Soteria: sobre el veneno de la información

«A tal punto estaban abandonados a la
peste que a veces les sucedía no
esperar sino en su sueño […] ya estaban
dormidos; todo aquel tiempo fue como un largo sueño.»

Albert Camus. La Peste.

«La muerte tampoco es mi tipo y no
obstante, muchas veces me atrae.»

Ernesto Sábato. El túnel

El problema último develado por la pandemia es el del imperioso deseo unamuniano de vivir. O dicho de otro modo: el inminente miedo de morir. El individuo quiere ser salvado. El Otro puede ser un óbice para mi salvamento, importa en la medida que entorpece mi salvación. Soteria y Thánatos se miran. La muerte ha salido de su letheia, de su ocultamiento, de su anonimato, de sus lugares comunes: velorios, hospitales, accidentes, y ahora yace en las puertas de nuestras casas, es aletheia (des-ocultamiento), verdad revelada. Salimos a aplaudir para ahuyentarla. La muerte es noticia, se notifica. Llevamos la cuenta y en la ilusión del número la alejamos. La estadística es abstracción. Ilusión matemática. Despoja de su significatividad épica a los acontecimientos. Los des-dramatiza. El filósofo surcoreano Byung Chul-Han (2015), en el marco de su disertación sobre el fin de los relatos, planteaba:

 “Narrar una historia (Erzälen) es un modo concreto de contar (zählen). Construye una tensión, que dota de sentido a la sucesión de acontecimientos. Los enlaza más allá del mero recuento (Zälen), lo que da lugar a una historia (Geschichte). El Ser, sin embargo, no se abre ni en el número (Zahl) ni en el recuento (Zählung), ni en la numeración (Aufzählung) ni en la narración (Erzählung)” (p.78).

El número no tiene carne ni hueso, es puro dato, “informa”. Palabra cuya raíz etimológica deriva del sustantivo latino informatio, del verbo informare: dar forma, disciplinar, instruir, enseñar. Así, la información que nos llega es (in)formativa, nos disciplina, nos pone en forma. De ahí la quimérica sensación de que estar informados es estar seguros. Lo contrario a informar no es desinformar o no estar informado. Lo contrario a informar es pensar. La fórmula del confinamiento es: me informo, luego existo. Ya sabemos de la angustia agravada por este procedimiento. Sin embargo, ¿realmente nos informamos para querer estar seguros? ¿Nos informamos para salvarnos?

Hay más de un ejemplo emblemático sobre el deseo de arengar a los que no contribuyen con el privado deseo de salvación de los individuos. De señalar. De juzgar. Una periodista peruana no muy querida por un sector de la población es criticada durante varios minutos en señal abierta. Se ha dedicado un espacio público para tal fin. Vigilar y castigar, panóptico foucaultiano. Se organizan un par de periodistas para manosear el desatino de esta otra periodista, que ya había sido objeto de shitstorm. Vuelve la pregunta, ¿nos informamos para estar seguros? ¿Para estar a salvo? Show. Otra vez La société du spectacle (1992). Morbo dicen algunos. Mirar lo que no es necesario mirar. Mirar inútilmente. Mirar por querer mirar. Ser mirón. Manosear con el ojo.

El deseo de una sensibilidad panóptica. De llevar al ojo a los extramuros de su razón. Se nos salen los ojos. El morbo es lo mórbido, señal de enfermedad. Mirar con morbo es mirar y enfermarse. Envenenarse. El vocablo griego ἰός refiere a veneno, es decir, virus. En síntesis, el SARS-COV-2 ataca a distancia. Su naturaleza submicroscópica que le da cualidad de invisible se revela en otro de sus signos en el COVID-19 como ojo-morboso. Morbo para el que manosea la falta del irresponsable y voyeurismo para el que participa de lejos. El coyuntural Byung Chul-Han (2014) decía: “respeto presupone una mirada distanciada, un pathos de la distancia. Hoy esa actitud deja paso a una mirada sin distancias, que es típica del espectáculo” (p.13). Se ha pedido distancia de unos cuantos metros entre persona y persona para salvaguardarnos. De este mero distanciamiento preventivo podríamos dar el salto al distanciamiento de lo íntimo. Vale preguntarse ¿el mundo íntimo pierde dignidad en el espacio público? La distancia íntima es para el lingüista francés Pierre Guiraud (1986): “la distancia de la protección y del consuelo, la del afecto y del amor, pero también la de la hostilidad y de la agresión” (p. 91). Depende de qué queremos hacer con ese espacio íntimo: caldero de imprecaciones u hogar de confraternidad. Un abrazo es cálido, el exceso de abrazo abrasa, es decir, quema, asfixia. Tenemos allí una efigie de la hostilidad a ese Otro que me importa en la medida que pone en peligro mi salvación.

Así, la ética del deber, del imperativo, del mandato, es materia de soteriología. La salvación ya no está en el templo, en la advocación religiosa, ni en el interior. Su lugar son las mass media, la nueva religión. Las plegarias ahora son execraciones. La inquisición es digital. El filósofo francés Luc Ferry (2007) nos dice: “Para ser salvado, hay que pasar por la fe y por Otro. La filosofía nos promete lo mismo, pero nos asegura que podemos conseguirlo por la razón y por nosotros mismos” (p.20). El sujeto de hoy no se salva ni por la fe, ni por la razón. Pretende salvarse por el dato.

Fe, razón y dato. Materia de especulación para la Grecia clásica. Veamos. Explicaba el filósofo peruano Víctor Li Carrillo en su Enseñanza de la Filosofía (2008) que la palabra griega theōría, θεωρία, es decir, teoría, que quiere decir en el idioma helénico: visión, se funda en tres significaciones principales: a) visión como información, que refiere a la intención de conservar datos y acontecimientos en la memoria, del testimonio de la realidad. De allí la razón de la historia, del vocablo hístoor, es decir, testigo, el que da fe de algo que ha visto; por otra parte b) visión como consideración, o sea, el conocimiento de los cuerpos celestes y los fenómenos naturales. Punto asociado a la razón y el entendimiento y, por último, c) visión como contemplación, en este caso la palabra toma un sentido religioso, de contemplatio, de templum.

En síntesi, teoría quiere decir visión en estos tres sentidos. De allí que la persona de hoy no se salve ni por la fe contemplativa, ni por la consideración reflexiva, sino más bien por la información volátil. Justamente por este carácter de inconstante, de etéreo, de voluble, la información deviene en engaño y persuasión. Se sabe que el veneno viene en formas imprevisibles, atractivas. Llega en el alimento: la manzana envenenada de Blancanieves. Así, el alimento que da salud, seguridad, vida, intoxica. Cabe agregar que en quechua la palabra para referirse a alimento y vida es la misma: kawsay. Entonces, ¿cómo esperar la salvación (o seguridad) de esta información envenenada? Otra vez: ¿Para qué nos informamos?

Se decía al principio que nos queremos salvar de la muerte. Recordemos un idóneo pasaje de la novela (o nivola) Niebla de Don Miguel de Unamuno (1985) en donde doña Ermelinda y su sobrina Eugenia Domingo del Arco dialogan sobre un acontecimiento de su comunidad:

-¿No sabe usted [La sobrina a la tía] lo que ese bárbaro de Martín Rubio le dijo al pobre don Emeterio a los pocos días de quedarse éste viudo?
-No lo he oído, creo.
-Pues verá usted; fue cuando la epidemia aquella, ya sabe usted. Todo el mundo estaba alarmadísimo, a mí no me dejaron ustedes salir de casa en una porción de días y hasta tomaba agua hervida. Todos huían los unos de los otros, y si se veía a alguien de luto reciente era como si estuviese apestado. Pues bien: a los cinco o seis días de haber enviudado el pobre don Emeterio tuvo que salir de casa, de luto por supuesto, y se encontró de manos a boca con ese Bárbaro de Martín. Este, al verle de luto, se mantuvo a cierta prudente distancia de él, como temiendo el contagio, y le dijo: “Pero hombre, ¿qué es eso?, ¿alguna desgracia en su casa?”. “Sí –le contestó el pobre don Emeterio-, acabo de perder a mi pobre mujer…”. “¡Lástima! Y ¿cómo ha sido eso?” “De sobreparto” –le dijo don Emeterio. “¡Ah, menos mal!” –le contestó el bárbaro de Martín, y entonces se le acercó a darle la mano (p. 73).

Este epidémico episodio, oscuro homenaje a la situación actual, da cuenta del trasfondo ético y por lo tanto soteriológico que vivimos con la pandemia. El primer aspecto que destacar en él es el del carácter visible de la muerte bajo el distintivo del luto. Antes lo sólito ante la pérdida era vestir del luto o representar el duelo bajo una forma simbólico-social. Hoy es cuestión encargada a la funeraria, en donde la familia tiene poca o nula participación. La muerte se oculta, se enmascara (quizá con el maquillaje) o las mascarillas de prevención. Hace poco la muerte quedaba reclusa en la esfera privada y aún allí, se le escondía.

Hoy, la muerte se ha hecho pública, es incómoda. Sin embargo, están los memes y las good news para soportarla. Por eso, la muerte no termina de descubrirnos. No termina de develarnos. No ya la muerte develada. Sino esta vez, la Parca, la muerte personificada, no nos puede desnudar, porque ni la intoxicación por veneno informativo, ni el neo-nihilismo memelógico lo permiten. ¿Por qué nos intoxicamos? ¿Por qué nos narcotizamos? Aquí es preciso resaltar el segundo punto del pasaje literario. En voz de la Eugenia unamuniana: “Todos huían los unos de los otros”.

El confinamiento nos ha obligado a mirar dentro. Ese mirar dentro es mirar mi-mundo-con-los-otros, en tanto que mitwelt (Heidegger, 2009), es decir, el mundo en común con mis próximos, aquellos que constituyen mi vida. Entonces, ¿de quién huimos por medio del narcótico al que llamamos “información”? De ellos, de su finitud revelada, de su muerte. Nos envenenamos mórbidamente con esa falsa seguridad, con esa falsa eternidad del show. Finalmente, no es mi muerte la que me duele, sino la imagen de sus muertes las que me conduelen. Vivir mirando adentro, haciendo una flexión hacia sí mismo, una re-flexión, es mirar la verdad de la muerte de aquel que amo, bien amado o torpemente amado, a fin de cuentas, aquellos a los que amo. En palabras del filósofo y dramaturgo Gabriel Marcel: “decir te amo, es decir, no morirás” (Blázquez, 1988).

Finalmente, se quiebra la apariencia del no-morir, de que la vida no se acaba, de que la muerte le ocurre a los otros-que-no-son-mis-otros. Que no son los míos ni yo. Cuando se rompe ese falso mito, tenemos la oportunidad de vivir auténticamente, de mirar-los y mirarnos. De acercarme a ellos y tener un auténtico encuentro humano. No de individuo a individuo. Sino de persona a persona. Responsable de sus vidas y viceversa. Solo así, se puede mirar en los extramuros del mundo-propio, del mundo-con-los-míos. Saltar el muro de la indiferencia requiere pues, tomar conciencia de la verdad de la muerte de mis otros para ver sus rostros y responder a sus miradas. El ensayista y pedagogo argentino Jaime Barylko nos decía (2005):

“Cuando la apariencia entra en crisis, cuando falla, si estás dispuesto a darte cuenta, se produce la fractura. La realidad se desgarra como un velo, ahí te detienes, y piensas. Perder la protección que brindan las apariencias es un dolor, pero saber que uno sale de la oscuridad a la luz es una dicha (p.11).

Esta pandemia es, pues, una oportunidad para salir de la niebla.


Bibliografía:

Barylko, J. (2005). La filosofía. Una invitación a pensar. Buenos Aires: Booket.

Blázquez, F. (1988). La filosofía de Gabriel Marcel: De la dialéctica a la invocación. Madrid: Ediciones Encuentro.

Camus, A. (2003). La peste. Barcelona: Editorial Sol 90.

Debord, G. (1992). La société du spectacle. Paris: Gallimard.

Ferry, L. (2007). Vencer los miedos. La filosofía como amor a la sabiduría. Madrid: Editorial Edaf.

Guiraud, P. (1986). El lenguaje del cuerpo. México, D.F.: Fondo de Cultura Económica.

Han, B-C. (2014). En el enjambre. Barcelona: Editorial Herder.

Han, B-C. (2015). El aroma del tiempo. Un ensayo filosófico sobre el arte de demorarse. Barcelona: Editorial Herder.

Heidegger, M. (2009). Ser y tiempo. Madrid: Trotta.

Li Carrillo, V. (2008). La enseñanza de la filosofía. Lima: Fondo Editorial de la Universidad Inca Garcilaso de la Vega.

Sábato, E. (2000). El túnel. Lima: Adobe Editores S.A.

Unamuno, M. (1985). Niebla. Colombia: Editorial La Oveja Negra.


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