El Coronavirus y una solidaridad naturalmente egoísta

Hace no mucho escuché en una película que el ser humano es una especie muy rara que constantemente piensa que algo no va a pasar hasta que ya pasó. Los judíos no tomaban en serio lo que pronto sería un holocausto y cuando apenas pudieron darse cuenta, ya eran dirigidos hacia los campos de concentración, por ejemplo. En nuestro país muy pocos prestaban atención a las voces disidentes que darían inicio al terrorismo; en la capital se creía que el problema era de la sierra, de las provincias, de los “otros” peruanos poco civilizados, hasta que a las 09:15 p.m. del 16 de julio de 1992 sucedió. El ruido de la explosión de una bomba en la calle Tarata no solo estremecía las calles, sino también las conciencias de los limeños.

Del mismo modo se me viene a la mente el artículo denominado “Coronavirus es un golpe al capitalismo al estilo de ‘Kill Bill’ y podría conducir a la reivindicación del comunismo” escrito por Slavoj Žižek, en el cual recuerda que Fredric Jameson consideró que las películas de “ficción” sobre catástrofes mostraban un gran potencial solidario del ser humano en dichos contextos; y es que al igual que en los casos nombrados en el párrafo anterior, cuando un suceso intensamente desagradable ataca a todos por igual, sin distinguir razas, sexo, clase social o cualquier otro escaparate que sirve para distinguir a unos de otros, parece que las diferencias desaparecen y todos somos iguales, igualmente desdichados, y no queda otro camino que la cooperación social.

¿Existe algo más igualitario que una pandemia? Creería que no. Y es que a pesar de que las consecuencias del problema —económicas, sobre todo— son sufridas con mayor intensidad por los menos favorecidos, el impacto de la COVID-19 es percibido por absolutamente todos. La capacidad de apuntar en conjunto hacia un solo objetivo parece más viable, la solidaridad entre todos y la constante reflexión que surge al interior de los hogares en cuarentena aparece de manera si no espontánea, por lo menos necesaria.

Sin embargo, este suceso también muestra algo nada nuevo: la naturaleza humana. En este aspecto dejemos que Hobbes nos ayude a explicar lo que creemos. En la obra del filósofo inglés comúnmente conocida como “Leviatán” se teoriza acerca del modo natural del ser humano, precisando, grosso modo, que es un ser egoísta que requiere de la presencia de un gran ente (Leviatán) que pueda evitar el constante conflicto entre todos. Este gran Leviatán, que ahora mismo puede ser comparado con el Estado, requiere, según Hobbes, de un inmenso poder capaz de brindar la seguridad que los súbditos necesitan.

Pues bien, en estas condiciones, en las que el pánico colectivo es realmente palpable, la población legitima la intensa actuación del Leviatán (Estado), comprendiendo que la restricción de libertades es absolutamente válida bajo los estados de emergencia y toques de queda, es más, cada medida que reduce aún más la libertad parece considerarse más acertada; incluso, aunque de modo incorrecto bajo mi forma de ver, se han defendido con fervor algunas cachetadas efectuadas por un efectivo militar contra un “desobediente”.

No es mi intención reflexionar sobre la legitimidad de estos estados de emergencia como sí lo ha hecho, por ejemplo, Giorgio Agamben en algunos artículos; sino que requiero volver las miradas hacia la naturaleza humana: el egoísmo. Parece evidente que el pánico al que hice alusión no tiene mucho que ver con que las demás personas se puedan ver afectadas, todo lo contrario, el miedo tiene su origen en que uno mismo o los seres queridos puedan ser perjudicados por el virus.

En ese sentido, parece ser que la solidaridad mencionada líneas arriba no es tan solidaria como puede pensarse; es decir, las muestras de trabajo conjunto y legitimación al Estado tienen génesis en el propio egoísmo. Un individuo al ver que por sí mismo no puede solucionar un problema, necesita agruparse, y si el grupo no puede, necesita coacción, la cual es llevada a cabo por el Leviatán.

Basta con hacer un ejercicio mental sobre un caso ficticio —o quizá no tanto—. Un grupo de individuos descubren que son inmunes a la COVID-19, y además sus familiares se encuentran en las mismas condiciones, ¿será adecuado para ellos que se les restrinjan sus derechos en el estado de emergencia? ¿Continuarán sintiendo la necesidad de ser “solidarios” con los demás? ¿Permanecerán firmes en el objetivo común? La respuesta a estas preguntas podría reafirmar las palabras de Hobbes, ya que, a fin de cuentas, como sucedió con muchos sectores citadinos a los que –aún– no les afectaba el terrorismo , la preocupación solo llegó cuando sintieron el miedo que todos los demás soportaban, el objetivo común apareció cuando se vieron como parte del problema, la solidaridad para con los demás solo fue provocada por su egoísmo. Quizá esta pandemia nos muestre que nuestra solidaridad es tan egoísta como nosotros.