Cuerpos de angustia ante el vacío, un día a la vez

Estamos esperando a Godot ¿Qué es Godot?, ¿la vacuna salvadora?, ¿la reducción de la curva?, ¿la normalidad? Quizás solo sea un abrazo.

Muchos filósofos hacen sus apuestas sobre el futuro: ¿qué pasará con el capitalismo?, ¿cómo esto reestructurará el panorama político mundial?, ¿cómo se recuperará la economía de países con altas tasas de informalidad y desempleo?

Es un dicho popular aquel que dice que la filosofía suele llegar tarde, cual Búho de Minerva. La reflexión, en tanto pliegue (flexión-sobre sí), es un movimiento segundo sobre lo ya dado; siempre llega con cierto delay. Estamos ahora demasiado cerca, justo en el ojo de la tormenta, para plegarnos sobre lo dado y analizarlo objetivamente, y también para predecir, vaticinar, analizar qué sucederá luego o a lo largo de esta crisis[1]. Sin embargo, ¿la filosofía o la reflexión, precisan de análisis objetivos, datos, estadísticas? Esta pretensión es inútil, pues la naturaleza de aquello que se estudia debe guiar la metodología empleada para aproximarnos a ello. Quizás un análisis filosófico muy preciso se publique “a hora peruana”, en unos meses o años, cuando una nueva “normalidad” se haya instaurado. Pero en esta situación, la filosofía es necesaria para pensar aquí y ahora, sin distancia objetiva posible (permítase, con poca o nula neutralidad), pero sí con herramientas útiles, enraizadas en la vivencia encarnada del pensar y sus laberintos. Es momento preciso para aprender y enseñar a enfrentar la incertidumbre, comprender y aceptar el miedo, reconocer y cuestionar nuestros privilegios y apoyar a quienes necesitan de una mano, confrontar el aburrimiento, pensar nuevos escenarios posibles, e incluso (y no menos importante) resignificar nuestra existencia. Sí, más allá de la duración de la pandemia, son necesarias herramientas que perduren, como vitales que nos permitan afrontar saludablemente un futuro. Estas, quizás, pueden caer como paños fríos ante la fiebre del momento, pues nuestras manos hierven y calientan todo lo que tocan (e incluso aquello que dejan de tocar).

Es cierto que la filosofía no descubrirá la vacuna contra la COVID-19, pero quien tiene el hábito del cuestionamiento constante cuenta con un arma poderosísima contra las condiciones que este nos hace vivir: puede estar algo más cómodo (o quizás simplemente menos sorprendido o desarmado) ante la incertidumbre y el miedo. Poder “estar bien” nadando en un mar de preguntas sin ahogarse es, por un lado, es verdad, un privilegio (ponerte a pensar desde tu propia sala, mientras el mundo se cae a pedazos, poder conectarte a internet y charlar con amigos, poder planear qué comer más tarde, poder aburrirse, poder elegir qué nueva película ver hoy, poder, en todo caso, pensar en un mañana). Pero, por otro lado, es más que solo un privilegio: pensar en el mundo también es necesidad, un llamado que nace desde la propia pertenencia al mundo y compromiso con él. Esta es una buena oportunidad para retornar a este “ocio” del que nace la filosofía, tiempo libre que nos invita, incluso en el confinamiento, a ejercer nuestra libertad de pensar. Así, la interrogación permanente, pensamiento crítico y, sobre todo, considero, confrontamiento existencial son una tarea urgente de la que pocos hablan en esta época de sobreinformación e incertidumbre empaquetados.

En primer lugar, noto la transformación en nuestra relación con nuestra corporalidad. El talón de Aquiles de los castillos conceptuales edificados por la tradición filosófica de cuño intelectualista fue la desconexión con el cuerpo, un talón, un desliz. La zona de confort del filósofo ha sido, más bien, el campo del pensamiento, disfrutando de la levedad y precisión de las ideas como promesa de inmortalidad. Y es verdad, entre conceptos y argumentos, es más difícil “meter la pata”. El cuerpo se volvió el vehículo del pensamiento, un mecanismo, un maniquí, un objeto. Ya en el vanguardista siglo XX, por fin, el cuerpo empezó adquirir mayor protagonismo, y en las últimas décadas el cuerpo ha erigido su propio templo.

Al menos en la cultura occidental ocularcéntrica, el culto al cuerpo se ha reflejado en un voraz consumismo visual de carnes. El cuerpo como imagen ha adquirido tanta relevancia, que ha eclipsado todos los demás aspectos de un cuerpo vivo, que respira, se enferma, suda, huele, excreta. El culto a la imagen del cuerpo, pone, además, a sus pies a la ciencia, por lo que miles de científicos anhelan conseguir la mejor fórmula para reducir las medidas de nuestra cintura. Sabemos bien cómo se ve nuestro rostro en las mañanas, más aún cómo quisiéramos que se vea y, sin embargo, no tenemos idea del ritmo de nuestra respiración. Así, el cuerpo se erige como figura, como representación, contorno, que sonríe en nuestra petrificada foto del DNI. El cuerpo especular o el cuerpo visto desde afuera (que tiene, es verdad, un rol muy importante en la construcción del yo), es un concepto con masa que buscamos conservar sin arrugas. No obstante, el culto al cuerpo no es más que la otra cara del culto al concepto: ambos se vuelven objetos a representar para preservar[2].

Hasta que llegó la COVID-19 y transformó nuestra relación con la corporalidad de forma radical. La flecha del pensamiento que apuntaba hacia afuera, hacia el cielo de conceptos, vuelve, cual bumerán, por la culata. ¿Cómo pensar ahora nuestro cuerpo cuando es el cuerpo que siente que ha asumido su venganza? Pocas veces habíamos estado tan bombardeados de información sobre la posibilidad de nuestra propia muerte, y enfrentados, incluso de antemano, con su inminente carácter solitario. No obstante, más allá de la condición de mortalidad que siempre cargábamos encaletadamente en nuestro bolso, el cuerpo que grita es lo que principalmente nos confronta en esta cuarentena, el abrazo más próximo es el que podemos darnos a nosotros mismos. Estos días todos estamos excesivamente pendientes de nuestra respiración, de nuestro pecho, de nuestra temperatura, de nuestra presión, de nuestra condición de vulnerabilidad. Incluso, estamos más conscientes que nunca de aquellos cuerpos sutiles que no ocupamos (la distancia ante otros, la distancia entre los cuerpos), el aliento del otro, el timbre de su tos. El miedo y la tensión se in-corporan, es decir, se hacen cuerpo o somatizan. Nos hemos convertido todos en hipocondriacos (¿o ya lo éramos?).

El cuerpo como imagen deja de ser relevante y le cede su trono al cuerpo sentido. Ya no nos interesa demasiado cómo nos vemos, tenemos coartada: hay cosas más urgentes que vernos flacos o gordos, feos o bonitos, maquillados o desarreglados (en primer lugar, porque a nadie debería importarle), (y en segundo…) porque la mayor atención y cuidado debe darse bajo aquel cutis exfoliado: en la salud mental y la salud física, las dos que peligran en estas épocas. Aunque resulta fundamental mantener viva esta conciencia especular, salir a botar la basura en vestido de gala no nos salvará del contagio. Quizás en las redes perdura aún el imperio de la imagen especular, como resistencia visual para mostrar que aún existimos, que aún podemos ser vistos[3]. Anhelamos volver a intercambiar miradas frontales con otros donde no medie una pantalla, volver a reafirmar nuestra existencia especular: ver y ser vistos. Entonces, este elemento constitutivo se empapa de nostalgia y nos revela un profundo sentir nostálgico que está más cerca de lo que pensábamos.

Llama la atención la fuerza de la nostalgia y su enraizamiento corpóreo. Es verdad que somos generaciones claramente nostálgicas y no sabemos cómo esta crisis transformará nuestro concepto de nostalgia, memoria individual y memoria colectiva, qué historia será escrita luego de que las papas quemen. Sin embargo, en estos momentos de confinamiento se revelan nostalgias bastante singulares (lo más cercano podría ser la nostalgia de migrante): “muero por un pollo a la brasa”, añoramos los olores del perfume de la madre, estar sudoroso y apretujado pero libre en una combi en la Javier Prado, la textura de la piel del otro en los abrazos ¡tanto nos hacen falta! Ya no vivimos una nostalgia primordialmente visual, sino que se evidencia el carácter corpóreo y sinestético de la memoria y de los afectos. La televisión nos permite recorrer espacios lejanos, otros escenarios, otros rostros, pero siempre a la distancia. Tenemos profunda nostalgia desde aquellos otros sentidos (más “primitivos”) como el olfato, el tacto y el gusto, relegados a ser secundarios ante el imperio de la visión. La tele es un placebo perfecto para el ojo, pero no es suficiente e incluso ahora nos puede llevar al hartazgo. Nunca habíamos pensado que necesitaríamos tan urgentemente un tele-tacto, tele-olfato y tele-gusto para calmar nuestra angustia de contacto.

El segundo tema que me llamó profundamente la atención es el manejo del aburrimiento y el vacío existencial. Pocas veces tanta gente en simultáneo ha estado enfrentada a un aburrimiento tan profundo. Se ha forjado una especie de “solidaridad del aburrimiento” que permite entablar relaciones de manera express con aquellos vecinos que muchas veces denunciaste al Serenazgo. Y es que el tiempo libre indefinidamente extendido, quizás intercalado con algunas horas de trabajo virtual, parece ahora ser simplemente tiempo muerto: todo menos sinónimo de libertad. Precisamente, la paradoja de la libertad está a flor de piel: toda libertad requiere un “respecto a algo” (se es libre respecto de ciertos límites impuestos); pero la libertad en sí misma, “absoluta” puede ser terriblemente angustiante. Entonces se hace evidente esta condición paradójica de confinamiento: mientras que nos quejamos de los recortes de diversas libertades, somos absolutamente libres dentro de nuestras cuatro paredes, sobre todo en vistas a disponer nuestro tiempo como nos dé la gana. El recorte de la libertad de “afuera” angustia porque no tenemos claramente definidas las barreras de nuestra celda espacial y temporalmente, y se combina con la angustia de la ampliación de la libertad de “adentro”, por la que el tiempo libre se vuelve tormentoso y bajo este laten la amenaza, el miedo y el vacío.

Ahora bien, esto no quiere decir que debamos rompernos el coco en estos días de profundo estrés y “terminar la tesis” (o todos podemos ser como Zizek y publicar un libro en estas épocas de crisis (¡no todos los días llueve tanto material!)). La sobreproductividad exigida por los centros de trabajo y, peor aún, autoexigida por nuestra huella de culpa capitalista o moral cristiana, es la última estocada al cuerpo agujereado por la “sociedad del cansancio” que Byun Chul Han analizaba. El aburrimiento no es algo malo que debemos erradicar con una ola de productividad. Tampoco es algo que debemos idealizar como un privilegio de clase. Aunque publicar el suplicio del aburrimiento en las redes pueda parecer una pataleta de clase media, considero que en el corazón del aburrimiento hay un profundo hueco que no es exclusivo de una clase o posición socioeconómica. Es existencial. El aburrimiento hace evidente el latido de la nada, revela la falta de sentido ya inscrita en nuestro día a día, que tapamos con un dedo en la narrativa de la productividad constante, del emprendedor, de las mil y un actividades que debemos lograr para sentirnos realizados (estudiar para trabajar para producir para sobrevivir hasta que toque morir). Este tedio que se gestualiza en los rostros de los pasajeros de las combis en hora punta, (el mejor momento para pensar) agotados luego de una jornada de estudios o trabajo lo suficientemente larga. Claro que sí, como Marx bien sostenía, producimos nuestros medios de vida y esa es nuestra condición y naturaleza, pero esto justamente debe ser nuestra vía de autorrealización personal y no una vía de escape de nuestra falta de autoconocimiento y dirección existencial (esto es, propiamente, lo contrario: una forma normalizada de alienación). Sin embargo, aunque tanto nos hayamos quejado del trabajo, “no hay peor tedio que ponerse el terno para ir a trabajar” nos damos cuenta que es peor ponerse el terno para no ir a trabajar. O incluso, no ponerse el terno y trabajar más de ocho horas, “poniéndose la camiseta de la empresa”. Y todos los días parecen ser lo mismo, todo es constante repetición y en la repetición, todo sigue igual incluso cuando todo ha cambiado. Pretendemos juntos para darnos una cierta tranquilidad, pero el tedio y vacío se vuelve más evidente cuando tanto lunes como viernes tienen sabor a domingo.

Pero no todo está perdido. Retomando un eslogan bastante manoseado, podríamos decir “la productividad está en los detalles” y con ello no nos referimos a un alentador mensaje de fábrica. Atendamos por un momento a todo lo que hacemos para no “aburrirnos” existencialmente: aquella productividad más profunda, aquello que nos nace hacer, que de cierta manera nos hace y nos permite hacernos para darle cierto sentido a nuestro día. Si en esta situación se han resquebrajado los discursos que sostenían una narrativa con sentido de nuestra vida o, si se ha evidenciado que nuestra vida estaba en piloto automático, es porque quizás no hay un sentido en sí mismo. Quizás vivir no tiene un sentido intrínseco.

Yo sé que aquella es una afirmación dura, pero no tiene por qué ser triste. Como me dijo una vez Pedro, “no te voy a decir que la vida es bonita, pero lo que sí creo que es la vida es lucha”. Y yo estoy convencida de ello, hay una constante lucha (quizás subcutánea) por darle sentido a la propia vida, incluso (y sobre todo) en los detalles. Esta lucha creativa y expresiva, estas microproducciones de sentido, es propia de nuestra condición de seres humanos.  Como señalaba José Ortega y Gasset, somos centauros ontológicos que, como animales, estamos entregados a un ambiente y situación concreta de existencia, pero como humanos, podemos crear nuestros medios de vida y nuestro enfoque ante ella. La posibilidad de darle sentido a ciertas cosas, a reconocer el sentido que estas tienen para nosotros (lo que significa un proyecto, una obra de arte, pasar el tiempo con alguien, etc.) y resignificarlas, es, verdaderamente, invaluable.  

Ante la falta de sentido, surge la heroica creatividad humana, que, como señalábamos antes, puede darse en empresas tan pequeñas como aprender a cocinar arroz con pollo en un día gris, en hacer alguna manualidad que resulte útil para el hogar o en empezar un bonito proyecto de poesía. Aquellos detalles que muchos estamos descubriendo día a día son importantes semillitas de sentido que crecen, muchas veces, con ayuda del arte (¡qué sería de la cuarentena sin música, sin baile, sin esos destellos de belleza!). Las iniciativas que están surgiendo desde el campo artístico, subrayo, son particularmente valiosas: mientras que los médicos se merecen un aplauso de la gente por mantener los cuerpos vivos y respirando, los artistas nos dan un respiro al alma. El sector cultural, tan desatendido por el estado y tan irrelevante para la mentalidad de productividad capitalista, es la verdadera medicina para mantenernos cuerdos. Los artistas, al compartir abiertamente sus obras no solo revelan el lazo comunitario del arte como corazón de su sistema, sino que inspiran, motivan y subrayan la urgencia de resignificación, de forjar un sentir estético compartido, de fortalecer comunidades de sentido en medio del caos, de tejer universos de ficción para imaginar mundos posibles, de no perder la esperanza, o, incluso quizás, perderla, pero nunca solos, siempre acompañados.

Por otro lado, otra vía de creatividad ante el sinsentido que rescato es la del humor. El humor como forma de lidiar con el caos o sinsentido es algo que los memes hacen muy bien desde ya hace un par de décadas. El humor del meme es el de un goce inmediato que solo gira en sí mismo pero que permite hacer un cierto sentido en medio del caos/desesperanza (quizás para reafirmar aquella realidad, para satirizarla, para resaltarla, criticarla, etc.). Sin embargo, no hay que olvidar que un elemento clave del meme es el carácter gozoso de compartirlo. Esta comunión que se forma es parte de la propia dinámica el meme y me parece fantástica (como vi por ahí “¡aplausos también para los creadores de memes!”). Recordemos que compartir un meme forma vínculos, porque estos, además funcionan como juegos de lenguaje que solo cumplen su función en comunidades de sentido (sean macro o micro)[4]. Y, como comunidad de la solidaridad en la incertidumbre, los memes cumplen una función, mal que bien, integradora y catártica.  

Entonces, no todo está perdido ante la falta de sentido. Quizá a nivel muy sutil, la gente se está dando cuenta que es preciso elaborar cierta rutina, narrativa, discursividad, una continuidad como en las Mil y una noches, que nos permite mantenernos vivos como la princesa y su interminable relato para no morir en las manos del sultán. Y aquellos mil y un relatos son microcuentos y haikus o novelas interminables, desde regar las plantas, dibujar, cocinar, hacer deporte, jugar, cambiar pañales, o empezar una trilogía, hacer un corto, componer una canción, etc. Incluso proliferan esos relatos tristes: llorar, despotricar contra todo, hacer pataleta de adulto y renegar son -también- maneras en la que nos enfrentamos a la carencia, al vacío, a la incertidumbre. Hay solo una verdad que me resulta clarísima: todos estamos improvisando. Y esta condición de la adultez, que se encaletaba en el día a día, ahora se hace más evidente: no tenemos idea de cómo vivir, y en una pandemia aquello sale a flor de piel. Tengo la impresión de que ahora todos somos un poquito más adultos que antes, porque somos más conscientes de que la condición de ser adulto es seguir improvisando en la vida: “actúa como si supieras lo que haces, hasta que te la creas”; y guarda aquel secreto.

Es verdad que a nivel colectivo hay diversas narrativas que, a falta de metarrelatos modernos buscan contarnos y contarse un cuento antes de dormir para poder dormir tranquilos esperando el “vivieron felices para siempre” (en otras palabras, la esperanza de cerrar este paréntesis del día a día y volver a la normalidad). Pero “la normalidad” es la ficción más poderosa de todas y más aún en este momento. (Estamos en un momento de la historia donde se forjará (con y sin nosotros) una nueva normalidad: estemos pendientes). Entonces me hizo mucha gracia un post en Facebook: “El Perú no buscaba un presidente, sino buscábamos un papá”. Y sí, los mensajes de Vizcarra son (quizás no en contenido sino en forma) regulares, tranquilos, serios, con autoridad, como aquel “todo va a estar bien” entrelíneas en las frases o abrazos de nuestros padres. Además, los mensajes de las 12 le dan una sensación de continuidad al asunto, cual telenovela, cual show de mediodía, que pese a que esté lleno de no-tan-buenas-noticias, que no tenga ni risas ni salsa, nos permite sintonizar todos juntos a una figura paterna. Sin embargo, es cierto, no hay plan posible, no hay superhéroes, no hay salvación ex nihilo: tantas cosas que parecían tener mucho sentido ahora nos resultan insuficientes.

Pero, tal como señalaba John Cage, bebiendo de la filosofía del budismo zen (y del concepto de sunyata), “In an utter emptiness anything can take place”: este vacío no debe verse como una negatividad, una nada desesperanzadora y “perjudicial” o “mala”. Es moralmente neutra, porque es una nada que está siempre ahí, como el agujero en el donout, como el espacio entre las palabras, y que es aquello especial y sutil por lo que la hoja en blanco es potencialmente un espacio para crear. El vacío es condición de posibilidad y es por ello que si retomamos este vacío del aburrimiento e incertidumbre como potencia creativa, tendremos una nueva herramienta que, aunque no cure enfermedades, permite mantener una parte del alma, de la psique, sana y dispuesta.

Finalmente, ¿qué nos queda? Seguir compartiendo aquellas semillas de sentido que surgen de un cuerpo que habla, que crea y que expresa: cocinar un chaufa puede ser aquella historia que marca el éxito de un día a la vez. Y habrán muchos días y chaufas por delante.


[1] Crisis, del griego krisis, es aquello que se separa, se rompe, se desintegra. Sin embargo, en esta “situación crítica” es preciso recordar que muchas otras palabras derivan de krisis y quizás son una pista de aquello que deberíamos realizar: crítico es también el juicio que distingue, separa y decide, que critica y cuestiona con criterio.

[2] No obstante, es cierto que existe una creciente movida de reivindicación del cuerpo como cuerpo presente, vivido, sentido en donde diversas disciplinas deportivas, artísticas y espirituales tienen un rol primordial. Estas enfatizan la posibilidad de prescindir de espejos para re-aprender a oír los latidos del corazón.

[3] Un encuentro curioso entre estos cuerpos es el que se da en las clases virtuales de yoga, donde la imagen especular es vía para reconectar con el cuerpo sentido: una propuesta interesante.

[4] Obviamente, hay muchos tipos de memes y no pretendo hacer un análisis exhaustivo de sus particularidades (y menos de sus infinitos contenidos). Sin embargo, subrayo el carácter colectivo, informal e inmediato del meme y su lógica del goce como algo que puede ser catártico para estos momentos de incertidumbre.

Nota de la autora: Justo ayer, horas antes de ser publicado mi texto, el presidente Martín Vizcarra anunció las nuevas medidas a implementar durante lo que queda de cuarentena para aplanar la curva. Más allá de mis consideraciones personales sobre esto (una medida que, aunque llama a la inclusión y respeto, considero que es bastante peligrosa en la práctica, pues re-vulnerabiliza a las poblaciones Trans y LGTBIQ+ y se basa en el principio de administración de los cuerpos que es siempre violento), he sido testigo de una proliferación de memes al respecto. Estos memes lamentables muestran “la otra cara” del poder integrador y catártico de los memes que en mi texto trataba de resaltar. Reírnos de nosotros mismos, nuestro aburrimiento y nuestros “fails” en las tareas domésticas con los memes de cuarentena nos sacan alguna que otra sonrisa y nos permiten crear una comunidad de apoyo y catarsis. No sucede lo mismo con aquellos memes de odio, corrosivos, discriminatorios y que (incluso a veces ingenuamente) perpetúan el sexismo, la homofobia y transfobia. Estos se amparan bajo la coartada del humor y el anonimato de autor para ridiculizar, atacar o invalidar la postura e identidad del otro. Con ello, resquebrajan todo intento de formar comunidad en tiempos de crisis, siendo, a su vez, síntoma y causa del problema. ¿Cómo afrontar este “lado oscuro” del meme siendo la producción y consumo de memes tan fluido y efímero?, ¿de qué manera el repudio a aquellas representaciones contribuirá a erradicar esas actitudes? Aún seguimos cuestionándonos…