anticristo.

En el discurso cotidiano de hoy se aprecia comúnmente que algunos llamen a otros “irresponsables”, “estúpidos”, “idiotas” o “egoístas” por no contribuir al bien común en esta particular situación pandémica. A pesar de la concordia y aceptación de algunos por estos juicios y de la correspondencia nominal entre el comportamiento y los calificativos, vale decir que el Estado es tributario de esta cuota de irresponsabilidad, estupidez, idiotez y egoísmo en las personas así calificadas. ¿Por qué? ¿Cómo? Ahora lo veremos, pero primero analicemos brevemente algunas cuestiones sobre los sujetos.

Cuando el sujeto aparece en el mundo o dicho dramáticamente: cuando nace, aparece en un lugar, con formas de vivir que lo anteceden, en una determinada época y rodeado de individuos a los que no escogió. El recién nacido padece su realidad. La realidad se le impone como destino. Él aparece y la realidad se le aparece. Su vida se sortea por la síntesis del ejercicio de su libertad y la respuesta del mundo. De esta fricción nace la vida. El segundo nacimiento. El que casi se elige, porque finalmente la libertad absoluta no es posible, ni tampoco el padecimiento absoluto de la realidad. En diferentes tonalidades el individuo tendrá más o menos dominio de su ir por el mundo, de su tránsito por La Tierra. Revisemos discretamente lo que decía el canónico José Ortega y Gasset en sus Meditaciones del Quijote:

 “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo. Benefac loco illi quo natus es, leemos en la Biblia. Y en la escuela platónica se nos da como empresa de toda cultura, ésta: «salvar las apariencias», los fenómenos. Es decir, buscar el sentido de lo que nos rodea” (1966, p.322).

Yo soy yo y mi mundo, lo que me rodea, lo que se me impone como realidad, que no está en mi completo control. Es, mi circunstancia, constitutiva de mí. El yo puro, el yo sin circunstancia, sin mundo, es pura abstracción, pura locura. El individuo es persona en la medida que reconoce su medio y se involucra en él. No obstante, todo el peso de la realidad no debe caer sobre las personas. Dado que existe la entidad estatal, conformada a su vez de individuos, lo que le da carácter de gobierno, es decir: fuerza. De ese modo, el gobierno peruano por ejemplo, es en gran parte aquella fuerza responsable de las circunstancias de la nación a través de la administración de las instituciones públicas y de la inspección de las instituciones privadas mediante la Contraloría General de la República. Siguiendo la cita orteguiana y prescindiendo por un momento de la medida de libertad que le corresponde a la persona, está en el poder estatal gran parte del compromiso por el bien común. Todos esperamos óptima educación, dignos servicios de salud, la satisfacción de nuestras necesidades básicas: alimento, vivienda, agua [¿internet?], enriquecimiento cultural, oportunidades de trabajo y otros menesteres de primer orden.

Volviendo a lo inicial, en estos días algunas personas valoran como egoísmo, estupidez e irresponsabilidad la acción de otros (quizá no siempre se equivoquen), pero nos preguntamos con ahínco ¿Y la responsabilidad estatal? ¿Solo les cabe proceder desde su poder por luchar a su manera por la salud? ¿No son esas personas llamadas “estúpidas” o “irresponsables” en cierta medida el resultado del mal manejo de las instituciones públicas? ¿De la mala inspección de las instituciones privadas? El chivo expiatorio de hoy es ese sujeto al que llamamos “estúpido”, “egoísta”. Sin duda, si se quiere, se les puede nominar así, bajo nuestro panóptico digital, bajo nuestro “smart” phone. No obstante, “yo soy yo y mis circunstancias”. La crítica común llega hasta el “yo soy yo”. Pero es importante que agreguemos “y mis circunstancias”, y un gran responsable [o culpable] de estas circunstancias es el Estado.

Ya respondimos al por qué, ahora se expondrá austeramente el cómo. La pandemia ha rasgado la matrix y ha dejado al descubierto la realidad. Nos ha enfrentado a quiénes somos verdaderamente. Algunos dirán: “pero ya sabíamos que las cosas en el Perú estaban de cabeza”. Claro, pero ahora se padecen más violentamente. Los contrastes son más notorios. Estamos sufriendo la realidad latente y encubierta. Es el gobierno peruano el que permitió la estupidización sistemática de las masas, el que burocratizó el sistema de salud, el que dio migajas educativas y convenidas a los estudiantes, el que violó los derechos del trabajador con su constitución del 93. El gobierno peruano es el que consintió la manipulación de los medios para atiborrarnos de publicidad engañosa, de decirles a los niños qué comer, de decirles a los adultos qué comprar, de llenar de sexismo a las generaciones a través de sus diarios, programas de TV, películas. Circulaba por 9gag un post que decía: “It’s funny how the economy is about to collapse beacuse people are only buying what they need”. Porque eso es lo que nos han hecho. Nos han llenado de objetos inútiles, de comida que no alimenta, de niños malnutridos. Han empobrecido los niveles culturales al priorizar el lucro y los intereses egoístas. Entonces, ¿hay individuos irresponsables en esta cuarentena? Sí. Pero estos imprudentes son herederos de los vicios del Estado, de la comodidad del gobierno, del provecho de unos cuantos titiriteros y agregaría: ventrílocuos, porque los que hablan en las redes sociales, en los barrios, en los medios, no son las personas sino estos troleros fuleros que buscan su tajada al precio de nuestras circunstancias. Creemos que es nuestro discurso, pero no es así. Es un discurso, pero no nuestro. ¿Cuál es el relato detrás de estos discursos?

Con lo expuesto, no se quiere hacer apología a la mera crítica, a la crítica que destruye pero que no construye. Sino más bien sacudirnos para salir de nuestro aletargamiento y mirar con lucidez la realidad. Ya dijimos que el Estado tiene gran partido en nuestras circunstancias y que el individuo está afectado por estas. Por lo cual, no debemos caer en extremos, esta no es una realidad binaria. Si todo queda en manos del Estado es comunismo a ultranza o república monárquica y si todo queda en manos del individuo es anarquía o hiperliberalismo. Somos más bien democracia, bajo las ideas de Proudhon (1985): “Régimen de Libertad. Gobierno de todos por cada uno.” (p. 34). Por ende, la condescendencia con los gobernantes es amaneramiento cívico. Reciente es el caso de la romantización y el melodramatismo de las redes sociales y la TV sobre estudiantes de inicial y primaria tomando las lecciones escolares en sus hogares a través de la televisión, radio, computadoras y laptops. El contraste se acaba de mencionar en la última línea. Clara fotografía de la desigualdad peruana. La pobreza más cerca que nunca, pero nosotros más ojituertos que nunca. Volvemos a ser el hombre-masa de Ortega (1985).

Recordando a Los Olvidados del cineasta Luis Buñuel (1950) cuando Pedro, el protagonista, se mete en problemas en la escuela correccional peleándose a trompadas con varios niños, el director manda a que lo retiren a otro ambiente para que se le pase la ira ya que se puso a golpear a las gallinas luego del pugilato. Al instante, el asistente del director pregunta: “¿Qué vamos a hacer con él? Es un caso difícil”, el director responde: “Por lo pronto dejarlo solo unas horas para que piense y procure que le den de comer bien, que con el estómago lleno todos somos mejores. Después ya veremos”. (Este pasaje cinematográfico seguramente producirá ecos de la pirámide maslowiana en los recuerdos de psicólogos y afines al tema). Preguntémonos, bajo el sistema político-legal de varios países occidentales ¿no es el Estado la principal fuente de la preservación y promoción de la dignidad? ¿De propiciar el escenario idóneo para comer, como El Olvidado Pedro? Vayamos más allá.

Los ciudadanos no podemos aplaudirle todo el tiempo al Estado. Tenemos que exigirle justicia, igualdad, dignidad. Nadie dice que tenemos que ser agresivos o críticamente destructivos, tampoco se pide insurrección desorganizada ni se alientan las faltas de respeto. Eso es lo último que se pretende aquí. Lo que se  busca es que se ejerza la acción inteligente desde la sociedad civil, que nos es legítima. La adulación o el culto a la personalidad de los mártires del gobierno no contribuyen en nada. Está bien alzar las voces para reconocer los aciertos pero, además, hay que señalar los desaciertos de la mejor manera y con más volumen. Un acierto no nos deja a un paso de la meta, es simplemente un peldaño, uno de tantos. Un éxito no desaparece la urgente miseria ni la escasez.

La condescendencia de las personas ante las medidas gubernamentales, el sí acrítico y excesivamente aquiescente, la adulación fanática a figuras públicas, el conformismo (o resignación) con el quehacer estatal, nos deja vulnerables. Es el campo de cultivo de donde se cosechan el abuso de autoridad, la histórica corrupción, la prófuga trasparencia, la ideológica indiferencia. Es la cuna de lobbies e incompetencia de políticos bajo la favorable intoxicación del circo mediático. Ya había resuelto Ortega (1985) en que, “una vida de [pura] disponibilidad es mayor negación de sí misma que la muerte”.

¿Y qué es peor que la muerte? El vacío, la nada. El vacío que deja la trágica disponibilidad, la santísima indulgencia del ciudadano, la melosa condescendencia de los mass-media, nos coloca a la intemperie, inermes ante el poder estatal, rompe ontológicamente la dignidad de las personas, más aún, de Los Olvidados. Por eso, es urgente re-significar la realidad, exigir (sin olvidar nuestros deberes), salvar las circunstancias desde nuestra libertad y responsabilidad, señalar la injusticia, los contrastes sociales, la miseria y la marginación. Solo así es posible ser ciudadanos íntegros y no meros zombies esparciendo en plena cuarentena el virus de la desigualdad social.


Bibliografía:

Dancigers, O., Kogan, S. & Menasce, J. (productores). Buñuel, L. (director).       (1950). Los Olvidados [cinta cinematográfica]. México: Ultramar Films.

Nietzsche, F. (2013). El Anticristo. Lima: Ebisa Ediciones.

Ortega y Gasset, J. (1966). Obras Completas de José Ortega y Gasset. Tomo I             (1902-1916). Madrid: Revista de Occidente.

  (1985). La rebelión de las masas. México, D.F.: Editorial Artemisa.

Proudhon, P-J. (1985). El principio federativo. Madrid: Sarpe.

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