Si la pobreza fuera como el coronavirus

Este artículo fue originalmente publicado en Forum Nepantla el 29 de marzo de 2020. Si deseas visitar el artículo original, haz clic aquí.

En el diálogo platónico Gorgias, Sócrates preconizó lo que sucede ahora, a saber: la impotencia de los tiranos. En dicho diálogo, Sócrates defiende a ultranza la idea de que el poder del que gozan los tiranos es pura apariencia. Sus contrincantes, Polos y Calicles, cada uno a su modo, afirman que es im-posible que un tírano no sea poderoso, pues, según ellos, es el poder donde reside precisamente el hecho de que sean tiranos.

La impotencia del poder es justo lo que sale a la luz en esta hora aciaga: la impotencia de todos los gobiernos, democráticos, autoritarios, y del corte que sean, ante un virus, cuyo poder contagioso es capaz de desmantelar todas las instituciones, y más claramente, las instituciones médicas. El virus ha hecho visible lo que se quería mantener oculto, la incapacidad de otorgar el derecho a la vida y a la salud a todos, sin importar, edad, ni nacionalidad, ni estado, ni religión, etc. Esto no es una novedad: la novedad es que ahora resulta un problema para todos, cuando antes era el problema exclusivo de los marginados. Cuando el problema concierne a las instituciones mismas, entonces es un problema, si no, es un lastre desechable, marginable, invisible.

La pobreza, la migración, la violencia se pueden mover, son “males móviles”, y no “bienes inmuebles”. Son males que se pueden ocultar bajo los tapetes como cuando se limpia la casa con flojera y se deja el polvo debajo del sillón, detrás de la cama, entre las rejillas de las persianas. El polvo del pobre, el sonido de revolvers de los maras y los cárteles se puede invisiblizar, se puede, pues, vivir con y sin ello. Vivir con ello, pero de lejos, detrás de los muebles, como las arañas que se esconden en las esquinas de los techos empolvados. Vivir sin ello, como si no existiera porque no “me compete”, por que a mí no “me contagia”.

Imaginemos por un momento un mundo hipotético, donde estos “males móviles” se transformaran en “bienen inmuebles”, y fueran equivalentes al virus que ataca, implacable, a todo descuidado e incluso a todo precavido. Imaginémos que la pobreza se contagiara por los ojos, la migración por el tacto, ser víctima del narcotráfico por el oído. Entonces tendríamos que estar an-estesiados constantemente para no sufrir de estos virus. Entonces se harían visibles todos los pobres, y todos los migrantes, y todas las víctimas: serían un peligro. Solo en cuanto algo es un peligro para el poder, entonces se convierte en problema de carácter global. 

Si la pobreza fuera como el coronavirus, entonces valdría la pena hacerle la Guerra. Algunos gobiernos se decidirían por una “solución final” y erradicarían a todos los mendigos, otros, los pondrían en cuarentena, mientras que otros, verían en los pobres, paradójicamente, una mina de oro. Tal vez algún listillo se fijaría que ellos, los marginados, son síntomas de un virus más grave. Pero seguramente, como a Sócrates, le solicitarían que abandonara la caverna global y se tomara una buena dosis de cicuta. 

Si la migración fuera contagiosa, entonces no bastarían los refugios del mundo, ni los mares ni los caminos serían suficientes para portar a todos los peregrinos. Se rajarían las avenidas, se secaría el Mediterráneo entre tanta canoa; y las fronteras mismas se suicidarían. 

Si ser víctima de violencia del narcotráfico, de los maras, de los ejércitos invasores, fuera contagioso, se vaciarían los cuarteles y las bases militares se convertirían en hospitales. Tal vez uno que otro soldado o mercenario se suicidaría antes de dar el tiro de gracia a un niño, a una mujer, con tal de no contagiarse de ser víctima.

Parece que la lección del coronavirus, es que el poder es impotente ante el contagio. Cuando se descubren las fronteras de las “inmunidades”, el poder deviene impotente. Tal vez, remotamente, nunca estuvo a salvo.


* Hipótesis inspirada en la novela “Erewhon” (reverso de No-where) de Samuel Butler. En esta novela, el inventivo Butler, imagina un mundo ficticio, donde la enfermedad es castigada como un crimen.